El marxismo que no nos contaron (I)

Advertencia previa: la idea que tenemos del llamado «marxismo», entendido como el legado teórico y activista de Karl Marx y Friedrich Engels, está marcada por todas aquellas personas que se han llamado a sí mismas «marxistas», pero, sobre todo, por las más fuertes de ellas. Aquellas personas que han dirigido grandes organizaciones e incluso estados mientras se reclamaban marxistas han condicionado mucho más la manera en que entendemos este concepto que quienes, también reclamándose herederas de Marx y Engels, no han sabido, querido o podido poner a su servicio policías, ministerios y demás. Entre estas últimas destacan, a nuestro entender, una serie de figuras y grupos que no sólo no conquistaron el Poder con mayúsculas en ninguna parte, sino que defendieron un marxismo más o menos humanista que les supuso el rechazo del marxismo autoritario de Lenin y demás.

De estas últimas nos vamos a ocupar en esta serie de artículos en cuanto terminemos con una aclaración necesaria. ¿Qué es marxismo, preguntas, mientras clavas en mi pupila… ? No pretendemos entrar en farragosos debates sobre esto. En mi primer lugar, porque el propio Marx dijo aquello de «Yo no soy marxista» y hay pocas cosas más ridículas que ser más papista que el Papa. En segundo lugar, porque si existen debates de ese tipo es porque algo aportaron aquellos alemanes barbudos (tendemos a olvidarnos de Engels, como una especie de mero soporte para su socio), de modo que incluso las interpretaciones más diferentes tienen en común algunos puntos: la consciencia de que existen clases distintas en casi todas las sociedades, la de que existen intereses opuestos, concretamente, entre quienes tienen su capacidad o fuerza de trabajo y quienes tienen los medios con que aquellos pueden generar riqueza o la de que los explotadores tienen un interés en que las cosas continúen así, mientras los trabajadores (se paren a pensarlo o no), si utilizaran su fuerza numérica para parar el sistema de clases y establecer otro sin ellas, saldrían beneficiados –como mínimo, en términos de estabilidad económica y racionalización económico-política– y la de que la historia no necesita de ningún destino, providencia o dios: mientras no se demuestre lo contrario, ocurre aquello que hacemos o permitimos que ocurra.

Advertencia ortográfica: en esta serie de artículos hablaremos también de personas (sobre todo, rusas, aunque no únicamente) cuyos nombres se escriben en otros alfabetos. Hay diferentes convenciones a la hora de pasarlos al nuestro, nosotros hemos decidido evitar anglicismos o galicismos y no poner kh pudiendo poner j ni recortar el diptongo [i + i breve] (muy común en ruso) a i ni a y, sino iy, asi que leeréis «Trotskiy», «Kerenskiy», etc.

Estábamos avisadas.

La discusión, ya planteada desde fuera del marxismo antes de la revolución rusa (y por la sección belga de la AIT, que nunca fue netamente marxista ni proudhonista o bakuninista, ni libertaria ni autoritaria) se reproduce entre las filas marxistas inmediatamente después del triunfo de  la revolución de 1917.

Rosa Luxemburg y sus compañeras del grupo Spartacus (Karl Liebknecht, Clara Zetkin y Otto Rühle son las más conocidas) toman nota del creciente poder del liderazgo bolchevique y, desde el respeto por la lucha que este dirige contra las potencias extranjeras y las contrarrevolucionarias del interior, señalan –estamos en 1918– cómo la gestión de la revolución no está fortaleciendo a la clase trabajadora, sino a esa vanguardia dirigente. Puede parecer una cuestión de detalles, pero la propia Rosa aclara, desde la cárcel, que la ocasión que brinda la revolución es la de ofrecer a la clase un Poder cada vez más transparente y del que puedan responsabilizarse cada vez más. La práctica bolchevique irá en sentido contrario a esta necesidad de empoderamiento proletario, pese a lo que daba a entender su discurso anterior. Por «discurso anterior» nos referimos a los siete meses previos a la revolución llamada de octubre (noviembre, en nuestro calendario), en que tanto la publicación por Lenin de sus Tesis de abril como la consigna principal de la fracción bolchevique del POSDR («¡Todo el poder a los soviets!») apelaban al poder proletario y popular, en la línea más cercana al anarquismo jamás vista en el POSDR.

Existía una clara contradicción entre la práctica leninista y su anterior crítica del blanquismo –recordemos que Louis-Auguste Blanqui, como otros luchadores de su época, había sido un adalid de las revoluciones lanzadas por una vanguardia minoritaria, pero con decisión e ideas claras–. Se había criticado el blanquismo como un aventurerismo que, en lugar de hacer de los trabajadores un sujeto histórico vencedor, les convertía en carne de cañón de una minoría bienintencionada para con ellos. En la práctica, la política de Lenin parecía ser exactamente esa línea blanquista y algo parecido, con palabras más amables, fue lo escrito por Anton Pannekoek –prestigioso astrónomo holandés y probablemente el mayor exponente del marxismo de izquierdas, sobre todo del germano-holandés– en su artículo de 1920 «El nuevo blanquismo». Aquí el concepto marxista de «dictadura del proletariado» ya está claramente en el centro de la polémica: las dirigentes bolcheviques (el texto se dirige específicamente a Karl Radek, pero vale para todas, empezando por Lenin), por haber sido capaz de movilizar a más personas trabajadoras que nadie y de neutralizar casi sin resistencia al régimen burgués de Kerenskiy, creen ser –con cierta lógica– la vanguardia del proletariado ruso y creen, por extensión –con una lógica ya mucho más retorcida– ser el proletariado a secas y poder tomar sus decisiones. Lo que en el contexto de la guerra mundial y guerra civil podría ser un imperativo de tomar rápidamente decisiones enormes se convierte en una práctica política central en la política soviética y que durará tantos años como la URSS (más de setenta). El retorno a la apatía de un número creciente de trabajadores, su desmovilización y desencanto con las organizaciones surgidas de la revolución o en torno a ella, viene a decir Pannekoek, muestra, al contrario, que el liderazgo de esa vanguardia es cada vez menos el liderazgo de las bases y, por lo tanto, del conjunto de la clase trabajadora.

Los dirigentes soviéticos no eran ajenos a este debate y la mejor prueba es la réplica de Lenin en La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo, de 1920. El debate, claro, continúa, mientras en torno al núcleo germano-holandés surgen el KAPD (Partido Comunista Obrero de Alemania) y el KAPN, cuyo eco en Bulgaria sería el Partido de los Trabajadores Comunistas de Bulgaria y del núcleo británico del periódico Workers’ Dreadnought, el CWP (Partido de los Trabajadores Comunistas). No está de más decir que la líder prominente de este grupo británico es Sylvia Pankhurst, conocida por su implicación en el movimiento sufragista que no siguió los pasos conservadores de su madre Emmeline o su hermana Christabel. Su hermana Adela, una de las fundadoras del Partido Comunista de Australia, también sería rápidamente expulsada del partido por sostener posiciones izquierdistas, pero ella no persistiría en ellas (al contrario, volvería a la socialdemocracia y, en sus últimos años, giraría hacia un nacionalismo australiano fascista). De hecho, el Workers’ Dreadnought era la versión rebautizada del periódico antes llamado Women’s Dreadnought. Hermann Gorter, otro destacado miembro del consejismo germano-holandés, miembro del KAPD y amigo personal de Pannekoek, escribiría una Carta abierta al camarada Lenin en respuesta a su diagnóstico que publicaría precisamente el Workers’ Dreadnought ya en 1921.

Las críticas de estos grupos, por duras que sean, se hacen siempre desde el respeto e incluso la simpatía hacia las organizaciones soviéticas, pero es cada vez mayor la dificultad de posicionarse en un tema sin traicionar ni a estas ni a quienes, al contrario, quieren hacer una revolución mejor. Acabarán por coordinarse en una Internacional Comunista de los Trabajadores que durará pocos años, atrapada entre la dificultad de crecer, el desgaste de sus grupos (también relacionado con polémicas internas) y, en casos como el búlgaro, la represión.

Este intento de cuarta internacional tendrá un eco sorprendentemente escaso en un país como Italia, que parecería propicio. Aquella tierra en cuyas ciudades industriales florecieron las asambleas de fábrica e incluso incipientes soviets (1919-1920) dará un PCI que se convertirá en un referente en el ámbito prosoviético, pero cuyos consejistas estarán particularmente desorganizados. Amadeo Bordiga, fundador del PCI, tardará años en decantarse en ese creciente dilema entre el espíritu de la revolución rusa y las gestoras de ese espíritu, hasta excluirse de su dirección (1924) y ser oficialmente excluido del partido, siendo entretanto sobrepasado por el leninista Gramsci, que sigue siendo considerado por muchas un leninista heterodoxo o incluso la figura de un equivalente italiano de Lenin, más que la de un seguidor o discípulo. Otro fundador del PCI convertido en heterodoxo y crítico del leninismo –quizá a su propio pesar– será Bruno Rizzi, de quien nos ocuparemos más adelante.

En la foto, la proclamación en Estrasburgo de la República de los consejos o soviets de Alsacia (9-22 de noviembre de 1918).

[Canción] Boys on the Docks

Dropkick Murphys es un grupo consolidado que hace punk con influencias célticas, como muchas sabréis. Formado por estadounidenses de ascendencia irlandesa, como la tienen tantas otras, sus letras giran a menudo en torno a historias y personajes más o menos relacionadas con esas coordenadas y con la cotidianidad: los bares, la amistad, las peleas, los amores, la autoafirmación de quienes tienen esas raíces irlandeses, la vida en Boston, …

Entre ellas, sin embargo, merece la pena destacar Boys on the Docks («Los chicos de los muelles»). A base de voces, guitarra acústica y palmas, con fuerza, pero con una calidez distinta a la de su registro habitual más trallero, los Murphys nos cantan un tema dirigido a un tal Johnny, lleno de respeto y cariño a un compañero de luchas y de la vida diaria. Si indagamos un poco, descubriremos que ese Johnny a quien va dedicada es John Kelly, abuelo materno del cantante de Dropkick Murphys, trabajador y sindicalista. En el contexto de su música y el del punk en general, donde a menudo se exalta más al individuo o una camaradería más primaria (defensiva, visceral), resulta de lo más enriquecedor y agradable una canción como esta, donde se abraza a quien da lo mejor de sí para conseguir que las demás también lo hagan.

Transcribimos a continuación la letra y su posible traducción:

«[Say hey Johnny boy, the battle call

united we stand, divided we fall

together we are what we can’t be alone

we came to this country you made it our home.]

This man so humble, this man so brave

a legend to many, he fought to his grave

saved family and friends from the hardship and horror

in a land of depression he gave hope for tomorrow.

Say Johnny me boy this one’s for you

with the strength of many and the courage of a few

to what do we owe this man whose fight

was for the masses, he gave his life

[Estribillo]

A friend to the locals who dabbled in crime

he’d give you a job and he’d give you his time

he wasn’t a crook but he couldn’t be conned

John knew the difference between right and wrong

say Johnny me boy, you live no longer

others ‘ forgotten, your memory’s stronger

let’s drink to the causes in your life:

your family, your friends, the union, your wife.

[Estribillo x 2]

And the boys on the docks needed John for sure

when they came to this country he opened the door

he said men I’ll tell ya they don’t like our kind

though it starts with your fist it must end with your mind.

[Estribillo]»

 

«Johnny,  da el grito de guerra:

unidos resistimos, divididos caeremos.

Juntos somos lo que solos no podríamos;

vinimos a este país, tú hiciste de él nuestro hogar.

Este hombre tan humilde,

este hombre tan valiente,

un mito para muchos,

combatió hasta la tumba,

salvó a su familia y amigos de las privaciones y el horror,

en una tierra de depresión, dio esperanza para el mañana.

Johnny, esta es para ti,

con la fuerza de muchos y el valor de pocos,

para cuanto debemos a este hombre, cuya lucha

era por las masas, [por quienes] dio la vida.

[Estribillo]

Un amigo para los nativos, que chapoteaban en el crimen,

te daba un trabajo y te daba su tiempo

no era un criminal, pero no se le podía timar,

John distinguía lo justo de lo injusto.

Johnny, ya no vives

a otros los olvidan, tu recuerdo es más fuerte

bebamos por las causas que había en tu vida:

la familia, los amigos, el sindicato, tu mujer.

[Estribillo x 2]

Ya lo creo que los chicos de los muelles necesitaban a John

cuando vinieron a este país, él les abrió la puerta,

les dijo «Aquí [los irlandeses] no les gustamos,

pero aunque empiece con los puños, tiene que acabar con la mente».

[Estribillo]»

A falta de moral, derrochemos moralismo

Sé lo que deberías hacer y te lo voy a decir. De nada. ¿Qué? ¿Que yo no soy tú? Ya, esa es la gracia: vas a ser tú quien tenga que hacerlo; si lo que te digo no soluciona tus problemas o incluso crea otros mayores, es tu problema, yo lo que quiero es que se vea bien mi superioridad moral, intelectual o de los dos tipos.

Dicho así es muy claro, ¿verdad? Menuda ordinariez. Por desgracia, este tipo de actitudes están a la orden del día en todo tipo de ambientes, incluso entre la gente de clase trabajadora, incluso entre aquellos sectores que quieren cambiar las cosas, incluso entre aquellas personas que daríamos lo que fuera por saber cómo empujar adelante una revolución. No siempre ha sido así. En los mejores momentos y lugares, lo que se aprendía entre compañeras era casi exactamente lo contrario a lo que se aprendía el resto del tiempo: el señor cura y el señor profesor podían enseñar disciplina, pero en el trabajo se aprendía a desconfiar del jefe, jugando al fútbol (o a cualquier otro deporte) se aprendía a competir, pero en el ateneo se aprendía a cooperar, en el mercado se regateaba, pero al encargado del curro se le ponían límites, etc.

En estos tiempos de sálvese quien pueda, más que aprender a compartir y luchar juntas, cada cual intenta sentirse bien consigo misma siendo más lista o más crítica que la de al lado. Así, claro, evitamos aquel sabio «Don’t hate the player, hate the game» («No odies al jugador, odia el juego») de Ice-T o el «Odia el pecado, ama al pecador» de M. K. Gandhi. Lo que podría ser una crítica a un tipo de actitud, de práctica o de función se convierte en una crítica a la persona que las ejerce y no salimos del ego: yo quiero defenderme porque me siento atacado, quiero atacarte para bajarte los humos, así que busco algo en lo que creerme mejor que tú, cada cual justifica sus pequeñas miserias en las de la otra y vuelta la burra al trigo. Ser revolucionarias en sentido estricto –llevar adelante una revolución– es muy difícil, ser sentenciosas, no.

La persona que lleva medio año cobrando el paro sin buscar trabajo es una jeta, la líder informal del colectivo lo es por su vanidad y no tiene nada que ver con que el resto quieran ser rebaño informal, la que vende droga carga con todas las sospechas imaginables: es una chivata en potencia –como si no hubiera chotas que no venden droga y camellas que no colaboran con la policía–, aleja a las jóvenes de la lucha mediante la evasión –como si cualquier evasión fuera un problema, como si esto fuera lo único que pudiera alejarnos de la lucha–… y suma y sigue. En las últimas semanas este tema nos ronda a algunas, ya que hemos leído posicionamientos que relanzan un autodenominado abolicionismo con respecto a temas como la prostitución, la maternidad subrogada o la donación/venta de óvulos que cuestionan más la automercantilización que al propio mercado. Posicionamientos bienintencionados, feministas y no carentes de hechos fríos y duros, pero ¿de qué sirven contra la necesidad de dinero en un mundo construido en torno a este? ¿Cómo se abolen los medios sin abolir el fin?  ¿Qué valores vamos a defender si toda moral (humanista, feminista, antiespecista… ) puede ser subastada, alquilada o vendida por el dios Mercado?

Creerse mejor que la de al lado o ser mejor que una misma, cada vez un poco mejor, tal es el dilema que vemos. Snobismo o autoexigencia personal y colectiva, juzgarnos unas a otras o invitarnos a luchar más y mejor juntas, ser sentenciosas o ser constructivas y prácticas, por aquí entendemos algunas que va el desafío si queremos ser sujeto transformador.

Cuatro recomendaciones para el 8 de marzo

  1. El 8 de marzo es el día de la mujer trabajadora. Así fue convocado por primera vez en 1914 por la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, que disputaban de este modo, como mínimo, el día internacional de la mujer, convocado en diferentes fechas en 1911, 1912 y 1913 y el women’s day estadounidense convocado desde 1908 por las socialistas de aquel lugar. Esa apropiación no es inocente, ni falta hace que lo sea: fue una iniciativa de quien no tenía miedo a tomar la iniciativa, y lo mismo pasa con quien quiera quitarle su carácter de clase: si no le gusta ese concepto, convoque usted un día interclasista de la mujer y diga francamente por qué quiere quitarles a las mujeres de clase trabajadora su día propio.
  2. Las mujeres de toda clase social tienen problemas de género más allá de su clase social. Si cree usted que decir esto es intentar poner a las mujeres trabajadoras bajo la tutela de la gran empresa o del feminismo institucional, hable honestamente con sus amigas, conocidas o familiares que sean mujeres, etc.: descubrirá todo ese mundo de miedo, inseguridad, precariedad, paternalismo, etc. añadidos que se suelen llamar «privilegios masculinos». No se llama «privilegiada» a esta situación nuestra porque sea realmente buena, sino porque, siendo mala, en comparación, no es tan mala como la de ellas. Si cree, al contrario, que lo de la clase social no cambia nada cuando se es mujer, pregunte cómo se lleva esa carga de ser mujer cuando se le añade en lo económico, en lo vital, la carga de precariedad, baja autoestima, etc. que supone ser de clase trabajadora.
  3. Si no tiene usted problemas con los puntos 1 y 2, pero sólo se acuerda de estas cosas cuando llega el 8 de marzo o cuando le preguntan por el tema, pregúntese qué falla del 9 al 7 de marzo. Pregúntese qué hace y qué no hace usted y, si es hombre, qué le parecería honestamente que tantas personas no pretendan cambiar nada en este tema. No piense en este ni en otros textos, no se ponga a la defensiva, mírese a sí mismo a los ojos, háblese y escúchese como si no tuviera que defender más que la verdad. Si ve que tiene actitudes injustas (si es hombre, ¿acapara más tiempo o espacio del que deja a ellas? ¿tiene relaciones sexuales con mujeres sin anticonceptivos, con la tranquilidad de que usted no va a quedarse embarazado? etc.; si es mujer, ¿asume estas actitudes con naturalidad, transmite al resto de la gente que hay que aceptar las cosas como están?), no espere al 8 de marzo y piense en lo que podrían mejorar las cosas de un año a otro si todas las personas nos aplicamos el cuento.
  4. Tenga o no problemas con los anteriores puntos, si la insistencia o el tono de las críticas feministas le resultan excesivas, pregúntese por la insistencia o el tono de otras críticas. ¿Cómo lleva las críticas viscerales a la banca y sus desahucios, a los grandes capitales y su evasión fiscal, a la siniestralidad laboral o a los narcocárteles? Independientemente de su carácter personal, más intenso o sosegado, ¿es consciente de la carga visceral que implica una lucha contra el acoso, las violaciones, el maltrato de todo tipo, la brecha salarial, la culpabilización añadida, la infantilización añadida, … ? Si la misma cultura que denigra cualquier coraje político diciendo que «los extremos se tocan» y aplaude la independencia cobarde de quienes se niegan a ser feministas, anticapitalistas, etc., si esa misma cultura hace vivir así a la mitad de sus miembros, ¿no tiene esa cultura un serio problema a la hora de identificar lo «agresivo», «extremo», «provocador» o «excesivo»? ¿No le están engañando, mezclando fondos y formas de manera interesada, para que mire el dedo y no la Luna, para que en lugar de sentirse cuestionado (que es lo propio) se sienta amenazado (que no lo es)?

Putas, sí, pero no sumisas

Tal día como hoy, hace 94 años, ocurriría algo de lo más inspirador en Puerto San Julián (Santa Cruz, Argentina).

Un grupo de soldados va a volver a Buenos Aires y, mientras están en San Julián, tienen permiso para distraerse y visitar algún burdel. Han estado un año destacados en la Patagonia y, desde enero de ese 1922, ya han cumplido su misión: pacificar la huelga de peones rurales, la mayor huelga en la historia de la Argentina rural. Han fusilado a unos mil quinientos huelguistas después de hacerles cavar las mismas fosas donde arrojarían sus cadáveres; a quienes más se habían destacado en la huelga, los han apaleado y masacrado a sablazos. Eso tiene que cansar. La orden era acabar con la huelga y han acabado con ella; el presidente Yrigoyen en persona se esforzó para no precisar al oficial al mando, teniente coronel Varela, cómo acabar con ella. Un buen soldado cumple con las órdenes que se le dan.

Estos soldados de San Julián quieren aliviarse y distraerse y sus oficiales se ponen de acuerdo con las mesdames de la localidad para que puedan ir en tandas. Un primer grupo de ellos se dirige al prostíbulo La catalana y allí les espera la sorpresa: la madame les informa de que no va a ser posible. Hay cinco chicas y las cinco han dicho «no». La prensa, el régimen, los terratenientes, la extrema derecha: todos han cantado las alabanzas de los soldados, obviando cómo han pacificado la Patagonia, cosa que ni saben, ni quieren saber. Los soldados se enfurecen, se envalentonan unos a otros y entran en La catalana por las malas. Casi a continuación, salen también por las malas: las putas les echan a palos y escobazos de su lugar de trabajo. Les gritan «asesinos», «porquerías», insisten en que ellas no se acuestan con asesinos. El comisario de policía en persona da la orden de que las detengan, los músicos del burdel, también detenidos, reniegan de sus compañeras, pero su gesto ya ha demostrado, por si alguien de verdad tenía dudas, que la dignidad no tiene nada que ver con la apertura de piernas, sea o no remunerada.

Ellas se llamaban Ángela Fortunato, Consuelo García, Amalia Rodríguez, Maud Foster (su tumba es la que aparece en la foto) y María Juliache; tenían de 26 a 31 años. Tres eran argentinas, una británica y otra española, cuatro estaban solteras y la otra, casada. Ellas no obedecieron órdenes ni cumplieron rutinariamente con su trabajo porque todo tiene un límite. Cuando, todavía hoy, se habla de prostitución como sinónimo de sumisión, cuando se habla de «putas» como de quien hace lo que sea por dinero, está claro que no se conoce a estas heroínas, que podrían perfectamente haberse guardado sus escrúpulos donde tantos soldados y honradísimos funcionarios se los guardan cada día de modo que la máquina pueda seguir funcionando, de modo que podamos seguir esperando a la muerte sin molestar mucho.

* Lo cuenta Osvaldo Bayer en La Patagonia rebelde (Txalaparta, 2009, pp. 247-248). El libro se puede encontrar en varias páginas web, por ejemplo esta.

Febrero, el puto febrero

A veces parece que los hechos suceden de modo que aprendamos una lección. Como si la realidad fuera un durísimo maestro de la vieja escuela que nos dice «Sí, sabes lo que tienes que hacer y te voy a dar de palos hasta que lo hagas».
En los últimos días, nadie que tenga un pie en los movimientos sociales ha podido evitar pensar en y hablar de la represión. Sí, el domingo 31 hubo un encuentro antirrepresivo estatal que nos dio fuerzas al confirmarnos que se tienden puentes y se entrelazan brazos, pero también han sido días en que el presente y el pasado, en este sentido, nos han abofeteado todo lo que han querido: cuatro días antes del encuentro, la redada contra Reconstrucción Comunista por su solidaridad con el pueblo kurdo; para empezar el mes, una operación policial contra Indar Gorri (no hace falta ser afín a ell@s para reconocer que es una de las hinchadas de fútbol que menos gustan al Régimen), con 18 detenid@s; el miércoles 3, el juicio contra las feministas de la procesión del Santo Coño Insumiso; el jueves, el décimo aniversario del repugnante caso del 4F que arruinó la juventud de Rodrigo Lanza, Álex Cisternas y Juan Pinto y la vida de Patricia Heras y la fijación de juicio para el 8-10 de marzo contra Mónica y Francisco, que tras más de dos años en preventiva por los mismos hechos de los que se acusa a l@s much@s detenid@s de las operaciones Pandora, Pandora 2 y Piñata, tienen en su contra peticiones fiscales de 44 años de cárcel para cada un@; el viernes 5, la vista para la posible salida de preventiva de Nahuel y el segundo aniversario de la muerte, dispersado a más de mil kilómetros de casa, de Arkaitz Bellon (joven abertzale que llevaba 13 años en la cárcel por acciones de la llamada kale borroka y que, pese a faltarle sólo tres meses para salir, estaba en primer grado en el Puerto de Santa María); ayer viernes, la detención de dos titiriteros por un guiñol satírico (¡!), llevados a la Audiencia Nacional por «apología del terrorismo» (¡¡!!); hoy sábado, el aniversario de las quince muertes en El Tarajal; el martes próximo se cumplirán también diez años de las detenciones de Rubén e Ignasi, que se enfrentaron a duras peticiones, acusados de atacar una sucursal del Banc de Sabadell y al organismo que gestiona la mano de obra semiesclava de las cárceles catalanas (CIRe o Centre d’Iniciatives per a la Reinserció)…
¿Nos enteramos? ¿Necesitamos más señales? La política que no hacemos nosotr@s la hace el Enemigo, me da igual quién sea libertari@, leninista, abertzale o vagamente rebelde si es de mi clase social y no vive de renegar de ella (como l@s agentes de policía o l@s concejales, alcaldesas y alcaldes «del cambio»). Lo mismo vale para es@s podemitas, ahoramadridistas y similares que aún no han abandonado los movimientos sociales, pero cuy@s dirigentes quieren ser grandes estadistas a base de intentar contentar a todo el mundo: ni esa brunete mediática a la que intentan aplacar ni l@s funcionari@s policiales les van a salvar cuando abandonen el Poder, ni lo harán si la descomposición social sigue llevándonos al caos, la violencia y, en definitiva, el liberalismo más acabado. Mojaos, mojémonos, comprometámonos, converjamos, confluyamos donde hay que confluir, donde hay poco que ganar en lo personal y mucho en lo colectivo: en la calle. Fortalezcámonos… o desaparezcamos arrollados bajo un tanque de civismo y sectarismo mientras suena Libertad sin ira y la masa desfila al paso alegre de la paz.

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