Introducción al anarquismo (I). Unas bases

Prólogo

Con la era de Internet, existe gran cantidad de materiales de contenido libertario que podemos consultar, así como libros básicos para comprender el anarquismo. Sin embargo, una cantidad excesiva de datos no ayuda a definir unas líneas de tendencia concretas y termina creando una suerte de autodidactismo para el autoconsumo o el mero estudio académico. Por tanto, veo la necesidad de crear un itinerario formativo con un contenido específico y concreto, unos mínimos para lograr unas bases comunes sobre las que poder ir trabajando y ampliando. En esta serie, solo trataremos la cuestión política del anarquismo y sentar unas bases para la intervención social. Otros temas complementarios serán: disciplinas de las ciencias sociales (economía, historia, sociología, antropología, etc), los feminismos (de clase, transversal, transfeminismo…), el espacio físico (administración y ordenación del territorio, medio ambiente, crisis energética, cuestión nacional, identidades culturales, etnia, racismo, movimientos de liberación/autodeterminación de los pueblos…), entre otros campos.

En cuanto a las cuestiones prácticas (organización interna, comunicación, relaciones con los movimientos sociales, presentaciones públicas, asambleas, plenos, congresos, convocar/asistir a actos de protesta social, hacer sindicalismo, etc), éstas se irán desarrollando con las experiencias en las luchas y con los encuentros y debates con otras militantes.

Los materiales que selecciono contendrán aportaciones ya escritas en esta web así como de sitios externos.

Índice de contenidos a publicar:

1.-Unas bases.
2.-La visión estratégica.
3.-Programa, articulación política y estructuración del movimiento.
4.-El análisis de coyuntura.
5.-En la realidad material.

Unas bases

Cuando oímos hablar de anarquía o anarquismo por primera vez, pensamos que sería caos y barbarie, o un sueño irracional que aboga por la destrucción de lo existente y promueve el caos como fin en sí mismo. Otras veces, nos lo presentan como una bella utopía donde todo el mundo vive en armonía, pero totalmente irrealizable. Sin embargo, estos prejuicios asumidos por la mayor parte de la sociedad son falsos. La idea del anarquismo como caos es alimentada por los medios de comunicación de masas al asociarse el anarquismo a la violencia callejera y al «terrorismo de baja intensidad». De la otra manera, tacharla de utópica, convierte al anarquismo en una suerte de idealismo para bohemios curiosos y pequeñoburgueses. Tanto vincular el anarquismo con la violencia como decir que es una utopía, son artimañas para despojarle de todo contenido social y político de transformación radical de la sociedad hacia un modelo social y político sin clases ni Estado. Pero, ¿qué es el anarquismo? El anarquismo es la rama libertaria del socialismo y la vía política que persigue dicho fin. El socialismo es concebido como modelo de sociedad realizada con base en la libertad, donde el régimen de propiedad sobre los medios de producción y los instrumentos de trabajo sean comunes y socializados, estando bajo control y gestión directas de los mismos trabajadores. Esta base será sobre la que se construya la democracia económica, donde la economía esté subordinada a los intereses de las personas y no al revés como ocurre actualmente en el capitalismo. A su vez, la democracia económica permitirá la democracia política, esto es, básicamente, que la administración de la vida social y sobre el territorio recae en los órganos, consejos y asambleas obreras libremente asociadas y federadas. La vía política del anarquismo hacia el socialismo libertario parte, básicamente, del fortalecimiento de las clases trabajadoras, impulsando dicho fortalecimiento desde las luchas que se dan en cada momento, siempre desde la base, a la vez que los va dotando de orientación política, que sigue unas líneas estratégicas y programáticas que giran en torno a un proyecto político: el socialismo.

El anarquismo como corriente política nació con Proudhon, aunque bien existieron episodios en la historia antes de la Revolución francesa y los orígenes del pensamiento socialista que narran experiencias de diversas sociedades sin Estado y rebeliones campesinas, obreras y de esclavos, pero que no podrían considerarse anarquistas como tales. Proudhon fue quien puso sobre la mesa el concepto del anarquismo como orden natural de las cosas y perfiló un modelo de sociedad diferente al capitalismo, cuestionando así la propiedad privada sobre los medios de producción. La Comuna de París en 1871 sería uno de los primeros experimentos revolucionarios con un proyecto político de inspiraciones anarquistas y comunistas, en el cual, se estableció una administración de carácter popular y obrero. Posteriormente, Bakunin y Kropotkin desarrollaron más el modelo de sociedad y organización económica de Proudhon. A la par que fue avanzando la revolución industrial durante el s. XIX, comenzaba a formarse un proletariado a partir del éxodo rural y con ello, las primeras sociedades de resistencia obreras. Comenzaba también a perfilarse el pensamiento socialista, primero en su rama utópica (Owen, Fourier…) y luego Marx y Engels fueron quienes desarrollarían el socialismo científico, el cual influirá en el anarquismo colectivista de Bakunin, y terminaría distanciándose del de Marx por diferencias en la concepción de la autoridad. La I Internacional (AIT) fue la organización obrera de caracter sindicalista que nació como respuesta al capitalismo salvaje de entonces, y tenía influencias tanto de Bakunin como de Marx. La Alianza por la Democracia Socialista de Bakunin sería la primera organización política anarquista que tenía como objetivo dotar de orientación política a la AIT. Durante el primer tercio del s.XX, el anarquismo constituiría una tendencia política revolucionaria que jugó un importante papel en la formación y crecimiento del sindicalismo revolucionario, las ocupaciones de fábrica en Alemania e Italia, y las revoluciones proletarias en España, Rusia, Ucrania, la región china de Manchuria, México, Brasil, Bulgaria… hasta el inicio de la II Guerra mundial.

Hasta 1939, el movimiento obrero de países como España, Alemania e Italia cayeron bajo las botas del fascismo, y con ello, también fue derrotado el movimiento anarquista en Europa. Solo en Bulgaria el anarquismo como fuerza política habría sobrevivido hasta los finales de los años ’40. (Para ampliar conocimientos, puedes consultar este artículo)

Como obra introductoria de esta primera entrega, el libro de Daniel Guerin titulado «El anarquismo. De la doctrina a la acción» cumple el papel idóneo para tener unas bases más claras. Esta obra viene dividida en tres partes: en la primera, trata el plano teórico del anarquismo en sus diferentes tendencias acerca algunos conceptos como el de rebeldía, la cuestión del Estado y el capital, el individuo y las masas, la democracia burguesa y el socialismo autoritario. En la segunda parte, pone sobre la mesa el rechazo de la utopía, la necesidad de la organización y las cuestiones relativas al modelo económico del anarquismo. También toca el internacionalismo y el federalismo. Por último, repasa la trayectoria del anarquismo como movimiento revolucionario en la praxis desde sus orígenes en la AIT, la Alianza de Bakunin, la Revolución Rusa, la Makhnovitschina, los consejos de fábrica en Italia en la década de los ’20 y la Revolución Social en España. Se puede descargar en pdf aquí. También podéis echarle un vistazo a este cuadernillo de formación. Algunas lecturas complementarias: «Historia del movimiento makhnovista» de Arshinov, «El apoyo mutuo. Un factor en la evolución» de Kropotkin, «Revolución no es dictadura. La gestión directa de las bases en el socialismo» de Luigi Fabbri y «Anarcosindicalismo. Teoría y práctica» de Rudolf Rocker.

Desde la derrota de las revoluciones obreras tras la II Guerra Mundial, pocas señales de vida habría dado el anarquismo hasta las revueltas de mayo del ’68 en París, momento en que se declararon huelgas indefinidas a las que se unieron estudiantes y en la ciudad se vivió un clima insurreccional. Cuando estas revueltas fueron aplastadas y una vez satisfechas las demandas de los huelguistas, la derrota de mayo del ’68 causó que muchas tendencias de la izquierda revolucionaria se refugie en lo literario. A partir de los ’70, comenzaba la primera ola neoliberal en el cual destacaría el eje Reagan-Thatcher. Esta era trajo dictaduras militares en Chile y Argentina, y en el resto del mundo occidental supuso una ola de privatizaciones y recortes en derechos laborales y sociales. Un importante suceso fue la derrota de una huelga general en el sector minero de la mano de Margaret Thatcher en el Reino Unido. El anarquismo mientras, una buena parte de éste fue despojado de todo contenido político y social y sería impulsado en su mayoría desde las subculturas como el anarkopunk a partir de los ’70 hasta la entrada del nuevo milenio, época en que crecieron los movimientos antiglobalización.

En la actualidad, el anarquismo a nivel mundial ha dejado de ser una fuerza política protagonista de los cambios sociales y en muchos casos, había dejado de disputar el escenario social y político como una fuerza política, aunque actualmente estamos contemplando iniciativas de cambios de tendencias en Europa y en América Latina, por ejemplo, la Izquierda Libertaria de Chile ya está desarrollando unas líneas políticas de disputa en escenario social y político. Con la llegada de la crisis y la nueva oleada de movilizaciones con el 15M en España, la primavera árabe, el movimiento Occupy en EEUU y otras grandes movilizaciones ciudadanas a lo largo y ancho del globo en los pasados 2 a 3 años, el escenario habría cambiado y abierto nuevas posibilidades de hacer política. Hoy en día, este ciclo de movilizaciones está en proceso de reflujo aunque su legado es verdaderamente ejemplar, como por ejemplo en el Estado español las PAH. Se nos abre un nuevo escenario delante y es momento para la articulación política del anarquismo, con el fin de reconstituirnos como actor político de cambio.

En la siguiente entrega, veremos qué es la visión estratégica y cuán de imprescindible es esta perspectiva para desarrollar una tendencia política revolucionaria y unas líneas tácticas y estrategicas comunes a partir de estas bases ideológicas. Ir a la 2ª parte.

Cuando el límite de x no tiende a infinito

Un día cualquiera me encontré con una pregunta de una servidora de Madrid bastante curiosa. No era de matemáticas, sino de política y en concreto son cuestiones acerca de las las limitaciones ideológico-políticas del anarquismo. Más específicamente, haciendo un balance de las distintas aportaciones teóricas a la actual coyuntura y sus limitaciones. Por un lado, estas cuestiones exigen mucho seso, pero por otro, me sabría mal dejarla plantada, dejando además, muchas cosas clave en el tintero. He aquí que me haya decidido responder, y el título precisamente es una parábola a dichos interrogantes.

Para contextualizarnos mejor, nos remontamos a los tiempos convulsos de la reestructuración del régimen franquista, llamado comúnmente como «Transición a la democracia», allá por los años ’77 del siglo XX. En esa época, comenzó a resurgir la CNT una vez ya en la legalidad y poco a poco comenzó a asmoar la cabeza otra vez el movimiento obrero y junto a éste, el movimiento libertario. Sin embargo, no estaban exentos de divisiones internas y pronto las excisiones y el caso Scala terminó por desmoronar el movimiento. Represión, cárcel, terrorismo de Estado y torturas, eso fue la cara oculta de la historia reciente de este país que no sale en los libros. Tras haber neutralizado el movimiento obrero, la historia desde finales de los ’80 hasta hoy ha sido la historia de los partidos políticos. El pueblo había dejado de ser protagonista. En ese período el anarquismo continuó como movimiento marginal, con aires nostálgicos de aquel pasado glorioso del ’36. En los años ’90, comenzó a aparecer tendencias insurreccionalistas que pretendían romper con el inmovilismo de entonces, aunque a falta de hojas de ruta y estrategia política, acabaron desentendiéndose del resto de las luchas y terminando por caer en mera literatura incendiaria. La crisis del anarquismo se hizo patente en ese momento, y se notó cuando estalló la crisis allá por el 2008 por una ausencia casi total de respuestas sociales desde el anarquismo.

Pero llegó el 15M y de allí, el punto de inflexión Si bien el 15M no supuso un impulso real al movimiento libertario, sí que preparó el terreno para la escalada de la movilización social y a la vez, en ese momento se visibilizó la inoperancia del anarquismo en general en el Estado español. Una de las mayores limitaciones dentro del movimiento libertario fue la incapacidad para transmitir nuestros mensajes al resto de la sociedad, concretamente, a gran parte de la clase trabajadora. Junto a ello, la falta de proyectos políticos y económicos claros unido al hermetismo del propio movimiento que llevamos arrastrando desde que se desmoronó tras el Caso Scala, hace del anarquismo algo opaco al resto de la sociedad, una suerte de utopía para soñadores incansables. Estos factores pueden tener raíz en la propia esencia del anarquismo: la diversidad. El anarquismo tiene multitud de interpretaciones, y hay ocasiones en que la diversidad degenera en atomización, que es la fragmentación de las ideas anarquistas en átomos en los cuales cada individuo se forja su propia concepción y se cierra en su burbuja. Por otro lado, la diversidad puede ser un punto fuerte. Para que fuese así, esta diversidad debería ser dialéctica y dinámica, que supere los viejos esquemas siguiendo el método científico y se adapte a las coyunturas donde se dan; una diversidad que admita la unidad teórica entre la diversidad de opiniones y se construya socialmente.

De la diversidad surgieron también diversas corrientes o tendencias dentro del mismo anarquismo. Así pues, podemos distinguir aquellas relativas a la finalidad: anarquismo individualista, mutualismo, colectivismo y comunismo libertario. De las cuales, han bebido las corrientes relativas a la forma organizativa o medios empleados: insurreccionalismo/anarconihilismo, anarcosindicalismo, anarquismo social, etc. Como tratar de detallar cada tendencia daría para escribir muchos artículos, voy a centrarme en aquellos relativos a la praxis inmediata que están más de actualidad y más determinante para los tiempos que corren. Aquí no trataré sobre las corrientes finalistas.

Comenzando con el insurreccionalismo, hemos de señalar que no es una tendencia exclusiva del anarquismo, sino que también puede ser del marxismo revolucionario. El insurreccionalismo no es más que un método que pretende transformar la realidad presente a través de la revuelta y con un claro discurso que apunta a la realización de un fin revolucionario en lo inmediato. Obviamente, esto tiene una gran limitación y viene dado por la omisión de dos importantes factores que determinan la posibilidad de creación y avance de un movimiento revolucionario: las comunidades en lucha y la acumulación de fuerzas. Si bien el insurreccionalismo podría ser una salida al estancamiento, si se desentiende de las problemáticas sociales y de sus procesos de movilización perdiendo así unas posibles bases que amplíen al movimiento, estará abocado al fracaso. Así lo demuestra, por ejemplo, la diferencia entre el anarquismo insurreccionalista griego y el ibérico, por mencionar las más destacadas. Resulta irónico que ciertos insurreccionalistas critiquen la idea de comunidad y de acción colectiva, cuando realmente, las tendencias insurreccionalistas que podrían tener posibilidades de ser actor revolucionario de cambio, son las que han sabido conectar con los problemas sociales inmediatos y crear comunidades. Exarchia, conocido barrio ateniense tomado por anarquistas, no está formado única y exclusivamente por anarquistas, sino también por numerosas personas que ven la autoorganización y la autogestión como alternativas factibles al sistema capitalista. Incluso la pequeña victoria arrancada por Nikos Romanós al ponerse en huelga de hambre, ha sido también gracias a las redes de apoyo y a la solidaridad del tejido social creado en Atenas (y también del resto del mundo), cosa que sin ella, no habría podido llegar hasta este punto y poder aspirar a victorias mayores. En resumen, el insurreccionalismo no tendrá éxito si no es capaz de conectar con la problemática social inmediata ni crear la base social que articule el movimiento. De hecho, es gracias a esa base social la que otorga contenido político y sentido a las luchas.

Hablando del anarcosindicalismo, aunque en el primer tercio del s. XX en el Estado español el anarcosindicalismo haya podido ser una fuerza mayoritaria, hoy no tiene mucha influencia en el panorama laboral, incluso entre el sector de la clase trabajadora sindicada. La principal limitación es su propia naturaleza de ámbito específico: el laboral. El anarcosindicalismo sirve como herramienta para la organización de la clase trabajadora, al margen de su ideología política, en los centros de trabajo en la coyuntura del sistema capitalista. En este sentido, a través del anarcosindicalismo se pretende articular una organización de clase que permita responder a las agresiones de la patronal, y que a su vez, sirva como punto de partida para la concienciación de la clase trabajadora, demostrando además, que mediante la acción directa podemos resolver los conflictos a nuestro favor y defender nuestros intereses inmediatos No obstante, el propio sindicalismo no va más allá de las luchas económicas al ser de ámbito específico y sectorial. Otro problema del anarcosindicalismo, al menos en el Estado español, ha sido la sobreideologización que ha obstaculizado y ha ocasionado que, en algunos casos, ciertos anarcosindicatos (no voy a tratar aquí ninguna sigla en concreto) se conviertan en ghettos y no en herramientas funcionales. Esto puede ser debido, en parte, a la influencia de lo que se podría llamar «anarquismo oficial», aquella corriente nostálgica con los años ’30 y que no supo conectar con la realidad social debido a la falta de análisis rigurosos y centrado únicamente en la pureza ideológica más que en una visión estratégica y de articulación de movimiento. En resumidas cuentas, el anarcosindicalismo debería, ahora más que nunca, constituir la alternativa real al sindicalismo de concertación y volver a impulsar el movimiento obrero de carácter autónomo.

Por último, no cerraría este artículo sin analizar el anarquismo social, de reciente importación al Estado español. La entrada de esta corriente supuso un soplo de aire fresco y una posibilidad real de salir del estancamiento y del estado languideciente del anarquismo actual en este país, para volver a levantar un movimiento libertario con capacidad para impulsar las luchas sociales a través de la organización popular. Otro punto importante a tener en cuenta es la necesidad de articular un movimiento libertario multisectorial, que conecten todas las luchas, tales como en el ámbito laboral-estudiantil, a nivel de barrio, comunitario y territorial, y a nivel político-ideológico. Posiblemente, la limitación residiría en la falta de tejido social en gran parte de la población de la península, tejido social que se perdió en el franquismo y por la «cultura de la Transición«. Aunque en estos últimos años, la movilización social ha ido in crescendo y, a falta de actores políticos revolucionarios que actúen fuera de las instituciones, podrían acaban como extensiones de partidos como Podemos y terminar vaciando las calles.

En general, al menos actualmente en el Estado español, al anarquismo le faltan proyectos políticos más concretos que apunten a finalidades cercanas nuestro alcance, que permitan el avance de las luchas inmediatas fortaleciendo la organización popular en vez de apuntar a la vía institucional y crear alternativas las cuales sean el propio pueblo trabajador y las clases oprimidas quienes sean los y las protagonistas. Una de las limitaciones son las pocas herramientas de análisis de coyuntura que tenemos, cosa que sí tiene el marxismo de los cuales nos podemos inspirar, y que nos permita conocer rigurosamente las distintas fuerzas políticas y sociales en el escenario político y determinar las estrategias adecuadas para impulsar la transformación radical de la sociedad. A pesar de todo, las experiencias históricas en las cuales se pudo materializar el anarquismo, así como las experiencias en Rojava, demuestran que es la única vía para la emancipación social y superar el sistema capitalista.

Por la destrucción de la objetividad

El capitalismo deshumanizador en el que vivimos está basado en una idea básica: que solamente existe una única verdad. Esta verdad configura lo que es válido y lo que es inválido, lo que es moral y lo que es inmoral, lo que es útil y lo que es inútil… Así como también define la supuesta «naturaleza» del ser humano y sus relaciones.

Si existe una única verdad, su acceso, adquisición, y desarrollo se convierten entonces en un privilegio de unes poques que poseen la supuesta «objetividad» que confiere el estar cerca de la «verdad.» Para alcanzar la «realidad» o la «verdad» hay que ser «objetive», pero poco se cuestiona que existan multitud de grupos humanos que dicen poseer la «objetividad» de la «verdad verdadera.» De ahí que no solamente el capitalismo se base en la objetividad, sino que también lo hacen multitud de ideologías distintas. Les comunistas dirán que elles poseen la verdad absoluta, y que estudiar la «realidad social» desde el marxismo es alcanzar la «objetividad» requerida. Les liberales dirán que no, que son elles quienes están más cerca de la «verdad», porque estudian la «realidad» por medio de la econometría, que se basa en avanzadas fórmulas matemáticas (¿y qué hay más «objetivo» que los números?). Y muches anarquistas también dirán que no, que son elles quienes poseen la verdad de las verdades al rechazar todas las demás. ¡Cosas de la vida!

El problema de la objetividad es que es, en realidad, una subjetividad institucionalizada. Puede estar institucionalizada a un nivel sistémico (ejemplo: el capitalismo es lo mejor que podemos tener). O puede estar institucionalizada a un nivel menor (ejemplo: el Partido Comunista de España sabe de qué va la sociedad, y no el PSOE). Cuando se institucionaliza una visión del mundo tenemos el problema de crear jerarquías, las cuales siempre derivan en poder asimétrico e injusticia. Así, muches dirán que Santiago Carrillo sabía más que el muchacho que se afilió ayer al partido. U otres podrían decir que el anarquismo español está más avanzado por tener a la CNT, que es muy vieja. En definitiva: que unes saben mucho y otres saben poco, que viene a ser lo mismo que decir que unes saben más que otres.

En todos estos grupos, sean de izquierdas, de derechas, o libertarios, hay mucho de paternalismo y autoritarismo. Cualquier discurso que diga ser objetivo lo es de facto. Tendemos a pensar que les que no piensan como nosotres son o menos inteligentes, o menos atentes, o menos concienciades. «Menos», «menos»,»menos». Todes son menos que nosotres, ¡pues nosotres tenemos la verdad!

Una forma sencilla de pillar este tipo de discurso es ver cuándo una persona empieza a universalizar lo que dice. Si alguien os dice que sus ideas son universales, empezad a dudar.

Creer que existe una «única verdad», o que la «objetividad» ha de ser la medida de todas las cosas, es rechazar la evidente variedad de seres humanos que existen en este planeta. Todes y cada une de nosotres somos unes disidentes en potencia. Todes tenemos el potencial de pensar distinto, de ver las cosas distintas y, por lo tanto, de crear mundo y realidades distintas. ¿Por qué? Porque cada une de nosotres tenemos un contexto vital distinto. Sí, vivimos en las mismas metrópolis capitalistas, sufrimos la misma explotación del trabajo asalariado… pero aun así dentro de estos nichos de impuesta uniformidad existe la variedad. De ahí que tengamos obreros votando a la derecha, y amas de casa que son machistas [1].

Querer buscar la «objetividad» es denegar al ser humano per se porque es un intento de imponer una determinada subjetividad (que puede ser más o menos colectiva en tanto que es compartida por más o menos gente, pero nunca por la totalidad). Cuando esta subjetividad se «objetiva» y se institucionaliza tenemos hegemonía ideológica e intrincadas redes de control social que van más allá de lo físico.

Por otro lado, reconocer el carácter subjetivo de la existencia humana es entrar en contacto con la vida social de una forma más plena, pues cuando se hace así suceden dos cosas al mismo tiempo:

  1. Reconocer la subjetividad es pensar que une misme puede estar equivocade, o que las decisiones de nuestras vidas son fruto de nuestro contexto y de nuestras reacciones a él. Esto conlleva darse cuenta que vivimos en un planeta con más seres humanos que pueden discrepar, pensar, y ver las cosas de manera diferente, sin que esto signifique que no podamos construir un espacio social en el que las personas se pongan de acuerdo y lleguen a decisiones consensuadas sin tratar de imponer ningún tipo de «objetividad.»
  2. Reconocer la subjetividad también nos lleva a pensar que les otres tienen algo que aportar al conjunto social que habitamos, dando un carácter autónomo y autosuficiente al resto de personas que no piensan como nosotres. La conclusión, una vez más, es que nada evita que empecemos a construir espacios de convivencia y discrepancia respetuosa.

No hace falta decir que existen posturas subjetivas que nunca podrán conciliarse. Por ejemplo, los atentos racistas e imperialistas del Estado de Israel no pueden encontrar ningún acuerdo común con el pueblo palestino que sufre tales barbaridades. No obstante, esto no implica de ninguna manera que el pueblo palestino tenga la «verdad universal.» Simplemente su subjetividad está contrapuesta a otra subjetividad que intenta imponerse a modo de «objetividad», de ahí que rechacemos la postura de Israel y apoyemos la causa palestina (entre otras cosas, por supuesto).

Como regla útil para la vida: nunca te fíes de alguien que dice ser objetivo. Menos todavía cuando dice tener la verdad absoluta. Sea esta persona conservadora, socialista, o anarquista.

Notas

[1] El porqué de estas dos cosas no entra en el análisis de este texto. Simplemente quiero reflejar que existe una gran variedad de discrepancias en espacios sociales supuestamente «uniformes.»

Información e ideología rancia

A estas alturas la declaración de José Manual Lara—presidente del Grupo Planeta—no debe extrañar a nadie. Como sabéis, el otro día esta persona deseaba en público que el canal La Sexta fuera un medio de centro-izquierda respetuosa con la derecha, cosa que para él todavía no lo es (click aquí para leer la noticia). Sus palabras montaron cierto revuelo en las redes sociales que no tardaron en mostrar los típicos comentarios a los que ya estamos acostumbrades. El más sonado, tal vez, fue aquel de: «¿no se supone que un informativo a de ser neutral y mostrar las cosas como son?» Que sirva esta reflexión como respuesta a tal ingenua pregunta.

En el mundo de lo social pocas cosas se pueden tildar de «neutrales» u «objetivas», y las que así son nombradas siempre dejan un resquicio de duda para las mentes más críticas. Respecto a la sociedad podemos decir que «el 25% de la población activa no tiene trabajo», o que «el 12% de la población migró de otro país.» Ambos enunciados son fácilmente calificables como neutrales: aluden a hechos «objetivos» que se pueden medir empíricamente de una forma sencilla. No obstante, que estos dos enunciados se puedan medir empíricamente no les hace absolutamente objetivos, pues cualquier investigación social parte de un marco teórico que define qué se está investigando, cómo se califican los conceptos, y cómo se desarrolla dicha medición. Así pues, la «neutralidad» de los dos enunciados emana de su empiricidad pero también del consenso teórico que existe en la sociedad a la hora de definir «desempleo» y «migración.»

La cosa se complica cuando nos movemos hacia otros terrenos. Por ejemplo: «¿por qué un cuarto de la población en edad de trabajar está desempleada?» Algunes dirán que es porque las personas somos vagas y nos gusta cobrar el paro. Otres dirán que es un problema sistémico, inherente al desarrollo capitalista. Y a saber lo qué dirán otres muches. Sea como sea, aquí la «objetividad» de un enunciado social empieza a tambalearse, precisamente porque no existe un consenso fuerte sobre las causas del desempleo. Sí, la ciencia económica nos proporciona datos empíricos sobre esto y aquello, pero dentro de la misma disciplina hay voces discordantes que, sosteniendo paradigmas distintos, también nos proveen con datos empíricos que muestran cosas diferentes. ¿Acaso no estábamos midiendo la misma realidad social?

El gran error de muches es pensar que la «neutralidad» de las distintas ciencias sociales es sagrada. Grave error que siempre—o casi siempre—va acompañado de otro error: pensar que algo «neutral» es «objetivo.» Yo puedo ser objetivo y decir que «el 25% de la población activa está desempleada», pero al mismo tiempo puedo decir que «está desempleada porque se lo merecen, por vagues e ineficientes.» Cuando nos ponemos a explicar el porqué de un fenómeno social inevitablemente caemos en enunciados normativos, es decir, pasamos a decir—explícita o implícitamente—cómo deben ser las cosas. Y hay un gran paso entre decir «qué es» y decir «cómo debe ser.» De hecho, habría que poner también en duda si todas esas «mediciones empíricas» son realmente objetivas y neutrales—qué realmente la mayoría no lo son.

Pues bien, de ahí que pensar que un medio informativo ha de ser neutral y objetivo sea una insensatez. La información ha de servir a las personas para transformar la realidad; para crear una sociedad mejor. «No tomar bando» es en el mejor de los casos una tontería; en la mayoría de casos es una irresponsabilidad. Decir que un medio informativo ha de ser «neutral» es decir que las cosas tienen que seguir como están ahora; es negar el cambio y, por lo tanto, es cerrar puertas a un posible futuro mejor. Avocar por la neutralidad de los medios de información no es solamente una muestra de desconocimiento sobre las dinámicas de producción del conocimiento social, es también una falta de pensamiento crítico que nos apalanca en la realidad estática en la que vivimos—¿cuántas veces nos habrán dicho que las cosas han cambiado, precisamente, para que nada cambie?

Si el señor José Manuel Lara quiere que La Sexta sea un medio de centro-izquierda, que así lo sea. Él es un capitalista—de los gordos—y tiene todo el apoyo de la ley burguesa para hacer lo que le plazca con algo que el Estado le otorga como suyo. Ante esto, las mentes críticas no deberían estar proclamando la «bendita neutralidad de la información», que debe ser como aquel bar mitológico del que las madres tanto hablan, aquél en el que la gente te echa droga en la bebida.

Las palabras de José Manuel Lara no han de sorprender a nadie, pero la respuesta ha de ser un «vete a la mierda» claro y rotundo. Poques nos vamos a tirar de los pelos si La Sexta se vuelve de «centro-izquierda», ¿acaso no lo era ya? Pero sí que nos tenemos que tirar de los pelos por la apabullante pasividad de la gente que pide un «medio neutral.» Por suerte, en el Estado español tenemos varios, y muy buenos, medios de información libre y comprometida, que dicen las cosas claras y sin esconder la ideología de las personas que nos hacen llegar esas informaciones.

Como os habréis dado cuenta, todo esto tiene mucho que ver con aquello de «en qué lado de la barricada estamos», lo que nos lleva a una cuestión de ética y principios—¿por qué es mejor defender una sociedad libre e igualitaria que una en la que un 1% explota al resto? No es mi intención meterme en tal berenjenal ahora, pero sí que es pertinente mencionar que la «objetividad» o «universalidad»—como cualidad de lo «verdadero»—de tales postulados es, cuanto menos, cuestionable. Como ya me expresé en otro artículo, todo termina por resumirse en lo que las «entrañas» te dictan, aunque pareciera que hay dictámenes más racionales y virtuosos que otros. Desde luego, lo que nos pueda contar La Sexta, Cuatro, Telecinco, etcétera, nunca lo será—por razones que les lectores de Regeneración entenderán de sobra.

Nuestro contenido socio-político

El anarquismo es la corriente política más vilipendiada de todas, no mirándolo desde una perspectiva victimista sino atendiendo a la realidad en que vivimos y cómo se ve que desde los medios, los políticos hasta la gente común, que el anarquismo es caos, o una utopía, o libertinaje… En cambio, para quienes andan más enterados del tema, aunque sin acercarse demasiado, asocian al anarquismo a CNT (mirando el caso español) y, por más desgracia que suerte, a la estética y la actitud punk, en menor medida del skinhead o del Straight Edge. Sin embargo, lejos de todo ello, el anarquismo es una ideología política que en la práctica constituiría/debería constituirse un movimiento socio-político de carácter antiautoritario y aspiraciones revolucionarias, cuyo contenido se está perdiendo por la identificación del anarquismo con actitudes tribuurbanistas. Desde aquí me planteo una serie de cuestiones y es precisamente la vinculación del anarquimo al punk, y en menor medida del skin y del Straight Edge.

Sin contar el plano cultural, que tampoco podemos menospreciar ciertas las creaciones artísticas y musicales que han generado esos colectivos, así como el «Do It Yourself», el movimiento okupa… No obstante, aquella rebeldía juvenil de los años ’70 se alejó de la lucha de clases y de la sociedad, lo que hizo -y está haciendo- que no sean capaces de articular una respuesta social amplia y viable. Si atendemos a la historia del movimiento anarquista, tanto en su teoría como en su praxis, observamos claramente ese componente socio-político que lo ha caracterizado desde sus orígenes y, pese a unos períodos de alejamiento de la clase trabajadora cuando se extendió la táctica de la propaganda por el hecho, estuvo más presente en el imaginario popular como una corriente política alternativa a la izquierda institucional y marxista. No obstante, hoy en día, al identificarse el anarquismo con características del punk/skin/straight, pierde su contenido socio-político que lleva intrínseco en sí, distorsionando lo que realmente es el anarquismo y haciendo de una corriente política una ideología tribuurbanista. Para más inri, desde los medios se atribuyen las estéticas y las actitudes al anarquismo con un claro intento de despolitización de éste.

Por otro lado, sería oportuno aclarar que estoy tratando el tema enfocado a nivel colectivo, pues a nivel individual, pueden haber militantes con estética punk -o lo que fuere- que lleva un compromiso con la lucha social y participa activamente en las organizaciones formales. También aprovecho para señalar que no defiendo ninguna estética y la critico cuando se antepone la estética frente al contenido.

«El anarquismo nació de la revuelta moral contra las injusticias sociales» (Malatesta) y por ello siempre ha tenido una tradición de lucha social y clasista, algo que ni el punk ni el skin ni el straight tuvieron porque más bien, pese a la influencia anarquista en ellos, terminaron en un «anarquismo de estilo de vida», quizá algunos colectivos con mayor presencia en la sociedad que otros, pero no se muestran capaces de realizar una labor de inserción social. Aunque el problema no son las actitudes tribuurbanistas en sí, sino la identificación de ellas con el anarquismo, pues existe una clara incompatibilidad entre la lucha social y de clases con actitudes antisociales y tendientes a la marginación.

Debemos recuperar este rico contenido político que caracteriza nuestra teoría y la tradición de lucha social y clasista resultado de la aplicación de la teoría, y para ello debemos trabajar en la formación teórica para poder ofrecer análisis de la realidad social y dar así con alternativas materializables utilizando como herramienta la organización político-social. Sabemos que es difícil pero hoy más que nunca es necesario que los anarquistas estemos presentes en los movimientos sociales en donde podamos actuar dándoles una perspectiva libertaria, dejando a un lado las actitudes antisociales y tribuurbanistas.

Cuando internalizamos el sistema

Este artículo es una respuesta-complemento (y no una crítica) al texto que P. Heraklio publicó en Portal Oaca.

Los sistemas públicos de salud están bajo el asedio neoliberal que pretende privatizarlos. Uno de los resultados es el descenso de la calidad del servicio prestado pues, como bien explica P. Heraklio en su texto, el personal más cualificado tiende a ser despedido y sustituido por personal menos cualificado (que cobra un salario menor). El ahorro continuo perseguido por cualquier gestión privada atiende a una lógica sencilla: maximizar los beneficios. De ahí que el médico inglés sea sustituido por un paramédico en la ambulancia, y que las enfermeras se tengan que encargar de las abarrotadas salas de emergencia. No obstante esto requiere de una más extensa explicación.

Los economistas clásicos, Smith y Ricardo por ejemplo, ya se dieron cuenta de una ley inevitable del sistema capitalista de producción: el descenso progresivo de la tasa de beneficio. Marx, bebiendo de los clásicos, tomó la ley y la introdujo en su teoría del capital. En pocas y sencillas palabras: el capital tiende a acumularse a medida que crece, la competencia también sube y, por lo tanto, el capital disponible arroja menos beneficios en la producción de mercancías (bienes y servicios).

Es por ello que para mantener el beneficio estable o para incrementarlo el capitalista tiene que buscar una alternativa productiva. Históricamente, esto se ha venido haciendo externalizando la producción de mercancías, de ahí el imperialismo capitalista y la globalización de hoy en día (la cual está liderada por la figura de la corporación transnacional). La apertura de nuevos mercados permite el incremento de los beneficios al gozar por un periodo de tiempo una ventaja comparativa en un mercado donde los sujetos pueden ser explotados (aunque existen otros factores que hacen que los beneficios aumenten al externalizar la producción, como un Estado menos exigente a la hora de cobrar impuestos, el ahorro en costes de transporte de materias primas, etcétera).

Sin embargo, el capitalista también puede evitar la inevitable tendencia del beneficio a bajar mediante la reducción del coste de producción en el mercado interno, es decir, bajando los salarios de las personas a las que explota (de esto ya se dio cuenta Ricardo, y de hecho lo condenó). Esto es lo que vemos en los sistemas de salud que P. Heraklio expone en su texto, pero con un matiz que el texto no recoge: que el médico, en su calidad de burgués, no está dispuesto a cobrar menos. Es más, seguramente quiera cobrar cada vez más.

La lógica que sigue el capitalista para mantener su beneficio es sencilla: el capitalista prefiere menos gente trabajando pero más intensamente, porque así puede pagar menos salarios o jornales por una mayor usurpación de plusvalor. De ahí que tenga más sentido, bajo la lógica capitalista, tener cuatro trabajadores trabajando diez horas que dar empleo a quince personas por cinco horas al día (de esta formar también se mantiene un ejército-reserva de gente parada).

Pero aquí viene el matiz del que hablaba yo antes: las personas somos bombardeadas con los valores capitalistas desde la cuna, por lo que terminamos socializando los intereses de la clase burguesa y de la clase capitalista (que a fin de cuentas tienen los mismos intereses). De esta manera, el médico de la NHS no quiere dejar de cobrar un sueldo que considera digno para su profesión porque tiene unos esquemas de clase muy específicos, unos esquemas que incluyen unos estándares de vida, una idea sobre su salario, sobre su dignidad y honor como «miembro respetable de la sociedad», etcétera. La enfermera de la NHS, por su parte, también tiene unos esquemas determinados. Y lo que une a ambos es el deseo de trabajar más para ganar cada vez más, con la ligera diferencia que el médico ya no encuentra satisfacción en la NHS que corta salarios a diestro y siniestro.

Tan miserable es nuestra vida en la sociedad capitalista que terminamos por hacer nuestros los intereses de la clase que nos explota. Claro está que ni todos los médicos ni todas las enfermeras son iguales (los géneros de las palabras no son gratuitos), pero aquí estoy hablando de grandes patrones sociales que no podemos obviar cuando analizamos la realidad en la que vivimos. Sí, hemos de estar en contra de los recortes salariales que lo único que consiguen es aumentar la explotación capitalista (pues se sigue produciendo lo mismo pero el plusvalor que obtiene el capitalista incrementa al pagar un salario menor, un salario que es usurpado de lo que la propia persona produce). Pero también hemos de estar en contra de la mentalidad pequeño-burguesa que suele predominar en las profesiones liberales: medicina, enfermería, abogacía… De nada nos sirve oponernos a los recortes si lo hacemos porque queremos cobrar más, porque no queremos perder poder adquisitivo (es decir, porque no queremos perder nuestro puesto en el juego capitalista).

Nos oponemos a los recortes salariales porque nos oponemos a la explotación del capitalismo. Porque somos anticapitalistas, y porque tenemos conciencia de clase. Nos oponemos a que nos recorten el salario porque creemos firmemente que luchando a la clase burguesa llegará el día en el que ninguna persona sea explotada, en el que todas las personas se ganen «el pan de cada día» de manera justa y digna. No nos oponemos porque queremos comprarnos un BMW el año que viene; nos oponemos porque sabemos que el sistema de salarios es la esclavitud de nuestro tiempo.

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