La cultura de la rebeldía

No ya únicamente desde las primeras elecciones al ejecutivo del Estado Español, sino incluso desde aquellas relacionadas a ese gran monstruo devorador e imperialista llamado “Unión Europea”, hemos sido testigos de un auténtico fenómeno inédito en nuestra historia reciente con la irrupción en el panorama institucional y político de PODEMOS. En todo el Estado Español, tal vez salvo en aquellas naciones cuyos movimientos populares están en gran medida involucrados en movimientos de liberación nacional, y cuyas claves a menudo responden a diferentes dinámicas, hemos podido ver como grandes sectores de la sociedad se han ilusionado con este circo mediático. Recientemente, incluso intereses de sectores concretos del PSOE nos han querido vender una faceta “guevarista” del ex candidato a la presidencia Pedro Sánchez. Irónicamente, los únicos auténticos y fieles a su idiosincrasia, cuya naturaleza es de sobra conocida, ha sido precisamente el PP que Mariano Rajoy representa.

Escucho a mi alrededor personas que miran, o han mirado, con expectación todo este espectáculo. Como si realmente esperaran que de todo ese embrollo pudiese surgir algo, lo que más me ha asustado es que entre esas personas también se encontraban gente en teoría formada e incluso con cierta experiencia en la praxis militante. Claro que… hablo desde la heterogeneidad política, no desde una corriente o familia concreta.

No niego que pueda ser interesante observar el devenir de las circunstancias entre la izquierda institucional y la demás fauna a la que estamos acostumbrados desde siempre, entre otras cosas por la demostración de la inviabilidad parlamentaria y los profundos límites que cualquiera puede ver en “este juego con cartas marcadas”. Tampoco niego que el enfrentamiento al que parecen conducirse la oligarquía central (estatal) con la oligarquía local, en el proceso de Catalunya, puede ser interesante de vigilar con cierta atención pendientes de que ciertas contradicciones sean incuestionables cuando éste enfrentamiento saque su lado más oscuro y represor y se abran brechas en Catalunya que canalicen el hartazgo social.

Pero aunque no niego estas cosas, tampoco puedo negar como todo este circo ha anestesiado a los movimientos populares y ha vaciado calles y asambleas. Se han colocado, como tantos clásicos han desaconsejado, los destinos de las personas en las manos de los “del sillón». Aquellos elementos que han seguido funcionando, si alguna vez tuvieron el apoyo de estos sectores de la izquierda política, ahora no los tienen. El propio Iglesias, tras su más que evidente derrota, reconocía que “había que retomar las calles” y en la misma línea hablaba Alberto Garzón. En sus propias propuestas de «a futuro» puede comprobarse la semilla de su vil confesión.

Hoy en día si en algo parece estar todo el mundo de acuerdo es en que las calles deben de ser ocupadas, regresar a la tensión social; “ahora toca el momento de luchar”. Da igual a qué punto del Estado me vaya, la máxima es esa… y yo me pregunto ¿es completamente cierto eso? ¿Realmente es el próximo paso?

Da igual si el estado es administrado por el PP, el PSOE o incluso PODEMOS. La configuración del Estado en muchos aspectos, y coincide que en los más importantes, es de carácter esencialmente supra electoral. El Estado, en todos pero en una monarquía aún más, está configurado categóricamente para sustentar el régimen y sistema económico que lo envuelve y por tanto, administre quien administre este Estado, su naturaleza impide la realización del socialismo. No te olvides de que, además de todo, el Estado tiene el monopolio de la violencia (en este punto y sobre este asunto, entieneo como recomendable la obra “La política como vocación” del economista Max Weber) y esto, además de lógicamente viabilizar su violencia por encima de la violencia popular, supone que si se diese la «iluminación” y el Estado se colocase en jaque, éste siempre podrá ejercer este monopolio a través de sus fuerzas armadas y aparatos represivos.

El Estado Español va a ofrecernos coquetas y danzarinas reformas, a lo largo de las mismas nos van a querer cautivar con innumerables renovaciones; van a legalizar el matrimonio homosexual, van a proteger a los animales (por cierto, un día escribiré sobre la infiltración de la extrema derecha en movimientos “animalistas”), la leyes comenzarán a ser más equitativas para hombres y mujeres; en otras palabras, maquillarán la monstruosa maquinaria que se esconde detrás. Y muchos podrán decir “¡Oh, son metas alcanzadas!”, más el Estado siempre, por naturaleza, estará edificado en su configuración más íntima para imposibilitar la realización del socialismo, día y noche elaborará formas y más formas de asegurar su esencia. En momentos donde la crisis sistemática se ha agudizado, como ocurre desde hace algunos años, y pueda considerar esa falsa «paz social» en peligro: rápidamente cesará esa inercia y coqueta danza para mostrarnos sus dientes: cadena perpetua revisable, ley mordaza, entre otras armas preventivas que dispondrá para afrontar cualquier eventualidad que pueda poner en peligro su naturaleza.

Debo decir que respeto la construcción “del partido” para aquellos que, en su corriente política, lo ven como indispensable. Pero no es mi caso. Ni me parece tampoco la formula, tanto por cuestiones de coyuntura así como históricas en referencia a la degeneración y burocratización de tantos proyectos de «estados socialistas».

No me parece que la lucha sea el primer paso. El primer paso es lo que, aquí llamaré, “cultura de la rebeldía”. Voy a lanzar una serie de puntos que deseo arrojar como ideas, no pretendo realizar un “manual” (las neuronas no me dan para tanto), pretendo lanzar una reflexión con puntos fácilmente eliminables, substituibles, y por supuesto espero toneladas de otros puntos añadidos.

  • La realidad es que podemos organizarnos. No necesitamos el permiso de nadie para empoderarnos. Al menos en mi experiencia personal, he descubierto que organizarse en pequeñas comunidades es más eficiente que hacerlo en grandes. Esto es debido a que cada pequeña comunidad experimenta necesidades muy específicas. No es lo mismo un barrio castigado por la droga y la pobreza extrema, que un barrio donde los problemas son el paro juvenil y algún desahucio esporádico. Ambos son diferentes a un barrio con presencia policial intensa por un auge político desorbitado que ha obligado al Estado a ejercer una suerte de «estado de sitio».
  • El nivel de organización debe de ser singular. Como he dicho, cada pequeña comunidad tiene sus necesidades particulares. Nadie mejor que la comunidad (barrios, pueblos) para saber qué metodologías aplicar a sus peculiaridades. Claro que difícil de proyectar una evolución eficaz sin principios de apoyo mutuo y horizontalidad.
  • La autoridad en la lucha. Esta no la otorga una nomenclatura política, mucho menos una persona o un conjunto de las mismas, ni ninguna organización que pretenda vampirizar estas comunidades. A través de la consecución de sus propias metas, la comunidad en su conjunto se verá empoderada y por ende ganará la experiencia necesaria para afrontar retos mayores.
  • Cultura. Es necesario que las comunidades se culturicen y serán necesarios grandes Ateneos, expresiones propias de medios de comunicación, debates, importación de pensadores y activistas extranjeros que relaten su experiencia a la comunidad y la ofrezcan su apoyo en forma de inspiración.
  • Dinámicas diversas en las que poseemos ya experiencia. Cooperativismo, ocupación, autoconstrucción de viviendas e infraestructuras comunales, vías alternativas de producción unilateral, organización para el rechazo de represión externa, rechazo al desahucio de viviendas. En definitiva, imponiendo la vía alternativa al sistema capitalista de manera unilateral, pese a que suponga la instauración de una subsociedad. Al menos en mi manera de pensar, aquellas personas ajenas a estas iniciativas no deberían de ser excluidas de los beneficios de las mismas debido a que, en muchos casos, estos elementos están atomizados por los medios y son drogadictos del capital. Su beneficio inmediato puede suponer su incorporación futura. Claro que debemos marcar en este sentido unas vías adecuadas de seguridad frente a la infiltración de elementos reaccionarios.
  • Coordinación. En vías avanzadas, estas células representadas en pequeñas comunidades, deberán evolucionar a metas conjuntas entre otras adyacentes, creando una red incluyente y cooperativa. Siempre se encontrarán elementos de interés común ¡pero cuidado! No caigamos en el error que algunos cayeron en Euskal Herria supeditando estrategias globales a aquellas esencialmente inmediatas y de clase: el resultado en Euskal Herria es una auténtica enfermedad que ha desactivado los sectores históricamente más combativos en barrios y pueblos conocidos por su trayectoria, verticalizando lo que hasta los 90 era horizontal en muchos sectores obreros y populares en general. Aprendamos de los errores.
  • Hegemonizar el proyecto. Llegará un momento en el que imperará la necesidad de la puesta en común de las líneas políticas, cara a definir la sustancia revolucionaria del proyecto. También la estrategia necesaria para alcanzar una gradual hegemonia.
  • No otorguemos alegrías. Grábate esto en la cabeza: el Estado vive deseando utilizar su monopolio sobre la violencia. Y no te estoy hablando únicamente de la violencia típica, los porrazos y los presidios, te hablo de multas, listas negras, ataques mediáticos. No es el momento de darles esa alegría con tus algaradas. Cada acción debe ser coherente con la situación y evolución en un proceso, las acciones prematuras son desaconsejables e infantiles.
  • Convencernos de que somos parte de la sociedad. Esto no podemos hacerlo permaneciendo en los lugares de siempre con personas que piensan como nosotros. Esto incluye a todos y supone “salir del armario” para hacer partícipe al conjunto social: desde abajo.

Hemos tenido a lo largo de los tiempos innumerables momentos históricos en los que hemos pretendido realizar socialismo a golpe de decreto o incluso a golpe de violencia. La experiencia griega es una de las más llamativas en un contexto similar al nuestro, por aquello de la proximidad y la coincidencia continental. Quedan en nuestras retinas grabadas las imágenes de Atenas ardiendo, pero también del fracaso y la traición de la socialdemocracia.

Las promesas de los partidos políticos son inviables, basta preguntar a PODEMOS por la hoja de ruta y fondos para realizar alguna cosa “super espectacular” prometida en su programa y no te sabrán tan si quiera responder. No es que “ahora sea el momento”, el momento siempre lo fue y siempre lo será, y el sujeto siempre hemos sido nosotros y no es sino nosotros los que debemos empoderarnos y comenzar a hacer socialismo. No existen manuales perfectos, ni formulas mágicas, ni tampoco garantes políticos o militares. La eterna movilización detrás de las pancartas a menudo nos conducen al desgaste, la vía rápida se agotará cuando, pasado un tiempo de paralización a causa de un triunfo revolucionario, sencillamente, nos demos cuenta de que no somos capaces de producir por nosotros mismos debido a una ausencia total de redes transformadoras que hayan acumulado la experiencia necesaria a través de un transcurso de metas alcanzadas. Si no fuese así, los sectores más débiles terminarán deliberando que, al menos, el viejo sistema aseguraba unos mínimos.

El socialismo debe de realizarse poco a poco, con tiento, aprovechando coyunturas y consiguiendo pequeñas conquistas. El socialismo se impone, no de forma abrupta, sino que es desarrollado de manera natural a golpe de permanente inercia empujada por una marea horizontal drogada de pueblo.

¿Y si el sindicalismo que conocemos ya no basta?

Por Ruymán Rodríguez

He visto que en determinados medios contrainformativos y portales libertarios se ha originado un interesante debate sobre la viabilidad y necesidad del “sindicalismo revolucionario”1, y como precisamente llevo mucho tiempo dándole vueltas a este tema me he decidido, humildemente, a participar. Vaya por delante que mis limitados recursos no me permiten consultar Internet a voluntad, por lo que me disculpo si he omitido alguna de las intervenciones que me preceden.

Además de lo dicho, advierto que no está en el espíritu de este artículo decirle a persona u organización alguna cómo debe organizarse. Es una propuesta basada en mi realidad cotidiana, una realidad (en Canarias) con un 30% de paro y aún más (37%) de exclusión social, con decenas de desahucios diarios, con 140.000 viviendas abandonadas, con una enorme pobreza infantil y con la economía en B como el principal modo de supervivencia de muchas de las familias que ponen cara a estas cifras2. Como doy por sentado que está realidad transciende de las islas, este texto no debe interpretarse como un ataque al sindicalismo revolucionario, sino como un llamamiento, allí donde no crece, se estanca o se ve superado por otras ofertas, a ampliar su campo de acción y abrir el abanico de la intervención sindical, económica y social.

1. Oliver y el pasado.

La revolución de 1936 en el Estado español fue la hostia, lo sabemos todos. Sin embargo, no solamente fue el resultado de un trabajo de hormigas desde 1868: fue el resultado de un contexto y fue, sobre todo, algo que ya pasó. Puede parecer redundante si miramos el calendario y vemos que estamos en 2016, pero merece la pena recordarlo.

Creo honestamente que cierto anarcosindicalismo está afectado de nostalgia y que debe buscar la cura3. La historia me fascina, pero sirve para sacar conclusiones no para revivirla. Esa revolución, con esos actores y circunstancias exactas, no volverá, y hemos de asumirlo, porque como decía Émilienne Morin “no se hace la misma revolución dos veces”4. En el mejor de los casos, si surgen las condiciones propicias y tenemos la capacidad de estar a la altura, nos tocará hacer la nuestra. Debemos por tanto esforzarnos en entender esto: la mentalidad del heredero condiciona; la del generador, aunque dé vértigo, libera.

Sin embargo, hay otras lecciones que sacar de esa época. En las primeras intervenciones (de José Luis Carretero y Pepe Gutiérrez-Álvarez) se habla de ese momento en el que el sindicalismo revolucionario tenía tanta fuerza que podía plantearse si “ir al por el todo” o si colaborar con las instituciones republicanas y fuerzas antifascistas. Para mí la lectura no es cómo volver a tener la fuerza que nos permitió estar ahí, sino cómo evitar interpretar el fenómeno revolucionario en esos términos supuestamente dicotómicos.

Cuando se dice comúnmente en nuestra historiografía que en el famoso Pleno de Locales y Comarcales posterior a las jornadas del 19 de julio se dirimía si “dictadura anarquista” o “contemporizar”, si “hegemonía cenetista/faísta” o “colaboración”, no se está diciendo que se discutía si “revolución” o “guerra”; se está afirmando en realidad, aunque no se quiera reconocer, que se estaba debatiendo si aceptar el poder republicano constituido o crear uno nuevo controlado por las organizaciones que vertieron más sangre en parar los pies a los militares: la CNT y la FAI. Aún en la distancia seguimos siendo bastante miopes al abordar el asunto y no admitimos un hecho consumado: en cuanto más se introducía la cuestión en el terreno del poder más se alejaba del espacio libertario.

Los que proponían colaborar (casi todos salvo Oliver y la Comarcal del Bajo Llobregat) hablaban de la situación internacional, de la poca fuerza del anarcosindicalismo en el resto del Estado y además de no romper la unidad antifascista, de ser “generosos” con los minoritarios. Soterradamente, hablaban también del miedo a una dictadura encarnada por García Oliver. Este último, con todas sus virtudes organizativas y defectos personales, planteaba hacer oficial la superioridad de la CNT/FAI en la calle e “ir a por el todo”. No se sabe si tenía realmente esa aspiración dictatorial o no; si estaba convencido de lo que proponía o si su intención era precisamente atemorizar a sus compañeros y forzarles a votar por la colaboración que a la postre lo haría ministro; si proponía un modelo similar a lo que después sería el Consejo de Defensa de Aragón; o si con su propuesta “radical” pretendía la absolución histórica de la que no dejaría de presumir en El Eco de los Pasos (1978) al ser el único que propuso la “vía revolucionaria”. Desconozco la respuesta. Lo que sé es que el debate se distorsionó y creyendo que se debatía de revolución se estaba haciendo, en puridad, sobre poder.

Esta idea, que siempre me planteé, me alegró verla también ratificada en un artículo escrito por Abel Paz5. En él se nos aclara que el debate se dio efectivamente en términos de poder, y que en su opinión (para mí muy lúcida) el debate de fondo era más complejo y ya se había dado tiempo antes entre quienes defendían el sindicato como germen de la sociedad revolucionaria futura y como estructura gestora de dicho proceso (Isaac Puente y su tesis prevalente en el Congreso de Zaragoza de 1936) o si el sindicato debía disolverse ante el acontecimiento revolucionario y sus militantes dedicarse a organizar las asambleas de barrio, municipio y empresas que gestionarían la sociedad tanto económica como políticamente (Federico Urales). Oficialmente ganó la tesis de Puente. En el Pleno, la de los colaboradores. Pero los militantes, la gente del pueblo, los vecinos y vecinas de Barcelona, tomaron mientras pudieron su propia decisión en las calles y optaron por ocupar las fábricas y socializar los medios de producción sin autorización oficial alguna. En un primer momento organizando asambleas barriales espontáneas que superaban los cálculos de los propios sindicatos, y cuando se encauzó la euforia inicial, usando a estos mismos sindicatos como elementos de vertebración en los que precisamente se ponía en práctica lo aprendido en ellos durante décadas.

Lo que me parece interesante de este proceso histórico, en relación al debate sobre sindicalismo revolucionario, es el análisis sobre la importancia que le damos a las estructuras fijas, con andamiaje y nomenclatura definidas en letras de molde, y lo poco que nos interesa flexibilizar, adaptarnos al momento, escuchar las exigencias populares, reciclar lo que no funciona como debería y crear herramientas nuevas. Según Paz, se prefirió salvaguardar la organización sindical y específica a cualquier precio, defender ante todo la pervivencia de las siglas, y no se quiso seguir la propuesta de Urales: hacer que la revolución no fuera ni política ni sindical, sino social. Esta cuestión me permite por fin entrar en lo importante.

2. La crisis de la conciencia de clase.

En muchos de los textos que han intervenido en este debate se ha mencionado, con mayor o menor prolijidad, las modificaciones que ha sufrido la clase obrera y la conciencia que esta tiene sobre sí misma. Se ha hecho este esfuerzo, pero sin calcular completamente sus consecuencias y lo que esto implica (en relación, principalmente, a nuestras propias herramientas). Quizás molesten esas voces cargadas de realismo que nos muestran lo desalentadora que es la situación obrera no sólo a niveles laborales sino de autorrepresentación. Hacer de “pájaro de mal agüero” y decir cosas como las dichas por Alberola en su última intervención quizás no guste y genere aversión, pero es necesario. Es el momento de beberse el cáliz hasta las heces, asumir lo que nos rodea y ver si después de aceptada la realidad tenemos la capacidad de enfrentarla y cambiarla.

La clase obrera no se encuentra en un proceso de reconversión, sino de desintegración. Seguirán siempre habiendo trabajadores y productores, pero ya no con una concepción de estar oprimidos por las clases propietarias ni de ser los legítimos detentadores de los medios de producción. El capitalismo ha aprendido más sobre dominio en los últimos años de lo que hemos aprendido nosotros sobre revolución.

Antes la clase obrera era domada con la ignorancia y no era raro que la alfabetización o al menos la satisfacción de las primeras inquietudes culturales se produjeran en ateneos y sociedades obreras. Hoy la clase obrera es domada de una forma distinta: con sobreinformación manipulada, con un constante bombardeo comercial y mediático del que no escapa nadie, con la escolarización nacional forzosa a edades cada vez más tempranas. La hegemonía educacional capitalista no se siente amenazada y ha llegado hasta la última chabola.

Psicológicamente se pretende que el obrero se sienta más como un consumidor que como un productor, y hasta el asalariado más precario se siente clase media mientras no paren las nóminas. E incluso cuando paran, no hay más intención que reengancharse a la que se presenta como única alternativa posible: la explotación acrítica de su fuerza de trabajo. Lo que ha conseguido la democracia representativa en política es lo que ha conseguido el capitalismo a nivel económico y social: la identificación del oprimido con el sistema que lo oprime. Culturalmente la conciencia de clase ha sido no sólo fragmentada o desfigurada, sino que está directamente en proceso de descomposición.

Y sería un error pensar que esto sólo ha pasado a nivel social y cultural. El propio mundo del trabajo ha cambiado. Si la fábrica y la producción en cadena acabó con gran parte del orgullo artesano y con la conciencia del trabajador de ser artífice de su propio elaboración, no consiguió sin embargo romper el tejido asociativo. Los gremios cambiaron de formato pero la necesidad de unión siguió existiendo. Actualmente el alto nivel de desempleo (ser trabajador ya no es una identidad, es una etapa que con suerte se repite varias veces al año), la precariedad, la proliferación de las ETT’s, las subcontratas, han logrado que gran parte de la población no sienta ninguna identificación con la persona que suda y trabaja a su lado. En las empresas estables donde esto es distinto, ya los sindicatos amarillos han fagocitado a las plantillas. Se les puede y debe plantar cara, pero es harto complicado romper esta dinámica allá donde los sindicatos estatales han reducido la intervención sindical a la actividad de una gestora o de una organización meramente asistencial. Creemos por lo general que es por eso, por las deficiencias de estas organizaciones, por su corrupción y desprestigio social, por lo que hay un campo perfectamente abonado para el sindicalismo revolucionario; la realidad es que estas organizaciones ofertan lo que demandan quienes han conseguido cierta estabilidad laboral y económica: conservar dicha estabilidad; evitar cualquier alteración. No se mantienen porque la gente sea tonta o por extraños manejos de una conspiración internacional; lo hacen porque dan lo que piden muchos de esos obreros que han olvidado que lo son, que han sido fabricados a conciencia por el Sistema: conservar su pequeña ración de pienso, lo cual es triste pero muy natural y muy humano.

La situación polarizada entre oprimidos y opresores se mantiene inalterable desde las cavernas. Lo que ha ido cambiando es la percepción que los oprimidos tienen de esta situación y los métodos que los opresores tienen de perpetuarla. A nosotros los revolucionarios, partiendo de que estamos del lado de los oprimidos o que somos oprimidos mismos, nos toca cambiar los métodos de subvertir esta situación si los utilizados hasta ahora no funcionan.

Los métodos del sindicalismo revolucionario al uso pueden estar funcionando en muchos sitios, y en ese caso lo mejor es no tocar nada y seguir esa línea. Pero mentiríamos si creyéramos que esta situación es general. En muchas ocasiones este sindicalismo revolucionario lo es sólo en ideología, deseo y aspiración, pero no en práctica y resultados. En estos casos en los que la metodología clásica ha fracasado, es necesario implementar lo que se hace, modificarlo si fuera menester, o resignarse y hundirse aferrados al lastre de la tradición.

Con una situación laboral, económica y social totalmente degradada, con una clase obrera atomizada y desmantelada, con un paro acuciante y una crisis de subsistencia permanente en determinados barrios y ambientes, no toca a todos replantearnos nuestro trabajo. Tanto a las organizaciones específicas como a las centrales anarcosindicalistas que aspiran a desarrollar un sindicalismo revolucionario. Tenemos que plantearnos si el sindicalismo que ofertamos está llegando a los actores sociales que deben ser los protagonistas del cambio. Si no llegamos, plantearnos si debemos cambiar la oferta. Y si aún así no llegamos, plantearnos si estamos transmitiendo nuestro discurso al público adecuado.

En barrios con un paro del 70%, ¿llega un discurso exclusivamente obrerista? Allí donde gran parte de la población sobrevive a través de trabajos ilegales o alegales, percibiendo ingresos en B, ¿llega un sindicalismo que no la incluye en sus cálculos ni estrategias? Por otro lado, la aspiración de controlar los medios de producción, ¿debe ser incompatible con trabajar por controlar los bienes de consumo? ¿Por qué esta aspiración de tomar los medios de producción deja en manos de otro tipo de sindicalismo la ocupación de tierras? ¿Qué pasa con bienes como la vivienda y el alimento? ¿Estamos convencidos de que no es ese el terreno del sindicalismo? Creo que hay que dar obligada respuesta a estas cuestiones.

3. El sindicalismo social.

Antes de abordar este asunto, que puede ser malinterpretado, me gustaría aclarar algunas cosas. En primer lugar he leído que en algunas de las intervenciones del resto de compañeros se habla del sindicalismo social, considerándolo limitado y alejado de ofrecer una solución, como sinónimo de un sindicalismo imbricado con los movimientos sociales. Vaya por delante que no es esa mi concepción del sindicalismo social.

Por otra parte, el término puede levantar una lógica y natural animadversión si entendemos que hace referencia a lo que han sido algunos sindicatos durante años: grupos de lectura, cenáculos cerrados para debatir de ideología, clubes de amigos, peñas de convencidos. Este “sindicalismo”, ajeno totalmente a la realidad circundante, al barrio, a la calle, es precisamente lo contrario a lo que yo defiendo. Un sindicalismo que solo tiene nombre, siglas y banderas pero que vive de espaldas al sufrimiento de los obreros y de los que ha sido excluidos de esta denominación porque ni siquiera tienen acceso a un trabajo regular, no me interesa.

Señalo además que cuando hablo de sindicalismo revolucionario, no le estoy diciendo a ningún sindicato concreto lo que debe hacer. Es una iniciativa que creo debe y puede darse desde el sindicalismo y con ese formato, pero no sé si usando las estructuras existentes (que me parece lo más lógico) o creando otras nuevas. No es tampoco una férula teórica lanzada contra la actividad de los otros, pues en la propia FAGC ha surgido el debate sobre si debemos o no reconvertirnos en un Sindicato de Inquilinos.

Aclaro también que mi propuesta no es incompatible con el sindicalismo revolucionario plasmado en algunas de las intervenciones de este debate. Lo defendido por ejemplo por Lluís Rodríguez Algans creo que no es excluyente de lo expresado en este humilde texto. Entiéndase más como una ampliación de la práctica que como una refutación. No pretendo por tanto, pues sería ridículo y un oxímoron, que el sindicalismo no intervenga en el mundo laboral, que no trate de arrinconar a los sindicatos amarillos, que abandone las empresas, que no sea una herramienta inminentemente laboral; lo que digo es que con eso no basta. Pretendo que se entienda el carácter diferenciado del sindicalismo que se formula como revolucionario; que se comprenda que este ha crecido cuando ha interpretado que su dimensión era mucho más integral que la de un sindicalismo netamente empresarial y que se ha enraizado en los barrios y entre las clases populares cuando ha creado tejido social y redes solidarias; que se asuma que el crecimiento de determinados colectivos se debe a que existe una demanda en este campo que antes suplía el sindicalismo revolucionario, y que si este no ha manifestado ese considerable crecimiento es porque ya no ofrece nada en ese aspecto.

La primera objeción a este planteamiento se suele emitir con una sonrisa socarrona de superioridad mientras se afirma con rotunda seguridad que el terreno del sindicalismo ha sido, es y será siempre, sin salvedades, el terreno del trabajo. Tanta nostalgia del 36 y se desconocen los pormenores de cómo se fueron colocando los cimientos de esa revolución. Ante la estrechez y la cerrazón uso la historia para lo único que sirve: sacar lecciones y de paso plantársela en la cara a los que la sacralizan. En los textos libertarios se repiten mucho los logros de las grandes huelgas revolucionarias, pero parece ignorarse cómo se pudo crear el apoyo social que las sostenía.

En una época en la que la educación se limitaba entre la clase trabajadora a los primeros lustros de vida y en la que dicha educación estaba controlada por la Iglesia, los anarcosindicatos de la CNT ofrecían, con sus escuelas libres, clases nocturnas, bibliotecas y ateneos, otra forma muy distinta de acceder al conocimiento. La gente sin recursos enviaba a sus hijos a los sindicatos a formarse. El ocio y la cultura también se vehiculaban a través del sindicato. Las representaciones teatrales, el senderismo, las comidas comunes, etc., iban dirigidas a ofrecer esparcimiento y crear vínculos entre la militancia joven.

Hoy, aunque se hacen algunas cosas notables en estos campos, sería irreal no reconocer que el Estado se ha adueñado de la educación tal y como el capitalismo lo ha hecho del ocio. Sin embargo, la gente no sólo se acercaba al sindicato para estas cuestiones extralaborales concretas, lo hacía también para un tema tan apremiante como el de la vivienda. Los primeros Sindicatos de Inquilinos en el Estado español fueron promocionados, a veces en solitario y otras junto a la UGT, por la CNT e incluso hasta por la FAI. En los años 30, de Barcelona a Tenerife, hubieron sindicatos de vivienda, huelgas de alquileres, piquetes antidesahucio, realojos, ocupaciones, boicots (hoy los llamaríamos “escraches”) y reclamaciones que iban desde la bajada de los alquileres hasta la completa eliminación de los mismos6. La lucha por la vivienda no es un invento de la PAH ni del Movimiento Okupa, tanto en el Estado español, como en el argentino o el chileno, está íntimamente ligada desde su nacimiento con el anarcosindicalismo y las organizaciones obreras.

De la misma manera, era la CNT la que en plena II República promocionaba lo que Felipe Aláiz llamaba “la expropiación invisible”, que definía José Peirats como “invasión de fincas de mano muerta a pesar del espantajo de la Guardia Civil”7 y también la que impulsaba “revueltas del hambre” como la de la ciudad de Inca (Mallorca) de 1918-1919. La ocupación de tierras incultivas y la toma de suministros básicos de forma directa no es tampoco un invento del SAT, era algo común entre la filiación y militancia del anarcosindicalismo de la primera mitad del siglo.

Visto esto, ¿seguimos pensando que el sindicalismo revolucionario nunca actuó fuera de los margenes estrictamente laborales? Lo dicho nos demuestra que el crecimiento y la implantación de un sindicato como la CNT no sólo se debía a su potencia laboral, sino también a su amplitud de miras en lo social. Porque a su capacidad de presentar conflictos laborales y ganarlos, se sumaba su disposición a articular luchas relacionadas con otras necesidades obreras que no se encontraban necesariamente en la fábrica o el taller. Implicarse en luchas como la de la vivienda no es algo novedoso o que se me esté ocurriendo a mí ahora; es parte de la esencia misma del sindicalismo revolucionario desde sus orígenes. Realmente no importaría mucho que no fuera así, pero es importante destacarlo para informar a los que creen que el sindicalismo revolucionario nunca tocó más palos que los del trabajo convencional.

Por otra parte, el sindicalismo revolucionario hoy debe aceptar implicarse en luchas y reivindicaciones que vinculadas con lo laboral tienen un aspecto mucho más amplio en terrenos como el social y el cultural, como por ejemplo el feminismo. ¿Puede rehuir el sindicalismo revolucionario tomar partido en este campo simplemente porque la lucha contra el patriarcado no se dirime exclusivamente en el terreno laboral? Siguiendo con otro ejemplo, ¿puede hoy cualquier sindicato, amarillo o revolucionario, abstenerse de organizar sus propios sindicatos de estudiantes a pesar de que estos, por ahora, no sean estrictamente trabajadores? Si el sindicalismo no tiene más campo que el empresarial, ¿qué hace llamando a los estudiantes a unirse a sus filas antes de que se hayan convertido en asalariados? La CNT también promovió en el pasado la creación de cooperativas de trabajadores que, vinculadas fuertemente con el mundo del trabajo, no tenían como intención plantear y ganar conflictos, sino crear estructuraras solidarias fuertes y mejorar la vida de los trabajadores. Hoy se entiende esta idea cuando se propone desde dentro de los propios sindicatos la creación de cooperativas de consumo, ¿por qué no se ha podido hacer lo mismo con los Sindicatos de Inquilinos?

Plataformas como la PAH o sindicatos relacionados con partidos políticos como el SAT han adelantado al anarcosindicalismo por la izquierda, y lo han hecho en un terreno que era el suyo y usando sus mismas armas. Entiendo que no se quiera tocar un tema como el de la vivienda allí donde funcionan bien las plataformas locales. Pero donde no es así o no se tocan determinados temas como el del alquiler, ¿dónde está el problema? Si hay un prurito por no rivalizar con lo existente, la propia CNT nunca se hubiera fundado, pues en 1910 podía estar “invadiendo” el terreno de la UGT fundada en 1888. Lo importante en la lucha es la estrategia que se lleva a cabo y las repercusiones que esta tiene en la vida de la gente; no es una cuestión de primogenituras.

Lo que necesitamos, por tanto, es que el sindicalismo revolucionario entienda que su naturaleza es bastante más amplia que la de cualquier sindicato al uso, que la gente se puede acercar a él si ve que es mucho más que un sindicato. Y el terreno es fértil para ello. Muchas personas en el espectro de la vivienda no encuentran una herramienta a su alcance si su caso es de alquiler (hablamos siempre de alquileres de multirentistas, inmobiliarias, etc., y no del cansino mito del pequeño rentista de 99 años, con una quedara mal, que da mucha pena). Cuando se enfrentan a desalojos masivos por parte del Estado, fondos buitres, gestoras privadas de vivienda pública o incluso bancos, su arsenal es muy limitado, pues debemos tener en cuenta que por ahora nadie (salvo aquí en Canarias) ha planteado una huelga de alquileres. El asunto llama la atención si tenemos en cuenta que estas huelgas nos han resultado bastante fáciles de ganar y que tienen un coste cero, a diferencia de las laborales. La gente tiene planteado el conflicto habitacional porque dentro de poco no podrá pagar, porque ya adeuda varias mensualidades o porque directamente va a ser desahuciada por impago. En este caso el hecho del impago es algo consumado o a punto de consumarse, sólo falta darle a ese acto involuntario y fatalista un recubrimiento de acción consciente y de reivindicación política. En una huelga laboral el trabajador se expone a perder dinero por cada día de huelga. Si esto se suple con cajas de resistencia, lo más común es que la huelga se prolongue tanto como dure el dinero de la caja. Pierden dinero obrero y empresario, pero a veces se impone la proporcionalidad y es el primero el que más se resiente. En una huelga de alquileres sólo pierde dinero el casero. Si se consiguen demorar los plazos de una posible orden de lanzamiento, que la cuestión no vaya por la vía del desahucio exprés al tener que dirimirse irregularidades contractuales; si se consigue afinar una buena batería legal que torpedee el proceso, hay muchas posibilidades de victoria. Por no hablar de las medidas de presión directa, muy fáciles de aplicar porque se ataca al enemigo desde dentro. Por otra parte, no es lo mismo un desahucio aislado que vaciar uno o varios bloques, sea vivienda por vivienda (lo estipulado salvo en casos de ocupación) o de forma masiva, pues cada desahucio será un pulso contra la resolución judicial y el rentista. Es un campo donde se puede crear mucho tejido social y que hay que seguir explorando.

La mayoría de anarcosindicatos tienen una secretaría de Acción Social, pero en la práctica se entiende que la función principal de esta es denunciar los abusos cometidos en campos como el del medio ambiente, la migración o los derechos de la mujer. ¿Por qué no puede ser su labor, aparte de esa, crear desde ahí los Sindicatos de Inquilinos? Lo población migrante y las mujeres en riesgo de sufrir feminicidio a lo mejor no se acercan al sindicato por una elaborada campaña con charlas y cartelería contra la violencia machista o la xenofobia, pero sí lo hacen cuando se toca el tema de garantizar su techo y su pan, su refugio y su supervivencia. Si desde ese lugar se pueden plantear cooperativas, ¿porque no secciones sindicales de vivienda o sindicatos propiamente dichos?

Se ha planteado también en un texto como el de Martín Paradelo la paulatina toma de los medios de producción. ¿Por que no contemplar entonces la toma directa, sin plazos, de los bienes de consumo? De hecho bien podría ser lo segundo la antesala de lo primero. Autogestionar medios de producción o empresas delicadas como hospitales y demás, puede parecer en un primer momento, a pesar de ejemplos tan actuales como el de Grecia, una tarea compleja y ardua, pero hacerlo con el techo, tal y como se produce a diario a través de la ocupación, está al alcance de la mano. Desgraciadamente, lo que suele motivar esta expropiación es la pura desesperación, y aún en aquellos casos en los que está motivada por fines reivindicativos no consigue articularse con un discurso político revolucionario que no tienda tanto (o al menos solamente) a la regularización de la ocupación del inmueble como a la ocupación sistemática como forma de socialización masiva. Es ahí donde hay que incidir y dotarlo de una narrativa revolucionaria propia. Por otra parte hay medios de producción cuya ocupación es directa y no requiere de etapas intermedias de duración indefinida. Gran parte del suelo agrícola, al menos en Canarias, está abandonado. Ocuparlo, exigir el derecho a hacerlo productivo, alimentarse de él, crear cooperativas que distribuyan el alimento (incluido el excedente si lo hubiera), enrolar en la actividad a todos los trabajadores agrícolas y desempleados dispuestos que se hayan acercado al sindicato, y prepararse para resistir, supone una política revolucionaria sindical de hechos consumados. Cuando en el anarconsidicalismo se habla de cooperativas8 en realidad puede entenderse por algo así, la idea ya está en el aire, pero falta que las ponencias transciendan, que sean una práctica cotidiana al alcance de los afectados y que se entienda que estos van más allá de los arquetipos decimonónicos.

Y es que hay otro cariz en lo del sindicalismo social. Ya en tiempos de la Transición, Luis Andrés Edo hablaba de la necesidad de crear un “sindicalismo integral” que incluyera a los excluidos9. Visto cómo está el panorama económico-laboral, muchos trabajadores han perdido la condición de tales, pero no sólo a niveles de conciencia por la búsqueda compulsiva del estándar capitalista, sino a unos niveles mucho más prosaicos por encontrarse en una situación de constante precariedad. Hablamos de obreros que lo son, pero a los que nadie les da esta categoría y a los que casi ningún sindicato abre los brazos u ofrece una herramienta. Me refiero a los desempleados de larga duración, a los vendedores ambulantes, a los cuidadores, a los limpiadores por cuenta propia, a los chatarreros, a los amos de casa, a los obreros que viven de hacer chapuzas, a los presos y un largo etcétera. Me refiero a toda esa gente que en algunos barrios son mayoría, que no han cotizado en su vida, como no lo hicieron sus padres ni lo harán sus hijos; que no saben lo que es una nómina pero que sí saben lo que es trabajar, lo que es ser perseguidos, lo que es no obtener una justa retribución por su trabajo y a los que no llega una propaganda de obrerismo fabril. En muchos casos puede ser complicado plantear ciertos conflictos sin perjudicar al afectado y también hay que tener en cuenta el enfrentamiento con la negativa legal a que algunos de ellos se sindiquen, pero como ya han demostrado los pocos pero representativos sindicatos de esta naturaleza (sean autónomos como el Sindicato de Manteros10 en Catalunya o como el IWOC11 en EE.UU., que es una sección sindical de presos de la IWW que ha protagonizado las últimas huelgas carcelarias) puede ser una buena vía para visibilizar su situación precaria, denunciar a la administración pública e iniciar una hoja de ruta que puede buscar, dependiendo del caso y de la actividad profesional, desde la mejora de las condiciones laborales, la regularización o si se prefiere: reivindicar el derecho a vivir al margen de la legalidad sin ser perseguidos. Mucha de esa población activa que engrosa las listas del paro y que ya no recibe subsidio alguno sigue viva y comiendo (cuando puede), y sería ingenuo pensar que no es la economía sumergida la que garantiza su supervivencia. La legalidad siempre será un problema, pero precisamente por eso es necesario el sindicato, para dotar de cobertura a quienes entre la clase trabajadora se encuentran en la situación de mayor vulnerabilidad. Hay barriadas enteras que sobreviven con la economía en B, lugares donde ningún sindicato amarillo está interesado en hacer una campaña de captación. En esos sitios hay que arremangarse y ser conscientes de que la actual coyuntura nos aboca cada vez más a esta situación; o nos adaptamos, junto a nuestras herramientas, y empezamos a trabajar en ese campo, o acabaremos buscando defender los derechos de una clase obrera idealizada que ya no existe. Sí, debemos luchar por preservar los derechos laborales de los que aún los conservan, pero no nos olvidemos de los que ya los perdieron y especialmente de los que nunca llegaron a tenerlos.

Puede que después de lo leído alguien acabe coincidiendo, pero objete la falta de medios y conocimientos para dedicarse a eso y se agarre a ese refrán según el cual “quien mucho abarca poco aprieta”. Me parecería una pobre excusa. Eso es algo que de forma más bien intuitiva e improvisando, sin un chavo y siendo literalmente cuatro mataos, hemos podido hacer en Gran Canaria, sin casi estructura. Es la experiencia la que me ha enseñado que eso está al alcance de cualquiera. La formación en vivienda no es en absoluto más compleja que la laboral, y la necesidad de recursos es bastante menor. La negativa vuelve a demostrar que se ve el terreno de las necesidades básicas, el techo, la ocupación de tierras, la exclusión, como una dimensión distinta a la del trabajo, cuando en realidad la conexión no puede ser más estrecha.

Repito para finalizar que no se pretende con este texto plantear un sindicalismo sin trabajadores, pues la urgencia social no deja mucho tiempo para plantear estupideces. Interpretar este texto así equivale a tratar de reducirlo al absurdo para evitar tener que digerirlo. Lo que se pretende es que se entienda que las necesidades económicas de los trabajadores son múltiples y que cabe la posibilidad de incidir en las más urgentes como son techo, abrigo y comida ampliando el marco de actuación del sindicalismo revolucionario allí donde su actividad rigurosamente laboral no baste, no le permita crecer ni llegar a la gente o allí dónde no exista nada funcional en ese aspecto. Si el sindicalismo se pretende revolucionario debe serlo más que por el nombre, sin aferrarse a la creencia de que la mera actividad sindical al uso le permitirá llegar a controlar los medios de producción. Las victorias parciales dan experiencia y ejercitan el músculo subversivo preparándonos para el futuro, pero no suponen la revolución misma ni tampoco necesariamente su antesala. La propia Comunidad “La Esperanza” no es la revolución, es por ahora una victoria parcial (seguimos evitando que sea, si finalmente se produjera el desalojo, una derrota parcial), donde aprendemos mucho y nos ejercitamos, pero el acontecimiento prerrevolucionario es otra cosa. El sindicalismo si quiere ser revolucionario debe diferenciarse, aspirar a la integralidad de acción y abordar aquellos campos de transformación revolucionaria que estén a su alcance. Crear sindicatos de trabajadores en B y de inquilinos es parte de esta capacitación revolucionaria, pues son estas demandas, de vivienda, de comida, de autodefensa de los excluidos, las que llegan a una importante parte de la población a la que hoy se ignora; las que de resolverse con un trabajo certero pueden sentar las bases de un salto cuantitativo y cualitativo; y las que permiten acceder a un territorio actualmente muy poco explorado, por lo menos desde la práctica revolucionaria y sindicalista. Toca abrirse paso entre la maleza y avanzar fuera de la zona de confort.

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1 Que yo sepa por ahora han intervenido José Luis Carretero, Pepe Gutiérrez-Álvarez, Lluís Rodríguez Algans, Octavio Alberola y Martín Paradelo. Pongo este enlace del foro de Alasbarricadas.org porque creo que en él se recogen a su vez los enlaces de todas las intervenciones que han ido surgiendo. Aclaro, por cierto, que al menos cuando yo hablo de “sindicalismo revolucionario” no me refiero concretamente a la teoría de Georges Sorel o Pierre Monatte (que veían en el sindicalismo también la estructura que organizaría la sociedad posrevolucionaria). Lo hago de una forma mucho más general para referirme a aquel sindicalismo que no sólo busca objetivos a corto plazo, sino que tiene como finalidad subvertir revolucionariamente el estado de cosas existente.

2 Son datos extraídos de la EPA, el BOC y otros medios oficiales y también de los informes de ONG’s como Cáritas o Save The Childrens.

3 Me ha parecido interesante que Octavio Alberola, siendo el interviniente de más edad, sea también el que parece tener menos morriña cuando hay que evocar las glorias del pasado.

4 En El corto verano de la anarquía (1972) de Hans Magnus Enzensberger.

5 Paz, “Contra la democracia y el «liderismo natural»” (en Historia Libertaria), marzo-abril de 1979.

6 Precisamente es García Oliver el que en un carta a Abel Paz (22 de noviembre de 1972) le dice que el gran mitín organizado por la CNT ante el Palacio de Bellas Artes con motivo del 1º de Mayo de 1931 “no era de afirmación anarquista ni sindicalista, ni de protesta por los mártires de Chicago. Simplemente se trataba de un acto de afirmación, reclamando la anulación de los alquileres de los domicilios. En cuyo asunto trabajaban Arturo Parera, ‘Barberillo’ y Castillo desde antes de proclamarse la República”.

7 Peirats, Los anarquistas en la crisis política española, 1962.

8 Como en este caso.

9 Edo, “Syndicalisme Révolutiannaire” (en Anarcho Syndicalisme et Luttes Ouvrieres), 1985.

10 Menos conocido como Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes de Barcelona.

11 Aquí su web.

Contagio

Ni la sífilis. Ni la gripe española. Qué digo, ni la peste bubónica. Ninguna pandemia puede compararse al mortífero, endemoniado y brutal… contagio ideológico.

¡Qué dirían los padres y madres de la Revolución si nos vieran compartiendo alcoba con tan perjudiciales virus! ¡Semejantes bacterias infecciosas provenientes de todo tipo de fuentes perversas y promulgadoras de males tan corruptos como corruptores! ¡Protozoos reformistas! ¡Hongos socialdemócratas…!

Bueno… descansando un poco de tanta exclamación, me limitaré a decir que me parece, cuando menos, curioso. Que, ¿qué me parece curioso? Bueno, lo cierto es que muchas cosas; pero, como hay que empezar por algún lado, pues comenzaré diciendo que por la ignorancia. La ignorancia que algunas y algunos demuestran día sí y día también al realizar juicios de valorprejuicios en última (y primera, vaya) instancia– sobre todo tipo de personas que tienen un criterio político distinto al suyo; personas que por una u otra razón apuestan por unas vías y/o unas formaciones que, a ojos de estas otras, son y serán responsables de todos los males de la humanidad desde la antigua Sumeria hasta el día del juicio final. Y no solo me da rabia que hagan tales cosas por el error de análisis que supone y por lo injustos que pueden llegar a ser con esas personas (que además no conocen en la mayoría de casos), sino porque eso lleva a rechazar de forma directa la colaboración con unas personas con las que se comparten muchas más cosas de las que se difiere. Y, ojo, hablo de forma general. Evidentemente, como en todos los sitios, hay de todo. Y es por eso mismo por lo que al menos debería brindarse la oportunidad de comprobar si esto es así o de otra manera. Yo simplemente me limitaré a poner sobre la mesa que en no pocas veces he tenido la ocasión de darme cuenta de que comparto más cosas con dichas personas que con aquellas que se supone que, por definición ideológica, son más cercanas a mí. Y es que, ¿qué es y para qué sirve una etiqueta ideológica? Reza el viejo dicho aquello de Por sus hechos los conoceréis, y es ciertamente complicado ser revolucionario en los tiempos que corren si uno no está dispuesto a asumir el trabajo que conlleva preparar una revolución y, por ende, a un pueblo que sea capaz de llevarla a cabo.

Pero bueno, como no soy de aquellos a los que les gusta dar rodeos, explicaré de forma abierta a qué me estoy refiriendo, aunque creo que la cosa se intuye fácilmente. Me refiero a todas aquellas personas que no soportan o aíslan en su gulag ideológico a aquellas que apuestan por la vía electoral o que forman parte de partidos o candidaturas municipales concretas, léase Ganemos, Podemos, las CUP, Barcelona en Comú o lo que se quiera. Y cuando hablo de éstas últimas esto no me refiero a personas que ostentan cargos públicos con responsabilidades (cosa bien distinta y de la que también se podría hablar), sino de gentes que simple y llanamente apoyan la intención primigenia de la formación en cuestión y participan en ella. Lo que vienen siendo las bases de un partido.

Es posible que el lector conozca a estas personas más bien por el término comúnmente utilizado para denominarlas en el lenguaje de ciertos autoproclamados revolucionarios y revolucionarias de toda índole: esto es, reformistas. Gente que ha decidido brindarle su apoyo a otra gente que ha decidido entrar en unas instituciones que –sí, sí, ¡que yo también pienso eso!- están viciadas desde el mismo principio.

Y, por sorprendente que pueda parecer, con muchos de ellos y ellas compartimos muchas cosas. La mayoría de ellos y ellas apoyan la labor y el fortalecimiento de los movimientos y las organizaciones sociales –muchas de ellas de hecho han militado en los movimientos o lo siguen haciendo– y hasta desconfían de la propia institución y creen que sin un pueblo organizado la cosa es más bien oscura. Y yo creo que al rechazar cualquier tipo de colaboración con ellos y ellas cometemos un tremendo error. Porque no tenemos por qué apoyarles en sus objetivos electoralistas o partidistas, pero sí podemos unirnos por la consecución de algo en lo que todos y todas estemos de acuerdo –y además participemos en igualdad de condiciones–: por la (re)municipalización de algún servicio público, por la visibilización y la lucha contra las violencias machistas, por el fortalecimiento de los sindicatos combativos, por la auditoría y el impago de la deuda odiosa, por el fin de los desahucios o la gentrificación y un largo etcétera. Incluso por la crítica o la desobediencia a ciertas actuaciones de un gobierno (municipal, autonómico o estatal, da lo mismo) en el que su partido forme parte.

Y es que, de nuevo, me resulta curiosa otra cosa: esta vez la hipocresía o las contradicciones que pueden llegar a cabalgar algunas personas. A mí no me importa tener contradicciones, porque entiendo que eso es inherente al ser humano político y, de hecho, creo honestamente que no me hace menos coherente. Pero no deja de resultarme llamativo que algunas personas veneren o alaguen al 15-M (como yo también hago) mientras a la par critican cualquier tipo de relación con personas pertenecientes a partidos o candidaturas parlamentarias. Lo digo porque los hay que ponen el grito en el cielo si uno organiza una asamblea o encuentro y acuden personas de todo tipo entre las que se cuentan aquellas que apoyan las actuaciones de un ayuntamiento o gobierno. Pues mira que yo me harté de escuchar afirmaciones de ese tipo durante el 15-M (o, bueno, más bien de reivindicar cambios institucionales o de crear un partido, ya que todavía no había empezado la ola política de Podemos) y eso no me hizo ponerme a maldecir como un loco.

Siempre me parecerá increíble que algunas personas tengan la valentía de criticar una posición entre bastidores o entre cañas y luego no la tengan para hacerlo en un espacio público en el que se goza de la misma oportunidad de participación que el resto. Si tienes una opinión distinta a la de una persona que se ha pronunciado, toma la palabra y hazlo saber. Puedo asegurarte que el mundo mejor que deseas no va a venir por arte de magia, y menos aún si cuando se te plantea una situación así eliges callar y despotricar luego cuando ya nadie o solo los que piensan como tú escuchan.

Puede parecer sorprendente, pero, en cuanto una sale de su círculo político de confort, se encuentra con que –¡voilà!– existe gente que piensa distinto. Lo maravilloso de todo esto es que puedes convencer con argumentos –y con tu actitud y acción. Recordemos el viejo dicho de antes–. Lo que está claro es que el silencio o la difamación nunca han sido buenas herramientas para hacer ver nada a nadie.

Yo, desde luego, puedo garantizar que el intercambio de opiniones no mata a nadie. Lejos de eso, enriquece, incluso aunque se tengan conversaciones con personas que tienen una visión opuesta a la propia en algunos temas. El pensamiento es libre, puedes decidir lo que tú quieras. Y el pensamiento es algo vivo: si lo dejas encerrado entre cuatro paredes, tarde o temprano terminará pudriéndose.

Finalmente, entiendo que uno/a pueda sentir una sana desconfianza hacia gente que tiene un pensamiento distinto al suyo en ciertas cuestiones, pero lo que nunca entenderé es lo poco revolucionarios que pueden llegar a ser algunos autoproclamados revolucionarios. Gente que, en última instancia, parece odiar a ese pueblo que se supone que le gustaría ver libre. Bien porque les parece tonto, bien porque les parece políticamente “desviado”. Contagiado.

Y no vaya a ser que, por Dios mío, nos lo vayan a contagiar a nosotras.

Anónimo

Los modelos de organización de un movimiento revolucionario. La relación entre una minoría activa y un movimiento social

@BlackSpartak

Estamos en una época en la que podemos hacer ya un balance serio de los procesos revolucionarios sucedidos en los últimos dos siglos. Si nos interesa hacer las cosas de cierta manera deberá ser porque así lo hemos elegido, sabiendo bien porqué lo elegimos y en qué nos puede beneficiar.

En este sentido pretendo hacer un esquema con los tipos de relación entre una «minoría activa» y un movimiento de masas. Para aclararnos: por un lado la minoría activa de personas militantes será en algunos casos una organización estructurada y en otros casos simplemente estarán organizados de forma informal pero sin pretender conformar nada estable. Por otro lado en cuanto a movimiento de masas me puedo referir a un movimiento social (feminismo, ecologismo, vivienda, salud, juventud, etc.) o a un movimiento popular (obrero, campesino, indígena, liberación nacional, etc.)

Para hacerlo más entendible utilizaré ejemplos de la izquierda revolucionaria europea, concretamente del movimiento obrero y libertario ibérico, aunque con lógicas referencias a otras partes del mundo. Por último, una vez expuestas las partes quiero poder aplicarlas a otros movimientos revolucionarios de la historia, para ver de qué modo encajan.

Monismo organizativo (una organización que es política y social a la vez)

Se trata de la equiparación de un movimiento de masas a los intereses, forma de funcionamiento y objetivos de la minoría activa. Es decir que los principios, tácticas y finalidades de ambos coinciden plenamente.

Para este apartado recomiendo la lectura del texto La búsqueda de la unidad anarquista: la Federación Anarquista Ibérica antes de la II República.

Se trata de una historia de la FAI previa a la II República y todos los debates que tuvieron en torno a la relación con la CNT. Pienso que aclarará mucho las cosas.

– Movimiento social autónomo

Este caso es siempre así como comienza un movimiento social en nuestros días. Existe una problemática. La gente se organiza en torno a ella. El movimiento crece y se van formando tendencias en cuanto a la práctica y en cuanto a la teoría. Por tanto aparece la política.

En el ejemplo del movimiento obrero tenemos la aparición instintiva de anarquistas organizados dentro de los sindicatos. Estos militantes hablaban entre sí, tenían sus congresos y sus periódicos, pero no tenían una organización propia. Las decisiones estratégicas se hacían en forma de consigna que podría salir de un pleno o bien que aparecía en sus periódicos: «Todos a hacer X a partir de ahora». Pero lógicamente no todo el mundo las seguía.

Este tipo de estrategia se dio durante la creación de la CNT. En aquella época los anarquistas estaban dentro de las sociedades obreras. Aunque querían que ésta central sindical fuese lo más acorde con sus ideas, como es lógico, no presionaron para definirla ideológicamente. Al contrario, la planteaban como un organismo unitario de la clase trabajadora. El anarquismo jugaría el papel de «minoría activa», pero una minoría que se veía a sí misma como un «motor» del movimiento, un garante de que este movimiento iba a hacer bien las cosas.

De manera parecida hoy en día ocurre en muchos movimientos sociales o luchas populares grandes. Por ejemplo en la Z.A.D. contra el aeropuerto de Nantes, hay un sector de militantes influido por las ideas del «Comité Invisible» y similares. Logicamente sus posiciones no son iguales que las del resto del movimiento (campesinos de la zona, otros jóvenes que apoyan, gente de otras ideologías). En su caso se puede decir que conforman una minoría activa que influye en el movimiento en su conjunto.

– Anarcosindicalismo y sindicalismo «puro»

El siguiente estadio del desarrollo político de los movimientos es que si existe una tendencia que predomina y logra la hegemonía, lo normal es que intente equiparar el propio movimiento consigo misma. Esto le ocurrió al anarcosindicalismo.

En este caso el movimiento sindical, la CNT, era a la vez política y social. Esto ocurría por el claro predominio del sector libertario en los sindicatos. Manuel Buenacasa decía que en el Congreso de Sants «las diecinueve veinteavas partes de los delegados eran anarquistas», y aún así habían respetado la naturaleza autónoma del sindicato. Aún así, a partir de entonces se comienza a hablar de «anarcosindicalismo». Se trataba de un «sindicalismo revolucionario» hecho por anarquistas (que habían logrado la hegemonía). El sindicalismo era la potencia, la capacidad para hacer la revolución. El sindicato era la entidad que gestionaría la sociedad socialista, su columna vertebral. De hecho los anarcosindicalistas nunca llegaron a aceptar en serio que los municipios fueran otras unidades administrativas válidas en la sociedad socialista.

Por otro lado, el concepto «sindicalismo puro» viene de aquella tendencia que existió dentro del sindicalismo revolucionario que rechazaba el anarquismo por lo que fuera (les caían mal, no les parecía practicable lo que decían, querían consolidar los sindicatos primero, eran etapistas… lo que fuera). Entonces se generó una «minoría activa» que defendía el sindicalismo «a secas» a capa y espada contra lo que entendían una «anarquización» de la CNT (que entendían como errónea, como veremos ahora). De ahí saldría años más tarde la tendencia «treintista». Otro apunte, que fueran sindicalistas «puros» no quiere decir ni que fueran republicanos ni que fueran socialistas: eran sindicalistas y querían que los sindicatos fuesen independientes y también determinantes tanto para hacer la revolución como para gestionar la sociedad después.

– Movimiento Obrero Anarquista (MOA) o «forismo»

La FORA de Argentina tenía una minoría activa de anarquistas, que en su Quinto congreso lograron que triunfara su visión sobre sus finalidades (comunismo anárquico), sus estrategias (la huelga general y la insurrección obrera) y sus principios (los principios comunes a todo el anarquismo). Poco a poco los sindicatos de esta central sindical fueron pareciéndose cada vez más a grupos anarquistas que hacían sindicalismo en vez de sindicatos que tuvieran principios libertarios. Es decir, que se le dió la vuelta a la idea de sindicato. Esto provocó a su vez que todos los sindicatos que no estaban de acuerdo con ello, rompieran y crearan otra central sindical de carácter más neutro.

Esta manera de hacer las cosas fue teorizada más tarde por Abad de Santillán y López Arango en los años 20 y traía a Europa. En bastantes grupos anarquistas del momento (entre 1915 y 1925) esta idea caló. Por ello también intentaron «anarquizar» la CNT. Pero la desarticulación de los sindicatos en la dictadura de Primo de Rivera impidió que pusieran en práctica sus ideas y en vez de en el sindicalismo estuvieron muy activos en los ateneos y en la cultura o participarían de las conspiraciones contra la Dictadura.

Este tipo de movimiento también se propuso en la USI italiana. Se propuso que se debía fusionar con la Unione Anarchica Italiana, que era la específica. Fue rechazado, pero vemos que este debate también se dió en otros lugares.

En el exilio de la CNT en Francia en los años 50 y 60 esta idea organizativa fue puesta en práctica. Llegó a existir una estructura de CNT en las diversas ciudades y pueblos franceses pero que no tenía ningún tipo de actividad sindical, sino que trataban únicamente de temas políticos (siempre mirando a España) y culturales, ya que si querían hacer sindicalismo lo que tenían que hacer era unirse a los sindicatos franceses. En este caso hablar de CNT (la del exilio) era hablar de una organización anarquista sin lugar a dudas.

En nuestros días lo propone el sector ‘ortodoxo’ de CNT (la de los 80 y 90), y buena parte de la AIT, que entiende que los sindicatos anarcosindicalistas tienen que ser anarquista. De hecho equiparan anarcosindicalismo con anarquismo indistintamente.

No es exclusivo esto al sindicalismo, sino que también en algunos lugares se ha visto plantear un movimiento de vivienda exclusivamente anarquista, y hay otros ejemplos como el anarcofeminismo. Porque, ¿el anarcofeminismo es un feminismo hecho por anarquistas? ¿es un anarquismo que deviene en feminista? ¿una confluencia de ambas ideas? Dependiendo de la respuesta tendremos una estrategia que encaja en este apartado.

La crítica que se le puede hacer, es que si el movimiento social es grande, por lógica será plural política e ideológicamente. Por tanto si los anarquistas quieren montar su movimiento lo que están haciendo es cediéndole el resto del movimiento social a sus rivales políticos.

– Movimientismo

Es una crítica que hacen las organizaciones leninistas a estos movimientos que se niegan a admitir el dualismo organizativo (esto lo veremos más adelante). Es decir, que quieren mantener su movimiento social totalmente autónomo. Pero va más allá, el movimientismo es el movimiento por el movimiento y en ocasiones llega a ser hostil a cualquier organización política que intente marcarle el camino.

Sus peligros son que muchas veces este movimiento no tiene desarrollada su capacidad política y cae en el reformismo o bien es embaucado por otras fuerzas políticas mejor organizadas y lo canalizan por donde quieren. También puede significar sectorializar la lucha y centrarse en lo concreto ya que carece de objetivos a largo plazo más allá de la lucha en sí misma.

El ejemplo típico es el de algunos movimientos estudiantiles, que se agotan en sí mismos y que no consiguen ni relevo generacional ni aprender de los errores y fracasos de otras luchas previas. Muchas asambleas del 15M tuvieron esta manera de entender las cosas.

– Tendencias organizadas

Se trataría de ir un paso más allá de la minoría activa y organizarse «de verdad» a la hora de participar en movimientos amplios.

Por ejemplo en la Primera Internacional había unas organizaciones sindicales (la Federación de la Región Española por ejemplo), que eran mayoritarias y también había sectores políticos como por ejemplo un sector marxista y otro sector bakunista (en realidad había otros sectores socialistas y republicanos como los blanquistas, mazzinianos, carbonarios, proudhonianos, lassalianos, etc.). Todos estos sectores políticos competían entre sí. Y algunos de ellos tenían su propia organización política de manera «disimulada». En el caso de los partidarios de Marx tenían vínculos estrechos desde la Liga de los Comunistas, ya disuelta. Y los partidarios de Bakunin tenían la Alianza por la Democracia Socialista.

En el caso español los bakunistas estarían en la Alianza, a la que se fueron afiliando por juramento (se supone que una vez aceptado su programa). Eran decenas de militantes anarquistas que a su vez eran miembros de la Federación de la Región Española (el sindicato) y de hecho solían tener cargos en ella. En este caso la Alianza permanecía bastante a la sombra, aunque años después era muy obvio y era en ocasiones un punto de los plenos y congresos de los sindicatos.

Este tipo de organización también lo quiso hacer el grupo de marxistas que había en CNT a primeros de los años 20. Entonces crearon a iniciativa de Maurín los Comités Sindicalistas Revolucionarios. Su objeto era crear su tendencia y estructurarla para con el tiempo crear su partido sobre ella. No era un partido al margen del movimiento social, sino que vivía en su interior. En los años 30 ya tenían sus partidos y animaron lo que se llamó sindicatos «autónomos». En realidad eran autónomos de los anarquistas, pero afines al comunismo del BOC y del POUM.

Dualismo organizativo (2 organizaciones, una política y una social)

Se trata de la separación de lo político y lo social en dos organizaciones diferentes. Las dos estarán en relación para complementarse, pero cada una tendrá una vida autónoma.

– Partido-movimiento

La manera típica de entender la lucha de masas es el duo partido-movimiento. El marxismo lo esbozó y el leninismo lo sistematizó. Aún así esta manera de hacer las cosas la puede utilizar cualquier tendencia. Lo más conocido podría ser el ejemplo del socialismo, creando un partido y un sindicato, como fue el PSOE y la UGT. El anarquismo en ocasiones lo utilizó como fue la OARE de la década de 1880s respecto del movimiento sindical (primero FTRE y luego Pactos de Solidaridad).

Es decir, que se pasa de una tendencia organizada en el seno de un movimiento para convertirse en una organización independiente. En el caso de la Alianza por la Democracia Socialista, al disolverse oficialmente para entrar en la AIT, deja de ser una organización independiente para ser una tendencia organizada. Aquí podría haber un debate sobre si de verdad estaba disuelta o aún seguía existiendo. Si estaba disuelta y sus miembros hablaran entre sí, estaríamos ante el ejemplo de una tendencia. Pero si la organización siguiera con vida (guardando las apariencias para poder estar dentro de la AIT), entonces estaríamos ante el ejemplo de partido-movimiento. Tanto da, porque el resultado fue el mismo.

Será el mismo caso de los siguientes ejemplos.

– Plataformismo / especifismo

Algunos anarquistas tras la Revolución rusa hicieron balance. No les gustó nada la actuación del movimiento libertario ruso y achacaron gran parte de los errores a la desorganización crónica de éste que le dio mucha ventaja al bolchevismo justo en el momento clave. Por tanto para evitar que esto se repitiera le proposieron al movimiento libertario una estrategia, la plataforma.

La plataforma consistía en crear una organización anarquista unida por unas estrategias (la lucha de clases), unas tácticas (utilizar el sindicalismo), un objetivo (el comunismo libertario), un programa y una disciplina. Entonces la plataforma no aúna a cualquier anarquista, sino que solo junta a quienes aceptan todo eso.

Como dice el texto enlazado, la plataforma apareció en un momento inoportuno en Francia. En aquellos años el movimiento libertario había abandonado los sindicatos (el movimiento social) y estaba generalmente inclinado hacia la bohemia, el individualismo y la búsqueda de la vida libre. Por tanto cuando aparecieron unos militantes que hablaban de programa y disciplina, les debió sonar a bolchevismo.

Sin embargo no era más que volver a Bakunin (en su época programa se llamaba catecismo revolucionario; se hacía juramento solemne, etc.). El movimiento de Bulgaria se estructuraba siguiendo la plataforma y entre 1944 y 1948 tuvo su oportunidad revolucionaria.

Luego estas ideas las recogió la FAU de Uruguay en los años 50-60-70 y las actualizó. Entre otras cosas también cambió el nombre a especifismo (que tiene su origen en la organización «específica», como la FAU) y le cambió el ámbito de actuación, que ya no era la lucha de clases como motor de la historia, sino que lo ampliaba a todo el «pueblo» o a la «lucha popular» en toda su amplitud, de la cual la lucha de clases era uno de los frentes. De ahí que se diga que la FAU era una organización nacional-popular similar a las organizaciones marxistas y latinoamericanistas de izquierdas que abundaban en aquella época.

– El modelo FAI o la síntesis

El faísmo pretendía tener dentro de la organización libertaria a todo tipo de libertarios. Lo que le importaba era la unidad anarquista y no tanto el programa. Quizá por eso algunos plenos eran tan conflictivos. Con esta forma de actuar realmente seguían lo que en el siglo XIX se llamó «anarquismo sin adjetivos».

Pero a nivel práctico la FAI actuaba de forma bastante seria y quería vincularse a la CNT para que ésta no se conformara con un sindicalismo reformista o bien que acabara en manos del marxismo. Para ello consiguieron convencer a los anarcosindicalistas de los comités de CNT para poder impulsar dos organismos unitarios: el comité de acción revolucionaria y el comité pro-presos. En la República esto se amplió a los Comités de Defensa (que en principio eran solo de CNT, pero en la práctica los formaba gente en la órbita de la FAI). Ambos iban a ser conjuntos CNT-FAI. Este es el inicio de lo que se llamó la «trabazón». Esto es básicamente lo mismo que lo que tenía el PCE con sus sindicatos o el PSOE con la UGT. De hecho en inglés los historiadores libertarios usan la misma palabra tanto para hablar de la trabazón de la FAI como la relación del PCE con sus sindicatos.

Sin embargo, no se puede decir que la FAI en bloque controlase la CNT. Eso no fue así. La FAI nunca fue un bloque. Lo que ocurrió fue que dentro de la FAI había distintos grupos anarquistas con prestigio que tenían grandes redes de grupos afines. Por ejemplo el grupo «Nosotros» tenía grupos afines en media España. Lo mismo con el grupo «Nervio», y así con otros. Cada uno de estos grupos representaba una tendencia política (táctica y estrategia) en el seno de la FAI. Por eso no había unidad política sino que la unidad era simbólica de puertas afuera.

– El «treintismo»

Si bien comenzó siendo una tendencia de la CNT, con el tiempo creó su propia organización política, que fue la Federación Sindicalista Libertaria. Su objetivo era terminar controlando el movimiento obrero e impulsarlo hacia la gestión de la economía. De cierta manera se convirtió en una anti-FAI cuando perdió el control de las secretarías, los comités y de Solidaridad Obrera. Sin embargo no pudieron desarrollar su corriente política más allá de 1934 y en el Congreso de Zaragoza de 1936 la mayoría volvería a CNT. En CNT esta corriente volvería a tener fuerza durante la Guerra civil llegando a determinar gran parte de la estrategia de la Confederación. Desde la postura más revolucionaria en 1937 se acusaba a los comités superiores de CNT de ser «treintistas».

Otro caso distinto sería el de Angel Pestaña, que crearía en 1928 una «unión de militantes», para poder dirigir CNT, aunque no tuvo mucho éxito. Recordemos, una unión de militantes sería una tendencia interna ya que no pretendía crear nada independiente del movimiento sindical. En los años de la República su estrategia derivó en la creación del Partido Sindicalista, que al ser boicoteado por el anarcosindicalismo y las específicas FAI y JJ.LL. (e incluso por la FSL) no pudo llegar lejos.

Casuística

Pasemos a analizar entonces algunos ejemplos de la historia revolucionaria para ver donde encajarían.

– Consejismo

El movimiento de los consejos obreros alemán era una opción de gestión socialista de la sociedad. Se basaba en los consejos obreros como organismos de poder. Su principal fuerza partidaria fue el KAPD alemán, y tuvo varios partidos hermanos en Holanda, Gran Bretaña, etc. En este momento vemos una estrategia de partido-movimiento: el KAPD influye en el movimiento de los consejos. Además el partido impulsó un sindicato, la AAUD, que era una especie de sindicato formado por asambleas de trabajadores que se oponían a los sindicatos socialdemócratas en la defensa de los consejos obreros.

Sin embargo con el tiempo tuvo su escisión. De este partido salió un buen número de gente para formar la AAUD-E que era un movimiento político y social a la vez, en una sola organización. Y por tanto exigía la disolución del partido.

– Autonomía

La autonomía no es fácil de explicar ya que tuvo diferentes facetas según las épocas y los distintos territorios en donde se ponía en práctica.

En principio todo parte de la autonomía obrera o autonomía proletaria (u operaia) de Italia. En este momento existían diversos partidos pequeños (algunos no tan pequeños) que la defendían. Pero la autonomía se daba en las asambleas de trabajadores, de estudiantes, en los barrios, etc. A mediados de los 70 aquella fase fue superada y la autonomía se generalizó en una parte de la población, que comenzó a actuar sin necesidad de consignas de los partidos. Por tanto la mayoría de los partidos de extrema izquierda se terminaron disolviendo en el movimiento autónomo.

En este caso adoptaron en gran medida el movimientismo, ya que el movimiento (o el movimiento de movimientos) se bastaba a sí mismo. El rol de partido lo tomaban las revistas, que se difundían masivamente y era el foro de debate de todo el movimiento. Aunque el movimiento intentó llevar a cabo algun congreso para determinar la estrategia, en realidad tampoco serían representativos ya que la gente actuaría a su manera sin hacer caso de las mayorías.

En América Latina las actuales autonomías toman de referente la Europa de los años 70, pero lo adaptan a su experiencia política propia. Los pueblos indígenas y campesinos la practican. Pero tienen sus congresos indígenas y su estrategia compartida. De alguna manera la existencia de un EZLN ha marcado las pautas a seguir, sin necesidad de estar sometidos a ese movimiento.

En Europa la autonomía se desarrolló con el movimiento de las okupaciones. También entró en los distintos movimientos estudiantiles de distintas épocas. Tuvo fuerza en Alemania y Holanda en los años 80. Y de vez en cuando tiene períodos de expansión, como ahora ocurre en Francia. Oscila entre el movimientismo y el movimiento social autónomo (consciente de sí mismo) pero con tendencias internas basadas en las influencias políticas de cada sector.

– La CNT en sus períodos

Podemos reconstruir las diferentes etapas de CNT según ha predominado una estrategia u otra.

  1. desde 1910 a 1918-23 predomina la participación de los anarquistas sin organizarse en cuanto a tendencia propia. Éstos construían el movimiento social y sindical. El anarquismo adopta la idea del sindicalismo revolucionario (→ es decir, que los sindicatos serán los organismos de gestión de la futura sociedad socialista // nada que ver con radicalismos verbales de hoy en día).

  2. Período 1918-23. Comienza el anarcosindicalismo. La mayoría de los sindicatos se han «anarquizado» y se reivindican como parte del movimiento libertario. A la vez existe una tendencia interna organizada que encabezan los marxistas (Maurín, Nin, Andrade…)

  3. Período 1923-28. Hay bastantes grupos anarquistas que plantean que CNT debería ser un MOA, un movimiento anarquista y no anarcosindicalista. Sin embargo en los debates gana la idea de crear una organización aparte.

  4. 1927-33. Existencia de la FAI que se postula como organización hermana de la CNT. Se desarrolla la trabazón, y existe un dualismo organización política-movimiento sindical. A la vez existe una tendencia interna de oposición (aunque también querían controlar la CNT a su manera) que es el treintismo. Se expulsa el sector marxista en bloque (PCE en Andalucía y Asturias y BOC en Catalunya).

  5. 1934-36. El treintismo rompe el movimiento y creará su propia organización, la FSL.

  6. 1936-39. Se da la paradoja que en el momento clave de la guerra civil la FAI no tiene una postura unitaria. Por tanto se cae en cierto seguidismo respecto la postura de los sindicatos (en donde existe influencia del treintismo). Por tanto es el sindicato el que marcará la dirección estratégica de todo el movimiento libertario. Incluso la FAI se irá amoldando a esta situación, que reconocen como natural.

  7. 1939-45. Reconstrucción

  8. 1945-75. En el interior predomina una orientación de CNT como sindicato y nada más. Los grupos anarquistas del interior actúan normalmente al margen de CNT. En el exilio se convierte en la práctica en dos partidos, según las dos posturas mayoritarias en las que estaban divididos los anarquistas. Entienden la CNT como organización anarquista unos y los otros como organización sindicalista revolucionaria que tendría como prioridad la consecución de una República (sería el sector partidario de la colaboración con el resto de fuerzas antifranquistas).

  9. 1976-79. Se prioriza la creación de un gran sindicato, CNT. Es la organización vehiculadora del movimiento. Dentro existirán diversas tendencias que se enfrentarán.

  10. 1979-89. Periodo de enfrentamientos en el seno del anarcosindicalismo. El sector posibilista aceptarán los comités de empresa como gestores de los intereses de la plantilla, y el otro sector se niega. De hecho al tampoco tener activas muchas secciones sindicales cae en el forismo, el MOA. Para este sector CNT suele ser igual a una organización anarquista.

  11. Con los años una buena parte de CGT ha olvidado que la razón de ser del anarcosindicalismo es que los sindicatos gestionen la economía (quizá culpa de la penosa correlación de fuerzas que tenemos los sectores revolucionarios en general). Mientas que la CNT-AIT tuvo dos tendencias importantes, una la de que los sindicatos eran casi lo mismo que un grupo anarquista. La segunda de intento de volver al anarcosindicalismo, que ha ido ganando terreno en los últimos tiempos.

Todo esto es evidentemente opinable. Escribo bastante a grandes rasgos, pero con la idea de hacer una reflexión sobre la estrategia organizativa concreta de nuestras organizaciones.

– Movimiento popular vasco

En este caso siempre se ha dotado de la figura del partido. En ocasiones varios. El movimiento popular tiene una parte formal conformada por Sortu/Bildu, Ernai y LAB, y por otra parte tiene un gran entorno informal que es la lucha por el Euskera, la lucha ecologista y feminista, su red de gaztetxes sus grupos de música, prensa y radios, etc. No tiene organización estratégica (como fue EKIN) sino un partido de masas que es quien marca el rumbo de todo el movimiento. Este sistema es el que se calca desde otros movimientos de liberación nacional.

Conclusiones

En definitiva, vuelvo a insistir que nunca se debe mitificar una estrategia, porque lo que es adecuado para un contexto puede que no lo sea para otro. Por ello los movimientos revolucionarios deben fomentar el análisis y el estudio de los escenarios y las coyunturas en las que se encuentran para poder determinar el camino hacia sus objetivos.

 

La economía capitalista: conflicto, poder… y revitalización sindical

Si a cualquier estudiante de ciencias económicas se le pide que defina y ubique en el plan de estudios conceptos cómo “economía capitalista”, “poder”, “lucha de clases”, “distribución de renta y riqueza”, “sindicalismo” o “democracia económica” seguramente nos encontraremos con el decepcionante resultado de su desconocimiento o al menos de su identificación en los “márgenes” del tronco analítico central de la contabilidad, la economía de empresa, la micro y macroeconomía o la política económica. Con toda probabilidad se desconocerán profundamente corrientes de análisis económico y políticas alternativas cómo el postkeynesiano, institucionalista, neomarxista, regulacionista y radical, ecológico o feminista, de economía socialista o economía libertaria y autogestionaria, impulsadas solventemente por economistas tanto de fuera de nuestras fronteras [1], cómo también por multitud de economistas críticos de ámbitos académicos o sindicales en el propio Estado español [2].

Todo ello es, sin duda, una mala noticia. Sin embargo, pese a la tenaz voluntad de quienes detentan el poder académico y de discurso político en economía por marginar, esconder y silenciar dichas corrientes, la realidad es que la economía capitalista real -y desde luego las relaciones laborales existentes- aquellas que conoce cualquier persona trabajadora, se entienden principalmente con los conceptos antedichos, que se resumen en el título de este artículo, que a su vez da nombre a un curso de introducción a la economía [3], que a su vez se ubica en una de las corrientes citadas, de economía radical, fructífera para abordar los temas aquí planteados [4]. En efecto, el sistema económico capitalista con sus aparatos políticos coadyuvantes, y máxime la empresa capitalista, se sustenta en lo que autores radicales denominan “dimensión vertical”, esto es, en el autoritarismo y el ejercicio del poder de los empresarios sobre los trabajadores y trabajadoras, de la patronal sobre la clase trabajadora, aspecto que condiciona y determina transversalmente las decisiones u organización de la producción, inversión y distribución entre salarios y beneficios [5].

Cómo posiblemente puede parecer muy abstracto y académico lo relatado hasta ahora, quizás con un par de ejemplos vividos sea posible engarzar la caracterización sistémica con la realidad económica y de las relaciones laborales.

En un caso de una mediana empresa del sector de los cuidados, sobre negociación de reducción salarial por dificultades financieras de liquidez y económicas de viabilidad, el economista de la empresa apuntaba que el peso de los salarios en la estructura de costes de la misma era muy superior al de otras empresas del sector, por lo que era imprescindible acometer la reducción salarial planteada a las trabajadoras. La respuesta de la parte social planteó que desde luego era así, pero porque la estructura salarial estaba desproporcionada por arriba, pues los cargos de dirección doblaban el nivel de salarios de referencia en la negociación colectiva sectorial, lo que implicaba que su reducción a nivel de convenio permitía cuasi-equilibrar las cuentas. Entonces se hizo el silencio en la sala y todas las presentes nos dimos cuenta que sin duda habíamos llegado al punto de expresión de un conflicto de poder, el clásico conflicto distributivo en el sistema capitalista entre salarios y beneficios -disfrazados de altos salarios- aplicado al caso recesivo de la crisis empresarial. Finalmente este conflicto se resolvió con la convocatoria de una huelga indefinida de toda la plantilla, que forzó efectivamente a la dirección a reducirse sus salarios a convenio sectorial cómo primera acción previa a evaluar otras medidas, entre otros elementos del pacto de empresa conseguido, relacionados con el control sindical productivo y económico.

Un sindicalismo fuerte implica mejores condiciones salariales, de empleo, protección social, equidad de género y defensa de la salud laboral, así como caminar hacia mayores equilibrios ecológicos.

En otro caso, un grupo empresarial del sector de la construcción de tamaño medio, planteó un despido colectivo de un tercio de la plantilla, en un contexto de muchos años de ingresos no declarados y contabilidad B, que en cualquier caso permitían la viabilidad empresarial. Este despido colectivo cómo caso paradigmático de “violencia del poder privado” utilizando términos que titulan una obra de Antonio Baylos, se tuvo que resolver judicialmente en el Tribunal Superior de Justicia, siendo ratificada la nulidad y readmisión de los despedidos por el Tribunal Supremo. A esta situación se llegó sin duda por una actitud patronal autoritaria. La postura empresarial en la negociación colectiva, defendiendo que concurría causa económica y productiva para el despido colectivo, mientras ganaban dinero de forma ilícita, desembocó en la judicialización del proceso. Se trataba pues del intento de imponer su poder de clase despidiendo a trabajadores cómo mecanismo para eliminar el sindicalismo combativo en la empresa.

Ni que decir tiene que, en general, la reacción sindical a las contrarreformas laborales impuestas vía parlamentaria, así como a las diferentes estrategias empresariales en casos concretos de reestructuraciones y despidos, algunos ya emblemáticos por implicar confrontación solvente ante deslocalizaciones productivas (Coca – Cola en Fuenlabrada, Celsa Atlantic en Gasteiz y Urbina, Zardoya Otis en Mungia, etc.), nos ha dejado una pléyade de experiencias sindicales y de huelgas que bien analizadas nos ayudan para sintetizar algunas conclusiones de interés de cara al debate sobre la revitalización del poder sindical, aquel que efectivamente hace frente a la discrecionalidad del poder empresarial y patronal, elementos indisociables de la dinámica económica capitalista.

Es necesario pues que el sindicalismo combativo gane capacidad de intervención en sus múltiples dimensiones: afiliativa, militante y organizativa, programática, de capacidad de acción colectiva y confrontación con los poderes político-económicos hostiles a la clase trabajadora. Mientras que el voto ciudadano se está demostrando excesivamente voluble y escorado hacia el mantenimiento de mayorías parlamentarias que apuestan por la servidumbre al poder económico, en cambio la militancia y afiliación sindical siguen siendo la principal garantía para recuperar derechos, condiciones salariales y de empleo, consolidando orientaciones de políticas económicas que nos dirijan a mayores cotas de democracia económica y bienestar social. No en vano, múltiples analistas avalan que un sindicalismo fuerte implica mejores condiciones salariales, de empleo, protección social, equidad de género y defensa de la salud laboral, así como caminar hacia mayores equilibrios ecológicos [6].

Una mirada sistemática a estas reflexiones, propuestas y experiencias acumuladas, nos permite centrar algunas cuestiones fundamentales para caminar hacia una recuperación solvente del poder sindical. Sin ánimo de dejar fuera aspectos importantes, pero con objetivo de priorizar recogiendo el núcleo esencial de las fuentes imprescindibles de poder sindical, es preciso fijarse en cuatro pilares que dependen fundamentalmente del propio sindicalismo: negociación colectiva y política sindical; gestión del conflicto laboral, huelgas y repertorios de presión; política social, empleo y economía social; formación sindical, asesoría sindical y técnica, teniendo también cómo base de la arquitectura de un sindicalismo combativo, la financiación sindical.

Lluís Rodríguez Algans. Economista asesor laboral en la cooperativa Maiatzaren Lehena Aholkularitza / Consultoría Primero de Mayo. Profesor de postgrado en la Facultad de Relaciones Laborales y Trabajo Social de la UPV/EHU.

Artículo visto en Radicaleslibres y Borroka garaia

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Notas:

[1] Entre otros muchos, Robinson, Kalecki, Minsky, Goodwin, Lerner, Bahduri, Wray, Stockhammer, Onaran Baran, Sweezy, Gordon, Bowles, Sherman, O’Connor, Marglin, Shaikh, Pollin, Hahnel Aglietta, Boyer, Jessop Glyn, Gough, Silver Jackson, Forstater, Beneria, Matthaei economistas sindicales cómo Rehn, Meidner, Palley Liberman, Kardelj, Horvat, Lange, Bettelheim, Vanek, Schweickart, Guillén, Albert… También de corrientes económico-políticas cómo el operaísmo italiano, con Negri (Operai e stato, La forma Estado, Los libros de la autonomía obrera o El poder constituyente), Tronti, Bologna o Fumagalli cómo algunos de sus exponentes, o también autores provenientes del sindicalismo que realizan interesantes aportaciones al análisis sindical del capitalismo post-fordista y una orientación de salida socialista cómo Bruno Trentin.

[2] Agrupados en la Asociación de Economía Critica o participantes del Foro de profesionales del asesoramiento laboral y social de la UPV/EHU dónde se pretende generar inteligencia colectiva desde perspectiva laboralista (también en ámbitos mercantil, administrativo o penal) para juristas, economistas, asesores sindicales, trabajadores y trabajadoras, a la vez que relacionar las experiencias de acción colectiva y sindical con los ámbitos de intervención profesional, académica e investigadora.

[3] “La economía capitalista: conflicto y poder”. Una descripción del curso, con objetivos y plan de estudios se puede encontrar en Edwards y MacEwan. Un enfoque crítico de la enseñanza actual en economía: bases para un nuevo currículo, en el libro “Critica a la ciencia económica”. Periferia, Buenos Aires, 1972. Las lecturas del curso se editaron en los manuales de Edwards; Reich y Weisskopf. “The capitalist system. A radical analysis of american society. Prentice Hall (1ª Edición 1972; 2ª Edición, 1978; 3ª Edición 1986, las tres con lecturas complementarias).

[4] Más correctamente, Economía Política Radical, corriente vertebrada por la asociación creada en 1968, Union for Radical Polítical Economics (URPE), en el marco de la cual se creó una revista de ámbito académico y un centro de economía popular dirigido a militantes sindicales y sociales, el Center for Popular Economics, aparte de otras iniciativas de ámbito universitario cómo el Political Economy Research Institute (PERI), donde se ponen en común líneas de análisis e investigación a corto y largo plazo, así cómo para propuestas de política económica relacionada con inversión socialmente útil además de ecológica o respecto a incrementos de salarios mínimos. Los principales temas tratados por dicha corriente son “economía y poder”, “sistemas económicos comparados” -socialismo, comunismo y autogestión-, “estado capitalista, lucha de clases y distribución de la renta”, “segmentación de los mercados de trabajo” y “estructuras sociales de acumulación” para entender la dinámica medio placista del sistema capitalista.

[5] Bowles y Edwards. Introducción a la economía: competencia, autoritarismo y cambio en las economías capitalistas. Alianza, Madrid. 1990.

[6] Por ejemplo Mikel Urrutikoetxea en ¿Para qué sirve un sindicato? Reflexiones , Juan Torres desde una perspectiva económica en ¿Para qué sirven los sindicatos? o estudios cómo el de Hamann y Kelly, Andrew Glyn, Wilkinson y Pickett, Onaran et. al. a largo plazo relacionando poder sindical y distribución de la renta y riqueza. Especialmente interesante al respecto es el artículo de John Bellamy Foster “Marx, Kalecki, Keynes y la estrategia socialista: la superioridad de la economía política del trabajo sobre la economía política del capital”.

El neomaltusianismo: una batalla social del anarquismo no reconocida

Si pensamos en el reflejo en la práctica del anarquismo probablemente las primeras imágenes que nos vendrán a la cabeza serán la participación de las milicianas en el frente de la Guerra Civil, las colectivizaciones de tierras en Aragón, la actividad anticlerical y, más frecuentemente, los centros ociales ocupados y el activismo anticarcelario o antiespecista.

Sin embargo, no se tiene tan presente que el anarquismo es responsable de la primera difusión de medios anticonceptivos y contraceptivos en el estado español, medio siglo antes de la revolución sexual del mayo del 68 que llevó a la generalización de estas medidas en Occidente.

Así, a comienzos del siglo XX, figuras tan destacadas del anarquismo hispano como el teórico Anselmo Lorenzo, el pedagogo Ferrer i Guardia o Mateo Morral, conocido por intentar atentar contra la vida de Alfonso XIII, participaron en la difusión de los anticonceptivos y del neomaltusianismo.

Esta última teoría nace como una reformulación de la teoría de Malthus, un economista británico que defendía que, mientras el crecimiento económico seguía una progresión aritmética (x2, x3, x4,…) la población crecía a ritmo geométrico (x2, x4, x6,…) y, para paliar este desajuste, proponía el retraso de la edad de matrimonio y la supresión de toda ayuda social a lxs desfavorecidxs.

De este modo, este personaje que aparece en los manuales de los libros de economía como un simpático padre de la economía liberal, fue el responsable intelectual de la abolición de las Leyes de Pobres en Inglaterra y, siglo y medio después, de las hambrunas forzadas en Bengala que causaron millones de muertos en las mismas fechas de las hambrunas en la Ucrania soviética, mucho más conocidas2.

Partiendo del mismo análisis estructural, lxs neomaltusianxs proponían en cambio la difusión de los anticonceptivos para reducir la población. Por otra parte analizaban que, además de permitir paliar las condiciones de vida de las clases subalternas al reducir el número de bocas a alimentar, el neomaltusianismo constituía un instrumento de lucha social ya que al reducirse la mano de obra disponible obligaría a los patrones a incrementar los salarios.

En el estado español, a este enfoque procreativo se añadió la oposición al militarismo y a la emigración, publicando testimonios de emigrantes arrepentidos y defendiendo que ambos procesos solo eran posibles con fuertes excedentes de población. Este enfoque sorprende situándose medio siglo antes de que Foucault teorizara sobre la biopolítica.

Trayectoria histórica

Volviendo a la difusión, Ferrer i Guardia y los otros anarquistas citados entraron en contacto en su exilio en París con la Liga Universal para la Regeneración Humana, la internacional neomaltusiana y divulgaron sus artículos y postulados en el estado español. En 1904 se fundaría la sección española de la Liga con sede en Barcelona y con un órgano, Salud y Fuerza, en el que se defendían los postulados neomaltusianos y se informaba sobre la utilización de los anticonceptivos.

La tirada de la revista alcanzaría los 4000 ejemplares en 1905, año en el que la sección española neomaltuusiana ya contaba con 31 agrupaciones concentradas en Catalunya y en menor medida en Asturies, Andalucía, Canarias, Galiza, Euskadi, Murcia o País Valenciá.

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Portada de Salud y Fuerza con una caricatura que ilustra perfectamente el ideario neomaltusiano.

Los beneficios de las suscripciones de la revista, además de las donaciones, permitieron abrir en 1906 Barcelona un centro de planificación familiar en el que se efectuaban consultas gratuitas para prevenir embarazos. Un hito, si tenemos en cuenta que fue el segundo centro de estas características en Europa.

En el mismo año, Bulffi Quintana, el redactor de Salud y Fuerza, publicaría Huelga de Vientres, un folleto que defendía el neomaltusianismo como un complemento para la revolución social y explicaba el funcionamiento de varios anticonceptivos químicos. Este opúsculo alcanzaría una tirada extraordinaria de 134.000 ejemplares en 1911 y 240.000 en 1936.

La actividad neomaltusiana se prolongaría hasta la Primera Guerra Mundial en la que la represión y las dificultades económicas llevaron a la desaparición de Salud y Fuerza. En 1923, se abriría una nueva etapa en la difusión del neomaltusianismo con la fundación de la revista Generación Consciente, posteriormente llamada Estudios. Esta publicación abriría una visión conjunta al incorporar a la defensa de la maternidad consciente el naturismo, pretendiendo con ambos elementos regenerar la salud colectiva e individual de la población. Sus tiradas alcanzarían cifras notablemente superiores, situándose en torno a los setenta mil ejemplares, si bien esta publicación también se enviaba por Europa y América Latina.

Además debemos señalar en este período la existencia de otras revistas que difundieron el neomaltusianismo como la anarcoindividualista Iniciales o la revista Orto, fundada en 1931 y próxima a los postulados treintistas de Pestaña.

Por otra parte, la llegada de la II República supuso una mayor consolidación social e institucional de estas cuestiones. Así en 1931 la sección de sanidad de la CNT acordaría reclamar la educación sexual y la extensión de la maternidad consciente, unas demandas que aprobaría la CNT en su conjunto en el Congreso de Zaragoza en 1936. Por su parte, la revolución social de 1936 propiciaría que el anarquista Félix Martí Ibáñez, como responsable de sanidad en Catalunya, aprobase la primera ley de aborto en ese territorio, al mismo tiempo que Mujeres Libres abrían una escuela de maternidad consciente en la ciudad condal.

La dictadura franquista supondría un abrupto final para las publicaciones neomaltusianas y, con ellas, de la difusión de la anticoncepción que no empezaría a retomarse, de manera clandestina, hasta las últimas décadas del franquismo.

¿Un movimiento feminista?

Dadas las características de la anticoncepción y sus implicaciones de autonomía sexual para las mujeres, podríamos concluir automáticamente que estamos ante un movimiento feminista. De hecho, resultaban frecuentes las apelaciones de las publicaciones neomaltusianas a la población femenina en este sentido. También parece sustentar esta idea el hecho de formarse en algunas localidades secciones neomaltusianas femeninas y masculinas por separado, como en La Línea de la Concepción o en Sabadell.

Sin embargo, es destacable que de entre los articulistas en Salud y Fuerza la mayoría eran hombres y, las mujeres que participaban, eran exclusivamente extranjeras. Aunque no participase en esta revista es destacable la actividad a favor de la anticoncepción de Emma Goldman. Sin embargo, en esta etapa en el estado español solo destaca Antonia Maymón, que a través de sus clases como maestra participaba en la difusión del neomaltusianismo y la educación sexual.

En el siguiente período de 1923, cabe sumar la participación como articulista de la anarquista aragonesa Amparo Poch i Gascón. Pero en cualquier caso, cabe dudar de la caracterización feminista de este movimiento con una participación de las mujeres tan reducida.

Además, si analizamos los métodos anticonceptivos observamos que mientras no se recomendaba el uso del preservativo, se proponía una amplia gama de inyecciones químicas, calendarios, pesarios de metal, esponjas,… que deberían utilizar las mujeres con sus consecuentes efectos secundarios físicos: incomodidad, infecciones… No obstante, en la esterilización ocurría lo contrario, mientras se rechazaba la ligadura de trompas por lesiva se recomendaba la vasectomía masculina destacando su inocuidad y su carácter supuestamente reversible.

La importancia del neomaltusianismo libertario

Analizar qué repercusión estadística tuvo este movimiento es complicado, por no decir imposible. El neomaltusianismo español surge en un momento en el que la natalidad comienza a descender significativamente aproximándose a un modelo demográfico “moderno”; ahora bien, no tenemos medios para analizar qué parte de la población tuvo menos hijos influida por esta idea.

No obstante, el número de secciones que alcanzó en el territorio español y el de las tiradas de ejemplares implican la relevancia de esta práctica entre los anarquistas, en una etapa en la que la CNT era el sindicato de mayor afiliación. Además, el neomaltusianismo español serviría, a través de la emigración, como lanzadera para la difusión de esta teoría por América Latina.

Dicho esto, algunos anarquistas expresaron su resistencia a esta corriente. El más destacado fue Leopoldo Bonafulla, padre de Federica Montseny y redactor de La Revista Blanca, la publicación anarquista cultural de mayor relevancia en el tránsito de los siglos XIX al XX.

Sin embargo, podemos afirmar que neomaltusianismo español y anarquismo fueron movimientos dependientes. Y es que, mientras la mayoría de los anarquistas apoyaban la maternidad consciente, buena parte del movimiento obrero se mostraba reacio, como los socialistas que llegaron a expulsar a oradores neomaltusianos del Centro Obrero de Pontevedra3.

No será hasta la Segunda Republica cuando se incorporen figuras socialistas como la adolescente gallega Hildegart Rodríguez a la defensa de la procreación consciente. La extraordinaria y trágica vida de esta mujer y su madre serán llevadas, no sin cierto morbo, a la novela y más tarde al cine en Mi hija Hildegart4.

Por otra parte, estos vínculos tan fuertes entre el anarquismo y la educación sexual, discuten el tópico historiográfico del anarquismo como una expresión secular del milenarismo utópico que arraiga especialmente entre los campesinos por su analfabetismo. Autores como Gerald Brenan o el marxista Eric Hobsbawmn han subrayado los rasgos puritanos que beben del catolicismo en los que, sin embargo, no encaja la difusión del neomaltusianismo. Por el contrario, tal y como sostiene Benedict Anderson, el especial arraigo del anarquismo en estados católicos podría obedecer al enorme poder de la Iglesia en dichos territorios y a la actividad anticlerical libertaria5.

Asimismo, si los progresistas e incluso ciertos marxistas-leninistas reivindican la alfabetización y el acceso a la escuela pública que trajo consigo la II República, es justo reivindicar desde los parámetros libertarios esta forma de paliar las condiciones de vida de las clases subalternas mediante la anticoncepción, impidiendo el sufrimiento de futuras vidas al mismo tiempo que mejoraba los recursos económicos de las familias al reducir las bocas a alimentar y aumentaba la autonomía de las mujeres, en cuyos cuidados recaerían los nuevos individuos.

La difusión de este movimiento no estuvo exenta de dificultades tales como la oposición de los Comités de Defensa Social organizados por la Iglesia en Catalunya o el periplo penal que hubo de soportar Luis Bulffi i Quintana, constantemente sometido a multas, procesos judiciales y períodos en prisión acusado de “pornografía”.

Todo esto no nos debe llevar a una concepción mítica y anacrónica de la sexualidad en el anarquismo pues, tal y como señala Richard Cleminson, junto a la difusión de la anticoncepción en el anarquismo de este período nos encontramos con posturas dispares y decepcionantes sobre la eugenesia, la homosexualidad y la masturbación6.

1 Salvo lo indicado por las notas a pié de página, este artículo se basa en MASJUAN BRACONS, Eduard La ecología humana en el anarquismo ibérico: Urbanismo “orgánico” o ecológico, neomaltusianismo y naturismo social. Barcelona: Ed. Icaria, 2000.

2 https://es.wikipedia.org/wiki/Hambruna_de_1943_en_Bengala

3 FERNÁNDEZ, Elíseo e PEREIRA GONZÁLEZ, Dioniosio “Neomalthusianismo e movemento libertario na Galiza de anteguerra.” en DÍAZ-FIERROS VIQUEIRA, Francisco O darwinismo e Galicia. Santiago de Compostela: Universidade de Santiago de Compostela, 2009

4 https://es.wikipedia.org/wiki/Mi_hija_Hildegart

5 ANDERSON, Benedict Bajo tres banderas. Anarquismo e imaginación anticolonial Ed. Akal: Madrid: 2008. P 78.

6 CLEMINSON, Richard Anarquismo y sexualidad (España, 1900-1939). Cádiz: Ed. Universidad de Cádiz, 2008

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