Brujas, supervillanos y otras catástrofes

Las películas que llevamos viendo desde niños han formado parte de nuestra educación social de una u otra forma. Pero cuál es el mensaje que se nos ha trasmitido?

En la mayoría de ellas, el mensaje es claro. El mundo es como debe ser, plagado de familias de clase media alta con una felicidad moderada, alterada tan sólo por problemas con algún hijo rebelde (que va en moto y responde mal en la cena, para ellos, que tiene un novio que va en moto, para ellas) hasta que aparece un ser malvado contra el que hay que luchar. Pero ¿quién es este ser malvado? La respuesta a esta pregunta depende no tanto de la edad con la que se espera que veamos la película como para el género (dentro del marco binario, obviamente) al que esté orientada.

Todos sabemos que en las «pelis para niñas» nos enseñaron que las chicas somos guapas y pacientes, y algún día un príncipe nos salvará, o en casos más extremos (la bella y la bestia) tenemos que aguantar el maltrato del tipo que nos regala vestidos bonitos, porque un día cambiará y podremos ser felices juntos. ¿Y a quién odiamos? A la bruja. A esa mala mujer que envidia nuestra belleza y éxito con los príncipes y sólo quiere impedir que seamos felices y comamos perdices. Aprendemos a identificar a las demás mujeres de nuestro entorno con esa bruja, que sólo quiere llamar la atención de los hombres de nuestro grupo para que estemos solas. ¡Incluso hay hadas celosas! Esto impulsa recelos que impiden crear redes de sororidad en nuestros colectivos. Queremos que nuestro colectivo sea feminista, pero inconscientemente recelamos de las otras mujeres que participan en ellos porque son quienes pueden robarnos la atención y con ello la felicidad. Después de esto llegan las pelis para adolescentes o mujeres jóvenes y oh, vaya, mantenemos el enemigo. Sólo que ahora su motivación es menos evidente. Pero no os preocupéis porque… SORPRESA!!! Cuando al fin hemos cumplido con lo que se espera de nosotras, tenemos un marido e hijos y esa felicidad moderada de la que hablaba, nuestro mayor enemigo, las demás mujeres del planeta, vuelve a aparecer con todo su potencial. Las películas y series orientadas a nosotras están plagadas de brujas malvadísimas que sin ningún disimulo quieren robar nuestra maravillosa familia seduciendo a nuestro hombre. Esta visión es sumamente nociva y afecta a nuestras relaciones. No debemos olvidar que estos recelos vienen por el sistema patriarcal en el que crecemos, y que quienes son nuestras compañeras no son nuestras competidoras.

Prosigamos con las pelis para niños. Parece que tenemos argumentos más neutros, ¿no? Por fin parece que vamos a tener enemigos de verdad. Tipos verdaderamente malvados porque… uy no. Aparecen otros chicos que ocupan tu puesto. Aparece Buzz, que quiere quitarle a Woody su puesto de privilegio. Y después viene Han Solo a quitarle la novia a Luke. Pero pronto aprendemos que no somos enemigos, sino compañeros. Nuestro verdadero enemigo no es alguien en una situación parecida a la nuestra, eso sería absurdo! Tenemos un enemigo más importante, como lo son Darth Vader y el emperador Zurg. Enemigos de verdad que quieren cambiar el estado de las cosas. Teníamos al malvado tío del rey león, que quería acabar con una monarquía que marginaba a las hienas, aunque se le va un poco la mano y al final su verdadero objetivo es ocupar él el puesto de dictador. Más o menos lo mismo que les pasa a tantos supervillanos a los que filántropos con superpoderes o superinventos, máscara y mallas se enfrentan desinteresadamente. Nuestro enemigo es ahora un doctor que quiere cambiar el orden mundial. Va a acabar con las preciadas posesiones de los millonarios del país o aún peor: va a enfrentarse a toda una nación poniendo en peligro a su presidente. Tenemos un enemigo igualmente claro. Nuestro enemigo, ese al que debemos odiar, es ese que lucha contra el capitalismo de forma más o menos directa. Aunque cada vez nos encontramos a menos villanos con acento del este de Europa (pero más con barba y turbante), seguimos encontrándonos con terroristas a los que odiar porque quieren cambiar este orden en el que nos encontramos tan cómodos… ¿o no? Estos tipejos a los que odiar tienden siempre a cuestionar el orden establecido y el poder, y muchos de ellos no podrían convencernos de su maldad si no fuera porque siempre se les va la mano de alguna forma ridícula. Porque esa gente son nuestros enemigos porque aunque quieran cambiar las relaciones de poder y establecer una sociedad nueva de la que se nos habla más bien poco, si les dejas a su aire todo acaba en catástrofes y destrucción a escala macroscópica. ¿Estamos seguros de que ese es el único final posible?

Sigamos con géneros en los que aprendemos a odiar. O a temer. No pueden faltar, por supuesto, las películas de terror. Aquello que desconocemos y no controlamos es evidentemente dañino. No queremos ampliar nuestro conocimiento sobre lo que está oculto. Sólo apartarnos de ello. Pero esto lo vamos a trasladar a los demás ámbitos de nuestra vida. Le vecine discrete, que nadie sabe de su vida y tiene horarios raros nos causa desconfianza, incluso llegaremos a decir que nos da «mal rollito», y los nuevos experimentos científicos nos conducirán sin duda al apocalipsis porque nadie puede jugar a ser Dios y salirse de rositas. El enemigo no es una persona concreta, sino lo desconocido. Curioso que el enemigo sea lo desconocido y no el desconocimiento…

Y por último están los desastres naturales. Suena absurdo pensar que nos enseñan a odiar la naturaleza. Si acaso, odiamos no poder controlarla. Porque la naturaleza controlada por el ser humano es maravillosa. Prados, jardines, bosquecillos… El problema es cuando la muy desconsiderada decide ponerse en nuestra contra y provocar terremotos, avispas asesinas, o cualquier otra cosa que se nos ocurra. Porque la naturaleza es muy bonita, y hay que cuidarla y todo eso, pero también hay que controlarla. Igual que tenemos que controlar todo lo que nos rodea. Aquello sobre lo que no tienes un poder absoluto puede volverse contra tí. Caos. Fuego. Destrucción. Hay que aumentar el control y dominarlo todo para que no se vuelva contra tí.

Universidades que se venden y te venden

Llevamos ya mucho tiempo oyendo hablar y leyendo sobre universidades que se venden. Algunos ejemplos muy evidentes son el consejo «social» de la UAM, un grupo de representantes de distintas empresas que tienen, literalmente, la competencia de la supervisión de las actividades de carácter económico de la universidad y del rendimiento de sus servicios, así como la aprobación del presupuesto y la programación plurianual de la universidad, a propuesta del Consejo de Gobierno. Es decir, estos señores tan majos tienen la potestad para decir en qué invierte la universidad, al tiempo que como «representantes de la sociedad» son quienes dicen qué interesa investigar y qué no con los presupuestos existentes. Si ya es un insulto a nuestro sentido común que la dirección económica de una institución «pública» sea llevada por empresas, no podemos ignorar las cátedras de patrocinio que esta misma universidad mantiene con empresas como IBM, Fujitsu, ASISA… En este ámbito, la UCM no se queda corta, ya que tiene un departamento que sin ningún disimulo se llama Departamento de Comercialización e investigación de mercados, cuya función es similar. Hace pocas semanas, este departamento vendió a diferentes empresas varias cátedras dándoles potestad para contratar a sus propios profesores de forma privada y ofertar algunas asignaturas optativas.

Hasta aquí podemos ver que lo que se estudia realmente no es un conocimiento neutral de la realidad, sino una información que ha pasado el filtro de resultar de interés de las grandes empresas. Venimos orientados a tener un puesto de trabajo (si es que lo conseguimos) que resulte productivo para el capital. No necesitamos saber nada que salga de estos intereses. Consecuentemente se mejora la calidad de los estudios ingenieriles y empresariales mientras estudios humanísticos y de artes se degradan y en algunos casos incluso desaparecen. No necesitamos saber quién fue Arnold Schönberg para formar parte de un producto fácil de comercializar y que produzca grandes beneficios a nuestros dueños.

Pero las universidades españolas no sólo sirven a la explotación de esa forma.

Un caso en el que me apetece centrarme es el Foro de Empleo que se celebra cada año en la UAM. Todos los años, durante una semana, la facultad de ciencias económicas y la escuela politécnica superior (que además de ser las más productivas para el capital, son, tradicionalmente, las más reaccionarias) se convierten en un expositor en el que distintas empresas nos traen stands con trípticos y panfletos donde te cuentan lo interesante que es su proyecto para la sociedad, y lo bueno que sería trabajar para ellos, porque, por supuesto, tienes amplias posibilidades de crecimiento personal y profesional, ya que tienen el puesto perfecto para tu titulación e intereses. Traen también charlas y talleres en las que te enseñan a rellenar currículos y en las que puedes escuchar durante toda la mañana a responsables de relaciones humanas de distintas entidades contándote lo estupendo que es ser explotado, y convenciéndote de que el conocimiento en sí mismo no te servirá para tener una vida plena. Para ello necesitas que ellos te hagan un contrato de mierda. Que dediques todo tu conocimiento y fuerza juvenil en la empresa por un sueldo miserable. Y que cuando esos conocimientos estén obsoletos, o simplemente dejes de ser rentable, seas tan desechable como una servilleta de papel.

Pero claro, eso es lo que tiene que ocurrir, ¿no?

Porque ya no es solo tu madre la que te dice que busques un trabajo en una empresa estable. Ya no sólo el cine te dice que para ser feliz debes buscar un empleo y una novia a la que mantener con él (no es necesario explicar además el machismo que transmite esta imagen). Ahora es la propia universidad, Necrópolis del Conocimiento, la que te conduce a que seas empleable, a que tengas iniciativas que hagan crecer el capital del empresario para el que trabajas (tu empresa, jé). Es esa misma universidad que ha regalado su independencia del mercado si es que alguna vez la tuvo, la que te anima a regalarte a tí mismo. Que tu puesto de trabajo no sea de lo que vives, sino tu meta en la vida, la forma de conseguir la felicidad siendo productivo para alguien.

 

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