Contra su vigilancia generalizada, nuestro comunitarismo organizado

Arnoldo Diaz

¿Cuál es esa seguridad de la que tanto hablan? ¿Por qué tenemos miedo de salir a las calles? ¿Cómo puedo velar por mi seguridad y la de mi comunidad? Buscamos la respuesta a éstas y más preguntas en una reflexión colectiva llevado a cabo en las VI Jornadas Magonistas en Monterrey, Nuevo León (México) el pasado 2016, por lo que esto es más una síntesis escrita de la conversación que un ensayo.

Apoyándonos con material audiovisual, la experiencia de calle y la teoría anarquista, buscaremos esclarecer -desde nuestro contexto local/global- la práctica policíaca en el día a día con el fin de imaginar y construir métodos antiautoritarios para derrumbar en colectividad los dogmas como la policía y el pensamiento liberal burgués en general. Lo aquí expuesto se puede escuchar completo en el siguiente enlace.

Algunos objetivos de la policía

No es nuestra intención hacer una genealogía de la policía, pero es necesario estar conscientes de algunas nociones básicas sobre la interpretación de la historia y sobre la policía en particular. Primero, debemos entender que la historia, es decir, la actividad de la humanidad en el pasado, se forma entre diversos factores, pero se transforma –principalmente- por las acciones de resistencias colectivas e individuales de quienes nos podemos englobar bajo la categoría de oprimid @s.

Para que exista una resistencia, existe una dominación. Los opresores también han ido forjando la historia a través de la violencia y la explotación, siendo la policía uno de los mecanismos para lograrlo. Desde la formación de la policía en Atenas en el siglo IV a.C. y hasta las rondas de vigilancia de la Fuerza Civil[i] a comercios de grandes empresas y bancos, la policía se constituye como el brazo violento de los explotadores, cuyo fin último y esencial es la defensa de la propiedad privada.

Nos cuestionamos ¿Qué pasa cuando la propiedad no entra en peligro? Nos referimos a qué pasa cuando el motivo de la detención no es el daño a la propiedad, sino la criminalización de los sectores específicos de los mundos que representamos los y las oprimidas.

Para esto, discutimos el caso de Erick Garner, un habitante de la ciudad de Nueva York, que falleció a los 43 años de edad tras haber separado a dos personas que peleaban en la calle.

 

Con el ejemplo de Erick Garner discutimos y visualizamos que la policía es un conjunto de cuerpos acríticos y desensibilizados, quienes no están preparados para tener un contacto para con las otras personas, por lo que se vuelve normal el uso de la fuerza desmedida como solución a un problema. Lo confirmamos con nuestra cotidianidad donde los abusos de autoridad y la violencia policíaca se han ido normalizando como consecuencia de 10 años de guerra continua en México.

La normalización de la violencia policíaca se refuerza con las campañas de miedo de los medios de comunicación masivos. Con las campañas de terror que se extienden las televisoras se crea una contradicción en el pensamiento de la población: mientras que por un lado piden mayor cantidad de policías, por el otro los policías son los culpables de los altos niveles de violencia, al perpetuar esta contradicción no volvemos incapaces de visualizar una solución al problema del crimen.

Ante esto la gente responde con desconfianza para con sus iguales, criminaliza a los sectores más oprimidos de la sociedad y tiende a idealizar la “rectitud” del militar en contraposición a la corrupción del policía. La justicia que llamamos burguesa es jerárquica, de arriba hacia abajo, los conflictos no se resuelven entre iguales, siempre hay un poder mayor que tiene que venir a resolver los problemas. Todo esto contribuye al segundo objetivo de la policía y del sistema de justicia burgués: la individualización.

Erick Garner fue la víctima inocente que deriva del conflicto entre dos personas que son iguales pero que no se consideran como tales, por lo que su solución son los golpes. Erick, al intentar detener este conflicto, se vuelve víctima de la histórica criminalización de la comunidad afroamericana muriendo a manos de un elemento policiaco…

La posible solidaridad

La muerte nos une, contra las injusticias nos organizamos, es en estos momentos en que el Estado necesita reafirmar su monopolio de la violencia y la justicia por lo que siempre presiona para encontrar soluciones a través de sus instituciones. Al preferir una resolución represiva-legal por parte del Estado reproducimos el proceso de individualización, nos mostramos incapaces de resolver nuestros problemas entre iguales. Por lo tanto, al dotar herramientas para la solución de conflictos y al concentrar las armas de fuego el Estado pretende volverse absoluto.

 Aun así la defensa entre iguales es posible.

 

Observamos a una mujer que está siendo arrestada en Cuba tras las protestas contra un conjunto habitacional en su barrio. Cuando la mujer protesta las vecinas y vecinos de inmediato impiden su arresto, siendo esto una muestra de lo que se puede lograr en defensa de una igual.

 Cuando nos cuestionamos si en nuestra ciudad de Monterrey sería posible dicha acción, la respuesta fue un rotundo “no, no es posible”. Pero mientras fueron surgiendo las experiencias de acoso policiaco a las protestas en la ciudad vemos que a pesar de no contar con un apoyo constante es posible ganarse la simpatía de la gente frente a la represión. Pero fuera de los círculos políticos -que son apenas embriones de movimientos sociales-, vemos que la defensa entre iguales es común en espacios como el barrio o el estadio de futbol.

En nuestros barrios, más de una vez hemos visto como las señoras impiden que la policía arreste a l@s jóvenes por más drogas que consuman, hemos visto como la comunidad decide linchar a violadores de menores de edad, entre otros ejemplos. Por más que la individualización haya avanzado: la solidaridad que deriva de una identidad (que se materializa en un deporte, una práctica artística, un territorio o una clase social) permite que hoy nos podamos defender como comunidad.

La solidaridad derivada de una identidad nos permiten proteger a un igual, dicha solidaridad nos impulsa a tratarnos como iguales para resolver nuestro problemas sin la intervención de una autoridad. Pero para llevar esto a la práctica tenemos que cuestionarnos ¿Qué entendemos por crimen? ¿Qué entendemos por castigo? ¿Qué entendemos por víctima? y así librarnos de las lógicas carcelarias y policiales para resolver nuestras diferencias.

Nuestra autodefensa organizada.

Es a través de la solidaridad que nos es posible navegar en las grietas del Estado capitalista patriarcal. A veces nos desarrollamos en éstas sin darnos cuenta, pero a veces es necesario encontrarnos de manera decidida y organizada. En dichas grietas es donde han surgido las alternativas de autodefensa, los ejemplos de combate a la autoridad capitalista y las experiencias de alternativas a la justicia burguesa.

Sobre esta temática tuvimos que parar nuestro análisis ya que no existe la organización ni las experiencias de autodefensa organizada en nuestra comunidad. Pero en México existe más de una experiencia de la que podemos aprender.

Aquí nos remitimos a la experiencia de la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias-Policía Comunitaria (CRACPC) que habla por sí misma. Si bien no son aceptados en todas las comunidades, la protección de las comunidades en contra de los megaproyectos, contra el narcotráfico y contra el gobierno mexicano es fuente de esperanza para quienes las habitan.

 

De Grecia a Michoacán, de Chiapas a Kurdistán, el pueblo una vez más cambia el ritmo de la historia. Las experiencias de autodefensas y autogobiernos en México nos ayudan a cuestionar los principios del Estado-Capital y con ello caminar hacia la construcción de un mundo nuevo. Hoy, dicha tarea se emprende a nivel nacional[ii] con la campaña del Concejo Nacional Indígena quienes buscan participar en la campaña electoral del 2018.

¿Pero es posible desarrollar un proyecto de autodefensa en las urbes? La gente ya ha tomado ciertas medidas organizativas para alertar, pero la lógica alertar a las autoridades al final es la lógica de depender del Estado… Tal vez aún no sea posible, pero podemos apuntar a construir proyectos de autodefensa que permitan a la gente resolver sus problemas como iguales cuando sea posible e implementar un sistema más allá del castigo, como lo pueden ser las escuelas de reeducación de las policías comunitarias al sur del país[iii].

Es posible construir otra seguridad fuera de las medidas carcelarias que junto al verdugo son las soluciones que el Estado y la burguesía utilizan para la resolución de los conflictos, soluciones que intensifican el proceso de individualización y refuerzan el monopolio de la violencia por parte del Estado.

Con nuestra conversación aquí sintetizada hemos llegado a la conclusión de que proteger a nuestra comunidad no es imposible, pero si depende de un largo y arduo trabajo en la misma, cosa en la que quienes nos identificamos con el anarquismo hemos fallado. Pero no es tarde para corregir este error.


[i] Policía militarizada del estado de Nuevo León.

[ii] Con dignas excepciones como es el caso del municipio Cheran K’eri que se rehusó a permitir la instalación de casillas al desconfiar por completo de los proceso electorales.

[iii] En este punto recomendamos la poco difundida tesis El Sistema de Seguridad, Justicia y Reeducación  Comunitaria del Estado de Guerrero como sistema de justicia paralelo al Estado de Yolotli Fuentes Sánchez

Enlaces del mes: Agosto 2016

En época de vacaciones conviene mirar al mundo del trabajo. Los datos sobre la temporalidad en España nos hablan de un país en el que las condiciones laborales son cada vez más precarias. Por si fuera poco, los salarios son peores (y sin visos de mejorar) y la brecha de género permanece.

Vemos también como los brigadistas antiincendios gallegos trabajan sin recibir ni siquiera una botella de agua y un bocadillo. Eso en un verano en que los incendios se han multiplicado como resultado de decisiones políticas lamentables, como nos señalaba la portada de El Jueves con ironía.

No es el único artículo relacionado con el verano, también vivimos la polémica en torno al llamado «burkini» por el suceso ocurrido en las playas de Niza. A raíz de esta polémica, pudimos releer la entrevista a Maryam Namazie (rescatada de 2014) sobre feminismo, laicismo y relativismo cultural.

También el análisis feminista tuvo mucho que decir sobre el machismo en la cobertura mediática de las olimpiadas. Y no sólo en los medios, sino también en los uniformes de las deportistas.

Y siguiendo con el deporte, fijamos la mirada en aquel que levanta más pasiones, que mueve más dinero: El fútbol, un negocio podrido en manos de auténticas mafias. «Lo que los ha protegido es la autorre­gulación y casi cero transparencia del negocio del fútbol, comparable solo al de las instituciones financieras de las islas Caimán. Pero tienen un aliado aún más poderoso: nosotros, los aficionados; los que les pagamos la fiesta; los que, pese a todo, preferimos no saber. La FIFA tuvo la mala suerte de que un cuerpo ajeno a los encantos del fútbol se entrometió en sus asuntos. Algunos que se pasaron de listos, como los Messi, tuvieron la mala suerte de ser descubiertos. […] Nos lo ponen difícil a los cientos o miles de millones que hemos descubierto en el fútbol la gran diversión y el gran consuelo de la vida, pero llegada la hora de la verdad –llegado el partido–, seguimos siendo cómplices del secretismo que permite que los amos roben con impunidad.«

¿Hasta qué punto puede una comunidad cambiar los hábitos individuales de sus miembros? Un compañero de la FAGC nos habla sobre los límites del comunitarismo.

Los y las compas de Rojava Azadi nos reproducen este artículo de Alejandro Martí sobre Turquía, Siria y la situación kurda.

Y finalizamos con un artículo que se sirve de la etimología de la palabra puta para evidenciar el machismo en el lenguaje. «…el hombre atrevido es valiente, pero las mujeres atrevidas somos maleducadas, unas putas; un tipo rápido es un tipo inteligente pero una mujer rápida es una puta. Si tomamos las calles para reclamar por nuestros derechos o simplemente salimos a divertirnos somos callejeras: putas, si tenemos mucha experiencia en la vida, somos mujeres de la vida: putas. El hombre público es el que actúa en los ámbitos sociales y políticos, la mujer pública es la que ejerce la prostitución.«

Anarquía a pie de calle (II)

Primera parte aquí.

¿Lucha social?

“Mañana para los jóvenes estallarán como bombas los poetas; mañana las caminatas por el lago, las semanas de perfecta comunión; mañana los paseos en bicicleta en las tardes de verano. Pero hoy la lucha” (W.H. Auden, España, 1937).

Vaya por delante que quien les habla de lucha social se tiene por individualista. Soy individualista porque soy celoso de mi independencia y criterio personal, pero también por razones pragmáticas. Para implicarse en la lucha social es imprescindible conservar grandes dosis de individualismo: para no corromperse, para no dejarse arrastrar por impulsos gregarios y apetitos mayoritarios, para saber por qué haces lo que haces.

Pero me repugna el aristocratismo; soy individualista porque quiero, para todos y cada uno, una personalidad única y fuerte, y que cada uno desarrolle su “yo” sin límites ni cortapisas ambientales. Pero, ¿cómo domar el ambiente para que sean los individuos los que le den forma a este y no este el que de forma a los individuos? Implicándose en la lucha social, no hay otra.

Nuestro desprecio por la sociedad actual puede llevarnos a la resignación. Tanto a un nihilismo satisfecho (“nada se puede cambiar y es mejor vegetar y vomitar esporádicamente a través de las redes sociales o un artículo bien escrito”) como a la actitud del náufrago (“aunque no queramos este es nuestro hábitat, adaptémonos y salvemos los pocos muebles que llegan a la orilla”). Pedir que todo arda sin mover un dedo o enzarzarse en pedir reformas electorales o iniciativas legislativas populares son muestras de ambas actitudes. Resignación más o menos activa, pero renuncia al fin.

Resignarse es rendirse, y eso es morirse por dentro. Hay que implicarse en la lucha social porque sólo así conseguiremos cambiar algo, aunque sólo sea una parte de la porción de mundo que nos ha tocado en suerte. Pero hay que implicarse con grandes dosis de realismo; tanto realismo que duele a veces.

Hay que saber antes que nada que puedes implicarte, tener éxito, conseguir cambiar la vida de la gente, sin que en nada hayan cambiado sus mentes. Una persona mezquina hambrienta no es diferente de una persona mezquina satisfecha salvo en su capacidad material para hacer daño. Tendrá más o menos posibilidades, distintas prioridades, pero en lo sustancial es igual. Idealizar a las “clases sociales” (categoría que si no se limita a fijar la línea entre oprimidos y opresores sirve de poco) es absurdo. Ni el obrero es el personaje de los carteles soviéticos ni la obrera es la de los carteles americanos de la II Guerra Mundial. Los excluidos y los marginados, los “sin-clase”, entre los que me encuentro por nacimiento y vocación, no responden tampoco a una visión romántica prefijada de nómadas y espíritus libres. Somos seres de carne y hueso que no pueden ser observados desde fuera, sino vividos desde dentro.

Poner defectos o cualidades donde no los hay de forma ingénita es una fuente de injusticias o expectativas frustradas. Los que trabajamos por la revolución tenemos que tener una cosa clara: ésta no se hará con superhombres nietzscheanos; se hará con personas con prejuicios, cargadas de tabúes, lastradas por ideas machistas, racistas y xenófobas. Ese es el material humano de las revoluciones porque la gente no cambia de un día para otro por mucho que se intenten cambiar los acontecimientos. El entusiasmo inicial tamiza esas actitudes, pero sin una pedagogía previa no podemos pretender que las personas tiren su equipaje mental de forma instantánea.

¿Seguro que cambiando las condiciones materiales no conseguimos cambiar las condiciones mentales? No necesariamente. Kropotkin es uno de mis pensadores de referencia, y después de haberlo estudiado y tratar de llevar a la práctica algunas de sus propuestas –las que me parecían más urgentemente realistas– puedo confirmar que al menos en algunos presupuestos de La Conquista del Pan (1892) se equivocaba. O más bien, para ser justos con Kropotkin, el error no consiste en la tesis principal de esta obra (capital, por otro lado), según la cual la primera cuestión a solucionar de la revolución es la del pan; los que nos equivocamos somos nosotros si creemos que por ser la primera debe ser la única. La primera misión del fenómeno revolucionario debe ser, ciertamente, saciar las necesidades básicas, pero seremos muy ingenuos si creemos que este sólo hecho derrumburá toda forma de jerarquía. Si como ya nos recordaba Tolstói no se le puede hablar de cosas no comestibles a alguien con el estómago vacío¹, tampoco podemos esperar que llenando ese estómago obtengamos un cambio conductual en esa persona. Podemos dar abrigo, techo y pan como nos recomienda Kropotkin, pero si las estructuras mentales capitalistas no se han tambaleado, las mejoras de las condiciones materiales no habrán modificado en los sustancial la naturaleza ni las aspiraciones de los afectados. Podemos crear una sociedad de necesidades satisfechas e igualitarismo económico que no por ello, si no se hace un trabajo de fondo, quedará erradicado el poder y la sumisión. Kropotkin decía que si la gente tenía los medios de producción ya no necesitaría arrastrarse ante un Rothschild; no se arrastraran por pan, pero pueden someterse igualmente por el influjo de la fuerza bruta, el miedo o el engaño. La igualdad económica no erradica el autoritarismo ni los vicios jerárquicos, ni borra de un plumazo los tics capitalistas.

Esto puede comprobarse con el ejemplo de las comunas y comunidades de resistencia. Una microsociedad que se organice con un modelo anarquista, y en la que este modelo se demuestre eficiente y eficaz, puede ser una muestra de que la anarquía funciona “demasiado bien”, porque consigue mejorar las condiciones de vida de los afectados, saciar sus necesidades, pero con muy poco esfuerzo por parte de estos. No se puede crear una oasis de anarquía rodeado de un desierto de capitalismo, porque tarde o temprano la arena te entra por la puerta².

La mayoría de comunidades libertarias de finales del siglo XIX y principio del XX, y aún las comunas hippies de la segunda mitad del pasado siglo, fracasaban por una cuestión muy clara: se constituían en comunidades cerradas, aisladas, sin ser conscientes de que la gente no deja su “vieja mentalidad” en la entrada. Esto ya lo explicaba Reclús en su texto Las Colonias Anarquistas (1902). La sociedad no tiene vida propia ajena a la de sus miembros, sin embargo la existencia de cierta psicología colectiva, de grupo, la hace comportarse como un organismo vivo. Como tal, muere si permanece encerrado y sin aire, y vive cuando se ventila, cuando respira y se nutre del exterior.

Esas cualidades centrífugas y centrípetas de las que que hablaba en el artículo anterior, no son sólo aplicables a distintos tipos de anarquismo, sino también de comunidad y de militancia. En mi experiencia comunitaria he podido comprobar que los periodos de aislamiento y endogamia forzada mueven a la depresión y la desmovilización, pero cuando se interactúa con el entorno en el que se está inserto y se reciben estímulos del exterior el organismo que es la comunidad se renueva y se revitaliza. Lo mismo pasa con la militancia. La actividad centrada en el propio grupo, en el propio movimiento, que no se abre y se expande ni quiere relacionarse con el exterior, es inútil y tiende a la esclerosis. Es imprescindible moverse hacía afuera, irradiar. La sangre que no circula se tromba y produce gangrena; el movimiento es la base de la vida, la base del cambio.

Pero se me preguntará: ¿por qué enredarse en la lucha social si el cambio material no tiene las repercusiones inmediatas que se pretende? Y en caso de que fuera deseable, ¿qué estrategia seguir?

La gran aspiración anarquista revolucionaria, y la de mayoría de movimientos sociales, es llegar a la gente. Puede que a través de la lucha social, de ayudarles y promover vías de autogestión, su mentalidad no cambie, pero es esa la única forma real de llegar a ellos, de entablar contacto. Entiendo las buenas intenciones, pero a una familia que busca alimentos en la basura, que está discriminando entre lo podrido y lo descompuesto, no se le puede hablar de las virtudes del veganismo o de los malos efectos de los transgénicos; suena a insulto, a broma macabra. Esas cosas, que realmente son una muestra de consciencia, interesan cuando uno tiene sus necesidades básicas satisfechas y un estatus estable; al desnutrido lo que le interesa es no morirse de hambre. Cuando se hablan de cosas ajenas a la realidad inmediata de la gente y tratamos de arrastrarlos a nuestro terreno, en vez de evaluar que tiene nuestra forma de concebir el mundo que ofrecerles a ellos, estamos estableciendo una línea entre la gente sin ideología y el anarquista que, mentalmente, no dista mucho de la que hay entre el desposeído y el propietario: intereses distintos cuando no contrapuestos.

Hay que analizar qué interés legítimo y coincidente con nuestras ideas y praxis tiene la gente y tratar de meterle mano. La FAGC se dio cuenta en 2011 de la alarmante necesidad de vivienda que había en la Isla de Gran Canaria: entre 25 y 30 desahucios diarios con 143.000 casas vacías en el archipiélago. La gente necesitaba techo; pues eso había que ofrecerles, porque nuestras herramientas son ideales para ello y porque históricamente, desde la Comuna de París al Movimiento Okupa, ha sido parte de nuestro acerbo.

Ya he dicho que con la política del pan, siendo lo prioritario, no basta. Hay que usar grandes dosis de pedagogía (alejándose radicalmente del adoctrinamiento y el proselitismo), socializar herramientas formativas, fortalecer la independencia de la gente y crear círculos de compromiso dispuestos a no perder las conquistas conseguidas. Sí, el pan no lo es todo; pero es la única forma de que esa entelequia informe e indefinible a la que llamamos “pueblo” te tenga en cuenta y te distinga de los vendedores de humo. Sí, la propaganda por el hecho tiene sus límites, y mostrar el camino correcto y recorrerlo no es suficiente para que otros lo hagan; pero es la forma más honesta y coherente de difundir una idea y de intentar que la gente la adopte. La vía vivencial, de hacer lo que se predica, es lo único que te legitima a poner una propuesta encima de la mesa. Si no lo has vivido antes no me lo vendas. Darle a las necesidades básicas la prioridad que les corresponde, y no ofrecerle poesía, liturgia o escolástica al que necesita proteínas es la única forma de empezar a hablar en serio, la única forma de no demostrarse enajenado de la realidad.

Ciertamente los pruritos capitalistas y los raptos de burguesismo pueden permanecer en la mente del que gracias a tu ayuda ha dejado de ser un paria. Alejado de la miseria quizás se incremente más esa mentalidad consumista. Pero si se ha conseguido cambiar su situación vital a través de procedimientos libertarios, con tácticas de acción directa al margen de la legalidad, aunque esto no altere la psique del afectado, la realidad es que el hecho, el ejemplo, queda y subsiste, y es lo que sirve de referente para demostrar que si el material humano falla, las ideas y las prácticas no. De todas maneras, basta con que en uno de cada diez individuos germine la semilla de tu ejemplo de apoyo mutuo o autogestión para que la lucha social iniciada haya valido la pena.

Wilde nos hablaba en su El Alma del Hombre bajo el Socialismo (1890) de lo aburridos que eran los “pobres virtuosos”. Exigir que los pobres sean virtuosos, además de pobres, no es una cuestión de “aburrimiento”, si no de brutal e injusta insensibilidad. En la lucha social podrás descubrir personas que llevan años sin socializarse con nadie, que han sido excluidas de las más mínimas comodidades, que llevan décadas viviendo en estado de guerra permanente, que sienten que cuánto les rodea es hostil. Lo raro no es que desconfíen o incluso traten de aprovecharse de quien le tienda una mano; lo raro es que no se le tiren a la yugular. En vez de eso, muchas personas que han sido tratados como fieras peligrosas desde la infancia, constantemente hostigadas por su entorno, se embeben de una solidaridad dada a cambio de nada, salvo de compromiso, y de una forma de actuar que no acepta liderazgos ni servilismos. Se embeben tanto que la reproducen. Aprenden a ayudar a los demás, abren casas para familias sin hogar tal y como se les abrió a ellos; llegan a darse cuenta de que el siguiente paso está en defenderse por sí mismos, en la autonomía; la ilegalidad a la que antes recurrían por necesidad ahora tiene una finalidad más profunda. Puede que empiecen a interesarse por las ideas que les han llevado hasta ahí y empiecen a hablar de anarquismo; y si no, al menos ya no desconocen ese término ni lo temen. Se produce en ellos un cambio de paradigma.

Sin embargo, deberíamos de tener una cosa muy clara: el modelo anarquista que proponemos no necesita convertir a la gente en anarquistas para funcionar; sería aberrante. El anarquismo destinado a los anarquistas es chovinismo. El anarquismo es útil cuando se dirige a los que no son ni serán anarquistas. Es ahí cuando se demuestra que un proyecto y un modelo funcionan.

Nuestro objetivo es llegar a los que nada tienen, no para hacerlos anarquistas conscientes, sino porque sólo ellos, los que más sufren y padecen, tienen motivos objetivos para querer cambiar de vida y la razón para romper convulsamente con todo. El mensaje anarquista de libertad y autonomía acoge a toda la humanidad; el de tres comidas diarias y un techo sobre la cabeza sólo puede ir destinado a los que carecen de ello. La anarquía para los satisfechos, para los aburridos intelectualmente, es un artefacto inútil. Los principios libertarios son asumibles por todos, pueden cambiar la vida interior de quién los asuma, sin importar su ascendente; pero su programa económico y social va dirigido a cambiar la vida de los que hoy comen barro. Por eso es imprescindible intervenir en esa lucha; no hay otra forma de cambiar lo que nos rodea.

¿Cómo hacerlo? Desde dentro, sin partenalismos ni dirigismos. La táctica del “paracaidista” que salta sobre un conflicto, venido de quién sabe dónde, para arrojar luz, es la táctica del fracaso. Sólo cuando se te ha visto mancharte, sudar y sangrar estás legitimado para intervenir, y ni siquiera eso vence todos los recelos. Se debe crear un proyecto en el que las diferencias entre los anarquistas que lo inician y las personas generalmente no ideologizadas que lo vayan integrando se difuminen, sin rangos, ni vanguardismos ni primacías.

Participando en las inquietudes reales del pueblo, en las que se han generado en ellos, y no en la que nosotros queremos introducirles desde fuera. Una vez hemos tomado parte de sus intereses, de su lucha, de su reivindicación, nuestra misión como anarquistas es tratar de llevarlos un poco más lejos, un pasito más allá. Malatesta lo entendió con lucidez:

“Hagamos comprender a todos aquellos que mueren de hambre y de frío, que todas las mercancías que llenan los almacenes les pertenecen a ellos, porque ellos fueron los únicos constructores, e incitémosles y ayudémosles para que las tomen. Cuando suceda alguna rebelión espontánea, como varias veces ha acontecido, corramos a mezclarnos y busquemos de hacer consistente el movimiento exponiéndonos a los peligros y luchando juntos con el pueblo. Luego, en la práctica, surgen las ideas, se presentan las ocasiones. Organicemos, por ejemplo, un movimiento para no pagar los alquileres; persuadamos a los trabajadores del campo de que se lleven las cosechas para sus casas, y si podemos, ayudémoslos a llevárselas y a luchar contra dueños y guardias que no quieran permitirlo. Organicemos movimientos para obligar a los municipios a que hagan aquellas cosas grandes o chicas que el pueblo desee urgentemente, como, por ejemplo, quitar los impuestos que gravan todos los artículos de primera necesidad. Quedémonos siempre en medio de la masa popular y acostumbrémosla a tomarse aquellas libertades que con las buenas formas legales nunca le serían concedidas. En resumen: cada cual haga lo que pueda según el lugar y el ambiente en que se encuentra, tomando como punto de partida los deseos prácticos del pueblo, y excitándole siempre nuevos deseos”³.

Lo que intentó la FAGC con el Grupo de Respuesta Inmediata contra los desahucios y la Asamblea de Inquilinos y Desahuciados fue intervenir en una aspiración real de la población (la vivienda) y lejos de las propuestas moderadas y legalistas de las plataformas y colectivos locales, llevar la lucha por el derecho al techo a otros presupuestos, más profundos y más radicales. Esa es la primera etapa de nuestra lucha. Parando desahucios de forma combativa y realojando familias sin techo en casas unifamiliares expropiadas a los bancos, iniciamos el contacto con la gente y demostramos que se podía actuar de otro modo, más comprometido y más eficiente.

Inmersos en las aspiraciones habitacionales populares iniciamos la etapa de la Comunidad “La Esperanza”, porque hacía falta una demostración de fuerza, un proyecto lo suficientemente grande y llamativo cómo para que no pudiera ser ocultado a la opinión pública por mucho que se quisiera. Ante el victimismo de que hagamos lo que hagamos se nos silencia, hemos intentado mostrar que a despecho de las manipulaciones y tergiversaciones mediáticas, si se hace algo de gran magnitud es imposible que pueda quedar solapado y barrerse bajo la alfombra (a esto obviamente hay que sumarle una gran capacidad de trabajo y saber diseñar una buena “guerra de tinta”). Llega después una tercera etapa que ya explicaré en el último artículo de esta serie.

Lo hecho en esta segunda etapa tiene su importancia y significado, no sólo evidentemente por su dimensión social, por dar techo a un número tan ingente de adultos y menores, sino también en otros aspectos. En nuestro movimiento parece que ciertos think tank se disputan una ridícula hegemonía. Invalidan lo que dice su competidor con palabras, siempre con palabras. Si una propuesta se les antoja muy radical o muy reformista no tratan de contraponerle un ejemplo práctico que la desbarate; le contraponen otra idea. Cuando se criticaba por ejemplo la ILP de la PAH por inservible y legalista, la crítica podía ser muy certera (de hecho lo es), pero si no se le contrapone otra alternativa a la gente no le quedará más remedio que aferrarse a la única alternativa que hay puesta sobe la mesa. Nosotros criticábamos la ILP y como aval a nuestra crítica dimos vida, por ejemplo, a “La Esperanza”. Lo que hace falta es un action tank, grupos de acción que realicen actos que secunden nuestras teorías, un respaldo activista con resultados reales y cuantificables. Eso es lo que válida tu propuesta; lo demás es retórica, verborrea y papel, y eso tiene el mismo peso que un puñetazo sobre la mesa de un bar.

Empero, hay que ser realistas: si la línea vivencial debe quedar borrada entre los anarquistas y los realojados (pues esta es la única manera no sólo de evitar vanguardismos sino de propiciar la autoemancipación y sumar a los afectados a la lucha por su propia causa), hemos de saber detectar las diferencias y semejanzas de nuestras aspiraciones; ahí se hallan lo límites de la lucha social. Personalmente, como anarquista, y en relación a la Comunidad “La Esperanza”, podría preferir una ocupación sine die, un desafío constante al Estado y las entidades financieras, sobreviviendo en situación constante de emergencia. Pero precisamente, como anarquista, no me gusta disparar con pólvora ajena. No puedo lanzar a la gente, cargados de hijos menores, a luchar con molinos de viento espoleados por mis ideas. Debo conocer y comprender cuales son sus aspiraciones reales y hasta dónde están dispuestos a llegar y si ya han llegado lo más lejos que les era posible no tratar de forzarles a iniciar formas de lucha que aún no han nacido en ellos. La necesidad crea al órgano, y esas formas se darán de forma natural cuando sea el momento. Hay que entender que si para mí la ilegalidad es una opción y un recurso a defender, para ellos es una obligación nacida de la necesidad. Después de la guerra la gente quiere paz y eso no es criticable. En base a eso redacto documentos legales que me repugnan porque la comunidad de la que formo parte los necesita y confía en mi capacidad para darles cuerpo. “La Esperanza” ha decidido regularizar su situación, lanzar un órdago: si sale mal seguirá al margen de la legalidad y no abandonará las viviendas; si sale bien habrá conseguido vencer en su desafío al Sistema y haberle arrancado sus demandas.

¿Conseguir esas exigencias será el final de todo? Como Comunidad puede que sí, pero a nivel de estrategia global de la FAGC evidentemente no. Conseguir esta victoria sería un ejemplo de lo que se puede lograr mediante la ocupación, sometiendo a los bancos y los poderes públicos a una política de hechos consumados. Debe y puede reproducirse en más sitios. Pero si a esta estrategia no se le da una vuelta de tuerca final su resultado práctico, de tener éxito y propagarse de forma viral, será llenar el Estado de viviendas de protección oficial y aumentar el parque de vivienda pública, y ese no es nuestro objetivo. Nuestro objetivo es darle techo a las familias, pero cambiando completamente el paradigma social.

Cuando se interviene por ejemplo en la lucha sindical y se intenta una mejora en los horarios o en los salarios, lo que conseguimos, si triunfamos, es una victoria parcial y una demostración de fuerza. Esa necesidad de práctica, de hacer músculo, es lo importante. Pero si nos quedamos en la disminución de horarios o en el aumento de salario en sí, no haremos más que reforzar el modelo capitalista laboral. Si decimos que nuestras aspiraciones son otras, habrá que demostrarlo con hechos y no sólo con una declaración de intenciones. Lo mismo ocurre con el tema de la vivienda. La idea es que nadie se muera en la calle, esa es la prioridad; pero entendiendo que lo que propicia que eso pase es el modelo actual, y que por tanto no sólo hay que poner remedio a sus consecuencias sino también a sus causas. Dando techo y consiguiendo que no se eche al realojado de su casa demostramos fuerza y respondemos a una atrocidad, atajándola; pero si detrás de eso no hay un tercer movimiento esa demostración se quedará ahí, como un fin en sí misma.

La lucha no es un automatismo (luchar por luchar). Se lucha para destrozar barreras y alcanzar objetivos. ¿Cuándo sabes que la lucha es importante? Cuando alcanzado ese objetivo tienes la sensación de que aún no has hecho más que empezar.

¡Venga entonces el tercer movimiento!

Ruymán Rodríguez, FAGC


1 “Antes de proporcionarle al pueblo sacerdotes, soldados, jueces, doctores y maestros, deberíamos averiguar si por ventura no se está muriendo de hambre” (El trabajo y la teoría de Bondarev, 1888).

2 Aunque en honor a la verdad, a no ser que se produzca una dificultosa revolución global, cualquier forma de anarquía se dará siempre inicialmente rodeada de capitalismo, se dé en un pequeño pueblo, en una gran ciudad o en toda una región. Cambian los recursos, las competencias y la escala, pero en su imperfección es una manifestación de anarquía. Por eso tal vez yo pueda decir que he vivido en anarquía, y que es hermosa y es dura.

3 “En Tiempo de Elecciones”, 1890.

Sobre el ‘anarcoestatismo’ y la creación de comunidad

En relación al artículo “Anarcoestatismo. Defendiendo lo público, destruyendo lo común” me gustaría realizar algunos apuntes adicionales a contestación publicada con el título “Construyendo comunidad, a partir de la lucha por lo público” que creo que podrían aportar algo a la cuestión propuesta, a pesar de que la contestación reseñada muestra los puntos clave de la respuesta al llamado “anarco-estatismo”(extraño vocablo que encierra una contradicción en sus términos bastante considerable y que sería interesante analizar).

En primer lugar, tengo que aclarar que lo que sigue se escribe desde el punto de vista de un anarcosindicalista y que por tanto, puede muy bien no coincidir en algunas de observaciones con lo que se podría afirmar desde un anarquismo estricto, si es que se admite que éste pudiera existir, ya que esa expresión “anarquismo estricto”, también esconde una grave contradicción. Porque si algo es el anarquismo, es una forma de entender el mundo y las relaciones humanas que no pueden abarcarse de forma cerrada y estricta. Cabría decir aquí, muy en relación con este tema, que no existe, afortunadamente, ninguna central de expedición de carnés de anarquismo. Más bien, habría que afirmar que existen tantos anarquismos como anarquistas y que ninguno, por separado, puede considerar que tiene el total de la razón, ni el total seguimiento de la ortodoxia (ya que por otra parte, ¿de qué “ortodoxia” podemos hablar? ¿somos capaces de convertir la parte de la historia que nos interesa en un manual de instrucciones obviando el resto? ¿podemos construir una ortodoxia con una sucesión de hechos históricos, que fueron en muchas ocasiones, circunstanciales y adaptados al momento?).

Creo que es preciso decir esto porque en el momento actual necesitamos (con urgencia) un proyecto libertario claro y amplio, que abunde en la confluencia de iniciativas e ideas, que necesariamente tendrán que tener sus diferencias, pero que apunten al mismo objetivo: la transformación social. En ese sentido, entender el concepto de anarquismo como un estrecho pasillo por el que solo se puede transitar mediante unos determinados “tics” históricos o pseudo-filosóficos, creo que va en el sentido contrario de esa idea.

A veces les ácratas (en sentido amplio) sufrimos crisis de hipercriticismo que nos llevan a ejercer de guardianes de esa supuesta ortodoxia. Como contrapeso, padecemos también crisis de extrema laxitud y podemos comulgar, no con ruedas de molino, sino con molinos enteros, sobre todo en esa parte de nuestras vidas que no está expuesta directamente a la política. Creo que es mejor, siempre que sea posible, instalarse una sana autocrítica, propia y de los demás, que nos permita no lanzarnos a dentelladas unos contra otros cuando nos parece que los demás se “desvían” del camino que creemos correcto. Como decía antes, es muy probable que no haya un solo camino correcto ni que siempre sea el mismo, por lo que, parece más útil e interesante ver al anarquismo y al movimiento libertario como una tendencia que, aun compartiendo unos principios esenciales, ha de presentar múltiples vías de desarrollo, más que como una posición fuerte y cerrada que defender.

Por otro lado, esas crisis a las que me refería antes, nos llevan a ver sólo lo negativo en la postura de los demás y sólo lo bueno, en las propias. Más allá de las contradicciones (que afortunadamente nos persiguen a les libertaries, porque nos hacen recrear el discurso y la práctica diariamente) creo que caemos en un reduccionismo de las posturas ajenas, en las que no vemos nada que salvar, ni encontramos ninguna intención positiva (lo que no quiere decir necesariamente que la creamos acertada) y detectamos sólo falsedades, digresiones y enemigos de la “idea”. Me parece necesario relajar esta tendencia, si se pretende de alguna manera llegar a construir un discurso libertario que, de alguna manera, nos permita luchar juntes guardando cada uno nuestras particularidades. En este sentido, me parece también excelente el artículo “las malas anarquistas”.

Ya en relación al objeto de este escrito, me gustaría aportar alguna reflexión sobre los servicios públicos y la posibilidad (o no) de que los que nos autodenominamos libertarios podamos ejercer su defensa en los momentos actuales.

Cuando se afirma que esa defensa no es posible por parte del anarquismo (identificando el servicio público con el estado) se suele poner en la balanza solo dos posiciones: estado y autogestión; es decir, los servicios públicos son administrados por el estado (y por tanto son indefendibles) o deben ser autogestionados (como único escenario defendible).

En primer lugar, creo que defender los servicios públicos no es defender a su administrador (el estado), sino defender el derecho de sus dueños (el pueblo). Es decir, los servicios públicos, todo lo público, ES NUESTRO. No es del estado, que mantiene usurpada su gestión, sino de la gente que lo ha construido con su esfuerzo y con el dinero que han aportado para ello. Todos los servicios públicos están construidos con el fruto del trabajo; no son, por tanto, del estado. Y desde un punto de vista libertario, cuando se hace defensa de lo público, no se defiende al administrador espurio de esos bienes públicos, sino su pertenencia al pueblo. Y defendemos que son de todes y que por tanto, no se puede excluir a nadie por su condición social o económica o de nacimiento o de ningún otro tipo de los beneficios de esos servicios. ¿Defendemos les libertaries a la administración como maquinaria ciega que ejecuta los designios políticos sin el menor miramiento? No. ¿Defendemos acaso, la corrupción, el nepotismo, la forma de funcionamiento de esos servicios públicos? No. ¿Defendemos la forma y los contenidos que tienen la educación o la sanidad públicas? No. Porque nosotros sabemos que hay otra forma de administrar lo público, que es la que nace de la conciencia social y de la responsabilidad de la sociedad de administrarse ella misma, sin intermediarios. ¿Podemos (y debemos) aclarar esos extremos cuando estamos junto a otros defendiendo “lo público”? Parece evidente. Porque cuando coincidimos con otras muchas organizaciones en esa defensa, no todes estamos diciendo lo mismo, ni probablemente, defendamos lo mismo hasta el mismo punto. Y ahí es donde nosotres, les libertaries, debemos intentar que nuestra voz surja clara (pero no como la única verdadera) y fuerte (pero no como excluyente de las demás). Porque aspirar que todos defiendan lo mismo que nosotres es una quimera; y de igual modo, no decir lo que pensamos porque al lado haya otres que piensan distinto, es un flaco favor a nuestras ideas.

En segundo lugar, para continuar con la dicotomía Estado-autogestión, que a veces parece la única posible a la hora de plantear la cuestión de los servicios públicos, habría que incluir un tercer factor a tener en cuenta. Que se convierten en privados. Esa defensa que hoy muchos plantean de los servicios públicos no es gratuita ni obedece a una voluntad de reinstaurar el llamado Estado del bienestar, sino que es la respuesta (tardía, si se quiere) al fenómeno privatizador que tanto gobiernos de presuntas izquierdas como de derechas comenzaron hace ya unas décadas. Respuesta tardía, porque muches anduvimos en solitario en la batalla contra la privatización de lo publico hace ya mucho tiempo, sin que nadie nos prestara demasiada atención; la sociedad ha tenido que sufrirlo directamente en sus propias carnes para alarmarse sobre ese ingente proceso de trasvase de bienes públicos a manos privadas y que representa un claro deterioro en los servicios que se prestan y un encarecimiento de los mismos, que somos obligados a pagar, si queremos acceder a ellos. No parece tener mucho sentido, por tanto, atrincherarse en la exclusiva defensa de su autogestión como lejana meta definitiva, sino en tomar también la iniciativa en esa lucha por evitar que nos roben lo que es nuestro. Es decir, la privatización de cualquier servicio público empeora considerablemente todo lo relacionado con éste, tanto en el servicio que se presta, como en la universalidad de las prestaciones y en el derecho de acceso de todos a todas las prestaciones posibles. No luchamos por el sistema escolar actual cuando defendemos la educación pública; luchamos para intentar impedir la irrupción del mercantilismo, de los bancos y las multinacionales en las escuelas y universidades y contra los recortes que empeoran aún más la situación; no luchamos por el actual concepto de salud que se promociona desde la sanidad pública ni por su criminal relación con las farmacéuticas, sino para intentar que cualquier persona, tenga los ingresos que tenga, pueda acudir al médico sin pensar si podrá pagarlo o no y para que tenga acceso a una prueba que pueda tener un coste que jamás podría permitirse si tuviera que sufragarlo ella. ¿Es verdad que dentro de esas luchas podemos ser altavoz de otra forma de salud y de educación? Es verdad y es necesario. Pero, ¿eso nos obliga a no luchar contra las privatizaciones? Creo que en absoluto.

A veces caemos, desde el punto de vista libertario, en el error de considerar de forma distinta al estado y al capital, como si fueran enemigos diferenciados, ajenos el uno al otro. Sucede con frecuencia cuando se les tiene en cuenta como “patrón”, es decir, como demandantes de mano de obra. No juzgamos de la misma forma a los trabajadores del sector público que a los del sector privado, cuando en realidad, lo que están haciendo los dos “tipos” de trabajadores es lo mismo: ganarse un sueldo para poder vivir. Pero de alguna forma, trabajar para un explotador privado tiene mejor “prensa” entre les anarquistes que trabajar para el explotador público. Dar por sentado que el trabajador del sector público tiene una mayor identificación con su patrón que cualquier trabajador de la empresa privada, es una suposición bastante absurda. Cuando hablamos de la abolición del capitalismo, estamos formulando la idea de que los trabajadores del sector privado han de renunciar a su condición de asalariados para pasar a autogestionar la economía… y cuando hablamos de la abolición del estado planteamos la idea de que los trabajadores públicos han de hacer lo mismo para pasar a gestionar esos servicios públicos. Y si no tenemos empacho alguno en criticar a la multinacional X por querer hacer un ERE a sus trabajadores y enviarlos a la miseria para ganar aun más dinero del que ganan, no sé porque vamos a tener que permanecer impasibles cuando la mayor empresa de este país (al servicio de las multinacionales y los bancos, por supuesto), que es el Estado, hace lo mismo con las personas que trabajan en los servicios públicos para procurar que las grandes empresas ganen aún más dinero en detrimento de les que menos tienen.

En algún caso ¿supone una defensa de lo público como la esbozada una defensa del estatismo? Me parece que no. Sobre todo, porque les anarcosindicalistas pretendemos (y debiéramos hacer algo más que pretenderlo) que la organización de les trabajadores sea la que se haga cargo de estos servicios, de forma que la sociedad autogestione estos y otros muchos más que son necesarios con los criterios de universalidad, racionalidad y participación social. Porque sin esta premisa, cualquier discurso que pueda venir desde nuestras filas queda en agua de borrajas. Ese es nuestro objetivo, pero hacer como que no existe nada más que requiera nuestra atención entre la situación actual y la que nosotros deseamos, es situarse fuera de la realidad. ¿Se supone que esa revolución de la que se habla se consigue del 0 al 100 de forma inmediata? Esa transformación social a la que aspiramos (con todas sus variantes) no puede construirse con un chasquido de los dedos, ni esperando a que les trabajadores “vean la luz”, sino encendiendo bombillas a nuestro paso. Y cuando se apagan, volviendo a encenderlas.

Sin estar un ápice a favor del Estado ni de su existencia, ni de su aceptación siquiera como el mejor mal menor posible, creo que es posible una defensa de lo público en la situación actual sin miedo a perder nada en ese camino y sí con posibilidades de ganar algo, aunque sólo sea eso: que la lucha construye comunidad.

Finalmente, y lo que creo más importante, es admitir que la acción libertaria, por su mismo significado intrínseco, no puede pasar por los cuellos de botella de cualquier ortodoxia real o supuesta, sino por la potenciación mutua de iniciativas que deben confluir en lo esencial y que deben ser multiformes en sus particularidades. Dejar de pisarnos el cuello unos a otros y ayudarnos en lo que sea posible, mientras que sea posible, hasta que sea posible. Algunos pensarán que les anarquistas son los únicos “buenos” de esta película. Otros pensamos que podemos ser les “más” buenos, pero no los “únicos” buenos. Porque, no sólo es imposible una sociedad formada exclusivamente de anarquistas, (ni tampoco deseable, tal vez), sino que lo prioritario es la presencia de les anarquistas en la sociedad. En cualquier caso, lo que es imprescindible plantearse, tanto por los que ven más claras unas vías como otras, o los que se ven más identificados con una formas de hacer que con otras, son las preguntas que se hacen al final del articulo citado:

«¿Cómo se está construyendo hoy “anarquismo”? Y ¿”qué” es lo que está construyendo el movimiento libertario?

Cuando tengamos una respuesta a esta pregunta, que nos sirva para actuar hoy, podremos acudir (sin que nos dé vergüenza la comparación) a la historia de les que nos precedieron.

Paco Ortiz, militante de CNT-Córdoba

Construyendo comunidad, a partir de la lucha por lo público

Este artículo se trata de una respuesta a este otro: Anarcoestatismo. Defendiendo lo público, destruyendo lo común. Aunque dicha respuesta está dirigida hacía un artículo que hablaba de un Congreso Estudiantil en el cual mi organización no formó parte, sentí la necesidad de escribir este tema ya que compartimos sector (el artículo es una sensibilidad propia y no tiene porque representar a las demás de mi asambleai) y a otras organizaciones y movimientos que luchan en la actualidad desde un punto de vista anarquista.

Sobre el debate (y el cómo debatimos)

Para poner un punto de partida en un artículo tan largo y que toca tantos temas, el cual empecé parágrafo por parágrafo, empezaré por situar el análisis del Estado que hace el autor. Seguramente coincidiríamos en muchas cosas respecto al análisis de “qué es el Estado”, pero él lo que supone es que todo servicio que proporcione éste, “nos embrutece, nos degrada, nos infantiliza y nos deshumaniza llevándonos a una situación de incapacidad radical de autogestionar nada.” El autor reconoce que el Estado tiene algunas funciones sociales, ya sea para evitar la revolución, y a costa de reproducir el sistema actual. Y al defender estos servicios públicos, estamos defendiendo la lógica estatal desde posturas anarquistas, estamos siendo en sus propias palabras “anarcoestatalistas”.

Puedo estar más o menos de acuerdo en la visión del autor en el análisis de las funciones (aunque no todos los servicios cumplen las mismas funciones de reproducción social ni lo hacen en la misma medida), pero la critica que realiza a partir del lema “defendiendo lo público, construyendo lo común”, creo que además de reduccionista (y para nada estratégica) también reproduce la practica social de las confrontaciones de las identidades.

Confrontación de identidades y reafirmación propia, que parece que a veces sea el único objetivo de los debates y de la producción teórica que los anarquistas realizamos, ya sea de la rama que sea. Y aunque estos aspectos sociales son inseparables del ser humano, tenemos que ver como afrontamos dichas confrontaciones. Mal vamos si continuamente nos estamos discutiendo (y con el anonimato que nos ofrece internet, con nada de respeto e empatía) de que quien o no es el anarquista correcto.

De esta manera, no aprendemos a convivir, a dialogar y a construir proyectos colectivos, en definitiva, a construir comunidad, hecho que el autor critica. Uno de los errores de los últimos tiempos del anarquismo, como exponía el autor botas y pedales en el artículo, los malos anarquistas” . De esta manera, no podemos influir a la sociedad y luchar contra el pensamiento hegemónico, no podemos extender nuestras ideas y prácticas, no podemos llegar a un consenso de discurso hacia fuera si partimos de una actitud en la cual los demás están totalmente equivocados, en vez de ver los puentes en común que normalmente los hay, y a trabajar a partir de ahí. ii

Sobre el Estado, sus servicios públicos y la lucha libertaria.

No sé si en el pasado se vivió mejor, pero es un hecho bastante objetivo que seguramente vayamos a vivir peor por el desmantelamiento de los servicios públicos, por muy criticables que sean. Y si, en el pasado había un componente más comunitario en la vida social, germen de lo que podría haber la sociedad a la cual aspirábamos, pero hoy estamos en la sociedad en la que nos ha tocado vivir, y caeremos en una sociedad peor, muy desigual y muy atomizada. O somos nosotras quienes en todos los campos posibles planteamos alternativas mientras defendemos lo existente, u otras lo harán y creo que este no es el mejor de los escenarios. De la socialdemocracia posmoderna al fascismo. Cuando me refiero al reduccionismo del análisis, me refiero a diferentes cosas:

Es innegable que el Estado del bienestar tiene una función social, totalmente criticable, pero el hecho es que estas funciones van a ser privatizadas, aumentando la explotación, la desigualdad y la alienación en una sociedad hiperindividualizada y que ha perdido las aspiraciones revolucionarias. Y aunque estas funciones sociales estén montadas en unas estructuras sociales que rechazamos, el capitalismo y el Estado, ahora mismo no tenemos ni los medios para plantear una lucha revolucionaria que sea un verdadero contrapoder para superar dicho sistema, ni seguramente podamos satisfacer las necesidades que nos cubren los servicios públicos mediante nuestras propias estructuras en el presente. Así que defender los servicios públicos seguramente va a volverse una cuestión de supervivencia (ya lo es para mucha gente), pero teniendo claro que nuestro objetivo es superar este sistema. Vamos, el viejo postulado del anarcosindicalismo. De hecho, es un debate que podría ser similar al de la abolición del trabajo asalariado.iii

Con sus penas y glorias, sin mitificar el pasado pero sin rehusar de extraer lecciones y modelos (con su contexto histórico), el anarcosindicalismo funciono. La parte más valiosa para mí fue que, las y los obreros que habían luchado por mejorar su vida diaria de miseria, después de parar un golpe de Estado en el cual la clase obrera fue indispensable se pusieron a colectivizar la economía, entre muchas otras acciones revolucionarias que emprendieron sin unas ordenes de una dirección. Hablar de las grandezas y los fracasos de la revolución del 36 no es el objetivo de este artículo, pero la posibilidad de luchar por una mejora en la actualidad apuntando hacia un futuro radicalmente diferente, está ahí.

Y si, odio tener que obligarme a venderme por un salario, pero tengo que sobrevivir en este mundo capitalista. Podríamos irnos al monte, pero seguramente no sea una posibilidad para la mayoría de la gente. Y nos guste o no, una revolución solo es posible con la implicación de una buena parte de la población. Creo que nuestra lucha social tiene que estar ligada a la experiencia diaria de las personas (trabajo asalariado, servicios públicos…) y a partir de ahí luchar hacía lo que queremos ir, si no corremos el riesgo de construir proyectos de un perfil demasiado determinado de gente, que por voluntad consciente o de manera involuntaria, serán marginados.iv

Con eso no quiero desmerecer toda la gente que crean proyectos que intentan “salir del sistema”v, pero creo que no hay que descuidar la otra víavi (cosa que quizás no hemos hecho o no lo hemos hecho lo suficiente bien durante mucho tiempo, y por eso lo enfatizo) La división entre anarquismo social y anarquismo personalvii es una falsa dicotomía, pues ambos enfoques tienen sus potencialidades y limitaciones, y ambos son necesarios y compatibles (esto daría para otro ensayo).

Al anarquismo le ha caracterizado una práctica prefigurativa, intentando que los medios sean los ejemplos de la sociedad a la que aspiramos. Sin embargo hay que añadir que es imposible llegar a la sociedad estrictamente solo mediante la coherencia y que, tendremos contradicciones. El conflicto entre medios y fines, llevados al extremo y al absurdo aparece criticado en un texto que habla en otros términos y temas, pero podría ser rescatado por que creo que la cuestión de fondo es similar:

La verdad es que la única opción inmediata que tiene cada individuo para negar la autoridad del Estado es el suicidio. Porque cualquier acto de resistencia conduce a uno a un grado superior de control, desde ciudadano normal a antisistema vigilado y desde ahí a preso común y desde ahí a preso en aislamiento de máxima seguridad donde no existe la posibilidad de contraatacar, sino sólo de sacarse los cordones de la zapatilla o las mantas de la cama y salir del juego. Al final, no funciona una cárcel sin presos, igual como no existe un Estado sin súbditos.

Planteado de forma individual, el único acto revolucionario es el suicidio (mejor llevándose algunos de los cabrones con nosotros al marchar). Porque, ¿en serio nos parece justificable distinguirnos de los demás, de las “ovejas ciudadanas” por el simple hecho de que a veces rompemos cosas? Nuestra posible participación en actos de sabotaje—incluso si estos son de lo más radical como por ejemplo poner bombitas de camping-gas—no niega el hecho de que en todos los otros momentos de nuestras vidas estamos colaborando con nuestra propia dominación.viii

Siguiendo este planteamiento hasta su absurda conclusión, tendríamos que exponer: el único anarquista coherente es el anarquista muerto.

Lo que aquí está siendo criticado en otros términos es el hecho de la “radicalidad” y la coherencia. Tienen sus límites, y toca definir colectivamente como afrontamos estas contradicciones.

2. El anarquismo y la defensa de la educación

Si la defensa de los servicios públicos es defender el Estado como argumenta el autor, si la defensa de esta educación es la defensa de un sistema en el cual no estamos de acuerdo en el cómo, en el qué, y en el para qué se educa, por reproducir este sistema que queremos tumbar, ¿qué estamos planteando al defender la educación pública?

Primero, al participar en espacios amplios tenemos la posibilidad de plantear alternativas pedagógicas más allá de nuestros círculos y de las propias escuelas libres, que no son accesibles para todo el mundo. En este es campo concreto como anarquistas lucharemos contra la privatización, además de que la educación (la que queremos nosotros, no la suya) sea accesible para todo el mundo.

Seguramente la universidad sea un campo (y cada vez lo será mas) difícil para la lucha social, ya que el perfil tiende hacia la elitización, y muchas personas de clase obrera la ven como un ascensor social. Esto sumado a la cultura política actual que tenemos en el Estado nos pone en un escenario muy difícil, ya no sea solo para superar el discurso de “la pública”, sino para obtener alguna pequeña victoria aunque sea reformista. Sin embargo en la universidad hay mucha gente que se politiza y es un espacio dónde la política se vive de otra manera.

Entre la gente militante, quizás por la edad o por el hecho de a veces estudiar ciencias sociales, existe la semilla de aquello que el autor defiende durante su artículo: la comunidad. El movimiento asambleario que he vivido, puede ser muy criticable, plagado de malos vicios y sin un proyecto a largo plazo, pero está ahí, intentándolo. Y aunque no es suficiente con intentarlo, la posibilidad de proyectar que esta red pueda sobrevivir y se autorganize fuera de la universidad y vaya construyendo comunidades en lucha, es una oportunidad que no debemos de dejar pasar, y quizás la victoria más asumible por parte de un movimiento anarquista en los centros educativos. Veo difícil que lo que planteamos en materia de autogestión pueda ser conquistado mediante reformas, pero está claro que la educación cambiara solo desde fuera de esta, desde una fuerza que ofrezca una propuesta global, que abarque todo lo posible (que no signifique tenerlo todo pautado, coma por coma). También aprendemos a convivir con gente que piensa de manera distinta (aunque no sea siempre fácil) y frases como “la izquierda es siempre estalinismo en potencia y en esencia” que se desprenden del texto me suenan a un complejo de superioridad.ix Escribiré más adelante sobre la colaboración entre diferentes ideologías.

Retomando el tema de una propuesta global es que es creo que ese creo que ha sido un error que quizás empieza a cambiar (quizás demasiado tarde, pues la gente “ha tomado partido” por el electoralismo) en la mente de los libertarios. Quizás fruto de trabajar a partir de la negación de la vida de la mayoría de la gente y no a partir de su experiencia, de querer diferenciarse de los demás, más que en el querer ver que “no somos tan distintas, que sufrimos igual”.

También creo que sus títulos son necesarios. Es seguir su sistema, pero, ¿cuántas veces un arquitecto ha ayudado a un centro social certificando que el edificio no estaba en ruinas? ¿Cuántas veces un abogado ha salvado de la cárcel a un militante? Obviamente podrían haber adquirido su conocimiento a través de canales no institucionalizados, pero sus malditos papeles ayudan a sobrevivir y luchar en el ahora por mucho que odie sus leyes.

3. Colaboración de fuerzas

Pues si hablamos de historia, en el movimiento anarquista clásico ha habido más o menos colaboración con la “izquierda”x, en función del momento. En especial quiero resaltar tres momentos relacionados: la llegada de la República y la victoria del Frente Popular, y meses más tarde, en vez de realizar una revolución e ir a por el todo (algunos lo entendían que sería una dictadura anarquista), se acabo realizando un colaboracionismo con las fuerzas burguesas que a la larga acabo ahogando la revolución e integrando a casi todo el movimiento libertario al Estado (bueno, en especial a los cuadros dirigentes).xi

¿Qué conclusiones podemos extraer? Que la colaboración con los republicanos anteriormente no impidió que el 16 de julio se desencadenara una revolución social de cariz anarquista, pero que el hacerlo durante la Guerra Civil acabo frustrando esta. El escenario fue muy complejo y lo que no voy a hacer es juzgar moralmente desde la comodidad en el siglo XXI, pero para mí la lección esta clara: en algunos momentos podemos converger, y en otros no, teniendo claro que nuestros proyectos pueden ser hasta antagónicos.

En la actualidad, la colaboración ideológica es un hecho que suele darse en las asambleas abiertas, los llamados espacios heterogéneos. Si somos intolerantes contra todo el mundo que no se declare anarquista, ¿qué mundo queremos construir? ¿Y si además, dejamos de lado a una parte importante del movimiento por ser anarquistas de Estado…? Creo que es vital reforzar estos espacios con practicas tales como la autonomía (no depender de ningún partido o sindicato), que tengan su proyecto propio definido y que no caigan en malas prácticas asamblearias (dirigismos informales, manipulación de otras organizaciones incluyendo la posibilidad de que lo hagan los mismos anarquistas, etc…). Aunque eso supone una contradicción al intentar construir un movimiento anarquista estudiantil propio (y una doble militancia), creo que estos espacios pueden ser más inclusivos que una organización determinada, siendo más propicios a la idea de construir comunidad. Por otro lado, en una supuesta sociedad futura, las asambleas de gestión, etc. ¿no deberían ser plurales?

4. Últimos apuntes

A nivel del Estado Español, estamos en un momento en el cual están surgiendo bastantes colectivos y muchos de ellos se están organizando entre sí. Creo que ahora más que nunca es necesaria la producción de textos, de debates y la difusión de ellos, especial aquellos que demuestran experiencias y propuestas actuales, ya que creo que como libertarios vamos cojos en este aspecto. Estoy harto del 36.

¿Defender lo público? Sí, y también la revolución. Del conflicto puede salir una consciencia colectiva, paso que puede ser previo a la formación de la comunidad. Pero si los anarquistas no estamos ahí, es mucho más probable que se camine hacía el electoralismo, pero luego la culpa es siempre de los demás.

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Notas:

i  Assemblea Llibertaria UAB, adherida a la Federació d’Estudiants de la UAB

ii  Supongo que la diferencia entre la autoafirmación identitaria y el debate (dentro de un movimiento que aspira a construir algo de manera conjunta) seria no solo el cómo se produce este (respeto, empatía para entender a la persona con la que no compartimos ideas) sino con él para que. La falta de debates que apunten hacía un consenso apuntan a la existencia de una diversidad más cercana a la competencia que a la cooperación. Un artículo relacionado con todo esto que encuentro muy interesante, Hostilidad horizontal.

iii  De hecho alguien que no me acuerdo, en un artículo de Regeneración Libertaria que no encuentro, expreso que la lucha por los servicios públicos era la lucha por el salario diferido o indirecto. Me gusto la idea, pues no dejamos de ser nosotros quien financiamos todo esto gracias a nuestro trabajo.

iv Independientemente del debate de hasta qué punto adaptamos nuestra estrategia a la demás gente, a los barrios, a los trabajadores (¡nosotrxs también somos gente, somos del barrio y currantes!) hay un punto clave. La marginalidad, la hiperindividualización, es un triunfo del capitalismo. No sé si el hecho de construir comunidad es de por sí un elemento revolucionario, pero creo que es totalmente imprescindible.

v Con “Salir del sistema” me refiero a otro graaaan debate del anarquismo, muy viejo. A grandes rasgos hay una gran parte del anarquismo que parte de un enfoque que el cambio tiene que partir de la voluntad de las personas, que abandonando lógicas y construyendo nuestras propias infraestructuras y obviando las del sistema podremos conseguir un cambio social. Quizás el máximo exponente de esto serian las cooperativas integrales y las ecoaldeas. Obviamente la descripción anterior no llega a caricatura, así que lo mejor que puedes hacer es leer, reflexionar y acercarte a estos proyectos para sacarte tus propias conclusiones. Más o menos es lo que se planteaba el mutualismo, que fue superado por el anarcocolectivismo: no era suficiente montar colonias “utópicas” y cooperativas, era necesaria la lucha contra la explotación y una revolución social violenta. Eso no ha quitado que en la historia del anarquismo haya habido gente que haya desarrollado esta vertiente de un modo u otro.

vi No sé si llamarle vía social, anarcosindicalista, urbana o lo que sea. Cualquier etiqueta no es neutra, además que descriptivamente se quede corta.

vii Con anarquismo personal me refiero a la gente que intenta llevar a la práctica diaria su ideología anarquista, quizás de manera organizada se podría traducir en lo que me refería en la nota 3, y por otro lado al insurrecionalismo. El problema de las etiquetas. De todas maneras no me refiero a pautas de consumo, ni a estéticas.

viii  Subrayado mío. Otra Crítica al Insurrecionalismo

ix  No dejan de ser personas, y con personas queremos construir nuestra sociedad libertaria. Muchos piensan igual que nosotros y lo expresan de otra manera, mientras que algunas personas lo verían capaz si fuésemos un movimiento consolidado y que pudiese plantear victorias.

x  A lo largo de la historia del movimiento anarquista también ha habido personas y colectivos que han abandonado los principios del propio movimiento (principios que no deben ser sagrados, sino definidos por el mismo) y adoptado estrategias vistas como contrarias. Y si el movimiento anarquista volviese a resurgir con fuerza, probablemente podría volver a pasar. Las personas cambian y para mí lo importante no es la identidad (si es o no anarquista), sino el proyecto revolucionario real que se vive (y quizás viene un día y no lleva bandera negra).

xi Soy consciente que también hubo colaboración entre republicanos, socialistas y anarquistas con anterioridad y posterioridad, pero estos tres momentos serian los más significativos, ya que los que se presentaban en las elecciones se estaban integrando o ya lo habían hecho, en las estructuras del poder y con capacidad de gobernar en un periodo de tiempo cercano a la revolución.

Victor A.

Nociones antidesarrollistas

Desarrollismo: Fase actual del capitalismo, fundada sobre la necesidad constante de acelerar el progreso técnico para pervivir. Un modelo territorial de centro-periferia donde las macroestructuras urbanas concentran a la población, los centros productivos y de poder mientras que el entorno rural es excluido y queda partido por las infraestructuras de comunicaciones (vías de alta velocidad, autopistas, redes de muy alta tensión…) y de producción energética.

Antidesarrollismo: El anticapitalismo en su fase actual. Una apuesta por el restablecimiento de los valores comunitarios y de vida tranquila. La recuperación y defensa del territorio que habitamos. La lucha por una sociedad libre y responsable en contacto con su entorno. La oposición decidida contra los planes de imposición del modelo capitalista como modo único de vida. La propuesta de devolver la economía y la técnica a la esfera política y, las decisiones políticas, a los grupos humanos libremente organizados de manera asamblearia y federalista.

Negación: Toda lucha debe partir de una negación intransigente que impugne toda la realidad presente: No es posible convivir con la destrucción capitalista. No es posible escaparse o vivir al margen. La desolación del medio es un problema prioritario, pues ataca a las condiciones mínimas de supervivencia. Acabar con el capitalismo y las imposiciones del Estado equivale a disputar las luchas en su contra, a profundizar en sus contradicciones, a superar nuestras miserias y plantear la disidencia desde la urgente necesidad de cambio. No se trata sólo de sentirnos realizados personalmente, sino de acabar con el capitalismo antes de que este arrase con la posibilidad misma de la vida.

Escala humana: Volver manejable la organización social, técnica y económica sin depender de profesionales de la economía, la política o la técnica. La interdependencia es deseable, pero determinado grado de especialización se vuelve necesariamente opresivo. La libertad de decisión exige de la capacidad de entender los fundamentos de los procesos económicos y técnicos sobre los que se ha de decidir. Del mismo modo, las grandes concentraciones de población en enormes complejos urbanos suponen la destrucción de la sociedad (con la extensión del individualismo más destructivo) y del territorio (por la incapacidad de las grandes aglomeraciones urbanas para generar relaciones sostenibles con el entorno). Sin una vuelta de estas condiciones a una escala humana se hace imposible la formación de un mundo libre y socialista.

Comunidad y clase: Fundamental para la extensión de un proyecto anticapitalista y libertario, la comunidad se conforma en las luchas abiertas contra el capitalismo. Lejos de bastar con la condición material de clase desposeída (definida por la falta de acceso a los medios de producción), los trabajadores deben reconocerse como una comunidad anticapitalista. La formación de una conciencia comunitaria digna, rebelde e intransigente en las luchas antidesarrollistas es la semilla de una sociedad que sólo se concretará si sabe oponerse desde abajo a la mediación (siempre impositiva) del poder. Las soluciones impuestas desde arriba, aunque positivas en apariencia, resultan siempre de la debilidad de la comunidad para defender sus posiciones. Las conquistas arrancadas mediante la exigencia y la lucha colectiva, en cambio, motivan siempre el aprendizaje y el empoderamiento colectivo.