La okupación en cuestión

Por Cosaco Libertario

He venido reflexionando sobre la okupación tiempo atrás, quizás desde hace varios meses, quizás un año. Y creo precisa hacer patente una visión crítica a los espacios okupados, a esos Centros Ocupados, Espacios Liberados o cualquiera de esos eufemísticos nombres que toman unos pequeños espacios donde priman ideologías anticapitalistas. Y es que en el fondo no son más que eso: espacios donde las personas de carácter anticapitalista se reúnen para realizar sus actividades propias dentro de un sistema capitalista.

Es preciso ponernos en situación, y por lo tanto, definir los conceptos y encajar la crítica en el espacio que le corresponde.

Definiremos la ocupación como el acto de ocupar aquello que no pertenece, de forma titular[1. Hace referencia a la titularidad legal], al ente ocupante(persona física, persona jurídica, colectivo, federación, estado…). A raíz de ese término, podemos destacar que la ocupación de inmuebles es el acto de ocupar un inmueble que no pertenece, de forma titular, al ocupador. Las ocupaciones de inmuebles tienen como origen diversas causas, entre las que destacamos:

  • Ocupación famélica: similar al hurto famélico, es la reapropiación o expropiación de un bien inmueble para la satisfacción de una de las necesidades más básicas, como es el derecho al techo y al hogar. Hoy en día, la FAGC nos ha brindado una gran ocasión de asistir a una ocupación famélica no de hogares individuales, sino una construcción de una comunidad bajo este precepto.
  • Ocupación política: Ocupación que cumple con la estructuración de nuevas formas políticas.
    • Okupación: ligada al Movimiento Okupa, la ocupación de inmuebles vacíos con fines diversos. No incluimos en el movimiento okupa las ocupaciones de terrenos, pues estamos analizando inmuebles.
  • Ocupación estratégica: La toma de un bien inmueble que cumple funciones estratégicas. Esta ocupación suele ser parcial, pues suele ser una herramienta de intercambio: se libera el inmueble con las condiciones que los ocupantes establecen.

La okupación

Uno de sus primeros exponentes fue la Ciudad libre de Christiania, un espacio militar que decidió tomarse como espacio público. En el estado español surgen los primeros CSO (Centros Sociales Okupados) en los años 70, concretamente a partir del 75. De estos proyectos, muchos estaban enfocados a prácticas pedagógicas, como GITE-IPES (Gau Skola), que pretendía ser una Universidad Popular; otros  enfocados a la búsqueda de un espacio que aglutinara toda esas luchas políticas, sindicales, sociales y culturales que requerían un local desde el que proyectarse, como Auzotegi Kultur Etxea; y muy al hilo de esta, las reapropiaciones de edificios sindicales, como el Salón Buenaventura, inmueble expropiado por el franquismo que la CNT reapropió. Otros, como Kan Badina, eran espacios dedicados a la acogida de inmigrantes, o Minuesa, que era una imprenta.

Como hemos apuntado, estas prácticas se realizan con edificios abandonados, generalmente pertenecientes a corporaciones, bancos o municipios. Avanzando en el tiempo, dando un salto radical hacia lo que nos compete, venimos a nuestro tiempo. Un tiempo en que las siglas nos permiten conocer qué tipo de espacio nos asiste:

  • C – Centro
  • E – Espacio
  • S – Social-Sociocultural
  • O – Okupado
  • r – re
    • rO (reOkupado)
  • A – Autogestionado, aunque en escasas ocasiones Anarquista
  • L – Liberado

Las okupaciones contemporáneas.

Las okupaciones hoy día tienen como principales temáticas el ocio, la difusión cultural y la práctica a pequeña escala de economías colaborativas. Dichas temáticas se desenvuelven de la siguiente forma:

  • Ocio: talleres, conciertos, cenadores…
  • Difusión cultural: charlas, bibliotecas, talleres (también), teatro…
  • Economías colaborativas [2. han surgido también nuevas formas de economía colaborativa fuera de esta gestión obrera, y muchas con fines lucrativos: blablacar, Wallapop… No hago referencia a estas economías, y soy reticente a llamar a estas economías autogestionadas] : Gestión de tiendas y mercados populares (tiendas gratuitas, entre otras), gestión de espacios dedicados a la productividad (huertos), guarderías…

Cabe destacar una última categoría, que no por ello es la menos frecuente: espacio político. Y efectivamente, esta categoría podría incluirse aglomerando a las demás, pero no lo haremos, queriendo destacar de esta clasificación que sirve como punto de encuentro entre individuos afines, aglomera y cede espacios a colectivos de diversas tonalidades políticas. Hoy los tonos que más visten estos espacios o centros son el violáceo y el negro, aunque el rojo también tiñe algunos de estos.

Crítica a los espacios okupados

Entendiendo la óptica que los espacios asisten, y los beneficios que los espacios o centros aportan al movimiento revolucionario, escribo esto sin mayor afán que una revisión para el empleo de los espacios okupados.

La okupación como proceso individualista

Dichos espacios, por lo general, y como ya apunté antes, tienen un profundo carácter individualista: tienden a aislarse de la sociedad y a creer en una panacea que no es tal. Se pierde más tiempo en la gestión de estos espacios, en intentar mantener el espacio puro que en la transformación (social) real. No asume contradicciones, y pretende erradicarlas en su seno, perdiendo de vista la causa de dichas contradicciones. Veamos cómo la pregunta de antes puede ser explayada: ¿Y ahora que tenemos un espacio libre de machismo, libre de capitalismo, libre de cualquier autoridad… qué? ¿Supone alguna transformación real, en la sociedad? ¿O si muere el espacio, morirán las conductas, y con esas personas, las ideas de ese espacio? Una característica de las revoluciones exitosas en su totalidad son aquellas que han sido capaces de perdurar en el tiempo, aunque sea bajo causas que no merecen sino mi más sincero desprecio y mi firme rechazo, aunque sea desde la perspectiva histórica: la revolución liberal de 1789, que implantó el sistema vigente; la revolución de octubre de 1917, que no sólo perduró en el tiempo, sino que es añorado aún su resultado en los países en que vivió. Y precisamente esa es una de las mayores taras a las que nos enfrentamos como movimiento libertario: Cómo perdurar en el tiempo, más allá de viejas glorias y magníficos libros.

Capital, estado y okupación

Cabe cuestionarse que estos centros sean realmente parte de algún proyecto revolucionario. La decisión de no pagar para abordar un espacio y darle un uso en actividades revolucionarias no es el hito al que hago referencia, pero esta no es una decisión profundamente anticapitalista: en los cuadros de contabilidad de cualquier empresa aparecen reflejados extravíos, pérdidas y robos, es decir, es algo inherente a su sistema, pues es considerado en las empresas una tara que asumir, al igual que el código penal castiga el delito contra la propiedad individual o colectiva, pues conocen las limitaciones de su propio sistema y apuntalan esos fallos (la cárcel no muestra sino el fracaso del estado como sistema, pero esa es otra cuestión).

El capitalismo como sistema económico se ha caracterizado por su versatilidad: ha sido capaz de tomar la autogestión y ponerla bajo su nombre. No una autogestión integral, pero sí bajo figuras económicas como las cooperativas, autónomos… es decir, ha sido capaz de apropiarse del concepto autonomía y hacerle parcialmente suyo. Y, por lo tanto, es también capaz de integrar estos espacios como forma propia: allí donde las personas se reúnen y tienen un falso sentimiento de libertad. Falso, sí,  porque la libertad, lejos de ser una abstracción individual, es una necesidad colectiva. Parafraseando a Mijail Bakunin[1. M. B. (1871) Dios y el Estado, Capítulo Dios y el Estado.]:

«Yo no soy verdaderamente libre más que cuando todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente libres. La libertad de los demás, lejos de restringir o de negar mi libertad, es, por el contrario, su condición necesaria y su confirmación. Me vuelvo libre, en el verdadero sentido, sólo gracias a la libertad de los demás: cuanto mayor es el número de personas libres que me rodea y más profunda y más grande y extensa su libertad, más profunda y mayor se torna la mía. […]»

Es decir, cuando las personas ven la panacea en la liberación del espacio, o en su mantenimiento, o simplemente sus aspiraciones revolucionarias tratan de una actividad en un espacio con un capitalismo y un estado cada vez más restrictivo circundantes, entonces dichas personas han perdido aspiraciones revolucionarias. El cambio en un espacio puede ser útil, siempre y cuando sea centrífugo, no centrípeto.

Otro de esos  puntos que ha abordado el capitalismo de forma excelente es la permanente perfección de la productividad, a costa de investigaciones y experimentos sociológicos. Entre otros, podemos hablar de uno de sus pioneros, Elton Mayo, que descubre que dotando de descansos estratégicamente situados a los trabajadores, estos tienen mayor productividad. Así, estos espacios cumplen una labor similar, como apunta Slavoj Žižek [2. S.Z. (2013) 6th subversive festival. Link aquí.]. En ese espacio con aparente libertad, que se visita durante el tiempo libre de las personas, cumple una labor productiva excelente: libera las tensiones entre los más radicales, les dota de una falsa apariencia de autonomía y les limita la acción a un espacio cerrado, en el cual las molestias que estos puedan causar son un problema inferior que hagan uso de la calle como espacio liberador. Entra el segundo factor [3. El segundo en aparecer por el orden en que he decidido estructurar este artículo, no por orden capital.] (siendo el primero el capitalismo): el Estado.

Ha sido el sueño de cualquier Estado reducir a los grupos revolucionarios a espacios limitados de una forma tan eficaz. Sacar a los elementos radicales de la calle, espacio tradicional de los trabajadores [4. David Whitehouse (2012) Los orígenes de la policía. Link aquí.], es su mayor conquista. Forma casi parte de una estructura penitenciaria, que además puede servir como punto de partida para la incorporación de drogas [5. @Nen__17 (2016) La guerra química del Estado, a través de las drogas. Link aquí.], si así fuese necesario, y reducir aún más la actividad de quienes enarbolan la causa revolucionaria.

Pese a ello, existe represión en el ámbito. Los espacios okupados generalmente se someten a desahucios constantes o a amenazas de desalojo. Se entiende desde una óptica del conflicto permanente: si el estado logra aparentar que estos espacios tienen tintes ilegalistas o revolucionarios, y que este los persigue con ahínco, consigue que la actividad revolucionaria se vuelque con, para y por los espacios okupados. Esto no significa que en los espacios no se realicen hitos revolucionarios, o que en ellos no se encuentren los revolucionarios, sino que explica cómo el estado embrolla y orquesta la disminución de actividad revolucionaria.

El falso sentimiento de autogestión o economías anticapitalistas

Antes me mostré desconfiado a llamar a las economías vigentes en estos espacios autogestionados, y ahora lo hago con llamarlas anticapitalistas. La autogestión no es un hecho aislado, sino una economía hecha de personas liberadas de cualquier opresión, pues la mayoría de estas afectan a la economía, como la del hombre por el hombre (capitalismo o estatismo) o la cultural (roles de género). La economía es la administración de los recursos y su distribución, y los apelativos que suelen acompañarla (socialista, capitalista…) indican el cómo ha de hacerse. La autogestionada es aquella que es de, por y para los productores. Estos centros no poseen una economía tal, pues sufren inferencias de fuera (no han decidido la moneda para dicha administración), los recursos primitivos (o la materia prima) ha sido adquirida por lo general, o bajo mano de obra de trabajadores asalariados y comprados con moneda que no se ha decidido. Podría seguir escribiendo sobre ello, pero nos alejaría del asunto que nos compete.

La economía que en estos centros se lleva es más parecida a las economías colaborativas antes citadas, pero sin ánimo de lucro (aunque las economías colaborativas no llevan intrínseco el ánimo de lucro): es la colaboración de personas que comparten capacidades o recursos para satisfacer dichas necesidades.

Los centros como bastiones revolucionarios

Los espacios okupados son una buena herramienta que hay que explotar con sus debidos usos. Los usos que hoy se les dan son merecedores de halagos, pero a su vez favorecen lo que anteriormente he citado. Tenemos que dotar a estos espacios de una lucha política más intensa.

La analogía de estos espacios con bastiones es muy necesaria. Estos espacios tienen que estar preparados para ser defendidos, ¡en efecto! Pero también tienen que ser centros neurálgicos de ataque. No se puede sostener una lucha revolucionaria de la defensa de espacios. Tampoco se puede argüir que la toma de estos ya es por sí un ataque, pues como antes dije es una falacia. De la defensa sólo se espera no ser derrotado, con el ataque hay esperanzas en las victorias.

¡Que los centros acojan a los forajidos! ¡Que los centros acojan a los ilegales!

¡Que sean bastiones revolucionarios, y no obras caritativas!

La institucionalización del lenguaje

Por Cosaco Libertario

Desde las más remotas naciones, la comunicación ha sido para ellas esencial. No es raro que tuviesen, no sólo su propio idioma o lenguaje, sino una diversidad gráfica impresionante: desde jeroglíficos hasta el alfabeto tradicional, pasando por las runas celtas, el alfabeto cirílico y la escritura árabe.

Pero, lejos de la diversidad y la necesidad de comunicación entre grupos cercanos, surge el peor de los males: la institucionalización del lenguaje. Es su tipificación, su normalización y su imposición social la que hace de este la más salvaje de las epidemias: el nacionalismo. No es raro que toda nación reivindique como propia una lengua o un dialecto. Ni es extraño observar que quien reivindica soberanía nacional tenga, entre otras, una lengua de por medio. Tampoco es extraño que los primeros reinos y naciones (conformadas como tal), surjan como consecuencia de la institucionalización del lenguaje o viceversa, pero están arraigados, mutuamente. Véase el más claro ejemplo en la nación española, que surge como tal con la unificación de los reinos de Aragón y Castilla, y, paralelamente casi a la par, Antonio de Nebrija establece las normas del castellano, su gramática y lo que rápidamente se convertiría en una norma social (de la nación). Pero no es el único: en la nación rusa y todas sus evoluciones, pasando desde el Rus de Kiev (siglos X-XI), el Rus moscovita (XV-XVII) hasta la edad contemporánea y el ruso moderno, y sus etapas intermedias. También el italiano y  la “Accademia della Crusca”, una vez restablecida por Napoleón, surge poco después el Risorgimento, o lo que viene a ser el movimiento de unificación italiana. Tampoco es raro que, el estado islámico pretenda institucionalizar su lengua en todos los territorios que quedan bajo su dominio.

Es decir, para la formación de estados se buscan elementos de cohesión social, muchas veces también de exclusión (elementos de pertenencia y enemistad), que vienen a derivar, en muchos casos, odio al exogrupo (grupo ajeno al propio) y amor extremo al endogrupo (grupo de pertenencia), dando así lugar a cánceres sociales como el chovinismo, el racismo, la xenofobia y la rivalidad.

No es raro que, con su institucionalización, surjan, en su vanguardia, el adoctrinamiento y el autoritarismo. ¿Por qué? Bien, partiendo de que la lengua y su construcción son la herramienta fundamental de la comunicación, entonces podemos afirmar que ésta será variable, en tanto en cuanto no es estática (ni temporal ni territorialmente). Por lo tanto, el lenguaje debería tender a ser variable a zonas que hoy llamamos fronterizas pero que antes no eran sino zonas intermedias entre lo que hoy se denomina “lenguas puras” (las lenguas puras  no son sino imposiciones territoriales, bien económica o militarmente, de aquellas zonas donde dichas lenguas se hablaban). Y no es raro que, aun viviendo a escasos metros, las zonas fronterizas pueden llegar a no entenderse, bien por estados que fomentan el analfabetismo, o bien por estados que fomentan la institucionalización del lenguaje. Todas son consecuencias de las fronteras, inherentes de cada estado, que sirven para defender lo propio en aras de la nación-estado y de su clásica xenofobia. No es extraño que en las fronteras con Marruecos, aquellas personas que por vías legales o ilegales entran, en su mayoría, no conozcan el castellano, y muchas veces habiendo vivido en la periferia fronteriza. Ni tan siquiera hay una mezcla sustancial y palpable de los dos idiomas imperantes que puede surgir de la necesidad de comunicación. Y en caso de existir, existe por meros intereses económicos (comercio con el país vecino, mercancías más baratas-muchas veces consecuencias del aprovechamiento del “dumping social”) y nunca como sentimiento de solidaridad, entendimiento, unión y horizontalidad. Muchas veces, quienes proceden de lo que llamamos un país desarrollado, en su osadía y prepotencia, así como en su situación existencial, miran por encima del hombro, como si de amo a esclavo se tratase, o incluso peor, desde el egoísmo caritativo (que viene a ser que, “pobres aquellos, pero ojalá a mí no me pasase”; similar al que sucede con personas con minusvalía). No es raro, tampoco, que en la frontera francesa, existan personas con pleno desconocimiento del castellano, euskera o catalán, sin existir ni tan siquiera una lengua intermedia, procedente de la necesidad de comunicación. Con la institucionalización, y la división nacional en fronteras, quienes viven unos metros más allá que acá tienen que ser, o bien criados en el bilingüismo, por una necesidad pragmática de comunicarse con sus vecinos, o en el monolingüismo, dejando aparte de sus vecinos sin una comunicación accesible para él, dándose la paradoja de que el idioma, lejos de servir para comunicar, sirve para aislar a las personas en su diversidad de procedencias.

Se  puede hablar de que la normativización del lenguaje ha hecho de la sociedad la necesidad de una normativa siempre, pues, si hasta en el lenguaje tenemos la autoridad suprema (las normas tipográficas, gramaticales y ortográficas) y en la mismísima educación la autoridad es el profesor (además de ejecutar la dualidad de misericordioso-castigador), dictando y haciendo de su cumplimiento un dogma, ¿en qué se diferencia del estado, valiéndose de su autoridad para adoctrinar sobre su imperante necesidad de existir, y que tiene al profesor como vínculo, y a la policía e instituciones gubernamentales (jueces, fiscalías…) como verdugos o benévolos?

Y muchos dirán, ¿por qué escribir una crítica a la institucionalización en un castellano que cumple a rajatabla las normas? Y la respuesta es, como apunté al principio, una necesidad de comunicación.

La caza de brujas y la división de las clases populares

Por Mireia Medina Luengo

 

“Las brujas siempre han sido mujeres que se atrevieron a ser valerosas, agresivas, inteligentes, no conformistas, curiosas, independientes, liberadas sexualmente, revolucionarias […] Eres una Bruja por el hecho de ser mujer, indómita, airada, alegre e inmortal”.

(Morgan, 1970: 605-06).

Desde una perspectiva histórica, el fenómeno de la caza de brujas en Europa nunca se ha estudiado suficientemente ni se le ha dado la importancia que realmente tiene. A continuación tejeré la relación que tienen las supuestas  brujas medievales con el patriarcado y la instauración del capitalismo, plantándole así cara a esta supresión histórica.

A mediados del siglo XV, época de crisis del sistema feudal y de agitación por parte de las clases populares, fue cuando se dieron los primeros juicios por brujería en Europa. Durante este periodo se declaró la magia como herejía, y a  su vez como el máximo crimen contra Dios, la naturaleza y el Estado. No es casualidad que esta caza llegara a su punto álgido entre 1580 y 1630, cuando estaban surgiendo las primeras instituciones del capitalismo mercantil. El capitalismo mercantil –centrado en el intercambio- fue precedente del actual sistema capitalista, enfocado en la producción masiva.

Antes de la cacería de brujas, el patriarcado ya existía y siempre ha buscado la forma de deslegitimar las mujeres en nombre de lo normal,[1. Lo que es supuestamente normal, al ser una construcción social, varía según el contexto] del orden social. El mito judeocristiano del pecado original ya creaba una imagen de la mujer como el género débil, lascivo y cercano a lo que es malo e impuro. Durante la Edad Media esta visión se reforzó con la literatura demonológica y la persecución de mujeres por brujería. Aproximadamente el 80% de las víctimas de la cacería fueron mujeres, y los demás detenidos lo fueron en relación a ellas y no por delito de brujería en sí.

Además del género, otro eje de desigualdad principal fue la clase social: se perseguía principalmente a las campesinas, las cuales tenían pocos recursos y se nutrían principalmente mediante una economía de subsistencia. Esto debilitó la unión y la resistencia de las clases populares europeas frente al Estado y frente  a las personas terratenientes; que aprovecharon la situación para la difusión del capitalismo rural y el inicio del proceso de cercamiento de tierras comunales. Esto se tradujo en la privatización de las tierras, el empobrecimiento de las clases populares y la consecuente debilitación de relaciones comunales en el ámbito rural. Años más tarde esto resultaría en que las tierras que antes eran para todxs se quedarían en manos de aristócratas, y los y las campesinas más empobrecidas y desocupadas.

En palabras de Federici, la supuesta magia era una forma de insubordinación y un instrumento de resistencia de base al poder. Europa debía ser “desencantada” para poder ser dominada. Las brujas serán una clara representación de las clases oprimidas que sufrieron un empobrecimiento progresivo, necesario en el mundo moderno para la instauración del  capitalismo tal como lo conocemos ahora.

Las mujeres perseguidas por brujería, además de ser campesinas, viejas, pobres, y estar viudas o sin familia; solían ser mujeres con muchos conocimientos útiles para la vida cotidiana. Eran médicas, curanderas, adivinas, sabían sobre reproducción, salud, plantas, naturaleza y remedios naturales. La voluntad de eliminación de estos saberes puede ser interpretada desde varias perspectivas.

En primer lugar, y cómo comenté antes, se consideró el saber de las brujas  como una amenaza para el orden social de la época. Estaba surgiendo el capitalismo comercial y las brujas con este conocimiento subvertían este orden y desafiaban las estructuras de poder que se estaban introduciendo.

En un sistema patriarcal, el conocimiento pertenece a los hombres. Los que perseguían o estaban de acuerdo con esta cacería de brujas eran a la vez los máximos representantes del saber científico: Galileo, Descartes, Hobbes, y Shakespeare, entre otros. El saber de las brujas, que además juega en relación a la naturaleza, es una provocación contra los esfuerzos de estos intelectuales de las ramas científicas. Se satanizaron los métodos anticonceptivos y los abortos que las brujas sabían hacer, y se las expropió del saber empírico -en relación con los remedios naturales que ellas siempre habían sabido y transmitido de generación en generación- para instaurar la llamada medicina profesional. Esta fue aceptada como la verdad absoluta, como el conocimiento científico indiscutible y a la vez inasequible para las clases bajas. La destitución de los saberes de las mujeres, la Ilustración y la ciencia moderna supusieron estrategias para sustituir las mujeres por hombres en todo tipo de trabajos y así negarlas de la profesionalización y del conocimiento.

En segundo lugar, ellas fueron el punto de partida del feminismo: mujeres resistentes y combatientes contra las nuevas dinámicas de poder patriarcal que imperarían. La caza de brujas fue una estrategia del capitalismo para que el cuerpo de las mujeres fuese productivo y reproductivo, pero ellas representaron un desafío contra el sistema de trabajo que se estaba introduciendo.
Sus cuerpos fueron liberados de la sumisión, que es la lacra que arrastra la socialización en la feminidad hegemónica. No funcionarían como cuidadoras, incubadoras ni máquinas de producir mano de obra barata. Así pues, las brujas serían una lucha por la autonomía femenina, y por eso los movimientos feministas posteriores se representarán con ellas. Resistieron el patriarcado en el cual los cuerpos de las mujeres, su trabajo y su poder sexual y reproductivo se quisieron controlar por parte del Estado y transformar en recursos económicos.

Además, bajo el contexto concreto de parálisis demográfica del siglo XV, la cacería de brujas podría tener como objetivo criminalizar el control de la natalidad –y por lo tanto, los anticonceptivos y el aborto- y poner el cuerpo femenino a servicio del incremento de la población y en conclusión al aumento de la fuerza de trabajo.

En tercer lugar, el papel de la Iglesia católica también fue importante –aunque no principal- en el fenómeno de la caza de brujas. Aportó la visión ideológica para que se pudiera llevar a cabo, y animó a la persecución de estas. Tal y cómo hemos dicho, no fueron sólo las instituciones, la Iglesia y los aparatos ideológicos del Estado quién propiciaron este feminicidio. Fue el primer motivo de unión política en Europa después de la reforma. El estado hizo de la brujería como tal, y no de las supuestas consecuencias de esta, un crimen grave.

Debido a la persecución de brujas también se debilitaron las relaciones entre personas, como antes habíamos expuesto. Cualquier asociación o relación entre mujeres se empezaba a considerar sospechosa, destruyendo así la posible sororidad y resistencia conjunta de ellas. La amistad entre mujeres era vista como una subversión de la alianza entre marido y mujer. Así mismo, los hombres temieron el poder de las mujeres y muchas veces acusaron a sus esposas, hijas y otras mujeres cercanas. Solamente se reconoció un conjunto de hombres de clases populares que luchó contra la caza de brujas, en el País Vasco. Todavía actualmente una de las armas más fuertes de los sistemas capitalista y patriarcal es reforzar la competitividad entre mujeres, o entre las mismas clases humildes.

Para finalizar, podemos concluir que la caza de brujas fue un feminicidio que ayudó al sistema vigente en la época medieval a instaurar el capitalismo mercantil -debido a la debilitación de las clases populares-, a marchitar las relaciones sociales entre mujeres y campesinxs, y a crear un orden patriarcal sobre los cuerpos de las supuestas brujas para ponerlos a merced de los  aparatos ideológicos, el Estado y la Iglesia.

 

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