Tras el 25-A: tocado, pero no hundido

“¿Piensas o eres normal?” (De una pintada en Granada)

Del derecho y del revés, hay razones para concluir que la convocatoria de la Plataforma ¡En Pie! ,“Asedia el Congreso”, del pasado 25 de abril, se ha saldado con un exitoso fracaso. Expliquemos la aparente contradicción. Fue un revés porque no cumplió con sus pretensiones, sin duda de exigencia desmesurada. Ni hubo “asedio” ni recursos humanos suficientes para plantear algo semejante, ni en la tarde-noche de ese día, ni mucho menos indefinidamente, como fantaseaban los anunciantes. En ese sentido, la montaña parió una lombriz. Pero a partir de ahí solo se pueden contabilizar “éxitos”, de esos que a veces se ocultan en una “derrota oficial”.

Pero hay más. El primer triunfo está en ese ejercicio de pluralidad y autonomía que significó la propia convocatoria, tan alejada de las habituales unanimidades, númerus clausus y pensamientos únicos de todos juntos, disciplinadamente, a la voz de mando, a que nos tienen bochornosamente acostumbrados los clanes del sistema (partidos y sindicatos, autollamados representativos y “sedicentemente de izquierdas”). ¡En pie! llevó adelante en solitario (que no en soledad) su osada propuesta sin más rechazo que las lógicas reticencias de otros movimientos sociales y colectivos que no compartían el emplazamiento. Pero solo eso. Sin recibir nunca una visceral afrenta de ese magma amigo, aunque los medios de manipulación de masas se encargaran de vocear divisiones y vetos que solo existieron en sus calaveras. Pensaban que el descalabro de ¡En Pie! Sería la palanca para el asalto y la demonización del movimiento de los indignados.

El segundo logro fue desmentir el tremendismo de los voceros del régimen. Ni hubo ni se desató esa violencia indiscriminada anunciada, es decir actos sociales reprobables de naturaleza humillante y lesiva contra las personas. Todo quedó en cuatro carreras y algunos altercados propios de una población asfixiada por la trituradora del poder. Esa ciudadanía activa que no se resigna a poner la otra mejilla ante la brutalidad y prepotencia del sistema, en sus diferentes franquicias, PP-PSOE.

A continuación la cita sirvió para conocer, como dijo Robespierre, quiénes son los amigos del pueblo. Y así vimos a la dirección de IU y de CCOO-UGT denunciar solemnemente la convocatoria. ¡Gracias por No venir! Por cierto, ha sido innecesario y poco estético ese alineamiento de la dirigente más mediática de la Plataforma Antidesahucios (PAH) con el frente del rechazo. Ojalá escampe.

Otra motivo de satisfacción fue el ridículo espantoso que ha hecho las autoridades ante la opinión pública nacional e internacional con ese despliegue policial propio de un Estado totalitario. Más de 1.400 antidisturbios, aparte de los infiltrados y provocadores, para una concentración que la prensa cifró en unas 1.000 personas. De ahí esa extravagante y reveladora nota Interior al día siguiente elevando su número hasta los 2.000 manifestantes. Era injustificable que un “gobierno democrático” pusieran en orden de batalla casi el cincuenta por ciento de efectivos más que de protestantes. Y encima va el pobre presidente del Congreso Jesús Posada y se deshace en elogios a su profesionalidad.

Por lo demás, chapó por esa nota en twiter de ¡En Pie! a última hora de la tarde desconvocando la convocatoria y reconociendo que no había contado con suficiente “apoyo social”. El sentido de la responsabilidad que esa autocrítica conlleva, demuestra la inteligencia colectiva del movimiento. Una vez más ha demostrado mayor capacidad política y sentido democrático que los señores que hicieron levantar vallas y corazas ante la supuesta sede la la soberanía popular para que la chusma del pueblo no altere su siesta.

Turba, delincuentes natos, con características antropomórficas predeterminadas, a lo Lombroso, a decir de El País, que publicaba una guía de estilo para distinguir a la gente de normal y a los perroflautas: “Los primeros manifestantes eran en su mayoría personas adultas -decía la crónica-, algunas con banderas republicanas y otras con camisas verdes a favor de la educación pública. Poco a poco, un goteo de manifestantes más jóvenes y estética antisistema -ropas negras con lemas políticos, zapatillas de deporte y piercings- fueron llegando como con cuentagotas y ocupando su sitio en la primera fila junto a la valla”. Estética antisistema. Patético. Como lo del rector de la mayor universidad de Madrid, de apellido Carrillo, llamando a la policía para asaltar la Faculta de Ciencias Políticas y Sociología (¡el centro académico dónde se enseñan valores políticos y sociales, manda carajo!) en busca de subversivos. Otra vez el “comando Dyxan”.

Las salidas en falso de la primavera egipcia, tunecina y el frenazo cívico en Islandia deben hacernos reflexionar sobre la enorme dificultad y complejidad del desafió al que nos enfrentamos, la futilidad de simples golpes de mano o escenarios-espectáculo, y en consecuencia la absoluta necesidad de lograr mayorías de cambio radicalmente democráticas, que solo son posibles con una nueva conciencia que supere inercias y atavismos. La gran baza del sistema, como ocurre con la religión, es hacernos creer que no tiene alternativa. Vamos despacio porque vamos lejos. Comprometidos en una larga marcha que se inicia en un primer y humilde paso al frente diciendo “no”, que ya hemos dado; continua con la apertura de un proceso, en el que ya estamos, y debe perseverar en una estructura de nueva planta, donde todos seamos necesarios pero nadie imprescindible.

La resistencia sigue en pie. La conciencia indignada no prescribe. Acumulando fuerzas. Porque la insignificante lombriz proporciona el indispensable humus de la fertilidad. Metabolizando, rumiando, el ADN del “sí se puede”. ¿Piensas o eres normal?

Rafael Cid

¿La solidaridad en peligro?

Pareciera que la solidaridad es algo que escasea hoy en día en nuestras sociedades modernas. Cada cual va a su bola sin preocuparse de lo que hace el resto; sentimos que nada, o poco, nos une al resto de personas; nos preocupamos de los problemas que nos atañen personalmente o, en el mejor de los casos, nos preocupamos un poquito de los problemas de aquellas personas más cercanas. Pero no estoy diciendo nada nuevo para nadie, así es la vida en la ciudad desde hace décadas; una vida solitaria en un plano existencial, individual en un plano práctico, y egoísta a todos los niveles.

Algunes intentamos romper con esta solitud urbana por motivos diversos y de formas variantes: algunes se organizan en grupos de solidaridad, otres actúan lo mejor que pueden de manera individual. En cualquier caso romper con la distancia social que impregna nuestras mentes es el primer paso obligatorio para empezar a construir ese mundo nuevo que muches desean.

Pero si escribo esto es por la impresionante falta de solidaridad que hemos podido leer en las redes sociales a raíz de lo sucedido en Atocha y Delicias (Madrid) durante la acción del 25 de abril. Como sabéis, tras la manifestación frente al Congreso un grupo de jóvenes decidió llevar la resistencia un paso más allá: se lanzaron piedras y petardos a las fuerzas represoras del Estado, se tumbaron cubos de basura para dificultar el paso de las lecheras… En definitiva, se decidió plantar cara a una policía nacional que lo único que sabe hacer es reprimir y castigar a les que han decidido resistir al sistema con dignidad.

De la comunidad de «izquierdas» en Twitter y Facebook espero, personalmente, más bien poco, pero nunca me imaginé que tanta furia desatarían los disturbios en Madrid. Que si las acciones violentas son negativas y contraproducentes, que si les jóvenes de Madrid son solamente unes vándales y fanátiques, que si la violencia engendra más violencia… En resumen, que en vez de mostrar la solidaridad que un día caracterizó al movimiento obrero anti-capitalista lo que pudimos leer en Internet fue una sarta de insultos y acusaciones sin sentido. «La más absoluta condena a lo acaecido en Madrid» podría ser un buen resumen del ambiente en la redes sociales. Aunque todo sea dicho, me llevé una grata sorpresa al ver que un considerable número de cuentas en Twitter y Facebook empezaron a plantearse que este tipo de acciones pudieran ser necesarias según están las cosas en la sociedad española.

Sin querer convertir estas líneas en un discurso moralista, sí que diré que lo mínimo que une puede hacer al no estar de acuerdo con las acciones de otras personas es callarse (o criticar constructivamente aportando argumentos con contenido). Ahí debiera empezar la solidaridad de las personas que hacen llamarse «de izquierdas» (o «libertarias» dado el caso). Mil veces al cabo del día pensamos que no estamos de acuerdo con algo, pero hay momentos en los que callar es mejor que hablar. Les jóvenes del 25 de abril actuaron con la mejor de las intenciones, y precisamente porque tienen todas las razones del mundo para levantarse y gritar «¡ya basta!» De ahí que la falta de solidaridad de otres jóvenes me parezca humillante, pues todes elles (a no ser que sus papis sean miembros distinguidos de ésta nuestra sociedad) comparten el mismo futuro precario tan falto de oportunidades, libertades, y sobre todo tan falto de dignidad. Alguien no podría estar de acuerdo con quemar los cubos municipales a forma de barricada, pero nunca se debería acusar a les compañeres que, luchando por el futuro de todes, decidieron arriesgar su libertad personal (y su integridad física).

Supongo que, en este contexto, la diferencia entre «criticar» y «acusar» es clara. La crítica es necesaria en cualquier ámbito de la vida, como también lo es disentir y libreprensar. Pero acusar es dar la espalda a aquelles que reman en nuestra misma dirección; ponerles en evidencia y dejarles a merced de la opinión pública que tan bien les funciona a les polítiques y demás parásites del sistema. Acusar, en definitiva, es sacar a relucir al policía que la sociedad nos metió dentro por medio de la educación curricular y de la socialización estatal.

Como escribiera el Subcomandante Marcos, «tallado por el lado inverso, un espejo deja de ser espejo y se convierte en cristal. Y los espejos son para ver de este lado y los cristales son para ver lo que hay del otro lado. Los espejos son para tallarlos. Los cristales son para romperlos… y cruzar al otro lado.»

Vivimos en sociedades llenas de espejos, donde lo único que se refleja son nuestro ego y nuestros intereses egoístas. Comprender, empatizar, y solidarizarse con aquelles que intentan invertir el espejo es una forma de invertir nuestro propio espejo. Muchas personas han invertido ya ese espejo, no me cabe la menor duda. Pero cuando ven que otres se deciden a romper el cristal (el espejo invertido) para pasar al «otro lado» es cuando la solidaridad vuelve a flaquear. Será por miedo. Será por ignorancia. Será por vaguería. Pero así son las cosas.

¡Solidaridad con les que luchan! ¡Muerte al capital!