Distopías en línea II: Un reflejo en la oscuridad

Es curioso. En la anterior entrada de esta serie hablábamos de Mr Robot, de lo que muestra y lo que oculta respecto al futuro que nos espera. Pues bien, las preguntas que Mr Robot dejaba en el aire se reflejan en la distopía tecnológica que dibuja cada capítulo de Black Mirror. Esta, lejos de la ingenuidad o la complicidad con los sueños del progreso tecnológico, pone sobre la mesa, en toda su crudeza, las nocividades del mundo hipertecnológico que ya atisbamos.

Si la tecnología es una droga —y se siente como una droga— entonces, ¿cuáles son los efectos secundarios?” – Charlie Brooker.

Destaca entre las virtudes de esta serie la capacidad para hacer una lectura crítica del presente a través de un relato de ciencia ficción situado en un futuro cercano. Todos y cada uno de los capítulos escarban en ese anhelo de huida tecnológica de los nuestros miedos más humanos (la muerte, el olvido, el dolor…) y consigue así representar el lado más terrorífico de la deshumanización. Como resultado, el triunfo tecnológico produce monstruos mucho mayores que aquellos de los que queremos escapar.

Como en Mr Robot, encontramos en Black Mirror una reflexión sobre el aislamiento y la mediación tecnológica. La relevancia de las valoraciones virtuales a la hora de entablar relaciones sociales lleva indefectiblemente a individuos ensimismados con su ego virtual, su valorización en la red. Es algo que ya empezamos a sentir en nuestro día a día, donde la obsesión por la apariencia genera individuos depresivos, con un sesgo cognitivo impuesto por las redes sociales que nos hace sentir que todos son felices a nuestro alrededor. Es más, vivimos ya en un mundo donde nuestra reputación en línea es un aspecto relevante a la hora de encontrar amistades, pareja e, incluso, de encontrar trabajo. Así, en la serie tanto como ya lo hace en la realidad, la acumulación de capital social-virtual redunda en beneficios (y perjuicios) materiales: mejores oportunidades de trabajo, acceso a determinados eventos, posibilidades de ascenso social… Esta desigualdad complementa a la existencia de clases sociales, ya que dinero y reputación virtual se impulsan mutuamente mientras la pobreza y la exclusión son penalizadas.

Esta valoración está además sesgada por algoritmos cerrados que nos clasifican y seleccionan. Algoritmos con sesgos que no podemos conocer ni auditar, pero que modelan nuestras sociedades y toman decisiones fundamentales sobre nuestras vidas. Ya ocurre en el cálculo del coste de primas sanitarias o de seguros, o en la concesión de préstamos cada vez más necesarios para garantizar derechos que deberían cubrirse, como vivienda, sanidad o educación.

Esta mediación tecnológica lleva a Black Mirror también a una reflexión sobre la política y los medios de comunicación. Las votaciones en los regímenes liberales se convierten en puro espectáculo, desligadas por completo de sentido político y de cualquier noción de democracia. Una competición con lógicas mercantiles donde vence el más rico, el más grosero, el producto más vendible. Una consecuencia directa del enfoque sensacionalista y sesgado que promueve la televisión y los medios; pero también de la falta de una educación y cultura política que posibilite la democracia y la gestión popular de los asuntos comunes. Una realidad que no hace más que resaltar la necesidad de medios de comunicación críticos y plurales, así como un sistema educativo flexible y motivador capaz de transmitir valores solidarios, democráticos, ecológicos y feministas.

El título de la serie tampoco podría ser más acertado. Del mismo modo que el espejo negro en que se convierten los dispositivos electrónicos apagados, la serie nos refleja a nosotros mismos y nos interpela en tanto que personas. Cuestiona nuestra autopercepción de dioses tecnológicos todopoderosos y nos sitúa ante sus monstruos. Nos dice que quizá estemos a un paso de superar el miedo a la muerte, al olvido, al dolor por la pérdida del ser querido… pero que eso no resulta (no está resultando) en un mundo mejor para ser vivido. Al contrario, instituye una realidad terrorífica y opresiva que nos cosifica como instrumentos de la tecnología (sea como generadores de la electricidad que la sustenta o como carne de reality show pseudopornográfico para entretenernos). Una tecnología que anula nuestra conciencia y nos convierte en máquinas de guerra perfectas. O que nos condena a la enfermedad mental ante la incapacidad de olvidar y pasar página.

Y, aún así, es preciso hablar aquí de nuevo del gran elefante en la habitación. El triunfo tecnológico no puede librarnos del desastre ecológico, sino que nos encamina hacia él. Black Mirror no da recetas para el colapso, pero trata de vacunarnos ante ese virus de la ilusión tecnológica. Descubrir los grandes monstruos que esbozan la deshumanización nos alienta a enfrentar los miedos humanos a una escala humana, rompiendo con el individualismo y afrontando el dolor, el sufrimiento, la muerte y los inevitables males de la humanidad de manera solidaria, sostenible, sin poner en peligro nuestra libertad. ¿Es eso aún posible? De eso dependen los grandes desafíos de nuestra época.

Distopías en línea I: Tecnoilusiones rotas

Nos observa una mirada fija, obsesiva, penetrante. Unos profundos ojos que nos atraviesan, que tratan de investigar en el fondo de nosotros, de conocernos a través de nuestra intimidad virtual. ¿Somos nosotros, como nuestros ídolos, una simple falsificación? ¿Un producto de marketing que consume mentiras y se comunica con otros a través de estas?

A lo mejor es que todos pensamos que Steve Jobs fue un gran hombre incluso sabiendo que ganó billones a costa de niños. O a lo mejor es que sentimos que todos nuestros héroes son falsos. El mundo en sí es una gran patraña. Nos espameamos los unos a los otros con continuos comentarios; mentiras enmascaradas como si en realidad pensáramos así. Redes sociales que nos hacen pensar que de verdad tenemos intimidad. ¿O es que hemos votado para esto? No con nuestras amañadas elecciones, sino con nuestras cosas, nuestras propiedades, nuestro dinero. No estoy diciendo nada nuevo. Todos sabemos por qué hacemos esto. No porque los libros de Los Juegos Del Hambre nos hagan felices, sino porque queremos estar sedados.

No cabe duda de que el monólogo de Elliot, protagonista de Mr Robot, es una crítica a la alienación en la que nos ha sumido el capitalismo que nos gobierna. Encierra en sí mismo un profundo sentimiento de aislamiento y desconexión con la sociedad. Un sentimiento extendido por la cada vez mayor mediación tecnológica entre cada individuo y quienes le rodean, pero también por la extensión de la inseguridad laboral, la falta de derechos, la difusión de modelos falsos e inalcanzables, el individualismo…

Hoy el mundo de Elliot es nuestro mundo hasta tal punto que ni siquiera las referencias se esfuerzan en ocultar su obviedad. Corporaciones como E(vil)-corp (Enron, con características de otros gigantes como Google o Apple) son enfrentadas por hacktivistas como f-society (Anonymous). Un espectáculo pseudorevolucionario que no logra ni detener el creciente control social, ni las políticas antipopulares, ni por supuesto los problemas psicológicos crecientes del individuo atomizado. Más bien al contrario, ayuda a extender la obsesión tecnológica y el aislamiento dentro de un entorno de creciente control social.

La pseudo-revolución de Mr Robot está vacía. Hundimos los bancos, eliminamos las deudas… y nada fundamental ha cambiado. Las proclamas megalómanas de un Elliot obnubilado son un grito en el desierto, un mapa a ninguna parte sin ningún contacto con la realidad. Esas alegorías más que evidentes de Mr. Robot con nuestra realidad sólo están ahí para engañarnos. Es cierto, hoy los hackeos y la exposicion de datos ocurren con relativa frecuencia, hasta el punto de haberse convertido en armas de intervención geopolítica: Hemos visto en primera persona a militares estadounidenses matar impunemente a civiles en Irak y Afganistán, hemos sabido cómo nos vigilan a cada uno de nosotros las agencias dedicadas al control social… A pesar de ello, ni siquiera hemos tomado con determinación la decisión de dejar de entregar nuestra intimidad y nuestras relaciones a las grandes corporaciones. Nos asusta y nos indigna el que Alemania pueda crear un fichero de radicales de izquierda, pero apenas ponemos pegas al hecho de que exista un mercado de datos sobre dónde, cómo y cuándo nos movemos, qué apuntamos, qué tareas hacemos, qué información difundimos… Así, con tan bajo nivel de conciencia sobre cuestiones tan fundamentales, es dificil que las revelaciones escandalosas puedan convertirse en una herramienta para democratizar la sociedad y acabar con la injusticia del actual sistema económico.

Son malas noticias para los pequeños hackers con intenciones revolucionarias: es imposible ser un agente transformador desde el aislamiento. El modelo de héroe individual que cambia el mundo él sólo (o con un pequeño grupo de iluminados desconectados de la mayoría social y firmemente aferrados a sus dogmas) es falso, aunque esto decepcione al egocentrismo de algunos. Toda esa estética hacker y pseudocrítica no es más que buen embalaje para (re)vendernos la fallida idea de vanguardia y alejarnos de la posibilidad real de un cambio revolucionario.

Más que acciones aisladas y grandilocuentes necesitamos un compromiso individual que se haga colectivo y que empiece por negarnos a que se trafique con nuestra intimidad. Necesitamos también un programa ecosocial, que demuestre aprecio por lo real no virtual y por lo comunitario; que se enfrente al individualismo tecnófilo, profundamente ingenuo sobre el momento actual y el futuro que nos espera. Y necesitamos, finalmente, estrategias para una decidida acción colectiva que ponga coto a los abusos de las multinacionales y se anime a prefigurar sociedades habitables.

En el horizonte cultural de la mayoría el futuro oscila, en el mejor de los casos, entre dos polos. Uno, ilusiones tecnológicas a la desesperada que ni siquiera carecen de aspectos distópicos. Otro, la pesada realidad de un previsible colapso ecológico, que habita como un miedo abstracto en el fondo de nuestras psiques, al que preferimos no conjurar. Lo que me devuelve a la pregunta inicial sobre si somos algo más que meros consumidores de marketing, si podemos cuestionar el contenido de los productos culturales que consumimos. Si es así, apostemos por una cultura que difunda modelos críticos, anclados en lo común frente a lo individualista, lo material real frente a la ilusión tecnológica, la movilización frente a la pasividad y la ética frente a la estética. Eso implica repensar cómo vemos y deseamos el futuro, cómo hablamos de él en el presente. Recuperar una aspiración utópica de izquierdas que nos impulse a avanzar; es decir, una utopía materialista, viable, sostenible y feliz.