Canibalismo e imperialismo: Ravenous

En 1846, EEUU era aún un país a medio industrializar, por detrás de Francia o Bélgica y muy por detrás del Reino Unido. Su superficie era bastante más reducida que la actual, incluidos los territorios no organizados, y la gran migración (irlandesa, escasamente) apenas comenzaba. El país tenía unos veinte millones de habitantes y, salvo por grandes centros como Nueva York o Boston, parecía aún esa imagen que tenemos de la época colonial: una gran masa de pequeños propietarios rurales protestantes.
Ya antes el presidente Monroe había lanzado esa consigna, que sería conocida como «doctrina Monroe», según la cual todo el continente americano había de ser para los american (entiéndase «estadounidenses»). Ese espíritu daría lugar, en 1835-1836, al apoyo estadounidense a la guerra de independencia de Texas, entonces un estado mexicano reacio a abolir la esclavitud y abundante en colonos venidos del norte y, en un segundo momento, a su incorporación a los EEUU (1846), que las autoridades mexicanas consideraron un agravamiento de la agresión, lo que llevó a la guerra de dos años que supondría la pura y simple anexión del norte de México y su propia incorporación como Estados cuya identidad estadounidense hoy día nos parece obvia: Utah, Arizona, Nuevo México, Nevada, Colorado y California.

En esa primera expansión imperial empieza esta película, en 1847. John Boyd es un soldado obediente, pero incapaz de hacer carrera en el ejército o ser considerado un héroe. Le falta la brutalidad propia del oficio y ni siquiera tiene más ambición en su carrera militar que ganarse un jornal.
Por eso, aunque tenga la satisfacción de haber sobrevivido a una batalla y haber conseguido después una victoria para los suyos, lo cierto es que sobrevivió haciéndose el muerto y fue sólo tras ser arrastrado a la base enemiga como otro de los cadáveres y recibir en la boca la sangre de un compañero muerto, cuando se lanzó a su gesta bélica.
En medio de una banda sonora extraña compuesta por Michael Nyman y Damon Albarn, Ravenous nos muestra a esta especie de héroe cobarde, el capitán Boyd, enviado a un fuerte de las montañas californianas donde se encuentra rodeado de extraños personajes. Vemos el contraste entre Boyd y la sospecha de que otro personaje quizá también se haya alimentado de sus semejantes y, en un desarrollo de la trama que no queremos destripar al lector, conocemos la leyenda iroquesa del wendigo y lo mucho que nos dice del papel de EEUU en el mundo e incluso del capitalismo en sí mismo. Esto último es más nuestra interpretación, pero el carácter caníbal del imperialismo es muy explícito pese a tratarse de una producción de Hollywood con actores tan conocidos como Guy Pearce o Robert Carlyle. Algo que no es menos importante es que, si desde Hannah Arendt se habla de la «banalidad del mal», en esta película se muestra la banalidad del bien. El mal permite actuar con menos límites o sin ninguno, la preocupación por el bien, la ética, carece de ese atractivo y puede parecernos castrante, ser una fuente de limitaciones y sentimientos de culpa. Sin embargo, nos permite ser humanas y no monstruos.

Ucrania 2014: ecos del pasado

A poco que pongamos un poco de atención al discurso internacional sobre lo que está pasando en Ucrania nos damos cuenta que la cosa suena familiar: ¿están les gringues hablando de la Guerra Fría, o de la Ucrania de 2014? En estas últimas semanas hemos podido leer en Internet comparaciones directas entre la situación actual y la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, o incluso algunes se han atrevido a calificar los hechos de Nueva Guerra Fría o Tercera Guerra Mundial (¡hala!)

Lejos de ser exageraciones de los típicos grupos amantes de las conspiraciones internacionales, la verdad es que este discurso belicista (que no deja de ser preocupante) viene promovido por «altas personalidades» de la prensa y política mundial (léase Estados Unidos). En el Washington Post podíamos leer hace unas semanas al neo-conservador Charles Krauthammer decir que los Estados Unidos deberían mandar una flotilla al Mar Negro y asistir económicamente a Ucrania con 15 billones de dólares norteamericanos (que se dice pronto). John Kerry, actual Secretario del Estado, amenazaba también a la Rusia de Putin con restricciones económicas y asistencia a la (nueva fascista) Ucrania. Unas amenazas que si las pensamos de nuevo no tienen legitimidad alguna: sí, la movilización de tropas rusas en Crimea rompieron con ciertas leyes internacionales[1], pero que John Kerry lo haya señalado una y otra vez tiene su qué. Después de todo, ¿no han causado los Estados Unidos un significante número de guerras solamente para perseguir sus intereses nacionales? Un ejemplo: Iraq (Otro: Siria. Y otro más: Libia). Y que nosotres sepamos, Iraq no es limítrofe con los Estados  Unidos (como sí lo son Ucrania y Rusia).

Si miramos atrás en la historia del siglo XX la cosa adquiere morbo. En 1945, en la ciudad de Yalta (precisamente en Crimea), se realizó una conferencia entre Churchill, Stalin, y Roosevelt para lograr una paz internacional. Todo ha cambiado, y los contextos no son idénticos, pero sí que observamos similitudes que nos traen ecos del pasado. La derecha estadounidense parece haber entrado en un estado de pánico, endemoniada por fantasmas del pasado que susurran dos palabras: Guerra Fría (o jodides comunistas). El parecido más interesante entre ambos contextos históricos es el gran papel del ejército (de lo militar), el cual dicta las reglas del juego diplomático. Y es que el problema con Ucrania no es ni la soberanía de sus gentes, ni la economía. El problema parece ser el de siempre: poder. Hay que tener en cuenta que los Estados Unidos y la Unión Europea llevan largo tiempo intentando diezmar el poder ruso en el ámbito internacional. A mi parecer el aspecto más importante son los límites de la OTAN.

Ni Rusia está preocupada por los lazos económicos con Ucrania, ni los nuevos lazos económicos que ésta pueda desarrollar con la Unión Europea (después de todo, el gas ruso sigue siendo necesario en muchos países europeos). A Rusia le interesa mantener su dominio estratégico en el este, y a «Occidente» le interesa debilitar dicho dominio para aumentar su dominio. A fin de cuentas: poder, que viene a ser el problema que atormenta a nuestra raza desde tiempos inmemorables. Una Ucrania pro-Occidente significaría una expansión inmediata de las fronteras de la OTAN en términos de bases, ejercicios militares, nuevas alianzas… ¿Os imagináis qué piensa Rusia ante la idea de tener una flota estadounidense operando en una base de la OTAN en el Mar Negro? Más datos confirman que lo que prima en este conflicto es lo militar (tan ligado al concepto de poder). Para empezar, la ayuda que la Unión Europea promete a Ucrania no viene «de gratis», sino que conlleva los típicos compromisos con el neoliberalismo y, además (algo que los medios burgueses no se han dignado en mencionar hasta donde yo sé), la integración de Ucrania en el aparato militar de la Unión y todo lo que conlleva: cooperación armamentística, ejercicios comunes, simulaciones de crisis, etcétera y etcétera. Además, Rusia tiene todo el derecho de sospechar de Occidente: desde la unificación de Alemania, tres ex-repúblicas soviéticas[2] se han unido a la OTAN (y eso que los Estados Unidos aseguraron que la intención no era prolongar la Guerra Fría ni un ápice). A pesar de todo, hoy encontramos puestos militares de la OTAN en Georgia, un lugar que queda muy cerca de los intereses de Rusia.

Como anarquista toda esta retórica ultra-nacionalista me produce arcadas. Y la histeria estadounidense me parece de chiste dado el historial de rupturas con sus amadas leyes internacionales. Pero tampoco creo que el análisis anarquista de la actual situación en Ucrania requiera de tanto desdén. He leído bastantes veces en nuestros círculos que la economía es lo que está promoviendo la crisis ucraniana; que esto es una especie de «empujón capitalista» para agrandar su territorio. No creo que éste sea el principal motor de los hechos. Como he expuesto, el poder creo que prima en todo este asunto: el encuentro entre el poder de dos bloques hegemónicos que todavía existen (uno de forma muy distinta, claro está).

Notas

[1] No es que me importen, personalmente, las leyes internacionales, pero obviamente son un elemento vital para entender las relaciones internacionales entre naciones-estado.

[2] Además de un considerable número de países que firmaron el Pacto de Varsovia, el cual en pocas palabras pretendía no empeorar la situación entre la Unión Soviética y la OTAN.