La heteronormatividad es un entorno hostil

«No te das cuenta de la importancia de un dedo hasta que te haces una herida en él»
Sabiduría popular moderna.

Hasta no hace poco, nunca me había planteado reflexionar más profundamente sobre mi sexualidad y cómo me he (o me han) construido socialmente en este ámbito. No es hasta ahora que me he planteado posicionarme con una parte que rechazaba y reprimía durante tantos años, guardándolo para mí y así centrar mis esfuerzos en otros ámbitos. La cita que abre este artículo es una parábola hacia mi experiencia. Creía irrelevante hasta que comenzaba a cuestionarme, documentarme y profundizar en cómo curar aquella herida que cada vez se abría más, ya que no era ajeno a mí sino que estaba dentro.

Una aproximación desde la experiencia

El contexto de mi pasado coincidirá seguramente con la gran mayoría de (si no todas) personas LGTBiQ+, donde se asumía que la heterosexualidad era lo normal y que todo lo que estuviese fuera de ella se consideraba patológico. Tener todo el ambiente en contra, en el cual escuchamos cada día «maricón», «nenaza» o «gay» como insultos y bromas vistas como lo más normal del mundo, así como babosear a las tías, pasar desnudos o ganar estatus hablando de ligar o tener novia, hacía que me sintiera solo. Solo no únicamente por la violencia testosterónica que podía llegar a desprender los grupos de tíos, sino que descubrieran que era un impostor entre ellos. Era tal esta hostilidad ambiental que al final la única forma de supervivencia era la mimetización. Hacerse pasar por un hetero más. Incapaz de encontrar apoyos, elegí la opción más fácil para que mi vida no termine siendo una lucha constante contra la familia y las amistades solamente por este tema, una pelea en las que tendría las de perder en esos momentos cuando las circunstancias de mi vida eran desfavorables. Entonces, la única garantía de estabilidad emocional era esconderlo y enterrarlo para centrarme en cuestiones más prioritarias. Esta mimetización se volvió en mi contra con el tiempo, ya que acabé asumiendo parte de la cultura heteronormativa y el machismo. Solo cuando las circunstancias de la vida mejoran y cuando ya ni la familia ni los entornos de amistades dejaron de tener poder sobre mi, cuando pude comenzar este proceso de reparación y deconstrucción. Encontrarme conmigo mismo implicaba, además de mis posicionamientos políticos, mi filosofía de vida, proyectos de futuro, etc, saber que ser marica es tan válido como cualquier otra orientación sexual.

Mi posicionamiento político

La heteronormatividad es este entorno hostil que impide la expresión de otras sexualidades e identidades de género. Construido en el mundo occidental y por las instituciones religiosas monoteístas como una norma social, asocia una serie de comportamientos, vestimentas, formas de ser y de actuar a una orientación sexual y a un género concreto dentro del binarismo hombre-mujer, teniendo como fin el de afianzar el modelo de familia nuclear heteropatriarcal, y en consecuencia, la reproducción de la fuerza de trabajo. El sistema capitalista necesita ese estándar. Por eso nos han patologizado, criminalizado y excluido. Todo lo que no encaje en esta heteronormatividad se queda fuera de la vida en sociedad. No interesamos porque no cumplimos con ese rol de reproducción de la fuerza de trabajo. Y solo si cumplimos dicho rol (gestación subrogada, matrimonio homosexual, no transgredir los cánones…) o somos un nicho de mercado, nos dejan existir. Combatir esta heteronormatividad pasa por construir un mundo donde no tengamos que luchar por ser nosotres mismes/por haber nacido así, ni dar explicaciones por no ser heteros, ni por saltarnos todos los convencionalismos y estándares heteronormativos. Porque tenemos una vida por delante y queremos que sea una que merezca la pena ser vivida, porque yo además creo en un proyecto político socialista libertario y pienso centrar mis esfuerzos en participar y contribuir a ello, sin tener que llevar la inseguridad encima de quién me va a juzgar, me miren diferente por ello o tenga que justificarme ante prejuicios.

No se trata de defender solamente unas orientaciones sexuales e identidades de género, sino que es una reivindicación tan básica como el derecho a existir y a una vida digna en la sociedad, poder desarrollar nuestras potencialidades en un entorno seguro y no tener que pelear de más porque exista una norma social que va en contra de una parte nuestra, y que por ello nos expongamos a esa violencia a todos los niveles: ambiental, psicológica y física. Queda aún mucha pedagogía que realizar y empoderamiento por nuestra parte, pero no por ello nos tendría que suponer dedicar la mayor parte de tiempo y esfuerzos en este ámbito. Por otro lado, sabemos que en espacios amplios las contradicciones se van a dar, y esa labor pedagógica se nos hará necesaria para ir construyendo espacios más inclusivos.

Finalmente, decir también que he podido expresar este posicionamiento gracias a que me independicé de la familia, haber encontrado complicidades, haber ganado seguridad en mí mismo al practicar artes marciales y de haber encontrado un entorno más afín. Muchas personas LGTBiQ+ aún no han tenido esa suerte. Es una llamada a que también puedan encontrar entornos seguros a pesar de estar rodeades de un entorno hostil, de heteronormatividad. Es una llamada sobre todo a las personas (sobre todo hombres) heteronormativas que ya militan en organizaciones políticas y sociales, y colectivos, al igual que los hombres con el tema de la masculinidad, cuestionen sus roles y hagan su trabajo/proceso de responsabilización/autocrítica/deconstrucción para que no tengamos que invertir más tiempo y esfuerzos de lo necesario en esta lucha, en otras palabras, que esas labores nos libere de carga de trabajo político en el ámbito del género. Porque también una buena parte somos clase trabajadora y desde lo libertario, no vemos posible la lucha contra la cisheteronormatividad y el patriarcado sin un discurso de clase, y viceversa. Hemos de entender que somos una clase obrera diversa. Queremos un entorno seguro al estar en la lucha de clases, en la lucha por la vivienda y los servicios públicos, por el medio ambiente, etc… y en mi caso, por un proyecto político socialista libertario. Sobre todo, para las personas que nos organizamos también a nivel político tener ese espacio nos es crucial. Porque nos interesa que en la lucha social y política se nos trate como a cualquier otre compañere más que pueda aportar todo su potencial sin tener que dar explicaciones a nadie, ni encontrarnos el mismo entorno hostil que en espacios fuera de la militancia.

Orgullo crítico y disidencias sexuales

Parece inevitable abordar un artículo en la línea de un orgullo crítico LGTBI+[i], sin mencionar Stonewall y los albores de las reivindicaciones de los colectivos disidentes de aquello que hemos denominado heteronormatividad[ii]. El motivo de que mundialmente se haya fijado la fecha del 28 de junio para la visibilización de estos colectivos se remonta a 1969, cuando en el conocido pub de Stonewall Inn, situado en el barrio neoyorquino de Greenwich Village, la comunidad LGTBI+ utilizó la autodefensa activa contra la policía estadounidense en una de sus frecuentes redadas, amparadas en un sistema legal hostil contra las disidencias sexuales[iii], relacionales y de género.

Ante esta situación intolerable, se establece una rebelión abierta que estalla en forma de numerosos disturbios contra la policía en los días siguientes. En pocas semanas, los residentes del barrio se organizaron en grupos de activistas para esforzarse en construir espacios de seguridad de la comunidad LGTBI+ sin miedo a ser arrestados. Estos colectivos de Nueva York hicieron frente a obstáculos de carácter generacional, de clase y de género para formar una comunidad cohesionada y reivindicativa desde sus bases.

«¿Cuándo has visto que un maricón contraataque?… Ahora los tiempos estaban cambiando. El martes fue la última noche de sandeces… Predominantemente, el tema era, ‘¡esta mierda tiene que parar!»

— Participante anónimo de los disturbios —

Es importante recordar aquellos hechos, pues a partir de entonces se ha conmemorado la respuesta que llevaron a cabo conjuntamente mujeres, hombres y personas no adscritas al binarismo de género[iv]. Y esta comunidad estadounidense que se ha llevado la fama desde entonces, y que lo hizo francamente bien porque consiguió calar a toda la sociedad, recogía todo un recorrido histórico de lucha contra las violencias y desigualdades por no querer asumir un modelo estructural impositivo en torno a la heterosexualidad y los géneros dominantes.

Para profundizar en la cuestión de las disidencias sexuales y de género, me gustaría citar a Monique Witting, que a través de su breve texto “El pensamiento heterosexual”, nos acerca la heterosexualidad no como una práctica sexo-afectiva, sino como una estructura de creencias y mandatos que organizan la vida social. De esta manera, la heterosexualidad no se reduciría a una etiqueta definida por las personas con quienes mantenemos relaciones sexuales, sino que sería todo un conjunto de actitudes y valores que ordenan socialmente desde lo más pequeño hasta lo más grande. Esto es, la manera de entender el mundo, nuestras realidades y ficciones, y nuestras formas de proyectarnos tanto en el espacio privado como en el público. Por lo tanto, también formarían parte de este pensamiento heterosexual, por ejemplo, la búsqueda de una vida familiar y en pareja que resulte ser la base de todo un sistema económico, asumir los mitos en torno al amor romántico, o la consecución de equiparaciones jurídicas con el régimen heterosexual. De esta manera las disidencias sexuales abandonan paulatinamente su raíz reivindicativa y transformadora, siendo asimiladas en forma de concesiones sociales y espacios de libertad asumibles por el sistema heteronormativo. Se reducen así las diversas experiencias y activismos sexuales de resistencia a este orden socio-político, a simples opciones de apertura  entendidas como un progreso social positivo.

En lugar de aprovechar las disidencias sexuales para dar una patada definitiva a categorías tan limitadoras como los roles de género y todas las construcciones sociales en torno a esta estructura, y pensarnos colectivamente desde otros lugares e imaginarios, actualmente la pelea se enfoca hacia recuperar nuestro sitio en el pensamiento heterosexual. No somos pocas las personas que no queremos encasillarnos en una etiqueta excluyente, que defina con palabras hacia dónde se dirige nuestro deseo sexual en el marco de un mundo heteropatriarcal. Nuestras experiencias sexo-afectivas y una nueva manera de socializar merecen ser construidas sobre la práctica pedagógica, no teorizando en un terreno que no nos pertenece como disidencias sexuales y de género, o que nos ha sido secuestrado para dirigirlo premeditadamente en beneficio del origen estructural del problema.

Retomando la línea sobre la que comencé hablando de Stonewall, el orgullo crítico es, por lo tanto, aquella revuelta de 1969, la conmemoración posterior de aquellos hechos ha sido secuestrada, como es habitual con las reivindicaciones de género, clase y raza, por el capitalismo de cara más amable y que sabe que su triunfo está en desvirtuar toda lucha política convirtiéndola en un evento de consumo de masas. Por ejemplo, la configuración y potenciamiento de barrios estereotipados bajo la marca reduccionista de barrio ‘gay’ en algunas ciudades, no son más que la comercialización y utilización de una etiqueta para llevar a cabo estrategias urbanísticas de gentrificación, como por ejemplo, en el barrio madrileño de Chueca. O bien en otros países poco respetuosos con las diversidades sexuales, que sirva la publicidad de estos barrios para limpiar su imagen de discriminación mundialmente.

Este año 2017 se celebra a finales de junio en Madrid el denominado WorldPride, la máxima expresión internacional de esta eliminación del carácter reivindicativo de los colectivos LGTBI+ y la mercantilización de la lucha por la diversidad sexual. ¿Y por qué afirmar que, aparte de lo explicado sobre la desvirtuación de esta lucha, también se ha mercantilizado y ha perdido su potencial de clase trabajadora? Es evidente que desde hace ya bastante tiempo, la celebración del «Orgullo» cada año sirve para aumentar los beneficios de un  lobby de empresarios/as bajo el paraguas de la etiqueta arcoiris, y de otros muchos intermediarios/as y administraciones públicas, que si bien les importa bien poco el movimiento LGTBI+, aprovechan para cubrirse con la bandera del color del dinero, la única que entienden como propia.

Porque esta estrategia es puramente neoliberal, y a las disidencias sexuales pertenecientes a la clase trabajadora nos relega al exilio nuestras propuestas reivindicativas desde la base, y entorpece la lucha contra la violencia hacia la comunidad LGTBI+ desde un nivel político, social y económico. Una línea que ya viene siendo criticada desde hace tiempo por algunos activistas, como el ya fallecido Shangay Lily, dando a conocer el término “Gaypitalismo” o la creación de la marca gay para vender un producto desprovisto de ideas transformadoras verdaderamente. Además, este lucrativo beneficio privado se encuentra también en manos de grandes asociaciones que controlan todos los eventos creados bajo esta marca, y que en el fondo subyace también el control de los cuerpos y las sexualidades por el sistema.

Que se multipliquen las agresiones contra aquellas personas que no proyectan una actitud y un sentir acorde a la heteronormatividad, significa que realmente no existe un compromiso social y político, ni se entiende como un problema ideológico y cultural profundamente arraigado en la hegemonía heteropatriarcal. De la misma manera que nos hacen creer el mito de la igualdad respecto de las relaciones de socialización entre hombres y mujeres, también nos hacen creer el falso mito del respeto hacia las disidencias sexuales, acabamos cayendo en la errónea idea de convivir en una sociedad tolerante y respetuosa solamente porque nos ceñimos a ejemplos subjetivos o legalistas, que poco tienen que ver con una mirada hacia la violencia estructural de un sistema que no permite desviaciones.

Para apoyar una lucha a favor de las disidencias sexuales y de género, desde las reivindicaciones de clase contra el sistema heteropatriarcal y capitalista, hace poco más de una década que estas posturas se engloban en el conocido como ‘Orgullo Crítico’, que organiza actividades y talleres durante todo el año, y una manifestación reivindicativa cada 28 de junio. Este año en Madrid la convocatoria de manifestación será a las 19h. en la Plaza de Cabestreros (Pza. de Nelson Mandela) en Lavapiés, queriendo reivindicar nuevamente que disidencia es resistencia, y que la lucha de la comunidad LGTBI+ debe ser inclusiva verdaderamente de todos los activismos sexuales y de género, y por supuesto no mercantilizada.

[i] Lesbianas, gais, transexuales, bisexuales, intersexuales y otras formas de diversidad sexual. Sin querer entrar en el debate de la sopa de siglas, debía elegir algún acrónimo para la denominación del conjunto de grupos y movimientos en torno a las cuestiones de la diversidad fuera de la norma heterosexual, aun sabiendo que esta no recoge plenamente la riqueza de experiencias y activismos en su totalidad.

[ii]Estructura ideológica, social, política y económica que impone los vínculosheterosexuales mediante diversos mecanismos de coerción culturales, educativos o jurídicos, como único modelo válido de relaciones sexo-afectivas.

[iii] Todas aquellas expresiones culturales y movimientos políticos de la afectividad sexual que no están alineados con la norma socialmente impuesta de la heterosexualidad.

[iv]Es la clasificación del sexo y el género en dos formas opuestas y diferenciadas de masculino y femenino., sobre la cual se construye una estructura ideológico-cultural de desigualdad.