Activarse I

Nuestros vecinos, amigos, compañeros de trabajo y otra gente que nos encontramos por la calle y que configura, junto a nosotros, la población de las sociedades occidentales nos encontramos sumidos en la pasividad. Es un fenómeno del que ya hemos hablado repetidamente a lo largo de las entradas de esta web, la incapacidad para movilizarnos conjuntamente. Una falta de compromiso que puede deberse a diversos motivos: falta de ánimo, de perspectivas de victoria, de cultura política o de espacios donde sentirnos cómodos. Por ello, en la necesidad de romper con esa actitud, surge la idea de escribir una serie de artículos reivindicando y promoviendo la activación y algunas ideas para que los movimientos sociales y políticos (y el anarquismo en particular) mejoren su capacidad de movilización.

Del aburrimiento en política

La política no es más que la organización de los asuntos comunes, los asuntos que afectan a toda la sociedad. En política hay mil formas de gestionar las cosas, unas que funcionan mejor y otras peor; unas persiguen la libertad y la justicia, otras el rendimiento o el control.

Los anarquistas defendemos que esa gestión debe llevarse a cabo de manera directa entre los implicados en igualdad, porque es el único modelo que asegura el bienestar (nuestro y de nuestro entorno, incluidos el resto de seres vivos), la libertad, la igualdad, y la solidaridad… Esto es lo que podemos llamar política del día a día (o democracia directa) y que se opone a la visión parlamentaria. Según el parlamentarismo deben existir de gestores expertos (políticos profesionales) que decidan por nosotros, lo que acaba reduciendo la participación política a un voto cada cuatro años y a una visión de la política como una cuestión de decisiones técnicas para personas con mayor conocimiento. Este modelo, por sus características y como hemos podido comprobar, alienta la corrupción, genera pasividad y, en último término, imposibilita la democracia.

La pasividad y el alejamiento de la política no se debe únicamente a factores puramente formales de la democracia parlamentaria. La indefensión aprendida* es un condicionamiento habitual en las sociedades occidentales. Los afectos virtualizados y frívolos que sustituyen al compañerismo y el apoyo real, fomentan el individualismo e impiden el empoderamiento** colectivo. En general, existen una serie de mecanismos psicológicos (no del todo estudiados por los movimientos sociales) que impulsan a la delegación, el derrotismo, la pasividad, la falta de objetivos reales y de ilusión. Tenerlos identificados y reconocer cómo se generan esos sentimientos sería un buen primer paso de cara a elaborar una estrategia para combatirlos.

El proceso de activación es un proceso complejo

La activación es el paso desde una actitud de resignación y de delegación política, propia de las sociedades capitalistas y parlamentarias, a la participación constante, diaria y directa en los asuntos que nos atañen. Es un proceso complejo en el que es tan importante la voluntad personal como la presencia de un contexto que anime y motive la participación. Es un gesto demasiado común en los espacios libertarios despreciar a las personas desmovilizadas sin hacer nada por entender su contexto y sin facilitar la incorporación de las mismas. Muchas personas tendrán más dificultades para compartir los tiempos o espacios de militancia por razones familiares (hijos o familiares a su cargo, trabajo doméstico), de género, de clase (horas de trabajo), de raza, de formación (falta de dominio de los códigos o los procesos militantes) u otros problemas (como diversidades funcionales). Es necesario un trabajo interno para sumar a todas esas personas, tratando de eliminar esas trabas a la incorporación (u otras, como las exigencias estéticas o de radicalismo que ejercemos sobre quien se acerca a nuestros espacios).

El deseo del individuo de activarse es una condición necesaria para que este proceso pueda tener lugar, pero no resulta suficiente. No basta con querer, uno necesita encontrar un espacio en el que desarrollarse; referentes y apoyos que conecten con su forma de funcionar; y, muchas veces, también un esfuerzo personal. Muchas veces no encontramos el espacio donde implicarnos o carecemos de la intuición para encontrar campos de batalla donde incidir o estrategias para hacerlo. También porque todo espacio parte de una cultura política y unos códigos que a veces no acierta a transmitir (y, otras veces, no transmite por una cuestión de comodidad autorreferencial, lo que construiría el gueto estético de los espacios políticos).

El limitado número de espacios de participación horizontal en los barrios, en los trabajos o en los centros de estudio es en parte consecuencia de la derrota del movimiento libertario en las últimas décadas. Esta situación complica el proceso de activación de quienes desean comenzar a trabajar por una transformación radical de las relaciones sociales. Es más, los espacios libertarios muchas veces existentes no han sido capaces de abrirse a las personas a las que en teoría se dirigen (los trabajadores, los vecinos…) escudándose en un radicalismo estético, inoperante y muy cerrado sobre los propios militantes que les ha impedido ser un centro de encuentro social y de construcción de disidencia.

En estas circunstancias, creo que es positiva una reflexión acerca de las posibilidades del proceso de activación personal en lo político. Una reflexión especialmente necesaria para aquellos que defendemos la incorporación de todas las personas a la gestión de los asuntos comunes, esto es, para aquellos que defendemos una democracia directa, profundamente radical, fuertemente inspirada en los principios federales y socialistas. Una reflexión que ampliaremos en próximas entradas de esta serie.

NOTAS:

*Hemos hablado sobre indefensión aprendida en otros artículos de esta misma web: «Se trata de una estrategia política derivada de una respuesta psicológica bien estudiada: La indefensión aprendida. Como esa profesora que plantea problemas irresolubles a sus alumnos solo para mostrarle cómo después tiran la toalla ante aquellos que sí tienen solución. Cuando nuestra acción deja de tener conexión con cualquier tipo de resultado, el aspecto motivacional que nos lleva a actuar decae; nos sentimos pequeños e incapaces y dejamos de responder.»

**También hemos hablado de empoderamiento anteriormente: «Empoderamiento es una palabra inglesa que viene a significar toma de conciencia de un poder que todo individuo tiene. Es un poder basado en la lucha y en la dignidad. Se trata de una comunidad que se “empodera” cuando a resultas de una lucha determinada logra una concienciación. Esta concienciación genera una expectativa de nuevas luchas (ya que se piensa que también será posible la victoria).» La filosofía del empoderamiento se origina en el enfoque de la educación popular desarrollada en los años 60 a partir del trabajo de Paulo Freire y tiene una gran tradición y presencia también en el movimiento feminista. Otro modo de definir el empoderamiento es como «la capacidad que una persona, en situación de vulnerabilidad, tiene de lograr una transformación con la cual deje de ser objeto de otros y consigue ser la protagonista de su propia historia».

Sobre la relación entre drogas y juventud

El debate es viejo y ha hecho correr ríos de tinta: consumo de drogas, ¿aceptable o inaceptable? Les que defienden la segunda postura argumentan que las drogas incapacitan a la juventud, pues ésta ve inhibida su motivación para resistir y luchar contra el sistema. No obstante, muches otres ponen en duda esta relación causal que se establece entre «baja militancia» y «consumo de drogas.» En su día ya escribí un artículo al respecto donde me propuse defender el libre consumo responsable (click aquí). Este nuevo texto nace como respuesta a este otro artículo en contra del consumo de drogas (click aquí). Vayamos al tema.

El primer error que podemos observar en muchos discursos anti-drogas (en el ámbito libertario) es la asociación ineludible entre Estado y drogas. A poco que une se ponga a leer historia y antropología verá con facilidad que el consumo de drogas se usa desde la humanidad es humanidad (valga la expresión). Distintos tipos de sustancias naturales se han venido usando en todo el globo con propósitos medicinales, religiosos, sociales, etcétera. Con esto no quiero decir que el Estado-nación moderno no haga uso de las drogas para ejercer cierto tipo de control social (que sí lo hace), sino que las drogas preceden al Estado moderno y su consumo también, obviamente, también lo hace.

El segundo error que solemos observar en los discursos anti-drogas es el establecimiento definitivo de una relación causal entre «consumo de drogas» y «baja militancia.» Como si de un mantra se tratara, mil y una veces leemos que «fumar cannabis adormece a la juventud.» O que «la juventud de hoy en día sólo se preocupa por salir de botellón y emborracharse en el parque.» No seré yo quien niegue esto, pues también he sido joven y he experimentado estas situaciones. Pero me váis a permitir que sea muy escéptico con la relación causal establecida.

Lo primero que hay que tener en cuenta a este respecto es: sin drogas, ¿qué haría  la juventud? ¿Sería más combativa? ¿La F.I.J.A. crecería exponencialmente? ¿La C.N.T. vería que las afiliaciones crecen a un ritmo de 1.000 por mes? Pareciera que estableciendo una relación causal simple entre «consumo» y «militancia» así fuera. Pero a nadie le entra en la cabeza que de darse el caso de desaparecer las drogas por arte de magia esto sucediera. La juventud encontraría otro pasatiempo: comer pipas compulsivamente, quedarse en casa viendo Gran Hermano (que ya lo hace), los videojuegos (otra historia para otro cuento), cría de perros… qué se yo. El problema no es el consumo de drogas (que lo es en parte, a esto voy a continuación), sino toda la socialización que las estructuras e instituciones del Estado promueven en su población. Con socialización me refiero a absolutamente todo: desde las relaciones familiares, pasando por las escolares, hasta las experiencias informativas a través de los medios de comunicación. Todo, absolutamente todo lo institucionalizado, nos recuerda constantemente quién manda y cómo se ha de vivir la vida. Y esto, tras años de adoctrinamiento inconsciente, queda grabado en la cabeza. Las drogas solamente empeoran el problema, pero no lo causan.

Ahora pongamos el ejemplo contrario: ¿podría existir una juventud militante y consumidora de drogas? Los casos que conozco personalmente (el madrileño, el escocés, y el griego) proporcionan conclusiones un tanto diferentes, pero estos tres casos muestran que el consumo sí que es compatible con una militancia activa. El caso madrileño puede ser más conocido a les lectores de esta página, así que poco hay que decir al respecto: cañas, marihuana, y otro tipo de bebidas alcóholicas. En el caso de la militancia escocesa os diré que prácticamente todes les libertaries que he conocido le dan a las pintas de cerveza con bastante pasión. Y ahí siguen. El caso griego es el más radical: la lucha anarquista no se puede comprender sin el alcohol (la cerveza sobre todo) y en menos medida la marihuana (pero también importante). La cerveza es el «mandamiento» del anarquismo en Atenas: tras las manifestaciones y las confrontaciones con la policía les compas se van a echar unas birras a cualquier tasca de Exarheia. Otras personas ya van con unas cervezas en la panza a las manifestaciones, cervezas que por cierto son usadas para preparar los cócteles molotov (el botellín, entiéndase) que luego lanzarán.

Entiendo que esto tiene poco que ver con lo discutido más arriba: no es lo mismo el consumo de la gente «militante» que el consumo en «la población joven en general.» Si he mentado tres casos de militancia europea es para reflejar que les militantes anarquistas consumen (libremente) y ello no impide que su militancia sea ejercida (ni que sea de menor o mayor calidad). Como no soy adivino no sé qué han hecho todas las personas que he conocido a lo largo de mi vida en su juventud, pero desde luego no creo que empezaran a consumir alcohol (por ejemplo) tras decidir ser anarquistas; seguramente el consumo precedió a la militancia (y tal vez ayudó a conformar una mentalidad más política, pero ya digo, tal vez). La relación causal «consumo» > «baja militancia» no se sostiene en ninguno de los casos que yo conozca personalmente (aunque esto no se puede universalizar a la ligera, claro está).

Finalmente, que el consumo de drogas esté presente en ambos lados del especto (la parte militante de la juventud y la no-militante) significa que de haber una relación causal por algún lado el alcohol no puede ser la única y suficiente variable independiente. Con esto doy algún tipo de importancia al consumo de drogas (sobre todo alcohol y cannabis) en la baja militancia de la juventud actual, pero ni mucho menos atribuiría al consumo la causalidad final ni única. Seguramente sea un tinglado de otras variables que influyen en la apatía política de les jóvenes (y su postura anti-ideología). Un tinglado de variables en las que la cultura juega, a mi parecer, un gran papel, y el consumo de drogas «blandas» queda más bien en un segundo plano.

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