Catorce años y un día

Parece increíble que hayan pasado ya catorce años desde la muerte de Carlo Giuliani en Génova, catorce años y un día, como una condena. Y catorce años desde el asalto a la Escuela Díaz.

Nosotr@s, que tuvimos por comadrona a la desindustrialización, que fuimos bautizad@s por los GAL con pasotismo en vez de agua bendita mientras quemaban heroína en los incensarios, entre los gritos de los estibadores en lucha. Nosotr@s, que hicimos la comunión en centros sociales okupados bajo la protección de nuestros hermanos insumisos y antifascistas. Nosotr@s nos confirmamos aquel verano de 2001 comiendo el cuerpo de Carlo y bebiendo su sangre en cálices de plástico.

Recuerdo que el Poder no tocó el órgano: puso por música los gritos policiales de la Díaz, el crujir de costillas y extremidades de nuestr@s compañer@s, sus dientes rotos, los electroencefalogramas monitorizando cerebros en coma, las sirenas, los sollozos de terror. Yo iba a cumplir 18 años, Carlo era mayor, tenía 23. Ahora yo soy el mayor de los dos: voy para 32 y Carlo sigue teniendo 23, eternamente 23. El Enemigo congela a l@s muert@s en el tiempo y convierte su inmortalidad en la prueba de que el tiempo pasa.

Bien, pues no nos hemos rendido, no hemos dejado que la amargura ni el odio nos consuman, ni nos hemos ablandado. Seguimos aquí y vamos a por todas. Tomad nota, porque vamos tan en serio que vamos a desmontar todo este tinglado sin guillotinas, sin paredones, sin linchamientos. Llevamos en la sangre las caras y nombres de nuestr@s muert@s, nuestr@s suicidad@s, nuestr@s deprimid@s. Tomad nota porque, por tod@s ell@s, estamos tan viv@s y llen@s de vida que lo peor que haremos con vuestras cabezas es llenarlas de asombro.

Preguntas sin respuesta (II): ¿cuál es el sujeto político?

En la práctica, ¿existe ese pueblo español de que nos hablan o, al menos, esos pueblos españoles? ¿Existe ese supuesto sujeto colectivo?

Aquí la cosa se vuelve más delicada. Las nuevas formaciones y estructuras institucionalistas (Podemos, Guanyem BCN, etc.) han tomado buena nota de la ola de indignación moral borrosa de la que hablábamos y la están alimentando, sin por ello conducirla a un revanchismo violento; más bien, la están canalizando hacia su apuesta electoral. No obstante, esa no es una apuesta política clara y no está agrupando a su alrededor un sujeto político claro. Pensamos que no lo está haciendo, en primer lugar, porque existen sectores de la población que, si bien tal vez no aplaudan las prácticas corruptas, mafiosas y demás de quienes detentan el Poder, sí parecen estar dispuestos a tolerarlas indefinidamente y a esperar, en el caso de quienes tienen un partido preferido, el fin de esas prácticas. En segundo lugar, porque esas prácticas se dan a diferente escala en todos los estratos sociales y van trenzadas con los valores que las alimentan (egocentrismo, autoindulgencia, materialismo), dentro de estructuras con cierto grado de opacidad que, por tanto, las alientan en alguna medida y estamos hablando de cosas –valores y estructuras– que no se pueden cambiar legislando, sino que necesitan un cambio social que sería a la vez una serie de cambios individuales. En tercer y último lugar, por las limitaciones de las otras patas de esa mesa vagamente regeneracionista: meritocracia y rechazo de la Transición como marco en el que nació el régimen actual.

La meritocracia, muy asociada al rechazo de la élite actual como un hatajo de vagos e incompetentes –idea compartida incluso por la extrema derecha– y la denuncia de la emigración y el paro juveniles está, sostenemos, demasiado vinculada a la clase media. Entendemos que son las personas más acostumbradas a la estabilidad (personal funcionario, trabajadores de mediana edad con estudios superiores, etc.) quienes más tienden a rechazar la situación actual como una estafa y a tomar la anterior a 2008 como algo aceptable tal cual era o que necesita meras reformas y que las consignas que se oyen desde esas nuevas formaciones institucionalistas ahondan en esa meritocracia de arriba abajo. Desde la defensa de «que gobiernen los más preparados» (¿cómo podrían unas cuantas personas estar preparadas para gestionar lo de todas?), tan antigua como Platón o más, hasta sobreentendidos mil veces repetidos en nuestra cultura, como que el derecho a una vivienda implica el derecho a comprar una vivienda o que quien más estudios tiene debe cobrar más por su trabajo, como si tener menos cualificaciones diera descuentos a la hora de pagar.

Algo parecido pasa con el enfoque generacional. Es cierto que quienes tienen 58 y más años, además de haber votado la Constitución de 1978 y haber vivido la Transición (con todo lo que eso implica), han disfrutado en general de más y mejores convenios y han conocido mucho más los contratos fijos y mucho menos las últimas reformas laborales, la creciente oleada de EREs o la llamada new economy: ETTs, becas de prácticas, trasvase de asalariadas al régimen de trabajadoras autónomas, etc. Sin embargo, el paso de un modelo a otro ha sido bastante gradual y no es sólo que la evolución de la población española no permita el análisis generacional que se intenta importar de otros países (Francia y EEUU, por ejemplo), sino que enfocarlo así nos lleva a un falso conflicto: ni toda la generación preconstitucional abrazó la Transición –o el franquismo–, ni se puede reclamar a quienes sí lo hicieron que se retracten, cosa que a veces parece que se pretenda y que tendría más tintes de arrepentimiento religioso que de proceso sociopolítico. Si somos herederas de toda una historia, su crítica no puede hacerse limitada a la Transición, ni, desde luego, al franquismo, trauma casi obsesivo de casi toda la izquierda de la región española. El análisis crítico del pasado, sostenemos, empieza ahora y llega tan atrás como el conocimiento de ese pasado y está, en todo caso, al servicio de un proyecto que también empieza ahora, proyectado hacia el futuro. «Crítica» no es lo mismo que «reproche» y, desde luego, evitar cometer errores del pasado con variaciones que los disimulan no es lo mismo que consolarnos en nuestra miseria con el «teníamos razón» y el «ya os lo dijimos». Un partido como Podemos, que corteja a los votantes de IU pero ha evitado acercarse demasiado a su dirigencia (la de una formación clave en el régimen del 78, no lo olvidemos), ahora que ambos amenazan con derrumbarse, está llegando mucho mejor a los jóvenes que a sus madres y padres… Y ¿por qué no? La audacia, la estudiada arrogancia de los Iglesias, Errejón, Monedero o Teresa Rodríguez contra esa supuesta casta, ¿no transmite cierta imagen de rebelión generacional? Sin un discurso que hable de estructuras y relaciones, ¿cómo se explica la putrefacción de liderazgos como los del PSOE y UGT (González, Chaves, Redondo, padre e hijo…), CCOO y otros? ¿Cómo se les explica ese proceso a quienes lo han vivido y aún no saben, o no quieren, explicárselo?

Otro escollo importante de estas formaciones, a la hora de encontrar un sujeto al que dirigirse, es su nacionalidad. Podemos ha nacido en el ámbito estatal y las demás formaciones a que nos referimos, en el municipal. Ahora bien, si la hegemonía del relato oficial se está tambaleando, como decíamos en el texto anterior, y lo está haciendo más en el País vasco y, sobre todo, en Cataluña, ¿cómo posicionarse? La cultura política de la izquierda es más partidaria del derecho de autodeterminación y la española, del «esto siempre ha sido así». Si no se quiere disgustar a posibles electores, lo cómodo en Cataluña es una cosa y en la mayor parte del estado, la otra. Por más que provengan de la izquierda, los ideólogos de Podemos no quieren ser esos progres locos que se mean en la sopa y, allá donde vive en torno al 75% de sus posibles votantes, así es como se les puede percibir cuanto más hablen de federalismo, derecho de autodeterminación o de una soberanía que no sea española o europea. Además, no pueden descalificar como «casta» al bloque soberanista catalán porque este incluye a las CUP, criticable sin salir del tono que estamos siguiendo, pero cuya credibilidad crítica, rupturista y democrática es innegable. Nos guste o no en el resto de la región española, lo que ocurre en Cataluña es, aún más que en otras partes, un proceso destituyente y también constituyente, que se solapa con el de ámbito español, pero que se articula allí en un sentido más nacional. Particularmente, nos parece un proceso destituyente de la incomprensión y hostilidad españolas y del expolio fiscal, así como constituyente de un escenario de alguna posibilidad de cambio, con lo que eso implica de apertura. A nadie se le escapa que el papel que pueden jugar tanto las CUP en lo institucional como los sectores afines o más autónomos en la calle es muy limitado, pero esa extraña alianza nacional-popular interclasista, a la hora de tomar posiciones en el marco que salga de este proceso, puede beneficiar a cualquiera de sus dos polos. Dentro del bloque soberanista, en cada momento se irá viendo si parece que la élite convergente ha utilizado a los sectores populares para fortalecer sus posiciones o ha sido al contrario.

En cualquier caso, ambos procesos, la emergencia de formaciones como Podemos a escala española y la posible hegemonía soberanista en Cataluña, están funcionando en la medida en que están siendo motores de ilusión. No obstante, la sensación de que algo esté cambiando parece ser mucho más importante que el que esa sensación corresponda a un cambio real o que el que ese posible cambio se contemple de manera pasiva en vez de ser algo de lo que una pueda realmente participar.

Hasta este momento, hemos obviado a quienes, como el autor de este texto, no votan pero tienen posiciones políticas y hablado de los sectores con distintas preferencias partidistas, hemos considerado a la clase media y a buena parte de la clase trabajadora, hemos hablado de jóvenes y de no tan jóvenes y, sin embargo, aún quedan muchas personas, ¿quiénes son? Son las abstencionistas pasivas. Hablamos de un sector quizá minoritario, pero muy significativo, cuyas posiciones políticas y morales son desconocidas. Se les oye hablar en algunas barras de bar, en tertulias de sobremesa, corrillos de jubilados y conversaciones de transporte público o ascensor y tienen el poder, como cualquier otro, de tomar posición, de cara a las elecciones como el resto del tiempo. Y su posición, para quienes se presentan a las elecciones como para quienes no lo hacemos, se resume en «no, casi nada, casi nunca».

Si hay perfiles difíciles, el de estas personas es de los más difíciles. No vamos a aventurarnos en la sociología de andar por casa más de lo que ya lo hemos hecho; no obstante, y por descarte, sí nos atreveremos a esbozar una cosa: una parte importante de ellas pueden estar en los sectores que menos nos gustan de nuestra propia clase. Nos referimos a aquellos sectores quue suelen ser clasificados como una especie de subcultura (los canis de aquí, relativamente equivalentes a los chavs británicos o incluso a los beaufs franceses o la white trash estadounidense). Sectores que viven en barrios populares o incluso en barriadas periféricas de la última hornada y de los que casi todo lo que se percibe es despreciado por uno u otro motivo: sin conciencia de clase, sin costumbre de analizar su realidad en términos políticos, ni de analizar casi nada en casi ningún tipo de términos, tan reproductores de la cultura dominante (con su machismo, consumismo y demás) como el que más, incluso un poco más permeables al discurso ultraderechista que a cualquier otro, ruidosos y molestos en sus formas, a menudo acusados de depender más que nadie del asistencialismo o de ser lumpenproletariado (con el estigma moralizante que ambas cosas implica)… Estos sectores, si no son los únicos que se niegan a ocupar ningún papel político, sí son emblemáticos en este sentido: por su abundancia, por su evidente carácter proletario pese a todo y por ser, a menudo, satanizados por todo izquierdista más o menos culto y de clase media (o que se cree de clase media). Hacer de ellos votantes parece difícil, aunque no tanto como conseguir convertirles en activistas, pero de nuevo ¿hasta qué punto tiene sentido para estas personas el populismo meritocrático y vagamente keynesiano de Podemos y similares? El discurso anticorrupción de estas formaciones resistirá el tiempo que sus cargos públicos resistan la tentación de abusar de esos cargos, pero ¿qué más tienen? ¿El aumento de la inversión en educación? ¿Palmadas en el hombro a la clase media, propuestas de resistencia a estructuras (FMI, BCE) que muchas de ellas conocen poco o nada, alusiones –no menos oscuras– a la inversión en I+D o el fortalecimiento del tejido productivo?

Ni todos los llamados canis son pasotas políticos ni mucho menos todos los que pasan de lo político son canis, pero son el emblema de los límites de todas las izquierdas, institucionales o antiinstitucionales, y del gran problema de todo proyecto de auténtica democracia: la falta de aspirantes a demócratas. No es tanto que la voluntad popular esté fragmentada por tendencias sindicales o políticas, ni mucho menos por religiones o algo así, es que hay más apatía popular que voluntad popular. No hay revolución si nadie quiere ser revolucionario, no hay república si nadie quiere ser ciudadano y ni siquiera hay sociedad si nadie quiere ser un agente social. A día de hoy, y por más que queramos pensar que estas nuevas fuerzas son, no una revolución, pero al menos un posible cambio de hegemonía hacia la izquierda, los hechos nos obligan a ser muy prudentes incluso con esta última posibilidad. El gran crecimiento de Podemos como partido parece haber tenido una parte de moda política y, más aún, el ritmo de las elecciones, los sondeos y las tertulias de las TVs parece llevar inevitablemente a un crecimiento donde la cantidad prima sobre la calidad. Así, Podemos no tiene tiempo ni para evitar reproducir lo que intenta en teoría combatir: aun en el cénit de su espiral de entusiasmo (otoño de 2014), la abstención de los socios (laspersonas que en otras organizaciones serían llamadas «afiliadas») en su congreso fue de casi el 50%. No es menos elocuente que hayan asumido, y lo han dicho abiertamente, un hiperliderazgo para fomentar su capaz de desestabilizar formalmente el régimen; no está claro cómo pretenden que ese empoderamiento de su liderazgo se convierta en empoderamiento de todo su partido y de toda la población, ni cómo quieren evitar, en definitiva, el evidente riesgo de que esa desestabilización sólo sea formal.

Preguntas sin respuesta (I): a vueltas con el relato político

La irrupción de Podemos, en enero de 2014 y tras el manifiesto Mover ficha, y la de Apoyo Mutuo, el pasado febrero y tras Procés Embat y el manifiesto Construyendo pueblo fuerte para posibilitar otro mundo, tienen más en común de lo que parece. Lo que parece, y cómo no estar de acuerdo, es que hay en la región española un malestar social con el actual estado de las cosas que no es una colección de malestares personales e intransferibles y que va más allá de las diferencias que separan a unos partidos institucionales de otros. Un malestar muy visible desde el 15 de mayo de 2011 y que, en lugar de desaparecer, ha tomado formas diferentes según las decisiones colectivas y personales tomadas desde entonces: se han creado asambleas barriales y locales, se han creado asambleas de vivienda y nuevas PAHs, fundado nuevos ateneos, creado nuevas radios, recibido nuev@s activistas en proyectos que ya existían, etc. Y se ha visto cómo esos proyectos perdían rapidamente una parte de esas personas y cómo conservaban otras, que consolidaban una parte de lo construido.

Pero todo eso, decíamos, es lo que parece que tienen en común, no lo único. La irrupción de Podemos, considerada en muchos sentidos un éxito, tiene que ver con su contexto, pero también, claro, con la iniciativa de un grupo de personas muy vinculadas a la universidad (a la universidad en general, y a la Universidad Complutense de Madrid en particular) y a la fundación CEPS y, sobre todo, con la de los tres politólogos más famosos de Somosaguas, hoy día: Pablo Iglesias Turrión, Juan Carlos Monedero e Íñigo Errejón. Estos tres profesores tenían algunas hipótesis sobre lo que se podía hacer en su panorama político y nos parece muy interesante comparar lo que ellos mismos han dicho a este respecto en las entrevistas que se les han hecho en los grandes medios de comunicación –y, sobre todo, en las cadenas de televisión en las que participan más habitualmente, HispanTV y la desaparecida Tele K– con el recorrido que ha tenido su partido en este tiempo y las hipótesis que parecen guiar al proceso de convergencia popular del Procés Embat y Apoyo Mutuo. Contrastar las preguntas planteadas y las respuestas dadas será el objetivo de los dos textos que seguirán al presente, ya que este pretende poner las bases del tema y desarrollar uno de sus conceptos principales.

Hay dos conceptos que se pueden oír regularmente en boca de algún ideólogo de Podemos y rara vez en boca de nadie más, hablamos de hegemonía y, sobre todo, de significantes flotantes. Hay otro concepto que no se les suele oír, pero que está, nos parece, igual de presente en sus planteamientos y en los de l@s compas que están impulsando ese proceso de convergencia popular. Ese concepto que consideramos casi invisible y muy presente a la vez es el a menudo llamado storytelling o, simplemente, narrativa o relato, en versión no mucho más clara, pero al menos más castellana. Es este concepto, o la realidad a la que se refiere, mejor dicho, donde queremos adentrarnos en este artículo.

Para poner todo esto aún más claro, las preguntas son: ¿quién podría cambiar el estado de las cosas (lo que llamaríamos el sujeto colectivo de ese hipotético cambio)? ¿Qué tipo de mensaje podría favorecer que se formara, a su alrededor, ese sujeto colectivo? ¿Cuál sería el relato de cómo hemos llegado hasta aquí, de dónde estamos y dónde sería posible, necesario y deseable ir? ¿Qué conceptos serían los fundamentales a la hora de explicar ese relato y construir ese mensaje?

A nuestro juicio, la narración dominante se ha basado en el sujeto individual, un supuesto ciudadano que vive en un orden en el que lo económico y lo político aparecen como ámbitos separados. En lo económico, quien tiene éxito se lo merecería, quien se apaña, también y quien fracasa, o no se esfuerza o es un caso extremo y aislado de mala suerte que pueden paliar las llamadas ONG (cuya dependencia de las subvenciones a veces las convierte más bien en organizaciones un tanto gubernamentales). En lo político, y siempre según el relato hegemónico, el supuesto ciudadano tiene derecho a votar a quien le plazca en cada ocasión electoral, derecho que ejercen, por lo general, una porción de l@s llamad@s a las urnas que está entre la mitad y dos tercios. Insistimos en lo de «supuesto» porque cualquiera que conozca lo que los padres del liberalismo político (Locke, Kant) entendían por ciudadanía (libertad, igualdad e independencia) estará de acuerdo en que el porcentaje de ciudadanos no llega seguramente ni al 1% del total de la población; el resto, dependientes de quien nos paga en cada momento y del mercado en general, somos meros siervos, más caros o más baratos. Dentro de este relato, existen una serie de rasgos disfuncionales que son percibidos como positivos (¿por qué se pueden votar candidatos para que tomen medidas, pero no esas mismas medidas? ¿por qué en un sistema que pregona la autonomía moral como base de la responsabilidad el voto no sólo no necesita ser argumentado, sino que es secreto hasta lo sagrado?). Estas y otras disfunciones nos parecen evidentes, pero las menos claramente políticas las mencionaremos más adelante y algunas de las otras ya aparecen en este texto, del autor de estas líneas, sobre los partidos políticos en su contexto histórico e incluso en este fragmento de Propaganda, libro donde Edward Bernays defiende las elecciones y a los líderes electos mientras da la democracia por imposible.

En Cataluña, este relato no ha sido subvertido porque, pese a cierta especificidad cultural, esta era bastante inocua (no hacía daño a las instituciones) y ello por dos motivos. El primero es que gran parte de esa singularidad cultural catalana con respecto al resto del estado ha consistido en hablar una lengua propia y tener una historia con referentes propios (los condados catalanes medievales, su papel en la historia del reino de Aragón, instituciones catalanas, resistencia a los proyectos centralizadores), pero no existía un proyecto colectivo propio incompatible con la España postfranquista. Si había culturas propias en tiempos premodernos y modernos, la apisonadora liberal se encargó de desarraigar y aculturar enormemente a cada vez más gente y, dentro de la región española, Cataluña fue vanguardia. Eso la pondría a su vez a la vanguardia de la resistencia obrera –toda una gesta, sin duda–, pero aquí estaríamos hablando de una resistencia política que aún no ha conseguido derrotar al binomio mercado-instituciones y desarrollar una cultura propia. Tras el franquismo, lo hegemónico en Cataluña ha sido convivir bien con el resto del estado, en la medida en que la hostilidad de este hacia esas instituciones, historia y lengua propias no eran muy fuertes, y sostener algún que otro pulso en torno a ellas y a los distintos modos de gestionar la participación fiscal catalana en el estado.

En el caso del País vasco peninsular, entendemos que el soberanismo, pese a ser históricamente más fuerte, tiene otros ritmos. En una dinámica distinta al promedio del estado por el mayor grado de violencia (material, anímica y psicológica) y de movilización política, los últimos años no han sido tanto de despegue soberanista –que sería el caso catalán– como de normalización en lo que respecta a su conflicto armado y, si hay cierta acumulación de fuerzas soberanistas, entendemos que sus efectos se notarán más en el futuro, una vez que esas tensiones se vayan considerando superadas, que en lo inmediato.

Por todo ello, y con los matices expuestos, hay extensos sectores de la población que defienden la cultura política moldeada durante la llamada Transición, pactada entre sectores franquistas (protagonistas de un régimen de terror en los que la clase trabajadora alcanzó, no lo olvidemos, ciertas cotas de poder colectivo en las calles y fábricas) y antifranquistas: tenemos derechos efectivos (tenemos un derecho a la vida respetado, pues la policía no nos mata a tiros por las calles ni hay pelotones de fusilamiento, tenemos un derecho efectivo a la seguridad, ya que no se ven mujeres rapadas a la fuerza ni se obliga a nadie a cantar ningún himno, etc.), tenemos libertades reales, puesto que hay escenas de desnudo en las películas y se pueden tirar puyas al presidente en los media, y los políticos se ocupan de la política, si no nos gustan, podemos cambiarlos dentro de cuatro años, como mucho. Este marco ha permitido, a su vez, aceptar cuanto viniera después como no directamente político y como una fatalidad: si había que destruir la mayor parte del tejido industrial (en un estado en que la industria era el primer sector de la economía), quienes no se veían directamente afectad@s, por lo general, lo aceptaban; si la heroína proliferaba, si todas las drogas recreativas proliferaban en un enorme mercado cuyos consumidores tendían antes o después a delinquir para conseguir más dinero, se aceptaba con resignado fatalismo o se exigía mano dura; si esto llevaba a un aumento de la población penitenciaria superior al 450% (compárense las cifras de 1983 a 2008, y sólo median 25 años), a un clima de guerra civil larvada dentro de la propia clase oprimida y a una competición entre los principales partidos políticos por ser el más duro con l@s delincuentes –que no con la delincuencia–, se aceptaba como parte de la normalidad; si como resultado de decisiones claramente políticas –la entrada en el proceso de convergencia europea y, más adelante, en el euro–, se producía un demencial aumento de los precios (calculada, para el periodo 2002-2012, en un 48% en la alimentación y un 66% en la vivienda, entre otros), se aceptaba.

Nada de esto subvirtió el relato oficial; al contrario, parte de los trabajadores y de la clase oprimida en general se refugió en un moralismo ambiguo: «nosotr@s hemos trabajado cuando ha habido que trabajar», «nosotr@s hemos luchado cuando ha habido que luchar», «est@s jóvenes sólo viven para sí mism@s», etc. Moralismo individual que ha ido de la mano de la retirada de lo colectivo o, como mucho, de la mano de un exilio interior hacia un asociacionismo despolitizado (asociaciones de vecin@s, de ocio, etc.) y/o hacia la militancia en organizaciones sistémicas (PCE, luego IU, CCOO, UGT). La enorme ampliación del sector servicios de la economía, en un momento en que las organizaciones de referencia estaban matando su credibilidad (como en los casos de CCOO, UGT o USO) o su visibilidad (como la CNT, mucho más minoritaria, además de criminalizada y ridiculizada) y con los factores ya mencionados en contra han hecho que tampoco exista un contrapeso sindical ni haya existido una memoria colectiva transmitida en el centro de trabajo o en organizaciones de referencia. Para colmo, la aparición de sectores de la clase trabajadora cada vez más precarios (competencia a la baja, ETTs) no ha impedido la persistencia de sectores de ese mismo proletariado y de la clase media mucho mejor remunerados, favoreciendo actitudes insolidarias, meritocráticas y demás. Ciertamente, ni el anarcosindicalismo ni el movimiento autónomo supieran evitar su dispersión entre el ghetto político y la falta de referentes colectivos, y sólo el llamado movimiento de liberación nacional vasco, restringido a un territorio muy concreto, se negó a aceptar el relato oficial de la Transición y contribuyó a que el conjunto de la población de aquella zona lo normalizara menos que la del resto del estado.

Es en todo este contexto ideológico en el que hace aparición el que parece, a día de hoy, el único relato capaz de disputar la hegemonía al que hemos expuesto. Nos referimos al que ha aflorado con la crisis macroeconómica de los últimos siete años y que está basado en un moralismo ambiguo que sólo entronca en parte con el anterior. Un relato que habla de un@s «culpables de la crisis», que serían un puñado de banqueros y especuladores, o, como mucho, de una difusa «casta», «jauría» o unas «clases extractoras», un poco más amplias, que incluirían a sectores de la política profesional, dirigencia empresarial e incluso poder judicial, con quienes el problema, en todo caso, sería su insaciable codicia y su ambición de poder en general. Frente a esto, hay una reacción moral (y se habla, pues, de «los indignados») y, dado el endiosamiento de la élite española, esta reacción, y la intensidad con que se vive en el contexto de apatía ambiental existente hasta el 15-05-11, hace que el mero hecho de reaccionar se considere una primera gran victoria: del «sí se puede» a un «podemos», adaptación del slogan electoral de Barack Obama (un carismático conservador para consumo de muchos progresistas) y a una supuesta spanish revolution… (¡!). Con una clase oprimida en la que imperan l@s adult@s nacid@s a partir de 1958 -que no han votado, por tanto, la constitución vigente-, much@s de l@s cuales ni siquiera hemos vivido esa transición que hace de mito fundacional, un sector, además, del que much@s no tienen el poder adquisitivo de sus padres ni creen poder aspirar a él, pese a tener un nivel de estudios medio que es superior al de est@s y a haber creído que esos estudios les darían trabajos mejor remunerados y más satisfactorios, una capacidad de acceder a una vivienda notablemente más baja que la de sus padres y que está viviendo cierta emigración a otros estados, se ha abierto algo de paso la idea de que esa codicia sin escrúpulos de un@s poc@s ha puesto todo patas arriba y que se impone algún tipo de renovación o regeneración de la élite. No deja de ser interesante cómo esto es enfocado de distintas maneras, desde una mera búsqueda de una mayor eficacia, por haber quedado la élite anterior obsoleta o por otros motivos, hasta una purga un tanto revanchista, y cómo el término «regeneración», tan vinculado a la crisis de 1898 y a un regeneracionismo todavía hoy disputado desde corrientes antagónicas, reivindicado por partidos del sistema durante años, sigue apareciendo de vez en cuando.

Veinte problemas en nuestro discurso

Quien más quien menos está acostumbrado a leer publicaciones cuya carga ideológica es distinta, o directamente contraria, a la de un@. Sea un periódico, un panfleto o una entrada en un blog, en general tenemos cierta capacidad de buscar sus puntos débiles y relativizar o invalidar lo que dice el otro… pero ¿estamos dispuest@s a evitar esos mismos problemas en nuestro discurso (y, por tanto, en nuestro discurrir) cuando seamos nosotr@s l@s que nos expresemos?

Nos hemos puesto a pensar en esto y, con la ayuda de otras gentes*, hemos dado con veinte problemas, más generales o más concretos, que nos convierten a veces en l@s populistas, manipuladores y demás que no queremos ser. Estoy hablando de cuatro problemas en cuanto a cómo se aborda la discrepancia y otros dieciséis más concretos, considerados falacias -argumentos inválidos-, en la tradición filosófica heredada de l@s clásic@s grecorroman@s o en consonancia con esa tradición. Concretamente, como aspectos generales:

  1. Mala fe, ya sea por entender el debate como un enfrentamiento personal, por ser más exigente con l@s demás que con un@ mism@ o con quienes están más cerca, etc.
  2. Argumentación emocional, ya sea en cuanto a los hechos presentados, a la manera de presentarlos, al criterio con que se eligen unos u otros… El miedo y la esperanza pueden ser buenos mecanismos para manipularnos (nota: no pretendemos negar la parte emocional del ser humano ni que pueda afectar a la racional, lo que negamos es la supuesta legimitidad del uso del poder de las emociones para escamotear o retorcer lo racional).
  3. Mentalidad del «mal» como sustancia contaminante. Como detallaremos más adelante, esto se puede concretar de varias maneras: impugnar una idea por la persona que la propugna, hacerlo con una persona en función de algún aspecto de su vida privada, etc.
  4. De la mano de esto, la «externalización selectiva», esto es, que, una vez que un@ ya ha decidido quién/es son l@s buen@s y quiénes l@s mal@s (por intuición, por un análisis global o por lo que sea) el criterio se vuelve distinto. A partir de ahí, l@s un@s sólo hacen algo malo por las circunstancias y algo bueno por naturaleza y l@s mal@s, al revés; a un@s les aceptamos que separen medios y fines, o palabras y acciones, y a l@s otr@s, no; etc.

Como falacias más concretas:

  1. Ad hominem: para intentar invalidar lo que defiende alguien, le invalido a él o ella como persona.
  2. Ad populum: la idea de que algo es lógico porque lo hace todo el mundo. También se puede usar -y se usa- dada la vuelta, lo que podríamos llamar «falacia snob»: si parece minoritario o marginal, es acertado o merece algún tipo de aplauso.
  3. Apelar a la ignorancia (para ignorar objeciones): «no hay pruebas de lo contrario, luego es así». ¿Quién no ha visto defender posiciones de fe (religiosa, supersticiosa, new age) sembrando la duda sobre el método científico, para luego no hacerlo sobre la fe?
  4. Argumentación dirigida a las consecuencias: intento rechazar o afirmar un razonamiento aludiendo a consecuencias deseables o indeseables, pero que no lo hacen más ni menos lógico.
  5. Autoridad irrelevante: me apoyo en lo dicho o hecho por alguien sin tener en cuenta que el que sea una autoridad en algún aspecto no quiere decir que lo sea en lo demás.
  6. Ad antiquitatem: casi una variante de lo anterior: digo que algo es defendible porque es antiguo, porque siempre se ha hecho así, … Sostener, al contrario, que algo es cierto o merece apoyo sólo por ser nuevo no es menos ilógico (falacia ad novitatem).
  7. Causa cuestionable: pretendo que existe una relación causa-efecto entre dos hechos sólo porque han ocurrido consecutivamente o a la vez.
  8. Deducción abusiva: generalizo en cuanto a una persona-figura y a su discurso (si está de acuerdo con algo, se está de acuerdo con todo, etc.).
  9. Efecto dominó: (también llamada de la pendiente resbaladiza) doy por seguro, no como un mero riesgo, que la consecuencia de un acto tendrá, a su vez, otra(s) consecuencia(s) que en realidad no son seguras («quien rompe una ventana acabará matando a alguien si no se le castiga», «quien fuma porros acabará enganchado a la heroína», etc.) para acabar llegando de lo aceptable a lo inaceptable, o al contrario.
  10. El hombre de paja: caricaturizo lo que dice el otr@ e impugno la caricatura y no lo que realmente ha postulado.
  11. Equívoco: mezclo ideas utilizando las ambigüedades del lenguaje.
  12. Falacia genética: afirmo o niego el valor de un argumento en función de su origen (época, país del que procedería… puede ir fácilmente unida a la falacia ad hominem).
  13. Falso dilema o falsa dicotomía: intento reducir el debate a dos posiciones -en ninguna de las cuales se sitúan mis oponentes- más allá de las cuales, supuestamente, no hay alternativa.
  14. Razonamiento circular: dos proposiciones que son usadas cada una como base de la otra, pese a que no tienen ningún fundamento más allá del círculo que forman.
  15. Reductio ad hitlerum: busco alguna conexión entre el discurso del adversario, o su persona, incluso si es indirecto o superficial, para relacionarlo con Hitler, el nazismo -por este lado, sería un tipo reciente de falacia- o cualquier otra cosa (¿ETA?) que un@ considere el colmo del Mal (en el Occidente de los últimos setenta años, son el nazismo y la persona de Hitler).
  16. Secundum quid: generalizo, asignando lo que hacen algunas personas de un colectivo humano a todo ese colectivo (género, sector político, profesión, comunidad religiosa, étnica, …).

* Esta entrada quizá no habría existido de no ser por el artículo [en francés] Empirer l’incompréhension. Alain Soral et les règles élémentaires du débat intellectuel, publicado por Frédéric Dufoing en Jibrile y no habría sido tan sencilla de escribir de no ser por (además de Dufoing) Ali Almossawi, que ha escrito y dibujado este estupendo Un libro ilustrado de malos argumentos y por María Corchero, que lo ha traducido al castellano.

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