Segunda República española: Entre el mito y la denostación.

Contemplo que este artículo quiere resultar incómodo, romper con las ideas heredadas, y promover un camino de crítica desde el debate militante. No es un enfrentamiento donde quiera personalizar, ni un rechazo específico a los valores defendidos en el pasado y el presente, sino una batalla a librar entre el deseo de transformar social y políticamente el contexto actual recibido, y la realidad de una estrategia de futuro ligada a una narración histórica opositora de la oficialidad.

El debate historiográfico necesario:

La fecha del 14 de abril de 1931, el día en que se proclamaba la Segunda República española, marca un punto histórico de una gran magnitud en la memoria colectiva, e incluso puedo afirmar que también a nivel personal. Recuerdo que en un aniversario republicano fue la primera vez que me acerqué a una manifestación cuando era adolescente y todavía andaba por el instituto. Mi primera aproximación a unos ideales disidentes fue en una fecha que conmemora a las miles de personas hartas del régimen monárquico alfonsino que tomaron las calles de las principales ciudades para celebrar el fin de un ciclo. Con el paso de los años, y tras lanzarme a la investigación histórica inquieta y crítica, he descubierto paulatinamente que los discursos historiográficos sobre ese periodo republicano no me convencían.

No podemos obviar que la creación de una narración histórica responde a una necesidad de legitimar el presente, y que no tiene por qué narrar la verdad, sino una simple interpretación que repose sobre la huella de una tendencia determinada. Como historiador no me encuentro al margen de esta característica, con la particularidad de que ninguna de las interpretaciones más extendidas me han llegado a convencer con el paso del tiempo. Creo que las dos tendencias mayoritarias en la historiografía, dedican demasiados esfuerzos en reforzar la autoridad moral de un sistema de poder estatal, obviando absolutamente la historia social y las dinámicas antiautoritarias que se dieron en el movimiento obrero de la época.

Por un lado, la historiografía que se ha construido institucionalmente de tendencia nacional-católica, criminaliza a la clase trabajadora y sus movimientos revolucionarios a través de una crítica al régimen republicano, como si fueran la misma cosa y por lo tanto equiparando a ambos. Por el otro lado, la historiografía opositora a la oficial, de dudosa actividad realmente crítica, pero reconocida en un espectro progresista o de izquierdas, ha construido una narración a partir del mito y de una visión heroica de sí misma como un régimen democrático, de libertades y de continuidad imperdurable y anhelada como horizonte de futuro aún a día de hoy.

Sin atender al primero de los discursos historiográficos, es decir, el de directa herencia franquista, la otra de las narraciones no se ve exenta de las filtraciones e influencias a las que ha estado expuesta por la creación estructural de una memoria exclusivamente de los vencedores durante el periodo del Franquismo. La memoria construida de los vencidos es endeble, basada en mitos autocomplacientes, poco sólida si queremos aspirar a que nuestro discurso desde la historia social ayude a esclarecer la realidad actual, promover la lucha para hacer saltar por los aires su herencia y como único camino de acceder a una verdadera dignidad. Desde la izquierda se difunde la idea del régimen republicano como un periodo aislado de libertad, progresismo e igualdad que nada se parece a la realidad histórica experimentada por la clase trabajadora de su tiempo. Ya advertía que no pretendo proponer un punto medio, ni una objetividad en la que hace mucho tiempo dejé de creer por ser irrealizable, e inútil empeñarse en buscarla, propongo claramente la reconstrucción de una memoria histórica militante alejada tanto del heroísmo como del victimismo.

El contexto histórico del que estamos hablando:

La Segunda República española, irrumpe como un régimen político único en Europa junto con la República alemana de Weimar, que ponían en práctica las recetas de la social-democracia incipiente en el periodo posterior a la Primera Guerra Mundial. El gobierno republicano puso en marcha unas medidas que trataban de instaurar un proyecto político burgués pacificador con una tendencia reformista y progresista. Por un lado calmaban los conatos revolucionarios de la numerosa clase obrera organizada y concienciada, y por otro lado, frenaban los procesos autoritarios y reaccionarios militaristas y fascistas, pretendiendo un gobierno conciliador para las clases medias. 

El movimiento obrero revolucionario en un principio encontró favorable el nuevo marco aperturista que ofrecía la República para desarrollar sus actividades, frente a la destronada monarquía de Alfonso XIII o la Dictadura de Primo de Rivera. Sin embargo, los trabajadores y trabajadoras más concienciadas pronto comienzan a desconfiar de la República de tendencia burguesa, que promete reformas legales que no alcanzan las expectativas previstas por el pueblo y perpetua las desigualdades arraigadas en la sociedad española.

Hay algunas tendencias, expresadas en políticas concretas que argumentan esta afirmación, aquella que pretende romper con ese gran mito de la Segunda República como una época dorada para la libertad, casi un paraíso robado posteriormente por el Franquismo. Si enmarcamos este periodo entre dos tiempos de oscuras dictaduras y, fundamentalmente, de impactante represión organizada por el régimen de Franco, el tiempo de la Segunda República nos aparece como un rayo de luz y esperanza al ser comparado con su antecesor y predecesor. Pero esto no debería ocultar la realidad de un periodo republicano no menos autoritario, no tanto ya en su cómputo estadístico represivo en comparación, sino en el potencial ideológico antiobrero, pues podemos entender el régimen republicano como el Estado ‘políticamente correcto’ que recrea una vivencia igualmente perversa para la clase trabajadora. Y, paulatinamente dejar de analizar el Franquismo como una simple escalada de represión inquisitorial desenfrenada, que aunque sí que tuvo mucho de desenfrenada y cruel por quien le fue encomendada esta labor, fue la herramienta que tomó una burguesía que vio que el experimento de lo ‘políticamente correcto’ de la República había sido rebasado desde la izquierda revolucionaria.

En otros artículos previos sobre esta temática, llevados a cabo por investigadores como el historiador británico Chris Ealham, se repasan las políticas concretas que llevó a cabo la República española y que criminalizaban a la clase trabajadora o reprimían su actividad revolucionaria, especialmente a las mujeres en su rol de obedientes esposas y trabajadoras.

1, Ley de Reforma Agraria – Impulsada por el ministro Marcelino Domingo y promulgada en septiembre de 1932, que pronto comienza a decepcionar a miles de trabajadores del campo, que vieron en esta reforma una falsa promesa de justicia social y reparto de la riqueza. En realidad esta legislación pretendía reactivar la economía agraria capitalista en crisis, sustituyendo a largo plazo el poder fáctico de viejos latifundistas propietarios aristócratas, por una nueva clase propietaria abierta a los cambios que el mercado de la tierra necesitaba. Este intento de aplicar métodos fordistas al campo agrario español chocó de frente con las expectativas de comunalismo municipal de algunos sectores muy destacados entre los jornaleros y jornaleras de los campos.

2, Ley de Despenalización del Aborto – Catalunya publicó el 9 de enero de 1937 la normativa que permitía el aborto libre hasta las doce semanas de gestación. La ministra de sanidad Federica Montseny, ideó un proyecto de ley para regular la interrupción voluntaria del embarazo a nivel estatal en 1937, su iniciativa quedó en suspenso debido a la oposición de la mayoría de miembros del gobierno (todos ellos hombres). Aun así, Montseny buscó la forma de aplicar el decreto catalán en las zona antifascista sin conseguirlo, pues en julio de 1937 esta normativa quedaba suspendida incluso un año antes de que el Ejército franquista tomara Catalunya.

3, Ley de Reforma de la Educación – Materializada en sucesivos decretos desde mayo de 1931, el nuevo Estado republicano debía asentarse sobre una ideología ciudadanista propia de las clases medias, y esta debía difundirse a través de un sistema estatal de escuelas. En nombre de la cultura y tras promesas de alfabetización que demostraban el elitismo académico del régimen republicano, se ocultaba un proyecto de control social. La educación fue utilizada como en el siglo anterior en la Francia post-revolucionaria para enseñar un buen modelo de ciudadano e inculcar un imaginario civilizatorio que enfrentaba la imagen atrasada de las clases populares. No tan casualmente eran estas las que a pesar de analfabetas, portaban unos valores revolucionarios que suponían un peligro para el joven régimen republicano.

4, Ley de Vagos y Maleantes – Aprobada el 8 de agosto de 1933 con el apoyo de todos los grupos parlamentarios del momento y promovida por el gobierno de Manuel Azaña. Más tarde fue reformada y ampliada por el Franquismo en el año 1954, manteniendo su articulado, y tan solo añadiendo como nuevo delito la homosexualidad. Esta normativa republicana preveía sanciones contra alcohólicos, mendigos, extranjeros… o contra cualquier acción calificada por el régimen republicano como antisocial. Además, esta ley incluía la construcción de cuatro campos de concentración para vagos y maleantes; en Burgos, Puerto de Santa María, Alcalá de Henares y otro en Guinea Ecuatorial (entonces colonia española). La ley sancionaba el mero hecho de ser pobre y tratar de buscarse la vida, una criminalización de la pobreza desde las instituciones republicanas.

Hacia nuevos horizontes desde la memoria histórica militante:

La lucha del antifascismo en la época y de las expectativas emancipatorias del movimiento obrero no pueden encuadrarse en una legalidad particularmente antiobrera ante algunos de los ejemplos repasados. El empeño continuo en demostrar que detrás de la sublevación militar del verano de 1936 hay una respuesta de la clase trabajadora que defiende la legalidad y los valores que han querido adjudicársele a la Segunda República española, es una narración que esconde la autonomía e independencia del movimiento obrero respecto del marco moral estatal. Es decir, trata de esconder al protagonista de los sucesos, y es que la sublevación militar en su raíz no va dirigida contra la República, sino para aplicar desde el Estado unas medidas más efectivas que reclamaba la burguesía ante las expectativas de victoria de un movimiento obrero espectacularmente organizado y en ascendente relevancia desde la Revolución de octubre de 1934.

Los discursos históricos centralizadores de poder, ya sean el nacional-católico o el de tendencia izquierdista, libran una batalla por presentarse como valedores de un estatismo legitimador, el punto que ansían alcanzar es el de la razón desde las instituciones legales, y vencerá quien demuestre esforzarse mejor en potenciarlas como principio rector de su legitimidad en el pasado, en el presente y en el futuro.

Deberíamos dirigir nuestros pasos hacia aquellas narraciones inexploradas aún desde la crítica al pasado histórico, y que buscan sacarlo de ese camino doloroso y obstruido en que le han metido los discursos que quieren borrar la huella social del movimiento obrero revolucionario. Las expectativas actuales de transformación radical de la sociedad necesitan reubicar la memoria histórica fuera de ese callejón sin salida entre el mito republicano y la denostación franquista.

¿Por la República y el Socialismo?

Hoy por 86º año consecutivo, en España conmemoramos la proclamación de la II República. Quedan en nuestra memoria todas aquellas personas que lucharon por la libertad y la democracia, y más todos esos trabajadores y trabajadoras que lucharon por mejorar sus condiciones de vida. Por supuesto, no dudamos de que la II República haya traído avances, así como que tampoco olvidamos los retrocesos. Pero hoy no quiero hacer otro artículo histórico más de los miles que hay, sino ofrecer una lectura en clave estratégico respecto a lo que hoy vivimos. No es tiempo de discusiones ideológicas sobre el pasado, ni idealizar aquella época ni demonizarla. Podríamos quizás extraer lecciones de esa historia y saber de dónde venimos.

Una mirada hacia el presente nos dice ya muchas cosas: somos el segundo país del mundo con más fosas comunes sin exhumar detrás de Camboya, tenemos una monarquía herencia de Franco, los torturadores franquistas siguen impunes, las víctimas del franquismo están silenciadas… y el caso de la condena a Cassandra por unos chistes sobre Carrero Blanco mientras indemnizan a un nazi por haberle destruido su arsenal demuestran que el Estado profundo de España sigue siendo franquista. Toda esta herencia más la entrada del neoliberalismo (gracias a Felipe González) hace que hoy estemos en una coyuntura difícil para la clase trabajadora.

Actualmente, la monarquía española ya no está siendo tan bien vista como en tiempos de bonanza. Dicha monarquía representa además a esa España de los vencedores que hicieron un pacto de silencio durante la transición y lo que hoy llamamos el Régimen del ’78. Todo apunta a que España posee un déficit democrático. La reivindicación de un Estado republicano se podría leer de muchas maneras, pero en España, se toma como una república de izquierdas, al contrario que en EEUU que es conservadora. Entonces, si hacemos una lectura de la III República como un modelo de Estado socialista y no un Estado liberal, podríamos decir algo más sin caer en lo puramente ideológico. No obstante, en esta coyuntura de crisis permanente y globalización, un Estado socialista como tal en Europa sería un imposible. Como mucho podría llegarse a una república social-liberal con mayor o menor grado de depuración de elementos franquistas en las instituciones. No obstante y por otro lado, estos debates y reivindicaciones se queden en el plano institucional y seguramente sea así. Hablar de modelos de Estado y pretender cambiarlo jugando al juego institucional es malgastar tiempo y fuerzas en falsas ilusiones, ya que las relaciones de poder actuales claramente nos ponen en desventaja con respecto a la derecha en este país.

Entonces, ¿qué falta aquí? Al hablar de política a nivel macro o estatal, nos estamos olvidando de las luchas en las calles y de la política del día a día en los barrios y en los centros de trabajo. Aquí es donde querría yo incidir y pienso que estamos cayendo en el mismo error del cambio en las instituciones antes de tener un movimiento popular fuerte y capaz de marcar agenda en las políticas a nivel estatal. Reivindicar una república socialista sin construir pueblo es construir la casa por el tejado. No haremos más que perder el tiempo. Los ejemplos están a la orden del día:

—En Grecia, el triunfo de Syriza no impidió que finalmente los sectores más radicales del partido se dieran de baja y Syriza acabe reculando, agachando su cabeza ante la Troika y vendiendo las infraestructuras del país a Alemania.

—Los Estados socialistas como Cuba o Venezuela, a pesar de sus avances a nivel social con respecto a países capitalistas occidentales (Sanidad Pública, Educación, programas de investigación, lucha contra el hambre…), están caminando hacia el liberalismo en vez de profundizar en el socialismo.

—La coalición de izquierdas en Portugal está aplicando recetas keynesianas para reducir el impacto de la crisis pero no van a acabar con el capitalismo en sí. Es cierto que su economía ha mejorado pero aún tienen una deuda pública considerable.

—Las medidas de los ayuntamientos del cambio encuentran mucha dificultad para aprobarse ya que PP, PSOE y Cs se ponen de acuerdo para bloquearles. Y qué decir de políticas que no satisfacen lo que recogen sus programas electorales, como la lamentable política de vivienda de Carmena que no solucionan los casos de alquileres y ocupaciones o las políticas deficitarias para hacer frente al turismo masivo en Barcelona.

Estos pequeños ejemplos, a excepción de Venezuela que tiene oposición interna del país apoyada internacionalmente para acabar con lo poco que le queda de socialismo, denotan que ante la falta del pueblo como sujeto político, la izquierda en las instituciones es incapaz de implementar sus programas políticos. Incluso Podemos ha tenido que renunciar a muchas reivindicaciones más o menos radicales para poder entrar en las instituciones. Sin embargo, en el caso de existir un movimiento popular fuerte, las cosas ya no son las mismas:

—El ejemplo más claro que tenemos es el movimiento de liberación kurdo. Como ya sabemos, dicho movimiento articulado en torno al PKK y bajo el proyecto político del confederalismo democrático, ha logrado en Rojava crear una nueva institucionalidad democrática, no un nuevo Estados-nación, sino una administración basada en la democracia directa. En Turquía, la coyuntura es distinta pero sigue habiendo una fuerte presencia del movimiento kurdo en Bakur (la parte del Kurdistán que está dentro de las fronteras turcas), el cual llevó candidaturas en coalición con la izquierda turca bajo el partido HDP al parlamento, además de conseguir alcaldías en los pueblos de mayorías kurdas.

—Otro caso similar pero sin estar en un contexto de guerra lo podemos ver en la Izquierda Libertaria de Chile y su programa de ruptura democrática, que consiste básicamente en enviar candidaturas para desestabilizar la política institucional tras tener un movimiento popular articulado.

—No estaría demás aquí mencionar al CNI (Congreso Nacional Indígena). Una candidatura a la presidencia de México formada por las voces de las luchas indígenas del país para romper el silencio mediático y avanzar en sus luchas.

Por contra, un movimiento popular fuerte que no tenga un proyecto político a nivel macro o sin tenerlo bien definido y articulado, puede igualmente ser derrotado por la oposición que esté mejor articulada políticamente o esté copando las instituciones. Hay unas ideas simples y lógicas detrás de todo esto: uno, que no es suficiente con tener músculo en los barrios y en lo cotidiano. Dos, que hace falta un programa para lo macro para darle proyección y legitimidad a todas las luchas sociales. Y tres, que no tiene sentido que gobierne el enemigo teniendo un movimiento popular fuerte con capacidad para implementar su proyecto político. Como solo se destruye lo que se sustituye, es necesario crear una nueva institucionalidad democrática y bajo un proyecto político socialista libertario que supere las instituciones burguesas. Pero como esta nueva institucionalidad choca radicalmente con las del enemigo de clase, es preciso derribarlas, copando así todo el espacio político posible por parte de la clase trabajadora y el pueblo, como es hoy Rojava.

Y volviendo al tema de la República con estos ejemplos expuestos, primero hemos de dejar atrás el folclore, los moralismos y las discusiones ideológicas, para comenzar a hacer lecturas en el presente en clave político-estratégico para la coyuntura en el Estado español: el ciclo de movilizaciones del 15M ha terminado con el ‘asalto institucional’, y tras ello, hemos dejado atrás también el ciclo electoral de las municipales y generales. Las calles se han vaciado bastante y ya no volveremos a las grandes movilizaciones de hace unos años, pero tenemos ejemplos de luchas potentes como la del Correscales y los estibadores. Nos queda por delante reactivar un nuevo ciclo de luchas que supere la periodicidad de las movilizaciones por las movilizaciones y el activismo por el activismo. Ahora nos es prioritario construir pueblo como sujeto político fuera de las instituciones más que hablar de sustituir un rey por un jefe del Estado civil. Cuando hayamos construido ese movimiento popular, podremos hablar de ruptura democrática.

Casasviejas. La insurrección libertaria en un pequeño pueblo andaluz – Parte 2

Después de haber analizado detenidamente en la primera parte de este artículo los sucesos de Casas Viejas, la insurrección libertaria y la cruel represión con la que fue atajada, todo ello en un marco contextual histórico también comentado; esta segunda parte se centrará en dar a conocer las consecuencias político-sociales que tuvieron esa represión indiscriminada, así como la reconstrucción actual de la memoria histórica en la provincia de Cádiz en torno a estos hechos.  

 

  • Consecuencias de la represión y debate revolucionario

La verdad sobre esta brutal represión en Casas Viejas tardó en conocerse, ya que al principio las versiones que otorgaban las propias fuerzas del orden implicadas en los sucesos eran contradictorias. Todos los mandos intermedios y actores directos de la masacre trataban de justificarse dada la gran magnitud de los hechos, siendo el principal responsable político el Director de Seguridad en Madrid, y el gobierno republicano de Manuel Azaña en su conjunto.

Al principio se creía que todas las personas asesinadas en el pueblo gaditano lo fueron en la choza de «Seisdedos», pero según avanzaron las investigaciones, se fueron esclareciendo detalles de los sucesos. Tras aclaraciones posteriores, se supo que en las mismas actuaciones de las tropas resultaron muertas dos personas más: un hombre por arma de fuego, y una mujer tras recibir una brutal paliza. Además, a consecuencia de los hechos violentos de esos días, dos personas más, una de ellas madre de un detenido y otro, abuelo de uno de los fusilados, murieron a causa de sendos infartos al corazón.

Una vez que se conocieron los hechos a los pocos días en el resto de España, se produjo un gran escándalo periodístico y parlamentario que conmocionó a la sociedad española en su conjunto. El espectro ideológico de derechas, aunque profundamente de acuerdo con la mano dura a los anarquistas, utilizaron mediáticamente los sucesos para alzarse como alternativa de gobierno en la República española, prometiendo que con ellos la paz y el orden estarían asegurados. Los sucesos de Casas Viejas se convirtieron en un grave problema político para el gobierno republicano-socialista presidido por Manuel Azaña. El gobierno eludió por completo responsabilidades e incluso culparon a aquellos que enarbolan la bandera del comunismo libertario, de esta manera Azaña justificó la legítima defensa de las fuerzas del orden frente a los anarquistas que les habían atacado. Así mismo el gobierno republicano tildaba de agitadores desalmados a los anarquistas, y utilizaba su compromiso contra el anarquismo como ataque discursivo ante las derechas.

Una mayoría de las Cortes aprobaron la creación de una Comisión investigadora sobre los sucesos a finales de febrero de 1933. El 15 de marzo, la Comisión elaboró un informe definitivo en el que se reconoce la existencia de los fusilamientos pero exculpa al Gobierno. A pesar de superar favorablemente esta investigación parlamentaria, el gobierno de Manuel Azaña no pudo superar políticamente este escándalo y le sería enormemente perjudicial, suponiendo la pérdida de confianza por parte de la clase media española. En noviembre de 1933 ganó las elecciones la coalición radical-cedista[i] conservadora, iniciándose el conocido como bienio derechista de la República española.

El Director General de Seguridad, Arturo Menéndez, fue destituido, ocupando dicha dirección el republicano y persona de confianza de Azaña, Manuel Andrés Casaus. Como nota curiosa, pero esclarecedora de las amistades tan peligrosas que hicieron en política algunos republicanos, hay que comentar que Arturo Menéndez fue detenido en la noche del 19 de julio de 1936 por los militares sublevados en la estación de Calatayud, posteriormente fue trasladado a Pamplona y fusilado.

El capitán Rojas fue juzgado en mayo de 1934 en Cádiz y condenado a un total de 21 años de reclusión por catorce homicidios, condena que sabemos que no cumplió porque más tarde, en el verano de 1936, participó de la represión en la ciudad de Granada contra los obreros. En julio de 1934, veintiséis campesinos de Casas Viejas fueron juzgados por los delitos de posesión de armas y ejecución de actos contra las fuerzas del orden. Diez campesinos fueron absueltos y, de los restantes, fueron condenados a penas entre los 6 años y 1 año de prisión.

El sindicato CNT lanzó una campaña contra la represión y la política dictatorial del gobierno republicano, se exigía la liberación de los presos, y la derogación de leyes contra las libertades fundamentales como la promulgada en abril de 1932, Ley de Defensa de la República, que era en muchas ocasiones utilizada contra las actividades de la clase obrera. Esta campaña de movilización culminó con la convocatoria de una huelga general los días 9 y 10 de mayo de 1933. Tras la represión en Casas Viejas, en el seno del anarquismo español se abre un intenso debate sobre las vías reales para acabar con el capitalismo. La República española tiende entonces a posturas en una línea antiobrera que obliga a una alianza revolucionaria, la represión la sufría siempre la clase trabajadora por parte de la policía republicana, la Guardia de Asalto. El incremento de las ideas revolucionarias entre las clases populares tiene su expresión práctica en la Revolución de Asturias de 1934, un aviso por parte de los obreros de que el comunismo libertario no está tan lejos como parece. El Golpe de Estado de julio de 1936 no es contra el gobierno republicano, sino contra la efectividad de las expectativas del movimiento obrero, que militares y burgueses veían el peligro de que triunfaran.

 

  • Memoria histórica de Casas Viejas:

Durante varias décadas, los sucesos de Casas Viejas fueron un hecho histórico muy poco conocido. Se ocultó durante el periodo franquista cayendo en el olvido, y se convirtió en un completo tabú por omisión del relato oral de quienes vivieron aquellos sucesos. Este silencio fue impuesto forzadamente por las instituciones, el pueblo de Casas Viejas enmudeció debido al miedo de la población campesina impactada por un acontecimiento trágico de carácter político y represivo.

A partir del establecimiento del régimen monárquico actual se ha ido aumentando el conocimiento de lo acontecido en el pueblo aquél invierno de 1933 gracias a la publicación de diversos libros e investigaciones, a la celebración de diversos actos conmemorativos, y a la creación de la Fundación Casas Viejas para recordar la trascendencia que los sucesos han tenido para la historia de la localidad y su influencia en la memoria colectiva de sus habitantes. Además, se decide recuperar el topónimo histórico de Casas Viejas en la denominación oficial del término, que fue cambiado tras los trágicos hechos, conociéndose actualmente el municipio como Benalup-Casas Viejas, después de la independencia del municipio de Medina Sidonia en 1991.

En el año 2006, el Ayuntamiento de Benalup-Casas Viejas, dirigido entonces por el alcalde socialista, Francisco González Cabañas, propuso vender el solar donde ocurrieron los sucesos a una constructora para que edificara un hotel de lujo, encontrándose con la oposición de numerosos vecinos de la región y el propio sindicato CNT. Este hotel iba a tomar el nombre de «La Libertaria» (nieta de «Seisdedos»), pero tras las muestras de descontento por los vecinos, pasaron a llamarle Utopía. Los descendientes de la familia del «Seisdedos», fundamentalmente su nieta y su bisnieta lucharon hace pocos años para conseguir frenar ese atropello a la memoria colectiva. Los documentos del registro de la propiedad de Medina Sidonia señalan que las tierras donde estaba la choza estuvieron anteriormente en propiedad de otro vecino, Francisco Sánchez Sanmartín, pero no resulta fácil averiguar en qué momento del Franquismo se desheredó a los sucesores de «Seisdedos» para otorgar la parcela a otro privado.

Por una Resolución del 27 de julio de 2009, de la Dirección General de Bienes Culturales, la Junta de Andalucía procedió a la inscripción en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz, como Bien de Interés Cultural, con la tipología de Sitio Histórico, el Lugar de los sucesos de Casas Viejas. Se consideran elementos pertenecientes al Sitio Histórico aquellos inmuebles y espacios urbanos o rurales relacionados con el recorrido por el que se desarrollaron los hechos que comenzaron en la noche del 10 de enero de 1933 en el local del sindicato Los Invencibles, y terminaron en el amanecer del día 12 de enero con los fusilamientos frente a la choza de «Seisdedos». Se incluye también el cuartel de la Guardia Civil, la fonda donde se instaló el cuartel general de las tropas que llevaron a cabo el asalto de la choza y las ejecuciones, así como el antiguo cementerio adonde se trasladaron los cadáveres y se practicaron las autopsias. Igualmente forma parte del Sitio Histórico las calles por las que los protagonistas de los hechos desfilaron la mañana del día 11, por el que huyeron a la llegada de los refuerzos de la Guardia de Asalto o por donde fueron arrastrados los campesinos anarquistas tras su detención. En el año 2015 se inauguró un «Espacio Conmemorativo» para la memoria de los sucesos de Casas Viejas

[i] Coalición radical-cedista – Fue un pacto de gobierno tras las elecciones de 1933, entre Alejandro Lerroux, líder del Partido Radical, y José María Gil Robles, líder de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas).

 

 

Casasviejas. La insurrección libertaria en un pequeño pueblo andaluz – Parte 1

En el pequeño pueblo gaditano de Casas Viejas (actualmente conocido como Benalup-Casas Viejas) sucedió en el invierno de 1933 uno de los episodios más sangrientos y crueles de la Segunda República española previo a la Guerra Civil. Este doble artículo histórico pretende acercar aquellos hechos para poner en valor la memoria colectiva del pueblo en lucha contra el capitalismo en la historia contemporánea. En esta primera parte se analizará el contexto histórico en el que se enmarca la insurrección en este pequeño pueblo gaditano y los detalles de la brutal represión por parte de las fuerzas del orden público republicanas.

Los sucesos que tuvieron lugar entre el 10 y el 12 de enero de 1933 han pasado a la historia como la Masacre de Casas Viejas, que conmocionó por la crudeza de la represión contra los jornaleros gaditanos a toda la sociedad española, y abrió una enorme crisis política en el gobierno de Manuel Azaña, que perdió numerosos apoyos políticos y que conduciría meses después a la caída del gobierno republicano-socialista.

  • Contexto histórico: República española

El 14 de abril de 1931 se había iniciado la Segunda República española, un régimen político único en Europa junto con la República alemana de Weimar, que ponían en práctica las recetas de la social-democracia incipiente en el periodo posterior a la Primera Guerra Mundial. El gobierno republicano puso en marcha unas medidas que trataban de instaurar un proyecto político burgués pacificador con una tendencia reformista y progresista. Por un lado calmaban los conatos revolucionarios de la numerosa clase obrera organizada y concienciada, y por otro lado, frenaban los procesos autoritarios y reaccionarios militaristas y fascistas, pretendiendo un gobierno conciliador para las clases medias.

El anarquismo español, representado fundamentalmente por la CNT-FAI[i], en un principio encontró favorable el nuevo marco de libertades que ofrecía la República para desarrollar las actividades libertarias, frente a la destronada monarquía de Alfonso XIII o la Dictadura de Primo de Rivera. Sin embargo, los anarquistas pronto comienzan a desconfiar de la República de tendencia burguesa, que promete reformas legales que no alcanzan las expectativas previstas por el pueblo y perpetua las desigualdades arraigadas en la sociedad española. Un buen ejemplo de esto mismo es la Ley de Reforma Agraria, impulsada por el ministro Marcelino Domingo y promulgada en septiembre de 1932, que pronto comienza a decepcionar a miles de trabajadores del campo, ya que no se cumplen las promesas sobre el reparto equitativo de tierras debido al poder fáctico de los latifundistas propietarios.

A finales de 1932 el movimiento anarquista opta por la vía insurreccional, poniendo en práctica lo que el libertario catalán, Joan García Oliver, llamaba la «gimnasia revolucionaria». Se promovió el 8 de enero de 1933 una huelga general, pero esta insurrección generalizada no tuvo un seguimiento muy amplio. El Ejército y la Guardia Civil tomaron posiciones estratégicas en los lugares donde se preveían desórdenes y los dirigentes anarquistas fueron detenidos. Más allá de algunos choques con las fuerzas del orden y barricadas en Barcelona, y levantamientos en pueblos aragoneses, valencianos y andaluces, no se logra despertar una revolución social. De hecho, la misma CNT, que no había convocado la huelga, muestra su solidaridad con los insurrectos, responsabiliza al gobierno de las actuaciones represivas, pero reconoce que la emancipación del pueblo deberá de otorgarse una organización mejor coordinada y más amplia.

  • Insurrección libertaria en Casasviejas

En la provincia de Cádiz hubo algunos comités anarquistas locales que protagonizaron levantamientos de campesinos, concretamente en la pequeña población de Casas Viejas, cercana a Medina Sidonia, la noche del 10 de enero y su inmediata madrugada, un grupo de campesinos afiliados a CNT iniciaron una insurrección en el pueblo. La mañana del 11 de enero rodearon el cuartel de la Guardia Civil, armados con escopetas y pistolas, donde se encontraban un sargento y tres guardias. Tras exigirles que se rindieran en nombre del comunismo libertario, se produjo un intercambio de disparos en el que el sargento y un guardia civil resultaron gravemente heridos, muriendo al día siguiente. Inmediatamente los anarquistas del municipio toman el ayuntamiento para deshacerse de los registros de propiedad de los latifundistas locales, además de comenzar a organizar la ocupación de las tierras para el pueblo.

Sin embargo, a media mañana de ese 11 de enero llegan noticias de la pronta llegada de un destacamento de doce guardias civiles al mando del sargento Anarte desde Medina Sidonia que liberara a los guardias civiles en el cuartel y tomaran el pueblo. En Jerez de la Frontera, una compañía de la Guardia de Asalto[ii] enviada por el gobierno republicano, y al mando del capitán Manuel Rojas[iii], fueron informados de que la línea telefónica en Casas Viejas había sido cortada. Un grupo de doce guardias de asalto y cuatro guardias civiles, al mando del teniente Gregorio Fernández Artal, se encaminaron a media tarde como refuerzo de los guardias civiles apostados ya en el pueblo. Temerosos de las represalias, muchos vecinos huyeron y otros se encerraron en sus casas, pero el recién llegado destacamento de guardias de asalto comenzó a detener a presuntos responsables del ataque al cuartel de la Guardia Civil, entre ellos Manuel Quijada, a quien supuestamente habían visto disparando a los guardias civiles. Después de golpes y torturas, dos vecinos acusaron a la familia de Francisco Cruz Gutiérrez, conocido en el pueblo como «Seisdedos», un carbonero de setenta y dos años, que frecuentaba con sus hijos y su yerno la sede del sindicato CNT en el pueblo.

El «Seisdedos» se había refugiado en su casa junto a su familia, una choza de barro y piedra con techo de paja. Viéndose acorralados y al intentar forzar la puerta las fuerzas del orden, los que se encontraban en el interior se defendieron disparando y un guardia de asalto cayó muerto. Esa misma noche, llegó al pueblo una unidad compuesta por cuarenta guardias de asalto, al mando del capitán Manuel Rojas, que había recibido la orden del Director de Seguridad en Madrid, Arturo Menéndez, para trasladarse desde Jerez y poner fin a la insurrección en el campo andaluz abriendo fuego «sin piedad contra todos los que dispararan contra las tropas».

El capitán Manuel Rojas, dio la orden de disparar cruelmente de madrugada hacia la choza donde se refugiaba la familia del «Seisdedos» y después la incendiaron. Además, dos de sus ocupantes huyendo del fuego fueron acribillados, y otras seis personas quedaron calcinadas en el interior de la choza, entre ellas el propio «Seisdedos», sus dos hijos, su yerno y su nuera. La única superviviente fue su nieta de dieciéis años, María Silva Cruz, conocida como «La Libertaria», que logró salvar la vida al salir de la choza con un niño en brazos antes del incendio. Esa madrugada el capitán Rojas envió un telegrama a Madrid anunciando que la insurrección había sido aplastada. Además, ordenó a tres patrullas que detuvieran a los militantes más destacados del pueblo y que dispararan ante quien se resistiera, a instancias de las informaciones aportadas por los caciques locales. Las doces personas detenidas fueron llevadas ante la choza calcinada y les mostraron al guardia de asalto muerto, a continuación el capitán Rojas ordenó el asesinato a sangre fría de inmediato de los que habían sido hechos prisioneros. A las pocas horas las fuerzas del orden público desplegadas abandonaron el pueblo, la masacre había finalizado con un saldo de diecinueve hombres, dos mujeres y un niño muertos.

Testimonio oral de la nieta superviviente de «Seisdedos», sobre los hechos que acaecieron aquella noche en el pueblo gaditano: «Cuando empezó el asedio yo estaba enfrente de la choza. Se me acercó un guardia civil para decirme que era una puta, que nosotros teníamos la culpa de todo y que me iba a reventar la tapa de los sesos… Después empezaron a gritar a quienes estaban en la cabaña. Les urgían a salir y a entregarse, aunque la puerta estaba abierta. Eran los guardias quienes no se atrevían a entrar por cobardes. Así que decidieron empezar a disparar y a prender fuego al techo de paja. Escuchábamos los alaridos de la gente y veíamos arder la choza. Se escuchaban terribles lamentos. También podía sentirse el olor a carne quemada. Había sangre por todas partes. ¡Qué horror!»

[i] CNT – Confederación Nacional del Trabajo, sindicato anarquista. FAI – Federación Anarquista Ibérica, organización revolucionaria.

[ii] Guardia de Asalto – Cuerpo policial español creado durante la Segunda República para el mantenimiento del orden público, asegurándose su fidelidad al régimen republicano.

[iii] Manuel Rojas – Este capitán de la Guardia de Asalto, fue protagonista posteriormente en la sublevación y represión Franquista en Andalucía.

CNT, FAI y II República: la lucha ideológica dentro del movimiento anarquista

Por Borja Libertario

14 de abril de 1931: se ha proclamado la Segunda República española y, mientras, la CNT de Cataluña convocaba una huelga general para el día siguiente. Dicha acción se presentó con un manifiesto en el que se pedía la libertad de los presos y la revolución social, lo cual podía provocar un gran altercado con el resto de masas que celebrarían la llegada del nuevo régimen. Finalmente, la iniciativa se desconvocó después de una reunión mantenida entre la dirección de la CNT y Lluís Companys, por entonces Gobernador Civil de Barcelona. Con la nueva República salieron a la calle los presos políticos, los cuales engrosaron las filas de los cuadros sindicalistas, tanto de la CNT como de la UGT. A estos últimos se les añadía una juventud radicalizada, proveniente sobretodo de las masas de inmigrantes del sur de España que dejaban atrás una vida paupérrima en el campo y se enrolaban en las filas de la sociedad industrial.

Los dirigentes del nuevo régimen republicano sabían que la CNT –y más aún la FAI- podía suponer un grave problema para el devenir de la nueva forma de gobierno. Por esta razón, los distintos cabecillas republicanos comienzan a mantener contactos con “los buenos chicos de la CNT” para intentar conseguir que el sindicato revolucionario se acercara a posturas más reformistas y no tan demoledoras. La misma noche de la proclamación de la República, Francesc Macià mantuvo una entrevista con el dirigente sindicalista Ángel Pestaña donde intentó convencerle de que aceptase una consejería en la Generalitat de Catalunya. Ni lo consiguió con éste ni con Joan Peiró,y tuvo que conformarse con Martí Barrera, perteneciente al bando “moderado” del sindicato anarquista, al cual le concedió la Consellería de Treball i Obres Públiques. Los grandes líderes reformistas de la CNT nunca participaron en el gobierno de Cataluña, pero sí que lo hicieron –y en gran medida- muchos dirigentes de segunda fila, sobretodo en partidos como ERC, Estat Català, PSOE y PC. ERC fue sin duda el partido que más hizo por acercar a la CNT hacia la participación en la política mediante las vías legalistas y moderadas. Ante esta situación, el ‘purismo’ anarquista -alrededor de la FAI-  se lanzaba a la acción contra la dirección de la CNT, controlada aún por distintos elementos moderados.

Federica Montseny, antes de ser la Ministra de Sanidad y Asistencia Social, fue una de las máximas estandartes del anarquismo ‘faísta’ y ‘purista’. El 18 de septiembre de 1931 escribía lo siguiente en El Luchador:

Los compromisos contraídos con Macià por los dirigentes del sindicalismo, con vistas a la aprobación del famoso Estatuto, acaban de perfilar nuestro panorama: una vez Cataluña tenga Estatuto, iniciará una política social tolerante con los buenos chicos de la CNT, pero apretará los tornillos –frase de Companys- a los de la FAI, a los famosos extremistas… La CNT, catalanizada, vitaliciamente instalado su Comité Nacional aquí, se desentenderá del resto de España, como se ha desentendido ya de las huelgas de Sevilla y Zaragoza… Y aquí, en el oasis del Estatuto… una Confederación convertida en cuarta mano del nuevo Consejo de Ciento de Cataluña; una Confederación domesticada, gubernamentalizada, con una política de rama de olivo, de armonía entre el capital y el trabajo; una Confederación laborista al estilo inglés… En cuanto a la FAI… se le apretarán los tornillos.

Paralelamente, otro de los máximos estandartes de la facción “extremista” del movimiento anarquista, el que luego sería ministro de la República española, Joan García Oliver, hacía un llamamiento a la Revolución social en 1936. Así lo argumentaba:

“[En 1931] El régimen estaba sumido en la mayor descomposición; debilidad del Estado que aún no se había consolidado; un Ejército relajado por la indisciplina; una Guardia Civil menos numerosa; fuerzas del orden peor organizadas y una burocracia medrosa. Era el momento preciso para nuestra revolución. El anarquismo tenía derecho a realizarla, a imponer un régimen propio de convivencia libertaria… Decíamos nosotros, interpretando aquella realidad: cuando más nos alejamos del 14 de abril, tanto más nos alejamos de nuestra revolución, porque damos al Estado el tiempo para reponerse y organizar la contrarrevolución”.

La FAI y toda la izquierda del movimiento anarquista consideraban la República recién instaurada como una entidad burguesa, la cual había que superar con el comunismo libertario mediante una escalada insurreccional a cargo de la clase obrera. Esta tendencia tuvo su mayor aceptación en Cataluña. La oleada migratoria desde los años veinte, en su mayoría obreros consumidos por la más estricta pobreza del sur de España, se ilusionó con aquella “revolución inmediata” y con el mesianismo que desprendían los discursos de la FAI. Aunque muchos de los faístas eran catalanes, la mayoría de quienes abrazaron la ortodoxia anarquista provenía de Andalucía y Extremadura, mientras quienes fueron adeptos del reformismo treintista eran sindicalistas autóctonos de Cataluña.

La lentitud de las reformas sociales y las trabas que ponía el nuevo gobierno republicano al sindicalismo revolucionario hizo crecer aún más el radicalismo faísta entre las filas del movimiento obrero. Así lo expresó Abad de Santillán durante el exilio (1956):

“(…) No había ningún cambio de fondo; se exigía siempre obediencia, resignación, una fe imposible en el genio de los encumbrados en los puestos de mando… La divergencia histórica entre los socialistas, amparados en el marxismo, y los anarquistas, se agudizó al ingresar los primeros en el gobierno republicano, y al aprovechar esta contingencia en beneficio del partido… para restar gravitación a la Confederación Nacional del Trabajo”.

El Congreso Nacional de 1931: cómo abordar la relación con la República

En 1931, en Madrid, se llevó a cabo un Congreso Extraordinario de la CNT en el que se debatió y decidió la estrategia y táctica a seguir para con el nuevo régimen republicano. La sesión la abrió Ángel Pestaña ante más de medio millón de afiliados y 511 sindicatos. En el encuentro se debatió arduamente sobre la participación de elementos cenetistas en las conspiraciones antimonárquicas durante la Dictadura de Primo de Rivera, como preámbulo del  colaboracionismo con el republicanismo, así como la posición de la CNT frente a la Segunda República española concretamente. El anarcosindicalista gallego José Villaverde salió a la palestra para decir que las nuevas Cortes republicanas eran en sí un hecho revolucionario y que el movimiento anarquista había participado en su consecución. Ante estas declaraciones, que muchos consideraron una provocación, se alzaron voces ‘radicales’ acusándolo de “colaboracionista”; de hecho, incluso instaban a que ni siquiera se les hiciera peticiones a las nuevas instituciones para que no implicara así su reconocimiento. Germinal Esgleas, anarquista y marido de Federica Montseny, acusó a la CNT de “abandonar los principios de 1919” y también el sector individualista del anarquismo, representado por Progreso Fernández, acusó de “francamente colaboracionista” a todo lo que allí se estaba debatiendo en torno al régimen republicano. Otro de los temas más discutidos en el Congreso fue la consideración, por parte del sector moderado de la CNT, de organizar el anarcosindicato en distintas Federaciones de Industria. Pese a su agudo debate, terminó aprobándose por 302.343 votos a favor contra 90.671, con una abstención de 10.957. La FAI, con voz de Joan García Oliver, se opuso firmemente a tal tipo de organización aludiendo que era de “modelo alemán” y que la CNT debía ser “una organización puramente española para que sus pueblos se preparasen para hacer la revolución”. Además de añadir que las federaciones de industria “matan las masas que nosotros tenemos para embestirlas contra el Estado”.

Todo este radicalismo debía ser apaciguado por las fuerzas del orden público ya que suponía un verdadero problema para la República. Tanto Miguel Maura, Ministro de Gobernación (Interior), como Lluís Companys, Gobernador Civil de Barcelona, pretendían que la CNT entrara por los cauces legales y pacíficos, que se atuviera a la ley y a “no crear problemas a la República”. Ante la imposibilidad de estas pretensiones, los dos políticos republicanos llegaron a la conclusión de que “con la CNT no había trato posible”.

Moderados y radicales: una pugna por el poder

Desde la posición moderada del movimiento anarquista no se compartía el criterio de preconizar la revolución continuamente “sin saber lo que se quiere después”. Desde esta posición se denunciaba a todo ese sector anarquista –y marxista- que hablaba de la necesidad de la revolución inmediata. Los distintos sindicatos de la CNT, sobretodo en Cataluña, se comenzaron a llenar de ‘radicales’ faístas que pretendieron impedir que la CNT cayera en el abismo reformista y de transigencia con el Gobierno, y que ese criterio reformista se apoderase de toda la organización. Pero hizo la República más por acrecentar el radicalismo dentro de la central anarcosindical que los propios elementos de la FAI. Si en teoría existía libertad sindical para la clase obrera, en la práctica, las actuaciones de la CNT se vieron muy restringidas por las leyes republicanas. Las detenciones de militantes, la clausura de ateneos, el cierre de periódicos, la deportación de trabajadores a África, etc. Toda esta situación fue la principal causa que favoreció el triunfo de los métodos radicales y la hostilidad creciente hacia el nuevo régimen republicano. De forma progresiva, los dirigentes cenetistas moderados que dominaban la CNT desde los Pactos de San Sebastián fueron siendo relevados de sus puestos por militantes más allegados al purismo anarquista y a la FAI. El faísmo se adueñaba del movimiento anarquista y personajes como Joan García Oliver se convertían en líderes por excelencia de esa tendencia radical y revolucionaria que tanto atraía a la juventud murciana afincada entonces en el cordón industrial catalán. Ante esta nueva situación, el sector moderado se ponía manos a la obra y redactaba, en agosto de 1931, lo que llamaron El Manifiesto de los Treinta, el cual pretendía redirigir el rumbo de la CNT hacia un camino donde se reafirmara la República mediante el reformismo social. Para el sector faísta, tal manifiesto no solo era un error, sino una traición al movimiento. El mismo día que se firmaba el manifiesto se declaraba una huelga de hambre de presos anarquistas en la cárcel Modelo de Barcelona para denunciar los malos tratos que sufrían y, semanas después, el 3 de septiembre, Barcelona quedaba totalmente paralizada a causa de la huelga a favor de los presos políticos. La Guardia de Asalto arremetió contra los locales anarquistas de Barcelona, detuvo a 300 militantes y asesinó a tiros a tres cenetistas delante de la Jefatura de Policía de Vía Layetana. Estos sucesos no hicieron más que dar alas al sector radical y a la FAI, dejando en relieve la imposibilidad de una coexistencia pacífica entre el sindicalismo revolucionario y el Estado. Los elogios de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) al manifiesto treintista dieron pie a que el sector purista viera confirmada la desviación ideológica que estaba sufriendo parte del movimiento. Se acusó a Ángel Pestaña y a Joan Peiró de querer convertir la CNT en un apéndice de la Generalitat. Comenzaba el intercambio de malas palabras entre diferentes militantes: Ricardo Sanz hablaba de “los treinta judas” y estos respondían con la “dictadura anarquista” que supuestamente impondría la FAI si triunfara la revolución. El 21 de septiembre de 1931 ya se pudo decir que la FAI había tomado el poder completo del movimiento anarquista, en tanto que había conseguido dominar la redacción de Solidaridad Obrera después de una larga infiltración en comités y juntas. A partir de aquí, y hasta el fin de la Guerra Civil, se comenzó a ver -por parte de un sector anarquista- a la FAI como un verdadero partido político. Progreso Fernández en Cuadernos de ruedo ibérico decía:

La FAI ha tenido tres etapas: la primera fue la de su fundación; los compañeros tenían un mínimo de convicciones anarquistas… Después de la proclamación de la República, empezó a articularse de una forma que a muchos no nos convencía; se creó un comité peninsular que se tomaba atribuciones… Al querer aglutinar a mucha gente, la FAI tuvo una actuación que no respondía a la idea por la cual fue fundada… Yo dejé de pertenecer a la FAI en 1935, cuando volví de la deportación, porque se veían ya tendencias autoritarias. La tercera época de la FAI ya la conocen todos. Dejó de ser una asociación anarquista para convertirse en un partido político.

Los Sindicatos de Oposición y la Alianza Obrera

El clímax de las divergencias ideológicas dentro del movimiento anarquista llegó con la creación de los Sindicatos de Oposición en enero de 1933, siguiendo la línea ideológica treintista, y a raíz del fracaso insurreccional de la FAI. Más de cuarenta sindicatos firmaron el manifiesto de constitución de los citados. El principal objetivo era alejarse de una CNT dominada por la FAI. Concretamente en Cataluña, la reorganización del sector moderado y treintista se hizo rápidamente con la creación de la Federación Sindicalista Libertaria, organización con la cual pretendieron oponerse con las mismas armas a la FAI. Las divergencias fueron tales que, tras las infructuosas intentonas -por parte de Manuel Buenacasa y Eleuterio Quintanilla- de tender puentes entre la FAI y los Sindicatos de Oposición, se comenzó incluso a utilizar los términos “anarquista” y “sindicalista” como insulto.

En julio de 1934, tras el fracaso insurreccional faísta en diciembre de 1933, se produjo el primer congreso de la FSL, con Juan López como Secretario General. A raíz de este congreso se propuso la creación de una “alianza obrera” que aglutinase a la FSL junto con la UGT catalana, el BOC (Bloc Obrer i Camperol), Izquierda Comunista y la Unió de Rabassaires. Aunque al principio la CNT se negó al diálogo por la presencia del BOC (marxistas), de forma paulatina la Confederación fue estrechando lazos con la Alianza Obrera para lo que debía ser la ‘nueva’ revolución; la cual se produciría en la cuenca asturiana en octubre de 1934. Durante los primeros meses de 1934 las reuniones y alianzas -sobre todo por parte de la CNT con la UGT- se fueron sucediendo sin cesar, creando, o al menos intentándolo, un movimiento obrero y de izquierda para hacer frente al avance del fascismo (el cual ya estaba dominando Alemania e Italia, y en España –de mano de la CEDA-) y enfrentar un cambio político “que no fuera un simple cambio de poderes sino la supresión del Estado y el capitalismo”.

El Frente Popular

En 1935, durante el llamado Bienio Negro, el sector treintistacomenzó su campaña a favor de la reunificación de las dos tendencias anarquistas de la CNT. Poco a poco los moderados que habían sido expulsados los años anteriores comenzaron su progresiva entrada de nuevo en la Confederación. Con la CEDA en el gobierno republicano, el movimiento anarquista había ido perdiendo cada vez su criterio abstencionista de cara a las elecciones generales. Con Peiró a la cabeza se fue poniendo de relieve las diferencias notables que podían haber, para con la clase trabajadora, si el gobierno era de un color u otro. Se comenzaba a calificar de “monstruoso” el abstencionismo, ya que este podía provocar que la inacción (electoral) obrera diera la victoria al fascismo. El propio Peiró decía: si surgiera un frente electoral de clase contra el fascismo que ahora nos gobierna (refiriéndose al gobierno de la CEDA), yo, por primera vez en mi vida, votaría.

A partir de la gran represión desencadenada a raíz de la frustrada Revolución de Asturias en 1934, las izquierdas moderadas, así como las dos tendencias anarquistas, fueron cada vez más hacía una confluencia política para aunar fuerzas contra el Gobierno de la CEDA. La CNT-FAI, a raíz del Congreso regional catalán de enero de 1935 dejó de lado la campaña abstencionista, pero sin llegar a pedir el voto para el Frente Popular. Las dos razones que llevaron a esta posición por parte del movimiento anarquista fue la necesidad de sacar de prisión a los 30.000 presos políticos que llenaban las cárceles del Estado y acabar con el gobierno derechista de la CEDA. El propio Comité Peninsular de la FAI “quedó partido en dos”, entre los que promulgaban aún la campaña abstencionista y los que no; estos últimos liderados por grandes personalidades del anarquismo como Buenaventura Durruti, Abad de Santillán y Joan García Oliver. El 23 de febrero de 1936, el Frente Popular (Front d’Esquerresen Cataluña) ganaba las últimas elecciones demócratas de la Segunda República española.
Los presos y presas políticas salieron de prisión y las dos tendencias dentro del movimiento anarcosindicalista se “fusionaron” ante la necesidad de dar respuesta a la ya esperada reacción facciosa tras el triunfo de las izquierdas.

El anarquismo en el laberinto ideológico: Una aproximación histórica

Si alguien estudia la historia del movimiento ácrata podrá darse cuenta, entre otras cosas, que el caso del anarquismo hispano es paradigmático en la historia, tanto por su posición vanguardista a principios del siglo XX, como por la dotación de unas organizaciones y unos procedimientos de lucha que fueron pioneros en lo que respecta a la consecución de derechos sociales y la dotación de una conciencia social y obrera. Y fue, precisamente, por su posición vanguardista, que provocó inevitablemente que el movimiento anarquista tuviera que enfrentarse a diversos debates internos sobre la colaboración con otras ideologías obreristas y de izquierdas, así como saber a quién considerar amigo o enemigo en los tiempos de la guerra social contra la burguesía.

Movimiento libertario y catalanismo progresista

Si hubo una zona del Estado español donde el anarquismo arraigó desde un principio y demostró su gran potencial, fue, sin duda, en Cataluña. Y si era en el ‘Comtat Gran’ donde mayor presencia anarquista hubo, fue de esperar que el movimiento ácrata tuviera que relacionarse con los elementos más progresistas del catalanismo. Dicha relación, alcanzaría su máximo apogeo entre los últimos años de la década de los años ’10 hasta 1923, concretamente hasta el 10 de marzo de este último año, en la que el dirigente cenetista Salvador Seguí murió asesinado por el Sindicato Libre. Y es que Salvador Seguí fue el máximo exponente del anarquismo de corte catalanista y, por extensión, de la relación entre la C.N.T con diversos partidos independentistas, como fue el caso del partido Estat Català, presidido por Francesc Macià. “El Noi del Sucre”  aseguraba que hablar catalán y desear la liberación nacional de Cataluña no implicaba la renuncia a las inquietudes internacionalistas. Por aquellos años, todo el mundo sabía de la gran amistad existente entre Francesc Macià y Salvador Seguí. El Seguí sindicalista y el Macià separatista estaban muy de acuerdo en diversos puntos, tanto referentes a la liberación nacional, como en las reivindicaciones proletarias. Salvador Seguí mostró su catalanismo en el ateneo de Madrid, el 4 de octubre de 1919, como Secretario regional de la C.N.T:

Nosotros, lo digo aquí en Madrid, y si conviene también en Barcelona, somos y seremos contrarios a estos señores que pretenden monopolizar la política catalana, no para conseguir la libertad de Cataluña, sino para poder defender mejor sus intereses de clase y siempre atentos a socavar las reivindicaciones del proletariado catalán. Y yo os puedo asegurar que estos reaccionarios que se autodenominan catalanistas lo que más temen es el enderezamiento nacional de Cataluña, en el caso de que Cataluña dejara de estar sometida. Y como que saben que Cataluña no es un pueblo servil, ni siquiera intentan desligar la política catalana de la española. En cambio, nosotros, los trabajadores, como con una Cataluña independiente no perderíamos nada, al contrario, ganaríamos mucho, la independencia de nuestra tierra no nos da miedo. Estad seguros, amigos madrileños que me escucháis, que si algún día se habla seriamente de independizar Cataluña del Estado español, los primeros y quizás los únicos que se opondrían a la libertad nacional de Cataluña, serían los capitalistas de la Liga Regionalista y del Fomento del Trabajo Nacional.

El cenetista Simón Piera, en sus memorias, explica que en el exilio francés durante la dictadura de Primo de Rivera, en 1924, era habitual ver a anarquistas viviendo –y conspirando- con miembros de Estat Català, y añade que “Los obreros afiliados a la C.N.T no se opondrían nunca a la liberación de una determinada región del poder central que, por su voluntad soberana, decidiese federarse y no ligarse al poder central. No podrían combatir un sistema orgánico que ellos mismos practican por la defensa de sus intereses de clase”.

Joan García Oliver, nos muestra en su autobiografía “El eco de los pasos”, unas palabras muy reveladoras en cuanto a relaciones entre el sindicato C.N.T y Estat Català durante los años ’20 y ’30; García Oliver cuenta que “En Esparraguera y en otras partes de Cataluña, en virtud del acuerdo de la regional catalana de la C.N.T de luchar conjuntamente con el “Comité d’Estat Català” que presidía Macià en París, existían estrechas relaciones entre los sindicalistas y separatistas catalanes”. García Oliver prosigue, esta vez sobre su amistad con Macià: “(…) Visité varias veces a Macià. El aislamiento en que lo tenían los demás políticos acrecentó mi simpatía por él. Perdió su carrera en el ejército español al pasar a ser político separatista, lo que a mí no dejaba de ser un antecedente a su favor”.

La dictadura de Primo de Rivera no hizo más que reforzar esta colaboración entre dos movimientos aparentemente con pocos elementos en común. Tal dictadura hizo que una razón de interés, el interés de la libertad, unificara –aun más- en el combate contra el Estado español a las dos fuerzas más atacadas por el régimen, que eran el independentismo catalán y el anarcosindicalismo. Sobre este tema, el anarcosindicalista Ricardo Sanz en “El sindicalismo y la política” explica que “la dictadura (de Primo de Rivera) había logrado limar asperezas y hasta antagonismos entre el catalanismo y sindicalismo. La mayoría de separatistas eran obreros, por tanto, como tales, conocían la vida de los explotados. Por otra parte, los anarcosindicalistas, cuanto más cultos y capacitados, mejor conocían, por haberlo estudiado, el llamado problema separatista. (…) Frente a la dictadura militarista, los elementos revolucionarios del separatismo catalán no se conformaron con vivir de rodillas, sino que pasaron a la acción subversiva, desde la propaganda escrita al atentado organizado.

Como se ha apuntado anteriormente, fue durante el régimen de Primo de Rivera (1929-1930) cuando el catalanismo de base popular alza su vuelo. En ese preciso momento el catalanismo dejó de ser un ideal romántico perteneciente a los sectores intelectuales y pequeñoburgueses para convertirse en un elemento político más de las masas explotadas, tanto de cariz socialista como anarcosindicalista. El centralismo del Estado español, una vez más, fue contraproducente a la hora de intentar frenar el nacionalismo. La dictadura de Primo de Rivera hizo mucho más por el crecimiento del sentimiento nacionalista e independentista catalán que los partidos nacionalistas catalanes de entonces.

El movimiento anarquista y el marxismo

En el II Congreso de la C.N.T celebrado en el Teatro de la Comedia de Madrid se aprobó la adhesión (provisional) del sindicato libertario a la III Internacional con el respectivo envío de una comisión de delegados a Moscú para dar información de primera mano y establecer relaciones “diplomáticas”. Desde el principio de la Revolución Rusa de 197 el anarquismo hispano se mostró, mayoritariamente, entusiasta y favorable a dicha revolución, gracias a la propaganda anarquista que llegaba desde Rusia y que veían la revolución rusa como la oportunidad para establecer la ansiada sociedad sin clases. Aunque corría un mayor entusiasmo dentro del movimiento ácrata español sobre el proceso revolucionario ruso, sobre todo a raíz del establecimiento de ‘soviets’ (consejo o junta en ruso), el periódico anarquista Tierra y Libertad, hacía apología formal de la revolución proletaria acaecida en Rusia, mientras que Solidaridad Obrera, máximo órgano propagandístico de la C.N.T., se mostraba más reticente a la “dictadura del proletariado”. En verano de 1920, el dirigente anarcosindicalista Ángel Pestaña partió hacia Rusia para entrevistarse con Lenin. Pestaña no debió salir muy contento de dicha entrevista ya que a partir de ese verano todo el apoyo anarquista a la revolución rusa desapareció, a partir, también, de la propaganda “antibolchevique” del movimiento anarquista ruso, el anarquismo hispano empezó a criticar duramente la no existencia de ‘soviets’, la excesiva burocratización y el autoritarismo bolchevique que habían convertido la “dictadura del proletariado” en “dictadura del partido”. Se criticaba, a partir, también, de las noticias traídas por el socialista Fernando de los Ríos, el cual también se entrevistó con Lenin en 1921, la supeditación de los sindicatos rusos al Partido comunista y la gran represión hacia todo el movimiento ácrata.

Paralelamente a esto, hubo un sector, aunque minoritario, del anarcosindicalismo que cada vez se iba acercando más y más a las posturas soviéticas. Fueron el caso de personalidades como Maurín, Pere Bonet o Eusebio Rodríguez, que, aunque intentándolo con todas sus fuerzas, no consiguieron ‘controlar’ ningún sindicato. El 28 de abril de 1921 se decidió elegir a una delegación anarcosindicalista con el propósito de que viajaran a Moscú. Tal delegación estuvo formada por las personalidades anteriormente citadas más Andreu Nin y el francés Gaston Leval. A excepción de Leval, todos los demás abandonaron definitivamente la ideología anarquista y abrazaron el marxismo.

A partir de aquí, las diferencias entre el naciente movimiento comunista y el anarquista son cada vez mayores. Periódicos como Tierra y Libertad, Solidaridad Obrera o La Revista Blanca comenzaron a traducir todos los textos de críticas a la joven Unión Soviética escritos por personalidades de renombre internacional en aquel momento como Emma Goldman o Rudolf Rocker. Estas diferencias tendrían su punto álgido en la Guerra Civil española, concretamente en los sucesos de mayo de 1937, en los cuales se produjo una verdadera “intra-guerra” civil entre el sector anarquista y el sector republicano-comunista.

Anarquismo y republicanismo

El movimiento anarcosindicalista se vio obligado, desde la dictadura de Primo de Rivera, a tener que acercar posturas si querían acabar con la dictadura militar. Alfonso XII, al ver lo impopular que estaba siendo el gobierno de Miguel Primo de Rivera, decidió deshacerse de él, poniendo al mando al General Berenguer en enero de 1930, con la idea de que el nuevo gobierno retornara a una situación constitucional y pacífica. Fue imposible. Las conspiraciones, tanto civiles como militares, contra la monarquía de Alfonso XIII iban en aumento, y republicanos y anarquistas colaboraban cada vez más y más para derrocar al régimen. El marzo de 1930, las fuerzas conspiradoras contra el régimen firmaban el Manifiesto de Inteligencia Republicana, el cual estuvo firmado, también, por la C.N.T. Ángel Pestaña, por aquel entonces, optaba por las vías reformistas y colaboracionistas con el republicanismo, y supo esparcir bien esa idea dentro del seno del movimiento anarcosindicalista. Desde los plenos regionales se censuraba de forma sistemática la oposición de la FAI al reformismo y se abogaba por la vuelta a la legalidad del sindicato rojinegro. La C.N.T. mostró su apoyo a la opinión mayoritaria tendente a la convocación de unas Cortes Constituyentes. Además pedían “el respeto a la jornada legal de ocho horas, libertad sindical y la libertad de todos los presos políticosociales”. En un manifiesto de la CNT, publicado en 1930, se decía:

La CNT debe proclamar su solidaridad circunstancial con todas las fuerzas políticas y sociales que coincidan al exigir la convocatoria de Cortes constituyentes que liquiden el pasado y abran un nuevo cauce a la corriente de pensamiento moderno.

Vemos, pues, como desde la CNT, se consideró que no era incompatible la “solidaridad circunstancial” con el republicanismo, con el ideal anarquista y revolucionario. Asimismo, el Comité Nacional de la CNT, para no recibir críticas desde el sector más ortodoxo del anarquismo y de la FAI, concretó lo siguiente:

El Comité Nacional manifiesta clara y terminalmente que no se ha comprometido con nadie, absolutamente con nadie, para ninguna acción revolucionaria. Ni pactos ni compromisos.

De esta forma la CNT mandaba un aviso a las fuerzas republicanas para hacerles saber que solo apoyarían la voluntad del pueblo a acabar con el régimen monárquico pero que, una vez establecido el futuro régimen republicano, el movimiento anarcosindicalista volvería a ser un movimiento “al que se le deberían apretar los tornillos” desde el Estado.

Las firmas del Manifiesto de Inteligencia Republicana y las distintas acciones conspirativas contra Alfonso XII, hicieron que un sector importante del anarquismo estableciese cada vez más contactos amistosos con las fuerzas republicanas, sobre todo con el republicanismo catalanista. En octubre de 1930, se firmó el famoso Pacto de San Sebastián, en el cual todas las fuerzas republicanas del Estado español expondrían la necesidad de proclamar la República española y poner fin a la monarquía. A la firma de este pacto la CNT no se adhirió, pero sí que envió a dos delegados en calidad de observadores. La monarquía se tambaleaba, y las reuniones clandestinas con planes conspirativos iban en aumento. La CNT consiguió arrastrar a sus filas a algunos militares de la sublevación de Jaca, tales como Fermín Galán, Alejandro Sancho o el mismísimo Ramón Franco, hermano del ‘Caudillo’. Pero las primeras desavenencias con el republicanismo iban apareciendo, y la CNT, considerando como “política dilatoria” los procedimientos de las fuerzas firmantes del Pacto de San Sebastián, decidió ir por libre y comenzar a preparar acciones insurreccionales por toda la geografía española. Se formó un comité anarquista formado por Salvador Quemades y Rafael Vidiella que, con la ayuda de elementos del nacionalismo catalán, se encargaron de preparar las distintas acciones. Se produjeron distintas huelgas y sabotajes en Levante, Zaragoza y Logroño, pero de poca relevancia ya que el diez de octubre de 1930 el gobierno detuvo y encarceló a los militares republicanos implicados, a los republicano-nacionalistas Lluís Companys y Joan Lluhí y a los anarquistas Ángel Pestaña y Clara Sirvent.

El 29 de octubre, una delegación venida desde Madrid y formada por Miguel Maura y Ángel Galarza, se entrevistaron con los cenetistas Joan Peiró y Pere Massoni, con los que acordaron “establecer una inteligencia con los elementos políticos para crear un movimiento revolucionario”. En el mismo momento en que la conspiración antimonárquica alzaba el vuelo, la CNT se dividía en dos. Por una parte el sector más ortodoxo, representado por la FAI, criticaba que el sindicato tuviera relaciones con el movimiento republicano y hacia énfasis en ir por vía libre y dar comienzo a la revolución. Por otra parte, el sector más moderado y pragmático, que consideraba necesario establecer relaciones con el sector republicano y avanzar hacia la Segunda República española. La CNT, en su mayoría, después de las reuniones con los elementos republicanos, apoyó el movimiento pero no pactó nada, no quería hipotecar su libertad. En ese momento, la CNT jugaba un doble papel, por una parte la de no poner obstáculos a las conspiraciones republicanas contra la monarquía, y, por otra, la de mantener una imagen limpia de toda política institucional. Una última acción conjunta del republicanismo y el anarquismo fue la huelga general convocada el 15 de diciembre de 1930, que acabó en represión policial y con las prisiones del Estado repletas de conspiradores ácratas y republicanos. Pero la monarquía de Alfonso XIII ya estaba herida de muerte. El 12 de abril de 1931 se producen las elecciones municipales que, a modo de elecciones plebiscitarias, darían la victoria a las fuerzas republicanas. El voto obrero, y en parte anarquista, fue altamente decisivo para el triunfo de las fuerzas progresistas. Así lo explicaba Joan Peiró:

No voy yo a negar, que los sindicalistas revolucionarios, contribuimos indirectamente al triunfo electoral del 12 de abril. Las masas del pueblo, que sabían del dolor de los aguijonazos de la tirana Dictadura, sentían irresistibles ansias de cambiar el decorado político de España. Sus ansias trocaron en el anhelo republicano y nosotros –y todos los anarquistas también- impotentes por encauzar aquella formidable corriente antimonárquica por cauces superiores a la República, nos echamos a un lado y dejamos que el pueblo desbordado en santo entusiasmo hiciera su voluntad. No dijimos jamás a los trabajadores que acudieran a las urnas electorales; pero tampoco les dijimos que dejaran de ir a ellas.  

Borja

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