Carta a la juventud. Homenaje a Marcos Ana.

Ayer 24 de Noviembre falleció Marcos Ana, poeta y comunista, el preso que durante más años soportó la represión franquista. Desde Regeneración le rendimos un sincero homenaje compartiendo uno de sus poemas: una llamada a los jóvenes para que luchen por una sociedad libre. Que la tierra le sea leve.

Carta urgente a la juventud del mundo

Si la juventud quisiera
mi pena se acabaría,
y mis cadenas.

(Decid ¡basta!
Haced la prueba.)

Vuestros brazos son un bosque
que llena toda la tierra;
si enarboláis vuestras manos
el cielo cubrís con ellas.
¿Qué tiranos, qué cerrojos,
qué murallones, qué puertas
no vencieran vuestras voces
en un alud de protesta?

(Todos los tiranos tienen
sus pedestales de arena,
de sangre rota, y de barro
babilónico sus piernas.)

Pronunciad una palabra,
decid una sola letra,
moved tan solo los labios
a la vez y la marea
juvenil atronaría
como un mar cuando se encrespa.

Pero, ¿quién soy yo, qué barco
de dolor, qué espuma vieja,
qué aire sin luz en el viento
acerco a vuestras riberas?

Como campanario de oro
vuestros corazones sueñan.
La juventud es la hora
del amor, su primavera.
¿Por qué mover vuestras ramas
alegres con mi tristeza?
¿No es mejor que yo me coma
mi pan solo en las tinieblas;
que mis pies cuenten las losas
veinte años más, mientras sueñan
mis alas entre las nubes
de un cielo roto en mis rejas?

Pero la vida -mi vida-
me está clamando en las venas;
abrasa loca las palmas
de mis manos; lanzaderas
clava y desclava en mi frente
y el pensamiento me quema.

Ved nuestros tonos. Ya somos
como terribles cortezas;
claustrales rostros, salobres
ojos que buscan a tientas
-sedientos de luz y sol-
una grieta entre las piedras.

No sabéis lo que es vivir
muriéndose a vida llena;
grises, sobre grises patios,
sin más luz que una bandera
de amor…

Ni lo sepáis nunca…
Más si queréis que esta lepra
jamás os alcance el pecho,
no dejéis «mi muerte» quieta.
No dejadme, no dejadnos
con nuestras sienes abiertas
y en un cerrojo sangrante
crucificada la lengua.

Levad vuestros pechos. ¡Pronto!
( Es bueno que esta gangrena
os revuelva las entrañas.)
¡Echad abajo mi celda!
Abrid mi ataúd; que el mundo
en pie de asombro nos vea
indomables, pero heridos,
sepultos bajo la tierra.
¡Que no queden en silencio
mis cadenas!

Del miedo al rencor o cómo fingir racionalidad cuando los escudos fallan

Tengo miedo.

Siempre digo que no, pero lo tengo.

Miedo de alguien a quien hace más de 4 años que no veo. Miedo de alguien que nunca me hizo nada. Miedo de alguien que seguramente no recuerde mi existencia.

Y poco menos de 4 años diciéndome que ese miedo no existe. Que soy alguien racional. Que es absurdo temer algo que no puede afectarte.

Nunca había hablado de ese miedo.

Cuando esa persona desapareció decidí evitar las calles que frecuentaba con la excusa de que el otro camino a casa es más oscuro pero más directo. Pero reconozco que cuando volví a recorrerlas fui con la cabeza baja, y aún hoy las cruzo en guardia. Con paso rápido, la mandíbula tensa y, según los ánimos, mirada desafiante. Pero no era miedo. Sólo era por evitar situaciones incómodas.

Cuando me llaman al móvil y no tengo guardado el teléfono mi voz suena muy aguda. Pero eso es normal, ¿no? ¡No vamos a reaccionar todos igual a lo inesperado!

Y si alguien me llama por la noche, sea o no una persona amiga, me la paso temblando. Porque obviamente me han desvelado. Han alterado mi estado de tranquilidad de una forma brusca. Otra reacción no tendría sentido.

Hará cosa de una semana me lo volví a cruzar. En el metro. Y se quedó mirando sin decir nada. No sé si me reconoció, pero a mí se me tensó la mandíbula. Y me di cuenta del miedo que había estado negando. Ese miedo que había camuflado de odio y desprecio. Me creía enfadada, porque enfadarse tenía sentido. Y el supuesto enfado tras tanto tiempo se debió convertir en rencor. De modo que me creí rencorosa (que no digo que no… ). Pero lo que había tenido, desde un principio, no era un enfado completamente justificado. Era miedo.

Asumir la irracionalidad ayuda. Ayudaron en su momento las personas de mi entorno más cercano, a las que estoy evidentemente agradecida. Pero admitir la realidad interior ayuda mucho más.

Ayuda comprender que tenemos más emociones de las que pensamos, y que éstas nos afectan en el día a día. Es relativamente fácil fingir estabilidad emocional. Tan fácil como negativo. Porque esto se filtra y nos sobrepasa. La tensión se acumula. Aunque no sepas que está ahí. Y precisamente si no la reconoces no hay forma de soltarla.

La sinceridad con uno mismo es lo más necesario para revisar nuestras dinámicas. Tanto políticas como personales, porque si el subconsciente te presiona no es sólo contra tu entorno personal. Lo engloba todo en mayor o menor medida.

Y esos miedos, racionales, irracionales o mezcla, no deben marcar nuestras pautas en las relaciones. El apoyo se complica cuando no se sabe qué apoyar, y una falsa racionalidad no es la mejor forma de relacionarse. Especialmente si esto nos lleva a juzgar con dureza a aquellos que no han querido caer en el autoengaño y se saben vulnerables porque, de qué sirve si no hablar de empatía?

Vacaciones de verano para todas y síndrome post-vacacional

Llega el verano, y sobre todo cuando llega agosto, pensamos en vacaciones. Este año he tenido la suerte de poder salir de mi habitual rutina y vivir otras experiencias. La razón de las vacaciones es que necesitamos desconectar de la dura realidad cotidiana y también de nuestros espacios de militancia. Vivir amargados por lo mal que está la situación no es vivir, siquiera se podría decir tener «conciencia política», «sensibilidad social» o como se le quiera llamar. Estar amargado porque la coyuntura se muestra muy fea no hará que cambie, ya que el pesimismo solo sirve para sufrir uno mismo de su propia impotencia.

Durante este período, nos desconectamos por unos días de todo lo relacionado con la política y tal. Entonces hacemos planes tales como irse al pueblo, a la montaña o a la playa, al extranjero unos días o buscar un trabajillo de verano para ganarse una paguita… Y entonces cuando llega septiembre, volvemos a la rutina de siempre contando lo que hemos hecho a nuestros colegas. Pero regresamos por lo menos descansadas, que es la clave. Ahora que finalizan las vacaciones, vuelvo a escuchar las mismas historias de siempre: el bloqueo institucional, los incendios forestales en agosto y la poca voluntad política prevenirlos y extinguirlos, la desmovilización generalizada, la subida del paro tras las vacaciones, el triunfalismo de las cifras de ocupación turística… Vamos, que la cosa sigue estando mal.

No obstante, ¿realmente tan mal están las cosas? Creo que ante el bloqueo instucional, sería interesante volver con la apuesta de movilizar en las calles, pero no recordando al 15M, sino con nuevas —y no tan nuevas— ideas, tales como continuar adelante con el sindicalismo de clase, las 5 de la PAH, la amnistía social, etc…, precedente de la articulación multisectorial, además de poner sobre la mesa la cuestión de la soberanía popular, que puliendo más este tema podría ser una base potente para construir un movimiento popular fuerte, ya que este tema engloba todos los ámbitos de nuestras vidas: política, economía, aspectos culturales, territoriales, medioambientales, energéticas, alimentarias, entre otros.

Realmente no tenemos por qué ser pesimistas. No tiene mucho sentido el culpar al éxito de Pokemon Go, a Sálvame, a los culebrones, a Podemos o a cualquier otra cosa «que idiotice a la clase trabajadora y que la tenga entretenida y no se movilice». El problema es que la izquierda, o es postmoderna, o es incapaz de ejercer de oposición efectiva a la derecha, o simplemente está en su ghetto ultrarrevolucionario de adoración a Lenin o Durruti. Cuando en buena medida, al carecer de proyectos políticos serios ni tenemos visión estratégica para disputarnos un espacio en el escenario político y social ni tenemos proyectos que ilusionen, hacen que la mayoría de la gente se despreocupe.

En fin, estas vacaciones me han servido para ver las cosas de manera más optimista, no en el sentido de que vayamos a conseguir nuestros objetivos en el corto-medio plazo, sino que hay que ir avanzando poco a poco, desde nuestros espacios de militancia y a la vez, hacia la clase trabajadora. Necesitamos un cambio en nuestros espacios, pero también necesitamos que haya una conexión con el resto de personas, ser parte de la sociedad y no aparte de ella, porque al fin y al cabo, si queremos el socialismo libertario, lo tenemos que construir junto con toda la clase trabajadora. Así pues, no hay motivos para sufrir del síndrome post-vacacional, porque el ciclo de la vida sgue y hay que afrontarlo lo mejor posible.

Tened por seguro que en este nuevo curso vamos a empezarlo continuando con nuestra apuesta por el poder popular. Y seguiremos adelante con las pilas recargadas.

Los gatos de la loca

Soy un gato. Uno de esos típicos con cuatro patas y un largo rabo llevado con elegancia. Ojos verdes, pelaje negro, uñas afiladas y para de contar. Nada de bellezas salvajes, yo soy del montón. Vivo en un pisito de las afueras de una ciudad llena de ruido, cáncer y corrupción. Comparto comedero con una gata tricolor y un cachorro callejero con los que me llevo bien, siempre que no me roben mi pienso, claro. Mi mamá es una señora de cabello rizado en un tono blanco y gris que acostumbra a tararear canciones de anuncio mientras cojea por la casa. Ser vieja y tener dolor de huesos no le impide nada, siempre anda de aquí para allá, llamando, quedando, improvisando nuevas recetas o buscando nuevos destinos para viajar. Según me comentan mi madre está loca. La pobre, desde siempre ha estado sola, sin marido y sin hijos, totalmente perdida en el mundo sin un destino. Es por eso que siempre está de buen humor y dispuesta a darnos cariño a todos los que le rodeamos, porque está como una regadera. Debe sentirse tan vacía por no haberse casado y no haber dado descendencia… ¿Por qué, qué ha hecho ella aparte de estudiar, trabajar, viajar y tener amistades e inquietudes por un tubo? Pues nada, ser una solterona incapaz de formar una familia. Me desespero cuando la veo tirar su vida por la borda de esa manera, ¿tú ves normal que constantemente esté en su mecedora leyendo libros, que se pase tardes enteras pintando cuadros o haciendo pulseritas y collares con pechinas que recoge de la playa? ¿Qué forma es esa de perder el tiempo? Me preocupa verla bailar al son de esa música que tanto le gusta, me asusta cuando se va de manifestaciones y habla de cambiar el mundo, a su edad por dios, a su edad. Pero lo peor de todo no es eso. Resulta que a menudo hace unos ruidos raros cuando se encierra en su habitación. La gata dice que eso son gemidos de placer al correrse, ¿pero cómo va a masturbarse mi madre si tiene los ovarios secos? De verdad que solo de pensarlo me da algo, ese cuerpo arrugado y con estrías, todo pellejos colgando. Y la tía va y se sigue poniendo faldas para presumir de varices y tobillos hinchados. Hay que tener poca autoestima para ir así por la vida, que triste todo, lo que hace estar sola.

Los gatos de mi vecindario comentan cosas cuando paso y me miran con la risita burlona porque piensan que mi madre ha perdido la cabeza por completo. Se ríen de mí o bien me tienen pena y compasión por tener que aguantar a una señora que está sola. Así que estoy harto de todo, pienso arañarle toda la ropa esa zarrapastrosa que me lleva para que se compre nueva y se arregle de una vez. Los libros se los voy a destrozar en pedacitos a ver si deja de leer o se le va a secar el cerebro como a Don Quijote. Voy a mordisquear el cable del radiocasete a ver si me lo cargo y así ya no habrá más música infernal ni bailoteos en el salón. Romperé toda la vajilla y todo lo que encuentre a mi paso en la cocina para que no pueda cocinar y por lo tanto invitar a sus amiguitas pesadas y malhabladas. Tiene que alejarse de ellas, porque están todas locas también. Y lo más importante de todo, tengo que conseguirle un novio, alguien que la quiera y le llene ese vacío existencial que tiene por dentro. Todo el mundo tiene a su media naranja así que nunca es tarde para encontrarla. El amor podrá devolverle la cordura, estoy seguro. Pero, ¿cómo podría hacerlo?

Mientras reflexiono y reflexiono trazando mi plan perfecto mi madre está sentada en la mecedora con una taza de té en la mano. Hay algo diferente en ella, tiene la mirada perdida, unas lágrimas en la puerta de sus ojos parece que quieren salir. Algo la angustia y no sé qué es. Le pregunto a la gata, me dice que nadar a contracorriente cansa y que mi indiferencia y frialdad no ayudan en nada. Se sienta en su regazo y desde allí me mira con asco mientras mi madre, ahora un poco más animada, la acaricia suavemente. La gata siempre dijo que yo era un gato tonto, que mucho hablar de amor libre y luego no era capaz de ver la soltería como una opción legítima, porque lo de estar soltero me daba un cague que no veas. Decía que yo no sabía estar solo y me daba miedo gestionar mis emociones, que me paralizaba y no hacía nada, por lo que iba haciendo daño a la gente de mí alrededor y también a mí mismo. – Los silencios pueden llegar a ser muy violentos ¿sabes? – Me decía la gata poeta en sus arrebatos de sinceridad.

Me había quedado tan absorbido en mis pensamientos que ni me había dado cuenta de que habían llamado al timbre. Esas señoras ruidosas durante más de tres horas conversaron, rieron y bebieron cervezas con mi madre, que volvía a tener una sonrisa gigante pegada en la boca. Quizás aquellas mujeres no eran tan malas, pues en un momento le habían devuelto la vitalidad y la energía que acostumbraba a tener. A lo mejor mi madre está sola, pero no por ello desolada ni abandonada. Ella vive tranquila, con sus manías y talentos, en su habitación propia. Aunque eso no quita que pueda tener días malos y tristes, días en los que desea romperlo todo, gritar muy fuerte y tirarse en el sofá a llorar. Hoy es un día de esos, así que haré caso a la gata y me acercaré a ella para ronronearle tan alto como pueda y que lo sienta como un abrazo. Ha funcionado. Mis sonidos la han relajado y ahora me acaricia suavemente. No hay duda de que me quiere mucho, y no solo a mí. Siempre se la ha jugado por aprender a querer de otra manera, sin exclusividades, dramas o bodas en la playa. Ha hecho suya la palabra amistad y ha decidido no adaptarse a esa normalidad obligatoria, aunque eso la convierta en loca. No le importa ser una vieja loca y gorda porque le gusta romper con lo establecido con una sonrisa traviesa en los labios, con la sonrisa de quien sabe que el arroz no va a pasársele, porque siempre fue más de fideuà.

Ana Poliquística

 

Berta Cáceres

Descanse en paz la hija de la tierra,

aquella que fue asesinada por las balas con el símbolo del dólar.

 

Descanse en paz la voz de la sombra amanecida,

aquella que recorre como un rayo fulminante la codicia de los ricos.

 

Descansa en paz mientras tu sangre indígena se vierte sobre nosotros.

 

 

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