La lucha y la Estrella

Es curioso ver como los propios movimientos de la izquierda anticapitalista -y dentro de estos la mayoría de grupos o colectivos que se podría decir que los forman- obvian de manera sistemática toda reflexión, crítica o polémica relacionada con el consumo, especialmente relacionada con el consumo de drogas y el consumo que llevamos a cabo en nuestros espacios y momentos de “ocio” (tanto haciendo referencia a los productos que consumimos como a los mismos espacios a los que vamos para consumirlos). Personalmente no me gusta hablar de momentos de ocio, ya que es perpetuar la división entre faena/ocio, trabajo/ocio, dando alas así al esquema que la propia dependencia y esclavitud del trabajo asalariado nos marca. Pero eso ya daría para otro artículo.

Si volvemos al tema del consumo, normalmente al consumo de drogas –incluyendo aquí evidentemente el alcohol- entramos en un terreno pantanoso que parece que conscientemente se quiera dejar de lado. Un debate que daría para mucho pero que ni tan siquiera hemos empezado a abrir. No son poco relevantes las consecuencias físicas que estas substancias conllevan y como afectan a las capacidades de los propios individuos, a los círculos sociales, familiares y de lucha. ¿Cuántas personas se han quedado por el camino directamente o indirectamente por el consumo de drogas? ¿Cuántas personas han abandonado la lucha y la implicación directa o indirectamente a causa de este consumo? Pero yendo más allá podemos encontrar muchísimas otras repercusiones negativas, que nos encasillan, que no nos dejan avanzar. ¿Cuántos espacios y causas son sustentados prácticamente de manera única gracias a la venta de estas sustancias? ¿No da para pensar la facilidad con que la mayoría de gente se gasta el dinero en tabaco, marihuana, alcohol y otras, y lo que les cuesta pagar por una camiseta antirepresiva, contribuir a un bote solidario, implicarse en un proyecto de productos “hazlo de mismx” o comprar un tíquet para una comida de un grupo autogestionado? Cada vez que vuelvo a ver cómo la gente pide latas de birra a la barra, mientras la hucha de resistencia o las paradas de fanzines, libros, ropa o música mueren por falta de recursos y por aburrimiento, se me agrieta alguna cosa dentro. Grietas que van haciendo un agujero cada vez más profundo y que llevan a plantearme, en consecuencia, muchas otras cosas de la resistencia, los ideales y de todas las personas que en teoría les damos vida. Y si aún damos un paso más, podemos debatir y analizar cómo, aunque llegásemos a considerar que anosotrxs y en nuestro espacio este consumo no nos afecta de esta forma, sí que inevitablemente deberíamos afrontar la parte de responsabilidad que tenemos al seguir perpetuándolo como parte indispensable de las relaciones sociales, de los momentos de “ocio”, de nuestras interacciones. ¿Qué es lo que estamos fomentando cuando vendemos/servimos alcohol por ejemplo? ¿Cuando decidimos gastarnos 3 euros en unas copas como forma de relacionarnos o quedar con lxs compañerxs?¿Cuando en un espacio liberado la mayoría de gente tiene en las manos una cerveza o un cigarrillo? ¿Qué es lo que poco a poco vamos interiorizando en nosotrxs mismxs y en las futuras generaciones que vendrán en los contextos de lucha y resistencia? Todas estas cuestiones y muchas otras son las que de forma cada vez más directa se me estampan en el cerebro. Las que ya no puedo hacer ver que no veo, ni puedo esconderlas más tiempo detrás de excusas y justificaciones, las que ya no puedo disimular más echándoles encima el aliento cargado de humo.

Pero creo que es difícil abordar este complejo tema, con el que la mayoría de gente se pone rápido a la defensiva, si ni tan siquiera se ha hecho el paso de cuestionar de donde viene ese alcohol que ingerimos, o el tabaco con el que nos liamos el canuto, o la mierda con la que nos destrozamos la nariz. Y es de eso de lo que me gustaría poder verter alguna cosa en estas líneas. Porqué el tema ya no es que los grupos de la izquierda anticapitalista no hagan crítica ni cuestionen como el consumo afecta a nivel individual, social, de grupo, de lucha, de saber construir alternativas… sino que tristemente ni tan siquiera se ha dado el primer paso, que haya un planteamiento de quien verdaderamente hay detrás, quien se enriquece, a qué estamos contribuyendo con todo eso que ingerimos, que vendemos, que forma parte de nuestros momentos y que tenemos prácticamente incorporado en nosotrxs mismxs.

Es paradoxal que Casales, Ateneos, sindicatos horizontales y otros colectivos que de manera directa atacan, combaten y tienen posiciones de confrontación –cada uno con sus matices y maneras de hacer- con el orden social establecido y el capitalismo que nos traga y devora, que en este tema se pase de puntillas, silenciosamente, casi como si no existiera. Seguramente el producto por excelencia que representa esta brutal incongruencia entre lo que defendemos y lo que después hacemos, es el alcohol. Y como ya he comentado no entraré ahora en hacer una crítica sobre su venta y su consumo. Sino que me centraré en el primer escalón del análisis de porqué cuesta tanto hacer un cambio en positivo, y que supuestamente, iría más concorde con lo que pensamos y por lo que luchamos. He podido observar incontables veces como las grandes marcas son las reinas de paraditas de sindicatos, de fiestas alternativas, de Casales de la izquierda independentista y de grupos varios de confrontación.Mientras que sobre papel y en nuestros lemas repudiamos multinacionales y marcas colonizadoras, explotadoras y expendedoras de miseria, cuando se trata de llevarlo a la práctica, sobre todo cuando se trata de ponerlo en práctica en nuestro ocio y consumo, le quitamos toda importancia, somos capaces de relativizarlo e incluso hacer mofa de los pocos grupos que por lo menos intentan no alimentar a los grandes monstruos que se han hecho con el control absoluto sobre todxs nosotrxs y han sabido acabar formando parte, curiosamente, tanto de los ambientes más selectos o institucionales, como de los ambientes más suburbanos o marginales.

Podemos encontrar la similitud con muchas personas que forman parte de grupos anticapitalistas o que ellas mismas se definen como tal, pero visten sin cuestionamiento pantalones o bambas adidas, nike o cualquier otra marca a la que se le tendría que vomitar encima. Y en la mayoría de veces no se trata de que aquella persona se haya encontrado unos pantalones, o un colega le haya regalado unos zapatos que no le van bien, sino que se compran enriqueciendo a los mismos poderes que después criticamos. Y se lucen hasta con orgullo. Pero incluso me pregunto, en los pocos casos en que realmente estos pantalones nos los hemos encontrado o han acabado en nuestras manos de formas casuales, si realmente tendríamos que ser un producto publicitario andante, trabajando gratis para estas asquerosas y asesinas empresas, mientras después decimos estar en contra de la explotación laboral, del imperialismo y de la destrucción del medio ambiente y de la tierra, entre muchas otras cosas. Pues lo mismo pasa –o aun peor- con el alcohol. Cuando vamos a manifestaciones con latas de xibeca compradas en el Mercadona, cuando hacemos comidas populares y ponemos sobre la mesa botellas de Coca Cola o cuando financiamos nuestros proyectos y espacios de resistencia con la venta de Estrella Damm (o otras grandes marcas corporativas) y vino cualquier supermercado que explota a sus trabajadrxs. Y es que en el caso del alcohol no es solo que nosotrxs consumamos estas marcas y por tanto hagamos publicidad cada vez que levantamos el codo, sino que encima las vendemos en nuestros espacios, las vendemos en las jornadas que nosotrxs mismxs organizamos, y las vendemos en los conciertos y espectáculos autogestionados y que intentan alejarse de las líneas convencionales y del consumo de masas.

Normalmente el debate es inexistente; ya ni tan siquiera se pone encima de la mesa el tema de porqué se está comprando Estrella Damm, Moritz, o qualquier otra. Y lo mismo podría aplicarse a los zumos, por ejemplo –si es que llegamos a ofrecerlos-. Ni tan siquiera se pregunta si hay alguna alternativa a comprarlos en cualquier supermercado, y de cualquier marca que llena botellitas con fruta de cámaras congeladas que viene de vete a saber dónde y añadiéndole toneladas de azúcar. O botellas de cristal conlúpulo cargado de pesticidas y agua contaminada del rio Llobregat, engordando aún más a la franquista familia Carceller. Las veces que se saca el tema las respuestas acostumbran a ser dos: decir que no hay alternativa, o decir que el cambio sería demasiado caro. En relación a la primera respuesta se puede estar de acuerdo en cierta parte. Encontrar bebidas de proximidad y fuera de las grandes multinacionales es más complicado. Pero no es imposible, ni tan siquiera diría que es muy difícil.

Especialmente por lo que hace a los productos alcohólicos cada vez es más fácil encontrarlos fuera de los engranajes habituales. Ya que dentro de los espacios “no oficiales”, dentro de los movimientos revolucionarios y de los grupos de lucha, la mayoría de personas hacen uso de las botellas –y no precisamente para lanzarlas contra la policía o los cristales de La Caixa-, también han nacido proyectos y opciones para adquirir alcohol. En relación a la segunda respuesta también decir que es cierta. Pero eso precisamente nos lleva, creo yo, a uno de los centros del debate, a uno de los pinchos más afilados que intentamos bordear para no pincharnos, pero que nunca nos atrevemos a quitar. Una botella de cerveza local, artesana, echa por una pequeña empresa o, aún mejor, por un grupo autogestionado, cooperativa o por algunos colegas en la casa que tienen en el pueblo, puede ser más cara. Pero es aquí donde debemos posicionarnos una vez más, como hacemos en muchos otros aspectos de nuestra vida, cuando tomamos decisiones que no dejan de ser política y declaraciones de principios. ¿Qué es lo que queremos? ¿Que la gente vaya a los espacios a emborracharse? ¿O lo que queremos es que sean y seamos conscientes de lo que hacemos, lo que tragamos, con qué y donde nos gastamos el dinero? Decir que si se vende esta clase de birra la gente no la va a comprar, es pensar y fomentar que las personas solo beban para emborracharse, para dejar en casa su consciencia o pisarla hasta enterrarla bajo el cemento. Por un lado estamos alimentando el circulo de que mejor vender y consumir mucho y barato, siendo una mierda, que vender y consumir menos pero de calidad, de la forma lo más coherente posible con lo que en la teoría pensamos. Es cierto que a menudo las personas prefieren tener en las manos todo el rato una lata llena, que comprar la mitad y degustar un producto con otra historia detrás, siendo conscientes de dónde va el dinero que sacan del bolsillo y volver a casa sin caerse por la calle. Pero precisamente esta cultura del alcohol como base para nuestras relaciones y fiestas, es con lo que deberíamos querer y poder ir rompiendo, aunque sea lentamente. Por otro lado, comentar que a veces el caro o barato son términos relativos y que van en función del valor personal que damos a cada cosa. Más de una vez he oído a alguien diciendo que “no se puede permitir” gastarse dos euros en una bebida local y casera, pero después veo que esta misma persona no parece tener problemas en dejarse 6o 8 euros tragando birras Estrella en la terraza de un bar pijo progre del centro un sábado por la tarde.

Personalmente, hasta que no empecé a plantearme toda una serie de cuestiones y a dejar de lado cervezas, porros y tabaco, no pude ver de manera fría como estaba de enganchada ya no solo a esas mierdas, sino a las relaciones basadas en esas mierdas. Hablando claro, me costaba estar dos horas sociabilizando con alguien sin tener entre las manos un vaso o un cigarro para ir llevándome a la boca. Y esto me condujo a ver lo poco libres que somos y la toxicidad en las formas con que nos relacionamos y llenamos nuestro tiempo. Creo que será difícil plantear un debate serio entorno al consumo de drogas, especialmente en nuestros espacios y en nuestros compañeros y compañeras de lucha, si ni tan siquiera nos queremos plantear qué estamos vendiendo, cómo lo estamos vendiendo y con qué finalidad. Abandonar las comodidades puede costar, pero sinceramente, si no somos capaces de renunciar a cosas como ir a llenar la nevera del local con latas del Spar, aún menos confió que podamos renunciar a privilegios más grandes que nos vienen dados, como los derivados del género o de nuestra piel blanca. O que seamos capaces de dejar de lado otras comodidades o maneras de hacer en pro de la lucha contra este sistema.

Diciembre 2016
Laia M.M.

La pureza onanista, o confundir los medios con los fines

A raíz de las expectativas creadas por la denominada “nueva política” y después de algunos debates espontáneos, el compañero Rubén Morvolution escribía en el grupo de Facebook Club de Oyentes de Radio Klara, unas reflexiones sobre la eterna discusión de la participación electoral con el título “La ceguera del corto plazo”. Aportaré mi visión sobre el tema trayendo a colación también ideas que, si bien no expresa directamente Rubén, forman parte del clásico argumentario anarquista en contra de tal participación.

Entre los argumentos en contra del voto, se expone en el citado texto que al querer participar de ellas [las instituciones del poder], (…), transmitimos activa y automáticamente la opresión a las personas que sustentan el sistema (mujeres, trabajadorxs, migrantes, jóvenes…). Ejercemos un control sobre los demás que cortocircuita cualquier proceso de empoderamiento social, de tomar conciencia y control de nuestras vidas, de formar un sujeto colectivo con una capacidad de acción sin restricciones“. Sin duda éste es, en el plano teórico, un análisis válido y, más aún, que comparto, pero olvida que la utilidad de un análisis proviene de su capacidad de generar, en lo concreto, en las situaciones reales en las que intervenimos, criterios de acción que nos lleven, o nos acerquen, a nuestro objetivo. Y utilizar ese análisis como argumento en contra de la participación electoral supone olvidar que en la sacrosanta Tra(ns)ición los poderes fácticos dejaron todo atado y bien atado: aunque el 50% la población se abstuviera en las próximas elecciones, igualmente se adjudicarían los escaños del congreso, quienes los ocupan votarían para formar un gobierno y… todo seguiría igual. Y la cosa no cambiaría con una abstención del 60%, del 70%, del 80%… porque los escaños se adjudican basándose en el voto válido, la abstención se desestima, no cuenta, no existe. Por tanto, a efectos reales, con el voto de quienes cuestionamos el sistema no se transmite más opresión ni se ejerce mayor control sobre nadie que con nuestra abstención. ¿o es que, hablando de cegueras, alguien piensa que vamos a convencer al 100% de la población, que sería prácticamente la única situación en que no podría llegarse a la conformación de un gobierno?

Es decir, que todo el valor de nuestra negativa a participar de la opresión y el control es simbólico, no tiene efecto real. Abstenerse sólo sirve para que podamos decir “yo no colaboro con el sistema” e inflarnos el ego sintiéndonos los más revolucionarios del universo. Puro onanismo.

Estoy de acuerdo también con Rubén en que los problemas no radican en las formas de gestión del capitalismo”, pero sólo si se da suficiente relevancia al verbo, radicar, ser la causa. En cambio, las formas de gestión del capitalismo sí que pueden modular, hasta cierto punto, la gravedad de esos problemas aliviando o agravando sus síntomas, la cada vez mayor dificultad de acceso a la alimentación, a la energía, a la vivienda, a la sanidad, a la educación… sin duda hay que combatir la causa del problema, pero mientras tanto ¿por qué no tratamos de paliar los síntomas en la medida de lo posible?

Vuelvo a coincidir en que para alcanzar una calidad de vida de modo duradero, sin que el poder constituido pueda derrocarlo como estamos viendo en Sudamérica es necesaria la generación de “un sujeto colectivo que luche por controlar, autogestionar, sus propias vidas”. Pero suponiendo como supongo que eso incluye a Venezuela (¿en algún debate de este país no aparece Venezuela? jajajajaja) decir que la opción de participar en unas elecciones “es caer en el más absoluto auto-engaño” es despreciar hechos tan significativos como, entre otros, reducir la pobreza extrema del 25% al 8,7%. Y lo dice UNICEF, a quien no creo que pueda acusarse de chavista. No seré yo quien le diga a ese 16,3% (que pueden ser entre 4 y 5 millones de personas, entre los que habrán much@s niñ@s que salvaron su vida por disponer de atención médica o de una mejor alimentación) que no, que no voten, que algún día, cuando destruyamos el estado, seremos libres. Sabemos que no hay más ciego que quien no quiere ver”, aunque igual de ciego es quien no pudo permitirse una operación de cataratas porque algun@s esperaban destruir algún día el Estado y tenían que ser coherentes.

Puedo aceptar la metáfora de considerar que gobierne quien gobierne seguiremos en la misma cárcel, es decir, seguiremos con nuestra libertad restringida, porque las estructuras del sistema seguirán siendo las mismas. Pero estúpida sería la persona presa a la que dan a elegir entre las diversas modalidades de confinamiento, desde FIES al tercer grado, y se niega a escoger ninguna porque considera que lo justo es la libertad. Aún así, sin embargo, habría que respetarlo porque en esta analogía ella sería responsable únicamente de su situación, pero cuando hablamos de elegir un gobierno para toda una comunidad la responsabilidad moral de nuestras acciones debe incluir las consecuencias que éstas tienen en el resto de personas que deberán someterse a ese gobierno. Mientras no transformemos radicalmente el sistema (y creo que coincidiremos en que estamos lejos de las condiciones para hacerlo) la opresión se dará votemos o no. Y renunciar a nuestra posibilidad de reducirla argumentando que toda participación en el sistema supone ser cómplice, mancharse las manos, no ser coherente con tus principios u otros argumentos de este tipo supone un mero ejercicio de onanismo moral. Puro egoísmo cuando más se necesita de solidaridad. Si el anarquismo es anteponer tu coherencia a la mejora de las condiciones de vida de l@s desfavorecid@s me borro ahora mismo, pero por suerte no recuerdo quien daba el carnet.

Y está muy bien eso de la coherencia, pero la verdad es que puede verse desde muchos ángulos: ¿es coherente manifestarse contra los desahucios y no perder 15 minutos para votar a algún partido comprometido con las 5 de la P.A.H.? ¿criticar la Ley Mordaza y no contribuir a que no siga gobernando quien la impuso? ¿denunciar la dictadura financiera y no apoyar a quien pretende enfrentarla, aun reconociendo que hay pocas posibilidades de vencerla en el corto plazo? ¿criticar el intercambio de favores entre los bancos que dan créditos a partidos políticos que después devuelven en forma de políticas públicas, y no premiar con un voto a un partido que sólo se financia con aportaciones particulares y transparentes?

Es más, ¿fueron incoherentes l@s ministr@s anarquistas en el 36, o supieron leer su contexto y vieron que entrando en el gobierno podían ampliar las libertades civiles y mejorar la situación de l@s oprimid@s? ¿Acaso, salvando las distancias, no estamos ante un momento también crítico en el que se está debatiendo un cambio de régimen que puede dejar atrás, por fin, las herencias franquistas para abrir una etapa que sin duda será imperfecta pero sin olor a naftalina? ¿De verdad consideramos irrelevante resistir o sucumbir a la embestida neoliberal que nos están queriendo colar por crisis? Respóndanse cada un@ a sí mism@.

Aun con todas las deficiencias que desde nuestra óptica libertaria apreciamos en lo que se ha denominado nueva política, es insostenible defender que ésta no supone un avance respecto a lo anterior. La conciencia de cada un@ deberá dictar si preferimos mantener la “pureza” onanista o contribuir a ese avance, por mucho que aún quede lejos de nuestro ideal. Preguntémonos para ello si los principios ideológicos deben servir al objetivo egoísta de darnos gusto o para reducir las injusticias sociales. Yo lo tengo claro.

Toni Yagüe

El lastre de la coherencia

«El único anarquista coherente es el anarquista muerto»

¿Cuántas veces nos hemos encontrado con apelaciones a la coherencia como justificación a casi todo? A falta de argumentos, qué mejor que apelar a la coherencia como último recurso para negar la realidad y así utilizarla como arma arrojadiza para descalificar y para quitar carnets de anarquista, porque resulta que para ciertas personas, la realidad es la que se tiene que adaptar a los sacrosantos principios y ser coherentes con ellos, cuando en la práctica sucede todo lo contrario y eso lo dijo un compañero, que cuando la realidad choca con los principios, son los principios los que se rompen. El exigir coherencia acaba llegando al absurdo de las cosas, lo que finalmente terminaríamos en la cita que abre este artículo. ¿Y por qué es un lastre? Veamos algunos ejemplos.

Todas conoceréis Rojava y el movimiento de liberación kurdo, y a muchas os fascinarán las guerrillas con sus fusiles y aplaudiréis las victorias sobre el Estado Islámico. Ahora bien, resulta que si queremos aplicarles el cuento de la coherencia, nos daríamos con que las armas entran de contrabando a través de Iraq, que llevan un programa ecologista pero utilizan gasoil, se desplazan en vehículos motorizados, y que tienen pozos petrolíferos o que se alían con toda fuerza armada que comparta objetivos tácticos como las FSA, que ideológicamente no tienen nada que ver con el confederalismo democrático. ¿Qué pasaría? Si les queremos aplicar ese cuento, tendrían que luchar con piedras y palos, y como mucho, con arcos y flechas. Madre mía, tendrían que ser semidioses para poder vencer al ISIS con ese armamento desfasado… Luego, el petróleo. Resulta que en Rojava no hay mucho bosque, ni tampoco tienen minas de sicilio para hacer paneles solares ni pueden importar aerogeneradores porque sufren un embargo por todos los lados. Además, les sale muy barato el gasoil, pero claro, igual para ser coherentes tendrían que llevar ametralladoras montadas en triciclos o carros tirados por caballos. Dentro de la guerrilla ni os cuento: hay rangos y disciplina, cosa que a muchas anarquistas les chirriarían. Eso sí, es muy diferente a la de los ejércitos convencionales puesto que existe un gran compañerismo y tienen momentos para hacer terapias de grupo. ¡Ay!, luego las alianzas, ¡menudo marrón! Lo suyo sería que combatieran solas y sin apoyos de nadie, veremos así cuánto aguantan (nota importante: no son vascos).

Sin ir tan lejos, dos cosas que me hacen gracia son que se alardee mucho de la acción directa en los conflictos laborales y el anarcosindicalismo que predica esa vía, cuando prácticamente todos los conflictos laborales tienen que pasar por la vía legal, empezando por poner una denuncia en Inspección de Trabajo, porque con solo piquetes es casi imposible ganar un conflicto, a no ser que el sindicato tenga tanta fuerza que imponga a la dirección de la empresa las demandas de su plantilla, pero no, se tiene que negociar y en las mesas presentar tablas reivindicativas, pedir que cumplan convenios, etc. Luego de allí salen las críticas a los y las abogadas y toda esa parafernalia pseudorrevolucionaria del legalismo. Porque vaya, si no fueran por esas abogadas, una buena parte de trabajadoras estarían en la calle, así como que en el tema antirrepresivo caerían muchas más activistas encarceladas o ahogadas a multas. Sí, muy legalista todo e incoherente, pero pasa que en la realidad nuestra legitimidad apenas tiene fuerza para imponerse a su legalidad, y hay que saber jugar con las cartas que te dan. Hablando de legalismo, me suena ridículo que las acciones ilegales sean vistas como más radicales, como robar en supermercados, atracar bancos, defraudar a Hacienda, plantar maría, trapichear con drogas, matar personas, maltratar animales y hacer todas esas cosas que subviertan la ley es ¿radical? y por tanto, ¿un anarquista tiene que hacer acciones ilegales para serlo de verdad? ¿Qué tiene de revolucionario eso si nada más sirve para que te cojan y te pudras en la cárcel sin alterar realmente un ápice del statu quo?

La asambleitis es otro vicio más que se lleva en el mundillo anarquista, pues hay veces que se confunden las asambleas con reuniones, tertulias y debates, y entonces hacen de un órgano para la toma de decisiones algo completamente inoperante donde las horas pasan a ser completamente improductivas para debatir nimiedades, terminando al final con todas cansadas de estar sentadas para hablar del sexo de los ángeles en vez de sacar adelante decisiones importantes. ¿Todo se tiene que pasar por la asamblea por que si no, no es anarquista? Pues no. Si hay cosas importantes, se tendrán que implementar. Cuestión de agilidad. Y por supuesto, si para algo se hace la asamblea es para tomar decisiones de manera horizontal, y no para perderse en debates estériles.

Otro ejemplo que puede tocar la moral es el antiespecismo, que si bien sus planteamientos éticos son acordes al anarquismo, hay veces que se llega hasta el absurdo, como el caso de los conflictos de ganaderos y pescadores locales en Galicia, pretendiendo que dejasen su «oficio» y se mueran en la miseria. Pero vaya, resultaría entonces que la carne, la leche y el pescado vendrían importados de otros países, o llegarían multinacionaes a construir macrocomplejos industriales ganaderos y pesqueros que agravarían mucho más la situación, poniendo a los ganaderos y pescadores locales a trabajar como esclavos en esas nuevas industrias. ¿Se acabaría la explotación animal? No, se desplazaría. Hace tiempo, en el encuentro internacional de anarquistas en Saint Imier en 2012, hubo un grupo de gente vegana que bloquearon las barbacoas y las comidas carnacas que montaron otras personas causando casi enfrentamientos. ¿Eso ayudaba a que el veganismo sea bien visto? ¿Activismo por los animales? Y no digamos la penosa movida que hubo por las redes cuando la FAGC puso una foto de una cabrita y un huertito y lo llamó «granjita»: que si están explotando a los animales ahí metidos, que si tienen que revisarse los privilegios por comer carne… Si desde el antiespecismo se hace este tipo de pantomimas es normal que la gente se burle y le tenga ascos al veganismo, porque se aleja de la realidad en vez de insertarse en movimientos afines como los movimientos ecologistas, territoriales, por la soberanía alimentaria de los pueblos y que se preocupen por los lobos, los buitres y los linces, que son fauna autóctona que está siendo amenazada en este país.

El tema de las drogas siempre está a la orden del día por estos lares, sobre todo salta esta cuestión cuando se hacen fiestas para conseguir algo de financiación. Obviamente no hablo de pasar coca y drogas duras, sino de alcohol como cervezas. Han habido experiencias de que en las fiestas sin alcohol, la gente se la traía de fuera o directamente no vendían, o al terminar las fiestas, la gente termina yendo a otros sitios de birreo, así que mucho efecto no tendrán. Hay una consigna que se repite mucho en cuanto a estos temas es que el consumo de cualquier tipo de droga desactiva la lucha. En parte es cierto y en parte no. Es cierto a nivel estructural, y el más conocido fue la guerra del opio, el cual acabó con la resistencia china ante el imperialismo británico. Para casos más recientes, podemos hablar de la introducción de drogas como la heroína, la coca o similares en barrios obreros conflictivos, que por un lado, destruye el tejido social y por otro, sirve de justificación para aumentar el control social en el barrio. Pero no es realmente cierto a nivel individual, salvo excepciones. Muchas activistas militantes fuman y/o beben, pero no por ello son menos luchadoras que quienes no lo hacen, es más, hay quienes son abstemias y no pegan un palo al agua, y hay quienes están en casi todas las movidas y tienen cierta formación política y militante pero beben y/o fuman. Desde luego, sería mucho más productivo fomentar las excursiones a la naturaleza, el deporte y otras formas de vida sana como alternativas al consumo de drogas, que increpar al entorno cercano por beberse una cerveza.

Hablando de la FAGC, si nos pasáramos por la Comunidad La Esperanza, un edificio okupado en el cual viven unas 200 personas, las abanderadas de la coherencia se tiraría de los pelos y se darían cabezazos contra la pared viendo que son lo que habitualmente consideramos «desclasadas», que en su mayoría son personas que no saben quién es Malatesta, Kropotkin o cualquier otro anarquista destacado, ni qué es el anarquismo, el veganismo y el transfeminismo, ni escucharán rap social ni punk ni música alternativa. Posiblemente reproducirán actitudes machistas y racistas, pero eso sí, a pesar de esas múltiples imperfecciones que contradicen al modelo de anarquista perfecto, saben qué significa la solidaridad, la autogestión, la autoorganización, el apoyo mutuo e incluso me atrevería a añadir la pedagogía para trabajarse esas actitudes tóxicas, cosa que lo han vivido en primera persona, pero que quienes tienen el privilegio de ser mantenidas por sus padres no saben lo que es criticar desde una posición en que se tiene tres platos de comida al día y techo hacia personas que acaban de salir de la miseria gracias al trabajo que hace la FAGC. Críticas que son vertidas desde una «libertad» pequeñoburguesa y privilegiada que no tiene nada de socialismo como dijo Bakunin.

La conclusión para quienes quieran aplicar a rajatabla la coherencia anarquista es que no tratéis de hacer cosas útiles como la inserción social, la formación de cuadros para generar discurso y el trabajo de base tratando de dar respuestas en lo inmediato y arrancar pequeñas victorias en los movimientos populares porque sino, seréis incoherentes que se sancionarán con retirada definitiva del carnet de anarquista. Lo suyo sería hacer asambleas interminables, ser 100% abstemia, vegana, no trabajar y qué se yo, el modelo perfecto de anarquista y no un desclasado contento de ser un esclavo asalariado. Mejor predicar en el desierto tratando de que el contexto se adapte a tu discurso en vez de generar discurso a partir de la coyuntura que tenemos delante.

No obstante, la conclusión real que saco de este tema es que la coherencia realmente es un verdadero lastre en un mundo lleno de contradicciones, y sobre todo es una losa que pesa a la hora de la praxis. Estos problemas hacen del anarquismo una ridiculez utópica sin propuestas reales para la transformación social basada en una suerte de práctica religiosa y espiritual por la pureza y la perfección, cuya causa principal es porque se toma el anarquismo como un estilo de vida —ese anarquismo que hace que cada cual quiera vivir del anarquismo y llega hasta el extremo del cada anarquista es un mundo, que no es más que la asimilación de los valores individualistas del neoliberalismo— en vez de una tendencia política transformadora, que es como nació y por lo que pretendemos recuperar esta línea: el de la de transformación social que persiga el socialismo libertario como fin y utilce los medios más acertados en cada coyuntura para lograrlo, como es el de tener un proyecto de mayorías que va unido a una estrategia de poder popular basada en la inserción social.

Principios y estrategia

Cuando el jefecillo de Recursos Humanos dijo a la nueva trabajadora que tiene que domiciliar su nómina para recibir el pago de su salario, ella se negó a hacerlo. El jefecillo, sorprendido, le preguntó por qué, que él no puede pagar en negro y además facilitaba la transacción. Ella le contestó que no, que rechaza tener cuenta bancaria por principios. Al poco rato, le pegaron la patada. Y en lo que había podido ser su primer trabajo, ahora le tocó volver con la familia. Su sufrida madre tendrá que mantenerla humillándose por encontrar un trabajo ya que con la prestación por desempleo a duras penas pasaba el mes. El padre no trabaja, tuvo un accidente gordo y está en silla de ruedas. La pobre madre que ya tiene que cargar con el marido, ahora tiene que cargar también con la hija, que por principios no quiso entrar a la Universidad, solo terminó el bachillerato y no encuentra trabajo ni aunque se lo ofrezcan. Ella, que tiene tres platos de comida al día y tiene todo el tiempo libre del mundo, da lecciones a su madre por estar afiliada a un sindicato que no es anarquista y dar guerra desde ese sindicato, le habla de libertad, de revolución y cosas de esas mientras la madre prepara las comidas, limpia la casa, cuida del padre, tiene que ir a trabajar, paga la hipoteca religiosamente y todos los gastos de la casa. Ah, y critica luego a su madre su autoritarismo y mal caracter sin saber el estrés que lleva ella sometida y que la lleva a llorar en silencio por las noches para desahogarse.

Con esa ficticia historia, introduzco este artículo para reflejar unas contradicciones típicas entre la dichosa coherencia y la triste realidad, contradicciones que se dan también cuando se habla de principios y estrategias. Vaya, otra vez este chalao que nos viene a dar la chapa con la maldita estrategia. Dicen. Y cuando dije que la estrategia tenía que estar por encima de los principios ya saltaron a mi cuello, obvio, porque fue una provocación algo sobrada. Pues resulta que fue un toque de atención para ciertas personas que practican la contemplación y juegan a ser Dios en su mundo teórico, y no ven que la realidad no es la que ellas interpretan. Me explico de otro modo viendo algunos casos prácticos;

Una de las afirmaciones que hice en las redes sociales fue El consenso y la unanimidad puede ser menos horizontal que el voto. Y me quedé más ancho que largo. Al poco rato llegó un ruido de fondo que sonó ¿EEEEEHH? Con muchas caras de sorpresa y asco mirándome. Antes de decir algo más, he de aclarar antes que las asambleas son órganos para tomar decisiones colectivamente y sacar adelante propuestas y acciones. Como tal, la asamblea debe ser tomada como una herramienta y no como un fin en sí, ni una especie de folclore o ritual tradicional que practican anarquistas. Esto se entiende si hablamos de tratar de llegar a una postura unánime o a un consenso entre más de cien personas. La dinámica es distinta cuando en una asamblea participan una gran cantidad de personas, pues es seguro que habrán distintas opiniones. ¿Qué ocurre entonces? Que como siempre, entrarán juegos de poder. Hay quienes hablan mejor en público y saben explicarse mejor. Hay otras que se cortan por vergüenza y se bloquean. Entonces la ventaja se la llevan aquellas personas con mejores dotes carismáticos. ¿Resultado? Eso es: liderazgos informales. A través de esto, las personas que más alto hablen, terminarán creando en la asamblea un consenso forzado, es decir, un consenso alcanzado por la incapacidad de oponerse a los argumentos de una parte discrepante, insistencia de aquellas que más hablan o el cansancio/desgaste. O las tres cosas a la vez. Lo mismo puede ocurrir con la unanimidad. Entonces, ¿dónde está la horizontalidad? ¿Serían operativas este tipo de asambleas? Rotundamente no. Ahora bien, imaginemos una asamblea de veinte personas. ¿Tendría sentido votar propuestas? Ninguno, sería completamente inoperante, absurdo y hasta antidemocrático, a no ser que haya un gran disenso y se necesiten sacar adelante decisiones importantes.

No me junto con Fulanito y Menganito porque son, o colaboran con, comunistas/refors/lo-que-sea-que-no-sean-anarquistas. Esto se suele oírse mucho en nuestros ambientes con la excusa de no querer colaborar con traidores, reformistas, ciudadanistas o cualquier otra etiqueta que se ponen a colectivos, grupos e individualidades que no sean anarquistas. En prácticamente todos los casos, esta posición termina con que las anarquistas se queden al margen de todo y acaben por hacer anarquismo para anarquistas, a veces siquiera eso, sino mantener una simple pose poniendo excusas a todo para no hacer nada. Aquí cabe mencionar el caso de Can Vies, donde un sector del movimiento anarquista de Barcelona se desvinculó totalmente del conflicto del CSO contra el ayuntamiento porque Can Vies había recibido apoyos de la CUP y algunas independentistas. El resultado de esto fue que ese sector que se dedicó a criticar la colaboración entre vecinas de Sants, anarquistas, la CUP y otros colectivos sociales, acabaron quedando en evidencia tras la victoria de Can Vies con la paralización del derribo.

En algunas ocasiones he leído críticas con sesgo ideológico a las milicias kurdas y al movimiento de liberación kurdo en general, tales como que las YPG/YPJ compran armas de contrabando. ¿Cómo pueden pensar en la paz si tienen armas y van a la guerra? EEUU y su coalición les ayudan, no son anarquistas, etc.. críticas que darían para artículos enteros para desmentirlas, pero aquí solo trataré de quitar ese sesgo ideológico. Situémonos primero en un contexto de guerra, lo que quiere decir que si tienes un proyecto político que implementar y careces de fuerzas armadas, acabarías sucumbiendo a las armas enemigas, tanto de grupos terroristas como de gobiernos reaccionarios. En este sentido, la única vía que les quedó a las YPG/YPJ es conseguir armas de donde sea para poder tener unas milicias que defiendan un proyecto político como es la revolución de Rojava. El confederalismo democrático es precisamente un proyecto para la paz en Oriente Próximo, pero no puede ser que en medio de la guerra reclames la paz con banderas blancas, porque te pasarán por encima a ráfaga de metralleta. Para mantener la paz en Rojava, es preciso mantener a raya los grupos terroristas y otras fuerzas armadas hostiles. EEUU les ayuda con apoyo aéreo de manera vaga, y porque le sale más barato que ayudar al ejército iraquí, además de servirles para lavar su imagen.

Las anarquistas no votan. Este posiblemente sea el punto más polémico. La abstención que es entendida como una postura, se convirtió en un dogma incuestionable, y cualquiera que se declare anarquista y se atreviese a votar, acaba automáticamente excomulgado de ser anarquista. Así, el voto se ve como si fuera el Pecado Capital con el pretexto de que votar legitima el sistema. Entonces, ¿no sería acaso legitimar el sistema denunciar una irregularidad o abuso en el trabajo ante Inspección de Trabajo, denunciar una agresión en comisaría, pedir un indulto, recurrir sentencias judiciales, etc? Podríamos acabar en el absurdo si nos quedamos en discusiones eternas, otra vez por principios y repitiendo una y otra vez los mismos argumentos. La cuestión para salir del círculo retórico pasa precisamente por poner sobre la mesa la visión estratégica, cosa que ya se habló aquí.

Cuando los principios se elevan a dogmas y fe, nos creamos losas y lastres impidiéndonos ser operativas y ágiles en la elaboración de estrategias. En los ejemplos anteriores, la asamblea debe ser una herramienta operativa y eficiente, no una suerte de ritual que se tiene que practicar para demostrar horizontalidad o que así funcionamos. Para ello hay que usar los medios adecuados en los momentos adecuados: usar el consenso cuando hay que usarlo, no usarlo porque sea más anarquista que el voto así como un acto de fe. Lo mismo ocurre cuando tenemos que compartir espacios de lucha con otras tendencias políticas y sociales, que cuando ponemos por delante los principios terminamos marginadas y fuera de los espacios de lucha. En el caso del movimiento de liberación kurdo, el sesgo ideológico impide que se realicen críticas fundamentadas y acaban por exigir que sigan unos principios universales ajenos a su movimiento, que luchen con piedras o sean directamente arrasados por el Daesh/ISIS, que no se alíen con ninguna otra guerrilla o grupo armado… terminando por dejar de apoyar una revolución social en medio de la guerra y las contradicciones por las que tienen que pasar y superar. Quizás a ciertos guardianes de las esencias les interese que, o satisfagan sus caprichos de coherencia y perfección, o se hundan cualquier revolución o cualquier iniciativa, proyecto o movimiento que no sea perfectamente anarquista como piensan.

La estrategia no se rige por principios, sino por eficiencia. No parte del vacío, sino del análisis de coyuntura con el fin de escoger los métodos adecuados a los momentos adecuados. A través de ella se pretende aprovechar el potencial y las fuerzas que tenemos, para así superar la improvisación y el ir siempre por inercia y forzadas por la coyuntura siguiendo el esquema de acción-reacción, para pasar a marcar agendas, hojas de ruta e implementar programas para poder avanzar. La estrategia también implica ambición y astucia, avanza en medio de las contradicciones para conseguir unos objetivos que permitan alcanzar otros más ambiciosos, siempre enfocado a ganar, a acumular fuerzas, disputar espacios y construir un anarquismo verdaderamente revolucionario: con capacidad de movilización, inserto en las luchas sociales, con proyectos políticos y vocación de mayorías. Mediante la estrategia se toman diferentes medios, los que más se adecúen a la coyuntura, se juega a la política de alianzas para conseguir objetivos inmediatos compartidos con otras tendencias políticas y sociales e intervenir en la realidad social dotando a los movimientos sociales, primero, de las herramientas para mantener su autonomía y, segundo, de una orientación política revolucionaria. Los principios solo son unas bases para que la estrategia política no se pierda en una suerte de pragmatismo extremo, sino para la articulación de movimiento y el avance de las luchas sociales, no para obstaculizarlas ni frenar propuestas estratégicas.

Una guerra no se gana con principios, se gana con estrategia.

No tengo principios

Cuando terminé 2º de bachillerato y me preparé para presentarme al examen de selectividad (las PAU), cuatro chavales y dos chavalas estaban en la entrada del centro escolar donde tenía lugar dichos exámenes. Eran bastante jóvenes y no llevaban muchas pintas. Uno de ellos hablaba por un megáfono criticando las PAU y la Universidad, así como la educación en general. Uno de ellos llevaba una bandera anarquista y una chica me dio una octavilla que acepté gustosamente. En esa época tenía una mente muy volátil. Tan pronto como me interesaba el leninismo como la socialdemocracia o el anarquismo. Pero no me preocupaba de tener una tendencia política marcada y siempre me definía como de izquierdas. No obstante, esa octavilla me convenció. Era un breve texto que llamaba a no entrar en la Universidad, porque allí es una fábrica de mano de obra cualificada que servirían para satisfacer las demandas empresariales. Pero hice las PAU igualmente y al final decidí irme a FP.

En dos años cabé mis estudios y la empresa donde hacía las prácticas me hizo el indefinido. Desde entonces, pude emanciparme y ser independiente con un trabajo que medianamente me gustaba y sueldo aceptable. Nada más domiciliar mi nómina, el banco me ofreció una ganga de hipoteca que no dudé en firmar ya que pensé que con este sueldo y trabajo estable, lo podría pagar sin problemas. Eran los felices años 2002, en el que podías creerte clase media sin serlo y hacerte amiga del jefe porque él también trabajaba, te pagaba tu salario religiosamente, no te exigía horas extras, hacía cenas de empresa bastante a menudo y nos integraban, te dejaban cogerte más días de vacaciones… No sabía entonces los peligros que suponían hacerte más amiga del jefe que de tus compañeras, pero fue así. Éramos tan colegas que la explotación asalariada se disimulaba demasiado bien.

Pero llegó la crisis y la cosa cambió. Nos tocaron la jornada, los salarios y los horarios. Despidieron a algunas compañeras pero no hacíamos nada porque nos impedía razonar adecuadamente por el buen trato de la dirección que han tenido con nosotras durante mucho tiempo. A esto hay que añadirle su chantaje emocional: «tengo familia», «todos tenemos que apretarnos el cinturón», «me duele mucho más que a ti», «estamos en el mismo barco», «si cierro te vas a la calle»… Cosas así nos repetía el jefe. Las cenas de empresa dejaron prácticamente de hacerse, quedábamos en plantilla algo más de la mitad y haciendo horas extras sin cotizar. Pero callábamos. Ninguna quería irse al paro. Hasta que un día perdí la cabeza e insulté y amenacé al jefe. No aguantaba más y me dieron la patada. Unos días más tarde, una compañera de trabajo me comentó que debía haberme sindicado puesto que, según ella, el sindicato es la organización de los y las trabajadoras para defensa de sus intereses como clase.

—Da igual, ya es tarde y estoy en el paro —le respondí—. Posiblemente no encuentre trabajo.
—No te rindas todavía. Ve echando currículums y tirando de contactos, que algo saldrá. Por cierto, no perdamos el contacto tampoco, querida.

Seguí su consejo y en unos meses, me llamaron desde una ETT. Me vi forzada a aceptar cualquier cosa ya que hace un mes que tenía agotada la prestación por desempleo. A partir de entonces, decidí afiliarme a un sindicato que se decía anarquista para ver si podía luchar contra esta precariedad. No obstante, el sindicato no cumplía las expectativas que puse en él, pues los y las compañeras del ‘sindi’ dedicaban más tiempo a hacer otras actividades propias de colectivos sociales que sindicalismo. A mí me interesaba hacer cosas en el curro y en las asambleas siempre proponía el cómo afrontar el problema de la subcontratación con pocos resultados. Pero casi siempre allá donde aterrizaba me era imposible hacer algún tipo de actividad sindical, porque cualquier pequeño indicio de sindicalismo era motivo de calle. Así de gratis y por las buenas: calle. Aunque lo peor de todo, era lo poco que ayudaban las compañeras del sindicato. La volatilidad era terrible y me sentí sola. Al rato, la ETT quiso prescindir de mí. Por esta vez, gracias al sindicato conseguí una indemnización por despido. Y vuelta a empezar, esta vez tirando de cursillos del INEM y como no tenía suficientes días cotizados, solo pude coger el subsidio de desempleo: 426 míseros euros.

De aquí a unas semanas, el banco comenzó a acosarme con el desahucio. Estaba soltera, no quería tener pareja por miedo a perder la independencia que tengo gracias a la soltería. No obstante, una casualidad de la vida me jugó una buena pasada. Cuando volvía de hacer una compra una mañana, me encontré a unos 100m un grupo de gente gritando «no toleramos ni un desahucio más», rodeada por decenas de policías buscando alguna manera de dispersar a las personas allí concentradas sin que se note demasiado porque pasaban entonces mucha gente. Era una avenida bastante concurrida. Cuando me acerqué a ellas, un policiía me paró para identificarme sin motivo alguno. Querían intimidar a todas aquellas que quieran sumarse a la convocatoria de Stop Desahucios, aunque no lo consiguieron porque cada vez más personas se paraban a observar y las vecinas se asomaron a la ventana gritándoles a los policías que se vayan. Cuando llegó la comisión judicial, les notificaron que aplazarían el desahucio y podrían sentarse a negociar con el banco. Todo acabó bien y entonces hablé con personas allí concentradas para explicarles mis problemas y qué podía hacer.

A partir de entonces, me hice activista anti-desahucios y participaba a menudo en la asamblea de vivienda. Dejé finalmente el sindicato y mientras estaba en el paro, las compañeras de esta asamblea me ayudaban en lo que podían, incluso a negociar un alquiler social con el banco. Estuve con ellas unos meses parando desahucios, solidarizándome con las reperesaliadas y participando en manifestaciones convocadas por otros colectivos y organizaciones.

Unos días más tarde, pude encontrar trabajo gracias a un compañero de la asamblea. Durante el período de prueba, he estado bastante explotada pero observando la actividad sindical en la empresa, y hablando con sindicalistas de distintas centrales a la salida del trabajo contándoles mi situación. Necesitaba un sindicato que funcione como tal y que defienda los intereses de la clase a la que pertenezco, que sea participativo y acoja nuevas propuestas, que sea operativo en la empresa y pelee. Da igual si es anarquista o no, si participa en el comité de empresa o no. La cuestión es que sea funcional, que sirva como herramienta de lucha porque este es el papel de un sindicato, y el sindicato ni es un grupo de amigos ni son redes clientelares ni organizaciones políticas.

Cuando superé el período de prueba, me hicieron un contrato de año y medio, con salario más o menos decente y cotizando por fin. No dudé en sindicarme unos días después de haber escogido el que más se adecuaba a mí y donde me sentí más cómoda. A partir de entonces, comencé mi actividad sindical en la empresa y poco a poco estaba consiguiendo simpatizantes que venían a mi centro por una ETT. Mi idea era la de integrar al mismo centro de trabajo a las trabajadoras subcontratadas con las de plantilla. Durante este tiempo, tampoco dejé la asamblea de vivienda que se integró en la asamblea de barrio. Entonces llegó una convocatoria de huelga a nivel regional y estuvimos trabajando en prepararla para que se lleve con éxito.

Para el día D paralizamos casi toda la empresa y nos hemos llevado también a todas las subcontratadas. Nuestra central sindical consiguió ser la más representativa de la empresa, y la más combativa, a pesar de participar en el comité de empresa, cosa que no me terminó de convencer del todo pero lo asumí por cuestiones tácticas. En una manifestación, se me acercó un chaval de otro bloque de una manifestación paralela a increparme.

—¿Tu ahora qué haces allí? ¿No eras anarquista o es que no sabes que tu sindicato está en los comités de empresa?
—Sí. ¿Y qué importa eso cuando los miembros del comité no deciden sobre la asamblea? Quise un sindicato que pelee en la empresa y por eso…
—¡Venga ya! Eres una vendida, ¡no tienes principios!

Aquello último me marcó mucho. No sabía qué responderle y volví con mi gente. Sin embargo, estaba segura de que si existiera un sindicato igual de combativo y sin participar en las elecciones sindicales, me iría allí.

Cuando volví a casa, al ordenar un poco mi habitación encontré ese panfleto que repartieron el día de las PAU. Lo volví a leer y me tumbé en la cama a reflexionar. «No tienes principios»— me resonaba aquella voz. Sí. No tengo principios. Nunca los tuve. ¿Para qué? ¿Para reafirmarse en el grupo de amigos? ¿Postureo? Las circunstancias de mi vida me han llevado hasta aquí: a haber sido engañada por las falsas ilusiones burguesas, luego a plantar cara a los problemas sociales cotidianos, a ayudar a las más desfacorecidas, a aquellas que les amenazan con quitarles la casa, a las que tienen problemas en el trabajo, a quienes dan la cara y sufren los porrazos, las multas y las penas de prisión, a quienes les niegan la atención sanitaria y ésta se vea cada vez más deterioradas… En mi efímera adolescencia soñaba con el fuego de la revuelta y las miradas de complicidad en cada disturbio, con okupar casas y vivir del pillaje, no trabajar nunca y simplemente vivir la vida salvaje, errante, viajando por el mundo de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo. O si no es eso, dejar el trabajo asalariado e irme a una cooperativa integral a hacer mi vida, a encerrarme en la burbuja de una sociedad paralela y pasar de las luchas reformistas, esas que paran desahucios, negocian alquileres sociales, piden aumentos de salario, cumplimientos del convenio, no privaticen los servicios públicos… y dedicarme a la realización personal y espiritual. Todo para tener principios y ser coherente.

Pero la realidad fue un duro revés para mí. Esos sueños adolescentes se desvanecen cuando contacté con la realidad, cuando me di cuenta que aquello en lo que creía en la adolescencia no era más que literatura o de unas cuantas aventureras que quieren su libertad en el ya, o de personas sensatas que experimentan modelos de vida alternativos. A pesar de todo, la realidad en la que me ha tocado vivir tiene otras dinámicas y jamás coincidirá con mis expectativas y mis caprichos. Me ha tocado esta situación, no puedo cambiar el pasado y corregir los errores que cometí. Ahora se trata de salir adelante.

Envuelta en un mar de dudas, me pregunto, ¿dónde está esta gente con principios? ¿Dónde están que no las veo en las asambleas de barrio? ¿Dónde están cuando damos la cara parando desahucios u ocupando sucursales bancarias? Incluso, ¿dónde están cuando liberamos un edificio entero para realojar a las familias desahuciadas? ¿Dónde están cuando pedimos solidaridad con unas compañeras represaliadas, sin importar sus ideologías políticas, pero luego nos increpan por desconocer los casos de encarcelamiento de sus compañeras anarquistas? ¿Dónde están cuando se necesita apoyos en las huelgas indefinidas? ¿Dónde están, en general, cuando apostamos por la construcción de movimientos populares, por contribuir al crecimiento del sindicalismo combativo en los centros de trabajo, por el crecimiento del movimiento estudiantil y en general, por extender las luchas? De hecho, la gente de los movimientos sociales en general (incluidas algunas anarquistas) que no resaltaba sus principios era la que estaba en primera línea dando batalla, aunque hay excepciones… Otras simplemente aparecen encapuchadas en las manifestaciones para tirar piedras y luego desaparecer, para que luego, las que no van preparadas para la guerrilla urbana se coman la brutalidad policial y las represalias. ¿Quiénes son esa gente con principios? ¿La vanguardia del proletariado? ¿La revolución de unas minorías?

Definitivamente, no tengo principios. Al menos no aquellos que se tienen como excusa para no dar un palo al agua. El problema es que, parece ser, que esa gente con principios se desentiende de todo. Pasa de todo lo que no entren en sus principios. Su pedantería les hacen ser las mismas personas que ellas mismas critican. Porque los principios deberían servir como base para construir alternativas políticas reales, para la intervención social y el fortalecimiento de los movimientos populares, para elaborar estrategias políticas, hojas de ruta, programas y proyectos de mayorías. En definitiva, para construir y no para el postureo, el folclore y los sectarismos. Y lo que le falta a esa gente con principios es que bajen de su pedestal o de sus altares y sean humildes, que se preocupen por los problemas sociales y participen en buscar soluciones, que se manchen como lo hacemos todas las que luchamos, que dejen de excusarse todo el rato y transmitir actitudes derroteras y, en su lugar, transmitan motivaciones y ambición aportando sus granitos de arena.

Veinte problemas en nuestro discurso

Quien más quien menos está acostumbrado a leer publicaciones cuya carga ideológica es distinta, o directamente contraria, a la de un@. Sea un periódico, un panfleto o una entrada en un blog, en general tenemos cierta capacidad de buscar sus puntos débiles y relativizar o invalidar lo que dice el otro… pero ¿estamos dispuest@s a evitar esos mismos problemas en nuestro discurso (y, por tanto, en nuestro discurrir) cuando seamos nosotr@s l@s que nos expresemos?

Nos hemos puesto a pensar en esto y, con la ayuda de otras gentes*, hemos dado con veinte problemas, más generales o más concretos, que nos convierten a veces en l@s populistas, manipuladores y demás que no queremos ser. Estoy hablando de cuatro problemas en cuanto a cómo se aborda la discrepancia y otros dieciséis más concretos, considerados falacias -argumentos inválidos-, en la tradición filosófica heredada de l@s clásic@s grecorroman@s o en consonancia con esa tradición. Concretamente, como aspectos generales:

  1. Mala fe, ya sea por entender el debate como un enfrentamiento personal, por ser más exigente con l@s demás que con un@ mism@ o con quienes están más cerca, etc.
  2. Argumentación emocional, ya sea en cuanto a los hechos presentados, a la manera de presentarlos, al criterio con que se eligen unos u otros… El miedo y la esperanza pueden ser buenos mecanismos para manipularnos (nota: no pretendemos negar la parte emocional del ser humano ni que pueda afectar a la racional, lo que negamos es la supuesta legimitidad del uso del poder de las emociones para escamotear o retorcer lo racional).
  3. Mentalidad del «mal» como sustancia contaminante. Como detallaremos más adelante, esto se puede concretar de varias maneras: impugnar una idea por la persona que la propugna, hacerlo con una persona en función de algún aspecto de su vida privada, etc.
  4. De la mano de esto, la «externalización selectiva», esto es, que, una vez que un@ ya ha decidido quién/es son l@s buen@s y quiénes l@s mal@s (por intuición, por un análisis global o por lo que sea) el criterio se vuelve distinto. A partir de ahí, l@s un@s sólo hacen algo malo por las circunstancias y algo bueno por naturaleza y l@s mal@s, al revés; a un@s les aceptamos que separen medios y fines, o palabras y acciones, y a l@s otr@s, no; etc.

Como falacias más concretas:

  1. Ad hominem: para intentar invalidar lo que defiende alguien, le invalido a él o ella como persona.
  2. Ad populum: la idea de que algo es lógico porque lo hace todo el mundo. También se puede usar -y se usa- dada la vuelta, lo que podríamos llamar «falacia snob»: si parece minoritario o marginal, es acertado o merece algún tipo de aplauso.
  3. Apelar a la ignorancia (para ignorar objeciones): «no hay pruebas de lo contrario, luego es así». ¿Quién no ha visto defender posiciones de fe (religiosa, supersticiosa, new age) sembrando la duda sobre el método científico, para luego no hacerlo sobre la fe?
  4. Argumentación dirigida a las consecuencias: intento rechazar o afirmar un razonamiento aludiendo a consecuencias deseables o indeseables, pero que no lo hacen más ni menos lógico.
  5. Autoridad irrelevante: me apoyo en lo dicho o hecho por alguien sin tener en cuenta que el que sea una autoridad en algún aspecto no quiere decir que lo sea en lo demás.
  6. Ad antiquitatem: casi una variante de lo anterior: digo que algo es defendible porque es antiguo, porque siempre se ha hecho así, … Sostener, al contrario, que algo es cierto o merece apoyo sólo por ser nuevo no es menos ilógico (falacia ad novitatem).
  7. Causa cuestionable: pretendo que existe una relación causa-efecto entre dos hechos sólo porque han ocurrido consecutivamente o a la vez.
  8. Deducción abusiva: generalizo en cuanto a una persona-figura y a su discurso (si está de acuerdo con algo, se está de acuerdo con todo, etc.).
  9. Efecto dominó: (también llamada de la pendiente resbaladiza) doy por seguro, no como un mero riesgo, que la consecuencia de un acto tendrá, a su vez, otra(s) consecuencia(s) que en realidad no son seguras («quien rompe una ventana acabará matando a alguien si no se le castiga», «quien fuma porros acabará enganchado a la heroína», etc.) para acabar llegando de lo aceptable a lo inaceptable, o al contrario.
  10. El hombre de paja: caricaturizo lo que dice el otr@ e impugno la caricatura y no lo que realmente ha postulado.
  11. Equívoco: mezclo ideas utilizando las ambigüedades del lenguaje.
  12. Falacia genética: afirmo o niego el valor de un argumento en función de su origen (época, país del que procedería… puede ir fácilmente unida a la falacia ad hominem).
  13. Falso dilema o falsa dicotomía: intento reducir el debate a dos posiciones -en ninguna de las cuales se sitúan mis oponentes- más allá de las cuales, supuestamente, no hay alternativa.
  14. Razonamiento circular: dos proposiciones que son usadas cada una como base de la otra, pese a que no tienen ningún fundamento más allá del círculo que forman.
  15. Reductio ad hitlerum: busco alguna conexión entre el discurso del adversario, o su persona, incluso si es indirecto o superficial, para relacionarlo con Hitler, el nazismo -por este lado, sería un tipo reciente de falacia- o cualquier otra cosa (¿ETA?) que un@ considere el colmo del Mal (en el Occidente de los últimos setenta años, son el nazismo y la persona de Hitler).
  16. Secundum quid: generalizo, asignando lo que hacen algunas personas de un colectivo humano a todo ese colectivo (género, sector político, profesión, comunidad religiosa, étnica, …).

* Esta entrada quizá no habría existido de no ser por el artículo [en francés] Empirer l’incompréhension. Alain Soral et les règles élémentaires du débat intellectuel, publicado por Frédéric Dufoing en Jibrile y no habría sido tan sencilla de escribir de no ser por (además de Dufoing) Ali Almossawi, que ha escrito y dibujado este estupendo Un libro ilustrado de malos argumentos y por María Corchero, que lo ha traducido al castellano.

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