Represión y resistencia

Desde el poder se analizan al detalle las estrategias represivas para parar los pies a los movimientos sociales. En consecuencia, los modelos represivos no son estáticos, van variando con el tiempo, se prueban nuevas tácticas, varían los objetivos… Desde abajo, sin embargo, carecemos de análisis sobre las hostias que nos van cayendo cada vez con mayor frecuencia y somos prácticamente incapaces de adaptar nuestras estrategias antirrepresivas. Repetimos esquemas que son bien conocidos por el poder y acabamos tirando más de corazón que de cabeza para responder a los golpes, con los consiguientes problemas que eso supone: acabamos con más detenidos, perdemos apoyos y nos aislamos. Debemos recuperar un análisis y un debate sobre la represión: Sobre quién se está volcando esta, cómo nos afecta, cómo podemos responder, en qué fallamos… Sirva este texto como unas pinceladas básicas que puedan llevar a un debate colectivo referente a cómo enfrentar la represión.

La represión es una estrategia en contra de los movimientos sociales con un triple objetivo: Amedrentar, desgastar y aislar.

La represión extiende el miedo.

Es la relación más directa y que tenemos mejor analizada. Es lo que lleva al poder a endurecer el código penal o generalizar las multas. Las condenas son ejemplarizantes. Los antecedentes caen como losas sobre personas movilizadas, que de repente sienten reparos incluso para acercarse a una manifestación. Las multas, una forma de represión casi invisible, nos ahogan económicamente.

Frente a esto solo podemos oponer una fuerte solidaridad y una conciencia de obtención de resultados con nuestras acciones. Hay que conseguir que las personas reprimidas no se sientan solas. Eso, unido a que consideren que su acción sirve realmente de algo, es la mejor forma de evitar la desmovilización. Una persona que se gana una multa por algo que cree que no ha merecido la pena, o que luego se demuestra como inútil, tiene más posibilidades de acabar desmovilizada que una persona que, incluso siendo reprimida con mayor dureza, acaba viendo su actuar como algo que ha tenido trascendencia, algo que ha merecido la pena. Ahí juega un papel importante nuestra capacidad, nuestra inteligencia, nuestra constancia en las luchas. Se trata de combatir el cansancio y la sensación de derrota que quieren transmitirnos desde el poder y cambiarla por otra, de fuerza y capacidad.

También hay que evitar, en las acciones solidarias, que la represión se extienda, que haya nuevos detenidos o más multas. Las acciones de solidaridad no tienen que ser desesperadas, tienen que ser reflexionadas, inteligentes y estar bien dirigidas.

Hay otro vector más a considerar en el miedo que produce la represión: la paranoia. El miedo a ser reprimidos desata una visión paranoica sobre la seguridad, realizamos gestos fetiche que creemos que refuerzan nuestra seguridad pero no aplicamos protocolos de manera sensata. Hay que aplicar distintos niveles de seguridad en función de lo que tengamos entre manos. No tiene sentido encriptar un correo con un comunicado que se va firmar y a hacer público, menos si estamos comunicando a gente que es incapaz de manejarse a nivel tecnológico. La seguridad no puede estar reñida con la lógica y la necesidad de sacar adelante el trabajo. Un nivel de seguridad mayor implica mayores inconvenientes (para comunicarnos, para operar) por eso debemos saber adecuar, de manera inteligente, el nivel de seguridad requerido en cada caso. No tiene sentido ponernos trabas de manera paranoica o sin sentido a nosotros mismos. Por supuesto, el nivel de seguridad escogido, sea el que sea, debe mantenerse en contextos informales o en las redes sociales.

La represión nos desgasta.

Nos dejamos tiempo y esfuerzo en apoyar a las personas que han sido reprimidas. Desde el poder pretenden que ese tiempo y esfuerzo lo perdamos para enfrentar otras luchas. Desde su punto de vista: Si están volcados apoyando a sus detenidos y sacando dinero para multas no podrán organizar más protestas, que además les supondrán más multas y detenidos. Hay que romper con ese ciclo. El apoyo a los represaliados es esencial y no podemos abandonarlo, pero debe afrontarse de tal modo que esa solidaridad refuerce el movimiento social, no que lo debilite.

Me explico mejor con un ejemplo: Si dos personas participantes de una movilización contra los desahucios son detenidas, no podemos abandonar el trabajo en el tema de vivienda para realizar únicamente acciones de apoyo a los compañeros (conciertos recaudatorios, concentraciones de apoyo…). Debemos encontrar el modo de hacer que el apoyo a los detenidos fortalezca al mismo tiempo la visibilización de las luchas que estas personas estaban desarrollando en el momento de ser detenidas.

El desgaste también se extiende con la frustración. Hay que celebrar las acciones que salen bien. Aunque en medio de una situación de derrota generalizada nos parezca ridículo, hay que saber encontrar lo positivo, lo que hemos hecho bien. Está bien tener objetivos elevados, pero también hay que ser conscientes de la dificultad de alcanzarlos y hay que saber lidiar con la sensación de frustración que nos genera esa dificultad. Poner objetivos secundarios alcanzables y felicitarnos cuando cumplimos con lo que se esperaba de nosotros.

El desgaste tiene una última vertiente y es la que se traduce en enfrentamientos internos. Hay que evitar que los represaliados se sientan como una carga para los colectivos, del mismo modo que hay que tratar de evitar posturas paternalistas.

La represión nos aisla.

Cargarnos de multas, de palos, de detenciones es un intento de aislarnos de la gente, de colocarnos en un rol de seres extraños, antisociales a los que es mejor no acercarse. Hay que tener claro y dejar claro que no somos nada de eso, que nos vemos abocados a esas situaciones o incluso a estar presos no porque seamos despreciables, sino porque aspiramos a un mundo mejor para la mayoría y este sistema nos lo impide.

A veces somos incapaces de transmitir esto, ni siquiera a las personas que podrían constituir nuestro apoyo, nuestra base social. Los muestras de odio y de amor por el disturbio tampoco ayudan. No somos violentos antitodo. No nos divierte que nos peguen, que nos detengan, que nos multen o que nos metan en la cárcel (y si a alguien le parece divertido, que se lo haga mirar) pero tampoco podemos mantenernos impasibles con la situación que vivimos: explotación, falta de libertad, injusticia, destrucción del medio… Por eso nos manifestamos y nos rebelamos. Hay que saber demostrar esto, que nuestros actos no están faltos de sentido.

Hay que comunicar que no somos los terroristas y violentos que muestran en los medios. Muchas veces estamos en las manifestaciones y los disturbios, sí, pero también realizamos cientos de acciones solidarias a lo largo del año, somos los que apoyamos a las familias que van a echar de sus casas, los que defendemos la libertad de abortar y de cada uno y cada una a decidir sobre su cuerpo, los que construimos espacios de autogestión en los barrios, los que estamos defendiendo servicios sociales esenciales como la sanidad, la educación, las pensiones… Y todo, en conjunto, forma parte de nuestro compromiso revolucionario por mejorar las condiciones de vida de la mayoría.

No estamos sabiendo comunicar a quienes pudiesen apoyarnos toda esa otra dimensión creativa de nuestra lucha… y eso nos aisla de todo apoyo social y nos condena a estar solos frente a los golpes represivos, que somos incapaces de encajar.

[Recomendación] El Apoyo Mutuo

El otro día os presentaba un documental sobre la solidaridad internacional en la guerra civil de El Salvador. Para completar esta semana finalizo con una de las lecturas anarquistas básicas: El Apoyo Mutuo, por Piotr Kropotkin). En este fantástico escrito, el anarquista ruso analiza el papel de la solidaridad y el apoyo mutuo en los procesos evolutivos de las especies animales. De esta forma, desmintiendo la hipótesis de que la evolución depende en gran medida de la competición y la adaptación feroz, Kropotkin nos presenta una teoría científicamente comprobada mediante sus investigaciones empíricas: una teoría que proporciona conceptos claves para la praxis anarquista.

El Apoyo Mutuo: Un Factor En La Evolución (Piotr Kropotkin)

Desmontando el Darwinismo Social

Charles Darwin fue el primero en interpretar la ‘evolución’ como un proceso mediante el cual las variaciones y la selección natural determinan la preexistencia o la desaparición de individuos. La selección natural es el proceso de supervivencia de los organismos cuya variabilidad los hace más aptos para vivir en cierto medio particular, y que a través de éste proceso, las poblaciones se alteran y aparecen especias nuevas, con la adaptación necesaria para sobrevivir en el medio.

Esta propuesta, que pretende explicar el origen y la evolución de todas las especies existentes, fue acogida con entusiasmo, en el siglo XIX, por el público de los países imperialistas y colonialistas. Encontraron en Darwin, gracias a una errónea extrapolación de su teoría, una justificación teórica y magnífica acerca del dominio y del reparto del mundo. Surgió el darwinismo social.

El darwinismo social es una teoría pseudocientífica que surgió a partir de la selección natural y de la despiadada lucha por la supervivencia de Darwin. Es la creencia de que la evolución social puede ser explicada a través de las leyes de la evolución biológica. Fue planteado por Herbert Spencer, contemporáneo de Darwin. Éste interpretó la selección natural en términos de ‘la supervivencia del más apto’ y lo trasladó, fatalmente, al campo de la sociología. De este modo, Spencer defendió que las características innatas o heredadas tienen una influencia mucho mayor que la educación o las características adquiridas. Dicha postura puede estar impulsada bien por la maldad, bien por la ignorancia, pero fuera como fuese es errónea y perversa, y en base a esta perversión moral los capitalistas justifican las desigualdades sociales.

Los que están en el poder -la clase burguesa, en este caso- no tratan más que de realizar fundamentos teóricos que den consistencia y estabilidad al orden social, es decir, dotar de justificación las desigualdades sociales, tanto dentro del país -con el abismo entre burgueses y proletarios, ricos y pobres- como en el exterior -con la dominación y colonización de pueblos en estadios más atrasados de civilización-. No es descabellado pensar que el darwinismo social fue y es la cimentación teórica más potente de la moral capitalista en base a los cuales se modelaron todos los sistemas políticos afines.

Los principales sostenedores y defensores de esta teoría fueron y son los dueños del capital. Permitió la ejecución de políticas económicas absolutamente degradantes y cuanto menos antagónicas ante los sentimientos de piedad, solidaridad y compasión entre personas. Se deduce que surgió la ‘moral’ capitalista en su forma más salvaje y despiadada, donde muchos aspectos antes condenables, se permiten y socialmente se adaptan y aceptan, en función de la explicación ‘científica’ y de ‘las leyes de la naturaleza social’. Eso es la razón por la que el darwinismo social se constituye como moral capitalista. Insignes banqueros del siglo XX como Rockefeller o Rothschild afirmaron que solo los mejores y más aptos por medio de su adaptación a los cambios económicos de las revoluciones industriales han prosperado. A eso se debe que las personas con mentalidad capitalistas no sienten ninguna obligación ética.

La teoría de Darwin es el equivalente biológico de la filosofía burguesa, cuya doctrina de libre competencia es la manifestación económica, la lucha por la existencia es así transformada a la lucha por satisfacer necesidades humanas. Por la competencia del poder surge el mejor, el más capaz de gobernar.

Cabe mencionar que la ideología que se desprende de esta visión se encuentra a lo largo de la historia íntimamente relacionada con posturas sexistas, racistas y etnocéntricas. Del darwinismo social se inspiró más tarde Adolf Hitler para justificar el holocausto judío y su idea de eugenesia.

Ilustres pensadores, como Kropotkin o Lynn Margulis, explicaron de forma científica dónde radica la importancia de la cooperación y el apoyo mutuo entre las diversas especies que han existido a lo largo de la historia de la vida. El libro más renombrado sobre esta cuestión es «El apoyo mutuo: un factor en la evolución«, publicado por Piotr Kropotkin en 1902.

Aun a riesgo de que no se me entienda, empiezo diciendo la conclusión a la que he llegado: el darwinismo social es erróneo porque olvida que los humanos podemos ejercer la libertad como opción de vida.

Hemos aceptado de forma reduccionista que somos animales. Los científicos nos repiten una y otra vez que, genéticamente, el chimpancé y el humano se diferencian de apenas unos pocos genes. No digo que no sea verdad, pero si miramos también los genes, es lo mismo una poesía de Antonio Machado que un anuncio de Mercadona, porque genéticamente son iguales: ambos tienen ‘a’ ‘s’ ‘b’ o ‘p’, y varía muy poco, pero una cosa es una poesía de Antonio Machado y otra muy diferente un anuncio de un supermercado. Y una cosa es un animal y otra muy diferente una persona -a pesar de que a veces la animalidad de ciertas personas supera con creces a la de cualquier bestia salvaje-.

Los humanos nos caracterizamos, entre otros rasgos, en la cuasi total ausencia de instintos animales. Cuasi ausencia, que no ausencia del todo. Entre los pocos instintos animales que quedan dentro de nuestro repertorio conductual se encuentra el egoísmo y la lucha de uno contra otros, en la que tanto hacen énfasis los darwinistas sociales. El egoísmo no es otra cosa que la prolongación del instinto de supervivencia animal.

No sólo nos caracteriza la cuasi ausencia de instintos, sino que, además, podemos elegir si acogernos a esos pocos instintos que poseemos o no. Tenemos libertad de decisión. Solo ejerciendo la libertad -de la que los darwinistas sociales parecen haberse olvidado- podemos y debemos obviar y desechar el instinto egoísta y elegir la opción de cooperar los unos con los otros. ¿No es esto una diferencia abismal entre humanos y animales?

El egoísmo, del que tanto hacen gala los capitalistas y los defensores del darwinismo social, no es idéntico al amor a sí mismo, sino su opuesto. El egoísmo es una forma de codicia, es insaciable y, por consiguiente, nunca puede alcanzar una satisfacción real. Si bien el egoísta nunca deja de estar angustiosamente preocupado de sí mismo, se halla siempre insatisfecho, preocupado, torturado por el miedo de no tener bastante, de perder algo, de ser despojado de alguna cosa. Se consume de envidia por todos aquellos que logran algo más. En esencia, el egoísta no se quiere a sí mismo sino que se tiene una profunda aversión. Este individualismo y egoísmo tan costosamente fundamentado en los habitantes de una sociedad tiene una única función; el egoísta deja de lado los problemas de la sociedad en conjunto, de manera que cada uno sólo se preocupa de sus propios problemas. Esto está llevando a que cada vez la sociedad esté más dividida y más inconexa, y es justamente lo contrario a lo que queremos. Nunca nada fue tan cierto como el refrán que dice: «En la unión está la fuerza».

De esta forma, de entre todos los seres que habitan la tierra, el humano es a la vez el más social y el más individualista. Es, sin contradicción, también el más inteligente. Hay animales más sociales que nosotros, como por ejemplo las abejas o las hormigas; pero al contrario que nosotros, son tan poco individualistas que los individuos que pertenecen a esas especies están absolutamente absorbidos por ellas y quedan aniquilados en su sociedad: son todo para la colectividad, nada o casi nada para sí mismos. Parece que existe una ley natural conforme a la cual, cuanto más elevada es una especie de animales en la escala de los seres, por su organización más completa, tanto más latitud, libertad e individualidad deja a cada uno. Los animales feroces, que ocupan incontestablemente el rango más elevado, son individualistas en un grado supremo.

Los humanos somos los seres más individualistas de todos. Pero al mismo tiempo -y este es uno de nuestros tantos rasgos distintivos- somos eminente e instintivamente socialistas. Esto es de tal modo verdadero que nuestra inteligencia misma, que nos hace tan superiores a todos los seres vivos y que nos constituye en cierto modo en el amo de todos, no puede desarrollarse y llegar a la conciencia de sí mismo más que en sociedad y por el concurso de la colectividad eterna. [1]

Extrapolando, de esta manera, la libertad de decisión -de elegir entre la competitividad o la cooperación- al cuerpo humano, vemos que todos nuestros órganos y nuestras células reciben todo lo que necesitan para su buen funcionamiento. Si introdujéramos el capitalismo al cuerpo humano, y las células empiezan a pelearse, a competir entre ellas, a vivir a costas de otras, a contaminarse, a crecer de manera infinita, a robar, a parasitar, a perpetuar la escasez; viviríamos menos de cuatro horas. Por lo tanto tenemos que vivir de forma muy similar al cuerpo humano, a saber; mediante la cooperación de unos con otros y mediante el apoyo mutuo. Pero, ¿por qué el darwinismo social no contempla esta opción de vida, es decir, la opción de cooperar, y elige la opción instintiva de competir unos con otros? Evidentemente, porque hay intereses detrás.

Todos los animales son esclavos -en mayor o menor medida- de sus instintos. La historia de la humanidad puede caracterizarse como un proceso creciente de individualización y libertad. El humano emerge del estado prehumano al dar los primeros pasos que deberán librarlo de los instintos coercitivos. Si entendemos por instinto un tipo específico de acción que se halla determinada por ciertas estructuras neurológicas heredadas, puede observarse dentro del reino animal una tendencia bien delimitada. Cuanto más bajo se sitúa un animal en la escala del desarrollo, tanto mayor es su adaptación a la naturaleza y mayor es la importancia que ejercen los mecanismos reflejos e instintivos sobre todas sus actividades. Por otra parte, cuanto más alto se halla colocado en esta escala, tanto mayor es la flexibilidad de sus acciones y tanto menos completo es su adaptación tal y como se presenta en el momento de nacer. Los humanos somos, al nacer, el más desamparado de todos los seres, pues carecemos prácticamente de instintos coercitivos. La plasticidad de la mente infantil nos permite que nuestra adaptación a la naturaleza se funde sobre todo en el proceso educativo y no en la determinación instintiva y heredada. Vemos aquí que Spencer se equivocó ya de entrada al afirmar que las características innatas o heredadas tienen una influencia mucho mayor que la educación o las características adquiridas, cuanto justamente es al contrario.

La existencia humana empieza cuando la adaptación a la naturaleza deja de tener carácter coercitivo, cuando la manera de obrar ya no es fijada por mecanismos hereditarios -los instintos-. En otras palabras, la existencia humana y la libertad son inseparables desde un principio. Y si se pretende lo contrario, como sostienen los defensores del darwinismo social -al coartar nuestra libertad y afirmar que solo existe una única forma de vida, que es la competitividad- no hay otro final posible sino la aniquilación de la humanidad misma. Los humanos nacemos desprovistos del aparato instintivo necesario para obrar adecuadamente en el medio, aparato que, en cambio, posee el animal. Dependemos de nuestros padres durante un tiempo más largo que cualquier otro animal y nuestras reacciones con el ambiente son menos rápidas y eficientes que las reacciones automáticamente reguladas por el instinto. Tenemos y debemos de enfrenar todos los peligros y temores debido a esa carencia del aparato instintivo, y, sin embargo, este mismo desamparo constituye la fuente de la que brota el desarrollo humano. La debilidad biológica instintiva del humano es la condición de la cultura humana. Y si en algún momento se pretende, de nuevo, afirmar que los humanos podemos obedecer única y exclusivamente a nuestros instintos competitivos y egoístas -como hacen fatalmente los defensores del darwinismo social y los capitalistas-, y que no tenemos libertad de elección para cooperar entre nosotros, no hacen más que destruir la cultura misma sobre la que se cimienta la humanidad.

Desde el comienzo de nuestra existencia los humanos nos vemos obligados a elegir entre diversos cursos de acción. En el animal hay una cadena ininterrumpida de acciones que termina con un tipo de conducta más o menos determinada por sus instintos heredados. En los humanos esa cadena se interrumpe. La forma de satisfacer ciertas necesidades permanece «abierta», es decir, debemos elegir entre diferentes cursos de acción. En lugar de una acción instintiva predeterminada, los humanos debemos valorar mentalmente diversos tipos de conducta posibles; empezamos a pensar. Modificamos nuestro papel frente la naturaleza, pasando de la adaptación pasiva a la adaptación activa. Y he aquí la gran diferencia que los defensores del darwinismo social no ven -o que no quieren ver-, y que califican al humano como otro animal más de la escala biológica común, incapaz de elegir libremente para una mejor adaptación al medio. Podemos y debemos elegir. Elegir es opción de vida, es ejercer nuestra libertad, y podemos elegir entre la competencia despiadada por la supervivencia del más apto -de la que hablan los capitalistas y defensores del darwinismo social- o la cooperación y el apoyo mutuo -de la que hablamos los anarquistas-, porque nuestra adaptación puede y debe ser una adaptación activa, es decir, que nosotros podemos intervenir de forma directa en nuestra adaptación al medio que nos rodea, y ésta adaptación activa no puede llevarse a cabo sino únicamente mediante la libertad de decisión; ejerciendo la libertad y abogando siempre a favor de la cooperación de unos con los otros.

Lo que los darwinistas sociales pretenden al recurrir de forma tan obstinada a nuestros instintos animales solo puede tener una única función; que seamos predecibles y fácilmente manipulables. En la sociedad capitalista y consumista, siempre se apela para que actuemos, no de forma consciente y reflexiva, sino que, al contrario, se apela a una forma de conducta instintiva y refleja, de forma animal y autómata, de forma que nos sintamos obligados -como los animales- a consumir, a obedecer, y a hacer un llamamiento descarado a la irresponsabilidad.

Así que, no viendo ya en cada persona un enemigo necesario, por la ley de la naturaleza, sino un cooperador indispensable para nuestra vida y la de la especie, estamos más prontos a dejarnos invadir por las más altas ideas del altruismo, que son, a la vez, las más seguras servidoras del interés individual. Sabemos ya que el apoyo mutuo y la cooperación sirven para algo; que, lejos de contradecir la selección natural, contribuye a afianzar la vida y a vencer los obstáculos del medio en provecho de todos. El ser humano es, pues, un ser con genuinas esencias de ser sociable y comunitario, capaz de convivir con sus semejantes sin necesidad de coacciones externas, porque hay en nuestra propia naturaleza necesidades morales, preponderantes sobre todas las demás necesidades, que nos incitan a la cooperación y no a la lucha.

¿Se me entiende ahora cuando afirmé, al principio del artículo, que el darwinismo social es erróneo en tanto que no contempla la libertad humana? ¡La mayoría de los animales no pueden elegir si luchar o cooperar, porque sus instintos coercitivos se lo impiden! ¡Pero nosotros sí que tenemos opción de vida! ¡Ejerzamos, pues, nuestra libertad! ¡Ejerzamos la cooperación y el apoyo mutuo, y no la lucha despiadada! [2]

Cierto es que la falta de instintos por nuestra parte es una bendición -porque podemos ejercer nuestra libertad-, pero es también una maldición. Los animales, dominados casi y exclusivamente por sus instintos, son incapaces de realizar alguna conducta que perjudique la supervivencia de su especie. Pongamos como ejemplo a un león. El león es un animal territorial, y si otro león se adentra en los dominios de éste, ambos están obligados de forma instintiva a luchar entre ellos para que sólo el más fuerte y apto se quede con el territorio deseado. Una vez finalizada la lucha, el vencedor percibe la debilidad y la sumisión por parte del perdedor, y el vencedor raramente matará al perdedor, sino que lo dejará huir. Primero ha intervenido el instinto de la lucha por el territorio, y luego ha intervenido el instinto de la supervivencia de la especie. Así, el perdedor puede salir herido, pero no muerto, lo que asegura una mayor probabilidad de supervivencia de la especie. Pero nosotros, los humanos, al carecer casi completamente de instintos coercitivos, no tenemos ninguna obligación de dejar vivo a nuestro contrincante, puesto que tenemos libertad de elección. Este hecho explica el por qué la animalidad de ciertas personas supera la de cualquier bestia salvaje. Los humanos somos capaces de cometer atrocidades porque somos libres para elegir; y a menudo se elige el mal. Por eso el libre albedrío que la naturaleza y la evolución nos ha procurado debe de estar siempre acompañado de responsabilidad.

¿Quién habría de decirme, pues, que los humanos estamos condenados a la lucha entre nosotros de forma continua, y que solo el más apto puede sobrevivir? El darwinismo social es una justificación errónea de las desigualdades sociales ante una sociedad capitalista que tiene unos valores erróneos. El darwinismo social se ha convertido en un intento despreciable por justificar las desigualdades sociales bajo el sistema capitalista.

Sólo durante un periodo a lo largo de la historia de la humanidad se puede afirmar que se aplicó realmente el darwinismo social -la lucha despiadada de uno contra todos-, y este periodo fue en los albores de la humanidad, cuando los humanos todavía vivían en clanes y no había ningún tipo de civilización ni de cultura.

La lucha despiadada por los recursos y por la supervivencia, tanto en animales como en humanos, se produce, sobre todo, cuando existe escasez de recursos que son necesarios para sobrevivir. Es de sobra sabido que la naturaleza, en su estado común, es decir, sin que nadie intervenga ni se superponga por encima -como sabiamente hacemos los humanos, mediante la adaptación activa– no siempre produce abundancia de recursos. En los inicios de la humanidad, cuando la inteligencia de los hombres y su conciencia colectiva todavía estaba en desarrollo, no existía la tecnología suficiente para producir abundancia de recursos, y, por consiguiente, se producía la lucha despiadada por la supervivencia. Y ni siquiera entonces la lucha despiadada por la supervivencia se producía entre humano individual contra humano individual -como fatalmente pretenden y defienden los capitalistas y los defensores del darwinismo social-, la lucha se producía entre grupos de individuos, nunca entre individuos aislados.

Afortunadamente apareció la cultura, se desarrolló la inteligencia y la conciencia colectiva humana, y se descubrió la agricultura. Desde ese preciso momento, desde el momento que el hombre pudo y supo controlar la naturaleza a su voluntad, los recursos disponibles iban siempre de acuerdo con las necesidades y con la cantidad de personas que conformaban aquellas sociedades primitivas. Muy pronto se produjo abundancia de recursos, y finalmente terminó por desaparecer la lucha despiadada por la supervivencia, convirtiéndose en cooperación y apoyo mutuo. Huelga decir que hoy en día, con la tecnología que dominamos, producimos, en todo el mundo, dos veces más comida de la que realmente necesitamos. Hay abundancia de recursos y, sin embargo, el capitalismo -respaldado siempre por el darwinismo social- nos hace creer que es justo que unos tengan más que otros, porque «son los más aptos». No veo la lógica alguna en ese absurdo.

Por todo esto, prefiero compartir, y no competir. Prefiero el altruismo, no el egoísmo. Prefiero una sociedad que posea el equilibrio entre la libertad individual y la cooperación social. Por eso prefiero, en fin, una sociedad anarquista, y no un capitalismo desfasado que amenaza con la destrucción de la especie humana.

Notas

[1] Mijail Bakunin, El principio del Estado. P. 6-7.

[2] El tema tratado, sobre el instinto egoísta y la opción de cooperar, lo he enfocado desde un punto de vista de «obligación moral», es decir, he considerado al egoísmo como instinto y a la cooperación como opción a elegir. Lo he considerado de esta manera porque la mayoría de estudios realizados -y la propia experiencia- nos dice que tenemos ese instinto egoísta, aunque bien es cierto que en otras partes consideran la cooperación entre personas como instinto, y quizás sea cierto. Si es cierto que tenemos un instinto a cooperar entre nosotros, mejor que mejor, así tendríamos una base instintiva y otra base moral sobre las que respaldarnos, y si no es cierto que tengamos dicho instinto, nos sustentamos únicamente sobre la base moral, y de ahí la «obligación moral». Sobre esto todavía no hay nada aclarado y aun no se sabe a ciencia cierta la verdadera naturaleza del comportamiento y la conducta humana. Escribo esto porque el debate entre egoísmo-cooperación suele ser un tema polémico, y la discusión sigue estando abierta tanto en el ámbito científico como en el ámbito filosófico. De todas formas, fuera como fuese el verdadero instinto, he intentado limitarme al ámbito moral, dejando el debate de la base instintiva a vuestro juicio -en caso de no partir de la misma base de la que he partido yo-.

Radix

Autoliberación integral y apoyo mutuo: la crisis de la teoría neodarwinista (I)

Autoliberación integral y apoyo mutuo

Por @de_humanizer (Tuiter)

Piotr Kropotkin durante su exilio en Inglaterra escribió una de sus obras mas conocidas “El apoyo mutuo: un factor en la evolución” como respuesta a la obra de Thomas Huxley enmarcada dentro del darwinismo social, cuyos rasgos principales son la supuesta competencia descarnada entre las especies y la superioridad de grupos humanos sobre otros. Frente a estos postulados Kropotkin propuso una interpretación diferente de la obra de Darwin en que en términos generales dice que si bien existiría la competencia habría otro factor mucho más relevante que sería el apoyo mutuo según el cual las especies tendrían más posibilidad de sobrevivir mediante la cooperación.

Para fundamentar sus observaciones realizo varios viajes en los que recopilo diversos ejemplos de esta situación tanto en grupos humanos como en otras especies. Desde su publicación integra en 1902 la biología contemporánea le daría la razón a Kropotkin en una forma mucho más radical de lo que el mismo pudo haber imaginado.

Esta serie de textos tiene por objetivo presentar cómo la ciencia nos muestra evidencia clara de la tendencia como especie a estructurar sociedad cooperativa y horizontal; tendencia que es necesaria cultivar por diversos medios desde la autogestión a la pedagogía libertaria y el apoyo mutuo, con el fin de crear una cultura propia antagónica al sistema de dominación jerarquizado basado en la competencia brutal y la apropiación de bienes comunes que nos permita disolver las bases materiales y culturales de esta sociedad.

Crisis de la teoría sintética (neodarwinista)

«La vida es una unión simbiótica y cooperativa que permite triunfar a los que se asocian.” Lynn Margulis.

«El darwinismo es el apéndice científico de la teoría del libre mercado de Adam Smith» Máximo Sandin.

“Hitler copió párrafos enteros de Darwin en su libro Mein Kampf” Máximo Sandin.

Es importante conocer el contexto histórico en que se da la teoría de Darwin, el biólogo Máximo Sandin señala que surge como una metáfora del “espíritu” victoriano en una época de gran pobreza y desigualdad social, consecuencia de la revolución industrial y de la expansión colonialista de Inglaterra, siendo una extensión de las doctrinas de Malthus y su “lucha por la vida” y de Spencer con su idea “de la supervivencia del más apto”. La historia oficial señala que estas doctrinas sociales “horrorizaban” al buen Darwin, lo que no es cierto en su libro el “origen de las especies” presenta la conclusión que con el tiempo las razas “civilizadas” exterminarían a todas las razas salvajes del mundo o afirmaciones como que el negro estaría entre el hombre y el gorila o que la mujer está en un estado evolutivo inferior al hombre y la afirmación, tal vez mas humanitaria de Darwin, sobre que a los trabajadores y los pobres para controlar sus disposiciones malévolas o se les ejecuta o se les mete a la cárcel por mucho tiempo, por lo que en realidad hay plena afinidad entre Darwin, Spencer y Malthus, al punto en que se puede afirmar que el darwinismo constituye una justificación ideológica de  las teorías económicas capitalistas basadas en la competencia y la explotación.

Este contenido explica el agrado con que se recibieron las teorías de Darwin para las clases económicas dominantes de la época victoriana, que encontraban un argumento “científico” que respaldara sus convicciones de ser la cúspide de la evolución.

Uno de los cuestionamientos mas sólidos a la teoría neodarwinista lo realizo la bióloga Lynn Margulis, quien demostró que las células de organismos pluricelulares (plantas, animales, nosotros) son formadas por adhesión sucesiva de bacterias, es decir, mientras que para los neodarwinistas la evolución era una selección del más apto según las mutaciones que había sufrido, la realidad demuestra que en vez de mutaciones la evolución se produce por la absorción de genomas enteros o incluso organismos enteros en lo que denominó simbiogénesis.

Los organismos evolucionan desde sus niveles más básicos cooperando unos con otros ya que estas bacterias asimilan a otras pero no las digieren, nuestro propio cuerpo está lleno de bacterias que si no estuvieran presentes no podríamos sobrevivir, además de tener virus endógenos en la misma central de energía de nuestras células la mitocondria, por lo que los organismos vivos complejos no seriamos más que la propiedad emergente de un agregado de bacterias y virus interactuando en forma mutuamente interdependiente y así hasta niveles más complejos de relaciones mutualistas, simbióticas y altruistas entre especies animales y vegetales.

Esto llevo a Margulis a la conclusión de que toda la vida es un fenómeno interdependiente y cooperativo, apoyando la idea de que la tierra completa es un sistema vivo y autoregulado que genera sus propias condiciones necesarias para albergar vida, para lo cual nos relata que hace millones de años, al aparecer las cianobacterias, produjeron las cantidades de oxígeno necesarias para que aparecieran las bacterias fundamentales para el desarrollo de la vida yque  hoy nos permiten sobrevivir a nosotros.

De acuerdo a la teoría neodarwinista, la evolución se produciría por cambios graduales mediante mutaciones en que actuaría la selección natural; sin embargo, como señala el biólogo Máximo Sandin, deberían existir en el registro fósil muchos especímenes intermedios de mutaciones fallidas: lo cual no existe. En cambio este registro pone de manifiesto la súbita aparición de una gran cantidad de especies frente a cada extinción masiva de especies que ha sucedido en el planeta, por lo que Sandin teoriza que la capacidad de los virus de insertarse en los genomas de otros seres vivos podría ser el mecanismo con que se produce la adquisición de secuencias complejas de genes que estarían listas para responder a cualquier cambio ambiental extremo, permitiendo además un cambio en varios individuos de una especie a la vez para que haya interfecundidad; problema que omite la teoría neodarwinista pues no explica claramente cómo este solitario ser “más apto” se reproduciría.

En síntesis: el nuevo modelo evolutivo propuesto indicaría que la evolución de la vida sería la integración de sistemas complejos que se autoorganizan en sistemas de nivel mayor nivel, lo que nos da como resultado una visión completa de un ecosistema complejo y dinámico en constante interrelación interdependiente y cooperativa en que las especies, más que competir unas con otras, co-evolucionan juntas.

Lo que pretendí en los párrafos anteriores es una breve síntesis  de las evidencias científicas y la crítica ética que se puede realizar en forma aplastante al neodarwinismo que, como se puede ver, no pasa de ser una justificación del status quo de la sociedad capitalista y sus valores, carente de cualquier respaldo científico y de cualquier deseabilidad ética. Afirmar que el ser humano es un ser competitivo y egoísta por verlo interactuar dentro del sistema capitalista equivale a la falacia de Darwin, quien argumentó sus teorías sobre la observación de animales domésticos extraídos de su contexto natural donde el ganadero “selecciona” ejemplares atípicos (por ejemplo monstruosamente grandes) según sus propios fines.

El biólogo Richard Dawkins, ha argumentado la existencia de genes egoístas, lo que resulta otra falacia ya que un gen es sólo una molécula inerte que únicamente cobra sentido en relación con otros formando una estructura más compleja, lo cual nos muestra el condicionamiento ideológico en que se encuentra la ciencia y porque es necesario recuperarla como un terreno de lucha más que comience a respaldar que una sociedad horizontal y cooperativa no es un sueño utópico, sino una tendencia completa presente en todo el ecosistema planetario, lo que implica, entonces, desentrañar qué es lo que sucede en el caso de los seres humanos, que parecen estructurar sistemas sociales que contradicen su propia tendencia evolutiva. Es por eso que analizaremos en una siguiente entrada la empatía, una capacidad presente en humanos, delfines y primates, intentando establecer un fundamento neurobiológico a la idea de apoyo mutuo de Kropotkin y a la estructuración de un sistema social solidario como única posibilidad evolutiva para el ser humano.

Textos recomendados

Máximo Sandin: teoría sintética crisis y revolución http://www.somosbacteriasyvirus.com/sintetica.pdf

Lynn Margulis y su visión de la evolución http://www.jacobita.cl/ciencia/lynn-margulis-su-vision-de-la-evolucion

Lynn Margulis breve resumen de sus ideas http://rebelion.org/docs/139967.pdf

Máximo Sandin: sobre una redundancia: El darwinismo social http://www.somosbacteriasyvirus.com/darwinismosocial.pdf  

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