Los que se van, los que no se van y los que aún no están

En el fondo, a mí lo que me gustaría es dar un paseo por el campo y ver las flores, los pájaros, los bichitos y demás. Lo sé, esto es una web de comunicación social libertaria y yo soy un cursi y un soso, pero eso no es lo que más me preocupa.
Resulta que no sólo no puedo ir a dar ese paseo porque tengo preocupaciones como las vuestras, las personales (buscar trabajo, mantener la casa en condiciones, etc.) y las colectivas (desahucios que parar, campañas de denuncia que apoyar, …), sino que, para colmo, también toca tirarnos unos cuantos trastos a la cabeza, en el mundillo anarquista, y creo que eso no nos ayuda a ver las cosas más claras.

Vamo’ a calmarno’.

En esta nuestra web se publicó un artículo de Arturo M. sobre el tema de las compañeras que van a candidaturas electorales que está suscitando reacciones varias e intensas.
Como lector de ese artículo, me pareció un intento de entender esa «fuga de cerebros» y no una justificación, no por falta de escepticismo hacia este mundillo anarquista, sino por el debido escepticismo hacia la vía institucional. Por suerte o por desgracia, las ocasiones que he tenido de conocer personalmente a cualquiera de estos candidatos han sido pocas, pero me han reafirmado en una costumbre: no suponer malas intenciones, ni siquiera grandes egos, por parte de nadie. Ese tipo de análisis, sobre «afán de poder», «traición» y demás es innecesario en general (ya nos avisó un dicho popular de que «el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones») y en este caso sería simplemente deshonesto por mi parte. Sospecho, incluso, que parte de la decepción en estos casos tiene que ver con la simpatía sentida antes por el compañero que nos «abandona», pero esto ya es especular intuitivamente y no creo que se pueda hablar de «complejo de Electra», como decían las compas de la FAGC: la relación puede ser afectuosa, pero sin paternidad… Queda para otro día hablar de eso, de cómo nos empeñamos en matar (simbólicamente, ¿eh?) a madres y padres (sigo en lo simbólico) salvo que ya vengan muertas de serie -Duurruti, Kropotkin, Goldman, etc.-, en cuyo caso sí asumiremos el vínculo y disputaremos si nos daría la razón a unas o a otras.
Volviendo al lío, que no vayamos a fustigar a un ¿ex?compañero tampoco quiere decir que tengamos que fustigarnos nosotras, como bien apuntaban en Twitter las grancanarias. Si el problema, como decía Arturo, es que nos falta un proyecto político con perspectivas de futuro tanto en lo colectivo como en lo personal, y ello en parte porque lo uno es a menudo a costa de lo otro y no asociado a ello, no es menos cierto lo que apuntaban desde el Ateneu Llibertari del Cabanyal: esa falta de perspectivas suele quemar a la gente para salir fuera, no arriba. Suele hacer que la gente salga de su colectivo u organización y se repliegue a su vida personal, su círculo afectivo, pero no que se incorpore a listas electorales que pueden llevarles más fácilmente donde ya sabemos (justificación del Poder, enfrentamiento con compañeras de clase, contradicciones, etc.) que a cambiar nada.

Volviendo a lo que me gustó, creo que el texto también nos invitaba a un balance de la capacidad de presión de los movimientos sociales de que formamos parte. El paso del anarquismo -o más a menudo, del anarcosindicalismo- a la política institucional ha estado siempre vinculado a coyunturas en que se veían nuevas oportunidades que podían durar poco (el Grupo Sindicalista Parlamentario en las municipales de 1917, la participación de anarcosindicalistas en la creación del PCE y otros partidos de la KomIntern, tras la revolución rusa, el Partido Sindicalista de Pestaña y demás en 1934, el apoyo de Askatasuna a HB en 1979, etc.) y ofrecer resultados relativamente fáciles en poco tiempo.
Algunos casos, sin embargo, tienen mucho que ver con temas de macropolítica que a las anarquistas -acostumbradas a la política de colectivo, de barrio, acaso municipal- nos quedan grandes. No a nivel teórico -claro que tenemos ideas al respecto-, sino en nuestra capacidad de incidencia práctica. No se trata de hacer de abogado del Diablo, pero sí de entender por qué ha pasado y volverá a pasar. Sucedió con quienes defendieron el frentepopulismo a partir de julio de 1936 y sucede con quienes toman ahora el green new deal como gran objetivo a corto plazo contra el cambio climático y el empobrecimiento de masas.

Sucede incluso con quienes participaron en los diferentes ejercicios de gimnasia revolucionaria entre 1924 y 1934, sin embargo, no se percibe así. Aparentemente, el poder conseguido por las armas incomoda menos a algunas compañeras que un sillón en un parlamento o ayuntamiento. El poder de una pistola no tiene por qué ser tan tramposo como el de la papeleta, pero controlar de facto calles y barrios, decidir sobre la vida y la muerte, la integridad física, la libertad y la seguridad de otras personas es poder y plantea problemas que las revolucionarias de 1936-1939 conocieron bien. Parece, sin embargo, que el romanticismo que tanto nos gusta, la épica del enfrentamiento absoluto, dice que la pistola es más anarquista que el voto.

Como te digo una co, te digo la o.

Es verdad, como dicen los climático-posibilistas, que, si seguimos acumulando fuerzas de cara a tener un movimiento asambleario capaz de imponer mediante la acción directa medidas contra el cambio climático, nos arriesgamos a que esas medidas nunca se impongan  y, aun en el caso de tener éxito, veremos cuánto empeora el propio cambio climático mientras construimos ese movimiento y cómo, consecuentemente, tendremos que intentar subir desde los objetivos mínimos hacia los máximos para recuperar el tiempo transcurrido entre medias.
No es menos cierto lo que dice, por el contrario, el sector ambicioso de que cualquier posibilidad electoral es remota por estar sujeta a la carrera de obstáculos institucional: respaldo mayoritario, negociaciones con otros partidos, presiones de empresas y de otros ámbitos institucionales, persistencia de las propias electas tras toda esta carrera de obstáculos, etc.
Entonces ¿vale la pena que alguna compañera intente esa vía institucional de sonrisas, magdalenas y tecnocracia? Probablemente, no, pero ¿podemos convencerles para que cambien de opinión? Parece que la respuesta sigue siendo «no».

En todo esto hay otra cosa que me llama la atención y es que la crítica más dura venga del insurreccionalismo, no porque ese posicionamiento no fuera previsible sino porque no lo veo consecuente. Si ha habido en el anarquismo una tendencia similar a la electoralista, esa es la insurreccional, al fin y al cabo, ambas se basan en obviar la falta de condiciones pretendiendo compensarla con resultados rápidos logrados a base de audacia. Pese a que esté de acuerdo con parte de esa crítica, no deja de chirriarme la contundencia de las impacientes insurreccionalistas contra las impacientes posibilistas.

Movimiento anar¿qué?

Esto me lleva al último (lo prometo) punto. Hemos hablado de los que se nos van «arriba» a partidos y listas electorales, también mencionaban las compas de la FAGC a quienes se van a un lado, a comunas rurales, pero ¿qué pasa con quienes parece que no se van a ninguna parte, de tan poco como se mueven? Repito: no necesitamos fustigarnos, pero sí decir claramente qué queremos hacer y qué no.
He hablado de «mundillo anarquista» y no de «movimiento anarquista» porque no veo que esto último exista. La afinidad existe, pero un movimiento, cabe suponer, se caracteriza por moverse, aunque lo haga despacio, tropiece, dé tumbos, aunque se vea obligado a corregir el rumbo a veces.

Una compañera de la PAH preguntaba a este compañero pasado al errejonismo por qué no, en su lugar, había puesto su inteligencia al servicio de la PAH. ¿Por qué pensamos en un supuesto «movimiento anarquista» unido por las referencias intelectuales y no en un movimiento de clase, unido por sus prácticas y organizaciones? Un compañero que se va con Manuela Carmena es una pérdida, pero ¿no hay pérdida en el tiempo que hemos dedicado -y algunas aún dedican- a esa memoria insurreccional sin conocer lo más básico del Estatuto de los trabajadores, a hablar de disturbios con poco recorrido político en lugar de formarnos para ejercer y defender nuestros derechos en nuestra cochina y gris realidad, a atacar iglesias como si aún estuviéramos en el siglo XIX mientras nuestras vecinas comulgan en Codere, en Netflix, en Instagram o en el bar de la esquina?

Las anarquistas que militan en grupos de afinidad pero no en organizaciones de masas (propiamente sindicales, de vivienda, etc.), organizaciones abiertas a quienes acepten sus tácticas aunque no sean afines y que abordan cuestiones materiales y no sólo ideas, esas anarquistas no se irán en su mayoría al mundo institucional. Lo necesario, sin embargo, no es que «se queden», ya que no están más que en su mundo. Necesitamos que vengan a las organizaciones de su clase, de nuestra clase, donde hay más gente y muchas no tienen tanto hábito asambleario, donde su capacidad de trabajo y sacrificio no les dará ni una gloriosa muerte en combate ni fans, pero quizá les dé compañeras de lucha y hasta podría dar frutos para todas.

Anarca y Sumisa (I). ¿Qué es esto del BDSM y por qué importa?

¿Qué se te viene a la cabeza cuando piensas en sadomaso? Quizá la infame saga de Cincuenta sombras de Grey. Quizá Donatien Alphonse François, alias Marqués de Sade. Quiźa, directamente, pienses que es pura violencia. ¡Vayamos por partes!

Definiciones básicas.

BDSM es un acrónimo múltiple que responde a bondage, disciplina, dominación, sumisión, sadismo y masoquismo. Es un término paraguas muy amplio que recoge comportamientos y formas de sexualidad no normativas, desde el fetiche sexual por los monos de látex hasta las relaciones de intercambio total de poder 24/7, pasando por el voyeurismo. En general, esta laxa comunidad también se acoge al término kink –literalmente: vicio– para autodefinirse. Porque, sobre todo, el BDSM es un vicio, algo que proporciona placer en un espacio de seguridad.

Algunos principios.

¿Qué pinta todo esto en el debate sobre los feminismos? Muchas cosas, en realidad. Empecemos con lo que define las relaciones BDSM: el intercambio de poder.

Desde los ochenta (¡e incluso antes!) nos venimos dando cuenta, cada vez más, de que la supremacía masculina (y blanca, y de clase alta) es el régimen que gobierna el mundo, no sólo en lo parlamentario sino en lo cultural. Cualquiera que pertenezca a un grupo marginalizado, sea del tipo que sea, experimenta el rechazo, la opresión y en ocasiones la represión que este entramado deja caer sobre su persona. Lo mismo da que seas mujer, que seas una persona de color, o que tu sexualidad no se ajuste al modelo heterosexual: lo hegemónico carga contra todas, apoyado en las muletas de la publicidad, los medios de comunicación, y las políticas estatales. La intención es mantener el control.

El BDSM entra a jugar en este espacio normativo de poderes impuestos involuntariamente. Su juego es una lucha. Su propuesta: hacer que esas dinámicas de poder se debatan, se discutan, sean consensuadas y consentidas entre los que participan de ellas. Una podría pensar que, a título personal, su opción es, simplemente, no acceder al intercambio de poder, evitar la dominación a toda costa; y eso está bien. Sin embargo, seguimos quedando a quienes nos interesa este pacto de dominación y encontramos en él un espacio para probar los límites, las estrategias y el funcionamiento de sus dinámicas.

A veces es difícil de entender, incluso para una misma. ¿Por qué posicionarse voluntariamente como una víctima de la dominación (que puede o no ser sexual) cuando luchas contra ella, cuando un mundo libre no puede existir sin la dominación? Vuelvo a un ejemplo histórico, a modo de analogía. El Movimiento de Objeción de Conciencia del estado español llevaba a cabo reclusiones voluntarias de sus miembros, con el objetivo de prepararlos para una posible estadía en la cárcel. Una vez dentro, cuando quisieron amnistiarlos a todos de manera silenciosa y sin hacer ruido, se organizaron y quisieron quedarse presas para levantar escándalo en la sociedad, para hacer de su encarcelamiento un asunto político.

Resignificar la violencia.

Intentemos trazar analogías con un ejercicio de similitud casi poética. El BDSM es un buen escenario para experimentar los distintos niveles de sumisión y violencia sexual que, ahí afuera, en el mundo, en La Vida Real®, acontecen todos los días (se estima que hay una media de tres o cuatro violaciones al día en España; los cinco de La Manada salen de la cárcel mientras esperan su sentencia definitiva, la violencia de género e infantil en el ámbito doméstico no parece estar decreciendo; han asesinado a 27 mujeres en lo que va de 2018; y así). Como las compañeras del MOC que participaban en los encierros voluntarios, los que en el sexo o en la vida nos alineamos con el BDSM experimentamos con la crudeza de la norma heteropatriarcal que asesina y humilla. Mediante el aprendizaje de los límites propios y las posibles respuestas ante la opresión analizamos y estudiamos el sistema en general: somos un pequeño nodo privado que replica el sistema. Es un ejercicio de sandboxing. Y, como tal, en ambos casos, el del MOC y el del BDSM, se realiza en una situación controlada, donde existen mecanismos de control por ambas partes para hacer del momento algo seguro.

Sí: mecanismos de control por ambas partes. Se habla mucho de cómo la persona en situación de inferioridad física es la que realmente lleva las riendas en una escena BDSM. De cómo, con una palabra, un gesto, o una simple mirada acordada de antemano, la violencia cesa y se ponen en marcha los mecanismos de cuidado. Porque el BDSM es, también y por encima de muchas cosas, cuidado mutuo.

Esto no es todo, claro. No todo el mundo que practica sexualidades disidentes lo hace en todo momento como reivindicación política. Muchas de nosotras, simplemente, lo hacemos por vicio. Porque nos da la gana. Porque nos gusta. Porque podemos. Porque estamos orgullosos de no fiscalizar nuestra (a)sexualidad ni la de los otros.

Lo cual, si nos fijamos, es también una acción política. Una profundamente feminista, liberadora y necesaria.


El resto de la serie aquí:

2ª parte.

Racismo, una cuestión de privilegios

Dejad que antes de ir más allá os haga una advertencia: voy a expresarme desde la visceralidad y la rabia sentida al vivir, día a día, las injusticias por mi color de piel. Este suele ser el paso anterior a cualquier análisis más sosegado y es, a su vez, lo que precede a la acción rotunda para cambiar de raíz los hechos y/o acciones que permitan la práctica de dicha injusticia Por supuesto, soy una persona no blanca, pues creo que debemos ser nosotros y nosotras quienes estemos en la vanguardia contra el racismo, al igual que ellas lo están en el feminismo.

A modo introductorio, quiero indicar que haré referencias, paralelismos, al feminismo puesto que, desde mi punto de vista, hay muchas similitudes entre la lucha contra el patriarcado y el racismo; las podemos adelantar ya: ambas se basan en la dominación basadas en un determinismo biológico; en unos casos a razón de los genitales -lo que deriva en el constructo social que es el género-, en el otro por el color de piel del individuo, que nos lleva también a otra construcción social que es la raza. Como decía antes, este artículo no pretende ser un análisis tranquilo, sino más bien la expresión de unas vivencias absolutamente personales basadas en mi origen u orígenes étnicos (¿más apropiado sería decir genéticos?), de ahí que lo escriba en primera persona del singular.

Tenía la intención de comenzar comentando la definición que nos da el DRAE¹ de racismo, pero en realidad sería ocupar líneas vanamente, pues considero de mayor provecho que seamos nosotras, todas las personas implicadas desde abajo y lejos del elitismo academicista, quienes nos hagamos conscientes de las realidades sociales que sufrimos a diario, más allá del dictamen de una mayoría de hombres blancos cis². Permitid, entonces, que sea yo quien os empiece a hablar de lo que es racismo y en qué se basa este. No será una definición, será una expresión de recorrido vital. El racismo se ha construido, históricamente, a raíz de la dominación, y ya empezamos a vislumbrar las similitudes que tiene con el machismo. Los hombres blancos occidentales creyeron, y gracias al Cristianismo, estar bendecidos por Dios para ser amos y señores de todo lo que les rodea, esto es: mujeres, animales no humanos, los campos y, por descontado, otros hombres y mujeres cuya tez fuera más oscura que la de los dominadores.

Hagamos un pequeño parón. Un paréntesis, porque he usado el término “dominación” y me gustaría explicarlo. Muy brevemente, desde mi posición, quien mejor lo ha definido ha sido Foucault. Muy matizable en muchos aspectos, pero no tengo intención de pararme en ellos. Para él, las relaciones humanas (amorosas, económicas, institucionales etc.) están cargadas de estructuras de poder. El poder, que es la capacidad de dirigir las acciones del otro, es modificable, cambiable y reversible. En el momento en el que se fija, se bloquea y no existe reversibilidad alguna, existe el estado de dominación. Esto conlleva, aunque esto no lo afirma abiertamente Foucault, la existencia de privilegios-

Mantener este poder y dominio era necesario justificarlo: son las construcciones sociales, prejuicios y, porque no, clichés que nos son conocidos en la actualidad. Así, el hombre blanco robó a las mujeres sus espacios, las encerró en sus casas, limitando su movilidad al ámbito privado y doméstico, y a los no blancos nos puso la bota sobre el cuello para labrar los campos que antes eran nuestros (entiéndase esto en sentido figurado), y mediante el (pre)-capitalismo y la cruz, impuso su superioridad en los países que colonizó. A la par que nos encerró en sus barcos o nos envió a la absoluta marginalidad, obligándonos a elegir entre los trabajos más peligrosos y precarios o la profunda miseria. Fenómeno que ocurrió en España con la llegada de migrantes que carecían del visto bueno del Estado para residir aquí.

Así es, pues, como nacieron las ideas preconcebidas que existen sobre los comportamientos sociales que nos han hecho creer innatos. En realidad, el ser humano tiene muy pocas cosas que le sean instintivas, porque hasta el acto sexual está codificado socialmente. Se inventaron que la mujer tiene un instinto maternal, es la cuidadora, la responsable del hogar, etc. Y los no blancos estamos catalogados como seres bárbaros, sin cultura ni pasado. Nos robaron nuestra historia para ligarla al del hombre blanco, al del civilizado. Sin ellos no somos nada. Así, no blancos y mujeres necesitan ser tutelados, machismo y racismo de nuevo de la mano: dominación. Parece que empiezan a aparecer los privilegios. Pero continuemos.

Además, los blancos se han atrevido a justificar una inteligencia menguada inherente al no blanco, argumentando la falta de premios científicos y de reconocimientos intelectuales a estos. Además de caer en el capacitismo, es probable que no sepan que Alexandre Dumas³ no era blanco, como la ignorancia de aquel terrateniente esclavista, personaje interpretado por Di Caprio en la versión tarantina de Django; sino que, al mismo tiempo, añaden una falta de deseo por integrarse en la sociedad (capitalista) que los ha excluido. ¡Toda una paradoja! Les envía a la marginalidad, al tiempo que les acusa de ser delincuentes por estar, precisamente, en esa marginalidad. Así ocurre, que culpamos a la mujer violada por su forma de vestir. Así ocurre, señalamos al marginal del gueto y no al racismo inherente y presente en la sociedad blanca, como lo está el patriarcado. Las raíces son las mismas.

De todo esto, deducimos que todo está vinculado a la existencia de privilegios. Los hombres tenemos privilegios, algo innegable. Es nuestra responsabilidad el deconstruir esas masculinidades, quitarnos de encima esas cadenas que ahogan a nuestras compañeras. Siguiendo esta misma línea, es responsabilidad de todos los no blancos quitarse esos privilegios tan arraigados y presentes. Y permitid que os hable, en unas pocas líneas, de algunas experiencias vitales, espero que con algo de lo que os cuente aquí quede un poco más claro de lo que hablo cuando menciono los privilegios de blanco.

Mi anterior compañera le comentó a su padre que yo no era un chico blanco, este, digamos, se puso un tanto en alerta y quiso conocerme lo antes posible. Vino desde fuera (ya que no residen en la misma región) para pasar una tarde con los dos. No lo hizo porque fuera el compañero de su hija, sino porque mis orígenes le hacían sospechar de mi buen hacer o de que, incluso, fuera una buena persona. El rol se perpetúa. Si ella le hubiera dicho que yo en vez de ser mulato fuera, supongamos, noruego, estoy seguro que aquel buen hombre no habría querido conocerme con tanta celeridad. Por razones personales, he vivido un tiempo en Alemania y he entrado y salido varias veces del país. Siempre y en todas las ocasiones en el aeropuerto de Berlín, antes de salir del mismo, la policía me ha parado, preguntándome en inglés, de dónde venía. Yo les respondía en alemán, diciéndoles que vivo en el país desde hacía tiempo.

Lo mismo me ocurrió en Roma, en aquella ocasión iba con mi madre, cuyo color de piel es incluso más oscuro que el mío. También en Nápoles, donde incluso tuve algún problema para salir de la ciudad para volver a Alemania. En el 2010, en un tren camino hacia el sur de Francia, en la frontera, la policía española y francesa se entretuvo conmigo más de lo que lo hizo con otros pasajeros. Hay dos excepciones: aeropuertos de París y de Copenhague, creo que la salvedad radica en que en aquellas dos ocasiones viajé con dos chicas blancas, las que en ese entonces eran mis compañeras. Es una especulación, pero me parece bastante factible. Curiosamente, saliendo en masa de dichos terminales aéreos con los demás pasajeros, siempre he sido yo el interceptado. Eso se llama racismo.

Pero ya no solo la movilidad internacional se ve molestada o limitada (¡no quiero imaginar el día que vaya a Estados Unidos!), sino incluso dentro de mi propia ciudad. Igual que ellas sienten miedo al volver a sus casas de noche, yo me puedo sentir incómodo en determinados barrios de mi ciudad, especialmente donde sé que hay una predominancia de grupos neonazis, pues sé que mi seguridad se ve amenazada. Y el problema no solo radica en los nazis, sino en la pasividad de los demás, especialmente preocupante en los grupos antifascistas. Evidentemente el asesinato de Carlos Palomino fue algo desdeñable, pero no se levantaron tantísimas voces de protesta cuando han sido no blancos los que han sido asesinados o apaleados. Podría hablar de muchísimas más, incluso muchas de ellas nacidas en el seno de mi propia familia, pero creo que por ahora con esto es suficiente.

¿Qué necesitamos, pues, para revertir estas situaciones? Tomar conciencia de que racismo no solamente es pegar palizas, también es la condescendencia y el comportamiento paternal hacia nosotras, actitudes que observé en una ocasión en un CSO que hoy ya no existe. La lucha es nuestra en este sentido y tenemos que conseguir nuestros espacios. Recordad cuando, en 2013, en los Estados Unidos, George Zimmerman fue absuelto por asesinar a un joven negro, Trayvon Martin. La comunidad afroamericana salió a las calles con el lema: Black lives matter. Algo así como “Las vidas negras importan”. Los blancos que se unieron a la protesta parece ser que vieron su espacio de protagonismo asaltado y, sin dudarlo, respondieron con un “All lives matter”, “todas las vidas importan”. Los protagonistas de este lema demostraron la falta de conocimiento de que el racismo no es una patología, no es llevar una esvástica tatuada a la izquierda del pecho, sino que es un hecho estructural patente y latente en la sociedad.

Es evidente que todas las vidas importan, pero en ese contexto, somos los no blancos los que reclamamos nuestros derechos, nuestros espacios en los cuales sentirnos seguros. De hecho, es una explicación bastante plausible para la creación de barrios donde habitan una mayoría de personas migrantes, no solo porque coincide con la marginalidad, pero también con ese deseo de autoprotección, al igual que muchas mujeres deciden organizarse en grupos no mixtos. Así, dejad que seamos nosotros quienes enarbolemos la bandera del antirracismo, los blancos solo podéis dar un paso atrás, escuchar y hablar con otros blancos. El protagonismo de los blancos está presente en todos lados, y sabemos que al igual que ocurre con el espacio robado a las mujeres, no cederán su sitio fácilmente, ni nos permitirán espacios ni visibilidad sin que antes no hagamos una labor difusiva y pedagógica de lo que perpetúan con sus comportamientos y acciones. Los blancos no sufrirán nunca el racismo, porque para que exista racismo, creo que queda claro, tiene que existir un privilegio y una dominación perpetuada y espaciada.

Así, y ya casi como colofón, es necesario que existan las categorías, porque con ella podemos señalar e identificar al opresor y al oprimido. Quien las niega y argumenta que somos todos la Humanidad, es precisamente quien no desea perder sus privilegios. Por ello, y sin el deseo de extenderme más, espero que todos los blancos que lean esto, sean capaces de preguntarse a sí mismos qué comportamientos racistas mantienen y de los cuáles han sido cómplices. Es sano hacer estos viajes interiores, es otra manera de desprendernos de yugos que nos han aleccionado. Realmente, el racismo tiene muchísimas caras, y otras miles de manera de enfocarlo, y desde luego, me dejo muchas cosas en el tintero, pero empecemos la casa por la cimentación.

Podemos decir, a modo de conclusión, que al fin y al cabo todas las luchas tienen un eje gravitatorio común: los privilegios y la dominación que estos perpetúan. No podemos dejar de ser anticapitalistas, sin que al mismo tiempo seamos aliados del feminismo o feministas, antifascistas y antirracistas, pero con un compromiso que vaya más allá del exotismo y las bonitas palabras vacías de continente y de contenido. Las diversas luchas se entrelazan, se cruzan, es inevitable y hasta deseable, pero que sean los oprimidos quienes decidan cómo emanciparse.

V. Kahl

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1Siglas de Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española
2Abreviatura para el término “cisgénero”, que hace referencia a aquellas personas cuya identidad de género coincide con la asignada al nacer.
3Conocido en los países de habla hispana como Alejandro Dumas, de padre francés y madre haitiana, fue un autor mulato de renombre, conocido especialmente por Los Tres Mosqueteros o El Conde de Montecristo.
4Me refiero a la película Django Unchained (2012) una interpretación de Tarantino del clásico del spaguetti Western Django de 1966.

Algunas reflexiones en torno al poder y la institucionalidad a 80 años de la Revolución Española

Muchos compañeros caen en el error de considerar el movimiento como una escuela de propaganda en que se repiten los principios, y no como una oficina de investigación y experiencia, vuelta a la vida (…) Es necesario que todos los compañeros consideren el propio trabajo como un fecundo campo de observación y de reflexión…

(Camilo Berneri. “la Revue Internacionale Anarchiste” París, 1929)

Mucho se ha escrito, polemizado y reflexionado en torno a la gran gesta del proletariado español en estos 80 años desde sus inicios, pero la posibilidad que brindan los aniversarios “redondos” de retomar ciertas miradas, no sólo reivindicadoras o nostálgico-retrospectivas sino fundamentalmente crítico-analíticas es sumamente tentadora. Máxime cuando se trata de una experiencia tan rica y compleja que tanto tiene para aportar en función del desarrollo de una praxis emancipatoria para los tiempos que corren.

Este escrito intentará hurgar a modo de aproximación y desde una perspectiva libertaria amplia, sobre algunos temas que se desprenden del derrotero de la revolución española y en especial del proceder del anarquismo español y que pueden ser tomados como disparadores para analizar en nuestro contexto histórico actual. Cuestiones relacionadas a la composición y sustentación de los poderes contrahegemónicos y la relación entre institucionalidad dominante e institucionalidad de nuevo tipo, atraviesan este texto a modo de análisis, interrogantes e hipótesis, intentando generar algún aporte constructivo.

Del poder y sus configuraciones

Antes de meternos de lleno en el tema en cuestión, se nos hace necesario precisar algunas definiciones conceptuales a los fines de utilizarlas como insumo para el trabajo.

Si entendemos por poder a toda relación social que se ejerce entre sujetos o fuerzas sociales, que se presenta como dinámica, puesto que está todo el tiempo recreándose y que se manifiesta a través de prácticas sociales concretas, podemos concluir entonces, que toda práctica social que permite que el poder se construya y circule sin que sea apropiado o monopolizado opresivamente por nadie en particular y que extienda la reciprocidad de manera generalizada, constituye la base de lo que podemos denominar poder social. Por el contrario, prácticas sociales que impiden tal circulación, que concentran y se cristalizan en sujetos, instituciones, lógicas, mecanismos y dispositivos, que externalizan, alienan y producen asimetrías en las relaciones sociales, constituirían la plataforma de lo que conocemos como poder dominante o directamente dominio o dominación.

Estas nociones son importantes entre otras cosas para entender, repetimos, el carácter relacional del poder que determina a su vez, su carácter de ejercicio y no de objeto que se puede tomar o, dicho en términos foucaultianos, nos implica visualizar “la multiplicidad de relaciones de fuerzas inmanentes y propia del dominio en los que se ejercen y que son constitutivas de su organización.”[1] También para constatar su carácter productivo, estratégico y conflictivo y no meramente coercitivo, represivo y estático. Por supuesto no es intención de este trabajo agotar la profundidad de un tema tan multifacético, pero se hacía necesario dejar sentado, aunque sea a grandes rasgos, desde dónde nos vamos a situar para encarar las subsiguientes reflexiones.

Dicho esto, nos interesa ahora abordar las distintas configuraciones que se plantean desde la dimensión del poder social y ver cómo se manifestaron en la experiencia española, así como analizar a su vez, qué actitud tuvieron los anarquistas al respecto. Partiremos de tres categorías configurativas que nos parecen claves para entender los procesos revolucionarios, que vemos que pueden estar interrelacionadas, pero que a su vez tienen características distintas y específicas.

La primera de ellas es la de Poder Popular que implica la construcción por parte de las clases oprimidas y explotadas de su propia fuerza social alternativa y antagónica y que confronta al de las clases dominantes, instituyendo una cultura y una subjetividad, así como también, espacios, territorios, mecanismos y organismos que prefiguren y sustenten un proyecto de sociedad nueva, y libre… Así “el Poder Popular pone en marcha un nuevo ethos, un nuevo hábitat, una configuración alternativa de sentidos, significados, lenguaje, valores, normas y estructuras compartidas. En pocas palabras, este poder colectivo crea otro mundo posible, un mundo distinto que se enfrenta al que conocemos, al mundo de la mercancía y del dominio que genera miseria, exclusión, privilegios, discriminación, muerte. Por eso el Poder Popular es una praxis que en la misma medida en que va transformando los lugares de vida de las personas, crea un bloque contrahegemónico, un bloque que entra en confrontación directa con el orden imperante. Como proceso, el Poder Popular sabe que el camino es largo, pero tiene la fortuna de estar creando una nueva sociedad con cada conquista del pueblo.”[2]

Un aspecto importante a tener en cuenta es que el Poder Popular como tal, en tanto proceso, se constituye tanto antes, durante y después de un contexto de ruptura revolucionaria. Por lo tanto el Poder Popular o autogestivo en términos libertarios, acumula fuerzas, prefigura, disputa y construye un nuevo marco de relacionamiento y articulación social y se proyecta para intentar a llegar a ser lo más amplio posible, es decir para abarcar la totalidad social y no sólo ser un “islote de libertad”.

La otra configuración, la del Poder Local, resumidamente, se sostiene sobre la constitución de ámbitos concretos territoriales donde se desarrolle capacidad de autoactividad social de manera alternativa y en disputa con la institucionalidad dominante. Se trataría de las llamadas “zonas liberadas” pero que no se articulan a priori en tanto microespacio con un proyecto global contrahegemónico. En este sentido, podemos decir, que el Poder Local es abarcado por la idea de Poder Popular, pero como vimos, éste último, no se limita sólo a una localización territorial, aunque ésta sea importante.

Por último, el Doble Poder se nos presenta como el proceso en el que coexisten de manera conflictiva, transitoria e inestable dos estructuras de poder antagónicas e incompatibles que asumen para sí la legitimidad social y que entran en disputa, ahora sí, en una situación de crisis revolucionaria. Y justamente, por su carácter transitorio e inestable (dada la imposibilidad de coexistencia duradera y pacífica de las fuerzas y organismos en pugna) implicaría una resolución de corto plazo, sea por la reimposición del orden instituido dominante o por su desplazamiento por parte del organismo alternativo de las fuerzas revolucionarias. Podemos rastrear distintas experiencias de crisis sistémicas en la historia en donde se ha sustentado esta configuración de organismos antagónicos, aunque también distintas fueron las formas de su resolución.

Es importante agregar, al igual que lo hicimos con respecto al Poder Local, que el Doble Poder no es contradictorio al Poder Popular. El Doble Poder deviene o puede devenir de una construcción de Poder Popular previa, pero como dijimos, éste (el Poder Popular) abarca otros elementos y que en su constitución no necesariamente implica la conformación de un organismo articulador integral y totalizante, (desde otras corrientes y desde otras visiones de lo que esto implicaría, hablarían de Estado) aunque puede prefigurarlo, así como tampoco es necesaria una situación o crisis revolucionaria para su desarrollo.

Ahora bien, ¿para qué nos sirve visualizar estas configuraciones en el caso español? En principio para entender que todas, de manera combinada, se han manifestado de manera concreta, transitoria o en estado de latencia y que pocas veces se ha señalado su importancia conjunta a los fines de analizar de mejor manera los avatares que ha tenido esta experiencia, fundamentalmente en su etapa revolucionaria.

En esto tenemos que decir que históricamente el anarquismo ha tenido posiciones ambivalentes con respecto al tema del poder y sus derivados, aunque si nos remitimos a uno de sus clásicos referentes, bien vale señalar que se encuentra bastante en sintonía con lo que venimos esgrimiendo más arriba. Decía Mijail Bakunin: “es cierto que hay [en el pueblo] una gran fuerza elemental, una fuerza sin duda alguna superior a la del gobierno y al de las clases dirigentes tomadas en su conjunto; pero una fuerza elemental no es, sin organización, un poder real. Sobre esta innegable ventaja de la fuerza organizada respecto de la fuerza elemental del pueblo se basa el poder del Estado.”[3] Y en otro texto agrega; “sin una organización preparatoria, los elementos más poderosos, se vuelven impotentes y nulos.”[4]

Claramente Bakunin, con estas afirmaciones, no sólo toma en consideración la cuestión del poder, sino que además esboza una posición con respecto a la importancia estratégica de la organización y de la construcción de Poder Popular para una proyección revolucionaria.

Ahora, yendo al caso español, ¿tenían los anarquistas españoles una definición y una estrategia de este tipo? A pesar de lo que han indicado ciertos analistas e historiadores, diremos que sí la tenían, nada más que no la llamaban de esa manera. Efectivamente el anarquismo español, en años de construcción y lucha a través de su organización de base proletaria, la CNT, “logró que su cosmovisión, su cultura, fuera aceptada por grandes capas de la población obrera de la época. Y así fue creando una contrahegemonía, que la gente de la época entendía como una “sociedad paralela”, una sociedad en construcción, un pueblo en movimiento. Esta sociedad nueva se basaba en la acción sindical y social de los sindicatos y sociedades obreras, en la acción cultural de los ateneos y escuelas racionalistas, en la incansable propaganda de su prensa y sus revistas (…) que crearon un magma enorme de iniciativas libertarias”. [5]

Y todo esto sumado a las intensas luchas y movimientos insurreccionales que alborotaron todo el período previo al contexto de 1936 (enero de 1932 en Alto Llobregat y Cardoner, enero de 1933 en Casas Viejas, Noviembre de 1933 en Aragón, Rioja y Zaragoza, 1934 en Asturias) en donde en muchos casos se intentaron ensayos de comunismo libertario que fueron duramente reprimidos. Eduardo Colombo señala que: “Las luchas de este período refuerzan el arraigo popular, obrero y campesino del anarquismo pero al mismo tiempo polarizan contra él tanto a las instituciones de la República como a las clases dirigentes. (…) [Esto] determinará o al menos influirá fuertemente el destino del movimiento revolucionario que comienza el 19 de julio de 1936. (…) Así las realizaciones revolucionarias de los trabajadores españoles fueron el resultado del arraigue ideológico y organizacional del anarquismo. El pueblo en armas comienza a poner en acción un “proyecto” al cual el largo período insurreccional – lo que se llamó la “gimnasia revolucionaria”- había dado la dimensión imaginaria favorable para su concretización.” [6]

Entonces, construcción, lucha y reflexión fueron la antesala de lo que finalmente se terminó desarrollando en el contexto revolucionario que siguió a la derrota primaria del levantamiento golpista de las fuerzas fascistas. De hecho la CNT (a diferencia de lo que han planteado algunos autores) tenía un programa aprobado en un Congreso Confederal celebrado en Zaragoza dos meses antes del levantamiento militar de Franco (mayo de 1936), y en donde se establecen ciertas resoluciones que tocan cuestiones relativas a un proceso revolucionario que se veía como venidero y en donde se elaboran radios de acción muchos de los cuales fueron desarrollados en la lucha siguiente así como otros fueron modificados en el transcurso de la contienda.

Derrotada la primera intentona reaccionaria y comenzada la etapa revolucionaria, emergen de manera más clara las distintas combinaciones de poder social y según las distintas perspectivas, las distintas formas de sustentación y resolución…”Allí donde la insurrección (de las fuerzas golpistas) fue aplastada, no resultó la única vencida. Entre su ejército rebelado y las masas populares armadas, el Estado republicano había saltado en pedazos. El poder se había literalmente desmoronado y, en todos los lugares en que los militares habían sido aplastados había pasado al pueblo, donde grupos armados resolvían sumariamente las tareas más urgentes. (…) Cierto es que el gobierno republicano existía, y que ninguna autoridad revolucionaria se levantaba como rival declarado de la suya en esa zona que los corresponsables de izquierda bautizaron muy rápidamente con el nombre de “zona leal”. (…) Sin embargo poco a poco, entre las gentes que se habían lanzado a la calle y el gobierno fueron apareciendo órganos de poder nuevo que disfrutaban de una autoridad real y se apoyaban, a menudo, tanto en el gobierno como en la fuerza popular. Éstos fueron los innumerables comités locales y, en la escala de las regiones y de las provincias verdaderos gobiernos. En ellos residía el nuevo poder, el poder revolucionario que se organizaba apresuradamente para hacer frente a las enormes tareas inmediatas y remotas, la realización de la guerra y la reanudación de la producción en plena revolución social. (…) Todos los comités, cualesquiera que fuesen sus diferencias de nombre, de origen, de composición, presentaban un rasgo común fundamental. Todos, en los días que siguieron a la sublevación, se apoderaron localmente de todo el poder, atribuyéndose funciones lo mismo legislativas que ejecutivas, decidiendo soberanamente en su región (…) [y su] autoridad se apoyaba en la fuerza de los obreros armados y a los cuales de buen o mal grado obedecían los restos de los cuerpos especializados del antiguo Estado.” [7]

Esta larga cita que transcribimos del importante trabajo de Pierre Broué y Émile Temime, nos parecen fundamentales en este caso para observar la configuración de los poderes locales en el inicio de la situación revolucionaria y como posibilidad de sustentación del doble poder, dentro de los cuales la CNT y su denominada minoría activa, la FAI, tuvieron un rol protagónico en muchas zonas (particularmente en Barcelona) habida cuenta del peso mayoritario que representaba la central anarcosindicalista con respecto a las otras fuerzas político-sociales. Ahora bien, prosiguen los mencionados autores: “Lo que era verdad a escala local ya no lo era totalmente a escala regional, donde se enfrentaban o coexistían poderes de origen diverso.” [8]

Efectivamente, el proceso iniciado había generado una situación de dualidad de poderes, uno real, el de los comités, el pueblo en armas y el de los distintos organismos sostenidos por las fuerzas proletarias. Y uno “legal” de los todavía y aunque prácticamente desarticulados restos del Estado republicano. Pero la posibilidad de constitución de una estructura articuladora de esas iniciativas locales a nivel regional y luego a nivel nacional que pusiera en jaque definitivo y terminal a las instituciones del régimen burgués y que cuajara en una definición de doble poder revolucionario y de carácter superador se vio truncada por las posiciones de ciertos referentes anarquistas. Si bien en algunas regiones, particularmente en Cataluña se habían generado organismos que se podrían caracterizar como constitutivos de poder dual, por caso el Comité Central de Milicias Antifascistas (CCMA), después de un período corto de inestable equilibrio conflictivo, terminó amoldándose a una coexistencia “reconocedora” de la Generalitat ( de ahí que Broué y Temime lo caractericen como un organismo “hibrido”) que prácticamente determinó una semi integración con ésta última, para luego directamente terminar disuelto, fortaleciendo nuevamente el aparato estatal.

Dice Jesús Aller que en Cataluña “se da una situación paradójica de que los que controlan las calles y podían tomar el poder en sus manos rehúsan a hacerlo, mientras que los que anhelan gobernar carecen de medios para ello. Esta incongruencia se resuelve con un pacto que da lugar a la creación del CCMA formado con participación de todos los partidos y sindicatos, y destinado a encarar los graves problemas planteados. Desde el primer momento este organismo arrastra la tensión de ser considerado por unos un gobierno revolucionario y autónomo, y por otros un mero instrumento de la Generalitat. Ésta que sobrevive al estallido conserva atribuciones (…) y comienza a maniobrar para recuperar el poder. (…) La situación entraba en un callejón sin salida, (…) a finales de agosto [del `36] un pleno del movimiento libertario catalán admite participar en el gobierno y liquidar el CCMA, [que finalmente se concreta el 10 de setiembre]. (…)[Pocos días después] comienza a plantearse también la posibilidad de que la CNT entre en el gobierno de Madrid, [que se consumaría en noviembre con Largo Caballero] lo que refuerza los pasos que se daban en Cataluña. (…) Lo que en la prensa libertaria se publicita entonces como un golpe definitivo al Estado, que habría pasado a ser una simple fachada, significará en realidad el comienzo del fin, un estrangulamiento progresivo del poder de los comités y un robustecimiento paralelo de la maquinaria gubernamental”. [9]

Las líneas precedentes nos dan pié para formular nuevamente la idea de que si bien existió una construcción previa de poder popular confirmada en años de organización y lucha, que se sustentó en el contexto revolucionario con el poder de los comités locales, que a su vez configuraron una situación latente de doble poder, que para algunas regiones estableció la competencia conflictiva entre organismos adversarios; lo que no se logró (y particularmente ciertos referentes anarquistas no permitieron) fue resolver esta situación en los términos de la desarticulación de la estructura dominante y la puesta en dinámica de una nueva articulación instituyente de carácter revolucionaria e integral. Alguno, desde una perspectiva simplista diría, “no se tomó el poder”, ahora, si como venimos argumentando, sostenemos una visión no instrumental del poder y si no reducimos el poder simplemente a los aparatos del Estado, lo que podemos decir es que lo que no se resolvió finalmente fue la configuración superadora del ejercicio disperso de los poderes que efectivamente se ejercían en acto, en los hechos y de hecho como dijimos, a través de los comités, colectividades y otros organismos revolucionarios. Y esto no implicó una simple claudicación sin más, esto denotó, entre otras cosas, una mala caracterización del proceso que se estaba gestando así como una errada conceptualización por parte de los dirigentes cenetistas y faístas de la compleja relación entre poder e institucionalidad.

De la institución y las instituciones

Toda relación de poder implica, dijimos, su manifestación en determinadas prácticas sociales. Y esas prácticas instituyen formas, lógicas y mecanismos. También dijimos que de acuerdo a cómo se manifiesten o una vez más, a cómo se instituyan esas prácticas, sus formas y contenidos pueden hacer lugar a la posibilidad de un poder colectivo no monopólico ni opresivo o por el contrario puede configurar una instancia regida bajo los cánones de la dominación.

Ejemplos de la primera opción podrían ser los consejos y comités que fueron surgiendo al calor de las jornadas que se sucedieron a partir del 19 de julio de 1936 en España, así como la forma federativa de articulación, histórico bastión propuesto por el anarquismo. Y seguramente el ejemplo paradigmático de la segunda opción sea el Estado. Al respecto dice Eduardo Colombo: “El Estado existente, real e institucional, no es reducible (solamente) a la organización o al conjunto de los “aparatos de Estado” que lo componen.(…) Para existir el Estado exige la organización del mundo social y político sobre su propio modelo o paradigma que a su vez supone una cierta idea de poder como causa.(…) La sociedad se instituye como tal elaborando un mundo de significaciones en un proceso circular por el cual “el hacer” y el “discurso”, la acción y el símbolo, se producen mutuamente. En esta perspectiva, la organización del poder social bajo la forma Estado delimita el espacio de lo social en función de una “significación imaginaria central” (que nunca es neutra ni inerte) que reorganiza, redetermina, reforma una cantidad de significaciones sociales ya disponibles (en un contexto histórico determinado) y con esto mismo, las altera, condiciona la constitución de otras significaciones y acarrea efectos sobre la totalidad del sistema”. Y concluye: “Con la alienación del poder nace el poder político dominación que es, en realidad, el resultado de la expropiación de la capacidad simbólico-instituyente (del todo social) por una minoría, clase o grupo especializado. La instancia política se autonomiza”. [10] El Estado está ahí.

Tomando en cuenta esto, podemos llegar a los siguientes razonamientos; que toda relación de poder en tanto se manifiesta en prácticas sociales, instituye, de acuerdo a su configuración, determinadas formas sociales. Porque instituye, configura institución, por lo que, así como no podría existir sociedad sin poder (o sin relaciones de poder) porque éste es intrínseco e inmanente a lo social, tampoco existiría sociedad sin institución. Y a su vez, así como no toda relación de poder configura dominación per se, no toda institución configura necesariamente Estado.

Profundizando, dice Cornelius Castoriadis: “Lo que mantiene unida una sociedad es su institución, la compleja totalidad de sus instituciones particulares (en tanto instituciones explícitas de poder), lo que yo denomino la “institución de la sociedad como un todo”. El vocablo “institución” tiene aquí el sentido más amplio y más radical: normas, valores, lenguaje, útiles, procedimientos y métodos para afrontar cosas y para hacerlas, así como para hacer al individuo mismo desde luego”. [11] En otro texto agrega: “El ser social de la sociedad está constituido por las instituciones (en tanto creación social-histórica del colectivo anónimo) y las significaciones imaginarias sociales que esas instituciones encarnan y a las cuales dan existencia social efectiva”. [12]

Ahora, esto no necesariamente indica que una sociedad esté condenada a enajenarse en sus propias instituciones (como puede llegar a suceder con el Estado). Un proyecto revolucionario que se sostenga sobre una idea de una sociedad autogestiva en sus más amplias dimensiones, que rompa con el status quo de la dominación, implica, entre otras cosas, “la aspiración a una sociedad que sea capaz de renovar permanentemente sus instituciones (…) una sociedad que se autoinstituya explícitamente, de manara continua y no de una vez y para siempre”. [13] Y para eso, debe poner siempre en tensión la dimensión instituida y la dimensión instituyente de las configuraciones que lo constituyen, sin que una predomine sobre la otra, así como también la unión y tensión de la historia ya hecha y de la que se está haciendo.

En sintonía con esto podemos decir que el anarquismo (amén de lo que digan muchos de sus críticos e incluso también algunos anarquistas) nunca subestimó la necesidad de instituciones aunque claramente no desde un formato y una lógica que cristalice lo instituido y sea productor y reproductor de dominio como es el Estado. Sin ir más lejos, allá por 1924, Errico Malatesta decía lo siguiente: “La revolución es la creación de nuevas instituciones, de nuevos agrupamientos, de nuevas relaciones sociales, la revolución es la destrucción de los privilegios y de los monopolios; es un nuevo espíritu de justicia, de fraternidad, de libertad, que debe renovar toda la vida social, elevar el nivel moral y las condiciones materiales de las masas llamándolas a proveer con su trabajo directo y consciente a la determinación de sus propios destinos”. [14] Y unos años antes Bakunin ya planteaba que “las revoluciones siempre han sido preparadas por un largo trabajo de descomposición y de nueva formación”. [15]

Nuevas formaciones o nuevas instituciones de las cuales el anarquismo ha sabido dar algunas propuestas. Seguramente, como hemos dicho más arriba, el federalismo, desde un punto de vista socialista y revolucionario, haya sido uno de los aportes con el que más han insistido, tanto para una etapa prefigurativa, como para el momento de constituir una nueva forma de articulación social posrevolucionaria que coarte o limite lo máximo posible el desarrollo de la dominación en todas sus facetas. Federalismo que no comprende la mera descentralización fragmentaria como plantean sus críticos, sino que pone en relación dialéctica ésta dimensión, con la necesaria centralización organizativa a los fines de un proyecto común y orgánico y de una operatividad lo más óptima posible en el marco de una sociedad que se autoinstituye.

Todas estas referencias teórico-políticas, nos sirven para afirmar que el anarquismo en tanto corriente de praxis emancipatoria, si bien no comprende un corpus teórico-práctico uniforme, homogéneo y lineal, sí ha desarrollado a lo largo del tiempo y comprometido con éste, una serie de lineamientos que claramente lo distinguen de otras corrientes políticas. Y esos lineamientos por los cuales hemos intentado bucear, no fueron los que comprometieron el derrotero de la revolución española, como tampoco creemos que hayan sido los del anarquismo español en particular tomado en su conjunto. Claramente, reiteramos, ponemos el énfasis sobre la responsabilidad de ciertos referentes del anarquismo español sobre los caminos tomados que conllevaron al ocaso de una de las experiencias más importantes de posibilidad revolucionaria llevada adelante por las clases oprimidas y explotadas, teniendo al anarquismo como corriente hegemónica. Por supuesto que no somos necios, y sabemos bien que no fueron los únicos, y que otros factores y otros responsables (tal vez mayores) incidieron en los hechos; pero este trabajo, como planteamos en su principio, trata de indagar en las cuestiones relacionadas con el poder y la institucionalidad y el rol que los anarquistas (y en este caso algunos de ellos) han tenido con respecto a estas problemáticas.

Entonces, volviendo al proceso español, decíamos que los referentes cenetistas y faístas, partieron de presupuestos y caracterizaciones erradas y ello determinó en gran parte sus posicionamientos. En principio, una mala visualización sobre el carácter de la situación latente de doble poder y de su complejidad, dado que además del antagonismo entre el bando militar antifascista y el bando republicano, existía otro dentro de las fuerzas republicanas. Como dice Wayne Price: “La maquinaria del Estado oficial había sido dejada virtualmente sin poder alguno mientras que las organizaciones populares combatían al fascismo y dirigían la economía. La cuestión principal de la revolución era la relación entre las organizaciones populares y el Estado republicano. (…) Una situación de doble poder se debe resolver de una manera u otra”. [16] Derrotado el primer foco de la sublevación militar y cuando tuvieron cara a cara al Estado prácticamente hecho pedazos, se optó por dejarlo con vida a pesar de que tenían todo para desarticularlo e imponer en su lugar la confluencia unificada de los otros organismos que iban surgiendo. En palabras de García Oliver: “La elección era entre Comunismo Libertario, que significaba una dictadura anarquista y democracia, que significaba colaboración”. [17] Y efectivamente optaron por la colaboración, no entendiendo que el peso hegemónico no necesariamente podía constituirse en una dictadura si se optaba por la coordinación democrática con las otras fuerzas revolucionarias proporcionalmente al marco de influencia de cada organización.

Por otro lado la caracterización del contexto, también implicó serios reduccionismos, no coherentes con toda la construcción previa en términos multidimensionales y del análisis complejo del Estado y de los procesos histórico-sociales, cuando se afirmaba desde un boletín de la CNT-FAI en setiembre del `36: “Damos por descontado que la expropiación económica en vías de realización, acarrearía de hecho la liquidación del Estado burgués, reducido por asfixia”. Nada de eso sucedió, de hecho fue todo lo contrario. El Estado fue recuperando paulatinamente sus fuerzas, subordinando cada vez más a los organismos proletarios e integrando a los anarquistas dentro de su dinámica, mientras en paralelo, el proyecto revolucionario iba perdiendo densidad bajo los términos de la guerra sin más. El anarquista italiano Camilo Berneri que fue combatiente en el frente y luego ocupó importantes tareas en la retaguardia, en abierta discrepancia con las políticas llevadas adelante por la cúpula de la CNT-FAI decía en noviembre del `36: “Es necesario ganar la guerra. Pero no se ganará la guerra limitando el problema a las estrictas condiciones militares de la victoria. Es necesario antes que nada, tener cuenta de las condiciones político – sociales de la victoria. (…) Yo me he esforzado por conciliar las consideraciones actuales inherentes a las necesidades del momento histórico con las líneas de tendencia que no parecen apartadas de estas necesidades. (…) La política tomada en su acepción pura tiene sus necesidades propias, y el momento impone a los anarquistas españoles la necesidad de estudiar una política propia y adecuada. (…) Conciliar las necesidades de la guerra, con la voluntad de la revolución y las aspiraciones del anarquismo: he ahí el problema. Es necesario que este problema se resuelva”. [18]

Los referentes de la CNT-FAI, no sólo desatendieron estos lineamientos, sino que, como dijimos, por su caracterización del proceso, coartaron la posibilidad de transformar la situación latente de doble poder en la sustentación de un poder popular autogestivo con organismos diametralmente opuestos a la lógica instituida dominante. Y con esto fueron socavando el ímpetu y la efervescencia revolucionaria hasta llegar a los sucesos de mayo del `37 en Barcelona que muchos puntualizan como marco simbólico-práctico de entierro final del desarrollo emancipatorio y libertario para dar lugar a la guerra ya del Estado republicano prácticamente rearticulado y las fuerzas fascistas, que culminaría con el desenlace victorioso de las huestes del general Franco en 1939. “Sabíamos que no era posible triunfar en la revolución sino se triunfaba antes en la guerra, y sacrificamos todo por la guerra. Sacrificamos hasta la revolución, sin darnos cuenta que ese sacrificio implicaba también el sacrificio de los objetivos de la guerra”, [19] plantearía autocríticamente tiempo después, uno de los referentes de la CNT-FAI, Diego Abad de Santillán.

La mayoría de la militancia cenetista no estaba de acuerdo con las decisiones que venían tomando la cúpula confederal y por supuesto que ejercieron presión, pero como dice Josep Antoni Pozo González “esas presiones no tuvieron la fuerza suficiente”. [20] Y así, las decisiones de “arriba”, salvo por algunos decididos oponentes, terminaron llevándose puesta a la confederación entera. En este sentido, Gastón Leval señala el fiasco de la cima, de los “hombres conductores”: “Hablo de los militantes anarquistas notorios, de los que en el lenguaje corriente son llamados líderes. El anarquismo español los tenía, (…) estos militantes no han desempeñado ningún papel en la obra [constructiva revolucionaria]. Desde el principio fueron absorbidos por cargos oficiales que aceptaron pese a su tradicional repugnancia por las funciones de gobierno. La unidad antifascista les dictaba esta actitud. Era necesario acallar los principios, hacer concesiones transitorias. Permanecían al margen de la gran empresa reconstructora en la que el proletariado encontrará enseñanzas preciosas para el porvenir. Por cierto, les habría sido posible aportar algunos consejos útiles, exponer normas generales de acción y coordinación. No lo hicieron. ¿Por qué razón? Es que ellos fueron, sobre todo, demoledores. (…) No se improvisa una mentalidad constructiva capaz de discernir entre las contradicciones de una realidad fragmentada y armonizarlas con una visión de conjunto. (…) ¿Entonces cómo fue posible, a pesar de todo el éxito? [De las realizaciones revolucionarias, mientras duraron]. La razón (…) estuvo en la inteligencia positiva del pueblo. (…) Desde hacía largo tiempo los problemas de la reconstrucción social estaban a la orden del día. (…) La problemática de los hechos reales y la crítica de los sistemas económicos y políticos habían inducido permanentemente a la reflexión, en la que maduraban poco a poco ideas claras de revolución. (…) De todas estas actividades, de la lucha permanente que exigía hombres y mujeres llenos de voluntad para actuar, nació la capacidad del pueblo que ha permitido realizar la maravillosa obra de las colectividades agrarias y de las organizaciones industriales. En consecuencia, capacidad del pueblo. Es decir, inteligencia más voluntad, he ahí el secreto”. [21]

Una vez más suenan aquí los ecos, independientemente del nombre, de la idea del poder popular autogestivo como praxis autoinstituyente a la que el anarquismo español no le fuera esquivo. Sin embargo, y a través de las posiciones tomadas por sus “conductores” al decir de Gastón Leval, éste quedó sin resolver en términos de una nueva formación social de carácter integrador frente al alicaído Estado burgués en el contexto revolucionario iniciado el 19 de julio, planteando aquí también el déficit de cuadros revolucionarios de carácter integral.

¿Pero tenía la CNT algún lineamiento previo en este sentido? A pesar del ocultamiento en algunos casos y la ignorancia en otros, de parte de algunos investigadores, debemos decir que sí, y para eso nos remitimos a algunas de las resoluciones del ya mencionado programa de Zaragoza del 8 de mayo de 1936: “Hemos de pensar todos que estructurar con precisión matemática la sociedad del porvenir sería absurdo, ya que muchas veces entre la teoría y la práctica existe un verdadero abismo. (…) Al esbozar las normas del Comunismo Libertario, no lo presentamos como un programa único, que no permita transformaciones. Éstas vendrán, lógicamente, y serán las propias necesidades y experiencias quienes las indiquen. Aunque tal vez (…) creemos preciso puntualizar algún tanto nuestro concepto de revolución y las premisas más acusadas que a nuestro juicio pueden y deben presidirla”. Y luego de formular ciertas proposiciones tanto para un contexto revolucionario como para un nuevo marco de convivencia social establece: “En conclusión proponemos: La creación de la Comuna como entidad política y administrativa. La Comuna será autónoma y confederada al resto de las Comunas. Las Comunas se federarán comarcal y regionalmente, fijando a voluntad sus límites geográficos, cuando sea conveniente unir en una sola Comuna, pueblos pequeños, aldeas y lugares. El conjunto de estas Comunas constituirá una Confederación Ibérica de Comunas Autónomas Libertarias. Para la función distributiva de la producción y para que puedan nutrirse mejor las Comunas, podrán crearse aquellos órganos suplementarios encaminados a conseguirlo. Por ejemplo: un Consejo Confederal de Producción y Distribución, con representaciones directas de las Federaciones Nacionales de Producción y del Congreso anual de Comunas”. [22]

Se podrá estar o no de acuerdo, se podrá analizar sus posibilidades materiales, pero no se puede negar que programa había y resoluciones sobre cómo proceder ante una eventual situación revolucionaria y de qué manera instituir una nueva forma de articulación social también. Los anarquistas españoles tenían fuentes, simplemente sus referentes no las tomaron en cuenta. De hecho, acontecidos los sucesos que comenzaron a partir del 19 de julio (dos meses después de las resoluciones del Congreso) los anarquistas españoles, fundamentalmente en las zonas de su influencia, y en muchos casos conjuntamente con los trabajadores enrolados en la central obrera socialista UGT, fueron poniendo en ejecución parte de sus postulados aunque con algunas modificaciones, fruto de las características particulares del proceso y de las síntesis convergentes con otras líneas de intervención del mismo anarquismo español. Así “la socialización de la tierra y de la industria que siguió a la victoria revolucionaria del 19 de julio habría de apartarse sensiblemente de aquel idílico programa. Aunque en él se repetía continuamente la palabra “comuna”, el término adoptado para designar las unidades socialistas de producción fue el de colectividades. No se trató de un simple cambio de vocabulario (…)”. [23]

Efectivamente, “el principio jurídico de las colectividades era enteramente “nuevo”. No era el sindicato ni la alcaldía, en el sentido tradicional del término, como tampoco el municipio del Medioevo. Aún así, ellas estaban más cerca del espíritu comunal que del sindical. Las colectividades habrían podido llamarse con frecuencia comunidades (…) pues constituían realmente un todo en el que los grupos profesionales y corporativos, los servicios públicos, los trueques, las funciones municipales, quedaban subordinadas al conjunto, gozando no obstante de autonomía en su estructura, en su funcionamiento interno, en la aplicación de sus fines particulares. Pese a su denominación, las colectividades eran prácticamente organizaciones libertarias comunistas que aplicaban la regla: “de cada uno según sus fuerzas, a cada uno según sus necesidades”, fuese por la cantidad de recursos materiales asegurados a cada uno allí donde abolía el dinero, fuese por medio del salario familiar allí donde el dinero era mantenido. El método técnico difería pero el principio moral y los resultados prácticos eran los mismos. Esta práctica existía sin excepción en las colectividades agrarias; por el contrario, era poco frecuente en las colectivizaciones y socializaciones industriales debido a que la vida de la ciudad era más compleja y el sentido de la sociabilidad menos profundo. (…) La unificación comunal se completaba con la regional, de donde surgía la federación nacional”. [24]

Entonces, existió un programa, que sufrió algunas variables para llevarse a cabo, algo que incluso el mismo programa promovía cuando establecía que “no lo presentamos como un programa único, que no permita transformaciones. Éstas vendrán, lógicamente, y serán las propias necesidades y experiencias quienes las indiquen”. [25] Y así fue que materialmente fueron surgiendo colectividades y comités de diverso tipo, todo un abanico de construcciones instituyentes de poder revolucionario con distintos grados de integración, según el caso, dentro de una perspectiva general. Y sin embargo se optó por reforzar a la institucionalidad dominante y con ello sepultar las posibilidades de una nueva estructuración social. ¿Pero se plantearon otras alternativas?

Primero habría que puntualizar una característica específica del proceso español en la que concuerdan algunos analistas. Daniel Guérin dice que la revolución española, “a diferencia de la rusa, no tuvo necesidad de crear enteramente sus órganos de poder [soviéticos], La elección de soviets resultaba superflua debido a la omnipresencia de la organización anarcosindicalista (aunque podríamos agregar del sindicalismo en general), de la cual surgían los diversos comités de base”. [26]

Desde otra perspectiva, aunque coincidiendo en este punto, uno de los líderes del POUM, Andreu Nin, polemizando con sectores del trotskismo español y con León Trotsky en particular, planteaba en 1937: “En Rusia, con la creación de los soviets apareció la dualidad de poderes. De un lado los soviets, del otro el Gobierno Provisional. La lucha entre los dos poderes se terminó mediante la eliminación del Gobierno Provisional y la conquista del poder por los soviets. (…) La dualidad de poderes [en Rusia] apareció como resultado de la experiencia de unos soviets que, de simples comités de huelga que eran al principio, se convirtieron a causa de circunstancias particulares y específicamente rusas, en órganos embrionarios de poder proletario. ¿En qué consistían fundamentalmente estas condiciones particulares y específicas? En que el proletariado ruso, que no había pasado por una etapa de democracia burguesa, no poseía ninguna organización de masas, y por lo tanto, una tradición de ese tipo. Los soviets fueron los órganos creados por la revolución, en los que los trabajadores se agrupaban, y que se convirtieron automáticamente en un instrumento de expresión de sus aspiraciones. (…) En España la situación concreta es muy diferente. Los sindicatos gozan de un gran prestigio y una gran autoridad entre los trabajadores; existen desde hace muchos años, tienen una tradición y son considerados por la clase obrera como sus instrumentos naturales de organización. Esta circunstancia explica en gran medida que la revolución no haya creado organismos específicos de vitalidad suficiente para convertirse en órganos de poder. Por costumbre y tradición, el obrero de nuestro país se dirige al sindicato tanto en las situaciones normales como en los momentos extraordinarios. ¿Esto es bueno o malo? Es en todo caso la realidad. (…) Conviene señalar por fin que, incluso en los momentos de mayor esplendor de los comités, los sindicatos continuaron jugando un papel preponderante. No era [por ejemplo en Cataluña] el Comité Central de Milicias, sino los comités de las Centrales sindicales quienes trataban en primer lugar, las cuestiones más importantes”. [27]

Si bien estas definiciones dejan mucha tela para cortar, debemos decir que en España no podía vislumbrarse la posibilidad de constituir un organismo revolucionario que dispute y desplace al Estado al “museo de las antigüedades” sin tener en cuenta el arraigo de los sindicatos en la realidad del proletariado. Pero tampoco puede tenerse una visión mecánica en este sentido y dejar de lado cierta configuración dinámica por lo pronto en lo que respecta a las características de la CNT; siguiendo nuevamente a Daniel Guérin: “La doble base, industrial y rural, del anarcosindicalismo español, orientó el “Comunismo Libertario” por el propagado en dos direcciones un tanto divergentes, una comunalista y otra sindicalista (…) cuya simbiosis distaba de ser perfecta”. [28] De ahí, tal vez la heterogeneidad de los organismos que fueron surgiendo, fundamentalmente las colectividades.

Con respecto a estas últimas es interesante el análisis que hace el sociólogo francés René Lourau: “Las colectivizaciones constituyen un ensayo dinámico, un proceso de desinstitucionalización de la sociedad estatal por la acción de una forma alternativa que apunta a lo político a través de lo económico. (…) Desisnstitucionalización no es entonces sinónimo de un vacio, de una ausencia, de una carencia y aún menos de una renuncia a la lucha. Es la acción que apunta a la fuerza desnuda o arropada en legalismo de estado, a las formas creadas o garantizadas por la fuerza del Estado, y eso no “utilizando las armas del adversario”, sino forzando al Estado a aceptar las formas que destruyen al Estado: las formas de la socialización como proceso generalizado del conjunto de la vida social”. Aquí Lourau roza de alguna manera el concepto de poder popular autogestivo que venimos esgrimiendo, desde una idea de autogestión como hecho social general del que las colectividades en tanto institucionalidad alternativa, o como “contrainstitución” como él las denomina, serían su sustento; “la definición de contrainstitución se desprende de esta puesta en perspectiva histórica. Alternativa a las formas sacralizadas del orden existente (sagrado porque estatal), la colectivización gana en ímpetu al ser dirigida simultáneamente contra el capitalismo y contra el Estado. No es solamente una contrainstitución política, (…) tampoco es reductible a una unidad económica de base, (…) no es solamente ni principalmente municipalista o comunalista. (…) La colectivización se distingue no sólo por su amplitud macro-social, sino también por su carácter ofensivo, de ninguna manera pacifista. Las circunstancias, además no lo hubieran permitido”. Es cierto que en el corto plazo de su duración no lograron trascender todas las contradicciones inherentes al sistema capitalista pero “todo parece demostrar que las colectivizaciones eran en efecto, la respuesta ofensiva al desafío fascista, respuesta no ideológica o militar o económica o política en el sentido especializado de estas palabras, sino respuesta global, a la vez política, económica, militar e ideológica. La prueba más flagrante no es la desaparición de las colectividades a medida del avance del ejército fascista, sino la expedición destructiva de las tropas estalinistas del general Líster”. Y remata; “La desaparición gradual del Estado (…) bien puede afirmarse que no ha sido jamás constatada empíricamente. (…) La autogestión, por su parte, tiene el mérito de haber existido en forma de esbozo, como proyecto racional o movimiento revolucionario. Los dos conceptos que se han de confrontar no están entonces en pie de igualdad. (…) La desaparición gradual del Estado es, hablando en la vieja jerga filosófica, un concepto nominalista, que no hace existir la cosa por el simple hecho de ser producido intelectualmente. La autogestión en un concepto realista, existe, yo me he topado con ella”. [29] Lo concreto es, nuevamente, que estas construcciones (junto con las otras que fueron surgiendo) que pudieron haber prefigurado una situación de doble poder, no lo consolidaron al no haberse instituido un organismo de carácter general que las articule y que dispute claramente con el Estado republicano a los fines de su supresión y de la instauración de un organismo de nuevo tipo.

Ya para 1938 la organización “Los Amigos de Durruti”, agrupamiento iniciado por ex miembros de la columna Durruti, que fueron excomulgados del movimiento anarquista oficial por oponerse a la militarización de las milicias populares y por denunciar las políticas colaboracionistas de la cúpula de la CNT-FAI, lanzó un programa que se conoció como “Hacia una nueva Revolución” y que entre otras cosas establecía la constitución de una Junta revolucionaria o Consejo Nacional de Defensa en donde sus miembros serían elegidos democráticamente en los organismos sindicales, y que se encargaría de coordinar las milicias y las patrullas obreras para dirigir la guerra y de mantener relaciones internacionales, y siempre con control de las asambleas sindicales. Los sindicatos y sus federaciones a su vez se harían responsables de coordinar las actividades económicas a través de un Consejo Económico, así como se articularían con Municipios Libres que se encargarían de las funciones sociales que escapen de la órbita de los sindicatos.

Estos lineamientos, si bien toman en cuenta la primacía de los sindicatos como plantean Guérin y Nin, tratan de mixturar con planteo municipalista, aunque no deja de ser, según algunos analistas, todavía demasiado “sindicalista”. Así y todo al decir de Wayne Price, [30] es suficientemente cercano al programa de los consejos de obreros y campesinos que levantaba León Trotsky y los trotskistas españoles, (con los cuales Nin polemizaba aunque por cuestiones tácticas, no de fondo) pero con una gran diferencia. La defensa de Trotsky de los consejos/soviets era puramente instrumental, como herramienta para derrocar al Estado existente e imponer el “Estado de los trabajadores” (con todo lo que ello implica si tomamos en consideración la experiencia rusa donde los soviets terminaron totalmente subordinados a la lógica estatal sin que efectivamente se constituyeran en un organismo proletario posrevolucionario de nuevo tipo y para finalmente terminar desmantelados en los hechos) y no como la base para una nueva configuración social. En cambio Los Amigos de Durruti proponían una estructura democrática popular, no un Estado-Partido. Pero hacia 1938 ya era muy tarde. La revolución había sido derrotada políticamente y era sólo cuestión de tiempo hasta que los fascistas derrotaran a las fuerzas armadas republicanas en el campo de batalla.

Algunas conclusiones

Sea como fuere, lo que parece quedar claro, luego de todo el recorrido que intentamos hacer, es que el anarquismo español tuvo la posibilidad en tanto movimiento hegemónico, de torcer el rumbo del derrotero revolucionario hacia un panorama victorioso, si hubiera seguido sus propios paradigmas, contemplándolos de manera dinámica, de acuerdo a las circunstancias específicas de cómo se fueron desenvolviendo los hechos.

Dijimos que la CNT había elaborado un programa en el Congreso Confederal de Zaragoza de mayo del `36, en donde instituía como forma social de nuevo tipo una Confederación Ibérica de Comunas Libertarias. Dijimos además, que precipitados los hechos, luego del 19 de julio, el proceso revolucionario fue dando lugar a distintos organismos de poder que relegaban la idea unitaria y tal vez un tanto idealista de las Comunas Autónomas, proliferando en su lugar una heterogénea gama de colectividades, columnas milicianas, comités y consejos obreros-populares. Pero también vimos que a su vez, estas configuraciones instituyentes de poder social, no lograron sortear lo local o en el mejor de los casos lo regional, por lo que la situación latente de doble poder no pudo articularse en una real situación de dualidad, inestable, antagónica y efectivamente superadora de una institucionalidad estatal que se arrastraba por el piso.

Los anarquistas españoles, fundamentalmente sus referentes, pudieron haber echado mano de sus propios paradigmas y proyecciones en lo relacionado a la formación federativa, tomando el programa de Zaragoza y adaptándolo a las características del desarrollo del proceso, promoviendo una Confederación de Organismos Revolucionarios con representación democrática de acuerdo a la capacidad de influencia de las organizaciones que claramente buscaban una salida revolucionaria y que sienta las bases de una institucionalidad no estatal estructurada de abajo a arriba. Lamentablemente esto no ocurrió y ya vimos algunos de los por qué.

Lo que seguramente podremos extraer, luego de vislumbrar luces y sombras de esta gran gesta, y sobre todo para aquellos que en nuestros días nos situamos desde perspectivas libertarias de construcción y lucha emancipatoria, es la importancia de la confluencia entre la idea de construcción de poder en sus distintas combinaciones y de la materialización de ese poder en formas instituyentes, entendiendo que ni poder, ni institución son términos exclusivamente asociados a la dominación per se. En tanto ejercicio de relaciones sociales y en tanto constitución socio-histórica, no son escindibles de nuestro quehacer social. Por lo que para diseñar estrategias de intervención política con un horizonte transformador, necesariamente debemos articular estos conceptos y englobarlos en una praxis no dominante en donde subjetividad, imaginarios, acumulación de fuerzas y estructuras formen un todo coherente, de acuerdo al las claves del contexto del que se trate.

Para terminar y a modo de homenaje hacemos nuestras aquellas bellas palabras que en 1938 y ya promediando el desenlace de la guerra, exclamaba Emma Goldman: “La colectivización de las industrias y de la tierra se nos aparece como la más grandiosa realización de todos los periodos revolucionarios de la historia. Además, aunque Franco venza y los anarquistas españoles caigan exterminados, la idea que ellos han lanzado, seguirá viviendo”

Y tal es así que hoy, a 80 años, todavía seguimos levantando su legado como bandera.

Diego Naim Saiegh

Notas

[1] Michel Foucault. “Historia de la sexualidad 1. La voluntad del saber”. Siglo XXI Editores. Madrid, 1984.

[2] CILEP (Centro de Investigaciones Libertarias y Educación Popular) Colombia. “Anarquismo y Poder Popular” Extraído de anarkismo.net article/12227 (2009)

[3] Mijail Bakunin. Citado en “La filosofía política de Bakunin” de G.P. Maximoff. The free press, Glencoe, Illinois, 1953.

[4] Mijail Bakunin. “Oeuvres”, tomo VI, publicado por P.V. Stock. París, 1895/1913.

[5] “Sobre la hegemonía y la estrategia. Guía de acción para un colectivo anarquista” (M.G.) artículo aparecido alasbarricadas.org, Octubre 2013.

[6] Eduardo Colombo. “Historia del movimiento obrero revolucionario” (Compilación), Libros de Anarres, Buenos Aires, 2013.

[7] Pierre Broué y Émile Temime. “La revolución y la guerra en España” Fondo de Cultura Económica, México, 1973.

[8] Pierre Broué y Émile Temime. Op Cit.

[9] Jesús Aller. Reseña de “Poder legal y poder real en la Cataluña revolucionaria de 1936” de Josep Antoni Pozo extraído del portal rebelión.org el 2-09-2015

[10] Eduardo Colombo. “El Estado como paradigma de poder”. Revista Utopía, Buenos Aires, 1985.

[11] Cornelius Castoriadis. “Los dominios del hombre: Las encrucijadas del laberinto”, Barcelona, Gedisa, 1988

[12] Cornelius Castoriadis. “El avance de la insignificancia”, Buenos Aires, Eudeba, 1997.

[13] Cornelius Castoriadis. “La sociedad burocrática”, Barcelona, Tusquets, 1976.

[14] Errico Malatesta. “Pensiero e Volontá” 15 de junio de 1924. Reproducido en “Malatesta. Pensamiento y acción revolucionarios” Vernon Richards (compilador), Ed. Proyección, Buenos Aires, 1974.

[15] Mijaíl Bakunin. “Carta a los compañeros de la federación de las secciones internacionales del Jura (1872)” Reproducido en “The life of Michael Bakunin (…)” Max Nettlau, Edición Privada, Londres, 1896-1900.

[16] Wayne Price. “La abolición del Estado. Perspectivas anarquistas y marxistas” 1º edición. Buenos Aires, Libros de Anarres, 2012.

[17] Juan García Oliver, citado en “Enseñanzas de la Revolución Española” de Vernon Richards. Madrid, Campo Abierto, 1977.

[18] Camilo Berneri. “Cuidado con la curva peligrosa” articulo del 5 de noviembre de 1936 aparecido en la publicación “Guerra di clase”, Barcelona, 1936.

[19] Diego Abad de Santillán. “Por qué perdimos la guerra”. Buenos Aires, ed. Imán, 1940.

[20] Josep Antoni Pozo González. “Poder legal y Poder real en la Cataluña de 1936. El gobierno de la Generalitat ante el Comité Central de Milicias Antifascistas y los diversos poderes revolucionarios locales” Ediciones Espuela de Plata. Barcelona, 2012.

[21] Gastón Leval. “Ni Franco ni Stalin. (Las colectividades anarquistas españolas en lucha contra Franco y la reacción estalinista)”, Instituto Editorial Italiano, Milán, 1952.

[22] CNT. Congreso Confederal de Zaragoza, mayo de 1936. CNT, Toulouse, 1973.

[23] Daniel Guérin. “El anarquismo”, Ed. Proyección, Buenos Aires, 1973.

[24] Gastón Leval. Op. Cit.

[25] CNT. Op. Cit.

[26] Daniel Guérin. Op. Cit

[27] Andreu Nin. “Los órganos de poder y la revolución española” en Revue internationale du POUM, Nº 1, Barcelona-París, julio de 1937.

[28] Daniel Guérin. Op. Cit.

[29] René Lourau. “El Estado y el inconsciente. Ensayo de sociología política” Ed. Kairós, Barcelona, 1977.

[30] Wayne Price. “Por qué los anarquistas españoles perdieron la Revolución Española” Respuesta a “La Tradición Revolucionaria Anarquista” de Chris Day. Publicado en Love and Rage, Octubre/Noviembre de 1996. Traducción de José Antonio Gutiérrez D.

Breve introducción al surgimiento de las jerarquías

La jerarquía no es sólo una situación interpersonal, identificada comúnmente con la subordinación de unas personas a otras. Es un concepto interiorizado hasta tal punto que tratamos de explicar la naturaleza basándonos también en estructuras jerárquicas, ya sea cuando decimos que una manada de lobos tiene un líder o hablamos de la «abeja reina». Estos ejemplos que alguien podría identificar como relaciones de jerarquía en la naturaleza no se corresponden con ella, ya que en el primer caso ese liderazgo está sujeto a un individuo concreto en situaciones concretas, y no una institución como tal que perdure en la especie, y en el segundo es la «mamá» del enjambre que no dirige, sino que provee de mano de obra y de una nueva «mamá» cuando es necesario para que el grupo perdure. Incluso los mandriles se han usado como ejemplos de jerarquía y patriarcado, sin tener muchas veces en cuenta que es con el gibón, simio que no presenta este tipo de actitudes, con quien los humanos compartimos más rasgos físicos y evolutivos.

El proceso que nos ha llevado a un pensamiento jerárquico al nivel de reflejarla en nuestros modelos de la naturaleza y justificarla en ellos ha sido largo y complicado, por lo que sólo presentaré una visión a grandes rasgos de su aparición.

En las sociedades previas a la aparición de la jerarquía existía una división del trabajo en la que los distintos elementos del grupo se complementaban. Esta complementariedad en el reparto de tareas se daba también en la división entre hombres y mujeres, diferenciación que apareció, principalmente, por la menor movilidad de éstas en periodo de gestación y crianza. El papel de la mujer no era inferior al del hombre, ya que el deber de alimentar a la comunidad mediante la recolección y posteriormente la agricultura era tan imprescindible como el de la caza. Esta situación comenzó a cambiar con las guerras entre clanes por el territorio. La figura del guerrero cobró importancia. En términos de defensa comenzó la subordinación de la mujer. Una vez que nos adentramos en el neolítico y tenemos tierras cultivables la reclamación de las tierras del clan invadido como trofeo personal comenzó de algún modo con la acumulación desigual de la tierra, ya que las tierras de la tribu pertenecían en la colectividad. Los vencidos se convierten así en desposeídos y posteriormente en esclavos. Entre los líderes militares aparecen patriarcas con posesiones materiales y autoridad respecto a las relaciones con el exterior. Pero esto no es suficiente para explicar una jerarquía más elaborada y estratificada.

Una explicación más completa sobre cómo llegan a aparecer las jerarquías nos la da el estudio de los ancianos de las tribus. Si en un principio éstas se regían por asambleas o consejos de ancianos, estos consejos no constituirían una jerarquía real, ya que todos los miembros de la tribu están destinados a formar parte de este grupo (siempre y cuando sobrevivan para alcanzar una edad avanzada). Además esta tarea podía ser interpretada como una especie de compensación ya que su capacidad para actividades como conseguir alimentos o edificar viviendas están claramente limitadas. En los ancianos aparece un rencor hacia la naturaleza cruel, que transforma su cuerpo y espíritu limitando sus capacidades. Estos ancianos además necesitan asegurarse un puesto imprescindible en el grupo, ya que en épocas de necesidad son los primeros en ser abandonados ya que su labor es, por así decirlo, la menos necesaria para la supervivencia del grupo. Aconsejan a la comunidad, apareciendo sabios y hechiceros que ponen bajo su mando a las fuerzas de la naturaleza que les ha maltratado. Comienza la dominación por el miedo a los espíritus de la naturaleza, pero este grupo tiene ciertos fallos, que se subsanan con la aparición de las religiones. Las catástrofes y las enfermedades no tenían ninguna justificación en el marco de la hechicería, pero si incluimos a unos dioses con una moral estricta que nos castigan si incumplimos sus normas, el sacerdote se convierte en un mediador que les puede aplacar, pero aún así las catástrofes ocurren, porque incumplimos determinadas leyes. De ese modo estos sacerdotes se convierten también en legisladores y se enriquecen por las ofrendas que presentan como necesarias para el beneficio del pueblo. Se crea así una estructura estatal completa al institucionalizarse esa labor. Los consejos a la comunidad se convierten en dirección de la comunidad entrando en juego intereses personales. Estos grupos se politizan y transforman, llegando a perder toda relación con la mitología de la que surgieron y afirmándose como estados políticos.

El cambio en la mente colectiva se refleja en la transformación de las divinidades. A las primitivas diosas madres dadoras de vida les aparecen compañeros que poco a poco usurpan sus labores y aparecen figuras como Pandora y Eva, mujeres culpables por su curiosidad de los males de la humanidad, culpabilidad y relación directa con el pecado que se ha establecido sobre las mujeres a lo largo de la historia. Las divinidades naturales cambian por divinidades antropomórficas apareciendo en este proceso de cambio criaturas intermedias como esfinges y minotauros y en los grupos de divinidades que se complementaban, reflejo de las comunidades que se regían de forma asamblearia, aparece un dios superior que dirige a los otros (Zeus). Esto alcanza su apogeo con Yahvé, dios único y verdadero, celoso de sus fieles.

Si juntamos esto con el poder militar citado anteriormente, tenemos todos los ingredientes necesarios para la gerontocracia patricéntrica hacia la que se evolucionó. Se llega a un núcleo familiar en el que el padre tiene poder absoluto sobre todos los miembros de ésta, poder que posteriormente le será reclamado por el estado, que exigirá a los hijos para que sean sus soldados, burócratas…

Si bien los dos grupos citados (jóvenes líderes guerreros y ancianos «guías» políticos) no siempre estuvieron unidos y a lo largo de la historia han aparecido diferentes tensiones entre el poder militar y el poder político/eclesiástico, juntos conforman la estructura jerárquica que ha evolucionado en los estados actuales.

Sobre la cuestión del Poder y Estado

La concepción anarquista del poder, lejos de estar resuelta, deja una serie de lagunas cuando tratamos de aplicarla en los análisis de la realidad material. En concreto, cuando nos encuentramos con dilemas tales como Estado y Administración, poder y dominio o incluso entre tomar el poder y ejercerlo o abolirlo. Todos estos matices y dudas conllevan directrices poco claras y ambiguas dentro de los movimientos libertarios y autónomos que en los momentos de disputa revolucionaria salen a relucir ayudando a nuestra derrota.

El anarquismo a menudo ha tratado el poder como un ‘todo’, es decir, reduciéndolo a un concepto más al que añadir a la lista de cosas con la que hemos de estar automáticamente en ‘contra’, ya que si no dejaríamos de ser anarquistas. De esta manera se está reduciendo cualquier analisis crítico a una cuestión binaria de malo o bueno, que es de carácter moral más que táctico.

En la cuestión del poder, el anarquismo suele caer en el campo del ‘negacionismo’, negando a veces que eso pudiera darse entre anarquistas o que exista un poder propio, un poder ejercido por nuestras organizaciones y movimientos en los momentos de hegemonía libertaria. Pensamos que esto es una candidez, cuando no un auto-engaño, que lleva a no saber leer los momentos, y por tanto a no saber atajar los problemas y a no ofrecer soluciones que consigan llevarnos al socialismo libertario. La conclusión es que se está produciendo una confusión entre dominación y poder y que nuestro movimiento históricamente falló en aclarar y sistematizar para realizar una propuesta coherente con nuestros objetivos.

Este abandono de la teorización del poder dejaba el camino abierto para quien tuviera una teorización ya hecha sobre esos ‘momentos de poder’ (ya fuera en una revolución, una insurrección, una huelga, una toma de medios de producción, una guerrilla campesina, etc.) dándole una clara ventaja en caso de darse una de estas situaciones. Sin esa teorización no podemos esperar que la ideología resuelva todas las situaciones de realidades cambiantes. Tampoco debemos olvidar que la teoría bebe de la relación entre la realidad y la ideología. Sin hacer caso a la realidad que nos rodea, la teoría no sirve de nada. Cuando los principios ideológicos chocan con la realidad, lo que quiebran son estos principios. Si entendemos como referencia a la ideología, la teoría debe ser la parte complementaria que nos ayudará a actuar en esa realidad.

Asumir estas debilidades es un ejercicio de madurez política que nos puede hacer crecer como opción politica real para conseguir nuestro objetivo último de establecer una sociedad profundamente libertaria. Este es el objeto de este artículo que pretende abrir debate sobre el poder, su conquista y su administración, y los momentos de transición hacia la sociedad libertaria, que son básicos para una teoría revolucionaria.

La práctica histórica

De la experiencia socialista o de los socialismos del pasado siglo y medio podemos observar algunos rasgos característicos. El primero es que todos los movimientos partían de un movimiento popular organizado, que normalmente se trata de lo que conocemos como movimiento obrero, otras veces era el campesinado y otras veces una alianza entre el proletariado y las clases medias (estudiantes, artesanado, profesionales liberales, comerciantes, etc. que el marxismo denominaba «pequeña burguesía»). Estos grandes movimientos populares estaban impulsados, organizados y cohesionados por una fuerza político-social de tendencia socialista revolucionaria, ya fuera ésta un partido, un sindicato o incluso una guerrilla.

Desde la Comuna de París de 1871 hasta las huelgas obreras autónomas de los años 1970’s el llamado sujeto revolucionario fue inequívocamente el proletariado organizado. En la mayoría de los procesos revolucionarios las sociedades resultantes se parecían bastante entre sí, independientemente del tipo de socialismo que la impulsara. La excepción la conformarían las revoluciones impulsadas por los socialismos totalitarios (imponiendo un estado policial y un control social asfixiante). Así pues, la Comuna de París, los primeros Soviets en Rusia, Kronstadt, los Consejos obreros alemanes, las ciudades tomadas por las grandes huelgas generales (Ancona, Seattle, Limerick, Buenos Aires, Barcelona, Saint Denis…), la insurrección de Rio de Janeiro, el Consejo de Turín, la Revolución de Asturias o la españa de las colectivizaciones… (y si queremos podemos llegar hasta los años 70) todas tienen unos rasgos comunes que las hacen parte de la misma tradición. Son manifestaciones del movimiento obrero y no de una ideología en concreto. A pesar de la influencia libertaria la vida en una Barcelona de la revolución de 1936 no podría ser muy distinta de la vida en la Munich de 1919 o en la Turín de 1920 a pesar de su influencia socialista y comunista.

Igualmente las revoluciones del campo como la de la Ucrania Makhnovista o la Morelos de Emiliano Zapata se parecen bastante a las sociedades que producían otras fuerzas como la Antonovshina del Tambov, la Siberia de la insurrección de 1920-21 o a regiones de la revolución china y coreana, a las zonas liberadas por Sandino en Nicaragua o a Barrancabermeja en Colombia.  Es decir, que un movimiento popular que tiene las mismas bases produce revoluciones que se parecen entre sí. Trasladadas a hoy en día todas aquellas revueltas en el campo nos recuerdan de alguna manera a los municipios autónomos mexicanos, los de las kabilas argelinas o de la sociedad kurda de Rojava. En definitiva, el anarquismo y el anarcosindicalismo eran parte de un movimiento socialista internacional más amplio. 

En todas estas experiencias tanto industriales como campesinas se producen conflictos de clases entre el poder de la burguesía y el poder del pueblo organizado. A raíz del enfrentamiento se producen situaciones de doble poder que se desarrolla polítca y militarmente. 

Los problemas teóricos del anarquismo

Volviendo al origen del artículo en el movimiento libertario hay ciertos aspectos que aún no se han sabido resolver. No porque no existan, sino porque el movimiento no ha llevado a cabo el necesario reajuste en sus planteamientos.

En todos los procesos revolucionarios que hemos nombrado antes había una cuestión importante: la toma del poder. El anarquismo, como movimiento revolucionario entiende que para conseguir una sociedad libre necesitamos derrocar aquella que nos oprime. Lo que resulta problemático hoy en día es reconocer que para que nuestro movimiento llegue a su objetivo tendrá algún día que controlar o sustituir los mecanismos de poder que hoy está ocupando el Estado. Y esto otras tradiciones políticas no tienen problema en concebirlo como una conquista del poder.

Otro aspecto poco trabajado es la sociedad de transición hacia el socialismo completo. Poco importa el nombre que se le dé pero esta situación se dará inmediatamente al cambio revolucionario ya que dentro de esa nueva sociedad aún habrá muchos partidarios del antiguo régimen. También habrá que alimentar esta sociedad y habrá que montar una economía viable para mantenerla. Por último habrá que garantizar su defensa tanto ante agresiones externas como ante levantamientos contrarrevolucionarios internos. Esto los bolcheviques lo llaman dictadura del proletariado (aunque Karl Marx la entendia de modo diferente, queriendo decir más bien la hegemonía de la sociedad socialista frente a la burguesa). El modelo de sociedad revolucionario debe convencer a la mayoría de la sociedad, debe hacerse hegemónico no sólo política y militarmente, sino también culturalmente.

En caso de vencer el poder popular éste tendrá que organizar tanto la sociedad como su defensa. Por tanto debe levantar una administración. En este caso marxistas y anarquistas difieren en cómo denominar esta administración, ya que los marxistas entienden que esto es un «estado proletario» que ha sustituido al «estado burgués» mientras que el anarquismo no lo entiende así y opina que esta administración ya es la superación del estado en sí misma. Esta diferencia que puede parecer semántica ha dividido ambas corrientes durante muchas décadas. En este caso la ideología de cada cual impide acercamientos políticos dado que cada cual se enroca en sus posturas escudándose en las palabras.

En resumen, tenemos ya unos rasgos básicos: después del conflicto inicial estado capitalista vs. pueblo organizado hay una nueva administración revolucionaria que tiene el monopolio de la violencia (ya que no le vamos a permitir tener armas ni milicias a quien quiere que la sociedad revolucionaria sea derrocada), que es legítima (la apoya el pueblo) y que ya tiene todas las palancas del poder (tendrá su sistema de justicia, su milicia, sus medios de comunicación y sus administraciones) para ejercer un control sobre el territorio liberado. ¿Es esto la creación de un Estado o es la abolición del Estado?

Como vemos, el anarquismo confronta varios bloqueos morales. A tomar el poder, a garantizar la seguridad de la nueva sociedad revolucionaria (que además no es una sociedad totalmente comunista y libertaria sino que guardará algunos rasgos de la sociedad previa y será un régimen de transición) y a crear una administración estable los bolcheviques lo llaman tomar el poder y ejercer la dictadura del proletariado. Y todo esto es lo que el anarquismo hizo en la revolución mexicana, en la ucraniana o en la española, y en realidad es lo que haría el movimiento libertario actual de tener la ocasión. ¿Cómo tenemos que llamar a eso los anarquistas?

Conclusión

Puesto que nos encontramos ante una cuestión semántica, pensamos que hay que hablar el lenguaje que entienda la mayoría de la población, que al fin y al cabo es a quien nos dirigimos. No es útil emplear términos eufemísticos que nos confundan y que nos hagan repetir las dudas con las que se encontró el movimiento libertario en 1936. Tomar el poder en aquel momento (la propuesta de Joan García Oliver) era establecer una «dictadura anarquista» (según lo llamó Federica Montseny), puesto que se estaba en minoría y habría que imponerse a la fuerza. Por contra, colaborar con las demás fuerzas antifascistas era participar en la gestión de las instituciones republicanas y crear un nuevo tipo de estado influyendo en él con nuestras ideas (alejándonos a la vez de nuestros objetivos finalistas). Pero la diferencia entre los principios del anarquismo (y la terminología derivada de ellos) y las tácticas que se usaron a la hora de la verdad, constituyeron un desastre para el movimiento libertario español que es necesario ajustar definitivamente.

Si tomamos parte de una junta revolucionaria o un consejo, tenemos que entender que eso en la práctica es un gobierno. Si tomamos parte de la gestión de un municipio, eso es la toma de una institución estatal. Si creamos una administración nueva, estamos edificando unas estructuras que regularán la vida social y económica de nuestro pueblo.

En estos momentos, volviendo a nuestros días, tenemos que estar atentas a experiencias sociales avanzadas que están teniendo lugar en algunos territorios con procesos de transformación social avanzados. Se habla de un confederalismo democrático en el Kurdistán, de un incipiente movimiento internacional de «democracia sin estado», de un nuevo auge del municipalismo a través de ayuntamientos controlados por fuerzas de izquierda o de los cambios estratégicos de los movimientos de liberación nacional. El anarquismo debe tener una opinión al respecto adecuada al mundo en el que vive. Y sobretodo debe realizar propuestas válidas que puedan ser aceptadas e integradas por otros movimientos. De no hacerlo corremos el riesgo de volver a ser reliquias de un pasado glorioso pero ya olvidado. Incluso el marxismo está creando nuevas formas de denominar las etapas de transición dependiendo de las realidades locales. Por ejemplo en Bolivia se habla de un «estado plurinacional» que acoge a los diversos pueblos indígenas, o en Venezuela se acuña el término de «estado comunal», partiendo de las comunas socialistas que proliferan en aquel territorio. Son fórmulas que actualizan el pensamiento comunista.

La propuesta de fondo de este texto es denominar Administración a estas sociedades que surgen una vez el pueblo ha tomado el poder puesto que de momento sería ir demasiado lejos (y contraproducente) adoptar el lenguaje de movimientos que hemos rechazado durante décadas. Por ejemplo, si empleamos administración democrática ésta podría significar esencialmente lo mismo que «estado proletario», término que incluso cuesta de asumir por la propia clase obrera de nuestro tiempo y que por tanto está en desuso. Entonces a la pregunta final, ¿qué busca el anarquismo? ¿cuál es su objetivo? La respuesta podria ser que el anarquismo pretende eliminar el estado capitalista que hoy está al servicio de las minorías y sustituirlo por una administración democrática que entregue el poder de decidirlo todo a la sociedad. Esta frase puede levantar mucha más adhesión popular que muchos otros lemas manidos que no acaban de entenderse en la calle (por ejemplo, el clásico lema de «muerte al Estado»).

Entonces, ¿se está aceptando el Estado? Se trata de una pregunta reduccionista y mal enfocada. La cuestión debiera ser otra, y es que desde los tiempos en que Bakunin creaba juntas revolucionarias para gestionar un territorio ganado al enemigo de clase mediante una insurrección popular, el anarquismo ya estaba embarcado en la creación de estructuras para sustituir un estado burgués por una administración popular. Como hemos dicho antes, el marxismo lo llama crear un estado obrero y el anarquismo lo llama abolir el estado. En definitiva, es necesario llegar a un entendimiento en la forma de denominar los momentos clave de una transformación social revolucionaria.

Por último, ¿sería esta administración democrática el comunismo libertario? En cierta forma sí. Y también, en cierta otra forma podría ser entendida como una etapa de transición. Los matices vienen por cómo se gestione la cuestión fundamental que representa la economía. Si está socializada, se está en una sociedad socialista, y sino, pues no. Se entiende que sin que la economía no esté bajo gestión de la comunidad no se está ante una democracia real puesto que la parte más importante de la vida, que es la economía, queda fuera de nuestro control. Por tanto esta podría ser nuestra aportación a los movimientos arriba mencionados del confederalismo democrático, el municipalismo o la democracia sin estado para poder buscar una confluencia en un futuro en base a cuestiones concretas.

Todo esto, evidentemente, está por debatir y asumir. Pero plantearlo es un primer paso para poder avanzar.

@blackspartak

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