La masacre en Gaza es un crimen internacional

La vulgata cómplice de los dirigentes de la Unión Europea resuena por doquier: “Israel tiene derecho a defenderse, respetando el Derecho Internacional Humanitario”. Es una melodía macabra que se reitera en los medios de comunicación, mientras los inmisericordes bombardeos israelitas masacran niños, mujeres, periodistas y personal humanitario en la Franja de Gaza.

Llevamos ya un mes de bombardeos y al respeto de Netanyahu por el Derecho Internacional Humanitario ni se ha visto, ni se le espera, en Gaza. Se está efectuando, con plena publicidad global, un castigo colectivo contra población civil, a la que se ha privado de alimentos, agua y combustible durante semanas. Se ha impuesto un traslado masivo y coactivo con motivación étnica, no sólo en Gaza sino también en algunas zonas de Cisjordania. Se ha asesinado a cerca de 10.000 personas, entre ellas casi 5.000 niños y niñas, en bombardeos indiscriminados contra población no combatiente. Se han utilizado bombas de fósforo blanco en zonas ampliamente pobladas de civiles. Se están realizando masacres casi diarias en hospitales, escuelas y centros humanitarios. Se bombardean ambulancias y campos de refugiados. Se ataca a los civiles que han obedecido a la orden coactiva de dirigirse al Sur de la Franja y se les niega la posibilidad de acceder a ayuda humanitaria.

Mientras tanto, los dirigentes israelíes hablan de usar la bomba atómica contra la población civil de Gaza. Los servicios de inteligencia desarrollan planes para expulsar a la totalidad de dicha población, por la fuerza, más allá de la frontera. El Ejército israelí destruye las plantas potabilizadoras de agua de la Franja y cierra, de vez en cuando, toda comunicación virtual entre Gaza y el resto del mundo.

En estas circunstancias, ya no cabe lugar para declaraciones ambiguas ni para afirmaciones utópicas. Nadie en su sano juicio, o con un mínimo de honestidad, puede afirmar que Israel está cumpliendo el Derecho Internacional Humanitario en su ofensiva sobre Gaza. Simplemente, el mundo entero está viendo como se produce un genocidio, salpicado de crímenes de guerra contra población civil, enmarcado en una estrategia de limpieza étnica, a la que algunas voces añaden propuestas de una “solución final” (como el uso de la bomba atómica en la Franja) consistente en el aniquilamiento del pueblo palestino.

Así, pues, las plañideras consideraciones de los dirigentes de la Unión Europea no pueden tomarse más que como una forma indigna y sórdida de complicidad en la matanza. No, no hay ninguna duda. Es evidente que Israel está incumpliendo el Derecho Internacional Humanitario. Y, por tanto, también es evidente que, así, de esta manera, en estas circunstancias, Israel no tiene derecho a defenderse. No así. Un genocidio no es algo que se pueda cometer “en defensa propia”.

En el más primigenio origen del “derecho de gentes”, la tradición jurídica hispánica que dio lugar al nacimiento del Derecho Internacional está la afirmación de San Isidoro de Sevilla, luego reiterada por Santo Tomás de Aquino y toda la escolástica medieval, de que lo único que distingue a una banda de ladrones de un Estado es el respeto del Derecho.

El Estado no es una banda de ladrones, nos dice Isidoro, porque respeta las normas que él mismo se ha dado. Las normas básicas de su ordenamiento jurídico, y las normas internacionales que ha ratificado como integrante de la comunidad global de Estados. Sin ese respeto de las normas jurídicas, el Estado es indistinguible de una banda de ladrones. O de un grupo terrorista.

Quien toma como línea política y militar aterrorizar a población civil y masacrar niños, en palmaria quiebra del Derecho Internacional, no puede reclamar ser reconocido entre las naciones como un igual. La venganza es un criterio común de actuación de las bandas de ladrones, no de un Estado de Derecho.

Así pues, Israel, con su actuación en Gaza (pública, palmaria, e incluso reivindicada por sus dirigentes políticos) ha dejado de ser un Estado para comportarse como una banda de ladrones. No tiene derecho a defenderse así, de esta manera, conculcando todo rasgo de humanidad, toda norma jurídica.

Por tanto, los lloros cómplices y pasivos de los dirigentes políticos de la Unión Europea deberían ser sustituidos por una política firme en defensa de los derechos humanos. Una política que, en este momento, impone la ruptura de relaciones diplomáticas con Israel, la detención de Benjamin Netanyahu y los dirigentes militares israelíes para ser juzgados por la Corte Penal Internacional, la imposición de sanciones económicas y armamentísticas a Israel hasta que abandone sus prácticas actuales y se establezca un alto el fuego, el reconocimiento jurídico del Estado Palestino, y la apertura irrestricta de Gaza a la ayuda humanitaria y el comercio internacional.

La Unión Europea debe exigir la liberación de todos los presos y rehenes de ambas partes. La asunción de responsabilidades penales por parte de todos que han realizado masacres contra civiles. Reconocer al Estado Palestino. Y, además, implementar una dinámica de sanciones efectivas contra el Estado de Israel hasta que cumpla cabalmente todas las resoluciones de la Organización de Naciones Unidas sobre el conflicto en Palestina.

Eso es el cumplimiento del Derecho. Lo demás son sandeces cobardes y lloriqueos de una expotencia en acusada decadencia. Los cenagosos lamentos con los que los traficantes de palabrería justifican su pasividad ante el saqueo y la masacre efectuados por una banda de ladrones.

Las sanciones y la guerra comercial global

La recuperación de la economía china, tras los confinamientos establecidos durante la pandemia, se muestra débil. Los precios al consumo han descendido por primera vez desde inicios de 2021. Mientras el resto del mundo se enfrenta a una inflación que no termina de domar, el “taller del mundo” se ha instalado en una preocupante deflación que algunos analistas equiparan al inicio de la “trampa de la liquidez” que paralizó a la economía japonesa en los años 90.

China tiene dificultades para sustituir la demanda occidental, en retirada por la inflación y la fragmentación de los mercados provocada por las tensiones geopolíticas, por una demanda interna suficiente para absorber su producción. El índice de precios al consumo chino cayó un 0.3 % interanual en julio. El índice de precios a la producción, que cuantifica los precios de los productos a la salida de las fábricas, un 4,4 %.

La economía china sólo creció un 0,8 % entre el primer y el segundo trimestre del año, dificultando alcanzar el prudente objetivo del 5% `para todo el año, indicado por el Gobierno. Las exportaciones se desplomaron un 14 % interanual, en dólares, en julio, la caída más pronunciada desde el inicio de la pandemia. Las importaciones también descendieron un 12,4 %.

El sector inmobiliario también está dañado. Country Garden, la mayor promotora de China, dirigida por Yang Huiyan, la mujer más rica del país prevé perder entre 5.675 y 6.937 millones de euros en el primer semestre del año. Su cotización en la Bolsa de Hong Kong ha disminuido un 64 % en lo que llevamos de 2023. Todo ello dos años después de que Evergrande, otra enorme promotora, fuera intervenida por el gobierno después de acumular una deuda de más de 300.000 millones de dólares.

Las autoridades chinas han intentado recuperar la confianza de los mercados y los ciudadanos, desplegando su estrategia de “circulación dual”, acordada en el Plan Quinquenal actual, que trata de generar una mayor demanda interna. Han recortado algunos tipos de interés y han ofrecido algunos incentivos fiscales a las empresas. En los círculos económicos chinos se multiplican las voces que reclaman al Politburó del Partido Comunista que proceda a un estímulo público decidido de la economía, para impulsar la demanda y la inversión productiva.

Parte de los problemas de la economía china, sin embargo, tienen también que ver con la creciente pugna geopolítica desatada con los Estados Unidos. Las sanciones norteamericanas sobre el sector tecnológico chino acrecientan los costes de las empresas, que están logrando, generalmente, sortear las sanciones asumiendo cadenas de valor más largas y complejas, y que, además, siguen invirtiendo en Occidente mediante participaciones en los fondos globales de capital riesgo, que suelen garantizar una cierta opacidad a sus partícipes. El pasado miércoles 9 de agosto, por ejemplo, Joe Biden acordó una nueva ronda de sanciones, la más importante, de hecho, hasta el momento, contra el sector tecnológico chino, mediante una orden ejecutiva que impone límites a la inversión norteamericana en algunas empresas del país asiático, dedicadas a los semiconductores, la computación cuántica y la inteligencia artificial.

Las sanciones occidentales, por tanto, están teniendo un efecto claro sobre la economía de la República Popular. Pero no todo el que desearían los norteamericanos. Además, si china se resfría el mundo entero estornudará. La interdependencia entre los dos bloques geoeconómicos que han iniciado una nueva “Guerra Fría” sigue siendo enorme, pese a las medidas tomadas por algunas grandes empresas, que procuran diversificar sus cadenas de valor llevándose plantas de fabricación a otros países asiáticos.

De hecho, la insistencia occidental en las sanciones como arma de guerra económica está teniendo resultados ambivalentes incluso en los que se refiere a Rusia, la potencia emergente con la que Occidente está envuelto en un conflicto bélico “por correspondencia” (como lo ha calificado Juan Luis Cebrián en el diario El País). Según un análisis del Financial Times, las empresas europeas han perdido más de 100.000 millones de euros en su retirada del mercado ruso, en cumplimiento de las sanciones impuestas por la Unión Europea. BP, Shell y Total Energies han perdido 40.600 millones, completamente compensados por la brutal subida de los precios del gas y de petróleo tras el inicio de la guerra. Fortum y Uniper han visto como Moscú tomaba el control de sus filiales rusas. Las factorías de Danone y Carlsberg han sido expropiadas por el gobierno ruso. Aún así, se calcula que más del 50 % de las empresas europeas que había en Rusia antes de la guerra siguen en el país, entre las que se cuentan Unilever, UniCredit, Nestlé o Raiffeisen, que alegan numerosas dificultades para encontrar comprador para sus activos.

Así pues, las sanciones son una poderosa arma de destrucción económica, pero, en economías completamente interdependientes y enormemente entrelazadas como lo son las del siglo XXI, la destrucción provocada por las sanciones se reparte, en formas desiguales, entre todos los espacios globales.

Por ejemplo, esta misma semana se hace público por el diario Expansión que el veto norteamericano a la tecnológica china Huawei “atasca” los proyectos gubernamentales de nuestro país para generalizar el 5G en el ámbito rural. El Ministerio de Economía ha atrasado a septiembre la convocatoria del plan “Único Redes Activas”, destinado a desplegar el 5G en el campo, ante la posibilidad de que Orange y Vodafone lo impugnen judicialmente. El trasfondo es que el veto a Huawei deja a Movistar como único licitador viable, ya que el resto de las empresas deberían sustituir la tecnología Huawei, que ya tienen en sus redes, en un plazo excesivamente corto. Además, las empresas de torres de telecomunicaciones (American Tower, Cellnex, Vantage, Totem o Axiom) también han mostrado su descontento:  si sólo hubiera un ganador (en este caso, Movistar) sobrarían la mitad de las torres actualmente desplegadas en el campo, lo que desplomaría el valor de muchos de los activos de las torreras.

La viabilidad de las sanciones y sus efectos puede, de hecho, rastrearse en los resultades presentados recientemente por la empresa que ha sido su principal destinataria: Huawei. Si bien es cierto que la tecnológica china ha visto desplomarse su negocio dedicado a la venta de smartphones en los últimos años (en 2019 era la principal fabricante de móviles del mundo), también lo es que este mismo año 2023 ha conseguido volver a crecer en tecnología de consumo gracias al mercado interno chino. Ha obtenido un beneficio neto, en este año que triplica el del año anterior, aunque sigue facturando, a nivel global, menos de la mitad del año 2019. Sin embargo, el rubro que ahora le aporta mayores beneficios es el de la venta de equipamiento a operadores de telecomunicaciones y empresas. Además, el mercado global que perdió Huawei tras el 2019 ha sido en gran medida recuperado por otros fabricantes chinos como Xiaomi, Oppo y Vivo.

Occidente implementa las sanciones pretendiendo ralentizar el crecimiento del sector tecnológico chino y detener el avance de las potencias emergentes en un mercado global cada vez más acusadamente multipolar. Las sanciones, a su vez, provocan efectos “de rebote”, indeseados, sobre Occidente y, además, impulsan una creciente fragmentación del mercado mundial en áreas económicas diferenciadas, donde cada actor tiene sus socios preferentes y acuerda sus sanciones, expresas o tácitas, sobre el bloque adversario.

La estrategia de las sanciones, sin embargo, no ha logrado revertir el éxito comercial chino. El superávit en la balanza de pagos de China con la Unión Europea y los Estados Unidos no para de crecer. Aunque las exportaciones chinas se resienten de la actual alza de la inflación y de la imposición de las sanciones, el sector exterior europeo también sufre. Incluso en España, donde la crisis energética es mucho más suave que en los países del Norte y Centro de Europa, el Banco de España acaba de alertar sobre un posible frenazo en las exportaciones del sector del automóvil, de la mano de “la evolución de las tensiones geopolíticas y su impacto sobre los mercados de materias primas, tanto energéticas como no energéticas”.

Mientras eleva las sanciones contra las tecnológicas chinas (la iniciativa de vetar a Huawei en el 5G rural español viene de Bruselas), la Unión Europea se prepara para una cumbre con la República Popular en septiembre en la que pretende obtener del gobierno chino que elimine algunas barreras comerciales a los productos europeos. Concretamente, la UE está muy preocupada por la decisión china de restringir sus exportaciones de galio y germanio (una represalia china contra las recientes sanciones occidentales). Estos metales son de uso común en los chips de los vehículos eléctricos y los equipos de telecomunicaciones, así que su escasez puede representar un problema para la electrificación de la industria automovilística europea, justo cuando las empresas de coches eléctricos chinos, extremadamente competitivas, empiezan a inundar los mercados del Viejo Continente. El déficit de la balanza comercial europea con China alcanza los 400.000 millones de dólares, y ha crecido enormemente estos últimos años, pese a las sanciones norteamericanas y pese al bloqueo europeo del Tratado Comercial con China de la última década, que nunca se llegó a ratificar.

Hundir a China, pues, puede ser un pésimo negocio para el capitalismo occidental. Lanzarse a una guerra directa o “por correspondencia” con los países emergentes, también. El gasto de los turistas chinos en España se ha multiplicado por siete desde el fin de la pandemia, duplicando la media del resto de turistas, según un informe de Turespaña. La llegada de turistas chinos a nuestro país ha aumentado un 420% en el primer semestre del año, respecto al año anterior. El turismo ruso, sin embargo, se ha desplomado. Pensemos en las implicaciones que tiene todo ello para el principal sector económico de nuestro país.

El auge de la extrema derecha es funcional, pues, a las estrategias de las clases dirigentes

La guerra entre las potencias capitalistas, militar, económica o política es siempre una guerra contra la clase trabajadora. Implica la destrucción de fuerzas productivas, pero no un decrecimiento ordenado con una finalidad ecológica, sino una extensión del desempleo, la miseria y las tensiones sociales. El auge de la extrema derecha es funcional, pues, a las estrategias de las clases dirigentes en el marco de un proceso de creciente tensión bélica y de aumento de la necesidad de militarizar las economías y a las poblaciones.

Occidente tiene que saber perder su Imperio, para que los pueblos que se liberan lo hagan sin caer en nuevas pesadillas autoritarias

Mientras trabajamos por construir la trama organizativa y cultural de la clase trabajadora global, debemos mantenernos vigilantes para que las tensiones geopolíticas en curso no se transformen en un gigantesco vórtice que devore todas las energías de la Humanidad y las transforme en episodios sangrientos de violencia y miseria, en el marco de una guerra mundial sostenida durante décadas mediante enfrentamientos directos o “por correspondencia”, entre Occidente y las potencias emergentes. Occidente tiene que saber perder su Imperio, para que los pueblos que se liberan lo hagan sin caer en nuevas pesadillas autoritarias. La Humanidad necesita que la gran guerra que ha empezado acabe antes de volverse irreversible.

Kaosenlared

 

¿Qué hacer ante un invierno sin gas en Europa?

La economía global se asoma al escenario de una profunda crisis provocada por el desarrollo de la guerra en Ucrania. La inflación se ha disparado en todo el mundo, y los bancos centrales anuncian subidas de los tipos de interés para tratar de atajarla. Los “halcones” de la austeridad y el neoliberalismo vuelven a hacerse fuertes en los think tanks de las finanzas internacionales. El breve interregno de hegemonía keynesiana vivido durante la pandemia ha llegado a su fin.

Los tipos de interés van a subir y, como ha avisado recientemente Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, la puesta en marcha de un mecanismo para evitar una nueva crisis de las primas de riesgo de las economías de la periferia europea vendrá, esta vez, acompañada de “condicionalidades”, es decir, de reformas neoliberales impuestas por Bruselas. Y nada asegura que este nuevo mecanismo logre contener, de hecho, las ofensivas de los capitales especulativos internacionales contra el euro, en un invierno que se anuncia como el del posible colapso de la Unión Europea.

Porque el otoño se prevé sumamente complicado para la economía de la Eurozona. El alza continuada del precio del gas impide asegurar que las reservas van a ser suficientes para evitar una situación casi caótica, si la Federación Rusa decide cortar el suministro durante el verano. Un accidente en una planta en Freemont (Texas) ha reducido los envíos de gas licuado (GNL) estadounidense a mínimos de los últimos meses. La convocatoria de varias jornadas de huelgas en Noruega, el más cercano suministrador alternativo a Rusia, significa una amenaza añadida para las reservas europeas, que hoy alcanzan un 60 % de la capacidad, lejos del 80 % que la Comisión se ha fijado como objetivo para noviembre. La posibilidad del racionamiento en los meses más crudos del invierno parece cada vez más cercana en países extremadamente dependientes del suministro energético ruso, como Alemania.

Europa ha empezado el año con un crecimiento del 0,3 %, según Eurostat. España, que a finales del 2021 crecía al 2 %, está incluso una décima por debajo de ese 0,3. La inflación está desbocada, superando el 10 % en España, mientras el Banco Central Europeo prevé que alcance más del 8 % en el conjunto de la Eurozona este año. La posibilidad de que, a partir de octubre, y en un escenario de corte del suministro energético ruso, Europa entre una situación de estanflación (es decir, alta inflación y caída en el crecimiento económico) es cada vez más plausible.

Pese a que al auge del turismo veraniego y los efectos de la reciente reforma laboral en la transformación de contratos temporales en indefinidos precarios mantienen el espejismo de una salida virtuosa de la crisis provocada por la pandemia, lo cierto es que la economía española difícilmente podrá abstraerse del caos general provocado por un invierno europeo sin gas. Las tímidas medidas tomadas por el gobierno para limitar el impacto de la guerra en Ucrania entre las capas populares no podrán sostener al país. La Comisión ha acordado recientemente que todos los estados miembros de la Unión deberán ser solidarios con sus reservas energéticas en caso de un shock de suministro. Será, también, difícil justificar los esfuerzos que esa solidaridad implica para las clases populares si, al tiempo, se hacen publicas las fuertes “condicionalidades” (en la forma de reformas de pensiones y degradación de los servicios públicos) que se esperan acompañen al mecanismo de salvaguarda monetaria del euro, de que hablamos anteriormente. Además. A deriva militarista de los presupuestos públicos, erosionará aún más el gasto social.

La clase trabajadora sufre los golpes de la inflación desbocada, aunque aún siga atada psicológicamente a la posibilidad de un brillante verano de desconexión de la pandemia. Christine Lagarde reconoce que los salarios reales llevan ya más de dos trimestres de descenso en Europa. El poder adquisitivo que la inflación arrebata a los trabajadores no se ve compensado por la correspondiente alza de salarios. La “responsabilidad” del sindicalismo oficialista es monolítica y suicida. Negociar congelaciones salariales y alzas de retribuciones que a duras penas superan el 2 % cuando la inflación se instala cerca del 10 % es subrayar, de nuevo, la ya tradicional visión, generalizada entre los trabajadores, de los sindicatos mayoritarios como anexos rústicos de los Departamentos de Recursos Humanos de las empresas.

En este escenario el sindicalismo combativo y los movimientos sociales se ven forzados a determinar su estrategia futura en un contexto muy problemático. Sostener al gobierno progresista y mostrar tibieza ante sus aventuras bélicas y sus medidas limitadas lleva a la izquierda social al descrédito entre los trabajadores y aumenta la confusión y la irracionalidad que, poco a poco, va instalándose en la conciencia de las clases populares. Intentar encabezar el descontento creciente y organizar la resistencia puede llevar a la elección de un gobierno de derechas y genera conflictos y tensiones cada vez más candentes con la izquierda institucional, que amenaza con vetar y maginar todo disenso con la estrategia parlamentaria de la “Nueva Política”.

Sin embargo, más allá de la confusión que ha instalado el reflujo del proceso de lucha del 15-M en la izquierda social, lo cierto es que el descontento de las clases populares es real. Se expresa, de momento, en abstención, comportamientos desviados y generalización de una cultura protofascista, tremendamente irracional y conservadora, que se presenta como “rompedora” y “antisistema”. Este descontento puede multiplicarse en un invierno de crisis y estanflación, como el fuego en una pradera seca.

No existe el vacío en política. Si el sindicalismo combativo y los movimientos sociales no expresan y dirigen el descontento, en toda su radicalidad, otros los harán. La extrema derecha está esperando su momento. Mejor digamos: la extrema derecha está aprovechando su momento y alimentando los caudales de la ira popular con irracionalismo, tradicionalismo y racismo.

El “momento hamletiano” de los movimientos sociales y el sindicalismo consecuente debe terminar. No hay que transmitir más confusión y dudas a la clase trabajadora. Debemos ser la expresión del descontento y organizar a los que sufren la crisis contra quienes la han creado. Y el gobierno ha contribuido a crearla con su megalomanía bélica y su progresismo de plastilina. Los compañeros y compañeras que están en la izquierda institucional deben elegir de qué lado combaten, y dejar de transmitir confusión y promover la inconsecuencia y la pusilanimidad entre los militantes sociales. Si el gobierno va a caer, mejor que lo haga acompañado de un proceso de autoorganización y movilización popular, que en una debacle de triste impotencia y luchas cainitas por las migajas institucionales que deja en su crisis la socialdemocracia.

En medio del caos que se avecina, transmitir claridad y elegir el bando de los de abajo sin vacilaciones es el medio más cabal para reconstruir una izquierda revolucionaria digna de ese nombre.

José Luis Carretero Miramar para Kaosenlared

Reavivar la llama del sindicalismo de clase: Ahora o nunca

En medio del crisol de organizaciones de todo tipo que afloran el día de la conmemoración por antonomasia de la clase obrera, el 1 de Mayo, viene al pelo analizar la situación del sindicalismo y las causas que lo han llevado a la actual desconexión con los y las trabajadoras.

Históricamente, el sindicalismo ha sido una de las corrientes que más en comunión ha estado con la clase obrera en el seno de sus problemas: el entorno laboral. A su vez, gracias a la lucha que ha surgido de este movimiento generalista (podríamos desgranarlo en función de sus matices, pero nos llevaría otro artículo), se han logrado cuantiosos triunfos para dicha clase, materializados en forma de derechos laborales; ahora básicos y esenciales, aunque antaño parecieran quiméricos y/o largoplacistas.

Sin duda, es innegable el papel de las organizaciones sindicales en tales luchas y victorias. Especialmente en épocas en donde la represión contra la movilización obrera estaba a la orden del día.

Inevitablemente me surge una serie de preguntas que iré respondiendo a lo largo del artículo.

¿ES QUE YA NO HACE FALTA EL SINDICALISMO?

Vivimos una época gloriosa para la paz social, adentrados en la entelequia de la clase media. Ahora ya no somos obreros luchando contra malvados explotadores, sino trabajadores con pretensiones de alcanzar una cierta estabilidad en nuestros puestos de trabajo mientras vivimos en un limbo de insana incertidumbre. Tampoco somos aquellos individuos fabriles, miembros de una cadena de producción fordista, que se pasan doce horas realizando la misma tarea de forma mecánica, sino sujetos hiperespecializados en tareas concretas trabajando en alguna empresa de cara amable en donde se valora tu magnífica “proactividad” y tu buena “gestión de las complicaciones”.

Antaño no había más derechos de los que imponía el propietario de la fábrica, actualmente nos venden la imagen del sacrificio por la empresa como algo necesario y unitario, buenrollista diríase. En una forma burda de menoscabar los derechos laborales de los que ahora nos beneficiamos, la apelación al sacrificio y al “todo por la empresa” (discurso similar al del patriotismo fascista con su “todo por la patria”), quien no sea capaz de someterse a tales designios, que se considere un paria y un mal ciudadano, que alguien ya estará dispuesto a hacer su mismo trabajo bajo esas condiciones.

Las malas prácticas empresariales no han cedido, llevan ahí desde que la sociedad es sociedad. Pero al igual que han ido variando en función de las distintas etapas históricas, esta vez se han metamorfoseado y adaptado a la vida contemporánea.  Por lo tanto, se puede concluir que el sindicalismo es igual de necesario ahora que en el siglo pasado, pero que su discurso, tiene que estar en consonancia con los problemas actuales, alejados de la mirada dogmática y arcaica que a veces profesan.

SITUACIÓN DEL SINDICALISMO

No hay duda de que el discurso justificador de la explotación modernizada vociferado desde las clases dominantes ha calado en la mentalidad popular.
Es habitual escuchar o leer comentarios de compañeros y compañeras de clase trabajadora cargados de bilis contra los taxistas “que monopolizan el sector”, los “privilegiados” estibadores “que sólo cargan cajas en barcos”, los “subvencionados y prejubilados” mineros, los médicos “que cobran más que nadie” o los profesores “que tienen muchas vacaciones”. La cultura del sacrificio lleva unos años asentándose entre nosotros y su alternativa es un discurso victimista y anticuado, por parte del sindicalismo partidista, que se consume en sus propio incendio mientras empresarios, políticos y medios, avivan las ascuas con su propaganda anti-sindical.

Bajo este paradigma, no es sorprendente que la afiliación de los dos sindicatos mayoritarios del estado español (CCOO y UGT) haya bajado en sus cuatro últimos años un 21%, pese a suceder en un contexto de inestabilidad política y económica y con una clase obrera azotada por cuantiosos recortes y dos reformas laborales abrumadoras.

Esto no sería un problema grave si se tradujese en un aumento sustancial en la afiliación del sindicalismo alternativo o de clase, pero muy al contrario, la mayoría abandona con resignación la militancia sindical.

La tasa de afiliación de España es aproximadamente del 16%. De las más bajas de la UE.

MOTIVOS DE LA BAJA AFILIACIÓN: LA FALTA DE CONCIENCIA DE CLASE, DESCONFIANZA Y ALTERNATIVAS POCO VISIBLES

A raíz de todo lo analizado, es bastante previsible saber por dónde van los tiros de la pésima situación del sindicalismo en España.

Por un lado tenemos la baja credibilidad de estas organizaciones, ocasionada por la propia actitud de los grandes sindicatos estatales: sumidos en tramas de corrupción, afinidad y dependencia de distintos partidos políticos, falta de representatividad y acción visible, abandono hacia los desempleados, la extrema burocratización, las subvenciones públicas, las figuras poco representativas del comité de empresa y el delegado sindical…

Por otro, a pesar de la cantidad de bazas que muestra el sindicalismo estatista, las alternativas sindicales de clase no acaban de ser una fuerza de choque suficientemente potente. Muy a menudo por su falta de visibilización, su anclaje a una jerga y unas praxis arcaicas y poco adecuadas para la sociedad actual y sobretodo, por la cantidad de luchas intestinas que rompen con cualquier ápice de unidad, enfrentando y atomizando (más si cabe) a obreros conscientes, fomentando así el descontento general y fomentando el prejuicio anti-sindical.

Por último, todo esto no se puede entender sin un contexto un poco más social; es decir, la realidad material en la que vivimos.

La mentalidad posmoderna fomenta la representación del individuo contra el mundo. La referencia para un obrero o un estudiante ya no es una turba de obreros enfadados exigiendo derechos a cualquier precio, sino la figura del emprendedor. De aquél personaje “hecho a sí mismo” y fuera de todo contexto que ha sido capaz de, mediante esfuerzo y dedicación, superar la lucha de clases llegando a formar parte de la clase dominante en vez de acabando con las clases en sí.

Esta mentalidad, de notable influencia visible en la actualidad, fomenta la alienación del trabajador respecto a su clase y le acerca a la aceptación de las normas sociales convenidas por el aparato de dominación. Es decir, las clases populares acaban sintiendo como suyos los intereses de las clases dominantes aunque supongan una contrariedad con sus intereses propios.

ALTERNATIVAS: LO QUE TODAVÍA PODEMOS HACER

En este clima de pesimismo y llanto, abogo por aportar algunas soluciones que pueden ayudar al sindicalismo a encontrar la luz al final del túnel en el que se halla sumido.

Para los sindicatos de clase

– Aprovechar la tesitura de descontento generalizado con los sindicatos estatales para deslegitimarlos y postularse como alternativa viable.

– Aumentar la presencia en conflictos no exclusivamente laborales, sino también fomentar el activismo y la interrelación con colectivos políticos no estrictamente laboralistas (ej. Can Vies, desahucios, Rodea el Congreso…)

– Mayor y mejor presencia en Internet. Fortalecer el contenido a recursos online y la comunicación a través de redes sociales, aprovechando la ventaja que nos brinda la descentralizada red, como contramedida hacia los medios generalistas.

– Abandonar el discurso anticuado, regenerándolo y adaptándolo a las necesidades actuales. Aunque las opresiones no sean distintas, la forma de oprimir si lo es y por lo tanto, hay que responder con alternativas dialécticas a la altura.

– Anteponer la unidad de los trabajadores a los problemas internos e interorganizacionales, como forma de evitar la tan perjuiciosa ruptura de la clase obrera.

Para los trabajadores sindicados

– Fomentar la afiliación en el entorno laboral y la participación de todos los trabajadores, argumentando sobre la necesidad de hacerlo.

– Mediar en los conflictos que se produzcan en el entorno laboral y fomentar la convivencia entre trabajadores, pese a ser de ramas distintas.

– Conocer las necesidades y ser consciente de la situación de los compañeros y las compañeras del entorno laboral.

Para los trabajadores no sindicados

– Buscar activamente alternativas sindicales que se adecúen a nuestra forma de actuación y a la rama profesional.

– Afiliarse en un sindicato que responda a las expectativas y por supuesto, militar en medida de lo posible, ya que sin acción no hay consecuencia positiva.