Ejerciendo de cátedra. Crónica de un machista iluminado

“Hace veinte años, en esta facultad, los mismos profesores se paraban a mirarnos por debajo de la falda” Estas son las palabras que una de mis profesoras compartió conmigo este último año. Las estaba recordando mientras me dirigía a mi facultad pensando: “La verdad es que es una pena no volver aquí el año que viene”. La verdad es que la pena me duró nada y menos gracias a un – ¡Oh! ¡Sorpresa!- machito español que decidió invertir su tiempo en mí, no conmigo, en mí y en educarme.

Haciendo retrospectiva, pienso que en el momento mi reacción fue bastante pobre, aunque nunca pensé que un hombre fuese a perseguirme por el campus por el que me he paseado tranquilamente estos últimos cuatro años, a veces, en pijama. Yo me bajaba del tren bastante distraída, porque tenía un hambre calagurritana, y acababa de ver una máquina expendedora. Llevaba un rato pegada al cristal de la máquina dejando cercos de vaho, como los perrillos en las tiendas de mascotas, cuando me percaté de que tenía a un tío a veinte centímetros de mí mirándome fijamente. Con semejante espectáculo era bastante de esperar, por lo que fui a sentarme en el césped, hambrienta.

Cuál fue mi sorpresa cuando, estando ya sentada, observo que el tío ese se me va a acercando cada vez más. Primero se para delante de mí, luego pasa de largo, LUEGO SE ESCONDE DETRÁS DE UN ÁRBOL y, de repente, “espontáneamente” clama: “¿Qué lees?”. Decidí ignorar a mi acosador mientras me seguía leyendo un panfletillo de estos de “Grados, Doctorados y otros robos a mano armada”, pero él parecía muy decidido a sentarse a mi lado. Me quitó el papel de las manos mientras leía títulos de máster en voz alta hasta que dio con “Estudios Feministas” y decidió pararse en seco:

-¿Este te interesa?

-¿Por qué no?

-¡Uy! Pues si eres feminista nos vamos a llevar mal.

-Pues adiós.

Pero no, no fue el adiós, y a mí me había picado la curiosidad. Resulta que este sujeto no era nada menos que un flamante estudiante de Derecho: camisa blanca, maletín de piel… la flor y nata de nuestra universidad, en pocas palabras. El pobrecito se hallaba alarmado ante la situación que hacíamos pasar a los HOMBRES en este país (nótese que utilizo las mayúsculas para marcar el fervor cristiano con el que pronunciaba esta palabra). “Perdona, ¿quién está haciendo sufrir a los hombres en este país?” Pues, amigas mías, resulta que somos nosotras, las mismas que visten y calzan: las feministas.

Tal vez debía haberme levantado y dejar a ese pobre enajenado darse de golpes contra el árbol en el que antes se había escondido, pero ÉL me iba a explicar porqué yo estaba tan “equivocada”. Resulta que un millón y medio de HOMBRES españoles (datos ofrecidos por el sujeto este, para nada contrastados) han sido detenidos en estos últimos años por falsos testimonios de violencia machista. Al parecer se han impuesto penas de cárcel porque un hombre espetase a su pareja “Gilipollas”, lo cual está dentro de una conducta normal, según este señor. Y lo que es peor, han mandado a la cárcel a hombres que nunca habían atacado a sus parejas, lo que ocurría es que estas se aprovechaban de dichas penas para cobrarse una fría venganza. Me preocupaba bastante el hecho de que un estudiante de Derecho creyera que había habido alguna feminista redactando leyes de este tipo. Pues al parecer sí, resulta que todos los males de los HOMBRES en este país, son culpa de… Leire Pajín.

Me gustaría ser Simone de Beauvoir para apagarte el cigarrillo en un ojo. Me gustaría tener cigarrillos.

También debí haberme levantado en ese momento, pero por reírme bien a gusto, no por otra cosa. Sin embargo, decidí quedarme cuando este sujeto decidió proclamar a los cuatro vientos, y bajo la gracia de Dios, que los hombres estaban sufriendo APARTHEID. Nelson Mandela, perdónale, no sabe lo que dice. Es por ello que él y sus amiguitos de camisa blanca y maletín de piel habían decidido convertirse en machistas –Mamáááá, quiero ser machiiistaaaa- para luchar contra el predominio de la mujer y poder clamar: ¡BASTA DE ESCLAVITUD! ¡Nuestra venganza alimentará los anales de la historia porque ahora nosotros queremos ser superiores!

Palabras textuales de la cita anterior: “Ahora nosotros queremos ser superiores” ¡AHORA!

Pues sí, ahora, porque el enajenado este se acababa de afiliar al machismo, como si de un club de fútbol se tratase, al contemplar la destrucción de los suyos a manos de las feministas. El iluminado en cuestión no olvidaba el incumplimiento del artículo no sé cuantitos de la Constitución Española que estaba dirigiendo el sino de los HOMBRES a la fatalidad y la desgracia.

-Perdona, ¿Y también queréis subrayar el incumplimiento de los demás artículos?

-Bueno, vamos a dejarlo porque hay mucha gente que habla de la Constitución Española sin tener ni idea.

Oh, el HOMBRE y su inagotable sabiduría, estoy extasiada.

Dejé que me subrayase el hecho de que me estaba hablando a gritos y en tono de burla cuando yo respondía, al parecer lo hacía con la intención de defenderse de mi “violencia feminista” (para encontrar la ironía en estas palabras revisen los diálogos y cuenten mi número de intervenciones, gracias) puesto que ÉL, JAMAS EN LA VIDA ,habría pensado en hablar así a una mujer: “Y aún es más, ya ni si quiera me acerco a ellas como antes” Bueno, querido, te recordaré que me has estado observando desde aquel árbol hará cinco minutos y no ha parecido afectarte en lo más mínimo.

¿Qué pensáis? ¿Me estaría queriendo decir que era de esos que se te acercan por la noche y te dicen: “Nena, vámonos a un sitio oscuro” y te empujan contra la pared? Rezo porque en algún momento se le caiga el pene a pedazos.

Estaba empezando a conocer más al sujeto, así que decidí preguntarle un poco por su vida:

-Oye, ¿crees que la igualdad es una cuestión que podríamos ligar a la educación? Como no llamar a tu pareja “gilipollas”, por ejemplo, o no hacer a las mujeres sentirse incomodas en un espacio público, se me ocurre un campus.

-Venga, ¿ahora queréis educarnos en los valores de la feminidad?- dijo ÉL, que llevaba veinte minutos haciendo gala de sus dotes pedagógicas.

-Perdona, la feminidad no tiene nada que ver con el feminismo.

-Olvídate de los conceptos y las entradas de diccionario porque los conceptos cambian, y “feminismo” ahora es sinónimo de represión.

Y como lingüista que soy, lamenté no tener un diccionario de la RAE para hacerle tragar las hojas en las que se define la cualidad de “femenino” y la “feminidad”. Aunque sólo para hacérselas tragar, puesto que no comparto su interés por “educar” a desconocidos.

Mi móvil sonó y pude dejar a ese señor que, de repente, se deshacía en sonrisas y me despedía con la mano cual abuelita, en el césped donde una vez mis compañeras y yo pudimos sentarnos sin preocuparnos de que nos acosaran. Hace veinte años en esta facultad los profesores miraban por debajo de la falda a nuestras educadoras, mentoras, compañeras de lucha y amigas. Ahora cuatro iluminados van a perseguir a las feministas dentro del campus para que dejen de oprimirles y de hacerles Apartheid. La primera de estas persecuciones dio comienzo el año pasado, cuando aparecieron innumerables pintadas rezando: “Si a la vida”, “El aborto es un asesinato”, etc.

Voy a echar de menos no volver a mi facultad, pero cargada de palos y antorchas.

Buni

Acoso en las calles

     La manada de machirulos se acerca a su presa, y el macho alfa le grita: «eh, tú, ¿te parecemos atractivos?», cuando obtienen por respuesta un contundente «NO», su herido orgullo, tan apreciado por ellos, junto a su seguridad como manada, frente a la pequeña e indefensa presa, les hace fuertes para perseguirla por la calle llamándola cosas tales como «puta» o «bollera».

  Aún no he conseguido conocer a alguna mujer que no haya tenido que sufrir en sus carnes el acoso sexual callejero por parte de algún machirulo ansioso por demostrar su superioridad. Obviamente tampoco conozco a ninguna mujer que no haya sentido miedo al ir sola (o incluso acompañada de otra mujer) por la calle. Ni hablemos ya de las noches, ese espacio del día que casi parece haber sido inventado por los machirulos para hacer lo que les venga en gana con nosotras, desde el piropo que podría parecer más inocente, pasando por los más violentos, hasta llegar a la agresión física.

  ¿Qué alternativas hay a esta situación?¿Acaso lo único que podemos hacer es sentir miedo, pasar por calles iluminadas y girar la cabeza para ver si alguien viene por detrás para aprovechar nuestra distracción? Me niego a pensar que no tenemos elección, que nosotras no tenemos capacidad de decidir qué vamos a hacer en contra de este acoso, como si fuera algo caído del cielo, imposición del destino. Me niego a la resignación que tenemos que sufrir, esperando que ellos decidan no acosarnos, y temiendo que lo hagan.

  En la lucha contra el acoso, hay dos prácticas que considero fundamentales: la educación para el consentimiento y la autodefensa.

  La educación para el consentimiento (o cómo enseñar a tu hijo/primo/amigo/hombre que no hay justificación posible para la agresión) es algo que podemos practicar todos los días, sin necesidad de programar unas jornadas feministas ni de leer algún libro sobre ello (cosas que desde luego os animo a realizar también), sino que un buen debate con nuestros conocidos puede ayudar a crear conciencias. Enseñar a nuestros amigos qué es el acoso callejero, y a luchar contra él; enseñarles a respetar un NO. Enseñar a la gente que: «ibas muy borracha», «a veces te comportas como una fresca» o el clásico: «llevas una falda muy corta» no autorizan a nadie a tocarnos, y el único culpable de la agresión es el agresor.

  Pero la educación para el consentimiento también tiene que ayudar a las mujeres, a las pequeñas y a las grandes, a darse cuenta de que son personas, que no son el objeto ni la acompañante de nadie, que tienen valor por sí mismas. Enseñarnos que nuestra su opinión es tan lícita como la de ellos, a decir NO cuando es NO, hacernos ver que ser mujer no significa ser sumisa… En definitiva, solo nosotras tenemos la clave para empezar a empoderarnos de nuestros cuerpos, de nuestra sexualidad y de nuestra vida.

  Con respecto a la autodefensa, ojalá pudiera dar por hecho que se trata de una práctica opcional y que no es necesaria, pero creo que somos muchas las que nos ponemos las llaves entre los dedos cuando volvemos a casa por el miedo a la agresión. Aprender autodefensa, aprovechar nuestro cuerpo como una herramienta para hacernos valer y resistir las agresiones es una práctica casi obligatoria para todas nosotras.

Y como forma masiva de autodefensa, necesitamos crear redes entre mujeres, para dialogar y debatir, generar lazos y desarrollar estrategias conjuntas, pero sobre todo, para actuar como una sola ante cualquier agresión.

Seamos la mayor manada que hayan visto nunca, porque si nos tocan a una, nos tocan a todas.

Assata Shakur

 

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