Cómo recuperar el optimismo: Solarpunk

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@BlackSpartak

La desesperanza no es natural. Hay que producirla. Si realmente queremos entender esta situación, tenemos que empezar por comprender que en los últimos treinta años se ha construido un vasto aparato burocrático para la creación y el mantenimiento de la desesperanza. Una especie de gigantesca máquina diseñada, ante todo, para destruir cualquier posibilidad de futuros alternativos. La raíz es una verdadera obsesión por parte de los gobernantes del mundo por asegurarse de que los movimientos sociales no puedan crecer, florecer, proponer alternativas; que aquellos que desafían los pactos de poder existentes nunca, bajo ninguna circunstancia, se perciba que ganan. Para ello es necesario crear un vasto aparato de ejércitos, prisiones, policía, diversas formas de seguridad privada y aparatos de inteligencia policiales y militares. De todas las variedades imaginables, la mayoría de los cuales no atacan las alternativas directamente, sino que crean un clima generalizado de miedo, de conformidad jingoísta y de simple desesperación que hace que cualquier idea de cambiar el mundo parezca una fantasía vana. El mantenimiento de este aparato parece aún más importante para los defensores del «libre mercado» que mantener cualquier tipo de economía de mercado viable.

David Graeber (2008) Hope in Common.

Desarrollando la cita de Graeber, a las personas con intención revolucionaria a veces nos puede ganar la impotencia ante la imposibilidad de un cambio social. Solemos creernos muy lejos de nuestros objetivos prácticos. Sabemos, o deberíamos asumir ya, que nuestras ideas se materializarán algún día y que quizá antes que a nosotras le servirán a nuestra descendencia. Sabemos que las revoluciones son procesos que duran décadas. Y que no pasa nada por ser una pieza más de ese proceso, y no la pieza protagónica que asalta los cielos espada en mano.

Y es que a las opciones de la izquierda transformadora actual nos rodea un aura de derrotismo. El supuesto colapso de la civilización adicta a los combustibles fósiles no nos está acercando a una utopía, sino a un turbocapitalismo adicto a la fast fashion y el Tik Tok. En nuestra sociedad se imponen entre la juventud (y en el resto de edades también) los valores opuestos a los que defendemos que, mucho nos tememos, desembocarán en fascismo (ya sea ecofascismo o fascismo a secas).

Por lo tanto, esa idea del colapso no nos ha sido útil para favorecer un movimiento revolucionario global. Al contrario, al “no haber futuro” todo el mundo hace como que no pasa nada. Da igual que lleguemos a 50ºC en verano. Da igual que se cometa un genocidio a nuestras puertas. Da igual vivir la sexta extinción planetaria y saber que somos completamente responsables. No nos preocuparemos hasta que no falte la comida en el supermercado o no patrulle el ejército la calle.

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En una sociedad Solarpunk que se precie no faltan ni los huertos, ni los paneles solares ni los domos.

A comienzos de los años 2000-2010 apareció un movimiento cultural y estético centrado en un futuro sostenible, en contraposición a las visiones distópicas y apocalípticas comúnmente retratadas en la ciencia ficción: el solarpunk. Inspirado por la ecología, la energía renovable y el diseño sostenible, el solarpunk imagina un mundo en el que la tecnología y la naturaleza coexisten armoniosamente. Este género se caracteriza por la promoción de soluciones innovadoras y ecológicas para los desafíos globales, fomentando la resiliencia y la adaptabilidad de las comunidades frente a los problemas medioambientales y sociales.

La utilidad del solarpunk va más allá de la mera expresión artística, ya que proporciona una plataforma para explorar y difundir ideas prácticas sobre cómo abordar la crisis climática y construir sociedades más sostenibles. Al destacar la belleza y la viabilidad de las energías renovables, la agricultura urbana y la arquitectura ecológica, el solarpunk inspira la acción positiva y la adopción de prácticas responsables. En un mundo preocupado por el cambio climático y el agotamiento de recursos, el solarpunk ofrece una visión esperanzadora y pragmática para un futuro en el que la humanidad vive en armonía con la naturaleza, aprovechando la tecnología de manera sostenible para crear un mañana más brillante.

Entonces se trata de un cambio de enfoque. No todo futuro tiene porqué verse plasmado por el género postapocalíptico. También se puede dar un modelo de “Arcadia feliz” más acorde con nuestros planteamientos. Esto se puede ver directamente en el Manifiesto Solarpunk, que dice:

El solarpunk es, a la vez, una visión del futuro, una provocación reflexiva, una forma de vida y un conjunto de propuestas alcanzables para llegar a ese futuro.

  1. Somos solarpunks porque el optimismo nos ha sido arrebatado y estamos intentando recuperarlo.
  2. Somos solarpunks porque las únicas otras opciones son la negación o la desesperación.
  3. En su esencia, el solarpunk es una visión de un futuro que encarna lo mejor de lo que la humanidad puede lograr: un mundo postescasez, postjerarquía, postcapitalista, donde la humanidad se ve a sí misma como parte de la naturaleza y la energía limpia reemplaza a los combustibles fósiles.

En otras palabras, el manifiesto se está situando en nuestro cuadrante ideológico. Sin embargo, lo hace de forma instintiva y superficial. Nos puede recordar al movimiento hippie o a las comunidades intencionales, o como mucho al autodenominado “Pueblo Libre” de Christiania. Lo cierto es que las Zonas Temporalmente Autónomas son una constante en el pensamiento Occidental. Son islas de utopía que rehúyen la vida cotidiana y sus conflictos. Podríamos hasta decir que Solarpunk es tomar una de esas comunidades intencionales y transformarla con IA.

Al partir de ideas de artistas y arquitectos, no necesariamente politizados, éstas ponen énfasis en la ecología y en la creación de comunidades autosuficientes en el aspecto alimentario y energético. Algún intento hay de llevarlas a la práctica. No obstante, en cuanto escalamos el tamaño de la sociedad, nos damos de bruces con la cruda realidad. El capitalismo también puede perfectamente comprar este tipo de imaginario que parece sacado de los estudios Ghibli y crear un festival como el Burning Man pensado para exhibirse de forma superficial y sacar dinero o presentarnos unas sociedades del universo Marvel dirigidas por una realeza paternalista y buenrollista como Wakanda o Asgard o una tiranía ultramoderna como las de Aeon Flux o Tomorrowland. ¿O qué decir de Singapur, una de las ciudades-estado más autoritarias del mundo, con esa estética tan Solarpunk?

Mientras los textos teóricos de Solarpunk pueden llegar a emplear citas de Karl Marx, Piotr Kropotkin, David Graeber o Murray Bookchin, pocas veces reclaman una economía colectiva. Si acaso, hablan de huertos y jardines comunitarios, trabajados en común. Se reivindican como anticapitalistas o postcapitalistas, pero no desarrollan qué se entiende por esos conceptos más allá de unos valores más allá de la sociedad de consumo. Podemos ver, pues, el mismo planteamiento que compartían sectores del viejo socialismo utópico, salvo que lo de ahora parece sacado de una película futurista de ciencia ficción interplanetaria.

En otros aspectos quizás nos recuerde a los planteamientos de Jacques Ellul, un anarquista cristiano que se imaginaba una red de comunidades autosuficientes, al estilo de los anabaptistas. Su anarquismo era evolucionista y pacifista, a la vez que mutualista proudhoniano. Ellul no era antitecnología, sino que veía la tecnología como útil si la tomamos como lo que es, una forma de hacer la vida más fácil, en lugar de tomarla como una forma de hacer beneficios de forma más rápida y eficiente. Entendía que la técnica no se encuentra al servicio de las necesidades de la sociedad, sino que es su propio desarrollo el que la guía. Según su perspectiva, la tecnología avanza de manera autónoma, desprendiéndose de los aspectos sociales, culturales o éticos que podrían limitar su crecimiento.

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Una constante en los dibujos solarpunk es la de las plantas en los edificios. Esta propuesta es la pesadilla de la arquitectura, que se verá obligada a combatir las humedades, los insectos y a ingeniar métodos de fertilizar toda aquella masa verde.

Fundamentalmente, el Solarpunk es una estética naturalista contrapuesta a la distopía cyberpunk. En este caso podemos reivindicarlo como una de las opciones deseables de vida futura. Es necesario construir utopías para que la sociedad avance y tenga sueños. El capitalismo de nuestro tiempo plantea escenarios de futuros catastróficos, en los que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Gracias a esto, la gente tendrá la tendencia de no hacer nada para cambiar las cosas, ya que le parecerá imposible cualquier tipo de cambio.

El comunismo libertario es un modo de producción y un modelo de sociedad. Se suele caricaturizar como una sociedad rural llena de vegetación y gente que trabaja en el campo. Casi nunca se dibujaría un comunismo libertario en una sociedad como en la que vivimos o, peor aún, implantado en una ciudad opresiva llena de edificios brutalistas y luces de neón.

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Mapa del satélite Anarres, una sociedad libertaria imaginada por Ursula K. LeGuin. Si rodaran la película el aspecto de sus poblados sin duda sería Solarpunk.

Es vital conectar con una utopía atractiva que presente un ideal alternativo. Decían Graeber y Wengrow en El amanecer de todo que el contacto de los sabios indígenas americanos con los europeos dio pie en buena medida a la Ilustración. Era un cuestionamiento completo de la sociedad europea, entonces gobernada por monarquías absolutas. El aporte indígena facilitó la impugnación de las jerarquías sociales, y fue el fundamento de las ideas libertadoras de los siglos posteriores. En ese caso la imaginación determinaba una posibilidad política en una especie de prefiguración utópica.

En el ideario anarquista está la superación del colapso. Como decía Durruti: Sabemos que no vamos a heredar más que ruinas, porque la burguesía trata de arruinar el mundo en la última fase de la historia. Pero te repito que no nos dan miedo las ruinas, porque llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones. Y este mundo está creciendo en este instante.

Recuperemos la capacidad de soñar. Que Solarpunk también sea una llamada a la acción.

Una derivación curiosa es el afrofuturismo. Es la fusión de la estética Solarpunk con una nueva narrativa social y arquitectónica para África.

Recursos:

Películas solarpunk https://www.reddit.com/r/solarpunk/comments/ondz67/solarpunk_movies/?ref=hackernoon.com

The history of Solarpunk

https://solarpunks.net/?ref=hackernoon.com

Manifiesto Solarpunk

https://theanarchistlibrary.org/library/the-solarpunk-community-a-solarpunk-manifesto?ref=hackernoon.com

Solarpunk cities: Our last hope?

https://www.youtube.com/watch?v=UVlBmdvIC6s

David Graeber. Hope in Common

https://davidgraeber.org/articles/hope-in-common/

Why we need more than solarpunk

https://www.youtube.com/watch?v=9fxbDhoYlh8

Libro en preparación: “La CNT y la Nueva Economía. Del colectivismo a la planificación de la economía confederal (1936-1939)”

En algunos meses se publicará un libro titulado “La CNT y la Nueva Economía”. Se trata de un libro de historia económica que recupera un proyecto poco conocido del movimiento libertario: el Consejo de Economía Confederal.

En ciertos casos, se argumenta que el anarcosindicalismo se configura como un tipo de sindicalismo promovido por anarquistas o basado en principios anarquistas. Sin embargo, esta afirmación queda notablemente limitada, ya que el anarcosindicalismo va más allá: aboga por la socialización de la economía a través de las organizaciones obreras, es decir, los sindicatos. En otras palabras, tanto el sindicalismo revolucionario como el anarcosindicalismo consideran que los sindicatos constituyen la columna vertebral de la futura sociedad socialista.

Ahora bien, retrocedamos al origen. Pierre J. Proudhon, posiblemente la primera figura teórica relevante del anarquismo a nivel internacional, planteaba en 1851 una alternativa al estado burgués. Su propuesta implicaba la disolución del régimen político (el Estado) en el régimen económico (la sociedad). Según él, ambos regímenes estaban en conflicto constante, y el dominio de uno sobre el otro dependía de la correlación de fuerzas. Para que el pueblo organizado tuviera posibilidades, debía estar bien articulado antes de la revolución.

Posteriormente, estas ideas experimentaron un desarrollo crucial en el Congreso de la Primera Internacional, celebrado en Bruselas en 1868. La importancia radica en la aprobación del modelo de socialización de los medios de producción, donde se concebía que la propiedad debería ser ejercida por cooperativas de producción, no como propiedad estatal.

Todos los delegados acordaron que la riqueza natural y social debería pasar a manos de la colectividad, aunque hubo ambigüedad en cuanto al papel del Estado, al afirmar que la colectividad social podría estar representada por un «Estado regenerado y sometido a la ley de la justicia». A pesar de considerar al Estado como una institución fundamentalmente reaccionaria, no encontraron una fórmula más adecuada para describir los casos en los que las actividades y propiedades excedieran los límites de la cooperativa local o sectorial.

Un poco más adelante, según Bakunin, el elemento esencial de la sociedad era la Comuna, concebida como una alianza de todas las agrupaciones obreras de una localidad, con una clara base obrera. Su objetivo era lanzar una ofensiva decisiva para derrotar a la burguesía y, en caso de éxito, administrar el territorio.

Piotr Kropotkin también adoptó la Comuna como ideal social. Según su visión, la humanidad debería vivir en comunidades pequeñas, dedicadas al cultivo de la tierra. La sociedad se configuraría como una federación de comunidades de base territorial o industrial, donde cada comunidad sería, a su vez, una federación de individuos libres que aplicaran sus conocimientos en beneficio de toda la comunidad.

Estas concepciones se perfeccionaron de manera concluyente con el sindicalismo revolucionario. La clase obrera se había dotado de sociedades de resistencia, sindicatos, bolsas de trabajo, mutualidades y cooperativas. El sindicalismo revolucionario sostenía que todos estos elementos debían constituir un entramado social que, en caso de conflicto, como una huelga prolongada o una grave crisis de estado, pudiera gestionar un territorio. La Huelga General se concebía como un proceso insurreccional capaz de establecer el socialismo. La Carta de Amiens (1906) expresaba de manera clara la doble vertiente del sindicalismo revolucionario:

El Congreso precisa, en los puntos siguientes, esta afirmación teórica:

En su labor reivindicativa cotidiana, el sindicalismo trata de coordinar los esfuerzos obreros, aumentar el bienestar de los trabajadores con mejoras inmediatas, como son la disminución de los horarios de trabajo, el alza de salarios, etc.

Pero esta no es más que una de las tareas del sindicalismo; éste prepara la emancipación integral, que sólo se podrá llevar a cabo mediante la expropiación capitalista; defiende como medio de acción la huelga general y considera que el sindicato, hoy agrupación para la resistencia, será en el futuro una agrupación para la producción y el reparto, la base de la reorganización social;

El Congreso declara que esta doble tarea, cotidiana y futura, es producto de la condición de asalariado que pesa sobre la clase obrera y que obliga a todos los trabajadores, sean cuales sean sus opiniones o sus tendencias políticas o filosóficas, a pertenecer a la agrupación esencial que es el sindicato;

En consecuencia, en lo que respecta a los individuos, el Congreso afirma la completa libertad del afiliado para participar, al margen de su agrupación corporativa, en las formas de lucha correspondientes a su concepción filosófica o política, limitándose a pedirle a cambio que no introduzca en el sindicato las opiniones que profesa fuera;

Respecto a las organizaciones, el Congreso declara que, para que el sindicalismo alcance su máxima efectividad, la acción económica debe ejercerse directamente contra la patronal, por lo que las organizaciones confederadas, como agrupaciones sindicales, no deben preocuparse por los partidos y sectas que, al margen de ellas y a su lado, se dediquen en completa libertad a la labor de transformación social.

El espíritu del Congreso de Amiens se resumía en la idea de que «el sindicalismo se bastaba a sí mismo» para organizar la sociedad tanto antes como después de la revolución. Esta misma afirmación fue expresada por Pierre Monatte durante el Congreso Internacional Anarquista de Ámsterdam en 1907. A partir de ese momento, las tesis sindicalistas se difundieron ampliamente en el ámbito del anarquismo internacional, aunque a cambio se demandó que el sindicalismo adoptara como objetivo el comunismo libertario.

Al centrarnos en el ámbito libertario español, es fundamental destacar que el anarcosindicalismo rechazaba rotundamente la participación en las instituciones parlamentarias y defendía la autonomía política de los sindicatos con respecto a la burguesía. Durante el Congreso de la CNT en el Teatro de la Comedia de Madrid en 1919, se aprobó:

Una revolución realizada a base de la intervención decisiva de la organización sindical, tomándose ella la responsabilidad del movimiento y encargándose, a su vez, de consolidar su triunfo, organizando la producción y dándole estos fundamentos económicos…

En 1931, la CNT publicó «Los sindicatos obreros y la revolución social», un libro del francés Pierre Besnard, traducido por Felipe Aláiz y con prólogo de Joan Peiró. Este texto fue muy bien recibido entre los anarcosindicalistas, ya que vino a llenar un vacío teórico existente. Hasta entonces, la literatura anarquista hispana no lograba definir de manera clara y concisa los conceptos fundamentales.

Besnard proponía que las tres demandas básicas del sindicalismo deberían ser la reducción de la jornada laboral, el salario único y el control sindical de la producción. En cuanto a la organización sindical, entendía que los sindicatos debían preparar a sus miembros y diseñar un plan para organizar la producción después de la revolución. Sugería que las Uniones locales y las federaciones regionales desempeñaran roles técnicos y sociales simultáneamente. También señalaba que la CGT francesa ya contaba con un Consejo Económico del Trabajo con representantes de las federaciones industriales. La función de este Consejo Económico era estudiar la capacidad de producción del país, los recursos, las importaciones y exportaciones, y con esta información determinar la cantidad de producción necesaria, redistribuyendo las materias primas de la manera más eficiente. La propuesta de Besnard consideraba al Sindicato y al Municipio como los dos elementos fundamentales de la sociedad.

Al hablar de una situación revolucionaria hipotética, también describía el Consejo de Fábrica, al que asignaba dos roles: técnico y social. Ambas funciones crearían una sección y, entre ambas, formarían el Consejo de Administración de la empresa. Los esquemas fundamentales en el aspecto socioeconómico son los siguientes:

La obra de Besnard también fue difundida en las páginas de la prensa confederal, y algunos militantes destacados, como Joan Peiró o el valenciano Martín Civera, realizaron resúmenes de los puntos más relevantes del libro. De esta manera, Besnard logró influir de manera determinante en las perspectivas del anarcosindicalismo ibérico.

Esta influencia se evidencia tanto en treintistas como en faístas, como Abad de Santillán, Isaac Puente, Ángel Pestaña, Joan Peiró, Martín Civera, Higinio Noja, entre otros, quienes, en los años posteriores, escribieron artículos y libros referentes a la configuración del comunismo libertario. En sus obras destacaban la importancia de la fase previa y la necesidad de establecer una organización sindical sólida. Estos anarquistas entendían que la única forma de evitar el golpismo revolucionario, visto con los bolcheviques, era tener unas organizaciones sindicales bien preparadas para el día después de la revolución.

En el Congreso de 1931, el anarcosindicalismo perfeccionó las funciones de los comités de fábrica y taller, creados hacia 1918-19, otorgándoles una orientación específica para que se prepararan en la gestión y administración técnica de las empresas. Hoy en día esos comités serían el equivalente a las secciones sindicales.

Este Congreso se produjo a los dos meses de la proclamación de la República. El movimiento libertario se estaba preparando para la inminente revolución. Otro avance significativo en ese momento fue la aprobación de las Federaciones Nacionales de Industria, con el objetivo de establecer una fuerza sindical organizada por sectores de producción.

En esta línea, Juan López presentó el bosquejo del Consejo de Economía justo una semana antes del Pleno Regional de Sindicatos de Cataluña en abril de 1932. Su propuesta planteaba la creación de un nuevo organismo controlado por los sindicatos que, antes de la revolución, se encargara de estudiar las fórmulas administrativas de la sociedad, las empresas, el comercio y el municipio. Además, debía encontrar maneras de distribuir la riqueza y proponer los medios adecuados de consumo individual y familiar. Este mismo organismo, una vez ocurrida la revolución, estaría encargado de controlar el consumo, redistribuir la riqueza y supervisar los intercambios entre regiones.

Entre 1932 y 1936, el anarcosindicalismo aceptó gradualmente la incorporación de los consejos económicos a su corpus teórico. Desde 1919, en el Comité Nacional y en algunos comités regionales, se integraron diversos miembros especializados en estadística, recopilando datos socioeconómicos cruciales para la producción. La idea subyacente era que el sindicalismo podría reemplazar al estado, por lo que esos sindicatos deberían ser capaces de gestionar económicamente toda la sociedad.

Durante la Guerra Civil, se elaboraron varios proyectos para implementar el Consejo Económico, y no sería hasta el Pleno Nacional Ampliado de Economía en enero de 1938, en Valencia, cuando la CNT creó el Consejo Económico Confederal. Este órgano centralizaba y racionalizaba toda la economía bajo el control del movimiento libertario, abarcando colectividades agrícolas, empresas colectivizadas, agrupaciones, talleres socializados, talleres sindicales, laboratorios, cooperativas confederales, entre otros.

A pesar de las esperanzas infructuosas de que los socialistas aceptaran la propuesta del Consejo Nacional Económico, las negociaciones con los gobiernos de Largo Caballero y Juan Negrín no tuvieron éxito. En respuesta, el movimiento libertario decidió avanzar por su cuenta, en la espera de que algún día la UGT adoptara una postura similar.

Dada la coyuntura en la que se implementó, el Consejo Económico Confederal enfrentó numerosos desafíos. No obstante, llevó a cabo proyectos parciales, como la Banca Sindical, la Mutualidad Confederal o el salario único. En última instancia, fue un ejemplo del desarrollo práctico de las ideas sindicalistas revolucionarias que apenas ha sido conocido en las últimas décadas.

Este libro busca arrojar luz sobre el desarrollo de todo este entramado socioeconómico en torno a los sindicatos. Debería servir para la preparación formativa de la militancia anarcosindicalista, anarcocomunista o sindicalista del futuro encarando así los retos que afrontaremos.

La estrategia del Poder Popular

En los años 60 se dio un fuerte proceso de optimismo revolucionario entre la clase obrera urbana, el campesinado y los nuevos sujetos en boga en el continente americano: los pueblos indígenas, las comunidades afro y las mujeres. Mientras que las guerrillas aparecían en todos los territorios, imitando el ejemplo de Cuba de 1959, en las barriadas también se cocían grandes procesos de autogestión popular. Era una época de intensa politización, en la que incluso participaba un sector de la iglesia católica.

Entre las organizaciones revolucionarias, podemos destacar el MIR chileno. Se había constituido como un frente de organizaciones, más que como un partido. En ellas confluían marxistas leninistas, marxistas heterodoxos, anarquistas y militantes de la Teología de la Liberación. Sin embargo, el partido derivó en marxista leninista al uso y pronto se marginó las demás opciones.

Lo que nos puede resultar de interés del MIR es su tesis sobre el Poder Popular. Se trataba de articular su acción político-social mediante la acción directa. Su ejecución se basaba en la toma de terrenos por parte de campesinos y pobladores, así como de la toma de fábricas por los trabajadores industriales. Estas tomas suponían una ofensiva de toda la comunidad, no sólo de la gente que participaba en ellas. Con estas acciones se creaba una base social muy amplia, que era imprescindible para cualquier lucha revolucionaria. Y como partido de vanguardia que era[1], el MIR planteaba este Poder Popular como el primer paso hacia una insurrección popular y la construcción de una sociedad socialista. El campo y la ciudad, sus pobladores, debían ser protagonistas de su propia emancipación.

En Chile, durante el gobierno de la Unidad Popular de Allende, los sectores revolucionarios aplicaron una ofensiva en todos los frentes. Se formaron cordones industriales (algo así como consejos obreros basados en fábricas ocupadas), comandos populares, comedores, nuevas poblaciones autoconstruidas… y en 1972 se formó la Asamblea Popular de Concepción[2].

Formada el 27 de julio, era una asamblea de representantes de los organismos de lucha obreros, estudiantiles y de los pequeños industriales y comerciantes[3]. Su primera tarea fue desconocer el Parlamento nacional, que entendían como reaccionario. La asamblea pretendía impulsar Consejos Comunales de Trabajadores de todas las comunas (municipios) de la provincia. Cuando estuvieran listos se levantaría un programa de lucha.

El mayor problema de esta asamblea fue que todos los sectores de la socialdemocracia y la Unidad Popular (Partido Comunista incluido) se les echaron encima para deslegitimarla. Es relevante notar que esta experiencia se impulsó desde abajo con la intención clara de que crear un poder organizado que fuese una expresión de poder popular paralelo a las instituciones gobernadas por el gabinete de Allende.

Situaciones parecidas, aunque en contextos muy distintos se dieron el Cordobazo (Argentina) de 1966, en los paros nacionales de Colombia de 1977, el caracazo (Venezuela) de 1989, la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (México) de 2006 entre muchos otros procesos similares de construcción de un poder paralelo e incipiente de carácter revolucionario.

El anarquismo latinoamericano entendió rápido la idea del Poder Popular. En el fondo era lo mismo que se había vivido en la Rusia de 1917, en la Alemania de 1919 o en la España de 1936: la construcción de organismos de poder obrero como los soviets rusos, los consejos obreros alemanes (y de otros lugares) o los comités revolucionarios españoles. Cuando el pueblo está organizado suele crear estructuras de autogestión a gran escala que toman una forma bastante similar.

Las diferencias entre anarquistas y marxistas latinoamericanos estribaban en el problema del poder y la ruptura revolucionaria. Así, la Federación Anarquista Uruguaya, a comienzos de los años 70, veía en los gérmenes de poder popular unos espacios de socialización del poder político, en donde se comenzaban a ejercer la autonomía, la democracia directa, la autogestión. Entendían el Poder Popular de una forma contraria y antagónica a la naturaleza centralizadora y disciplinadora del Estado que enajena el poder político. Los marxistas, como el MIR y otros partidos similares, entendían el Poder Popular como los primeros pasos de un Estado Obrero y veían la toma del poder y la creación de un gobierno revolucionario como un necesario estado de transición.

Por tanto, los anarquistas pensaban que el Poder Popular se tendría que constituir rápidamente a gran escala como alternativa al estado. Para ello era vital que las organizaciones específicas anarquistas pudiesen tener militantes suficientes para contrarrestar el influjo de las demás fuerzas políticas vinculadas a los procesos revolucionarios. Entendían que las organizaciones, frentes o grupos armados que apoyaban el poder popular eran aliados necesarios en la lucha contra los aparatos represivos de los estados, aunque a largo plazo estallaría el conflicto entre quienes quisieran construir el Estado Obrero y quienes opinaban que el Poder Popular se bastaría a sí mismo o entre el punto de ruptura, que es el Poder Popular, y el reformismo gradualista.

Por último, cabe decir que esta estrategia no tiene nada que ver con el foquismo, que consiste en la acción de una guerrilla para acelerar el conflicto de clases. Ni tampoco con la recuperación de este concepto que hizo el estado cubano a finales de los años 70, asignándoselo a sus ministerios. Para el anarquismo el Poder Popular es una acción directa de masas que construyen los cimientos de la nueva sociedad.

Ahora bien, ¿por qué no utilizamos conceptos más propios del anarquismo ibérico o del autonomismo europeo, como la sociedad paralela o las zonas rojas? La respuesta es que ese tipo de espacios (como ateneos, cooperativas, centros sociales o comunidades intencionales) muy mayoritariamente están impulsados por la militancia más politizada de un territorio y no por procesos de lucha social desde abajo. El Poder Popular tiene una connotación de lucha permanente con la institucionalidad que lo ve como amenaza. No se desdeñan esas experiencias, entendiéndolas como punto de partida o retaguardia de nuestros movimientos revolucionarios, sin que caigan en la endogamia y en dinámicas de ghetto. Pero no nos podemos quedar ahí, dado que se corre el peligro del anquilosamiento o rehuir del conflicto.

Por ello es necesario levantar siempre la bandera de la ofensiva popular. Somos parte del pueblo y de sus procesos. Pero para ser útiles y eficaces, debemos tener nuestra organización específica entre iguales.

[1] Esto se constató en el Congreso de Chillán de 1967, cuando el partido optó por la toma del poder como objetivo estratégico y la violencia revolucionaria para destruir el aparato represivo burgués, rechazando confiar en la vía electoral.

[2] Danny Gonzalo Monsálvez Araneda. La Asamblea del Pueblo en Concepción. La expresión del Poder Popular. https://revistas.udec.cl/index.php/historia/article/view/6381/5922

[3] En América Latina fue y es muy habitual que sectores de la pequeña burguesía se alíen con los sectores proletarios. Por eso se utiliza ampliamente el término “popular”, que incluye los más diversos sujetos.