Anarquismo y marxismo, la asignatura pendiente

Parece que fue ayer cuando en una agitada I Internacional las diferencias entre Bakunin y Marx, radicadas básicamente en una interpretación del modelo a seguir por la clase obrera, que abrirían un cisma insalvable que permanece hasta nuestros días. Un cisma que nunca benefició a la clase obrera, sino que más bien la dividió. Creó un barranco en la lucha obrera, que ha sido un hándicap en la mayoría de luchas obreras, dinamitándose entre ellas, como por parte de los marxistas, como por parte de las libertarias.

Está claro. Este cisma es difícilmente salvable. Les anarquistas, siempre con sus aspiraciones contra el Estado, han sido siempre reprimidos, sea del color que sea el Estado, sea negro fascista, azul democristiano, rojo socialdemócrata o granate marxista. Las anarquistas, que ciertamente antaño han gozado de mayor aceptación entre la clase obrera que un marxismo que a menudo se antojaba intelectualista y bastante alejado de las masas y los centros de trabajo, no han tenido ni paz ni descanso hasta bien entrada la democracia burguesa y los modernos Estados de democracia burguesa, donde pueden gozar de la falsa libertad que ofrece el capitalismo, sin que se salven de los complots que éste organiza contra la disidencia, aunque ahora en un movimiento menguado, casi marginal y desorganizado, debido, entre otras cosas, a la decepción de la URSS y sus Estados satélites, que lejos de cumplir la utopía de hacer desaparecer el Estado, se recrearon en él, y en una especie de despotismo ilustrado, una cúpula del Partido gobernaba en nombre del pueblo, con resultados más o menos satisfactorios, y una progresiva invasión del socioliberalismo y la socialdemocracia alternativa que, en muchos casos, es heredera del marxismo pero que reniega de él.

Los Estados marxistas, como dije en el párrafo anterior, se gobernaban bajo una especie de despotismo ilustrado. Una cúpula del Partido que concentraba todo el poder gubernamental, unos consejos de trabajadores sin poder ni consultivo, verticales e inútiles para una correcta organización de la clase obrera. Un Estado que, lejos de tener un objetivo transitorio hacia una sociedad mejor, se recreaba en la mejora de la clase de vida de la clase obrera. Sí, puede que sea un Estado socialista. Pero completamente contrario a un Estado obrero y científico. Por si no fuera poco, los traidores de la clase obrera fueron escalando pisos en el Partido, y la clase obrera, inútil y fagocitada su voz en las instituciones, no pudo hacer absolutamente nada. La Perestroika llamaba a la puerta, y de repente, se encontraron con un hecho innegable: lo que aspiraba a ser una dictadura del proletariado, derivó en un Estado socialista represivo, en el que la voz de la clase obrera era más inútil que quizá la que podría haber tenido en una democracia parlamentarista. Se confundió, la dictadura del Proletariado, por la dictadura del partido en el que se suponía que debería de haber estado el proletariado, y no sólo eso, sino que, sin haber podido hacer absolutamente nada, la democracia burguesa estaba llamando a la puerta, entrando a través de un camión de CocaCola por Berlín Occidental. Seguir mirando atrás, y ver esos Estados como verdaderos logros de una revolución obrera, es, con todos mis respetos, el más vacuo y contrarrevolucionario de los análisis y opiniones, y la más folclórica de las actitudes.

Pero eso pasó hace ya 24 años. Y la verdad es, que en la penosa situación en la que nos encontramos la clase obrera hoy en día, las heridas de un pasado pseudomarxista marchito que minó las aspiraciones de la clase obrera siguen haciendo daño. Unas personas, marxistas convencidas que las anarquistas tenían la única y mera voluntad de dinamitar todo el movimiento que se había generado. Unas utópicas, idealistas personas que quieren frenar el imparable movimiento revolucionario que en ese momento gozaba de una imagen de desarrollo trepidante. Después, las anarquistas, convencidas de que una alianza con sus represoras, de que tender la mano a quién se la cortaba hace años, es un movimiento cuanto menos indeseable. Y razón no les falta.

Yo me defino como marxista-leninista. Sí, lo reconozco: soy marxista-leninista. Pero como tal me siento (y soy) responsable del cisma que ocurre en la actualidad. Pertenezco a un movimiento folclorista, empecinado en no aprender los errores que cometimos. Empecinados en seguir hablando de la URSS como un modelo, de ver a Stalin como un gran dirigente obrero, de seguir pensando que es más importante recitar el evangelio según san Lenin que de hacer verdadero materialismo dialéctico, que es más útil leerte cien páginas de análisis obsoletos del siglo anterior que conocer de primera mano las necesidades y las cuestiones de a pie de la clase obrera de hoy en día, que es más urgente reconstituir el Partido que actuar y concienciar, de seguir pensando que el lenguaje retórico de Lenin es más obrero que las quejas de un encargado de mantenimiento de una subcontrata. ¿Cómo pretendemos que la clase obrera se una en una lucha contra el capitalismo y sus condiciones sociales, si no aprendemos? Es normal, pues, que se reciba este rechazo de la bancada anarquista. Si yo lo fuera, y viera que esa gente, con una línea ideológica bastante indeseable, y que encima te descalifica sólo por no compartir un análisis para contigo, tampoco estaría por la labor de involucrarme en un, contiguo movimiento común.

Y me despido con un ruego. Por una parte, a mi grupo: dejemos de lado el folclore. Dejemos la teoría obsoleta. Salgamos a la calle, conozcamos a las masas. No las tratemos como ganado a las que hay que atraer al Partido. El objetivo no es aglutinar gente en una agrupación, el objetivo es concienciar. Que la gente se despierte. Dejemos también de tratar al resto de gente como dógmatas idealistas. Es contrarrevolucionario descalificar a la amiga, a la camarada, a tu compañera. A las anarquistas: sé que tenemos diferencias. Sé que, en los medios, en la base, nuestro mensaje a veces es complejo de unificar, de conciliar, o de compartir. Pero unámonos. La clase obrera combativa, tanto como la que tiene como objetivo arreglar lo más esencial e inmediato, como la que tiene por objetivo la emancipación obrera y la eliminación de las contradicciones de la sociedad opresiva en la que vivimos, debe estar unida. Siempre unida. Los dos grupos juntos, por una vez desde 1890, estoy seguro de que, tarde o temprano, podremos conseguir grandes cosas, dejar de, como dice mi compa Lus últimamente, ponernos palos en las ruedas.

Cito también a un amigo mío como despedida: Ya basta de hablar de lavanderías: hablemos del precio de las lavadoras.

Enrospv

Socialismo científico ¿Desde abajo?

Por Rafael Cid

Poco a poco los grupos y movimientos sociales que desde el principio de la crisis se han posicionado como alternativa al sistema frente a la rutinaria alternancia de los partidos políticos y sindicatos institucionales, que solo aspiran a comprometer a la ciudadanía en un proyecto que implica cambiar algo para que todo siga igual, van diseñando su modus operandifortalezas y debilidades. De lo que ya sabemos sobre las últimas jornadas “Alternativas desde Abajo” (AdA), celebradas recientemente en Madrid, parece tomar cuerpo un modelo político de “toma del municipio” por los valores de democracia de proximidad, acción directa y de corresponsabilidad de base que la impronta municipal conlleva. Una decisión que, a la par que consecuente con la idea de un nuevo proceso constituyente, despunta cuando desde el Poder se emprende una drástica contrarreforma del actual “régimen local” para podarle de sus potencialidades autogestionarias (por cierto que el documento elaborado por los diferentes grupos de trabajo de AdA no cita esta amenaza).

Y dado el espíritu abierto de dicho documento, su pluralismo y el carácter inclusivo que con acierto le convoca, me tomo la libertad de concurrir con unas líneas sobre su contenido con el exclusivo propósito de contribuir si cabe a elaborar una masa crítica que permita extender y divulgar sus propuestas más allá del estricto ámbito de las personas y colectivos que tan meritoriamente han contribuido a su redacción. Vaya por delante, pues, el agradecimiento por su abnegada y solidaria contribución a ese mundo mejor que muchos llevan ya en sus corazones.

Desde ese único punto de vista, y dejando claro como primera instancia la bienvenida a la convocatoria Alternativas desde Abajo, creo que lo más práctico será insinuar siquiera los vicios, carencias, errores o simples equívocos que, a mi modesto entender, aparecen en esa primaria declaración de intenciones de los cinco grupos de reflexión madrileños de AdA. Algunos son de carácter meramente formal, como equiparar los términos “neoliberal” y “liberal”, conceptos no concordantes, por más que haya una intencionalidad de fondo entre ambas propuestas epistemológicas para dotar de la pátina de “positividad” que conlleva el viejo referente “liberal” a lo que sólo es retitulación del capitalismo global (el “neoliberalismo”)

Otros temas parecen haberse caído del elenco de conclusiones, aunque del contexto se infiere que están presente en el ideario profundo que maneja. Me refiero, por ejemplo, al olvido del sindicalismo de base, el ecologismo, la desmercantilización social, el antipatriarcalismo, el pacifismo, el laicismo y el antimilitarismo. Especialmente este último tiene connotaciones de largo alcance dado que desde el final de la Segunda Guerra Mundial España es clave en el esquema defensivo que orbita alrededor de Estados Unidos y la Alianza Atlántica, esta último escudo armado del neoliberalismo occidental. Por cierto, un compromiso que los diferentes gobiernos habidos desde la aprobación de la Constitución en 1978, a diestra y siniestra. han potenciado hasta el punto de ser el partido socialista quien aportara uno de sus dirigentes a la OTAN como secretario general, y recientemente autorizara sin consulta popular la instalación en nuestro suelo de la sede operativa en el Mediterráneo del “escudo antimisiles” norteamericano.

Sin embargo, existe un aspecto que puede tener en el futuro un desarrollo desestabilizador por la contradicción que el mismo supone respecto a la idea-fuerza de promover “alternativas desde abajo” que dinamicen todo el proceso rupturista hacia una sociedad políticamente autosuficiente. E incluso interferir en la justa asignación de los recursos económicos y sociales al servicio de las necesidades reales, con priorización de objetivos y salvaguarda de los valores humanos y democráticos propios de una comunidad federada en la autonomía de sus miembros, la solidaridad, la libertad y la equidad. Me refiero a esa apelación que emite el Grupo 1, en su apartado Fines, capítulo Herramientas Políticas, para “construir una alternativa política anticapitalista que recoja las enseñanzas históricas del socialismo científico y el feminismo”. Soslayo la disfunción que entraña emparentar “socialismo científico” y “feminismo”, tanto en sus fuentes teóricas como en su desarrollo histórico, para no distraer el discurso de lo que considero esencial: el agiornamento del concepto “socialismo científico” como una categoría válida de interpretación social.

De entrada, dicha asunción programática del termino “socialismo científico” introduce un sectarismo de arriba abajo mediante el cual se soslaya cualquier otra “escuela o pensamiento” socialista, en la convicción doctrinal de que el socialismo como alfa y omega de la transformación social empieza y acaba en el denominado por Engels “socialismo científico”, que es el teorizado por Marx descartando al precedente tildándolo de “utópico”. Pero eso es casi irrelevante a los efectos de acumulación de fuerzas, experiencias y voluntades que buscamos para el ejercicio del “si se puede” en el siglo XXI. Lo que es más trascendente visto en perspectiva es la vigencia de los planteamientos de ese “socialismo científico”, al menos en los países afectos al tipo desarrollo de producción capitalista del neoliberalismo totalizante. Porque, si acaso ese instrumental predicado por el “socialismo científico”, ergo marxismo, no sirviera para analizar cabalmente la realidad imperante, estaríamos errando en los medios y en los fines, y además actuando fuera de nuestro tiempo histórico.

Primero, el ucase del “socialismo científico” presupone una formulación política de “socialismo autoritario”, porque si por “científico” se significa que es “inevitable”, independiente de la voluntad humana, una “ley histórica”, es lógico en cierta medida que haya guardianes de esa verdad dispuestos a evitar desviaciones y por tanto juramentados para su protección ante cualquier heterodoxia, que se recibiría como hostil, agresiva y enemiga. En esa deriva, aparece la organización vertical, la jerarquía, el liderazgo y el partido guía. El antídoto homeopático de la pretendida “alternativa desde abajo”. La historia es testigo.

Aunque si eso no fuera suficiente para sopesar la conveniencia de subsumir un planteamiento de gestión política horizontal, asamblearia, democrática y plural en el troquel del “socialismo científico”, está el problema de fondo de la recurrente y probada insolvencia histórica de ese “cientificismo” allí donde se instituyó. No voy a entrar en el socorrido debate tan al uso de las virtualidades epistemólógicas de si entonces no se daban las condiciones históricas o, como algunos quieren hoy, de si la crisis económica-financiera vigente anticipa ahora brotes verdes en sus vetustas frondas. No es el objetivo de esta exposición abrir heridas, sino contribuir a la clarificación para avanzar hacia la resolución de los ingentes problemas presentes con el mayor consenso social posible. Pero la verdad, aquella pharresia seminal de la democracia ateniense, debe presidir cualquier proyecto político que se pretenda coherente con la razón ilustrada por encima de otras fidelidades de menor cuantía. En la actualidad existe abundante argumentación académica (“científica”) para contra-argumentar la validez universal de aquella teorización.

En ese plano reticente hay que situar el “productivismo” cerrado del marxismo, que al igual que el “cientificismo”, el “desarrollismo” y el “industrialismo” era considerado como positivo sin matices; el catastrofismo del “suicidio” del capitalismo por sus propias contradicciones y el consiguiente estallido de la revolución en países atrasados económicamente frente a la previsión de que se diera en sociedades desarrolladas; la fe ciega depositada en el proletariado como clase elegida para abanderar la transformación social; la formulación de la dialéctica económica desde el lado casi exclusivo de la oferta obviando la demanda o, finalmente, esa especie de profecía autocumplida que sostenía el paradigma de que las relaciones económicas gobiernan lo político sin remisión, afán que contradecía la confianza puesta por los padres fundadores del “socialismo científico” en el sufragio universal para alcanzar el socialismo en Inglaterra.

Todo eso cabía en el “socialismo científico” y casi nada de ello ha resistido el paso del tiempo. No hay evidencia científica de su rigor, ni ha superado el necesario conflicto de prueba y error. Lo que implica obrar en consecuencia. Como el mismo Marx, que “no era marxista”, advirtió debemos evitar que “la tradición de generaciones muertas oprima como una pesadilla el cerebro de los vivos”. Siglo y medio no transcurre en balde ni para los grandes pensadores. Ni el capitalismo ni el proletario del siglo XIX casan con el capitalismo y el productor-consumidor del siglo XXI. Entre otras cosas porque, como afirma Cornelius Castoriadis y la gestión de la crisis financiera actual ratifica, “la intervención del Estado es precisamente el factor compensador de los desequilibrios de que carecía el capitalismo clásico”.

Desde abajo a ciencia cierta. Pero sin arrogancia.

Enlaces del mes: Julio-Agosto 2013

Esta vez me toca cubrir dos meses de enlaces recomendados:

Los inicios del pensamiento socialista: El socialismo utópico (II)

En la publicación anterior hice un repaso de las ideas de Saint Simon y de Robert Owen y su aplicación, asi como su contribución al desarrollo del pensamiento socialista, en esta segunda parte me ocupo de Charles Fourier y concluyo con una reflexión personal

Charles Fourier

Charles Fourier fue el que mejor describió su sociedad ideal, en sus obras aparece hasta el mas mínimo detalle de como organizar la sociedad además de una crítica radical a la sociedad burguesa a la que consideraba la perversión de las relaciones humanas y la causante de la infelicidad y la tensión social constante. Desenmascaró a los teóricos burgueses y puso al descubierto la miseria moral y material, fue uno de los primeros pensadores en analizar la sociedad burguesa en busca de contradicciones que permitan llegar a su superación, empleó con maestría la dialéctica, consideraba que a una etapa de ascenso de precedía una de descenso. Fourier considera a la civilización capitalista como el resultado de una represión que destruye lo mejor de la humanidad, reivindica las emociones humanas para construir una armonía pasional donde no haya lugar para el autoritarismo, no busca una emancipación de las clases oprimidas solamente, sino que aspira a la liberación de la sociedad ya que considera que hasta las clases dominantes están frustradas, en este aspecto su pensamiento en parecido al de Sigmund Freud.

La teoría de Fourier mas destacada fue la de los falansterios, esta forma de organización social se adapta a los instintos naturales en vez de reprimirlos, se basan en la idea de autosuficiencia y cooperativismo, en la combinación de trabajo manual e intelectual, de trabajo y placer, cuyo fin es satisfacer la necesidad de cambio y variedad evitando la rutina del trabajo industrial. Este aspecto también se manifestaba en la idea de familia, consideraba a la monogamia como una represión de los instintos pasionales y en su lugar proponía el amor libre. El falansterio se basaba en tres elementos: Capital, trabajo y talento,  en el falansterio cada miembro podía elegir libremente la función que desempeñaría y podría alternarlas aunque la jornada laboral era extensa, la comunidad aseguraría los servicios sociales y el trabajo era obligatorio para todos, el falansterio estaría gestionado de forma mixta, los empresarios invertirían capital que se le sería devuelto sin interés, el beneficio restante sería repartido entre los trabajadores pero no de forma igualitaria, el talento sería especialmente recompensado, cuando los falansterios se extendieran internacionalmente dejaría de competir con el capital individual y la sociedad llegaría a la armonía y la libertad. Esa era la idea de transformación social de Fourier.

En la práctica las experiencias de los falansterios fracasaron, en Europa las ideas fourieristas no tuvieron gran acogida, solamente hubo dos falansterios en Francia y en España, pero en América del Norte fueron bien recibidas y alcanzaron prestigio intelectual, llegaron a haber hasta cincuenta falansterios en los Estados Unidos pero solo tres de ellos llegaron a durar mas de dos años. Fracasaron principalmente porque necesitaban una fuerte inversión inicial y los intereses de los capitalistas y las comunidades no coincidían, se formaron grupos de intereses en el seno de la colectividad, problemas logísticos y problemas económicos.

Las teorías de Charles Fourier influyeron notablemente en teóricos posteriores, las experiencias de los falansterios supusieron la puesta en práctica de los preceptos colectivistas que fueron perfeccionados por otros autores. También ejercieron influencia en las revoluciones de 1848 y en la posterior Comuna de París en 1870.

Conclusión

El socialismo utópico ejerció una gran influencia en los teóricos socialistas, algunas de las ideas eran muy adelantadas a su tiempo, pero los socialistas utópicos pecaron de ingenuos ya que no pensaban que fuera necesaria una revolución para cambiar la sociedad de entonces, esto puede ser en parte porque quedaron algo decepcionados con la Revolución francesa, sus aspiraciones eran cambiar el modelo de civilización de forma gradual y pacífica sin ni siquiera enfrentarse a la clase dominante dialécticamente, ya que algunos de los socialistas utópicos no negaron el papel de los capitalistas en la sociedad, creían que podía encontrarse una unidad de intereses entre oprimidos y opresores, también influye la confianza en la educación sobre todo en Owen que pensaba que mediante ella era posible transformar la sociedad. Esto fue duramente criticado por los teóricos marxistas y anarquistas, entre ellos Engels y Bakunin, el último centró su crítica en la ingenuidad de intentar convencer y persuadir a los explotadores, además de en el esfuerzo innecesario de diseñar por completo una sociedad de antemano, ya que en la práctica el contexto influye en el resultado y resulta imposible prever el funcionamiento de ésta, según este prisma las teorías utópicas nada aportan al cambio real de la sociedad salvo ganas de cambio, no ayudan a la emancipación de la clase obrera sino que enmascararían la opresión y alejarían al proletariado de un compromiso real con la causa revolucionaria.

No obstante muchos de estos pensadores reconocen los aportes del socialismo utópico, principalmente la necesidad de una liberación total del ser humano y no solo económica o política, también su influencia en la pedagogía libertaria, en el desarrollo de la sociología o en las teorías feministas y de género que fue la materia en la que mas avanzados estaban. Los socialistas utópicos no estuvieron a la altura de las circunstancias cuando se produjeron las revoluciones de 1848 y sus ideas no calaron de forma mayoritaria en la sociedad pero supusieron un antes y un después en la historia del pensamiento socialista.

Bibliografía

–          F. Engels,  Del socialismo utópico al socialismo científico (1892)

–          Saint Simon, El nuevo cristianismo (1825)

–          Charles Fourier, El falansterio  (1830)

–          Félix García Moriyón, Del socialismo utópico al anarquismo  (2009)

–          Eduard Thompson, La formación de la clase obrera en Inglaterra (1963)

–          Robert Owen, Nueva visión de sociedad  (1814)

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