Sobre un sistema global basado en reglas, concertinas, muros y muertes en el mar.

Europa está orgullosa de ser el producto político y cultural de una civilización milenaria, en cuyas raíces históricas se encuentra la idea de progreso y una visión universalista de la humanidad que ha dado lugar al nacimiento de las doctrinas de los derechos humanos y de la democracia parlamentaria moderna. Europa es la patria de la filosofía griega, de la ilustración francesa, de la dialéctica alemana. Es el hogar de tradición jurídica romana, de la ciencia de la modernidad y de la separación entre Iglesia y Estado.

El Reino Unido de Gran Bretaña es el alma máter del liberalismo, el lugar donde el utilitarismo humanista reemplazó a la teocracia. Dinamarca es un espacio idílico donde el sueño de la socialdemocracia se hace carne en barrios majestuosos alimentados por un fecundo Estado del Bienestar. España, partera del “derecho de gentes” (precedente inmediato de la doctrina de los Derechos Humanos), iluminador faro del catolicismo social que evangelizó varios continentes es la tierra insigne de Cervantes, Carlos III y Ramón y Cajal.

El Reino Unido de la Gran Bretaña ha aprobado, recientemente, una normativa que permite que los solicitantes de asilo en el país sean enviados a Ruanda mientras se sustancia el expediente. Una idea que está siendo estudiada por otros países europeos. El gobierno socialdemócrata de Dinamarca ha establecido una legislación que implica el traslado de población de los barrios donde hay una mayoría de habitantes “de origen no danés”, aun cuando estos habitantes tengan la nacionalidad del país, para salvaguardar la homogeneidad étnica y cultural de la sociedad. El ministro del Interior del Gobierno progresista español mantiene abiertamente la necesidad de las “devoluciones en caliente” mientras los cadáveres se amontonan en sus fronteras. Justifica la violencia contra solicitantes de asilo que saltan las vallas de Ceuta y Melilla porque no tienen ninguna opción real de hacer sus solicitudes en los consulados españoles de sus países de origen.

Realmente, Europa nunca fue el ilustrado paraíso del humanismo universalista que nos han contado. Los discursos sobre los derechos humanos y la abolición de la esclavitud vinieron acompañados, ya desde su mismo origen, de la violencia del colonialismo y de las teorías del paternalismo civilizador de la “raza blanca”. Europa externalizó la violencia y los procesos de “acumulación por desposesión”, que dieron origen al capitalismo, tan pronto como su clase dirigente se vio incapaz de disciplinar a la clase obrera europea sin garantizarle una capacidad de consumo mínima.

Los discursos sobre los derechos humanos y la abolición de la esclavitud vinieron acompañados, ya desde su mismo origen, de la violencia del colonialismo y de las teorías del paternalismo civilizador de la “raza blanca”.

Europa inventó el racismo como categoría política e intelectual para desplegar su violencia en las colonias. SI bien griegos y romanos convivieron con negros, semitas y orientales, el origen racial nunca fue una categoría con un contenido social concreto en los textos de la antigüedad. Normalmente ni se menciona, y nunca se le presupone un valor social negativo. El racismo es una herramienta intelectual desarrollada para justificar la barbarie de las plantaciones coloniales, en las que la esclavitud garantizó la materia prima necesaria para el desarrollo industrial europeo, en los inicios del modo de producción capitalista. Sin el algodón barato manchado de la sangre esclava en las colonias, la industria textil inglesa nunca hubiera sido capaz de batir a la de la India. La estabilidad europea se sustentó sobre el despojo de los pueblos colonizados y sobre las redes transatlánticas de tráfico de personas.

Ese proceso no finalizó con el fin del colonialismo. Simplemente, ha adoptado otra fisonomía, otra forma de articulación. El señoreaje financiero del dólar o del franco CFA, y la operatoria de los organismos multilaterales hegemonizados por Occidente (el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial… etc.) garantizan que los mercados globales estén construidos alrededor de una dinámica de intercambio desigual que implica que la producción industrial del Norte global obtenga mejores precios que las materias primas provenientes del Sur. A esto le acompaña la posibilidad de manipular los intereses de la deuda pública de los estados del Sur mediante las políticas monetarias de los Bancos Centrales de Occidente, y la implementación de los planes de ajuste estructural del FMI que implican la venta, a precios de saldo, del tejido empresarial y los servicios públicos de los países del Sur a los fondos de inversión y a las empresas transnacionales del Norte. El colonialismo ha mutado en un imperialismo ubicuo, persistente, sistémico, que habla de “sistema global basado en reglas” cuando quiere decir “despojo global garantizado por las reglas del Norte”.

La relación de dependencia que ata a los países del Sur y del Norte articula gran parte de las dinámicas sociales y económicas entrelazadas de ambos espacios, aunque gran parte de la población europea la vea como algo ignoto y un tanto lejano. La mayor parte de la huella ecológica de la sociedad europea está en África. Allí están las minas de litio o de cobalto, los caladeros de pesca, la agroindustria que surte los mercados de frutas y hortalizas de Europa sin tener que cumplir la normativa fitosanitaria o ecológica comunitaria. Más allá de la contaminación del aire en Chamberí, la huella ecológica de Madrid está también en las minas del Congo, en el campo marroquí, en las plantaciones de soja de Argentina o Paraguay, en los pozos petrolíferos de Nigeria.

El derecho de asilo, según la visión jurídica occidental, es una obligación humanitaria de todos los Estados de la que no se puede abstraer ninguna democracia digna de este nombre.

Y con el despojo y la huella ecológica viene la huella social: guerras, represión, miseria, feminicidios, inestabilidad política crónica. Tropas francesas que salvaguardan a “gobiernos amigos” en África o marines norteamericanos que desembarcan en Panamá o la isla de Granada. “Vuelos de la muerte” que llevan a desconocidos militantes árabes a centros clandestinos de torturas y golpes de Estado recurrentes animados por agencias de mercenarios y embajadas. El humanismo idealista del derecho internacional no puede negar la ubicuidad de la indignidad y la violencia como sustrato fundamental de nuestro modo de vida.

El derecho de asilo y refugio es una vieja creación jurídica europea, en su versión actualmente difundida. Gracias al derecho de asilo, los revolucionarios liberales pudieron escapar de los gobiernos absolutistas del Antiguo Régimen, en los siglos XIX y XX, e implantar las democracias modernas de las que se enorgullece Europa. El derecho de asilo, según la visión jurídica occidental, es una obligación humanitaria de todos los Estados de la que no se puede abstraer ninguna democracia digna de este nombre.

Sin embargo, Europa está mutando. La fortaleza construida en el continente para limitar la migración de las multitudes desposeídas del Sur global, hecha de fronteras plagadas de concertinas y vigilancia represiva contra migrantes económicos y solicitantes de asilo, está experimentando una transformación brutal, un cambio cualitativo hacia la indignidad.

La expansión de las organizaciones políticas de ultraderecha en Europa y la diseminación de las teorías contrarias a la inmigración ha transformado la legislación europea de una manera que hace treinta años hubiese sido vista como impensable.

Podríamos hablar, de nuevo, de las políticas destinadas a enviar a quien solicita asilo en países europeos a lugares como Ruanda o Albania. De la intervención de Frontex (la autodenominada “policía de fronteras” de la Unión Europea), que ha sido acusada de numerosas “devoluciones en caliente” que han acabado en muertes de decenas de migrantes en el mar Mediterráneo, y de ser un caladero de una extensa trama de corrupción institucional. De la “Ley Mordaza” española y su jurisprudencia derivada, que ha admitido las “devoluciones en caliente” de solicitantes de asilo, si estos alcanzan el territorio español sin haber hecho su solicitud en los consulados de los países de origen, a los que, por otra parte, se hace imposible el acceso de los migrantes. De la nueva legislación del gobierno de Giorgia Meloni, en Italia, que obliga a los barcos de salvamento de las ONG que trabajan en el Mediterráneo a dirigirse a puertos a miles de millas náuticas del lugar de recogida de los migrantes para, simple y llanamente, dificultar todo lo posible que sigan salvando vidas.

La expansión de las organizaciones políticas de ultraderecha en Europa y la diseminación de las teorías contrarias a la inmigración ha transformado la legislación europea de una manera que hace treinta años hubiese sido vista como impensable.

Europa necesita el cobalto africano para su transición ecológica. Nuestros rutilantes coches eléctricos están regados de sangre y sufrimiento a miles de kilómetros de las electrolineras que pagamos los contribuyentes para hacernos la idea de que salvaremos el mundo con nuestra buena voluntad, mientras Iberdrola hace pingües negocios

Europa necesita el trabajo migrante. Sustenta nuestro sistema de Seguridad Social, la limpieza de nuestras casas, la producción de nuestros invernaderos de frutas y hortalizas, el cuidado de nuestros mayores. Europa necesita recursos mudos, pero vienen personas trabajadoras, creativas, esforzadas, valientes.

La oligarquía europea necesita migrantes. Pero les necesita mudos, “ilegales”, subordinados, en aislamiento. Un ejército industrial sin derechos que se pueda utilizar como la “cabeza de turco” (reveladora expresión) de los problemas y las ansiedades de la clase obrera autóctona. Necesita que la multitud migrante sea vista como un elemento de fragmentación de las clases populares, como un cuerpo extraño, como una competencia ilegítima. No necesita a migrantes que operen como una ventana abierta al infierno del Sur del mundo o como un puente a las luchas de sus poblaciones. No necesita migrantes insurgentes.

La oligarquía que habla de “un sistema global basado en reglas” ha llegado a la conclusión de que el derecho de asilo es un lujo que no puede permitirse, y de que su único futuro posible pasa por enfrentar a las clases populares entre sí, por difundir la doctrina de la confusión y el caos racista, por buscar una “guerra civil larvada” en las barriadas proletarias entre distintos tonos de la piel y distintas tonalidades del habla. La ultraderecha, que cada vez tiene más predicamento en los despachos institucionales, busca el caos social para reinar sobre él en base a la corrupción y la represión.

Europa está en trance de convertirse en una hidra autoritaria. La doctrina de los derechos humanos y el universalismo está en crisis porque ya nadie quiere tomársela en serio. No es operativa para el dominio en un contexto de guerra global en ciernes y crisis permanente. La guerra que se anuncia contra las potencias emergentes precisa el abandono del sueño humanista europeo y la reactualización de las dinámicas del control de las poblaciones mediante la jerarquización de sus diferencias (machismo, racismo, clasismo…).

La clase trabajadora, hoy, no tiene nada que ver con el canónico cartel del tipo musculoso manejando un martillo, bañado en sudor. Pero todos los referentes culturales de nuestra sociedad interpelan a esa imagen como si siguiera estando viva, ya sea para idealizarla, criticarla, cancelarla o negar que nunca hubiera existido.

La clase obrera, hoy, es plural, mestiza, diversa. Hay quien quiere convertir esa abigarrada multitud de variaciones sobre el tema de la precariedad y la explotación en fragmentación y conflicto, en una caótica guerra de razas, géneros, edades o estatus profesionales.

El sueño humanista de Europa, el proyecto histórico de su clase obrera será diverso y saltará sobre las fronteras. O no será.

La acción del sindicalismo combativo precisa de un discurso de la totalidad, dirigido a todas las variantes del trabajo. Un discurso que haga aliarse a las fuerzas dispersas de la mayoría social, más allá de sus diferencias, pero sin negar la legítima existencia de su pluralidad y la imperiosidad de sus necesidades asociadas. Pero esa totalidad es, ahora, de una multiplicidad anonadante.

No debemos olvidar que en nuestra sociedad hay riqueza para todas las formas del trabajo. Producimos la abundancia y esa misma abundancia, regida por los criterios de la sostenibilidad ecológica y la justicia social, podría garantizar una vida digna para todas. Pero esa misma abundancia es producida por la abundancia vital, el excedente creativo, de una clase obrera proliferante, plural, diversa, múltiple.

El sueño humanista de Europa, el proyecto histórico de su clase obrera será diverso y saltará sobre las fronteras. O no será.

Este artículo se publicó originalmente en la revista Libre Pensamiento nº 115, otoño 2023

Somos anarquistas. Un alegato contra la indefinición política.

 

Hablando con algunos compañeros del movimiento libertario y poniendo en común las ideas y las prácticas que rigen nuestra militancia, ha surgido en más de una ocasión el cuestionamiento de la necesidad de definirnos como anarquistas, aunque todos lo seamos y nos entendamos como tal. Es importante partir de la base de que el anarquismo es un movimiento muy amplio que engloba distintas corrientes, aunque algunos discursos y críticas interesadas pretendan hacer un solo monstruo indiferenciado. Estas corrientes dentro del espectro ácrata parten de presupuestos teóricos, análisis y propuestas estratégicas concretas y diferenciadas, que sitúan a los anarquistas que se ubican en cada una de estas “líneas” en posiciones separadas. Aunque hay acuerdos amplios en cuanto a los principios y valores, y también en torno a los objetivos emancipadores, las lecturas y apuestas de cada corriente hacen que no podamos hablar de un solo anarquismo.

La duda sobre si es necesario o contraproducente que un colectivo se defina abiertamente como anarquista tiene que abordarse desde un análisis estratégico y no identitario. En otras palabras, hacer público un posicionamiento y una adscripción a una corriente determinada es una cuestión táctica que responde a unos análisis y objetivos concretos dentro de una estrategia mayor. Me explico: una parte muy amplia de los anarquistas consideran que la actividad de los militantes libertarios debe producirse en espacios de masas, lo más amplios posibles, en los que apoyar los procesos de auto organización y toma de conciencia. Y hasta aquí todo conforme, desde el anarquismo social y organizativo y en especial desde las organizaciones plataformistas o especifistas apoyamos esta lectura. La diferencia surge porque algunas creemos que esa actividad es mucho más efectiva cuando se realiza de forma organizada con aquellos con los que tienes un alto grado de acuerdos estratégicos e ideológicos. A esta forma de organizarnos la llamamos militancia dual y defendemos que no incurre en ninguna contradicción ideológica siempre que se opere en pro de la construcción de fuerza social, concienciación, auto organización y bajo códigos éticos claros.

Como podemos ver, entendemos que explicitar nuestra orientación política en aquellos entornos donde nos implicamos activamente es también una garantía libertaria y antiautoritaria. Lo que conseguimos no escondiendo que somos anarquistas, que pertenecemos a una determinada corriente y organización, que realizamos unos análisis coyunturales concretos y públicos, y que proponemos una línea estratégica determinada (también pública) es explicitar nuestros objetivos en contraposición a esas vanguardias ocultas que operan en las sombras y pasillos y que son capaces de dinamitar aquellos espacios que no controlan. Si bien abogamos por la estrategia dual que enunció Bakunin, nos distanciamos radicalmente de su propuesta de hacerlo de forma clandestina.

Junto a estos dos beneficios de la militancia explícita como anarquistas, claridad y potencia, encontramos otros objetivos que podemos afrontar con una práctica explícita: confrontar con la idea de que solo hay un anarquismo y contrarrestar una imagen negativa a veces asociada a los anarquistas (en ocasiones por culpa de las caracterizaciones que hacen de nosotros otras corrientes socialistas y, en otras, por nuestras propias prácticas).

 

Por qué algunos compañeros libertarios no quieren definirse como anarquistas

 

No es que no quieran definirse como tal. Es más, si les preguntas, no tienen ningún problema en reconocerlo y se sienten orgullosos. Lo que consideran es que tácticamente no aporta, es más, puede llegar a restar. Como decimos, intentan desvincularse de los prejuicios que se han creado en torno a la figura del anarquista y que han sido construidos por rivales y adversarios políticos y, ¿por qué no decirlo?, en algunas ocasiones algunos militantes que se definían como libertarios han dejado poco que desear con su comportamiento.

Aquí hay una diferencia táctica clara, como nosotras creemos que el anarquismo es una ideología que puede aportar a la lucha obrera por la emancipación y por la superación del capitalismo, creemos que comportarnos de acuerdo con estos objetivos es una forma de combatir esa mala imagen que nos precede, construida o merecida.

En segundo lugar, y quizás más importante, no compartimos el presupuesto de que la táctica más efectiva y coherente con los principios y objetivos anarquistas sea diluirnos entre las obreras, el pueblo o lo movimientos sociales. Este posicionamiento tiene mucho que ver con cuál consideramos que es el sujeto revolucionario (el pueblo, el proletariado, la ciudadanía…) y qué significa ser vanguardista. Lo desarrollamos brevemente: aquellos libertarios que consideran que el sujeto con capacidad emancipadora es un sujeto interclasista tenderá a adoptar autodefiniciones menos “tradicionales” o claras, frente a aquel que piensa que la lucha depende de la creación de conciencia de clase. A su vez, los que consideran que organizarse para intervenir en los movimientos de masas implica necesariamente una agresión contra los principios de igualdad y libertad que defiende la Idea, participarán a título individual, como afectado, vecino y obrero. Desde nuestra perspectiva, ni intentar dotar a los movimientos de masas de una conciencia de clases lo más desarrollada posible implica caer en prácticas autoritarias, ni intervenir bajo seudónimos políticos asegura que tu práctica no tenga intenciones directivas.

También tiene que ver con: si entendemos que la revolución es posible o no, y cuál es el camino para llegar a ella en las mejores condiciones posibles para vencer. Pero este es otro tema que ya abordaremos más adelante, aunque cabe decir que nosotras creemos que la revolución es posible y que es el único camino de transformación real.

 

Anarquistas por cuestiones estratégica y no identitarias

 

Nuestra identificación como anarquistas responde a que nos alineamos con una tradición socialista que expresa una serie de valores y objetivos sociales y políticos, y que a su vez está compuesta por una serie de corrientes con diferencias estratégicas considerables. Somos anarquistas porque creemos que los valores que deberían condicionar toda realidad social son los de igualdad en libertad y viceversa. A su vez, proyectamos nuestra práctica hacia a la consecución de un sistema que permita que esos valores sean los que rijan todas las relaciones sociales. Lo que nos diferencia dentro del socialismo es cuál creemos que es el camino que nos puede llevar desde donde estamos, hacia donde deseamos llegar sin que por el camino traicionemos nuestros principios. Es más, creemos que algunos caminos nos alejan inevitablemente del punto de destino al que aspiramos.

Mientras que hay corrientes dentro del socialismo que consideran que la construcción de organizaciones radicalmente jerarquizadas son la herramienta de intervención política con más potencial, otras tendencias advierten que estas organizaciones no solo no respetan los principios de igualdad y libertad, sino que además son incapaces de producir sociedades igualitarias y que tienden a reproducir sistemas clasistas. Mientras que hay compañeras que piensan que las asociaciones temporales y poco estructuradas tienen una capacidad de incidencia social suficiente, a la vez que aseguran la coherencia entre principios y prácticas, otras señalan que muchas de las cuestiones que intentan salvar con estas formas de organización menos explícitas no se logran; sigue habiendo liderazgos, relaciones de dominio, jerarquizadas y autoritarismo, pero, encima, quedan invisibilizadas y ocultas.

El propósito de este artículo no es resolver cuál de las estrategias organizativas es la que tiene más potencial político y es más coherente. Lo que pretendemos es señalar que una identificación política es la adherencia explícita por una de estas estrategias y no una identificación basada en adjetivos más o menos llamativos o vínculos emocionales con procesos históricos concretos. Cuando nuestras organizaciones hablan de anarquismo social y organizativo, poder popular y especifismo o plataformismo, lo que hacemos es un ejercicio descriptivo de nuestras posiciones políticas.

Ojo: sin descripciones políticas, sin adhesiones a estrategias, sin categorías claras, no se puede construir una crítica profunda y honesta, que es condición necesaria para la construcción de alianzas, coordinaciones y espacios amplios.

 

La indeterminación como táctica de crecimiento

 

La definición tiene por tanto riesgos, como toda apuesta táctica. Definirte claramente y asumir una estrategia concreta va a suponer que el resto de sujetos políticos te ubiquen. Esta delimitación de tus propuestas va a entrar en conflicto con otros planteamientos estratégicos, y no podemos negar, que también con aquellos que se definen políticamente desde posiciones puramente identitarias.

Por dejarlo más claro, definirte política y estratégicamente genera un límite, una muralla. Deja dentro a aquellos con los que se comparten ideas y excluye a quienes de forma más o menos reflexiva optan por otros posicionamientos. Como venimos defendiendo, el problema no es solo que haya gente con la que no compartes análisis, una hoja de ruta u objetivos, es que una parte no desdeñable de la gente activista o militantes se adhiere a etiquetas políticas de forma emocional, es decir, de forma identitaria.

Así, cuando decimos que nuestra organización es anarquista dentro de la corriente social y organizativa y que adoptamos una táctica de intervención dual y una estrategia de Poder Popular, todos aquellos que no hagan los mismos análisis coyunturales que nosotras, los que no compartan nuestras líneas estratégicas, los que entiendan que el sujeto político por el que apostamos es erróneo o no compartan nuestros valores y objetivos, simplemente no entrarán en nuestra formación.

A su vez, todos aquellos, que, sin conocer nuestros presupuestos estratégicos, entiendan que nuestra propuesta es incompatible con los valores que defendemos y con los objetivos que enunciamos, independientemente de que estén en lo cierto, hayan asumido bulos o tergiversaciones, se hayan comido un muñeco de paja o se esfuercen lo más mínimo por contrastar sus ideas, simplemente nos rechazarán.

Cuando decimos que definirse crea límites al crecimiento de una organización, también decimos que algunas organizaciones evitan definirse o apuestan por mantener un grado alto de indeterminación y ambigüedad porque su principal objetivo es crecer lo máximo posible. Nosotras no podemos asumir esa táctica de crecimiento porque buscamos una profunda unidad ideológica y estratégica. Queremos que quien quiera participar hombro con hombro con nosotras lo haga porque cree y entiende lo que pensamos y proyectamos.

Este problema está íntimamente relacionado con el anarquismo, aunque evidentemente no solo atañe al movimiento libertario. Es quizás la mayor limitación que encontramos a las organizaciones que apuestan por estrategias de Síntesis. ¿Qué sería esto? Pues grosso modo, la idea de que hay que construir espacios amplios, integrados por diferentes sensibilidades políticas o por diferentes formas de entender el anarquismo, porque lo que nos une es más que lo que nos separa. Coordinadoras antifascistas, libertarias, antirrepresivas… que por sí mismas no son problemáticas, siempre que se entiendan como espacios donde se reúnen diferentes tendencias en búsqueda de objetivos comunes. El problema empieza cuando se las entiende como la única forma, o la forma natural de organizarnos. En esos casos, lo que sucede es que presuponemos que tenemos una afinidad política y estratégica mayor de la que realmente hay entre nosotras. Ya sea porque nos definimos en oposición a algo (antifascistas, antirrepresivo…) o porque nos identificamos con un sujeto político poco definido (anarquistas en genérico, vecinos…). En estos espacios, lo hemos visto mil veces, pronto surgen los desacuerdos, las jornadas infinitas de debate, las peleas…

Evidentemente apostamos por la creación de diversos espacios de lucha, lo más amplios e integradores posibles, pero en ellos participamos explícitamente como anarquistas organizadas en una organización específica y no como individualidades o cualquier otra categoría ambigua.

 

La indefinición para la formación de una base de operaciones

 

Hay organizaciones en nuestro entorno que rehúsan construir presupuestos teóricos y estratégicos claros, o que teniendo una producción considerable no se esfuerzan por extender estos postulados en sus bases. Y que quede claro que esto no solo pasa en organizaciones políticas con un posicionamiento más clásico, hay movimientos sociales que utilizan estrategias muy similares abriendo espacios amplios donde están claramente diferenciados los espacios de proyección estratégica y de dirección de los espacios de los “usuarios”.  Y es que la ampliación cuantitativa y no cualitativa de las bases es el síntoma más evidente de que se está construyendo una base de operaciones al servicio de un grupo de dirigentes.

Pero no solo es una cuestión táctica la que nos lleva a no poder asumir esta forma de crecer. El problema es aún mayor. Incurriríamos en una incoherencia con nuestros valores si asumiésemos esa táctica de crecimiento, porque en una organización donde no hay un alto grado de afinidad ideológica y estratégica, o esta se impone desde direcciones opacas, o directamente no se puede hablar de organización. O bien es una coordinadora donde se relacionan espacios y sujetos políticos que buscan acuerdos mínimos, tan mínimos que se limita mucho la capacidad de incidencia, o se apuesta por una radical segmentación entre los dirigentes y los que entran, que no lo hacen porque saben dónde entran con claridad, y que se espera que puedan ser formados en la peor acepción de la palabra. Un crecimiento grande y prolongado basado en una falta de determinación política, solo puede responder a que se está construyendo un espacio inoperante o bien una base de operaciones a la que dirigir.

Organización anarquista vs síntesis

Este es un problema del que no se escapa al anarquismo. Dentro del sentido común anarquista está bien arraigada la idea de que juntar a todos aquellos sujetos u organizaciones que se definan como libertarias es un buen plan. Es una idea errónea que parte de análisis poco acertados. Se presupone que todo aquel que comparte ideales y objetivos los va interpreta de igual manera y que generará estrategias compatibles, y esto claramente no es real.

Es muy común en nuestro entorno la creación de federaciones o coordinadoras que presuponen que tienen una cercanía política mayor de la que realmente tienen. Al no haber definido con claridad sus presupuestos ideológicos y estratégicos, y adherirse al termino anarquista de una forma identitaria y poco crítica, pronto descubren que ni piensan lo mismo, ni quieren lo mismo, ni pueden colaborar. Por el contrario, aquellos espacios amplios que funcionan son los que no dan por sentada la afinidad y que construyen su colaboración en torno a la explicitación de objetivos, principios y estrategias.

Evidentemente que, de nada de lo que aquí se ha expuesto, se puede entender una negativa hacia los procesos de formación o por la creación de espacios amplios donde colaborar y generar coordinaciones. Somos fervientes defensores de la libre asociación, lo que implica justamente desarrollar el conocimiento más profundo posible sobre qué son y proponen los espacios políticos para comprobar el grado de afinidad y decidir plenamente informado si es el idóneo para cada cual. Por descontado apostamos por la participación activa en aquellos espacios de coordinación y cooperación, pero también en aquellos movimientos que reúnan a diferentes tendencias, pero donde podamos pelear por objetivos concretos comunes. Un posicionamiento claro es todo lo contrario a una actitud sectaria, implica que nuestras decisiones dependen de un proceso racional y no de prejuicios y lugares comunes.

Miguel Brea, militante de Liza.

Cómo recuperar el optimismo: Solarpunk

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@BlackSpartak

La desesperanza no es natural. Hay que producirla. Si realmente queremos entender esta situación, tenemos que empezar por comprender que en los últimos treinta años se ha construido un vasto aparato burocrático para la creación y el mantenimiento de la desesperanza. Una especie de gigantesca máquina diseñada, ante todo, para destruir cualquier posibilidad de futuros alternativos. La raíz es una verdadera obsesión por parte de los gobernantes del mundo por asegurarse de que los movimientos sociales no puedan crecer, florecer, proponer alternativas; que aquellos que desafían los pactos de poder existentes nunca, bajo ninguna circunstancia, se perciba que ganan. Para ello es necesario crear un vasto aparato de ejércitos, prisiones, policía, diversas formas de seguridad privada y aparatos de inteligencia policiales y militares. De todas las variedades imaginables, la mayoría de los cuales no atacan las alternativas directamente, sino que crean un clima generalizado de miedo, de conformidad jingoísta y de simple desesperación que hace que cualquier idea de cambiar el mundo parezca una fantasía vana. El mantenimiento de este aparato parece aún más importante para los defensores del «libre mercado» que mantener cualquier tipo de economía de mercado viable.

David Graeber (2008) Hope in Common.

Desarrollando la cita de Graeber, a las personas con intención revolucionaria a veces nos puede ganar la impotencia ante la imposibilidad de un cambio social. Solemos creernos muy lejos de nuestros objetivos prácticos. Sabemos, o deberíamos asumir ya, que nuestras ideas se materializarán algún día y que quizá antes que a nosotras le servirán a nuestra descendencia. Sabemos que las revoluciones son procesos que duran décadas. Y que no pasa nada por ser una pieza más de ese proceso, y no la pieza protagónica que asalta los cielos espada en mano.

Y es que a las opciones de la izquierda transformadora actual nos rodea un aura de derrotismo. El supuesto colapso de la civilización adicta a los combustibles fósiles no nos está acercando a una utopía, sino a un turbocapitalismo adicto a la fast fashion y el Tik Tok. En nuestra sociedad se imponen entre la juventud (y en el resto de edades también) los valores opuestos a los que defendemos que, mucho nos tememos, desembocarán en fascismo (ya sea ecofascismo o fascismo a secas).

Por lo tanto, esa idea del colapso no nos ha sido útil para favorecer un movimiento revolucionario global. Al contrario, al “no haber futuro” todo el mundo hace como que no pasa nada. Da igual que lleguemos a 50ºC en verano. Da igual que se cometa un genocidio a nuestras puertas. Da igual vivir la sexta extinción planetaria y saber que somos completamente responsables. No nos preocuparemos hasta que no falte la comida en el supermercado o no patrulle el ejército la calle.

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En una sociedad Solarpunk que se precie no faltan ni los huertos, ni los paneles solares ni los domos.

A comienzos de los años 2000-2010 apareció un movimiento cultural y estético centrado en un futuro sostenible, en contraposición a las visiones distópicas y apocalípticas comúnmente retratadas en la ciencia ficción: el solarpunk. Inspirado por la ecología, la energía renovable y el diseño sostenible, el solarpunk imagina un mundo en el que la tecnología y la naturaleza coexisten armoniosamente. Este género se caracteriza por la promoción de soluciones innovadoras y ecológicas para los desafíos globales, fomentando la resiliencia y la adaptabilidad de las comunidades frente a los problemas medioambientales y sociales.

La utilidad del solarpunk va más allá de la mera expresión artística, ya que proporciona una plataforma para explorar y difundir ideas prácticas sobre cómo abordar la crisis climática y construir sociedades más sostenibles. Al destacar la belleza y la viabilidad de las energías renovables, la agricultura urbana y la arquitectura ecológica, el solarpunk inspira la acción positiva y la adopción de prácticas responsables. En un mundo preocupado por el cambio climático y el agotamiento de recursos, el solarpunk ofrece una visión esperanzadora y pragmática para un futuro en el que la humanidad vive en armonía con la naturaleza, aprovechando la tecnología de manera sostenible para crear un mañana más brillante.

Entonces se trata de un cambio de enfoque. No todo futuro tiene porqué verse plasmado por el género postapocalíptico. También se puede dar un modelo de “Arcadia feliz” más acorde con nuestros planteamientos. Esto se puede ver directamente en el Manifiesto Solarpunk, que dice:

El solarpunk es, a la vez, una visión del futuro, una provocación reflexiva, una forma de vida y un conjunto de propuestas alcanzables para llegar a ese futuro.

  1. Somos solarpunks porque el optimismo nos ha sido arrebatado y estamos intentando recuperarlo.
  2. Somos solarpunks porque las únicas otras opciones son la negación o la desesperación.
  3. En su esencia, el solarpunk es una visión de un futuro que encarna lo mejor de lo que la humanidad puede lograr: un mundo postescasez, postjerarquía, postcapitalista, donde la humanidad se ve a sí misma como parte de la naturaleza y la energía limpia reemplaza a los combustibles fósiles.

En otras palabras, el manifiesto se está situando en nuestro cuadrante ideológico. Sin embargo, lo hace de forma instintiva y superficial. Nos puede recordar al movimiento hippie o a las comunidades intencionales, o como mucho al autodenominado “Pueblo Libre” de Christiania. Lo cierto es que las Zonas Temporalmente Autónomas son una constante en el pensamiento Occidental. Son islas de utopía que rehúyen la vida cotidiana y sus conflictos. Podríamos hasta decir que Solarpunk es tomar una de esas comunidades intencionales y transformarla con IA.

Al partir de ideas de artistas y arquitectos, no necesariamente politizados, éstas ponen énfasis en la ecología y en la creación de comunidades autosuficientes en el aspecto alimentario y energético. Algún intento hay de llevarlas a la práctica. No obstante, en cuanto escalamos el tamaño de la sociedad, nos damos de bruces con la cruda realidad. El capitalismo también puede perfectamente comprar este tipo de imaginario que parece sacado de los estudios Ghibli y crear un festival como el Burning Man pensado para exhibirse de forma superficial y sacar dinero o presentarnos unas sociedades del universo Marvel dirigidas por una realeza paternalista y buenrollista como Wakanda o Asgard o una tiranía ultramoderna como las de Aeon Flux o Tomorrowland. ¿O qué decir de Singapur, una de las ciudades-estado más autoritarias del mundo, con esa estética tan Solarpunk?

Mientras los textos teóricos de Solarpunk pueden llegar a emplear citas de Karl Marx, Piotr Kropotkin, David Graeber o Murray Bookchin, pocas veces reclaman una economía colectiva. Si acaso, hablan de huertos y jardines comunitarios, trabajados en común. Se reivindican como anticapitalistas o postcapitalistas, pero no desarrollan qué se entiende por esos conceptos más allá de unos valores más allá de la sociedad de consumo. Podemos ver, pues, el mismo planteamiento que compartían sectores del viejo socialismo utópico, salvo que lo de ahora parece sacado de una película futurista de ciencia ficción interplanetaria.

En otros aspectos quizás nos recuerde a los planteamientos de Jacques Ellul, un anarquista cristiano que se imaginaba una red de comunidades autosuficientes, al estilo de los anabaptistas. Su anarquismo era evolucionista y pacifista, a la vez que mutualista proudhoniano. Ellul no era antitecnología, sino que veía la tecnología como útil si la tomamos como lo que es, una forma de hacer la vida más fácil, en lugar de tomarla como una forma de hacer beneficios de forma más rápida y eficiente. Entendía que la técnica no se encuentra al servicio de las necesidades de la sociedad, sino que es su propio desarrollo el que la guía. Según su perspectiva, la tecnología avanza de manera autónoma, desprendiéndose de los aspectos sociales, culturales o éticos que podrían limitar su crecimiento.

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Una constante en los dibujos solarpunk es la de las plantas en los edificios. Esta propuesta es la pesadilla de la arquitectura, que se verá obligada a combatir las humedades, los insectos y a ingeniar métodos de fertilizar toda aquella masa verde.

Fundamentalmente, el Solarpunk es una estética naturalista contrapuesta a la distopía cyberpunk. En este caso podemos reivindicarlo como una de las opciones deseables de vida futura. Es necesario construir utopías para que la sociedad avance y tenga sueños. El capitalismo de nuestro tiempo plantea escenarios de futuros catastróficos, en los que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Gracias a esto, la gente tendrá la tendencia de no hacer nada para cambiar las cosas, ya que le parecerá imposible cualquier tipo de cambio.

El comunismo libertario es un modo de producción y un modelo de sociedad. Se suele caricaturizar como una sociedad rural llena de vegetación y gente que trabaja en el campo. Casi nunca se dibujaría un comunismo libertario en una sociedad como en la que vivimos o, peor aún, implantado en una ciudad opresiva llena de edificios brutalistas y luces de neón.

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Mapa del satélite Anarres, una sociedad libertaria imaginada por Ursula K. LeGuin. Si rodaran la película el aspecto de sus poblados sin duda sería Solarpunk.

Es vital conectar con una utopía atractiva que presente un ideal alternativo. Decían Graeber y Wengrow en El amanecer de todo que el contacto de los sabios indígenas americanos con los europeos dio pie en buena medida a la Ilustración. Era un cuestionamiento completo de la sociedad europea, entonces gobernada por monarquías absolutas. El aporte indígena facilitó la impugnación de las jerarquías sociales, y fue el fundamento de las ideas libertadoras de los siglos posteriores. En ese caso la imaginación determinaba una posibilidad política en una especie de prefiguración utópica.

En el ideario anarquista está la superación del colapso. Como decía Durruti: Sabemos que no vamos a heredar más que ruinas, porque la burguesía trata de arruinar el mundo en la última fase de la historia. Pero te repito que no nos dan miedo las ruinas, porque llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones. Y este mundo está creciendo en este instante.

Recuperemos la capacidad de soñar. Que Solarpunk también sea una llamada a la acción.

Una derivación curiosa es el afrofuturismo. Es la fusión de la estética Solarpunk con una nueva narrativa social y arquitectónica para África.

Recursos:

Películas solarpunk https://www.reddit.com/r/solarpunk/comments/ondz67/solarpunk_movies/?ref=hackernoon.com

The history of Solarpunk

https://solarpunks.net/?ref=hackernoon.com

Manifiesto Solarpunk

https://theanarchistlibrary.org/library/the-solarpunk-community-a-solarpunk-manifesto?ref=hackernoon.com

Solarpunk cities: Our last hope?

https://www.youtube.com/watch?v=UVlBmdvIC6s

David Graeber. Hope in Common

https://davidgraeber.org/articles/hope-in-common/

Why we need more than solarpunk

https://www.youtube.com/watch?v=9fxbDhoYlh8

Treinta aniversario del levantamiento zapatista en el sureste mexicano

La lucha contra el olvido.

 

«La lucha es como un círculo, se puede empezar en cualquier punto, pero nunca termina».

Subcomandante Insurgente Marcos

Lo que tienen en común medio milenio y treinta años, es que por mucho que midamos el tiempo, el ser humano oprimido por sistemas brutales de dominación siempre deberá luchar contra el olvido, contra el desarraigo y por una memoria que le impulse a conquistar sus libertades, la justicia social, la equidad y lograr la cooperación mutua. Tras una larga noche de quinientos años, en el filo de la madrugada del primero de enero de 1994, el EZLN supuso un destello en la oscuridad y se levantó en armas contra el gobierno mexicano en Chiapas. También contra todo el sistema capitalista representado por el FMI, el Banco Mundial y el pinche Tratado de Libre Comercio de América del Norte que entraba en vigor ese mismo día.

Los pueblos originarios del Sur Global siempre han sido objeto de masacres y genocidios, aunque esa dominación no ha sido coser y cantar, pues ha dejado huellas en el camino y semillas en la historia de las resistencias y la organización de las luchas. Los indígenas mexicanos en 1910 irrumpieron en la Revolución Mexicana exigiendo tierra y libertad; y muchas décadas después, el 17 de noviembre de 1983, se conformaron como guerrilla inspirados en la figura de Emiliano Zapata y el Ejército Libertador del Sur de aquella lejana revolución.

El EZLN tiene ante todo la impronta indígena, esta organización aprendió a escuchar y tomó el rumbo de otras estrategias de lucha sirviéndose de un aparato analítico plural, abandonando paulatinamente el estricto carácter foquista o maoísta que tuvieron otras guerrillas en América Latina. No aspiran a la toma del poder en un sentido tradicionalmente marxista, en cambio, sí que deciden la construcción social del poder en un sentido horizontal bajo el principio del «mandar obedeciendo», sin coaccionar ni suplantar la toma de decisiones del poder popular. Quizá ha sido esa una de las lecciones más interesantes que nos ha legado el EZLN en sus treinta años desde el levantamiento.

Ese 1 de enero de 1994 esos uniformes verde y café de los pueblos indígenas se situaron en la página protagonista de las noticias a nivel mundial, se taparon el rostro con pasamontañas para que les vieran más que nunca, y para ser nombrados se negaron el nombre; así se daban a conocer internacionalmente y luchaban por el presente. Se exigía la reivindicación de la posesión de las tierras arrebatadas a las comunidades indígenas, el reparto de las riquezas evitando el expolio del capitalismo global, y la participación de los pueblos de Chiapas en la organización política de sus territorios.

La respuesta gubernamental fue el envío de 70 mil hombres del Ejército Mexicano para aplastar el levantamiento indígena. Sin embargo, las movilizaciones de la sociedad mexicana lograron que, tras doce días en que las comunidades indígenas atacasen al Gobierno Federal mexicano en conflicto armado, se firmase un alto el fuego. Posteriormente, el 16 de febrero se iniciaron las primeras conversaciones entre el EZLN y el Gobierno Federal, que concluyeron con la firma de los Acuerdos de San Andrés sobre el «Derecho y Cultura Indígena» en 1996, que comprometía al Estado mexicano a reconocer constitucionalmente a los pueblos indígenas y que estos gozasen de autonomía.

Esos acuerdos no han sido jamás implementados por ningún gobierno mexicano, sumándose a las muchas traiciones que en estas décadas han protagonizado contra las comunidades zapatistas. Sin embargo, a nivel interno también los diversos diálogos concretaron que se caminara hacia la fundación del Congreso Nacional Indígena (CNI) en octubre de 1996, y años más tarde, en la creación de los Caracoles como entidad política regional de los municipios zapatistas. De esta manera, las bases del EZLN que habían protagonizado ese levantamiento como una lucha contra el olvido, ya tenían aprendido que las conquistas sociales solo se podrían defender con unas estructuras de toma de decisión desde abajo.

La lucha contra los malos gobiernos.

 

«La libertad es como la mañana. Hay quienes esperan dormidos a que llegue, pero hay quienes desvelan y caminan la noche para alcanzarla».

Subcomandante Insurgente Marcos

El zapatismo mostraba al mundo que era posible luchar y enfrentarse al capitalismo, y provocó una fuente de inspiración política revolucionaria en una década en la que se había proclamado el fin de la historia de las confrontaciones ideológicas y de las grandes transformaciones sociales. Reactivó las movilizaciones de masas contra las cumbres del capitalismo representadas en las reuniones de la Organización Mundial del Comercio en Seattle en el año 1999, el FMI y Banco Mundial en Praga en el 2000, o la Cumbre del G8 en Génova en el año 2001.

En el mes de marzo del 2001 una delegación del EZLN realizó la conocida como «Marcha del color de la tierra» o «Marcha de la dignidad indígena», un recorrido por casi la mitad de los estados mexicanos, en el que el Comité Clandestino Revolucionario Indígena-Comandancia General (CCRI-CG) exigía el cumplimiento de los «Acuerdos de San Andrés», la liberación de los presos y presas políticas zapatistas, y la desmilitarización de la zona de influencia zapatista. La encabezaron distintas comandantas indígenas, que además sirvió para establecer contactos con distintas organizaciones y movimientos antiglobalización.

Otra lección aprendida en estos treinta años de resistencias del EZLN y los pueblos indígenas es que no se pueden bajar las armas contra los malos gobiernos, porque estos son los que siembran la muerte. Las agresiones del Gobierno Federal de México han sido muchas, de índoles diversas y, por supuesto, independientemente del color del gobierno, ya sea este narcoestatal y conservador, o vestido de progresismo y Cuarta Transformación obradorista. Ese levantamiento demostró que no era solo una lucha de vanguardia de unos iluminados, sino que era un movimiento apoyado fundamentalmente por la mayoría indígena de Chiapas y otros territorios mexicanos. Tras todas las traiciones del mal gobierno mexicano de manera continuada que buscaban dinamitar al EZLN, una decisión histórica fue cambiar los esquemas del poder autoritario, alzándose como única interlocutora legítima la propia comunidad indígena y las entidades de poder autónomo que se estaban dotando. El neozapatismo reinventó una estrategia de lucha para las comunidades indígenas, han declarado muchas ocasiones no estar en contra de la política, sino de la manera que esta es concebida por el poder oficial; y con ello dan un ejemplo a nivel global de las luchas contra el capitalismo en otras latitudes.

La escuela del zapatismo es otra manera de hacer política, y en paralelo a una continua revisión de la praxis política en estas décadas de lucha contra los malos gobiernos, y sobre la creación de autoorganización en los municipios autónomos. No se puede disminuir su valor, pero también merece ser integrado en una crítica y autocrítica global, porque la lucha contra el capitalismo sabemos sobradamente que debe ser de articulación internacionalista. Vivir en la constante organización revolucionaria y la actuación coordinada con una estrategia común, porque al capitalismo no se le puede vencer con golpes dispersos, sino certeros y unísonos. Desde que la Comandanta Esther dijera en el en año 2001 en el Palacio Legislativo de San Lázaro en Ciudad de México: «Soy pobre, soy mujer, soy indígena», hemos visto que el zapatismo ha imbricado las demandas sociales y opresiones estructurales por cuestión de clase, de género, y de identidad.

En los últimos tiempos el capitalismo ha agredido a las comunidades zapatistas intensificando la presencia de cárteles de narcotráfico en Chiapas, sociedades criminales tales como el Cártel de Sinaloa o el Cártel Jalisco Nueva Generación se disputan los territorios, y tratan de asediar y debilitar la autonomía de las comunidades indígenas zapatistas. En palabras del EZLN «en la frontera guatemalteca el tráfico de personas es un negocio de las autoridades mexicanas que, mediante la extorsión, el secuestro y la compraventa de migrantes, se enriquecen desvergonzadamente», mientras tanto afirman cumplir los acuerdos migratorios fijados con los EE.UU. La guerra del capital no solamente consiste en tratar de aplastar militarmente con sus soldados, o paramilitares, sino la introducción de elementos desestabilizadores que inhiban el crecimiento de la organización política y la autogestión económica para crear el absoluto caos y un mundo en ruinas.

La lucha por la vida y el común.

 

«En cualquier lugar del mundo, en cualquier tiempo, un hombre o una mujer cualquiera se rebela y termina por romper con la ropa que el conformismo le ha tejido y que el cinismo le ha coloreado de gris. Un hombre o una mujer cualquiera, de cualquier color y en una lengua cualquiera, dice y se dice: ¡Ya basta!».

Ejército Zapatista de Liberación Nacional ―

En el año 2020 las comunidades zapatistas anunciaron la ‘Gira por la vida’, un viaje que les trajo hasta la Europa insumisa como la denominan, un trayecto repleto de obstáculos en los que visitaron organizaciones sociales y colectivos políticos en países como España, Francia, Suiza, Eslovenia, Italia, Alemania o Austria; un primer capítulo de una travesía que anunciaron mundial, y que continuarán cuando los tiempos zapatistas lo indiquen.

Recientemente el EZLN y los pueblos indígenas autónomos han emitido una veintena de comunicados entre el mes de noviembre de 2023, fecha en que se cumplió el 40 aniversario de su existencia como entidad guerrillera, y el mes de diciembre, en que han estado organizando el 30 aniversario del Levantamiento del 1 de enero de 1994. Desde el 30 de diciembre hasta el 2 de enero, en el Caracol «Resistencia y Rebeldía: Un Nuevo Horizonte», inaugurado hace tres años en el poblado Dolores Hidalgo, las bases zapatistas recibieron a miles de visitantes mexicanos e internacionales que quisieron desplazarse a celebrar este aniversario, donde se realizaron distintas actividades culturales, artísticas y políticas. Una de sus conclusiones más evidentes fue refrendar que el capitalismo no se puede humanizar, que construir el común solo puede realizarse fuera de ese sistema criminal. Y esa es la propuesta zapatista, establecer extensiones de tierra recuperada como del común, siendo los propios pueblos quienes trabajen y cuiden esas tierras para el sostenimiento de la comunidad y sus infraestructuras. Lo cual lleva obligadamente a proponer acuerdos, gestiones y usos colectivos teniendo como objetivo la práctica de una toma de decisión mediante democracia directa.

La retórica y literatura zapatista se hace compleja en ocasiones, tienen una manera de comunicar que roza el realismo mágico, aunque debemos reconocer en ello uno de sus potenciales dialécticos para imaginar otros mundos posibles. Primeramente nos comunicaron que «moría» el Subcomandante Galeano, que estos años había encarnado la figura del Subcomandante Marcos como interlocutor del común del EZLN, regresando a su sangre heredada, y renaciendo como Capitán Insurgente Marcos. Reconocieron, además, en estos comunicados que con los años han aumentado las dificultades para sostener esta organización autónoma y su territorio alrededor de los Caracoles y las Juntas del Buen Gobierno, sometidos a los problemas de la resistencia, a una pandemia a nivel mundial, a la presión de grupos paramilitares, los cercos informativos voraces, y la creciente presencia del crimen (des)organizado en la región.

El EZLN ha anunciado una reestructuración de su organigrama interno, fruto de la autocrítica desde hace al menos tres años; sustituyendo los Municipios Autónomos Rebeldes Zapatistas (MAREZ) y las Juntas del Buen Gobierno (JBG), por los Gobiernos Autónomos Locales (GAL). Según el comunicado «de acuerdo a sus necesidades, problemas y avances, varios GAL se convocan en Colectivos de Gobiernos Autónomos Zapatistas (CGAZ) y aquí se discuten y se toman acuerdos sobre asuntos que interesan a los GAL convocantes. Cuando así lo determinen, el Colectivo de Gobiernos Autónomos Zapatistas convoca a asamblea de las autoridades de cada comunidad. Aquí se proponen, discuten y se aprueban o rechazan los planes y necesidades de Salud, Educación, Agroecología, Justicia, Comercio, y las que se vayan necesitando».

Desaparece, por lo tanto, una de sus estructuras civiles más relevantes desde 1994, los Municipios Autónomos Rebeldes Zapatistas, que dotaron de una práctica política de aprendizaje cuando no se tenía un manual teórico previo. Estos son los que articulaban las Juntas de Buen Gobierno y los Caracoles, y son sustituidos a partir de ahora por entidades autónomas que se multiplican en número respecto de las anteriores estructuras políticas con el objetivo de resultar más localizadas para autodefenderse con mayor efectividad. Se trata de una reorganización y adaptación a un momento de grave conflicto criminal y territorial en Chiapas generado por los conflictos del capital.

El zapatismo siempre ha sabido crear redes de comunidades autogestivas para su supervivencia frente a la contrainsurgencia mexicana y enemigos exteriores. Sin embargo, también demuestra que esta estrategia obedece a una continuada resistencia extenuante, ya que como crítica honesta podemos afirmar que no se han logrado romper con contundencia aún esos cercos del capitalismo, que a lo largo de estos treinta años ha continuado reprimiendo y empobreciendo a gran parte de la sociedad mexicana, tanto indígena como no indígena.

Se está viviendo un recambio generacional con jóvenes que han vivido ya en la autonomía política zapatista, en la mirada a largo plazo, y lo que hay que construir no es solo en el presente, sino para mañana y para muchas generaciones por delante. No se deja de lado la digna rabia, se inicia una etapa de aprendizaje y reajuste. Desean situar en el centro del debate político la autogestión, la autonomía y el cuidado del territorio, rompiendo el cerco del capitalismo, y sus agresiones a la vida humana y al medio en que convivimos. Tal y como afirman las bases zapatistas en sus comunicados: «Si ves que va a llover o que ya están cayendo las primeras gotas y el cielo está negro como alma de político, pues sacas tu nailon y buscas dónde te vas a meter. El problema es que no hay dónde te vas a proteger. Tienes que construir tu propio refugio».

Los zapatistas analizan un escenario de guerra total, conflictos no solo de forma armada, sino comerciales, mediáticos y por los recursos energéticos, que genera grandes desplazamientos forzados. Hay un acelerado proceso de cambio climático y desastres ecológicos, pudiéndose vivir ya en la actualidad un fenómeno de magnitudes incalculables. Y sobre ese escenario, el surgimiento de grupos mercenarios y criminales que actúan en favor de estos poderes más allá de los estados-nación, con el consecuente empobrecimiento y represión a las poblaciones, también en el Norte Global, pero sobre todo con consecuencias catastróficas en las periferias del capitalismo.

Mientras la izquierda neorreformista está enfrascada en alargar la agonía del neoliberalismo, las comunidades indígenas siguen luchando aún a día de hoy por ampliar la brecha en el muro y tomando iniciativas para los nuevos retos. El EZLN marca otros tiempos y otras visiones del mundo atesoradas en su larga lucha contra el olvido, no les falta espera y esperanza, afirmando que la rebeldía llega acorde a las geografías y calendarios de cada pueblo. Sin embargo, hay que pensar que es bastante urgente conseguir una mejor unidad de tiempos y geografías de las luchas, ya que el capitalismo no esperará para continuar llevándonos a la miseria. Y, esto dicho desde la admirada y siempre renovada ilusión que nos provoca leer las palabras que nos regalan los zapatistas, porque tal y como afirman ellos mismos, allá lo que les sobra, a parte de dignidad y lodo, es, fundamentalmente, memoria.

De igual manera, en un movimiento revolucionario también se necesitan estrategias de ofensiva continuada, no darle ninguna tregua al capitalismo porque sino te aislará y te atacará en todos sus frentes. En cada latitud del mundo donde resuenan ecos contra el capitalismo, contra el patriarcado y contra la dominación colonial, se deben articular organizaciones y estrategias de lucha integradas por un movimiento de impulso a nivel internacional, en ello está la clave de una revolución social fructífera. 

Artículo escrito por Ángel, militante de Liza. 

 

 

[INOCENTADA]¡A las europeas! ¡Por el triunfo de la Confederación!

Varias organizaciones políticas anarquistas europeas, entre ellas Die Platform (Alemania), Embat (Catalunya), UCL (Francia) y OSL (Suiza), acordaron crear una marca electoral registrado como Partido de Coalición Anarquista para presentarse a las elecciones europeas de este 2024. Esta decisión no exenta de polémicas y debates internos, responde a la necesidad estratégica de crear un marco político favorable al desarrollo de los movimientos populares, así como batallar en el terreno discursivo a nivel mediático, cosa que puede realizarse desde dentro del sistema. Esta marca electoral estará compuesta por miembros de las organizaciones motoras y militantes afines de los movimientos sociales que se presentarán a las listas electorales.

Las organizaciones aseguran que no restará fuerza de las calles.

Entre las propuestas más destacadas de su programa se encuentran:

  1. Desmantelamiento del sistema de gobierno centralizado: Abogan por la descentralización total del poder político, proponiendo la creación de asambleas locales autónomas que tomen decisiones de forma directa y participativa.
  2. Economía colectivista y abolición del capitalismo: Buscan la eliminación del capitalismo en favor de un sistema económico basado en la cooperación y la propiedad colectiva de los medios de producción. Asimismo, promueven la abolición del trabajo asalariado en favor de formas de organización laboral autogestionadas.
  3. Defensa de los derechos humanos y la justicia social: Su programa se centra en la igualdad de género, la defensa de los derechos LGTBIQ+, la lucha contra el racismo y la xenofobia, así como en la garantía de derechos fundamentales para todos los individuos, independientemente de su origen o situación social.
  4. Ecologismo radical: Consideran urgente la adopción de medidas inmediatas para enfrentar la crisis climática, proponiendo un cambio radical en la relación entre la humanidad y el medio ambiente, priorizando la sostenibilidad y el respeto por la naturaleza.

Este paso ha generado duras críticas y rupturas entre colectivos que rechazan frontalmente esta acción y otros partidarios de llevarlo a cabo. Sin embargo, hay organizaciones que apoyaron desde la distancia la acción, como es el caso de la CNT-cit, u otros como la CGT que lo ven con buenos ojos. Inesperadamente, la Conspiración Células de Fuego, una organización informal de Grecia, también da el visto bueno reivindicando la aministía de los presos políticos.

La noticia de la participación de este partido de coalición anarquista ha generado un intenso debate en el panorama político europeo, sobre todo en los bares y ambientes libertarios. Mientras algunos sectores lo ven como un paso hacia la renovación de la política y la búsqueda de soluciones innovadoras, así como un salto cualitativo y valiente del movimiento libertario, otros lo consideran una propuesta demasiado radical e inviable en el actual contexto político y social.

El reto para este partido será convencer a una población acostumbrada a sistemas políticos convencionales de la viabilidad y coherencia de su propuesta, así como ganarse la confianza de aquellos que buscan un cambio profundo en la forma en que se ejerce el poder.

Las elecciones europeas se acercan y el escenario político está cada vez más fragmentado, ¿logrará este partido de coalición anarquista hacerse un espacio en un entorno político tradicionalmente dominado por corrientes más establecidas? Solo el tiempo dirá si su mensaje radical resonará entre los votantes europeos.

Cine, anarquismo y revolución.

Hace unas semanas, la plataforma de cine en línea Filmin estrenaba una colección de películas catalogadas bajo la etiqueta “Juventud y revolución”. El título que daba pie a esta compilación es el largometraje Sabotaje (2022) de Daniel Goldhaber, al que han calificado como eco-thriller. A pesar de parecernos una película lamentable a nivel artístico y político, nos permite hacer algunas reflexiones que nos parecen interesantes. En otras palabras, la película es malísima, propia de un telefilm de domingo en la hora de la siesta, y además tiene un fuerte carácter reformista (a pesar de vender todo lo contrario), pero nos regala dos temas en los que debemos pensar desde el anarquismo: por qué es tan fácil vincular el radicalismo político con un posicionamiento adolescente y cómo podemos generar un imaginario atractivo desde el anarquismo de masas.

 

A modo de introducción

No vamos a perder el tiempo en hacer una reseña de una peli tan mala, ni siquiera vamos a profundizar en todos los problemas políticos que tiene. Vamos a centrarnos en tres cuestiones introductorias que nos dan pie a explicar nuestra propuesta política.

En primer lugar, esta película ya la hemos visto antes y mejor hecha. The East (2013) trata exactamente el mismo tema, con los mismos problemas políticos, pero al menos el reparto y el rodaje es mucho mejor. También se asemeja a Y mañana el mundo entero (2020) y, en cierto modo, a Los Edukadores (2004). ¿Y cómo puede ser que la misma película se repita casi en los mismos términos y replique los mismos posicionamientos políticos? Pues porque son los planteamientos políticos del sentido común militante y, en particular, diría yo, del sentido común activista libertario.

En segundo lugar, parte del posicionamiento más asentado en los movimientos sociales: el individual. Las personas implicadas en la trama no parten de un análisis coyuntural y colectivo que les lleva a proponer una estrategia capaz de superar el sistema capitalista. Es más, ni siquiera llegan a señalar al sistema capitalista como el enemigo político de sus acciones. Como mucho, señalan a algunos de sus personajes más famosos y a sus expresiones concretas. Es por esto por lo que, por mucho que no paren de hablar de revolución, no son planteamientos revolucionarios. No señalan al sistema, no desarrollan una estrategia y no plantean una alternativa. A lo sumo hablan de pequeñas comunas y de salidas individuales y parciales.

En tercer lugar, terminan siendo reaccionarias. Y lo son por los motivos que hemos anunciado en el punto anterior. Al no tener un análisis sistémico y unas propuestas realistas y generalizables, son, en el mejor de los casos, una salida para unos privilegiados e iluminados que dan un toque de aviso a un sistema que se está pasando y que tiene que reformarse; y, en el peor de los casos, muestran la lucha política como un camino sin salida, que parte de la rabia y de jóvenes caprichosos y poco maduros.

 

Sobre la discusión política en el anarquismo

Felipe Correa, historiador y militante anarquista de Brasil, propone la categorización de dos grandes corrientes dentro del anarquismo en cuanto a su propuesta estratégica y su análisis coyuntural, que aquí denominaremos como Insurreccionalismo y Anarquismos de masas.

Las diferencias entre las dos concepciones revolucionarias son profundas y radicales. Mientras que los primeros tienen un posicionamiento más individualista y en cierto modo esencialista del sujeto (creen que en cada ser humano existe cierto instinto de rebeldía de forma natural), los segundos consideran que la posibilidad de la revolución está determinada por la capacidad de que los trabajadores se constituyan como una clase social que pelee por sus intereses.

El insurreccionalismo apuesta por la propaganda por el hecho, acciones radicales que llamen la atención de los desheredados y les haga actuar y liberarse, mientras que el anarquismo de masas busca la acumulación de fuerza social, lo que implica concienciación, organización y crecimiento paulatino. El anarquismo insurreccionalista aboga en contra de las organizaciones políticas grandes y permanentes, ya que ve en ellas un riesgo de burocratización, vanguardismo y autoritarismo. Por el contrario, el anarquismo de masas entiende que la posibilidad de derrotar a las fuerzas del capital pasa por la organización obrera y es consciente de que los grupos pequeños de afinidad no son ninguna herramienta eficaz contra las derivas burocráticas, autoritarias o vanguardistas. Es más, todos estos problemas se agudizan allí donde no se explicitan y se tratan de raíz.

No podemos abordar aquí toda la discusión y evidentemente estos posicionamientos tienen matices y distintos grados de grises. Aun así, son útiles para asentar nuestra tesis: la estrategia y la lógica insurreccionalista se ha instituido como el “sentido común” de parte del movimiento libertario más radical y del activismo propio de los movimientos sociales. Sin duda esto tiene que ver con las derivas impotentes y los desvíos en los que han caído algunos proyectos organizacionales, pero también, en nuestra opinión, tiene mucho que ver con que recoge un espíritu muy típico de nuestra era: un posicionamiento individualista, experimentalista, aventurero y, por qué no decirlo, radicalmente vanguardista a su pesar.

 

¿Juventud? y ¿revolución?

Como decíamos al inicio de esta “reseña”, Filmin ha catalogado esta recopilación de películas bajo la categoría “Juventud y revolución”. Aquí sostenemos que, donde dicen juventud quieren en realidad decir algo más parecido a adolescente, impulsivo, iracundo o naif; y que cuando hablan de revolución se están refiriendo a revuelta, acción directa violenta y sabotaje.

Como decimos, la revolución es imposible si no parte de un análisis acertado y de una estrategia coherente. Lo máximo que se plantea en estas películas son acciones espectaculares para promover negociaciones parciales y reformas puntuales. Por mucho que se disfracen de radicales, disruptivas y revolucionarias, no lo son. Porque no construyen una fuerza capaz de doblegar el sistema capitalista (ni siquiera lo señalan), y por tanto no pueden aportar una estrategia realista.

Además, y esto es lo más importante de los productos culturales que analizamos aquí, se muestra esta carencia. Esta limitación es constante y palpable. Aunque empatizamos con los protagonistas, con su rabia, su dolor y sus ganas de construir un mundo mejor; somos conscientes de que lo que plantean no tiene potencial. Por eso parece más una rabieta adolescente que una propuesta política seria. Es por esto que estos productos culturales son profundamente reformistas, cuando no reaccionarios, ya que nos enseñan que esas acciones no llevan a nada (porque detrás no hay nada) y que, aunque el reformismo sea una mierda, vaya muy lento y sufra mil varapalos, al menos es un avance.

 

Hacer sexy el anarquismo de masas.

Las que nos posicionamos en el anarquismo de masas vamos en contra de todo esto. Lo que se puede decir de nuestra propuesta es que no da para una peli. Nuestras asambleas interminables, los análisis coyunturales, las discusiones estratégicas, apoyar las luchas vecinales y laborales e intentar darles más potencial emancipador, nuestras peleas con los burócratas… no dan ni siquiera para telefilm.

Es mucho más molón ver cómo se deja sin argumentos a un tipo de una ONG por reformista, cómo se construye una bomba, cómo se dejan mensajes súper ingeniosos a la policía, etc. Incluso cuando son detenidos, abatidos o reprimidos por las fuerzas de seguridad, parece una lucha épica que demuestra todo su potencial dado el nivel de represión que moviliza.

El problema es que, aunque sepamos que esas prácticas, al no tener una articulación estratégica mayor, son impotentes (porque llevamos años viéndolo y experiencias históricas recientes y lejanas no nos faltan) e incluso desatan la justificación de una represión que se desplaza a otros militantes y movimientos generando olas de criminalización y desaliento; seguimos siendo los sosos de la peli.

Pero esto no siempre fue así, y debemos luchar porque deje de serlo. Si habéis visto o leído Germinal de Zola, sabréis que los personajes más interesantes y los más atractivos, son los que pelean por la organización del proletariado y por una violencia siempre y cuando sea de masas. El personaje que representa al terrorismo insurreccionalista es mostrado como un tipo que se mantiene al margen, no se mezcla con los trabajadores porque en cierto modo los desprecia, y su desprecio le lleva a actuar por encima y en contra de la voluntad de estos.

La pregunta es ¿cómo volvemos a hacer atractiva la militancia revolucionaria? Entendida aquí como algo completamente diferente al activismo movimentista y al insurrecionalismo. En términos más pedantes ¿cómo hegemonizamos el compromiso partisano? Porque nadie quiere ser el aburrido de la historia. Los jóvenes quieren acción, quieren emociones… ¿o quieren ver avances?

Yo apuesto más por esto último. Lo que moviliza, lo que anima profundamente a la implicación, lo que inspira y emociona, es creer. Creer que se puede vencer. Por esta misma razón, los personajes revoltosos de las películas nos parecen una mezcla de romanticismo y honradez: tienen buenas intenciones, pero son unos inconscientes. Y hoy parece que muchos se han cansado de no avanzar. Se está dando un reordenamiento en la extrema izquierda. La crisis, digamos estratégica, que se está produciendo en estos días surge de la desilusión que dejaron prácticas pasadas. Pero no las prácticas de otros, las nuestras propias. Esto que algunos llaman lucha cultural aquí lo identificamos con “cambiar los protas de la peli”.

Tenemos que hacer que los personajes más atractivos no sean los más iracundos y reactivos, sino los más profundamente comprometidos con la construcción de las condiciones sociales que hagan posible la derrota del capitalismo. Pocas películas actuales caminan en este sentido y es una pena. Quizás la que más nos acerca a este posicionamiento, y que aprovechamos para recomendar, es Pride (2014). Si no la habéis visto, disfrutadla. Esperamos que os llene el corazón tanto como llenó los nuestros y que después de eso tengáis renovadas ganas de dar la pelea. Si es así, ahí nos encontraremos.

Miguel Brea, militante de Liza.

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