[Reseña cinematográfica] Snowpiercer

Snowpiercer es una película coreana de ciencia ficción de 2013 dirigida por Bong Joon-ho, siendo esta su primera película en inglés de su filmografía, y escrita por Kelly Masterson. La producción está basada en la novela gráfica Le Transperceneige realizada por Jacques Lob, Benjamin Legrand y Jean-Marc Rochette. La película está protagonizada por Chris Evans, Song Kang-ho, Tilda Swinton, Jamie Bell, Octavia Spencer, Go Ah-sung, John Hurt y Ed Harris.

Sinopsis: Un fallido experimento para solucionar el problema del calentamiento global casi acabó destruyendo la vida sobreel planeta. Los únicos supervivientes fueron los pasajeros del ‘Snowpiercer’, un tren que recorre el mundo impulsado por un motor de movimiento eterno ideado por un reconocido empresario filántropo llamado Wilford. El tren está dividido en dos clases sociales: por un lado, la parte delantera integrada por la clase acomodada y con privilegios; por otro lado, la clase obrera y pobre, situada a la cola del tren. Hartos su situación indigna, los pasajeros de la cola deciden organizar una revolución social para hacerse con el control de la máquina.

En general ha recibido unas buenas críticas cinematográficas, destacando su dirección y actuaciones. Logra momentos muy inquietantes y una gran espectacularidad en pantalla. Calificada como epopeya futurista visualmente impresionante, narra un desquiciado viaje a través de los vagones de un tren como una metáfora verosímil de la lucha de clases y la realidad del capitalismo. 

El vagón de cola es oscuro, sucio y superpoblado, su única función es servir de mano de obra para mantener los lujos de la elite que viaja en los vagones delanteros. Tras este encontramos el vagón de la prisión para quien se atreve a cuestionar el orden social, después el vagón que produce la comida basura para la clase baja, y el vagón del recurso más preciado: el agua, que quien lo posee puede controlar todo el tren. Más adelante el vagón del sistema educativo, y vagones de entretenimiento y lujo de las elites como una sauna o una sala de fiestas. Una avalancha de acción repartida a lo largo de su narración, principalmente en su segunda mitad, que le imprime un ritmo frenético al metraje. Sin embargo, el guion cuenta con algunas concesiones fortuitas que favorecen el avance del grupo a través de los vagones, y también se cuestiona como innecesaria la explicación sentimental que su protagonista ofrece al final del filme.

Si comparto la reseña de esta película de argumento muy similar a otras tantas que se han realizado adaptando una novela gráfica que narra una historia distópica, es para establecer un análisis comparado que es transversal a estos filmes, y advertir que muchas veces tan solo nos quedamos en el mensaje superficial, sin cuestionarnos que detrás de una obra cinematográfica de este estilo hay otros mensajes secundarios que la industria del cine cuela de manera aún más sutil.

La película presenta un argumento clásico en la ciencia-ficción post-apocalíptica, es decir, la de una sociedad autoritaria, controlada férreamente y que provoca un estallido social liderado por algunos pocos personajes, que al final de la narración descubren que el propio sistema preveé y potencia estas sublevaciones como medidas de control de la población. El futuro parece incierto fuera de los límites en los que se asegura la supervivencia, y también parece un despropósito verter sangre contra un enemigo que ya ha decidido otros planes, y que la revolución social no puede derrocar por mucha voluntad y organización que se aporte. La realidad es que en la mayoría de los casos películas con una reconocida crítica social bastante notable, terminan enviando un mensaje desalentador en cuanto a la acción revolucionaria cotidiana. Alientan a crear un cliché sobre los intentos de transformación radical de la sociedad, postergándolos a un contexto futuro y con unas características muy arraigadas en la tradición revolucionaria occidental. Se banaliza el potencial de la organización social, y se deja en manos de unos elegidos concretos la capacidad de transformar la realidad social, además de producir la sensación de necesidad de un colapso ecológico y el establecimiento de un enemigo autoritario evidente para actuar conscientemente.

Distopías en línea IV: Colapso, fascismo y supervivencia

En las anteriores entradas de esta serie hemos analizado el tecnooptimismo encarnado en la estética hacker; hemos hablado también del desastre relacional y humano al que nos dirige la dominación tecnológica; y, por último, entramos de lleno en las posibilidades de una futura sociedad opresiva, violenta y autoritaria. La ya ineludible crisis ecológica y social hacia la que nos encaminamos es un tema que ha recorrido el fondo de cada una de las distopías del marco cultural que hemos trazado. Este tema no aparece de manera explícita en la serie que tratamos en esta nueva entrada, The Walking Dead. Sin embargo, esta serie es el producto cultural que nos habla con mayor claridad sobre cómo determinados aspectos de la sociedad actual pueden desarrollarse ante un posible derrumbe de las estructuras sociales dando luz a un futuro distópico. Es más, lejos de plantear una crítica, TWD motiva en cada emisión nuestros impulsos más reaccionarios, animándonos a sobrevivir aceptando las consecuencias de la autoridad dictatorial, la división de tareas, la violencia patriarcal, la destrucción del medio, la violencia física y psicológica, la sumisión de quien nos amenaza… En realidad, prepara una moralidad retorcida frente previsibles crisis, una colección de valores absolutamente funcional al poder.

The Walking Dead lleva ya 8 temporadas a sus espaldas. Nació en pleno resurgir del fenómeno zombi en todas sus manifestaciones, pero ha seguido caminando una vez muertas buena parte de las expresiones que constituyeron esa moda. Lejos de mostrar signos de cansancio, hace unos años dio lugar a un spin-off llamado Fear The Walking Dead, cuya historia se desarrolla en el mismo contexto de holocausto zombi, aunque diverge por completo de la historia de los comics que inspiran a la original.

En esas 8 temporadas nos ha hablado de cómo enfrentarnos a un colapso civilizatorio, encarnado aquí en la expansión de una plaga misteriosa que convierte a las personas en fieras hambrientas. Los caminantes son seres irracionales reducidos a sus más bajos instintos, dedicados a caminar en masa hacia su objetivo y sin más capacidad para comunicarse entre sí que sus gruñidos. La descripción bien podría hacer referencia nosotros, seres humanos del capitalismo tardío, pero dado el abuso del zombi como metáfora social, será mejor no entrar ahí (muertos dentro). Lo cierto es que TWD desaprovecha en gran medida esa capacidad metafórica de sus caminantes para plantear hipótesis críticas.

Lo fundamental en la serie de los caminantes es que la verdadera amenaza no está en esos no-muertos cargados de maquillaje y posproducción; sino en las propias personas. El infierno son los otros; el hombre es un lobo para el hombre. Estas, junto a una calculada aleatoriedad a la hora de cargarse personajes, parecen ser las máximas que guían toda la trama. Lo más terrorífico es cómo se construye a partir de estos ingredientes una burda justificación del más brutal autoritarismo, con fuertes tintes patriarcales e individualistas. Atención a los spoilers: Durante las primeras temporadas un grupo aterrorizado acepta ser liderado por Rick, un sheriff texano abiertamente machista y violento (interpretado además por un actor mediocre). Lori, su mujer, es el arquetipo femenino de madre y esposa, carcomida por la culpa tras haberse acostado con el compañero de su marido, Shane, después de que este le asegurara que Rick había muerto. Rick se dedica con ahínco, violencia y asesinatos de por medio a la tarea de liderar con mano de hierro a un grupo necesitado de su tutela. Entre otras vicisitudes, Rick acaba por asesinar a Shane a sangre fría, con la excusa de que se había convertido en un amenaza para la supervivencia (sobre todo, de su ego y su autoridad). El triple salto machista posterior, por si lo de antes no hubiese sido suficiente, merece la pena ser comentado: Lori es rechazada después repetidamente por Rick, y finalmente muere en el parto de su hija Judith, cuyo padre podría ser Shane. Es decir, muere consumida por su “pecado” en un capítulo con el paradigmático nombre de “Killer within” (Asesino interior). Tras el parto y la muerte de la madre, un Rick arrepentido decide hacerse cargo del bebé. Es una forma de hablar, claro, porque los cuidados del bebé recaerán en adelante sobre cualquier mujer del grupo (excepto que, por exigencias del guión, se requiera mostrar a un Rick paternal).

Este arco argumental no es ni mucho menos la única referencia machista de la serie. El patriarcado goza de buena salud tras el apocalipsis. Desde los múltiples liderazgos masculinos de las distintas comunidades hasta personajes como Andrea, esa mujer que “no es como las demás chicas” y que, en lugar de quedarse en el campamento, sale de cacería con el resto de hombres. Uno de los escasos liderazgos femeninos que aparecen en la serie, representando un modelo político liberal, es fuertemente cuestionado por el modelo autoritario y patriarcal hegemónico en la serie, resultando este último legitimado por el desarrollo posterior de la trama.

Es el miedo a lo que hay afuera lo que justifica el comportamiento reaccionario y sumiso de la mayor parte de los personajes, el que asegura la autoridad de los fascistas de medio pelo como Rick. Una xenofobia alimentada por la trama, donde los zombis son una mera excusa. El argumento no tiene nada de novedoso, es el mismo que utiliza la derecha cuando hace uso de la amenaza terrorista para legitimar medidas racistas y de control social que perpetúan la desigualdad.

Los comportamientos de los personajes refuerzan este mensaje. Los individuos de TWD se comportan de forma egoista, irracional y ridícula cuando actúan por sí mismos. Son incapaces de cooperar. Nunca se rebelan de manera conjunta o mínimamente inteligente si no es bajo la batuta de una autoridad fuerte. Esta idea cínica y pesimista de la condición humana, que se pretende “realista”, es el sustrato del fascismo. El apoyo mutuo, la convivencia entre iguales o la misma democracia apenas tienen espacio más que como frivolidades de idealistas, mucho menos como realidades materiales fundamentales para la sociedad.

La aparición de Negan y los salvadores da alas a este mensaje con una defensa abierta del liderazgo dictatorial y violento que defiende cierto nivel de bienestar para una minoría. El poscapitalismo nos trae aquí un ascenso del fascismo. Al menos en ese sentido la serie puede funcionar como advertencia. ¿Qué ocurre cuando las estructuras sociales se desmoronan en una sociedad arruinada por el individualismo mezquino, absolutamente dependiente de fuentes energéticas decadentes y atravesada por el egoismo capitalista? Es una pregunta a responder, aunque TWD lo haga de forma simplista. Yo propongo una más ¿Qué vamos a hacer al respecto como demócratas, socialistas, libertarios y partidarios del poder popular? Porque aunque el apocalipsis zombi sea ficción, las amenazas ecológicas y económicas están muy presentes en el mundo real.

En definitiva, The Walking Dead se regodea en el darwinismo social y responde de forma zafia, machista y castrense a los dilemas morales que pretende plantear. “Es muy realista”, declaraba no hace mucho Danai Gurira, la actriz que interpreta a Michonne. “La serie muestra un panorama muy similar a cómo se comporta la gente en la guerra”. Tenemos regularmente en nuestras pantallas, por tanto, una justificación del fascismo, presentado además como el único camino para recuperar el bienestar de unos pocos.

Si los zombis son un reflejo de nuestros miedos, la respuesta no puede ser más aterradora.

Distopías en línea III: Violación sistemática

En la última entrada de esta serie, nombrábamos de pasada el auge del autoritarismo en las sociedades capitalistas durante los últimos años de crisis económica y social. Mucho se ha escrito sobre cómo los nuevos liderazgos reaccionarios crecen sobre el descontento de grandes sectores de población que se sienten amenazados por avances sociales promovidos por el feminismo, el activismo homosexual y transgenero, o los movimientos contra la discriminación racial, entre otros.

El cuento de la criada (The Handmaid’s Tale), serie de HBO basada en una novela de Margaret Atwood, nos da la oportunidad de reflexionar sobre el posible advenimiento de una sociedad profundamente autoritaria y patriarcal. Son muchas las reseñas que han trazado relaciones entre la teocracia que muestra la serie, Gilead, y la crecientemente autoritaria y machista sociedad norteamericana, comandada por el reaccionario Donald Trump. El hashtag #Gilead se ha asociado en twitter a la imagen de la comisión de la Casa Blanca que debatía sobre medidas relacionadas con la maternidad, formada completamente por hombres. Tampoco hay duda del profundo antifeminismo de la Alt-Right, la extrema derecha norteamericana que ayudó a aupar a Trump al poder. Dos ejemplos del machismo que manda y del que viene, que tiene su reflejo en los movimientos conservadores en auge en toda Europa.

En el contexto de España, el estreno de la serie irrumpe también en una época de debate político sobre la posibilidad de legislar el alquiler de vientres para la gestación subrogada. Muchas feministas, ante la retórica neoliberal y posmoderna en la que se envuelve el debate, y que esconde una mercantilización salvaje de la maternidad, están poniendo sobre la mesa el eje de clase que atraviesa esta cuestión en canal. La urgencia por legislar el alquiler de úteros surge, sobre todo, por el deseo de las clases altas de reproducirse genéticamente a costa de los vientres de las trabajadoras. La cuestión está impulsada además por la obtención de beneficios, componente encarnado en las agencias intermediarias y que no puede faltar nunca en las relaciones mercantiles que promueve el capitalismo. Algo que explica que, en cambio, no esté sobre la mesa la agilización del proceso de adopción.

Pero, volviendo a la serie, no se trata en Gilead de reproducción in vitro, si no de la reproducción forzada mediante una violación legalizada y sistemática que permita la supervivencia genética de la especie (o, más bien, de unos pocos). Para los comandantes de Gilead, la legalización de la violación es buena en tanto que es útil. Además, esta práctica pasa a ser aceptada internacionalmente desde el momento en que naciones extranjeras se deciden a comerciar con las criadas como medios de reproducción, ignorando cualquier tipo de juicio ético. No es casualidad tampoco que la diplomática mexicana representada sea una mujer, que además se entrevista en persona con las criadas. Esa elección refuerza la falta de empatía del momento y, por tanto, la derrota de los vínculos emocionales más innatos en favor de la solución técnica necesaria para la nación. Esto no es más que una versión, quizá más cruda, de lo que ocurre hoy cuando el empresariado encuentra beneficios en la precarización de empleos; la desvalorización del trabajo femenino; el uso y abuso de mano de obra infantil; la destrucción ambiental fruto de la sobreexplotación, el expolio de recursos, la contaminación y la proliferación de deshechos…

Y es que no se ha escrito tanto sobre cómo una sociedad embarazada de la razón técnica, que da respuestas unívocas a problemas sociales, y que camina directamente hacia el abismo ecológico por la senda de la fe inquebrantable en el progreso, gesta en su seno la semilla del autoritarismo antidemocrático. Porque hay también en este cuento de la criada un tema medular, que anida en lo profundo de la serie a pesar de que apenas se describe timidamente. Un tema al que, pese a todo, se hace referencia de manera constante.

Sabemos que, de manera previa a la fundación de Gilead, la infertilidad despertó los miedos de una amplia masa social. Esa condición material permitió el crecimiento de la secta religiosa que propugnaba una sociedad opresiva basada en el control social y la violación sistemática. Pero ¿Qué causó la infertilidad? ¿Por qué una amplia mayoría de mujeres son incapaces de gestar? El gran tema que se esboza es algún tipo de colapso ecológico, relacionado bien con el cambio climático o bien con la crisis de recursos. Un colapso inevitable para nuestro mundo real y del que ya sentimos los primeros efectos.

Lo más terrible de este cuento de la criada es que, de acuerdo a la interpretación técnica, la violación sistemática y la violencia sistémica del gobierno dictatorial no es más que una solución de manual para la mayoría de la sociedad. Sí, es una propuesta política de la secta victoriosa, pero se presenta con la envoltura de la inevitabilidad, de la única salida posible, y es quizás por eso tan capaz de volverse hegemónica. Como escribía la Encyclopédie des Nuisances, “un hombre aquejado de gangrena no está dispuesto a discutir las causas de su mal, ni a oponerse al autoritarismo de la amputación”. Es por eso tan importante oponer al desastre del colapso una propuesta radicalmente democrática, que discuta las razones técnicas y ponga la vida y la justicia social en el centro, que apueste por una tecnología y una organización social a escala humana, y que dibuje futuros que sean al mismo tiempo atractivos, realistas y sostenibles.

Porque sorprende que, finalmente, en contraposición al clima opresivo de Gilead y una vez superado el doloroso trance de escapar, la alternativa que muestra la serie sea una Canadá plenamente reconocible en cualquier sociedad capitalista liberal actual, incluyendo el paquete tecnológico necesario para la existencia y el uso de smartphones. No parece esta una sociedad post-colapso realista, y es triste la incapacidad de imaginar una sociedad próspera, sostenible y desligada de la hipertrofia tecnológica y urbana. Ese es el resultado, una vez más, de esa peligrosa fe inquebrantable en el progreso y sus ilusiones renovables.

Distopías en línea II: Un reflejo en la oscuridad

Es curioso. En la anterior entrada de esta serie hablábamos de Mr Robot, de lo que muestra y lo que oculta respecto al futuro que nos espera. Pues bien, las preguntas que Mr Robot dejaba en el aire se reflejan en la distopía tecnológica que dibuja cada capítulo de Black Mirror. Esta, lejos de la ingenuidad o la complicidad con los sueños del progreso tecnológico, pone sobre la mesa, en toda su crudeza, las nocividades del mundo hipertecnológico que ya atisbamos.

Si la tecnología es una droga —y se siente como una droga— entonces, ¿cuáles son los efectos secundarios?” – Charlie Brooker.

Destaca entre las virtudes de esta serie la capacidad para hacer una lectura crítica del presente a través de un relato de ciencia ficción situado en un futuro cercano. Todos y cada uno de los capítulos escarban en ese anhelo de huida tecnológica de los nuestros miedos más humanos (la muerte, el olvido, el dolor…) y consigue así representar el lado más terrorífico de la deshumanización. Como resultado, el triunfo tecnológico produce monstruos mucho mayores que aquellos de los que queremos escapar.

Como en Mr Robot, encontramos en Black Mirror una reflexión sobre el aislamiento y la mediación tecnológica. La relevancia de las valoraciones virtuales a la hora de entablar relaciones sociales lleva indefectiblemente a individuos ensimismados con su ego virtual, su valorización en la red. Es algo que ya empezamos a sentir en nuestro día a día, donde la obsesión por la apariencia genera individuos depresivos, con un sesgo cognitivo impuesto por las redes sociales que nos hace sentir que todos son felices a nuestro alrededor. Es más, vivimos ya en un mundo donde nuestra reputación en línea es un aspecto relevante a la hora de encontrar amistades, pareja e, incluso, de encontrar trabajo. Así, en la serie tanto como ya lo hace en la realidad, la acumulación de capital social-virtual redunda en beneficios (y perjuicios) materiales: mejores oportunidades de trabajo, acceso a determinados eventos, posibilidades de ascenso social… Esta desigualdad complementa a la existencia de clases sociales, ya que dinero y reputación virtual se impulsan mutuamente mientras la pobreza y la exclusión son penalizadas.

Esta valoración está además sesgada por algoritmos cerrados que nos clasifican y seleccionan. Algoritmos con sesgos que no podemos conocer ni auditar, pero que modelan nuestras sociedades y toman decisiones fundamentales sobre nuestras vidas. Ya ocurre en el cálculo del coste de primas sanitarias o de seguros, o en la concesión de préstamos cada vez más necesarios para garantizar derechos que deberían cubrirse, como vivienda, sanidad o educación.

Esta mediación tecnológica lleva a Black Mirror también a una reflexión sobre la política y los medios de comunicación. Las votaciones en los regímenes liberales se convierten en puro espectáculo, desligadas por completo de sentido político y de cualquier noción de democracia. Una competición con lógicas mercantiles donde vence el más rico, el más grosero, el producto más vendible. Una consecuencia directa del enfoque sensacionalista y sesgado que promueve la televisión y los medios; pero también de la falta de una educación y cultura política que posibilite la democracia y la gestión popular de los asuntos comunes. Una realidad que no hace más que resaltar la necesidad de medios de comunicación críticos y plurales, así como un sistema educativo flexible y motivador capaz de transmitir valores solidarios, democráticos, ecológicos y feministas.

El título de la serie tampoco podría ser más acertado. Del mismo modo que el espejo negro en que se convierten los dispositivos electrónicos apagados, la serie nos refleja a nosotros mismos y nos interpela en tanto que personas. Cuestiona nuestra autopercepción de dioses tecnológicos todopoderosos y nos sitúa ante sus monstruos. Nos dice que quizá estemos a un paso de superar el miedo a la muerte, al olvido, al dolor por la pérdida del ser querido… pero que eso no resulta (no está resultando) en un mundo mejor para ser vivido. Al contrario, instituye una realidad terrorífica y opresiva que nos cosifica como instrumentos de la tecnología (sea como generadores de la electricidad que la sustenta o como carne de reality show pseudopornográfico para entretenernos). Una tecnología que anula nuestra conciencia y nos convierte en máquinas de guerra perfectas. O que nos condena a la enfermedad mental ante la incapacidad de olvidar y pasar página.

Y, aún así, es preciso hablar aquí de nuevo del gran elefante en la habitación. El triunfo tecnológico no puede librarnos del desastre ecológico, sino que nos encamina hacia él. Black Mirror no da recetas para el colapso, pero trata de vacunarnos ante ese virus de la ilusión tecnológica. Descubrir los grandes monstruos que esbozan la deshumanización nos alienta a enfrentar los miedos humanos a una escala humana, rompiendo con el individualismo y afrontando el dolor, el sufrimiento, la muerte y los inevitables males de la humanidad de manera solidaria, sostenible, sin poner en peligro nuestra libertad. ¿Es eso aún posible? De eso dependen los grandes desafíos de nuestra época.

Distopías en línea I: Tecnoilusiones rotas

Nos observa una mirada fija, obsesiva, penetrante. Unos profundos ojos que nos atraviesan, que tratan de investigar en el fondo de nosotros, de conocernos a través de nuestra intimidad virtual. ¿Somos nosotros, como nuestros ídolos, una simple falsificación? ¿Un producto de marketing que consume mentiras y se comunica con otros a través de estas?

A lo mejor es que todos pensamos que Steve Jobs fue un gran hombre incluso sabiendo que ganó billones a costa de niños. O a lo mejor es que sentimos que todos nuestros héroes son falsos. El mundo en sí es una gran patraña. Nos espameamos los unos a los otros con continuos comentarios; mentiras enmascaradas como si en realidad pensáramos así. Redes sociales que nos hacen pensar que de verdad tenemos intimidad. ¿O es que hemos votado para esto? No con nuestras amañadas elecciones, sino con nuestras cosas, nuestras propiedades, nuestro dinero. No estoy diciendo nada nuevo. Todos sabemos por qué hacemos esto. No porque los libros de Los Juegos Del Hambre nos hagan felices, sino porque queremos estar sedados.

No cabe duda de que el monólogo de Elliot, protagonista de Mr Robot, es una crítica a la alienación en la que nos ha sumido el capitalismo que nos gobierna. Encierra en sí mismo un profundo sentimiento de aislamiento y desconexión con la sociedad. Un sentimiento extendido por la cada vez mayor mediación tecnológica entre cada individuo y quienes le rodean, pero también por la extensión de la inseguridad laboral, la falta de derechos, la difusión de modelos falsos e inalcanzables, el individualismo…

Hoy el mundo de Elliot es nuestro mundo hasta tal punto que ni siquiera las referencias se esfuerzan en ocultar su obviedad. Corporaciones como E(vil)-corp (Enron, con características de otros gigantes como Google o Apple) son enfrentadas por hacktivistas como f-society (Anonymous). Un espectáculo pseudorevolucionario que no logra ni detener el creciente control social, ni las políticas antipopulares, ni por supuesto los problemas psicológicos crecientes del individuo atomizado. Más bien al contrario, ayuda a extender la obsesión tecnológica y el aislamiento dentro de un entorno de creciente control social.

La pseudo-revolución de Mr Robot está vacía. Hundimos los bancos, eliminamos las deudas… y nada fundamental ha cambiado. Las proclamas megalómanas de un Elliot obnubilado son un grito en el desierto, un mapa a ninguna parte sin ningún contacto con la realidad. Esas alegorías más que evidentes de Mr. Robot con nuestra realidad sólo están ahí para engañarnos. Es cierto, hoy los hackeos y la exposicion de datos ocurren con relativa frecuencia, hasta el punto de haberse convertido en armas de intervención geopolítica: Hemos visto en primera persona a militares estadounidenses matar impunemente a civiles en Irak y Afganistán, hemos sabido cómo nos vigilan a cada uno de nosotros las agencias dedicadas al control social… A pesar de ello, ni siquiera hemos tomado con determinación la decisión de dejar de entregar nuestra intimidad y nuestras relaciones a las grandes corporaciones. Nos asusta y nos indigna el que Alemania pueda crear un fichero de radicales de izquierda, pero apenas ponemos pegas al hecho de que exista un mercado de datos sobre dónde, cómo y cuándo nos movemos, qué apuntamos, qué tareas hacemos, qué información difundimos… Así, con tan bajo nivel de conciencia sobre cuestiones tan fundamentales, es dificil que las revelaciones escandalosas puedan convertirse en una herramienta para democratizar la sociedad y acabar con la injusticia del actual sistema económico.

Son malas noticias para los pequeños hackers con intenciones revolucionarias: es imposible ser un agente transformador desde el aislamiento. El modelo de héroe individual que cambia el mundo él sólo (o con un pequeño grupo de iluminados desconectados de la mayoría social y firmemente aferrados a sus dogmas) es falso, aunque esto decepcione al egocentrismo de algunos. Toda esa estética hacker y pseudocrítica no es más que buen embalaje para (re)vendernos la fallida idea de vanguardia y alejarnos de la posibilidad real de un cambio revolucionario.

Más que acciones aisladas y grandilocuentes necesitamos un compromiso individual que se haga colectivo y que empiece por negarnos a que se trafique con nuestra intimidad. Necesitamos también un programa ecosocial, que demuestre aprecio por lo real no virtual y por lo comunitario; que se enfrente al individualismo tecnófilo, profundamente ingenuo sobre el momento actual y el futuro que nos espera. Y necesitamos, finalmente, estrategias para una decidida acción colectiva que ponga coto a los abusos de las multinacionales y se anime a prefigurar sociedades habitables.

En el horizonte cultural de la mayoría el futuro oscila, en el mejor de los casos, entre dos polos. Uno, ilusiones tecnológicas a la desesperada que ni siquiera carecen de aspectos distópicos. Otro, la pesada realidad de un previsible colapso ecológico, que habita como un miedo abstracto en el fondo de nuestras psiques, al que preferimos no conjurar. Lo que me devuelve a la pregunta inicial sobre si somos algo más que meros consumidores de marketing, si podemos cuestionar el contenido de los productos culturales que consumimos. Si es así, apostemos por una cultura que difunda modelos críticos, anclados en lo común frente a lo individualista, lo material real frente a la ilusión tecnológica, la movilización frente a la pasividad y la ética frente a la estética. Eso implica repensar cómo vemos y deseamos el futuro, cómo hablamos de él en el presente. Recuperar una aspiración utópica de izquierdas que nos impulse a avanzar; es decir, una utopía materialista, viable, sostenible y feliz.