Implicaciones políticas del término Naturaleza

Cuando hablamos de ecologismo, a menudo surge de manera recurrente el termino natural o naturaleza como una forma categórica de clasificar lo que está bien de lo que está mal, muchas veces simplificando y contaminando los debates éticos y políticos, usándose como un hecho, como un argumento de autoridad con el que zanjar las discusiones. Así por ejemplo, podemos oponernos a ciertas tecnologías como los transgénicos “argumentando” que van “contra natura”, porque modifican “el orden natural de las cosas”, o podemos realizar una critica construida y bien argumentada basada en las problemáticas ambientales y sociales que puede causar dicha tecnología (ver Transgénesis, ¿Sólo una herramienta?).

Asociamos naturaleza con orden, con equilibrio, con armonía, y vemos como natural aquello que es habitual y está aceptado en una determinada sociedad, y a menudo conforme con la clase dominante. De este modo, este término se puede usar y se ha usado frecuentemente como normalizador y represor de las conductas o acciones disidentes. Permite invalidar cualquier teoría evitando la argumentación y nos dota de una visión determinista e inmutable de las cosas. Este término no sólo se usa en los debates sobre temas ambientales, sino que se ha usado y se usa para justificar el neoliberalismo, el colonialismo, el racismo, el sexismo o el especismo.

La historia demostró que toda justificación del orden social por las leyes de la naturaleza, sirvió al totalitarismo (el nazismo se valió de la selección natural) (Simonnet, 1979; 76 apud Diegues 1994).

Así por ejemplo cuando se hace una descripción biologicista y dicotómica de los sexos, o cuando se critican temas como la homosexualidad, o a las personas transgénero, se suele recurrir al término naturaleza como a una Verdad científica irrefutable o se acusa a estas personas de transgredir unas supuestas “leyes naturales” que definen lo que está permitido, lo que es “normal”; o simplemente se utiliza este término para definir lo que debería ser, para lo que están destinadas las cosas o las personas (las mujeres estarían destinadas a procrear pues son definidas por el mero hecho de tener un útero).

Del mismo modo, para trazar la linea divisoria con la que se define que seres son los que merecen tener una consideración moral o ética, se basa en la dicotomía humanidad/naturaleza propia de la tradición judeo-cristiana-islámica, dotando a los seres pertenecientes a nuestra especie de un valor intrínseco:

Nuestra humanidad, parece tomar valor solamente en proporción al desprecio acordado a los animales. Se define enteramente por contraste con la “animalidad”, es decir con sus representantes más indicados de una Naturaleza a la cual se opone punto por punto: los humanes son individuos que poseen un valor intrínseco, tienen una historia, son racionales, conscientes y libres, han emergido del “estado natural”, mientras que los animales son mecanismos funcionales del orden (de la Naturaleza), especímenes de su especie, que actúan por instinto (1) y presos de su naturalidad sin esperanza de remisión (Yves Bonnardel).

El término naturaleza y sobre todo el cómo nos consideramos con respecto a esta (si formamos o no, lxs humanes y lo producido por ellxs, parte de la naturaleza) tiene una gran influencia tanto en la ecología como ciencia, como en los movimientos ecologistas y en las distintas vertientes ideológicas derivadas de ellos. Estas implicaciones no son sólo a nivel teórico, pues al fin y al cabo definen los objetivos, las prioridades y en definitiva las luchas de estos movimientos. Pero el análisis detallado de las implicaciones en el movimiento ecologista me las reservo para la próxima entrada.

Por lo tanto, haciendo un adelanto al próxima articulo sobre los distintos movimientos o ideologías ecologistas, propongo, deshacernos del término e idea de naturaleza, por que al final, las palabras y conceptos que usamos definen nuestra forma de pensar y por lo tanto de actuar.

Notas:

Humán o humanes: Miembro de la especie Homo sapiens

Bibliografía:

– Diegues A.C. 1994. O Mito moderno da natureza intocada. Editora Hucitec. P 28-53

– Yves Bonnardel. 2005. En finir avec l’idée de Nature, renouer avec l’éthique et la politique. Les Temps Modernes. (http://tahin-party.org/textes/finir-idee-nature_texte-seul_format-lettre.pdf). También se puede encontrar en castellano (no muy bien traducido) en: http://tahin-party.org/textes/terminar-idea-naturaleza_texto-solo_formato-a4.pdf

Autor: Un biólogo contestatario.

Ucrania 2014: ecos del pasado

A poco que pongamos un poco de atención al discurso internacional sobre lo que está pasando en Ucrania nos damos cuenta que la cosa suena familiar: ¿están les gringues hablando de la Guerra Fría, o de la Ucrania de 2014? En estas últimas semanas hemos podido leer en Internet comparaciones directas entre la situación actual y la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, o incluso algunes se han atrevido a calificar los hechos de Nueva Guerra Fría o Tercera Guerra Mundial (¡hala!)

Lejos de ser exageraciones de los típicos grupos amantes de las conspiraciones internacionales, la verdad es que este discurso belicista (que no deja de ser preocupante) viene promovido por «altas personalidades» de la prensa y política mundial (léase Estados Unidos). En el Washington Post podíamos leer hace unas semanas al neo-conservador Charles Krauthammer decir que los Estados Unidos deberían mandar una flotilla al Mar Negro y asistir económicamente a Ucrania con 15 billones de dólares norteamericanos (que se dice pronto). John Kerry, actual Secretario del Estado, amenazaba también a la Rusia de Putin con restricciones económicas y asistencia a la (nueva fascista) Ucrania. Unas amenazas que si las pensamos de nuevo no tienen legitimidad alguna: sí, la movilización de tropas rusas en Crimea rompieron con ciertas leyes internacionales[1], pero que John Kerry lo haya señalado una y otra vez tiene su qué. Después de todo, ¿no han causado los Estados Unidos un significante número de guerras solamente para perseguir sus intereses nacionales? Un ejemplo: Iraq (Otro: Siria. Y otro más: Libia). Y que nosotres sepamos, Iraq no es limítrofe con los Estados  Unidos (como sí lo son Ucrania y Rusia).

Si miramos atrás en la historia del siglo XX la cosa adquiere morbo. En 1945, en la ciudad de Yalta (precisamente en Crimea), se realizó una conferencia entre Churchill, Stalin, y Roosevelt para lograr una paz internacional. Todo ha cambiado, y los contextos no son idénticos, pero sí que observamos similitudes que nos traen ecos del pasado. La derecha estadounidense parece haber entrado en un estado de pánico, endemoniada por fantasmas del pasado que susurran dos palabras: Guerra Fría (o jodides comunistas). El parecido más interesante entre ambos contextos históricos es el gran papel del ejército (de lo militar), el cual dicta las reglas del juego diplomático. Y es que el problema con Ucrania no es ni la soberanía de sus gentes, ni la economía. El problema parece ser el de siempre: poder. Hay que tener en cuenta que los Estados Unidos y la Unión Europea llevan largo tiempo intentando diezmar el poder ruso en el ámbito internacional. A mi parecer el aspecto más importante son los límites de la OTAN.

Ni Rusia está preocupada por los lazos económicos con Ucrania, ni los nuevos lazos económicos que ésta pueda desarrollar con la Unión Europea (después de todo, el gas ruso sigue siendo necesario en muchos países europeos). A Rusia le interesa mantener su dominio estratégico en el este, y a «Occidente» le interesa debilitar dicho dominio para aumentar su dominio. A fin de cuentas: poder, que viene a ser el problema que atormenta a nuestra raza desde tiempos inmemorables. Una Ucrania pro-Occidente significaría una expansión inmediata de las fronteras de la OTAN en términos de bases, ejercicios militares, nuevas alianzas… ¿Os imagináis qué piensa Rusia ante la idea de tener una flota estadounidense operando en una base de la OTAN en el Mar Negro? Más datos confirman que lo que prima en este conflicto es lo militar (tan ligado al concepto de poder). Para empezar, la ayuda que la Unión Europea promete a Ucrania no viene «de gratis», sino que conlleva los típicos compromisos con el neoliberalismo y, además (algo que los medios burgueses no se han dignado en mencionar hasta donde yo sé), la integración de Ucrania en el aparato militar de la Unión y todo lo que conlleva: cooperación armamentística, ejercicios comunes, simulaciones de crisis, etcétera y etcétera. Además, Rusia tiene todo el derecho de sospechar de Occidente: desde la unificación de Alemania, tres ex-repúblicas soviéticas[2] se han unido a la OTAN (y eso que los Estados Unidos aseguraron que la intención no era prolongar la Guerra Fría ni un ápice). A pesar de todo, hoy encontramos puestos militares de la OTAN en Georgia, un lugar que queda muy cerca de los intereses de Rusia.

Como anarquista toda esta retórica ultra-nacionalista me produce arcadas. Y la histeria estadounidense me parece de chiste dado el historial de rupturas con sus amadas leyes internacionales. Pero tampoco creo que el análisis anarquista de la actual situación en Ucrania requiera de tanto desdén. He leído bastantes veces en nuestros círculos que la economía es lo que está promoviendo la crisis ucraniana; que esto es una especie de «empujón capitalista» para agrandar su territorio. No creo que éste sea el principal motor de los hechos. Como he expuesto, el poder creo que prima en todo este asunto: el encuentro entre el poder de dos bloques hegemónicos que todavía existen (uno de forma muy distinta, claro está).

Notas

[1] No es que me importen, personalmente, las leyes internacionales, pero obviamente son un elemento vital para entender las relaciones internacionales entre naciones-estado.

[2] Además de un considerable número de países que firmaron el Pacto de Varsovia, el cual en pocas palabras pretendía no empeorar la situación entre la Unión Soviética y la OTAN.

Por la destrucción de la objetividad

El capitalismo deshumanizador en el que vivimos está basado en una idea básica: que solamente existe una única verdad. Esta verdad configura lo que es válido y lo que es inválido, lo que es moral y lo que es inmoral, lo que es útil y lo que es inútil… Así como también define la supuesta «naturaleza» del ser humano y sus relaciones.

Si existe una única verdad, su acceso, adquisición, y desarrollo se convierten entonces en un privilegio de unes poques que poseen la supuesta «objetividad» que confiere el estar cerca de la «verdad.» Para alcanzar la «realidad» o la «verdad» hay que ser «objetive», pero poco se cuestiona que existan multitud de grupos humanos que dicen poseer la «objetividad» de la «verdad verdadera.» De ahí que no solamente el capitalismo se base en la objetividad, sino que también lo hacen multitud de ideologías distintas. Les comunistas dirán que elles poseen la verdad absoluta, y que estudiar la «realidad social» desde el marxismo es alcanzar la «objetividad» requerida. Les liberales dirán que no, que son elles quienes están más cerca de la «verdad», porque estudian la «realidad» por medio de la econometría, que se basa en avanzadas fórmulas matemáticas (¿y qué hay más «objetivo» que los números?). Y muches anarquistas también dirán que no, que son elles quienes poseen la verdad de las verdades al rechazar todas las demás. ¡Cosas de la vida!

El problema de la objetividad es que es, en realidad, una subjetividad institucionalizada. Puede estar institucionalizada a un nivel sistémico (ejemplo: el capitalismo es lo mejor que podemos tener). O puede estar institucionalizada a un nivel menor (ejemplo: el Partido Comunista de España sabe de qué va la sociedad, y no el PSOE). Cuando se institucionaliza una visión del mundo tenemos el problema de crear jerarquías, las cuales siempre derivan en poder asimétrico e injusticia. Así, muches dirán que Santiago Carrillo sabía más que el muchacho que se afilió ayer al partido. U otres podrían decir que el anarquismo español está más avanzado por tener a la CNT, que es muy vieja. En definitiva: que unes saben mucho y otres saben poco, que viene a ser lo mismo que decir que unes saben más que otres.

En todos estos grupos, sean de izquierdas, de derechas, o libertarios, hay mucho de paternalismo y autoritarismo. Cualquier discurso que diga ser objetivo lo es de facto. Tendemos a pensar que les que no piensan como nosotres son o menos inteligentes, o menos atentes, o menos concienciades. «Menos», «menos»,»menos». Todes son menos que nosotres, ¡pues nosotres tenemos la verdad!

Una forma sencilla de pillar este tipo de discurso es ver cuándo una persona empieza a universalizar lo que dice. Si alguien os dice que sus ideas son universales, empezad a dudar.

Creer que existe una «única verdad», o que la «objetividad» ha de ser la medida de todas las cosas, es rechazar la evidente variedad de seres humanos que existen en este planeta. Todes y cada une de nosotres somos unes disidentes en potencia. Todes tenemos el potencial de pensar distinto, de ver las cosas distintas y, por lo tanto, de crear mundo y realidades distintas. ¿Por qué? Porque cada une de nosotres tenemos un contexto vital distinto. Sí, vivimos en las mismas metrópolis capitalistas, sufrimos la misma explotación del trabajo asalariado… pero aun así dentro de estos nichos de impuesta uniformidad existe la variedad. De ahí que tengamos obreros votando a la derecha, y amas de casa que son machistas [1].

Querer buscar la «objetividad» es denegar al ser humano per se porque es un intento de imponer una determinada subjetividad (que puede ser más o menos colectiva en tanto que es compartida por más o menos gente, pero nunca por la totalidad). Cuando esta subjetividad se «objetiva» y se institucionaliza tenemos hegemonía ideológica e intrincadas redes de control social que van más allá de lo físico.

Por otro lado, reconocer el carácter subjetivo de la existencia humana es entrar en contacto con la vida social de una forma más plena, pues cuando se hace así suceden dos cosas al mismo tiempo:

  1. Reconocer la subjetividad es pensar que une misme puede estar equivocade, o que las decisiones de nuestras vidas son fruto de nuestro contexto y de nuestras reacciones a él. Esto conlleva darse cuenta que vivimos en un planeta con más seres humanos que pueden discrepar, pensar, y ver las cosas de manera diferente, sin que esto signifique que no podamos construir un espacio social en el que las personas se pongan de acuerdo y lleguen a decisiones consensuadas sin tratar de imponer ningún tipo de «objetividad.»
  2. Reconocer la subjetividad también nos lleva a pensar que les otres tienen algo que aportar al conjunto social que habitamos, dando un carácter autónomo y autosuficiente al resto de personas que no piensan como nosotres. La conclusión, una vez más, es que nada evita que empecemos a construir espacios de convivencia y discrepancia respetuosa.

No hace falta decir que existen posturas subjetivas que nunca podrán conciliarse. Por ejemplo, los atentos racistas e imperialistas del Estado de Israel no pueden encontrar ningún acuerdo común con el pueblo palestino que sufre tales barbaridades. No obstante, esto no implica de ninguna manera que el pueblo palestino tenga la «verdad universal.» Simplemente su subjetividad está contrapuesta a otra subjetividad que intenta imponerse a modo de «objetividad», de ahí que rechacemos la postura de Israel y apoyemos la causa palestina (entre otras cosas, por supuesto).

Como regla útil para la vida: nunca te fíes de alguien que dice ser objetivo. Menos todavía cuando dice tener la verdad absoluta. Sea esta persona conservadora, socialista, o anarquista.

Notas

[1] El porqué de estas dos cosas no entra en el análisis de este texto. Simplemente quiero reflejar que existe una gran variedad de discrepancias en espacios sociales supuestamente «uniformes.»

Sobre la hegemonía y la estrategia. Guía de acción para un Colectivo Anarquista

M.G., participante del procés Embat

Las revoluciones son grandes transformaciones sociales que ocurren una vez cada varias generaciones. Al menos vienen sucediéndose así desde la Revolución francesa de 1789. Son fuertes cambios de relaciones humanas que trastocan lo establecido que tienen una poderosa influencia en el imaginario colectivo. De modo que cuando una revolución es derrotada, se desanima la intentona de nuevos ensayos revolucionarios durante mucho tiempo. Y al contrario, cuando hay una revolución ganadora otros pueblos se ven animados a intentar la suya propia.

Se puede intentar ganar un avance hacia la construcción de un proceso revolucionario mediante la vinculación simbólica, ideológica o estratégica con esa revolución triunfante. Paralelamente, de revolución derrotada hay que extraer todas las lecciones posibles y difundirlas. Corresponde a l@s revolucionari@s de aquí y ahora realizar análisis de los errores y aciertos que hayan cometido los movimientos revolucionarios de otras partes y de otras épocas, y asimilarlos para la propia experiencia política y estratégica.

En nuestros días hablar de estas cosas parece poco menos que fuera de lugar; una utopía lejana e inalcanzable. Pero la fuerza de la historia hace que se produzcan insurrecciones, revueltas y revoluciones sin que se lo espere nadie. Los procesos históricos son difíciles de predecir. Nadie en su sano juicio precedería un mayo del 68 el día antes de que estallase. Lo único que se puede hacer desde nuestra posición es estar lo mejor preparad@s posible para que estas insurrecciones puedan desembocar en un proceso revolucionario completo.

Hegemonía

La idea de que la revolución es imposible viene de la propia hegemonía que tienen hoy en día las ideas capitalistas. Se trata de una construcción cultural, igual que podría serlo, por ejemplo, la idea de que la revolución está a la vuelta de la esquina. ¿Acaso no se podía pensar eso en 1848, 1919 o en 1968?

La hegemonía es un concepto que elaboró el marxista italiano Antonio Gramsci. Viene a decir que para que una clase (o una parte de la sociedad) controle la dirección de un pueblo no solamente hace falta la fuerza bruta (lo que llama la dominación) sino que también hace falta una hegemonía. Esta hegemonía es un hecho cultural y se basa en la educación, en el control de los medios de comunicación y en la propaganda, de tal manera que la sociedad en su conjunto (la mayoría de la sociedad) asumirá los valores propios de la clase dirigente.

Marx y Bakunin por su parte también llegaron a la misma conclusión. Ninguno de los dos dio con una definición del concepto tan buena como Gramsci. Por ejemplo, Bakunin hablaba de la “dictadura invisible”, que tendrían que instaurar los revolucionarios en la sociedad. Pero el nombre que eligió no fue muy afortunado. El resto de anarquistas posteriores pasaron bastante por encima de este concepto, pero asumiendo que se podrían conformar “sociedades paralelas” dentro de la sociedad burguesa. Marx también entendía las cosas de este modo, es decir, que la sociedad nueva, la sociedad sin clases, se está cociendo ya dentro de la sociedad burguesa capitalista. Si Marx emplea el término hegemonía, sin embargo, lo hace para equipararlo a la dictadura del proletariado sobre la burguesía, y no para referirse al proceso en el cual ambos mundos conviven y se disputan la legitimidad social.

Hoy en día nos parece bastante normal el hecho de que unos señores y señoras con toga condenen a la gente a ser encerrada entre cuatro paredes por infringir normas impuestas por otros señores y señoras en un parlamento. El poder estatal ha normalizado la existencia de las cárceles, del poder judicial y de los parlamentos, que deciden sobre las vidas del común de los mortales. Y la sociedad ha interiorizado que todo este entramado es necesario para la buena convivencia. El Estado ya no se legitima por la fuerza bruta (aunque no la descartará nunca, ya que la deja como último recurso), sino que entran en juego otros factores más sutiles.

La creación de contra-hegemonías

Hace unos 40 años en el País Vasco y en Cataluña cuando se lanzaba el concepto de “Euskal Herria” o de los “Països Catalans” se pensaba en una utopía lejana. Lo que les rodeaba era la España “una, grande y libre” salida de la Cruzada Nacional de la Guerra Civil en la que no había sitio para disensiones exóticas. Hoy en día gran parte de la juventud catalana o vasca es capaz de responder que vive en los Països Catalans o en Euskal Herria a pesar del hecho de que siguen siendo entidades culturales, y que no están refrendadas por los poderes públicos. ¿Qué ha pasado aquí?

Se trata de un proceso de creación de una contra-hegemonía. Es una idea que ha sido impulsada durante más de 40 años, y que en Euskadi ya en los años 70 y en Catalunya entrados los 2000, logra calar entre una buena parte de la población. Se trata de una idea cultural y política, (de carácter inter-clasista) a la que ayudaron muchos factores. Desde los gobiernos de la derecha nacionalista y los partidos independentistas de izquierda, y también algunos movimientos sociales y, añadiríamos, una subcultura juvenil, musical y de referentes simbólicos autóctonos (idioma, tradiciones, nomenclatura, etc.). Sirva como ejemplo.

Así pues la hegemonía cultural no es eterna, siempre se tendrá que actualizar conforme la sociedad y el mundo van cambiando. Ahora se admiten legalmente los matrimonios entre personas del mismo sexo. Pero detrás hubo una larga lucha aún no acabada, y un lento proceso de educación social de gran parte de la población para tratar de normalizar la situación. El racismo o la xenofobia también son factores culturales y si la población es bombardeada mediática y políticamente estos “valores” serán normalizados. La sociedad se adapta a la visión o cosmovisión de diferentes sectores de la sociedad.

El movimiento libertario

Con el anarquismo también podemos hablar de algo parecido. A veces nos preguntamos, ¿cómo vamos a hacer una revolución social libertaria si en el estado español solo hay 10.000 anarquistas (y aunque hubiera 50.000)? Parece que en los últimos tiempos se llega a la conclusión de que si no tenemos más influencia es por que no estamos organizados. Pero falta entender que quien hace una revolución social es el pueblo organizado. Y la hace cuando existe un “ambiente” de revolución. No se entra en un proceso revolucionario de la noche a la mañana, sino mediante una lucha constante y creciente. Estas organizaciones (formales e informales) creadas por el pueblo serán la clave en el futuro.

En nuestra historia tenemos el caso de la CNT. No fue un invento en particular de los anarquistas, sino un lento proceso de gestación, maduración y unificación de sociedades obreras que duró más de una década. En algunas había anarquistas, pero en otras había republicanos, y en otras, socialistas, y en la mayoría gente sin ideología previa. Cuando se funda la CNT, ésta no es un sindicato “anarquista” aunque haya una fuerte corriente en este sentido, si no una herramienta útil para la clase trabajadora. Si la CNT acepta el anarquismo en el bienio 1918-19, será porque una gran parte de sus miembros ven que las ideas libertarias son un instrumento válido para la liberación de la clase trabajadora. Y es entonces cuando el movimiento obrero se empieza a identificar con el anarquismo. Si los anarquistas de la época hubieran sido militantes encerrados en los ateneos, habrían dejando los sindicatos en manos de otra gente de otra ideología.

El anarquismo logró que su cosmovisión, su cultura, fuera aceptada por grandes capas de la población obrera de la época. Y así fue creando una contra-hegemonía, que la gente de la época entendía como una “sociedad paralela”, una sociedad en construcción, un pueblo en movimiento. Esta sociedad nueva se basaba en la acción sindical y social de los sindicatos y sociedades obreras, en la acción cultural de los ateneos y escuelas racionalistas, en la incansable propaganda de su prensa y sus revistas, en la acción comunitaria de los grupos excursionistas, naturistas, vegetarianos, esperantistas… que crearon un magma enorme de iniciativas libertarias. Incluso cierta parte del movimiento se decantaba por llegar a la “anarquía” mediante la convicción y la educación del pueblo, y no mediante una revolución violenta. Crearon su propia contra-hegemonía que se desató en 1936.

Lo que se necesita para que las organizaciones populares aspiren a la revolución es que l@s revolucionari@s estén en ellas, que sean parte de ellas y no se comporten como agentes externos que les dicen a los demás lo que tienen que hacer. L@s militantes en su quehacer diario y en sus relaciones cotidianas van creando una “periferia” de simpatizantes, un grupo de personas que poco a poco ven que las ideas-fuerza de l@s militantes se pueden poner en práctica, y que se sitúan naturalmente como aliados receptivos.

Podríamos decir que hoy en día tenemos algunas de nuestras ideas-fuerza influyendo en los movimientos sociales y en ciertos sectores activistas. El mérito no fue de ningún movimiento libertario en concreto, sino del anarquismo aplicado a la práctica en los años 60 y 70. Los movimientos post-1968 fueron acogiendo progresivamente la forma de funcionar propugnada por l@s ácratas, que aplicaron a sus colectivos. Aunque el proceso tardara un par de décadas en madurar, desde el cambio de siglo casi cualquier colectivo que se crea hoy en día es asambleario, tienen tendencia a creer en la autogestión, algunos asumen la acción directa, otros creen en la democracia directa, son horizontales, y cuando se organizan en escalas superiores casi todos son federalistas… Se pudo ver de manera clara en la organización del 15M y de los movimientos Occupy, que tuvieron estructuras poco menos que anarquistas. Anarquistas de “a pequeña” que diría David Graeber.

Pero no es suficiente. No podemos caer en la auto-complacencia ni en pensar que el trabajo se hace solo. Realmente lo importante son los objetivos. Por ejemplo, cuando los Hermanos Musulmanes pierden el poder en Egipto, y pasan a la oposición, toman las plazas. Crean contrapoder en la calle y adoptan sin rubor la forma de protesta de sus rivales y enemigos políticos de la semana anterior. En este aspecto, hoy en día nos podemos encontrar con grupos socialdemócratas o trotskistas con una práctica asamblearia ejemplar, con neo-nazis que defienden la autogestión y la “autonomía” e incluso que adoptan la estética de sus enemigos, comunistas de partido con ideas horizontales y federalistas defendiendo la democracia directa… Adoptan rasgos anarquistas, pero no lo son en absoluto.

Lo que toca hacer (una vez visto que nuestras prácticas cotidianas se están asumiendo) es difundir nuestros objetivos. Porque si no lo hacemos, otros grupos políticos que tengan los objetivos bien claros lo harán, impondrán su agenda. Se trata de eso. Los anarquistas que estuvieron en aquella primera CNT del ejemplo tenían unos objetivos bien claros. La revolución social no se veía muy cercana y lo que tocaba era crear una organización de clase que la organizara y la dotara de fortaleza para colocarse en un escenario más propicio a lanzar el desafío definitivo a la burguesía. La CNT se creaba para que la clase obrera hiciera la revolución, pero ya que era un sindicato, tenía que ser útil y resolver los casos concretos del día a día. Se reconocían unos objetivos a corto plazo, inmediatos, que no dejaban a un lado a los objetivos finalistas.

El colectivo

Creo que por aquí pasa el camino que tiene que seguir un colectivo anarquista hoy en día. Primero formarse políticamente, y analizar lo que nos rodea. Luego ser consciente que un grupo anarquista está inserto en una sociedad. Hay que pararse a mirar qué tenemos por ahí, y o bien participar o bien organizar (si no hemos encontrado nada) movimientos sociales y populares. Situarnos fuera del pueblo que lucha es un grave error que nos lleva al aislamiento. Entrar en una lucha social y que éste sea cooptado por otro movimiento político es una derrota. Pero una derrota es mejor que no intentarlo, puesto que a veces se “gana”.

La creación de un pensamiento contra-hegemónico se dará por la propia lucha diaria que da fuerzas y ánimos y crea un ambiente de resistencia y de victoria, eso es el poder popular. El poder popular influye en la creación de esa contra-hegemonía, que a su vez se retroalimenta de las ideas-fuerza de los movimientos populares. Si estamos en ellos, nuestras ideas tienen una posibilidad de calar hondo y, de que además de nuestro funcionamiento, se asuman nuestros objetivos finalistas.

Pongo un ejemplo. Una asamblea de barrio. Cuando se monta una asamblea de barrio la gente que llega es muy diferente la una de las otras. Si hay anarquistas metidos por allí, normalmente tendrán que bregar mucho para que ciertas ideas se vayan consolidando (rotación de cargos, autogestión, acción directa). Y cuando se ha conseguido, se puede pasar a una tarea diferente. ¿Cuál puede ser un objetivo a medio plazo? Por ejemplo el de servir de contrapoder en el barrio. Es decir, un ambicioso proceso mediante el cual la gente del barrio vaya dándose cuenta que si quiere algo tendrá que luchar para conseguirlo. El proceso pasa por ir consiguiendo pequeñas victorias simbólicas que animen a seguir avanzando. Y así, hacemos que la gente que participa en la asamblea acepte y asuma que no vale quejarse del ayuntamiento simplemente sin hacer nada. Las victorias le dan “prestigio” a la asamblea en el barrio, generan una cultura de lucha y la van conformando en la práctica como un contrapoder legítimo. Este contrapoder (la asamblea de barrio vs. la institución oficial) a su vez sirve para preparar una comunidad para una etapa superior. La lucha y la organización generará poder popular, que es simbólico y cultural. La contra-hegemonía llegará cuando existan miles de pequeños contrapoderes y una cultura de resistencia hecha por y para un pueblo puesto en pie. Y la hegemonía, llegará cuando la mayoría social acepte esta cultura (que hemos contribuido a crear).

A l@s anarquistas nos queda la tarea de dotar de una visión de conjunto a todas estas luchas, que normalmente están dispersas. Habrá quienes peleén desde los sindicatos, otros entre los parados, otros en las luchas por una vivienda digna, otras en la enseñanza, en los barrios, en las luchas de género, en los ateneos, en la cultura, etc. Esta militancia, para cristalizar en un movimiento potente y sólido, tiene que tener una coherencia discursiva, unos objetivos claros (que no es simplemente hablar de comunismo libertario, sino trazar los pasos intermedios que hay que dar hacia él) y tiene que ser capaz de colocarse en un escenario en el que sea más propicio derrotar al estado y el capital. Que, por cierto, no dejan de ser otras relaciones humanas con estructuras orgánicas (gobierno, parlamento, policía, ejército, aparato judicial, medios de comunicación, empresas, patronal…).

Es una ardua tarea, pero nadie dijo que iba a ser fácil.

De Gramsci, hegemonía, y dogmas

Muchas veces hemos escuchado eso de que «la batalla más importante es contra nosotres mismes», que el primer paso para cambiar el mundo y esta sociedad que tanto asco nos produce es erradicar todos esos pensamientos que desde pequeñes nos inculcaron. Y razón no les falta, después de todo cualquier persona es socializada en los valores que imperan en el sistema cultural dominante.

De ahí que vea necesario rescatar el pensamiento de Antonio Gramsci, que sin ser anarquista, creo que es de utilidad para desarrollar estrategias anti-capitalistas. Pero no solamente esto, también pienso que la gran contribución de Gramsci al pensamiento radical deriva en su gran versatilidad, pues a fin de cuentas «cultura» es todo.

De su obra quiero rescatar en estas líneas el concepto de hegemonía. Para Gramsci todo era política, precisamente porque la estructura—en términos marxianos—da lugar a una superestructura determinada. Sin entrar en tecnicismos que poco aportarían a este debate, cabe resaltar que la cultural, asimismo, es política en el sentido que los valores que conforman el sistema de pensamiento imperante en una sociedad está determinado por la ideología que desde las instituciones los grupos de poder imponen. Para entendernos mejor: que la sociedad española sea sexista no es baladí, pues muchos son los siglos de dominación católica que desde las instituciones han ido inculcando profundamente los valores que rigen dicha religión—o al menos gran parte de la misma.

Olvidémonos por un momento de que Gramsci era un marxista bastante próximo al pensamiento de Lenin—o al menos utilizó el pensamiento de este último como punto de contacto con la teoría marxiana. Lo que me interesa rescatar aquí, por ser a mi parecer relevante para el movimiento libertario, es la idea de que el capitalismo no es solamente material—es decir, un modo de producción, una manera específica de organizar la economía, etcétera. Gramsci al producir una «extensión» cultural del marxismo nos proporcionó un poderoso análisis de la sociedad que puede bien ser usado por el movimiento libertario—o eso pienso yo y eso pretendo aclarar con este texto.

Así pues, para Gramsci la dominación burguesa no solamente se ejercía en lo material, sino también en lo simbólico o cultural. El modo de pensar de una sociedad, los valores dominantes, las concepciones sobre el mundo y cosas… todos estos elementos vendrían dados por la ideología de una clase dominante. De ahí que en las sociedades capitalistas tengamos gente de clase obrera que vota a partidos de derecha; o gente humilde que se alía con les poderoses y entona consignas racistas. La ideología dominante se transforma en «ideología popular» mediante la institucionalización de dichos valores: la escuela, el trabajo, el ejército, la familia… todo esto son medios de transmisión de los valores que rigen una sociedad que esclaviza y explota a la población.

A menudo leemos o escuchamos argumentos simplistas del estilo: «la masa es boba», «la gente es estúpida y no piensa», o «no saben lo que se reparte.» La gente ni es boba ni desconoce lo que «se está repartiendo», simplemente siguen los dogmas de una cultura injusta que ha sido socializada en sus vidas desde la cuna. Pensemos en el siguiente ejemplo: hace siglos la gente de Europa pensaba que la tierra era plana. Esto que hoy nos parece delirante estaba tan inculcado en la mente de la gente que no concebían la existencia de nuestro planeta de otra forma, tanto que cuando aparecieron las primeras críticas a esta idea las hogueras empezaron a avivar sus fuegos.  Dinámica parecida es la que nos encontramos hoy día: el capitalismo es «lo que ha habido toda la vida de Dios.» «Las jerarquías son necesarias.» «Si hay personas ricas y personas pobres es porque así ha sido siempre, y no puede ser de otra manera.» Pero hay más argumentos que nos podrían llamar más la atención, sobre todo aquellos relacionados con el sexismo o el especismo—precisamente porque estas ideas las tenemos más integradas, por ejemplo la dieta carnívora ha sido menos criticada que el modo de producción capitalista, de ahí que de alguna manera sea más fácil ser «anti-capitalista» que «vegana».

De todo esto se deriva la idea de que para combatir y terminar con el capitalismo—pero también con todos los demás «-ismos» que nos esclavizan—haya que ir a la raíz del problema: la mente individual, lo cultural, lo simbólico. La solución de Gramsci nunca fue totalmente cultural, pues él dejó bien claro que no basta atacar la educación institucional, sino que la ofensiva armada es necesaria al fin y al cabo. Pero sea como sea, y dejando una vez más los aspectos marxistas de Gramsci, hemos de quedarnos con la crítica cultural y la consciencia plena de que la dominación es sobre todo cultural.

El movimiento libertario es muy consciente de esto, no digo lo contrario, de ahí todos los centros sociales okupados, todos los proyectos comunicativos, todas las redes de solidaridad que organizan mercadillos de intercambio, etcétera. Sin embargo, una lectura anarquista de Gramsci nos podría proporcionar un conocimiento más amplio sobre cómo funciona el capitalismo a nivel cultural—aunque solamente nos servirá de introducción, pues sinceramente opino que el mejor análisis al respecto es el dado por la Escuela de Frankfurt, especialmente por Marcuse, otro neo-marxista.

Todo esto nos lleva al eterno debate de si la teoría marxiana es útil para el anarquismo, pero obviamente esto no interesa al objetivo de este artículo. Si algo pretendo con esto es animar a les lectores a revisar una vez más aquelles autores que por ser marxistas—o neo-marxistas—han quedado olvidados en el arcón de lecturas anarquistas. A Gramsci se le pueden criticar muchas cosas, pero otras tantas se pueden rescatar y re-leer desde un prisma libertario. Es precisamente esta «apertura mental» la que debería caracterizar al pensamiento libertario: el nunca dejar nada de lado y escrutar todo bajo una lupa crítica, aunque después no nos quedemos con nada—pero sí que habremos forzado a nuestros esquemas mentales a reafirmarse una vez más.

Los dogmas están para ser derribados.

Principales prejuicios sobre los anarquistas

Violentos, antisistemas, vándalos, agitadores e incluso terroristas son las etiquetas que utilizan los medios de comunicación masivos contra nosotros, nos retratan como unos frustrados antisociales que queremos extender el caos y la destrucción por todo el planeta. Tristemente hay gente que cree esas difamaciones, por eso estamos sometidos a un exilio interior, nos tienen miedo, nos odian y nos criminalizan frecuentemente.

Otra malinterpretación menos tremenda pero igual de indignante es la de que somos unos ilusos y soñadores que fantaseamos con una sociedad ideal irrealizable, así que no se tienen en cuenta nuestras propuestas y se ignoran nuestras protestas y luchas sociales.

También es frecuente la concepción del anarquismo como una enfermedad juvenil, una fase de rebeldía contra lo impuesto y un síntoma de inmadurez, esta es la definición que mas estamos acostumbrados a escuchar, sobre todo por parte de nuestros familiares y amigos.

Estos son los principales prejuicios que están extendidos en la sociedad sobre el anarquismo, los responsables de ello son los medios de comunicación masivos y el sistema educativo, ambos controlados por la clase dominante, su función es mantener la hegemonía del pensamiento liberal y la perpetuación del sistema actual. No voy a extenderme mas en estos aspectos ya que requieren ser analizados con profundidad. mi propósito en este artículo es desmentir estas ideas erróneas que están interiorizadas entre la mayor parte de la población.

La idea de que somos unos violentos y que solo queremos destruir por destruir es totalmente errónea, puede que haya algunos energúmenos que malinterpreten o utilicen el anarquismo como pretexto para divertirse destrozando cosas, pero esos son una minoría. Nosotros recurrimos a la violencia cuando no hay otra salida, antes agotamos todos los medios pacíficos, lo que no vamos a hacer es quedarnos quietos mientras nos ningunean y nos reprimen. El anarqusimo contempla la violencia revolucionaria como un medio de acción aplicada en su justa medida y como respuesta a la violencia ejercida por un opresor, como dijo Malatesta, no es violento el que se defiende, sino el que obliga a los demás a tener que defenderse. Tiene gracia que los capitalistas nos acusen de violentos cuando es su sistema el que mas muertes ha causado a lo largo de la historia y cuando actualmente se siguen produciendo conflictos por intereses económicos como recientemente en Libia, Irak o Afganistán.

La opinión de que somos unos ilusos y unos soñadores que creemos en una sociedad irrealizable también es errónea, esta visión normalmente va acompañada de que el capitalismo es el sistema “menos malo”, la sostienen personas que pueden simpatizar con el anarquismo pero que lo ven inalcanzable. Ésto es un ejemplo de que el sistema ha conseguido que los individuos interioricen el inmovilismo y el conformismo, que piensen que las cosas son como son y que no se puede hacer nada para cambiarlas. Normal, con un pensamiento como ese extendido entre la población poco se va a cambiar y los capitalistas seguirán haciendo y deshaciendo a su antojo, menos mal que unos cuantos no nos callamos y seguimos con la lucha día a día. A medida que mas gente se una nuestra lucha la anarquía estará a un paso mas de poder ser alcanzada. El anarquismo necesita individuos críticos que se cuestionen continuamente la realidad que les rodea, sin adherirse a ningún tipo de dogma ya sea capitalista, religioso, leninista o fascista.

La afirmación que sostiene que el rechazo a la autoridad es cosa de jóvenes y que cuando se alcanza la madurez desaparece también está equivocada. ¿Qué pasa que agachar la cabeza y obedecer sin rechistar es una muestra de madurez? A mi me parece todo lo contrario que es un comportamiento infantil, como cuando un niño obedece a sus familiares y aguanta un sermón. La rebeldía nace del análisis del sistema, de estudiarlo a fondo, de ver contradicciones y de oponerse a su injusticia. Ésto me parece una actitud muy madura, mucho mas que resignarse y tirar la toalla, la historia está repleta de personas que creían en algo distinto y lucharon por ello con mas o menos éxito, los revolucionarios son uno de los principales motores de la historia, y no fueron ni mucho menos inmaduros.

Mientras estas ideas tengan tanta presencia en la sociedad no podremos articular un proyecto emancipador que figure como alternativa real a la barbarie capitalista, uno de nuestros principales deberes es concienciar a dia a dia a la gente que nos rodea y poner en marcha medios de comunicación propios como revistas, emisoras de radio, boletines…etc.  Cuanto mas se extiendan las ideas libertarias, menos alcance y efectividad tendrá la propaganda prosistema y estaremos mas cerca de la revolución social.

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