Los Pacifistas de la Revolución: Simone Weil y Melchor Rodríguez

“Un abismo separaba a los hombres armados de la población desarmada, un abismo semejante al que separa a los pobres y a los ricos. Se sentía en la actitud siempre algo humilde, sumisa, temerosa de unos, en la soltura, la desenvoltura, la condescendencia de los otros.” Simone Weil describió así la sociedad revolucionaría que se alcanzó el 19 de Julio en Barcelona y que pese a haber abolido la división de clases sociales en base al capital, mantenía una nueva división en base a quienes portaban las armas y  monopolizaban el uso de la violencia según su criterio.  Es una versión desconfiada y crítica de las milicias a las que perteneció y por las que admite que sintió un auténtico amor fraternal y espíritu de lucha por una causa sumamente justa, pues por fin tuvo oportunidad de ayudar a las capas despreciadas de la jerarquía social por las que siempre había sentido gran simpatía (desde una posición acomodada, eso sí), por fin les apoyaría en su legítima defensa.

Esta descripción viene dada por su misiva a Georges Bernanos, simpatizante del bando fascista que después de presenciar las matanzas a campesinos consentidas por la iglesia y los terratenientes, mostró su repulsa hacia los militares en Los Grandes Cementerios Bajo la Luna, esta lectura animó a Weil a escribir a Bernanos de manera que cada uno hace crítica de la violencia ejercida por su propio bando.  Aun así Weil deja ciertas inexactitudes que se explican al final de la carta. Inexactitudes que pretendían deshumanizar a Durruti.

Ella parte de un pensamiento similar al de Tolstoi que sin renunciar a la religión exige justicia social, el empoderamiento de la clase trabajadora y un pacifismo a ultranza. Su empatía con los pobres venía dada por una sensibilidad enorme ante el dolor ajeno. Se dice que rompió a llorar al enterarse de la hambruna que asolaba China.  Esta sensibilidad le llevó a incorporarse en asociaciones comunistas francesas y participar en la Revolución Social Española junto a las milicias anarquistas aunque no se atrevió a disparar el fusil, sí que sufrió el terror de los bombardeos fascistas. Fue un calvario para ella contemplar la guerra tan de cerca, también le disgustaba la violencia en la retaguardia y los malos tratos que recibieron algunos religiosos. Ella fundamentaba su moralismo en la religión aunque al igual que Tolstoi, se distanció de la iglesia y fue muy crítica con ella. “Si se fijara en las puertas de las iglesias un cartel diciendo que se prohíbe la entrada a cualquiera que disfrute de una renta superior a tal o cual suma poco elevada, yo me convertiría inmediatamente”.

Tuvo que volver a Francia tras herirse, no por la guerra  sino por un accidente bastante torpe con una sartén. Volvió con intención de regresar pronto para ayudar a sus compañeros pero abandonó esta idea al darse cuenta de que ya no era una guerra por la dignidad del pueblo español sino que se había convertido en una guerra entre Rusia, Alemania e Italia. Todos sabemos que tras la derrota el movimiento libertario quedó reducido a cenizas y Simone Weil nunca más tuvo contacto con él. Tuvo que huir de la ocupación nazi y ya sólo se dedicó a cuestiones de filosofía y teosofía que aquí no nos son relevantes. Con estas inquietudes murió de tuberculosis bastante joven sin llegar a ver la caída del nazismo. Aun así dejó textos de interés para nosotros como La Condición Obrera, La Supresión General de los Partidos y Reflexiones sobre las Causas de la Libertad y la Opresión Social.

 Por otro lado, en Madrid estaba Melchor Rodríguez ejerciendo de delegado de prisiones por mandato de Juan García Oliver, entonces ministro de justicia. Melchor siempre había luchado por los derechos de los reclusos, incluso los de ideología contraria. Desde que comenzó su militancia en la CNT consideraba esta lucha una prioridad para los principios libertarios, por ello sufrió largos años de cárcel en todos los regímenes que vivió. Durante la guerra aprovechó su cargo para detener las sacas de presos en las cárceles de Madrid y los linchamientos en la de Alcalá, permitió la huida de reclusos a territorio enemigo o les dio refugio y frenó las ejecuciones masivas de Paracuellos, todo esto le llevó a jugarse la vida en varias ocasiones y enfrentarse a los dirigentes comunistas que le acusarían de ser un traidor fascista. Tras la retirada en avión de estos que le acusaron de traición le tocó ser brevemente Alcalde de Madrid, último alcalde de la República y responsable de la rendición de Madrid.  Toda esta actividad le salvó la vida tras la derrota; el testimonio de la gente que había salvado, algunos de ellos importantes militares fascistas, le permitió eludir la pena de muerte y reducir sus años de cárcel. Le ofrecieron un puesto en el sindicato falangista y buenos empleos, pudo optar por los privilegios de la dictadura pero decidió vivir con austeridad y seguir su militancia «normal», esta vez defendiendo la vida de los presos de su propio bando, lo que le llevó de nuevo a la cárcel. Su funeral, aun bajo el franquismo, fue un hecho insólito en la historia; reunió a las dos Españas de forma pacífica, anarquistas y falangistas en el mismo lugar. Los vencidos cantaron A Las Barricadas y los vencedores le dedicaron una oración. Todo sin ningún incidente. Sobre su féretro dejaron una bandera rojinegra y un crucifijo.

A diferencia de Simone Weil, Melchor Rodríguez nunca fue religioso, fue obrero desde muy joven y no se interesaba por cuestiones teóricas o filosóficas, sino por la acción real. Es posible que nunca leyera a Tolstoi pero curiosamente puso en práctica las directrices morales y pacifistas que Tolstoi teorizó y no tuvo oportunidad de llevar a la práctica. «Sólo hay una manera de poner término al mal, y es el devolver bien por mal», «Se puede morir por las ideas, pero nunca matar por ellas«. Demuestra así que la integridad moral no depende de la religión ni tampoco de la erudición. Su pacifismo era real y no sólo de palabra, lo que le sitúa por encima de Weil, de Gandhi y del típico discurso de la piedad cristiana. Creo que no es exagerado considerar a Melchor el mayor pacifista de la historia. Su personalidad se ha ocultado durante demasiadas décadas pues no interesa romper el viejo mito del anarquista enloquecido que va lanzando bombas y quemando iglesias por ahí. No interesa dar a conocer una buena cara del anarquismo. Afortunadamente hay un documental reciente que ha transmitido su historia a un gran público y además el Ayuntamiento de Madrid ha decidido por unanimidad otorgarle una calle. Ahora que algunos partidos pretenden aprovechar esta figura histórica es importante reivindicar que era uno de los nuestros, un anarquista y de la CNT hasta el final. Es importante destacar estas personalidades como muestra del humanismo que siempre ha estado presente en el movimiento. Pues el anarquismo sin humanismo no sería más que una rabieta adolescente.

Enlaces del mes: Julio 2015

Imprescindible el texto de El Critic para empezar a salir del atolladero en que se ha metido la izquierda por sus propios pecados: Estetización, alejamiento de las clases populares, soberbia sectaria, falta de autoconfianza y de un discurso coherente…

Tras el sometimiento de Tsipras a las condiciones de la Troika, ¿Qué queda para Grecia? El artículo se pregunta si ha llegado la hora de hablar de Revolución. Pero puestos pensar la Revolución ¿Es posible en Grecia? La falta de organización revolucionaria, de programa, de condiciones materiales que permitan socializar el país sin condenar a muchos a la pobreza parece dar como resultado que esa imaginaria revolución no sólo tiene pocas posibilidades de realizarse, si no también escasas probabilidades de resultar un éxito.

La CNT ante su nuevo congreso, en palabras de su Secretario General, debe adoptar una estructura organizativa operativa para los tiempos actuales. También habla, afortunadamente, de recuperar el anarcosindicalismo como una herramienta para la mayoría de personas. Así es, el sindicalismo de intención revolucionaria debe aspirar a organizar a toda la clase trabajadora sin excusas, comprometerse con cambios sociales radicales desde una visión estratégica y decidida, sin refugiarse en ningún tipo de excusas.

El mundo del rock no sólo se ha convertido en un refugio del consumismo, también en un pilar principal que refuerza la cultura patriarcal. Son anecdóticos los casos de grupos con presencia femenina e, incluso en estos casos, su presencia se proyecta contribuyendo al imaginario sexista. Así, la cultura rockera constituye un ejemplo más de terreno de libertad y contestación cultural que se dedica a impulsar el machismo.

Sobre la diversidad de tácticas y estrategias y la capacidad de conectarlas en un movimiento popular coherente y capaz de avanzar nos hablan en Borroka Garaia Da.

Frank Mintz argumenta en el boletín Cultura Libertaria cómo los tiempos de la lucha vienen marcados por la mayoría social, frente a las aventuras insurreccionales de algunos que quieren acelerar violentamente el curso histórico ejerciendo de vanguardia proletaria, y también frente a quienes se empeñan en la estrategia del pacto y la negociación.

De victorias y derrotas: crónica del 29-S

Como respuesta a la represión sufrida el pasado martes 25 y miércoles 26 de septiembre, miles de personas nos desplazamos desde diferentes puntos del Estado a Madrid para rodear el Congreso, exigir la libertad de los detenidos y forzar la dimisión del Gobierno. ‘Hemos ganado’, exclamaron desde la organización. Esta es una crónica de esa victoria y de su irreal resultado.

La tercera jornada de protestas iniciadas por el movimiento Rodea el Congreso (uno de sus múltiples nombres) comenzó con los tintes habituales que caracterizan las movilizaciones masivas que desde mayo de 2011 se vienen realizando por todo el Estado español: plazas y calles adyacentes abarrotadas de individuos de heterogénea ideología, estética, extracción social, género y edad. El ambiente durante las primeras horas era un calco de otras protestas a las que ya estamos acostumbrados, pero que son visualmente muy diferentes a las de antaño. Apenas hay símbolos ideológicos, partidos políticos o banderas, más allá de algunas enseñas tricolores republicanas, y son muchas las pancartas y cánticos contra la clase política y la policía. No hay consignas tradicionales de lucha de clase y casi no se habla del capitalismo. Semióticamente esto también significa algo. El escepticismo de la postmodernidad puede respirarse entre una multitud que minutos más tarde abandonaría la Plaza de Neptuno dejando un reguero de latas de cerveza vacías por la acera.

El perímetro de vallado que rodeaba el Congreso se extendía desproporcionadamente, cortando las calles a gran distancia del que, a priori, parecía el objetivo de la concentración. El Paseo del Prado en dirección a Cibeles y a Atocha estaba rodeado de furgones policiales; en torno a unos 50 o 60 podían verse a simple vista. Donde no alcanzaba el mirar era seguro que había más. Hasta poco antes de que se pusiera el sol sólo provocaba la indignación de los presentes las apariciones cada quince minutos de un helicóptero que sobrevolaba Neptuno.

La gente seguía llegando en masa y la cantidad de horas de pie y de inactividad –más allá de los cánticos- daban pie a diferentes comentarios, la mayoría en torno a la conveniencia del uso de la violencia por parte de los manifestantes, así como a la posible presencia de infiltrados. Algunos de los congregados descansábamos sentados en el suelo e intermitentemente subíamos a las ventanas de los edificios colindantes para comprobar la afluencia. Por no disponer de telefonía con Internet, las únicas noticias “del exterior” las conocí a través de mensajes de texto: la policía amenazaba a los medios de comunicación advirtiéndoles de que debían abandonar la plaza ante la posibilidad de que se produjesen cargas policiales.

Una vez caída la noche, desde la megafonía de la coordinadora se desconvocó la manifestación. “Ya hemos ganado”, dijeron. Quienes resistiesen en la plaza lo harían bajo su responsabilidad. La medida se tomaba, según expusieron, para que no se repitiesen los altercados del 25 y del 26. En ese momento me pregunté: ¿Para qué he recorrido más de 500 kilómetros en autobús y he invertido parte de mi escaso salario? ¿Cuál era el objetivo político real de esta manifestación? ¿En qué momento puede finalizar un sitio al Congreso? ¿Qué es exactamente lo que hemos ganado permaneciendo cuatro horas de pie frente a una valla? ¿No nacía esta plataforma como un método de protesta indefinido? Todas estas cuestiones rondaban mi cabeza, defraudado, mientras comprobaba el poder de convicción de un megáfono. Aunque todavía seguíamos siendo legión, la mitad de los convocados abandonaron Neptuno. Algunos para cenar, otros a sus casas y un grupo de unas 150 personas a intentar realizar una patética cadena humana alrededor del Congreso atravesando la Calle Cervantes, con evidente e infructuoso resultado.

No es la primera vez que presencio cómo desde las organizaciones convocantes de una manifestación, cuando ésta empieza a tomar un cariz combativo, se anima a los asistentes a desmovilizarse. ¿Cuál es el objetivo de incitarnos a que tomemos una determinada actitud? ¿Por qué hay que coaccionarnos para que finalice un acto de protesta en el momento en que ellos elijan? Cuando esto ocurre sólo me queda sospechar que, en esos instantes, los convocantes están pensando más en la imagen de su plataforma y sus necesidades como organización que en los fines de la protesta.

A pesar del vaciado, como se ha dicho, todavía un nutrido grupo de personas ocupaba la plaza. Entonces ya eran abrumadora mayoría los jóvenes. Aparecían las primeras capuchas y verdugos, así como una mayor cantidad de personas con estética tradicional de izquierdas. Los cánticos contra la policía aumentaron. No podía ver lo que pasa en la bocacalle que orienta el tráfico hacia Cibeles, pero me constaba que había cierta provocación policial, aunque nada grave. Frente a la valla más próxima al Congreso comenzaron a volar los primeros objetos y algunos manifestantes fueron reprendidos. Se les acusó de estar infiltrados. Otros les defendieron. El ambiente se caldeaba y terminó de estallar con el lanzamiento de un petardo hacia el otro lado de la valla. Hubo mucha gente que no vio la trayectoria del explosivo y su detonación cogió por sorpresa a la mayoría de los asistentes, que huyeron al pensar que se había lanzado una pelota de goma. Algunos de los que vimos qué había pasado tratamos de arengar a quienes corrían para que se quedasen quietos, nos tapamos las caras y lanzamos botellas a los antidisturbios para evitar una posible carga al verles ponerse los cascos y cargar sus escopetas. Era absurdo pensar que los agentes podían agredirnos desde detrás de un triple vallado, pero las escenas de histeria colectiva y las carreras contagiosas se repitieron toda la noche.

Con este primer amago de carga se vació un poco más la plaza y volvió la calma. No obstante, quienes allí estábamos ya teníamos el convencimiento de que habría violencia, algo que no podía adivinarse con claridad horas antes. Más tarde, en un extremo de la plaza hubo movimiento, carreras, algún golpe seguro, pero desde donde me encontraba no podía verlo con claridad. Entre 6 y 10 furgones policiales subieron desde Atocha a Neptuno y entraron en el corazón de la misma, dividendo a los manifestantes en dos grupos. Uno orientado hacia Cibeles y otro hacia Atocha. Un pequeño colectivo permanecía todavía de cara al Congreso, en el centro. Parte de los manifestantes se situaron frente a las furgonetas para evitar que avanzaran. No sé qué ocurrió –más tarde lo vería por televisión- a los compañeros acorralados entre Cibeles y Neptuno, pero en la zona en la que quedé atrapado comenzó el lanzamiento de objetos. Un nuevo petardo, esta vez verde, estalló bajo los furgones. Los agentes bajaron de sus vehículos y corrieron hacia la multitud, que resistió como pudo y se refugió en la Calle Cervantes. Volcamos en la bocacalle algunos contenedores y se improvisó una barricada. Un grupo de policías aguardaba en la esquina del Palace y Cervantes, recibiendo el impacto de latas y botellas con una banda sonora antológica: El pueblo unido jamás será vencido. En el otro extremo de la plaza, aunque no pudimos verlo, le reventaron la cabeza a un joven que tuvo que ser hospitalizado y detuvieron a dos compañeros.

A partir de entonces todo fue un correcalles. En cada esquina en la que tuvimos que apostarnos tras retroceder levantamos una barricada, que al tiempo era sorteada por los agentes o bien por el mismo camino o por calles laterales. Poco a poco esto hizo que nos dividiésemos y que, por nuestra propia cuenta, acabáramos abandonando cualquier posibilidad de resistencia y de retomar Neptuno. Durante estas carreras recibimos algunos pelotazos de goma y varios destacamentos de agentes de la UIP entraron en locales de la zona amenazando a los clientes y golpeando a los manifestantes que se habían refugiado en ellos.

Según contaron los medios, después de desalojar a los manifestantes de Neptuno un grupo de pacifistas se apostaron, sentados, frente a la valla del Congreso. Allí permanecieron hasta que pactaron su salida sin consecuencias. Para haber ganado, como decían desde la coordinadora, el triunfo tuvo un sabor amargo.

Vídeo relacionado: http://www.youtube.com/watch?v=r1LYYaPk7zI

Anónimo.