Sobre un sistema global basado en reglas, concertinas, muros y muertes en el mar.

Europa está orgullosa de ser el producto político y cultural de una civilización milenaria, en cuyas raíces históricas se encuentra la idea de progreso y una visión universalista de la humanidad que ha dado lugar al nacimiento de las doctrinas de los derechos humanos y de la democracia parlamentaria moderna. Europa es la patria de la filosofía griega, de la ilustración francesa, de la dialéctica alemana. Es el hogar de tradición jurídica romana, de la ciencia de la modernidad y de la separación entre Iglesia y Estado.

El Reino Unido de Gran Bretaña es el alma máter del liberalismo, el lugar donde el utilitarismo humanista reemplazó a la teocracia. Dinamarca es un espacio idílico donde el sueño de la socialdemocracia se hace carne en barrios majestuosos alimentados por un fecundo Estado del Bienestar. España, partera del “derecho de gentes” (precedente inmediato de la doctrina de los Derechos Humanos), iluminador faro del catolicismo social que evangelizó varios continentes es la tierra insigne de Cervantes, Carlos III y Ramón y Cajal.

El Reino Unido de la Gran Bretaña ha aprobado, recientemente, una normativa que permite que los solicitantes de asilo en el país sean enviados a Ruanda mientras se sustancia el expediente. Una idea que está siendo estudiada por otros países europeos. El gobierno socialdemócrata de Dinamarca ha establecido una legislación que implica el traslado de población de los barrios donde hay una mayoría de habitantes “de origen no danés”, aun cuando estos habitantes tengan la nacionalidad del país, para salvaguardar la homogeneidad étnica y cultural de la sociedad. El ministro del Interior del Gobierno progresista español mantiene abiertamente la necesidad de las “devoluciones en caliente” mientras los cadáveres se amontonan en sus fronteras. Justifica la violencia contra solicitantes de asilo que saltan las vallas de Ceuta y Melilla porque no tienen ninguna opción real de hacer sus solicitudes en los consulados españoles de sus países de origen.

Realmente, Europa nunca fue el ilustrado paraíso del humanismo universalista que nos han contado. Los discursos sobre los derechos humanos y la abolición de la esclavitud vinieron acompañados, ya desde su mismo origen, de la violencia del colonialismo y de las teorías del paternalismo civilizador de la “raza blanca”. Europa externalizó la violencia y los procesos de “acumulación por desposesión”, que dieron origen al capitalismo, tan pronto como su clase dirigente se vio incapaz de disciplinar a la clase obrera europea sin garantizarle una capacidad de consumo mínima.

Los discursos sobre los derechos humanos y la abolición de la esclavitud vinieron acompañados, ya desde su mismo origen, de la violencia del colonialismo y de las teorías del paternalismo civilizador de la “raza blanca”.

Europa inventó el racismo como categoría política e intelectual para desplegar su violencia en las colonias. SI bien griegos y romanos convivieron con negros, semitas y orientales, el origen racial nunca fue una categoría con un contenido social concreto en los textos de la antigüedad. Normalmente ni se menciona, y nunca se le presupone un valor social negativo. El racismo es una herramienta intelectual desarrollada para justificar la barbarie de las plantaciones coloniales, en las que la esclavitud garantizó la materia prima necesaria para el desarrollo industrial europeo, en los inicios del modo de producción capitalista. Sin el algodón barato manchado de la sangre esclava en las colonias, la industria textil inglesa nunca hubiera sido capaz de batir a la de la India. La estabilidad europea se sustentó sobre el despojo de los pueblos colonizados y sobre las redes transatlánticas de tráfico de personas.

Ese proceso no finalizó con el fin del colonialismo. Simplemente, ha adoptado otra fisonomía, otra forma de articulación. El señoreaje financiero del dólar o del franco CFA, y la operatoria de los organismos multilaterales hegemonizados por Occidente (el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial… etc.) garantizan que los mercados globales estén construidos alrededor de una dinámica de intercambio desigual que implica que la producción industrial del Norte global obtenga mejores precios que las materias primas provenientes del Sur. A esto le acompaña la posibilidad de manipular los intereses de la deuda pública de los estados del Sur mediante las políticas monetarias de los Bancos Centrales de Occidente, y la implementación de los planes de ajuste estructural del FMI que implican la venta, a precios de saldo, del tejido empresarial y los servicios públicos de los países del Sur a los fondos de inversión y a las empresas transnacionales del Norte. El colonialismo ha mutado en un imperialismo ubicuo, persistente, sistémico, que habla de “sistema global basado en reglas” cuando quiere decir “despojo global garantizado por las reglas del Norte”.

La relación de dependencia que ata a los países del Sur y del Norte articula gran parte de las dinámicas sociales y económicas entrelazadas de ambos espacios, aunque gran parte de la población europea la vea como algo ignoto y un tanto lejano. La mayor parte de la huella ecológica de la sociedad europea está en África. Allí están las minas de litio o de cobalto, los caladeros de pesca, la agroindustria que surte los mercados de frutas y hortalizas de Europa sin tener que cumplir la normativa fitosanitaria o ecológica comunitaria. Más allá de la contaminación del aire en Chamberí, la huella ecológica de Madrid está también en las minas del Congo, en el campo marroquí, en las plantaciones de soja de Argentina o Paraguay, en los pozos petrolíferos de Nigeria.

El derecho de asilo, según la visión jurídica occidental, es una obligación humanitaria de todos los Estados de la que no se puede abstraer ninguna democracia digna de este nombre.

Y con el despojo y la huella ecológica viene la huella social: guerras, represión, miseria, feminicidios, inestabilidad política crónica. Tropas francesas que salvaguardan a “gobiernos amigos” en África o marines norteamericanos que desembarcan en Panamá o la isla de Granada. “Vuelos de la muerte” que llevan a desconocidos militantes árabes a centros clandestinos de torturas y golpes de Estado recurrentes animados por agencias de mercenarios y embajadas. El humanismo idealista del derecho internacional no puede negar la ubicuidad de la indignidad y la violencia como sustrato fundamental de nuestro modo de vida.

El derecho de asilo y refugio es una vieja creación jurídica europea, en su versión actualmente difundida. Gracias al derecho de asilo, los revolucionarios liberales pudieron escapar de los gobiernos absolutistas del Antiguo Régimen, en los siglos XIX y XX, e implantar las democracias modernas de las que se enorgullece Europa. El derecho de asilo, según la visión jurídica occidental, es una obligación humanitaria de todos los Estados de la que no se puede abstraer ninguna democracia digna de este nombre.

Sin embargo, Europa está mutando. La fortaleza construida en el continente para limitar la migración de las multitudes desposeídas del Sur global, hecha de fronteras plagadas de concertinas y vigilancia represiva contra migrantes económicos y solicitantes de asilo, está experimentando una transformación brutal, un cambio cualitativo hacia la indignidad.

La expansión de las organizaciones políticas de ultraderecha en Europa y la diseminación de las teorías contrarias a la inmigración ha transformado la legislación europea de una manera que hace treinta años hubiese sido vista como impensable.

Podríamos hablar, de nuevo, de las políticas destinadas a enviar a quien solicita asilo en países europeos a lugares como Ruanda o Albania. De la intervención de Frontex (la autodenominada “policía de fronteras” de la Unión Europea), que ha sido acusada de numerosas “devoluciones en caliente” que han acabado en muertes de decenas de migrantes en el mar Mediterráneo, y de ser un caladero de una extensa trama de corrupción institucional. De la “Ley Mordaza” española y su jurisprudencia derivada, que ha admitido las “devoluciones en caliente” de solicitantes de asilo, si estos alcanzan el territorio español sin haber hecho su solicitud en los consulados de los países de origen, a los que, por otra parte, se hace imposible el acceso de los migrantes. De la nueva legislación del gobierno de Giorgia Meloni, en Italia, que obliga a los barcos de salvamento de las ONG que trabajan en el Mediterráneo a dirigirse a puertos a miles de millas náuticas del lugar de recogida de los migrantes para, simple y llanamente, dificultar todo lo posible que sigan salvando vidas.

La expansión de las organizaciones políticas de ultraderecha en Europa y la diseminación de las teorías contrarias a la inmigración ha transformado la legislación europea de una manera que hace treinta años hubiese sido vista como impensable.

Europa necesita el cobalto africano para su transición ecológica. Nuestros rutilantes coches eléctricos están regados de sangre y sufrimiento a miles de kilómetros de las electrolineras que pagamos los contribuyentes para hacernos la idea de que salvaremos el mundo con nuestra buena voluntad, mientras Iberdrola hace pingües negocios

Europa necesita el trabajo migrante. Sustenta nuestro sistema de Seguridad Social, la limpieza de nuestras casas, la producción de nuestros invernaderos de frutas y hortalizas, el cuidado de nuestros mayores. Europa necesita recursos mudos, pero vienen personas trabajadoras, creativas, esforzadas, valientes.

La oligarquía europea necesita migrantes. Pero les necesita mudos, “ilegales”, subordinados, en aislamiento. Un ejército industrial sin derechos que se pueda utilizar como la “cabeza de turco” (reveladora expresión) de los problemas y las ansiedades de la clase obrera autóctona. Necesita que la multitud migrante sea vista como un elemento de fragmentación de las clases populares, como un cuerpo extraño, como una competencia ilegítima. No necesita a migrantes que operen como una ventana abierta al infierno del Sur del mundo o como un puente a las luchas de sus poblaciones. No necesita migrantes insurgentes.

La oligarquía que habla de “un sistema global basado en reglas” ha llegado a la conclusión de que el derecho de asilo es un lujo que no puede permitirse, y de que su único futuro posible pasa por enfrentar a las clases populares entre sí, por difundir la doctrina de la confusión y el caos racista, por buscar una “guerra civil larvada” en las barriadas proletarias entre distintos tonos de la piel y distintas tonalidades del habla. La ultraderecha, que cada vez tiene más predicamento en los despachos institucionales, busca el caos social para reinar sobre él en base a la corrupción y la represión.

Europa está en trance de convertirse en una hidra autoritaria. La doctrina de los derechos humanos y el universalismo está en crisis porque ya nadie quiere tomársela en serio. No es operativa para el dominio en un contexto de guerra global en ciernes y crisis permanente. La guerra que se anuncia contra las potencias emergentes precisa el abandono del sueño humanista europeo y la reactualización de las dinámicas del control de las poblaciones mediante la jerarquización de sus diferencias (machismo, racismo, clasismo…).

La clase trabajadora, hoy, no tiene nada que ver con el canónico cartel del tipo musculoso manejando un martillo, bañado en sudor. Pero todos los referentes culturales de nuestra sociedad interpelan a esa imagen como si siguiera estando viva, ya sea para idealizarla, criticarla, cancelarla o negar que nunca hubiera existido.

La clase obrera, hoy, es plural, mestiza, diversa. Hay quien quiere convertir esa abigarrada multitud de variaciones sobre el tema de la precariedad y la explotación en fragmentación y conflicto, en una caótica guerra de razas, géneros, edades o estatus profesionales.

El sueño humanista de Europa, el proyecto histórico de su clase obrera será diverso y saltará sobre las fronteras. O no será.

La acción del sindicalismo combativo precisa de un discurso de la totalidad, dirigido a todas las variantes del trabajo. Un discurso que haga aliarse a las fuerzas dispersas de la mayoría social, más allá de sus diferencias, pero sin negar la legítima existencia de su pluralidad y la imperiosidad de sus necesidades asociadas. Pero esa totalidad es, ahora, de una multiplicidad anonadante.

No debemos olvidar que en nuestra sociedad hay riqueza para todas las formas del trabajo. Producimos la abundancia y esa misma abundancia, regida por los criterios de la sostenibilidad ecológica y la justicia social, podría garantizar una vida digna para todas. Pero esa misma abundancia es producida por la abundancia vital, el excedente creativo, de una clase obrera proliferante, plural, diversa, múltiple.

El sueño humanista de Europa, el proyecto histórico de su clase obrera será diverso y saltará sobre las fronteras. O no será.

Este artículo se publicó originalmente en la revista Libre Pensamiento nº 115, otoño 2023

«CGT debería ser el sindicato de referencia para cualquier persona de la clase trabajadora», entrevista al secretariado de la CGT

Entre los días 9 y 12 de junio de este año, la Confederación General del Trabajo (CGT) ha celebrado en Zaragoza su XIX Congreso Confederal, bajo el lema Contra las desigualdades. Durante el mismo, además de considerar más de un centenar de ponencias de los afiliados, se ha elegido a un nuevo Secretariado Permanente (SP) para los próximos cuatro años. De las dos candidaturas que se presentaban, ha salido elegida la conocida como CGT para todas, liderada por Miguel Fadrique.

Desde Regeneración hemos querido hacer algunas preguntas al nuevo SP y desearle acierto en su labor para los próximos años. Responde a las preguntas, en nombre de todo el SP, su secretario de comunicación, Jose Alberto Villaverde, afiliado al Sindicat d’Administració Pública CGT Barcelona.

Antes de nada, queremos daros la enhorabuena por la victoria de la candidatura CGT para todas al Secretariado Permanente (SP) del Comité Confederal de la CGT. ¿Cómo estáis viviendo esta victoria? ¿Lo esperabais? ¿Os sentís respaldadas por la organización después de este resultado?

El resultado lo estamos viviendo con intensidad. Es un cambio grande a nivel personal para cada una de las personas que nos hemos presentado. Es una responsabilidad más en nuestro día a día y hay que reorganizarse para poder dar lo mejor de nosotras mismas al conjunto de la organización.

La verdad es que ha sido un resultado agridulce. Ha sido un trabajo de meses, incluso de años. El hecho de montar una candidatura desde la base no ha sido sencillo. Hemos tenido que poner encima de la mesa problemáticas y cuestiones con las que no ha sido fácil lidiar pero, al mismo tiempo, con un análisis común de cómo creemos que la CGT debía afrontar el futuro de la clase trabajadora. El hecho de sacar adelante el conjunto de acuerdos sociales y sindicales a los que hemos llegado es algo con lo que nos sentimos muy motivadas el equipo actual.

Contadnos un poco sobre quiénes sois y qué os llevó a presentar una candidatura propia al SP. ¿Hay más gente implicada o es un proyecto liderado únicamente por los miembros del SP?

Aunque el SP lo componemos 13 personas de diferentes sindicatos y de varios territorios y sectores, es importante que quede claro que no somos más que la cara visible de un proyecto muy amplio que pretende representar a toda la CGT. De hecho, muchas de las personas que inicialmente impulsaron este proyecto y esta candidatura no forman parte del SP puesto que es una candidatura colectiva.

Lo que nos llevó a presentar la candidatura fue la necesidad de rejuvenecer el sindicato, tejer redes con los movimientos sociales aportando una perspectiva sindical, estrechando lazos para trabajar codo con codo y abordar los problemas socioeconómicos de la clase trabajadora desde todas las visiones: bien para que te suban el salario 900€ o bien para que te bajen el alquiler 900€, estamos defendiendo derechos colectivos.

¿Qué objetivos os marcáis hasta el próximo congreso? ¿Hay algunas líneas que os gustaría desarrollar especialmente?

Lo que creo que debemos abordar es un proyecto común en lo que es la acción social y sindical, que responda a nuestras necesidades inmediatas haciendo frente a los recortes y opresiones bajo las que vivimos como trabajadoras en el mundo capitalista. En ese sentido, en este congreso se han aprobado ponencias importantes, por ejemplo la relativa a una huelga general el año que viene o aquellas que hablan sobre la estabilidad del personal en abuso de temporalidad en la administración pública, que es uno de los problemas a los que creemos que hay que responder con inmediatez desde el sindicato.

¿Cuáles creeis que son las principales amenazas y oportunidades que vamos a tener que afrontar el conjunto de la clase trabajadora en estos próximos años?

Nos encontramos en un escenario post COVID y en mitad de una guerra imperialista en Ucrania. Ambas situaciones nos han llevado a un aumento del gasto público y, por tanto, de la deuda pública, que nos conducen a un futuro escenario de crisis que pagarán las trabajadoras, como ya sucedió con la crisis de 2008. En este contexto, creo que el sindicato tendrá que afrontar y dar una respuesta contundente, con perspectiva de clase, en su debido momento y junto a la sociedad.

Creemos que esta es una de las situaciones que nos espera a nivel social y global. No hay que olvidar en todo esto la perspectiva internacionalista, porque no va a ser una crisis que haya que abordar solo a nivel del Estado español, en los diferentes territorios, sino que además habrá que hacerlo a escala global. Es fortalecer lazos con las diferentes asociaciones y sindicatos que comparten ideología y objetivos de forma amplia, para poder afrontar esta realidad de forma colectiva.

¿Qué puede aportar CGT al conjunto de la clase, y, como nuevo SP de la CGT, qué pretende aportar CGT para todas?

CGT para todas lo que pretende y ha pretendido en todo momento es mejorar la coordinación y el reparto de recursos dentro del sindicato, para mejorar y fortalecer nuestra acción sindical y social.

CGT para todas pretende estar al servicio de cualquier afiliada, para lo que necesite, y que ésta sienta que los medios del sindicato son suyos porque, de hecho, lo son desde todos los puntos de vista: el sindicato no tiene ningún sentido si no es de todas las personas que lo integran.

Una trabajadora cualquiera, ¿por qué debería apostar por afiliarse a la CGT?

Entendemos que CGT debería ser el sindicato de referencia para cualquier persona de la clase trabajadora que quiera tomar las riendas de su vida, que busque construir más y delegar menos con el objetivo de acabar con el sistema deshumanizador en el que vivimos. Las militantes de CGT trabajamos desde el apoyo mutuo, la solidaridad y la sororidad para destruir todas aquellas dinámicas individualistas y competitivas que rigen nuestras relaciones sociales. Tenemos claro que la fuerza de la clase trabajadora se basa en la unidad desde la horizontalidad y la igualdad entre todas las personas que la integran. Estos principios son el ADN de la organización.

Al respecto de la acción sindical, ¿qué aspectos positivos destacaríais del trabajo de la CGT en estos años y en qué aspectos os gustaría mejorar? ¿Alguna victoria de la que estéis especialmente orgullosas?

Uno de los primeros hechos que destacaría es la cantidad de movilizaciones que el sindicato ha sido capaz de encabezar. A pesar de toda la crisis del COVID, con lo que ha supuesto, hemos visto en algunos territorios manifestaciones masivas y huelgas que han funcionado y que el sindicato ha estado abanderando. Las movilizaciones del metal en Cádiz, por la estabilización del personal en la administración pública o los múltiples días de huelga en el sector de la enseñanza son ejemplos que para nosotras son escuela.

El hecho de responder socialmente y en colectivo a las necesidades concretas del momento es el camino para demostrar que nuestro sindicato es capaz de hacer unos buenos análisis de la realidad además de ofrecer la alternativa en las calles dando respuesta a las necesidades de la clase trabajadora.

¿Y respecto a la acción social y la relación con los movimientos sociales (vivienda, feminismo, ecologismo…)?

Por ejemplo, la verdad es que la experiencia que tenemos de colaboración con el sindicato de inquilinas es muy positiva. Es un movimiento que está creciendo, que demuestra que funciona, que consigue resultados tangibles y que responde a necesidades inmediatas. Además, comparte espíritu con CGT: desde abajo, plantando cara contra los grandes capitales que están expoliando este territorio, los fondos de inversión que están hurtando el derecho a la vivienda a las trabajadoras. El sindicato de inquilinas demuestra una capacidad de respuesta que es admirable y que creo que tiene que ser un espejo de lo que nosotras deberíamos llegar a hacer. Es necesario trabajar con movimientos como éste que dan ejemplo de cómo afrontar el futuro de esta sociedad. Porque si no nos enfrentamos contra el Estado, que es quien protege a todos estos grandes capitales, no hay una alternativa real. No existe un mundo mejor sin poner en duda todos estos poderes fácticos que benefician a los grandes capitales en contra de la clase trabajadora.

Otro ejemplo que no puedo dejar de destacar son las compañeras feministas en todo el Estado poniendo en jaque al capital. Cada feminicidio tiene una respuesta colectiva, cada día no cesan en señalar al patriarcado como aliado indiscutible del sistema. Entendemos que más allá de que muchas afiliadas y militantes del sindicato participen en los espacios del movimiento feminista, como pueden ser todas las asambleas feministas de barrios, pueblos y ciudades en todo el territorio, es necesario que su sindicato, la CGT, sea feminista y les de el apoyo necesario para que sigan luchando por un mundo nuevo donde las relaciones entre las personas sean entre iguales.

¿Alguna cosa que os gustaría añadir?

Nos gustaría añadir un agradecimiento a todas las personas que han estado colaborando y que han puesto su granito de arena para que este proyecto salga adelante. También a todas aquellas que siguen apoyando y seguirán estando ahí para que el sindicato sea realmente un actor principal en la defensa de la clase trabajadora, para que realmente lleguemos a emanciparnos socialmente. No desistiremos en sacar este proyecto adelante. Aunque el enemigo sea más grande nosotras somos más y estamos mejor organizadas. Animamos a toda la afiliación, y a las personas que se lo estén pensando, a que participen en este proyecto de forma activa.

Muchas gracias.

Gracias a vosotras. Suerte y acierto.

¿Puede la clase trabajadora cambiar el mundo?

Traducción de la reseña de Ian Angus del libro «Can the working class change the world?» de Michael Yates (Monthly Review Press, 2018).

El título del nuevo libro de Michael Yates es una pregunta que todos los socialistas han escuchado muchas veces. La escuchamos por parte de los liberales, que piensan que los cambios solo pueden hacerse trabajando desde dentro del sistema. La escuchamos de los radicales, que son simplemente incapaces de imaginar a las personas que trabajan yendo en contra del sistema. Y, si somos honestos, admitiremos que cuando la actividad radical está en un período de calma y es difícil ser escuchados, a veces nos lo preguntamos también a nosotros mismos.

¿Es realmente posible que las personas que votaron por Trump o Clinton, dos caras de la reacción global, puedan algún día derrocar al capitalismo?

Si te sientes así, este libro es el antídoto perfecto. En menos de 200 páginas escritas de forma clara, muestra cómo la gente trabajadora ha cambiado ya el mundo de una manera profunda, así como lo que queda por hacer (mucho) y lo que debe suceder para que la clase obrera cumpla su potencial como fuerza revolucionaria.

Yates presenta su tesis en seis capítulos, empezando por qué es la clase trabajadora, pasando sobre por qué debe terminarse el reinado mortal del capitalismo, hasta cómo la gente trabajadora debe organizarse para obtener un cambio radical. En cada paso, ilustra sus puntos con ejemplos concretos de luchas reales en todo el mundo.

El primer capítulo sostiene que la definición formal de la clase trabajadora —todos los que trabajan por un sueldo o salario— es inútil para determinar quién puede cambiar el mundo. La policía y los guardias de la prisión trabajan por un salario, pero no están de nuestro lado. Tampoco los políticos, los ejecutivos corporativos y «otros abogados altamente cualificados y apologistas de los negocios». Por otro lado, hay millones de personas que no reciben salarios pero son parte de la clase trabajadora o aliados potenciales: aquellas cuya responsabilidad a tiempo completo es criar niños, personas desempleadas, trabajadores de la economía informal, pequeños agricultores que viven permanentemente al borde del hambre.

“En todo momento hay varios miles de millones de personas trabajando o en el ejército de reserva de mano de obra. Si se encontraran formas de organizar y unificar, por ejemplo, incluso solo al 20 por ciento de ellos, seguramente podrían cambiar el mundo».

El segundo capítulo proporciona un marco analítico para entender el capitalismo como «un sistema social hegemónico», que se basa en la explotación en el lugar de trabajo, pero que «busca dominar la mayor cantidad de aspectos de nuestras vidas como sea posible». Yates muestra que «los trabajadores son explotados y expropiados, haciendo imposible que alcancen una verdadera libertad, autonomía y vida no alienada en una sociedad capitalista «.

El tercer capítulo analiza concretamente la explotación y la opresión, y explica por qué los marxistas ven a las personas trabajadoras como agentes del cambio social. No solo considera las fuerzas que unen a los trabajadores contra el sistema, sino también las barreras (niveles de habilidad, nacionalidad, raza y género, en particular) que los enfrentan y debilitan la lucha.

El cuarto capítulo aborda un tema que incluso los socialistas experimentados a menudo descuidan, las victorias y los cambios que las luchas de la clase trabajadora ya han ganado, sobre la oposición decidida de los patrones y los gobiernos capitalistas. En ese sentido importante, las personas trabajadoras no solo pueden cambiar el mundo, sino que ya lo han hecho.

“Solo el pensamiento y la actuación radicales tienen alguna posibilidad de evitar los niveles acelerados de barbarie. Se deben forjar nuevos instrumentos: sindicatos y partidos políticos radicalmente democráticos, una ampliación de las actividades colectivas de apoyo mutuo, niveles masivos de ‘ocupar, resistir, producir’ … Llevará tiempo para una clase partida por tantas divisiones fundamentales (principalmente por raza, género y por el imperialismo) unificarse y destruir a su enemigo de clase».

El quinto capítulo demuestra que, a pesar de esas victorias, el poder del capital sigue intacto, y algunos avances importantes, incluyendo las exitosas revoluciones en Rusia y China, se han revertido. Mientras el capitalismo siga dominando globalmente ninguna victoria para la democracia y la justicia es permanente.

Al igual que el libro en su conjunto, el capítulo seis se titula ¿Puede la clase trabajadora cambiar el mundo? La primera palabra de esa pregunta es importante: está claro que los trabajadores pueden cambiar el mundo, pero ¿lo harán? Llegar de la posibilidad de hacerlo a la voluntad de hacerlo no va a ser fácil ni rápido.

En este capítulo, Yates analiza los “múltiples terrenos de lucha” que serán fundamentales para construir nuevas organizaciones basadas en la democracia y la solidaridad, y que luchen por ganancias inmediatas sin perder nunca de vista el objetivo central.

“No hay razón para que exista un proyecto político de clase trabajadora a menos que su objetivo sea la derrota del capital. Las demandas deben ser radicales y de principios, y deben ser respetadas. El compromiso táctico puede ser necesario a veces, pero nunca puede ser una estrategia».

Michael Yates ha trabajado durante muchos años como educador laboral, formando a personas trabajadoras en las aulas y reuniones sindicales en los EE. UU. Esos años le enseñaron algo muy importante: cómo expresar las ideas marxistas en un lenguaje cotidiano, sin condescendencia, sin falsas bravatas ni ilusiones, y sin indicio alguno de dogmatismo. El resultado es una excelente descripción popular de lo que va mal con el capitalismo y de lo que las personas trabajadoras deben hacer para librarse de él. Incluso si crees que sabes todo esto, deberías leerlo para aprender, gracias a un brillante ejemplo, cómo explicar las ideas socialistas en términos claros, concisos y convincentes.

«¿Puede la clase obrera cambiar el mundo?» debería encontrarse en cada librería ecosocialista. Más que eso, debería estar en manos de todos los trabajadores radicales. Es un libro para ser leído, discutido y aplicado. Michael Yates ha hecho una importante contribución a la construcción de movimientos que no solo pueden cambiar el mundo, sino que deben hacerlo.

Original en inglés: https://climateandcapitalism.com/2018/11/13/can-the-working-class-change-the-world/

El PP ha vuelto

Con Casado, el PP se suma a la retórica fascista de las derechas europeas. El movimiento estratégico no es nuevo, el objetivo consiste arrastrar al centro y convertirlo en un rehén de la ultraderecha. El contexto parlamentario, con la caida del PP a la oposición, les facilita radicalizarse y disputar ese espacio político a Ciudadanos.

El problema, para la mayoría de la sociedad, es que este movimiento abre aún más puertas para el fascismo. No es casualidad que el caballo de batalla escogido para desgastar al gobierno sea, precisamente, la crisis de refugiados. A los movimientos sociales nos toca combatir la retórica xenófoba que pretende, una vez más, criminalizar a los migrantes. Apoyar a las personas que huyen de las guerras que provoca el capitalismo es una obligación ética. Pero además, en un país cuyos ricos no han dejado de aumentar sus beneficios en los últimos años, tenemos capacidad de sobra para afrontar la entrada de nuevos trabajadores y, al mismo tiempo, mejorar nuestras condiciones de vida. Tenemos que dejar esto muy claro. Sobre todo en este momento en que la derecha, carente de argumentos, acusa una vez más a los personas trabajadoras, en este caso extranjeras, de los problemas causados por el modelo económico criminal que ellos defienden.

Es una vergüenza ver a Casado paseándose por Algeciras e, incluso, saludando a aquellos a los que ataca sin que nadie le echase en cara su cinismo y su hipocresía. Afortunadamente, mientras esto ocurría los madrileños han dado una lección de convivencia impidiendo un acto racista en el metro de esta ciudad. También los taxistas, ejemplares en su lucha en defensa del transporte público, han retirado la pancarta de un grupo fascista que pretendía aprovecharse para propagar su ideología del odio. Estos ejemplos demuestran que la sociedad española entiende más de convivencia, respeto, democracia y solidaridad que buena parte de sus dirigentes. A pesar de los pataleos cínicos de la derecha, con estos mimbres puede construirse una respuesta antifascista a cualquier crisis humanitaria y a cualquier intento político de propagar la xenofobia. Ayudemos a construirla.

La solución para los trabajadores pasa por lograr comunidades diversas, populares, solidarias, cohesionadas y fuertes. Precisamente porque los migrantes no serán los únicos ni los últimos señalados. Casado irá también contra las mujeres o contra la diversidad sexual y de género, como ya ha hecho esgrimiendo una retórica machista y ultracatólica durante las primarias de su partido. Irá contra los catalanes por reclamar democracia y derecho a decidir, o por su rechazo a la derecha española. Irá contra todas las personas trabajadoras buscando enfrentarlas entre sí para mostrarse, a continuación, como solución a sus problemas. Lo hará del mismo modo que lo ha hecho Trump y el resto de fascistas como él que tenemos que aguantar hoy en el poder. Devolvamos al fascismo al basurero de la historia. Plantemos cara.

Organizarnos como clase

Hablar de clase obrera suena desgastado. Las personas trabajadoras compartimos la base material de quien trabaja para vivir y no vive de rentas o del trabajo ajeno. Pero ese aspecto, que es materialmente crucial en una sociedad bajo el sistema económico capitalista, no construye necesariamente una comunidad de intereses compartidos. En gran medida, por la existencia de identidades fuertes que dificultan tejer complicidades entre quienes pueden tener intereses materiales (sociales) compartidos. La disgregación de la mayoría social que somos los trabajadores lleva a la desactivación política de nuestra clase, a la debilidad y a la pérdida de derechos que llevamos ya décadas experimentando. Hoy tenemos que hacer frente a problemas acuciantes como el paro, la inseguridad laboral, el encarecimiento de la vivienda,, la mercantilización de lo público, la corrupción política, la pobreza energética, el auge de autoritarismos machistas y reaccionarios, la catástrofe ecológica… Revertir la situación exige organizarnos como clase para empezar a plantar cara.

Una contribución importante a nuestra disgregacion lo aporta el componente político, incluso entre quienes nos definimos como parte de la izquierda socialista. Es grande entre nosotros y nosotras la discusión sobre las formas en que es necesario organizarse políticamente, así como el debate sobre en qué espacios resulta necesario o prioritario volcar nuestros esfuerzos. Pero organizarnos como clase significa hacerlo a pesar de las identidades, las diferencias políticas, la afinidad o los enfrentamientos personales. El objetivo es mejorar nuestras condiciones de vida como personas trabajadoras. Es también esta una estrategia para enfrentar al capitalismo a sus contradicciones, a su incapacidad para satisfacer a la mayoría. Para ello necesitamos de organizaciones sociales fuertes y no partidarias, que puedan exigir y lograr las demandas de la mayoría. Necesitamos recuperar un sindicalismo amplio, fuerte, organizado y a la ofensiva.

¿Cómo lograrlo cuando apenas compartimos ya una cultura común, mucho menos una vida en colectivo? La sociedad de consumo ha dado pie a una amplia diversidad de gustos e intereses culturales que generan una miríada de identidades fundamentalmente atravesadas por cuestiones de género, de etnia, de edad, de origen, de lengua… La cuestión de la identidad late bajo buena parte de los conflictos que marcan nuestra época, expresándose no siempre de manera liberadora. Sus efectos pueden rastrearse en la transformación feminista en curso, pero también en el consiguiente despertar de una reacción machista, o en el auge del fundamentalismo islámico. Un conflicto de identidades que tiene su reflejo también entre las personas trabajadoras.

Debemos empezar por integrar en la organización, desde el primer día, las necesidades y las perspectiva de grupos infrarrepresentados en buena parte de las organizaciones sociales clásicas (mujeres, migrantes, LGTBI…). A pesar de que los objetivos como clase sean comunes hay factores relevantes que son desoidos o minusvalorados a la hora de conformar organizaciones plurales. Factores a nivel de objetivos políticos, pero también a nivel personal, que son imprescindibles para personas que sufren otros ejes de opresión además del de clase. Lograr organizaciones plurales, amplias y fuertes pasa por construir un espacio confortable y empoderador para todas las personas trabajadoras, teniendo bien en cuenta las opresiones particulares dentro del funcionamiento y el programa de la organización. Debemos aspirar a un funcionamiento más democrático, más participativo y más respetuoso con las personas que lo integran.

Una organización de clase tiene que aprender a lidiar con la tensión permanente a nivel político, ya que las diferencias no van a desaparecer y los consensos siempre van a romperse llegado un punto. Es por ello tan importante mantener una práctica democrática con perspectiva unitaria, poniendo en valor la unidad de clase por encima del enfrentamiento partidista. Ese enfrentamiento puede y debe darse dentro de los cauces democráticos de la organización, pero también dar pie al trabajo conjunto cuando los acuerdos queden materializados. La flexibilidad, la capacidad de adaptación y de negociación van a marcar nuestro éxito. Por último, llegado el caso, debemos ser capaces de asumir que las diferencias estratégicas fundamentales pueden llevar a la división sin que esta tenga que suponer necesariamente un enfrentamiento directo.

En el marco de esa organización y de la lucha que se derive de la misma puede darse una politización en los valores y objetivos socialistas, pero lo fundamental es que la organización social exista y logre victorias que justifiquen su existencia. Esto es así porque en el caso de las personas trabajadoras el deseo compartido de mejorar nuestras condiciones vitales sólo puede realizarse a través de nuestra fuerza en colectivo. Equivocar el objetivo principal lleva a ideologizar la organización, a desmembrarla como resultado de conflictos políticos y, en definitiva, a inutilizarla. Los más ciegos partidarios de tomar el poder quizá puedan permitirse acabar con la capacidad de movilización social a cambio de beneficios políticos cortoplacistas pero los anarquistas, partidarios del poder popular, estamos obligados a preservar las organizaciones sociales como embriones de la futura institucionalidad popular y democrática.

Porque para nosotros y nosotras el objetivo final de organizarnos es lograr un bienestar mayoritario no basado en el consumo, sino en la realización de una sociedad sostenible, igualitaria, justa y libre. Cualquier otra alternativa para vivir bien es un engaño. El espejismo del ascensor social dentro del capitalismo se torna cada vez más difuso y, en el mejor de los casos, sólo puede funcionar para unos pocos. Más bien al contrario, la desigualdad creciente, fruto del capitalismo y las políticas que tratan de mantenerlo a flote, no hacen más que ampliar la base trabajadora empujando a las clases autoconsideradas medias hacia abajo, eliminando la zona gris que caracterizó los pocos años en que la farsa del bienestar capitalista se sostuvo apoyada en los pilares del hiperconsumismo.

Por desgracia, el socialismo, esa utopía que un día movilizó a la clase trabajadora, también suena a viejo. En medio de la confusión posmoderna, los grandes relatos que podían estimular la imaginación humana e impulsar acciones heróicas han sido desactivados. El cinismo campa a sus anchas cuando nadie es capaz de reivindicar un objetivo común que se eleve más allá de los conflictos personales y políticos de facciones. A pesar de ello, resulta más necesario que nunca alzar banderas comunitarias, especialmente entre los individuos aislados de Occidente. Necesitamos, tanto como el aire para respirar, de relatos que nos hablen de sentires compartidos y que nos emocionen. Está en nuestras manos que esas banderas y esos relatos movilizadores traten sobre sociedades heterogeneas, respetuosas y abiertas, y no sobre identidades cerradas y minoritarias que animan al odio y la xenofobia. Tenemos que apostar conjuntamente por un ecosocialismo libertario y feminista, profundamente democrático y confederal; un proyecto colectivo que logre articular mayorías sociales y que barra con la discriminación, el machismo, la desigualdad, el autoritarismo y la destrucción ecológica de una vez por todas.

[Cortometraje] El empleo

2008 ‧ Cine dramático/Cortometraje ‧ 7 min

Un cortometraje argentino realizado mediante acuarelas que nos llama a reflexionar sobre lo absurdo de una vida dominada por el trabajo asalariado, donde productividad y alienación se dan la mano para transformar al ser humano en un autómata.

Fecha de estreno: julio de 2008
Director: Santiago Bou Grasso
Historia de: Patricio Plaza
Guion: Patricio Plaza
Productores: Santiago Bou Grasso, Patricio Plaza

1 2