Huelga de taxistas, ¿por qué debemos apoyarla desde una práctica de clase trabajadora?

¿Qué tiene en común cualquier taxista con otro trabajador o trabajadora de cualquier otro sector laboral en la actualidad? Tienen en común unas condiciones sociales y laborales opresivas organizadas pormenorizadamente por el capitalismo global; y ese es el común denominador, el enemigo que padecemos. Me atrevo a destapar esta inmensa caja de pandora, conocedor de que no es el único análisis posible, ni seguramente sea el mejor, pero es probable que lo encontréis más interesante que las informaciones difundidas desde los medios de comunicación convencionales. Comencemos entonces por el principio…

Muy lejano queda el origen del taxi como profesión en el siglo XVI, con los primeros conductores dedicados al transporte en carruaje a cambio de una pequeña cantidad de dinero. Sin embargo, no será hasta las primeras décadas del siglo XX que se profesionaliza esta actividad laboral, regularizada bajo las normativas estatales. Por ejemplo en la ciudad de Madrid, en 1918 el reglamento de vehículos daba un plazo de un año para instalar taxímetros en todos los vehículos de alquiler. Las licencias de taxi eran entonces de 200, con la tarifa de una peseta por bajada de bandera y cuatro pesetas por la hora de parada; en los años 1950 el número de licencias otorgadas llegaba a las 6 mil, y ya en la actualidad y desde hace bastantes años el Ayuntamiento municipal de Madrid fijó esta cifra en 16 mil licencias de taxi, siendo 10 mil en Barcelona, unas 3 mil en Valencia y 2 mil en Sevilla. Un total de 65 mil licencias de taxi en el Estado español aproximadamente.

El sector laboral del taxi es, por lo tanto, un grupo profesional regularizado  tempranamente desde el Estado a través de normativas fundamentalmente municipales en las principales ciudades españolas, a su vez enmarcadas en unas normativas jurídicas superiores marcadas por unos intereses de clase evidentemente. Si bien una de las principales críticas al sector del taxi es el negocio en sí mismo que ha supuesto esta histórica regularización normativa en torno a las licencias, que los últimos años han generado la aparición de lobbies empresariales y trabajadores y trabajadoras precarias, las nuevas necesidades del capitalismo global dejan indefensas a miles de familias trabajadoras. Ya sean estos/as autónomos/as, la reproducción de la peor pesadilla del capitalismo para un trabajador/a, es decir, convertirte en tu propio jefe/a explotador/a, o ya sean estos/as asalariados/as; su condición de clase obrera, es decir, su no condición de clase dominante, deja bien claro a quién afecta sobre la realidad estos cambios en el sector del taxi. El sueño ansiado del capitalismo global: crear una falsa sensación de fin del trabajo asalariado tal y como lo conocemos, la instalación en nuestras cabezas de una dinámica social defensora acérrima de la tecnología y la gran mentira del progreso que suponen las aplicaciones telefónicas unidas a una exigencia individualizada de  servicios. Todo se reproduce a través de una tendencia de consumo a la carta de servicios, y la exigencia de unas peticiones individualizadas potenciadas por el capitalismo.

Otra de las características críticas sobre el sector el taxi es aquella realidad sociológica de que mayoritariamente es un sector laboral con escasa conciencia de clase, cuya actividad laboral se desarrolla en un idílico romance con expresiones de derechas (lectores de El Mundo y el ABC, oidores de la COPE, bandera patria y llaverito franquista…). Si bien es cierto que los clichés se conforman sobre una realidad palpable y generalizada, estos parecen quedarse inmutables con el paso del tiempo, y eso es una mala idea pensar que las comunidades sociales y laborales no tienen una evolución. ¿Por qué sectores como mineros o estibarores tienen una histórica vinculación a luchas cargadas de conciencia de clase, y por qué sectores como el del taxi están vinculados a una lucha gremial donde la derecha tiene una gran fuerza? Si en realidad los/as taxistas y sus familias, como ya hemos dicho, pertenecen a fin de cuentas a la clase trabajadora, independientemente de que la regularización histórica de su sector haya convertido a algunos/as de ellos/as en una pequeña aristrocracia obrera con tendencias conservadoras. Si apoyamos en el 2012 a los/as mineros/as en su lucha laboral, a pesar de no estar de acuerdo con un modelo energético basado en el carbón, por qué no deberíamos apoyar en el 2018 a los/as taxistas, aunque no estemos de acuerdo con su modelo de servicio completamente, o aunque no seamos usuarios/as.

Quizá en vez de exigir a los/as taxistas portar banderas republicanas en lugar de monárquicas en sus manifestaciones, o esperar a que nos agiten y llamen con un discurso revolucionario y de izquierdas, tal vez deberíamos solidarizarnos plenamente con sus reivindicaciones, que aunque no incluyan puntos desde una conciencia de clase de manual y panfletaria izquierdista, las condiciones materiales que reclaman y su malestar con el capitalismo global, es algo que nos une a ellos/as. Si no lo hacemos ahora, grupos burócratas y parlamentarios cooptarán esa lucha en beneficio de un marketing político, o colectivos de extrema-derecha como Hogar Social Madrid tratarán de sacar rédito a río revuelto.

La enorme mentira de la nueva economía colavorativa es una realidad cuyas consecuencias ya estamos padeciendo actualmente. En el Estado español han proliferado enormemente las empresas cuyo rasgo característico que dicen definirlas es la innovación tecnológica. En realidad solo han conseguido la precaridad de todo el mundo, ya sean productores/as o consumidores/as, e imponiendo unas reglas de mercado ajenas a una vida digna. En absoluto quiere decir que las reglas de la anterior fase del capitalismo fueran beneficiosas para el trabajador/a, sino que su vida cotidiana se ha visto empeorada por la sacrosanta tecnología. Esto ha enviado sin ningún tipo de argumento crítico serio a las tesis ideológicas que advierten de este peligro a una trinchera etiquetada maliciosamente de carca o tecnofóbica. Estaríamos hablando de una gran estafa: la cultura de la tecnología; las bondades y ventajas que supondría la economía colaborativa, que de colaboración no tiene nada en la práctica capitalista, puesto que es una simple reorganización de la explotación laboral hacia relaciones invisibilizadas, pero no por ello inexistentes.

Nos la han colado pero que muy bien, porque bajo ese enorme paraguas del discurso colaborativo, algunas empresas tecnológicas se están forrando a manos llenas. No se trata solo de una cuestión de empresas extranjeras que sacan rendimiento en otros países, la cuestión nacional no es un análisis que nos conduzca a esclarecer una situación de precariedad global, puesto que enemigas son todas esas empresas vengan de donde vengan, porque todas salen del mismo origen: las cloacas de miseria del capitalismo. Ni qué decir tiene, para quien no lo sepa, que detrás de Cabify, su fundador es un español afincado en EE.UU., otro ejemplo de que el capitalismo no tiene más bandera que la de el dinero. Esa clase de economía no tiene nada de colaborativa, pero en un mundo donde las etiquetas valen más que el contenido real del concepto, nuevamente nos han tomado por el pito de un sereno y nos han convertido en hooligans de sus intereses de clase, no de los nuestros. Es probable que nos encontremos en un punto de no retorno demasiado avanzado, pero no por eso hay que tirar la toalla y que la precariedad se desarrolle como le venga en gana sin oponer resistencia. El centro de toda esta tendencia social se encuentra en la cultura individualista, que más allá de parecer algo abstracto se materializa en crear hordas de consumidores/as que se creen con la legitimidad de exigir necesidades individualizadas a otros/as trabajadores/as con necesidades sociales y económicas reales, y se ven abocados/as a sobrevivir a cualquier precio en esta jungla. Nos habían dicho que el conflicto de clases había llegado a su fin, nos han dicho que eso es algo obsoleto del siglo pasado, nada más lejos de la realidad, el conflicto de clases es cada vez más sangrante, pero está desvirtuado por las cuestiones que el capitalismo ha querido poner encima de la mesa para distraer nuestra atención.

Estas empresas como Uber o Cabify han querido meter las narices en un sector bastante burocratizado y regularizado, ¿quiere esto decir que hay que defender de manera inamovible el estado actual de las cosas antes de la irrupción de estas empresas? Claramente no, pero tampoco quiere decir que no tengamos que tomar partido por un sector de trabajadores/as, que más allá de querer mantener unos privilegios, como se les acusa como si fueran empresarios del Ibex35, en realidad lo que mantienen son pequeñas economías familiares de manera más o menos desahogada según los casos. A día de hoy la huelga del taxi reivindica que se otorgue una licencia VTC (Uber o Cabify) por cada treinta licencias de taxi, cuando actualmente la ratio ha llegado a una licencia VTC por cada siete taxis aproximadamente. La proporción es de nueve mil licencias VTC y 65 mil licencias de taxi en el Estado español. Una cuestión en disputa entre competencias estatales, autonómicas y municipales que responden a intereses partidistas distintos enmarcados en la precariedad capitalista. Esto ha precipitado los acontecimientos que desde mediados de la semana han llevado a la convocatoria de huelga indefinida del sector del taxi en todas las provincias españolas.

El enemigo nuevamente es de clase, algunas voces entre taxistas ya están empezando a afirmar que su enemigo no es el trabajador de Uber y Cabify, otro precario más a sumar en esa gran lista social, sino que su enemigo es la tendencia capitalista a hundir a un sector del transporte en la miseria. No se trata de compartir el pastel o de abrir ningún monopolio, esos argumentos son lanzados por los sectores comunicativos detrás de esas empresas tecnológicas. Realmente los/as taxistas no son dueños/as de ningún pastel, sino un ejemplo de trabajadores/as a quienes el capitalismo ha llevado a más contradicciones de las asumibles sanamente por cualquier colectivo laboral. Otros argumentos lanzados por los/as defensores/as de estos modelos supuestamente colaborativos son: el aplauso ilimitado del emprendimiento empresarial o la actualización legislativa como exclusiva manera de una nueva regularización; recetas que ya vemos que no funcionan sino que precarizan aún más las relaciones laborales, como en los casos de Deliveroo o Glovo. Nadie recuerda ya que en la historia reciente el sector del taxi ha demostrado ser un colectivo formado por trabajadores/as que saben visualizar perfectamente el humanismo por encima de cualquier interés económico privado, siendo los primeros, por ejemplo, en transportar a personas desinteresadamente en atentados como el de Madrid (2004) o el de Barcelona (2017).

La huelga sectorial del taxi, además, tiene elementos muy interesantes respecto de otras huelgas: no ha sido oficialmente comunicada a través de los órganos estatales dispuestos para ello, ha sido organizada espontáneamente por asambleas de taxistas coordinadas en diferentes provincias del Estado español, tiene un gran potencial de contenido social. Es decir, esta huelga no ha caminado por los cauces habituales que otras convocatorias en otros sectores laborales, y es preciso que se convierta en una huelga social, porque el sector transportes tiene grandes posibilidades de paralizar la economía de las grandes empresas que se lucran con nuestro trabajo diario, seamos del sector laboral que seamos. Por solidaridad y apoyo mutuo, debemos apoyar la huelga de taxistas desde una perspectiva de clase, sino otros grupos sociales lo harán por nosotros/as, y quizá alejarán su potencial de un discurso de clase, para reducirlo a una cuestión nacionalista, xenófoba, tecnófoba o quién sabe qué otra etiqueta contraria a los intereses del pueblo trabajador.

Para terminar, quizá algunos otros medios de comunicación alternativos, que se definan o no como libertarios, próximamente escribirán otros interesantes artículos que aporten a un debate donde es muy difícil encontrar argumentos razonables y de investigación. Desde Regeneración, particulamente queríamos abrir la lata, y potenciar que se hable de esta huelga en las organizaciones de clase y los movimientos sociales que aspiramos a transformar radicalmente la sociedad.

Ser revolucionario de izquierdas y no apoyar la huelga de taxistas es una contradicción en sí misma.

Distopías en línea III: Violación sistemática

En la última entrada de esta serie, nombrábamos de pasada el auge del autoritarismo en las sociedades capitalistas durante los últimos años de crisis económica y social. Mucho se ha escrito sobre cómo los nuevos liderazgos reaccionarios crecen sobre el descontento de grandes sectores de población que se sienten amenazados por avances sociales promovidos por el feminismo, el activismo homosexual y transgenero, o los movimientos contra la discriminación racial, entre otros.

El cuento de la criada (The Handmaid’s Tale), serie de HBO basada en una novela de Margaret Atwood, nos da la oportunidad de reflexionar sobre el posible advenimiento de una sociedad profundamente autoritaria y patriarcal. Son muchas las reseñas que han trazado relaciones entre la teocracia que muestra la serie, Gilead, y la crecientemente autoritaria y machista sociedad norteamericana, comandada por el reaccionario Donald Trump. El hashtag #Gilead se ha asociado en twitter a la imagen de la comisión de la Casa Blanca que debatía sobre medidas relacionadas con la maternidad, formada completamente por hombres. Tampoco hay duda del profundo antifeminismo de la Alt-Right, la extrema derecha norteamericana que ayudó a aupar a Trump al poder. Dos ejemplos del machismo que manda y del que viene, que tiene su reflejo en los movimientos conservadores en auge en toda Europa.

En el contexto de España, el estreno de la serie irrumpe también en una época de debate político sobre la posibilidad de legislar el alquiler de vientres para la gestación subrogada. Muchas feministas, ante la retórica neoliberal y posmoderna en la que se envuelve el debate, y que esconde una mercantilización salvaje de la maternidad, están poniendo sobre la mesa el eje de clase que atraviesa esta cuestión en canal. La urgencia por legislar el alquiler de úteros surge, sobre todo, por el deseo de las clases altas de reproducirse genéticamente a costa de los vientres de las trabajadoras. La cuestión está impulsada además por la obtención de beneficios, componente encarnado en las agencias intermediarias y que no puede faltar nunca en las relaciones mercantiles que promueve el capitalismo. Algo que explica que, en cambio, no esté sobre la mesa la agilización del proceso de adopción.

Pero, volviendo a la serie, no se trata en Gilead de reproducción in vitro, si no de la reproducción forzada mediante una violación legalizada y sistemática que permita la supervivencia genética de la especie (o, más bien, de unos pocos). Para los comandantes de Gilead, la legalización de la violación es buena en tanto que es útil. Además, esta práctica pasa a ser aceptada internacionalmente desde el momento en que naciones extranjeras se deciden a comerciar con las criadas como medios de reproducción, ignorando cualquier tipo de juicio ético. No es casualidad tampoco que la diplomática mexicana representada sea una mujer, que además se entrevista en persona con las criadas. Esa elección refuerza la falta de empatía del momento y, por tanto, la derrota de los vínculos emocionales más innatos en favor de la solución técnica necesaria para la nación. Esto no es más que una versión, quizá más cruda, de lo que ocurre hoy cuando el empresariado encuentra beneficios en la precarización de empleos; la desvalorización del trabajo femenino; el uso y abuso de mano de obra infantil; la destrucción ambiental fruto de la sobreexplotación, el expolio de recursos, la contaminación y la proliferación de deshechos…

Y es que no se ha escrito tanto sobre cómo una sociedad embarazada de la razón técnica, que da respuestas unívocas a problemas sociales, y que camina directamente hacia el abismo ecológico por la senda de la fe inquebrantable en el progreso, gesta en su seno la semilla del autoritarismo antidemocrático. Porque hay también en este cuento de la criada un tema medular, que anida en lo profundo de la serie a pesar de que apenas se describe timidamente. Un tema al que, pese a todo, se hace referencia de manera constante.

Sabemos que, de manera previa a la fundación de Gilead, la infertilidad despertó los miedos de una amplia masa social. Esa condición material permitió el crecimiento de la secta religiosa que propugnaba una sociedad opresiva basada en el control social y la violación sistemática. Pero ¿Qué causó la infertilidad? ¿Por qué una amplia mayoría de mujeres son incapaces de gestar? El gran tema que se esboza es algún tipo de colapso ecológico, relacionado bien con el cambio climático o bien con la crisis de recursos. Un colapso inevitable para nuestro mundo real y del que ya sentimos los primeros efectos.

Lo más terrible de este cuento de la criada es que, de acuerdo a la interpretación técnica, la violación sistemática y la violencia sistémica del gobierno dictatorial no es más que una solución de manual para la mayoría de la sociedad. Sí, es una propuesta política de la secta victoriosa, pero se presenta con la envoltura de la inevitabilidad, de la única salida posible, y es quizás por eso tan capaz de volverse hegemónica. Como escribía la Encyclopédie des Nuisances, “un hombre aquejado de gangrena no está dispuesto a discutir las causas de su mal, ni a oponerse al autoritarismo de la amputación”. Es por eso tan importante oponer al desastre del colapso una propuesta radicalmente democrática, que discuta las razones técnicas y ponga la vida y la justicia social en el centro, que apueste por una tecnología y una organización social a escala humana, y que dibuje futuros que sean al mismo tiempo atractivos, realistas y sostenibles.

Porque sorprende que, finalmente, en contraposición al clima opresivo de Gilead y una vez superado el doloroso trance de escapar, la alternativa que muestra la serie sea una Canadá plenamente reconocible en cualquier sociedad capitalista liberal actual, incluyendo el paquete tecnológico necesario para la existencia y el uso de smartphones. No parece esta una sociedad post-colapso realista, y es triste la incapacidad de imaginar una sociedad próspera, sostenible y desligada de la hipertrofia tecnológica y urbana. Ese es el resultado, una vez más, de esa peligrosa fe inquebrantable en el progreso y sus ilusiones renovables.

Distopías en línea II: Un reflejo en la oscuridad

Es curioso. En la anterior entrada de esta serie hablábamos de Mr Robot, de lo que muestra y lo que oculta respecto al futuro que nos espera. Pues bien, las preguntas que Mr Robot dejaba en el aire se reflejan en la distopía tecnológica que dibuja cada capítulo de Black Mirror. Esta, lejos de la ingenuidad o la complicidad con los sueños del progreso tecnológico, pone sobre la mesa, en toda su crudeza, las nocividades del mundo hipertecnológico que ya atisbamos.

Si la tecnología es una droga —y se siente como una droga— entonces, ¿cuáles son los efectos secundarios?” – Charlie Brooker.

Destaca entre las virtudes de esta serie la capacidad para hacer una lectura crítica del presente a través de un relato de ciencia ficción situado en un futuro cercano. Todos y cada uno de los capítulos escarban en ese anhelo de huida tecnológica de los nuestros miedos más humanos (la muerte, el olvido, el dolor…) y consigue así representar el lado más terrorífico de la deshumanización. Como resultado, el triunfo tecnológico produce monstruos mucho mayores que aquellos de los que queremos escapar.

Como en Mr Robot, encontramos en Black Mirror una reflexión sobre el aislamiento y la mediación tecnológica. La relevancia de las valoraciones virtuales a la hora de entablar relaciones sociales lleva indefectiblemente a individuos ensimismados con su ego virtual, su valorización en la red. Es algo que ya empezamos a sentir en nuestro día a día, donde la obsesión por la apariencia genera individuos depresivos, con un sesgo cognitivo impuesto por las redes sociales que nos hace sentir que todos son felices a nuestro alrededor. Es más, vivimos ya en un mundo donde nuestra reputación en línea es un aspecto relevante a la hora de encontrar amistades, pareja e, incluso, de encontrar trabajo. Así, en la serie tanto como ya lo hace en la realidad, la acumulación de capital social-virtual redunda en beneficios (y perjuicios) materiales: mejores oportunidades de trabajo, acceso a determinados eventos, posibilidades de ascenso social… Esta desigualdad complementa a la existencia de clases sociales, ya que dinero y reputación virtual se impulsan mutuamente mientras la pobreza y la exclusión son penalizadas.

Esta valoración está además sesgada por algoritmos cerrados que nos clasifican y seleccionan. Algoritmos con sesgos que no podemos conocer ni auditar, pero que modelan nuestras sociedades y toman decisiones fundamentales sobre nuestras vidas. Ya ocurre en el cálculo del coste de primas sanitarias o de seguros, o en la concesión de préstamos cada vez más necesarios para garantizar derechos que deberían cubrirse, como vivienda, sanidad o educación.

Esta mediación tecnológica lleva a Black Mirror también a una reflexión sobre la política y los medios de comunicación. Las votaciones en los regímenes liberales se convierten en puro espectáculo, desligadas por completo de sentido político y de cualquier noción de democracia. Una competición con lógicas mercantiles donde vence el más rico, el más grosero, el producto más vendible. Una consecuencia directa del enfoque sensacionalista y sesgado que promueve la televisión y los medios; pero también de la falta de una educación y cultura política que posibilite la democracia y la gestión popular de los asuntos comunes. Una realidad que no hace más que resaltar la necesidad de medios de comunicación críticos y plurales, así como un sistema educativo flexible y motivador capaz de transmitir valores solidarios, democráticos, ecológicos y feministas.

El título de la serie tampoco podría ser más acertado. Del mismo modo que el espejo negro en que se convierten los dispositivos electrónicos apagados, la serie nos refleja a nosotros mismos y nos interpela en tanto que personas. Cuestiona nuestra autopercepción de dioses tecnológicos todopoderosos y nos sitúa ante sus monstruos. Nos dice que quizá estemos a un paso de superar el miedo a la muerte, al olvido, al dolor por la pérdida del ser querido… pero que eso no resulta (no está resultando) en un mundo mejor para ser vivido. Al contrario, instituye una realidad terrorífica y opresiva que nos cosifica como instrumentos de la tecnología (sea como generadores de la electricidad que la sustenta o como carne de reality show pseudopornográfico para entretenernos). Una tecnología que anula nuestra conciencia y nos convierte en máquinas de guerra perfectas. O que nos condena a la enfermedad mental ante la incapacidad de olvidar y pasar página.

Y, aún así, es preciso hablar aquí de nuevo del gran elefante en la habitación. El triunfo tecnológico no puede librarnos del desastre ecológico, sino que nos encamina hacia él. Black Mirror no da recetas para el colapso, pero trata de vacunarnos ante ese virus de la ilusión tecnológica. Descubrir los grandes monstruos que esbozan la deshumanización nos alienta a enfrentar los miedos humanos a una escala humana, rompiendo con el individualismo y afrontando el dolor, el sufrimiento, la muerte y los inevitables males de la humanidad de manera solidaria, sostenible, sin poner en peligro nuestra libertad. ¿Es eso aún posible? De eso dependen los grandes desafíos de nuestra época.

Distopías en línea I: Tecnoilusiones rotas

Nos observa una mirada fija, obsesiva, penetrante. Unos profundos ojos que nos atraviesan, que tratan de investigar en el fondo de nosotros, de conocernos a través de nuestra intimidad virtual. ¿Somos nosotros, como nuestros ídolos, una simple falsificación? ¿Un producto de marketing que consume mentiras y se comunica con otros a través de estas?

A lo mejor es que todos pensamos que Steve Jobs fue un gran hombre incluso sabiendo que ganó billones a costa de niños. O a lo mejor es que sentimos que todos nuestros héroes son falsos. El mundo en sí es una gran patraña. Nos espameamos los unos a los otros con continuos comentarios; mentiras enmascaradas como si en realidad pensáramos así. Redes sociales que nos hacen pensar que de verdad tenemos intimidad. ¿O es que hemos votado para esto? No con nuestras amañadas elecciones, sino con nuestras cosas, nuestras propiedades, nuestro dinero. No estoy diciendo nada nuevo. Todos sabemos por qué hacemos esto. No porque los libros de Los Juegos Del Hambre nos hagan felices, sino porque queremos estar sedados.

No cabe duda de que el monólogo de Elliot, protagonista de Mr Robot, es una crítica a la alienación en la que nos ha sumido el capitalismo que nos gobierna. Encierra en sí mismo un profundo sentimiento de aislamiento y desconexión con la sociedad. Un sentimiento extendido por la cada vez mayor mediación tecnológica entre cada individuo y quienes le rodean, pero también por la extensión de la inseguridad laboral, la falta de derechos, la difusión de modelos falsos e inalcanzables, el individualismo…

Hoy el mundo de Elliot es nuestro mundo hasta tal punto que ni siquiera las referencias se esfuerzan en ocultar su obviedad. Corporaciones como E(vil)-corp (Enron, con características de otros gigantes como Google o Apple) son enfrentadas por hacktivistas como f-society (Anonymous). Un espectáculo pseudorevolucionario que no logra ni detener el creciente control social, ni las políticas antipopulares, ni por supuesto los problemas psicológicos crecientes del individuo atomizado. Más bien al contrario, ayuda a extender la obsesión tecnológica y el aislamiento dentro de un entorno de creciente control social.

La pseudo-revolución de Mr Robot está vacía. Hundimos los bancos, eliminamos las deudas… y nada fundamental ha cambiado. Las proclamas megalómanas de un Elliot obnubilado son un grito en el desierto, un mapa a ninguna parte sin ningún contacto con la realidad. Esas alegorías más que evidentes de Mr. Robot con nuestra realidad sólo están ahí para engañarnos. Es cierto, hoy los hackeos y la exposicion de datos ocurren con relativa frecuencia, hasta el punto de haberse convertido en armas de intervención geopolítica: Hemos visto en primera persona a militares estadounidenses matar impunemente a civiles en Irak y Afganistán, hemos sabido cómo nos vigilan a cada uno de nosotros las agencias dedicadas al control social… A pesar de ello, ni siquiera hemos tomado con determinación la decisión de dejar de entregar nuestra intimidad y nuestras relaciones a las grandes corporaciones. Nos asusta y nos indigna el que Alemania pueda crear un fichero de radicales de izquierda, pero apenas ponemos pegas al hecho de que exista un mercado de datos sobre dónde, cómo y cuándo nos movemos, qué apuntamos, qué tareas hacemos, qué información difundimos… Así, con tan bajo nivel de conciencia sobre cuestiones tan fundamentales, es dificil que las revelaciones escandalosas puedan convertirse en una herramienta para democratizar la sociedad y acabar con la injusticia del actual sistema económico.

Son malas noticias para los pequeños hackers con intenciones revolucionarias: es imposible ser un agente transformador desde el aislamiento. El modelo de héroe individual que cambia el mundo él sólo (o con un pequeño grupo de iluminados desconectados de la mayoría social y firmemente aferrados a sus dogmas) es falso, aunque esto decepcione al egocentrismo de algunos. Toda esa estética hacker y pseudocrítica no es más que buen embalaje para (re)vendernos la fallida idea de vanguardia y alejarnos de la posibilidad real de un cambio revolucionario.

Más que acciones aisladas y grandilocuentes necesitamos un compromiso individual que se haga colectivo y que empiece por negarnos a que se trafique con nuestra intimidad. Necesitamos también un programa ecosocial, que demuestre aprecio por lo real no virtual y por lo comunitario; que se enfrente al individualismo tecnófilo, profundamente ingenuo sobre el momento actual y el futuro que nos espera. Y necesitamos, finalmente, estrategias para una decidida acción colectiva que ponga coto a los abusos de las multinacionales y se anime a prefigurar sociedades habitables.

En el horizonte cultural de la mayoría el futuro oscila, en el mejor de los casos, entre dos polos. Uno, ilusiones tecnológicas a la desesperada que ni siquiera carecen de aspectos distópicos. Otro, la pesada realidad de un previsible colapso ecológico, que habita como un miedo abstracto en el fondo de nuestras psiques, al que preferimos no conjurar. Lo que me devuelve a la pregunta inicial sobre si somos algo más que meros consumidores de marketing, si podemos cuestionar el contenido de los productos culturales que consumimos. Si es así, apostemos por una cultura que difunda modelos críticos, anclados en lo común frente a lo individualista, lo material real frente a la ilusión tecnológica, la movilización frente a la pasividad y la ética frente a la estética. Eso implica repensar cómo vemos y deseamos el futuro, cómo hablamos de él en el presente. Recuperar una aspiración utópica de izquierdas que nos impulse a avanzar; es decir, una utopía materialista, viable, sostenible y feliz.

Tecnología libre para una sociedad libre

Introducción

Actualmente, nos guste o no, la tecnología ha adquirido un gran protagonismo en todas y cada una de las facetas de nuestra vida: en la forma de comunicarnos con los demás, en la forma a través de la cual obtenemos información y conocimiento, en nuestro trabajo, en nuestro tiempo libre, en qué hacemos y qué dejamos de hacer, en qué opinamos sobre ciertos temas, los medios a través de los cuales los colectivos toman decisiones, cómo son las protestas y revueltas, cómo nos van a sanar cuando enfermemos, cómo vamos a ser educados en la escuela,…
Quizás sea más rápido describir hasta que punto está la tecnología presente en nuestras vidas reflexionando acerca de este hecho: Algún aparato electrónico, nuestro o ajeno, nos rodea prácticamente desde el momento en el que nos levantamos de la cama hasta que nos acostamos.

Aún más, la tecnología hoy en día es causante de guerras por la obtención de los recursos, permite que el sistema financiero internacional sea tan desorbitadamente voluminoso y muchas de las empresas con mayor capital del mundo son empresas dedicadas únicamente al ámbito de la tecnología.

La tecnología, por tanto, emerge así como un factor que determina y moldea la sociedad y, así, otorga poder a aquél que la posea o controle. Los poderes políticos y económicos son buenos conocedores de esto y, ya desde hace mucho tiempo y cada vez con mayor contundencia, tratan de controlar, manejar y poseer el desarrollo, implantación y uso de la tecnología.

El Estado

Por un lado, el Estado busca proteger y defender los intereses económicos y estratégicos de las empresas, especialmente a las empresas cuyo negocio se basa en la propiedad de los derechos de autor, así como a las empresas que fabrican software, hardware y tecnología en general.

Por otro lado, el Estado también quiere protegerse a sí mismo y controlar lo mayor posible la tecnología y especialmente las comunicaciones. De esta manera, las instituciones del Estado han invertido una gran cantidad de recursos en desarrollar herramientas para vigilar y controlar a la población. Asimismo, podemos ver como el Estado quiere limitar y definir el contenido y las potencialidades que puede tener Internet y las nuevas tecnologías como recientemente hizo con la ley mordaza.

El poder económico

Los poderes económicos también se han blindado de elementos privativos sobre sus productos para hacer cada vez más indefenso y desposeído al usuario, y, en definitiva, convertir a éste en un individuo menos libre. Observamos como ya no solo el software es distribuido sin el código fuente que nos permitiría estudiar su funcionamiento y adaptarlo a nuestro gusto –algo que debería ser habitual cuando pagas por un producto como es un programa informático– ; sino que, de igual manera, cada vez más: equipos de sonido, coches, neveras, móviles y un largo etcétera se venden sin unos planos que te permitan a ti inspeccionar o modificar tu producto (si ese es tu deseo) o poseen elementos de protección como: carcasas soldadas o cerradas herméticamente, piezas de recambio muy limitadas, no estándar y específicas de cada modelo. De esta manera el comprador no puede, ni siquiera, analizar cómo funciona o tratar de mejorar su propio producto.

Al mismo tiempo, dichos poderes han aprovechado la tecnología para incrementar enormemente la economía de escala, reducir costes y aumentar la inversión en marketing y publicidad para crear un modelo de negocio basado en el consumismo y desechismo exacerbados. Una cuestión que de nuevo repercute en varios aspectos fundamentales de la vida social: menor libertad, dependencia del trabajo asalariado, aumento de la diferencia entre clases, explotación de los recursos humanos y materiales del tercer mundo, aumento descontrolado de la explotación del medio ambiente y pérdida de toda soberanía tecnológica (desde el proceso de auto-producción hasta el proceso de reciclado pasando por la auto-reparación).

La alternativa para los de abajo

A pesar de todo esto, muchas personas han encontrado en las tecnologías, especialmente en internet, fines comunitarios y empoderantes. Así, tenemos que destacar principalmente el movimiento por el software libre y el hacktivismo.

Para este artículo, me centraré especialmente en el movimiento del software libre. Este movimiento fue creado por Richard Stallman y nace con la intención de devolver la libertad al usuario de ver, modificar y compartir el código fuente del software que ha obtenido, ya sea de forma gratuita o comercial.

Cuando un usuario o una comunidad de usuarios tiene acceso al código fuente de un programa, éste o ésta es capaz de analizarlo para buscar agujeros de seguridad, puertas traseras, violaciones de privacidad, etc.; también es capaz de modificarlo para eliminar estas “funcionalidades” indeseadas y, por último, puede distribuir estos cambios de modo que toda la comunidad de usuarios se vea beneficiada por ello.

Este movimiento consigue así restar poder a las empresas productoras de software y a la vigilancia del Estado. El poseedor y controlador del software dejan de ser las empresas y pasan a ser la comunidad de usuarios y desarrolladores, y una mejora o modificación que haga uno de ellos pasa a formar parte de toda la comunidad.

Observamos como hay una gran concordancia entre la filosofía del software libre y los principios del comunismo libertario.

Más recientemente, la filosofía del software libre se ha extendido a otras áreas más extensas como así lo ha hecho con los diseños de hardware, creando lo que conocemos como hardware libre; o como ha ocurrido con las licencias Creative Commons para obras creativas. Aunque aplicadas a temáticas muy diferentes, todas han buscado alcanzar una forma de empoderamiento y retroactividad para / con la comunidad; en contra de la predominante filosofía de que empresas, instituciones o individualidades sean las poseedoras de la cultura, el arte o la tecnología. Y por extensión, se define la tecnología libre como toda aquella que es libre de usarse, inspeccionarse, modificarse y compartida; y por tanto no puede estar sujeta a patentes o licencias que restrinjan alguna de estas cuatro libertades. Análogamente surgen los conceptos de conocimiento libre y cultura libre.

En el fondo, se trata de: 1) Un cambio en la forma de entender la propiedad, desde una propiedad privada y jerárquica a una comunitaria y distribuida; 2) Transferir el poder, desde un poder de arriba a abajo, a uno de abajo a arriba; y 3) Recuperar la soberanía tecnológica, permitiéndonos autogestionar nuestras herramientas tecnológicas y no delegar ni depender en quién ha producido la tecnología según sus intereses. Los dos primeros elementos son fundamentales dentro del comunismo libertario, y el tercero se muestra condición necesaria para aspirar a una sociedad libre. Por tanto, el movimiento y la práctica anarcocomunista solo puede defender y usar tecnologías libres, y rechazar cualquier tipo de tecnología propietaria, controlada desde arriba.

Puede descargarse aquí el audio de la charla relacionada con este artículo.

Quasipodo

Bibliografía recomendada

Añadiendo una capa de seguridad al navegar por la red

Hace tiempo escribí unas pinceladas sobre software libre y GNU/Linux, que si mi memoria no falla, fue el único tema de informática sobre el que traté. Ahora, me gustaría compartir unos pequeños conocimientos para que nuestra navegación sea más anónima en un Internet cada vez más vigilado y rastreado. Para ello, hablaremos del navegador Tor, unas configuraciones de Firefox y una conexión VPN. Advierto de que estas medidas no sirven de nada si al final acabamos poniendo nuestros datos personales, direcciones y fotos en las redes sociales, aunque de todos modos, tampoco sería para descartar este tema. Otra nota importante: si usas Windows 10, no sigas leyendo a no ser que te pases a otro sistema operativo porque este sistema operativo es en sí un spyware que registra toda tu actividad y envía los datos a Microsoft, por lo que tomes la medida que tomes, será inútil.

Navegador Tor

Este navegador es en realidad un Firefox adaptado especialmente para la navegación anónima. Su funcionamiento es sencillo: se conecta a la llamada Red Tor formada por millones de nodos (relays) repartidos por el mundo. Estos nodos son en realidad ordenadores de usuarios anónimos que se ofrecen voluntarios montando un nodo para la red Tor. Existen básicamente tres tipos de nodos: los de entrada, los cuales reciben las peticiones del navegador, los del medio que enrutan el tráfico entre los nodos, y los de salida por donde salen las peticiones hacia el destino. En otras palabras, cuando navegamos, el navegador encripta el tráfico saliente y entrante hacia un nodo de entrada, y a partir de allí, viaja por la red Tor a través de 3 o 4 nodos y sale a la red normal. En la práctica, esto hace que sea muy difícil rastrear la actividad en la red, ya que el tráfico que viaja a través de los nodos va encriptado y sale a la red normal en cualquier país (un nodo de entrada puede estar en Francia, otros del medio en EEUU, Holanda,… y el de salida en Pakistán). Además, va cambiando las conexiones entre nodos, lo cual, en unos minutos podemos tener una IP en Chile y pasado un rato, en Alemania, por ejemplo.

Esquema del funcionamiento de la red Tor

Además, a través de Tor te permite acceso a la Deep Web, que es un espacio en Internet oculto, no accesible desde un navegador normal y tampoco se encuentra en los buscadores (no profundizaré sobre esto porque no es tema para hablar en este artículo sobre la Deep Web). También lleva unos complementos como noscript que impide que en el navegador se ejecute javascript que puede contener trozos de código para detectar tu IP real.

Las desventajas que he notado es que el ancho de banda se reduce ligeramente, está más optimizado para un dispositivo Android rooteado (con privilegios de administrador), y en la versión para ordenador solo encripta el tráfico generado desde Tor, no desde otras aplicaciones como un cliente de correo electrónico y/o de chat, un juego online o las conexiones que realiza tu sistema.

De todos modos, se puede descargar aquí para todos los sistemas operativos y es muy fácil de usar.

Configurar Firefox

Podemos mejorar un poco más nuestra privacidad en caso de que estemos utilizando Firefox. Lo primero, podemos cambiar el historial y la política de cookies. Las cookies son pequeños archivos que envían las páginas web para mantener una sesión de usuario o también para recoger estadísticas sobre ti, como por ejemplo, a qué secciones de la página sueles frecuentar, la IP desde donde te conectas, el tiempo en que te mantienen en ellas, etc. Para ello, vamos a la sección de «Preferencias» y al apartado «privacidad». Aquí podemos ir marcando las opciones que queremos respecto al historial, la caché, las cookies, etc. Recordad que en según qué sitios las cookies son obligatorias para mantener una sesión.

Menú Preferencias

Una advertencia que viene del navegador Tor, es que recomienda que no selecciones tu idioma nativo para las páginas multilingües. Se puede configurar en el apartado «Contenidos» del menú de «Preferencias»

Idioma predeterminado

Otra configuración relevante es el menú «about:config», donde si lo pones por primera vez, te saldrá una advertencia ya que estás tocando zonas sensibles del navegador. Pero no hay que preocuparse. Para este caso, hay un elemento incómodo que podemos desactivar llamado media.peerconection.enabled que es una opción que utiliza el protocolo webRTC que te delata las direcciones IP reales desde donde te conectas. Dejándolo en el valor false con doble click lo desctivaremos y dejará de revelarnos nuestra IP en caso de que nos conectemos a través de una VPN que veremos a continuación.

Entra a través de la barra de navegación poniendo about:config

E incluso podéis cambiar el buscador predeterminado del navegador. En mi caso, me he acostumbrado a uno llamado DuckDuckGo, una alternativa bastante buena a Google que también ofrece buenos resultados en la búsqueda y no es tan invasivo. Además, tiene una opción muy buena denominados !Bang, que son atajos para buscar en otros sitios. Por ejemplo, si pones !g [texto que quieres buscar], te busca en Google, !youtube en Youtube, etc…

Configurar motores de búsqueda en Preferencias

Para profundizar en estos temas, os sugiero buscar acerca de los add-on o complementos para el navegador sobre temas de privacidad y seguridad. Por otro lado, lamento no poner nada para quienes usen Google Chrome.

Conectarse a una VPN

Una VPN (Virtual Private Network) es una red privada virtual a través de Internet que ofrece una conexión punto a punto desde tu ordenador hasta una oficina o servidor remoto como si fuese una conexión de área local a través de un túnel virtual. Existen proveedores de VPN de pago, que son los que garantizan realmente la privacidad y permiten conectarse a Internet como si estuviésemos en otro país, ofreciendo la posibilidad de seleccionar entre varios países. O sea, que a nivel práctico, una VPN es similar a Tor, pero que posee unas ventajas mayores como un mejor ancho de banda y enruta todo el tráfico que genera el ordenador, no solo el navegador.

Esquema VPN

No obstante, el colectivo riseup ofrece un servicio de VPN gratuito al que llevo yo utilizando una buena temporada. Ahora bien, la aplicación llamada Bitmask utilizada para conectarse a su VPN solo está disponible para Linux y Android. Así que lo siento por quienes uséis Windows. Realmente es fácil de instalar, y está bien integrada para Debian, Ubuntu y basados en Ubuntu, aunque funciona perfectamente en otras distros GNU/Linux instalando, además de Bitmask, el paquete openvpn para que la aplicación funcione sin problemas.

La prueba de fuego: Tor vs VPN

Al utilizar Tor, podemos ver que nuestro tráfico va por los nodos indicados en el icono de la cebolla, como se puede ver aquí.

Tor Network

En cambio, si usamos el comando tracepath desde la terminal en cualquier Linux, observamos que no pasa por esos sitios indicados;

Pista 1: tracepath funciona enviando un paquete a través de la red y por cada red que atraviesa, devuelve por qué host, router o módem ha ido.

Pista 2: Internet está formado por millones de routers y modems conectados por cable, fibra o satélite.

A pesar de tener Tor abierto, comprobamos que nuestras peticiones hechas a través de la terminal en este caso, no pasan por la red Tor, sino que son visibles por el proveedor de Internet que tengamos:

Tráfico que no se enruta a través de la red Tor. A partir del séptimo salto, estamos ya en Internet.

De hecho, se ve que en los primeros saltos pasa a través de modems de teleAfónica antes de salir a Internet.

Sin embargo, si usamos una VPN, el resultado es diferente. El paquetito que enviamos antes con tracepath ahora, una vez activada la VPN, pasa primero por una IP virtual (10.42.0.1) correspondiente a una interfaz virtual, donde viajará por un túnel encriptado hasta el servidor VPN:

Tráfico enrutado a través de la VPN. A partir del sexto salto, estamos ya en Internet.

El truco está en que la VPN crea una interfaz virtual y unas reglas de enrutamiento que hace que todo el tráfico que generes, independientemente de si es desde el navegador, desde el propio sistema, un cliente de chat o cualquier otra aplicación, sea encriptado.

En todo caso, usando tanto Tor o una VPN tendremos un acceso a Internet normal y corriente con unas IPs que no son las nuestras realmente, sino la de algún nodo de salida de la red Tor o la del proxy de un servidor VPN. No notaremos realmente diferencias, pero sí permite saltarse bloqueos de páginas web por parte de ciertos países, proveedores de Internet, firewalls corporativos con restricciones… Asimismo, estas herramientas resultan bastante útiles para periodistas, investigadores y hackers para evadir las represalias, el espionaje y la censura. Y por supuesto, para cualquiera que desee proteger su privacidad.

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