28 mujeres luchadoras sociales han sido asesinadas en el marco del pos-acuerdo

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Idalia Castillo Narváez era una líder campesina del municipio de Rosas, Cauca. El 9 de agosto del 2017 fue sacada de su hogar, violada, torturada y posteriormente asesinada, apuntando todo a que las razones de su homicidio fue su papel como vocera ante la Junta de Acción Comunal y activista de la mesa departamentos de víctimas del conflicto armado1. Ella hace parte de las 28 mujeres luchadoras sociales asesinadas desde el 1 de enero del 2016, en el marco del fin del conflicto armado que sostenían el gobierno nacional y la antigua guerrillera de las FARC, hoy convertida en partido político legal2.

A pesar de los compromisos adquiridos por el gobierno colombiano en tema de desmonte del paramilitarismo y garantías para la movilización social, dentro de estas mismas fechas, el total de defensores de derechos humanos y activistas sociales asesinados ascendió a 205, correspondiendo el caso de quienes se identificaban como mujeres al 13,7%. Es decir, aproximadamente una de cada 7 activistas sociales asesinadas es mujer, siendo mayor porcentualmente incluso que los feminicidios en Colombia, que rondan en el orden del 10%. Esta situación es aún más preocupante si se le suma que por lo menos cuatro de estas víctimas fueron violentadas sexualmente y/o torturadas antes de ser asesinadas, lo que representa que la avanzada paramilitar que se registra en el país contra los movimientos sociales, y que tiene el apoyo por acción y omisión del Estado ha venido posicionándose sobre el cuerpo de la mujer de nuevo, tal cual en los periodos más oscuros de décadas anteriores. Además, en el año anterior 145 mujeres más sufrieron agresiones o amenazas a razón de su activismo social3, en el mismo año que ha sido de los más violentos para los procesos populares en los últimos.

Los principales grupos sociales donde son asesinadas las mujeres por su actividad social o política son las comunidades indígenas (7 casos) y campesinas (6), aunque preocupa también el asesinato de 3 profesoras, 2 mujeres trans y una ex-combatiente de las FARC. Además, tres de estos casos tienen como victimarios a agentes del Estado, por un lado militares y de otro lado el Escuadrón Móvil Antidisturbios, quien asesinó con un arma no convencional a una periodista indígena en el Cauca. La mayor parte de estas luchadoras fueron asesinadas en la modalidad de sicariato con ataque a bala, mientras se desplazaban a pie o en motocicleta, y en muchos casos sus compañeros sentimentales sufrieron heridas o también fueron asesinados, presuntamente por grupos paramilitares y ejércitos antirestitución locales. Los departamentos donde mayor violencia política con final fatal contra la mujer hubo son Antioquia y Cauca, con seis casos cada uno, seguidos luego por dos casos: Tolima, Meta, César, Norte de Santander, Arauca y Nariño, coincidiendo tanto regionalmente como en grupos poblacionales afectados por la violencia en tiempos de “paz” con las tendencias globales, ubicándose los ataques contra los movimientos sociales y las mujeres principalmente en zonas periféricas del país y con gran población agraria e indígena.

Aunque la cifra de 205 lideres sociales asesinados ya es escandalosa, sumarle la preocupante parte que corresponde a feminicidios y crímenes contra mujeres activistas debería poner en alerta al gobierno, que sin embargo, ha manejado como respuesta oficial un desconocimiento del fenómeno paramilitar y de reducir el “socialicidio” (como se propone llamar genocidio en curso contra activistas sociales) a meros líos personales o familiares, no solamente haciendo la vista gorda sino también negando el papel político que viene asumiendo la mujer en esta nueva etapa que le ha salido bastante costosa al pueblo que resiste y lucha contra el modelo de muerte que llega a los territorios una vez el Estado desarmó la principal guerrilla del país.

Redacción: Rebeldía Contrainformativa

En memoria de: Angelina Miranda, Danna Mendez, Diana Luz Solano, Diana marcela calvo, Edenis Barrera Benavides, Elvia Azucena Vargas, Erika Yisel Arias Galíndez, Idalia Castillo Narváez, Johana Alarcon, José Fina Cuetia Ramos, Karolayn Parra, Katerine Escalante Castillo, Leidy Amaya, Leidy Xiomara Peña Naveo, Liliana Astrid Ramírez Martinez, Liliana Patricia Cataño Montoya, Luz Angela Anzola, Luz Herminia Olarte, Luz Jenny Montaño, María Efigenia Vásquez Astudillo, María Elsy Ángulo García, Miriam Zulay Hernández Silva, Narda Barchilon, Nataly Salas, Rubiela Sánchez Vanegas, Ruth Alicia López Guisao, Yaneth Calvache y Yoryanis Isabel Bernal.

¿Qué es el territorio?

Aproximación a un concepto necesario de definir

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Desde hace un par de años el movimiento libertario ha retomado uno de los ejes más antiguos que se ha visto presente a lo largo de Colombia en lo que respecta a un proceso de transformación radical: el trabajo comunitario. El principal problema a la hora de abordar este debate se centra en la necesidad de caracterizar que son las comunidades, que paradigmas universales y particulares presentan y cual es su relación ínter-dimensional, es decir, su diálogo reciproco con la política, la economía, la participación social y la geografía, por medio del puente territorial.

Sin lugar a dudas entender el territorio en el que se enmarca una comunidad es dar un paso adelante en esta tarea, que a pesar de parecer abstracta, toca elementos certeros en lo inmediato que muchas veces dejamos por fuera de nuestros análisis. Este artículo es una humilde contribución que pretende sintetizar algunas reflexiones, aportes, criticas, preguntas y situaciones al detalle que se han venido recopilando desde hace un par de meses, y pretende servir como insumo al debate que se ha venido dando en diferentes organizaciones sociales identificadas con una apuesta clara por la construcción de una autonomía anticapitalista, especialmente aquellas identificadas con el anarquismo o las prácticas libertarias.

Además, antes de empezar quiero dejar constancia sobre el objetivo de este pequeño texto, que no pretende teorizar a profundo sobre el tema ni es una tesis que busca desentrañar las complejas relaciones del tema, tanto por una falta aun de bagaje para quien escribí, como por miles de experiencias que aun se desconocen y puedan profundizar en el tema del escrito. Aunque no es diferente, el objetivo final si pasa por una suerte de pequeña sistematización militante que parte de análisis concretos, reflexiones políticas y una postura claramente identificada con las necesidades actuales de una gesta libertaria en Colombia, por tal razón, tampoco se profundizará sobre un eventual paradigma territorial en una sociedad ya emancipada, por ejemplo, a la hora de como entender los conglomerados poblacionales en una nueva estructura social libertaria (como lo ha hecho hace ya años Miguel Amorós), sino de lo que se trata es de partir de una situación particular actual y desde ahí tener miras hacia el futuro en el corto y mediano plazo, haciendo a su vez la aclaración de que este texto se escribe desde los barrios populares y las periferias urbanas, intentando hacer un ejercicio más vivencial aunque fuertemente teórico. Esto no niega la necesidad de pensarse los territorios en el largo plazo en una correlación de fuerzas favorable para las revolucionarias, por eso se exhorta a otras compañeras y organizaciones a animarnos en dar ese debate.

El territorio más allá de lo espacial:

Uno de los grandes problemas que tenemos las revolucionarias y libertarias en la actualidad ha sido encontrarnos con una hegemonía establecida, casi que legitimada y con mucha fuerza en el ámbito superestructural, es decir, en la concepción ideológica del mundo, contrario a un capitalismo todavía embrionario como el que era el del siglo XIX y la primera mitad del anterior, que se caracterizaba por ser endeble y se enfrentaba a múltiples desafíos. Así, es bastante común que cuando queremos referirnos al territorio nos encontramos de lleno con una dimensión física que está íntimamente ligada con el Estado (excluyendo, por supuesto, las definiciones biológicas y las meramente geográficas), donde este asume su soberanía aplicándola a lo largo y ancho del mismo (lo que se suele llamar “territorialidad” del Estado). De esa forma, instituciones como las iglesias, los movimientos políticos de comienzos de la modernidad o las organizaciones multilaterales pueden prescindir de la definición del territorio en cuanto a particularidad, pues la exceden, pero es precisamente el nacimiento del Estado-Nación moderno el que nos ubica al territorio en su subjetividad (es decir, un territorio determinado y no cualquiera), que lo diferencia de los demás (sobre todo bajo la configuración de las fronteras) y lo reafirma bajo una identidad (la nación, la patria o ambos, dependiendo del origen del mismo).

Enfrentarnos a este concepto anteponiendo otro es una obligación para entender las ideas plasmadas aquí. Para ello debemos superar unas visiones de antaño y anticuadas que tampoco nos permiten definir el territorio de ahora, diferente al de hace décadas (más relacionado con el concepto geopolítico de “región”). Así, el conjunto de relaciones que se han establecido en las sociedad actuales, por lo demás basadas en su mayoría por el auge del neoliberalismo, la hegemonía de los Estados sociales de derecho, y en síntesis, de la economía de mercado, han sido transformadas, mostrándose ello traducido en la planificación del espacio moderno (urbano y rural), donde la segregación socio-económica, la descentralización y el establecimiento periferial de un nuevo sistema son el conjunto dominador de los actuales territorios.

No en vano muchos de los movimientos de izquierda revolucionaria en Latinoamerica de avanzada (o sea, los que mayores resultados obtuvieron) del periodo de la guerra fría pusieron su ojo sobre el paradigma de los territorios, sin olvidar por supuesto a los sectores sociales clásicos (como los trabajadores o el campesinado). No falta ir mucho más allá de nuestro país para ilustrarlo, por ejemplo, con el movimiento popular pro-vivienda que se extendió en los años 80 y 90 fundando diferentes barrios en varias ciudades, o la arremetida político-social del movimiento campesino e indígena para el mismo periodo, que pusieron un fuerte énfasis sobre la cuestión del territorio rural y su administración en manos de las comunidades. De otro lado nos encontramos con un sin fin de ejemplos y situaciones coyunturales similares, sobre todo en el cono sur (donde predominó el marxismo heterodoxo sobre la linea soviética), tales como el campamento Nueva Habana (Chile), Cerro-La Teja o la Comunidad del Sur (Uruguay) o la autogestión comunitaria durante el Cordobazo (Argentina); en estos casos, la perspectiva fresca, joven y no dogmática del poblador como sujeto político (que entre otras cosas le daba un papel más justo en la lucha popular a la mujer, las estudiantes, las desempleados, las niñas y ancianas en contraste con el culto ultra-obrerista del estalinismo e incluso del anarquismo más tradicional) permitió que en dichas experiencias se radicalizaran, afianzaran o salieran a la luz vivencias marxistas heterodoxas, anarquistas e incluso vislumbros de liberación nacional de carácter socialista y no alineados con la URSS. Evidentemente no debemos olvidar que esta perspectiva ha sido también una constante dentro del movimiento libertario, incluso en el anarcosindicalismo, pues las ligas de inquilinos en los años 10 y 20 del siglo anterior fueron una preocupación especial para militantes antiautoritarios en países como Brasil, Perú, Argentina y Colombia.

La caída progresiva del telón de acero y la irrupción del neoliberalismo fuerte, a través de la doctrina del Shock y el plan cóndor, permitió que dicha idea ocupará un nuevo rol en una nueva lucha (o vieja, pero con otra cara). Ahora mismo los movimientos por vivienda digna parecen florecer en muchos países de Latinoamerica, las asambleas comunitarias se esparcen sobre todo en espacios rurales, los ejes ambientales, educativos y de género ganan fuerza cuando tienen los pies en territorios determinados. Sin cabida a duda los territorios quedan equiparados con los anteriores lugares de acción política concreta, llámense fábricas, centros de estudio o latifundios extendidos.

Claro, si partimos de esta premisa casi que aseguramos a priori que las fábricas, los centros de estudio y los latifundios no son territorios comunitarios, y aunque efectivamente dichos espacios tienen cosas similares con los barrios o veredas, existe una serie de diferencias. Podríamos pensar en los latifundios y fábricas como los lugares donde están los medios de producción por definición, es decir, donde las relaciones económicas (capital-trabajo) son el común denominador, enmarcadas dentro de la alienación del trabajador con el producto y el consumidor. En ese sentido, y aunque otro tipo de relaciones florecen también en grandes centros industriales y de cultivo, para entender un territorio comunitario no basta con ver las relaciones económicas de capital-trabajo que estén presentes allí, pues por ejemplo, la tienda de barrio que existe en dichos lugares genera un tipo de relación comercial no necesariamente de alienación respecto al diálogo oferta-demanda (contrario a las empresas); dicho de otra forma: si se compra un par de zapatos en un centro comercial, estos pueden ser fabricados igualmente en China, India, Colombia o en un carguero en el mar, no importando la relación que tiene el comprador con el productor, mientras que si se compran cerca a la casa de residencia no es lo mismo en que sitio se compré, pues se puede generar otro tipo de relaciones con el vendedor si este trabaja o vive en el mismo barrio, relaciones de carácter más personal. Ello no quiere decir que exista en los barrios la artesanía en si misma (aunque sobrevive en muchas de las periferias rurales y urbanas, incluso con fuerza), sino que es diferente comprar de forma despersonalizada a hacer el intercambio con una persona conocida, más aun si es un vecino, siendo diferente comprar los zapatos en un centro comercial o en un punto de fábrica a hacerlo en la tienda del barrio.

Por otro lado, en muchos centros de estudio se presenta algo similar pero con la diferencia que la relación es básicamente académica, aunque en países latinoamericanos las escuelas secundarias y primarias están enmarcadas generalmente dentro de un contexto territorial concreto, hacen parte de un complejo que no es únicamente académico: un barrio o una vereda, sobre todo. De otra forma, muchas universidades que por concepción están ubicadas en lugares centrales y alejadas de los barrios de mayor confluencia popular pasan por ser espacios con población flotante, donde el tipo de relaciones que se dan no son necesariamente de trabajo pero tampoco poblacionales (es decir, de compartir lugar de vivienda). Si examinamos los anteriores dos casos pareciera existir una relación evidente: los lugares de trabajo y estudio, aunque pueden desarrollar relaciones sociales e interpersonales, no pueden definir aun otro tipo de relaciones que si nos da el territorio. Es más, si nos extendemos más allá, nos encontramos que algunos de los lugares de residencia y de confluencia (como los centros comerciales) ni siquiera nos dan algún tipo de relación personal; es lo que se denomina ‘no-lugares’: sitios con falta de trascendencia, donde las personas transitan de forma circunstancial, como por ejemplo en los conjuntos cerrados, donde viven múltiples personas pero a penas se saludan.

Entonces, ¿Qué relaciones existen en el territorio? Se debe empezar por mirar dos extremos que nos son inconvenientes: la negación del espacio físico y la negación de las relaciones interpersonales. En el primer caso existe una sobre-valoración de los habitantes del territorio, que son quienes le definen por excelencia, y del otro lado, una visión particularmente biologicista o geograficista nos llevan al error de entender el territorio solo en su dimensión física. El territorio es un conjunto de relaciones que exceden lo que se limita a las relaciones humanas: es también un entendimiento con el entorno, que construye a las sociedades de maneras particulares, diferenciando al territorio de una comunidad o de un hábitat. Así, incluso los pisos térmicos o las condiciones climáticas pueden hacer diferente un territorio de otro, no solo en su composición física sino en sus características sociales; del mismo modo, una comunidad humana sobre un territorio le da características propias: puede cambiar su composición (por ejemplo, a través de la urbanización) y acomodarlo a las necesidades sociales o del mercado por medio de la técnica y la tecnología.

Un territorio es un espacio físico donde se propician un conjunto de relaciones económicas, culturales, políticas, sociales, biológicas y geográficas, todas a la vez, de forma dialéctica. La falta de alguna de ellas nos lleva a ver un territorio incompleto, más cercano a un ‘no-lugar’ que es funcional solo o en gran parte a uno de estos parámetros. Por ejemplo, las universidades donde no hay tejido social terminan siendo meros territorios académicos (por extensión, culturales) o las empresas donde la interlocución social es mínima no pasan más que por zonas productivas. Esta tesis se desarrollará más adelante y pondrá sobre la mesa la contradicción entre un lugar funcional y territorio comunitario, que no es otra cosa que la contradicción entre capitalismo y comunitarismo.

El territorio es una configuración espacial del poder:

Se señalaba anteriormente que el concepto de territorio está íntimamente relacionado con el de Estado, aunque un falso consenso impuesto en los círculos académicos, intelectuales y de administración pública lo ha limitado allí. Sin embargo, en la otra dirección, el Estado si es un concepto ligado con fuerza al de territorio. Ha sido un error común, sobre todo desde el anarquismo y ciertas posturas de nueva izquierda, pensar al Estado en sus componentes generales y con ello definirlos con recetas fáciles, particularmente a los Estados modernos (a veces incluso reducimos eso ingenuamente a creer que el Estado es algo palpable que se puede destruir). Es decir, ver esta macro-institución como un mero aparato de dominación de clase (por tanto, ideológico) o de administración nacional (social y económica) es simplificarlo. Y aunque estas definiciones son acertadas, aun se quedan insuficientes: es preciso agregar la dimensión espacial al concepto estatal para poder darle la complejidad que expresa en realidad. Ello no implica que los diferentes niveles de poderes y decisiones estén desarticulados o alejados, pues es precisamente la configuración político-territorial del capitalismo que parte de lo micro hacia lo macro la que configura un poder jerárquico, que dentro de los Estados actuales no es nada más que el orden de mando: el presidente manda al gobernador, y este a su vez al alcalde, en analogía a la secuencia política nacional, departamental y municipal.

Recordemos también que la gran economía mundial es una economía territorial, pues el flujo de reservas y la transposición de deudas y complejos industriales se realiza entre países, siendo afectado el comercio global por la distribución de estos factores en el sistema-mundo, sobre todo cuando el capitalismo central empieza a verse agotado en la acumulación originaria, buscando reubicar el mapa productivo mundial1. Obviamente la lucha política de diferentes ordenes tiene una manifestación territorial y espacial: desde la defensa de un páramo hasta las disputas porque un parlamento tenga representación ponderada o igualitaria por cantidad de habitantes de un país, son coyunturas históricas que moldean un Estado, un territorio o una sociedad en base al papel que juega lo espacial y lo político.

En definitiva, el Estado no es otra cosa que la administración espacial del poder, un gestor y administrador que a través de la burocracia y la jerarquía (si, y solo si, a través de ellas) en manos de una clase dominante organiza estratégicamente la miseria, los derechos, las desigualdades y las oportunidades.

Sin embargo, si nos pensamos un tipo de relaciones que no necesariamente vayan por este lado, sino que por el contrario sean contra-hegemónicas (una suerte de ética libertaria, que toca entre otras cosas aspectos económicos, políticos y sociales), estaríamos pensando indudablemente otros nuevos territorios. Retomando la concepción actual del poder desde Holloway o Focault, como una relación ínter-personal y tras-personal que se manifiesta en las formas cotidianas, este abanico de posibles territorios cambian en función del poder que se manifieste ahí. Si correlacionamos el aspecto físico/geográfico y el social, político y económico, nos encontramos que el territorio es una configuración espacial del poder, una configuración que es una construcción histórica, que evoluciona dialécticamente por mecanismos transitorios o revolucionarios, pacíficos o violentos, dependiendo del curso de los hechos y las fuerzas en disputa. Esta configuración permite la aparición de identidades, culturas y formas de resistencia que comparten grandes rasgos a mayor cohesión territorial, y que enfrentándose a diferentes expresiones de dominación ha permitido el florecimiento de procesos de liberación nacional, antiimperialistas, autonomistas e incluso de procesos revolucionarios criollos, muchos de ellos con fuertes raíces libertarias en sus prácticas.

Así, la lucha territorial que se gesta desde los sectores autónomos y anti-capitalistas debe ser por un nuevo territorio, y aunque tanta palabrería pareciera hasta ahora algo elevada, es aquí donde adquiere particular sentido una apuesta revolucionaria; En otras palabras: lo que diferencia a quienes apuestan por una verdadera transformación de los programas reformistas, social-demócratas y con nula intención de cambio es la concepción del territorio, donde estos últimos pretenden cambiar la forma de administrarlo y no su configuración hasta ahora vigente. Nos encontramos con gobiernos de diferentes ordenes (nacionales, locales, regionales) que muchas veces se centran en las reformas de gestión (sobre todo constitucionales o de decretos) sin alterar la relación particular del territorio y sus habitantes con los paradigmas estructurales y macro-estructurales, es decir, económicos e ideológicos respectivamente. No hay mejor ejemplo que los gobiernos progresistas de América Latina, que han centrado todo su programa en fortalecer el gasto social, el sector público y aumentar la política subsidiaria, mientras en los territorios se reproducen las más viles manifestaciones capitalistas, llámese de centros-periferias, estatalización de las decisiones y manutención de una fuerte burocracia partidista, muchas veces amalgama civil y militar. Así, la lucha por una alternativa territorial es una lucha revolucionaria cuando se pretende cambiar la configuración del espacio y no solamente su administración.

Para ello se hace necesario re-pensarnos otro tipo de configuraciones políticas y espaciales que exceden el limitado papel que ha cumplido el Estado moderno, que efectivamente ha sabido desposeer sistemáticamente a las productoras de la riqueza social y marginar a los sectores que son tangenciales dentro de la gran maquinaria capital.

La soberanía y la autonomía:

Esta forma de realizar una acción territorial alternativa, que hasta ahora hemos caracterizado como contra-hegemónica, debe tener un cuerpo teórico mucho más robusto, con una mirada estratégica determinada y precisa. A lo largo de los años, y producto del curso mismo de la historia que nos ha correspondido a diversos grupos militantes, la autonomía se nos ha mostrado como un paradigma que puede recoger a grandes rasgos las apuestas populares que incluyen, y por supuesto exceden, al anarquismo.

Esto no solo por lo que nos ha enseñado las zapatistas, el pueblo kurdo en Siria y Turquía, la lucha Mapuche en Chile o los procesos de autogestión obrera en países como Grecia y Argentina, sino de la misma historia del pueblo colombiano que ha tejido varias formas de resistencia desde la autonomía, pasando por el movimiento encabezado por Quintín Lame a comienzo de siglo anterior en la cordillera occidental y central (y por supuesto, con el el Movimiento Armado Quintín Lame de la década de los 80, así como la actual lucha del pueblo Nasa en el Cauca), hasta las más recientes iniciativas en pro de las Zonas de Reserva Campesina o la defensa de las consejos comunitarios afrodescentdientes; tampoco sobra olvidar los diversos experimentos comunitarios creados en los años 80 y 90 en ciudades como Bogotá y Medellín, que aunque limitados por el vanguardismo leninista, lograron ciertos grados de asamblearismo admirables. Estas historias de lucha por la autonomía generalmente van acompañadas de los conceptos de autogestión, autodefensa2 y autodeterminación, y a pesar de las contradicciones y errores, han logrado ubicar a los pueblos en nuevas dimensiones de ofensiva por sobre la mera puja electoral o los momentos históricos de retroceso, donde contrario a la apuesta libertaria, se disputa el poder de la territorialidad (quien lo administra) y no del territorio (como se administra).

Pero esta autonomía se ha de proponer como un concepto, si bien no necesariamente antagónico, si alejado de la acción estatal, diferenciándolo de la autonomía que se enuncia desde arriba (por ejemplo la llamada autonomía regional). Y ello básicamente responde al desarrollo mismo del Estado moderno: Desde Maquiavelo, y con mayor énfasis en la obra leviatanistica de Hobbes, el Estado ha sido caracterizado como un gigantesco cuerpo institucional (no solamente en el concepto de administración pública, sino también en su forma social y psicológica) desde donde un poder soberano ejerce y monopoliza el poder. Este poder soberano es preciso entenderlo, naturalmente, dentro del concepto de soberanía, que ya podemos decir, es antónimo al de autonomía.

Y como en la portada del Leviatán de Hobbes, el poder soberano es un poder que se ejerce a través de una espada (el monopolio de la fuerza) y un báculo (el ritualismo propio de la burocracia, anteriormente -y aun en diversos lugares- ligada al poder divino). Como síntesis de ambas manos, la soberanía se decanta en la fuerza legal, subordinada a la obediencia civil como eje fundamental sobre el que se erige cualquier Estado moderno. La soberanía3 solo puede aplicarse mediante una fuerza inter-territorial (es decir, un “país” limitado por sus fronteras) que le defiende de amenazas exteriores y tiene toda la capacidad de mantener el status-quo hacia adentro con la fuerza militar, policial y judicial, y en ese mismo aspecto, da la oportunidad al pueblo de “elegir” a sus gobernantes dentro de las reglas impuestas por un poder indiscutible, de nuevo, soberano. Así, el soberano existe y se explica siempre para y por sí mismo, como una totalidad indiscutible y universal, en el sentido modernista de la palabra4.

Así, por ejemplo, mientras la soberanía de un Estado le permite poseer un ejército que apunta hacia afuera y adentro (a veces más adentro que afuera, como en el conflicto colombiano), con el fin de someter las expresiones contrarias a las de clase dominante por medio de las armas y las leyes, desde la autonomía se ha planteado una diferenciación entre poder civil y poder militar (representado en muchos lugares bajo la forma de autodefensa), donde este último está limitado por el primero, que se construye a partir de una matriz deliberativa, participativa y medida éticamente, tal como se ha evidenciado en la rica historia del anarquismo (con un especial énfasis en la liberación de Manchuria, Baja California, la revolución Ucraniana, la Española y la resistencia libertaria Búlgara y Uruguaya) y diferentes experiencias de diversa matrices (como el EZLN, el PKK o las YPG/YPJ, incluso, como los Comando Armados del Pueblo en Medellín y el ya mencionado Movimiento Armado Quintín Lame en Cauca, con sus respectivas distancias).

Otra forma de ilustrar esto es respecto a la política internacional: mientras la soberanía permite que un Estado defienda su posición más allá de su situación particular (como el reclamo de la dictadura militar Argentina frente a las Malvinas en los 80), la autonomía se extiende hacia la autodeterminación. De esa forma, para la autonomía no importa la decisión de un gobierno o Estado respecto a sus asuntos, sino que a la larga es el derecho libre del pueblo a asumir su rumbo histórico lo que le da fuerza a la autodeterminación. Esto es conflictivo sobre todo cuando se plantea el debate frente a apuestas de izquierda parlamentaria, que generalmente buscan ejercer la soberanía a partir de la fuerza burocrática y no desde la legitimidad del pueblo, conflicto evidenciado en la fracasada política chavista de convertir el aparato estatal oleo-dependiente de Venezuela en un Estado comunal, pues la mayor parte de esfuerzos se dedicaron a las reformas constitucionales y legales y no a la acumulación efectiva en la base social, lo que terminó por llevar a la consolidación de una burocracia boli-burguesa sin interés alguno sobre la distribución justa de la riqueza y el poder.

Ahora bien, y en consonancia con el tema del artículo, la autonomía al igual que la soberanía se aplican a territorios concretos. Pero para poder ejercer una real autonomía en un espacio físico debemos apuntar a las tácticas y estrategias que nos permitan dar la disputa dentro del territorio y no por encima o afuera de él.

El territorio como campo de disputa por excelencia: democracia directa, poder popular y esferas públicas no estatales

Quién halla tenido la oportunidad de revisar la literatura política de Murray Bookchin se habrá dado cuenta que este texto camina casi que paralelo a sus propuestas, aunque con particularidades respectivas, sobre todo en lo que tiene que ver frente al Municipalismo Libertario. Y partiendo de ese hecho podemos ver que hasta cierto punto Bookchin desarrolla una critica certera al obrerismo de antaño, no solo soviético sino también anarcosindicalista, que sin embargo, no deja de entender al trabajador como sujeto político y revolucionario de vital importancia (y por sobre todo estratégico) a la hora de plantear la forma de lograr la victoria definitiva.

El municipalismo libertario parte básicamente de esa premisa: el poder político estatal se ha desplazado desde las concentraciones de riqueza productiva (en forma de tierra, centros industriales y demás) hacia formas cada vez descentralizadas, que se bajan hacia lo particular y municipal: lo que antes eran grandes extensiones de tierra ahora son un conglomerado de varios pueblos, y lo que antes eran centros urbanos industriales en forma de archipiélagos con un centro ahora son las grandes metrópolis con decenas de zonas industriales y francas5. Por supuesto que esta descentralización no está completa, pues el sistema capitalista debe mantener cierto grado de unidad impuesta de manera centrípeta.

A partir de este paradigma económico el poder estatal se ha vuelto complejo y se extiende sobre la base piramidal, llegando a lugares donde anteriormente no había podido sacar el mayor provecho de materias primas, por medio de la tercerización y la acumulación agresiva minero-energética. Partiendo de ese hecho, la acción territorial (que a su vez incluye o por lo menos acerca la acción sindical, educativa, ambiental, de género, etc) permite afrontar al enemigo de cerca, en un campo de batalla para el cual no tiene ventaja si se le responde de manera organizada: la lucha de clases.

Frente al proceso hegemónico de construcción capitalista y neoliberal moderna (que tanto ha teorizado David Harvey), que moldea el territorio en base a intereses morales y económicos propios, debemos anteponer una configuración espacial y política con una clara propuesta clasista de base, es decir, en favor de las históricamente oprimidas. Aquí, la autonomía la podemos decantar a través de estrategias que nos permitan materializarla de a poco. Varios conceptos, entre ellos el de democracia directa y poder popular, pueden sernos de gran utilidad, pero para no extender demasiado este texto es preciso ubicarlos en su composición pragmática territorial:

La democracia directa ha sido objeto de múltiples debates dentro del anarquismo, pero como experiencia organizada de diferentes etapas históricas promocionada por pueblos alrededor del mundo ha mostrado resultados hasta ahora excepcionales. Para poder explicar este tipo de democracia es preciso tener en mente principios como el asamblearismo, la acción delegativa y la deliberación. Contrario al sistema actual de democracia representativa donde el poder es ejercido directamente por un pequeño grupo de representantes que pueden actuar con total independencia de la iniciativa popular, la democracia directa le da al pueblo un papel de decisión, que se coordina en diferentes instancias a través de delegados con mandato limitado a la voz del espacio de donde provienen (por supuesto, territorial). Además, toda decisión parte de la deliberación y no del simple ejercicio de fuerza cuantitativa expresada a través del voto o la imposición (como en la mayor parte de debates parlamentarios o algunas asambleas sociales, donde importa más el tamaño de la bancada que los argumentos). De esa manera, los caracoles zapatistas han hecho viable una democracia que, aunque con sus limitaciones, ha permitido que todos los habitantes de un territorio puedan tomar las decisiones que les concierne, incluyendo por supuesto a niños, ancianos y mujeres, sujetos históricamente olvidados. La democracia directa es la relación menos alejada y más cercana entre el sujeto social y la decisión social.

Aunque la democracia directa nos plantea la forma metodológica de la toma de decisiones, falta un componente estratégico que permita empalmarla con el objetivo de construcción de autonomía efectiva en el territorio: El poder popular (que ha sido más discutido dentro del anarquismo con muchas más llagas) puede ser ubicado aquí. Y ya se apuntaba anteriormente que experiencias del cono sur parece que nos hablaran para definir una acción territorial en base a la autonomía, o por lo menos, a la autodeterminación, donde curiosamente muchas de estas iniciativas se han enmarcado dentro de la estrategia de poder popular.

El poder popular no es nada más que una apuesta estratégica que permite recuperar la incidencia política del pueblo sobre sus decisiones, empujada por una profunda conciencia revolucionaria. La creación de un poder popular pasa por la transferencia de los asuntos sociales y económicos manejados históricamente por el Estado y el mercado hacia consejos comunitarios organizados, que tengan la capacidad de administrar (autogestionar) estas responsabilidades. Y aunque el objetivo de este texto no es definir ni la democracia directa ni el poder popular, y mucho menos continuar el debate que se ha dado alrededor de esos conceptos, si se hace preciso darle cabida práctica a los mismos:

El ejercicio de democracia directa y poder popular solo se puede materializar en un espacio determinado: las esferas públicas no estatales (EPNE). Podemos pensar en esta figura como aquel lugar donde es posible desarrollar la autonomía a pequeña escala, y que interrelaciona sujetos sociales en un territorio determinado. Así pues, las EPNE pueden ser las asambleas donde los vecinos toman decisiones, los consejos donde los campesinos resuelven temas respecto a la lucha por la tierra o una reunión donde los estudiantes definen líneas políticas, pero también puede ser un simple encuentro en una calle con otras personas, un evento cultural y artístico en un barrio o una discusión entre vecinos sobre cualquier temática, siempre y cuando el Estado no tenga la capacidad de ejercer su poder (soberanía) ahí y prime el poder civil, expresado desde y a través de lo compartido y colectivo, es decir, de lo público. Así, la tarea táctica de las libertarias es poder crear EPNE en los lugares donde nos sea posible, que actúen de forma constante, sin vacíos temporales y, obviamente, con la mayor amplitud necesaria, en concordancia con la democracia directa (es decir, espacios abiertos a los sujetos populares del territorio, sin vetos artificiales propios de sistemas patriarcales, racistas, xenófobos o nacionalistas).

A diferencia de las Zonas Autónomas Temporales expuestas por Hakim Bey, los EPNE son instituciones no coercitivas que permiten garantizar cierta continuidad espacial e histórica, que se materializan a través de diversas formas: comités, asambleas, congresos, seminarios, encuentros, reuniones periódicas, etc (incluso un encuentro entre familiares o vecinos alrededor de un tinto o una cerveza), teniendo en mente la ya citada apuesta democrática, y que además tengan capacidad de decisión, así sea mínima y aun en presencia del Estado, sobre un territorio y algunos de sus aspectos, es decir, que posean “vocación real de transformación”, en contraste con las iniciativas meramente experimentales. Esta vocación va de la mano de la recuperación y ejercicio de derechos negados sistemáticamente a las oprimidas por los sistemas de centro-periferia, intentando crear (aunque sea de manera somera) espacios para la salud, la recreación, el deporte, la educación y el ocio, que generalmente están alejados del grueso de la población oprimida, que resaltan no solamente distancias físicas o de tiempos de desplazamiento cada vez mayores sino también brechas simbólicas e intelectuales que alejan la seguridad, el bienestar y el placer de los territorios periféricos, mientras se mantienen cerca de los centros habitados por las clases altas.

Finalmente, y al mejor estilo de Bookchin, estos territorios se irán uniendo a través de nuevas EPNE, por ejemplo, de federaciones, comunas o redes, donde se replicará la acción política por la autonomía para finalmente estar en disputa directa con el Estado en condiciones similares: el poder soberano versus el contra-poder comunitario.

Podemos imaginarnos el Confederalismo Democrático, apuesta política esbozada por el PKK para la lucha kurda, como un hijo del municipalismo libertario, que a través de un arduo trabajo militante de años logró crear EPNE en diferentes cantones y pueblos sirios, iraquíes y turcos, que creció exponencialmente hasta encontrarse con un poder soberano que está en contraposición suya (el Estado Islámico, el Sirio o el Turco, en este caso), donde la confrontación se da en principio sobre el propósito de la autonomía (una defensa de “nuestro” derecho a decidir contra un sometimiento al otro) y se ha extendido al ejercicio militar de la autodefensa, legitimada y limitada por el poder civil (popular), expresado a través de las ligas y asambleas de barrios, municipios, cantones y regiones, que guardan independencia de las armas (en contraposición a la arenga clásica maoísta que señala que el poder nace del fusil)6.

Para ello, muchas veces es táctico (aunque no deseable) que el Estado respete, hasta donde sea posible, las EPNE, con el fin de que no pueda aniquilarlas tan fácil antes de que acumulen suficiente fuerza. Esto ya nos lo adelantaba Bookchin al pensarse la legalización (pero no intervención) de muchas de las asambleas populares, y que hoy nos trae a colación la pronta solución jurídica al establecimiento de Zonas de Reserva Campesina en diferentes regiones del país, incluso a algún blindaje humanitario contra las incursiones paramilitares en estos territorios. Y por supuesto, en el plano micro-político, un espacio tradicionalmente estatal puede convertirse en una EPNE, como lo puede ser una Junta de Acción Comunal donde las figuras legales burocráticas se van desvaneciendo con la fuerza de una apuesta democrática amplia y de multitudes.

Territorializar las luchas es hacerlas anticapitalistas; luchar desde las comunidades es luchar contra el Estado:

Se decía que el capitalismo moderno neoliberal parece una maquina aniquiladora de culturas (expandiéndose cada vez más por medio de la globalización), que impone una visión de mundo particular, única, estandarizada y universal. Los ya mencionados ‘no-lugares’ son pruebas de ello: un conjunto residencial cerrado de condición socio-económica similar en Medellín, Bogotá o a las afueras de Pasto no se diferencia mucho más allá de los acentos, así como un McDonalds en Buenos Aires, Nueva York, Moscú o Pekín no se diferencia más que en el idioma y la moneda de intercambio con sus precios, aunque siempre existan intentos de hacer platos típicos en dichos lugares. No podríamos pensar en ciudades más “occidentales” como Londres, París o Chicago… o Seúl, Tokio o Shangai. En resumen, podríamos pensar que el mercado capitalista mundial no es más que una espacialidad global, una forma de administrar el poder a nivel macro.

Pensarse los territorios como lugares donde pasan cosas, donde hay construcciones históricas particulares, donde existe un tejido cultural, social y ambiental propio, y que como ya hemos visto se relaciona con su entorno físico, es pensarlo en términos anticapitalistas. Claramente esto no quiere decir que proyectos de supremacismo nacional que se han opuesto al sometimiento del mercado global sean en sí mismos anticapitalistas, sin embargo, pensarse estar dentro del sistema económico mundial y mantener ciertas identidades particulares es una contradicción insustentable en el largo plazo, que finalmente nos lleva a tomar una posición anticapitalista como una posición alter-mundista.

De esa forma, si nuestra lucha tiene bases fuertes en territorios concretos, con todas y sus complejidades, se hace resistencia efectiva contra el capitalismo, rescatando identidades que hasta ahora estaban a la defensiva, que pasaban más como un artilugio viejo y empolvado. La creación o fortalecimiento del tejido social es una tarea necesaria que precede cualquier intento de levantar un EPNE, pues las distancias artificiales impuestas entre compañeros de trabajo o vecinos hace imposible establecer un diálogo horizontal en miras a construir pueblo organizado.

En esa misma linea, la lucha contra el aparato estatal (que evidentemente no se encuentra limitado a un edificio, un cuerpo policial/militar o una práctica institucional) solo es posible darla en todas sus dimensiones y en su característica espacial: sobre el territorio donde ejerce soberanía. Así, establecer un programa de acción libertaria en las comunidades con el fin de poder practicar grados de autonomía cada vez mayores pasa por restarle ese poder soberano al Estado, y por tanto, hacerle perder credibilidad, legitimidad y fuerza, lo que al largo plazo es lo que permite obtener ciertas garantías, pues un territorio que es mera trinchera de repliegue o bolsa de donde se sacan militantes es fácilmente desarticulable cuando la gente no se involucra en las disputas que se dan, cuando no las siente propias (esto ha sido señalado en casos históricos como la Operación Anorí en Colombia, o incluso por la muerte del Ché en Bolivia, en ambos casos, pensarse el territorio y las comunidades como componente militar -basados en el foquismo- les dio más desventajas que ventajas frente al enemigo).

Debemos recuperar el vector social en su dimensión territorial, y en lo concreto, asumir el trabajo barrial y comunitario como una necesidad imperiosa, obviamente sorteando muchas de las dificultades que se nos presentan en una etapa aun joven (donde en muchas ocasiones debemos concentrar las fuerzas y no dispersarlas, haciendo que muchas activistas no vivan precisamente en los territorios desde donde construimos). En el corto plazo, la edificación de actividades que permitan la construcción de tejido social (como aquellas de índole cultural, familiar y artístico, acompañadas de iniciativas educativas y ambientales) con miras a crear poder popular a través de la democracia directa, es un camino que nos da ciertas certezas para acumular en términos de autonomía, coordinando ello multisectorialmente con otros actores (estudiantiles, sindicales, agrarios, indígenas, feministas, ecologistas y demás) para poder así encontrar un proceso de transformación radical, de revolución social, donde desde los territorios se geste un otro mundo nuevo.

Steven Crux
Diciembre 2015

 

1Esta es una tesis que es abordada a mayor profundidad por el profesor Darío Restrepo, cuyos invaluables aportes fueron también decisivos para escribir el presente texto. Link:

Restrepo, Darío I., (2013), “Espacio y Poder”, Documento de trabajo No. 1, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, Colombia, p. 25. Link: http://direstrepo.com/?p=3160

2No sobra decir que esta autodefensa es la que está ligada al concepto ya expuesto de autonomía, diametralmente diferente al proyecto paramilitar y antisubversivo creado en los años 90 en el Urabá Antioqueño, que se ha identificado falazmente como Autodefensas.

3 Aunque existe una diferencia sutil entre el concepto de soberanía popular y nacional, para los fines prácticos de este escrito basta con saber que terminan por confluir en un mismo punto.

4Es decir, que la concepción de soberanía puede ayudar a legislar a lugares donde no hay presencia estatal, pues su definición se aplica en términos globales y no particulares. Esta es una de las razones  de porque el Estado debe poseer el monopolio de la fuerza para mantenerse de forma legal sobre todo un territorio.

5A excepción de contados casos, casi que exclusivamente Medellín, Colombia aun no ha logrado consolidar grandes metrópolis al mejor estilo brasileño (de zonas industriales y francas descentralizadas, y suburbios plenamente establecidos), en muchos casos por la resistencia popular, por ejemplo, contra el plan ciudad-región de la Sabana de Bogotá, que no ha sido aceptado por completo por las comunidades que allí habitan y su aplicación ha sido más bien lenta.

6Ha sido una constante histórica dentro de muchos movimientos marxistas-leninistas, especialmente foquistas y maoístas, poner la autonomía popular en función de la confrontación armada, lo que ha llevado a una militarización fuerte de los procesos sociales y niega las oportunidades políticas que ha tenido el pueblo sobre su propio destino.

[Colombia] La consigna libertaria es no olvidar el año viejo

Una de las grandes deficiencias que tienen los círculos libertarios en Colombia ha sido la falta de sistematicidad, de trazar objetivos y poder evaluar su cumplimiento en un futuro, así sea para hallar los puntos clave donde empiezan a generarse los errores o aciertos de nuestras posturas. Precisamente, la parte de balances es importante para ello, y no se le ha dado la importancia suficiente, por un lado, por guardar estos análisis en los círculos más íntimos militantes, o simplemente quedan en el aire y no logramos aterrizarlos, para su comunicación y debate, dejando morir en el olvido interesantes análisis que se quedan en una conversación informal. Aquí, un breve y humilde aporte a esa labor que parece que, desde diferentes ópticas y miradas, ya venimos dando en el país. Por supuesto, no se intenta hacer un trabajo personal de reflexión, sino de recoger muchos apuntes que se han construido colectivamente en esas informalidades, pero que a lo mejor con un poco de mayor difusión podemos conectar nodos para caminar con una paso más firme y ligero.

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“el anterior año fue de los más trágicos en una guerra perpetua que, parece ser, la elite no quiere acabar contra las pobres”. Foto: Contagia radio

 

Que deja el año viejo:

Un año violento para el pueblo:

Lo primero es realizar un balance de lo que fue el 2017. Por un lado, y bajo una lupa puesta en las manos de los movimientos sociales y las desfavorecidas del país, el anterior año fue de los más trágicos en una guerra perpetua que, parece ser, la elite no quiere acabar contra las pobres. Los saldos oficiales de lideres sociales asesinados fluctúan entre los 100 y 1301, aunque desde diferentes organizaciones de derechos humanos advierten que el número es mayor2, sobre todo si tenemos presente los asesinatos de defensores de derechos humanos, ex-combatientes de la insurgencia, activistas medioambientales y familiares o personas cercanas a todos estos. En ese aspecto, esto no es otra cosa que la consolidación de una estrategia de la elite santista, que a pesar de su retórica pro-paz, su estructura militar, burocrática y partidista se encuentra aún sumida dentro de la lógica guerrerista más retrograda: las amenazas, torturas y desapariciones siguen siendo pan de cada día.

Al cierre del 2017, un ejercicio certero desde el campo libertario, y en general de la izquierda, es empezar a asumir la posición oficial del gobierno respecto al tema: de un lado, actores como la fiscalía, el senado o el propio presidente no se refieren al tema más que como un “efecto secundario” de los diálogos, reduciendo las denuncias a un par de cortas palabras y pasando de agache con uno que otro paño de agua fría; pero de otro lado, el ejército, ministerio de defensa y las bancadas ultra-derechistas son más ofensivas en sus discursos, bien disminuyéndolos a simples líos de faldas y problemas de linderos (como lo expresa el jefe de las fuerzas armadas Luis Carlos Villegas) o justificándolos en cierto grado, incluso, actuando en aparente descordinación con lo planteado desde una posición derechista más “progresista” en tema de resolución social de los conflictos, que son solo palabras frente a la reorganización de las fuerzas armadas para el 2018, con un altísimo grado de establecimiento de batallones microfocalizados y fuerzas de tarea especializadas, dentro del llamado “Plan Estratégico Militar de Estabilización y Consolidación ‘Victoria’”3, redoblando el pie de fuerza en lugares donde históricamente la violación de derechos humanos ha sido una constante. Esto no es una mera táctica de desatinos oportunistas o palabras mal ubicadas: es el discurso oficial que construye y mantiene el régimen respecto al genocidio en la Colombia profunda de quienes se organizan en defensa de los intereses de las personas de abajo. Es importante superar el discurso que ha optado la centro-izquierda y los jefes políticos de la antigua insurgencia y hoy partido político legal de las FARC, donde a pesar de la abierta guerra declarada desde los mandos altos militares con su mirada puesta en otro lado, mantienen bajo la política de “cordialidad” y “no darse duro contra el enemigo” un discurso de “respeto y admiración”, incluso de ingenuidad, hacia el aparato militar-paramilitar del Estado (como en el saludo de Timochenko a las fuerzas militares, desconociendo que la lógica contrainsurgente de estas ni siquiera ha menguado4).

Ante esto, diferentes organizaciones campesinas, indígenas y afro han optado por, de un lado, no confiar en el supuesto copamiento estatal de las zonas antes controladas por las FARC, porque o bien las fuerzas militares entran con un sentimiento revanchista y de venganza (como la región de la Macarena), o simplemente dejan abiertas las puertas a la entrada de grupos paramilitares. La comunidad de paz de San José de Apartadó es una muestra clara de ello: en vísperas del fin de año, 4 paramilitares fueron detenidos por la comunidad cuando cumplían la misión de asesinar a uno de los líderes sociales del territorio, y a pesar de las advertencias que ya se habían hecho, el discurso del ejército y la gobernación de Antioquia es que dichos sicarios políticos eran “bandidos comunes” que iban a robar un supermercado, a pesar de las múltiples pruebas, y finalmente fueron dejados en libertad5. Esto no solo refuerza lo que ya se ha venido diciendo, sino que nos muestra la respuesta natural de las comunidades frente a la avanzada paramilitar de los territorios, en consonancia con la omisión (pero no inacción) del Estado: si bien la mayor parte de los movimientos sociales no están dispuestos a replicar la guerra bajo las lógicas que impartían en antaño las insurgencias, la defensa del territorio de las comunidades es algo que ya no puede descansar el manos del gobierno y son los mismos pobladores organizados quienes van, generalmente de manera pacifica pero contundente y organizada, desarmando a grupos paramilitares, militares e incluso a insurgencias que desafían el poder popular construido por las mismas comunidades, esto último vislumbrado sobre todo en el caso del extremo militarismo del EPL (supuestamente maoísta) en el Norte del Cauca.

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“la defensa del territorio de las comunidades es algo que ya no puede descansar el manos del gobierno”. En la imagen, militares detenidos por la guardía indígena de Nariño, luego de realizar incursiones no deseadas por la comunidad en territorio ancestral. Foto: La FM

 

Y lo anterior en el año 2017 fue historia, de abajo y sin grandes titulares, que sin embargo va marcando unos antes y después en determinadas veredas, resguardos y municipios: el desarme del ejército en Corinto (Cauca), las incautaciones al Ejército Popular de Liberación y disidencias de las FARC en Caloto y Toribío (Cauca), la captura de paramilitares en Apartadó (Chocó), el establecimiento de nuevas guardias campesinas, afros y populares en departamentos como Cauca, Tolima, Valle y Putumayo, la unión multicultural en defensa del territorio en el Catatumbo y Chocó, entre otras experiencias similares. En conclusión: de forma espontánea, a pesar de las equivocadas lecturas de aquella izquierda seducida por el discurso santista, el pueblo va cada vez asumiendo la defensa de su territorio, cosa que tarde o temprano chocará contra el monopolio de la fuerza terrateniente y gamonal que se mantiene en el país, tal como ha venido pasando por ejemplo en Túmaco. No sobra anotar que en esta parte el anarquismo militante ha estado más o menos ausente, y se requiere entender la lógica de la territorialidad como un eje fundamental programático para una certera apuesta por el establecimiento de proyectos políticos de carácter comunitarios y asamblearios, incluso, que abren las puertas hacia la discusión de Estado, el militarismo y la verticalidad dentro de los mismos movimientos sociales, sobre todo en un país como Colombia, donde las insurgencias han tenido una base social impresionante pero han impuesto su propio lógica a estas.

En el aspecto legislativo, a pesar de la supuesta esperanza que se asumían con los diálogos de paz, por ejemplo, respecto a participación política y distribución de la tierra, la ofensiva contra el pueblo no paró. Muchas de las zonas que se negociaron en La Habana y que se iban a dar a los antiguos guerrilleros, así como a familias sin tierra, se han embolatado en proyectos productivos que no han tenido plena financiación, repercutiendo incluso en el abandono de ex-combatientes de sus zonas veredales a causa de la desilusión6. Esto se suma a la ya avanzada de los ejércitos paramilitares anti-restitución, promovidos por terratenientes de diferentes regiones, mientras la legislación de entrega de tierras se encuentra lenta o su ejecución directamente frenada. En vía de ello, la supuesta apertura democrática negociada con las FARC fue pateada por el congreso de la república, no solo por la bancada de extrema-derecha sino por la desidia dentro de los mismos partidos oficialistas, quienes con macabras jugadas legislativas tumbaron la propuesta de entregar 16 curules a los movimientos de víctimas de los municipios que más sufrieron el rigor de la guerra en el país. Como se verá más adelante, a pesar de lo lamentable de la situación, da pie a experiencias democráticas en dichos territorios que pueden ser favorables a posturas libertarias, dada la desesperanza que invade a los movimientos agrarios que pierden cada vez más la fe en el supuesto camino trazado que dejó las negociaciones con la insurgencia, pero aumenta la confianza en la propia organización popular (un poco perdida en varios aspectos, bajo el establecimiento vanguardistas de algunas insurgencias, cuyo diálogo con los actores sociales si correspondía con una lógica militarista de arriba/abajo-ejército/pueblo).

Y a parte de la legislación meramente parlamentaria, dentro de los movimientos sindicales también queda un precedente gravísimo con respecto a la huelga de pilotos de Avianca, donde a pesar de ser una manifestación que contó con una fuerza increíble (siendo la huelga aérea más larga en la historia del país), finalmente fue declarada ilegal, por supuestamente, estar vinculada a la prestación de “servicios públicos”, a pesar de ser eminentemente operada por particulares, y peor aun, particulares históricamente aliados del paramilitarismo como el dueño de la aerolínea, el señor Eframovich. Esto marca un precedente dentro de un movimiento sindical que cada vez da más pasos atrás, por ejemplo, con la pasividad que se asumió el año pasado el paupérrimo aumento del salario mínimo (escenario que se repitió de nuevo para este año) y el ataque a los bolsillos de los pobres que significó la reforma tributaria; en suma, todo ello, parece que la da ciertas ventajas judiciales y de precedentes a la ya poderosa patronal de Colombia.

Las fuerzas alternativas:

En la arena de la izquierda, como se puede entender en un año preelectoral, el establecimiento de alianzas fue el derrotero. Quedan ya marcadas para la contienda electoral 3 posiciones: primero, una complicada alianza anti-corrupción del Polo Democrático, la Alianza Verde y Compromiso ciudadano, que recoge desde las posturas centro cercanas al derechismo civilista (Sergio Fajardo) hasta la izquierda socialdemócrata (Jorge Robledo); segundo, de la izquierda, encabezada por el controvertido Gustavo Petro (movimiento Progresistas) y Clara López (antigua líder del Polo Democrático que viró hacia el ministerio de Trabajo de Santos), secundados por varios movimientos, entre ellos la Unión Patriótica (paralela al Partido Comunista); y finalmente, el movimiento político de las FARC, que ha renunciado a las alianzas con la confianza de las 10 curules legislativas ya aseguradas en La Habana y que le apuestan a cierta relevancia electoral en la presidencia, y sobre todo, en la cámara de representantes desde las regiones donde ha tenido presencia o ganó simpatía con las movilizaciones en defensa de los diálogos de paz en el 2016.

También se hace necesario hacer un balance de las negociaciones entre el gobierno y el Ejército de Liberación Nacional, cuyo mayor logro en el año fue un cese al fuego para cerrar el mismo. Los avances han sido difíciles, de un lado, porque el ELN se ha fortalecido en regiones como el Cauca y Chocó, estratégicos por su pasado bajo el dominio de las FARC y que confrontan trincheras con el paramilitarismo, y de otro, porque dado los incumplimientos del gobierno con lo pactado con las FARC, el ELN no parece querer arriesgar, postura jalada por el sector considerado más “ortodoxo” e influenciado por el Frente de Guerra Oriental, que ha extendido su estrategia a otros frentes, aunque si bien, realmente el crecimiento dentro de una estrategia nacional es más bien corto respecto a lo que se esperaba con los “farianos” que no querían dejar las armas.

El balance a la derecha:

Finalmente, dentro del bloque dominante, el 2017 ha marcado la dinámica bajo la batuta pre-electoral también. Sin embargo, y contrario a otras veces, no son claras las alianzas, sobre todo por juegos de caudillismos y cálculos. El sector santista, que hasta ahora tenia cierto control político en el aparato estatal, entró en crisis tras la salida de Cambio Radical de la Unidad Nacional y los continuos escándalos de corrupción, lo que le ha puesto fecha de vencimiento a ese proyecto, que se ha dispersado sobre todo dentro del Partido Liberal, con la figura mediática de Humberto de la Calle, político tradicional que sin embargo ha recogido a una parte pequeña de la izquierda para su candidatura presidencial. La ultraderecha sin embargo está dividida: no ha podido consolidarse una postura entre los conservadores, el uribismo y sectores más independientes vinculados con el ultra-catolicismo, sobre todo porque no se han logrado consolidar los referentes y existen ciertas rupturas internas (como en el Uribismo, entre el sector ganador de la consulta de Iván Duque y el ala más radical de José Obdulio Gaviria); sin embargo, es muy probable que está alianza llegue a buen puerto, lo que deja en alerta tanto a la izquierda que está en disputa electoral como los movimientos sociales que han centrado su accionar en la movilización. Pero si el 2017 ha dado una sorpresa ha sido el lanzamiento al ruedo de Cambio Radical, un partido que venia acumulando casi en silencio un poderoso aparato electoral regional y fuerza política con la táctica del camaleón dentro del santismo, y que, con condiciones más propicias para lanzarse al ruedo solos, abandona el barco que durante 8 años ayudó a conducir. Vargas Lleras se lanza, si bien por firmas, con el aval de toda esa maquinaria con terrible fuerza en la costa Caribe y el centro del país, y a pesar de los escandalosos casos de corrupción de sus representantes electos, va en firme para una eventual segunda vuelta electoral en el 2018. Estas diferencias dentro de la derecha y los sonados casos de corrupción, hacen que una batalla entre izquierda y derecha se pueda dar, como no la ha habido desde el 2008 (y prácticamente nunca en la historia del país), aunque puede perderse la oportunidad con la división de la izquierda.

Un año que viene:

Elecciones y elecciones:

Como se ha hecho evidente, el reto coyuntural y táctico del 2018 será abordar el tema electoral. Claro, no bastará simplemente repetir de forma vacía la consigna anti-electoral de “el voto no sirve y la lucha sí”, si los sectores libertarios no evidenciamos, dentro del amplio espectro del campo popular, que efectivamente estamos a la altura histórica que requiere la lucha, y por sobre todo, que esa lucha da resultados. Así, el debate habrá que darlo desde las aristas que nos sean más favorables, que puedan recoger el amplio de los sentires de abajo pero que se puedan viabilizar en alternativas de resistencia, que trasciendan la coyuntura y se conviertan en un verdadero camino estratégico de mediano plazo.

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El 2018 será un año electoral, y el gran reto para el movimiento libertario inscrito dentro de la lucha social es lograr mantener la independencia mientras se acumulan fuerzas que no se vayan con la coyuntura.

Queda claro también que una postura en el 2018 frente a las elecciones parte de una gran claridad política, ya que no es extraño (como pasó en el plebiscito del 2016), que el miedo a la avanzada derechista lleve a varias compañeras a votar o incluso hacer campaña abierta por algunas de las alternativas, y tal cual como lo repite la socialdemocracia cada 4 años, “hay que ganar porque es mucho lo que está en juego”. Precisamente, las alternativas de verdadera transformación se cierran si se piensa que dentro de la Coalición Colombia hay una propuesta que, si bien su punta de lanza es la lucha contra la corrupción, no logra consolidar un programa mínimamente antineoliberal y mucho menos anticapitalista; de otro lado, dentro de la lista de la decencia de Petro y Clara López, esta última representa un sector oportunista y peligroso infiltrado dentro de la izquierda, que ante los mínimos coqueteos burocráticos cede sus supuestos principios por un cargo de verdugo contra las de abajo, legislando contra las trabajadoras como lo hizo López en el ministerio de Trabajo; y finalmente, las FARC parecen ensimismarse cada vez más en ellas mismas, producto de equivocados cálculos políticos, donde la práctica (y ciertas posturas ambiguas) les terminarán acorralando a sumarse a la campaña de De la Calle, bien sea directamente o indirectamente, pues es muy difícil que alguna de las otras candidaturas “alternativas” les quiera recibir. Así, el reto es saber expresar estas desconfianzas en los movimientos sociales, si bien tampoco reduciendo el mensaje al “no votar”, ni tampoco colocándolo como barrera comunicativa. Una postura que nos puede ser de utilidad es no colocar la contradicción del voto-no voto, sino precisamente dedicar las fuerzas a articular las luchas, de un lado, para darle énfasis a que es ahí donde se resuelven de fondo los problemas y bajo los ritmos que se decidan abajo, y de otro lado, que puede prepararse para enfrentar un gobierno de derecha o mantener la independencia de un gobierno progresista. Para ello, es preciso recurrir al “encontrarse desde la lucha”, donde se hace necesario mantener las lógicas de articulación, lectura de actualidad y proyecciones de todos los escenarios, donde lo trascendental no sea el voto, sino la fuerza e independencia que tengan aquellos movimientos populares cuyas prácticas se han venido intersectando con las nuestras.

Una propuesta estratégica:

Esto se puede materializar aun más para el largo plazo con la ola de consultas populares medioambientales que se han dado en el país, y que han logrado ser punto de encuentro de movimientos sociales, procesos de pobladores, campesinos, indígenas, afros, ecologistas y colectivos independientes, y puede desafiar el modelo minero-energético a la vez que no deja perder todas las fuerzas en la dinámica electoral, muy a pesar de que no tengamos la fuerza suficiente para que ello termine pasando.

“¿Será una combinación territorial-medio ambiental la estrategia que marcará un trabajo libertario como actor político de peso en el país?”. Foto: Revista semana

Pero no es gratuito que se plantee la lucha contra la gran minería y la extracción de hidrocarburos como un punto de partida para dar un debate a nivel nacional, sino que precisamente recurrimos a aquello que ya nos hacia mención Murray Bookchin desde hace décadas: el capitalismo internacional va situando sus contradicciones cada vez más en declive del planeta contra el consumismo desenfrenado, donde una sociedad ecologista y libertaria no será ya una utopía de minorías militantes, sino una necesidad de supervivencia para los pueblos. Esto parece ser una preocupación central si analizamos coyunturas regionales en el año anterior, como los bloqueos al relleno sanitario doña Juana y el paro de la cuenca del río tunjuelo en Bogotá, así como las movilizaciones en defensa de los páramos en el Tolima o Santander, solo por citar unos ejemplos. No es de extrañar que esto se agudiza más con el escenario del posconflicto, donde las puertas de la mayoría de las grandes bioreservas nacionales quedaron abiertas tras la salida de las FARC como agentes armados, y que ya se ha saldado con el inicio del ecocidio en regiones como la serranía de la Macarena. Así, si lo pensamos, los conflictos socio-ambientales representan el nodo que puede articular diversas luchas, como las ya mencionadas respecto al ejercicio de control territorial de las comunidades (donde las guardias populares no solo tendrán que afrontar al paramilitarismo, sino también la entrada de multinacionales, si bien ambos aliados), y en la otra cara, recurre a un tema de importancia central para diversos movimientos sociales y personas desposeídas que aun se encuentran alejadas, por ignorancia o fastidio a la vieja izquierda, de la lucha popular, pero que tienen una preocupación ambiental. Esto además de ser un escenario donde resalta el abandono de las principales fuerzas de izquierda, quienes ahora enfilan militancia dentro de las urnas y que, como pasará en muchos casos, luego de salir “quemadas”, querrán volver a vincularse a las movilización más actuales y con resonancia. ¿Será una combinación territorial-medio ambiental la estrategia que marcará un trabajo libertario como actor político de peso en el país?

Primero, organizar la casa:

Pero para consolidar una estrategia de dicha envergadura, no falta con diversos colectivos o militantes libertarios dispersos, sino que se hace necesaria la articulación libertaria. No es de extrañar a estas alturas, que así como la izquierda y la derecha llegan al escenario pre-electoral divididas, con cierta mofa, podamos hablar de que las libertarias llegamos al escenario pre-anti-electoral también divididas, y casi que por las mismas razones de personalismos y falta de voluntad, pero también, para ser críticos, por la falta de criterio político para establecer una linea común de trabajo, muy insuficiente en anteriores espacios de encuentro. En ello, quedan dos retos:

Primero, lograr establecer esos “objetivos” en común, es decir, como mínimo, que en el 2018 podamos, en el encuentro de la lucha y desde abajo, establecer metas comunes a pesar de no caminar estrictamente juntas, lo que podría dar pasos para en un futuro no tan lejano lograr establecer al movimiento libertario como un referente dinámico e importante dentro del campo popular colombiano. Se hace necesario que los espacios de encuentro sean lo más aterrizados posibles, y recurran incluso a ciertas delimitaciones necesarias para no llevar los debates a la estratosfera: encuentros de territorio, juveniles, agrarios o de economías alternativas son centrales en esto, que dejen acumulados sistematizados para poder luego evaluar lo conseguido o perdido, sobretodo si queremos realizar análisis serios luego de las elecciones.

Segundo, es importante establecer una corriente de acción y pensamiento clara. Para ello, las labores de propaganda, agitación, de referencias y discursivas son aspectos fundamentales, que debemos darlas con concreción y sencillez, para resolver las necesidades reales con procesos prácticos realizables. Esto se puede fortalecer si como punto de partida colocamos las luchas que ya acompañamos como referentes para otras regiones del país, tales como la liberación de la Madre Tierra del Norte del Cauca o los ya mencionados conflictos socio-ambientales de Cajamarca o el Santander, incluso, poniendo a diálogar otras experiencias internacionales como el confederalismo democrático de Kurdistán. Una propuesta que ha surgido últimamente ha sido la del autonomismo comunitario, desde la cual se intenta plasmar ciertas prácticas que podríamos llamar “antiautoritarias” y que buscan desarrollarse dentro de los movimientos sociales para logran horizontes de transformación, con una apuesta que pretenda desarrollar las diferentes caras de la autonomía: económica (con una apuesta autogestiva de producción), cultural (acompañadas de procesos educativos populares y étnicos, por ejemplo), política (bajo la batuta del asamblearismo, la democracia directa y participativa, y principios como la rotatividad, revocabilidad y no centralidad) y pueda superar errores tradicionales de las fuerzas alternativas (con principios antipatriarcales, antiracistas y descentralización); todo esto bajo una perspectiva de abocamiento completo por la comunidad, proyectos que sin embargo solo se dan mientras halla un territorio sobre el cual asentar el proyecto, lo que nos conecta con lo planteado antes: la necesidad de la disputa y defensa del territorio.

Así, como punto de partida para el año que viene, debemos organizar las perspectivas y caminar la defensa del lugar que nuestros pies pisan, y solo con ello, plantear que necesariamente, solo la lucha dará los frutos que los de arriba nos han negado históricamente.

Steven Crux
Enero 2018

3Para un análisis más detallado, se recomienda el Documento de análisis del PCC sobre cambios en política militar

El papel de las jóvenes y las hijas de las trabajadoras de las flores

Ponencia presentada al Primer foro regional de floricultura: miradas al trabajo, el territorio y a su gente, Marzo de 2014. Revisado y corregido en Abril de 2015.

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Pasa la infancia en la escuela entre semana, esperando a ser recogido por algún familiar o encontrándose en la necesidad de aprender a llegar solo a su casa a muy corta edad. Los sábados y varios domingos debe permanecer en la guardería de la flora, aquella que existe gracias a jornadas de lucha por parte de trabajadoras para no dejar a sus hijas solas en la casa.

Llega una de las peores épocas para cualquiera de estos niños: la temporada. Debe madrugar junto a sus padres, quienes cocinan las 3 comidas de un día en menos de una hora. Despierta junto a la niebla de estas frías tierras, condensada en las llamadas “heladas”. Debe esperar a que algún familiar o vecina lo lleve cuando ya el sol haya despertado. De nuevo espera a alguno de sus padres: son las 6, las 7, las 8, las 9 y hasta las 10 de la noche. Entre dormido ve a sus padres durante varias semanas, no hay tiempo de calidad para generar una familia feliz como la que ve en la niñera silenciosa que le acompaña, es decir, la televisión.

Quizás esa misma niña tenga que trabajar en algún momento de su juventud en una flora: muy probablemente ahí se quede un par de años o todos, prácticamente. Esa persona buscará crear una nueva familia: dar educación a sus hijos, quizás comprar una vivienda de interés social, ayudar a sus padres, etc. Y en esas necesidades vuelve y entra al negocio que va a reproducir otra generación, no de las flores, sino de las vidas, donde se negocia la salud, el alimento, el buen vivir… la felicidad“- Relato de una hija de una ex-trabajadora de flores.

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La industria de las flores es la marca “distintiva” de la región de la Sabana de Bogotá, tanto por su poderosa capacidad económica como por su campo de influencia en el tejido social y los procesos históricos que se han dado a lo largo de las últimas décadas en este territorio, comprendido por los municipios aledaños a la capital del país en el Norte (Cajicá, Chía, Cogua, Cota, Gachancipá, Nemocón, Sopó, Tabio, Tenjo, Tocancipá y Zipaquirá) y el Occidente (Bojacá, El Rosal, Facatativá, Funza, Madrid, Mosquera, Subachoque y Zipacón).

La familia de la sabana que se enmarca dentro de esta dinámica (directa o indirectamente) reproduce en su seno el cuadro cultural y social que genera la maquina de la floricultura. Es precisamente la familia de la sabana y sostenida por el trabajo en la floricultura el objeto de estudio de esta ponencia, centrada en el papel de la juventud y las hijas de trabajadoras de flores, que a veces pasan por tangenciales a las problemáticas que desarrolla la floricultura, pero que también participan en el ramaje que compone esta industria económica, social y territorial.

Un breve panorama de las jóvenes y la infancia en Colombia:

Las personas entre los 14 y los 26 años representan el 28% de la población del país. El desempleo para la juventud asciende hasta el 16,4%, pero con el riesgo de caer en la ingenuidad de estas bajas cifras es importante destacar que tres cuartas partes sobreviven con menos de un salario mínimo mensual (nótese que para el gobierno la edad “laboral”, disimuladamente, va desde los 14 años). Sin embargo es preciso darle mayor contundencia a los datos enfocándolos a las capas productoras de población: para los hogares más pobres el 40% de jóvenes entre los 20 y los 24 años no tienen empleo. El 44.4% de las personas pobres y el 15.3% de las indigentes son jóvenes.

Las mujeres son las más afectadas en el plano económico, ubicándose en los últimos sondeos alrededor de 10 puntos por encima de los hombres para casi todos los parámetros. Además, ser joven en nuestro país en 5 veces más “mortal” que el promedio para Latinoamérica. El 75% de las muertes en jóvenes están relacionadas con la violencia que vive Colombia. Sólo 6 de cada 10 jóvenes están afiliados al sistema de salud. El servicio militar en varones aún es una obligación, o en su defecto, el valor de la libreta es básicamente impagable.

Para los niños el panorama no es mejor: 1 de 4 combatientes menores de 14 años en el mundo son colombianos. Entre unos 5000 y 8000 niños han sido asesinados en masacres, la gran mayoría propiciadas por paramilitares y con ayuda de fuerzas del Estado. Más de 20 mil niños menores de 5 años mueren por desnutrición aguda y miles más padecen de hambre, producto de la falta de políticas alimentarías relacionadas, entre otras practicas, con el monocultivo, que en la Sabana de Bogotá ha sido durante muchas décadas ocupado por la industria floricultora.

La región de la sabana y la juventud:

La región de la Sabana de Bogotá, incluida la Capital, es para el país la región estratégica más importante, es, simplemente, el centro del poder económico, político y socio-territorial. En ese mismo sentido, las políticas públicas para la juventud están diseñadas para orbitar alrededor del modelo implementado desde la estructura nacional y aplicadas por las autoridades locales al pie de la letra, casi sin matices entre municipios de la región. La instalación del pie de fuerza bajo las lógicas de la seguridad democrática durante el gobierno Uribe (y la continuación bajo el mandato de Santos) añadió una nueva dinámica para la sociedad y las jóvenes, por vía institucional o para-institucional, que es la militarización del territorio, que no es nueva pero si aparece con paradigmas reestructurados y repensados dentro del marco de la consumación de la apertura económica.

La entrada, casi completada, de Colombia al sistema mundial del mercado, impulsado por las descarriladas locomotoras de Santos y sus antecesores, ha hecho de la región un lugar en el que acelerar el progreso y arrasar cualquier cosa que lo detenga es la meta en los modelos de desarrollo. El plan ciudad-región se convierte en el foco central de la actividad económica de la región e invade los escenarios políticos y sociales para que se acoplen a aquel sistema: mega aeropuertos, nodos financieros y políticos descentralizados, centros gigantescos de almacenamiento y distribución, entro otros, son la estructura que viene definiendo el ideal de megápolis. Es aquí donde la juventud tiene un papel fundamental que se viene prefigurando desde su infancia a través de las planes de desarrollo y las políticas sociales, educativas y económicas.

Desde la infancia. Las hijas de las trabajadoras de flores:

El ambiente para las hijas e hijos de los trabajadores tiene bastantes particularidades: gran parte de los hogares son sostenidos por madres o padres cabezas da familia (especialmente madres) con 3 hijos o incluso más, donde en evidente el hacinamiento en varias viviendas, las cuales a su vez están ubicadas por lo general en alquileres temporales. Muchos de las niñas de estas familias estudian en colegios oficiales, donde pocas participan de actividades extra-académicas y sobreviven junto con sus familias en los más precarios barrios de los municipios de la Sabana, azotados por la militarización y la violencia periférica.

A modo de recuento histórico es importante señalar que en décadas anteriores muchas personas iniciaban trabajando en la floricultura desde los 14 o 13 años, edad donde todavía se consideraban legalmente infantes, practica que cambió con la aplicación de leyes de protección hasta hace pocos años. Estas personas hoy, en su mayoría, no superaron la educación primaria y continúan trabajando en la industria de flores, o en su defecto, son ex-trabajadoras que duraron varias décadas acumulándole grandes ganancias a las transnacionales floricultoras mientras sobreviven con bajas pensiones.

En las familias el cuidado de los niños es a menudo responsabilidad de vecinos, familiares o amigos, con quienes no se comparte vivienda, y en otros casos, son los mismos niños quienes deben estar en casa solos durante las jornadas de trabajo de sus padres y madres. Esta inatención se traduce en problemas futuros como la deserción escolar, embarazos no deseados, delincuencia, entre muchos otros.

La mal nutrición, producto de los bajos salarios de la industria floricultora, además de los comunes retrasos en pagos de nominas, liquidaciones o prestaciones sociales, afectan la adquisición de elementos básicos y de buena calidad de la canasta familiar, repercutiendo especialmente de manera negativa en las personas infantes: el déficit de ingesta de proteínas, vitaminas y minerales y el exceso de carbohidratos dañan la salud física y mental de los niños, que además, deteriora su rendimiento escolar, la capacidad de relacionarse en su entorno y su proyección personal en diferentes aspectos. La falta de espacios de esparcimiento, de un salario digno y políticas públicas que puedan garantizar el derecho a la recreación en familia y de respeto a los tiempos laborales para compartir pesan también en el déficit de las niñas. A su vez, el deterioramiento del medio ambiente no genera un buen lugar donde crecer: las fuentes hídricas contaminadas, la acidificación de los suelos (que rápidamente hace desaparecer las zonas verdes aledañas a los cascos urbanos), entre otros, afectan el derecho a un desarrollo sano.

Gran parte de estas niñas y niños se ven obligados a asumir roles que no son de su edad, que van desde el cocinar para sus padres, madres o incluso para todo el núcleo familiar, y van hasta el cuidado de hermanos o parientes menores, asumiendo responsabilidades extra-limitadas. Los trabajos informales para muchachos menores de 14 años son común denominador en las familias que viven de la floricultura, quienes deben dividir su tiempo de manera que puedan sobrellevar varias responsabilidades.

En término de garantías laborales debemos hablar de la licencia de maternidad posparto de 3 meses, que entre otras cosas, no es suficiente para el cuidado que requiere un recién nacido y su madre, igualmente la licencia de 8 días para el padre. La ausencia de políticas de responsabilidad social para las hijas e hijos de los trabajadores de flores en el plano educativo obliga a muchos de ellos a abandonar desde temprana edad el colegio o truncar sus proyectos académicos. La violencia intrafamiliar se convierte en un problema constante dentro estas familias, sumada al hecho de la poca o nula relación afectiva de padres e hijos (quienes pueden pasar semanas sin estrechar lazos personales), además se debe tener en cuenta la falta de comunicación entre acudientes y profesores o administrativos de colegios, que dificulta la compresión sobre las condiciones de los niños en el aprendizaje, y a su vez, sobre los programas pedagógicos necesarios. Hablando de la educación básica debemos mencionar el hacinamiento, el déficit financiero y el carácter mercantilista, problemas estructurales de la educación en Colombia.

Debemos anotar que el aislamiento y la falta de nichos de formación familiar generan vacíos que llenan fácilmente espacios que pueden repercutir negativamente en la proyección personal y social del niño o niña.

La juventud y la floricultura:

La situación de las jóvenes trabajadores no varía mucho, especialmente porque la mayoría crecieron en un entorno familiar dentro del círculo de la industria floricultura, y del mismo modo, se enmarca dentro de las mismas dinámicas: bajos salarios, extensas jornadas laborales, malos tratos, falta de libertades sindicales y demás. Es importante señalar que varios de estos jóvenes también provienen de diferentes regiones del país y llegan en busca de oportunidades laborales, dejando atrás sus familias y teniendo que soportar la carga psicológica y material de tener que vivir lejos de sus hogares y la mayor parte de veces solos.

Empero, las jóvenes padecen problemas que se agudizan dada su particular condición. Muchos de ellos ven truncada la posibilidad de acceder a la educación superior por varias razones: la dificultad en el pago de matriculas, exámenes de admisión, transportes caros y la competitividad desigual del sistema educativo imposibilita muchas veces la oportunidad de estudiar en una universidad. Y muchas de quienes pueden estudiar se ven obligadas a trabajar por temporadas vacacionales para floras, meses en donde también es fácil encontrar estudiantes de bachillerato o jóvenes sin acceso a cualquier tipo de educación.

Las oportunidades laborales para una persona recién graduada del colegio son muy limitadas, prestándose fácilmente a la industria de la floricultura. La situación se agudiza para quienes desertan de sus estudios antes de culminarlos. Por lo general, la falta de experiencia obliga a aceptar cualquier empleo sin prestaciones sociales mínimas. Varias empresas de flores aprovechan la ingenuidad o poca preparación de los jóvenes para ahorrarse el dinero que deberían pagar (pensiones, cesantías, liquidación). Para los hombres la situación es se complica al tener en cuenta que en varias empresas es necesario presentar la libreta militar como requisito, y en las que no, las condiciones laborales son más deprimentes. A la larga, entre jornadas laborales paupérrimas y temporadas de desempleo muchos de estos jóvenes terminan haciendo parte de grupos armados, legales o ilegales, o buscando redes económicas clandestinas para suplir sus necesidades y las de sus familias.

La nula estabilidad laboral de las floras se presenta como expresión casi general para todos los trabajadores de la región, pero obtiene un mayor provecho en los menores. Muchos empleos ofrecidos para personas jóvenes duran solo un par de días o semanas como mucho, luego sin mayor razón son despedidos al cumplir tareas. Esta práctica “jornalera” es común en las temporadas de San Valentín, día de las Madres, de la Mujer y Amor y Amistad, donde la demanda internacional aumenta.

La mayoría de floras recurren a las cooperativas de trabajo que pocos escrúpulos tienen en términos de publicidad para atraer a jóvenes sin experiencia, situación militar definida o educación básica. Los despidos son seguidos muchas veces por demora en los pagos de nomina, liquidaciones o prestaciones sociales. La firma de contratos estables para los jóvenes no es más que un ideal alejado de la realidad. Así mismo, la historia de los hijos de trabajadores de flores se repite para aquellos jóvenes que se convierten en padres o madres a temprana edad, muchas de ellas que tienen que cargar con la responsabilidad extra de ser madres solteras.

La negación del derecho a compartir con la familia, a la recreación y al buen descanso se manifiesta también para las personas jóvenes: el cierre de oportunidades académicas, culturales, artísticas y deportivas en los municipios genera de una elitización del saber, por tal razón, la mayor parte de jóvenes de barrios populares son vistos bajo la lógica económica imperante del país, es decir, clasificados como mano de obra barata y poco calificada. La educación técnica y tecnológica está presta para aumentar esta brecha, y las mínimas oportunidades educativas se convierten en educación para el trabajo: los planes curriculares giran en torno las necesidades del mercado de las flores y las otras industrias de explotación, pero no para las necesidades sociales y económicas del pueblo de la sabana.

Los jóvenes, al igual que los demás trabajadores, están expuestos a sufrir las bancarrotas o momentos de “crisis” del mercado (la patronal por el contrario no), y sin explicación alguna deben muchas veces ser retirados de sus puestos sin los mínimos legales para que ello se efectué, desconociendo liquidaciones, experiencia o cesantías. La falta de garantías laborales y de libertades organizacionales juega un papel fundamental en este plano, siendo de nuevo la poca experiencia la razón principal para que las burocracias de las floras incentiven prácticas antisindicales, contratos amarillos o blindajes legales frente a cualquier tipo de protesta. Muchos de los esquiroles en huelgas son, tristemente, jóvenes empujados por el hambre, la desesperación o la miseria.

Las exigencias internacionales en alza ha permitido, y seguramente lo seguirán haciendo, que todas estas condiciones se agudicen en las familias dependientes de la floricultura, sea por un cambio de demanda de productos o por la continuación de la lógica neoliberal.

La propuesta es defender el derecho al buen vivir y a la felicidad:

Las jóvenes del territorio solo tenemos una salida para mejorar estas condiciones: el estrechamiento con todas aquellas trabajadoras de la sabana, así como otros sectores sociales, nos debe dar una mayor cohesión que nos permita ser escuchadas, instalando demandas de los mínimos de dignidad y presionando para conseguir políticas públicas que sean favorables para nosotras, la infancia y las trabajadoras de flores.

El derecho a ganar es, visto a groso modo, del buen vivir: el derecho a que los niños puedan compartir mayor espacio con sus padres, el derecho a la recreación, a una buena educación, a barrios pensados para seres humanos, a la no militarización de nuestras vidas y territorios, a una soberanía y autonomía alimentaría, al trabajo estable y digno, etc. Es importante ir avanzando paulatinamente en las demandas sociales y económicas, paso a paso, acumulando cada vez mayor capacidad organizativa y fomentando la solidaridad y autogestión como ejes fundamentales para la transformación de la realidad concreta.

Es importante anotar la pertinencia hoy de banderas como las 8 horas de trabajo, los contratos por empresa, las libertades sindicales, el abandono de prácticas de subempleo (que tienen una relación directa con la política de las cooperativas de trabajo), el derecho a la salud y educación pública pensadas para las comunidades, el aumento de los salarios, el no trato militar a conflictos laborales, a un mayor tiempo vacacional y demás, para que podamos pasar de ser mano de obra barata a pensarnos progresivamente una nueva forma de relacionarnos, no como mercancías sino como seres humanos. Estas luchas no son el fin en si mismo, son el comienzo de una nueva etapa para ir por cada vez más, ya no solo en esta región sino en el mundo entero.

Pero todas estas no son cosas que ganamos las jóvenes solas, únicamente las ganará el pueblo organizado.

Steven Crux


Bibliografía

• Reporte infancia mundial 2012. CRIN. http://crin.org/docs/REPORTEINFANCIAMUNDIAL2012.pdf

• Habitando el territorio. Jóvenes de la Sabana de Bogotá: Entre la pobreza, el conflicto y la esperanza. Corporación Cactus http://www.cactus.org.co/archivos/documentos/Publicacio…l.pdf

• Vídeo: Los hijos e hijas de las flores. Corporación Cactus http://www.youtube.com/watch?v=xwJvjInTsCA

• Cifras de la situación de los y las jóvenes en Colombia. Civis. http://civis.se/Cifras-de-la-situacion-de-los-y

• Un día en la vida de una trabajadora de la floricultura. Proyecto de Solidaridad Laboral Las Ameritas. http://www.usleap.org/usleap-en-espa%C3%B1ol/proyectos-…-y–0

[Colombia] Ejército Nacional asesinó a un campesino en Cauca

Tomado del Centro de Comunicación y Educación Popular Enraizando: https://enraizandoprensalibre.wordpress.com/2017/09/21/ejercito-nacional-asesino-a-un-campesino-y-dejo-dos-mas-heridos-en-zona-rural-de-corinto/

Ejército Nacional asesinó a un campesino y dejó dos más heridos en zona rural de Corinto, Cauca:

La fuerza publica de nuevo dispara de manera indiscriminada contra las comunidades indígenas y campesinas de Corinto-Cauca. En los hechos fue asesinado el campesino José Alberto Torijano, coordinador de la Guardia Campesina de la vereda Río Negro, además fueron gravemente heridos Jonathan Alexander Hernández Guevara y Gonzalo Iquinas Perdomo.

Desde las 4am efectivos del Ejercito Nacional iniciaron un allanamiento que buscó la destrucción de un laboratorio de coca en la vereda Medía Naranja. En el operativo dos comuneros fueron retenidos por el Ejercito Nacional, lo que ocasionó una acción espontanea de  solidaridad de las comunidades indígenas y campesinas, buscando la liberación de los comuneros retenidos. Ante la presión comunitaria los militares cedieron y liberan a los dos comuneros retenidos. Escoltados por las comunidades el Ejercito inició su retirada de la zona, pero entre las 8 y las 9am, a la altura de la vereda Pueblo Nuevo, comenzaron a disparar contra las comunidades, es allí que es asesinado José Alberto Torijano, mientras que otros dos civiles caen heridos por el fuego de los militares.

Es muy preocupante que militares y policías operen con impunidad, disparando de manera reiterada contra las comunidades indígenas y campesinas, como si la vida de los sectores populares de Corinto no tuviera valor. Es común que las comunidades indígenas de Corinto sean recibidas por ráfagas de fusil, disparadas por efectivos policiales durante la realización de las Mingas de Liberación de la Tierra. El asesinato del joven indígena Daniel Felipe Castro Basto, el pasado 9 de mayo, es el resultado de este modo de proceder represivo de los uniformados.  La reiteración de los hechos de muerte por parte de policías y militares indica que el asesinato registrado el día de hoy no es un hecho aislado, es evidente que existen ordenes expresas de altos oficiales de la Fuerza de Tarea de Conjunta Apolo y de la Policía del Cauca para disparar con impunidad y asesinar a las comunidades.

Este no es el primer ataque contra la comunidad campesina de Corinto, en octubre 19 del año pasado dos hombres armados en una moto llegaron a las 8pm hasta la casa de Esneider Gonzalez, ubicada en el casco urbano de Corinto, Cauca, y le dispararon en repetidas ocasiones, dejándolo gravemente herido con dos disparos en la espalda y uno en la cabeza.

Las guardias campesinas y populares han sido impulsadas en el departamento por la Organización para el Desarrollo Urbano y Campesino del Cauca, (ORDEURCA), como una forma de apropiación y ejercicio del poder campesino en los territorios, pero también como una forma de defensa de la vida de las comunidades. Este proceso campesino se encuentra inspirado en la experiencia exitosa de organización de las comunidades indígenas nasa del Cauca, ya que la Guardia Indígena o Kiwe Thegna, ha permitido que las comunidades ejerzan un control efectivo sobre el territorio y defensa de las comunidades en su lucha por la tierra.

De acuerdo con el reciente informe de Somos Defensores, sobre la violación de derechos humanos contra activistas sociales en Colombia, de enero a junio de 2017 se presentaron 335 agresiones y 51 asesinatos de activistas sociales. De acuerdo con diferentes fuentes, desde el 2016 el departamento del Cauca continua siendo el más golpeado por la violencia contra las organizaciones populares en Colombia.

Por otro lado el allanamiento realizado por el Ejercito el día de hoy fue una medida arbitraria de parte  de la fuerza publica ya que, desde inicios de este año, las comunidades han buscado mecanismos de dialogo con el Gobierno Nacional para realizar un acuerdo que permita  la sustitución permanente de cultivos de coca. Para el mes de abril German España,  funcionario de la Dirección para la Atención Integral de Lucha Contra las Drogas, se reunió con las comunidades de Corinto y reitero la disposición de dialogo del Gobierno Nacional, sin embargo nunca dieron respuesta a la propuesta de sustitución de cultivos presentada por las comunidades. El Estado no solo desconoce la voluntad de dialogo de indígenas y campesinos, por el contrario procede a criminalizar, perseguir y violentar a las comunidades que, abandonadas por la inversión estatal,  acosadas por las políticas económicas neo-liberales, se han visto obligadas a subsistir a través de los cultivos de coca.

Denunciamos el asesinato de José Alberto Torijano

Rechazamos la política de muerte contra las comunidades indígenas y campesinas de Corinto

Hacemos un urgente llamado a las organizaciones de derechos humanos para que realicen un seguimiento permanente de la violencia registrada contra las comunidades indígenas y campesinas de Corinto

No más represión, no más persecución , basta ya de tanta muerte contra los sectores populares en Colombia.

(Foto: Tomada hoy por comunero indígena en el lugar de los hechos. A quien le agradecemos y reconocemos su importante trabajo de registro fotográfico )

¿La hipocresía de colarse en Transmilenio?

Publicado originalmente en Junio del 2013.
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Dejémonos de hipocresías. Las cosas como son: el sistema de injusticia en el que vivimos no merece ninguna consideración. Resulta que ahora, debido al hambre que sufren millones de seres humanos y a la humillación a la que nos somete el orden en permanente “crisis”, el sistema saca a sus ideólogos baratos (disfrazados de periodistas) para mitigar lo que producen, que es la razón de su existencia.

De nuevo salen los pseudo-investigadores con argumentos simples y poco elaborados, atacando donde no es, todo con el fin de defender el estatus-quo y el ejemplo del “buen ciudadano”. Este texto nace de la indignación e ira al saber que la ley es, de nuevo, una herramienta de uso fácil para los de arriba, quienes para justificar su actuar llaman a sus medios de desinformación para llenar las ciudades, medios virtuales y mentes con argumentos que solo pretenden ocultar el trasfondo de las cosas.

No nos colamos porque sí, no es una cuestión de poner nuestra vida por debajo de la “pereza”, la “malicia” o las ganas de sentirse “el más vivo”. Sabemos que a veces la situación se torna absurda, al punto de colarse solamente por grabar un vídeo; pero por lo general existan razones más complejas. Muchas debemos escoger entre sacar copias para nuestros estudios o pagar por un sistema de transporte indigno e injusto, eso en el mejor de los casos, pero también sabemos que personas cercanas tienen que escoger entre no comer o 1.700 pesos. ¿Esto pasa? ¡SI!. Parece que ciertos periodistas no se han dado de cuenta donde viven, pues el aislamiento de la realidad social que producen los sectores acomodados y los edificios altos y pomposos les hacen olvidar que vivimos en Colombia. Razones sobran para decir porque la gente se tiene que colar (altas cifras de desempleo, inestabilidad laboral, malas condiciones de trabajo, desigualdad social, corrupción y un sinfín de elementos que hay que tener en cuenta), pero no es preciso profundizar en eso, simplemente salir, caminar y charlar en las calles del centro de las ciudades o en sus periferias.

Pero parece que los medios de incomunicación masivos no sólo ignoran la realidad social, sino que de hecho la niegan con frases estúpidas como “colarse por torniquete causa accidentes” (¿?) o “si transmilenio fuera gratis, se seguirían colando”… ya empezamos a ver por dónde va la cosa. Como ha dicho durante toda la historia por parte de ellas, la culpa de la desigualdad y la injusticia es de “la falta de educación de los pobres”, además de su “malicia indígena” (término que también tiene su trasfondo racista), pero parece que se les olvida la “malicia burguesa” de las multinacionales que nos roban la vida y los recursos, se les olvida la “falta de educación de los gobernantes nacionales” que regalan mano de obra a bajo costo y juegan con nuestra salud y dignidad. Obvio no nos colaríamos sí transmilenio fuera gratis, pero más que eso debe ser algo más: sí el transporte fuera digno, y ello involucra no solo dejar de ser sardinas enlatadas en un bus rojo, además es que el producto de su servicio sea retroalimentado a la sociedad en general y no a unos cuantos bolsillos. En ese sentido nos colaremos hasta que la transformación sea realidad.

Para los escritores de esos medios es válido hacer paralelos donde se cita la “cultura de pagar” que se tienen otros países, haciendo la salvedad de que son sistemas de transportes similares pero con condiciones socio-económicas completamente diferentes. Sin querer defender gobiernos de otras latitudes, es importante saber que la corrupción y la desigualdad impuesta aquí han adquirido niveles altísimos, diferentes a otros lugares. Entonces se peca de mala fe con estos paralelos. ¿Cómo no nos vamos a colar, si desconfiamos de quienes son dueños del transmilenio?, nuestras vecinas, familiares y compañeras de estudio o trabajo lo hacen, sin necesidad de que lean teorías económicas avanzadas, pero sabiendo que la cantidad de dinero robado por medio de impuestos, impunidad y excesivas ganancias, se lo llevan otros, quienes por cierto tienen costosísimos carros y viajan en limusinas privadas, a costa de nuestra incomodidad y falta de derechos en transporte digno. La “cultural del pago” es un plan para naturalizar el descontento popular, para esta cultura es más indignante que una persona prefiera guardar $1700 para comer o estudiar a que un millonario ,con sus arcas llenas, quiera poseer siempre más dinero a costa de la esclavitud de otras.

Y ya que se toca la cuestión de los derechos que deberíamos tener como usuarios, no podemos pasar por alto que el sistema de transmilenio en Bogotá, al estar enmarcado en una de las burocracias más corruptas del mundo, sea de los más caros, indignos e inseguros de América latina. Vimos los años pasados que tras olas de manifestaciones pacificas, que terminaban siendo violentamente reprimidas no sin una respuesta de quienes están indignadas, las directivas deciden bajar el precio del tiquete en ciertas horas. Esto no hay que entenderlo como un regalo que nos dieron las de arriba, lo vemos una conquista que se lo logró a punta de movilización, y sabemos que aún falta y seguimos en ese mismo camino.

La prensa oficialista, no bastándole con insultarnos, nos pone al mismo nivel (o quizás peor) que el de los Nule o los Moreno, asegurando que las mismas razones que nos motivan a colarnos son las mismas que motivaron a estos avaros a sacarse buenas tajadas de dinero, aparte de lo legalmente permitido que de por sí ya es un robo. Quisiéramos ver que, por la tacañería, un ladrón de cuello blanco salte una puerta de transmilenio.

Pero en algo estamos de acuerdo con estos señores de los grandes periódicos: toca atacar más profundo, cambiar lo cultural. Buscamos atacar la cultura de la competencia, del odio, de la desigualdad, del conformismo y de la resignación, aunque no sea la misma idea a la que se refieren los grandes medios al decir que el “buen ciudadano” es quien pide sus derechos de manera “que no altere el orden” –para que le nieguen sus exigencias- y al otro día vuelva y pague su pasaje, hacer lo que en la escuela llaman “lo correcto”. Lo importante, para ellas, no es que transmilenio se digne a dar un buen servicio, sino que el dinero siga llegando diariamente, si eso es así, todo está bien en la lógica de lo antilógico.

Todo lo anterior nos lleva a una serie de reflexiones más profundas. La prensa oficialista está al servicio de los bolsillos de los empresarios y gobernantes, nunca mira más allá de las cortinas de humo y termina por justificar la desigualdad legalmente impuesta, y así seguimos en lo mismo de siempre: atacan a las hambreadas pero no al hambre, niegan la lucha de clases porque son dueños de quienes cuentan la versión de la realidad. En esa misma dirección, para la no sorpresa nuestra, las leyes están hechas para blindar el bolsillo de los explotadores, obligando al explotado a seguir dejando su dignidad y vida en largas jornadas de trabajo, en oportunidades de educación perdidas o en una tarjeta electrónica, ejemplo de ello es la forma más “correcta” que encuentra el aparato estatal para controlar a quienes se colan, que en su mayoría no tienen dinero pues no se colarían, exigiéndoles más de medio millón de pesos como retribución por “robar” $1.700, y para hacerlo sonar “humanitario” se dice que el objetivo último es “salvar vidas”, ¿No será salvar bolsillos?, bueno, suponiendo que las mismas personas que nos condenan a morir en las puertas de los hospitales quieren salvaguardar nuestra integridad física y se preocupan de que el 23% de las muertes anuales alrededor del mundo sean por accidentes de tránsito, parece no importarles que la gente fallezca por enfermedades producidas por alimentos tratados con transgénicos, por las guerras impuestas por la avaricia del petróleo, por el hambre y la sed, por la desigualdad social y por la violencia que nace de todo lo anterior, quizás todo ello sea más del 23%.

Pero para exigir nuestros derechos inmediatos como usuarios, llámense servicios más regulares, menos congestionados y más baratos, y teniendo en cuenta que todo va más allá, debemos seguir una serie de papeleos que probablemente no terminarán en nada al cabo de meses o años, papeleos que para castigar a quienes se colan y proteger los ingresos de parásitos si son rápidos, pues existe eso de “leyes express”, que se hacen en cuestión de días o semanas, donde los recursos materiales y humanos (vehículos de la policía, uniformados, cámaras, etc) están a disposición del capital privado a primera hora. Pero para terminar de hacerlo más orwelliano, cada peatón usuario del sistema debe convertirse en “veedor” del mismo, es decir, esta cultura del pago y el rechazo social a colarse garantizan que cada una de nosotras sea un potencial policía de las demás, imaginémonos cuanto se ahorraría transmilenio en celadoras.

Sabemos que muchas veces el acto de colarse lo hacen personas con bastante dinero, que lo hacen por diversión o por el deseo de adrenalina, como también hay casos absurdos donde jóvenes han muerto por no esperar un semáforo en rojo o teniendo varios pasajes en sus bolsillos, esto es también criticable. Somos conscientes de que nuestra vida no vale menos que $1.700, por eso cuando nos colamos lo hacemos con seguridad de no morir en el intento. Estamos de acuerdo con que es importante desarrollar conciencia social en nuestros barrios y centros de estudio, sin hacerle el juego al sistema de injusticia. Somos conscientes también que debemos dejar salir primero, cruzar el puente peatonal, utilizar los semáforos y caminar por la derecha, son cosas simples que ayudarían a mejorar muchas cosas, pero que quede claro que aquí lo importante y primordial es la transformación de las condiciones económicas, sociales y culturales que nos imponen los de arriba, luego de ello podremos hablar de un sistema digno de transporte, de educación, de salud, de producción… de vida.

En resumen, porque no tenemos salarios dignos y porque nos burlamos del poder, seguiremos colándonos: por la puerta, abriéndola o subiéndonos al primer articulado que se detenga; por torniquete, saltándolo o devolviéndolo… ¡Colémonos hasta que todo cambie!.

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