El Primero de Mayo en el centro y las periferias del capitalismo; una mirada desmitificadora

El día de ayer fue el Primero de Mayo, día histórico de lucha de la clase trabajadora, una jornada que en nuestra Península experimentamos como un día para encontrarnos con nuestros/as compañeros/as en las calles y reconocernos como precarios/as y en una situación laboral profundamente explotadora sobre todo para la juventud. Con el paso del tiempo, aquella vieja proclama del orgullo de clase ha sido desplazada convenientemente, pues ser explotados/as no es algo de lo que sentir orgullo; y sin embargo, nos identificamos como clase trabajadora en lucha a pesar de todos los gurús que actualmente afirman que las clases sociales no existen. La inmovilización es lo que desea el capitalismo, y nos lo hace saber promoviendo una estructura social acrítica y desmenuzada en reivindicaciones culturales postmodernas. Lograr una aceptación normalizada de la individualización de los problemas, y que asistamos a un psicólogo/a antes que a un sindicato.

El Primero de Mayo debería tener un potencial bien distinto que no podemos abandonar, por la memoria de quienes nos precedieron reivindicando que otra mundo es posible más allá del capitalismo criminal. Una jornada para tomar conciencia y luchar por la justicia social, contra el fascismo, contra el patriarcado y en favor del apoyo mutuo y la igualdad. Tenemos que decir aquí que para algunos/as la jornada significa ocio en el festival Viña Rock, o el MaiFest en Berlín, como una forma de desactivación de la lucha y generar además un fuerte macronegocio; cada cual que haga el análisis de lo que supone pensar en términos festivos siempre como forma de vida.

Precisamente siempre nos miramos el ombligo en estas fechas simbólicas tradicionalmente de lucha histórica, y sacamos pecho reivindicando el buen pulso de clase que echamos, o la salud de nuestros movimientos sociales; que no sindicales. Más allá de las voces que invitaban coherentemente a salir a las calles como toma de contacto tras unas elecciones que han creado una falsa sensación de contención de la extrema-derecha; si hace unos días muchas personas solicitaban votar a toda costa, ayer pocas personas salían a luchar en las distintas ciudades y pueblos.

Viendo el panorama sindical heredero del siglo pasado no es de extrañar sin embargo; con unos sindicatos corporativos que son una extensión más del propio Estado, y unos sindicatos de clase divididos, fraccionados, en pugnas y que reivindicaban ser el baluarte de la verdadera lucha obrera. En los últimos tiempos estamos viendo cómo los conflictos laborales se organizan desde las bases de los trabajadores/as convirtiéndolos en huelgas sociales, además la mecánica y organización de los sindicatos clásicos no están aunando a la masa juvenil que nos vemos abocados a la reinvención laboral continuada y a trabajos bajo la dinámica de la uberización.

Las elecciones del pasado domingo fueron una jugada redonda para el sistema dominante representado en las estrategias del Ibex 35; otorga el poder mayoritariamente a un partido neoliberal como el PSOE, se blanquea su imagen completamente hecha añicos en los últimos años; y se asume la normalización de los discursos sociales con un importante viraje fascista. Pudiéramos afirmar que actualmente la sociedad ha asumido tanto las recetas del liberalismo económico y su autoritarismo, que propuestas tibiamente reformistas como las de Unidas Podemos nos parecen la única izquierda posible.

Hace ya muchos años que hemos dado por bueno que el Primero de Mayo sea festivo en lugar de reivindicativo, poco pudiera importar si el resto de días del año sí lo tomáramos desde lo reivindicativo, desde la desobediencia y desde la necesidad de organizarnos en nuestros puestos de trabajo, en la educación social y política, en las formas de ocio que reproducimos, en el consumo actual en las antípodas de la autogestión.

En pocos lugares de la vieja Europa el Primero de Mayo supuso una confrontación real, y no con ello me refiero a disturbios. De poco sirven también los anhelos soviéticos aún latentes en países del oriente europeo o las espectaculares imágenes de cientos de miles en una Cuba nada socialista a día de hoy. Es si acaso la Europa mediterránea, la que sigue siendo foco de estas confrontaciones más latentes, con la excepción atlántica de París y su coyuntural movimiento de ‘Gilets Jaunes’ (Chalecos Amarillos); Turín, Atenas o Estambul fueron algunos ejemplos de ciudades donde se organizaron marchas desde movimientos de clase que reflejan un hilo conductor de luchas en la actualidad.

Latinoamérica mantiene sus propios ritmos, y si bien siempre se suma en una jornada como el Primero de Mayo; los medios de comunicación poca repercusión le dieron a la multitudinaria y unitaria marcha en Brasil contra el gobierno de Jair Bolsonaro. La atención, sin embargo, se la llevó una Venezuela con marchas de partidarios de Nicolás Maduro y Juan Guaidó, inmersa actualmente entre la precariedad más absoluta y el último intento de desestabilización interna buscando un enfrentamiento civil que justifique la intervención internacional.

Sin duda alguna, en los últimos años quien es un eje de acción y confrontación en un conflicto social que mueve a millones de personas en el mundo es el sureste asiático, con una implicación fundamental y relevante por parte de las mujeres cada vez más organizadas. A la otra punta de nuestra Península se nos olvida que quienes fabrican nuestras zapatillas deportivas y camisetas chulísimas mantienen un nivel de conciencia de su situación como explotados/as mucho más elevada que la nuestra. Yakarta en Indonesia, Manila en Filipinas, o Dacca en Bangladesh; ciudades de las periferias del capitalismo protagonizaron marchas políticas muy concurridas que reflejan el caldo de cultivo social que se viene cocinando en esta región en continuado conflicto.

La perspectiva de clase es el denominador común en las luchas obreras del mundo; una lucha, además, que lo es también contra el colonialismo y el patriarcado como formas de explotación que trabajan conjuntamente y que han especializado sus herramientas para trabajar como un todo contra las y los más pobres de este mundo más globalizado, pero menos conectado.

Centenario de la Huelga de La Canadiense: Lección histórica sobre cómo conquistar derechos luchando.

El conflicto laboral que estalló en febrero de 1919 en la empresa de Riegos y Fuerzas del Ebro, más conocida como ‘La Canadiense’, y tras 44 días de huelga indefinida paralizando la industria catalana, acabó con la promulgación en el Boletín oficial del Consejo de Ministros de la jornada laboral máxima de ocho horas diarias. Posiblemente el ejemplo histórico de mayor éxito sindical a nivel internacional fruto del apoyo mutuo obrero y la organización desde abajo, que además consiguió la readmisión de los trabajadores despedidos y un aumento salarial.

Un relato histórico que ahora cumple cien años, y que es imprescindible rescatar de la memoria colectiva porque es un capítulo vital redactado desde la acción común y la solidaridad obrera. Un hecho que aún puede seguir guiándonos, porque las herramientas practicadas por quienes nos precedieron en la lucha suman experiencias esenciales en el largo camino de la resistencia popular. Cuando más culpabilidad quieren hacernos sentir por nuestra situación de clase, es necesario convencernos de que somos el pueblo trabajador quienes movemos la sociedad y que está en nuestras manos transformarla.

Movimiento obrero y organización sindical en España frente al capitalismo financiero.

Los inicios del movimiento obrero español quedaban ya lejos en el tiempo, tras casi cincuenta años desde la fundación en el Congreso de Barcelona en 1870 de la Federación Regional Española de la Primera Internacional (FRE-AIT). Después del estallido de la Comuna de París (1871) y su imitación peninsular con la eclosión del movimiento cantonalista (1873) vino un periodo oscuro de persecución durante el régimen monárquico de la Restauración española. La represión a miembros de esta Federación Regional Española de la AIT fue continuada, salpicada de exilio a las colonias, encarcelamientos, ejecuciones, torturas; y una resistencia persistente por parte de las agrupaciones obreras.

De hecho, habrá que esperar hasta 1910 para la fundación de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) fruto de dos factores fundamentales: Una cantidad considerable de sociedades de resistencia esparcidas por el Estado español que no querían integrarse en la UGT, pues entendían que sus tácticas sindicales no eran las más adecuadas. Estas sociedades tenían un núcleo principal en Catalunya donde ya se había formado una confederación regional, Solidaridad Obrera.

También influyó un cambio de mentalidad en algunos sectores del anarquismo español que creyeron conveniente el uso de los sindicatos como herramienta de resistencia y lucha, la creación a través del sindicalismo revolucionario, y no solamente en el ámbito laboral, de la construcción de un tejido social como un frente amplio que anticipara la sociedad que las clases populares querían.

Sin la labor sindical, política y cultural del anarcosindicalismo no es posible entender la historia reciente del Estado español ni la de su movimiento obrero, pues se impulsaron nuevas estrategias de lucha y organización en un largo periodo de rearme material y conceptual de la clase trabajadora, que eclosionarían dos décadas más tarde con la Revolución social española en 1936. Sin embargo, en el contexto histórico que nos atañe para comprender la situación social previa a la huelga de ‘La Canadiense’, es indispensable mencionar el impulso obrero internacional que supuso la Revolución Soviética en 1917. Independientemente de las críticas antiautoritarias que puedan realizarse, estimuló un ciclo internacional de luchas y levantamientos, pues las clases populares observando el ejemplo soviético de emancipación se vieron alentadas a dejar posiciones de reacción exclusivamente y tomar la iniciativa con una agenda revolucionaria propia. El proceso de huelgas laborales en el Estado español es un ejemplo de esto, pero también lo son hechos como el conocido ‘Biennio Rosso’ al norte de Italia, o el consejismo alemán en la República de Baviera, todos ellos sucedidos en el mismo año 1919.

Aterrizando ya en el contexto de la huelga que trajo la jornada laboral de ocho horas, la empresa Barcelona Traction, Light and Power Company, Limited fue fundada por el ingeniero norteamericano Frederick Stark Pearson el 12 de septiembre de 1911, en Toronto, Canadá. Ese mismo año 1911, esta empresa creó en Barcelona la sociedad Riegos y Fuerzas del Ebro, nombre con el que operaría en España, aunque a causa de su origen, esta empresa fue conocida popularmente como La Canadiense, o La Canadenca, en catalán. Rápidamente consiguió adquirir otras empresas como Tranvías de Barcelona o Ferrocarriles de Barcelona; de manera que en pocos años se erigió como un monopolio financiero y empresarial.

La solidaridad por la readmisión laboral de ocho despedidos hace estallar la huelga.

Antes del estallido de la huelga, en el mes de enero, la Confederación Regional de Cataluña de la CNT organizó una campaña de mítines y difusión de las ideas libertarias en el Levante y Andalucía, enviando a estos territorios a sindicalistas destacados como Salvador Seguí, Ángel Pestaña o Manuel Buenacasa. Esta iniciativa anarcosindicalista alarmó al gobierno del Conde de Romanones y suspendió las mínimas garantías constitucionales, deteniendo a los cenetistas, cerrando sindicatos locales e incluso el periódico Solidaridad Obrera.

El día 2 de febrero de 1919 ‘La Canadiense’ despidió a ocho trabajadores de la sección de facturación por protestar al ver su sueldo reducido tras ser contratados como indefinidos tras un periodo como trabajadores temporales, y además por intentar organizarse sindicalmente.

El día 5 de febrero, los 117 empleados de la sección acudieron a la fábrica para iniciar un boicot como protesta ante el despido de sus compañeros, y negando reincorporarse a su puesto laboral hasta la readmisión de los mismos. Decidieron nombrar una comisión que acudiera a solicitar la mediación del gobernador civil, el presidente de la Mancomunidad de Cataluña y el alcalde de la ciudad de Barcelona en el conflicto abierto. Sin embargo, la empresa llamó a la policía para desalojar esa sección de la fábrica, despidiendo inmediatamente a todos sus trabajadores.

Estas acciones represivas tomadas por la empresa de ‘La Canadiense’ motivó que se extendiera la huelga por solidaridad a otras secciones de la fábrica como los cobradores de recibos, que iniciaron un paro indefinido el 8 de febrero, día en el que ya eran más de dos mil los despidos. Se  nombró un comité de huelga formado por algunos obreros despedidos y anarcosindicalistas, y contactaron con trabajadores de otra empresa barcelonesa, Energía Eléctrica de Cataluña, que comenzaron a solidarizarse y plantearon también realizar un paro laboral. De esta manera también se trascendía la simple huelga laboral, sentando las bases de una huelga social por los derechos sindicales.

A los dos días la empresa respondió con un comunicado acusando a los sindicatos de aprovecharse políticamente del conflicto. La tensión social se incrementaba, pues la dependencia de muchos servicios e industrias de la energía de La Canadiense forzaba el paro laboral, el 17 de febrero el sector textil se sumó a la huelga.

La ciudad de Barcelona se queda sin luz y la huelga general se extiende. 

El director general, Fraser Lawton, seguía sin negociar acerca de las peticiones del comité de huelga, y el 21 de febrero la huelga en el sector eléctrico era ya general, habiéndose sumado los trabajadores de todas las compañías eléctricas. La industria catalana y los transportes se encontraban casi parados en su totalidad, en los dos siguientes días la ciudad de Barcelona se vio sumida en la oscuridad ante la falta de suministro eléctrico. Los obreros estaban demostrando que si lo desean pueden parar la normalidad social cotidiana, porque son los que sostienen el mundo. El gobierno del conde de Romanones decide incautar la empresa, enviaría a elementos del Cuerpo de Ingenieros y la Armada para poner fin a la situación de paro social y restablecer el servicio, pero no consiguió ese objetivo. Algunos militares como Milans del Bosch, capitán general de Barcelona, consideraba que era necesario declarar el estado de guerra. El día 27 de febrero la huelga en las compañías de electricidad, gas y agua es total. Ante la incapacidad para resolver el conflicto, el conde de Romanones declaró ese mismo día que dimitiría cuando se restableciera el orden en Barcelona.

El 1 de marzo el gobierno se incautó del servicio de aguas de la ciudad y el alcalde se puso en contacto con el comité de huelga. Este presentó sus condiciones, dando un plazo de dos días para contestar. Las condiciones del comité de huelga eran las siguientes: la libertad de los presos encarcelados y su readmisión, la apertura de los sindicatos y la inmunidad del comité de huelga, y el establecimiento de la jornada de trabajo de ocho horas diarias.

Las propuestas fueron rechazadas por el gobierno y las empresas implicadas anunciaron que todos los trabajadores que no regresasen a su puesto de trabajo el 6 de marzo serían despedidos para siempre. Bastante lejos de doblegarse ante estas exigencias partronales, el 7 de marzo comenzaron una huelga en el sector ferroviario que el día 12 ya era general. El gobierno accedió a publicar un bando de Milans del Bosch que instaba a la vuelta a sus puestos de trabajo a los obreros movilizados en la huelga bajo pena de cuatro años de cárcel para aquellos que no se presentasen en sus centros laborales. La inmensa mayoría de trabajadores no se presentaron y más de tres mil personas fueron encarceladas en el Castillo de Montjuïc.

El final de la huelga y a la aprobación de la jornada de 8 horas laborales.

Los días 15 y 16 de marzo, en presencia del emisario del gobierno español, José Morote, se reunieron los representantes de La Canadiense y del comité de huelga, y el 17 de marzo se llegó a un acuerdo definitivo aceptando las siguientes peticiones de los trabajadores como consecuencia de su resistencia tras un mes y medio de huelga: La libertad para los trabajadores encarcelados, la readmisión de los trabajadores en huelga sin represalias, el pago de la mitad de los días que había durado la huelga, se establecería la jornada de 8 horas, y tras el acuerdo definitivo se levantaría el estado de guerra.

Para suscribir este acuerdo, el sindicato de la CNT convocó el día 19 de marzo una gran asamblea en Barcelona donde asistieron veinte mil trabajadores, se aprobó el acuerdo al que se había llegado y se daba un plazo de tres días para que el gobierno liberase a los encarcelados. El 3 de abril un decreto del gobierno español estableció la jornada de trabajo de ocho horas, para todos los oficios. Además, el auge de la CNT en el sindicalismo revolucionario se vería incrementado, culminando con el Congreso Nacional en diciembre de 1919 en Madrid. La organización sindical había vivido una experiencia de huelga laboral de 44 días que sentaría las bases de las luchas y resistencias en los siguientes años, haciendo frente a los sindicatos blancos de la patronal que se dedicarían a asesinar a sindicalistas principalmente en Barcelona; los años del plomo habrían llegado.

Elecciones en México: Guerra, dominación y lucha contra el Estado

Colaboración compartida por Marcelo Sandoval Vargas, militante libertario en Guadalajara y profesor adjunto en el CUCSH (Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades) en la Universidad de Guadalajara, México.

 

¿Qué gana el proletario con el hecho de depositar en la urna una boleta electoral en la que ha puesto el nombre de la persona que ha de formar parte del gobierno? […] el gobierno es fuente de la injusticia, del odio, de la guerra entre los seres humanos.

El trabajador que empuña una boleta electoral es digno de lástima, porque él mismo se nombra a sus verdugos, él mismo fabrica el látigo que ha de cruzarle el rostro, él mismo permite que perdure este sistema infame

Ricardo Flores Magón

 

El 1º de julio de 2018 a través de la jornada electoral que se vivió en México, asistimos a un espectáculo que mantiene al espectáculo general de la sociedad de clases, de la sociedad patriarcal, estatal y colonial. La sociedad actual es un espectáculo generalizado y es, al mismo tiempo, una acumulación de espectáculos. Para los poderosos el espectáculo es la única posibilidad de participación, una que se realiza en términos de apariencia y pasividad, donde la capacidad de hacer e imaginar está subsumida al mundo instituido. La política del espectáculo es la que llevan a cabo los ciudadanos, ese sujeto que se conforma en el momento en que un individuo atomizado delega el destino de su vida, cuando decide abandonar el compromiso de hacerse cargo de su propia existencia.

El proceso electoral mexicano se realizó en medio de una guerra, se organizó sobre fosas clandestinas, sobre la vida de desaparecidos, de mujeres asesinadas, de jóvenes y niños esclavizados. Los mecanismos y formas de despliegue de la etapa actual de la guerra histórica del capitalismo contra la vida dio inicio en 2006, momento en que se comenzó a experimentar un aumento de la violencia estatal contra los pueblos; violencia y represión que irrumpió de manera clara con dos acontecimientos que marcaron el inicio de una nueva política estatal, reflejo del recrudecimiento de los procesos de acumulación, a través de la destrucción de la vida, los territorios y los cuerpos de las personas.

En ese año el gobierno mexicano reprimió al pueblo de San Salvador Atenco, estado de México; pueblo que defendía su tierra desde el 2001 ante las pretensiones de construir sobre su territorio un aeropuerto. En mayo de 2006, el Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra (FPDT), organización que aglutinaba a los ejidatarios de Atenco, decidió acompañar a unos floristas que resistían un desalojo por parte de la policía, frente a este acto de solidaridad, la policía respondió con represión y violencia, por lo que algunos floristas y los lideres del FPDT se alojaron en una casa durante varias horas para protegerse. La acción represiva obligó a los miembros del FPDT a bloquear una carretera que comunica al estado de México con la ciudad de México, para exigir la liberación de los floristas y ejidatarios de Atenco. La respuesta por parte del gobierno fue un operativo policiaco-militar que tuvo la intención de aprehender a sus lideres, acusándolos de secuestro; el pueblo fue invadido por policías, que estaban en busca de cualquier poblador o persona que hubiera ido a solidarizarse con la gente de Atenco, cuando encontraban a alguien lo golpeaban y detenían. El saldo final fue dos personas asesinadas, decenas de mujeres vejadas y violadas por los propios policías, decenas de personas golpeadas y torturadas. A todos ellos se le encarceló por varios años por delitos que no cometieron. La represión se utilizó para romper la organización y resistencia del pueblo, así como amenaza a todas las luchas, movimientos y organizaciones del país.

La segunda acción represiva ocurrió en noviembre de 2006, fue otro operativo policiaco-militar; esta vez contra los pobladores de ciudad de Oaxaca, los pueblos indígenas y las organizaciones que protagonizaron este movimiento insurreccional, que desde junio de ese año organizaron una de las mayores experiencias de lucha y auto-gobierno de las últimas décadas. Fue conocido como la Comuna de Oaxaca y fue obra de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO). El movimiento irrumpió como respuesta al intento del gobierno de desalojaron un plantón de maestros de educación básica en el zócalo de esa ciudad, que se montó en mayo en exigencia de aumento salarial y mayores derechos laborales. Cuando los policías comenzaron a atacar a los profesores, la gente salió de sus casas en defensa de los maestros. Primero volvieron a instalar el plantón, pero la organización no quedó en eso, decidieron de manera espontánea tomar bajo su control la ciudad. La insurrección se llevó a cabo mediante la instalación de barricadas en todos los barrios, tomaron varias radios, universitarias, gubernamentales y comerciales así como la televisión estatal, utilizaron los medios de comunicación para dar a conocer su lucha y hacer denuncias del hostigamiento que llevaba a cabo el gobierno, pero no sólo, lo más importante fue que los usaron como organizadores del movimiento. Durante los meses de insurrección el gobierno se escondió y la gente organizó la vida de toda la ciudad. La experiencia duró alrededor de 5 meses, tiempo en el que fue permanente la violencia del Estado: convirtió a los policías, vestidos de civil, en un grupo paramilitar que por las noches salía a atacar con armas de fuego a la gente de las barricadas; todos los días había enfrentamientos con las fuerzas del orden en distintos puntos de la ciudad; constantemente se hostigaba los territorios controlados por los insurrectos. Finalmente, en el mes de noviembre el gobierno realizó un operativo policiaco-militar que recorrió calle por calle con tanques y hombres armados con la intención de destruir las barricadas, golpear, encarcelar y asesinar a quienes mantenían la resistencia. Hasta el momento no se sabe con seguridad cuantas personas fueron asesinadas, desparecidas y encarceladas, pero se calcula en cientos.

Lo que representan estas dos represiones es el inició de una nueva política estatal; una que está caracterizada por el estado de excepción para los pueblos, donde la violencia es la primer respuesta gubernamental con el fin de garantizar la acumulación y la ganancia de los capitalistas, lo que implica es la intensificación y reconfiguración de la guerra capitalista, esa conflagración de largo aliento entre los desposeídos y los poseedores. Lo que definitivamente redondeó dicho cambio en la política estatal, fue el fraude electoral que se organizó en el mismo año, fraude que se cometió contra el candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador (de tendencia socialdemócrata). La intencionalidad de fraude fue permitirle al candidato de derecha Felipe Calderón llegar a la presidencia, pues éste fue quien se comprometió con los poderosos, bajo el discurso de que iba a imponer una guerra contra el narcotráfico, concretar la nueva etapa de guerra capitalista contra la vida. Todo ello contribuyó a que se diera rienda suelta a un episodio de la historia de México que ha dejado un saldo de 118 mil personas asesinadas y decenas de miles de desaparecidos, según las cifras oficiales.

Hasta ahora son 12 años de guerra, puesto que el presidente que siguió a Felipe Calderón, el derechista Enrique Peña Nieto, ha sido continuador de la misma política terrorista por el control de territorios y de la vida, de esta guerra contra los pueblos, contra las mujeres y contra la naturaleza, pero que se ha enmarcado en los medios de comunicación y en los discursos de los gobernantes como guerra contra el narcotráfico. Durante este periodo, la gente se dio cuenta que el principal asesino y criminal es el propio Estado. Pues ha sido evidente, por ejemplo, la participación directa de la policía, el ejército y los gobernantes en el asesinato de 3 y la desaparición de 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa el 26 de septiembre de 2014. Se comprobó la masacre que realizó el ejército en Tlatlaya, estado de México, en el mismo 2014. Por esta razón emergió un grito de batalla que comenzó a repetirse en las calles: ¡Fue el Estado!

Como respuesta a la guerra capitalista, existen pueblos que se han organizado para resistir y defenderse. Algunos movimientos y luchas se han dado cuenta que no pueden esperar nada del gobierno, que el problema es el mismo Estado, por tanto, han surgido experiencias de autonomía y auto-gobierno, así como formas de seguridad y auto-defensa comunitarias. Las familias de los desaparecidos se han puesto a buscar a sus hijos e hijas, van de ciudad en ciudad, de fosa en fosa, saben que el gobierno nunca encontrará a sus familiares, pues es parte del mismo sistema que los desaparece. Sin embargo, en estos 12 años de terror y caos no se ha tenido la capacidad de conformar un proyecto revolucionario que aglutine parte del descontento, una alternativa real desde la cual los movimientos, pueblos y luchas sean capaces de combatir. No obstante es manifiesta la rabia y el dolor de la gente, los procesos de resistencia están dispersos y aislados, las sensación de desolación frustra las posibilidades de organización, convirtiendo es misma rabia y dolor en miedo paralizante.

Razón fundamental para que con todo y que a finales del año 2017 la legitimidad del Estado y los partidos políticos se encontraba en su peor situación en las últimas décadas, puesto que la clase política gobernante era despreciada de manera casi unánime y que se expresaba un temor y una rabia general contra el ejército, la marina y la policía por sus participaciones en desapariciones, masacres, despojos y detenciones injustas, no fue posible construir una salida revolucionaria a la barbarie capitalista. Dicha imposibilidad fue aprovechada por los partidos políticos en la apertura de las campañas electores, el candidato socialdemócrata Andrés Manuel López Obrador, apareció como en el 2006 arriba en las encuestas, a una distancia muy grande de sus dos competidores, los derechistas Ricardo Anaya y José Antonio Meade, los cuales propusieron continuar con la misma política de terror, mientras que López Obrador desarrolló un discurso que llamaba a buscar la paz y el desarrollo en el país.

En el plano económico los tres principales candidatos representaban la continuidad del neoliberalismo, la misma búsqueda de ganancia y acumulación capitalista, sólo que Anaya y Meade hablaron explícitamente de continuar con la misma dinámica de violencia generalizada, de guerra civil no declarada; y López Obrador planteó que esa misma acumulación y ganancia se pueden concretar de una mejor manera si hay paz y cierta tranquilidad para la gente. Ese discurso, asociado a 12 años de desesperación para la gente, le permitió mantenerse muy arriba en las encuestas durante toda la campaña electoral y finalmente ganar las elecciones el 1º de julio de 2018.

El desprecio por las campañas electores de los diferentes partidos fue generalizado. El porcentaje de votación se mantuvo dentro del promedio para una elección presidencial, alrededor del 60% del electorado. En general se percibió desencanto, a pesar de que el candidato socialdemócrata López Obrador ganó por una distancia muy grande, obteniendo más del 50% de las preferencias; no se ha manifestado entre la gente de abajo esperanzas para que cambie la situación de forma profunda, aspiran a vivir con menos violencia, aspiran a que los asesinatos y las desapariciones disminuyan, que haya trabajo para que se pueda consumir, que haya tranquilidad para que se pueda producir.

Lo que se observa, con la victoria del López Obrador, es que se ha vuelto a legitimar el Estado. Además, al ser un personaje que tiene un discurso izquierdista en el plano social, estamos seguros que las formas de represión que se utilizaran por parte del gobierno que represente serán la cooptación y la guerra de baja intensidad. La clase media se ha vuelto su principal aliado y es su primer línea de defensa. Sin embargo, lo que olvida la clase media es que en un país como México, donde los fraudes electorales son la regla, el triunfo de López Obrador significa que las élites han dado su aprobación, significa que existe un acuerdo entre las dos partes y seguramente una  serie de compromisos que debe cumplir el nuevo gobierno que tomará posesión el 1º de diciembre de 2018.

Para quienes tratamos de posicionarnos de modo radical y revolucionario, el panorama es adverso de una manera diferente a como veníamos lidiando con los dos gobiernos anteriores, donde primera respuesta era la violencia para quienes estaban en defensa del territorio y de la vida. Esta vez nos enfrentamos a un consenso entre entre los medios de comunicación y la clase media en su apoyo al nuevo gobierno; los partidos políticos de todas las tendencias aceptaron su derrota fácilmente y se han alineado al que será el próximo presidente. Por ello la critica radical, antiestatista y anticapitalista, se volverá necesaria en un contexto donde se le va desdeñar aún más que antes.

Bajo el discurso de darle una oportunidad a un gobierno que por primera vez representa una postura socialdemócrata e izquierdista, se va a promover la pasividad. Y como en todos los gobiernos progresistas que ocurrieron en Sudamérica, cualquier crítica será tachada de reaccionaria y pro-imperialista. Eso deja un camino sinuoso para las opciones revolucionarias, que en la actualidad están dispersas, aisladas y débiles, mientras que los movimientos y pueblos que luchan y defienden el territorio se enfrentaran a mecanismos represivos basados en la cooptación y el asistencialismo, sin descartar, por supuesto, la violencia cuando los intereses del capital se vean amenazados.

No queda más que evitar que decaiga la crítica antiestatista y anticapitalista. Es necesario construir un proyecto real desde el cual se pueda articular una resistencia efectiva contra la dominación capitalista, que sea capaz de organizar la vida de una forma distinta. El Estado sigue siendo el mismo, sólo que ahora se ha vuelto más fuerte y tiene legitimidad otra vez, por lo que es un enemigo más peligroso, seguramente no dejará de recurrir a la violencia, las desapariciones y el despojo, sino que a esos mecanismos de opresión se le incorporan nuevos mecanismos de control. La jornadas electorales del 1º de julio y el desenlace que tuvo, confirma que el sistema capitalista está tratando de renovarse para seguir explotando y dominando. Las elecciones significaron una de tantas alternativas ilusorias que sólo llevan a la restauración de la misma dominación. A la persistencia de la guerra.

Para los pueblos indígenas y los oprimidos, para los desheredados y los desposeídos, no hay más alternativa que la resistencia. El mundo capitalista significa la destrucción de la vida, está contra quienes resisten, se rebelan y luchan. Por eso, nuestra única respuesta es la revolución social, entendida como acumulación de esfuerzos que apuesten por vivir en el ahora de la lucha bajo otros modos, desde otras relaciones sociales. Nuestro camino, en este sentido, se va a ir creando en tanto nos decidamos a ir enfrentando problemas cotidianos, enfrentándolos de modo colectivo y mediante el ejercicio de nuestra acción directa, sin representantes ni dirigentes. La auto-organización de los oprimidos para descolonizar la vida entera, la organización a través de la cual se logre desplegar la autogestión integral de nuestras existencias, significa la única opción de emancipación.

Huelga de taxistas, ¿por qué debemos apoyarla desde una práctica de clase trabajadora?

¿Qué tiene en común cualquier taxista con otro trabajador o trabajadora de cualquier otro sector laboral en la actualidad? Tienen en común unas condiciones sociales y laborales opresivas organizadas pormenorizadamente por el capitalismo global; y ese es el común denominador, el enemigo que padecemos. Me atrevo a destapar esta inmensa caja de pandora, conocedor de que no es el único análisis posible, ni seguramente sea el mejor, pero es probable que lo encontréis más interesante que las informaciones difundidas desde los medios de comunicación convencionales. Comencemos entonces por el principio…

Muy lejano queda el origen del taxi como profesión en el siglo XVI, con los primeros conductores dedicados al transporte en carruaje a cambio de una pequeña cantidad de dinero. Sin embargo, no será hasta las primeras décadas del siglo XX que se profesionaliza esta actividad laboral, regularizada bajo las normativas estatales. Por ejemplo en la ciudad de Madrid, en 1918 el reglamento de vehículos daba un plazo de un año para instalar taxímetros en todos los vehículos de alquiler. Las licencias de taxi eran entonces de 200, con la tarifa de una peseta por bajada de bandera y cuatro pesetas por la hora de parada; en los años 1950 el número de licencias otorgadas llegaba a las 6 mil, y ya en la actualidad y desde hace bastantes años el Ayuntamiento municipal de Madrid fijó esta cifra en 16 mil licencias de taxi, siendo 10 mil en Barcelona, unas 3 mil en Valencia y 2 mil en Sevilla. Un total de 65 mil licencias de taxi en el Estado español aproximadamente.

El sector laboral del taxi es, por lo tanto, un grupo profesional regularizado  tempranamente desde el Estado a través de normativas fundamentalmente municipales en las principales ciudades españolas, a su vez enmarcadas en unas normativas jurídicas superiores marcadas por unos intereses de clase evidentemente. Si bien una de las principales críticas al sector del taxi es el negocio en sí mismo que ha supuesto esta histórica regularización normativa en torno a las licencias, que los últimos años han generado la aparición de lobbies empresariales y trabajadores y trabajadoras precarias, las nuevas necesidades del capitalismo global dejan indefensas a miles de familias trabajadoras. Ya sean estos/as autónomos/as, la reproducción de la peor pesadilla del capitalismo para un trabajador/a, es decir, convertirte en tu propio jefe/a explotador/a, o ya sean estos/as asalariados/as; su condición de clase obrera, es decir, su no condición de clase dominante, deja bien claro a quién afecta sobre la realidad estos cambios en el sector del taxi. El sueño ansiado del capitalismo global: crear una falsa sensación de fin del trabajo asalariado tal y como lo conocemos, la instalación en nuestras cabezas de una dinámica social defensora acérrima de la tecnología y la gran mentira del progreso que suponen las aplicaciones telefónicas unidas a una exigencia individualizada de  servicios. Todo se reproduce a través de una tendencia de consumo a la carta de servicios, y la exigencia de unas peticiones individualizadas potenciadas por el capitalismo.

Otra de las características críticas sobre el sector el taxi es aquella realidad sociológica de que mayoritariamente es un sector laboral con escasa conciencia de clase, cuya actividad laboral se desarrolla en un idílico romance con expresiones de derechas (lectores de El Mundo y el ABC, oidores de la COPE, bandera patria y llaverito franquista…). Si bien es cierto que los clichés se conforman sobre una realidad palpable y generalizada, estos parecen quedarse inmutables con el paso del tiempo, y eso es una mala idea pensar que las comunidades sociales y laborales no tienen una evolución. ¿Por qué sectores como mineros o estibarores tienen una histórica vinculación a luchas cargadas de conciencia de clase, y por qué sectores como el del taxi están vinculados a una lucha gremial donde la derecha tiene una gran fuerza? Si en realidad los/as taxistas y sus familias, como ya hemos dicho, pertenecen a fin de cuentas a la clase trabajadora, independientemente de que la regularización histórica de su sector haya convertido a algunos/as de ellos/as en una pequeña aristrocracia obrera con tendencias conservadoras. Si apoyamos en el 2012 a los/as mineros/as en su lucha laboral, a pesar de no estar de acuerdo con un modelo energético basado en el carbón, por qué no deberíamos apoyar en el 2018 a los/as taxistas, aunque no estemos de acuerdo con su modelo de servicio completamente, o aunque no seamos usuarios/as.

Quizá en vez de exigir a los/as taxistas portar banderas republicanas en lugar de monárquicas en sus manifestaciones, o esperar a que nos agiten y llamen con un discurso revolucionario y de izquierdas, tal vez deberíamos solidarizarnos plenamente con sus reivindicaciones, que aunque no incluyan puntos desde una conciencia de clase de manual y panfletaria izquierdista, las condiciones materiales que reclaman y su malestar con el capitalismo global, es algo que nos une a ellos/as. Si no lo hacemos ahora, grupos burócratas y parlamentarios cooptarán esa lucha en beneficio de un marketing político, o colectivos de extrema-derecha como Hogar Social Madrid tratarán de sacar rédito a río revuelto.

La enorme mentira de la nueva economía colavorativa es una realidad cuyas consecuencias ya estamos padeciendo actualmente. En el Estado español han proliferado enormemente las empresas cuyo rasgo característico que dicen definirlas es la innovación tecnológica. En realidad solo han conseguido la precaridad de todo el mundo, ya sean productores/as o consumidores/as, e imponiendo unas reglas de mercado ajenas a una vida digna. En absoluto quiere decir que las reglas de la anterior fase del capitalismo fueran beneficiosas para el trabajador/a, sino que su vida cotidiana se ha visto empeorada por la sacrosanta tecnología. Esto ha enviado sin ningún tipo de argumento crítico serio a las tesis ideológicas que advierten de este peligro a una trinchera etiquetada maliciosamente de carca o tecnofóbica. Estaríamos hablando de una gran estafa: la cultura de la tecnología; las bondades y ventajas que supondría la economía colaborativa, que de colaboración no tiene nada en la práctica capitalista, puesto que es una simple reorganización de la explotación laboral hacia relaciones invisibilizadas, pero no por ello inexistentes.

Nos la han colado pero que muy bien, porque bajo ese enorme paraguas del discurso colaborativo, algunas empresas tecnológicas se están forrando a manos llenas. No se trata solo de una cuestión de empresas extranjeras que sacan rendimiento en otros países, la cuestión nacional no es un análisis que nos conduzca a esclarecer una situación de precariedad global, puesto que enemigas son todas esas empresas vengan de donde vengan, porque todas salen del mismo origen: las cloacas de miseria del capitalismo. Ni qué decir tiene, para quien no lo sepa, que detrás de Cabify, su fundador es un español afincado en EE.UU., otro ejemplo de que el capitalismo no tiene más bandera que la de el dinero. Esa clase de economía no tiene nada de colaborativa, pero en un mundo donde las etiquetas valen más que el contenido real del concepto, nuevamente nos han tomado por el pito de un sereno y nos han convertido en hooligans de sus intereses de clase, no de los nuestros. Es probable que nos encontremos en un punto de no retorno demasiado avanzado, pero no por eso hay que tirar la toalla y que la precariedad se desarrolle como le venga en gana sin oponer resistencia. El centro de toda esta tendencia social se encuentra en la cultura individualista, que más allá de parecer algo abstracto se materializa en crear hordas de consumidores/as que se creen con la legitimidad de exigir necesidades individualizadas a otros/as trabajadores/as con necesidades sociales y económicas reales, y se ven abocados/as a sobrevivir a cualquier precio en esta jungla. Nos habían dicho que el conflicto de clases había llegado a su fin, nos han dicho que eso es algo obsoleto del siglo pasado, nada más lejos de la realidad, el conflicto de clases es cada vez más sangrante, pero está desvirtuado por las cuestiones que el capitalismo ha querido poner encima de la mesa para distraer nuestra atención.

Estas empresas como Uber o Cabify han querido meter las narices en un sector bastante burocratizado y regularizado, ¿quiere esto decir que hay que defender de manera inamovible el estado actual de las cosas antes de la irrupción de estas empresas? Claramente no, pero tampoco quiere decir que no tengamos que tomar partido por un sector de trabajadores/as, que más allá de querer mantener unos privilegios, como se les acusa como si fueran empresarios del Ibex35, en realidad lo que mantienen son pequeñas economías familiares de manera más o menos desahogada según los casos. A día de hoy la huelga del taxi reivindica que se otorgue una licencia VTC (Uber o Cabify) por cada treinta licencias de taxi, cuando actualmente la ratio ha llegado a una licencia VTC por cada siete taxis aproximadamente. La proporción es de nueve mil licencias VTC y 65 mil licencias de taxi en el Estado español. Una cuestión en disputa entre competencias estatales, autonómicas y municipales que responden a intereses partidistas distintos enmarcados en la precariedad capitalista. Esto ha precipitado los acontecimientos que desde mediados de la semana han llevado a la convocatoria de huelga indefinida del sector del taxi en todas las provincias españolas.

El enemigo nuevamente es de clase, algunas voces entre taxistas ya están empezando a afirmar que su enemigo no es el trabajador de Uber y Cabify, otro precario más a sumar en esa gran lista social, sino que su enemigo es la tendencia capitalista a hundir a un sector del transporte en la miseria. No se trata de compartir el pastel o de abrir ningún monopolio, esos argumentos son lanzados por los sectores comunicativos detrás de esas empresas tecnológicas. Realmente los/as taxistas no son dueños/as de ningún pastel, sino un ejemplo de trabajadores/as a quienes el capitalismo ha llevado a más contradicciones de las asumibles sanamente por cualquier colectivo laboral. Otros argumentos lanzados por los/as defensores/as de estos modelos supuestamente colaborativos son: el aplauso ilimitado del emprendimiento empresarial o la actualización legislativa como exclusiva manera de una nueva regularización; recetas que ya vemos que no funcionan sino que precarizan aún más las relaciones laborales, como en los casos de Deliveroo o Glovo. Nadie recuerda ya que en la historia reciente el sector del taxi ha demostrado ser un colectivo formado por trabajadores/as que saben visualizar perfectamente el humanismo por encima de cualquier interés económico privado, siendo los primeros, por ejemplo, en transportar a personas desinteresadamente en atentados como el de Madrid (2004) o el de Barcelona (2017).

La huelga sectorial del taxi, además, tiene elementos muy interesantes respecto de otras huelgas: no ha sido oficialmente comunicada a través de los órganos estatales dispuestos para ello, ha sido organizada espontáneamente por asambleas de taxistas coordinadas en diferentes provincias del Estado español, tiene un gran potencial de contenido social. Es decir, esta huelga no ha caminado por los cauces habituales que otras convocatorias en otros sectores laborales, y es preciso que se convierta en una huelga social, porque el sector transportes tiene grandes posibilidades de paralizar la economía de las grandes empresas que se lucran con nuestro trabajo diario, seamos del sector laboral que seamos. Por solidaridad y apoyo mutuo, debemos apoyar la huelga de taxistas desde una perspectiva de clase, sino otros grupos sociales lo harán por nosotros/as, y quizá alejarán su potencial de un discurso de clase, para reducirlo a una cuestión nacionalista, xenófoba, tecnófoba o quién sabe qué otra etiqueta contraria a los intereses del pueblo trabajador.

Para terminar, quizá algunos otros medios de comunicación alternativos, que se definan o no como libertarios, próximamente escribirán otros interesantes artículos que aporten a un debate donde es muy difícil encontrar argumentos razonables y de investigación. Desde Regeneración, particulamente queríamos abrir la lata, y potenciar que se hable de esta huelga en las organizaciones de clase y los movimientos sociales que aspiramos a transformar radicalmente la sociedad.

Ser revolucionario de izquierdas y no apoyar la huelga de taxistas es una contradicción en sí misma.

1º de Mayo: Lucha, justicia social y apoyo mutuo en nuestro camino

Se acerca el 1 de mayo, y como cada año, miles de trabajadores y trabajadoras nos echaremos a las calles en todas las partes del mundo, en un día de lucha y reivindicación que debe a un pasado histórico de infatigable esfuerzo por otras generaciones. En el Estado español, siguiendo la estela marcada por la impresionante Huelga de Mujeres del pasado 8 de marzo, este Primero de Mayo debería continuar construyéndose como una fecha donde practicar el apoyo mutuo solidario, la lucha por la justicia social y la ruptura con el capitalismo y el patriarcado, uniendo verdaderamente los conflictos interseccionales que afectan a todos los colectivos explotados en nuestra sociedad.

De esta manera queremos compartiros tres textos en del anarcosindicalismo español, los comunicados de CGT, CNT y Solidaridad Obrera ante esta histórica fecha obrera, que nos animan a continuar en la estrategia que apuntamos nuestro equipo de Regeneración, desde donde también animamos a tomar las calles este próximo Primero de Mayo.

1º de Mayo: Uniendo luchas. Caminando hacia la Huelga General

Este 1 de Mayo, la clase trabajadora, la que representa a la mayoría de la población, las personas que estamos sufriendo la violencia de esta estafa social de gigantes proporciones, volvemos a salir a la calle para manifestar nuestra indignación, nuestra protesta colectiva y, también, nuestra determinación y voluntad de dar un vuelco al modelo de sociedad en que los poderes financieros y los diversos gobiernos nos tienen atrapados y atrapadas

Han universalizado la miseria, la esclavitud, la falta de libertades, la falta de perspectivas para el futuro de varias generaciones de jóvenes, de migrantes, de mujeres, de ancianos, de personas sin empleo ni prestaciones, de personas trabajadoras semiesclavas… Nos lo han quitado todo: los empleos con derechos, los servicios públicos, la sanidad, la enseñanza, los transportes públicos, las comunicaciones, las energías (el agua y la electricidad), las viviendas, el acceso a la universidad, a la cultura, a la justicia burguesa, los cuidados a las personas dependientes (ancianas, enfermas y niños). Nos han quitado el derecho a decidir y a protestar, a manifestarnos, a expresarnos individual y colectivamente. Nos han arrebatado el derecho a ser personas libres que puedan vivir con dignidad.

La corrupción más descarnada campa a sus anchas y se ha extendido a todas las instituciones, políticas, empresariales, judiciales, policiales y es muy penoso que alcance también a los sindicatos del régimen (ERE de Andalucía, tarjetas opacas de Bankia, sobresueldos a cargos sindicales, etc).

Por si esto fuera poco, intentan poner una mordaza a la sociedad para que no proteste, para que se conforme, imponiendo el terror y el miedo a base de represión policial, de represión económica, de encarcelar a personas inocentes simplemente por participar en las protestas pacíficas. Están atándonos de pies y manos como en los tiempos más duros del franquismo, sin escrúpulos y sin planteamiento moral alguno.

No lo podemos consentir. Debemos seguir manteniendo la movilización en la calle, con procesos electorales y sin ellos, unificando luchas, practicando la solidaridad y el apoyo mutuo, demostrando que no tenemos miedo, que nos sobra dignidad para luchar como clase, que no vamos a dejar que nos roben el futuro, tampoco el de nuestros hijos e hijas.

Tenemos que obligarles a derogar todas las leyes liberticidas que nos han impuesto, las Reformas Laborales, las leyes Mordaza, acabar con la negociación del TTIP, negarnos a que se pague la DEUDA con el dinero público porque es ilegítima e injusta, recuperar los servicios públicos robados, terminar con la crueldad de los desahucios, conseguir la RENTA BÁSICA para todas y todos, repartir la riqueza y el trabajo en definitiva. Es la obligación que nos toca a nuestra generación, por nosotros y nosotras y porque lo contrario sería un DESASTRE para las generaciones venideras.

LA LUCHA ES EL ÚNICO CAMINO

1º DE MAYO. ¡VIVA LA CLASE OBRERA!

 

Primero de Mayo. Avanzamos por la Justicia Social y Laboral

Vivimos en una democracia cada vez menos democrática. El poder ejecutivo legisla a razón de decretazos, el poder judicial impone más pena al cantante que se expresa que al político que roba, las fuerzas represoras golpean con fuerza ante cualquier intento de rebatir su concepto de nación, la corrupción está ya implantada y los brazos de la censura cada vez tienen las garras más largas. A la vez, los grandes medios de comunicación aprovechan el desarrollo tecnológico para pintarnos un mundo en ebullición, en continuo y rápido cambio, nos recuerdan que debemos tener el último modelo de teléfono móvil para no quedarnos aislados en esta sociedad.

Pero la realidad de la calle es bien distinta. Cada día es más palpable la paradoja de “todo debe cambiar para que nada cambie”. Porque los ricos cada vez son más ricos y los pobres cada vez más pobres. Los poderosos cada vez tienen más aferrado su poder y, como se demuestra en cada una de sus crisis, no están dispuestos a ceder un ápice de sus privilegios. Esa es su intención y eso nunca cambiará. La Historia nos enseña que los avances en la calidad de vida de la ciudadanía se han conseguido reivindicando, exigiendo los derechos que nos corresponden. Eso es lo que CNT lleva haciendo más de cien años y continuará haciéndolo, avanzando por la Justicia Social.

Por otro lado, en el sindicato sabemos que también existe otra realidad de la que se habla menos de lo que se debería: la del mundo laboral. La de las personas en paro –tres millones setecientos mil–, las contratadas temporalmente –una de cada cuatro–, las cedidas por ETTs –medio millón–, las deslocalizadas, las que trabajan en precario, las –cada vez más– víctimas de accidentes laborales,… Y, para acabar, el futuro de las pensiones cada vez menos seguro.

Y lo sabemos porque CNT está en los tajos, en la calle, en las casas de las personas que tenemos que agudizar el ingenio para llegar a fin de mes. Esa es la razón por la que seguimos y seguiremos siempre fieles a nuestras ideas. Seguimos haciendo anarcosindicalismo y seguimos demostrando que es un medio real y eficaz para conseguir la dignidad que merecemos en nuestro trabajo. Seguimos avanzando por la Justicia Laboral.

Especialmente sangrante es la situación en la que nos encontramos las mujeres en este mundo autoritario, tanto en lo social como en lo laboral. Crecemos soportando unas enseñanzas estereotipadas en las que debemos asumir unos roles establecidos según nuestro género, suponiendo que somos el sexo débil. Muchas mujeres debemos renunciar al mundo laboral para encargarnos del hogar y los cuidados, simplemente porque la tradición lo ha establecido así, existiendo todavía un gran desequilibrio a la hora de asumir esas tareas. Pero hoy día la gran mayoría estamos además obligadas a trabajar para poder sostener a la familia, en un mundo laboral que continúa siendo machista, en el que nuestro sueldo es menor, sufrimos acoso, mayor temporalidad y más paro. Ante todos estos atropellos a la igualdad, desde CNT queremos ser nosotras, las obreras, las que alcemos la voz; todas y todos juntos ejerciendo la solidaridad entre las personas.

Por todo eso, CNT mantiene y mantendrá su lucha para la consecución de un mundo más justo, con nuestras ideas cada día más vigentes y cada día con más fuerza. Por eso, os invitamos a salir a la calle este Primero de Mayo a reivindicar que otro mundo es necesario y es posible. Y no sólo este día, sino los 365 días del año, demostrando que las personas, unidas, avanzamos por la Justicia Social y Laboral.

 

El 1º de Mayo recordamos por qué luchamos.

Los trabajadores hemos sido los grandes perdedores de la crisis. Junto a la rebaja de los salarios de los que mantenían el empleo, hemos visto la pérdida de condiciones laborales básicas. La jornada laboral, para muchos trabajadores, es hoy interminable, y además absolutamente flexible, impidiendo toda posibilidad de una vida racional. La seguridad e higiene en los centros de trabajo no se respeta, colocando a los trabajadores en situaciones de peligro y ante la feroz amenaza de la enfermedad y el sufrimiento físico y psíquico. Los contratos laborales han sido dinamitados y nos enfrentamos al chantaje continuo favorecido por el despido, cada vez más fácil para el empresario, la no renovación de los contratos temporales, o la imposición de formas de trabajar ajenas al Derecho del Trabajo con las que se pretende rebajar los derechos de los empleados diciendo que en realidad no lo son (como los falsos autónomos, el trabajo-formación de los estudiantes o el trabajo sumergido de migrantes y cada vez más, también jóvenes autóctonos) También hemos visto la expansión de las subcontratas, empresas de servicios, plataformas colaborativas, ETTs, agencias privadas de colocación… La extorsión más brutal sobre los trabajadores para hacerles trabajar cada vez en peores condiciones.

Además, los servicios públicos municipales y los servicios sociales, así como la educación o la sanidad, están en proceso de privatización. El Estado controlado por los capitalistas deja que se degraden para poder venderlos en condiciones ventajosas a los fondos internacionales y a los amigos de los políticos de turno. La clase trabajadora se ve desposeída, así, de todo lo que se construye con sus impuestos, de las formas de salario indirecto que le permitían vivir una vida con un mínimo de dignidad.

El escenario es brutal y cada vez más caótico. ¿Quiere eso decir que debemos resignarnos y buscar salvadores entre los políticos que nos han llevado a este desastre o entre los que quieren sucederles con sus mismas ideas y financiados por los mismos grandes oligarcas?

En Solidaridad Obrera pensamos que hay otra salida, más allá del enfrentamiento entre pobres o del deseo de una fuerte autoridad que nos entregue atados de pies y manos a las grandes empresas. Más allá de la tristeza de un mundo que se hunde en la devastación capitalista.

Es la alternativa de la lucha, de la solidaridad, de la autoorganización obrera, de la construcción de fuertes organizaciones que sean capaces de imponer las necesidades obreras a quienes usan el poder contra la mayoría social. Es la alternativa de quienes se organizan para defenderse de todos esos ladrones que nos roban la vida, el producto de nuestro trabajo y nuestras más altas esperanzas.

En Solidaridad Obrera no recibimos financiación del Estado ni de ningún partido o empresa capitalista, no somos un espacio para vividores vendidos ni para burócratas. Estamos aquí para luchar. Para levantar la gran alternativa que, hoy mejor que mañana, alumbre un nuevo horizonte para nuestra clase.

Juntos. Desde la solidaridad mutua, desde el antidogmatismo y la pluralidad, desde la independencia y la autonomía, desde nuestras propias fuerzas.

JUNTOS NOS CUIDAMOS

ÚNETE A LA RESISTENCIA OBRERA.
ÚNETE A SOLIDARIDAD OBRERA.

Análisis de la plurivisión del sistema universitario, desde una perspectiva antropológica

Los motivos que han llevado a la realización de este artículo de opinión, han sido basados en la observación de un contexto universitario, del cual participo como estudiante, pero que parece ser transversal a las diferentes universidades madrileñas. Esta observación viene dada a través de encuentros y conversaciones informales, con universitarias de otras ramas formativas y otras Universidades. Con el tiempo y la repetición de este tipo de encuentros y conversaciones, pude percibir un patrón que se reproducía sistemáticamente en las diferentes experiencias de los estudiantes. Por ello, este artículo es presentado, no tanto como crítica a un sistema cuyo mal funcionamiento es estructural, sino como llamada de atención sobre una realidad que puede ser transformada, si se aprovecha la oportunidad de entablar relaciones de diálogo y performatividad entre los diferentes estratos universitarios, principalmente entre alumnos y profesores.

Cuando hablamos de la plurivisión del sistema universitario, nos referimos a las diferentes formas en que éste es percibido, centrándonos específicamente en las diferencias generacionales y sociales.

Desde siempre, la Universidad como entidad, ha sido reconocida colectivamente como un espacio de formación intelectual y reconocimiento social. Cuando los hijos de los obreros empezaron a poder acceder a ella, se agudizó aún más esta perspectiva, diferenciándose como obreros de primera categoría. No obstante, también sirvió para que la Universidad se llenara de contenido social y político, que abogaba por una sociedad más justa.

La generación de nuestros padres y profesoras, creció bajo esta perspectiva, donde poco a poco la universidad iba adquiriendo un matiz ideológico de base marxista y revolucionaria. Una universidad, donde las diferencias de clase seguían siendo evidentes, pero se luchaba por erradicarlas y por dotar de herramientas a un pueblo que salía de una dictadura de más de 40 años. Los obreros dejaban de quedar relegados a mano de obra y trabajos de poca categoría y empezaban a ascender socialmente. Esta realidad, fue adquiriendo peso en la ideología de superación obrera, haciendo que aquellas que habían accedido a estudios superiores y, especialmente, aquellas que no habían conseguido cursarlos, pretendieran garantizar un futuro económico y educativo superior a las generaciones futuras.

En consecuencia, se crea un imaginario colectivo que idealiza la universidad como germen de las luchas sociales, como el último escalón hacia una vida de éxito social y económico, como la garantía ante todas las dificultades venideras. Cuántos de nosotros no habremos crecido con el eslogan de “debes ir a la universidad para ser alguien en la vida”, como si los millones de personas que no han podido o querido, estudiar en la universidad se anularan a sí mismas por el mero hecho de seguir siendo obreras. Como si un hijo con titulación universitaria, valiera más simbólicamente que sus padres, y el esfuerzo de los mismos por garantizar sus privilegios. Cuántas estudiantes no se han visto arrastradas a la universidad sin tener claro en verdad, qué es lo que querían conseguir en sus vidas, sólo porque es “lo que se espera de ellas”.

Pero nos encontramos aquí, cursando estudios universitarios. La generación mejor formada de nuestra historia. La que menos claro tiene su futuro, la que menos se moviliza, la que más pasividad acumula y más murmulla en los pasillos su descontento formativo, sin saber focalizarlo. ¿Dónde ha quedado la promesa de un futuro profesional estable? ¿Por qué nuestro título nos hace “más alguien en la vida” trabajando tras el cajero automático de un centro comercial, que al resto de compañeros no titulados? ¿Dónde ha quedado el germen de las luchas obreras en una universidad donde, si trabajas a la vez que estudias, te penalizan por no asistir a clase?

No pretendo sonar derrotista, sino evidenciar las realidades que cruzan los pasillos de cualquier facultad universitaria. Las dudas que nos planteamos las jóvenes estudiantes, que no tenemos definido el futuro y que nos siguen vendiendo el cuento del tradicional capitalismo, cuando la nueva realidad supera y destruye cualquiera de esas percepciones neoliberales. Evidenciar la declive situación en que sentimos que se encuentran nuestras universidades y la monótona resignación, con la que cada día acudimos a un aula donde copiamos pasivamente las mismas diapositivas que el docente de turno nos quiere leer; donde el lugar a la crítica y el libre pensamiento se acallan con “es que eso no es así y punto”, o profesores que te animan a que des tu opinión, especialmente si es contraria a la suya, para humillarte en público y de manera nada pedagógica.

Por supuesto, estos casos no son la totalidad, también hay profesoras que en su idealismo, intentan venderte una imagen que se desarma en su propia bondad, profesores que te contagian su pasión o aquellas que, a sabiendas de que este proceso es puro trámite, intentan facilitártelo con nuevas ideas y propuestas. Algunos, aunque pocos son los casos, apoyan ideológica y posicionalmente algunas de las propuestas alternativas, fomentadas desde el germen universitario. Algunas intentan romper y deconstruir el elitismo intrínseco a la formación universitaria, e incluso los hay que aún se resisten a implementar en sus metodologías docentes, las abusivas restricciones de los nuevos planes de estudios, facilitando la comunicación, el trabajo y el aprendizaje colectivo.

No creo que esta situación, se deba sólo a un problema generacional o de elitismo académico, sino a un problema de pérdida de contacto con la realidad. Muchos profesores dicen entender la situación de los estudiantes menos privilegiados, si bien nunca tuvieron la misma situación o quizás ya la han olvidado y guardan un recuerdo difuminado y romántico al respecto. La sensación que queda en el estudiantado es la de no tener acceso real a sus profesores, la de no aprender, la de perder la ilusión por aquello que, bajo una imaginario hegemónico y heredado, habían idealizado.

No es sólo un problema en la relación entre docentes y alumnas, cuya comunicación no rompe las jerarquías formativas y queda restringida a un aula; sino algo que va más allá, que afecta a la estructura global del sistema educativo, que permite jóvenes cada vez más preparadas según dicen, pero peor formadas según parece. Un problema que, si bien no es fácil de resolver, es necesario, y pasa por una renovación absoluta y desde la base, del sistema educativo, social y legal.

Nuria E.

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