Biografías de… película? No! De cómic!

«La Virgen Roja» y «El Arte de Volar» son dos cómics, novelas gráficas, o como prefiráis llamarlos, que aunque no parezcan tener nada en común, (distinto estilo de dibujo, distinta época, distinta narrativa) ambos narran la vida de dos libertarios que desde sus respectivas situaciones se enfrentan a momentos relevantes de la historia. Alejados a más no poder del cómic de superhéroes, o de la novela gráfica más impactante, traen historias reales contadas de manera ágil dando también una amplia perspectiva de su momento histórico. Dos biografías de personas reales que tuvieron que enfrentarse a momentos clave de la historia, ambos desde una perspectiva libertaria, y con su distinta y personal actitud ante las adversidades.

«La Virgen Roja» nos cuenta la vida de Louise Michel, una feminista en la comuna de París que pasaría a la historia. Educadora y poeta, luchó en primera línea contra la burguesía y el machismo. Ahora considerada una heroína, fue deportada a Nueva Caledonia, donde sus ideales por una educación laica e igualitaria y una férrea oposición al matrimonio tradicional la acompañaron. Allí tampoco se detuvo su lucha, estableciendo relación con las poblaciones nativas oprimidas. Toda una vida de activismo revolucionario contada a través de dramáticos dibujos a blanco y negro, estupendamente rematados con rojo. Una historia centrada en hechos estupendamente rematada por fragmentos de los poemas de esta gran mujer.

Por otra parte «El arte de volar» refleja la vida del padre de su guionista. Es la vida de un chico de campo que marcha a la ciudad, encontrándose con las ideas libertarias y con el golpe de estado franquista y posterior guerra civil española en su juventud. Reclutado por los sublevados, pronto escapa con el bando republicano, en el que permanece hasta el final de la guerra, exiliándose a Francia. Aún mostrándonos a un protagonista sumamente idealizado, llega a emocionar la imagen de alguien que no para de caer pero también de levantarse, intentando volar. Y vemos cómo un choque tras otro, y una progresiva disminución de los apoyos afines, finalmente acaban con ese espíritu de lucha constante. Además, todos los que conocíamos al dibujante Kim por sus viñetas de «Martínez el facha» en El Jueves podemos disfrutar de su estilo sorprendiéndonos en este caso por la profundidad inesperada que nos trae su estilo al sacarlo de las tiras cómicas a las que nos tiene acostumbrado.

Para quienes siguen pensando que la historia y las ideas sólo son válidas si vienen en formato de parrafadas, éstos dos cómics nos muestran cómo su género, que no es nada nuevo pero sigue sin calar del todo, trae profundidad y cultura, a veces hasta libertaria, de una forma amena y muy entretenida.

Pride

Durante la manifestación del orgullo gay de 1984, un grupo de gays y lesbianas recaudan dinero. Dinero destinado a apoyar la huelga minera que ese mismo año había comenzado en Reino Unido. Basada en una historia real, la película Pride nos cuenta cómo el colectivo Lesbians and Gays Support the Miners (Lesbianas y Gays apoyan a los mineros) se enfrentan a todas las adversidades con las que se encuentran para apoyar a otro colectivo oprimido: el de los mineros.

Como bien dicen al principio de la película (tranquilos, no hay spoilers, además todos sabemos cómo terminó la huelga) si la policía no nos está acosando, es porque ahora mismo tienen otros objetivos. Pero nuestros protagonistas deciden no quedarse parados. Ese otro objetivo que está sufriendo necesita ayuda, económica entre otras cosas, y ellos pueden aportarla. Pero no va a ser tan fácil, porque, ¿cómo van a aceptar unos mineros, hombres duros y fuertes, el dinero de un grupo de gays?

Pues bien, ante el rechazo de los sindicatos, este grupo de gays decide ponerse en contacto con los propios huelguistas. con ciertas reticencias iniciales por ambas partes, ambas comunidades se ponen en contacto y se conocen, teniendo las mujeres un papel clave especialmente en mejorar la interacción entre los dos grupos que en un principio aparecen recelosos. Diferencias que en un principio parecen insalvables acaban en una fuerte unión.

Y no sólo eso. También nos habla, aunque brevemente, de la opresión de ambos sexos en el sistema heteropatriarcal. Hombres con miedo a bailar en público, mujeres con miedo a hablar de sexo, mientras se tratan temas que siguen vigentes como el miedo al sida por desconocimiento o la falta de aceptación por parte de personas cercanas hacia sexualidades no normativas.

Todo ello contado desde el humor, aunque no falten momentos de angustia. Una hora y media de altibajos y conversaciones sencillas pero de gran significado que muestra hasta qué punto luchas que aparentemente no están relacionadas se necesitan.

Una grandísima muestra de la transversalidad de las luchas, que culmina con los mineros acudiendo masivamente a la manifestación del orgullo al año siguiente. Una película con protagonistas homosexuales que no está centrada en sus historias románticas. Sólo con eso, ya diría que es algo totalmente recomendable que nos despeja la mente de la línea festiva de las fiestas institucionales del orgullo que se están celebrando estas semanas en diversas ciudades. (Recordamos la convocatoria de esta tarde para la manifestación del orgullo crítico en Madrid en la plaza de Cabestreros).

 

¿Revoluciones…?

Abrimos cualquier buscador. Cualquier diccionario. Y todas las acepciones que encontramos de la palabra revolución pueden organizarse en dos grupos. Uno de significados relacionados con dar vueltas y otro relacionado con cambios bruscos en distintas áreas. Si bien es cierto que el primero puede interpretarse como una continuación pesimista del segundo (todo lo que cambia vuelve a su posición inicial), también es cierto que por suerte el primer grupo de acepciones en principio sólo es aplicable a maquinarias o en matemáticas.

Evidentemente, el grupo de acepciones que me interesa es el segundo. Cómo relacionar revoluciones científicas con revoluciones sociales. Si bien en un principio parecen cambios en ámbitos que nada tienen que ver, podemos establecer ciertos paralelismos y una influencia directa de unas sobre otras.

Cuando ocurre una revolución en la ciencia o la tecnología (ocurrir, qué mal, las revoluciones las hacen las personas, no surgen de la nada), partimos de un sistema aceptado por un grupo de analizar e interpretar los datos. Aunque en los últimos dos siglos estos sistemas sean más o menos compartidos a nivel mundial, no todos los grupos están interesados en las mismas áreas, por lo que todos los grupos serán conscientes de una revolución en un área aunque no se vean afectados por ella. Y esto es aplicable a cualquier grupo humano. Una revolución en un territorio puede parecer tener una mínima influencia directa sobre otro, pero los estados la verán con recelo y actuarán de forma consecuente.

Otra característica de las revoluciones científicas e industriales es que surgen de un sistema obsoleto. En la ciencia, cuando el sistema de normas y paradigmas aceptados deja de explicar los nuevos experimentos se hace necesario otro sistema que los haga encajar. Antes de que un nuevo sistema sea completamente aceptado por toda la comunidad científica surgen distintas opciones, que durante un periodo (que puede perfectamente durar décadas) conviven siendo defendidas por distintos sectores de la comunidad. Hasta que una de ellas se impone sobre las demás, desterrando a las otras. Habitualmente se dice que los motivos para elegir esta nueva teoría son objetivos. La nueva teoría es aquella que mejor explica los nuevos experimentos. Pero, ¿es esto así realmente? En distintas ocasiones varias teorías podían explicar el mismo suceso con igual éxito. Pero la que prevalece es aquella que mejor encaja con la ideología dominante de la época, siendo que un cambio en la forma de ver la ciencia puede suponer un cambio en la forma de ver la sociedad (Darwinismo vs apoyo mutuo, geocentrismo vs heliocentrismo…). De modo que sí, estas revoluciones en la ciencia afectan directamente a la sociedad.

El problema al aplicar el paralelismo en el proceso es que no podemos ni siquiera fingir que el sistema que perdura tras una crisis es el más adecuado para resolver los problemas que surgen. Si definimos estas crisis como las situaciones en las que un sistema completamente decadente deja de ser útil como forma de organización, casi podemos decir que la humanidad ha vivido en crisis constante. Tenemos entonces que definir de otra forma esta obsolescencia.

Definir la situación de decadencia de un sistema previa al surgimiento de otro, hablando de sociedades, es complicado. El colapso de los sistemas sociales no se limita a la no concordancia de unos números en un cuaderno sino a las vidas de las personas en esa sociedad. Y el nuevo sistema que surja tendrá que abrirse paso entre otros posibles sistemas que no fingirán que su principal motivación es hacer cuadrar los números. Y las comunidades relativamente ajenas a este proceso no se limitarán a observar con curiosidad el nuevo modelo que surja por si pueden sacar provecho. Presionarán (más abierta o disimuladamente) para que el modelo ganador sea aquél que más se adapta a los intereses políticos de la clase dominante de estas comunidades «ajenas al proceso».

Por último, una similitud importantísima desde mi punto de vista entre todos los tipos de revoluciones es la forma de analizarlas en libros de texto de cualquier ámbito. Aprendemos, o nos hacen aprender, que estos cambios son siempre avances. La sociedad y el conocimiento siguen una dirección y un sentido invariables en el que los retrocesos no existen. Cada vez que un sistema cambia, el nuevo es más justo y nos acerca más a la verdad. Se ridiculizan los sistemas anteriores y a sus defensores, y no digamos ya a las nuevas ideas de sistema que no proliferan. Aprendemos que la humanidad avanza de manera incuestionable. ¿Pero es esto realmente así? Al principio del artículo digo que no me interesa la acepción de revolución como vuelta. Bien, no nos interesa volver al mismo punto después de un tiempo probando cosas nuevas. Pero seamos conscientes de que esto no es siempre así, al menos en la ciencia. Un nuevo sistema científico puede no acercarnos más a la realidad, sólo hacernos verla desde otro ángulo, dejando abiertas nuevas lagunas e incógnitas. Nos dicen que pasar de esclavitud, a feudalismo, a proletariado, suponen avances y cambios fundamentales. Vemos que como en las revoluciones científicas estos cambios en la sociedad suponen un cambio de prisma. Cambiamos nuestra forma de ver lo mismo, con nuevas contradicciones. Para que el cambio sea realmente fundamental tiene que cambiar la estructura real de lo que se está viendo. No vale con que una nueva estructura sustituya a la anterior cambiando el nombre de las cosas. Es necesario romper con esa rueda que parece cambiar cuando sólo estamos viendo el mismo objeto desde otro ángulo.

 

Del miedo al rencor o cómo fingir racionalidad cuando los escudos fallan

Tengo miedo.

Siempre digo que no, pero lo tengo.

Miedo de alguien a quien hace más de 4 años que no veo. Miedo de alguien que nunca me hizo nada. Miedo de alguien que seguramente no recuerde mi existencia.

Y poco menos de 4 años diciéndome que ese miedo no existe. Que soy alguien racional. Que es absurdo temer algo que no puede afectarte.

Nunca había hablado de ese miedo.

Cuando esa persona desapareció decidí evitar las calles que frecuentaba con la excusa de que el otro camino a casa es más oscuro pero más directo. Pero reconozco que cuando volví a recorrerlas fui con la cabeza baja, y aún hoy las cruzo en guardia. Con paso rápido, la mandíbula tensa y, según los ánimos, mirada desafiante. Pero no era miedo. Sólo era por evitar situaciones incómodas.

Cuando me llaman al móvil y no tengo guardado el teléfono mi voz suena muy aguda. Pero eso es normal, ¿no? ¡No vamos a reaccionar todos igual a lo inesperado!

Y si alguien me llama por la noche, sea o no una persona amiga, me la paso temblando. Porque obviamente me han desvelado. Han alterado mi estado de tranquilidad de una forma brusca. Otra reacción no tendría sentido.

Hará cosa de una semana me lo volví a cruzar. En el metro. Y se quedó mirando sin decir nada. No sé si me reconoció, pero a mí se me tensó la mandíbula. Y me di cuenta del miedo que había estado negando. Ese miedo que había camuflado de odio y desprecio. Me creía enfadada, porque enfadarse tenía sentido. Y el supuesto enfado tras tanto tiempo se debió convertir en rencor. De modo que me creí rencorosa (que no digo que no… ). Pero lo que había tenido, desde un principio, no era un enfado completamente justificado. Era miedo.

Asumir la irracionalidad ayuda. Ayudaron en su momento las personas de mi entorno más cercano, a las que estoy evidentemente agradecida. Pero admitir la realidad interior ayuda mucho más.

Ayuda comprender que tenemos más emociones de las que pensamos, y que éstas nos afectan en el día a día. Es relativamente fácil fingir estabilidad emocional. Tan fácil como negativo. Porque esto se filtra y nos sobrepasa. La tensión se acumula. Aunque no sepas que está ahí. Y precisamente si no la reconoces no hay forma de soltarla.

La sinceridad con uno mismo es lo más necesario para revisar nuestras dinámicas. Tanto políticas como personales, porque si el subconsciente te presiona no es sólo contra tu entorno personal. Lo engloba todo en mayor o menor medida.

Y esos miedos, racionales, irracionales o mezcla, no deben marcar nuestras pautas en las relaciones. El apoyo se complica cuando no se sabe qué apoyar, y una falsa racionalidad no es la mejor forma de relacionarse. Especialmente si esto nos lleva a juzgar con dureza a aquellos que no han querido caer en el autoengaño y se saben vulnerables porque, de qué sirve si no hablar de empatía?

Los científicos de la ideología imperante

En este artículo trato indistintamente las llamadas ciencias sociales y las naturales. Las diferencias entre ellas serán tratadas más adelante.

Las ciencias, esas disciplinas que nos revelan las verdades independientemente de religiones y mitologías, libres de prejuicios y de ideologías, no son tan objetivas como se nos intenta hacer creer.

La ciencia es desarrollada por científicos, es decir, por personas, con sus propias ideas e intereses, personas que han recibido una educación fuertemente influenciada por la ideología dominante (¿Quién no?). Y no podemos olvidar por supuesto quién financia a estas personas, y de qué estratos sociales van a provenir mayormente. Estos obstáculos para la independencia de la ciencia pueden (y deben) ser analizados de forma independiente para poder dar una perspectiva libertaria y ecológica al desarrollo de las ciencias y sus posibles aplicaciones en tecnología.

Lo que puede ser más remarcable de estos factores es quién paga la ciencia y quién puede permitirse dedicarse a ella. Desde la Antigua Grecia nos hemos encontrado con científicos/filósofos que movidos por la idea de separar el pensamiento humano de la mitología han ideado distintas teorías sobre los fenómenos naturales. Pero estos científicos siempre hay pertenecido a una clase acomodada. Han sido aquellos con tiempo libre los que nos han contado la realidad sobre el mundo. Los filósofos griegos no eran esclavos. Tenían esclavos. Y eso no cambió en los últimos siglos. Físicos, matemáticos, biólogos. Bien pertenecían a familias acomodadas, que podían pagar su educación y posteriormente sus experimentos, sin necesidad de tratar de conseguir otros ingresos, o bien eran pagados por éstos. Por supuesto puedes intentar ser objetivo en tus investigaciones, pero es peligroso enfrentarse a quien te paga o impone las leyes. Así durante la Edad Media los astrónomos de la Europa cristiana «olvidaron» que la tierra gira alrededor del Sol. ¡Incluso olvidaron que es redonda!

Y en mi opinión esto no es grave si lo comparamos con los resultados obtenidos por psiquiatras a lo largo de la historia (especialmente en el s.XIX sobre la mujer y sus patologías específicas) o mucho peor, los estudios de científicos nazis acerca de las razas humanas. Trabajos de este tipo podían llevar a cualquier conclusión siglos después de haberse aceptado el método científico de Descartes y décadas después de que la dialéctica (y el materialismo dialéctico) pasaran a ser una herramienta habitual para la ampliación del conocimiento.

En nuestros días tampoco hay una separación real entre la ciencia y la ideología imperante, ya que no podemos olvidar que quienes cuentan con los medios para estudiar una carrera no provienen mayoritariamente de las clases trabajadoras, y quienes pueden dedicarle la mayor parte de su tiempo y esfuerzo serán principalmente quienes tengan un mínimo de estabilidad en sus hogares. Y una vez llegados al punto de la investigación, ésta no es barata, y viene financiada por los estados, quienes deciden si tu proyecto es o no interesante, y por multinacionales, que imponen directamente su proyecto orientado, obviamente, al aumento de capital. Así es difícil que las investigaciones estén orientadas a un aumento del conocimiento objetivo, ¿no?

Otro punto a analizar es que hasta hace bien poco quienes han podido dedicarse a estas tareas han sido hombres. Valerie Solanas nos dice que una ciencia desarrollada por mujeres tendría un enfoque sumamente distinto y se habría llegado a un punto en el que los embarazos y partos no serían necesarios, bien porque todas las enfermedades se pudieran superar, bien porque se hubiesen desarrollado otros métodos para la reproducción. Podemos considerar esta idea demasiado positivista pero sí es cierto que la ciencia se ha preocupado poco o nada de la salud y el bienestar de las mujeres, y no hablemos ya de personas disidentes de género y/o sexualidad respecto al sexo biológico. Histéricas y ninfómanas han (hemos) llenado páginas y páginas de manuales de psiquiatría a lo largo de los siglos.

Pero aún con eso, nuestro conocimiento objetivo sobre el mundo ha avanzado. Cierto que no ha sido un crecimiento uniforme, y mucho menos homogéneo. La humanidad ha sufrido altibajos. Pasamos de Arquímedes a los alquimistas, y Copérnico nos tuvo que recordar lo que ya sabía Aristarco de Samos, pero consiguió asentar el heliocentrismo.

La influencia de las clases dominantes sobre el avance científico puede que impliquen retroceder un paso por cada dos que se avanzan, o algo más según el lugar y la época histórica, pero se avanza. Y si el pensamiento colectivo avanza en este sentido también se puede avanzar en muchos otros. La influencia que pueden tener sobre nuestro pensamiento social los medios de comunicación y la educación recibida está en la misma dirección que la influencia de la financiación y de nuevo la educación sobre los avances científicos. Es una influencia que puede ralentizar los avances y en algunos momentos incluso obliga a retroceder, pero en conjunto se puede presionar lo suficiente para que el movimiento total sea positivo. El avance es lento, pero existe y no puede abandonarse.

Breve introducción al surgimiento de las jerarquías

La jerarquía no es sólo una situación interpersonal, identificada comúnmente con la subordinación de unas personas a otras. Es un concepto interiorizado hasta tal punto que tratamos de explicar la naturaleza basándonos también en estructuras jerárquicas, ya sea cuando decimos que una manada de lobos tiene un líder o hablamos de la «abeja reina». Estos ejemplos que alguien podría identificar como relaciones de jerarquía en la naturaleza no se corresponden con ella, ya que en el primer caso ese liderazgo está sujeto a un individuo concreto en situaciones concretas, y no una institución como tal que perdure en la especie, y en el segundo es la «mamá» del enjambre que no dirige, sino que provee de mano de obra y de una nueva «mamá» cuando es necesario para que el grupo perdure. Incluso los mandriles se han usado como ejemplos de jerarquía y patriarcado, sin tener muchas veces en cuenta que es con el gibón, simio que no presenta este tipo de actitudes, con quien los humanos compartimos más rasgos físicos y evolutivos.

El proceso que nos ha llevado a un pensamiento jerárquico al nivel de reflejarla en nuestros modelos de la naturaleza y justificarla en ellos ha sido largo y complicado, por lo que sólo presentaré una visión a grandes rasgos de su aparición.

En las sociedades previas a la aparición de la jerarquía existía una división del trabajo en la que los distintos elementos del grupo se complementaban. Esta complementariedad en el reparto de tareas se daba también en la división entre hombres y mujeres, diferenciación que apareció, principalmente, por la menor movilidad de éstas en periodo de gestación y crianza. El papel de la mujer no era inferior al del hombre, ya que el deber de alimentar a la comunidad mediante la recolección y posteriormente la agricultura era tan imprescindible como el de la caza. Esta situación comenzó a cambiar con las guerras entre clanes por el territorio. La figura del guerrero cobró importancia. En términos de defensa comenzó la subordinación de la mujer. Una vez que nos adentramos en el neolítico y tenemos tierras cultivables la reclamación de las tierras del clan invadido como trofeo personal comenzó de algún modo con la acumulación desigual de la tierra, ya que las tierras de la tribu pertenecían en la colectividad. Los vencidos se convierten así en desposeídos y posteriormente en esclavos. Entre los líderes militares aparecen patriarcas con posesiones materiales y autoridad respecto a las relaciones con el exterior. Pero esto no es suficiente para explicar una jerarquía más elaborada y estratificada.

Una explicación más completa sobre cómo llegan a aparecer las jerarquías nos la da el estudio de los ancianos de las tribus. Si en un principio éstas se regían por asambleas o consejos de ancianos, estos consejos no constituirían una jerarquía real, ya que todos los miembros de la tribu están destinados a formar parte de este grupo (siempre y cuando sobrevivan para alcanzar una edad avanzada). Además esta tarea podía ser interpretada como una especie de compensación ya que su capacidad para actividades como conseguir alimentos o edificar viviendas están claramente limitadas. En los ancianos aparece un rencor hacia la naturaleza cruel, que transforma su cuerpo y espíritu limitando sus capacidades. Estos ancianos además necesitan asegurarse un puesto imprescindible en el grupo, ya que en épocas de necesidad son los primeros en ser abandonados ya que su labor es, por así decirlo, la menos necesaria para la supervivencia del grupo. Aconsejan a la comunidad, apareciendo sabios y hechiceros que ponen bajo su mando a las fuerzas de la naturaleza que les ha maltratado. Comienza la dominación por el miedo a los espíritus de la naturaleza, pero este grupo tiene ciertos fallos, que se subsanan con la aparición de las religiones. Las catástrofes y las enfermedades no tenían ninguna justificación en el marco de la hechicería, pero si incluimos a unos dioses con una moral estricta que nos castigan si incumplimos sus normas, el sacerdote se convierte en un mediador que les puede aplacar, pero aún así las catástrofes ocurren, porque incumplimos determinadas leyes. De ese modo estos sacerdotes se convierten también en legisladores y se enriquecen por las ofrendas que presentan como necesarias para el beneficio del pueblo. Se crea así una estructura estatal completa al institucionalizarse esa labor. Los consejos a la comunidad se convierten en dirección de la comunidad entrando en juego intereses personales. Estos grupos se politizan y transforman, llegando a perder toda relación con la mitología de la que surgieron y afirmándose como estados políticos.

El cambio en la mente colectiva se refleja en la transformación de las divinidades. A las primitivas diosas madres dadoras de vida les aparecen compañeros que poco a poco usurpan sus labores y aparecen figuras como Pandora y Eva, mujeres culpables por su curiosidad de los males de la humanidad, culpabilidad y relación directa con el pecado que se ha establecido sobre las mujeres a lo largo de la historia. Las divinidades naturales cambian por divinidades antropomórficas apareciendo en este proceso de cambio criaturas intermedias como esfinges y minotauros y en los grupos de divinidades que se complementaban, reflejo de las comunidades que se regían de forma asamblearia, aparece un dios superior que dirige a los otros (Zeus). Esto alcanza su apogeo con Yahvé, dios único y verdadero, celoso de sus fieles.

Si juntamos esto con el poder militar citado anteriormente, tenemos todos los ingredientes necesarios para la gerontocracia patricéntrica hacia la que se evolucionó. Se llega a un núcleo familiar en el que el padre tiene poder absoluto sobre todos los miembros de ésta, poder que posteriormente le será reclamado por el estado, que exigirá a los hijos para que sean sus soldados, burócratas…

Si bien los dos grupos citados (jóvenes líderes guerreros y ancianos «guías» políticos) no siempre estuvieron unidos y a lo largo de la historia han aparecido diferentes tensiones entre el poder militar y el poder político/eclesiástico, juntos conforman la estructura jerárquica que ha evolucionado en los estados actuales.

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