25-N

Anoche estudió hasta las cuatro así que se levantó con más ojeras que ojos, tropezó varias veces contra las paredes del pasillo hasta llegar a la cocina, donde estaba su hermana mirando con asco las tostadas del desayuno. Se sirvió un café bien cargado y se sentó a su lado. Su madre entró nerviosa en la cocina porque el peque llegaba tarde al colegio: venga Pablito date prisa que se nos escapará el autobús. Pero él seguía jugando con su cochecito azul y enfadado porque mamá no se había acordado de comprar los cereales de chocolate que le gustaban a él. Sonia, ¿quieres hacer el favor de comer? Gritó ella mientras recogía juguetes del suelo. Por favor hazlo por mi dijo con un tono tan desesperado que le quitó de golpe las ganas de seguir desayunando. Se levantó y dejó la taza en el fregadero, que aún tenía los platos de la cena. Se puso a fregarlos porque si no lo hacía ella lo haría su madre. En menos de diez minutos se había vestido, lavado los dientes, preparado la mochila y tomado la píldora. Se acercó a la cocina para despedirse hasta la noche. Sonia seguía en guerra contra la comida, o sea contra ella misma, y mamá ataba los cordones de Pablito, que ya había perdido el bus desde hacía cinco minutos. ¿Cariño, sabes donde he puesto la camisa nueva de cuadros?, escuchó que su padre gritaba desde la habitación.

Al salir a la calle, el chico del supermercado de la esquina, con su propia opresión como trabajador y como emigrante, igual que cada mañana, le bajó el tanga con la mirada cuando pasó por delante. En el metro, apenas se podía respirar de la gente que había: una joven se sujetaba como podía para no caerse mientras un señor se le iba restregando disimuladamente, una abuela se escandalizaba al ver a dos chiquillos comerse la boca y un grupo de guiris se preparaba para bajar en la siguiente parada. Una vez hecho el transbordo y ya tranquilita en el bus, sacó el móvil. ¡Toma ya! Marta le hablaba desde Irlanda. Resulta que había conocido a un Erasmus de Sevilla que era la hostia de guapo, que se pasaban los días juntos y que ya le había dicho que ella era la mujer de su vida. ¡¡Tía, y nos conocemos solo de hace dos meses!! Bueno, y ¿qué tal folla? Pues bien… solo que de momento aún no me he corrido. ¿Sabes? Nos pasó una cosa muy rara xd. Resulta que salimos de fiesta y me emborraché tantísimo que no me acuerdo de nada de lo que pasó aquella noche. Me contaron que iba cayendo por los suelos, que no me aguantaba de pie yo sola. En fin, muy, muy pedo. Pues me contó que esa noche me folló en el parque y yo no recuerdo absolutamente nada, no sé, se ve que estaba ida del todo jajaj la verdad es que cuando me lo contó me rallé porque claro, no tenía ni idea de si se había puesto condón o qué, pero me dijo que sí, así que nada, ya me quedé tranquila xdddd. Guardó el móvil. No encontró palabras para decirle a Marta que eso que le había hecho su nuevo novio se llamaba ‘violación.

Cogió el periódico que alguien había dejado en el asiento de al lado y echando un vistazo rápido pudo ver palabras como “feminización de la pobreza” y “brecha salarial”, un par de páginas más adelante leyó: “93 mujeres asesinadas por hombres en lo que va de año y en la página 7: Las mujeres kurdas emprenden una doble revolución. También pudo leer: “Los presupuestos de 2016 ignoran el impacto de género de los recortes” Un momento, espera. Mierda, va a ser que no. Que no, que estos datos no salen en prácticamente ningún medio de comunicación. Lo que leyó de verdad fue: El papa Francisco facilita el perdón a las mujeres que hayan abortado y dos páginas más adelante Los detenidos por terrorismo anarquista pasan a disposición de la Audencia y no sé qué de la ropa que llevaba el otro día la Arrimadas venía en las últimas páginas.

Entró al hospital cuando se terminó el cigarro. La tutora de prácticas aún no había llegado así que tuvo tiempo de dar un paseo por allí. Por el pasillo se cruzó con Graciela, que llevaba del brazo a la anciana de la que cuidaba día y noche a la revisión del médico. Después bajó las escaleras y se encontró con el pequeño Raúl que las subía poco a poco, su padre iba detrás vigilando que no tropezase. Raúl aún no lo sabe pero hace cosa de dos años él vino al mundo en este mismo hospital. Lo que iba a ser un parto natural se terminó convirtiendo en una cesárea, su mamá se opuso desde el primer momento pero le aseguraron con soberbia que no había otra opción. Le pusieron muchos medicamentos en el suero y aunque ella preguntaba qué eran, nadie le respondió. Cuando el bebé nació se lo llevaron y no le dejaron verle ni tomarlo entre sus brazos. Terminó la jornada de prácticas medio mareada así que el frío de la calle le sentó bien.

A eso de las seis llegó al casal. Estaba nerviosa. Se sentó en el suelo porque no quedaban sillas. No abrió la boca durante las tres horas y pico que duró la asamblea. No pudo. Se había hecho un esquema en la libreta, había leído de aquí y de allá, hasta había estado ensayando delante del espejo. Pero nada, cerró la boca e hizo caso a esa maldita voz dentro de su cabeza que le repetía constantemente “mejor cállate”. Y como ella, otras chicas, que se miraban de vez en cuando con cierta complicidad, o vergüenza, no está claro.

Volvió a casa sin tomar las birras de después. Caminaba todo lo rápido que le permitían las piernas a pesar de que se sentía cansada, le dolía todo, le costaba convivir con tanta basura, y eso que ella tenía unos privilegios y unas oportunidades que otras mujeres no tenían. Más complicado era todo siendo negra, transexual o pobre, eso estaba claro. Con el tiempo había aprendido a detectar las violencias, a ponerles nombres y apellidos (estructural, física, verbal, psicológica, sexual, institucional, simbólica, etc…). Había entendido hasta donde llega la magnitud del problema: cuando se pajean delante nuestra, cuando nos tocan el culo en la discoteca, cuando se niegan a usar preservativo, cuando nos ignoran, cuando nos insultan, cuando nos asesinan… no son casos aislados producidos por cuatro degenerados. NO. Se trata de una violencia contra las mujeres por el mero hecho de serlo, una violencia que se enmarca en un contexto social y político concreto en el que reinan las desigualdades entre hombres y mujeres y las relaciones de poder. Se trata de un feminicidio y no de muertes puntuales. La sociedad es machista y la violencia de género es un problema de los hombres que constantemente estamos sufriendo las mujeres. Y dentro del sistema capitalista esto va a seguir siendo así, porque sin machismo, igual que sin racismo, clasismo y fascismo el sistema no puede sustentarse. Dicho de otro modo: sin violencia, el sistema capitalista no puede funcionar. Por eso nos la pintan como normal, por eso la violencia está naturalizada y legitimada. Quien agrede lo hace porque cree que puede y debe hacerlo. Nos dicen que es algo biológico, que viene implícito en los genes y que por ello tenemos que resignarnos. Es más, a nosotras nos culpabilizan, preguntándonos ¿cómo puedes permitir que te trate así? En vez de preguntarles a ellos por qué maltratan, humillan y controlan. Preguntémosles ¿para qué lo hacen?, ¿Cuál es la finalidad? Quizás sea por el miedo a perder los privilegios, el miedo a perder el poder, el miedo a que ellas no estén allí para cuidarles y ser sus esclavas en nombre del amor eterno y de la maternidad omnipotente.

Digámosle a ellas que no son princesitas indefensas, que la violencia no es normal ni a nivel micro, ni macro y no tienen por qué aguantarla. Apliquemos la autodefensa para que nadie se atreva a agredirnos y para que todas y cada una de las agresiones tengan respuesta, aquí y en cualquier otro territorio. Porque ser víctima no significa ser pasiva, no significa resignarse o mirar hacia otro lado. Reivindiquemos los referentes femeninos, visibilicemos la lucha de muchas, escuchemos a las que siempre callaron y vivieron en la sombra. Hablemos. Gritemos. Matemos esa voz dentro de nuestras cabezas que nos dice que es mejor que estemos calladitas, o que estamos exagerando y que tampoco es para tanto. Cambiemos la culpa por la rabia, pasemos de lo individual a lo colectivo, de la indiferencia a la solidaridad. Dejemos la autodestrucción para empezar destruir aquello que siempre nos destruyó. No volvamos a competir entre nosotras y pasemos a ayudarnos, a crear redes de apoyo. Miremos el mundo a través de los ojos de las oprimidas por etnia, género, nacionalidad, edad o clase social. Hagamos real la palabra “transversalidad”. Vayamos más allá de un minuto de silencio y de una manifestación en un día señalado. Hoy es 25-N pero ayer también lo fue y mañana volverá a serlo. Prioricemos. Hagamos apuestas políticas serias de una vez y que este tema nos quite el sueño hasta que logremos resolverlo, por completo, y para todas.

Nuria, militante de Embat

Sobre la violencia obstetricia:

https://www.youtube.com/watch?v=BzkvugKCShI

Sobre violencia sexual:

http://www.eldiario.es/sociedad/queria-sexo_0_72093264.html

http://www.todoporhacer.org/no-son-depravados

Sobre violencia masclista (general):

https://www.diagonalperiodico.net/panorama/28256-llamadas-ser-hombre-y-otras-chapuzas.html

http://www.elperiodico.com/es/noticias/sociedad/que-mueran-las-matan-4635000

 

 

 

 

El hombre en la cultura patriarcal

El patriarcado, como sistema, tiene como función determinar ciertos aspectos y comportamientos de aquellos sujetos sometidos a él; esto es tanto la mujer como el hombre. No pretende este ser un ensayo de carácter científico-social como el excelente ejercicio al cual parafraseo en el título, sino más bien unas anotaciones en torno a unas influencias, quizás menos estudiadas, de las jerarquías de género en la sociedad capitalista contemporánea.

Los tentáculos del patriarcado no sólo succionan e inmovilizan a la mujer en una posición determinada del organigrama vertical de género, sino que encasillan, como consecuencia, también al hombre. Quizá puede pensarse, y se tendrán grandes dosis de razón superficial, que su situación es de privilegio, si consideramos el ejercicio de dominio como una circunstancia positiva. No obstante, la dominación, aunque a corto plazo pueda resultar beneficiosa para el poderoso y dañina para el desposeído, es un fenómeno maligno bidireccional.

Los imaginarios creados por el patriarcado vinculan tanto a la mujer como al hombre, aunque en graduaciones diferentes. A la simplificación y asignación de roles (que afectan por igual), las mujeres han de sufrir la estigmatización, circunstancia de la que los hombres tienen la lógica oportunidad de librarse por situarse en el pedestal jerárquico. No obstante, como digo, los roles impuestos afectan a ambos sexos, y no precisamente de forma emancipadora. Si bien la mujer ha de ser sumisa y débil, el hombre ha de ser dominante y fuerte. A priori, los hombres pueden pensarse beneficiados por este reparto cultural de papeles. Sin embargo, la dominación y la fortaleza son armas de doble filo que empobrecen su capacidad de relación social.

Los hombres, desde su infancia, crecen en la creencia de que mostrar algún signo de empatía o sentimentalismo supone ausencia de virilidad. Llorar en público, abrazar o besar a un amigo, no poseer destrezas deportivas, jugar con muñecas, vestir alguna prenda color rosa, no tener una complexión atlética o mostrar simpatía hacia los animales o hacia canciones románticas, por citar algunos comportamientos o aficiones, es sancionado en base a una supuesta pérdida de la masculinidad (cuyo germen es la penalización de la homosexualidad y la atribución de fragilidad femenina), eliminando o alterando la identidad del niño. Estos imaginarios sociales se perpetúan durante gran parte de la vida del hombre -si no toda-, afectando a su capacidad de amar y a su creatividad. Generan tabúes, limitaciones a la libertad. Las representaciones que difunde el patriarcado -y que soportan tanto mujeres como hombres- empobrecen las interacciones entre ambos sexos y entre iguales. Si el sistema concibe una dicotomía entre el Bien (el hombre) y el Mal (la mujer), todo aquel comportamiento asociado a la mujer alejará al hombre de sí mismo, es decir, del Bien.

Además, el Estado posee los mecanismos necesarios para beneficiarse de los roles de género masculinos en su autodefensa. La propaganda militar o policial se nutre de valores ya existentes en la sociedad -la virilidad como sinónimo de gallardía y como antónimo de feminidad- para cumplir el primero de sus propósitos: persuadir al hombre común de que debe ir a/apoyar la guerra. Los diez mandamientos de la propaganda de guerra de Lord Ponsonby, que pueden resumirse en todo lo que haga yo está bien y todo lo que haga el enemigo está mal, finalizaba con un recurrente «los que ponen en duda la propaganda de guerra son unos traidores». Es decir, quien contravenga las leyes de la masculinidad será una mujer y, por tanto, será una traidora. El honor, la valentía, el patriotismo, el orgullo, etcétera, son valores que pueden practicar tanto hombres como mujeres, pero serán los primeros quienes lo adopten como característica innata, y aquellas mujeres honorables o valientes habrán adoptado roles viriles -y tendrán que comportarse como tal, reprimiendo sus sentimientos y su identidad-.

Así, se repite necesario hacer pedagogía feminista para evitar caer en la maniquea percepción de la guerra entre sexos (concepción habitualmente compartida entre los hombres [1]) y comprender que el enemigo a batir es un fenómeno cultural, no biológico, y que la lucha en defensa de la igualdad de género no es un acto solidario del hombre hacia la mujer, sino un frente común de afectación general.

Adrián Tarín

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[1] Algunas teorías feministas atribuyen a causas naturales la aparición de la guerra, haciendo hincapié más en una serie de características biológicas del hombre que en la atribución cultural de roles, así como observan una prolongación fálica en la morfología de misiles y balas. En mi opinión, no son teorías adecuadas.

La mujer en la cultura patriarcal (II)

[Viene de La mujer en la cultura patriarcal (I)]

La cultura es un objeto de construcción de la mujer, y la mujer es un objeto de construcción de la cultura. Mientras que una la fomenta por medio de la teoría, la otra la practica en su ámbito cotidiano. Si la mujer empieza por negar la cultura y al mismo tiempo a poner en práctica la otra, la ideal, la que la sacará de su opresión, tarde o temprano se reconstruirá para sí misma y desde sí misma. “La liberación de las situaciones o formas de alienación es parte de la tarea de construcción de [la mujer nueva]. Pero la construcción de [una mujer nueva] sólo se puede dar masivamente en el contexto de una nueva sociedad” (Ander-egg, 1983:21).

Así pues, en el contexto de la sociedad patriarcal, no se puede ser sujeto si, además, por encima de tal sujeto existen aparatos ideológicos que lo despersonalizan. El sentido de la despersonalización de tal sociedad, por lo común, inhibe por completo a la mujer en la posesión de su mente y de su cuerpo (3). Por tanto, si el ser humano es permeable, habrá que hablar entonces de una reconstrucción de esos aparatos ideológicos que dan forma a las conciencias de los seres humanos. El contenido que alberga las conciencias no es más que el contenido que albergan las instituciones. Y por lo común, tales instituciones son apoyadas por los gobiernos que permiten su cabal funcionamiento. Entonces, para que haya un cambio sustantivo en las conciencias, habrá que hacer también un cambio de gobierno y posteriormente un cambio en las instituciones.

De esta manera, se da por supuesto que hay otro ser humano separado, paradójicamente, de la concepción de ser humano. Digo “separado” porque no es considerado como tal. En dicha separación, no existe una relación de reciprocidad; de igual a igual, más bien, esa separación se encuentra delimitada en los roles de género establecidos por la cultura en la que surgen. Géneros que, desde luego, no poseen los mismos derechos.

En esta ausencia de reconocimiento se presenta la necesidad de reconocer a la mujer como a esa otra vinculada con el que hacer en (y de) la cultura, misma que pone en desventaja a la mujer y beneficia en buena medida al hombre. Estando así las cosas, reconocer a la mujer es integrarla no a la cultura prevaleciente, sino a una nueva en la que tanto el hombre como la mujer se respeten, ejerzan sus derechos, se reconozcan como seres humanos y se vinculen entre sí para beneficio de ambos.

De hecho, del capítulo Género, cultura y filosofía de Rubí de María Gómez, destaco algunos derechos de las niñas y las jóvenes, como el Derecho a no ser discriminadas por su sexo, edad, raza, etnia o religión: el Derecho a la eliminación de barreras que impiden que las niñas, las casadas, embarazadas o madres solteras inicien, continúen o concluyan su educación; el Derecho a una buena alimentación y a la no violencia, etc. Bajo esta consideración de los derechos de las mujeres, la cultura actual debe ser sustituida por otra que integre un nuevo tipo de mujer y un nuevo tipo de hombre.

Con la práctica desde las instituciones como en la sociedad en su conjunto, la cultura puede dar ese cambio sustancial para la transformación de ambos géneros. El hombre y la mujer hacen la cultura y simultáneamente la cultura hace a los seres humanos. Hablamos entonces de una cultura de respeto hacia las demás culturas, una cultura que se ubique en la tolerancia de otras formas de vida, con sus manifestaciones sociales, y claro está culturales. Es decir una cultura universal de respeto, capaz de abrazar a las demás culturas en las que éstas se sientan respaldadas y fortalecidas por esa otra cultura global que las envuelva.

Es cierto que, para que no se repitan los patrones culturales de la represión, también habrá que mirar hacia otros modelos, como el modelo de comportamiento de las amazonas (4), que debería ser un ejemplo de rebeldía para aquellas mujeres que deseen liberarse de las ataduras de la cultura patriarcal-occidental. Eso es lo que hace falta para cambiar su forma de vida. Oponerse a toda forma de organización que no les favorezca para ser sujetas pensantes y creadoras de su propia cultura. Como se ve, las amazonas no se doblegan, hacen la guerra y luchan por su libertad (5).

En el poema Penélope, de Enrique González Rojo, leemos el ejemplo de una amazona: “Penélope no se queda en la casa./ No permanece aquí para cuidar la hortaliza./ Para lavar la cara sucia de los pepinos,/ peinar a los elotes, plancharle a las lechugas/ los puños y los cuellos” (González Rojo, 1988:332). He aquí también un contra ejemplo del que hacer y el destino de muchas mujeres en la actualidad, principalmente de la clase trabajadora. Este tipo de mujer, vive en la cocina, no confronta, acata órdenes, es sumisa, abnegada y sometida por completo a las órdenes de la cultura impuesta. Como este tipo de mujer no es dueña de sí, “…se halla en la cocina todo el día incrustada/ mirando cómo hierve poco a poco su tedio,/ probando a qué le sabe su propia servidumbre” (ibid.: 332).

Vemos así dos tipos de mujer: la mujer “salvaje” de la mitología griega y la mujer civilizada, la que se rebela al orden establecido y la que se somete a él. Para que la mujer salga de su prisión “civilizada” tiene que ser un poco salvaje, como una amazona, que renuncie a ser para “otro” y sea para sí misma. Es más, se da el caso de que no sólo es para el marido, sino también para los hijos, y luego para los nietos. De modo que esta mujer nunca es para sí. No es proyecto de sí, sino de los otros. No es como Penélope, que “no lava los pañales./ No cuelga en un alambre la exposición completa/ de todo su fastidio, frustración, amargura/ encarnada en manteles, calcetines, calzones/ y camisas que lloran lentas lágrimas sucias” (ibid.: 332).

Lo ideal es que la “mujer civilizada” empiece por mirarse en el espejo de las otras mujeres, o lo que es lo mismo, en el espejo de la cultura. Que rompa el espejo de la frivolidad, y que vea no sólo si está mejor maquillada que su vecina, que no sólo se siente a mirar telenovelas y ver cómo de un día para otro le salieron arrugas, etc. Que mire por la ventana y sepa que afuera hay un mundo por cambiar para que cambie ella misma, y de paso la perspectiva de su marido, la de sus hijos, y de sus nietos. Que no nació para quedarse en casa.

Sin embargo, es común en muchas mujeres que se topen con la pared del prejuicio, al intentar salir del marco normativo de la cultura patriarcal, sin que sean un blanco de críticas negativas de su estrecho círculo social. En el caso de las mujeres de escasos recursos, por lo común, su única fuente de información es la televisión y las revistas del medio del espectáculo televisivo. En estas condiciones tan limitadas se conforman con lo que les da la televisión. Se conforman al orden cultural establecido. Y su forma de vida no cambia. Se incrustan cada vez más en la estructura del sistema machista, en la que su ser queda deliberadamente oprimido.

Finalmente, la cultura patriarcal trata de un círculo vicioso con el que deben luchar los hombres y las mujeres, para llegar a emanciparse. Deben dar razón de que la cultura se nos da por hábitos y costumbres que pone en práctica una sociedad. Mismas que pueden cambiarse según haya valor y dignidad en las mujeres, y en los hombres, que sean capaces de luchar en contra del orden cultural impuesto.

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(3) Se entiende aquí por cultura al conjunto de aparatos ideológicos que dan un tipo de ser humano. A saber, la Iglesia, la escuela, la familia, lo jurídico, lo político, lo sindical, los medios de información masiva (prensa, radio, T.V., Internet, etc.), la literatura, las artes, etc. En suma no se es un tipo de ser humano sin un contexto que lo determine. Mismo que diseña tanto instituciones como seres humanos en una época.

(4) Las amazonas son producto de la mitología griega. De ellas se dice que “van a la guerra y se niegan a ser madres de varones, contradiciendo así la función que tradicionalmente cumplían (y cumplen) las mujeres. […] las amazonas rechazan su destino (el matrimonio) y prefieren pelear como los hombres […] representan un verdadero mundo invertido […] Las amazonas son guerreras pero no tienen ciudad y constituyen una amenaza permanente para el mundo civilizado”. (véase el capítulo La mujer en Grecia (mito y concepto) de Rubí de María Gómez, págs. 30-32).

(5) Si bien, en el mito de las amazonas, se asume que hay una advertencia de castigo, mutilación, humillación, y hasta de muerte, en caso de rebeldía, no por ello las mujeres deben frenar la lucha por su liberación. Un ejemplo eficaz de valor, arrojo, y confrontación abierta con el enemigo, lo hallamos en Fidel Castro y demás guerrilleros. Ellos no hubieran hecho un cambio de gobierno –para bien o para mal- en Cuba, si hubieran temido al castigo, la mutilación, etc. Lo mismo para quienes han participado en las revoluciones o para los que han luchado a favor de un cambio de régimen político, económico, social, etc.

Darío Yaparié

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Bibliografía:

  • Ander-egg, Ezequiel (1983), Formas de alienación en la sociedad burguesa, Humanitas, Buenos Aires.
  • Gómez, Rubí de María (2001), “Género, cultura y filosofía” en Filosofía, cultura y diferencia sexual, Plaza y Valdés, México, pp. 75-107
  • Gómez, Rubí de María (2001), “La mujer en Grecia (mito y concepto)” en Filosofía, cultura y diferencia sexual, Plaza y Valdés, México, pp. 25-37
  • Gonzalez Rojo, Enrique (1982), La larga marcha, Oasis, México.
  • Toscano Medina, Marco Arturo (2001), “La filosofía, la mujer y la cultura” en Filosofía, cultura y diferencia sexual, Plaza y Valdés, México, pp. 161-171

La mujer en la cultura patriarcal (I)

Por  Darío Yaparié. Estudiante de Filosofía e Historia de las Ideas
en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México
No se nace mujer, se llega a serlo.
Simone de Beauvoir, El segundo sexo

 Para empezar a hablar de la mujer en la cultura, cabe preguntarse ¿qué es la cultura patriarcal?, ¿qué significa ser mujer en dicha cultura?, ¿cómo se concibe a las mujeres en el mundo occidental que, desde hace siglos, es construido, en gran parte, con la mente y la práctica de los hombres, pero también con la práctica de las mismas mujeres?, ¿por qué muchas mujeres son seres humanos que se encuentran en desventaja respecto de la posición de los hombres?, ¿qué situación viven las mujeres y cómo se puede intentar que mejoren sus vidas y se amplíen sus libertades?

Si empezamos por enfatizar en qué ha sido de la mayoría de las mujeres en la cultura patriarcal, veremos que han padecido, y siguen padeciendo, los embates de la represión machista, a partir de la idea de que el sexo femenino es un sexo acrítico y pasivo por “naturaleza”, misma naturaleza que, supuestamente, justifica y ordena que las mujeres (y los hombres) estén atrapadas en los tentáculos de la cultura. De hecho, para Rubí de María Gómez, “la humanidad de las mujeres ha estado en cuestión durante toda la historia de la cultura y la evidencia de este hecho – la ausencia de la mujer como sujeto cultural, y su carencia de derechos y prerrogativas que caracterizan y legitiman la existencia masculina- es tan apabullante que obnubila la misma posibilidad de preguntarse por ella” (Gómez, 2001:75).

Por consiguiente, las mujeres, por su escasa inserción en la cultura occidental, viven obedientes al someterse a las órdenes de los hombres, a un ámbito particular en su condición de mujeres. Tanto es así, que, a nivel cultural, existe una ruptura, además de un condicionamiento, desde los “otros” y con los “otros”, es decir, con los hombres. De hecho, el carácter de objetividad (1) que ostenta la cultura funge como separador de los seres humanos, e incluso se sitúa por encima de ellos. Digamos que se encuentran diferenciados el hombre y la mujer a pesar de que, paradójicamente, viven entrelazados al ser objetos de la misma cultura que subyace alrededor de ellos.

Además, dicho sea de paso, se aprecia que, en occidente, no sólo la mujer ha padecido los embates de la cultura patriarcal, sino también el hombre, a pesar de que de él manan las estructuras de la misma, el hombre mismo ha sido sujeto y objeto de su creación cultural. Debemos reflexionar en que indistintamente de los géneros separados con su respectiva posición social (si el hombre debe salir a trabajar, la mujer debe quedarse en casa para administrarla y cuidar a los hijos), se padece el problema de la deshumanización, consecuencia de las estructuras políticas, económicas, sociales, etc. A través de los siglos, el grueso de la humanidad del mundo occidental ha sido “deshumanizada” en pos de un sistema que produce y reproduce las relaciones sociales de producción cultural. Por esta razón, “las consecuencias de esta [especie de] colonización cultural son bien conocidas: mirar la propia realidad en un espejo en que se reflejan figuras de otra realidad, [se trata de un] buen sistema para distraernos de lo nuestro y para no emanciparnos culturalmente” (Ander-Egg, 1983:155).

Hay que tener en cuenta, que, la manera de concebir al hombre y a la mujer con su respectivo que hacer a nivel cultural, político e ideológico, se debe a la peculiar forma del pensamiento patriarcal, que circunscribe el ámbito de las relaciones humanas a una concepción supuestamente natural: los hombres y las mujeres son diferentes por naturaleza. Esto significa que la mujer es pasiva, obediente, sin pensamiento crítico, etc., y que el hombre es activo, replicante y capaz de pensar por sí mismo, y de paso por las mujeres. Tal pensamiento generador de abusos hacia la mujer, en suma, hace que los hombres sean los que gobiernen y las mujeres a que obedezcan. En buena medida, debemos semejante dualidad a los pioneros de las ideas que, como productos forjadores de la conciencia, han abonado el terreno de las relaciones humanas para influir de manera decisiva en ellas. A modo de ejemplo baste señalar la Biblia, los filósofos presocráticos, Pitágoras, Platón, Aristóteles, hasta los creadores de las teorías psicológicas como las de Sigmund Freud y Lacan. Cada uno de ellos justificará teóricamente el papel que deberá asumir el hombre y la mujer en el mundo occidental. Y la prueba es que, para Ezequiel Ander-Egg, con ellos sucede

Como tantos otros intelectuales europeos, incapaces de ver el mundo fuera de las gafas de su propia cultura, creían que aportaban el soplo espiritual del humanismo occidental, que sus voces eran proféticas […] Más todavía, ni siquiera repararon que esas ideas, más que alimento intelectual, constituían la justificación ideológica de la dominación […] que llevaban a la práctica los hombres de acción (Ander-Egg, 1983:155).

He aquí cómo comienza a forjarse un tipo de ser humano a partir de las “inteligencias” de unos cuántos sobre millones de “inteligencias” en el mundo occidental. De aquí, que también comience a forjarse una red cultural que entretejerán con sus actos los hombres y las mujeres. En todo ello se manifiesta el carácter simbólico o representativo de la construcción femenina y masculina como polos opuestos, como construcciones históricas dadas en un particular contexto.

El problema es que, aunque la fisonomía de los contextos cambie, las relaciones humanas con su respectiva construcción simbólica siguen vigentes y entretejidas en el uso y abuso del hombre hacia la mujer. Por ello es necesario que existan teorías o discursos desde el ámbito de la filosofía de la cultura, de la política, de la economía, del derecho y el Estado, de la ética, etc., que señalen los problemas de la cultura patriarcal que afectan directamente a la mujer, y también al hombre. “Es necesario que [se] piense a la mujer en el singular modo de ser que la ha distinguido y que, a la vez, la ha condenado a ser y existir en el mundo construido por el varón, […] la ha marginado de la creación y recreación de las formas de vida humana sociales y culturales” (Toscano Medina, 2001:161).

Así pues, es innegable que la mujer ha padecido los embates de la cultura. Esto es, que el ser de la mujer, a lo largo de la historia patriarcal, ha estado sujeto a las necesidades de dicha cultura. Pongamos por caso al ser de la mujer occidental en palabras del poeta mexicano Enrique González Rojo, un ser que hace la función de: “vulgar abono para que al árbol masculino [pronuncie] sus flores” (González Rojo, 1982:86). La mujer como un elemento vital para la construcción de lo masculino, y, al mismo tiempo, la mujer como un elemento de desconstrucción para sí misma. La mujer, en este problema, es para otro, pero no es para sí misma, se da al otro, pero no se da a sí misma, piensa en el otro, pero no piensa para sí y desde sí misma. En ella no se pronuncian sus flores como en el árbol masculino, lo cual es imposible, debido a que la mujer ni siquiera es árbol (un árbol que, por cierto, hunde sus raíces en la tierra y da frutos), simplemente es vulgar abono para nutrir al árbol masculino.

La mujer así, en la práctica cotidiana, se reduce a objeto, un objeto que no piensa por sí mismo, sino que lo piensan para el provecho del otro (del hombre),y también un objeto deseado por lo otro, es decir, por la cultura. Es importante, pues, que la mujer comience a pensarse desde sí y desde fuera de sí (desde la cultura del otro), si es su voluntad salir del lugar al que se le ha confinado; del papel de vulgar abono que reproduce las ramas y fortalece las raíces, tanto del árbol de la cultura como las del hombre mismo. “La mujer no ha jugado en ella ningún papel protagónico o relevante, si acaso el de cumplir el papel de una compañera cuya tarea es dar sosiego al conquistador, darle más hijos (que sean varones preferentemente) y que sea capaz de reproducir en el espacio doméstico (único espacio en el que encuentra su “realización”) la educación y los valores masculinos” (Toscano Medina, 2001:164).

En efecto, si la mujer empieza por pensarse desde sí y desde fuera de sí hará conciencia de cómo se entreteje la cultura del otro y de cómo ha sido entretejida ella misma. La cultura del otro posee un sentido y una significación, misma que da un sentido, sí, pero una des-significación para la mujer como ser humano con capacidades como las del hombre mismo. La mujer-objeto se des-significa como sujeto activo capaz de construir e imprimir su espíritu en la cultura del otro. En ésta des-significación, la conciencia de la mujer, que es conciencia de sí misma, pierde sentido, pues está allí, sin más, esperando y bien dispuesta para dar sentido a la cultura del otro.

Ya la naturaleza (2) misma de la mujer -como un ente en que culmina la gestación humana- le da un lugar en el mundo, pero aquella no construye su ser en él. Es decir, la mujer y el hombre nacen, sí, naturalmente, de las entrañas de la mujer, pero la cultura no nace ni nacerá de las entrañas de ninguna mujer, sino de las mentes creadoras de los o las sujetos.

Por tanto, si la mujer “da a luz”, desde sus entrañas, al ser humano en general, el ser de la mujer, desde que nace, es un ser “sin luz” para la cultura del otro, no para sí misma. Es un ser para sí desde lo biológico en el que su cuerpo le pertenece (aunque hay mujeres que se dan por completo, negándose a sí mismas, que a la cultura del otro le pertenece su cuerpo y su espíritu), pero su conciencia aún no está construida, no es conciencia para ser sí misma. Ésta más bien comienza a construirse a través del tiempo, bajo la influencia de la cultura en la que nace. Por tanto, cuando el ser, desde sus primeros días, es arrojado a la cultura, desde la cultura para la cultura, según el tipo de cultura que prevalezca, y según la tradición que la fortalezca, el ser del ser humano se oprimirá o se liberará.

En otras palabras, la tarea que se debe asumir para la reconstrucción de la cultura y de una nueva mujer, es, primero, la de construir un aparato crítico, capaz de cuestionar y minar las bases de la cultura que prevalece. Si se es un tipo de mujer desde el discurso de la cultura, es porque también existe una mujer que se autoconstruye con el discurso y la práctica de dicha cultura. Una no puede existir sin la otra. El contexto cultural delimita y conforma a la mujer restándole subjetividad, estableciendo así una relación paralela de mutua dependencia.

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(1) La cultura es objetiva cuando ésta deja de ser producto de la subjetividad de quien la crea, es decir, de la sociedad en su conjunto, que la construye a través de la práctica cotidiana. Así, la cultura patriarcal, más que atender a la subjetividad que intentamos revivir en las mujeres y en los hombres de ella, la anula, objetivándolos para ser sus instrumentos. Digamos que la cultura hace el papel de regidor donde ésta no les pertenece a los seres humanos, sino que a la cultura le pertenecen los seres humanos. En esta paradoja, la cultura se establece como una entidad viva, separada de los mortales, debido a que nacimientos y muertes de seres humanos pueden ir y venir con el paso de los años, pero la cultura puede estar ahí, inalterable por el paso del tiempo, pero más aún por los hombres y las mujeres que la fortalecen en la práctica.

(2) Hablo de “la naturaleza de la mujer” en el sentido que, en las mujeres –a no ser que nazcan con problemas de esterilidad- la naturaleza decidió que en ellas se gestara el producto humano, para que finalmente lo arroje al mundo de los demás seres humanos y, por tanto, de la cultura. Sin embargo, de la mujer misma depende si quiere ser madre o no, pero tal decisión será una decisión cultural, no natural. Así pues, en caso de que la mujer decida no parir, no significa que no sea mujer.

Yo también #tengounplan, pero necesitaré un helicóptero y napalm

Por EskizoElena

Ya es la septuagésimo segunda vez que me sale el anuncio de Desigual antes de un vídeo de Youtube, y ya no me aguanto. He aquí mi opinión (y digo «opinión» para indicaros sutilmente que me la suda lo que me contestéis).

Ayer me desperté con la maravillosa visión de la nueva campaña publicitaria de la marca Desigual. No por gusto, si no porque tengo algún amigo por ahí que me conoce muy bien y me manda cosas así para que me motive. Pues lo has conseguido, maldito.

En dichos anuncios lo que se ve, a grandes rasgos, es una tía vistiéndose y desvistiéndose 3646 veces y hablando… ¿de política? ¿economía? No. Una habla de que se quiere tirar al jefe, otra de que se va a Tailandia y la otra de que le va a presentar a sus padres a su novia. Que muy bien, que en los anuncios no van a ponerse a hablar de desahucios, lo entiendo. Pero no son los temas, si no el cómo son tratados esos temas, lo que me hace estar condenaíta. Pero, como dijo Jack «El Destripador», vayamos por partes.

¡Primer anuncio!

Aquí la señorita, de la cual evidentemente no sabemos su trabajo, dice que se quiere tirar a su jefe. Que cada una y cada uno puede tirarse a quien quiera, hoygan, y cada uno puede pensar lo que quiera de su jefe. Pero que no es lo único en lo que pensamos, ni la única meta que tenemos en la vida. Y ya me saltarán algunos con «pero si es una tía liberal, que sabe lo que quiere». Si yo no digo que no lo sepa, pero que no creo que sea lo único que piensa por las mañanas cuando va al curro. Y que siempre pongan a una tía que se quiere tirar a su jefe, y no al contrario se llama sexismo. Y no me digáis que si fuese al revés todas las feministas saltaríamos diciendo que el anuncio es machista y nuestra guerra sólo está ahí, porque está claro que en la sociedad patriarcal en la que vivimos la igualdad no se alcanza cambiando esos roles y punto. Se alcanza desde una educación igualitaria desde la base.

No me neguéis que la imagen que da el anuncio es de la secretaria cachonda que se quiere tirar al jefe perfecto de los abdominales de oro. Y si fuese al revés veríais al pobrecito chico que ansía tirarse a la jefa «dominatrix», la madurita cachonda. Eso es porque en nuestra mente tenemos establecidas unas relaciones de poder y de género que nos llevan a forjar unas ideas preconcebidas, sin cuestionarlas. ¡Cuánto daño ha hecho «Sexo en Nueva York»! Sobre todo cuando nos pensamos que lo único que hace a una tía empoderarse es hablar de tíos y de a quién quiere tirarse. La libertad sexual es un paso, pero no el único, y en este caso  lo parece. Tampoco ayuda que la señorita diga «qué digan lo que quieran las de contabilidad», pues lo único que hace es afianzar la creencia de que cuando a una mujer le va bien y se siente bien, el resto son unas envidiosas y unas víboras. No os excuséis en que esto es un caso concreto, no me vale. Es un anuncio, y la publicidad está hecha para vender, ya sea un producto, un pensamiento o una idea.

¡¡Segundo anuncio!!

O como le llaman la mayoría, «el de las bolleras». Pues para empezar, ya por ahí la habéis cagado, panda de cansinos y cansinas. Igual que si fuesen dos tíos y dijerais «el de los maricas». Tanta etiqueta me agota. Otra vez volvemos a una tía «empoderada» que, como no, tiene una de las características que más se usan para desacreditarnos a las feministas: lesbiana. Aunque la verdad, el o la que piensa que eso nos desacredita es imbécil, porque no es un descalificativo, pero sí la intención que suele llevar esa palabra. En fin…

La muchacha en este caso nos muestra su amor ideal y romántico con esa otra persona que aún no vemos, pero que claramente intuimos que va a ser una chica. «En un principio a mi padre le va a chocar, pero luego le va a encantar. Y a sus amigos también». Con dos ovarios. Porque claro, una tía que es bisexual (antes habla de un tal Nacho), es un objeto de deseo, es el morbo personificado, es de película porno. Si fuese un tío, ya cambiarían las tornas, ya.

Y ya por fin cuando se nos muestra a la pareja, resulta que sí, que es una tía. Pero no una tía cualquiera, no, sino el típico estereotipo de lesbiana con el pelo corto y que saca músculo, y a la que obviamente le gusta el fútbol. Luego si yo voy con el pelo corto y me gusta el fútbol, soy lesbiana ¿no? No me llevéis la contraria diciendo que la otra tía es muy femenina aunque sea lesbiana, porque ya hemos dicho que es bisexual, y para las mentes degeneradas y atrasadas, no es lo mismo. Seguimos explotando el morbo que a muchos les da una pareja de tías, y que no pasa al contrario. Sexismo.

¡¡¡Y tercer anuncio!!!

Es mi favorito, sin duda alguna. Para empezar, a la protagonista le molesta la crisis, está harta. Pero no de la situación precaria que vivimos, de que la gente no coma, o de los desahucios, no. Está harta del «mal rollo». Dí que sí, que esto de la crisis viene muy mal para los chakras. Y qué mejor manera de evitar esa mala energía que pirarse de España. Muchos los hemos pensado, pero para ir a buscar un trabajo que aquí no encontramos, no para irnos de vacaciones a Tailandia y vivir la vida frente al mar. Más que nada porque Tailandia no es sólo un destino de vacaciones, sino que es un país en vías de desarrollo con pobreza, precariedad, delincuencia, explotación, trata… A mi eso me da tela de buen rollo.

Por otra parte, como a ella la crisis no le afecta (pues puede ir vistiendo de Desigual, que esa es otra), se piensa ir a bucear, a darse masajes, a ver puestas de sol, y de «full moon party». Ella es un «hippi» que va a disfrutar con el dinero de su padre, ¡y a vivir como las salvajes! Porque todo lo que es extranjero, oriental, diferente… es de salvajes. Con esas edad es chungo tener esa visión colonialista de las cosas, perdona que te lo diga.

Luego lo intenta arreglar diciendo «vosotras os casáis, y yo me voy a Tailandia». Y me hago un trío. ¿Eso es lo «liberal» del anuncio? Pues también lo critico en el momento en el que creemos que una opción es mejor que otra, sin respetar la libertad de cada uno. Además, vuelve a hacernos creer que lo que nos libera a las mujeres es únicamente el tema sexual. Hasta el pobre novio me da pena. Una relación no es sólo el tener mucho sexo o el matrimonio, y no te liberas más por romper con esas normas preestablecidas. Una relación para mí debería ser una unión libremente pactada, de relaciones de responsabilidad compartida, de sexualidad libre pero responsable, sin que ahogue el crecimiento individual. Dejémonos de pensar en el amor romántico, y en que cuando no lo encontramos la única opción es huir, por favor.

Ya en general y para concluir, pienso que esta campaña sigue siendo una muestra más del sexismo de la publicidad en la que estamos inmersos, de los estereotipos, de las mujeres idealizadas, hechas a imagen de lo que nosotros creemos que es lo perfecto. Ninguna de esas mujeres tiene una talla 40, ni arrugas, ni unas curvas pronunciadas… Son lo que llamamos «tías buenas», hoy en día. Aquí se nos han presentado los tres tipos de mujer que, hoy en día, creemos que representa el «empoderamiento» o el feminismo: la «puta», las «lesbiana» y la «hippi». Ya es hora de que nos demos cuenta de que si seguimos permitiendo que se nos marquen los ideales, los cánones de belleza, la forma de ver las cosas, la mayoría de la sociedad lo seguirá viendo así. Y no se trata de prohibir, se trata de concienciar y cambiar. Dudo mucho que este anuncio lleve aparejada un poco de crítica o busque hacernos plantearnos todo esto. No olvidemos que sigue queriendo vendernos algo, y seguir utilizando a las mujeres como objetos en pro del capital. Este anuncio representa lo que por desgracia mucha gente piensa, y es una de las armas utilizadas por el patriarcado para afianzarse y mantenerse con el tiempo, disfrazarse de supuesto «feminismo». Es el nuevo machismo.