Sobre un sistema global basado en reglas, concertinas, muros y muertes en el mar.

Europa está orgullosa de ser el producto político y cultural de una civilización milenaria, en cuyas raíces históricas se encuentra la idea de progreso y una visión universalista de la humanidad que ha dado lugar al nacimiento de las doctrinas de los derechos humanos y de la democracia parlamentaria moderna. Europa es la patria de la filosofía griega, de la ilustración francesa, de la dialéctica alemana. Es el hogar de tradición jurídica romana, de la ciencia de la modernidad y de la separación entre Iglesia y Estado.

El Reino Unido de Gran Bretaña es el alma máter del liberalismo, el lugar donde el utilitarismo humanista reemplazó a la teocracia. Dinamarca es un espacio idílico donde el sueño de la socialdemocracia se hace carne en barrios majestuosos alimentados por un fecundo Estado del Bienestar. España, partera del “derecho de gentes” (precedente inmediato de la doctrina de los Derechos Humanos), iluminador faro del catolicismo social que evangelizó varios continentes es la tierra insigne de Cervantes, Carlos III y Ramón y Cajal.

El Reino Unido de la Gran Bretaña ha aprobado, recientemente, una normativa que permite que los solicitantes de asilo en el país sean enviados a Ruanda mientras se sustancia el expediente. Una idea que está siendo estudiada por otros países europeos. El gobierno socialdemócrata de Dinamarca ha establecido una legislación que implica el traslado de población de los barrios donde hay una mayoría de habitantes “de origen no danés”, aun cuando estos habitantes tengan la nacionalidad del país, para salvaguardar la homogeneidad étnica y cultural de la sociedad. El ministro del Interior del Gobierno progresista español mantiene abiertamente la necesidad de las “devoluciones en caliente” mientras los cadáveres se amontonan en sus fronteras. Justifica la violencia contra solicitantes de asilo que saltan las vallas de Ceuta y Melilla porque no tienen ninguna opción real de hacer sus solicitudes en los consulados españoles de sus países de origen.

Realmente, Europa nunca fue el ilustrado paraíso del humanismo universalista que nos han contado. Los discursos sobre los derechos humanos y la abolición de la esclavitud vinieron acompañados, ya desde su mismo origen, de la violencia del colonialismo y de las teorías del paternalismo civilizador de la “raza blanca”. Europa externalizó la violencia y los procesos de “acumulación por desposesión”, que dieron origen al capitalismo, tan pronto como su clase dirigente se vio incapaz de disciplinar a la clase obrera europea sin garantizarle una capacidad de consumo mínima.

Los discursos sobre los derechos humanos y la abolición de la esclavitud vinieron acompañados, ya desde su mismo origen, de la violencia del colonialismo y de las teorías del paternalismo civilizador de la “raza blanca”.

Europa inventó el racismo como categoría política e intelectual para desplegar su violencia en las colonias. SI bien griegos y romanos convivieron con negros, semitas y orientales, el origen racial nunca fue una categoría con un contenido social concreto en los textos de la antigüedad. Normalmente ni se menciona, y nunca se le presupone un valor social negativo. El racismo es una herramienta intelectual desarrollada para justificar la barbarie de las plantaciones coloniales, en las que la esclavitud garantizó la materia prima necesaria para el desarrollo industrial europeo, en los inicios del modo de producción capitalista. Sin el algodón barato manchado de la sangre esclava en las colonias, la industria textil inglesa nunca hubiera sido capaz de batir a la de la India. La estabilidad europea se sustentó sobre el despojo de los pueblos colonizados y sobre las redes transatlánticas de tráfico de personas.

Ese proceso no finalizó con el fin del colonialismo. Simplemente, ha adoptado otra fisonomía, otra forma de articulación. El señoreaje financiero del dólar o del franco CFA, y la operatoria de los organismos multilaterales hegemonizados por Occidente (el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial… etc.) garantizan que los mercados globales estén construidos alrededor de una dinámica de intercambio desigual que implica que la producción industrial del Norte global obtenga mejores precios que las materias primas provenientes del Sur. A esto le acompaña la posibilidad de manipular los intereses de la deuda pública de los estados del Sur mediante las políticas monetarias de los Bancos Centrales de Occidente, y la implementación de los planes de ajuste estructural del FMI que implican la venta, a precios de saldo, del tejido empresarial y los servicios públicos de los países del Sur a los fondos de inversión y a las empresas transnacionales del Norte. El colonialismo ha mutado en un imperialismo ubicuo, persistente, sistémico, que habla de “sistema global basado en reglas” cuando quiere decir “despojo global garantizado por las reglas del Norte”.

La relación de dependencia que ata a los países del Sur y del Norte articula gran parte de las dinámicas sociales y económicas entrelazadas de ambos espacios, aunque gran parte de la población europea la vea como algo ignoto y un tanto lejano. La mayor parte de la huella ecológica de la sociedad europea está en África. Allí están las minas de litio o de cobalto, los caladeros de pesca, la agroindustria que surte los mercados de frutas y hortalizas de Europa sin tener que cumplir la normativa fitosanitaria o ecológica comunitaria. Más allá de la contaminación del aire en Chamberí, la huella ecológica de Madrid está también en las minas del Congo, en el campo marroquí, en las plantaciones de soja de Argentina o Paraguay, en los pozos petrolíferos de Nigeria.

El derecho de asilo, según la visión jurídica occidental, es una obligación humanitaria de todos los Estados de la que no se puede abstraer ninguna democracia digna de este nombre.

Y con el despojo y la huella ecológica viene la huella social: guerras, represión, miseria, feminicidios, inestabilidad política crónica. Tropas francesas que salvaguardan a “gobiernos amigos” en África o marines norteamericanos que desembarcan en Panamá o la isla de Granada. “Vuelos de la muerte” que llevan a desconocidos militantes árabes a centros clandestinos de torturas y golpes de Estado recurrentes animados por agencias de mercenarios y embajadas. El humanismo idealista del derecho internacional no puede negar la ubicuidad de la indignidad y la violencia como sustrato fundamental de nuestro modo de vida.

El derecho de asilo y refugio es una vieja creación jurídica europea, en su versión actualmente difundida. Gracias al derecho de asilo, los revolucionarios liberales pudieron escapar de los gobiernos absolutistas del Antiguo Régimen, en los siglos XIX y XX, e implantar las democracias modernas de las que se enorgullece Europa. El derecho de asilo, según la visión jurídica occidental, es una obligación humanitaria de todos los Estados de la que no se puede abstraer ninguna democracia digna de este nombre.

Sin embargo, Europa está mutando. La fortaleza construida en el continente para limitar la migración de las multitudes desposeídas del Sur global, hecha de fronteras plagadas de concertinas y vigilancia represiva contra migrantes económicos y solicitantes de asilo, está experimentando una transformación brutal, un cambio cualitativo hacia la indignidad.

La expansión de las organizaciones políticas de ultraderecha en Europa y la diseminación de las teorías contrarias a la inmigración ha transformado la legislación europea de una manera que hace treinta años hubiese sido vista como impensable.

Podríamos hablar, de nuevo, de las políticas destinadas a enviar a quien solicita asilo en países europeos a lugares como Ruanda o Albania. De la intervención de Frontex (la autodenominada “policía de fronteras” de la Unión Europea), que ha sido acusada de numerosas “devoluciones en caliente” que han acabado en muertes de decenas de migrantes en el mar Mediterráneo, y de ser un caladero de una extensa trama de corrupción institucional. De la “Ley Mordaza” española y su jurisprudencia derivada, que ha admitido las “devoluciones en caliente” de solicitantes de asilo, si estos alcanzan el territorio español sin haber hecho su solicitud en los consulados de los países de origen, a los que, por otra parte, se hace imposible el acceso de los migrantes. De la nueva legislación del gobierno de Giorgia Meloni, en Italia, que obliga a los barcos de salvamento de las ONG que trabajan en el Mediterráneo a dirigirse a puertos a miles de millas náuticas del lugar de recogida de los migrantes para, simple y llanamente, dificultar todo lo posible que sigan salvando vidas.

La expansión de las organizaciones políticas de ultraderecha en Europa y la diseminación de las teorías contrarias a la inmigración ha transformado la legislación europea de una manera que hace treinta años hubiese sido vista como impensable.

Europa necesita el cobalto africano para su transición ecológica. Nuestros rutilantes coches eléctricos están regados de sangre y sufrimiento a miles de kilómetros de las electrolineras que pagamos los contribuyentes para hacernos la idea de que salvaremos el mundo con nuestra buena voluntad, mientras Iberdrola hace pingües negocios

Europa necesita el trabajo migrante. Sustenta nuestro sistema de Seguridad Social, la limpieza de nuestras casas, la producción de nuestros invernaderos de frutas y hortalizas, el cuidado de nuestros mayores. Europa necesita recursos mudos, pero vienen personas trabajadoras, creativas, esforzadas, valientes.

La oligarquía europea necesita migrantes. Pero les necesita mudos, “ilegales”, subordinados, en aislamiento. Un ejército industrial sin derechos que se pueda utilizar como la “cabeza de turco” (reveladora expresión) de los problemas y las ansiedades de la clase obrera autóctona. Necesita que la multitud migrante sea vista como un elemento de fragmentación de las clases populares, como un cuerpo extraño, como una competencia ilegítima. No necesita a migrantes que operen como una ventana abierta al infierno del Sur del mundo o como un puente a las luchas de sus poblaciones. No necesita migrantes insurgentes.

La oligarquía que habla de “un sistema global basado en reglas” ha llegado a la conclusión de que el derecho de asilo es un lujo que no puede permitirse, y de que su único futuro posible pasa por enfrentar a las clases populares entre sí, por difundir la doctrina de la confusión y el caos racista, por buscar una “guerra civil larvada” en las barriadas proletarias entre distintos tonos de la piel y distintas tonalidades del habla. La ultraderecha, que cada vez tiene más predicamento en los despachos institucionales, busca el caos social para reinar sobre él en base a la corrupción y la represión.

Europa está en trance de convertirse en una hidra autoritaria. La doctrina de los derechos humanos y el universalismo está en crisis porque ya nadie quiere tomársela en serio. No es operativa para el dominio en un contexto de guerra global en ciernes y crisis permanente. La guerra que se anuncia contra las potencias emergentes precisa el abandono del sueño humanista europeo y la reactualización de las dinámicas del control de las poblaciones mediante la jerarquización de sus diferencias (machismo, racismo, clasismo…).

La clase trabajadora, hoy, no tiene nada que ver con el canónico cartel del tipo musculoso manejando un martillo, bañado en sudor. Pero todos los referentes culturales de nuestra sociedad interpelan a esa imagen como si siguiera estando viva, ya sea para idealizarla, criticarla, cancelarla o negar que nunca hubiera existido.

La clase obrera, hoy, es plural, mestiza, diversa. Hay quien quiere convertir esa abigarrada multitud de variaciones sobre el tema de la precariedad y la explotación en fragmentación y conflicto, en una caótica guerra de razas, géneros, edades o estatus profesionales.

El sueño humanista de Europa, el proyecto histórico de su clase obrera será diverso y saltará sobre las fronteras. O no será.

La acción del sindicalismo combativo precisa de un discurso de la totalidad, dirigido a todas las variantes del trabajo. Un discurso que haga aliarse a las fuerzas dispersas de la mayoría social, más allá de sus diferencias, pero sin negar la legítima existencia de su pluralidad y la imperiosidad de sus necesidades asociadas. Pero esa totalidad es, ahora, de una multiplicidad anonadante.

No debemos olvidar que en nuestra sociedad hay riqueza para todas las formas del trabajo. Producimos la abundancia y esa misma abundancia, regida por los criterios de la sostenibilidad ecológica y la justicia social, podría garantizar una vida digna para todas. Pero esa misma abundancia es producida por la abundancia vital, el excedente creativo, de una clase obrera proliferante, plural, diversa, múltiple.

El sueño humanista de Europa, el proyecto histórico de su clase obrera será diverso y saltará sobre las fronteras. O no será.

Este artículo se publicó originalmente en la revista Libre Pensamiento nº 115, otoño 2023

Breve repaso histórico a la creación del estado de Israel.

Tras la reactivación del conflicto armado en palestina hace unos meses, el mundo entero ha girado la cabeza, aunque sea por un momento, hacía este territorio ubicado en oriente próximo. Queremos aprovechar este interés por el conflicto, desatado por la escalada de la represión que lleva ejerciendo Israel desde hace tres cuartos de siglo, para hacer un breve repaso a la historia de este conflicto. La intención de este artículo no es otra que la de aportar un pequeño cronograma histórico, centrándonos principalmente en la situación previa a la creación del estado de Israel, ya que es aquí donde, en cierta medida, se asientan las bases del Israel actual. A lo largo del artículo podremos ver como muchas tácticas empleadas por Israel en la actualidad no son más que la continuación de los que se empleaban a principios del siglo pasado, como la burguesía sionista actúa en favor de sus propios intereses, de igual manera ,que lo hacía durante la Alemania Nazi. 

Palestina bajo el mandato británico.

Tras la primera guerra mundial ,y los acuerdos de Sykes-Picot,  los países aliados se reparten lo que anteriormente había sido el Imperio Otomano, de esta manera Gran Bretaña , en contra de anteriores pactos tanto con árabes como judíos, se instaura como potencia colonial en lo que actualmente sería Irak, Jordania, Palestina e Israel. 

El estado británico ya había promovido la creación de un estado judío en Palestina ,en 1917, en plena guerra mundial, el gobierno británico firma la declaración de Balfour. En esta declaración se defiende la creación de un “hogar nacional judío”, buscando generar una convivencia entre la población previamente asentada y la población judía. Es, en cierta medida, por esta declaración, que las naciones unidas le entregan a Gran Bretaña este territorio. 

El mandato británico busca desarrollar un estado en el cual pudieran convivir la población palestina y la nueva inmigración sionista. A raíz de esto, se empieza a fraguar una fuerte tensión entre las fuerzas británicas, las organizaciones sionistas y las palestinas. En este contexto se crean varias organizaciones paramilitares sionistas, como Haganah y, posteriormente Irgúno Leji.

Es en este contexto cuando ,en 1936 estallan las revueltas árabes, tras el aumento de la llegada de colonos sionistas a Palestina. Estos colonos empezaron a crear asentamientos y a comprar las tierras agrícolas en las cuales trabajaba población palestina, desplazando a estos y provocando una empeoramiento en sus condiciones de vida. Esto ayudó a ir generando una brecha económica entre colonos y palestinos. 

El estallido se alarga durante varios años,  reavivándose con distintos niveles de intensidad, hasta que en 1939 y después de una amplia y cruenta represión por parte de colonos sionistas y el ejército  británico, consiguen acabar con la revuelta. 

En 1939 , el gobierno británico publica el libro blanco de MacDonald, el cuál es rechazado por ambas partes, sionistas y palestinos. En él se detallan los planes británicos para con la colonia. Se decide abandonar la idea de dos estados y se busca la creación de un único gobierno en el cuál participen judíos y árabes, buscando respetar las proporciones demográficas. Por otro lado se defiende la limitación a la inmigración judía y el fin de la compra de terrenos por parte de las entidades judías. Estas medidas generan que Haganah ,y el resto de grupos, empiecen a llevar a cabo acciones contra el gobierno británico, ya que entienden que estás medidas, por un lado, les aleja de la constitución de un estado propio, y por otro, les restringe la táctica colonial fundamental del sionismo hasta el momento, como era la compra de tierras y el paulatino desplazamiento de la población local.

La ideología sionista y su auge.

El sionismo empieza a fraguarse al final de XIX como respuesta al crecimiento del antisemitismo que se da principalmente en Europa. Frente a estos ataques y el auge de la ideología nacionalista en el continente, se desarrolla la idea de que el pueblo judío es un sujeto nacional, se empiezan a fraguar organizaciones y publicaciones en la línea de la creación de unidad entre miembros de un pueblo ,el cuál ,estaba disperso  por medio mundo. En esta época se empiezan a desarrollar proyectos de inmigración judía hacia Jerusalén , la cuál ,recordamos, estaba bajo dominio del mandato británico, con el objetivo de ir desarrollando la colonización de esta tierra mediante la creación de asentamientos , con el fin último de crear el estado-nación judío. 

El auge de las organizaciones sionistas en Alemania, llega, en gran medida, con la instauración del III Reich. El partido Nazi, y en especial las SS, ven en la burguesía sionista el perfecto aliado. En este periodo se da una colaboración muy activa entre ambas corrientes, y en 1933 se da el acuerdo Haavara. 

En este, se decide facilitar la inmigración de la población judía en Alemania hacia Palestina beneficiándose económicamente, ya que, a parte de establecer acuerdos comerciales con empresas judías en Palestina,  las personas que salieron del país de esta manera se vieron en la obligación de vender sus propiedades a miembros del régimen alemán a cambio de bienes producidos en alemania que se exportaban a Palestina. En el marco de este acuerdo, se da apoyo militar a haganah por parte del III Reich , en forma de entrenamiento militar a sus fuerzas, para que estas pudieran desarrollar con mayor eficacia sus acciones tanto contra palestinos como británicos.

Es importante resaltar  esta colaboración .En la literatura sionista, haganah, es reconocido como la organización precursora a las fuerzas de seguridad israelies. Esta colaboración nos permite entender declaraciones como las de Netanyahu ante el congreso sionista mundial , donde defiende que hitler no quería exterminar a los judíos, si no que fueron los lideres palestinos quienes les incitarón a hacerlo. La burguesía sionista fue complice del holocausto, eran los comites sionistas quines controlaban los guettos y quienes decidían quienes eran deportados, fue la burguesía sionista quienes desarrollaron relaciones comerciales con el régimen alemán. En definitiva la burguesía sionista no tuvo ningún problema en ignorar las amplias críticas provenientes de la comunidad judía y colaborar con sus ejecutores, con tal de poder reforzar sus planes de colonización en Palestina, además de ,en muchos casos, sacar un reedito económico por ello .  

Fin del mandato británico

Tras el fin de las revueltas árabes y la promulgación del libro blanco la tensión entre las organizaciones sionistas y el mandato británico aumentan y se empieza a agudizar el conflicto armado entre el mandato británico y distintas organizaciones terroristas de corte sionista, como fueron Irgún y Leji .

Empezó un periodo en el cuál el terrorismo sionista no se limitó a atacar a la población palestina sino que se lanzaron numerosas campañas centradas en atacar y boicotear elementos claves de la administración británica así como a militares, policías y altos cargos británicos. Las actividades de Irgún y Leji pasaron por altibajos, hasta que, en el 46, se produce el atentado contra el hotel rey David en Jerusalem. Este hotel era la sede del cuartel general británico y del gobierno civil del mandato, Irgún coloca varios explosivos en el sótano del edificio los cuales llegan a volar las siete plantas del mismo dejando 91 muertos y una gran cantidad de heridos. Este atentado,  junto con todo el desgaste sufrido por la constante violencia que se vivía en la región, aumentó el hartazgo del gobierno británico, el cuál se veía en la necesidad de destinar amplios contingentes militares a un territorio el cuál ya no era nada rentable mantener. Por lo que  se empieza a promover la idea entre la política británica y la opinión pública de la necesaria salida de Gran Bretaña del territorio. 

En el año 1948 la ONU aprueba un resolución en la cuál se expone que Gran Bretaña debía abandonar Palestina y se proponía la creación de dos estados. Uno árabe y otro judío, siendo Jerusalem un territorio administrado por la ONU. El judío sería de aproximadamente el 55% del territorio del mandato , pese a representar únicamente poco más del 30% de la población total. Esta resolución fue ampliamente apoyada por la mayoría de las organizaciones judías, aunque hubo excepciones, como Irgún, mientras que la población palestina se opuso a esta de forma considerablemente unánime. 

Nakba.

A las pocas horas de que Gran Bretaña retirará lo que restaba de su personal desplegado en Palestina, el 14 de mayo de 1948, en Teal Aviv, el gobierno provisional declara la independencia de Israel . 

Comienza con esto la Nakba, el exilio de la población palestina huyendo de las fuerzas sionistas. Se estima que tres cuartas partes de la población palestina se vio obligada a abandonar sus casas en el 48. Tras esto las fuerzas israelíes arrasaban las aldeas  ,buscando borrar cualquier resto árabe en el nuevo estado, para posteriormente expropiarlas y entregarles  la tierra a los nuevos colonos.

Al día siguiente  las fuerzas de la liga árabe declaran la guerra a Israel, comenzando así una guerra que duraría más de un año. Israel convirtió a Haganah en la base de su nuevo ejército, dando paso a la creación de las IDF, el resto de grupos armados fueron paulatinamente integrados en estas, así como veteranos judíos de la Segunda Guerra Mundial. Israel acabaría saliendo reforzada del conflicto, consiguiendo mantener el territorio previo a la guerra y anexionando entorno a un 25% más de territorio con respecto al asignado en la resolución previa de las naciones unidas. 

Tras la guerra la ONU reconoció de los refugiados palestinos a poder volver a sus tierras (ahora bajo control israelí), teniendo que devolver Israel las propiedades confiscadas durante el Nakba a los exiliados o su descendencia. Israel, siguiendo su política de colonización, se negó, provocando que el exilio palestino nunca pudiera regresar a su tierra, y obligando a la población que permaneció en el territorio a vivir múltiples desplazamientos aún hasta día de hoy. 

¿Qué es la contracultura?

Transcripción de la charla impartida en el pasado mes de septiembre por Marcelo Sandoval Vargas, profesor en el Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de Guadalajara (México)

 

Para forjar una afinidad con la temática que nos convoca voy a dar lectura a lo que prepare acudiendo al método que desarrolló Guy Debord: el desvío, que implica el arrastre hacia “la subversión de las conclusiones críticas pasadas que se ha fijado como verdades respetables”, todo ello con la intención de mejorar las ideas.

La única cita que haré explicita, porque es el eje articulador de este comentario corresponde a una persona que cayo combatiendo contra el fascismo y el stalinismo, contra la sinrazón y la mentira. este pensador que para Hannah Arendt era un “alquimista practicando el arte misterioso de transmutar los elementos fugitivos de lo
real en el oro brillante y duradero de la verdad”.

La cita dice:

Quienes dominan en cada caso son los herederos de todos aquellos que vencieron alguna vez. Por consiguiente, la empatía con el vencedor resulta en cada caso favorable para el dominador del momento […] Todos aquellos que se hicieron de la victoria hasta nuestros días marchan en el cortejo triunfal de los dominadores de hoy, que avanza por encima de aquellos que hoy yacen en el suelo. Y como ha sido siempre la costumbre, el botín de guerra es conducido también en el cortejo triunfal. El nombre que recibe habla de bienes culturales, los mismos que van a tomar en el materialista histórico un observador que toma distancia. Porque todos los bienes culturales que abarca su mirada, sin excepción tiene para él una procedencia en la que no puede pensar sin horror. Todos deben su existencia no sólo a la fatiga de los grandes genios que los crearon, sino también a la servidumbre anónima de sus contemporáneos. No
hay documento de cultura que no sea a la vez un documento de barbarie. Y así como éste no está libre de barbarie, tampoco lo está el proceso de la transmisión a través del cual los unos lo heredan de los otros.

Walter Benjamin

Estamos parados sobre el horror. Estamos dentro del horror. Un horror que se nos presenta bajo la apariencia de cultura. Pero que en realidad sólo es para encubrir la barbarie. ¿Por qué he comenzado con uno de los últimos pensadores de la modernidad tardía que apostó siempre por la revolución, la memoria, la razón y la verdad? Porque quiero iniciar mi charla sobre la contracultura partiendo del documento de cultura que nos convoca, el museo regional, y que a propósito de su centenario nos ha convocado el Grupo Crítica y Memoria a una ejercicio de conmemoración y de rememoración, lo señalo de este modo porque hasta ahora hemos tenido imágenes y palabras que representan las dos perspectivas de análisis. Para Benjamin la conmemoración y la rememoración son dos modos antagónicos de pensar el pasado y de pensar la cultura. La conmemoración es la que forja una empatía con los vencedores de la historia, quienes producto de esa victoria se han apropiado del botín de guerra que llamamos bienes culturales y que se concentra en espacios como éste, como cualquier museo, galería de arte, universidad, biblioteca y
archivo histórico. Y así como hemos padecido conmemoraciones, también hay experiencias donde irrumpe el esfuerzo por rememorar, es decir, por cepillar la historia a contrapelo para tomar en el momento de la acción y la reflexión la barbarie, las luchas de los oprimidos de todos los tiempos, los proyectos frustrados.

En el museo regional están condensados dos momentos, a través de los cuales podemos ver la cultura; y la barbarie que le es inseparable. Al mismo tiempo que podemos ver atisbos de contracultura, de rebeldía y resistencia. El primer momento es la conquista y colonización de está región por parte de los europeos y el segundo instante es la revolución mexicana. Este documento de cultura, su proceso de creación y el aura que se alcanza a ver como imagen, nos recuerda todo los días el sufrimiento de los pueblos que significó la conquista y colonización. Este edificio fue hecho con el trabajo, la sangre, el sufrimiento y el dolor de cientos, quizá miles de indígenas a los que se les forzó a trabajar desde el momento en que unos cristianos, llegados de Europa dijeron, estas tierras son mías, ustedes de ahora en adelante son infieles, y deben desaparecer sus formas de organizar la vida, su cultura, sus costumbres y sus modos. Su vida, sus bosques, su agua, sus minerales, sus montañas, ya nos les pertenecen, ahora son propiedad del rey por mandato divino.

Desde ese momento nace la cultura en esta región, es decir, la cultura nace siempre de la separación, de la dominación. De la creación de una sociedad dividida en amos y esclavos, colonizadores y colonizados, fieles e infieles, poseedores y desposeídos. La cultura, en tanto velo, en tanto apariencia, nos hace olvidar que su origen es la
fragmentación de la sociedad mediante la imposición de una jerarquía, de un proceso de estratificación social. Y al mismo tiempo, en ese mismo momento las cosmovisiones de los indígenas se convierten en contracultura, en resistencia y rebeldía.

El otro momento, del que nos hablan estas paredes es la Revolución Mexicana. Este museo no se consolidó gracias a la revolución. Fue el resultado de la apropiación del botín del guerra por parte de las fuerzas contrarrevolucionarias. Nunca debemos olvidar esto. Carranza, Obregón, Diéguez, Zuno… no son los representantes revolucionarios a los que debemos documentos de cultura como el museo regional. El museo regional es producto, en dos sentidos, de la derrota de la revolución, del triunfo de las fuerzas reaccionarias sobre los verdaderos rebeldes, zapatistas del Ejército
Libertador del Sur y los anarquistas magonistas, que dieron su vida por una revolución social universal. Por tanto, la labor de Iska Farías debemos entenderla de un modo totalmente contrario a como nos lo han repetido una y otra vez en las charlas que se han dado estos meses aquí. El arte y la cultura que se mantuvo vivo dentro de estas paredes no fue gracias al beneplácito de quienes se hicieron llamar revolucionarios. Una parte del arte y la cultura que se mantuvo vivo aquí fue el último reducto de libertad, rebeldía y crítica. Fueron las cenizas de un instante de peligro donde los oprimidos, los indígenas y campesinos, buscaron tomar el destino de sus vidas en sus manos, pero las fuerzas estatistas y capitalistas de México y Estados Unidos no lo permitieron, por tanto el espíritu de rebeldía sólo pudo mantenerse vivo, una vez más, en el arte y la contracultura.

Cuando se tiene todo en contra, la resistencia toma formas que para los poderosos les resulte imperceptible. Crean un lenguaje que se intraducible para los dominadores. Ese lenguaje, esas imágenes, esas creaciones, en algunas ocasiones toman la forma del arte y se convierten en verdaderas contraculturas. Y a veces esas contraculturas toman una expresión totalmente radical, es decir, apuestan por dejar atrás la separación entre el arte y la vida, para fusionarlas en una vida poética, en una vida apasionante. el arte se convierte en uno de los últimos reductos para la insubordinación y para hacer manifiestas las posibilidades de ruptura y de elucidación de otros modos de vida. Rompen el conformismo y la contemplación. Desajusta la normalidad. Tiene como punto de partida una crítica a la cultura instituida, es una ruptura con las formas dominantes de hacer arte; se posiciona contra todo aquello que se convierte en moda para venderse en el mercado capitalista. Es rechazo de los valores y tradiciones, como la familia, el trabajo, la Patria, la religión. Rechazo de la civilización occidental.

La negación de la cultura dominante, hace estallar y descubre la fantasmagoría de que “los presupuestos culturales admitidos son proposiciones hegemónicas acerca del modo en que se supone que funciona el mundo” (Marcus, 2011: 11). Por medio de la contracultura y del anti-arte, se rechazo a Dios y al Estado, al trabajo y al ocio, al hogar y a la familia, al sexo y al juego, al público y a uno mismo, durante un breve tiempo […] hizo posible experimentar todas estas cosas como si no se tratase de hechos naturales sino […] cosas que alguien ha hecho y que consecuentemente pueden ser alteradas, o incluso eliminadas (Marcus, 2011: 14).

Y entonces qué es la contracultura. Es un movimiento de negación. Es un rechazo general del mundo. Es nada, como decían los dadaístas, por eso mismo es la vida; pero no la nada de los nihilistas, sino el No de los rebeldes, de los Espartaco, los Zapata, de los Makhno, las Emma Goldman, las Luisa Michel, las Rosa Luxemburg, los Flores Magón…

La contracultura es reconocer que la barbarie es la misma civilización, por eso mismo, los surrealistas creían:

‘En la necesidad ineludible de una liberación total… queremos… proclamar nuestro distanciamiento absoluto… de las ideas que forman la base de la civilización europea, no muy lejana todavía, y de toda civilización basada en los insoportables principios de la necesidad y del deber… Por cierto que somos unos barbaros, puesto que una cierta forma de civilización nos da asco… No aceptamos las leyes de la Economía ni del Intercambio, no aceptamos la esclavitud del Trabajo, y en un ámbito más vasto todavía, declaramos la guerra a la Historia… Lo estereotipado de los gestos, los actos, las mentiras de Europa ha concluido el ciclo de la repugnancia […]. Ahora les toca a los mongoles acampar en nuestras plazas’

La revolución ante todo y siempre – La revolución surrealista.

Este grito contra el mundo instituido que nos ayuda a volver un poco más atrás, con la pregunta: qué es la cultura. Ésta surgió como un intento de restablecer la unidad perdida como consecuencia de la alineación social, consecuencia del momento en que surgieron la jerarquía y el patriarcado; de la destrucción de la sociedad orgánica. Bajo esta perspectiva es una ilusión, una ilusión como las propias representaciones religiosas, entendiendo las ilusiones como aquello que se encuentra en contradicción con la realidad, pero que al mismo tiempo contiene una contradicción: nos pone de frente a la historia, nos pone ante la posibilidad de bajar el velo para ver el mundo fragmentado, gracias a que nos hace preguntarnos por nuestro pasado, por tanto, por nuestro futuro. Y para caminar en ese sentido debemos romper con las miradas inmanentes y trascendentales, que a lo que único que contribuyen es a reificar la cultura, tenemos que dejar atrás las formas ingenuas de vivenciar nuestro mundo, para ser capaces de apreciar los contenidos. Se hace necesario renunciar a todas las ilusiones.

Para Guy Debord “la cultura es la esfera general del conocimiento y de las representaciones de lo vivido en la sociedad histórica dividida en clases”. Es una apariencia de unidad. Unidad que sólo puede restablecerse con la destrucción de la alienación en todos los resquicios de la vida. La abolición de la dominación y de la explotación que conllevará la abolición de la cultura como esfera separada de la sociedad. De ahí que la contracultura surge cuando la enemistad individual hacia la cultura se hace colectiva, surge de la conciencia de que las creaciones humanas también pueden servir para el aniquilamiento, de la conciencia de que la cultura dominante sirve para que una minoría se beneficie mediante la opresión de la mayoría, cosificando a esa mayoría como fuerza de trabajo, convirtiéndola en una mercancía más.

La cultura dominante es el gobierno de las pulsiones humanas, Y cuando esa pulsiones humanas toman la forma de oposición, rebelión y destrucción irrumpe la contracultura. Para la contracultura como sentimiento y práctica de insubordinación el punto de partida es que si una cultura se sostiene en el sufrimiento de la mayoría no tiene perspectiva de perpetuarse, ni lo merece. Y si se perpetua sólo será gracias a la dosis de violencia y control que requiere todo sistema de dominio. Bajo esta perspectiva, si la contracultura es capaz de configurar una praxis radical, entonces tendrá que dirigirse a lo que Debord plantea: “solamente la negación real de la cultura conservará su sentido. Ella ya no puede ser cultural […] En el lenguaje de la contradicción la crítica de la cultura se presenta unificada: en cuanto que domina el todo de la cultura –su conocimiento como su poesía– y en cuanto que ya no se separa más de la crítica de la totalidad social. Es está crítica teórica unificada la única que va al encuentro de la práctica social unificada”.

Únicamente de esa manera se puede combatir desde la contracultura el espectáculo actual que se expresa en forma de cultura. Y para dar cuenta de esto, basta una imagen de la modernidad capitalista tardía, en lo que respecta a una de sus industrias, la editorial, que demuestra lo que para las demás industrias y mercados culturales es la regla, producto de que las creaciones culturales clásicas se encuentran fuera de moda. Ahora los “analfabetos intelectuales persiguen en vano la remisión de su ignorancia publicando todas las pruebas existentes de ella en una multitud de ilegibles volúmenes. Volúmenes que nuestra industria cultural se encarga de erigir en una suerte de barricadas contra la verdadera cultura” (Palabras del situacionista Gianfranco Sanguinetti). En la actualidad “puede que muchas de las manifestaciones culturales actuales se muestren transgresoras y rebeldes, pero la verdad es que vivimos un periodo de calma cultural, donde prevalecen la frivolidad y la inocuidad de las obras, y en el que los artistas, antes de oponerse a la sociedad en la que viven, producen un arte que celebra los aspectos más rentables y degradantes del capitalismo contemporáneo: La banalidad (Koons), el plagio (Prince y Levine), la explotación (Sierra)…” (Granés, 2011: 459).

Por eso para las contraculturas de los años sesenta y setenta la apuesta era negarlo todo: la familia, el trabajo, el arte y la cultura. Llamaron a cerrar los museos y las escuelas de arte. King Mob gritó en un panfleto: “Las escuelas de arte están muertas: el fuego en su avance se apoderará y lo juzgará todo. Un fantasma rodea el arte, el fantasma de la aniquilación. Todos los poderes de la antigua orden se han aliado en un pacto sagrado para exorcizar este espíritu: policías y rectores, escultores y pintores, poetas y filósofos, diseñadores y arquitectos, historiadores del arte y sociólogos”. Pero ellos mismo sucumbieron ante la vida convertida en espectáculo. Entonces de nuevo la contracultura como resistencia, como posibilidad de que “el arte pueda volver a entrar en la vida, como juego, como celebración, como critica, y no como esta apología por la supervivencia” (King Mob).

Durante este periodo se renegó de los padres, quienes han dejado de luchar por un mundo diferente del modelo familiar hegemónico, donde sólo se puede aspirar a tener una casa y un automóvil. Provocó un shock, trastoca la vida cotidiana y desacomoda el paisaje urbano mediante su hacer ser en las calles, niega las formas dominantes de hacer política —esas donde los adultos se dedican a hacer partidos políticos y sindicatos reformistas para dirigir y representar a los demás— que forman personas que aspiran a ser profesionales y expertos en la política, a hacerse del control del poder y ser los nuevos amos que dicten los destinos de la sociedad o que se contentan con la reproducción mecánica de la vida, el conformismo y la servidumbre voluntaria en palabra de Etienne de la Boétie (2009). Se planteó una política diferente, no quiso competir ni ganarle espacios a la política institucionalizada, o que demuestra que sus expresiones marginales se encontraban “más cercanas de las tradiciones anarquistas” (Rimbaud, 2010: 12). Se desplegó de modo descentralizado, creando espacios de encuentro e intercambio horizontal de saberes, los grupos de afinidad se basaban en la amistad y las relaciones cara a cara del barrio, porque entendían que “un cambio verdadero sólo puede ser logrado en el lugar que más entiendes —en tu tierra” (Rimbaud, 2010: 10).

La contracultura como el blues es un lamento, expresa melancolía y sufrimiento, por eso en su expresión radical e insumisa pone en el centro la vida, es decir, pone en el centro la imaginación y la creación, es decir, pone en el centro la destrucción y la negación. Permite trastocar la vida desde la clandestinidad de la cotidianidad (Debord, 2002). Así, la auténtica creatividad, es decir, que permita el despliegue de la espontaneidad – en tanto dimensión no determinad del ser humano– es irrecuperable para el poder (Vaneigem, 1988), rompe con la alienación social, por tanto, el arte entendido como poesía significa “la organización de la espontaneidad creadora en tanto que la prolonga en el mundo. La poesía es el acto que engendra realidades nuevas. Es la organización de la teoría radical, el gesto revolucionario por excelencia” (Vaneigem, 1988: 200).

Esta poesía hecha por todos conlleva sacar el arte a las calles, conlleva el esfuerzo para que el arte tenga resonancias en cada dimensión de la vida, y que la creatividad espontanea se convierta en el motor del mundo social. Se trata de romper con la política instituida que se impone sobre las creaciones artísticas El encuentro de la política y el arte, que logra la contracultura, para lograr una inversión de perspectiva significa “un momento unitario, es decir, uno y múltiple. La explosión del placer vivido que hace que, perdiéndome, me encuentre; olvidando quién soy, me realice” (Vaneigem, 1988: 212).

La poesía significa un despliegue revolucionario discontinuo, que rompe con el poder jerárquico y se sitúa en la vida misma para desde ahí crear nuevas relaciones sociales, que reconozcan en la imaginación, la espontaneidad, la creatividad y lo cualitativo la posibilidad de destruir el mundo de las mercancías.

Cierro entonces con una cita de John Berger, una persona para la que el arte y la contracultura eran sinónimo de protesta. Protesta que es capaz de realizarse con la mayor ternura o a través del mayor acto de devastación:

‘No puedo decirte lo que hace el arte ni cómo lo hace, pero sé que a menudo el arte ha juzgado a los jueces, exhortado a los inocentes a la venganza y mostrado al futuro el sufrimiento del pasado para que no fuera olvidado. Sé también que cuando el arte hace eso, cualquiera que sea su forma, los poderosos le temen y que entre el pueblo ese arte corre a veces como un rumor y una leyenda porque le da sentido a lo que no pueden dárselo las brutalidades de la vida, un sentido que nos une, pues al fin y al cabo es inseparable de un acto de justicia. Cuando funciona así, el arte se convierte en el lugar de encuentro de lo invisible, lo irreductible, lo perdurable, las agallas y el honor.’

 

[Reseña cinematográfica] Lejos de los hombres

Lejos de los hombres, en francés Loin des hommes, es una película dramática francesa de 2014 dirigida por David Oelhoffen. Protagonizada por el actor Vigo Mortensen, quien también coprodujo el filme, admitió que mientras hacía la película pensó en «las poblaciones europeas frente a las nativas en Estados Unidos, pero también en Gaza» y «el país artificial llamado Iraq que fue creado por los europeos y ahora se están desmoronando.»

Sinopsis: Ambientada en la Argelia colonial francesa, la narración sigue a Daru, un profesor francés que debe entregar a Mohamed, un dócil argelino sospechoso de asesinato, en manos de las autoridades francesas. Mientras tanto, la Guerra de Independencia argelina estalla.

La película está basada en ‘El huésped’, un relato corto de Albert Camus de su colección ‘El exilio y el reino’. Sin embargo, la narración de este filme es más amplia que el relato en que está basado. Aprovecha la coyuntura del inicio de la lucha anticolonial en Argelia frente al Estado francés, para convertir la narración de un relato intimista en una aventura en el que el personaje principal chocará con un contexto social del que pretende huir y no posicionarse. Un personaje que no busca la amistad de su huésped argelino, ya que él solo desea su soledad y seguir con su sistema de vida. Tras su lucha en Italia en plena Segunda Guerra Mundial, felizmente aislado impartiendo clases, o más bien adoctrinando a niños y niñas argelinas en la cultura francesa, cree estar fuera del conflicto colonial que los guerrilleros argelinos le han declarado a la metrópoli.

Este filme fue seleccionado para competir por el León de Oro en el 71 ° Festival Internacional de Cine de Venecia. Además, se proyectó en la sección de Presentaciones Especiales del Festival Internacional de Cine de Toronto 2014.

En general recibió buenas críticas por parte de los críticos cinematográficos, este desconocido filme francés, de no ser por la participación de Vigo Mortensen. Nos ofrece una excelente fotografía y una gran belleza de imágenes asentada en una narración perfectamente hilada entre el vacío y la destrucción. Con ciertos aires de western y de road movie atemporal se construye una historia contenida y austera, que mira hacia el interior del ser humano ante el dilema de tomar decisiones que afectan a la vida de otros.

Argelia: ¿otra descolonización era posible?

No es ningún secreto que la historia la escriben quienes vencen.
El nacimiento de Argelia como Estado tras tres siglos de dominación otomana y más de un siglo de colonización francesa, dice la historia, tiene un primer preámbulo cuando, en mayo de 1945, un número indeterminado de argelinas fueron masacradas por colonos armados por el ejército francés o por los propios militares y, consecuentemente, no pocas argelinas se echaron al monte. El segundo preámbulo fue el cambio ofensivo de las nacionalistas argelinas, el 1 de noviembre de 1954, pasando del maquis a los atentados urbanos (sin renunciar al monte) y anunciándolo todo bajo el paraguas de un Frente de Liberación Nacional que, dos años después, absorbería a dos de las principales organizaciones argelinas (la UDMA y el PCA). Durante más de siete años –sigue la historia– el FLN dirigiría esa guerra contra Francia hasta conseguir llevarla a la cumbre de Évian-les-Bains que permitirían pactar esa independencia, consagrada en 1962.
En la foto de ese proceso de independencia, sus padres: el político Ferhat Abbas, los militares convertidos en un Gobierno Provisional de la República Argelina, como A. Ben Bella o K. Belkacem, y militares a secas como H. Boumédiène o M. Boudiaf. La letra pequeña de la historia nos recuerda que estos últimos se impusieron a partir de 1965 y enviaron a las demás a la muerte, la prisión o el destierro (en los casos en que no habían sido ya enviadas), pero apenas hablan de las otras independentistas.

Las seis personas que fundaron el FLN, delegadas a su vez de otras dieciséis («el grupo de los 22») pertenecían al MTLD o Movimiento por el Triunfo de las Libertades Democráticas, pero un sector del MTLD había sido en gran parte relegado junto con su principal fundador, Messali Hadj.
Ahmed Mesli, verdadero nombre de Messali Hadj, nació tal día como hoy de 1898 en una familia pobre de la ciudad de Tlemcen o Tremecén. En aquel entonces, Francia seguía oscilando entre tendencias colonialistas duras y otras más suaves, que pretendían favorecer la asimilación de la población indígena, musulmana y judía, tendencia esta última que enfurecía a los colonos más supremacistas. Estos últimos llegaron a plantearse una Argelia independiente para asegurarse de que Francia no reconociera a las indígenas los mismos derechos y oportunidades que las francesas; si bien este «independentismo blanco» no fue reprimido, como lo sería el indígena. Volviendo a Mesli/Messali, el servicio militar obligatorio le llevaría a Francia, donde descubrió el racismo y la superior calidad de vida de la clase trabajadora metropolitana sobre la colonizada, pero donde también conoció a Émilie Busquant (1901-1953). Busquant, anarcosindicalista, le da a conocer el marxismo y, tras una cierta simpatía por el nacionalismo turco kemalista, Messali se acerca al PCF y acaba uniéndose al partido, al igual que al sindicato revolucionario CGTU (escisión de la CGT protagonizada por anarquistas y, sobre todo, por leninistas). En esta época en que, bajo el liderazgo de Stalin, la KomIntern atacaba el colonialismo, los magrebíes del PCF crearon la ENA (Estrella Norteafricana), organización que les aglutinaba en el seno del PCF, pero en función de su problemática específica, como una especie de sección francesa del Partido Comunista de Argelia. Luego vendría el distanciamiento por el que la ENA sería finalmente expulsada tanto del PCF como del PCA (algún miembro del PCA, como Albert Camus, abandonaría el partido en solidaridad con las expulsadas) y la ENA sería ilegalizada dos veces (1929 y 1937) por el gobierno francés. Precisamente en tiempos del Frente Popular francés (1936-38), del que formaba parte el PCF, la ENA idearía la futura bandera argelina –según algunas fuentes, fue Émilie Busquant quien la diseñó– y aquella segunda ilegalización y la detención de sus líderes tuvo por respuesta la creación de una nueva organización, el Partido Popular Argelino o PPA.
La historia del PPA como tal (1937-1946) y del MTLD (1946-1954), que fue su refundación tras la ilegalización de 1939, la segunda guerra mundial y las matanzas de 1945, va en paralelo a la de Hadj y Busquant: detenciones, destierros, persecución. Ciertamente, otras corrientes también se propagaron, como la UDMA, laicista y republicana, más arraigada entre la clase media argelina o el PCA, que consideraba la descolonización algo secundario en las épocas frentepopulistas de la KomIntern (1934-1939 y 1941-1945) y que, quizá por ello, tenía entre los pieds-noirs –las argelinas de ascendencia francesa, española, etc., que constituían en torno al 10% de la población– tanta o más influencia que entre las indígenas –el 90%–. No obstante, y cada vez más, la causa de la clase trabajadora argelina indígena era el independentismo de ENA, PPA y MTLD y aún más lo era entre las argelinas de Francia, pero este movimiento aparentemente cohesionado se basaba en realidad en una ambigüedad sobre cuestiones importantes a nivel de identidad (relaciones entre árabes y bereberes, dilema entre laicismo o identidad islámica) y la relación entre las diferentes instancias organizativas.

En medio de este panorama y haciendo frente a pucherazos electorales y represión, factor que siempre dispersa núcleos y dificulta que se coordinen, Messali y sus partidarios cayeron en la falsa solución del dirigismo consagrado (llegando al puro culto al líder) y acabaron separándose del resto del MTLD y cavando sus propias tumbas.
Con otro sector lanzándose a la insurrección armada y el poder colonial lanzándose a la represión, incitando a todas las nacionalistas a cerrar filas en torno a ellas, al sector messalista se le puso difícil seguir oponiéndose. Se refundaron como MNA, que en un principio era Movimiento Nacional Argelino, si bien se rebautizarían Movimiento Norteafricano (1957), entendiendo que el internacionalismo era muy necesario y tanto más después de que la independencia de Marruecos y Tunicia parecía utilizarse para aislar la «cuestión argelina». Con el recién nacido FLN dotándose de estructura y de discurso político, la UDMA, el PCA y el MNA fueron llamados a elegir: con el FLN o contra él. Los dos primeros eligieron disolverse y llamar a sus militantes a integrarse en el FLN, mientras que el MNA se negó. Más aún, a partir de 1956 el MNA aprovechó su fuerza en Francia para crear la Unión Sindical de Trabajadores Argelinos, USTA, que intentaría enlazar la lucha de liberación nacional con las luchas laborales de las trabajadoras de Francia, argelinas o no. Eso supuso una competencia con la CGT, cercana al PCF, que, sumada al rechazo tanto de la influencia que ejercía el nasserismo egipcio sobre el FLN como a la posible influencia de la URSS, facilitó el doble enfrentamiento de la USTA con la sección de argelinas de la CGT, la AGTA, y el sindicato del FLN, la UGTA.

Contra los panfletos y pancartas de USTA y MNA y el apoyo de grupitos como el Movimiento Libertario del Norte de África, el FLN tenía el altavoz diplomático nasserista (Egipto, pero también todo un movimiento panárabe), eficaz a la hora de internacionalizar su causa mientras emprendían una campaña de asesinatos de miles de militantes y líderes rivales tanto en Francia como en Argelia. El resultado, llegadas las negociaciones de Évian, fue la negativa del FLN a incluir en ellas al MNA, su aceptación por los representantes franceses y un MNA diezmado. La independencia sería finalmente pactada, seguirían los ajustes de cuentas entre líderes y militantes independentistas y la inmensa mayoría de judías argelinas y de pieds-noirs huirían de su país, al igual que lo intentarían aquellos soldados que habían combatido en el ejército francés (los llamados harkis, perseguidos en Argelia y abandonados por Francia). El país se convertiría en una dictadura de partido único, más bien reacio a cualquier democratización, construido en torno a una identidad árabe (a despecho de las tuareg y bereberes) y musulmana y con una relación confusa con la religión que, junto a sus otros problemas, facilitaría que las primeras elecciones libres (1991) dieran lugar a una guerra civil de años.
Entretanto, Ahmed Mesli había muerto en Francia, sin poder volver a su tierra y sin que se le reconociera la nacionalidad hasta un mes antes. Había muerto, también, idealizado por sus simpatizantes y derrotado en un terreno como el de la historia, que alienta crímenes, pero no admite errores.