Pasar la página del 15-M: romper con la esperanza

En gran medida, los intentos de análisis políticos que hacemos aquí desde hace casi ocho años giran en torno al 15-M. Por muy necesario y revitalizador que fuera, sin embargo, el 15-M no fue tanto un conjunto de logros o un único logro como un encuentro colectivo que nos ayudó a salir de la soledad y ponernos a intentar logros más reales, no de los que tienen lugar en nuestro estado de ánimo, sino en esas relaciones sociales (de clase, género, etc.) que queremos transformar.

El problema de los posibles logros no es que no los alcanzara la acampada en Sol ni las asambleas en los barrios -de las que, al menos en la ciudad Madrid, creo que sólo queda una-; ni siquiera que no los alcanzaran aquellas movilizaciones que nacieron en parte gracias a esa revitalización (mareas, marchas de la dignidad, huelgas generales) ni las organizaciones de clase (sindicatos, PAH, FAGC, bancos de alimentos, sindicatos de barrio, sindicatos de inquilinas). El mayor problema es la sensación de que la falta de logros se debe a la falta de interés de la inmensa mayoría de nuestras vecinas.

Por irritante que sea el concepto de «mayoría silenciosa» y las intenciones con que se usa, datos como los que muestran los estudios sociológicos sobre participación en huelgas, movilizaciones en general o comportamiento electoral de las personas de clase trabajadora en la región española nos dan la misma imagen que la observación particular a pie de calle: salvo honrosas excepciones, se puede decir que en conjunto la clase trabajadora no está interesada en sus derechos. No es que no les importen grandes ideales, quizá un tanto abstractos, de justicia o seguridad, es que no les interesa siquiera su propia seguridad, la propia justicia que pudiera hacerse a ellas.
Si esto de por sí es desesperante, lo es más cuando se las compara con las estadísticas de interés por escuchar música (85,5%) o ver la televisión (95,5%) partidos de fútbol (76-77%), pornografía (no conocemos datos tan concretos, pero ojead esto y esto) o series (el 85% de las encuestadas las ven y la mitad de ellas dicen que es algo importante en sus vidas).
Los únicos intereses que generan cierto consenso tienen que ver con escuchar o ver hacer cosas a otras, no con hacerlas. Los únicos vínculos que se valoran son los de pareja, amistad y familia, pero ni siquiera estos generan ningún compromiso, ¿cuántas personas se han sindicado o unido a una asamblea de vivienda, banco de alimentos, etc. como resultado de la incorporación de un familiar, amiga o pareja?

La hipótesis de Podemos, al igual que de Guanyem BCN/Barcelona en Comú y de Ahora Madrid, era que, aunque la derecha no fuera a ninguna parte y la izquierda causara miedo y, sobre todo, desconfianza, se podía crear un centro político para la clase trabajadora y la clase media.
Por poco que a algunas nos gustara la hipótesis en aquel momento, podría haber estado bien encaminada y, en ese momento, probablemente lo estaba. Podría haber habido una mayoría dispuesta al menos a favorecer con su voto un cambio político en ese sentido centrista. Ni los resultados electorales ni ninguna otra variable hacen pensar eso. La mayor parte de la clase trabajadora tiene más miedo a cualquier tipo de cambio, requiera o no esfuerzo, que al actual estado de cosas.
Nada permite suponer que exista una mayoría favorable a ningún tipo o grado de cambio político que pueda requerir algún apoyo activo o esfuerzo, por más que muchas posibilidades puedan gozar de aceptación pasiva.
Esta parece ser la realidad. Ni como personas ni como clase podemos permitirnos desesperar, pero tampoco entenderíamos que se quisiera cambiar la realidad sin aceptarla tal como es. Ciertas candidaturas políticas nos pueden pedir sonrisas, ilusión, esperanza, pero lo que necesitamos son motivos para sonreír, para tener ilusión y esperanza.
Savielly Tartakower, uno de los grandes ajedrecistas de la primera mitad del siglo XX, dijo una vez:

Táctica es saber qué hacer cuando hay algo que hacer. Estrategia es saber qué hacer cuando no hay nada que hacer.

No es la hora de rendirse, esa hora ni siquiera existe. Tampoco es tiempo de seguir dejando hipotecarnos al maldito fatalismo, sea optimista o pesimista (las dos caras de la moneda fatalista), poco importa. Es tiempo de dejar de estirar la ilusión pasada y, contra casi todo, alcanzar logros. La esperanza es el opio del pueblo, es la hora de la estrategia.

Los que se van, los que no se van y los que aún no están

En el fondo, a mí lo que me gustaría es dar un paseo por el campo y ver las flores, los pájaros, los bichitos y demás. Lo sé, esto es una web de comunicación social libertaria y yo soy un cursi y un soso, pero eso no es lo que más me preocupa.
Resulta que no sólo no puedo ir a dar ese paseo porque tengo preocupaciones como las vuestras, las personales (buscar trabajo, mantener la casa en condiciones, etc.) y las colectivas (desahucios que parar, campañas de denuncia que apoyar, …), sino que, para colmo, también toca tirarnos unos cuantos trastos a la cabeza, en el mundillo anarquista, y creo que eso no nos ayuda a ver las cosas más claras.

Vamo’ a calmarno’.

En esta nuestra web se publicó un artículo de Arturo M. sobre el tema de las compañeras que van a candidaturas electorales que está suscitando reacciones varias e intensas.
Como lector de ese artículo, me pareció un intento de entender esa «fuga de cerebros» y no una justificación, no por falta de escepticismo hacia este mundillo anarquista, sino por el debido escepticismo hacia la vía institucional. Por suerte o por desgracia, las ocasiones que he tenido de conocer personalmente a cualquiera de estos candidatos han sido pocas, pero me han reafirmado en una costumbre: no suponer malas intenciones, ni siquiera grandes egos, por parte de nadie. Ese tipo de análisis, sobre «afán de poder», «traición» y demás es innecesario en general (ya nos avisó un dicho popular de que «el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones») y en este caso sería simplemente deshonesto por mi parte. Sospecho, incluso, que parte de la decepción en estos casos tiene que ver con la simpatía sentida antes por el compañero que nos «abandona», pero esto ya es especular intuitivamente y no creo que se pueda hablar de «complejo de Electra», como decían las compas de la FAGC: la relación puede ser afectuosa, pero sin paternidad… Queda para otro día hablar de eso, de cómo nos empeñamos en matar (simbólicamente, ¿eh?) a madres y padres (sigo en lo simbólico) salvo que ya vengan muertas de serie -Duurruti, Kropotkin, Goldman, etc.-, en cuyo caso sí asumiremos el vínculo y disputaremos si nos daría la razón a unas o a otras.
Volviendo al lío, que no vayamos a fustigar a un ¿ex?compañero tampoco quiere decir que tengamos que fustigarnos nosotras, como bien apuntaban en Twitter las grancanarias. Si el problema, como decía Arturo, es que nos falta un proyecto político con perspectivas de futuro tanto en lo colectivo como en lo personal, y ello en parte porque lo uno es a menudo a costa de lo otro y no asociado a ello, no es menos cierto lo que apuntaban desde el Ateneu Llibertari del Cabanyal: esa falta de perspectivas suele quemar a la gente para salir fuera, no arriba. Suele hacer que la gente salga de su colectivo u organización y se repliegue a su vida personal, su círculo afectivo, pero no que se incorpore a listas electorales que pueden llevarles más fácilmente donde ya sabemos (justificación del Poder, enfrentamiento con compañeras de clase, contradicciones, etc.) que a cambiar nada.

Volviendo a lo que me gustó, creo que el texto también nos invitaba a un balance de la capacidad de presión de los movimientos sociales de que formamos parte. El paso del anarquismo -o más a menudo, del anarcosindicalismo- a la política institucional ha estado siempre vinculado a coyunturas en que se veían nuevas oportunidades que podían durar poco (el Grupo Sindicalista Parlamentario en las municipales de 1917, la participación de anarcosindicalistas en la creación del PCE y otros partidos de la KomIntern, tras la revolución rusa, el Partido Sindicalista de Pestaña y demás en 1934, el apoyo de Askatasuna a HB en 1979, etc.) y ofrecer resultados relativamente fáciles en poco tiempo.
Algunos casos, sin embargo, tienen mucho que ver con temas de macropolítica que a las anarquistas -acostumbradas a la política de colectivo, de barrio, acaso municipal- nos quedan grandes. No a nivel teórico -claro que tenemos ideas al respecto-, sino en nuestra capacidad de incidencia práctica. No se trata de hacer de abogado del Diablo, pero sí de entender por qué ha pasado y volverá a pasar. Sucedió con quienes defendieron el frentepopulismo a partir de julio de 1936 y sucede con quienes toman ahora el green new deal como gran objetivo a corto plazo contra el cambio climático y el empobrecimiento de masas.

Sucede incluso con quienes participaron en los diferentes ejercicios de gimnasia revolucionaria entre 1924 y 1934, sin embargo, no se percibe así. Aparentemente, el poder conseguido por las armas incomoda menos a algunas compañeras que un sillón en un parlamento o ayuntamiento. El poder de una pistola no tiene por qué ser tan tramposo como el de la papeleta, pero controlar de facto calles y barrios, decidir sobre la vida y la muerte, la integridad física, la libertad y la seguridad de otras personas es poder y plantea problemas que las revolucionarias de 1936-1939 conocieron bien. Parece, sin embargo, que el romanticismo que tanto nos gusta, la épica del enfrentamiento absoluto, dice que la pistola es más anarquista que el voto.

Como te digo una co, te digo la o.

Es verdad, como dicen los climático-posibilistas, que, si seguimos acumulando fuerzas de cara a tener un movimiento asambleario capaz de imponer mediante la acción directa medidas contra el cambio climático, nos arriesgamos a que esas medidas nunca se impongan  y, aun en el caso de tener éxito, veremos cuánto empeora el propio cambio climático mientras construimos ese movimiento y cómo, consecuentemente, tendremos que intentar subir desde los objetivos mínimos hacia los máximos para recuperar el tiempo transcurrido entre medias.
No es menos cierto lo que dice, por el contrario, el sector ambicioso de que cualquier posibilidad electoral es remota por estar sujeta a la carrera de obstáculos institucional: respaldo mayoritario, negociaciones con otros partidos, presiones de empresas y de otros ámbitos institucionales, persistencia de las propias electas tras toda esta carrera de obstáculos, etc.
Entonces ¿vale la pena que alguna compañera intente esa vía institucional de sonrisas, magdalenas y tecnocracia? Probablemente, no, pero ¿podemos convencerles para que cambien de opinión? Parece que la respuesta sigue siendo «no».

En todo esto hay otra cosa que me llama la atención y es que la crítica más dura venga del insurreccionalismo, no porque ese posicionamiento no fuera previsible sino porque no lo veo consecuente. Si ha habido en el anarquismo una tendencia similar a la electoralista, esa es la insurreccional, al fin y al cabo, ambas se basan en obviar la falta de condiciones pretendiendo compensarla con resultados rápidos logrados a base de audacia. Pese a que esté de acuerdo con parte de esa crítica, no deja de chirriarme la contundencia de las impacientes insurreccionalistas contra las impacientes posibilistas.

Movimiento anar¿qué?

Esto me lleva al último (lo prometo) punto. Hemos hablado de los que se nos van «arriba» a partidos y listas electorales, también mencionaban las compas de la FAGC a quienes se van a un lado, a comunas rurales, pero ¿qué pasa con quienes parece que no se van a ninguna parte, de tan poco como se mueven? Repito: no necesitamos fustigarnos, pero sí decir claramente qué queremos hacer y qué no.
He hablado de «mundillo anarquista» y no de «movimiento anarquista» porque no veo que esto último exista. La afinidad existe, pero un movimiento, cabe suponer, se caracteriza por moverse, aunque lo haga despacio, tropiece, dé tumbos, aunque se vea obligado a corregir el rumbo a veces.

Una compañera de la PAH preguntaba a este compañero pasado al errejonismo por qué no, en su lugar, había puesto su inteligencia al servicio de la PAH. ¿Por qué pensamos en un supuesto «movimiento anarquista» unido por las referencias intelectuales y no en un movimiento de clase, unido por sus prácticas y organizaciones? Un compañero que se va con Manuela Carmena es una pérdida, pero ¿no hay pérdida en el tiempo que hemos dedicado -y algunas aún dedican- a esa memoria insurreccional sin conocer lo más básico del Estatuto de los trabajadores, a hablar de disturbios con poco recorrido político en lugar de formarnos para ejercer y defender nuestros derechos en nuestra cochina y gris realidad, a atacar iglesias como si aún estuviéramos en el siglo XIX mientras nuestras vecinas comulgan en Codere, en Netflix, en Instagram o en el bar de la esquina?

Las anarquistas que militan en grupos de afinidad pero no en organizaciones de masas (propiamente sindicales, de vivienda, etc.), organizaciones abiertas a quienes acepten sus tácticas aunque no sean afines y que abordan cuestiones materiales y no sólo ideas, esas anarquistas no se irán en su mayoría al mundo institucional. Lo necesario, sin embargo, no es que «se queden», ya que no están más que en su mundo. Necesitamos que vengan a las organizaciones de su clase, de nuestra clase, donde hay más gente y muchas no tienen tanto hábito asambleario, donde su capacidad de trabajo y sacrificio no les dará ni una gloriosa muerte en combate ni fans, pero quizá les dé compañeras de lucha y hasta podría dar frutos para todas.

[Reseña] Dream Home

Tenemos la idea de que el del cine de terror es un género para la evasión. Un mero entretenimiento que nos proporciona ficticios monstruos, asesinos o maldiciones y así nos ofrece un respiro del mundo real, donde no faltan los motivos para el miedo.

No es ese el caso de Dream Home (2010), película de 90 minutos de duración, con guión de Derek Tsan, Jimmy Wan y Pang Ho-cheung y dirigida por este último. Se puede encontrar subtitulada en castellano y gratis en algunas webs como esta.
Cheng, la joven protagonista, vive en el Hong-Kong de 2007, en un contexto de mucha inestabilidad entre el mercado laboral y el inmobiliario (progresivamente gentrificado), diez años después del traspaso de Hong-Kong de manos británicas a chinas y en plena cresta de la burbuja financiera global. El tratamiento de la acción es sensacionalista, no escatima en sangre, dolor ni zooms rápidos, pero transcurre en su mayor parte casi en tiempo real, lo que todavía deja tiempo para flashbacks  con los que conocer a Cheng. Así veremos que es una mujer normal, de clase trabajadora, que se ve a sí misma como un sujeto separado de los demás y que cree en la competitividad, el trabajo duro y el ahorro.
Por eso mismo, al darse ciertas condiciones, Cheng acuchilla, desmiembra y destripa. Si queréis ver cómo nos cuentan la brutalidad de que es capaz y la que ha vivido antes de llegar hasta ahí, tendréis que ver la película; pocas veces una película del subgénero slasher se molesta en hacernos empatizar con la asesina dándonos a conocer sus alegrías y penas.
¿Matar sin sed de sangre? «Es el mercado, amigo».

Canibalismo e imperialismo: Ravenous

En 1846, EEUU era aún un país a medio industrializar, por detrás de Francia o Bélgica y muy por detrás del Reino Unido. Su superficie era bastante más reducida que la actual, incluidos los territorios no organizados, y la gran migración (irlandesa, escasamente) apenas comenzaba. El país tenía unos veinte millones de habitantes y, salvo por grandes centros como Nueva York o Boston, parecía aún esa imagen que tenemos de la época colonial: una gran masa de pequeños propietarios rurales protestantes.
Ya antes el presidente Monroe había lanzado esa consigna, que sería conocida como «doctrina Monroe», según la cual todo el continente americano había de ser para los american (entiéndase «estadounidenses»). Ese espíritu daría lugar, en 1835-1836, al apoyo estadounidense a la guerra de independencia de Texas, entonces un estado mexicano reacio a abolir la esclavitud y abundante en colonos venidos del norte y, en un segundo momento, a su incorporación a los EEUU (1846), que las autoridades mexicanas consideraron un agravamiento de la agresión, lo que llevó a la guerra de dos años que supondría la pura y simple anexión del norte de México y su propia incorporación como Estados cuya identidad estadounidense hoy día nos parece obvia: Utah, Arizona, Nuevo México, Nevada, Colorado y California.

En esa primera expansión imperial empieza esta película, en 1847. John Boyd es un soldado obediente, pero incapaz de hacer carrera en el ejército o ser considerado un héroe. Le falta la brutalidad propia del oficio y ni siquiera tiene más ambición en su carrera militar que ganarse un jornal.
Por eso, aunque tenga la satisfacción de haber sobrevivido a una batalla y haber conseguido después una victoria para los suyos, lo cierto es que sobrevivió haciéndose el muerto y fue sólo tras ser arrastrado a la base enemiga como otro de los cadáveres y recibir en la boca la sangre de un compañero muerto, cuando se lanzó a su gesta bélica.
En medio de una banda sonora extraña compuesta por Michael Nyman y Damon Albarn, Ravenous nos muestra a esta especie de héroe cobarde, el capitán Boyd, enviado a un fuerte de las montañas californianas donde se encuentra rodeado de extraños personajes. Vemos el contraste entre Boyd y la sospecha de que otro personaje quizá también se haya alimentado de sus semejantes y, en un desarrollo de la trama que no queremos destripar al lector, conocemos la leyenda iroquesa del wendigo y lo mucho que nos dice del papel de EEUU en el mundo e incluso del capitalismo en sí mismo. Esto último es más nuestra interpretación, pero el carácter caníbal del imperialismo es muy explícito pese a tratarse de una producción de Hollywood con actores tan conocidos como Guy Pearce o Robert Carlyle. Algo que no es menos importante es que, si desde Hannah Arendt se habla de la «banalidad del mal», en esta película se muestra la banalidad del bien. El mal permite actuar con menos límites o sin ninguno, la preocupación por el bien, la ética, carece de ese atractivo y puede parecernos castrante, ser una fuente de limitaciones y sentimientos de culpa. Sin embargo, nos permite ser humanas y no monstruos.

Díselo con contenedores

Qué extraña imagen: Pedro Sánchez quemando contenedores, Rajoy prendiendo fuego a papeleras, la élite política entregada en pleno al vandalismo. Suena imposible, el vandalismo es cosa de gente desharrapada: chavales aburridos y/o hooligans políticos, ¿no? Después de según qué huelgas o manifestaciones, oímos hablar de destrozos, ¿cuánto cuestan? He intentado averiguar cuánto cuesta un contenedor de basura nuevo y veo una gama de precios que oscila muchísimo (entre 200 y algo más de 1.000 €) en función de la marca, el modelo y, cabe suponer, el volumen de los pedidos, el transporte y -quién sabe- quizá prefiramos comprárselos a algún amigo o familiar que casualmente se dedique a ese ramo. Suspicacias aparte, el resultado es interesantísimo.

Por ejemplo, el regalo que le hizo el Estado al BBVA al venderle Catalunya Caixa-Catalunya Banc (fusión de Caixa Catalunya, Caixa Manresa y Caixa Terrassa), por ejemplo, que ascendió a 11.400 millones de euros -es la diferencia entre el precio que se les pidió y el precio de mercado- son casi doce millones de contenedores-de-los-caros quemados, más de 50 millones de los más baratos. Los 15.000 millones de euros que los vándalos de la Comisión Europea reclamaban que nos recortaran a corto plazo cuestan, pues, al menos quince millones de contenedores quemados, hasta 75. Podríamos seguir con los recortes en sanidad, que en el periodo 2009-2016 fueron de 33.167 millones de euros, serían de al menos 33 millones de contenedores -insistimos, hasta 165 millones de ellos- o el esperpento de los submarinos S-80 del ejército español. La diferencia entre el coste previsto y el que finalmente han tenido los bochornosos submarinos -no se hicieron de forma que se pudiera garantizar que volvieran a la superficie- estaría entre 1.771.000 y 8.500.000 contenedores quemados de sobrecostes. Las obras en el muelle de Cartagena para que entren los dichosos submarinos, entre 16.000 y 80.000 contenedores.
La joya de la corona, por supuesto, es el rescate de Bankia, estimado en 147.800 millones de euros entre capital, avales y otros, así que nos está saliendo por entre 150 y más de 700 millones de contenedores (pero ¿hay tantos contenedores en toda la región española?).

Si buscamos el morbo, no será por cálculos: al sueldo de un juez español (unos 4.000 €/mes) le podemos descontar el de un pobre diablo (salario mínimo interprofesional = 655,20 €/mes), y la sobrealimentación de más de 5.000 jueces nos sale como quemar 16.000-80.000 contenedores al mes. La manida «equiparación» salarial de Guardia Civil y Cuerpo Nacional de Policía con Mossos y Ertzaintza costará 366,7 millones de € (al año), que es como 350.000-1.833.333 contenedores. La elusión fiscal (fraude fiscal legal practicado por multinacionales), entre casi 5 y 25 millones de contenedores. Las subvenciones para que los sindicatos siguieran dando la patita y pasando por el aro de fuego en 2016 (10,33 millones), un poco más caras que la familia Borbón, nos salen a 10.000-50.000 contenedores churruscados  y las de los ayuntamientos a la tauromafia (20.116.278 € en 2013), 20.000-100.000 contenedores on fire.
Quien después de todo eso considere más preocupantes los disturbios que el vandalismo presupuestario tiene un problema de percepción aún mayor que el de echar cuentas.

El libertario Alan Moore contra el liberal Steve Ditko

Hace poco han coincidido dos cosas que no dejan de tener algo en común: la muerte de Steve Ditko y el hilo de tweets de alguien que no conozco (tendrá que disculpar que no lo comparta, pero no he conseguido encontrar el hilo después) sobre antihéroes de ficción. Quien quiera que fuese, la usuaria en cuestión se llevaba las manos a la cabeza ante la buena imagen de que gozan ciertos personajes (Tony Montana, de El precio del poder o Scarface, Rorschach, de Watchmen, Tyler Durden, de El club de (la) lucha, Walter White, de Breaking Bad, …), visto su comportamiento y lo que sus propios creadores han dicho de ellos.
Esa crítica, aun teniendo mucho sentido, era, como suele ocurrir en Twitter, rápida y un tanto simplona, con lo que acababa volviéndose contra sí misma al coger el rábano por las hojas y presentar a Rorschach como una especie de violento fascista.

¿Y Ditko, qué pinta en todo esto?

Steve Ditko es sobre todo conocido como autor de la poderosa editorial Marvel, dando vida con su lápiz a personajes tan exitosos como Spiderman, Misterio, Doctor Extraño o el Duende Verde. Sin embargo, en otra vertiente menos conocida, quiso lanzarse a hacer un cómic independiente más acordé a su visión del ser humano y del mundo. Ditko simpatizaba con las ideas de Ayn Rand y su «objetivismo», ultraliberal en lo económico y rigorista en su planteamiento de lo moral y lo jurídico. Mr. A (1967) es, precisamente, un protagonista de historieta objetivista: dado que cree en la total libertad y responsabilidad individuales, asume que las determinaciones no existen. Mr. A viste de blanco y negro, igual que para él sólo existen el bien y el mal, sin término medio, así que, cuando se incurre en el mal, la culpa personal es completa.
El personaje de Rorschach, que creara el libertario Alan Moore para Watchmen (1986), tiene una máscara en blanco y negro, pero, si el blanco y negro de Mr. A negaba toda ambigüedad, la máscara de Rorschach tiene una mancha como las del test del famoso psiquiatra, de forma ambigua y, para colmo, cambiante.
Watchmen está escrita en plena era Reagan, en plena era Thatcher, bajo la hegemonía política de una derecha que tomaba necesariamente la misma deriva que Rand: si todo es una cuestión de esfuerzo y de decisiones personales, si no cuentan la clase social, el género, la familia, la raza, etc., entonces todo lo bueno es mérito y todo lo malo es culpa.
Rorschach es Mr. A con un poco más de Rambo (otro héroe de la era Reagan): un antiguo héroe, cazador de delincuentes y supervillanos, que ha perdido el favor de la opinión pública, pero sigue haciendo lo mismo, pese a quien pese. Un intransigente violento; «un fascista», decía la twitera antes mencionada.
Sin embargo, aquí la cosa se pone interesante porque, como dicen tanto esa twitera como el propio Alan Moore, Rorschach es probablemente el personaje más aclamado de Watchmen, pese a ser el que más motivos nos daría para tener miedo si existiera en la realidad. ¿Por qué? Porque tiene delante al Búho Nocturno y a Espectro de Seda. Estas, de existir en la realidad, nos resultarían menos amenazantes y quizá hasta simpáticas. Dos personajes que encarnan precisamente el liberalismo más amable, el «vive y deja vivir» que lleva, en última instancia, al nihilismo; pese a lo cual no dejan de disfrutar zurrando a los malos. Rorschach, como dice Moore, es de «una integridad feroz»: mientras sus contrapartes son autocomplacientes y parecen dispuestas a ceder cuanto haga falta, él tiene unos principios, quizá indefendibles, pero al menos tiene principios, tiene límites, asume que no todo vale.
Han pasado treinta y dos años del primer número de Watchmen y cincuenta y uno del de Mr. A, pero el debate sigue ahí. El liberalismo hace libre al mercado mientras hace que las personas nos atemos con las cadenas de nuestra propia libertad y nos engañemos al respecto. Si esto no fuera suficientemente peligroso de por sí, tiene esa otra consecuencia indirecta: si la libertad se asocia a la irresponsabilidad, al desorden y al nihilismo, tenderemos a buscar orden y moral lo más lejos posible. Por ejemplo, en todo el espectro que va desde el rigorismo meramente conservador hasta las ultraderechas de los distintos grados y culturas, del nazismo al Dáesh.

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