[Recomendación] El hombre y la naturaleza

Nuestra cultura occidental, capitalista, es la cultura del crecimiento, del progreso y del desarrollo. En concreto, del crecimiento económico, del progreso tecnológico y del desarrollo ilimitado; muy alejado todo ello del crecimiento personal, el progreso social y el desarrollo del bienestar que nos prometía la economía. Nuestra cultura, entregada a la fe en la tecnología y el mercado olvida que somos dependientes de los ecosistemas.

Sin ser la denuncia más elaborada ni la reflexión más profunda, este video de apenas unos minutos muestra de manera amena algunas de las agresiones del ser humano contra el mundo y sus habitantes, incluidas las personas. Un relato de agresiones constantes sobre el territorio que nos lleva de manera inexorable al colapso ecológico.

Pero, si todos tenemos tan claro este proceso, ¿Por qué sigue adelante? Por dos obstáculos fundamentales, la inercia del capitalismo (base fundamental de la destrucción ecológica) y los intereses del poder, que basan sus crecientes beneficios en la explotación del medio y de las personas. La vida y el bienestar de todas las personas pasa por acabar con el capitalismo y los grupos beneficiados por este. Ese es el principal objetivo que debemos marcarnos: Construir una sociedad del bienestar en el marco de un socialismo libertario y ecológicamente sostenible.

El eterno retorno de la social-democracia

En tiempos como los que nos ha tocado vivir es complicado sustraerse de una recurrente sensación de Déjà vu. Como si el eterno retorno nietzscheano tomara un tinte trágico y nos obligara en el breve lapso de una generación a repetir los mismos errores e ingenuidades políticas.

Que Podemos es un partido social-demócrata moderado es una realidad que ya ni ellos mismos se esfuerzan en ocultar. Hace un par de semanas podíamos escuchar a Pablo Iglesias, en la presentación del programa económico del partido, afirmar que: “Las propuestas que asumimos son las que hasta no hace mucho tiempo iba a asumir cualquier socialdemócrata”. Al menos, añadió, hasta la llegada del ex primer ministro laborista británico Tony Blair. Siendo así, ¿dónde queda esa ilusión que nos prometieron que recuperaríamos? ¿Acaso el sueño es volver a repetir una segunda transición que nos condene a otros treinte años de silencio y resignación? Aunque la historia nunca se repita de manera exacta, y nuestro país ha cambiado tanto que la situación es necesariamente diferente, el eco de la algarabía que produjo el ascenso al poder del PSOE de Felipe González resuena aún en este Podemos que promete que su asalto institucional cumplirá las expectativas de todos aquellos que se han situado a la contra del estado de cosas actual durante los últimos años. No olvidemos que dicha victoria tan sólo trajo una paz social injustificada, la devastación de los territorios y la desarticulación de formas de vida en la Península que sólo tiene parangón con la perpetrada por el franquismo durante la explosión desarrollista de los años 60.

Son muchas las preocupaciones que pueden surgir a la vista del meteórico ascenso de la formación de Iglesias. Desde el riesgo de desactivación de la protesta social (por desgracia no asociada a la consecución de sus objetivos políticos) hasta el peligro muy real de absorción de todo movimiento social en el seno del artefacto político de Podemos. Sin embargo por su gravedad y falta de miras me centraré hoy en los problemas asociados a la propuesta económica que, de mano de Juan Torres y Vicenç Navarro, Podemos hizo publica a finales del mes pasado.

Llevamos más de doscientos años inmersos en una catástrofe que no parece alcanzar su final. Desde que el proceso modernizador tomó impulso en el s.XIX, nuestro planeta ha sido testigo de una transfiguración generalizada que ha modificado territorios, formas de vida, valores e incluso deseos y sueños. Sería largo desgranar aquí las diferentes etapas de este proceso de expropiación generalizada, a la par que reivindicar a todas y todos los que se opusieron y oponen al mismo. En esencia se puede decir que el Capitalismo en su estadio actual ha olvidado, y necesita olvidar, que existen límites al crecimiento económico y material dados por la propia finitud del planeta Tierra.

Más de la mitad de la población mundial a día de hoy vive ya en ciudades. El impacto de esta realidad no debe ser en absoluto menospreciado, ya que lleva implícita el hecho de cada vez más seres humanos desarrollan su vida en un entorno basado en la movilidad permanente (elemento fundamental de las emisiones de gases de efecto invernadero), la total ausencia de producción de alimentos (que lleva como correlato la extensión y reforzamiento de la agricultura de corte industrial basada en los fertilizantes y pesticidas químicos confeccionados a partir de petróleo) o la mercantilización de todos los aspectos de la vida (el trabajo toma un papel central como garante de la satisfacción de todas las necesidades vitales, cada vez más asociadas a la esfera de lo económico) entre otros. Por otro lado, el proceso globalizador en gran medida culminado a lo largo de la última década, ha alumbrado un nuevo orden productivo en el cuál el consumo de los paises desarrollados descansa sobre la explotación humana y material del resto del planeta. La deslocalización de fábricas e industrias contaminantes ha permitido una ilusión de conciencia ecológica en los países occidentales, que en cualquier caso ha sido siempre hipócrita ya que no han dejado de situarse en ningún momento a la cabeza de los emisores de gases de efecto invernadero. De igual modo la carrera extractivista no ha dejado de tomar impulso, lo que se puede constatar dando un breve repaso a la enorme cantidad de luchas en defensa del territorio que se están desarrollando en toda Sudamérica frente a las grandes multinacionales energéticas, especialmente mineras.

No debería ser complicado darse cuenta de que todo esto es una gran locura. Desde que los valores de crecimiento económico, es decir trabajo y consumo a toda costa, comenzaron a subyugar a cualquier consideración de tipo político o moral hemos asistido al alumbramiento de una razón común que sólo se puede definir como delirante. Ante el ya manifiesto agotamiento de los combustibles fósiles nuestra sociedad se entrega en una desesperada huida hacia adelante a la extracción de casi cualquier cosa que se pueda quemar para producir energía (fracking, arenas bituminosas, etc.). Por otro lado el nivel de emisiones de gases de efecto invernadero no ha sido reducido en ningún momento, sino que ha seguido aumentado en las últimas décadas. Esto nos sitúa ante el horizonte de un seguro cumplimiento de las predicciones climáticas más pesimistas (subida del nivel del mar, desertización, caos climático, impactos en la producción de alimentos, etc.). A esta lista se podrían sumar la tecnificación generalizada de la vida, la contaminación química creciente, la desertización y agotamiento de los suelos por las malas prácticas agrícolas, etc.

Y todo esto es inseparable de la idea de que un crecimiento económico y material sin trabas es posible. Una concepción fundamentalmente ideológica que es condición de necesidad para que el Capitalismo pueda seguir teniendo pretensiones de constituir un discurso mínimamente creíble. Y asociado a este crecimiento va el problema del trabajo asalariado, que al ser una institución venerada e incuestionada obliga sin otra alternativa a la continuacióm de las dinámicas destructivas en las que nos vemos inmersos. Sólamente a través del trabajo es posible alimentar un consumo, a todas luces desmedido, que pueda dar algo de sentido a una vida en la que parece casi no existir nada, si acaso los sueños, que no pueda y deba ser comprado y vendido.

Y ante esto lo que Podemos viene a ofrecernos como alternativa es, por supuesto, más de lo mismo. Desde el momento en que el trabajo adquiere una prioridad total ante cualquier otro tipo de consideración y se entiende que acabar con la desigualdad social pasa necesariamente por la generación de más riquezas que puedan ser redistribuidas, la conclusión es esperable: reindustrializar nuestro país para que el tren del crecimiento pueda seguir su curso. Es en estos términos, en los de reindustrialización, es en los que Podemos se ha pronunciado en las últimas semanas al ser consultado sobre su plan económico para el país. En vez de cuestionar desde la base las necesidades y formas de vida que nos están abocando al suicidio, lo que nos han ofrecido es la clásica propuesta neokeynesiana de crecimiento más redistribución. La ilusión, muy en la línea de las propuestas de Attac (organización de la alguno de los ingenieros del plan económico son parte), es de nuevo que el enriquecimiento de los propietarios y empresarios a través de un nuevo proceso reindustrializador se transformará en un bienestar social generalizado a través del papel mediador del Estado como redistribuidor de la riqueza.

En primer lugar podríamos afirmar sin rubor que este escenario de perpetuación institucionalizada de la desigualdad es más que poco deseable, intolerable. Pero además de eso, es más que cuestionable que sea tan siquiera posible. Y no hablo aquí de una imposibilidad de tipo técnico como la que es enarbolada desde las filas de la derecha para intentar poner en tela de juicio la propuesta de Podemos. Más bien hablo de una imposibilidad material de volver a reactivar un proceso de crecimiento despilfarrador similar al que permitió al PSOE en la década de los 80 generar todo un entramado de bienestar. Dicho proceso ha devastado ya grandes extensiones de territorio que serán difíciles de recuperar. Por otro lado el ocaso de la energía y los materiales es una realidad. Seguir pensando que vamos a poder contar con energía barata y abundante, además de con recursos minerales de iguales características, para mantener una producción industrial en crecimiento es sólo una ilusión. Pero más allá de esta forma de determinismo energético técnico que suele ser habitual en las líneas de cierto ecologismo, es extremadamente relevante afirmar con rotundidad que nos oponemos a la perspectiva de continuar con la artificialización total del mundo sea esta o no posible. Si realmente nos planteamos una vida en la cuál la opresión desaparezca hasta los límites de lo posible, será necesario que el horizonte sea la conquista del mayor nivel posible de autonomía. En este sentido dicha autonomía debe mantener en mente no sólo la libertad de los actuales habitantes del planeta, sino que debe articularse de tal forma que no hipoteque la posibilidad de futura vida humana en la Tierra.

Pero para que dicha reformulación sea posible es necesario que dejemos de lado el trabajo asalariado como único mediador social y recuperemos un concepto más amplio de necesidad que se desacople del consumo. Si nos planteamos como horizonte el socialismo, este debe pasar necesariamente por la reapropación de las distantes facetas de nuestra vida para pasar a basarlas en la actividad comunitaria no monetaria. Se me puede tachar de iluminado, como ya hiciera Jorge Fonseca en el acto que Podemos realizó en la Universidad Autónoma de Madrid hace un par de semanas. Pero personalmente considero que, por mucho que queramos ser pragmáticos, lo anterior constituye un realidad que será una traba permanente para cualquier proyecto anticapitalista que no se sitúe con decisión frente a ella.

Para terminar me parece importante señalar que nada de esto resulta muy sorprendente. Al fin y al cabo al haber elegido Podemos la forma de partido político, y en ese sentido situarse en la conquista del poder estatal como terreno de batalla, sus límites estaban ya marcados de antemano. Recordando las reflexiones de Antonio Turiel en su articulo «Lo que no Podemos» la cosa es sencilla. Cuando la gran mayoría de la población no considera como problemáticas ningunas de las realidades de las que antes hemos hablado y nuestro único objetivo es conseguir la adhesión de dichas mayorías, ¿qué sentido tendría sacarlas a relucir?

Cronos

Indigenismo vs desarrollo capitalista

Me gustaría comenzar esta reflexión con una anécdota que me comentó un compañero chileno hace un par de años: Un grupo de libertarixs de Santiago de Chile visita un pueblo mapuche (indígenas que sufren una terrible represión por parte del estado chileno y muy apoyados por el movimiento libertario), durante su viaje realizan una serie de entrevistas, en una de ellas le preguntan a una mujer de edad avanzada si los mapuches se consideran anarquistas, a lo que la mujer responde que No, que ellxs solo son mapuches. La categoría anarquista es vista como un concepto occidental dentro de la cosmovisión indígena.

¿Pero en que consiste esta cosmovisión? ¿Por qué en los últimos años se han producido tantos conflictos entre los estados/nación y los indígenas? Da igual el color del gobierno latinoamericano, desde México a la Bolivia de Evo lxs indígenas han sido reprimidos y no escuchados; los planes de desarrollo como los planes de carreteras del estado boliviano, los de grandes construcciones y destrucción de parte de la selva amazónica en Brasil, los proyectos mineros en las zonas mapuches entre muchas otras cuestiones se oponen frontalmente a los intereses indígenas, y es aquí donde encontramos una de las grandes contradicciones ideológicas en los estados latinoamericanos. Ecologismo y planes de desarrollo industrial, económico etc es incompatible, indigenismo y desarrollo son dos conceptos o categorías opuestas.

Partiendo de este punto es necesario que hagamos varias diferencias a la hora de analizar el funcionamiento político/ideológico de los estados latinoamericanos, no solo vale con la dualidad derecha(pro yanqui)/izquierda (potenciar la hegemonía del estado/nación frente al capital internacional) sino que debemos introducir el problema indígena de una manera transversal. O se comienzan a reconocer tanto los derechos como la capacidad política y de autoorganización de lxs indígenas o ninguna revolución será posible en Latinoamérica.

Hace tan solo unos meses el estado Mexicano asesinaba mediante sus paramilitares a un profesor de un caracol zapatista, recordamos que desde 2005 el EZLN deja oficialmente las armas, y el estado mexicano reconoce zonas zapatistas, no obstante la zona ha sido militarizada tanto por el estado mexicano como por sus sabuesos paramilitares en todo este tiempo. Con una elegancia política y poética innegable, el subcomandante marcos hace unas declaraciones frente a sus compañerxs y medios afines en la que declara la muerte, después de 20 años, del Subcomandante Insurgente Marcos, ese mismo día nace el Subcomandante Galeano (nombre del profesor recién asesinado). Este es uno de los numerosos ejemplos que tenemos para entender la importancia que tiene todo lo simbólico en la cosmovisión indígena, algo que casi parece olvidado en este mundo mercantil.

Mientras la cultura del capital se intenta introducir en cada poro del planeta, lxs indígenas mantienen sus costumbres y estilos de vida, que por supuesto tampoco son perfectos, con sus carencias en cuestiones de género en algunas comunidades por ejemplo. Pero su adaptación al medio, sin intentar ni querer controlarlo, sus posiciones firmes contra los planes desarrollistas de los diferentes estados y su capacidad de lucha los convierten en un ejemplo. Un pequeño rayo de luz, en este duro invierno.

Lxs desposeidxs, la multitud. Ya Nada nos dará lo mismo, lo mismo nunca nos dará Nada.

Mayo 2014, en algún lugar en la jungla de asfalto

Enlaces del mes: Julio 2014

  • ¿Cuál puede ser el aporte del movimiento libertario a una transición post-capitalista? A esta pregunta nos responde Emilio Santiago en su blog Los Niños Perdidos. Donde podemos leer: la acción anarquista siempre ha sido una militancia ligada a los movimientos de masas y las grandes luchas sociales.  Y esto significa, sencillamente y aunque no nos encontremos del todo cómodos, estar ahí, como dice Jorge Riechmann en una reflexión ética y poética cargada de sentido político: tenemos que estar ahí y participar no en el mejor de los procesos revolucionarios, no en la verdadera lucha que siempre parece que está ausente (como decía Rimbaud de la verdadera vida), sino en estos procesos y en estas luchas, que son los que tenemos y los que decidirán las cosas. También leemos en este blog una reflexión del autor sobre el manifiesto Última Llamada, que pretende llamar la atención sobre la urgente cuestión ecológica y que se presentó a principios del mes de julio con un importante apoyo de figuras mediáticas de la izquierda.
  • El manifiesto de la asamblea Orgullo Madrid 2014 en defensa de la diversidad sexual y de género y contra la precarización de nuestras vidas.
  • En el diario La Jornada, Raúl Zibechi nos relata el legado de represión dejado por el mundial de la FIFA en Brasil.
  • Rafael Narbona se pregunta en La Haine: ¿Es Podemos una alternativa de izquierdas?
  • Cooperativas, sindicatos, municipalismo, pueblos recuperados… ¿Con qué herramientas contamos para la superación del Estado? Leemos al respecto en alasbarricadas.org: Es decir, que siendo “posibilistas” respecto a lo que tenemos aquí y ahora, en realidad hay varios organismos que si se coordinaran en un proyecto coherente en realidad podrían gestionar la sociedad. Se necesitan grandes dosis de formación en todos los niveles, y de voluntad de derrotar el Estado, y no dejarlo a un lado. La lucha es multifacética y debe construir sus propias instituciones post-revolucionarias a partir de lo que hay. Este es el reto de nuestros días.
  • La soberanía alimentaria es la base para una autonomía popular real, nos lo argumenta Concepción Cruz en Borroka Garaia Da.
  • En La Marea, Antonio Baños repasa cómo las empresas tecnológicas, bajo la fachada del consumo colaborativo y el buen rollo, imponen entre las personas el capitalismo más salvaje.
  • ACTUALIZACIÓN: Entrevista a Francisco Sainz, del Frente de Estudiantes Libertarios (FEL) en El Desconcierto.

 

 

Enlaces del mes: Junio 2014

En La Marea, Anita Botwin hace un breve repaso del mes de junio, desde la imposición de un nuevo monarca a la mayoría a la entrada en prisión de Carmen y Carlos.

Desde Colombia nos llega una ponencia sobre la organización anarquista, presentada en el marco de las 3ras jornadas comunistas libertarias: «los anarquistas que nos pensamos construir socialmente estamos en el deber no solo de trabajar para organizarnos sino de estar dispuestos a construir con las demás anarquistas, con el resto de la izquierda y en general con la gente a nuestro alrededor. No tenemos por que estar de acuerdo en todo para trabajar juntos, podemos construir desde pequeñas afinidades, y con aquellas con que tengamos más afinidades planear más proyectos conjuntos.«

Una crónica del juicio a los encausados por rodear el Parlamento catalán. La encontramos en el periódico anarquista Todo por Hacer.

Una historia sobre la otra cara del mundial: La copa del pueblo: «La cronista de Pikara estuvo en la otra Copa, la del carnaval callejero en la que quienes no tienen nada se dan el lujo de compartir todo.«

La cronista de Pikara estuvo en la otra Copa, la del carnaval callejero en la que quienes no tienen nada se dan el lujo de compartir todo. – See more at: http://www.pikaramagazine.com/2014/06/la-copa-del-pueblo/#sthash.EDELoqOT.dpuf
La cronista de Pikara estuvo en la otra Copa, la del carnaval callejero en la que quienes no tienen nada se dan el lujo de compartir todo. – See more at: http://www.pikaramagazine.com/2014/06/la-copa-del-pueblo/#sthash.EDELoqOT.dpuf

Cerámica Neuquén (Argentina) será reactivada bajo control obrero después de 100 días de huelga.

Ya podemos escuchar el programa 33 de Radio Toma la Tierra, cargado de contenidos: Transgénicos, Candeleda en lucha, música antifracking y otras noticias y convocatorias. Sobre transgénicos, agricultura industrial y campesinas también nos habla Silvia Ribeiro en su artículo A Desalambrar: «se desprenden seis conclusiones: 1) la vasta mayoría de los que proveen alimentos son productores de pequeña escala, cada vez menos y más pequeños; 2) las campesinas y campesinos están confinados a un cuarto de la tierra agrícola global; 3) se están perdiendo más parcelas campesinas, mientras crecen grandes instalaciones agrícolas industriales; 4) las campesinas y campesinos proveen la mayor parte de la comida en el mundo; 5) las parcelas campesinas son en general más productivas que las grandes granjas industriales y 6) la mayoría de los campesinos son en realidad, campesinas.«

Añoranza de un pasado que no volverá, en Borroka Garaia Da!, que habla sobre las alternativas socialistas para los trabajadores y la necesidad de profundizar en las transformaciones sociales sin competir en los mismos términos que el capitalismo.

Por último, un pequeño video, fragmento de la película Samsara, que sin decir nada nos cuenta mucho sobre la producción industrial y el consumo.

Viejas y aburridas contradicciones del capitalismo

La lucha «sindical» (y meto en esta tanto la que ocurre en el centro de trabajo como la que defiende el salario «diferido» -pensiones, sanidad, educación, bibliotecas o demás servicios sociales-), además de influir desde sus inicios en una contradicción fundamental del capitalismo, la de capital-trabajo, resulta cada vez más esencial. Una parte del anticapitalismo, influido por la necesidad de incorporarse constantemente a nuevas modas militantes, pretende argumentar que dicha contradicción se encuentra superada e incapaz de generar conciencia revolucionaria. Frente a esta idea, defiendo la plena vigencia de la lucha sindical (entendida de la manera amplia que señalo arriba) como una forma de hacer política en el día a día. Una acción que es esencial (y lo va a ser cada vez más) dentro de cualquier estrategia revolucionara anticapitalista y libertaria.

Como revolucionarios anticapitalistas, debemos exponer las contradicciones generadas por el capitalismo en sus procesos principales de extracción de beneficios. Estos son fundamentalmente dos, la explotación del medio y de las personas.

Respecto a la primera, empezaré enunciando en términos clásicos la vieja contradicción (tan vieja como el propio capitalismo) entre capital y trabajo: los resultados de la producción no pertenecen a quienes en realidad son sus creadores (los trabajadores) sino a ciertas personas, los capitalistas, que concentran toda la riqueza social no interés de la sociedad, sino en obtener beneficios privados. Con el objetivo de aumentar sus ganancias, los capitalistas amplían la producción hasta un volumen enorme e intensifican la explotación de los trabajadores. Como resultado de esto, el capitalismo es incapaz de proveer de bienestar a una mayoría social, de modo que esta se ve cada vez más explotada y privada de aquello que ella misma produce. Sirvan como ejemplo los obreros de la construcción que, hoy despedidos tras la explosión de la burbuja inmobiliaria, no pueden pagar su hipoteca y se quedan en la calle.

Un análisis ecologista señala una segunda contradicción. Ese aumento de la producción y la aceleración del ciclo de producción y consumo, que permitió sostener durante años la farsa del bienestar capitalista en Occidente, supuso del mismo modo un aumento exponencial del gasto energético y de recursos. Las políticas neoliberales desreguladoras de las últimas décadas, que supusieron una huida hacia adelante del capital, ahondaron aún más en este problema ecológico, que lejos de solucionarse cada vez se manifiesta con mayor dureza.

Estas son también, por tanto, los centros principales donde ha de desarrollarse las resistencias contra el capitalismo: el terreno de la explotación laboral y el terreno de la explotación del medio.

Me gustaría a continuación argumentar por qué la cuestión sindical se va a tornar prioritaria en el futuro. No voy a repetir el argumento clásico de que resulta necesario mantener las condiciones de vida de hoy para poder, al menos, sobrevivir materialmente en el corazón del capitalismo, más que nada porque esto resulta evidente si no queremos caer en la exclusión y tener la posibilidad de afrontar luchas con capacidad (dar dinero a los colectivos, tener tiempo para la «militancia»…). Tampoco voy a repetir que esta lucha afecta, al igual que aquellas contra los proyectos desarrollistas, al capitalismo en sus procesos fundamentales de extracción de beneficios.

Sí voy a partir de este último hecho, la dependencia del beneficio capitalista de la explotación del medio y de los trabajadores, para argumentar la creciente importancia anticapitalista de la lucha por la reducción de la plusvalía en las dinámicas de explotación laboral.

Partiré para ello del análisis que realiza precisamente el ecologismo radical: El mantenimiento del medio material, ecológico, es esencial para poder construir cualquier futuro (ya no sólo revolucionario). El análisis que hemos realizado desde una visión antidesarrollista es que, por ello, resulta previsible que de aquí a unos años exista una reducción considerable en el consumo y una imposición de políticas ecológicas autoritarias. Aunque alcancemos el colapso, el capitalismo no se descompondrá sin más, el poder no se diluirá sino que tratará de adaptarse al contexto de escasez energética y de recursos. En definitiva, el desarrollismo como política de Estado va a entrar en crisis por un modelo acorde a las necesidades ecológicas. Esto indica que tarde o temprano pero inevitablemente y de manera creciente van a imponerse reducciones al consumo. Un descenso que llegará de cualquier modo.

¿No es este ya nuestro contexto inmediato? Ya vemos que algunos macroproyectos desarrollistas (puro despilfarro y destrucción) se van quedando sin realizar porque pertenecen a una planificación de otra época (y supongo que por eso vamos sumando noticias positivas sin apenas lucha, como el ejemplo de Eurovegas). Occidente va a ir abandonando el modelo desarrollista y de consumo que triunfó desde los 50 y también el modelo neoliberal financiero que permitió una economía ficticia basada fundamentalmente en la especulación (cuyas bases materiales eran, de nuevo, el desarrollismo urbanizador y el expolio de lo público). Por si esto fuese poco, se habla desde hace tiempo ya de que la crisis económica esconde en el fondo una crisis ecológica con base en la falta de petróleo. ¿Qué queda? El viejo primer capitalismo, declaradamente opresivo en la explotación laboral, que durante años se alejó de Occidente y se desplazó al tercer mundo. Es un hecho: Los recortes sociales y la escasez económica que vivimos (y que, sabemos, han venido para quedarse, hagamos lo que hagamos) están prefigurando una sociedad más desposeida y más docil; un modelo social más jerárquico y autoritario.

Mi primer punto es este: Si el análisis que hacía más arriba es correcto (la reducción del consumo, el abandono más o menos progresivo del desarrollismo sobre todo en occidente, etc.) se desprende de él que poco a poco el único medio de acumulación que va a mantenerse es aquel que caracterizó al primer capitalismo: la extracción de plusvalía en el mercado de mano de obra. Por ello afirmo que la vuelta a las luchas sindicales (tanto por el salario directo como por el diferido) serán fundamentales. Tanto más cuanto más se agote el recurso territorio como espacio de obtención de beneficio. Sabemos que esa tasa de beneficio va a caer, el consumo tampoco va a mantenerse y, por tanto, la ficción de libertad capitalista (que era permisible mientras la gente gastase su dinero en los productos que se les ofrecían) se acaba. Las medidas para robar a la gente serán cada vez más impuestas, aunque se disfracen de necesidades económicas, ecológicas o sociales. Y la explotación más brutal volverá (si no ha vuelto ya) al trabajo. Con esto no quiero decir que el modelo de explotación vaya a reproducirse y que debamos volver a viejas fórmulas. No. La globalización y la deslocalización de empresas, la separación lugar de vivienda-trabajo, la alternancia de periodos paro-trabajo, la inseguridad laboral congénita, la falta de comunidad… Son fenómenos que no eran propios del capitalismo original pero que probablemente sigan existiendo en este revival. Creo que el desafío está en afrontarlos, de algún modo que a mi también me cuesta enfocar. Negarnos la capacidad de hacerlo y negar, por tanto, la potencialidad que van a tener las luchas en el terreno laboral nos condena a la derrota.

Mi segundo punto es: La única resistencia con capacidad (no necesariamente con claridad, pero sí con fuerza) está en esa parte de la sociedad que se opone a estas imposiciones, a los recortes, a los despidos… incluso toda esa parte de la sociedad que defiende una vuelta al estado del bienestar se está oponiendo, sin conciencia de hacerlo, al capitalismo. Porque el capitalismo ha agotado sus cartas y ya no puede proporcionar ni siquiera el falso bienestar consumista de años atrás. Ese modelo nunca va a volver (y menos si aspira a generalizarse, con el crecimiento económico de China, Brasil o la India). Luego ¿Qué perdemos apoyando esas resistencias? Quizá sea una respuesta instintiva, pero es una respuesta desde la que construir conciencia. El bienestar futuro pasa por la construcción de un ecosocialismo libertario, la anarquía, que provea de bienestar a las personas. No el falso bienestar del consumo, sino el que puede aportar una sociedad justa, solidaria, libre y sostenible, donde la técnica vuelva a una escala humana y la economía se subordine a las decisiones políticas tomadas día a día de manera democrática.

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