Las razones del anarquismo social. ¿Es necesario otra vez explicarlo?

Cuando alguien pregunta espontáneamente “Si el anarquismo de por sí es social, ¿por qué creáis otra etiqueta?”, la respuesta rápida viene a ser “Agárrate que vienen curvas” con los Creedence Clearwater Revival sonando de fondo. No precisamente por el tema de la etiqueta, ya que es lo de menos, sino por la explicación del contexto. De todos modos, si a alguien le importa la etiqueta, creo que puede venir de un libro que generó bastante polémica escrito en 1995 por Murray Bookchin y titulado “Anarquismo social o anarquismo personal. Un abismo insuperable”. Ahí es donde diferenció dos grandes corrientes por sus prácticas políticas: una en la que a la práctica no tiene como objetivo la revolución social, y la otra en que sí (lo explico más adelante). Ese libro nació de la frustración del autor de no encontrar ningún espacio anarquista que tuviese arraigo en el territorio, donde la gran mayoría de colectivos se dedicaban a vivir la vida pirata despreocupados de los problemas cotidianos de la clase trabajadora estadounidense.

Para empezar

Más en concreto haciendo hincapié en el mundo occidental, uno de los males que nos ha acompañado desde el fin del mayo del ‘68 y sobre todo desde el comienzo del s.XXI, es la costumbre de reinventar la rueda. Cada vez que se inventaba la misma rueda nacían nuevos mitos y romantizaciones de épocas pasadas, mientras se repiten fórmulas fracasadas de la anterior generación. Ésto impedía el estudio y conocimiento de las memorias reales sobre la militancia y la acción política de organizaciones anarquistas que tuvieron un papel importante en la historia. Pero, ¿no estamos inventando una nueva rueda con ésto del anarquismo social? No. Nuestra principal razón es recuperar la herencia del anarquismo que se materializó en organizaciones fuertes y en militantes comprometidos, capaces de hacer la revolución social e implementar un nuevo modelo de sociedad. Es la tradición socialista con el que nació el anarquismo y razón por la cual fueron posibles las revoluciones sociales.

Lo que hoy llamamos “anarquismo social” por la categoría que vino del libro de Bookchin, en verdad en otras épocas tenían otros nombres, pero encontramos similitudes en la práctica, los principios, los objetivos, las tácticas y estrategias. Una mirada hacia atrás, hace unos cien años, Piotr Arshinov escribió algo similar allá por la dédada de 1920 que viene relacionado con este tema: «La teoría anarquista de la libertad personal, lejos de estar aún suficientemente esclarecida, deja un vasto campo a los malentendidos. Evidentemenate los hombres de acción, que poseen una voluntad firme y un instinto revolucionario fuertemente desarrollado, verán en la idea anarquista de la libertad personal ante todo la idea de respeto hacia la personalidad ajena, la idea de la lucha infatigable por la libertad anarquista de las masas. Pero los que no conocen la pasión de la revolución y los que piensan en primer lugar en las manifestaciones de su propio ‘yo’ comprenden esa idea a su modo. Cada vez que se discute el problema de la organización práctica, de responsabilidad, dentro de la misma organización se escudan en la teoría anarquista de la libertad personal y fundándose en ella, tratan de sustraerse toda responsabilidad. Cada cual se retira en su oasis y practica su propio anarquismo. Las ideas y los actos de los anarquistas son pulverizados así en átomos mínimos.»

Y sin ir tan lejos en la misma época pasada, la militancia anarquista organizaba sindicatos, creaba ateneos populares, escuelas racionalistas, periódicos, …hasta algunos equipos de fútbol. Todas esas estructuras sociales estaban insertas en la clase trabajadora, y creaban a la vez una cultura obrera, atendiendo a las necesidades de la clase a la que pertenecían y trabajaban también en proyectos políticos como el comunismo libertario. A ésta práctica política es a la que denomino como tradición socialista, basada en la confrontación con el sistema capitalista teniendo como modelo de sociedad el socialismo libertario, entendiendo éste como un sistema basado principalmente en la democracia directa, en la planificación económica descentralizada y una sociedad igualitaria. En la actualidad, recuperar la tradición socialista pasa por nuestra participación activa en los movimientos sociales y sindicales, reforzando las dinámicas de lo común, la democracia directa y los lazos entre diferentes sectores en lucha. Encontramos esa similitud primero en el anarquismo organizado latinoamericano, que trabajaría recogiendo el legado dejado por el plataformismo de Makhno. Por mencionar algunas organizaciones, encontramos a la FAU (Uruguay), CAB (Brasil), Vía Libre (Colombia)… y llegando después a occidente las cuales encontramos a Black Rose (EEUU), UCL (Francia), Embat (Catalunya)…

Un abismo insuperable

Después de la destrucción del tejido sindical a finales de los ’70 a causa de las reconversiones industriales, la introducción de la cultura de masas y el consumismo, de algo había que beber. Y aquí importamos lo peor de cada casa: el insurreccionalismo italiano y las americanadas de libertad individual y máxima autonomía. Sí, la década de los ‘90 y ‘00 supusieron la desconexión del anarquismo con los problemas de clase en el mundo occidental, donde estaban de moda la idea de crear sociedades libres a pequeña escala y vivir al margen del sistema mientras la OTAN destruía Yugoslavia y Bosnia e invadía Iraq.

Entonces ese nuevo anarquismo abogó por organizarse en grupos informales o de manera individual, crear islas de libertad o dedicarse meramente a actividades culturales y educativas. Sin embargo, estas prácticas también se dieron en la historia: atentados individuales contra la patronal sin contar con la organización sindical, los grupos naturalistas o simplemente anarcoindividualistas que formaban sus pelotones de milicias independientes para combatir en la revolución. Tanto el insurreccionalismo italiano como el anarquismo vivencial fueron una salida hacia adelante resultado del estancamiento de las viejas guardias.

A pesar de todo, el hecho de haber superado el estancamiento fue positivo ya que evitó la muerte definitiva del anarquismo. No obstante, estas corrientes eran incapaces de influir en la lucha de clases y en algunos casos, ciertos colectivos en la práctica renunciaron a la revolución social, al verse tan lejana y tan poco probable que decidieron apostar por la libertad del aquí y ahora (anarquismo vivencial). Ésto puede tener dos lecturas: la parte positiva es poder experimentar modelos de sociedad no capitalistas que tengan potencial para conectarse con las luchas locales, y la contraparte es la reproducción de actitudes propias del sistema en los espacios y terminen siendo un ghetto. Esta pérdida de la tradición socialista por el inmediatismo (lo queremos aquí y ahora) los deja como un subproducto del liberalismo. El capitalismo tolera otros estilos de vida que no supongan una amenaza al statu quo.

Nuestras razones

Sin embargo, en nuestras razones no entra la confrontación con ese anarquismo, ya que ante la actual coyuntura es necesario destinar recursos y fuerzas a construir nuestro propio proyecto, siguiendo el legado de generaciones anteriores así como aprendiendo o aportando experiencias con quienes compartimos luchas inmediatas y proyectos de futuro. Del mismo modo, nos lleva a tener que compartir espacios y colaborar entre diferentes actores siempre y cuando podamos trabajar, ya que en la práctica se trabaja con quien se pueda y esté dispuesto. Lo que nos ha llevado hasta aquí es el fruto de reflexiones y debates originados en el ciclo de movilizaciones de las primaveras árabes y aquí del famoso 15M, allá por la década del 2010.

En la década del 2010, los debates giraron en torno a las esencias: ¿a favor o en contra del poder? ¿Y los nacionalismos? ¿Social o antisocial? ¿Cantidad o calidad? ¿Reformismo? ¿Etapismo?… Sin embargo, no es el tema a tratar aquí y se pueden consultar en la hemeroteca. Aun así, sí es necesario explicar otra vez las razones del anarquismo social, pero esta vez aterrizamos más en la realidad actual. Podemos resumir aquí las siguientes cuestiones claves:

– El nivel político. El gran olvidado

«La política son como los gases, los cuales tienden a ocupar el mayor espacio posible. Si una fuerza política abandona un espacio, otra la ocupará»

Hablar de hacer política fue un tema tabú en las últimas tres décadas. Los grupos de afinidad, los colectivos y el anarcosindicalismo lo eran todo. ¿Por qué montar organizaciones formales que parecen leninistas, si basta que nos juntemos los anarquistas para hacer cosas? Las acciones por entonces no dejaban de ser activismo con proclamas maximalistas y actos culturales. Estas dinámicas activistas no se diferenciaban tanto de otros activistas no ideologizados, que no pasan más allá de campañas concretas yendo a la defensiva y con objetivos cortoplacistas. Del mismo modo, el “hacer por hacer”, “hay que hacer algo”, y el medir la fuerza en base a la cantidad de movilizaciones, no nos lleva a ningún lado. Las lecciones aprendidas de las experiencias militantes recientes nos han demostrado las limitaciones del activismo y el movimentismo. También nos dimos cuenta que otras fuerzas políticas juegan en el terreno social y sindical. En casi todos los espacios amplios se encuentran militantes de distintos partidos políticos de la izquierda tanto institucional como extraparlamentaria. Y dependiendo de las intenciones de cada partido, habrán quienes los usen para tener algo de calle y/o para hacer de correa de transmisión al partido que predomine en tales colectivos, activando o desactivando luchas según intereses partidistas.

Aquí comenzamos a ver, tras el fin del ciclo del 15M y el inicio del asalto a las instituciones, que cuando no hacemos política, otros lo harán en detrimento nuestro. Y nos quedamos con cara de instrumentos de usar y tirar para que otros hagan sus carreras políticas. Tocó mudarnos al rincón de pensar. Así pues, ¿recordáis cuando la gran mayoría de anarquistas veían la Plataforma de Nestor Makhno como autoritaria? Pues resulta que la minoría de anarquistas que adoptaron el modelo plataformista consiguieron ser una fuerza política con una base social notable en Bulgaria. Volviendo a Makhno, la unidad ideológica, táctica y estratégica no fue un invento suyo para la plataforma. Eso ya vino de antes con otras nomenclaturas o implíticos en los documentos de Bakunin y la organización que fundó. Así es, hablo de la Alianza por la Democracia Socialista, considerada primera organización política anarquista. Nada nuevo bajo el sol, ahora toca trazar planes.

¿Hacia dónde apuntamos? ¡Objetivos! «Qué es lo que queremos». Si aspiramos al comunismo libertario necesariamente hemos de acabar con el capitalismo. Y ésto no basta con buenas intenciones o tener razón, hace falta ser una fuerza política organizada con capacidad material para implementar un nuevo modelo de sociedad, una cierta hegemonía cultural y una sociedad organizada. En todas las revoluciones de la historia veremos estos patrones comunes. Hay que traducir nuestra ideología política en objetivos y plasmarlos en un programa.

¿Cómo llegamos? ¡Estrategias y tácticas! «Cómo logramos nuestros objetivos». Esos programas no se implementan por arte de magia, hacen falta planes para poder llegar. Aquí es donde entra la necesidad de planificar las hojas de ruta, las campañas y las tácticas. Todo tiene un por qué, con qué objetivos hacemos tal o cual acción, cómo distribuimos nuestros recursos y fuerzas, con quiénes establecemos alianzas… En fin, todo aquello que nos sirva para aumentar nuestras fuerzas y, por ello, nos permita caminar con agenda propia y lanzarnos a la ofensiva, superando las limitaciones del activismo y el movimentismo.

¿Dónde está nuestro rincón de pensar? ¡Las organizaciones políticas! «La caja de herramientas. La caja, la caja». Para potenciar la lucha de clases hemos de ir organizadas, aprender en las luchas cotidianas, potenciar los movimientos sociales autónomos y de clase, tener respaldo político, encontrar herramientas como protocolos, documentación, análisis de coyunturas, mapas, etc. Finalmente, hay que dejar claro que el rincón de pensar no hará la revolución, sino la propia clase obrera. Las organizaciones políticas nos sirven para dar ese sentido revolucionario.

Otro punto muy importante son los datos y los análisis. Conocer e interpretar la realidad compleja en la que vivimos y las contradicciones del sistema capitalista es clave para poder desarrollar nuestro proyecto político.

– Cultura militante. Creer en lo que hacemos

«Somos sentimientos y tenemos seres humanos»

Desde julio del 2012 nos llegaron imágenes de milicianas con armas ligeras que rápidamente se ganaron nuestras simpatías. Tras indagar un poco sobre el norte de Siria llegamos a conocer Rojava y todo lo que había detrás montao. Desde el PKK, pasando por el cambio de paradigma, hasta las estructuras de la sociedad revolucionaria kurda, nos sorprendió la influencia de las ideas libertarias en ella. Luego nos dimos algunas hostias cuando algunas de nosotras habíamos llegado a participar en campamentos de convivencia y formaciones que organizaron personas del movimiento kurdo en Europa. La cultura militante estaba en otro nivel. Creen en lo que hacen, trabajan la autocrítica y la autodisciplina, tienen un alto grado de compromiso… y muchos dieron sus vidas por su pueblo.

Ciertamente son situaciones distintas, pero es muestra de que necesitamos trabajar ciertos aspectos para recuperar una cultura militante seria como (por mencionar algunas):

  • Trabajar por proyectos y no a salto de mata. Pasar de hacer microproyectos sin coordinación alguna a pensar proyectos donde cada organización tenga un papel en cada ámbito de actuación.
  • Interpretar la ideología política como base para el desarrollo de proyectos revolucionarios acorde a la coyuntura en la que vivimos. Ver más allá de lo local sin despegar los pies de la tierra y tener visión estratégica.
  • Tener el valor de hacernos autocrítica, mejorar nuestras actitudes, conocer nuestras limitaciones y ser capaces de asumir y confrontar nuestras propias contradicciones.
  • Asumir responsabilidades individuales y colectivas, trabajarnos la autodisciplina.
  • Pensar más en realizar alianzas en base a qué compartimos en común en vez de enemistarnos.
  • Ser capaces de resolver asertivamente las rupturas y diferencias estratégicas.
  • Ser el germen de sociedad que queremos construir. Eliminar los vicios del pensamiento capitalista.

En general, construir una cultura militante que nos permita desarrollar el proyecto político que queremos, no necesariamente desde sociedades paralelas, sino desde lo cotidiano y en contacto con la sociedad. Aunque sea fácil decirlo, aplicarlo es cuestión de voluntad y la claridad que le veamos al proyecto político que defendemos. Hoy más que nunca es necesario recuperar unos valores éticos que el capitalismo nos intenta arrebatar, comola defensa de lo común, el respeto, la humildad, la empatía, la diversidad…

– Inserción social. Meternos en el fregao

«No debemos bajo ningún pretexto, separarnos del pueblo, pues no importa cuán atrasada o limitada puedan ser las personas, son ellas y no el ideólogo, quienes son la fuerza motor indispensable de toda revolución social»

Quizás “inserción social” sea uno de los términos que haya causado bastantes malentendidos, dando a entender erróneamente como sinónimo de paracaidismo o entrismo en los movimientos sociales. Nada más lejos de la realidad, la frase que abre este capítulo es parte de una intervención de Amélée Dunois en el Congreso Anarquista de Amsterdam en 1907, donde salió el debate sobre la necesidad del anarquismo de participar en el sindicalismo.

Queremos que nuestro programa sea asumible por los movimientos sociales y podamos crecer mutuamente, y ésto solo será posible si la militancia anarquista se encuentra a pie de calle y participando activamente en los movimientos sociales. Nuestra manera de hacer política está en el trabajo de base, y hemos de ir organizadas no para instrumentalizar las luchas, sino para radicalizarlas a través de las propuestas y puestas en práctica de tácticas y estrategias que permitan el avance cualitativo de dichas luchas.

– Capacidad de convocatoria. Ganar la batalla cultural

«La neutralidad no existe»

El sistema constantemente está fabricando discurso y propaganda. La no-ideología es su ideología, es la ideología dominante. Cualquier fuerza revolucionaria debe disputarse la hegemonía. Necesitamos que nuestras prácticas tengan altavoces y sirvan como propaganda por el hecho, enfrentando nuestra alternativa política frente a la barbarie capitalista también a nivel discursivo, es decir, defender la legitimidad de nuestros discursos. Tenemos que ser capaces de crear una cultura obrera y un imaginario colectivo socialista libertario que cuestione de raíz este actual sistema. Esto implica que podamos tener capacidad para movilizar a la clase trabajadora ante determinadas coyunturas, tener músculo en la calle y marcar agenda en la acción social y política. En otras palabras, ser la fuerza política que lleve la iniciativa en la lucha de clases.

A modo de conclusión

La revolución no está a la vuelta de la esquina, sino que será un proceso largo que depende de multitud de factores. Nos encontramos actualmente un escenario difícil, con amenazas serias como la derechización de la socidedad y la crisis climática y de recursos. Pero mejor que nos pille lo más preparadas posibles o enfrentaremos escenarios mucho peores. El anarquismo no debería quedarse como ideología que solo sea aplicable a pequeña escala y solo valga para gestionar ecoaldeas, sino que debería ser un proyecto político que pueda implementarse también en las actuales sociedades occidentales complejas, a través de una planificación descentralizada y una sociedad organizada con altos grados de participación social.

Los cimientos para organizarse politicamente: por una cultura militante revolucionaria

En estos úlitmos años hemos puesto sobre la mesa la cuestión de organizarse a nivel político, a raíz de que cada vez más militantes anarquistas se están involucrando en espacios sociales amplios como los sindicatos laborales y de vivienda. Pero nos estamos encontrando un techo que nos está limitando a la hora de aspirar a proyectos más allá de la mera resistencia. La fórmula de la síntesis (organizaciones o colectivos donde entra cualquier anarquista a pesar de las diferencias ideológicas y estratégicas), de nuevo, está demostrando ser incapaz de superar ese techo. Esta falta de organizaciones políticas y estrategias propias nos deja en situación de trabajar para otros proyectos que no son el nuestro.
¿Qué quedó de aquellos movimientos anarquistas que articulaban movimientos de masas, creaba las estructuras de la nueva sociedad y lideraba revoluciones sociales? De esas experiencias revolucionarias históricas podría decir que solo quedan en algunas regiones del Sur Global, en la actual coyuntura del Estado español es inexistente.

Buena parte del espacio libertario lleva desde la Transición sin referentes claros y, en cierta medida, sin entender que nuestro trasfondo político y militante está influenciado por el sustrato cultural occidental. La falta de memoria, de experiencias acumuladas, de relevos y de romper temas tabú, son un cúmulo de factores que han derivado en la situación actual del anarquismo, con nuevas generaciones que repiten los errores de las anteriores y hechos que se dan por asumidos sin cuestionamiento alguno. Somos en buena medida el resultado de ésta herencia, sin plantearnos qué hay más allá de lo que siempre se ha estado haciendo.

De dónde venimos

Para entrar en contexto, repaso la historia reciente del anarquismo español en general. La época post-mayo del ‘68 en la cual las izquierdas fuera del bloque soviético salieron derrotadas políticamente. Todo ello se juntaba con la ofensiva neoliberal representada por el eje Reagan-Thatcher. A la par del retroceso de los sindicatos de masas, esta derrota política provocó que las tendencias de la izquierda revolucionaria occidental acaben encontrando una salida hacia adelante en lo subcultural y vivencial. De ahí el movimiento punk, el skin, el okupa (squats), bajo el lema “no future”, que descartaron la idea de una revolución de masas y por tanto, construir un nuevo modelo de sociedad a través de la revolución social.

Tras la muerte de Franco, los movimientos sociales volvieron a aflorar en España, entre ellos el anarquismo (mención a parte tendría el MIL y la resistencia armada, en cierto grado, vinculada a las luchas populares y obreras). La CNT del interior que estaba en la clandestinidad, donde parte de esa militancia pasó a los maquis y Defensa Interior, junto con sindicalistas que se metieron a los sindicatos católicos y luego a CCOO, que en sus inicios era combativo hasta que lo instrumentalizó el PCE, para agitar las luchas obreras, vieron una oportunidad para volver a ser un movimiento de masas. Pero la CNT del exilio se volvió conservadora. Boicoteaba el interior desde una posición estancada y a la vez alejada del anarcosindicalismo de años 20-30 (que construía movimientos de masas) y de la realidad del momento, quedándose en una especie de guardián de las esencias y sobreideologizada. Esta tendencia, a la legalización de la CNT después de los pactos de la Moncloa, comenzó a regresar a España. Las divisiones internas ya estaban servidas: entre partidarios de entrar en comités de empresa y elecciones sindicales y detractores de ello. Ésto terminará en una dura excisión en el V Congreso, donde nacerá la CGT. El Caso Scala terminaría por rematar la faena y la afiliación caerá a mínimos, no solo al ver las duras peleas de la división, sino también por la infiltración policial y las campañas masivas de criminalización del anarcosindicalismo.

En la CNT se acabará imponiendo la línea ortodoxa del exilio entrados en los ‘80, incapaces de remontar el duro golpe del Caso Scala y quedándose como microsindicatos con apenas actividad sindical pero mucho de contracultural de autoconsumo. En esa época el movimiento okupa y el punk tuvieron sus mejores momentos y a la vez los peores: los barrios obreros comenzaban a sufrir el azote de la droga con la complicidad de la policía y luego la posterior estigmatización de los medios y la política del país. Una gran parte del movimiento punk acabó también en la droga y en el nihilismo. Tampoco la CGT se libraba del todo de esta influencia tribuurbanista y contracultural. Se hablaba de un movimiento libertario con poca base social, muy identitario y endogámico.

Entrados en los ‘90-’00 llegaron las ideas del insurreccionalismo italiano. La crítica a la burocratización de las centrales anarcosindicalistas, e incluso de los resquicios de las viejas organizaciones del movimiento libertario como la FIJL y la casi inexistente FAI propiciaron una huida hacia adelante a través de la acción directa y el ataque directo contra el sistema. La oleada insurreccionalista fue un toque de atención a las viejas glorias y se dieron duras críticas hacia éstas, pero descartaron un punto clave para el desarrollo de cualquier movimiento: el trabajo de base. No existía ninguna conexión con la clase trabajadora en sí ni había voluntad de ello, algo que sí que lo tuvo el MIL durante su existencia en ‘70, que atracaba bancos para financiar huelgas y luchas sociales.

Esta oleada insurreccionalista terminaría siendo derrotada fácilmente al carecer de dicha base. La criminalización del Estado no se hizo esperar: aislar el anarquismo de la sociedad calificándolos de guerrillas urbanas y terrorismo de baja intensidad. Han aprovechado para fabricar un nuevo enemigo interno a la vez que desgastaba la bandera del terrorismo de ETA. En cuanto comenzaron los golpes represivos, la actividad comenzó a girar en torno a eventos de recuadación de dinero para los costes antirrepresivos y a volcarse en la lucha anti-carcelaria, a los cuales siempre acudían las mismas caras. Cayeron en una espiral repreresiva del cual no salieron, y muchas terminaron abandonando la lucha sufriendo penas desorbitadas. Una lucha de grupos reducidos de personas contra todo un aparato represivo sin una estrategia ni un vínculo con el pueblo era un completo suicidio. A los pocos años, esta represión dejó un balance desolador: montajes policiales, penas desorbitadas de prisión, multas… Entretanto, la paranoia, el aislamiento, los personalismos, roles de poder informales y los dramas internos fueron un desgaste en salud mental arrollador.

Los 2000 sería la década de la bonanza económica. El anarquismo fue pasando esos años sin pena ni gloria entre las okupas, lo contracultural, saliendo de las campañas antimilitaristas y haciendo campañas por apostatar (darse de baja de la Iglesia Católica, básicamente). Paralelamente, surgían los movimientos anti-globalización, que acostumbraban a organizar black blocs allá donde se celebraban las cumbres. Entretanto, lxs anarquistas en parte participaban de ese movimiento, pero sin ser tendencia organizada. En 2003 tuvieron lugar las movilizaciones masivas contra la guerra de Iraq y las mentiras del 11M. El anarcosindicalismo tendría poca influencia en este período. Las luchas más sonadas fueron a la campaña de boicot al Mercadona y la SGAE (autores y copyright, que también salpicó al portal alasbarricadas.org).

El anarquismo en el Estado español se quedó sin referentes fruto de la desmemoria y de la derrota política del ‘68. Por eso la herencia actual del anarquismo en general es un amalgama de esta ortodoxia purista e identitaria de la CNT del exilio, lo contracultural y vivencial de aquella época dorada del movimiento punk y okupa, y las dinámicas informales propias del insurreccionalismo italiano. No nos hemos reconstituido como una fuerza política, al contrario, se rechazaba la organización formal y el trabajo político, grandes errores que nos han llevado a ser algo marginal, haciendo del anarquismo una parodia de sí mismo donde nunca se planteó el traducir los principios y la ideología en línea política, estrategia y táctica para tener capacidad para desarrollar un trabajo de base real.

La conclusión hasta aquí es que hay una parte del anarquismo ha renunciado al objetivo revolucionario de construir un nuevo modelo de sociedad. No es la excepción, en los países occidentales la influencia de la ideología liberal en todos los aspectos de la vida desde los ‘70 (comienzo de la ofensiva del proyecto neoliberal) ha apartado de los movimientos revolucionarios de este objetivo último en la práctica. Otro ejemplo desastroso es el anarquismo estadounidense en los 90-00, volcado hacia el individualismo y lo vivencial.

Mi perspectiva política

Parto de las lecturas de otras experiencias militantes de algunos compañeros de Embat y de lecturas políticas del movimiento anarquista tanto histórico como actual, cuyo denominador común es la de organizar movimientos de masas y ser una fuerza política impulsora de las revoluciones sociales. Este anarquismo en la actualidad queda reflejado en las revueltas populares y movilizaciones masivas en Chile, Brasil, Ecuador, Argentina y Colombia, y en las revoluciones sociales con inspiraciones en el anarquismo como la zapatista y la kurda.

Este anarquismo social es el anarcocomunismo, la corriente política del anarquismo que tiene como estrategia general la articulación de movimientos populares de masas (poder popular) y la apuesta política de que dichas masas sean el sujeto político de la revolución social (el pueblo trabajador) y como objetivo político la configuración del nuevo modelo de sociedad, usando como modelo organizativo el dualismo: un nivel de masas y un nivel político. Esta tendencia en la actualidad recoge la herencia de las revoluciones sociales de la historia, las cuales destacan la mexicana de 1910, la Makhnovista del 1919, la comuna de Shinmin y Shangai en los años 20, la revolución social del ‘36, junto con las experiencias sindicalistas revolucionarias de Alemania e Italia de la misma época y el anarcocomunismo búlgaro. A nivel teórico-organizativo, la línea comienza en la Alianza por la Democracia Socialista de Bakunin, pasando la plataforma de Makhno, el partido de Malatesta y llegando al especifismo latinoamericano.

En los años ‘20, con los makhnovistas en el exilio, se dio un importante debate en torno a la organización anarquista. La publicación Dielo Truda fue la que divulgó las experiencias makhnovistas y puso sobre la mesa un modelo para la organización anarquista basada en la unidad ideológica, estratégica, táctica y de acción: la plataforma. Este modelo fue criticado y Volin defendió un modelo organizativo en el cual cabían anarquistas de cualquier tendencia: individualistas, sindicalistas, colectivistas y comunistas. A la práctica, los hechos les darían la razón al modelo plataformista, ya que el modelo de síntesis era incapaz de desarrollar trabajo político porque a la hora de discutir estrategias, responsabilidades y disciplina conjuntas era imposible el acuerdo.

Aquí pongo como ejemplo la Federación Anarquista Comunista de Bulgaria, quienes adoptaron el plataformismo como modelo organizativo mientras el anarquismo a nivel internacional lo rechazó y se decantó por la síntesis. Esta organización articuló, desde 1920, un movimiento popular de masas, consiguiendo ser 3a fuerza política en un país muy convulso políticamente en aquella época, habiendo sido capaz de sobrevivir a ejecuciones de militantes y dos golpes de Estado fascistas hasta los años 40 que fue destruida por la represión estalinista.

La II Guerra Mundial mató todas esas luchas revolucionarias. Sin embargo, muchos luchadores siguieron combatiendo en la resistencia contra la ocupación nazi en Francia o lucharon como partisanos.

En la post-guerra, el anarcocomunismo comenzó a sacar cabeza aunque muy tímidamente. En los años ‘50 George Fontenis rescató el modelo plataformista y escribió “El manifiesto comunista libertario”, un texto que recoge la herencia de todas esas revoluciones históricas y planteará la necesidad de organizar el anarquismo como opción política.

En Sudamérica, esta corriente se tradujo en el especifismo de la cual la Federación Anarquista Uruguaya (FAU) fue pionera (1968). Fue realmente una actualización del plataformismo en el cual el sujeto político ya no es únicamente la clase trabajadora y pasa a ser el pueblo, de la cual la lucha de clases sería un frente. Desde entonces, la corriente especifista se extendió y de las cuales heredaron organizaciones como Resistencia Libertaria, y heredan hoy Acción Socialista Libertaria, Federación Anarquista Rosario, Federación Anarquista Río de Janeiro, Coordinadora Anarquista Brasilera, Vía Libre (Colombia), entre otras.

Una mirada hacia nuestras experiencias recientes

La actualidad en el Estado Español tiene, sin embargo, unas experiencias de anarquismo social muy enriquecedoras. Todo vino al calor del 15M, fue un ciclo político que despertó conciencias e hizo que muchas personas nos replanteemos todo. Hablaré aquí de las más sonadas y de las que más tengo por la mano.

– La FAGC (Federación Anarquista de Gran Canaria)
Nacieron como cualquier colectivo anarquista al uso hasta un punto en que, según las palabras de Ruymán, en un momento que estaban repartiendo panfletos sobre veganismo, un señor había tomado uno de ellos y a pocos metros lo encontraron buscando comida en un contenedor. En ese momento a algunas personas se les rompieron esquemas. ¿cómo es posible que hablemos de veganismo teniendo personas que no tienen nada para llevarse a la boca? Ahí comenzó la ruptura. Quienes se quedaron fueron los que se volcaron de lleno al trabajo de base, comenzando por parar desahucios y poco a poco irían abriendo casas. Pasaron muchas contradicciones y se encontraron que nada era perfecto: desde personas que se aprovechaban para conseguir entrar en un piso y vender la llave hasta gente que una vez hecho la entrada chantajeaba con denunciar si no cumplían con lo que querían. Pero de ahí llegaron a construir la okupa más grande de España: unas 200 personas en un bloque de viviendas, la Comunidad La Esperanza, todas ellas gente que no tiene ni idea del anarquismo y con actitudes de mierda que con pedagogía aprendieron a convivir. Ahora es una comunidad autogestionada en que la FAGC había hecho de asesores.

Actualmente mientras escribo estas líneas el trabajo de la FAGC no ha parado: han creado el Sindicato de Inquilinas de Gran Canaria, han okupado huertos donde ahora viven personas sin papeles en autogestión y han conseguido ganar el conflicto de la Marisma, una pequeña comunidad víctima de una estafa inmobiliaria.

Sin saberlo, la FAGC acabó reproduciendo el modelo del dualismo organizacional del anarcocomunismo, estando la FAGC actuando como organización específica/política y el Sindicato de Inquilinas como organización de masas. La diferencia es únicamente semántica y elles lo llaman “anarquismo de barrio”, un anarquismo que se involucra en primera línea luchando al lado del pueblo ofreciendo las herramientas y metologías del anarquismo al servicio de la clase trabajadora y de la comunidad, no de forma asistencial, sino empoderándola.

– La FES-FEL (Frente Estudiantil y Social)
Actualmente la FEL ha tenido un cambio generacional, pero tuvo sus mejores años durante las movilizaciones del 15M (~2012 en adelante). La etapa del FES Zaragoza, que en poco tiempo acabarían siendo la FEL montando sus núcleos en la UAM, Somosaguas, Carlos III (Madrid), habría sido de las mejores en el movimiento estudiantil. Caso es de las experiencias del FES-FEL Zaragoza, logrando a ser referentes del movimiento estudiantil en la Universidad de Zaragoza durante unos cuantos cursos consiguiendo además implementar la unidad táctica a través de una política de alianzas de otros actores del movimiento estudiantil. Aquello impulsó aún más el movimiento estudiantil en la uni, llegando a realizar huelgas exitosas y con un grado de participación considerable, manteniendo además a raya a entidades estudiantiles filofascistas.

– Apoyo Mutuo
Esta organización nació como una red de militantes allá por el 2015 que pasó poco a poco a consolidarse como organización política que pretende ser de ámbito Estado español. Actualmente el núcleo que está teniendo rodaje es en Aragón, donde están sacando “Colectiviza!” una publicación de las luchas sociales en Aragón y han tenido su I Congreso.

– Embat
También al calor del 15M, Embat nació primero como un “procés” de construcción de una organización política de Catalunya. Tuvo el proceso similar a Apoyo Mutuo, comenzando a ser una Este proceso le llevó unos años de debates y formaciones sobre cuestiones que estoy yo escribiendo en esta carta. La organización como tal no se habrá formalizado hasta 2016-17. Desde entonces hay militantes en CGT Ensenyament, en habitatge y sindical. Fue parte del grupo motor del 1er Congrés d’Habitatge de Catalunya y también parte del grupo motor de Batzac. Actualmente como organización política ya tiene terminada la línea política.

Todas estas experiencias militantes están en nuestras memorias, pero gran parte de las nuevas generaciones que se politizan no la conocen.

La praxis política del anarquismo dista mucho de ser una parodia de rebeldía adolescente. Pongo los ejemplos del Estado español porque considero que no es necesario buscar ejemplos lejanos (que los hay), sino que ya son parte de la historia reciente y continúan a día de hoy a pesar de no ser tan visibles en algunos casos. Son ejemplos a tomar porque necesitamos preservar la memoria de estas experiencias para que no se pierda lo acumulado y poder aprender de ellas.

Un cambio de cultura militante. Recuperar nuestra tradición socialista

El ciclo de muchos colectivos anarquistas vienen a ser períodos cortos donde se hace activismo y en cuanto las circunstancias de la vida de las personas del colectivo cambian, el colectivo muere. Así vuelta a empezar de 0. Parece que nos guste reinventar la rueda para volver a hacer lo mismo, es la pescadilla que se muerde la cola.

La debilidad del anarquismo actual radica en las pocas responsabilidades y disciplina exigidas, así como la no-resuelta cuestión del poder y los liderazgos nos llevan a ser incapaces de tomar decisiones con agilidad. Se da mucha manga ancha a la libertad individual sin buscar ese equilibrio necesario en la responsabilidad colectiva. La militancia en una organización no es para que cada cual exponga su pedrada sino luchar por unos objetivos políticos en base a una unidad estratégica y de acción usando la organización como herramienta.

Es necesaria una disciplina interna y voluntaria, compromiso, decisión, sentido de organización, visión estratégica, sinceridad, humildad y tener visiones realistas. Capacidad para asumir liderazgos, saber cederlos, delegar, crítica y autocrítica, ser constructive, transmitir conocimientos, escuchar, comunicar… Si nos queremos tomar en serio el proyecto que asumimos, hemos de trabajarnos estos aspectos. Estar en una organización no es para reafirmarse en la identidad anarquista ni limpiarse la conciencia ni hacer colegas, estar en una organización implica luchar por aquello que creemos colectivamente y encontrar esta afinidad en el proceso.

Una disciplina militante tiene sentido si hay objetivos por los que luchar y tener estrategias para lograrlos, tanto para los inmediatos como para los finalistas. Es por ello que una Línea Política es esencial en una organización, ya que da el marco de actuación y marca las estrategias a seguir.

Queremos abarcarlo todo (capacitismo, antiespecismo, transfeminismo, antirracismo…) y estamos siendo débiles en todo. Nos creemos que todo es igual de importante sin tener siquiera una línea política trabajada, sin conocernos a nosotres mismes ni de dónde venimos. Seguimos haciendo lo mismo de siempre una y otra vez: anticarcelario, vivir okupando haciendo kafetas, ponernos la etiqueta por delante, crear comunidades endogámicas y herméticas (el ghetto anarco) con dinámicas tóxicas que vienen de no cuestionar la ideología liberal y la moral cristiana de nuestra cultura occidental. Negamos el poder reproduciendo roles de poder, negamos el liderazgo reproduciendo liderazgos informales, incluso en otros espacios donde se rechazan los partidos, se reproducen de manera informal el accionar partidista. Acusamos de reformista todo aquello que no nos guste pero reproducimos la ideología liberal en nuestros colectivos camuflado bajo un lenguaje radical, cuando la diferencia entre reforma y revolución, radica en que lo primero acepta el sistema de dominación con maquillaje, y lo segundo aspira a implementar un modelo de sociedad construyendo un contrapoder propio. Tachamos de marxista aquello de línea política y estrategia.

Esa ética militante por la que hemos pasado bastantes militantes y que actualmente se sigue reproduciendo en algunos entornos, queda reducido a una épica digna de cuentos de fantasía completamente desconectada de todo accionar político real, reduciendo la política en lo vivencial. Esa es la ilusión de radicalidad y de creer que eso es revolucionario. Pero la realidad no llega ni a ser reformista, ya que en la práctica aceptan el liberalismo puesto que en vez de confrontar el sistema articulando movimientos populares, crean falsas “islas de libertad”. Al fin y al cabo, estilos de vida que el capitalismo tolera.

Por tanto, todo anarquismo que no aspira a la creación y articulación de un movimiento de masas con la finalidad de que las actuales estructuras de autoorganización popular pasen a ser los futuros organismos de administración de la futura sociedad, es liberalismo. Así es que tanto el anarcoindividualismo como la práctica del anarquismo vivencial son liberales, ya que a la práctica están de acuerdo con el sistema puesto que su accionar político se basa en vivir el momento y realizar actividades de autoconsumo en comunidades cerradas ajenas en su mayoría a los problemas de la sociedad bajo un discurso radicaloide, renunciando a crear movimientos de masas y ser una opción política, y por tanto, renunciar al objetivo final socialista o comunista libertario. Este anarquismo vivencial no es más que liberalismo radical. Del mismo modo se podría aplicar a otras tendencias que en la práctica no realizan ningún trabajo de base.

No obstante, las experiencias de economía colectiva y de infraestructuras libertarias no entran dentro de ese anarquismo viviencial si dichas experiencias se conectan con las luchas populares. Por ejemplo, el proyecto de Fraguas nació siendo vivencial pero a raíz de la amenaza de desalojo, se reconvertió en un proyecto de repoblación rural y recuperación de la memoria de ese pequeño pueblo. De la misma manera, Can Tonal (St Antoni de Vilamajor) es una experiencia de economía colectiva que participa también de las luchas sociales en el pueblo.

Ser opción de poder no significa tomar los aparatos del Estado, sino ser una opción política con capacidad material de implementar nuestro modelo de sociedad tomando, no solo los medios de producción y la economía, sino el control territorial y la administración política de la nueva sociedad: el socialismo libertario, entendido éste como modelo en el cual convivan diversos modelos como el colectivismo, el cooperativismo, el comunismo, entre otros. Es el modelo que tienen los territorios zapatistas, Rojava, los territorios mapuches, la Minga y los territorios naxalitas (maoístas de India, muy cercanos a lo libertario). En otras palabras, es recuperar la libertad y la soberanía de los pueblos: la capacidad de los pueblos para decidir su propio destino y todos los aspectos de la vida. El anarquismo que yo defiendo apunta a ésto. Recuperar la tradición socialista consiste en volver a nuestros orígenes, y así lo demuestran todas aquellas experiencias revolucionarias donde el anarquismo ha sido fuerza política protagonista.

La ética militante del movimiento kurdo y de cualquier proceso revolucionario queda reflejada en personas comprometidas con la causa del pueblo, las cuales asumen la responsabilidad de, no solo crear la tesis política de emancipación social sino materializarla. En el movimiento kurdo, esta figura de máximo compromiso es el quadro, quien posee formación política, capacidad de liderazgo y experiencias de organización comunitaria. De la misma manera, la figura del ‘organiser’ del sindicalismo revolucionario anglosajón (la línea sindical de IWW) son militantes sindicales y van allá donde se necesite organizar campañas y secciones sindicales. En los movimientos populares latinoamericanos se les denominan “líderes sociales”, que son personas motoras y activadoras de luchas populares, pues se dedican a organizar comunidades en lucha desde el arraigo territorial. Estos ejemplos de compromiso distan muchísimo de la actual cultura militante y demuestran el error de crear comunidades con base en la afinidad ideológica con nula proyección hacia el pueblo y cero arraigo territorial. Hay que hacer política para el pueblo y la clase trabajadora.

Tal propuesta de cambio de cultura militante es un proceso que nos debe interpelar a toda la militancia, es un planteamiento que debe llevarse a cabo desde el conjunto de las organizaciones anarquistas y de las diferentes organizaciones de masas del pueblo, la clase trabajadora y el conjunto de oprimides. Estar al lado del pueblo es nuestro deber y saber el encaje que tendremos en el futuro movimiento libertario.

Unas palabras finales

Recuperar nuestra memoria es clave para situarnos y conocer nuestro papel. He visto con rabia e impotencia cómo militantes libertarios acaban buscándose otros espacios políticos tras ver que nada cambiaba y tanto por el cambio de las circunstancias de vida personales, como tener problemas y necesidades a las cuales no encontrarán en la militancia libertaria, o como tener la necesidad de una militancia más a nivel político, se encontraron con el vacío. Caso es un compañero que antes llevaban la editorial Klinamen de Madrid que terminó en Más País (Héctor Tejero), es también Íñigo Errejón que vino de las JJLL de Madrid, de Jordi Martí Font o David Fernández que terminaron en la CUP, y otras más anarquistas que acabaron militando en los círculos de Podemos allá en 2014-2015.

Es un reflejo de que cómo las dinámicas autodestructivas de siempre terminan quemando a la gente y la militancia más válida acabe trabajando para otros proyectos políticos que no son el nuestro. Necesitamos ser una opción política real y no una suerte de paraguas donde caben todas las frikadas posibles haciendo del anarquismo una parodia de sí mismo y una estética de rebeldía adolescente. Es la única manera de salir del círculo vicioso de siempre: la militancia veterana se quema y se marcha, entra una generación nueva, reproduce las mismas dinámicas y cuando se dan cuenta de que no funcionan, están en minoría y al final acaban yéndose. Repitiéndose ese ciclo generación tras generación ya que nada se acumula y constantemente se reinventa la rueda.

Afortunadamente, en la actualidad estamos observando cambios positivos: tanto la CGT como la CNT están creciendo en afiliación y secciones sindicales, a la vez que se consolidan poco a poco las organizaciones políticas del anarquismo social. Cada vez hay más militancia anarquista participando en los movimientos sociales locales y están saliendo debates para organizarse político. Por tanto, hay un cambio positivo en la cultura militante, aunque es un proceso largo y requiere de consolidarla y materializarla en un movimiento libertario estructurado en organizaciones de distinto ámbito. Dar estos pasos hacia un anarquismo capaz de intervenir en la sociedad ahora es clave para construir nuestro futuro.

La coyuntura política actual está sufriendo cambios acelerados ante una creciente conflictividad social: desde el colapso de Líbano y Sri Lanka, pasando por la toma del poder de los talibanes, las revueltas populares en Latinoamérica y sus cambios de gobierno…, hasta las revueltas en Irán. Nos encontramos ante un mundo cada vez más multipolar. Occidente ahora mismo es el único bloque que aún preserva cierta paz social, pero tampoco exenta de movilizaciones sociales y huelgas (Francia y en menor medida Reino Unido en este último trimestre del 2022). La coyuntura post-covid en rasgos generales es de crisis a todos los niveles, y ya hay quienes apuntan que el colapso ya está en proceso.

Sin embargo, al capitalismo aún le queda vida por delante, vendiéndonos falsas promesas de un futuro próspero a la vez que continúa provocando guerras. La amenaza de la ultraderecha es real, la actual opinión pública está virando hacia la derecha. Del mismo modo, estamos contemplando el rearme y la reorganización de la ultraderecha. Todo ello con el horizonte del cambio climático, el fin de los combustibles fósiles y la escasez mundial de recursos.

La reacción al momento político que vivimos contrasta entre aquellos intentos de huida hacia adelante aparentando que todo va bien y que habrá futuro, y aquellas perspectivas de lucha contra la incertidumbre y construir un mundo nuevo. Si decidimos tomar el camino de luchar por el mundo que queremos hemos de recuperar la esperanza. Aspirar a ser opción de poder no es más que implementar el modelo de sociedad que queremos superando el capitalismo. Evitemos caer en el basurero de la historia como perdedores, necesitamos estar a la altura del momento histórico en que estamos y recuperar ese anarquismo capaz de articular movimientos populares de masas e implementar el socialismo libertario.

Los ciclos políticos y la moral colectiva

La muerte de Franco, los pactos de la Moncloa, el Caso Scala, la Transición, la entrada a la OTAN, la guerra de Iraq, el 15M, la huelga del 14N, la huelga feminista del 8M, el 1 de Octubre, entre otros, son acontecimientos históricos recientes que nos sonarán más o menos, pero entre ellos podemos diferenciar lo que son ciclos políticos, y otros que cambian la moral colectiva.

Dotarnos de criterios de análisis es importante a la hora de hacer nuestras lecturas políticas del momento y así tener herramientas para desarrollar nuestro trabajo político, es decir, poder tener cierta previsión y planificación para escenarios futuros. Así pues, los ciclos políticos se describen como acontecimientos acotados en el tiempo y espacio de una determinada coyuntura, con sus motivos catalizadores, los diferentes posicionamientos y bandos, los cambios coyunturales… Cada ciclo tiene su inicio y final que marca siempre un antes y un después en el tablero político de un período determinado. Por ejemplo, el ciclo del 1 de Octubre tuvo lugar desde septiembre del 2017, con una disputa creciente entre el nacionalismo español y el independentismo, y que habrá terminado con el fin de la actividad de los CDR. Durante este ciclo hubo varias huelgas generales y experiencias de autoorganización popular que hacía años que no se vivían, las cuales habrán quedado marcadas para la posteridad.

Por otro lado, el concepto de moral colectiva viene en parte de conflictos bélicos, es el componente psicológico en cualquier conflicto. La lucha de clases en estos momentos en Occidente es una guerra de baja intensidad, en el cual no se ha llegado aún a la lucha armada. La moral colectiva es un factor determinante en los procesos de cuestionamiento del sistema y de autoorganización popular. Una moral alta se traduce en mayor actividad política y social del pueblo, y de ahí, mayor permeabilidad y potencialidad para desarrollar procesos revolucionarios. Una moral colectiva alta es una ventana de oportunidades en las cuales el pueblo está más dispuesto a la lucha, y por tanto, a pensar alternativas, asumir programas políticos y tablas reivindicativas. Por contra, una moral colectiva baja indica que el pueblo no está dispuesto a la lucha con el miedo de perder lo poco que se tiene u otros factores.

Continuando con el ejemplo del 1 de Octubre, estas experiencias de autoorganización popular sobrepasaron todas las espectativas que esperábamos. Esto es indicativo de una moral colectiva alta: la gente creía por ese instante poder cambiar las cosas y se generaba el ambiente perfecto y propicio para que se lanzaran a experimentar y hacer. No obstante, una moral colectiva baja la podemos encontrar tras el fin de ciclo del 15M, pues la mayoría de la gente se fue para casa y lo poco que quedó de movimiento acabó aterrizando en los barrios. Sin tener ninguna hoja de ruta, muchos no le encontraban el sentido a seguir con las asambleas y acabaron abrazando la ilusión del “asalto institucinal”. Esta moral ya venía en declive cuando las asambleas de las plazas iban aflojando y al final el fenómeno de Podemos acabó por rematar la faena.

Aunque ambos conceptos son diferentes, están estrechamente relacionados entre sí. Si bien con éstos ejemplos podemos llegar a concluir que cuando hay una moral alta, existe la posibilidad de abrir un nuevo ciclo político, pero no siempre ocurre. El ejemplo reciente son las manifestaciones por la libertad de Pablo Hasel que no abrieron otro ciclo político, aunque sí fue resultado de un momento de subidón de la moral colectiva sin terminar de cuajar en cambios a nivel político en el país.

¿Cómo podemos leer y aprovechar esos momentos? La respuesta está en estar preparadas resultado de estar organizadas políticamente y con las lecciones aprendidas de los ciclos pasados que, o bien no supimos aprovecharlas por habernos desentendido de ellos, o bien por ser una fuerza muy minoritaria con poca capacidad de influencia social en aquel momento, o bien por tener lecturas equivocadas. Así pues, en los ciclos políticos donde reina la paz social y con una moral colectiva baja, toca organizarnos, prepararnos a través del trabajo de base, la formación política y militante, e ir construyendo pueblo poco a poco en los conflictos locales. Esta es la vía de la inserción social y la acumulación de fuerzas. Un aumento de la conflictividad social viene de la mano de un aumento de la moral colectiva, ahí es cuando el trabajo de base da resultados y nos da más posibilidades al poder multiplicar nuestra capacidad de influencia por llegar estudiadas y preparadas para el momento. En los momentos de moral colectiva alta es cuando se han de agitar aún más las calles y pasar a la ofensiva junto al movimiento popular. Ahí es cuando estaremos abriendo un nuevo ciclo político, aumentando la polarización de la sociedad a través de la lucha de clases y batallando a nivel político a través del programa, hojas de ruta y tablas reivindicativas, así como disputando la hegemonía del discurso y el relato.

Para este curso político 2021-2022 (y los venideros), lo que podríamos denominar post-confinamiento, afrontaremos un escenario complicado pero con una moral colectiva considerablemente baja y con nuestros enemigos políticos a la ofensiva y aumentando sus fuerzas (léase neoliberalismo con sus políticas antiobreras más la ultraderecha y sus discursos de odio), además con una grave crisis climática causada por el sistema capitalista. Urge superar las miserias del gueto ideológico, el activismo de hacer por hacer y las disputas internas, para pasar a traducir la ideología en un proyecto político y en un programa, que se materialice a través de la organización política y de construir alianzas entre los diversos actores del movimiento popular profundizando nuestra implicación en las luchas sociales. Si realmente nuestros objetivos políticos son revolucionarios, hemos de estar a la altura de las circunstancias y ser la opción política capaz de articular un movimiento revolucionario, potenciando la moral colectiva y abriendo un nuevo ciclo político de cambios sociales en favor de la clase trabajadora.

Afrontar el nuevo curso político

Agosto del 2021 marca el inicio de un nuevo ciclo político en el Norte Global que ya vino anunciándose en el 2020 con la pandemia. Durante este verano hemos presenciado fenómenos climáticos extremos de calor e incendios incontrolables tanto en la zona mediterránea como en Siberia y Norteamérica. A nivel geopolítico seguramente lo que más está dando que hablar y lo que más cambie el mapa geopolítico global sea la toma del poder de los Talibanes. Estas semanas las opiniones en las redes sociales giraban en torno a Afganistán. De repente, el mundo comenzaba a mirar hacia ese país tomado por un grupo fundamentalista.

Este evento dará mucho que hablar. De entrada, ya marcan varias cosas: el declive de la influencia norteamericana y el auge gigante asiático China como nueva superpotencia global. Rusia que comparte frontera con Afganistán también se han sentado a negociar junto con China. La tragedia anunciada para la población afgana está sobre la mesa, y la amenaza del uso de los flujos migratorios y refugiados por parte de países vecinos como Turquía contra la UE también es otro punto que va parejo al auge de la ultraderecha en Europa.

En lo que respecta a la población afgana, hay mujeres que formarán la resistencia contra el nuevo régimen talibán, así como iniciativas de solidaridad internacional iniciada por una federación anarquista afgana e iraní. Veremos en los siguientes meses cómo se irá desarrollando la resistencia.

Los conflictos geopolíticos, la crisis a todos los niveles (climática, económica, migratoria, de recursos, social…) y el auge de las ideologías totalitarias como la ultraderecha y el fundamentalismo nos deja un futuro complicado y lleno de incertidumbres. En este nuevo curso político se prevén, a parte de fenómenos climáticos extremos, un posible aumento de flujos migratorios, la precarización del mundo laboral que se anuncia ya en Grecia con su nueva reforma laboral, más despidos colectivos y desahucios.

Ante todo ello no nos queda más que luchar y construir pueblo. En un escenario más local, en este curso político, además del ámbito laboral y de vivienda, cobrarán importancia las luchas en defensa del territorio, desde la España vaciada por la preservación de los montes amenazados con el pelotazo de las renovables, hasta la defensa del delta del Llobregat frente a la ampliación del aeropuerto del Prat.

El anarquismo ha de resolver el problema de falta de claridad política para afrontar el nuevo ciclo que está llegando. Tenemos a nivel general un movimiento popular muy disperso y atomizado. Nuestro papel sería generar alianzas y darnos un programa para así articular un movimiento popular estructurado y cohesionado como sujeto político desde un proyecto socialista libertario. Ésta es la unidad popular: la convergencia de los movimientos sociales de diferentes ámbitos (laboral, vivienda, territorio, LGTBIQ+, migración, feminismos…) con un programa de mínimos compartidos. Para ello hace falta que el anarquismo sea una opción política capaz de activar un nuevo ciclo de luchas con un horizonte revolucionario, que a través de la inserción social consigamos aumentar nuestras fuerzas como clase trabajadora. Como anarquistas, hemos de superar la división y la atomización articulando un movimiento político estructurado de organizaciones: organizaciones políticas, estudiantiles, juveniles, no-mixtas, ecologistas, sindicales…

Esto significa quitarnos los principales lastres como la mitología alrededor de la CNT histórica impuesta desde la CNT del exilio y anclados en el pasado, de la misma manera que sus formas espectaculares de la lucha que están lejos de ser ejemplos palpables de construcción popular, y en su lugar se manifiesta en la estética del disturbio y lo contracultural, dejando el anarquismo como una bella utopía, un estilo de vida, una filosofía política o simplemente rebeldía adolescente. Otro gran problema es el relevo generacional. Las nuevas generaciones que entran en contacto con el anarquismo, en buena parte lo hacen por lo estético y vivencial retroalimentando estas viejas miserias mientras que la militancia más veterana se aleja cada vez más de lo libertario por su incapacidad política.

Por ello es vital un cambio en la cultura política y militante para recuperar el anarquismo como ideología, praxis y proyecto político actual, aprendiendo y superando los errores del pasado para ser capaz de articular grandes movimientos de masas, revoluciones sociales e implementar sociedades libres y soberanas desde el socialismo libertario.

A 10 años del 15M. Una lectura política para hoy y el futuro próximo

Tal día como hoy al 2011, una multitud de gente tomaba las plazas de muchas ciudades del Estado español bajo lemas como “Democracia real ya”, “No nos representan”, “Toma la plaza”… En las plazas la gente acampada durante semanas y se convocaban asambleas abiertas y debates donde participarían mucha gente. Para muchas de las personas que se acercaron a las movilizaciones, serían su primer contacto con la política a pie de calle, yendo un paso más allá de la participación política pasiva de votar en las elecciones.

El 15M supuso un punto de inflexión en la coyuntura política de España, puesto que desde las movilizaciones contra la guerra de Irak al 2003 y el atentado del 11M no se dieron protestas masives. Estas protestas espontáneas organizadas a través de redes sociales, han supuesto una sacudida a toda la política del país, tanto para los partidos políticos como para las supuestas izquierdas revolucionarias.

La irrupción del 15M ha sido un soplo de aire fresco frente a la pasividad y la desmovilización generalizada en España, a 3 años de reventar la burbuja inmobiliaria y el comienzo de la crisis capitalista global. Desde 2003 hasta ese 15 de mayo del 2011 no han habido movilizaciones masivas y un cuestionamiento del Régim del ‘78 tan extendido: desde los principales partidos políticos, pasando por la monarquía, los cuerpos de seguridad, los recortes, hasta la pérdida de derechos sociales en general. Ningún movimiento revolucionario en aquel momento va a poder agitar tanto las calles como este movimiento ciudadano, ni ninguna organización revolucionaria fue capaz de capitalizar estas protestas. Al contrario, nos han pillado dentro de nuestros chiringuitos estéticos y de autoconsumo marginales haciendo proselitismo diciendo que es un movimiento puramente reformista.

El papel del anarquismo en este momento debió ser la traducción de las demandas del 15M en un programa para agitar y radicalizar las luchas, llevándolo a crear estructuras populares de contrapoder que apunten a un proyecto político socialista libertario. Aunque han habido anarquistas que han participado a las asambleas del 15M, no éramos una fuerza política con capacidad para tirar adelante ésto, y abandonamos el movimiento dejando vía libre a que el discurso pro-institucional ganase el terreno y acabe desactivando las calles llamando a votar a las candidaturas municipalistas. Hoy en día hemos visto que ha terminado en fracaso al no haber un contrapoder en las calles que les presione y controle.

A pesar de todo, el 15M ha inspirado cambios de perspectivas de una parte del mundo libertario y ha abierto debates clave que evidenciaba la necesidad de superar el autoconsumo, lo estético y las dinámicas informales, endogámicos y vivenciales, dando el salto hacia un anarquismo político capaz de influir en los acontecimientos de la sociedad siendo un actor político. No se puede entender el anarquismo social sin la influencia del 15M, puesto que tanto las tendencias más ortodoxas y desactualizadas (basadas en los mitos del ‘36 y la CNT del exilio) como el insurreccionalismo de los ‘90-’00 han fracasado, y parte de esta militancia e individualidades han pasado a una línea más de intervención social y pro-organización a nivel político. Hoy en día, el legado del 15M ha sido el impulso del movimiento por la vivienda principalmente, muchas experiencias de lucha de las personas que han ocupado las plazas y esta ampliación de cosmovisiones que han permitido interpretar el anarquismo como opción política capaz de producir cambios reales en la sociedad.

Reivindicar esta memoria como un acontecimiento popular de la historia contemporánea es clave para poder transmitir las experiencias, conocimientos y aprendizajes de esta etapa, defendiendo su autonomía como movimiento de mases que, aunque sea imperfecto, ha sido determinante para el desarrollo de los movimientos sociales en la actualidad. Ahora nos vemos ante nuevos ciclos políticos con escenarios complicados y una conflictividad social creciente a escala mundial, bajo la amenaza del cambio climático. Por ello es el momento de prepararnos. Para que no nos pillen desorganizadas y podamos ser capaces de activar y catalizar las luchas sociales hacia un proyecto político revolucionario en clave socialista libertario.

La heteronormatividad es un entorno hostil

«No te das cuenta de la importancia de un dedo hasta que te haces una herida en él»
Sabiduría popular moderna.

Hasta no hace poco, nunca me había planteado reflexionar más profundamente sobre mi sexualidad y cómo me he (o me han) construido socialmente en este ámbito. No es hasta ahora que me he planteado posicionarme con una parte que rechazaba y reprimía durante tantos años, guardándolo para mí y así centrar mis esfuerzos en otros ámbitos. La cita que abre este artículo es una parábola hacia mi experiencia. Creía irrelevante hasta que comenzaba a cuestionarme, documentarme y profundizar en cómo curar aquella herida que cada vez se abría más, ya que no era ajeno a mí sino que estaba dentro.

Una aproximación desde la experiencia

El contexto de mi pasado coincidirá seguramente con la gran mayoría de (si no todas) personas LGTBiQ+, donde se asumía que la heterosexualidad era lo normal y que todo lo que estuviese fuera de ella se consideraba patológico. Tener todo el ambiente en contra, en el cual escuchamos cada día «maricón», «nenaza» o «gay» como insultos y bromas vistas como lo más normal del mundo, así como babosear a las tías, pasar desnudos o ganar estatus hablando de ligar o tener novia, hacía que me sintiera solo. Solo no únicamente por la violencia testosterónica que podía llegar a desprender los grupos de tíos, sino que descubrieran que era un impostor entre ellos. Era tal esta hostilidad ambiental que al final la única forma de supervivencia era la mimetización. Hacerse pasar por un hetero más. Incapaz de encontrar apoyos, elegí la opción más fácil para que mi vida no termine siendo una lucha constante contra la familia y las amistades solamente por este tema, una pelea en las que tendría las de perder en esos momentos cuando las circunstancias de mi vida eran desfavorables. Entonces, la única garantía de estabilidad emocional era esconderlo y enterrarlo para centrarme en cuestiones más prioritarias. Esta mimetización se volvió en mi contra con el tiempo, ya que acabé asumiendo parte de la cultura heteronormativa y el machismo. Solo cuando las circunstancias de la vida mejoran y cuando ya ni la familia ni los entornos de amistades dejaron de tener poder sobre mi, cuando pude comenzar este proceso de reparación y deconstrucción. Encontrarme conmigo mismo implicaba, además de mis posicionamientos políticos, mi filosofía de vida, proyectos de futuro, etc, saber que ser marica es tan válido como cualquier otra orientación sexual.

Mi posicionamiento político

La heteronormatividad es este entorno hostil que impide la expresión de otras sexualidades e identidades de género. Construido en el mundo occidental y por las instituciones religiosas monoteístas como una norma social, asocia una serie de comportamientos, vestimentas, formas de ser y de actuar a una orientación sexual y a un género concreto dentro del binarismo hombre-mujer, teniendo como fin el de afianzar el modelo de familia nuclear heteropatriarcal, y en consecuencia, la reproducción de la fuerza de trabajo. El sistema capitalista necesita ese estándar. Por eso nos han patologizado, criminalizado y excluido. Todo lo que no encaje en esta heteronormatividad se queda fuera de la vida en sociedad. No interesamos porque no cumplimos con ese rol de reproducción de la fuerza de trabajo. Y solo si cumplimos dicho rol (gestación subrogada, matrimonio homosexual, no transgredir los cánones…) o somos un nicho de mercado, nos dejan existir. Combatir esta heteronormatividad pasa por construir un mundo donde no tengamos que luchar por ser nosotres mismes/por haber nacido así, ni dar explicaciones por no ser heteros, ni por saltarnos todos los convencionalismos y estándares heteronormativos. Porque tenemos una vida por delante y queremos que sea una que merezca la pena ser vivida, porque yo además creo en un proyecto político socialista libertario y pienso centrar mis esfuerzos en participar y contribuir a ello, sin tener que llevar la inseguridad encima de quién me va a juzgar, me miren diferente por ello o tenga que justificarme ante prejuicios.

No se trata de defender solamente unas orientaciones sexuales e identidades de género, sino que es una reivindicación tan básica como el derecho a existir y a una vida digna en la sociedad, poder desarrollar nuestras potencialidades en un entorno seguro y no tener que pelear de más porque exista una norma social que va en contra de una parte nuestra, y que por ello nos expongamos a esa violencia a todos los niveles: ambiental, psicológica y física. Queda aún mucha pedagogía que realizar y empoderamiento por nuestra parte, pero no por ello nos tendría que suponer dedicar la mayor parte de tiempo y esfuerzos en este ámbito. Por otro lado, sabemos que en espacios amplios las contradicciones se van a dar, y esa labor pedagógica se nos hará necesaria para ir construyendo espacios más inclusivos.

Finalmente, decir también que he podido expresar este posicionamiento gracias a que me independicé de la familia, haber encontrado complicidades, haber ganado seguridad en mí mismo al practicar artes marciales y de haber encontrado un entorno más afín. Muchas personas LGTBiQ+ aún no han tenido esa suerte. Es una llamada a que también puedan encontrar entornos seguros a pesar de estar rodeades de un entorno hostil, de heteronormatividad. Es una llamada sobre todo a las personas (sobre todo hombres) heteronormativas que ya militan en organizaciones políticas y sociales, y colectivos, al igual que los hombres con el tema de la masculinidad, cuestionen sus roles y hagan su trabajo/proceso de responsabilización/autocrítica/deconstrucción para que no tengamos que invertir más tiempo y esfuerzos de lo necesario en esta lucha, en otras palabras, que esas labores nos libere de carga de trabajo político en el ámbito del género. Porque también una buena parte somos clase trabajadora y desde lo libertario, no vemos posible la lucha contra la cisheteronormatividad y el patriarcado sin un discurso de clase, y viceversa. Hemos de entender que somos una clase obrera diversa. Queremos un entorno seguro al estar en la lucha de clases, en la lucha por la vivienda y los servicios públicos, por el medio ambiente, etc… y en mi caso, por un proyecto político socialista libertario. Sobre todo, para las personas que nos organizamos también a nivel político tener ese espacio nos es crucial. Porque nos interesa que en la lucha social y política se nos trate como a cualquier otre compañere más que pueda aportar todo su potencial sin tener que dar explicaciones a nadie, ni encontrarnos el mismo entorno hostil que en espacios fuera de la militancia.

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