El marxismo que no nos contaron (IV)

Una nueva generación y nuevas latitudes

Hemos mencionado las luchas coloniales y postcoloniales y encontramos algún ejemplo en la guerra de Argelia (1954-62). Daniel Guérin, a quien ya hemos mencionado, y que ya había sido un valedor del papel que podía jugar la minoría afrodescendiente en EEUU, está entre quienes apoyan la causa independentista argelina. Esta, pese a estar dominada por una formación profundamente jacobina como era el Frente de Liberación Nacional, quizá por plantearse como una estructura más independentista que leninista, se muestra más abierta a la autogestión obrera en las fábricas y da varias figuras heterodoxas: el ala izquierda estrictamente argelina y el tunecino Al-‘Afif Al-Ajdar. Es en esta época cuando Guérin se va convenciendo del poder de la autogestión y el poder colectivo que le llevará a hablar abiertamente de marxismo libertario (Pour un marxisme libertaire, 1969) y a reivindicar a los referentes clásicos del anarquismo (Ni dios, ni amo, traducido en 1977).  Y es también cuando se configura un ala izquierda del nuevo estado argelino y sus organizaciones de masas en torno, sobre todo, a Hocine Zahouane, sindicalista muy partidario de la autogestión frente a la burocracia estatal, Mohammed Harbi y Bashir Hadj Ali. Este núcleo, en la etapa 1962-65, tenía voz, presencia y hasta algún cargo públicos en el nuevo régimen y contacto directo con el jefe de estado Ahmed Ben Bella –cosa que les valdría alguna burla de la Internacional Situacionista, al compararlo con su capacidad de extender la autogestión y no sólo «cantar» sobre ella–, pero todo eso se acabaría con el golpe de Boumédiène en 1965. A partir de ahí, el pequeñísimo sector autogestionado de la economía sería estatalizado junto con gran parte del privado y la izquierda argelina pasaría de librar un pulso con el ejército a ser abiertamente perseguida, detenciones y torturas incluidas. Pese a intentar luchar mediante una Organización de Resistencia Popular, serán barridos por la represión y el exilio consecuente.

El internacionalista Al-Ajdar es aún más interesante puesto que, después de participar en el FLN argelino y en el aparato de formación del Frente Democrático para la Liberación de Palestina (a principios de la década de 1970), reaparece en el convulso Beirut de 1975-1990 en la organización de asambleas y consejos populares y como autor del libro Sultat al-majalis («El poder de los consejos»). Autor de una nueva traducción del Manifiesto comunista, Al-Ajdar fue, que sepamos, el principal exponente del consejismo en el mundo árabe antes de pasarse, en la vejez, a un vago laicismo que le llevaría a hacer frente común con el régimen de Ben Alí y las potencias occidentales.

Sin ir a coordenadas tan lejanas, en el País Vasco se da un fenómeno peculiar. Un grupo de jóvenes universitarios cercanos al Partido Nacionalista Vasco y, sobre todo a EGI, su organización juvenil, más familiarizados, por lo tanto, con el liberalismo ilustrado y el socialcristianismo que con el marxismo, defienden, contra la dictadura militar, la democracia política, contra los asimilacionismos español y francés, la democracia cultural y, contra la explotación capitalista y leninista, la democracia económica como tercera vía. Se trata del grupo que primero edita la revista Ekin («Acción») y en 1959 funda el movimiento Euskadi Ta Askatasuna o ETA. No está de más decir que, si bien la fascinación por Cuba, Argelia y Vietnam y sus respectivas evoluciones hace que algunos de sus líderes impriman a las primeras ETAs una clara influencia leninista (especialmente los hermanos Etxebarrieta), existe cierto contrapeso a causa de esos orígenes liberales y de la influencia de personajes como el anarcosindicalista Félix Likiniano (sin cargo formal, no obstante) y, sobre todo, con el asesoramiento formal del ideólogo Federico Krutwig, influyente en el decenio 1965-1975 y partidario de un marxismo heterodoxo.

Algunas de sus personas cercanas (Marc Légasse) o miembros (Mikel Orrantia, alias Tar, o el ex-dirigente Emilio López Adán, Beltza) acabarán reivindicando parcial o totalmente el anarquismo; en el caso de Orrantia, participará en la creación de la revista Askatasuna («Libertad», 1971-1980), que, en un difícil equilibrio anarcoindependentista, participará en la reconstrucción de la CNT (1976), de la que será expulsada tras apoyar la «alternativa táctica KAS» (1978).

En Yugoslavia, dentro del oficialista KPJ, será la generación que se unió para hacer la guerra contra el ocupante nazi o en la postguerra la que dará un grupo de intelectuales (Mihailo Marković, Rudi Supek, Milan Kangrga o Gajo Petrović) que, en contacto con los debates occidentales, cuestionará el leninismo desde dentro. Si bien se mantienen en la línea de su partido en la época inmediatamente posterior a la ruptura del titismo con la KomIntern (1948), con la apertura posterior vendrán los problemas.

Ya antes de ese grupo, un personaje de mucho mayor peso institucional, Milovan Djilas, había afirmado que Yugoslavia era un estado totalitario con una burocracia minoritaria gobernante y una clase mayoritaria gobernada en su libro La nueva clase (1957). De forma menos conflictiva, el mencionado grupo de intelectuales empieza en 1964 una búsqueda de un marxismo sin hipotecas políticas, capaz de analizar sin necesidad de justificar o invalidar a nadie y en contacto con autores de otros países –especialmente digno de señalar es el ya mencionado Erich Fromm–. Pese a las tensiones que eso suscitaría con la dirigencia del partido, sacarán la revista Praxis, con prohibiciones puntuales, y la universidad de verano de Korčula hasta 1975 en que la publicación sería clausurada y se pondría fin a la actividad del grupo en el país. Praxis, como grupo, seguiría hablando a través de sus contactos en el extranjero y, de hecho, publicaría una nueva revista, Praxis International, de 1981 a 1991.

El mítico 1968 y, en general, la agitación de los países industrializados en esos años parece confirmar los análisis –por lo demás, poco conocidos– de tantas marxistas rebeldes: ni el estado del bienestar en occidente ni la eliminación de la burguesía en el oriente leninista bastan para acabar con la lucha de clases. Una nueva generación con pocos hábitos activistas y atomizada por una sociedad donde escasean las organizaciones de clase protagoniza un proceso muy capaz de crear situaciones (movilizaciones concretas, algaradas, atentados) con visibilidad mediática y de teorizarlas, pero muy poco capaz de transformar todo esto en estructuras estables, ya sean formales o informales.

Esta nueva generación escucha a las anteriores, pero no será en absoluto capaz de ir más allá de ellas, más bien al contrario. Con todo, dejará al menos toda una serie de grupos autónomos donde, bajo principios libertarios (acción directa, autogestión, asamblearismo) conviven activistas de formación anarquista con otros de formación marxista, unidas en torno a prácticas comunes, en lugar de enfrentarse por los debates de la AIT o por anticipar debates de un futuro que quizá no vivan para ver.

Los más conocidos de ellos son los grupos armados, por lo osado y mediático de sus acciones y el pulso (anti)represivo consecuente, si bien no son en absoluto los únicos ni son separables de las acciones no armadas. En Francia –cuya mezcolanza de activistas autóctonas con refugiadas españolas ya hemos mencionado–, este espectro político dará tanto el grupo en torno a la librería La vieille taupe («El viejo topo») de Pierre Guillaume, Jacques Baynac y Gilles Dauvé (alias Jean Barrot) como el 1000 o MIL donde se unen, en torno a Oriol Solé Sugranyes –que viene del maoísmo– un grupo de Toulouse con formación anarquista y sed de acción (Vive la Commune!) y parte del incipiente movimiento autónomo barcelonés (¿Qué hacer?, Nuestra clase, Grupos Obreros Autónomos), de formación marxista por aplastante mayoría y, evidentemente, clandestino. En aquel momento en que las Comisiones Obreras son una propuesta y no una organización, mucho menos una organización vertical, estas personas aspiran a convertirlos en el equivalente de los soviets de la Rusia revolucionaria y es por ello que intentan una teorización desde la práctica que les lleva a traducir o retraducir a Pannekoek, Ciliga, Balázs y otras. Pese a ser más conocido por sus atracos, el MIL no se entiende sin esta corriente más orientada a la formación y la autoorganización (que recibe parte del botín de dichas expropiaciones, claro), como ocurrirá con aquel sector que intenta seguir con la agitación armada después de 1973: los GAC y la llamada OLlA (nombre de origen policial) en la región española, los GAI-GARI en la francesa.

Surgirán también en distintos países grupos que cambiarían rápidamente de nombre y otros más informales, sin nombre, generalmente en las décadas de 1970 y 1980. En el caso de Francia, de nuevo, nos encontramos con que el más conocido (Action Directe) lo fue por sus acciones armadas en 1979-1981 y 1982-1987, pero no es menos cierto que entre la amnistía de 1981 y su nuevo enfrentamiento abierto en 1982, la llamada rama parisina (Rouillan, Ménigon, Aubron, etc.) participó públicamente en el movimiento okupa, las luchas de las refugiadas turcas, libanesas, etc.

No está clara la continuidad entre estos grupos de la diáspora hispano-francesa y los que actuaron a partir de 1977 en Barcelona, Madrid, Valencia o Valladolid, al calor de las luchas obreras, vecinales y estudiantiles, pero sí se ve la continuidad entre el independentismo revolucionario vasco y el movimiento autónomo que surge a su izquierda (sus expresiones más conocidas, que no únicas, serían LAIA-ez, el sector del partido LAIA que se negó a integrarse en la Koordinadora Abertzale Sozialista y los Comandos Autónomos Anticapitalistas), a veces respetado, a menudo despreciado o difamado desde aquel.

También surgieron grupos autónomos en Italia (en todo el llamado «movimentismo» convivían leninistas, consejistas, anarquistas, etc., a veces en los mismos grupos, a veces en grupos separados) y en la Europa germanohablante, donde el más conocido sería el alemán Movimiento 2 de Junio. No obstante, en ese difuso tronco movimentista también existieron al menos el grupo antifascista Spartakus en Austria y el colectivo Hydra en la suiza germanohablante, ansiosas de buscar alternativas a la integración en el sistema, la evasión mediante la intoxicación o el enfrentamiento bélico de la RAF y demás. Si bien no podemos hablar de un grupo con una orientación política clara, lo seguro es que algunas de las integrantes de estos grupos, también inspiradas por la comuna libre de Contadour del escritor Jean Giono, emigrarían a la Provenza francesa, donde fundarían la comuna Longo Maï, que subsiste después de más de cuarenta años y ha dado lugar a una red cooperativa que llega a otros países.

¿Solo 11 contra 11?

Hay quien define el fútbol, parafraseando a Von Clausewitz, como la continuación de la guerra por otros medios. Efectivamente, el fútbol no es más que la representación de un enfrentamiento entre oponentes, una batalla desarmada por lograr una victoria. Una representación que, sin embargo, supera con frecuencia el marco en el que se desarrolla para irrumpir con fuerza en conflictos mucho más tangibles y reales.

El ejemplo de la batalla en Port Said (Egipto) es paradigmático. En febrero de 2012, al término de un partido entre el Al-Masry (local) y el Al-Ahli (de la ciudad de El Cairo) los hinchas de ambos equipos de fútbol llevaron la batalla más allá del deporte. Los aficionados del Al-Ahli, visitante, luchaban como defensores de las revueltas árabes frente a los hinchas del Al-Masry, partidarios del régimen de Mubarak quienes asaltaron el campo tras la victoria de su equipo, con la permisividad de las fuerzas policiales. 74 personas murieron. Paradigmático fue también aquel partido que en el año 90 enfrentó al Dinamo Zagreb con el Estrella Roja de Belgrado y que acabó en una batalla sangrienta con trasfondo étnico, el enfrentamiento entre serbios y croatas.

El club de fútbol como símbolo propiamente político es una identificación que se ha vuelto natural con el tiempo. Vázquez Montalbán definió acertadamente al Barça como el «ejército simbólico desarmado de Cataluña» y hoy, la relación conceptual entre este club y buena parte del independentismo en Catalunya es innegable.

Tampoco extraña a nadie que la labor de Bukaneros, seguidores del Rayo Vallecano, tenga un claro componente político y social, muy ligado al barrio trabajador que da nombre al equipo. O que como resultado de tal compromiso, la represión a los grupos de izquierdas y revolucionarios en Vallecas se cebe especialmente con ellos. El ejemplo de Alfon, detenido durante la última Huelga General, es claro; así como el del resto de Bukaneros detenidos durante los últimos meses, con el único motivo de ser activos políticamente y parte de la izquierda.

Ken Loach también remarca esta relación de la clase trabajadora con el fútbol en Buscando a Eric. En ella, un cartero británico aficionado al Manchester United se apoya en su ídolo futbolístico, Eric Cantoná, para retomar las riendas de su vida. Más allá del equipo y del ídolo, el director nos recuerda la importancia del sentimiento comunitario que se genera en torno al fútbol. El mismo sentimiento que lleva a muchos chavales en su día a día a convertir un par de jerséis en una portería y un bote de refresco en una improvisada pelota.

Al otro lado del espectro son bien conscientes de la capacidad de este deporte como elemento propagandístico. A estas alturas resulta ya un lugar común repetir que el sentimiento españolista se ha multiplicado a raíz de las recientes victorias de la selección nacional. Por poner otro ejemplo, también muy claro, los grupos políticos más fachas y reaccionarios han sabido situar al Real Madrid como una institución de su entorno ideológico. Esto se deja notar tanto en el lenguaje que esgrime el club y sus mandatarios como, desde luego, en la actitud de la mayoría de sus aficionados. El franquismo dejó notar su influencia sobre un club que, en algún momento, llegó a ser una referencia para la izquierda. La imagen del Madrid republicano, con sus jugadores alineados puño en alto, refleja esto a la perfección. Sin embargo, tras la dictadura el ya de nuevo renombrado como Real Madrid queda retratado en la expresión atribuida a sus aficionados: «Yo solo creo en Dios, en Franco y en don Santiago Bernabéu». Tal cambio también se dejaría notar en su escudo, que perdería en 2001 el color morado de su banda (color que había adoptado en 1931 en representación de su origen castellano).

La capacidad simbólica del fútbol está, por tanto, más allá de toda duda. Anima conversaciones y debates, enfrentamientos y acuerdos imposibles, pasiones desatadas y rechazo absoluto. Sorprende aún que el fútbol reuniese, en plena guerra mundial, a los soldados de ambos frentes en la Navidad de 1914. Quizá influido por este relato real, el Atlético de Madrid realizó un anuncio televisivo en el que dos combatientes de la Guerra Civil, militantes de bandos contrarios, se encontraban en el bosque. Cuando ambos tenían ya los fusiles apuntados y poco antes de lanzarse a matar o morir, descubren que son los dos aficionados del atlético. Esto cambia el desarrollo de los acontecimientos y los dos combatientes, antes enfrentados, se reconocen ahora como personas afines. El fútbol tendiendo puentes a pesar de la brecha ineludible de la guerra. Aunque se trate de ficción, su fondo remite a una idea muy real: la importancia cultural del fútbol en la psicología y la personalidad de muchos.

0

La más grande de las cosas pequeñas parece convertirse a veces en lo único importante. Una vía de escape que no soluciona nada, pero que ocupa (o malgasta) grandes cantidades de tiempo. Pero el fútbol, más allá del espectáculo de los grandes clubs, es también una expresión cultural, una forma de socialización y una manera de hacer deporte considerada de manera positiva por muchos.

Un análisis sobre el verdadero papel social de este deporte (de todo el deporte, en realidad) y de los valores que porta está aún por desarrollar. Un análisis que valore tanto sus aspectos negativos como los positivos, que no son pocos.

La crítica al espectáculo y al negocio del fútbol está presente en mayor o menor medida en el movimiento libertario; sin embargo, existen aún muchas implicaciones que no han sido exploradas ni discutidas. Habría mucho que decir, por ejemplo, de la cultura del fútbol desde una óptica feminista y contraria a la heteronormatividad. También está por explorar la función del deporte en la formación cultural de muchos chavales que pasan horas pegando patadas a un balón. Sirvan estos apuntes como caminos abiertos a la exploración y al debate.