[Reseña] Dream Home

Tenemos la idea de que el del cine de terror es un género para la evasión. Un mero entretenimiento que nos proporciona ficticios monstruos, asesinos o maldiciones y así nos ofrece un respiro del mundo real, donde no faltan los motivos para el miedo.

No es ese el caso de Dream Home (2010), película de 90 minutos de duración, con guión de Derek Tsan, Jimmy Wan y Pang Ho-cheung y dirigida por este último. Se puede encontrar subtitulada en castellano y gratis en algunas webs como esta.
Cheng, la joven protagonista, vive en el Hong-Kong de 2007, en un contexto de mucha inestabilidad entre el mercado laboral y el inmobiliario (progresivamente gentrificado), diez años después del traspaso de Hong-Kong de manos británicas a chinas y en plena cresta de la burbuja financiera global. El tratamiento de la acción es sensacionalista, no escatima en sangre, dolor ni zooms rápidos, pero transcurre en su mayor parte casi en tiempo real, lo que todavía deja tiempo para flashbacks  con los que conocer a Cheng. Así veremos que es una mujer normal, de clase trabajadora, que se ve a sí misma como un sujeto separado de los demás y que cree en la competitividad, el trabajo duro y el ahorro.
Por eso mismo, al darse ciertas condiciones, Cheng acuchilla, desmiembra y destripa. Si queréis ver cómo nos cuentan la brutalidad de que es capaz y la que ha vivido antes de llegar hasta ahí, tendréis que ver la película; pocas veces una película del subgénero slasher se molesta en hacernos empatizar con la asesina dándonos a conocer sus alegrías y penas.
¿Matar sin sed de sangre? «Es el mercado, amigo».

A la gente trabajadora nos alimentan con basura

Pasear por un supermercado es recorrer pasillos repletos de productos anteriormente conocidos como comida, especialmente si nuestro presupuesto es limitado. La gran mayoría de alimentos son una mezcla poco saludable de azúcares, aceites de muy baja calidad (palma, colza), conservantes, almidón, agua y saborizantes.

Comer en restaurantes, especialmente aquellos de comida barata que frecuentamos la mayoría de personas trabajadoras (como pizzerías, hamburgueserías de comida rápida, restaurantes chinos u otros establecimientos similares) no mejora las perspectivas. Y lo mismo ocurre al adquirir alimentos precocinados y otros ultraprocesados. ¿Cómo es posible comprar una hamburguesa o una lasaña de carne por sólo 1€? Lo es porque, aparte de elaborarse y servirse gracias al trabajo ultraprecario, suelen contener más basura disfrazada que alimentos reales. De hecho, la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda reducir el consumo de estos alimentos, ya que existen estudios científicos que han relacionado el consumo de carnes procesadas (como son también el bacon, las salchichas, la mortadela y el choped o los nuggets, entre otras) con un mayor riesgo de sufrir cancer o enfermedades cardiovasculares.

Hablando de carnes, la sección de embutidos envasados y, especialmente, las carnes magras como el pavo, son un engaño aterrador. Las supuestas «pechugas de pavo» que nos venden en formato fiambre tienen menos de un 50% de carne de pavo y son más bien un preparado de almidón, agua y saborizantes como el glutamato. Existe comida para perros de mayor calidad. Tampoco cambia nada el optar entre marcas blancas y otras marcas. La mayoría de las marcas más conocidas se encarecen como consecuencia de su mayor inversión en publicidad o en un diseño atractivo del envase. Sin embargo, habitualmente su calidad es similar y, en algunos casos, incluso inferior.

 ¿Por qué resulta más barata la comida basura que una dieta saludable? Los procesos industriales, la globalización y, más en concreto, el capitalismo, han dado pie a que esto ocurra. No se necesita que las personas trabajadoras estemos sanas, sólo que nos alimentemos con cualquier cosa para seguir produciendo y no desfallecer. Lo justo para que tampoco colapsemos de enfermedades crónicas una sanidad cada vez más infrafinanciada. Podríamos hablar también de los zumos envasados o la leche; de los abusos de toda la cadena industrial de producción agrícola, pesquera o ganadera; de las cantidades de azucar en cereales, galletas o artículos dirigidos a los más pequeños… únicamente para redundar en la cuestión de cómo se produce y se consume bajo el capitalismo, un sistema tóxico con la vida y el medio que no tiene problemas en envenenar a la mayoría de la población con tal de mantener los beneficios de unos pocos. Nos venden basura con apariencia de comida sana a bajo precio para que llenemos el estómago y, desde los legisladores a los supermercados pasando por cada uno de los intermediarios de esta cadena, todos contribuyen a mantener la industria funcionando. Salimos perdiendo los productores primarios, los trabajadores de las empresas intermediarias y la gran mayoría de consumidores. En definitiva, salimos perdiendo toda la gente trabajadora, una mayoría de la sociedad atenazada por la pinza que generan los bajos salarios y el alto coste de comer algo que no sea basura.

A pesar de habernos inculcado con disciplina la mercantilización, no ha podido hacernos olvidar del todo los alimentos locales, con una producción distribuida y no industrial. Permanece nuestro deseo de comer comida de verdad, con sabor y de buena calidad. Es tan claro este deseo que el propio capitalismo se ha adaptado para tratar de sacar beneficio de la alimentación sana convirtiéndola en una línea más del supermercado, la de los productos bio o ecológicos. Esto no es más que un sucedaneo (a un alto precio) de lo que nos ofrecen otras formas producción y de relación social. Un ejemplo de ello son los grupos de consumo organizados para eliminar intermediarios entre productores y consumidores de producción, y que impulsan las prácticas agroecológicas. También es un ejemplo la subsistencia de cierta economía del don lejos de las ciudades, donde los vecinos se regalan patatas, pimientos u otros productos que sobran de la cosecha y que prefieren compartir antes de que se echen a perder.

Lejos de idealizar un pasado anterior al triunfo casi absoluto de la economía de mercado, el objetivo hoy es construir nuevas prácticas en torno al deseo de comer bien, local, sin productos tóxicos o aditivos insalubres y sin destruir el medio. La izquierda, especialmente los anarquistas, llevamos años proponiendo una alternativa basada en el consumo local, la soberanía alimentaria, la agroecología, las dietas vegetarianas o veganas, el consumo consciente… Principios y formas de consumo y producción que permiten no sólo una alimentación más saludable, sino sobre todo una relación más sana entre las personas, con el resto de seres vivos y con el medio en que vivimos. Impulsar los grupos de consumo, las huertas urbanas o incluso la vuelta a lo rural son sólo pequeños pasos a contracorriente, mientras la mayoría de la gente trabajadora aún compramos en el supermercado o en restaurantes de comida basura. También la lucha sindical, tanto por la mejora de las condiciones de trabajo como por la denuncia de prácticas industriales insalubres, permite ensanchar los estrechos márgenes de acción. Disputarle a la economía de mercado la hegemonía sobre nuestra alimentación, como sobre otros tantos otros derechos, va a requerir de audacia y multitud de estrategias conjuntas.

El PP ha vuelto

Con Casado, el PP se suma a la retórica fascista de las derechas europeas. El movimiento estratégico no es nuevo, el objetivo consiste arrastrar al centro y convertirlo en un rehén de la ultraderecha. El contexto parlamentario, con la caida del PP a la oposición, les facilita radicalizarse y disputar ese espacio político a Ciudadanos.

El problema, para la mayoría de la sociedad, es que este movimiento abre aún más puertas para el fascismo. No es casualidad que el caballo de batalla escogido para desgastar al gobierno sea, precisamente, la crisis de refugiados. A los movimientos sociales nos toca combatir la retórica xenófoba que pretende, una vez más, criminalizar a los migrantes. Apoyar a las personas que huyen de las guerras que provoca el capitalismo es una obligación ética. Pero además, en un país cuyos ricos no han dejado de aumentar sus beneficios en los últimos años, tenemos capacidad de sobra para afrontar la entrada de nuevos trabajadores y, al mismo tiempo, mejorar nuestras condiciones de vida. Tenemos que dejar esto muy claro. Sobre todo en este momento en que la derecha, carente de argumentos, acusa una vez más a los personas trabajadoras, en este caso extranjeras, de los problemas causados por el modelo económico criminal que ellos defienden.

Es una vergüenza ver a Casado paseándose por Algeciras e, incluso, saludando a aquellos a los que ataca sin que nadie le echase en cara su cinismo y su hipocresía. Afortunadamente, mientras esto ocurría los madrileños han dado una lección de convivencia impidiendo un acto racista en el metro de esta ciudad. También los taxistas, ejemplares en su lucha en defensa del transporte público, han retirado la pancarta de un grupo fascista que pretendía aprovecharse para propagar su ideología del odio. Estos ejemplos demuestran que la sociedad española entiende más de convivencia, respeto, democracia y solidaridad que buena parte de sus dirigentes. A pesar de los pataleos cínicos de la derecha, con estos mimbres puede construirse una respuesta antifascista a cualquier crisis humanitaria y a cualquier intento político de propagar la xenofobia. Ayudemos a construirla.

La solución para los trabajadores pasa por lograr comunidades diversas, populares, solidarias, cohesionadas y fuertes. Precisamente porque los migrantes no serán los únicos ni los últimos señalados. Casado irá también contra las mujeres o contra la diversidad sexual y de género, como ya ha hecho esgrimiendo una retórica machista y ultracatólica durante las primarias de su partido. Irá contra los catalanes por reclamar democracia y derecho a decidir, o por su rechazo a la derecha española. Irá contra todas las personas trabajadoras buscando enfrentarlas entre sí para mostrarse, a continuación, como solución a sus problemas. Lo hará del mismo modo que lo ha hecho Trump y el resto de fascistas como él que tenemos que aguantar hoy en el poder. Devolvamos al fascismo al basurero de la historia. Plantemos cara.

Putas, sí, pero no sumisas

Tal día como hoy, hace 94 años, ocurriría algo de lo más inspirador en Puerto San Julián (Santa Cruz, Argentina).

Un grupo de soldados va a volver a Buenos Aires y, mientras están en San Julián, tienen permiso para distraerse y visitar algún burdel. Han estado un año destacados en la Patagonia y, desde enero de ese 1922, ya han cumplido su misión: pacificar la huelga de peones rurales, la mayor huelga en la historia de la Argentina rural. Han fusilado a unos mil quinientos huelguistas después de hacerles cavar las mismas fosas donde arrojarían sus cadáveres; a quienes más se habían destacado en la huelga, los han apaleado y masacrado a sablazos. Eso tiene que cansar. La orden era acabar con la huelga y han acabado con ella; el presidente Yrigoyen en persona se esforzó para no precisar al oficial al mando, teniente coronel Varela, cómo acabar con ella. Un buen soldado cumple con las órdenes que se le dan.

Estos soldados de San Julián quieren aliviarse y distraerse y sus oficiales se ponen de acuerdo con las mesdames de la localidad para que puedan ir en tandas. Un primer grupo de ellos se dirige al prostíbulo La catalana y allí les espera la sorpresa: la madame les informa de que no va a ser posible. Hay cinco chicas y las cinco han dicho «no». La prensa, el régimen, los terratenientes, la extrema derecha: todos han cantado las alabanzas de los soldados, obviando cómo han pacificado la Patagonia, cosa que ni saben, ni quieren saber. Los soldados se enfurecen, se envalentonan unos a otros y entran en La catalana por las malas. Casi a continuación, salen también por las malas: las putas les echan a palos y escobazos de su lugar de trabajo. Les gritan «asesinos», «porquerías», insisten en que ellas no se acuestan con asesinos. El comisario de policía en persona da la orden de que las detengan, los músicos del burdel, también detenidos, reniegan de sus compañeras, pero su gesto ya ha demostrado, por si alguien de verdad tenía dudas, que la dignidad no tiene nada que ver con la apertura de piernas, sea o no remunerada.

Ellas se llamaban Ángela Fortunato, Consuelo García, Amalia Rodríguez, Maud Foster (su tumba es la que aparece en la foto) y María Juliache; tenían de 26 a 31 años. Tres eran argentinas, una británica y otra española, cuatro estaban solteras y la otra, casada. Ellas no obedecieron órdenes ni cumplieron rutinariamente con su trabajo porque todo tiene un límite. Cuando, todavía hoy, se habla de prostitución como sinónimo de sumisión, cuando se habla de «putas» como de quien hace lo que sea por dinero, está claro que no se conoce a estas heroínas, que podrían perfectamente haberse guardado sus escrúpulos donde tantos soldados y honradísimos funcionarios se los guardan cada día de modo que la máquina pueda seguir funcionando, de modo que podamos seguir esperando a la muerte sin molestar mucho.

* Lo cuenta Osvaldo Bayer en La Patagonia rebelde (Txalaparta, 2009, pp. 247-248). El libro se puede encontrar en varias páginas web, por ejemplo esta.

¿Esos veganos quieren llevarnos a la ruina?

Este mismo otoño, ocurría algo no muy novedoso: eran liberados unos tres mil faisanes de una granja de Macotera (Salamanca). Para mí -me permito hablar en singular, pues esto es, en cierto sentido, personal- era otra acción exitosa por la liberación animal de la que tenía noticia. Pero tuve noticia de ello por un conocido, al que tengo en buena estima, que es familiar de los criadores de faisanes en cuestión y que estaba más que furioso por la noticia y más que asombrado de saber que existía algo como el Frente de Liberación Animal. Ver algo así y ver la distancia de ideas entre ambos me hizo ver aún más la importancia de abordar esa misma distancia.

Creo que somos unas cuantas las que tenemos la impresión de que cada vez se habla más de veganismo, pero no tanto de liberación animal, que es el principal corazón del veganismo. En esta misma web lo hemos visto a veces: está claro que las antiespecistas aspiramos a acabar, entre otras cosas, con la ganadería y la pesca, pero no tan claro qué queremos a decir a quienes directa o indirectamente dependen de ellas y que, en su mayoría, pertenecen a nuestra misma clase, la clase oprimida.

¿Qué proponen las antiespecistas a quienes viven del especismo?

El antiespecismo explica a las personas especistas -y todas o casi todas lo hemos sido durante años y años- que los animales de otras especies son más cercanos a nosotros que a los demás seres vivos (vegetales, hongos, etc.) y que en ningún caso son cosas, lo que lleva a la necesidad de darles un status moral y jurídico que sea más cercano al nuestro, considerarles en función de lo que son y no de lo que nos parece hacer con ellos. Suscita resistencia que a una le pidan que se cuestione sus relaciones con los demás animales, cosa que implica, para empezar, nada menos que dejar de comer carne y pescado (algo así como una tragedia inconmensurable, a juzgar por algunas reacciones). Cuando se trata de una persona que vive de ello, la cosa va más lejos: le estamos llamando a renunciar a su sustento del momento, el cual, a menudo y para colmo, es un trabajo heredado en la familia, algo casi tan difícil de poner en duda como el lugar en que vive o el color de su pelo.

Partiendo del antiespecismo anarquista -que es el único que entendemos y defendemos-, nos encontramos con la dificultad de explicar a otras libertarias qué proponemos exactamente. Suponiendo que podamos y queramos seguir venciendo cada vez más resistencias o, como mínimo, que queramos hablar a quienes estén dispuestas a escucharnos, aunque no sepan si posicionarse con o contra nosotras, ¿qué queremos decirles?

En realidad, un sistema comunista libertario y no especista no sería tremendamente distinto de otras formas de entender el comunismo libertario tal como lo hacemos hoy (en lo que el anarquismo ha evolucionado hasta hoy: consciencia de los límites materiales y energéticos de la economía, de la falta de neutralidad del saber y de la técnología, etc.).

Est articulista entiende que la base sería el individuo soberano en el seno de una comunidad también soberana. Comunidades soberanas que seguramente tenderían a ser mucho más pequeñas que las grandes ciudades actuales: estas cubren superficies inmensas que obligan a recorrer distancias absurdas, con el consecuente gasto de tiempo x energía (cuanto menos de lo uno, más de lo otro) que responde a lo que el mercado empujó a hacer a nuestros antepasados (emigrar a la ciudad, hacerla crecer, desarrollar medios de transporte rápidos) que a algún tipo de necesidad. Tampoco vemos cómo se podría creer una verdadera comunidad, con verdaderos lazos humanos, entre cientos de miles o millones de desconocidos. Hablamos de soberanía política para tomar decisiones, pero también de soberanía alimentaria y, en definitiva, económica: cada comunidad tendría que compensar los límites de lo que se encuentre en su territorio y trocar con otras, lo más cercanas que sea posible, aquello que les sobrase por aquello que les faltase. Y hablamos de una economía sin salario, con altísima rotación en las tareas y poca especialización (no cualquiera vale para cirujano, pero la mayoría de trabajos requieren una cualificación escasa o adquirida mediante la práctica) sin apenas servicios y cuya industria y construcción probablemente se basaría antes en la reparación de lo ya fabricado o construido que en la fabricación o construcción de cosas nuevas. De todos modos, el pricipal sector probablemente volvería a ser el primario, en este caso, en forma de agricultura y recolección. En el estado de devastación al que la agroindustria ha llevado al suelo (mención especial para la forrajera, la destinada al consumo de ganado para que sea, a su vez, consumido por nosotras) la desurbanización mencionada es especialmente importante: todo el suelo y toda la vegetación son pocas para intentar dejar a los ecosistemas reponerse del maltrato al que han sido sometidos. En este sentido, no sólo el respeto por los demás animales nos pone contra la ganadería, la preocupación por el envenenamiento del suelo por los purines nos pone contra la ganadería intensiva y especializada desde ya (comparemos la cantidad de cerdos que viven en una granja media y el territorio que ocupan: hablamos de fincas básicamente regadas con el orín de los cochinos, cosa que se reproduce a gran escala en zonas de Segovia o del interior de Catalunya, sin ir más lejos).

La agricultura sería fundamental, pero no podrá ser la de hoy día, no por mucho tiempo. El mercado ha empujado a la agricultura al envenenamiento generalizado mediante pesticidas y a los monocultivos que empobrecen el suelo y convierten algunas plagas en catástrofes, sería conveniente que la agricultura se fuera emancipando de esos lastres y tendiera a la rotación en función de lo que las diferentes especies hacen a cada suelo (y del suelo en sí: no todas las tierras sirven para el regadío, asumámoslo). En todo caso, la recolección iría de la mano de la agricultura. Muchas especies comestibles de plantas y hongos se pueden encontrar de manera salvaje y podrían consumirse de manera razonable, como han hecho históricamente comunidades de todo tipo; de hecho, hoy día solemos consumir un puñado de especies particularmente interesantes, pero históricamente se han consumido unas siete mil especies vegetales (si consideramos todo el planeta) y la inmensa mayoría de las especies comestibles (más de treinta y cinco mil)  no son nada o casi nada comidas, si bien a veces se come una parte (frutos, por lo general) y se ignoran otras que pueden también ser comestibles (raíces, tallo, hojas).

¿Hoy día se puede avanzar algo en esta dirección?

Hoy día, siendo cuatro las anarquistas y antiespecistas y dos las que estamos por ambas cosas, por así decir, probablemente lo que se pueda avanzar sea poco tirando a casi nada, pero eso ya es más que nada. El trabajo, a día de hoy, podría seguir en paralelo (en el caso del antiespecismo, denunciar las industrias ganadera y pesquera, la experimentación en animales, la caza deportiva, etc.; en el caso del anarquismo, la inserción en el ámbito sindical, en el movimiento por la vivienda, grupos de apoyo mutuo, por la asistencia sanitaria universal, etc., aunque también la elaboración y difusión de consignas y planteamientos explícitamente anarquistas). No obstante, toda confluencia puede ayudar a tender puentes que harán falta, sea el apoyo a las plantillas en conflicto de empresas especistas (en este momento, en el caso de la región española, existe el de Servicarne) o la puesta en contexto de posiciones geopolíticas respecto de intereses industriales pesqueros y del expolio de caladeros (¿qué hacen pesqueros españoles en aguas marroquíes? ¿y en aguas que administra Marruecos, pero que son reivindicadas por la resistencia saharaui? ¿y qué hacen en aguas somalíes? ¿alguien cree que todo esto no tiene contrapartidas y repercusiones?), por poner dos ejemplos.

Más allá de esto, aumentar la inserción social de las anarquistas habrá de aumentar la (especialmente escasa) inserción social en el ámbito rural. En la medida en que el tejido social, incluido el apoyo mutuo material, haga menos acuciante la necesidad de dinero procedente de estas actividades, la presión capitalista se aflojará y, además, si bien no se les proporcionaría un apoyo en un sentido proteccionista en que se suele pensar (mayores, ni siquiera, iguales subvenciones supraestatales o estatales) menos aún se haría esto con quienes les hacen la competencia desde la gran industria intensiva. Si conseguimos una presencia relevante entre asalariadas y pequeñas propietarias de estos sectores, tendrán que saber que no queremos dejarlas tiradas, sino facilitarles y acompañarles en algo que entendemos necesario antes o después: el desmantelamiento y reconversión de sus actividades a la agricultura, recolección, reforestación y demás.

Recomendación: Arcadia

Dentro del cine negro, la posición de los personajes en la sociedad de clases suele quedar un tanto desdibujada y esto es aún más frecuente en el subgénero de los asesinos en serie. American Psycho fue una gran excepción, al centrarse en un yuppy niño de papá con un hambre narcisista por el homicidio y que permitía retratar la década de 1980 como el culmen de la frivolidad y del egocentrismo. Pues bien, Costa-Gavras daría en 2005 un paso más allá –como director y coguionista, junto a Jean-Claude Grumberg– al adaptar al cine la novela The Ax, de Donald E. Westlake, con el título Arcadia.

Lo que en principio podría ser la historia de un trabajador parado de los que llaman «de larga duración» (más de un año sin encontrar trabajo), Bruno Davert, se convierte en algo muy distinto una vez que el escenario social de atomización, de competencia fratricida de todas contra todas, se lleva más lejos. Bruno había trabajado quince años en la misma empresa cuando le echaron en un ERE para trasladar la producción a un país más barato. Cuando hace más de dos años que busca un puesto similar al perdido, sin éxito, su sueño lo encarna una empresa llamada como la idílica tierra de los pastores de la Grecia clásica, Arcadia, pero ese puesto ya está ocupado y, después de tantos procesos de selección en vano, sabe que hay algún que otro buen aspirante aparte de sí mismo. Los parados que hemos visto en otras películas –Los lunes al sol, Full Monty– están inseguros, heridos en su autoestima, pero sienten el apoyo de su círculo personal. Bruno no quiere apoyarse en su familia para sobrellevar su situación, quiere arreglar esta para que todo vuelva a ser como antes (su Arcadia personal) sin necesidad de contar a nadie cómo lo ha hecho. Es un ingeniero acostumbrado al confort de la clase media francesa y no quiere buscar un trabajo que no sea en su antiguo sector ni quiere apoyo alguno. Su plan, pues, es tan retorcido como sencillo: ir al encuentro de quien tiene el puesto de sus sueños y al de los cinco hombres cuyos curriculums pueden competir con el suyo y matarlos a todos. Una vacante abierta y ningún competidor a la altura.

A partir de aquí se abre una historia de casi dos horas que no puede tener la riqueza de la serie Breaking Bad –con la que guarda un ligero parecido en el planteamiento– ni el gancho de la intriga o del carisma de tantos asesinos en serie del cine (Bruno Davert no es, desde luego, Hannibal Lecter, Patrick Bateman ni el John Doe de Seven). Lo que sí tiene es la honestidad política de llamar a las cosas por su nombre, cosa que no abunda en el cine y menos en una película de este género y presupuesto. Arcadia se puede descargar aquí.

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