El marxismo que no nos contaron (III)

Si el triunfo de la revolución rusa había atraído y canalizado a distintos grupos y organizaciones, incluso a algunos que no simpatizaban con el marxismo por tener tendencias más libertarias, el malestar con la deriva soviética no será tan capaz de organizarse en un movimiento. Pese a ello, se irá conformando un sector marxista crítico a veces más distinguible de los sectores trotskistas (sobre todo al principio) y a veces menos.

En Francia, el ruso-francés Boris Souvarine o Suvarin (Boris Lifschitz, en realidad), dirigente de la Sección Francesa de la Internacional Comunista, luego PCF, se irá enfrentando al lobby del Kremlin en los años 1923-1925, hasta ser expulsado del partido. Lenin sigue siendo prácticamente incuestionable, casi sagrado, y desde el Círculo Comunista Marx y Lenin, Suvarin escribe contra lo que él llama «el leninismo de 1924», que considera una «caricatura [del comunismo]» y llega a hablar de la burocracia como clase explotadora en 1925 (lo comentaría Trotskiy, sin estar de acuerdo, claro, en En defensa del marxismo). Entre quienes siguen en el PCF, 1925 sería quizá el año clave en este conflicto, llegándose a publicar el «Llamamiento de los 250», donde más de doscientos cincuenta militantes y cuadros del partido criticaban la línea impuesta por la dirección: reuniones largas, ineficaces y mal dinamizadas (¿no nos suena?), falta de formación a las militantes, estructuración territorial ineficaz, torpeza estratégica y triunfalismo, y censura para acallar el fracaso de esas torpezas estratégicas; en el origen de todo esto, el hiperliderazgo de la dirección y la falta de implicación de las bases. Media decena de ellas confluirán en torno a la revista, aún existente, La Révolution prolétarienne (1925-1939 y desde 1947 en adelante) con Suvarin y todo tipo de antistalinistas que se consideran comunistas de una u otra manera: Albert Camus, Jean Maitron, Victor Serge, Daniel Guérin, Simone Weil y, por supuesto, Pierre Monatte, militante sindical y alma de la publicación.
Suvarin acabará alejándose más políticamente, pero durante años militará con figuras como Lucien Laurat (Otto Maschl, en realidad), Georges Bataille o, de nuevo, Simone Weil en torno a la publicación La critique sociale (1931-34).

Este tipo de posiciones, no obstante, estarán más patentes en el mundo de las ideas que en el activismo, de modo que, en la práctica, este marxismo humanista será totalmente eclipsado por el de la KomIntern, además de convivir mal que bien con el leninismo trotskista. Existe toda una corriente informal en este sentido, pero quedará como algo más bien testimonial. Hablaríamos, además de los citados, de los investigadores y profesores de la Escuela de Frankfurt (Theodor W. Adorno, Max Horkheimer, Herbert Marcuse, Erich Fromm), del grupo surrealista de París (principalmente, André Breton y, sobre todo, Benjamin Péret) y de uno de los principales nexos entre ambos, Walter Benjamin, personaje atípico que, por ejemplo, en 1929 defendía en una carta a las surrealistas que «el componente anarquista» de la acción revolucionaria era necesario sin por ello sacrificar la «preparación metódica y disciplinada de la revolución a una praxis que oscila entre el ejercicio y la fiesta».

En este contexto prebélico, la Francia de 1939 ve la publicación de dos libros de lo más interesante, ambos publicados por exiliados: Au pays du mensonge déconcertant («En el país de la mentira desconcertante») y La bureaucratisation du monde («La burocratización del mundo»). El autor del primero es Ante (a veces llamado Anton) Ciliga, croata, uno de los fundadores del Partido Comunista de Yugoslavia y antiguo secretario para los Balcanes de la KomIntern, que, después de enfrentarse al liderazgo del PCUS, se vio perseguido, encerrado en el «aislador» (prisión para disidentes, de régimen laxo, en medio de la estepa rusa) de Verjné-Uralsk y enviado luego al gulag. El del otro es Bruno Rizzi, uno de los miembros del Partido Socialista de Italia que se apartó para crear el PCI, también enfrentado a la dirección stalinista de la KomIntern y de su antiguo partido. Se trata de trayectorias paralelas también porque ambos se acercaron al trotkismo asqueados por los excesos del stalinismo, para acabar descubriendo la semilla de esos excesos en el propio leninismo.

Ciliga lo cuenta desde la experiencia personal (capítulo IX de su libro), como una terrible decepción que le sobrevino en Verjné-Uralsk al intentar distinguir el legado político de Stalin del de Lenin. Al mismo tiempo, fue sujeto y testigo de intensos debates en el seno de la KomIntern y luego en Verjné-Ouralsk, donde, más que anarquistas, la mayoría de las personas internas eran decistas o trotskistas (también estaba Serguei Tiyunov, simpatizante o miembro del Grupo Obrero). Cuenta cómo las decistas defendían el leninismo de El estado y la revolución contra las decisiones tomadas bajo el liderazgo del propio Lenin y cómo tanto ellas como las trotskistas, más enfrentadas al liderazgo soviético por cuestiones de formas, confianza y credibilidad que por una línea política clara –la del PCUS daba giros–, acababan desorientadas intentando encajar cada movimiento y cambio de coyuntura en las mismas categorías de análisis, encontrándose con debates o rendiciones por parte de trostkistas de centro, derecha o izquierdas, decistas, … Cómo, cuanto más se interesaba por los conflictos que hemos contado en el texto anterior y los posicionamientos de Lenin –ante el ascenso de la burocracia, Ulianov no recomendó, en uno de sus últimos artículos, buscar la participación popular, sino crear un departamento de especialistas en desbucrocratización (¡!)–, más veía en él al máximo responsable de la burocratización y su carácter de emergencia de una nueva sociedad de clases.

Rizzi, en una línea más cientificista y desapasionada, intenta hacer un retrato de la sociedad soviética y no puede menos que constatar que existe una clase dirigente, a cuyo servicio están el Estado como aparato represivo y la ideología dominante, y una clase dirigida y mayoritaria que, salvo excepciones, no aspira a socializar nada. El italiano lo engloba en un fenómeno histórico e internacional de ascensión de la burocracia como nueva clase hegemónica y, en ese sentido, lo relaciona con el nazismo, el fascismo o el New Deal estadounidense. Curiosamente, Ciliga cita a un preso decista, Volodia Smirnov, diciendo prácticamente lo mismo, cosa que le valdría ser expulsado del núcleo de presos decistas.
Bruno Rizzi estaba aislado de su propio partido, pero se puso en contacto con el movimiento troskista y captó la atención del propio Trotskiy, que lo rechazó como «ultraizquierdista», pero no quedó indiferente. De hecho, el trotskista estadounidense James Burnham, probablemente al corriente del debate entre Trotskiy y Rizzi, abandona en 1940 su organización (el WP o Partido de los Trabajadores) abjurando del marxismo y publica en 1941 La revolución de los técnicos, también traducida como La revolución gerencial, La revolución de los gerentes o La revolución de los directores, que retoma las ideas fundamentales de La burocratización del mundo, sin citarlo en ningún momento. Se sabe que George Orwell leyó a Burnham y rebatió varias de sus posiciones y no se sabe que hiciera lo propio con Rizzi o Ciliga, pese a lo cual es difícil leer sus respectivas obras sin pensar en 1984 y en Rebelión en la granja.

En 1940, Trotskiy es asesinado, el stalinismo ya ha hecho sus peores estragos en España y en la URSS y la segunda guerra mundial se encargará de reorganizar el mundo en dos polos: liberalismo estadounidense o leninismo soviético.

La tercera vía en el nuevo orden mundial

La visibilización de un imperialismo soviético en su área de influencia, la emergencia de nuevos regímenes leninistas a consecuencia de él y de la lucha de los partidos de la KomIntern en 1941-45, el progreso de la industrialización internacional, pese a todo, las tensiones coloniales y postcoloniales (raciales)… casi todo animaba a nuevos análisis. El trotskismo se va quedando progresivamente pequeño y, así, se separan de él autores como el sinólogo húngaro-francés István (o Étienne) Balázs, que publica en 1947 Qui succédera au capitalisme? o figuras como Cornelius Castoriadis o Claude Lefort, en torno a los cuales surge en Francia la revista Socialismo o barbarie, que aglutinará este nuevo marxismo humanista.

Entre medias (1946), Pannekoek publica Los consejos obreros, posiblemente la obra más contundente, pese a su brevedad, en cuanto a marxismo no dirigista. El astrónomo defiende las asambleas de trabajadores coordinadas en consejos o soviets como poder proletario emergente opuesto al Estado burgués y su capacidad para generalizarse hasta abarcar toda la sociedad (un poder que se vuelve absoluto, una dictadura, pero dictadura que, al completarse, hace desaparecer al estado), de modo que la dictadura del proletariado no es una dictadura transitoria de una camarilla que aspira al comunismo, sino una condición que aboliría la sociedad de clases al organizar a toda la clase trabajadora y obligar a la burguesía a integrarse como personas y desaparecer como clase o intentar una guerra en vano.

A la vez, la internacional trotskista o IV Internacional, ya sin su principal líder y con cada vez menos que perder, se permite, ya bajo el liderazgo de personas como Natalia Sedova-Trotskiy, girar a la izquierda y acercarse a este tipo de posiciones. La invasión de Hungría (1956), como después la de Checoslovaquia (1968), no harán más que reafirmar, cada vez más a la desesperada, esta necesidad de un comunismo humanista y, en última instancia, libertario: el profesor francés Henri Lefebvre (coautor en 1958 de El romanticismo revolucionario) influye a, y confluye con, la constelación de grupos (COBRA, Internacional Letrista) de donde saldrá la Internacional Situacionista; exiliados españoles vinculados al POUM como Pelai Pagès (Víctor Alba), Albert Masó (Vega) o el mexicano-español Manuel Fernández-Grandizo Martínez (Grandizo Munis) consiguen mantener el debate en esta difusa corriente internacional y la agitación intelectual llegará a concretarse en proyectos como el fugaz Fomento Obrero Revolucionario (Munis y Péret, entre otras) y su boletín Alarma o la llamada Tendencia Johnson-Forest en EEUU. Esta última, en torno a C. L. R. James (J. R. Johnson) y Raya Dunayevskaya (Freddie Forest), antes vinculadas a la corriente de James Burnham y Max Schachtman, publica Correspondence y News and Letters («Noticias y cartas»).

También entre estadounidenses, británicas, sudafricanas –a menudo, exiliadas– y alemanas del oeste se configura una corriente donde conviven promiscuamente consejistas, socialdemócratas de izquierda, trotskistas (Murray Bookchin, en aquel entonces) y otros buscadores de esa tercera vía en el llamado MDC Movement for a Democracy of Content (Movimiento para una Democracia de/con Contenido), que tiene sus publicaciones en inglés y en alemán, Contemporary Issues y Dinge der Zeit, respectivamente. Esta corriente, de todos modos, tendrá puntos débiles como tender a evitar elementos de análisis típicamente marxistas como la lucha de clases, pero también aspectos notables en su época como haber logrado participar en, y alimentar, campañas como el boicot a los autobuses de Alexandra (Sudáfrica) en 1957 o preparar debates como el del consumismo y la escasez por venir.

El marxismo que no nos contaron (II)

Bolchevismo antileninista (denominación de origen: la URSS).

La revolución llamada de octubre, ciertamente, fue una iniciativa de la facción bolchevique del POSDR, pero dentro y fuera de las filas bolcheviques y del partido se entendía que habían actuado como vanguardia y que la revolución entendía estar al servicio de toda la clase trabajadora del imperio ruso y aun del conjunto de la población en general. De la vanguardia al conjunto hay mucha distancia, bien lo sabemos, y pronto se vio que, aunque el levantamiento apenas había suscitado oposición violenta en el momento, existían sectores contrarrevolucionarios y un grandísimo sector sin participación política. Este sector, capaz de ver la revolución con actitudes muy distintas (simpatía, indiferencia, rechazo), todas ellas básicamente pasivas, es un gran ejemplo de cómo las mayorías silenciosas escriben la historia cediendo su responsabilidad a minorías. La vanguardia bolchevique tendría que gestionar la primera URSS condicionada por esa población ambigua, la oposición interior de sectores contrarrevolucionarios –puramente zaristas, simples conservadpres o bien nacionalistas antirrusos de distinas partes del imperio–, la oposición exterior (de la triple alianza germano-otomano-austrohúngara hasta el tratado de Brest-Litovsk y luego, de la entente franco-británica apoyada por Polonia, EEUU, etc.) y los cambios tácticos de sectores revolucionarios no bolcheviques, como las mencheviques, las social-revolucionarias (también llamadas eseristas) o las anarquistas.

Esto, dentro de la propia facción bolchevique llevaría a un sector a posicionarse contra Lenin y sus apoyos, no sólo por sus políticas, sino por la forma dirigista de llevarlas a cabo. Fue el caso, por un lado, de los llamados «centralistas democráticos», o «decistas» («leninistas contra Lenin», dirán algunas más tarde, como V. Smirnov, T. Sapronov o V. Obolenskiy-Osinskiy), por poner el énfasis en este principio, frente al liderazgo de personas como Lenin o a la liquidación de la iniciativa local en nombre del seguidismo con las propuestas del gobierno de Moscú. Por el otro, fue también el caso de la Oposición Obrera, de la que formarían parte en 1920-1922 activistas destacadas como Alexandra Kollontai, Sergei Medvedev y, sobre todo, Alexandr Shliapnikov. Este, obrero, veterano del POSDR y bolchevique de la primera hora, se encontró defendiendo en minoría, desde finales de 1919, un mayor poder para los sindicatos («Tesis de la Oposición Obrera», texto firmado por una treintena de cuadros medios) y una mayor presencia de trabajadoras en la dirección del partido, frente a la hegemonía de las intelectuales; igual que se encontraría en minoría en los IX y X congresos del partido (marzo de 1920 y de 1921, respectivamente). No obstante, sus tesis fueron publicadas en el diario oficialista Pravda de cara a este último y agitaron el debate interno en el partido.

Si estas corrientes se vieron sometidas a una hostilidad que se convirtiría luego en persecución, aún peor fue en el caso del Grupo Obrero. Aglutinado a comienzos de 1923 en torno a N. V. Kuznetsov, P. B. Moiseiev y, sobre todo, Gavril Miasnikov, su historia tiene mucho que ver con la trayectoria de este. Veterano y exaltado revolucionario, menos prominente que los líderes decistas o los de la Oposición Obrera, tanto por falta de un cargo similar a los de sus líderes como por su base provinciana (en los montes Urales), Miasnikov no quiso criticar a Lenin y cía. en el IX congreso, en el que participó, pero acabó haciéndolo al volver a su tierra.

No quiso alinearse con la Oposición Obrera, considerando que los sindicatos no habían superado sus tendencias negativas (economicismo, reformismo) y que lo necesario no era un mayor poder de los sindicatos, sino una reapropiación de los soviets por las bases, incluido el campesinado, respecto del cual la Oposición desconfiaba mucho. Quizá como castigo había sido destinado a Petrogrado –actual Sant Petersburgo–, donde acabaría hartándose del arribismo que percibía en el partido y la apatía entre la población (estamos hablando de 1920), como hizo saber al líder local (Zinoviev). Amenazado con la expulsión del partido, esto no hizo más que acentuar su defensa de la libertad de expresión, tema daría que hablar en la polémica que mantendría con el propio Lenin (verano de 1921).

Entretanto, en marzo de 1921 había estallado la rebelión de Kronstadt y el joven régimen, incluida su oposición, se vieron sometidos al dilema de cómo posicionarse. El orgullo de las revoluciones de 1905 y 1917, los marinos de la base naval de Kronstadt (véase la foto), no eran pese a todo muy representativos de aquella revolución vanguardista: generalmente de origen campesino, estaban muy politizados y en muchos casos eran estonios, letones o finlandeses, además de que una parte estaban allí en calidad de forzados por haber desbordado al Estado por la izquierda (majnovistas ucranianos, eseristas de izquierdas, etc.). Su programa de protesta, no lo olvidemos, reclamaba la uniformidad de las raciones de comida de toda la población (recientemente reducida, cosa que no perjudicaba tanto a los marinos de Kronstadt como a otros sectores), la libre producción de aquellas campesinas y artesanas que no tenían trabajadoras asalariadas y otras medidas de carácter más político: libre expresión para trabajadoras y revolucionarias, fin de la fiscalización política del partido sobre la tropa, el fin de la propaganda política del Estado, etc.

La vecina Petrogrado estaba viviendo la agitación de sucesivas huelgas y aquel levantamiento, condicionado precisamente por el rumor de que la represión de aquellas huelgas había sido más grave de lo que fue, no ayudaba. El paso de los marinos de presionar al partido a hacer prisioneros a aquellos que eran más fieles al partido que a sus compañeros convertiría el pulso en una insurrección; los líderes irían más allá de lo votado por la aplastante mayoría y esta no intentaría evitarlo, las anarquistas soviéticas intentaron mediar entre ambas partes, sin conseguir siquiera que las insurrectas confiaran en ellas.

Como a menudo ocurre en política, la apuesta fue a doble o nada: la rebelión de Kronstadt, sin casi apoyo de la población obrera, aislada por su posición geográfica y aislada políticamente por la falta de movilización organizada fuera del partido y por el rechazo de todo este, incluidas las decistas y la Oposición Obrera, recuperada para colmo por la propaganda contrarrevolucionaria, no facilitó una rebelión en Petrogrado que ampliara la revolución, así que la falta de reacción en esta ciudad facilitó la represión de Kronstadt, aislada del resto de la Unión, cosa que a su vez contribuyó a apagar las movilizaciones en Petrogrado.

Aplastada Kronstadt, pacificada Petrogrado, la oposición organizada se iría apagando y la espontánea nunca llegaría a ninguna parte. A principios de 1922, Miasnikov sería apoyado en su derecho a la libre expresión por la Oposición Obrera en la «Carta de los veintidós» a la KomIntern, pero dicha carta sería desautorizada, por recomendación de Clara Zetkin, Marcel Cachin y Vasil Koralov, como un «arma en contra del partido y de la dictadura del proletariado». Obviamente, no se trataba de otra cosa más que de la vieja concepción castrense, jacobina, anterior a Blanqui, de la revolución como obra de una vanguardia, minoritaria pero más ilustrada que el resto de la sociedad. Faltos de base social, los distintos grupos irían desapareciendo según la presión política en el partido y la presión represiva por lo demás neutralizaban a sus líderes, igual que la propia URSS desaparecería décadas después, demolida desde dentro. Así, a partir de 1922-1923, las decistas se unirían al polo trotskista (primero Oposición de Izquierdas, luego Oposición Unida, etc.), políticamente confuso, la Oposición Obrera se desactivaría y el Grupo Obrero, que precisamente en esta época se configuraba como tal, sería exitosamente aniquilado en la cuna con la persecución de Miasnikov: exilio, cárcel, confinamiento, …

Con la gran purga stalinista, no sólo sería asesinado Trotski en su exilio mexicano (1940), sino que los pelotones de fusilamiento darían buena cuenta ya antes, sobre todo en 1936-37, de los demás verdugos de Kronstadt (Zinoviev, Kamenev, Tujachevskiy), de la majnovshina y demás, igual que darían cuenta de las opositoras que persistían (todas, salvo Kollontai, que se había reciclado exitosamente como diplomática): Smirnov, Sapronov, Obolenskiy-Osinskiy, Shliapnikov, Medvedev, …

La posibilidad de un marxismo soviético fuera del «ordeno y mando» quedaba liquidada y la URSS seguiría cavando su propia tumba mientras sus dirigentes seguían maquinando unas contra otras (el mejor ejemplo sería la ejecución de Lavrentiy Beriia, tecnócrata represivo y mano derecha de Stalin, poco después de la muerte de este en 1953 y del llamado «juicio de Praga» o «caso Slánský»).

El marxismo que no nos contaron (I)

Advertencia previa: la idea que tenemos del llamado «marxismo», entendido como el legado teórico y activista de Karl Marx y Friedrich Engels, está marcada por todas aquellas personas que se han llamado a sí mismas «marxistas», pero, sobre todo, por las más fuertes de ellas. Aquellas personas que han dirigido grandes organizaciones e incluso estados mientras se reclamaban marxistas han condicionado mucho más la manera en que entendemos este concepto que quienes, también reclamándose herederas de Marx y Engels, no han sabido, querido o podido poner a su servicio policías, ministerios y demás. Entre estas últimas destacan, a nuestro entender, una serie de figuras y grupos que no sólo no conquistaron el Poder con mayúsculas en ninguna parte, sino que defendieron un marxismo más o menos humanista que les supuso el rechazo del marxismo autoritario de Lenin y demás.

De estas últimas nos vamos a ocupar en esta serie de artículos en cuanto terminemos con una aclaración necesaria. ¿Qué es marxismo, preguntas, mientras clavas en mi pupila… ? No pretendemos entrar en farragosos debates sobre esto. En mi primer lugar, porque el propio Marx dijo aquello de «Yo no soy marxista» y hay pocas cosas más ridículas que ser más papista que el Papa. En segundo lugar, porque si existen debates de ese tipo es porque algo aportaron aquellos alemanes barbudos (tendemos a olvidarnos de Engels, como una especie de mero soporte para su socio), de modo que incluso las interpretaciones más diferentes tienen en común algunos puntos: la consciencia de que existen clases distintas en casi todas las sociedades, la de que existen intereses opuestos, concretamente, entre quienes tienen su capacidad o fuerza de trabajo y quienes tienen los medios con que aquellos pueden generar riqueza o la de que los explotadores tienen un interés en que las cosas continúen así, mientras los trabajadores (se paren a pensarlo o no), si utilizaran su fuerza numérica para parar el sistema de clases y establecer otro sin ellas, saldrían beneficiados –como mínimo, en términos de estabilidad económica y racionalización económico-política– y la de que la historia no necesita de ningún destino, providencia o dios: mientras no se demuestre lo contrario, ocurre aquello que hacemos o permitimos que ocurra.

Advertencia ortográfica: en esta serie de artículos hablaremos también de personas (sobre todo, rusas, aunque no únicamente) cuyos nombres se escriben en otros alfabetos. Hay diferentes convenciones a la hora de pasarlos al nuestro, nosotros hemos decidido evitar anglicismos o galicismos y no poner kh pudiendo poner j ni recortar el diptongo [i + i breve] (muy común en ruso) a i ni a y, sino iy, asi que leeréis «Trotskiy», «Kerenskiy», etc.

Estábamos avisadas.

La discusión, ya planteada desde fuera del marxismo antes de la revolución rusa (y por la sección belga de la AIT, que nunca fue netamente marxista ni proudhonista o bakuninista, ni libertaria ni autoritaria) se reproduce entre las filas marxistas inmediatamente después del triunfo de  la revolución de 1917.

Rosa Luxemburg y sus compañeras del grupo Spartacus (Karl Liebknecht, Clara Zetkin y Otto Rühle son las más conocidas) toman nota del creciente poder del liderazgo bolchevique y, desde el respeto por la lucha que este dirige contra las potencias extranjeras y las contrarrevolucionarias del interior, señalan –estamos en 1918– cómo la gestión de la revolución no está fortaleciendo a la clase trabajadora, sino a esa vanguardia dirigente. Puede parecer una cuestión de detalles, pero la propia Rosa aclara, desde la cárcel, que la ocasión que brinda la revolución es la de ofrecer a la clase un Poder cada vez más transparente y del que puedan responsabilizarse cada vez más. La práctica bolchevique irá en sentido contrario a esta necesidad de empoderamiento proletario, pese a lo que daba a entender su discurso anterior. Por «discurso anterior» nos referimos a los siete meses previos a la revolución llamada de octubre (noviembre, en nuestro calendario), en que tanto la publicación por Lenin de sus Tesis de abril como la consigna principal de la fracción bolchevique del POSDR («¡Todo el poder a los soviets!») apelaban al poder proletario y popular, en la línea más cercana al anarquismo jamás vista en el POSDR.

Existía una clara contradicción entre la práctica leninista y su anterior crítica del blanquismo –recordemos que Louis-Auguste Blanqui, como otros luchadores de su época, había sido un adalid de las revoluciones lanzadas por una vanguardia minoritaria, pero con decisión e ideas claras–. Se había criticado el blanquismo como un aventurerismo que, en lugar de hacer de los trabajadores un sujeto histórico vencedor, les convertía en carne de cañón de una minoría bienintencionada para con ellos. En la práctica, la política de Lenin parecía ser exactamente esa línea blanquista y algo parecido, con palabras más amables, fue lo escrito por Anton Pannekoek –prestigioso astrónomo holandés y probablemente el mayor exponente del marxismo de izquierdas, sobre todo del germano-holandés– en su artículo de 1920 «El nuevo blanquismo». Aquí el concepto marxista de «dictadura del proletariado» ya está claramente en el centro de la polémica: las dirigentes bolcheviques (el texto se dirige específicamente a Karl Radek, pero vale para todas, empezando por Lenin), por haber sido capaz de movilizar a más personas trabajadoras que nadie y de neutralizar casi sin resistencia al régimen burgués de Kerenskiy, creen ser –con cierta lógica– la vanguardia del proletariado ruso y creen, por extensión –con una lógica ya mucho más retorcida– ser el proletariado a secas y poder tomar sus decisiones. Lo que en el contexto de la guerra mundial y guerra civil podría ser un imperativo de tomar rápidamente decisiones enormes se convierte en una práctica política central en la política soviética y que durará tantos años como la URSS (más de setenta). El retorno a la apatía de un número creciente de trabajadores, su desmovilización y desencanto con las organizaciones surgidas de la revolución o en torno a ella, viene a decir Pannekoek, muestra, al contrario, que el liderazgo de esa vanguardia es cada vez menos el liderazgo de las bases y, por lo tanto, del conjunto de la clase trabajadora.

Los dirigentes soviéticos no eran ajenos a este debate y la mejor prueba es la réplica de Lenin en La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo, de 1920. El debate, claro, continúa, mientras en torno al núcleo germano-holandés surgen el KAPD (Partido Comunista Obrero de Alemania) y el KAPN, cuyo eco en Bulgaria sería el Partido de los Trabajadores Comunistas de Bulgaria y del núcleo británico del periódico Workers’ Dreadnought, el CWP (Partido de los Trabajadores Comunistas). No está de más decir que la líder prominente de este grupo británico es Sylvia Pankhurst, conocida por su implicación en el movimiento sufragista que no siguió los pasos conservadores de su madre Emmeline o su hermana Christabel. Su hermana Adela, una de las fundadoras del Partido Comunista de Australia, también sería rápidamente expulsada del partido por sostener posiciones izquierdistas, pero ella no persistiría en ellas (al contrario, volvería a la socialdemocracia y, en sus últimos años, giraría hacia un nacionalismo australiano fascista). De hecho, el Workers’ Dreadnought era la versión rebautizada del periódico antes llamado Women’s Dreadnought. Hermann Gorter, otro destacado miembro del consejismo germano-holandés, miembro del KAPD y amigo personal de Pannekoek, escribiría una Carta abierta al camarada Lenin en respuesta a su diagnóstico que publicaría precisamente el Workers’ Dreadnought ya en 1921.

Las críticas de estos grupos, por duras que sean, se hacen siempre desde el respeto e incluso la simpatía hacia las organizaciones soviéticas, pero es cada vez mayor la dificultad de posicionarse en un tema sin traicionar ni a estas ni a quienes, al contrario, quieren hacer una revolución mejor. Acabarán por coordinarse en una Internacional Comunista de los Trabajadores que durará pocos años, atrapada entre la dificultad de crecer, el desgaste de sus grupos (también relacionado con polémicas internas) y, en casos como el búlgaro, la represión.

Este intento de cuarta internacional tendrá un eco sorprendentemente escaso en un país como Italia, que parecería propicio. Aquella tierra en cuyas ciudades industriales florecieron las asambleas de fábrica e incluso incipientes soviets (1919-1920) dará un PCI que se convertirá en un referente en el ámbito prosoviético, pero cuyos consejistas estarán particularmente desorganizados. Amadeo Bordiga, fundador del PCI, tardará años en decantarse en ese creciente dilema entre el espíritu de la revolución rusa y las gestoras de ese espíritu, hasta excluirse de su dirección (1924) y ser oficialmente excluido del partido, siendo entretanto sobrepasado por el leninista Gramsci, que sigue siendo considerado por muchas un leninista heterodoxo o incluso la figura de un equivalente italiano de Lenin, más que la de un seguidor o discípulo. Otro fundador del PCI convertido en heterodoxo y crítico del leninismo –quizá a su propio pesar– será Bruno Rizzi, de quien nos ocuparemos más adelante.

En la foto, la proclamación en Estrasburgo de la República de los consejos o soviets de Alsacia (9-22 de noviembre de 1918).

Indómitos: una aproximación al islamismo yihadista. III

Salafismo yihadí: algunas nociones.

Lo que se ha dado en llamar “fundamentalismo islamista” propone algo tan simple como el retorno absoluto a los textos coránicos para la ortopraxia de la doctrina y la regulación de las sociedades regidas por gobiernos islámicos. Este literalismo no es exclusivo del salafismo: el amplio panorama de la resistencia islámica frente la permisividad de los regímenes árabes para con las potencias extranjeras, en el caso que nos ocupa los Estados Unidos (pero también la URSS en la época en que se inicia la gestación de al-Qaeda, cfr. supra), o la intrusión de valores políticos occidentales y democráticos tiene múltiples ramificaciones y tendencias interpretativas que consideran, cada una a su manera, la necesidad de atenerse de forma extricta a la Sharia.

Desde una perspectiva cronológica el salafismo yihadí surge como doctrina concreta en los años finales del siglo XX, como la denominación que los integrantes de los grupos paramilitares se dan a sí mismos. Los salafiyyah, “antecesores”, los primeros seguidores del Profeta, contemporáneos a su tiempo y compiladores de sus enseñanzas, son considerados los practicantes más estrictos del islamismo. Es este seguimiento disciplinado e incuestionable del Corán lo que se busca recuperar y para ello se pretende reactivar el sentido de la Yihad en su acepción de guerra santa y justa: son varias las ocasiones en que bin Laden hace, en los comunicados tras los ataques del 11S, mención al terrorismo que fomenta calificándolo como bueno, frente al terrorismo nocivo e intruso de los EEUU en la zona árabe y justificándolo como respuesta.

Tenemos, entonces, la fusión de dos conceptos: el retorno purista a la verdadera religión y el método para lograrlo, la Yihad. El producto que resulta de ello es un esfuerzo, sostenido por grupos minoritarios, para inculcar la lucha por el Islam, en su sentido más sangriento, a cada individuo de los que conforman la gran comunidad que es la Umma. Proclamada como deber personal, no es necesario que medie el dictamen de un gobernante musulmán de un estado democrático llamando a ella. Esta obligación religiosa –y por tanto sagrada– deberá abordarse con o sin el mandato explícito de un superior político y, si fuera necesario, en su contra: no apoyarla constituiría una herejía, una desobediencia a los mandatos superiores de Alá. En esta idea, difundida profusamente por el teórico Sa’id Qutb (cfr. infra) –intelectual egipcio, del que al Zawahiri se declara confeso discípulo– entre otros, se fundamenta la oposición de grupos como al-Qaeda a los regímenes de gobierno como el Saudí, que incurren en esta impiedad, en esta yahiliyyah: la ignorancia pecadora preislámica. En tanto que la soberanía de dios en la tierra es real y la única legítima, cualquier imposición de ley secular pretendida no sólo se ve como una intrusión del modo occidental –acicate también para los comunicados que justifican la lucha contra el invasor – sino que constituye una violación de la ley divina en toda regla, una muestra imperdonable de la arrogancia humana. Atenerse a la ley terrena constituye una ilegalidad conforme a la ley divina. Los precedentes para la conformación de este rigorismo, conocido como reformismo musulmán– en tanto que su objetivo es recuperar la legitimidad de los gobiernos mediante el retorno a la observancia de la Sharia–, son numerosos. Desde al-Afgani al propio Zawahiri, considerado el número dos de al-Qaeda y su principal teórico, un rosario de pensadores se asocian a esta corriente severa. Todas las inflexiones de esta línea intelectual distan entre sí en sus presupuestos. Es fundamental extraer la figura de Qutb y analizar su influencia, de enorme peso para la configuración y legitimación de los objetivos globales de la Yihad.

Sa’id Qutb, nacido egipcio, fue un miembro fundamental de los Hermanos Musulmanes1, ostentando su dirección durante la época de los sesenta y setenta, una de las más activas a nivel político –lo que equivale a decir una de las más violentas– de la organización, durante la cual tomó parte en diversos atentados en Egipto, fue prohibida y sus miembros sufrieron la persecución, encarcelamiento y muerte a manos del gobierno. Qutb destacó en su juventud por su laicidad y moderación: no es hasta su viaje a EEUU en 1948, en un envío especial del Ministerio egipcio de Educación para el que trabajaba, que descubre su profunda fe en el Islam y repudia las costumbres occidentales, atacando directamente el consumismo, el libertinaje y la vacuidad de sus sociedades. Es a su vuelta a su país natal dos años más tarde cuando abraza la religión de forma radical, deja su puesto en la administración civil y comienza su militancia en los HHMM. Sus prédicas contra todo lo considerado un valor occidental inmiscuido en las sociedades islamistas, entre lo que se contaban los gobiernos de los países árabes, el calibre de los ataques perpetrados por la guerrilla asociada a la ideología panislámica relacionada con la hermandad y su implicación en el intento de asesinato del presidente Nasser –enfrentado públicamente a los Hermanos pese a la fase inicial de su mandato, cuando estos apoyaron el golpe de estado que derribó la precedente monarquía, remanente de la autoridad británica colonial– fueron el motivo de su encierro en prisión, donde escribió su obra más influyente, y de su permanente tortura hasta su ajusticiamiento en el 66. Juzgo importante considerar las condiciones de penuria y sufrimiento extremo que sufrió el principal motor intelectual de la Yihad salafista para comprender su posicionamiento a favor de la violencia. Acérrimo defensor del retorno al islam como toda fuente legislativa, puede decirse que engendró el concepto de enemigo cercano, posteriormente matizado por al-Zawahiri, refiriéndose a aquellos dirigentes que, obviando el mandato divino, dirigían sus naciones a golpe de ley secular. Esto será lo que posteriormente impulse el empeño de bin Laden para deslegitimar la monarquía saudita, infiel, ignorante de la norma, y su declarado alejamiento del wahabbismo –enmarcado también en las doctrinas reformistas– adoptado oficialmente por esta.

El llamamiento ladenista contra el enemigo estadounidense se fundamenta, pues, en esta necesaria sumisión de la comunidad al mandato de Alá, que no es sino el primer paso para encarar posteriormente la lucha contra el enemigo lejano.

Frente a las interpretaciones de la violencia como un acto nihilista de destrucción y algo intrínsecamente ligado a las enseñanzas de las azoras hay quien defiende que se trata de un conflicto más político que religioso (Burgat, 2006) y plenamente justificado en términos de autodeterminación de los pueblos y de la resistencia frente a la opresión y al adoctrinamiento occidental –ese etnocentrismo estadounidense generado por la supremacía moral que la máxima potencia mundial en términos culturales, económicos y simbólicos, se arroga–. Entender el retorno al Islam como algo legítimo y sociopolítico, en reacción a la invasión de potencias extranjeras cuyos intereses en la región juegan en contra de la soberanía del pueblo, más que como un movimiento sectario no impide reconocer el carácter extremista de los grupos que, como al-Qaeda, al-Yihad o Hezbollah, pretenden la liberación de la opresión neocolonial mediante métodos igualmente totalitarios y destructivos.

J.

1Asociación de larga andadura, fundada en 1928 por el teórico Hassan al-Banna con propósitos comunitarios y de reunión en torno al islamismo, cuya deriva no es posible analizar en un marco tan escueto como este. Valga decir que la interferencia entre ella y los movimientos yihadistas ha sido enormemente fructífera: la radicalización de sus miembros ante la respuesta tibia que la hermandad sostuvo frente a las agresiones contra el enemigo espiritual en varios países, principalmente Egipto, donde se originó, hizo que muchos abandonaran para entregarse a una lucha más en firme. Entre los que dejaron la matriz se encuentra el ya mencionado Ayman al-Zawahiri.

Indómitos: una aproximación al islamismo yihadista. II

De cómo la URSS inseminó a Afganistán con la semilla del yihadismo radical (pt. 2).

La llamada a la yihad defensiva, promovida por las autoridades religiosas ante la invasión extranjera, constituye una empresa a nivel individual, un deber que debe ser cumplido por cada integrante de la Umma atendiendo a su compromiso con el Islam. Frente a esta modalidad, la yihad ofensiva únicamente puede ser dirigida por un responsable político o militar, cuya competencia es la dirección del séquito guerrero y sus acciones. Aquí encontramos un primer dato interesante para comprender la diferencia entre los posicionamientos que dividen la opinión musulmana con respecto a la comprensión del yihadismo: la comprobada capacidad de llamada de las fatwas (resoluciones jurídicas pronunciadas por la autoridad religiosa competente, los muftis o los ulemas1, en base al fiqh cuando la aplicación de las leyes del Corán es dudosa) lanzadas a petición de las asociaciones islamistas internacionales (tanto la Liga Islámica Mundial como otras creadas ad hoc a raíz del conflicto nacional) podía suponer un conflicto de tipo geopolítico de gran seriedad. En tanto que en el ámbito islámico, desde Marruecos a Arabia Saudí, todavía quedaban países que prestaban su apoyo al bloque comunista (Yemen del Sur, sólo unificado en una única entidad nacional en 1990; Argelia, Siria, la Organización por la Liberación de Palestina), si todo musulmán estaba llamado a la Yihad contra la invasión soviética de Afganistán entonces ello incluía a los habitantes de los países favorables o dependientes de la URSS, con la consiguiente tensión diplomática para sus gobiernos. En cualquier caso, la brecha que se abre entre comunistas y muyahiddin en 1979 supone el retorno a “la religión como el único idioma politico disponible”: los intelectuales islamistas y anticomunistas se vieron en la obligación del exilio y las medidas represoras del nuevo régimen comunista provocaron un descontento que cristalizó en una sublevación religiosa, que aunaba, al fin, a la fracción agfana de la Umma y a todos los defensores del Islam. Y de ahí a la resistencia, auxiliada por los yihadistas salafistas. Estos operativos, formados semiclandestinamente tanto en el territorio afgano como en los países anexos –entre los cuales Pakistán conformó el centro neurálgico, como se verá más adelante–, fueron llamados a prestar la ayuda necesaria para defender la tierra ocupada y la vuelta a un estado teocrático cuya legalidad estuviera fundamentada únicamente en la Sharia, la ley coránica. Si bien no tomaron parte de manera determinante en los diez años que duró el conflicto rusoafgano –con algunas excepciones notables, como la del joven Osama bin Laden, que combatió activamente a partir del año 1985 en Afganistán, previo paso por las bases de entrenamiento de Islamabad–, su importancia se cifra en que fueron el embrión de lo que sería la futura disidencia islámica radical. La guerra brindó a miles de jóvenes, todos defensores de la pureza de la religión de Alá y fervientemente convencidos de la conveniencia de instaurar un gobierno islámico central en el núcleo geográfico arábigo, la oportunidad de crear lazos y desarrollar sus capacidades militares mediante un adiestramiento severo e intensivo. Al Qaeda había sido engendrada.

Ya con Gorbachov en el poder, haciendo gala de una política menos intervencionista – enmarcada en las reformas económicas y políticas de la Perestroika y la intención de transparencia del glásnost y pretendiendo restaurar la armonía de las relaciones con EEUU tras el antagonismo de la Guerra Fría– y presionado por un ejército desalentado, Moscú retira sus unidades de Afganistán en febrero de 1989, tan sólo unos meses antes de la total desintegración de la URSS. Esto precipita el desenlace de la intervención occidental y el cambio de las tornas: Estados Unidos, aliviado para siempre de la amenaza comunista, se desentiende de la zona donde tan activa presencia había tenido en la década anterior, dejándola sumida en la sangrienta guerra intestina que sucedió a la batalla internacional que se había estado librando. Los antiguos aliados de los muyahiddin dejan a su espalda un país desamparado, abandonado a su suerte en un supuesto gobierno democrático que, sin embargo, no obtiene solución ninguna de la legislación internacional del conflicto, que no parece regir para el Afganistán de postguerra. La insatisfacción de los afganos debido a una transición democrática no consumada y a una soberanía propia que, de facto, no tenía vigencia, se une al pronto retorno de EEUU a la zona: en agosto de 1990 Saddam Hussein, presidente en funciones de Irak2 y dictador en la práctica, invade el colindante Emirato de Kuwait con un argumento de pertenencia y en un acto de vendetta como represalia por el supuesto usufructo ilícito de las reservas de petróleo iraquí. El sustancioso trato que con respecto al intercambio petrolífero mantenían Kuwait y Estados Unidos provoca la reacción de la administración Bush Senior frente a la afrenta baazista. Amparadas por una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU y con el beneplácito de la Liga Árabe se despliegan a partir de 1991 las fuerzas americanas en coalición con otras potencias occidentales por todo el Golfo Pérsico; a causa de ello la protesta de los sectores islamistas está a punto de dejarse ver.

Volvamos a evaluar el clima que se había formado en los años precedentes de conflicto. Una amplia comunidad musulmana, agredida como se sentía por la pretensión de control ajeno de sus tierras, compartía de forma más o menos general el deseo de defender su derecho de autodeterminación y autogobierno de acuerdo a la Sharia –esto es el espíritu yihadista–. Entre la masa, el impacto de un literalismo coránico había calado en la mentalidad de los antiguos combatientes árabes afganos que, como vimos, no tuvieron apenas influencia en la guerra afganosoviética pero estaban ahora a punto de eclosionar con toda su fuerza –ideológica y táctica–. Entre ellos se encontraba bin Laden, ciudadano saudita y fiel a su casa real, con la cual su familia mantenía lazos amistosos desde hacía tiempo, y que se vio poco menos que traicionado ante la permisividad del rey Fahd tras el asentamiento de las tropas de los impíos en el territorio de la Península Arábiga, “el lugar de los dos Lugares Sagrados3”. No sólo la ruptura entre bin Laden y la monarquía saudita es total: también se sienta el precedente para la identificación de los gobiernos árabes, en claro amancebamiento interesado con los occidentales, como un enemigo más de la Yihad. Es de aquí, de esta confluencia de intereses recuperacionistas y sumado a innumerables derivas previas e influencias intelectuales y teóricas y al contacto con otros grupos yihadistas, de donde nace al-Qaeda, “la base” –en referencia tanto las bases de aprovisionamiento y entrenamiento paquistaníes donde sus militantes se formaron para hacer frente a la invasión de Afganistán, como al fichero con los datos de los militantes, como a la fuerte base teórica y humana que necesitaba el islamismo para alzarse en su lucha contra “los cruzados y los sionistas”–. Al- Qaeda se pone así en funcionamiento como una rama más del amplio movimiento por la autonomía de la Umma, cuyos objetivos incluyen igualmente la totalidad de los territorios árabes oprimidos; donde la siempre principal Palestina ocupa un lugar especial en el corazón de todos los árabes, en palabras del mismo bin Laden. Es necesario precisar que la radicalización del punto de vista del grupo fundado por este último junto con al Zawahiri, Ahmed Taha y otros (oficialmente llamada Frente Islámico Mundial para la Yihad contra Cruzados y Sionistas) se produce como oposición a la presencia exterior, especialmente estadounidense –el enemigo lejano, dentro de la consideración que para bin Laden tiene este país como único poder hegemónico del mundo actual– y diferenciándose de la de una comunidad también yihadista pero interesada principalmente en la destrucción del enemigo cercano –los gobiernos árabes que para los fundamentalistas habían traicionado al Islam implantando legislaciones civiles, culpables de un delito de herejía al cuestionar el poder universal de Alá–. Esta masa combatiente, que supone la mayoría de los musulmanes, renegará de la ideología y las técnicas de al-Qaeda más tarde, cuando sus atentados alcancen un calibre desproporcionado y sus llamamientos a la lucha internacional choquen con los intereses de los reformistas nacionalistas. La asociación en base a la figura del líder, el respeto más literal a las doctrinas coránicas, la derogación de la ley civil y los ataques violentos es lo que caracteriza a al-Qaeda, como caracterizó en otras ocasiones a otros grupos que operaron más específicamente en distintos países (por ejemplo al-Yihad en Egipto, bajo el caudillaje de al Zawahiri, posteriormente asociado a bin Laden y a su organización); y en todos los casos se enfrenta al rechazo de los yihadistas moderados.

Así, la acción de los árabes afganos durante el período de 1979 a 1989 no fue decisiva, pero sí lo será a partir de la presencia sistemática en materia de defensa de los occidentales en la zona árabe, cuando estas milicias definan claramente sus objetivos globales y modus operandi. La traición de los gobiernos locales no es sino causa de la debilidad de sus líderes y de la manipulación americana: un nuevo enemigo, más poderoso, ha nacido. Y sólo entiende un lenguaje: el de la violencia espectacular.

J.

1En este sentido, las múltiples fatwas emitidas por bin Laden en sus comunicados y llamamientos a la yihad  carecerían de toda legitimidad, en tanto que este no ostentaba ningún cargo religioso reconocido.

2Tengamos en cuenta que Irak había sido un tradicional aliado de los Estados Unidos; la férrea dictadura de Hussein se ganó las simpatías de los americanos –y las críticas de sus vecinos musulmanes– debido a su laicismo y al intercambio comercial con el otro extremo del mundo.

3A saber: La Meca y Medina.

Indómitos: una aproximación al islamismo yihadista. I

A modo de introducción.

Excede los propósitos y las capacidades de este texto considerar todas las variantes necesarias para la comprensión meticulosa del Islam. No obstante y no tanto a modo de introducción como de justificación sirvan las siguientes matizaciones para trazar un contexto. Debe entenderse el islamismo como una religión fundamentalmente colectiva: el poder de hermanamiento que se desarrollo bajo el llamado de Alá –y tal vez por causa suya– tiene múltiples manifestaciones que sería imposible tratar aquí. Desde el primitivo despertar a la fé verdadera por medio de las palabras de Mahoma hasta la actualidad, pasando por la histórica sociedad de los Hermanos Musulmanes, se han construido bajo el auspicio del Islam escuelas, hospitales y talleres de todo tipo, regidos desde la base y de forma estricta por las directrices divinas pero, sobre todo, movidos por una necesidad y una complicidad humanas. Seguimos viendo esta actitud cohesiva en los últimos levantamientos del pueblo árabe contra los regímenes totalitarios laicos del norte del continente africano. Cabe hablar, pues, de una confesión profundamente volcada en sus fieles con un propósito regenerador de la identidad propia de la Umma, la comunidad global de los creyentes en Alá. Es también prioritaria la legitimación de la defensa de esta idiosincrasia del pueblo árabe, que pasa irremediablemente por la reivindicación del islamismo – que, aparejado a los mandatos netamente espirituales, lleva consigo una rica tradición sociocultural digna de ser conservada frente a las injerencias occidentales, durante y después del período colonial–, sentido como algo propio y personal de cada creyente. Esta defensa del islamismo entendido como elemento imprescindible para la configuración autónoma y propia de la comunidad se realiza mediante la Yihad: lo que se ha dado en llamar Guerra Santa. Santa y también justa: la creencia acerca de la identidad absoluta entre islamismo y terrorismo que desde el 11S infecta las conciencia occidental no es sino un burdo reduccionismo ignorante que se niega a conceder plena libertad – religiosa y política– a ese Otro que es musulmán. Es bien cierto que facciones fundamentalistas y violentas han irrumpido en el panorama internacional de forma tajante; y que lo han hecho con el Islam por bandera. Sin embargo suponen tan sólo una pequeña fracción de ese pueblo islamista y son, la mayoría de las veces, abiertamente rechazas por este.

Al Qaeda es, probablemente, uno de los fenómenos más apasionantes y de mayor interés de la historia de nuestros días debido a su virulencia, a la fuerte jerarquización de sus estructuras y a la figura de bin Laden, carismático personaje en torno al cual ha girado el grupo armado y que ha aglutinado una parte muy importante de la preocupación ciudadana a lo ancho del globo. Sin embargo no basta el mero conocimiento táctico de las células aisladas y los diferentes operativos para comprender el denso entramado ideológico que, entre otros muchos de índole constructiva y pacífica, ha dado como resultado los atentados en Nueva York, Madrid o Londres.

Ante todo, la Yihad no debe considerarse mero sectarismo sino un proceso reactivo de tipo sociopolítico frente a la férrea imposición de costumbres y normas extrañas –sin olvidar por ello la sincera relación afectiva que mantienen los combatientes con la norma de dios–; y a los musulmanes un pueblo orgulloso de sí. E indómito.

De cómo la URSS inseminó a Afganistán con la semilla del yihadismo radical (pt. 1).

Pensemos en los años finales de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Al inicio de la década de los setenta, la crisis energética de los combustibles fósiles sienta un punto de ruptura con respecto a la aparente bonanza del periodo precedente. Una URSS cuyo principal potencial económico se basa en la industria se ve afectada por la parálisis de la producción fabril –con todo lo que esta ralentización implica para la economía y para la calidad de vida de sus ciudadanos– y, además, con serios problemas para mantener la competencia productiva frente al occidente capitalizado, donde la eficacia aumenta y los beneficios se reducen generando así una imagen de progreso que tiene una fácil lectura evolutiva frente al supuesto atraso del Este. Esta situación de tensión e indefensión es el motor que desestructurará el férreo bloque que conformaba el extremo oriental de Europa y cuya disolución se produce finalmente en 1989. Es una década antes de este suceso, ya con un Partido que se ve obligado sin remisión a la modernización de su infraestructura económica y a la apertura de sus precios al mercado internacional librecambista para sobrevivir –es decir: un sistema muy debilitado en sus bases ideológicas y financieras, al borde del colapso y con muy pocas perspectivas de longevidad–, cuando se produce la invasión soviética de Afganistán; y esta misma contribuye, al saldarse en derrota, a su definitiva caída. Es durante esta ocupación donde se gestan las bases de lo que, en su formación posterior, se convertirá en Al Qaeda

El jefe de estado de Afganistán, Mohammed Daud –que ya había sido primer ministro del último monarca, su primo Zahir Shah, al que él mismo arrebató la corona en 1973 para convertir el país en la primera República afgana–, fue asesinado en abril de 1978 por un grupo prosoviético –la revolución de Abril o Daur, según el calendario gregoriano o persa, respectivamente–. Los golpistas, asociados al Partido Democrático Popular de Afganistán, de corte marxista, se hacen con el poder y promocionan a su propio líder, Nur Mohammed Taraki, secretario general del Khalk (la facción más radical del PDPA, dividido internamente entre esta y un ala moderada, Parcham, que a su vez había prestado apoyo al golpe de Daud contra la monarquía).

El nuevo programa gubernamental de la recién estrenada República Democrática se definía por su marcado progresismo. Las intenciones de Taraki pasaban por la alfabetización masiva de una población analfabeta en su práctica totalidad, el cambio del régimen de propiedad agraria en el entorno rural para evitar la acumulación masiva de inmuebles y la redefinición del casamiento, con la imposición de una edad mínima para entregar a las hijas en matrimonio. Este pretendido cambio, llevado a cabo con brusquedad y sin atender a las necesidades religiosas de los ciudadanos, profundamente arraigados en las tradiciones islámicas; la violencia con que se acometieron las reformas; la purga homicida de la disidencia, que obligó al exilio a buena parte de los intelectuales y religiosos; y la escasa sensibilidad para con las formas de vida autóctonas en beneficio de las cuales se decía actuar provocaron no sólo deserciones entre la soldadesca, interpelada a arremeter contra sus compatriotas con extrema saña, sino un creciente malestar social que se canalizó hacia una primera llamada yihadista por el nacionalismo árabe.

La sedición sociorreligiosa alcanza su punto álgido en 1979, cuando Taraki es retirado de la jefatura y posteriormente asesinado por su primer ministro, Hafizullah Amin, debido a las disidencias en el seno del propio PDPA. A la vista del panorama, no demasiado conformes con el radicalismo del Khalk y alarmados por la posible evolución de las protestas afganas al modo de las que simultáneamente llevó a cabo la mayoría islamista en el vecino Irán, que ya venían sucediéndose durante los dos años anteriores al derrocamiento final del Sha en 1979, desde Moscú, con Brézhnev a la cabeza, se decide la intervención militar en Afganistán amparada en el marco del Tratado de Amistad entre este país y la URSS. A finales de diciembre de ese mismo año, sin llegar apenas a los tres meses de mandato, Amin es neutralizado por las fuerzas del Ejército Rojo durante la primera fase de la invasión; su muerte alza al candidato parchamista moderado, Babrak Karmal, más del gusto del Kremlin.

La despliegue militar soviético fue el detonante necesario para que el previo malestar ciudadano se tornara en una fuerte unión entre aquellos que deseaban expulsar al usurpador. No se debe olvidar que en un mundo inmerso por completo en el escenario de hostilidades de la Guerra Fría, cuya configuración era bipolar, sin dar lugar a matices, la política exterior era también extremista: las alianzas no tenían términos medios de negociación y se forjaban de acuerdo al apoyo a una de las potencias y la oposición a la otra; y se verá cómo y por qué esto constituirá un factor de peso en la formación de los grupos yihadistas más virulentos. Un coincidente pero no negociado interés común entre los opositores al nuevo régimen generó una alianza que será fundamental para comprender la evolución de las pulsiones políticas de la zona en los años posteriores. A los partidarios del depuesto gobierno religioso afgano –los muyahiddin–, Arabia Saudí y Pakistán se suman los Estados Unidos, movidos por sus intereses económicos –la cuenca petrolera del Golfo, que aglomera un gran porcentaje del total de las reservas mundiales de combustible– y estratéticos – el temor a la conversión ideológica del país, que podría ser el vector de expansión del comunismo en todo el Medio Oriente– y los voluntarios que llegaron de cada rincón del mundo árabe. El apoyo que fundamentó esta coalición tan heterogénea fue el económico: EEUU financió indirectamente pero de hecho –mediante el aprovisionamiento de recursos a Pakistán, que ejerció de centro redistribuidor– la guerrilla de los que ya se llamaban a sí mismos “árabes afganos”: unos diez o quince mil jóvenes de distintas procedencias que prestaron sus fuerzas de forma oficial, acorde a los tratados áraboestadounidenses desarrollados durante el conflicto, esgrimiendo un argumento de solidaridad y hermanados por la Umma.

J.