Infantilismo político (V): Apología del caos y la destrucción

"Requiere menos esfuerzo intelectual el condenar que el pensar". —Emma Goldman


¿Reforma o revolución? Se considera reformista a todo aquello que apunta a modificar el sistema para mejorarlo, manteniendo sus estructuras y el status quo, mientras que es considerado revolucionario todo aquello que busca una transformación radical del sistema para sustituirlo por otro. Los anarquistas hemos rechazado el reformismo por considerarlo estéril y que apunta a reforzar el sistema en vez de destruirlo o debilitarlo y planteamos la revolución al no encontrar compatibilidad ni relación alguna entre ambas posturas. No obstante, al hacer un análisis más minucioso, encontramos una cierta interrelación ente ambos conceptos. Tal es el caso que pueden haber organizaciones revolucionarias con cierto discurso reformista (otro caso sería el posibilismo, es decir, la participación en las instituciones burguesas, pero aquí no se va a tratar) pero teniendo una estructura organizativa y unos principios revolucionarios. Puede sonar paradójico, sin embargo, no todo es blanco y negro y el reformismo puede en ocasiones favorecer las situaciones revolucionarias si se consigue dar con las estrategias adecuadas.
Cuando el ambiente social se torna hostil para la vida a causa de ciertas políticas y el pueblo empieza a tomar conciencia de ellas, esa conciencia puede tomar dos caminos: de tener el objetivo de reivindicar unas mejoras y el fin del malestar mediante reformas o el fin de la explotación, proponiendo la revolución como alternativa que termine con el sistema de explotación y se construya uno basado en la libertad e igualdad donde el pueblo sea quien posea los recursos y decida su destino. Lo primero terminaría por un camino estéril y haría que el sistema se perpetuase bajo otra máscara supuestamente más amable y lo segundo, sería una solución posible y efectiva. Sin embargo, la conciencia política no expresamente viene del hambre sino de la necesidad de cambiar un sistema injusto y ese deseo de cambio no se materializará si existe en el ambiente unos aires de desconfianza entre vecinos, miedo y aislamiento entre individuos.
Medidas como aumentos salariales, convenios colectivos o mayor regulación en los mercados son meramente reformistas pero atraen a gente con poca conciencia política que necesita de soluciones inmediatas para su supervivencia. Entonces, entre esa gente que comparte los mismos intereses tienden a asociarse. Ello supone el primer paso para romper el aislamiento y crear espacios que posibiliten la puesta en común de los intereses, para así visualizar las reivindicaciones y crear medios materiales para poder conseguir dichos objetivos. Tomemos como ejemplo el sindicalismo: el sindicalismo de por sí es reformista porque el objetivo de este movimiento es la consecución de mejoras laborales dentro del sistema capitalista. Cuando entraron los anarquistas en los sindicatos, posibilitó el acercamiento de las ideas anarquistas a la clase trabajadora y ello supuso la salida de la marginalidad del anarquismo que se encontraba allá a finales del siglo XIX. Gracias al contacto entre el anarquismo y la clase obrera, se pudo materializar los deseos de emancipación del proletariado. No obstante, el sindicalismo anarquista no dejó de tener reivindicaciones reformistas como las mejoras salariales, la readmisión de los despedidos, el cese de los abusos patronales, etc, pese a mantener una estructura organizativa antiautoritaria y unos principios revolucionarios, así como sus tácticas como la acción directa.
En períodos conservadores -es decir, en momentos donde no existe una conciencia política subversiva generalizada-, el sindicalismo revolucionario sirve como herramienta de la clase trabajadora para conseguir sus reivindicaciones y hacer retroceder al patrón así como extender la lucha de clases poniendo en práctica la solidaridad entre la clase trabajadora, el asamblearismo y la autogestión. En pocas palabras, debe servir como herramienta que haga ver que mediante la asociación, organización de la clase trabajadora y la acción directa es posible materializar las reivindicaciones. En cambio, en situaciones revolucionarias -períodos en los cuales el conflicto social entre clases se generaliza-, los sindicatos se vuelven torpes para organizar la revolución y en su lugar, lo ocuparía la misma clase trabajadora que tomarán las riendas de sus vidas poniendo en autogestión las tierras, fábricas y talleres. No hay que olvidar que, además de sindicalistas revolucionarios, son anarquistas y es por ello que debe existir una organización política que impida que las reivindicaciones laborales se convierta en fin en sí mismo sino como medio para hacer ceder al patrón, para la asociación de los explotados y posibilite una revolución social que tenga como fin el comunismo libertario.
La relación entre el reformismo y la revolución radica pues en que las reivindicaciones reformistas sirven para impedir que el agua nos ahogue y tengamos terreno para poder movernos, lo cual nos posibilitaría organizarnos. Los gobiernos y los grandes propietarios ceden cuando ven peligrar su situación concediendo las reivindicaciones de la población para aliviar la tensión. No obstante, existe un gran riesgo si, pese a conseguir arañar muchas cesiones de las clases dominantes, se considere como un objetivo logrado pensando que los gobiernos y los capitalistas cedieron porque han recapacitado. Entonces, en vez de debilitar al sistema lo refuerza ya que las clases dominantes recuperaron su credibilidad al mostrar su cara benefactora.
Cuando la burguesía y la clase política decide conceder las reivindicaciones, supone una medida desesperada cuando la represión no consigue frenarlos. Si sucede ésto significa que el sistema se debilita, al ver que su sistema represivo no consigue terminar con la disidencia, lo que posibilita que podamos golpear si se consigue que la conciencia de clase se extienda y el movimiento libertario vuelva a ser un movimiento de masas organizado. Así pues, entraríamos un período revolucionario y en última instancia, las clases dominantes no dudarán en usar la fuerza para mantener sus privilegios. Es entonces cuando, mediante la exigencia de reformas, consigue llevarnos a una situación revolucionaria al despertar la conciencia de clase del proletariado y organizarnos. Llegado ese momento, se tendría como objetivo la revolución social que terminaría por expropiar a las clases dominantes y recuperar nuestras vidas construyendo una sociedad libertaria.
Sacando algunas conclusiones, debemos tener en cuenta que el reformismo es estéril cuando es impulsada por movimientos ciudadanistas con reivindicaciones como la reforma de la ley electoral, el impuesto a los ricos y las transacciones financieras, mayor dureza contra la corrupción, etc que únicamente tienen el fin de conseguir un sistema más amable con una explotación más sutil. Sin embargo, hay ciertos aspectos como la lucha en el mundo laboral, la defensa de la Sanidad y la Educación, que si se consiguen conquistas mediante la acción directa, servirían para impulsar aspiraciones más ambiciosas y revolucionarias como la autogestión obrera tanto de los medios de producción como de la salud y la educación. Lo más importante de todo es que se vea que mediante la acción directa y la autoorganización es posible conquistar no solo nuestros derechos sino que desde la cooperación y la solidaridad, consigamos tener bases materiales para aspirar más allá de la defensa frente a las agresiones del capital. Los movimientos sociales quedarán inofensivos y absorbidos por el sistema cuando los objetivos son meramente reformistas y no aspiran a la transformación radical del sistema que es la destrucción del Estado y el Capital.
Nota: este artículo fue rescatado de Sección Libertaria por el motivo del cierre del blog.

Nota: esta viñeta ha sido rescatada de Sección Libertaria por motivo del cierre del blog.
Volvemos una vez más con la serie de enlaces de interés. En esta ocasión tratando los siguientes temas:
Cuando abrimos cualquier periódico burgués y miramos en la sección ‘Política’, leemos los discursos de los partidos sobre cuestiones que afecten al país, casos de corrupción en ciertos partidos políticos, y en general, asuntos que traten sobre las decisiones de los partidos políticos, las leyes, las relaciones exteriores y lo que se debata en los parlamentos. Todo ello nos da a pensar que la política es aquello asociado a las instituciones y al Estado, siendo un tema que debe ser tratado por profesionales que han estudiado carrera y que, por ello, tienen legitimidad para representar al pueblo y decidir por éste. No obstante, lejos de esta connotación dada desde los medios de comunicación y los propios políticos, «política» significa realmente la gestión, administración y organización de las sociedades humanas, nada relacionado con la profesionalización de la política y un asunto lejos del alcance de la población.
Sin embargo, la mayoría de la gente todavía desconoce el significado real de la política y, eludiendo responsabilidades, se niega a meterse en política, ya sea porque desde ciertos partidos políticos tratan de persuadirnos de que es malo meter la política en deportes, en la vida personal, en las escuelas, en el trabajo, etc; o porque piensan que la política es un juego sucio y manchado de corrupción. Son aquellos que se declaran apolíticos y -en palabras de Bertolt Bretch- «no sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales». Pese a que no toda nuestra vida es política, sí que nuestras condiciones de vida son fruto de las decisiones tomadas por la clase dominante que ostenta el poder político.
Empero, si entendemos la política, no como una profesión, sino como lo descrito en la introducción, se nos abren muchas puertas y ponemos a nuestro alcance la capacidad para la gestión colectiva y la creación de instituciones propias emanadas de la libre asociación, entendiendo «instituciones» como órganos de gestión -en este caso- no jerárquicos en los cuales sean puntos de encuentro para que el pueblo sea quien tome las decisiones políticas y no una clase parasitaria. Por numerar unos ejemplos: asambleas, sindicatos, comités, federaciones, confederaciones, municipios, etc.
Ya con los conceptos claros, podemos distinguir la política profesional de la política real. La política profesional tiene su origen en los Estados -es decir, en una institución jerárquica y separada del pueblo, constituido para gestionar la vida del pueblo y a la vez utilizada como instrumento de dominación por las clases propietarias- y en nombre de la voluntad general se consolida como un poder legítimo para gobernar al pueblo y «velar por sus intereses». Pero la realidad es bien diferente a la teoría, y la política como profesión termina siendo prostituida, puesta al servicio de las clases dominantes en contra de los intereses del pueblo. En cambio, la política real es la que surge de las masas populares que, tomando conciencia de su condición de explotados y que la política no solo es cosa de políticos, se organizan en base a principios como el asamblearismo, la ayuda mutua, la solidaridad de clase, la cooperación… Es la política que se crea en las calles, en los tajos, en las escuelas y en todos los lados donde existan desigualdades sociales y sujetos activos dispuestos a transformar esa realidad.