Cómo recuperar el optimismo: Solarpunk

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@BlackSpartak

La desesperanza no es natural. Hay que producirla. Si realmente queremos entender esta situación, tenemos que empezar por comprender que en los últimos treinta años se ha construido un vasto aparato burocrático para la creación y el mantenimiento de la desesperanza. Una especie de gigantesca máquina diseñada, ante todo, para destruir cualquier posibilidad de futuros alternativos. La raíz es una verdadera obsesión por parte de los gobernantes del mundo por asegurarse de que los movimientos sociales no puedan crecer, florecer, proponer alternativas; que aquellos que desafían los pactos de poder existentes nunca, bajo ninguna circunstancia, se perciba que ganan. Para ello es necesario crear un vasto aparato de ejércitos, prisiones, policía, diversas formas de seguridad privada y aparatos de inteligencia policiales y militares. De todas las variedades imaginables, la mayoría de los cuales no atacan las alternativas directamente, sino que crean un clima generalizado de miedo, de conformidad jingoísta y de simple desesperación que hace que cualquier idea de cambiar el mundo parezca una fantasía vana. El mantenimiento de este aparato parece aún más importante para los defensores del «libre mercado» que mantener cualquier tipo de economía de mercado viable.

David Graeber (2008) Hope in Common.

Desarrollando la cita de Graeber, a las personas con intención revolucionaria a veces nos puede ganar la impotencia ante la imposibilidad de un cambio social. Solemos creernos muy lejos de nuestros objetivos prácticos. Sabemos, o deberíamos asumir ya, que nuestras ideas se materializarán algún día y que quizá antes que a nosotras le servirán a nuestra descendencia. Sabemos que las revoluciones son procesos que duran décadas. Y que no pasa nada por ser una pieza más de ese proceso, y no la pieza protagónica que asalta los cielos espada en mano.

Y es que a las opciones de la izquierda transformadora actual nos rodea un aura de derrotismo. El supuesto colapso de la civilización adicta a los combustibles fósiles no nos está acercando a una utopía, sino a un turbocapitalismo adicto a la fast fashion y el Tik Tok. En nuestra sociedad se imponen entre la juventud (y en el resto de edades también) los valores opuestos a los que defendemos que, mucho nos tememos, desembocarán en fascismo (ya sea ecofascismo o fascismo a secas).

Por lo tanto, esa idea del colapso no nos ha sido útil para favorecer un movimiento revolucionario global. Al contrario, al “no haber futuro” todo el mundo hace como que no pasa nada. Da igual que lleguemos a 50ºC en verano. Da igual que se cometa un genocidio a nuestras puertas. Da igual vivir la sexta extinción planetaria y saber que somos completamente responsables. No nos preocuparemos hasta que no falte la comida en el supermercado o no patrulle el ejército la calle.

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En una sociedad Solarpunk que se precie no faltan ni los huertos, ni los paneles solares ni los domos.

A comienzos de los años 2000-2010 apareció un movimiento cultural y estético centrado en un futuro sostenible, en contraposición a las visiones distópicas y apocalípticas comúnmente retratadas en la ciencia ficción: el solarpunk. Inspirado por la ecología, la energía renovable y el diseño sostenible, el solarpunk imagina un mundo en el que la tecnología y la naturaleza coexisten armoniosamente. Este género se caracteriza por la promoción de soluciones innovadoras y ecológicas para los desafíos globales, fomentando la resiliencia y la adaptabilidad de las comunidades frente a los problemas medioambientales y sociales.

La utilidad del solarpunk va más allá de la mera expresión artística, ya que proporciona una plataforma para explorar y difundir ideas prácticas sobre cómo abordar la crisis climática y construir sociedades más sostenibles. Al destacar la belleza y la viabilidad de las energías renovables, la agricultura urbana y la arquitectura ecológica, el solarpunk inspira la acción positiva y la adopción de prácticas responsables. En un mundo preocupado por el cambio climático y el agotamiento de recursos, el solarpunk ofrece una visión esperanzadora y pragmática para un futuro en el que la humanidad vive en armonía con la naturaleza, aprovechando la tecnología de manera sostenible para crear un mañana más brillante.

Entonces se trata de un cambio de enfoque. No todo futuro tiene porqué verse plasmado por el género postapocalíptico. También se puede dar un modelo de “Arcadia feliz” más acorde con nuestros planteamientos. Esto se puede ver directamente en el Manifiesto Solarpunk, que dice:

El solarpunk es, a la vez, una visión del futuro, una provocación reflexiva, una forma de vida y un conjunto de propuestas alcanzables para llegar a ese futuro.

  1. Somos solarpunks porque el optimismo nos ha sido arrebatado y estamos intentando recuperarlo.
  2. Somos solarpunks porque las únicas otras opciones son la negación o la desesperación.
  3. En su esencia, el solarpunk es una visión de un futuro que encarna lo mejor de lo que la humanidad puede lograr: un mundo postescasez, postjerarquía, postcapitalista, donde la humanidad se ve a sí misma como parte de la naturaleza y la energía limpia reemplaza a los combustibles fósiles.

En otras palabras, el manifiesto se está situando en nuestro cuadrante ideológico. Sin embargo, lo hace de forma instintiva y superficial. Nos puede recordar al movimiento hippie o a las comunidades intencionales, o como mucho al autodenominado “Pueblo Libre” de Christiania. Lo cierto es que las Zonas Temporalmente Autónomas son una constante en el pensamiento Occidental. Son islas de utopía que rehúyen la vida cotidiana y sus conflictos. Podríamos hasta decir que Solarpunk es tomar una de esas comunidades intencionales y transformarla con IA.

Al partir de ideas de artistas y arquitectos, no necesariamente politizados, éstas ponen énfasis en la ecología y en la creación de comunidades autosuficientes en el aspecto alimentario y energético. Algún intento hay de llevarlas a la práctica. No obstante, en cuanto escalamos el tamaño de la sociedad, nos damos de bruces con la cruda realidad. El capitalismo también puede perfectamente comprar este tipo de imaginario que parece sacado de los estudios Ghibli y crear un festival como el Burning Man pensado para exhibirse de forma superficial y sacar dinero o presentarnos unas sociedades del universo Marvel dirigidas por una realeza paternalista y buenrollista como Wakanda o Asgard o una tiranía ultramoderna como las de Aeon Flux o Tomorrowland. ¿O qué decir de Singapur, una de las ciudades-estado más autoritarias del mundo, con esa estética tan Solarpunk?

Mientras los textos teóricos de Solarpunk pueden llegar a emplear citas de Karl Marx, Piotr Kropotkin, David Graeber o Murray Bookchin, pocas veces reclaman una economía colectiva. Si acaso, hablan de huertos y jardines comunitarios, trabajados en común. Se reivindican como anticapitalistas o postcapitalistas, pero no desarrollan qué se entiende por esos conceptos más allá de unos valores más allá de la sociedad de consumo. Podemos ver, pues, el mismo planteamiento que compartían sectores del viejo socialismo utópico, salvo que lo de ahora parece sacado de una película futurista de ciencia ficción interplanetaria.

En otros aspectos quizás nos recuerde a los planteamientos de Jacques Ellul, un anarquista cristiano que se imaginaba una red de comunidades autosuficientes, al estilo de los anabaptistas. Su anarquismo era evolucionista y pacifista, a la vez que mutualista proudhoniano. Ellul no era antitecnología, sino que veía la tecnología como útil si la tomamos como lo que es, una forma de hacer la vida más fácil, en lugar de tomarla como una forma de hacer beneficios de forma más rápida y eficiente. Entendía que la técnica no se encuentra al servicio de las necesidades de la sociedad, sino que es su propio desarrollo el que la guía. Según su perspectiva, la tecnología avanza de manera autónoma, desprendiéndose de los aspectos sociales, culturales o éticos que podrían limitar su crecimiento.

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Una constante en los dibujos solarpunk es la de las plantas en los edificios. Esta propuesta es la pesadilla de la arquitectura, que se verá obligada a combatir las humedades, los insectos y a ingeniar métodos de fertilizar toda aquella masa verde.

Fundamentalmente, el Solarpunk es una estética naturalista contrapuesta a la distopía cyberpunk. En este caso podemos reivindicarlo como una de las opciones deseables de vida futura. Es necesario construir utopías para que la sociedad avance y tenga sueños. El capitalismo de nuestro tiempo plantea escenarios de futuros catastróficos, en los que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Gracias a esto, la gente tendrá la tendencia de no hacer nada para cambiar las cosas, ya que le parecerá imposible cualquier tipo de cambio.

El comunismo libertario es un modo de producción y un modelo de sociedad. Se suele caricaturizar como una sociedad rural llena de vegetación y gente que trabaja en el campo. Casi nunca se dibujaría un comunismo libertario en una sociedad como en la que vivimos o, peor aún, implantado en una ciudad opresiva llena de edificios brutalistas y luces de neón.

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Mapa del satélite Anarres, una sociedad libertaria imaginada por Ursula K. LeGuin. Si rodaran la película el aspecto de sus poblados sin duda sería Solarpunk.

Es vital conectar con una utopía atractiva que presente un ideal alternativo. Decían Graeber y Wengrow en El amanecer de todo que el contacto de los sabios indígenas americanos con los europeos dio pie en buena medida a la Ilustración. Era un cuestionamiento completo de la sociedad europea, entonces gobernada por monarquías absolutas. El aporte indígena facilitó la impugnación de las jerarquías sociales, y fue el fundamento de las ideas libertadoras de los siglos posteriores. En ese caso la imaginación determinaba una posibilidad política en una especie de prefiguración utópica.

En el ideario anarquista está la superación del colapso. Como decía Durruti: Sabemos que no vamos a heredar más que ruinas, porque la burguesía trata de arruinar el mundo en la última fase de la historia. Pero te repito que no nos dan miedo las ruinas, porque llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones. Y este mundo está creciendo en este instante.

Recuperemos la capacidad de soñar. Que Solarpunk también sea una llamada a la acción.

Una derivación curiosa es el afrofuturismo. Es la fusión de la estética Solarpunk con una nueva narrativa social y arquitectónica para África.

Recursos:

Películas solarpunk https://www.reddit.com/r/solarpunk/comments/ondz67/solarpunk_movies/?ref=hackernoon.com

The history of Solarpunk

https://solarpunks.net/?ref=hackernoon.com

Manifiesto Solarpunk

https://theanarchistlibrary.org/library/the-solarpunk-community-a-solarpunk-manifesto?ref=hackernoon.com

Solarpunk cities: Our last hope?

https://www.youtube.com/watch?v=UVlBmdvIC6s

David Graeber. Hope in Common

https://davidgraeber.org/articles/hope-in-common/

Why we need more than solarpunk

https://www.youtube.com/watch?v=9fxbDhoYlh8

La estrategia del Poder Popular

En los años 60 se dio un fuerte proceso de optimismo revolucionario entre la clase obrera urbana, el campesinado y los nuevos sujetos en boga en el continente americano: los pueblos indígenas, las comunidades afro y las mujeres. Mientras que las guerrillas aparecían en todos los territorios, imitando el ejemplo de Cuba de 1959, en las barriadas también se cocían grandes procesos de autogestión popular. Era una época de intensa politización, en la que incluso participaba un sector de la iglesia católica.

Entre las organizaciones revolucionarias, podemos destacar el MIR chileno. Se había constituido como un frente de organizaciones, más que como un partido. En ellas confluían marxistas leninistas, marxistas heterodoxos, anarquistas y militantes de la Teología de la Liberación. Sin embargo, el partido derivó en marxista leninista al uso y pronto se marginó las demás opciones.

Lo que nos puede resultar de interés del MIR es su tesis sobre el Poder Popular. Se trataba de articular su acción político-social mediante la acción directa. Su ejecución se basaba en la toma de terrenos por parte de campesinos y pobladores, así como de la toma de fábricas por los trabajadores industriales. Estas tomas suponían una ofensiva de toda la comunidad, no sólo de la gente que participaba en ellas. Con estas acciones se creaba una base social muy amplia, que era imprescindible para cualquier lucha revolucionaria. Y como partido de vanguardia que era[1], el MIR planteaba este Poder Popular como el primer paso hacia una insurrección popular y la construcción de una sociedad socialista. El campo y la ciudad, sus pobladores, debían ser protagonistas de su propia emancipación.

En Chile, durante el gobierno de la Unidad Popular de Allende, los sectores revolucionarios aplicaron una ofensiva en todos los frentes. Se formaron cordones industriales (algo así como consejos obreros basados en fábricas ocupadas), comandos populares, comedores, nuevas poblaciones autoconstruidas… y en 1972 se formó la Asamblea Popular de Concepción[2].

Formada el 27 de julio, era una asamblea de representantes de los organismos de lucha obreros, estudiantiles y de los pequeños industriales y comerciantes[3]. Su primera tarea fue desconocer el Parlamento nacional, que entendían como reaccionario. La asamblea pretendía impulsar Consejos Comunales de Trabajadores de todas las comunas (municipios) de la provincia. Cuando estuvieran listos se levantaría un programa de lucha.

El mayor problema de esta asamblea fue que todos los sectores de la socialdemocracia y la Unidad Popular (Partido Comunista incluido) se les echaron encima para deslegitimarla. Es relevante notar que esta experiencia se impulsó desde abajo con la intención clara de que crear un poder organizado que fuese una expresión de poder popular paralelo a las instituciones gobernadas por el gabinete de Allende.

Situaciones parecidas, aunque en contextos muy distintos se dieron el Cordobazo (Argentina) de 1966, en los paros nacionales de Colombia de 1977, el caracazo (Venezuela) de 1989, la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (México) de 2006 entre muchos otros procesos similares de construcción de un poder paralelo e incipiente de carácter revolucionario.

El anarquismo latinoamericano entendió rápido la idea del Poder Popular. En el fondo era lo mismo que se había vivido en la Rusia de 1917, en la Alemania de 1919 o en la España de 1936: la construcción de organismos de poder obrero como los soviets rusos, los consejos obreros alemanes (y de otros lugares) o los comités revolucionarios españoles. Cuando el pueblo está organizado suele crear estructuras de autogestión a gran escala que toman una forma bastante similar.

Las diferencias entre anarquistas y marxistas latinoamericanos estribaban en el problema del poder y la ruptura revolucionaria. Así, la Federación Anarquista Uruguaya, a comienzos de los años 70, veía en los gérmenes de poder popular unos espacios de socialización del poder político, en donde se comenzaban a ejercer la autonomía, la democracia directa, la autogestión. Entendían el Poder Popular de una forma contraria y antagónica a la naturaleza centralizadora y disciplinadora del Estado que enajena el poder político. Los marxistas, como el MIR y otros partidos similares, entendían el Poder Popular como los primeros pasos de un Estado Obrero y veían la toma del poder y la creación de un gobierno revolucionario como un necesario estado de transición.

Por tanto, los anarquistas pensaban que el Poder Popular se tendría que constituir rápidamente a gran escala como alternativa al estado. Para ello era vital que las organizaciones específicas anarquistas pudiesen tener militantes suficientes para contrarrestar el influjo de las demás fuerzas políticas vinculadas a los procesos revolucionarios. Entendían que las organizaciones, frentes o grupos armados que apoyaban el poder popular eran aliados necesarios en la lucha contra los aparatos represivos de los estados, aunque a largo plazo estallaría el conflicto entre quienes quisieran construir el Estado Obrero y quienes opinaban que el Poder Popular se bastaría a sí mismo o entre el punto de ruptura, que es el Poder Popular, y el reformismo gradualista.

Por último, cabe decir que esta estrategia no tiene nada que ver con el foquismo, que consiste en la acción de una guerrilla para acelerar el conflicto de clases. Ni tampoco con la recuperación de este concepto que hizo el estado cubano a finales de los años 70, asignándoselo a sus ministerios. Para el anarquismo el Poder Popular es una acción directa de masas que construyen los cimientos de la nueva sociedad.

Ahora bien, ¿por qué no utilizamos conceptos más propios del anarquismo ibérico o del autonomismo europeo, como la sociedad paralela o las zonas rojas? La respuesta es que ese tipo de espacios (como ateneos, cooperativas, centros sociales o comunidades intencionales) muy mayoritariamente están impulsados por la militancia más politizada de un territorio y no por procesos de lucha social desde abajo. El Poder Popular tiene una connotación de lucha permanente con la institucionalidad que lo ve como amenaza. No se desdeñan esas experiencias, entendiéndolas como punto de partida o retaguardia de nuestros movimientos revolucionarios, sin que caigan en la endogamia y en dinámicas de ghetto. Pero no nos podemos quedar ahí, dado que se corre el peligro del anquilosamiento o rehuir del conflicto.

Por ello es necesario levantar siempre la bandera de la ofensiva popular. Somos parte del pueblo y de sus procesos. Pero para ser útiles y eficaces, debemos tener nuestra organización específica entre iguales.

[1] Esto se constató en el Congreso de Chillán de 1967, cuando el partido optó por la toma del poder como objetivo estratégico y la violencia revolucionaria para destruir el aparato represivo burgués, rechazando confiar en la vía electoral.

[2] Danny Gonzalo Monsálvez Araneda. La Asamblea del Pueblo en Concepción. La expresión del Poder Popular. https://revistas.udec.cl/index.php/historia/article/view/6381/5922

[3] En América Latina fue y es muy habitual que sectores de la pequeña burguesía se alíen con los sectores proletarios. Por eso se utiliza ampliamente el término “popular”, que incluye los más diversos sujetos.

La masacre en Gaza es un crimen internacional

La vulgata cómplice de los dirigentes de la Unión Europea resuena por doquier: “Israel tiene derecho a defenderse, respetando el Derecho Internacional Humanitario”. Es una melodía macabra que se reitera en los medios de comunicación, mientras los inmisericordes bombardeos israelitas masacran niños, mujeres, periodistas y personal humanitario en la Franja de Gaza.

Llevamos ya un mes de bombardeos y al respeto de Netanyahu por el Derecho Internacional Humanitario ni se ha visto, ni se le espera, en Gaza. Se está efectuando, con plena publicidad global, un castigo colectivo contra población civil, a la que se ha privado de alimentos, agua y combustible durante semanas. Se ha impuesto un traslado masivo y coactivo con motivación étnica, no sólo en Gaza sino también en algunas zonas de Cisjordania. Se ha asesinado a cerca de 10.000 personas, entre ellas casi 5.000 niños y niñas, en bombardeos indiscriminados contra población no combatiente. Se han utilizado bombas de fósforo blanco en zonas ampliamente pobladas de civiles. Se están realizando masacres casi diarias en hospitales, escuelas y centros humanitarios. Se bombardean ambulancias y campos de refugiados. Se ataca a los civiles que han obedecido a la orden coactiva de dirigirse al Sur de la Franja y se les niega la posibilidad de acceder a ayuda humanitaria.

Mientras tanto, los dirigentes israelíes hablan de usar la bomba atómica contra la población civil de Gaza. Los servicios de inteligencia desarrollan planes para expulsar a la totalidad de dicha población, por la fuerza, más allá de la frontera. El Ejército israelí destruye las plantas potabilizadoras de agua de la Franja y cierra, de vez en cuando, toda comunicación virtual entre Gaza y el resto del mundo.

En estas circunstancias, ya no cabe lugar para declaraciones ambiguas ni para afirmaciones utópicas. Nadie en su sano juicio, o con un mínimo de honestidad, puede afirmar que Israel está cumpliendo el Derecho Internacional Humanitario en su ofensiva sobre Gaza. Simplemente, el mundo entero está viendo como se produce un genocidio, salpicado de crímenes de guerra contra población civil, enmarcado en una estrategia de limpieza étnica, a la que algunas voces añaden propuestas de una “solución final” (como el uso de la bomba atómica en la Franja) consistente en el aniquilamiento del pueblo palestino.

Así, pues, las plañideras consideraciones de los dirigentes de la Unión Europea no pueden tomarse más que como una forma indigna y sórdida de complicidad en la matanza. No, no hay ninguna duda. Es evidente que Israel está incumpliendo el Derecho Internacional Humanitario. Y, por tanto, también es evidente que, así, de esta manera, en estas circunstancias, Israel no tiene derecho a defenderse. No así. Un genocidio no es algo que se pueda cometer “en defensa propia”.

En el más primigenio origen del “derecho de gentes”, la tradición jurídica hispánica que dio lugar al nacimiento del Derecho Internacional está la afirmación de San Isidoro de Sevilla, luego reiterada por Santo Tomás de Aquino y toda la escolástica medieval, de que lo único que distingue a una banda de ladrones de un Estado es el respeto del Derecho.

El Estado no es una banda de ladrones, nos dice Isidoro, porque respeta las normas que él mismo se ha dado. Las normas básicas de su ordenamiento jurídico, y las normas internacionales que ha ratificado como integrante de la comunidad global de Estados. Sin ese respeto de las normas jurídicas, el Estado es indistinguible de una banda de ladrones. O de un grupo terrorista.

Quien toma como línea política y militar aterrorizar a población civil y masacrar niños, en palmaria quiebra del Derecho Internacional, no puede reclamar ser reconocido entre las naciones como un igual. La venganza es un criterio común de actuación de las bandas de ladrones, no de un Estado de Derecho.

Así pues, Israel, con su actuación en Gaza (pública, palmaria, e incluso reivindicada por sus dirigentes políticos) ha dejado de ser un Estado para comportarse como una banda de ladrones. No tiene derecho a defenderse así, de esta manera, conculcando todo rasgo de humanidad, toda norma jurídica.

Por tanto, los lloros cómplices y pasivos de los dirigentes políticos de la Unión Europea deberían ser sustituidos por una política firme en defensa de los derechos humanos. Una política que, en este momento, impone la ruptura de relaciones diplomáticas con Israel, la detención de Benjamin Netanyahu y los dirigentes militares israelíes para ser juzgados por la Corte Penal Internacional, la imposición de sanciones económicas y armamentísticas a Israel hasta que abandone sus prácticas actuales y se establezca un alto el fuego, el reconocimiento jurídico del Estado Palestino, y la apertura irrestricta de Gaza a la ayuda humanitaria y el comercio internacional.

La Unión Europea debe exigir la liberación de todos los presos y rehenes de ambas partes. La asunción de responsabilidades penales por parte de todos que han realizado masacres contra civiles. Reconocer al Estado Palestino. Y, además, implementar una dinámica de sanciones efectivas contra el Estado de Israel hasta que cumpla cabalmente todas las resoluciones de la Organización de Naciones Unidas sobre el conflicto en Palestina.

Eso es el cumplimiento del Derecho. Lo demás son sandeces cobardes y lloriqueos de una expotencia en acusada decadencia. Los cenagosos lamentos con los que los traficantes de palabrería justifican su pasividad ante el saqueo y la masacre efectuados por una banda de ladrones.

2023 tiene que ser año de la confluencia del sindicalismo combativo

2023 tiene que ser el año para la confluencia del sindicalismo combativo y el anarcosindicalismo.

2023 se presenta como un año cargado de tensiones sociales. La guerra de Ucrania ha desatado un proceso de aumento de la inflación a escala global que los Bancos Centrales tratan de atajar con subidas de los tipos de interés. Todo ello contribuye a hundir el poder adquisitivo de los salarios y a empujar a gran parte de la clase trabajadora a un escenario de miseria, desahucios y escasez de suministros básicos. Además, la crisis climática parece lejos de estar controlada, y los fenómenos atmosféricos extremos se multiplican por el globo.

Las sanciones asociadas a la guerra, además, impactan sobre los mercados alimentarios y energéticos, impulsando un aumento brutal de la pobreza en los países del Sur, que se ve aún más incentivado por las crecientes fugas de capitales provocadas por las subidas de los tipos de interés en los países del Norte. Este proceso alimenta las tensiones geopolíticas al impulsar, en los países emergentes, la simpatía social con las nuevas potencias que ponen en cuestión el orden imperialista global, como Rusia o China, pese a sus estructuras políticas fuertemente autoritarias.

En nuestro país, las contradicciones partidarias han llevado a un “golpe blando” de la derecha judicial, que se ha autoconstituido en una cámara previa de control de lo que puede ser votado en sede parlamentaria. La pasividad del sindicalismo oficialista, que lo fía todo al buen hacer del Ministerio de Trabajo, incapacita a la clase trabajadora para responder a la creciente pérdida de poder adquisitivo de los salarios y a la degradación de los servicios públicos. La clase dirigente europea pretende sostener precariamente a los sectores más vulnerables, para tratar de conjurar una hipotética explosión social, mientras profundiza el proceso de desposesión de la clase trabajadora en su conjunto y las dinámicas de mercantilización de la vida.

Estamos, pues, ante un escenario complejo y ambiguo, dominado por tensiones irresolubles y contradicciones crecientes. Una era de bifurcaciones no reversibles y de pulsiones autoritarias. De ascenso de la ultraderecha y de presiones belicistas. Y, sin embargo…

Sin embargo, la clase trabajadora global da muestras de una vitalidad persistente y no completamente domesticada. Las huelgas se suceden en el Reino Unido, en lo que los medios de comunicación ya llaman “un nuevo invierno del descontento”. Los trabajadores precarios estadounidenses ensayan nuevas formas de organización en las grandes empresas posfordistas. El sindicalismo combativo francés toma las refinerías y sostiene un pulso con la patronal que está cerca de llevar a una huelga general. Las dinámicas de lucha social derriban gobiernos en América Latina y provocan un nuevo “ciclo progresista” en las urnas.

En nuestro país, los metalúrgicos desarrollan amplios procesos huelguísticos y de movilización callejera. Las trabajadoras de Inditex, en Galicia, consiguen un aumento salarial inédito para un sector fuertemente precarizado. El personal sanitario de la Atención Primaria madrileña ocupa el local de la Consejería. Conductores de autobuses en Zaragoza, trabajadoras de la limpieza de edificios en Castelló y de la atención domiciliaria en Asturias y Valencia…los conflictos, dispersos, y muchas veces encauzados rápidamente por el sindicalismo oficialista, se multiplican por toda la geografía española.

El sindicalismo combativo y el anarcosindicalismo tratan de organizar y concienciar a la clase trabajadora para la gran batalla que se avecina. Pese a persistente letanía derrotista de quienes quieren mantener a los trabajadores en un estado depresivo permanente, el sindicalismo combativo se desarrolla lentamente, pero sin pausa. La CGT, el principal sindicato no oficialista de ámbito estatal, despierta de un cierto letargo con una nueva propuesta y se convierte en la organización obrera que más días de huelga convoca en Cataluña. CNT, pese a sus contradicciones internas irresueltas, se vuelca por fin en el sindicalismo y en la organización obrera, lo que provoca un crecimiento limitado pero sostenido de su afiliación. Otras organizaciones se unen para conformar organismos mayores (como AST y CSC, que conforman la nueva Alternativa Sindical de Clase) o, dentro de sus límites, crecen en afiliación y perfeccionan claramente su estructura y sus capacidades de intervención en los centros de trabajo (como hemos hecho en Solidaridad Obrera). Mientras, organismos que se encontraban hace ya tiempo en la esfera de la concertación, derivan claramente hacia la acción sindical combativa, como ELA en Euskadi.

Además, las convocatorias conjuntas de manifestaciones y la generación de plataformas comunes (como el Bloque Combativo y de Clase, o la Taula Sindical de Catalunya) son ya una costumbre asentada en muchas organizaciones. Es la hora de un nuevo sindicalismo combativo que contribuya a construir una fuerza social capaz de detener el brutal salto hacia el abismo al que se ha lanzado el capitalismo global. 2023, es el año en que la respuesta del sindicalismo combativo y el anarcosindicalismo tiene que hacerse audible. Pero ¿cómo?

El sindicalismo combativo y el anarcosindicalismo deben presentar un bloque unido en 2023 sobre la base de un programa mínimo de consenso, que debe comenzar por la defensa de los salarios y los servicios públicos, y la conversión de estos últimos en instituciones comunal-comunitarias con participación protagónica de los/as trabajadores/as y usuarios/as. Debemos plantear una fuerte limitación de la subcontratación y del uso de los falsos autónomos y del trabajo en formación, recuperar la readmisión obligatoria en el despido improcedente y caminar hacia la expansión de los derechos y garantías de las secciones sindicales. Y, por supuesto, debemos delinear cuáles son nuestras reivindicaciones en un gran proceso de debate sindical que alcance a todas las organizaciones y que culmine con una gran demostración de fuerza unitaria (movilización o Congreso Obrero).

Porque nuestra tarea principal en esta etapa es vencer la desesperanza de la clase trabajadora abriendo, en 2023, el camino para la confluencia y la unidad de acción del sindicalismo combativo y el anarcosindicalismo. Una confluencia que se puede construir con nuevas plataformas locales (al estilo de la Taula Sindical de Catalunya) y nuevos debates programáticos y de fondo; con la convocatoria de eventos unitarios (manifestaciones, conferencias abiertas a la ciudadanía, congresos…); generando medios comunes de difusión y debate, y expandiendo la discusión y la reflexión sobre ese nuevo sindicalismo que queremos construir más allá de las siglas y la fronteras organizativas; abriendo espacios para una nueva cultura obrera en los centros sociales o en ateneos sindicales conjuntos; construyendo Consejos Productivos Locales con las entidades de economía social y las plataformas de defensa de los servicios públicos, etc. etc.

Además, por supuesto, debemos tomarnos en serio la internacionalización de las luchas y el apoyo mutuo a través de las fronteras, multiplicando las relaciones con las organizaciones de trabajadores/as de América Latina, con las que compartimos idioma y múltiples códigos culturales, así como con las organizaciones del sindicalismo combativo europeo, que tienen enemigos muy visiblemente equivalentes a los nuestros.

La Federación Sindical Mundial, la Confederación Internacional del Trabajo, la Red Roja y Negra, la Asociación Internacional de los Trabajadores y la Red Internacional de Solidaridad y Luchas, las distintas internacionales a las que pertenecen nuestras organizaciones, deben intercambiar información y apoyarse mutuamente en sus conflictos, contribuyendo a una cultura obrera plural, reflexiva y respetuosa con las diferencias que envíe un fuerte mensaje a todos los trabajadores y trabajadoras de nuestros países: ahora sí, estamos en camino.

Es la hora de que el anarcosindicalismo y el sindicalismo combativo muestren con firmeza su capacidad para hacer frente a la devastación capitalista en curso. Quienes militamos en las organizaciones sindicales que luchan debemos asumir nuestra responsabilidad en este momento histórico y hacerle un gran presente a nuestro pueblo: el regalo de una clase trabajadora organizada, consciente de su fuerza y unida en su diversidad.

2023 tiene que ser el año del inicio del camino hacia la construcción de un gran bloque obrero combativo y con capacidad de parar la economía capitalista para iniciar el trayecto a una sociedad más justa.

 

Kaosenlared

¿Por qué organizarse políticamente?

¿Alguna vez has sentido que tu asamblea de colectivo sigue unos derroteros sin estrategia alguna? ¿que se mueve por inercia o siguiendo una “moda” del activismo? ¿Te preocupa que tu paso por la militancia social no haya dejado ningún poso en la sociedad?

Yo me inicié en el movimiento libertario en 1997, ha llovido ya. Recuerdo que mi verdadero bautismo militante fue durante 2001, con el auge del movimiento antiglobalización. En aquel momento era el movimiento de referencia, el que aglutinaba a todos los colores de la izquierda política. Yo iba como un participante más.

Sin embargo, tonto no debía ser, puesto que enseguida detectaba (junto con otras compas del Ateneo Libertario de mi ciudad) que otras corrientes tenían estrategia. Había bastantes militantes de Izquierda Unida, del PCE y sus juventudes, del PCPE y de otros partidos y frentes del ámbito comunista. En cuanto vieron que aquello tenía gente, se metieron de lleno. Nada que objetar. El problema era que yo iba a mi aire, y mis compas libertarias, también. Rara vez teníamos estrategia alguna en las asambleas comunes. Esto hacía que perdiéramos algunos debates estratégicos. Cuando este movimiento derivó en el movimiento contra la guerra de Afganistán y, luego la de Iraq, el poder de la vieja izquierda marxista y socialdemócrata fue demasiado aplastante como para variar nada.

En aquel caso, el punto de unión de las personas de tendencia libertaria era un ateneo y el local de la CGT. Pero lo cierto es que no había debates estratégicos más allá de las cervezas de después de la asamblea.

Esta forma de hacer las cosas, cual pollo sin cabeza, se volvió a repetir en el 15M de 2011. El movimiento libertario era completamente movimientista e informal. Aun así, logró marcar la forma en la que se tenían que hacer las cosas. De alguna manera el movimiento de los indignados funcionó de forma horizontal y asamblearia. Desde las plazas se impulsaron muchos proyectos de ámbito social, cooperativista y eventualmente, fueron el punto de partida de las asambleas libertarias de barrio.

Pero en las plazas de los barrios y pueblos se notaba también la existencia de organizaciones políticas. La neutralidad no existe en los movimientos de masas. Es inevitable que a un movimiento plural vayan personas con ideología e incluso con una organización política detrás. En mi barrio predominaba una corriente del estilo Anticapitalistas y En Lucha. Sin embargo, se podía ver que había tantas o más militantes libertarias que de las corrientes marxistas. Pero como íbamos sin organizar, eso no tenía relevancia. Cinco personas organizadas son más fuertes que cincuenta sin organizar. Tenedlo claro.

Veníamos de años de intentar crear organizaciones libertarias aglutinando militantes sin importar su posición ideológica/práctica previa. Eso hacía que en un mismo colectivo coexistieran distintas corrientes del anarquismo (individualismo, anarcosindicalismo, anarcocomunismo, anarcofeminismo, insurreccionalismo, anarcoveganismo, anticivilización, cooperativismo, etc.). Al no coincidir en las tácticas y estrategias a gran escala (cómo se tiene que organizar la sociedad), nos teníamos que conformar con gestionar un local y hacer campañas de corto recorrido.

Todas las coordinadoras y federaciones de aquella época eran de síntesis anarquista. Se volvía a repetir lo mismo que ocurría en los colectivos, solo que a una escala mayor. Cada cual era de un palo distinto. Por tanto, las decisiones no podrían ser ambiciosas, más allá de pegar carteles o hacer agitación y propaganda. Éramos un movimiento capaz de montar ferias del libro y festivales, pero no de encabezar un movimiento popular de masas, de esos que hacen caer gobiernos como en América Latina. Hablábamos de la revolución y no éramos capaces de construir movimientos revolucionarios.

Después del 15M algunos compas le intentamos poner remedio a esta situación. Impulsamos Embat en Catalunya y Apoyo Mutuo en el resto del estado. Fue un salto cualitativo. Sin embargo, la creación de organizaciones específicas libertarias no estuvo exenta de errores. Hubo un par de casos en los que, al hacer asambleas abiertas, entraron personas contrarias al espíritu orgánico de las impulsoras. Se cumplió la premonición de José María Olaizola, que nos hizo en el 2010: “Cuando haces una organización, te vienen los que quieren hacer organización y los que no. Estos vienen para que no se haga”. No es que quieran realmente que no se haga nada. Es que parten de otros modelos organizativos. Y al chocar con el modelo propuesto, se boicotea la organización.

Los errores en gestionar este tipo de cosas hacen que la organización no se desarrolle convenientemente. Tendrá debates eternos sobre los mismos temas centrales que nunca se cierran. Por eso es vital no salirse de los postulados previos a la creación de la organización. Si hay otros postulados, es mejor crear otra organización para luego sentarse a colaborar fraternalmente entre organizaciones distintas. En este aspecto no creo en la organización-total que lo junte todo. Se volvería a caer en la organización de síntesis anarquista.

¿En qué ha mejorado mi militancia social organizarme políticamente? Sobre todo, en tener claridad. Al desarrollarse los debates en la organización política, como es lógico se van tratando todo tipo de temas particulares de cada movimiento social. Con mayor o menor acierto, se analiza cada caso, se es consciente de los actores que tiene ese movimiento (ya sea el ecologista decrecentista, el de la vivienda, el decrecimiento, el vecinal, el agroecológico o cualquier en el que andéis), de hacia donde va, de hacia donde podría ir… incluso se puede ver que ese movimiento tiene un sentido particular dentro de un plan general de construcción de movimiento popular.

A otras compañeras les da mucha seguridad saber que tienen una organización detrás. No están solas. Esto les da fortaleza para defender sus posturas en asambleas del movimiento social donde pueden estar en franca minoría. No se dejan arrastrar por la corriente mayoritaria porque están organizadas a nivel político.

Las organizaciones políticas libertarias no son un invento reciente. De hecho, la primera que hubo fue la que dio origen al movimiento anarquista. Fue la famosa Alianza Internacional por la Democracia Socialista impulsada por Bakunin. Detrás de cada revolución libertaria de la historia ha habido una organización específica: el Partido Liberal Mexicano de los hermanos Flores Magón, la Confederación Nabat y el Ejército Insurreccional en Ucrania, la Federación Anarquista Coreana, la FAI y la Federación Sindicalista Libertaria durante la revolución española, la Federación Anarco-comunista búlgara, etc.

Nunca tendremos un proceso revolucionario que evolucione hacia postulados libertarios sin una organización libertaria potente. ¿Por qué se desarrolló un proceso revolucionario en Rojava? Sin la claridad que ofrece una organización política, en ese caso el PYD confederalista democrático kurdo, cada pueblo hubiese actuado por su cuenta, siendo derrotados uno tras otro por las fuerzas yihadistas. La organización política servía para aunar estrategias locales y para lograr alianzas externas con el resto de actores democráticos de Rojava o para gestionar la alianza con potencias extranjeras que quieren instrumentalizar el movimiento kurdo.

Tras dejar claro que es vital tener organizaciones estratégicas para desarrollar cualquier tipo de movimiento revolucionario, mi frustración es lo que cuesta que éstas crezcan. Al tener un movimiento libertario generalmente formado por personas antiorganización, crear organizaciones fuertes cuesta lo suyo. Lo curioso del caso es que quienes se quieren organizar se meten en los sindicatos anarcosindicalistas. No los utilizan para hacer sindicalismo, sino como organización específica. Esta es una característica única de nuestro movimiento ibérico, que se da por ser los anarcosindicatos lo bastante grandes como para atraer a la gente.

Mi modelo es otro. Por ejemplo, es el de la Union Communiste Libertaire francófona. A parte de su militancia en el movimiento antifascista, feminista y ecologista, en el aspecto sindical la organización pretende una unidad entre la CGT, SUD y otras centrales sindicales. Tarea titánica que deben realizar sindicato por sindicato, federación de ramo por federación de ramo, unión territorial por unión territorial. Enfrentarse al PCF o al potente trotskismo francés y disputarles la hegemonía solo lo puede hacer una organización bien estructurada y de planteamientos sólidos.

Del mismo modo existen no pocas militantes de espacios como Anticapitalistas, Podemos o de los partidos comunistas dentro del anarcosindicalismo. Es una realidad con la que debemos contar porque no jugamos a este juego en solitario. Los demás también actúan. Tener un sindicato sin formación político-ideológica hace que sea fácil de cooptar por una gente organizada. Simplemente con ser los más currantes durante unos meses y ya lo tendrán en la mano. Por eso también debe surgir organización específica desde esos espacios sindicales.

Y es que nuestra tarea es convertirnos en la corriente extraparlamentaria más grande y generar un movimiento popular alrededor nuestro lo bastante grande como para disputarle la hegemonía a la socialdemocracia y a la derecha. Creamos en el futuro. Lo haremos incluso en este contexto de negatividad que nos rodea.

Publicado originalmente en alasbarricadas.org

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