Cuando vendes el país a los mercados

"Requiere menos esfuerzo intelectual el condenar que el pensar". —Emma Goldman

Nadie pensaría que unos humildes agricultores de arroz ganarían una guerra contra el imperio. Si bien la victoria es digna de ser celebrada, los crímenes contra la humanidad cometidos por los yankees es imperdonable. Pero esta vez no vengo a hablaros de la sangre derramada, sino otra vez sobre estrategia, concepto clave y básico para lograr los objetivos que nos propongamos.
Si habéis jugado a cualquier juego de estrategia, os deberían sonar el concepto de iniciativa. Llevar la iniciativa en el plano estratégico implica que un actor o varios son los que marcan el ritmo del juego del resto de fuerzas. En el plano político el concepto es similar. Cuando uno o varios actores políticos son capaces de influir en la agenda y opiniones públicas, desplazar el centro de los debates hacia sus propios discursos, y hacer que la oposición se mueva en tu terreno, diremos que los primeros llevan la iniciativa.
Lo contrario a la iniciativa es la inercia, que describe a aquellos actores que se mueven por los ritmos marcados en vez de llevar unos propios. En otras palabras, éstos permanecen latentes hasta que reciben un estímulo que los lleva a movilizarse. Gran parte del activismo en el plano estratégico son movimientos por inercia, ya que se dejan llevar por la coyuntura: si prolifera el turismo depredador en verano, se hacen campañas contra el turismo; si VOX convoca un acto en tal barrio se convoca una contramani allí o allá; si ha hecho un mes caluroso, hacer una campaña contra el cambio climático… No obstante, la inercia significa la existencia de una oposición y es importante tenerlo en cuenta ya que tiene el potencial de articularse más allá del mero activismo. Una tercera posibilidad que se plantea es la pasividad. La pasividad se describiría aquí como la ausencia de reacción y deja vía libre a cualquier cambio que se le presente.
Volviendo con los ejemplos concretos, la actual izquierda y el antifascismo es un actor totalmente reactivo, mientras que tras el 1O la ultraderecha está ganando la iniciativa en el plano político y mediático. Si bien es sabido que España tiene un Estado profundo franquista, el hecho de que los temas de debate en la opinión pública giren en torno a Vox así como su cobertura mediática, hace que estén en una posición de ventaja. Mientras tanto, la izquierda se encuentra a rebufo de los temas de debate y actos marcados por Vox (legalización de las armas, carpas de campaña, violencia de género, LGTBi…), con el contra y el anti por delante y corriendo a donde montan los actos.
Sin embargo, la relación cambia al hablar del movimiento feminista, que ha sabido poner su discurso y reivindicaciones en la agenda pública haciendo que la derecha se escandalice y comience a hacer mansplaining hablando de feminismo liberal, porque en temas de género se han visto superados por el momento y necesitan una respuesta. En este caso, podemos decir que el movimiento feminista ha llevado la iniciativa al obligarles a tenerlo en cuenta. En su día, Podemos también tuvo la iniciativa a nivel mediático al llevar la centralidad del debate y la opinión públicas hacia la izquierda, que lo acabaron perdiendo ya que fue prácticamente un cascarón vacío, es decir, no existía un respaldo en las calles que sostuvieran sus discursos.
¿De dónde viene la iniciativa y la estrategia? Estos conceptos cobran sentido cuando hay un proyecto político y un programa detrás que marca una serie de objetivos a lograr. Recordemos que la estrategia es la planificación de una serie de tácticas para alcanzar dichos objetivos, y para llevar la iniciativa es necesaria un buen análisis y plan estratégico. Este proyecto político aún por construir debe servir para afilar las puntas de lanza de los movimientos sociales, para que pasen de ser reactivos a tener capacidad para llevar la iniciativa. En otras palabras, ganaremos una posición más ventajosa cuando llevemos la iniciativa en todos los ámbitos sociales y políticos, y ellos reaccionen a cada movimiento que hagamos pasando a una posición defensiva.
Haciendo una mirada sobre cualquier proceso revolucionario, seguramente nos habremos preguntado más de una vez las causas por las cuales una gran masa de gente se moviliza para hacer la revolución. Miramos hacia Rojava, hacia las zapatistas, hacia las revueltas obreras del s. XX… Estudiamos sus contextos, sus condiciones materiales, los actores políticos y sociales, las organizaciones, etc, con el objetivo de servirnos de inspiración para iniciar un proceso revolucionario en Europa. Con ello, extraemos varias conclusiones, como la necesidad de organizarnos, de incidir en los movimientos sociales y al fin y al cabo, mejorar las condiciones materiales de la clase trabajadora y el pueblo. Si bien estas conclusiones a la hora de crear un proyecto político son acertadas, solo estamos viendo la parte material y racional de la política, pasando por alto un elemento importantísimo para construir nuestro proyecto: la parte irracional de la política, que son todos aquellos factores en los cuales lo emocional del ser humano es determinante a la hora de construir una opinión política, ya que el ser humano sigue siendo un ser emocional.
Comienzo esta serie tratando de abrir un importante debate entre la izquierda revolucionaria y en concreto, del anarquismo, para tratar unas cuestiones claves a entender el por qué la moralina y el tener razón solo sirve para un grupo muy reducido de personas. Para convencer, también se convence con las emociones. y ello implica comprender en qué consiste el relato, el imaginario colectivo, la identidad, el sentimiento de pertenencia a una comunidad y los elementos aglutinadores. En la II parte, trataré el racionalismo y la moral liberal y católica, que va ligada al individualismo y el sentimiento de culpa, finalizando con una 3ª parte más planteando unos retos para el contexto actual y poder trabajar sobre un terreno que está explotando la ultraderecha. La creciente amenaza del fascismo viene dado por sus relatos sobre las identidades utilizando como arma arrojadiza la inmigración, la vuelta al nacionalismo cuestionando la globalización, e incluso un falso discurso de clase y recurriendo al populismo.
Los seres humanos, aun poseyendo la capacidad de raciocinio, la parte instintiva y emocional sigue pesando mucho e influyendo en nuestras decisiones racionales. Esto puede explicar en parte la disonancia cognitiva y las actitudes conservadoras. Cuando nos encontramos ante una serie de pensamientos e ideas nuevas que no se ajustan a nuestras creencias, la primera reacción es de rechazo y afirmación de nuestras propias creencias: nos agarramos a lo que ya conocemos y tememos romper la coherencia de dichas creencias porque nos sentimos cómodas así. Así es cómo el refrán «más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer» acierta en la gran mayoría de los casos, donde lo emocional pesa más que lo racional.
No obstante, no tenemos que olvidar que somos seres sociales, y por tanto, no existen los individuos hechos a sí mismos, sino que se construyen socialmente. Aquí es donde intervienen una serie de vínculos emocionales con el entorno en el cual todo ser humano busca un encaje: sentirse reconocido y amparado en el entorno donde se encuentra. Estos factores que no son expresamente materiales son muy importantes a tener en cuenta en nuestros análisis, proyectos políticos y planteamientos estratégicos. Estos elementos irracionales son los siguientes:
Sentimiento de pertenencia a una comunidad. Sentirse dentro de una comunidad, ya sea familiar, del barrio, de una orden religiosa o espiritual, de la tierra, de algún movimiento social, etc, es el vínculo base que forjamos con nuestro entorno cercano. Es el vínculo creado a partir de intereses compartidos. Nos da la tranquilidad de saber que no estamos solas, que tenemos complicidades y así tener un entorno favorable para la sociabilización, donde sentimos que somos parte de ella, podemos encontrar apoyo y nos podemos desenvolver. Hablamos de arraigo cuando estos vínculos se hacen fuertes y el individuo consigue asentarse. Uno de los mayores temores a nivel emocional de la mayoría de seres humanos es el desarraigo, que ocurre cuando es rechazado, excluido o expulsado de la comunidad.
El orgullo de barrio, el vínculo con la tierra y las comunidades migrantes por ejemplo, entran dentro de esta clasificación.
Elementos aglutinadores. Son aquellos elementos que apelan a las masas, en las cuales un gran número de personas se puede sentir interpelada e identificada. También constituyen un campo de disputa política e ideológica por sus características en relación con la sociedad. Dichos elementos son:
– La nación, la patria, y/o el país: normalmente solemos confundir estos elementos con un Estado, pero no estamos hablando de banderas ni del Estado-nación en este caso, sino que son el conjunto de características culturales (lengua, tradiciones, costumbres…), políticas, sociales e históricas en común de una sociedad en un determinado territorio. Estos conceptos son clave para entender las luchas actuales de los últimos 40 años hasta hoy, puesto que este en este siglo las luchas de liberación nacional están siendo de caracter popular y masivas, como es el movimiento de liberación kurdo y las luchas indígenas latinoamericanas, sin dejar atrás al Rif y otras luchas decoloniales.
– El fútbol y el deporte de élite: el fútbol realmente mueve masas alrededor del mundo. Es capaz de llenar bares, estadios y las mismas calles, crea hinchadas radicales tanto de derechas como de izquierdas y en donde se transmite la ideología hegemónica. Los Bukaneros o el Frente Atlético son ejemplos de hinchadas de izquierdas y de derechas, respectivamente. La clave de este elemento es la gran atención mediática que hay sobre los equipos de fútbol y los jugadores, donde también existe una gran censura hacia expresiones políticas que no encajan con el statu quo hegemónico. La vinculación entre fútbol y política es innegable, lo que lo convierte también en terreno de disputa.
– La religión y la espiritualidad: la muerte, el destino, la suerte y lo desconocido por el ser humano, genera temores que necesitan rellenarse con alguna explicación sobrenatural, un camino espiritual para conocerse a sí mismos y los orígenes, o una seguridad y tranquilidad que el mundo terrenal no puede ofrecer. Y no solo eso, todas las religiones tienen sus dogmas, sus valores, códigos de conducta y costumbres que influyen mucho en las culturas humanas. El peso que tienen actualmente las religiones vienen de siglos atrás de expansión, conquista e institucionalización -acceso a cuotas de poder y privilegios entrando en el Estado-. Como en el fútbol, la política y la religión también están ligadas no solo en la imagen de los Estados teocráticos de Oriente Próximo, sino también en las comunidades religiosas populares con unos valores más comunitarios.
– La clase social: este elemento tuvo su edad dorada en durante la época del movimiento obrero y las revoluciones obreras, donde estaba claramente diferenciada una clase de otra por sus condiciones materiales. Actualmente, la imagen de la clase media junto con la destrucción de las comunidades e imaginarios colectivos populares en el mundo occidental, ha barrido toda conciencia de clase al usar como base la capacidad de consumo y los ingresos. No obstante, las clases sociales se determinan por su relación con los medios de producción, y que lo que caracterizaba a la clase obrera es que son todas aquellas personas desposeídas que solo tienen sus manos y su cabeza para ganarse el pan de cada día, y ser la clase social que pone en marcha el mundo.
Relato y marco teórico. El relato es el contenido político e ideológico de los elementos aglutinadores, es lo que explica desde diferentes marcos teóricos la realidad material, y trata de vincularlos con dichos elementos más abstractos y que tienen que ver más con lo emocional. El marco teórico es la teoría política sobre la cual se construyen los distintos relatos que dan una explicación de la realidad material según los intereses políticos que las diversas fuerzas políticas tratan de disputarse la hegemonía. A partir de los relatos se crean diversos imaginarios colectivos que describiré a continuación. Un ejemplo de relato es el actual Régimen del ’78, construido a partir de la cultura de la Transición donde se crea la imagen de la llegada de la democracia a España y el desarrollo de su economía.
Identidad e imaginario colectivo. La identidad es un constructo en el que una persona es dentro de la comunidad y en la sociedad en base a sus orígenes, posicionamientos políticos, creencias, a la comunidad a la que pertenece y a los elementos aglutinadores en donde se sienta interpelado (el país, el equipo de fútbol, la fe y clase social). El imaginario colectivo es el conjunto interrelacionado de todos los anteriores elementos descritos que configuran una perspectiva global y compartida en la sociedad sobre la realidad material. Existen más de un imaginario colectivo, y de ello depende el relato que hay detrás de ello. Por ejemplo, el imaginario colectivo de España se percibe, siguiendo con el relato de la cultura de la Transición, como una democracia, una nación indivisible, con sus características culturales típicas: toros, fiesta, sol, playa…, etc. Pero también existe otro imaginario sobre España como cárcel de pueblos, heredera del franquismo, país de corruptos, etc.
Todos estos elementos irracionales no están en el aire, sino que se asientan sobre una base material como la estructura de las clases sociales, el Estado y el territorio. La importancia clave de tener análisis de lo irracional en la política radica en conocer la parte sumergida del iceberg que es la que realmente nos da el potencial de construir un movimiento revolucionario masivo. De hecho, si volvemos a analizar los movimientos revolucionarios a lo largo de la historia observaremos que todos ellos se han construido en base, primero a una comunidad en lucha, y luego a un imaginario colectivo, unos elementos aglutinadores (la nación en los movimientos de liberación nacional, la clase social como los movimientos obreros, o a la vez) junto con un relato y marco teórico revolucionarios, y una nueva identidad (el o la militante kurdo, el «nuevo hombre» que hablaba el Che Gevara, …). Esto quiere decir que es insuficiente con presentar un proyecto político que aspire al socialismo libertario en clave materialista, también es necesario construir nuevos imaginarios colectivos, recuperar las comunidades e identidades destruidas en Europa, un nuevo relato y marco teórico, y disputar la hegemonía en los elementos aglutinadores. Por eso, no basta con tener la razón o la fuerza, también hay que ganar en el campo irracional.
La cuestión de la diversidad ha dado mucho que hablar en estos últimos meses, sobre todo a raíz del libro «La trampa de la diversidad» del Bernabé. No obstante, no quiero hablar de su libro aquí, sino más bien transmitir unas reflexiones acerca del melón que ha abierto sobre el tema, el cual pienso que es importante comenzar a sacar unas conclusiones, no finales, pero sí necesarios para perfilar un relato que baje de la academia a las calles. Hablar de diversidad implica reconocer que somos diferentes: orígenes familiares y territoriales; género, sexualidad y orientación sexual, pertenencia de clase, edad, confesión religiosa o espiritual… que compartimos espacios en común, y por tanto, vivencias y condiciones materiales comunes. No obstante, lejos de ser reconocidas y respetadas, todo aquello que se salga de la norma es motivo de discriminación que puede derivar en una opresión. Aquí ya tenemos un punto de partida.
Un gran problema a la hora de hablar de diversidad es no tener en cuenta las condiciones materiales en que nos encontramos actualmente, ya que sin ello, no tendremos una base sólida que nos sirva como referencias e ideas base, y al final, quedaría en un discurso estrictamente moral, con tecnicismos propios de la academia y en el peor de los casos, acaba siendo criterios para definir perfiles de consumidores. Antes de continuar aclaro que la neutralidad es simplemente la ideología dominante, y por tanto, no pretendo que estas reflexiones partan de la neutralidad, sino claramente desde una posición materialista y de clase. Esto nos lleva a la pregunta del millón: ¿La clase lo es todo? Sí y no. Sí porque es la base de donde partimos, esto no quiere decir que toda cuestión de clase sea proritaria sobre otras cuestiones como la de género o raza y no porque, además de la clase, existen otras opresiones vinculadas a ella que refuerzan la explotación de clases. No nos creemos, por tanto, que erradicando solo la diferencia de clases mágicamente desaparecerían las otras opresiones. Volveremos sobre ello más adelante.
Cuando hablamos de ideología liberal en estos temas nos referimos a la falta de un análisis materialista que nos permita mantener un posicionamiento claro y evitar caer en abstracciones, simbolismos, el individualismo y la competencia. Sin una base materialista, nos perdemos en debates sobre problemas más simbólicos como los baños unisex, las casi infinitas identidades de género no binarias, si tal look es apropiación cultural o no, etc, en los cuales, la mayor parte de la población no se siente interpelada, dejando así de lado los problemas materiales de mayor impacto como el acoso callejero, la discriminación hacia personas LGTBi, la falta de guarderías, la explotación laboral de las temporeras de la fresa, la persecución de manteros, etc. Si bien una cosa no quita la otra, el darle más importancia a temas simbólicos en vez de materiales nos aleja de las luchas sociales y de los problemas reales que tienen las personas de clase trabajadora que puedan ser migrantes, y/o de la comunidad LGTBi. Otra importante consecuencia es la atomización y división en parcelas de las diferentes opresiones, individualizando cada vez más las luchas al centrarlas en lo particular y en los casos personales, en vez de buscar puntos comunes y trabajar a nivel colectivo, dando como consecuencia la creación de una especie de competencia tipo a ver quién tiene más opresiones.
Podríamos mencionar un caso paradigmático de cómo la «nueva política» en materia de diversidad no va más allá de izar banderas LGTBi en los ayuntamientos y colgar una pancarta de «Refugees Welcome» pero no se destina recursos en favor de la comunidad LGTBi (educación sexual, sanciones a escuelas concertadas, etc) ni para las personas refugiadas; o que en una universidad pongan baños unisex pero no muevan un dedo para fomentar espacios seguros. Así, mientras las izquierdas se pierden en simbolismos y no salen de las universidades, la derecha va ganando barrios obreros a base de apelar a los valores tradicionales y utilizando un discurso populista aparentemente de clase propio de la izquierda.
La falta de una perspectiva de clase hace que dichas luchas acaben siendo absorbidas por el sistema, como ya hemos visto en casos como el capitalismo gay, donde las empresas han creado un mercado enfocado a la comunidad gay con ofertas de viajes, moda, locales de ocio, etc… y que el día del Orgullo «oficial» sea patrocinado por empresas; el pinkwashing del cual hace gala Israel al apoyar al movimiento LGTBi o la campaña de la marca de tabaco Lucky Strike en los años ’20 en EEUU presentando a la mujer fumadora como ejemplo de empoderamiento. No se libra tampoco el veganismo cuando McDonald’s comienza a ofrecer menús veganos o en el Mercadona comienzan a vender productos veganos, sin mencionar tampoco aquellos restaurantes vegetarianos que no respetan los derechos de los y las trabajadoras.
En la huelga minera en UK en los años 84-85, unos activistas por los derechos de las personas LGTB crearon el colectivo Lesbians and Gays Support the Miners con el fin de recaudar fondos para apoyar la huelga minera. Tuvieron dificultades y al principio sufrieron cierto rechazo, pero su perseverancia acabó por ganarse la simpatía de los huelguistas. Este acontecimiento histórico se puede ver en la película Pride y es un ejemplo de cómo han conseguido forjar una importante alianza entre estas dos comunidades en lucha en las cuales ambas partes salieron ganando fuerza. Sin ir demasiado lejos, el movimiento de liberación de la mujer dentro del movimiento de liberación kurdo o la reciente huelga del 8M en donde los colectivos feministas trabajaron conjuntamente con sindicatos CNT y CGT que ayudaron a legalizarla, difundirla y defenderla. Estos ejemplos ilustran la necesidad y el acierto que supone buscar puntos en común en vez de dividir. De hecho, todo movimiento revolucionario debe aspirar a integrar la diversidad dentro de la lucha de clases, así como darle un enfoque de clase a la diversidad.
Es imprescindible que al hablar de transversalidad e interseccionalidad, hablemos de tender puentes y entendernos entre las diferentes luchas, que tienen más en común de lo que se ve a priori. Por lo tanto, debe de haber una relación de reciprocidad, solidaridad e intercambio de experiencias para crecer juntos y juntas en las luchas sociales. Esto significa reconocernos como una clase social diversa, que además de padecer la misma opresión de clase, sufrimos también la del heteropatriarcado y del racismo. Por lo tanto, la lucha de clases está incompleta si no tiene una perspectiva feminista ni antirracista. Asimismo, hemos de introducir una perspectiva de clase tanto al feminismo como al antirracismo. Es cierto que existen varios feminismos, pero lo que nos debería interesar son los feminismos de clase, ya que el liberal solo favorece a aquellas que quieren ascender en la escalera social y a ocupar cargos en la política institucional. Similarmente ocurriría con el antirracismo de corte liberal. La necesidad de tener una perspectiva de clase en el antirracismo radica en que el racismo generalmente está más vinculado a las clases sociales y los status de las personas, ya que se da mayoritariamente hacia las personas pobres. Por esa razón, mientras se persigue a la inmigración y lo señalan como culpables de la delincuencia, la falta de trabajo, el derroche de ayudas sociales hacia ellos; se exportan armas a Arabia Saudí, se dan concesiones a los jeques que nos ponen mezquitas wahabbitas en suelo europeo y se les compra petróleo.
La interseccionalidad debe servir para superar la imagen de una lucha de clases hecha por el hombre blanco heteronormativo y evitar que se reproduzcan el patriarcado, el racismo y otras opresiones del actual sistema dentro de nuestras filas. Porque lo que realmente divide la lucha de clases es el obviar que la clase trabajadora es diversa, debilitando así tanto a los movimientos sociales como nuestros colectivos y organizaciones. Busquemos en la interseccionalidad reforzar nuestras luchas abriendo las puertas a todos aquellos colectivos sociales que, a parte de padecer la opresión de clases, sufren otras opresiones como la de género, orientación sexual, etnia, etc., pues juntas seremos más fuertes.
Hemos conocido ya, leyendo los clásicos, las tres principales corrientes del anarquismo según su modelo económico: individualista/mutualista, colectivista y comunista, que de ello derivan los debates en torno a los modelos organizativos del anarquismo, en los que destaco: informal/rechazo a la organización, de masas (anarcosindicalismo) y a dos niveles específica/plataformismo (que incluye la organización de masas con relación directa con la específica), que tiene relación directa con las tres actuales grandes corrientes: nihilismo/insurreccionalismo, anarcosindicalismo y anarquismo social. Pero faltaría por definir su relación con la realidad material, es decir, en su nivel de inserción social e influencia en las luchas sociales que tiene también relación con el punto anterior.
Antes de continuar, querría matizar que, seguramente, en más de una ocasión habremos oído la coletilla de que hay tantos anarquismos como anarquistas, pero ¿no nos hemos parado a pensar en preguntárnoslo si es cierto o no? Realmente, cada vez tengo más certeza de que la afirmación cabe en las sociedades hiperindividualizadas como las actuales de los países occidentales, donde cada cual busca validar su propio anarquismo en el microcosmos libertarios. Es lo equivalente a las opiniones que cada opinólogo busca validársela dentro del cosmos de las opiniones y sus respectivos culos. La búsqueda de las diferencias en vez de los puntos en común, del concepto del individuo soberano y no como parte de un colectivo soberano, así como de la identidad individual frente a la colectiva…, son síntomas de un problema endémico donde el individualismo ha permeado en las capas más profundas de las sociedades capitalistas occidentales.
No obstante, las opiniones personales no son hechas a sí mismas e independientes del espacio-tiempo, sino que encajan dentro de un marco común que los caracteriza si son conservadores, prejuiciosos/tópicos, de izquierdas, de derechas, falacias, machistas, faministas, clasistas, etc. Asimismo, los conceptos sobre el anarquismo que construya cada cual encajará dentro de una de las principales corrientes mencionadas al principio. Es por eso que, efectivamente, no hay infinitos anarquismos, sino que según su relación, conexión y enfoque sobre la realidad material, adquirirán unas u otras características. Partiendo de estos criterios, establezco tres grandes grupos:
Nestor Makhno en sus memorias criticó a los anarquistas rusos de quedarse en sus ateneos discutiendo sobre la moralidad de la revolución, mientras los bolcheviques habían tomado el Palacio de Invierno. Piotr Arshinov tampoco se quedó atrás en su crítica hacia ese anarquismo ruso que no se organizó. En su libro Historia del movimiento Makhnovista escribió que cuando Makhno formó su Ejército Negro para defender la revolución, en vez de recibir el apoyo de los anarquistas rusos, recibió críticas y alentó discusiones alrededor de la disciplina y la estructura militar. Ese anarquismo que criticaron los makhnovistas sigue siendo de actualidad, pues es un anarquismo que no sale de la academia ni de las cuatro paredes del ateneo. Su relación con la realidad material es puramente teórica y solo está en los libros y debates de salón, y no tiene más objetivo que alimentar complejos debates de academia sobre la filosofía, con nula o casi nula conexión con la coyuntura actual.
El reflejo que tenemos hoy del anarquismo filosófico lo encontramos en ciertos grupos tanto de las redes sociales como de ciertos ateneos, donde los cuatro gatos con mayor disponibilidad de tiempo se reúnen a debatir sobre cualquier tema por el mero hecho de filosofar.
De nuevo, encuentro en la descripción de Murray Bookchin un paralelismo con las críticas del makhnovismo en su época. Este concepto fue definido por él como un anarquismo que no actúa sobre la problemática real de la clase trabajadora en la actual coyuntura, sino que consiste en una suerte de anarquismo que no hace política de cara a la comunidad local donde residen. En otras palabras, no participa en los movimientos locales tanto si es a nivel individual o desde algún colectivo. Esta suerte de anarquismo solo hace política para el mismo grupo cerrado de amistad con unos mismos códigos de conducta, lenguaje y pensamiento. Ni siquiera diría que hiciesen política, sino que se dedican a practicar el anarquismo en el ya dentro de su reducido espacio de amistad, independientemente de su relación con la problemática de la clase trabajadora. Aquí se les reconoce como el ghetto anarco para el contexto del Estado español, ya que incluimos el anarquismo ortodoxo y nostálgico del ’36 y el anarquismo purista e identitario, que claramente se diferencia del ghetto en EEUU en que se enmarca la crítica de Bookchin.
Continuando con Nestor Makhno y Bookchin, las críticas que han escrito no fueron de ninguna manera destructivas. Detrás de ellas existió y existe una propuesta con mucho potencial. Tanto la plataforma de Makhno como el municipalismo libertario y el anarquismo social de Bookchin, son un gran aporte a un anarquismo que no es considerado una filosofía o un estilo de vida, sino un proyecto político revolucionario y modelo de sociedad que aspire a superar el actual sistema capitalista. He aquí el por qué hablo del anarquismo materialista. A diferencia de los anteriores, el anarquismo materialista se caracteriza por la participación directa en las luchas sociales (por ejemplo, el anarcosindicalismo en el ámbito laboral, el «anarquismo a pie de calle» de la FAGC, las luchas en defensa del territorio…), además de trabajar por la construcción de un proyecto político que dé respuestas y hojas de ruta a las luchas sociales en todos sus ámbitos.
Veremos notablemente que está estrechamente relacionado con el modelo de la organización dual: la organización de masas y la organización política. Precisamente, el anarquismo materialista se caracteriza también por el nivel político, que es clave para su desarrollo y crecimiento como fuerza política en los tiempos que vivimos.
No obstante, estos tres grupos no son clasificaciones aisladas entre sí, sino que tienen ciertas conexiones. Por ejemplo, ¿dónde clasificaríamos un proyecto de okupación rural como Fraguas, donde unos jóvenes se vuelcan en recuperar la vida de un pueblo abandonado, en el cual, está visibilizando la situación del abandono de pueblos que vivimos en territorio español? ¿Dónde entrarían los proyectos de cooperativas integrales? Sobre estos temas los he tratado en otro artículo diferenciando entre lo que son sociedades paralelas y el poder popular. Aun así, dependiendo de las finalidades que tengan, los podríamos clasificar dentro del anarquismo de estilo de vida o del anarquismo materialista.
Con estas reflexiones pretendo aclarar unas cuestiones que considero claves, tales como ir superando el problema del individualismo de la diferencia y la división hasta el infinito, de los personalismos con base en dicho individualismo, y que cada concepción del anarquismo no es una construcción individual, sino que tendrá unas bases comunes que encajará mejor en uno de los tres grupos mencionados. Pretendo que de allí surjan nuevas dinámicas basadas en lo colectivo, en lo común y sobre la realidad material en que vivimos. Claramente soy partidario de un anarquismo materialista, por la simple razón de que considero que es la vía más acertada para producir cambios en la coyuntura que vivimos. Necesitamos un anarquismo organizado, con vocación ganadora pero humilde, con visión estratégica y criterios de análisis materialistas, amplitud de miras e inserto en las luchas sociales, capaz de generar discurso, proyectos políticos y de influir positivamente en los movimientos sociales en clave de avance cuantitativo y cualitativo.