Clase

 

El proletariado no es una cosa, ni una identidad, ni una cultura, ni un colectivo estadístico que tiene unos intereses de clase propios que defender. El proletariado se constituye en clase mediante un proceso de desarrollo y formación que sólo se da en la lucha de clases. El proletariado, reducido en el capitalismo al estatus de productor y consumidor en la sociedad capitalista, se convierte en una categoría pasiva, sin conciencia propia; es una clase para el capital, sometida a la ideología capitalista.  No es nada, ni aspira a nada, ni puede nada. Sólo en la intensificación y agudización de la lucha de clases surge como clase y adquiere conciencia de la explotación y dominio que sufre en el capitalismo y, en el proceso mismo de esa guerra de clases se manifiesta como clase autónoma y se constituye como proletariado antagónico y enfrentado al capitalismo, como COMUNIDAD DE LUCHA. Enfrentamiento total y a muerte, sin posibilidades ni aspiraciones reformistas o de gestión de un sistema hoy ya obsoleto y caduco

Esta noción de clase como “algo que sucede”, que brota y florece del suelo de los explotados y oprimidos, es clave. La clase no se refiere a algo que las personas son, sino a algo que hacen. Y une vez que entendemos que la clase es fruto de la acción, entonces podemos comprender que cualquier intento de construir una noción existencialista o cultural e ideológica de clase, es falsa y está condenada al fracaso.

El proletariado se define como la clase social que carece de todo tipo de propiedad y que para sobrevivir necesita vender su fuerza de trabajo por un salario. Forman parte del proletariado, sean o no conscientes de ello, los asalariados, los parados, los precarios, los jubilados y los familiares que dependen de ellos. En España forman parte del proletariado los seis millones de parados y los dieciséis millones de asalariados que temen engrosar las filas del paro, amén de una cifra indefinida de marginados, que no aparecen en las estadísticas porque han sido excluidos del sistema. ¿A qué intereses sirve esa aberración ideológica que considera que el proletariado es sólo el proletariado industrial, excluyendo a parados, jubilados, trabajadores precarios, marginados, estudiantes o jóvenes sin trabajo, mujeres discriminadas o sin derechos laborales, y a todos aquellos sometidos a decisiones políticas ajenas, que afectan profundamente a todos los aspectos de su vida cotidiana?

La clase obrera es una clasificación social OBJETIVA, que designa a todo aquel que mantiene una relación SALARIAL con un patrón (ya sea privado o estatal) al que vende su fuerza de trabajo (sus brazos y su inteligencia). La clase obrera forma parte del proletariado, que incluye además a parados, jubilados y marginados. Los proletarios no son propietarios de medios de producción. El salario es la principal forma de esclavitud moderna. LA RELACIÓN SALARIAL no es sólo de carácter social y económica, sino también política, puesto que determina el modo de existencia de quienes no tienen ningún poder de decisión sobre su propia vida.

La clase media incluye, hoy, a algunos trabajadores “autónomos”, esto es, trabajadores independientes y “autoexplotados”, algunos técnicos y profesionales altamente cualificados y a los empresarios sin asalariados. La alta clase media estaría formada por empresarios con algunos trabajadores asalariados, pero sin influencia política decisiva.

Capitalistas serían todos los propietarios de medios de producción, o altos gerentes con poder de decisión (aunque fueran asalariados) de grandes empresas privadas o estatales. Constituyen menos del uno por ciento de la población, pero su influencia política es absoluta, y determinan las líneas económicas que se aplican y afectan a la vida cotidiana de la totalidad de la población. Su lema sería: “Todos los gobiernos al servicio del capital; cada gobierno contra su pueblo”.

La democracia parlamentaria europea se ha transformado rápidamente, desde el inicio de la depresión (2008), en una partitocracia “nacionalmente inútil”, autoritaria y mafiosa, dominada por esa clase dirigente capitalista apátrida, que está al servicio de las finanzas internacionales y las multinacionales. Se produce una profunda y extensa proletarización de las clases medias, una masificación del proletariado y la erupción violenta e intermitente de irrecuperables colectivos, suburbios y comunidades marginadas, antisistema (no tanto por convicción, como por exclusión). Los Estados nacionales se convierten en instrumentos obsoletos (pero aún necesarios, en cuanto garantes del orden público y defensa armada de la explotación) de esa clase capitalista dirigente, de ámbito e intereses mundiales.

La sociedad capitalista actual, que nos permite la anterior clasificación social en tres clases fundamentales, aún admite en el seno de cada clase una infinita gradación de situaciones económicas, sociales, políticas y culturales, pero se identifica con la EXPLOTACIÓN de los trabajadores por los capitalistas, y tiende a una rápida polarización entre el proletariado (más la clase media proletarizada) y la ínfima minoría de los todopoderosos dirigentes (inferior al uno por ciento y apátrida).

Todo el mundo entiende que existe explotación cuando se habla del trabajo infantil esclavo en manufacturas de la India o China, que producen zapatillas o ropa de marca para multinacionales, con jornadas de 18 ó 20 horas, sin más paga que alimento y jergón en el mismo lugar de trabajo, que venden sus productos en USA o Europa. Y se escandalizan, con razón, ante esa explotación del trabajo infantil esclavo.

Hay que entender que la EXPLOTACIÓN del trabajo asalariado es la ESENCIA de la sociedad capitalista. Todos los asalariados padecen la explotación capitalista (no sólo los niños hindúes). Cuanto más desarrollada es la productividad del trabajo colectivo de una sociedad, mayor grado de explotación experimentan sus trabajadores, aunque puedan consumir más mercancías. La feroz lucha entre los capitalistas por superar y sobrevivir al competidor, impulsa el incremento de la explotación de los trabajadores, al margen de la buena voluntad o ética de cada empresario individual. Los capitales se fusionan y concentran, atacando sin límites las condiciones de vida y laborales de los trabajadores, amenazando con irse a otro país o con contratar más barato entre los millones de parados sin recursos. En cada país un puñado de transna­cio­nales efectúa ventas anuales que superan amplia­mente los presu­puestos nacionales y empuñan el poder de dar trabajo, o no, a millones de desposeí­dos.

El proletariado, que tiende a abarcar hoy a un 75/80 por ciento de la población española, se puede clasificar en asalariados, precarios, parados, prejubilados, jubilados y marginados. La clase media sufre una fortísima proletarización, con amplios sectores de profesionales (en el ámbito de la medicina, arquitectura, enseñanza, tecnologías y servicios sociales), funcionarios y medianos o pequeños empresarios (colectivos que hace cinco años percibían elevados ingresos) que se proletarizan, o incluso quedan marginados económica y socialmente.

El elevadísimo número de parados y el estadísticamente desconocido número de excluidos (por paro de larga duración y/o no percepción de ingreso alguno) hace que los asalariados, en su conjunto, se precaricen colectivamente en sus condiciones laborales y existenciales hasta extremos impensables hace unos años en España y Europa. Incluso desaparece la negociación de los convenios colectivos por sectores o empresas, que son sustituidos por condiciones mínimas y miserables de contratación. Los suburbios se convierten en guetos de excluidos del sistema, que el Estado intenta aislar entre sí, entregando su dominio a las bandas, la droga, las mafias, las escuelas, los trabajadores sociales, oenegés, etetés, prisiones y policía, para que conjuntamente impongan el control y/o sacrificio económico, político, social, moral, volitivo, y si hace falta también físico, de “todos los que sobran”, con el objetivo preciso y concreto de desactivar su potencial revolucionario, intentando convertir esos barrios periféricos en colmenas de muertos vivientes, a los que las instituciones estatales les han declarado una guerra total de exterminio y aniquilación.

La tesis neosituacionista y milenarista de la desaparición del proletariado muestra no sólo su irracionalidad y falsedad, frente al inmenso incremento CUANTITATIVO del proletariado en países como China, Sudáfrica, Brasil, Rusia o la India, por no hablar las maquilas centroamericanas, sino su falta de comprensión de la nueva realidad europea, y de la proletarización de las clases medias, surgida con la depresión iniciada en el 2008. Primitivistas y “pro-situs” se han quedado anclados en sus trasnochados análisis, tan desmovilizadores como artificiales e inútiles, confundiendo las características propias de las fases keynesiano/fordista (1945-1975) y neoliberal/toyotista (1976-2007) del capitalismo, con su esencia. Catastrofistas, ludditas, antidesarrollistas, profetas, tecnófobos e idealistas de distinto pelaje y orientación, coinciden en un punto fundamental, que nos desarma como clase revolucionaria en lucha contra el sistema capitalista: afirman que el proletariado ha desaparecido y/o ha dejado de ser el sujeto revolucionario. Identifican una parte con el todo. Confunden clase obrera industrial con proletariado. Creen que el proletariado es una cosa, una estadística o una comunidad de intereses, y no una comunidad de lucha. No comprenden que HISTÓRICAMENTE el proletariado aparece, y ha surgido siempre, de su acción autónoma en la guerra de clases, formándose en la lucha como proletariado antagónico y enfrentado al capitalismo. Desprecian como a bárbaros groseros y desclasados al proletariado de los guetos. Son reaccionarios brillantes y coherentes, muy útiles hoy al capital; pero que pronto desaparecerán en la nada de la necedad y la extravagancia.

Sostener que el proletariado ha desaparecido y que no existe, ni existirá ya nunca más como sujeto revolucionario, en el preciso momento en que empieza a resurgir y brotar del suelo de la lucha de clases, enfrentado a vida o muerte contra el partido del capital, no es sólo una gravísima ceguera teórica y política, sino que les sitúa del otro lado de la barricada. Esos milenaristas confunden una pasajera sequía con el desierto.

La lucha de clases no es sólo la única posibilidad de resistencia y supervivencia frente a los feroces y sádicos ataques del capital, sino la irrenunciable vía de búsqueda de una solución revolucionaria definitiva a la decadencia del sistema capitalista, hoy obsoleto y criminal, que además se cree impune y eterno. Revolución o barbarie; lucha de clases o explotación sin límites; poder de decisión sobre la propia vida o esclavitud asalariada y marginación.

Agustín Guillamón

Apuntes sobre el debate “De la crítica institucional a la práctica de la calle”

El pasado viernes 12 de febrero, el Banc Expropiat había invitado al colectivo Equilibrismos para realizar un debate que titularon “De la crítica institucional a la pràctica del carrer”.

La introducción fue a cargo de uno de los miembros del espacio, que nos explicaba el porqué: superar la crítica a los partidos que habían decidido hacer el asalto institucional, después de lo que marcó el 15M y los límites de este. Como en el texto del cartel que invitaba al debate, el objetivo era pasar página de este y demostrar que la mejor crítica, es la práctica.

Seguidamente hablaron los dos miembros de Equilibrismos. En primer lugar se señaló la importancia de cómo y para que hablar de las instituciones, tomando como punto de partida la superación de las lógicas del capitalismo, sin tomar un punto de vista cientifista y/o dogmático. Atendiendo a las necesidades y a las condiciones de cada momento, a la vez que entendemos que hay una distancia entre el deseo de cómo actuar y la realidad, que es diferente.

Tomando el 15M como un hecho muy relevante, por ser el fenómeno de acción colectiva más multitudinario en años, el colectivo entiende este no como un sujeto, sino como un proceso o conjunto de estos, que no empieza el 15 de mayo. Sobre cuando termina, depende de la perspectiva que se tome (con la formación de los nuevos partidos o con la descentralización de las grandes plazas, o aun no ha terminado, etc. También es importante el hecho de que, aunque las acampadas empiezan en Madrid, se replican por todo el Estado, reproduciéndose en varios focos.

Lo catalogan como un movimiento de aspiraciones y discurso de clase media (especialmente en sus inicios) si se recuerda a sus impulsores (Democracia Real Ya, Nolesvotes, Juventud Sin Futuro, etc.) que apuestan por medidas como la reforma en las leyes electorales, el rechazo a los “extremos”, etc. Un ejemplo es la típica crítica al trabajar en un establecimiento de comida rápida como precario: lo que se critica no es el hecho de que exista un trabajo así, sino que por los estudios propios acaban en este tipo de trabajo que no les corresponde.

Así que existe una ruptura con los sujetos de transformación social anteriores que luchaban por cuestiones inmediatas, como el movimiento obrero y se apela al ciudadano. El ciudadano es presentado como una persona con igualdad de obligaciones y derechos, en las que a partir de una crítica rápida, podemos ver como colectivos como las personas sin papeles quedan rápidamente excluidas. Por otro lado, lo que se pide es que el Estado cumpla sus obligaciones, en vez de cubrir las necesidades por si mismos.

En el 15M no existen análisis fundamentados, pero aparecen aspectos que los autores creen relevantes, pues el mismo acto nace como una protesta contra la represión, y se abren procesos colectivos muy fuertes. Reactiva y pone en marcha luchas como la de la vivienda. Se realizan acciones en la calle, asambleas, etc. no exentas de contradicciones, pero, ¿para qué? El colectivo resalto la importancia de no caer en un tradicionalismo de hacer las cosas por inercia. El hecho de funcionar de maneras concretas nos tiene que hacer argumentar el porqué funcionamos así. Por otro lado lo que supuso también fue la ruptura de la endogamia (permanecer en grupos cerrados) de los movimientos sociales y se innovó en debates antes muy estigmatizados como el campo de la ocupación. Algunos aspectos que subrayaron fueron los siguientes:

-Las marchas de la dignidad, en las que se coordinaron (y confrontaron) varios grupos, y en las que Podemos estuvo a punto de no participar.

-El discurso de la madurez política, en las que se justifico la entrada en las instituciones por una cuestión de madurez política vs la calle como un espacio infantil.

-La hegemonía cultural, que se pone en duda. Afirmaron que hacerlo desde las instituciones es inoperativo y que es más eficaz en un centro social de barrio. Las fuerzas políticas se adaptan a su electorado, que además se trata de una falsa mayoría electoral y una falsa capacidad de gobernar).

Entonces existen dos posibles ejes de debate: las oportunidades del fracaso del asalto electoral, y que posibilidad de cambios hay hoy en las instituciones (refiriéndose a forzar cambios desde fuera, como cambiar o tumbar una ley mordaza desde la calle, etc.)

El segundo ponente de Equilibrismos planteó que Podemos no era ajeno al 15M, y que en Madrid en sus inicios era muy obvio, criticando la visión de un anarquismo que vería estos partidos como una apropiación de un movimiento puro. La justificación del asalto institucional sería un techo de cristal en las movilizaciones desde la calle, que generarían frustración y entonces se intentaría poner estas al servicio de la gente. Comentó que lo que está intentando hacer Ahora Madrid* es una táctica similar a lo que se ha llamado “aguirrismo democrático”, usar la infraestructura de las instituciones para construir una sociedad civil afín.

El 15M surge de un vacio, de una cultura de la derrota en los grandes movimientos de contestación de las últimas décadas (así que es difícil pedir). No se salió de la OTAN, no se paro la guerra, no funcionaron el movimiento estudiantil ni las huelgas generales… Así que con el paso del tiempo, el 15M se erosiona y acaba siendo una cosa minoritaria y una identidad política más (están los rojos, los anarquistas, los quinzemayistas).

Pero lo importante, el análisis principal, es el sedimento. La perspectiva general dentro de los movimientos revolucionarios, especialmente el anarquismo, es que el objetivo es intentar aumentar el conflicto. Lo que pasa es que las luchas tienden a ser cíclicas, nacen, crecen, se estancan o mueren (habiendo ganado o no). Así que es importante estar en las diferentes luchas, para disputar el sedimento (los símbolos, las prácticas, etc.) porque existe un margen de lucha como por ejemplo demostrar que las asambleas sirven como método, luchar contra las separaciones ficticias que nos construye el capitalismo y el género, etc.

Del 15M, lo que ha durado han sido espacios físicos y luchas concretas, no la práctica de hacer grandes debates. No se estaba construyendo un movimiento con el que imponer y conseguir conquistas. Seguidamente el ponente recuerda que no están ofreciendo una visión de la ética de los medios sin los fines. Los métodos sirven si son capaces de ganar. Y lo que valoran es que el 15M no tenía una gran demanda (a diferencia de las primaveras árabes donde había luchas concretas como derrocar a uno u otro dictador). A corto plazo no agrupaba a la gente, iba desgastándose, pero a la vez su formato hizo que se expandiese en el tiempo y muchas plazas y espacios.

A partir de aquí plantean una visión pesimista en lo económico y social: las cosas van a ir a peor, y no vamos a recuperar nunca el pasado. De hecho ya se rumorea la posibilidad de una nueva crisis, si es que hemos salido de esta. También señalan que unida a la económica, existe una crisis de expectativas, que es lo que a nivel discursivo reproducía el 15M, una clase media empobrecida. Pero es que antes había gente que estaba jodida, y ahora lo esta mucho más. Entonces la pregunta es porqué la gente se ha articulado en la lucha de la vivienda y no en la laboral, ante un panorama donde aumentaran las “poblaciones superfluas”: aumentaran los guetos, suburbios, favelas, banlieues, el subempleo y el paro será crónico, los trabajos de mierda y aumentaran las deudas y los trapicheos. El Estado del Bienestar (si aquí hubo alguna vez) se ira retirando. Entonces el eje se va a desplazar del salariado a la reproducción social, más que un eje trabajador-patrón, y habrá una feminización de las luchas.

Por otro lado señalaron la situación actual como un contexto (salvando las distancias) con los años ’60 del siglo pasado, que precedieron al movimiento obrero de los ’70, que fue desactivado e integrado en la Transición, estando quizás delante de lo que serian unas nuevas comisiones obreras (en su espíritu original), pero esta vez a partir de la vivienda, en las PAH. También cabe plantearse el porqué de los discursos actuales de una “segunda Transición”. Así que imitando un poco los afectados por la hipoteca, una posible propuesta son las redes de solidaridad en el trabajo.

Hay que pensar también en la diferencia entre consciencia y politización (lo que el ponente llamó, el tremendo abismo), que no es un camino fácil. Ante el fracaso hablan de dos tipos de respuestas, “el vale todo” y porque nuestras aspiraciones están lejos, y el pesimismo en el que cualquier acto es inútil, y por lo tanto “no se hace nada” por luchar.

Las revoluciones, por lo tanto, son consecuencia de lazos políticos, vínculos, sociabilización. Estos no aseguran nada, pero son imprescindibles para estas, para poder conseguir las confrontaciones que buscamos y en situaciones de crisis, poder ir más allá y superar las estructuras dominantes. El comunismo/anarquismo/socialismo (etc.) es una forma de vivir, pero solo se puede vivir en este, y vivirlo ahora genera gueto y/o frustración.

Sin embargo, concluye el segundo ponente de equilibrismos, hay margen de conseguir modos de funcionar superar las condiciones existentes. A partir de entonces empezó el debate.

Se habló de la falta de acuerdo en el 15M era fruto de no haber un sujeto y un objetivo claro, cosa que si que hay en por ejemplo, la PAH. En otros campos, como el laboral es difícil organizar planteamientos similares. ¿Cómo hacerlo? Se comentó que la PAH genera lazos sociales muy potentes y que, según las experiencias del participante en el debate, en el mismo WhatsApp se podía ver un apoyo muto continuo en relación a necesidades (superando el tema de la vivienda, como por ejemplo arreglar electrodomésticos, según las diferentes habilidades y capacidades de las personas) que el neoliberalismo ha roto.

Otra persona opinaba que el sindicato no podrá reconstruirse tal y como lo tenemos en la cabeza (CNT histórica), y que se tenderá a redes de solidaridad.

Se habló del concepto de la tasa de ganancias en el contexto capitalista: si en una época los salarios no bajan, esta se mantiene obteniendo beneficios por otros lados.

Se formuló también la pregunta de cómo conseguir una sociabilidad densa, y se comento que quizás la clave es centrarse en luchas por necesidades específicas, en un espacio concreto (poniendo de ejemplo el mismo Banc Expropiat) pues la identidad se crea con la práctica. Se habló de recuperar las asambleas de “bocadillo”, aquellas que duran el tiempo de descanso entre las compañeras de trabajo y la importancia de crear redes de solidaridad. También se comentó que llegaremos a un punto en que casi cualquier lucha reformista tendrá que ser rupturista porqué el sistema será totalmente insostenible. El debate giró en torno a si era posible entonces trasladar el modelo de la PAH al mundo laboral.

Por otro lado una persona de sexo femenino comento que se había sorprendido en la charla por la presencia casi totalmente masculina (y los colores negros que vestíamos). Se hizo una crítica a la figura/sujeto del trabajador como una persona masculina, y se habló de la feminización de la pobreza. De hecho, el sujeto obrero industrial es una figura en desaparición, y aunque sigue existiendo, no podemos tomar sus luchas (Coca Cola, Panrico) como modélicas. También se debatió acerca de poner el foco en la reproducción social superando el ámbito laboral, citando la iniciativa de la Vaga de Totes, que finalmente no cuajo y no tuvo mucho apoyo de ningún sindicato.

Finalmente se habló de formación y comunicación. De la necesidad de adaptar el lenguaje a la gente que no se ha socializado en nuestros espacios y de la necesidad de la formación para la práctica. Se hablo aquí también de las experiencias en las luchas por la vivienda en el barrio de Gràcia (en la que no se había podido generar una red solidaria ya que una vez que la gente había okupado no se implicaba) y la OFIAM.

@a_bandazos

Sobre la cuestión del Poder y Estado

La concepción anarquista del poder, lejos de estar resuelta, deja una serie de lagunas cuando tratamos de aplicarla en los análisis de la realidad material. En concreto, cuando nos encuentramos con dilemas tales como Estado y Administración, poder y dominio o incluso entre tomar el poder y ejercerlo o abolirlo. Todos estos matices y dudas conllevan directrices poco claras y ambiguas dentro de los movimientos libertarios y autónomos que en los momentos de disputa revolucionaria salen a relucir ayudando a nuestra derrota.

El anarquismo a menudo ha tratado el poder como un ‘todo’, es decir, reduciéndolo a un concepto más al que añadir a la lista de cosas con la que hemos de estar automáticamente en ‘contra’, ya que si no dejaríamos de ser anarquistas. De esta manera se está reduciendo cualquier analisis crítico a una cuestión binaria de malo o bueno, que es de carácter moral más que táctico.

En la cuestión del poder, el anarquismo suele caer en el campo del ‘negacionismo’, negando a veces que eso pudiera darse entre anarquistas o que exista un poder propio, un poder ejercido por nuestras organizaciones y movimientos en los momentos de hegemonía libertaria. Pensamos que esto es una candidez, cuando no un auto-engaño, que lleva a no saber leer los momentos, y por tanto a no saber atajar los problemas y a no ofrecer soluciones que consigan llevarnos al socialismo libertario. La conclusión es que se está produciendo una confusión entre dominación y poder y que nuestro movimiento históricamente falló en aclarar y sistematizar para realizar una propuesta coherente con nuestros objetivos.

Este abandono de la teorización del poder dejaba el camino abierto para quien tuviera una teorización ya hecha sobre esos ‘momentos de poder’ (ya fuera en una revolución, una insurrección, una huelga, una toma de medios de producción, una guerrilla campesina, etc.) dándole una clara ventaja en caso de darse una de estas situaciones. Sin esa teorización no podemos esperar que la ideología resuelva todas las situaciones de realidades cambiantes. Tampoco debemos olvidar que la teoría bebe de la relación entre la realidad y la ideología. Sin hacer caso a la realidad que nos rodea, la teoría no sirve de nada. Cuando los principios ideológicos chocan con la realidad, lo que quiebran son estos principios. Si entendemos como referencia a la ideología, la teoría debe ser la parte complementaria que nos ayudará a actuar en esa realidad.

Asumir estas debilidades es un ejercicio de madurez política que nos puede hacer crecer como opción politica real para conseguir nuestro objetivo último de establecer una sociedad profundamente libertaria. Este es el objeto de este artículo que pretende abrir debate sobre el poder, su conquista y su administración, y los momentos de transición hacia la sociedad libertaria, que son básicos para una teoría revolucionaria.

La práctica histórica

De la experiencia socialista o de los socialismos del pasado siglo y medio podemos observar algunos rasgos característicos. El primero es que todos los movimientos partían de un movimiento popular organizado, que normalmente se trata de lo que conocemos como movimiento obrero, otras veces era el campesinado y otras veces una alianza entre el proletariado y las clases medias (estudiantes, artesanado, profesionales liberales, comerciantes, etc. que el marxismo denominaba «pequeña burguesía»). Estos grandes movimientos populares estaban impulsados, organizados y cohesionados por una fuerza político-social de tendencia socialista revolucionaria, ya fuera ésta un partido, un sindicato o incluso una guerrilla.

Desde la Comuna de París de 1871 hasta las huelgas obreras autónomas de los años 1970’s el llamado sujeto revolucionario fue inequívocamente el proletariado organizado. En la mayoría de los procesos revolucionarios las sociedades resultantes se parecían bastante entre sí, independientemente del tipo de socialismo que la impulsara. La excepción la conformarían las revoluciones impulsadas por los socialismos totalitarios (imponiendo un estado policial y un control social asfixiante). Así pues, la Comuna de París, los primeros Soviets en Rusia, Kronstadt, los Consejos obreros alemanes, las ciudades tomadas por las grandes huelgas generales (Ancona, Seattle, Limerick, Buenos Aires, Barcelona, Saint Denis…), la insurrección de Rio de Janeiro, el Consejo de Turín, la Revolución de Asturias o la españa de las colectivizaciones… (y si queremos podemos llegar hasta los años 70) todas tienen unos rasgos comunes que las hacen parte de la misma tradición. Son manifestaciones del movimiento obrero y no de una ideología en concreto. A pesar de la influencia libertaria la vida en una Barcelona de la revolución de 1936 no podría ser muy distinta de la vida en la Munich de 1919 o en la Turín de 1920 a pesar de su influencia socialista y comunista.

Igualmente las revoluciones del campo como la de la Ucrania Makhnovista o la Morelos de Emiliano Zapata se parecen bastante a las sociedades que producían otras fuerzas como la Antonovshina del Tambov, la Siberia de la insurrección de 1920-21 o a regiones de la revolución china y coreana, a las zonas liberadas por Sandino en Nicaragua o a Barrancabermeja en Colombia.  Es decir, que un movimiento popular que tiene las mismas bases produce revoluciones que se parecen entre sí. Trasladadas a hoy en día todas aquellas revueltas en el campo nos recuerdan de alguna manera a los municipios autónomos mexicanos, los de las kabilas argelinas o de la sociedad kurda de Rojava. En definitiva, el anarquismo y el anarcosindicalismo eran parte de un movimiento socialista internacional más amplio. 

En todas estas experiencias tanto industriales como campesinas se producen conflictos de clases entre el poder de la burguesía y el poder del pueblo organizado. A raíz del enfrentamiento se producen situaciones de doble poder que se desarrolla polítca y militarmente. 

Los problemas teóricos del anarquismo

Volviendo al origen del artículo en el movimiento libertario hay ciertos aspectos que aún no se han sabido resolver. No porque no existan, sino porque el movimiento no ha llevado a cabo el necesario reajuste en sus planteamientos.

En todos los procesos revolucionarios que hemos nombrado antes había una cuestión importante: la toma del poder. El anarquismo, como movimiento revolucionario entiende que para conseguir una sociedad libre necesitamos derrocar aquella que nos oprime. Lo que resulta problemático hoy en día es reconocer que para que nuestro movimiento llegue a su objetivo tendrá algún día que controlar o sustituir los mecanismos de poder que hoy está ocupando el Estado. Y esto otras tradiciones políticas no tienen problema en concebirlo como una conquista del poder.

Otro aspecto poco trabajado es la sociedad de transición hacia el socialismo completo. Poco importa el nombre que se le dé pero esta situación se dará inmediatamente al cambio revolucionario ya que dentro de esa nueva sociedad aún habrá muchos partidarios del antiguo régimen. También habrá que alimentar esta sociedad y habrá que montar una economía viable para mantenerla. Por último habrá que garantizar su defensa tanto ante agresiones externas como ante levantamientos contrarrevolucionarios internos. Esto los bolcheviques lo llaman dictadura del proletariado (aunque Karl Marx la entendia de modo diferente, queriendo decir más bien la hegemonía de la sociedad socialista frente a la burguesa). El modelo de sociedad revolucionario debe convencer a la mayoría de la sociedad, debe hacerse hegemónico no sólo política y militarmente, sino también culturalmente.

En caso de vencer el poder popular éste tendrá que organizar tanto la sociedad como su defensa. Por tanto debe levantar una administración. En este caso marxistas y anarquistas difieren en cómo denominar esta administración, ya que los marxistas entienden que esto es un «estado proletario» que ha sustituido al «estado burgués» mientras que el anarquismo no lo entiende así y opina que esta administración ya es la superación del estado en sí misma. Esta diferencia que puede parecer semántica ha dividido ambas corrientes durante muchas décadas. En este caso la ideología de cada cual impide acercamientos políticos dado que cada cual se enroca en sus posturas escudándose en las palabras.

En resumen, tenemos ya unos rasgos básicos: después del conflicto inicial estado capitalista vs. pueblo organizado hay una nueva administración revolucionaria que tiene el monopolio de la violencia (ya que no le vamos a permitir tener armas ni milicias a quien quiere que la sociedad revolucionaria sea derrocada), que es legítima (la apoya el pueblo) y que ya tiene todas las palancas del poder (tendrá su sistema de justicia, su milicia, sus medios de comunicación y sus administraciones) para ejercer un control sobre el territorio liberado. ¿Es esto la creación de un Estado o es la abolición del Estado?

Como vemos, el anarquismo confronta varios bloqueos morales. A tomar el poder, a garantizar la seguridad de la nueva sociedad revolucionaria (que además no es una sociedad totalmente comunista y libertaria sino que guardará algunos rasgos de la sociedad previa y será un régimen de transición) y a crear una administración estable los bolcheviques lo llaman tomar el poder y ejercer la dictadura del proletariado. Y todo esto es lo que el anarquismo hizo en la revolución mexicana, en la ucraniana o en la española, y en realidad es lo que haría el movimiento libertario actual de tener la ocasión. ¿Cómo tenemos que llamar a eso los anarquistas?

Conclusión

Puesto que nos encontramos ante una cuestión semántica, pensamos que hay que hablar el lenguaje que entienda la mayoría de la población, que al fin y al cabo es a quien nos dirigimos. No es útil emplear términos eufemísticos que nos confundan y que nos hagan repetir las dudas con las que se encontró el movimiento libertario en 1936. Tomar el poder en aquel momento (la propuesta de Joan García Oliver) era establecer una «dictadura anarquista» (según lo llamó Federica Montseny), puesto que se estaba en minoría y habría que imponerse a la fuerza. Por contra, colaborar con las demás fuerzas antifascistas era participar en la gestión de las instituciones republicanas y crear un nuevo tipo de estado influyendo en él con nuestras ideas (alejándonos a la vez de nuestros objetivos finalistas). Pero la diferencia entre los principios del anarquismo (y la terminología derivada de ellos) y las tácticas que se usaron a la hora de la verdad, constituyeron un desastre para el movimiento libertario español que es necesario ajustar definitivamente.

Si tomamos parte de una junta revolucionaria o un consejo, tenemos que entender que eso en la práctica es un gobierno. Si tomamos parte de la gestión de un municipio, eso es la toma de una institución estatal. Si creamos una administración nueva, estamos edificando unas estructuras que regularán la vida social y económica de nuestro pueblo.

En estos momentos, volviendo a nuestros días, tenemos que estar atentas a experiencias sociales avanzadas que están teniendo lugar en algunos territorios con procesos de transformación social avanzados. Se habla de un confederalismo democrático en el Kurdistán, de un incipiente movimiento internacional de «democracia sin estado», de un nuevo auge del municipalismo a través de ayuntamientos controlados por fuerzas de izquierda o de los cambios estratégicos de los movimientos de liberación nacional. El anarquismo debe tener una opinión al respecto adecuada al mundo en el que vive. Y sobretodo debe realizar propuestas válidas que puedan ser aceptadas e integradas por otros movimientos. De no hacerlo corremos el riesgo de volver a ser reliquias de un pasado glorioso pero ya olvidado. Incluso el marxismo está creando nuevas formas de denominar las etapas de transición dependiendo de las realidades locales. Por ejemplo en Bolivia se habla de un «estado plurinacional» que acoge a los diversos pueblos indígenas, o en Venezuela se acuña el término de «estado comunal», partiendo de las comunas socialistas que proliferan en aquel territorio. Son fórmulas que actualizan el pensamiento comunista.

La propuesta de fondo de este texto es denominar Administración a estas sociedades que surgen una vez el pueblo ha tomado el poder puesto que de momento sería ir demasiado lejos (y contraproducente) adoptar el lenguaje de movimientos que hemos rechazado durante décadas. Por ejemplo, si empleamos administración democrática ésta podría significar esencialmente lo mismo que «estado proletario», término que incluso cuesta de asumir por la propia clase obrera de nuestro tiempo y que por tanto está en desuso. Entonces a la pregunta final, ¿qué busca el anarquismo? ¿cuál es su objetivo? La respuesta podria ser que el anarquismo pretende eliminar el estado capitalista que hoy está al servicio de las minorías y sustituirlo por una administración democrática que entregue el poder de decidirlo todo a la sociedad. Esta frase puede levantar mucha más adhesión popular que muchos otros lemas manidos que no acaban de entenderse en la calle (por ejemplo, el clásico lema de «muerte al Estado»).

Entonces, ¿se está aceptando el Estado? Se trata de una pregunta reduccionista y mal enfocada. La cuestión debiera ser otra, y es que desde los tiempos en que Bakunin creaba juntas revolucionarias para gestionar un territorio ganado al enemigo de clase mediante una insurrección popular, el anarquismo ya estaba embarcado en la creación de estructuras para sustituir un estado burgués por una administración popular. Como hemos dicho antes, el marxismo lo llama crear un estado obrero y el anarquismo lo llama abolir el estado. En definitiva, es necesario llegar a un entendimiento en la forma de denominar los momentos clave de una transformación social revolucionaria.

Por último, ¿sería esta administración democrática el comunismo libertario? En cierta forma sí. Y también, en cierta otra forma podría ser entendida como una etapa de transición. Los matices vienen por cómo se gestione la cuestión fundamental que representa la economía. Si está socializada, se está en una sociedad socialista, y sino, pues no. Se entiende que sin que la economía no esté bajo gestión de la comunidad no se está ante una democracia real puesto que la parte más importante de la vida, que es la economía, queda fuera de nuestro control. Por tanto esta podría ser nuestra aportación a los movimientos arriba mencionados del confederalismo democrático, el municipalismo o la democracia sin estado para poder buscar una confluencia en un futuro en base a cuestiones concretas.

Todo esto, evidentemente, está por debatir y asumir. Pero plantearlo es un primer paso para poder avanzar.

@blackspartak

La paradoja del reformismo. Una llamada para los bloqueos económicos

(Nota del traductor). Artículo del sindicato del Reino Unido Solidarity Federation, también publicado en Libcom en 2011. Aquí puede leerse un texto en inglés debatiendo y criticando sobre los argumentos de este texto sobre los bloqueos como herramienta de lucha, en el contexto de las huelgas y bloqueos de Francia en 2010 del cual se habla.

La ideología neoliberal es un montón de mierda y todo el mundo que aun está en el Partido Laborista lo sabe. Los críticos han señalado sus asunciones erróneas respecto la competencia perfecta, el acceso de los consumidores a la información, la naturaleza humana y una serie de otros factores que no se aplican en ninguna parte del mundo real. También han señalado que, cuando se han aplicado políticas neoliberales, los resultados han sido a menudo desastrosos y rara vez han alcanzado los resultados prometidos de prosperidad para los ricos y de goteo1 para los pobres. Un famoso ejemplo es el llamado modelo de la curva J para la transición de la antigua URSS al capitalismo hacia un estilo occidental. La ‘J’, una pequeña bajada en la transición seguido de una larga fase de expansión, se convirtió en algo más parecido a una ‘L’ cuando las políticas neoliberales hicieron su magia, sumiendo a millones a la pobreza peor que antes.

Y luego llegaron los recortes.

En este caso también se señala cómo la desregulación neoliberal en el sector financiero llevó a la clase de travesuras especulativas que desencadenó la crisis financiera – y más neoliberalismo se prescribe como el remedio. El sindicato PCS y los activistas del UKUncut2 señalaron la masiva de 120 billones de libras más o menos de ‘brecha fiscal’, que si se recogieran fácilmente podría ahorrar más que la austeridad (en su lugar, el gobierno está recortando en recaudadores de impuestos). Se señala que el Estado de bienestar fue fundada en momentos en que Gran Bretaña estaba en bancarrota y muy endeudados de la Segunda Guerra Mundial, pero ahora está siendo desmantelado en la fase de expansión de una recesión relativamente menor y una deuda nacional modesta. En resumen, no hay escasez de argumentos en cuanto a la ineficacia o falta de razonabilidad de las políticas neoliberales. ¿Por qué no estamos ganando?

El discurso de que la razón no nos lleva a ninguna parte, es que la política no se basa en buenos argumentos, sino en relaciones de poder. Las democracias institucionalizan las luchas de poder, hasta cierto punto, ya que es más perjudicial tener golpes de estado y guerras civiles periódicas cada vez que es necesario que haya un cambio de gobierno. Pero sólo ciertos intereses son institucionalizados. Aquí va una pista: no son los nuestros. Por lo tanto ninguna de los partidos en cualquier lugar cerca del poder se opone a los recortes (el Laborista incluido). Los demócratas liberales son un ejemplo clásico de lo que sucede cuando los partidos minoritarios se acercan al poder – se convierten en todo menos algo indistinguibles del resto. Ya que nuestros intereses no figuran en este sistema, el argumento razonado no nos lleva a ninguna parte. Ganamos el argumento, pero los recortes van adelante de todos modos y lo mejor que podemos sentir es una sensación de indignación justificada con argumentos.

Si queremos ganar, tenemos que reconocer que tener la razón no es suficiente. Es una cuestión de poder. Un ejemplo de ello: es cierto que el estado de bienestar británico fue fundada en momentos en que las finanzas nacionales estaban en un estado mucho peor. Pero vale la pena mirar lo que la clase dominante decía cuando se fundó el Estado de bienestar. Para evitar cualquier duda, vamos a escuchar a un Tory: «Debemos darles reformas o nos darán la revolución«, dijo Quintin Hogg en 1943. Cuando la clase dominante teme la clase obrera, un estado de bienestar era un precio que valía la pena pagar. Ahora no nos temen, se sienten confiados para desmantelarlo. Así que la paradoja es que sin la amenaza de la revolución, el reformismo es un imposible.

Por otro lado, con una multitud rebelde en las calles y una mano de obra propensa a la huelga, estos reformistas razonadores de golpe se convierten en compañeros de negociación con los que trabajar con quienquiera que esté en el gobierno… Ellos, sin duda, afirman que fueron sus protestas «responsables» que les llevaron allí.

Es una cuestión sobre el equilibrio de fuerzas entre las clases. Es principalmente una lucha por el poder, no un argumento moral. Podremos tener la razón de nuestro lado, pero la fuerza determinará el resultado. Para la lucha contra los recortes, hay varias implicaciones. Las protestas simbólicas no los detendrán. Si acciones como las de UKUncut cambian de las mayoritarias movilizaciones para la sensibilización hacia el reino de los bloqueos económicos, entonces, vamos a estar llegando a alguna parte. Y el Estado va a reaccionar en consecuencia, así que debemos estar preparados para más violencia policial, si nos ponemos serios en ganar. Sin duda este tipo de tácticas también serán condenados por los que ficticiamente están a ‘nuestro lado’, al igual que Aaron Porter, que condenó los disturbios de Millbank, que dieron el empujón inicial a este movimiento. La ironía es que sin un movimiento así, no tienen poder alguno. Pero dado que el TUC3 es esclavo del Partido Laborista, y la falta de organización de los trabajadores independientes, una huelga sostenida y coordinada contra la austeridad parece poco probable. Por otro lado, los bloqueos económicos se han utilizado con gran éxito en Francia tanto como una táctica independiente y como en apoyo de la acción huelguística.

La idea esencial es que bloquear objetivos económicamente importantes, desde centros comerciales a centro de trenes, pasando por depósitos de carburante, con el fin de infligir daño económico comparables a una huelga. Para ser eficaces, deben haber acciones de masas, de lo contrario la policía es propensa a detener a los participantes, sobre todo si están encadenados o pegados4 al estilo activista. ¡No necesitamos mártires, necesitamos resultados! Ya hemos visto que las grandes multitudes pueden ser capaces de defenderse contra los ataques de la policía, sobre todo si se ve preparado para saber qué esperar (como parte de la ropa de protección que ha aparecido en manifestaciones de Londres). Ganar los argumentos y hacer críticas razonadas está muy bien, pero esto no va a parar a los recortes. Como un hombre que pasó la mayor parte de su vida haciendo críticas dijo, «no es la crítica pero sí la revolución el motor de la historia».* Cuando la clase dominante no tema, vamos a empezar a ganar concesiones.

*Karl Marx, La ideología Alemana – En su ataque filosófico en aquellos que en su día pensaban en que solamente las ideas conducen el curso de la historia.

@a_bandazos

1 (N. del T.) Se refiere a la teoría económica del goteo (trickle-down economics) que argumenta que una mejor situación de ganancias para los más ricos de un país, acabara generando riqueza hacía abajo hasta llegar a las capas más bajas de la población, sostenida en buena parte para los países “en vías de desarrollo”

2 (N. del T.) Movimiento contra la austeridad

3 (N. del T.) Sindicato mayoritario del Reino Unido

4 (N. del T.) Se refiere a engancharse con pegamento a un lugar, en vez de encadenarse.

La huelga de ‘La Canadiense’

La llamada huelga de ‘La Canadiense’ fue un paro importante del sector eléctrico, convirtiéndose después en Huelga General, que comenzó el 5 de febrero de 1919 y que se prolongó durante 44 días paralizando el 70% de toda la industria de Cataluña. Dicha huelga se convirtió en la más importante, por sus logros, de la historia del movimiento obrero hispano. En ella se consiguió el aumento salarial, la readmisión de los trabajadores despedidos y lo más importante de todo: la promulgación del Decreto de la jornada de ocho horas de trabajo, siendo así el Estado español el primer Estado en promulgar dicha ley.

Nos encontramos a finales de enero de 1919, y la compañía Riegos y Fuerzas del Ebro -conocida popularmente como La Canadiense ya que el principal accionista era el Canadian Bank of Commerce of Toronto– baja drásticamente los sueldos a sus trabajadores, bajo la excusa de que los obreros eventuales han pasado a ser fijos. Paralelamente, el sindicato anarquista CNT crea el Sindicato Único de agua, gas y electricidad, al que se afilian gran parte de los trabajadores de La Canadiense. La guerra social entre la patronal y el proletariado militante aumenta desde que el sindicalismo revolucionario deja de estar fragmentado y pasa a conformar sindicatos únicos de ramo o industria. Ante esta situación, con los primeros despidos de trabajadores por quejarse, el 5 de febrero de 1919 parte de la plantilla da inicio a una huelga de “brazos caídos”, siendo reprimidos y expulsados de los puestos de trabajo por la propia policía. Y como si se tratara de un efecto dominó, la solidaridad se va extendiendo por todas las secciones de la empresa y por otras empresas de energía.

La huelga comenzaba a ser ya un gran problema desde el primer día, pues la población –y el resto de industrias- dependía de La Canadiense para vivir. La acción de protesta en el sector eléctrico e hidráulico no solo lo paralizó, sino que obligó a suspender las demás industrias que dependían de él para seguir en funcionamiento. Durante las siguientes dos semanas se unió a la huelga la industria textil, tan importante en la Cataluña de principios del siglo XX, reivindicando la jornada laboral de ocho horas y el fin del trabajo infantil. La situación de Barcelona y casi toda Cataluña no tenía precedentes; tranvías paralizados, hogares e industrias sin energía, interrupción de la prensa y fallida del alumbrado público.

Ante tal situación, el Conde de Romanones confiscó La Canadiense y puso en los puestos de trabajo a ingenieros del ejército español. A finales de febrero -con el 70% de la industria catalana totalmente paralizada- entre la participación del capitán general, Milans del Bosch, que pretendía declarar el estado de guerra, y la del Gobernador Civil de la ciudad, que buscaba negociar con los trabajadores, la empresa dictó sentencia: o volvían a sus puestos de trabajo el 6 de marzo todos los trabajadores o serían despedidos. Tal sentencia no hizo más que avivar la llama revolucionaria, provocando que el Sindicato Único de artes gráficas de la CNT proclamara la llamada censura roja. Esta consistió en una acción conjunta de todos los periodistas de Barcelona que comunicaron a sus directores que no publicarían ninguna noticia considerada negativa para la clase trabajadora. Llegado el mes de marzo, la situación era ya incontrolable por parte del Gobierno, así que decidió declarar el estado de guerra, con un nuevo Gobernador Civil llamado Carlos Montañés (encargado de la empresa) y un nuevo jefe de policía, Gerardo Doval. A mediados de mes, el castillo de Montjuïc ya albergaba a tres mil trabajadores presos.

Finalmente, el 17 de marzo de 1919, los representantes de La Canadiense y el comité obrero llegaron a un acuerdo, en el que se aumentó el salario, se promulgó el decreto de la jornada laboral de ocho horas, la libertad de los presos y la readmisión de los primeros huelguistas despedidos.

El 19 de marzo de 1919, entre 20.000 y 35.000 trabajadores, según diversas fuentes, se reunieron en la plaza de toros de las Arenas de Barcelona para ver si los huelguistas aprobaban la negociación entre la patronal y el comité obrero. Finalmente, se aceptaron los resultados de forma unánime y se dio un margen de tres días a las autoridades para liberar a los presos bajo jurisdicción militar, con la amenaza de otra huelga general si no se llevaba a cabo.

De esta manera, el 3 de abril de 1919 el Conde de Romanones promulgaba el Decreto de la jornada de ocho horas.

Sin embargo, antes de la promulga, la huelga no se había terminado del todo, pues ante la traición del acuerdo y la falta de libertad de muchos huelguistas, el 24 de marzo se inició otra huelga general para conseguir excarcelarlos –tal y como habían amenazado-.

Los trabajadores más radicales de Barcelona y alrededores se lanzaron a la calle, no solo por la libertad de sus compañeros presos, sino como forma de protesta contra la línea posibilista que, liderada por Salvador Seguí, hacía un llamamiento a la calma y a la negociación con la patronal. El 25 de marzo, frente a esta situación, el Gobierno español decidió suspender las garantías constitucionales en todo el Estado; así, el ejército y el Somatén tomaban las calles para reprimir a cualquiera que fuera sospechoso de ser sindicalista, además de obligar a los comercios a abrir. Se ilegalizaron los sindicatos, se clausuraron sus locales y se incautó toda su documentación, seguidamente del procesamiento a todos los delegados sindicales. También se prohibió cualquier tipo de ayuda económica a los huelguistas. La Canadiense acusó a la Gobernación de Barcelona de “débil”, lo cual provocó la dimisión del jefe de policía y del propio Conde de Romanones. Se formaba así un nuevo gobierno presidido por Antonio Maura.

El 9 de abril, desde la patronal se amenazó con el ‘locaut’, es decir, con el cierre de las empresas si los trabajadores se ponían en huelga y así no tener ningún derecho económico. Tras la marcha del Gobierno de Maura tres meses después, y la continua guerra social que parecía no tener fin, el 11 de octubre de 1919 se creó la Comisión Mixta de Trabajo. Esta estaba conformada por representantes obreros y de la patronal, en un intento de dar solución al problema; sin embargo, debido a la radicalidad de unos y de otros, tal comisión no sirvió para su cometido original.

Los ‘locauts’ patronales comenzaron a hacer estragos en la clase trabajadora, la cual se veía abocada al paro forzoso y a la más estricta miseria; esto no hizo más que avivar aun más la llama de la guerra entre la clase empresarial y el proletariado militante. La CNT no se quedó de brazos cruzados y sus militantes radicales, los que casi 10 años después conformarán la FAI, empezaron a ganar terreno a los militantes más moderados, comenzando así la etapa de los atentados personales contra policías, empresarios y esquiroles, siendo esto el preludio de lo que meses después se llamaría el pistolerismo.

El conflicto, lejos de solucionarse, se agrandó cada vez más y más. Durante la huelga de La Canadiense se sucedieron hasta tres gobiernos (el de Romanones, Maura y Sánchez de Toca), y ninguno supo poner fin a la guerra social entre clase trabajadora y patronal.

La huelga de La Canadiense fue un punto de inflexión para la clase obrera catalana en general, y para la clase obrera anarcosindicalista de la CNT en particular, pues debilitó al sindicato anarquista pero, por contrapartida, auspició el aumento de los militantes radicales frente a los moderados o posibilistas.

Los continuos estados de guerra, la represión generalizada y los ‘locauts’ mantuvieron a casi toda Cataluña paralizada, con un sindicalismo echando un pulso con la burguesía y el Estado, del cual salió derrotado y débil. La respuesta a partir de aquí fue el terrorismo ‘de masas’, es decir, el pistolerismo generalizado contra los enemigos de la clase obrera y la revolución, a la cual la burguesía no iba a esperar de frente, pues se defendería –y atacaría- con sus propios pistoleros mercenarios y con el llamado Sindicato Libre.

@borjalibertario

Huelga de alquileres

Antecedentes

Hace tiempo, durante un desahucio, entablamos contacto con los vecinos de un bloque de 16 viviendas que sobrevivian en condiciones lamentables en el barrio gran canario de La Isleta. La mayoría eran migrantes, sin ingresos regulares y en una situación legal delicada. Esto les convertía en víctimas perfectas para especuladores inmobiliarios. Vivían de alquiler, pero la mayoría sin contrato o con contratos que vamos a definir simplemente como irregulares. Las condiciones de insalubridad eran insoportables y el alquiler de 350€ no se correspondía con los 25 m² de cada vivienda. A las plagas de insectos y roedores se sumaba el mal estado general de las viviendas. Examinando el inmueble descubrimos ademas que el arrendador tenía pinchada la luz. Convocamos una asamblea y le propusimos a los vecinos que presionaran al propietario con denunciar sus chanchullos, hacer pública la situación del inmueble y que aprovecharan también la circunstancia de que la mayoría no podían pagar ya la renta (muchos debían varias mensualidades), o en breve se verían en esa situación, para inciar una huelga de alquileres hasta que se arreglaran sus condiciones habitacionales. Honestamente, muchos vecinos, por su situación, tuvieron miedo y la propuesta quedó en suspenso hasta esperar futuros acontecimientos. El contacto se había perdido, hasta hace poco…

El conflicto

Hace poco un vecino volvió a ponerse en contacto con nosotros. Nos informó de que el propietario quería traspasar el edificio entero a una inmobiliaria que había ido haciéndose con varías casas según los inquilinos se habían ido marchando superados por la situación. El hostigamiento era total, la higiene del inmueble (sospechan ellos que deliberadamente deteriorada) era ya un riesgo para la salubridad y los precios del alquiler cambiaban a voluntad del casero, siendo los arrendatarios cada vez más incapaces de hacer frente al pago. El propietario les comunicó que se fueran voluntariamente el 1 de enero o que los denunciaría por su situación irregular, y a los que no entraran en esa categoría, al carecer de contrato, simplemente los acusaría de ser okupas y los echarían con un desahucio por precario. Fue precisamente esta situación desesperada la que provocó que un vecino recordara nuestro antiguo ofrecimiento y se decidiera a llamarnos…

El desenlace

Convocamos varias reuniones y en la última se decidió por fin pasar a la acción. Aquellos que pudieran usar la vía legal denunciarían por su cuenta, pero la situación irregular de la mayoría les retraía de esta opción. El resto usaría una estrategia inequivocamente más directa: convocar a los medios de comunicación (preservando la identidad de los vecinos perseguidos simplemente por su lugar de nacimiento), boicoteo, escraches y principalmente una huelga de alquileres (negarse a pagar hasta que se aceptaran sus demandas). Esto se decidió pero no hizo falta llevarlo acabo… Informado el propietario de nuestras intenciones optó por ceder antes de verse envuelto en un conflicto mayor.

Finalmente ha aceptado establecer un acuerdo contractual formal, sufragar el saneamiento del edificio, rebajar los alquileres y renunciar a exigir los atrasos.

Conclusiones

Lo conseguido demuestra el pontencial que encierra la vía de la confrontación directa y nos ha permitido ejercitar la preparación de una herramienta revolucionaria que creemos no se da en el Estado español desde los años 30: la huelga de alquileres. Esta es una herramienta que no debe subestimarse. La posibilidad de un impago generalizado puede ser, como en este caso, suficiente por sí sola para lograr que se satisfagan nuestras demandas. En caso de que se produzca, entraña un conflicto de grandes proporciones pues supone el desalojo de cada una de las familias afectadas y esto supone, si hay un grado de implicación aceptable, la movilización de un barrio y de varios entornos familiares. Esto obliga a crear lazos de solidaridad y resistencia. Supone finalmente un conflicto directo con las instituciones políticas y económicas: de la policía y la judicatura a los bancos y las inmobiliarias.

Además hemos vuelto a corroborar la fuerza que tiene la presión y como es imposible alcanzar aunque sólo sean unos objetivos mínimos si no se planta batalla. No es la lucha social terreno para las palabras bonitas y las buenas intenciones. La necesidad de enseñar los colmillos marca el terreno.

Consideramos no obstante que es un éxito parcial. Nuestro objetivo no es conseguir una rebaja general de los alquileres ni hacer más tolerable una vida miserable bajo el abusivo sistema capitalista. Pretenderlo supondría conformarse con lo mínimo, estancarse en el status quo, intentar curar al Sistema cuando no hay más opción que enterrarlo. Pero además de todo eso supondría también, y esto es algo que no debemos ignorar, que nos estaríamos olvidando de los más pobres, de los que ni siquiera podrían pagar un alquiler rebajado. Nuestro objetivo pasa, por tanto, por la liquidación de los alquileres, la supresión unilateral de las deudas hipotecarias y la gestión de la vivienda por vía directamente popular. Mientras tanto seguiremos presionando, porque experiencias como esta nos demuestran que no podemos desdeñar el aforismo que acuñó Sun Tzu en El Arte de la Guerra: «la mejor victoria es aquella en la que se derrota al enemigo sin necesidad si quiera de combatir».

FAGC

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