¿La solidaridad en peligro?

Pareciera que la solidaridad es algo que escasea hoy en día en nuestras sociedades modernas. Cada cual va a su bola sin preocuparse de lo que hace el resto; sentimos que nada, o poco, nos une al resto de personas; nos preocupamos de los problemas que nos atañen personalmente o, en el mejor de los casos, nos preocupamos un poquito de los problemas de aquellas personas más cercanas. Pero no estoy diciendo nada nuevo para nadie, así es la vida en la ciudad desde hace décadas; una vida solitaria en un plano existencial, individual en un plano práctico, y egoísta a todos los niveles.

Algunes intentamos romper con esta solitud urbana por motivos diversos y de formas variantes: algunes se organizan en grupos de solidaridad, otres actúan lo mejor que pueden de manera individual. En cualquier caso romper con la distancia social que impregna nuestras mentes es el primer paso obligatorio para empezar a construir ese mundo nuevo que muches desean.

Pero si escribo esto es por la impresionante falta de solidaridad que hemos podido leer en las redes sociales a raíz de lo sucedido en Atocha y Delicias (Madrid) durante la acción del 25 de abril. Como sabéis, tras la manifestación frente al Congreso un grupo de jóvenes decidió llevar la resistencia un paso más allá: se lanzaron piedras y petardos a las fuerzas represoras del Estado, se tumbaron cubos de basura para dificultar el paso de las lecheras… En definitiva, se decidió plantar cara a una policía nacional que lo único que sabe hacer es reprimir y castigar a les que han decidido resistir al sistema con dignidad.

De la comunidad de «izquierdas» en Twitter y Facebook espero, personalmente, más bien poco, pero nunca me imaginé que tanta furia desatarían los disturbios en Madrid. Que si las acciones violentas son negativas y contraproducentes, que si les jóvenes de Madrid son solamente unes vándales y fanátiques, que si la violencia engendra más violencia… En resumen, que en vez de mostrar la solidaridad que un día caracterizó al movimiento obrero anti-capitalista lo que pudimos leer en Internet fue una sarta de insultos y acusaciones sin sentido. «La más absoluta condena a lo acaecido en Madrid» podría ser un buen resumen del ambiente en la redes sociales. Aunque todo sea dicho, me llevé una grata sorpresa al ver que un considerable número de cuentas en Twitter y Facebook empezaron a plantearse que este tipo de acciones pudieran ser necesarias según están las cosas en la sociedad española.

Sin querer convertir estas líneas en un discurso moralista, sí que diré que lo mínimo que une puede hacer al no estar de acuerdo con las acciones de otras personas es callarse (o criticar constructivamente aportando argumentos con contenido). Ahí debiera empezar la solidaridad de las personas que hacen llamarse «de izquierdas» (o «libertarias» dado el caso). Mil veces al cabo del día pensamos que no estamos de acuerdo con algo, pero hay momentos en los que callar es mejor que hablar. Les jóvenes del 25 de abril actuaron con la mejor de las intenciones, y precisamente porque tienen todas las razones del mundo para levantarse y gritar «¡ya basta!» De ahí que la falta de solidaridad de otres jóvenes me parezca humillante, pues todes elles (a no ser que sus papis sean miembros distinguidos de ésta nuestra sociedad) comparten el mismo futuro precario tan falto de oportunidades, libertades, y sobre todo tan falto de dignidad. Alguien no podría estar de acuerdo con quemar los cubos municipales a forma de barricada, pero nunca se debería acusar a les compañeres que, luchando por el futuro de todes, decidieron arriesgar su libertad personal (y su integridad física).

Supongo que, en este contexto, la diferencia entre «criticar» y «acusar» es clara. La crítica es necesaria en cualquier ámbito de la vida, como también lo es disentir y libreprensar. Pero acusar es dar la espalda a aquelles que reman en nuestra misma dirección; ponerles en evidencia y dejarles a merced de la opinión pública que tan bien les funciona a les polítiques y demás parásites del sistema. Acusar, en definitiva, es sacar a relucir al policía que la sociedad nos metió dentro por medio de la educación curricular y de la socialización estatal.

Como escribiera el Subcomandante Marcos, «tallado por el lado inverso, un espejo deja de ser espejo y se convierte en cristal. Y los espejos son para ver de este lado y los cristales son para ver lo que hay del otro lado. Los espejos son para tallarlos. Los cristales son para romperlos… y cruzar al otro lado.»

Vivimos en sociedades llenas de espejos, donde lo único que se refleja son nuestro ego y nuestros intereses egoístas. Comprender, empatizar, y solidarizarse con aquelles que intentan invertir el espejo es una forma de invertir nuestro propio espejo. Muchas personas han invertido ya ese espejo, no me cabe la menor duda. Pero cuando ven que otres se deciden a romper el cristal (el espejo invertido) para pasar al «otro lado» es cuando la solidaridad vuelve a flaquear. Será por miedo. Será por ignorancia. Será por vaguería. Pero así son las cosas.

¡Solidaridad con les que luchan! ¡Muerte al capital!

La transición del Estado chino a la economía de mercado (II)

Anteriormente describí el proceso reformista llevado a cabo por el Estado chino, a continuación me ocupo de como recibió la población esas reformas y de como respondió el Estado a las protestas.

Respuesta popular a las reformas y represión

La transición china a la economía de mercado no estuvo exenta de conflictos, las reformas económicas de Deng Xiaoping obtuvieron un gran éxito respecto al crecimiento de la economía china y le proporcionó un hueco a China en el mercado internacional, pero todo ello fue a costa de un empobrecimiento de la clases populares y de una situación de precariedad y explotación laboral sin precedentes. Además de la elevada inflación que se provocó por el levantamiento del control de precios y de expansión demográfica de la población china que saturó el sistema de servicios sociales del Estado Chino, también jugaron su parte la corrupción de los burócratas del Partido Comunista y de los administradores de las empresas estatales al liberalizarse y las aspiraciones democráticas que tenía un sector de la población que veía como el modelo económico cambiaba pero se mantenía el control político del Partido Comunista.

Todo este clima provocó numerosas protestas, los manifestantes pedían democracia, pero la mayoría de ellos estaba en contra de las medidas liberales que se estaban implementando, los liberales conciben que el liberalismo económico va acompañado de democracia, pero tanto en China como en Chile fue justamente al revés, estuvo acompañado de autoritarismo y represión.

Deng Xiaoping sabía que se iban a producir protestas y en 1983, al mismo tiempo que abrió las puertas a los inversores y redujo las prestaciones sociales y laborales, creó un nuevo cuerpo antidisturbios.[1]

Las protestas se fueron radicalizando progresivamente y alcanzaron su máximo exponente con las manifestaciones de estudiantes en la Plaza de Tiananmen de 1989, estas protestas fueron descritas por los medios de comunicación occidentales como un enfrentamiento entre estudiantes liberales con simpatías por el sistema democrático occidental y los defensores del Estado comunista autoritario, sin embargo análisis exhaustivos como el de Wang Hui[2] revelan que los manifestantes procedían de ámbitos muy diversos y que no todos eran estudiantes de la élite universitaria, había obreros industriales, campesinos, pequeños empresarios y trabajadores del sector de servicios y comercial, según él lo que provocó las protestas fue el descontento popular con las reformas de Deng Xiaoping y que la petición de libertades democráticas que hacían los manifestantes estaba estrechamente unida a la discrepancia en el ámbito económico, lo que impulsaba las aspiraciones democráticas era que el régimen autoritario estuviera imponiendo las reformas sin ningún consentimiento popular.

Estas circunstancias pusieron al Partido Comunista en una encrucijada, la alternativa no era entre comunismo o democracia, sino entre ceder a las presiones populares o seguir adelante con el proceso reformista y emplear la represión contra el descontento popular. Algunos miembros del Partido estaban dispuestos a ceder a la presiones y a intentar compatibilizar la democracia con las reformas, pero se impuso la línea de Deng que optaba por la represión. El 20 de Mayo de 1989 se estableció la Ley Marcial, el 3 de junio los tanques avanzaron contra las concentraciones y el ejército abrió fuego contra los manifestantes, entraron en la Plaza de Tiananmen desmantelando las barricadas y detuvieron a los principales organizadores de las protestas, la cifra de muertos se estima entre 2000 y 7000, y la de heridos hasta en 30000. Después se llevó a cabo una represión sistemática contra todos los críticos y opositores al régimen, 40000 personas fueron arrestadas, la mayor parte de ellas ejecutadas dias mas tarde, el gobierno centró su represión mas dura contra los obreros industriales y los que estaban intentado construir un sindicato, los medios de comunicación occidentales trataron la noticia como un nuevo ejemplo del totalitarismo comunista, llegando incluso a afirmar que iba dirigida a frenar las reformas económicas, cuando en realidad estaba destinada a asegurar el proyecto liberalizador. Mas tarde el mismo Deng reconoció que la actuación del ejército en Tiananmen no era para proteger al socialismo, sino a las reformas económicas y declaró que continuaría adelante con ellas.[3]

De la misma forma que el terror de Pinochet había dejado el camino despejado a las reformas económicas neoliberales, la masacre de Tiananmen allanó el camino a los reformistas chinos que pudieron llevar a cabo su proyecto sin que hubiera peligro alguno de rebelión, las medidas mas dolorosas que Deng había suspendido tras los sucesos de Tiananmen volvieron a ser reimplantadas tres meses mas tarde, entre ellas la desregularización de los precios aconsejada por Friedman que provocó la elevada inflación. Las reformas que no se pudieron llevar a cabo antes de 1989 se implementaron sin resistencia alguna tras el terror desatado por el gobierno chino.

Con el establecimiento de las ZEE China se convirtió en un taller industrial caracterizado por la mano de obra barata y las escasas condiciones laborales, que fue lo que atrajo a los inversores extranjeros que buscaba el gobierno.

Conclusión

La experiencia de China es una muestra mas del fracaso del fracaso del modelo marxista-leninista de transición hacia el comunismo por medio de un Estado monopolista que organice la sociedad, esa estructura genera una burocracia que se separa de la clase obrera y adquiere intereses propios, mantener el poder y los privilegios que les genera su posición, con tal de mantenerlo se llega hasta el extremo de abandonar las aspiraciones revolucionarias iniciales.
En el caso de China los burócratas que tenían el control de las empresas estatales vieron que si se apuntaban a la ola liberalizadora podrían mantener su poder y además adquirir los mejores activos del Estado, para tal fin no dudaron en empobrecer a su pueblo y a condenarlo a unas condiciones extremas de explotación y precariedad.

La represión de las protestas puso de manifiesto el parecido entre las tácticas del comunismo autoritario, la del neoliberalismo y la del autoritarismo militarista latinoamericano. Todos ellos coinciden en su voluntad común de hacer desaparecer toda resistencia para llevar a cabo su programa político y económico.

[1] “La Policía Armada Popular, formado por 400000 agentes con la misión de reprimir todo indicio de delito económico (huelgas y manifestaciones), este cuerpo obtuvo financiación estadounidense.” Naomi Kein, La Doctrina del Shock

[2] Wang Hui fue uno de los intelectuales chinos que organizaron las protestas de 1989

[3] “No nos hemos equivocado, no hay ningún error en los cuatro principios de la reforma económica, si algún problema existe al respecto es que aún no se han implementado de forma exhaustiva” Deng Xiaoping

Bibliografía

– Deng Xiaoping, We can develop a market economy under socialism (1978)

– Naomi Klein, La Doctrina del Shock (2010)

– Francis Fukuyama, El Fin de la Historia (1992)

– Ana Salvador, El proceso de apertura de la economía china a la inversión extranjera (2010)

– Wang Hui, El Nuevo Orden de China

De victorias y derrotas: crónica del 29-S

Como respuesta a la represión sufrida el pasado martes 25 y miércoles 26 de septiembre, miles de personas nos desplazamos desde diferentes puntos del Estado a Madrid para rodear el Congreso, exigir la libertad de los detenidos y forzar la dimisión del Gobierno. ‘Hemos ganado’, exclamaron desde la organización. Esta es una crónica de esa victoria y de su irreal resultado.

La tercera jornada de protestas iniciadas por el movimiento Rodea el Congreso (uno de sus múltiples nombres) comenzó con los tintes habituales que caracterizan las movilizaciones masivas que desde mayo de 2011 se vienen realizando por todo el Estado español: plazas y calles adyacentes abarrotadas de individuos de heterogénea ideología, estética, extracción social, género y edad. El ambiente durante las primeras horas era un calco de otras protestas a las que ya estamos acostumbrados, pero que son visualmente muy diferentes a las de antaño. Apenas hay símbolos ideológicos, partidos políticos o banderas, más allá de algunas enseñas tricolores republicanas, y son muchas las pancartas y cánticos contra la clase política y la policía. No hay consignas tradicionales de lucha de clase y casi no se habla del capitalismo. Semióticamente esto también significa algo. El escepticismo de la postmodernidad puede respirarse entre una multitud que minutos más tarde abandonaría la Plaza de Neptuno dejando un reguero de latas de cerveza vacías por la acera.

El perímetro de vallado que rodeaba el Congreso se extendía desproporcionadamente, cortando las calles a gran distancia del que, a priori, parecía el objetivo de la concentración. El Paseo del Prado en dirección a Cibeles y a Atocha estaba rodeado de furgones policiales; en torno a unos 50 o 60 podían verse a simple vista. Donde no alcanzaba el mirar era seguro que había más. Hasta poco antes de que se pusiera el sol sólo provocaba la indignación de los presentes las apariciones cada quince minutos de un helicóptero que sobrevolaba Neptuno.

La gente seguía llegando en masa y la cantidad de horas de pie y de inactividad –más allá de los cánticos- daban pie a diferentes comentarios, la mayoría en torno a la conveniencia del uso de la violencia por parte de los manifestantes, así como a la posible presencia de infiltrados. Algunos de los congregados descansábamos sentados en el suelo e intermitentemente subíamos a las ventanas de los edificios colindantes para comprobar la afluencia. Por no disponer de telefonía con Internet, las únicas noticias “del exterior” las conocí a través de mensajes de texto: la policía amenazaba a los medios de comunicación advirtiéndoles de que debían abandonar la plaza ante la posibilidad de que se produjesen cargas policiales.

Una vez caída la noche, desde la megafonía de la coordinadora se desconvocó la manifestación. “Ya hemos ganado”, dijeron. Quienes resistiesen en la plaza lo harían bajo su responsabilidad. La medida se tomaba, según expusieron, para que no se repitiesen los altercados del 25 y del 26. En ese momento me pregunté: ¿Para qué he recorrido más de 500 kilómetros en autobús y he invertido parte de mi escaso salario? ¿Cuál era el objetivo político real de esta manifestación? ¿En qué momento puede finalizar un sitio al Congreso? ¿Qué es exactamente lo que hemos ganado permaneciendo cuatro horas de pie frente a una valla? ¿No nacía esta plataforma como un método de protesta indefinido? Todas estas cuestiones rondaban mi cabeza, defraudado, mientras comprobaba el poder de convicción de un megáfono. Aunque todavía seguíamos siendo legión, la mitad de los convocados abandonaron Neptuno. Algunos para cenar, otros a sus casas y un grupo de unas 150 personas a intentar realizar una patética cadena humana alrededor del Congreso atravesando la Calle Cervantes, con evidente e infructuoso resultado.

No es la primera vez que presencio cómo desde las organizaciones convocantes de una manifestación, cuando ésta empieza a tomar un cariz combativo, se anima a los asistentes a desmovilizarse. ¿Cuál es el objetivo de incitarnos a que tomemos una determinada actitud? ¿Por qué hay que coaccionarnos para que finalice un acto de protesta en el momento en que ellos elijan? Cuando esto ocurre sólo me queda sospechar que, en esos instantes, los convocantes están pensando más en la imagen de su plataforma y sus necesidades como organización que en los fines de la protesta.

A pesar del vaciado, como se ha dicho, todavía un nutrido grupo de personas ocupaba la plaza. Entonces ya eran abrumadora mayoría los jóvenes. Aparecían las primeras capuchas y verdugos, así como una mayor cantidad de personas con estética tradicional de izquierdas. Los cánticos contra la policía aumentaron. No podía ver lo que pasa en la bocacalle que orienta el tráfico hacia Cibeles, pero me constaba que había cierta provocación policial, aunque nada grave. Frente a la valla más próxima al Congreso comenzaron a volar los primeros objetos y algunos manifestantes fueron reprendidos. Se les acusó de estar infiltrados. Otros les defendieron. El ambiente se caldeaba y terminó de estallar con el lanzamiento de un petardo hacia el otro lado de la valla. Hubo mucha gente que no vio la trayectoria del explosivo y su detonación cogió por sorpresa a la mayoría de los asistentes, que huyeron al pensar que se había lanzado una pelota de goma. Algunos de los que vimos qué había pasado tratamos de arengar a quienes corrían para que se quedasen quietos, nos tapamos las caras y lanzamos botellas a los antidisturbios para evitar una posible carga al verles ponerse los cascos y cargar sus escopetas. Era absurdo pensar que los agentes podían agredirnos desde detrás de un triple vallado, pero las escenas de histeria colectiva y las carreras contagiosas se repitieron toda la noche.

Con este primer amago de carga se vació un poco más la plaza y volvió la calma. No obstante, quienes allí estábamos ya teníamos el convencimiento de que habría violencia, algo que no podía adivinarse con claridad horas antes. Más tarde, en un extremo de la plaza hubo movimiento, carreras, algún golpe seguro, pero desde donde me encontraba no podía verlo con claridad. Entre 6 y 10 furgones policiales subieron desde Atocha a Neptuno y entraron en el corazón de la misma, dividendo a los manifestantes en dos grupos. Uno orientado hacia Cibeles y otro hacia Atocha. Un pequeño colectivo permanecía todavía de cara al Congreso, en el centro. Parte de los manifestantes se situaron frente a las furgonetas para evitar que avanzaran. No sé qué ocurrió –más tarde lo vería por televisión- a los compañeros acorralados entre Cibeles y Neptuno, pero en la zona en la que quedé atrapado comenzó el lanzamiento de objetos. Un nuevo petardo, esta vez verde, estalló bajo los furgones. Los agentes bajaron de sus vehículos y corrieron hacia la multitud, que resistió como pudo y se refugió en la Calle Cervantes. Volcamos en la bocacalle algunos contenedores y se improvisó una barricada. Un grupo de policías aguardaba en la esquina del Palace y Cervantes, recibiendo el impacto de latas y botellas con una banda sonora antológica: El pueblo unido jamás será vencido. En el otro extremo de la plaza, aunque no pudimos verlo, le reventaron la cabeza a un joven que tuvo que ser hospitalizado y detuvieron a dos compañeros.

A partir de entonces todo fue un correcalles. En cada esquina en la que tuvimos que apostarnos tras retroceder levantamos una barricada, que al tiempo era sorteada por los agentes o bien por el mismo camino o por calles laterales. Poco a poco esto hizo que nos dividiésemos y que, por nuestra propia cuenta, acabáramos abandonando cualquier posibilidad de resistencia y de retomar Neptuno. Durante estas carreras recibimos algunos pelotazos de goma y varios destacamentos de agentes de la UIP entraron en locales de la zona amenazando a los clientes y golpeando a los manifestantes que se habían refugiado en ellos.

Según contaron los medios, después de desalojar a los manifestantes de Neptuno un grupo de pacifistas se apostaron, sentados, frente a la valla del Congreso. Allí permanecieron hasta que pactaron su salida sin consecuencias. Para haber ganado, como decían desde la coordinadora, el triunfo tuvo un sabor amargo.

Vídeo relacionado: http://www.youtube.com/watch?v=r1LYYaPk7zI

Anónimo.

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