El suelo que compartimos

Acudí hace unas semanas a una presentación de Miquel Amorós en Madrid, cuya transcripción aproximada puede encontrarse aqui. La he releido y me parece, en líneas generales, un buen análisis, muy resumido, de cierto recorrido histórico del capitalismo que nos ha llevado hasta la situación en que vivimos. Eso a pesar de mis diferencias con algunas de las propuestas estratégicas que se derivan del mismo.

Efectivamente, el triunfo del capitalismo fue un triunfo moral. El grado de bienestar logrado para una mayoría social en el primer mundo desarmó cualquier respuesta socialista allí donde estaba más organizada. El capitalismo sedujo con mercancías a la mayoría de la población trabajadora del norte global a costa de acelerar el ciclo de consumo, es decir, de expoliar los recursos del planeta y a tres cuartas partes de su población. Triunfaba así el relato capitalista y se filtraba incluso en las conciencias y los ideales de las personas trabajadoras y las organizaciones de la izquierda, algunas de las cuales viraron irremediablemente hacia la aceptación y gestión de lo existente. Las que no entraron por ese aro (es importante también señalar su papel) fueron derrotadas y se volvieron minoritarias de forma más o menos progresiva, manteniendo discursos que nunca lograron cautivar a mayorías. Es dificil aplicar aquí la brocha gorda. Probablemente, la incapacidad de trazar estrategias conjuntas que apuntasen a la línea de flotación del capitalismo fuese una cuestión que se dirimía en cada conflicto, en cada huelga, en cada decisión política. No obstante, podemos encontrar aspectos comunes que nos remiten a la falta de objetivos colectivos y de una política de alianzas que frenara el enfrentamiento interno en la izquierda.

También el capitalismo jugó bien sus cartas. Supo por ejemplo ocultar el reverso de la sociedad de consumo, un reverso que para Amorós se concreta en: «desigualdad en aumento, enseñanza retrógrada, autoritarismo estatal, patriarcalismo, discriminación de minorías, sobreexplotación de la mano de obra inmigrante, mercantilización del vivir, etc«. A esos aspectos, algunos de los cuales quizá no sean los más relevantes, habría que añadir, al menos, la deslocalización de la producción y de la guerra (en sus términos más crudos).

La piedra de toque de todo este entramado era el crecimiento económico en el primer mundo, apoyado sobre unas bases dificilmente intercambiables: los combustibles fósiles con un alto retorno energético y el desarrollo tecnológico. Sin ello, el castillo de naipes caía, el bienestar se tambaleaba, la desregulación se volvía inevitable, la precariedad (nunca desaparecida) emergía, la desigualdad se generalizaba… En palabras de Amorós, «se inauguraba una época caracterizada por la desvalorización de la fuerza de trabajo y la destrucción del territorio: el descenso de los salarios, el trabajo precario, la pérdida de derechos sociales, la alimentación industrial, las grandes superficies comerciales, la urbanización salvaje, la construcción de autopistas, et turismo de masas, etc., fueron sus rasgos más relevantes. La lógica especuladora y depredadora, típica de las finanzas, se extendió a la producción, a la distribución y a la explotación del territorio. Con las políticas monetarias que desincentivaban el ahorro, con el incremento de la deuda pública y con el crédito a espuertas, se quiso compensar la caída de la inversión privada y la congelación de los salarios. La crisis pudo disimularse un tiempo, pero solo para volver a manifestarse en estos últimos años gracias al estallido de las “burbujas” inmobiliarias y financieras, a las bancarrotas de algunos estados y a los grandes agujeros bancarios«. Lo que no fuimos capaces de hacer entender a una mayoría (aún no lo hemos sido) es que sobre unas bases que exigen un crecimiento ilimitado nunca ha sido posible construir un futuro, sólo un presente depredador: El crecimiento nunca puede ser infinito. El objetivo es construir una sociedad justa, igualitaria, solidaria, libre y del bienestar, sobre unas bases radicalmente distintas: sostenibilidad ecológica, producción socialista, escala humana, comunidades cuidadoras, confederalismo, feminismo, libertad individual, democracia social y económica… O, en palabras de Amorós, «un mundo justo, libre, igualitario, equilibrado, solidario y autogestionado«.

Lo que no fuimos capaces de hacer entender a una mayoría (aún no lo hemos sido) es que sobre unas bases que exigen un crecimiento ilimitado nunca ha sido posible construir un futuro, sólo un presente depredador: El crecimiento nunca puede ser infinito.

En lo estratégico, Amorós propone lo siguiente: «El órgano vertical de la dominación de clase ha de ser criticado en la práctica por organismos horizontales paralelos que atiendan no solo a las necesidades de la información y la lucha, sino a la subsistencia, como por ejemplo los relativos a la ocupación de viviendas, la producción de alimentos y energía, la asistencia médica y jurídica gratuitas o la enseñanza desescolarizada«. No obstante, reconoce que para ello son necesarios amplios movimientos autogestionarios que, en la práctica, «nunca superaron al estadio informal«. La cuestión esencial está entonces en cómo lograr que surjan o se consoliden esos movimientos fuertes y con instituciones propias para enfrentar al modelo de sociedad que promueve el capitalismo.

¿Cómo construimos un movimiento amplio y fuerte que camine hacia este objetivo? No nos sobran aliados. Es imprescindible participar en los espacios de movilización y de lucha de nuestra clase: Conflictos sindicales, huelgas, luchas en defensa de los servicios públicos, luchas por equipamientos en pueblos y barrios, luchas en defensa del territorio… Cuando se participa con ánimo constructivo en esos espacios de lucha, se genera cercanía y se está construyendo conciencia de clase. Es más, es ahí donde los anarquistas podemos disputar y argumentar a favor de nuestra línea política: poner la gestión de lo común en manos de organismos populares (que cabría que definir más detalladamente) antes que en manos de empresarios o burocracias estatales. Lograrlo nos permitiría tener a nuestra disposición (es decir, a disposicion de la gente trabajadora) instituciones no sólo de subsistencia: Instituciones de vida y cuidados para la transformación radical de la vida. Debemos aspirar por tanto no sólo a construir espacios de autogestión, sino a gestionar las empresas y los servicios públicos. Todos esos servicios que son reconocidos y defendidos por buena parte de nuestra clase, como la sanidad, la educación, el transporte, las bibliotecas, los parques y jardines… organizados de manera solidaria y democrática.

Alguien podría ver una oposición entre medios y fines entre la defensa de los servicios públicos y la construcción de movimientos populares revolucionarios. Esa oposición no existe, más allá de la visión dogmática que asocia lo público con lo que es propiedad del Estado y lo autogestionario con lo que es de todas las personas. Lo primero es claramente falso, ya que lo público tiene que ver más con los usos que con la propiedad. Nadie habla de cuarteles públicos o llama público al Palacio de la Zarzuela. Públicas son las plazas, las escuelas, los hospitales… Incluso los bares se consideran espacios públicos aunque la propiedad sea privada. Pero lo segundo es aún peor: confundir deseos con realidades. Las escuelas autogestionarias no cubren hoy las necesidades de una mayoría de la sociedad, y no son por tanto espacios comunitarios. Es la escuela pública quien cubre esa necesidad con muchas dificultades, en algunos casos incluso con prácticas pedagógicas transformadoras. Defender que la mayoría de la población pase a autogestionar su escuela u otros servicios garantes de derechos sin una reflexión profunda sobre las estructuras y los modos de vida actuales, y sin un proyecto mucho más trabajado y concreto de transición, es entregarse a fantasías. Lo es más aún creer que, de hacerlo aquí y ahora, la población autoorganizada va a optar sin más por metodologías radicalmente democráticas, feministas, ecologistas o de algún modo liberadoras en la gestión y los contenidos. Eso sería posible quizás con una población consciente y movilizada, cosa que no se logra únicamente deseándolo, sino actuando (de forma constructiva) dentro de los frentes de lucha de nuestra gente, las personas trabajadoras.

Para la mayoría de la sociedad, los servicios públicos son aquellos que dan cobertura a cualquiera, y muchas personas aspiran a convertirlos en lo más receptivos que sea posible (de ahí las demandas de universalidad en, por ejemplo, la sanidad) y lo más democráticos en su gestión. Tampoco a nivel individual podemos renunciar a la cobertura que nos aportan la sanidad u otros servicios públicos que en gran medida construimos como clase (aunque su gestión esté en manos del Estado). Desde la humildad que confiere el aceptar esta realidad es mucho más sencillo relacionarse con el resto de la izquierda y la mayoría social para construir movimientos fuertes y transformadores. Una propuesta flexible que integre la defensa de lo público con la gestión directa en manos de la comunidad no sólo tiene mayores oportunidades de prosperar, también permitiría trazar una política de alianzas con otros actores de la izquierda y, desde nuestra línea política, proponer la toma de servicios para que pasen a manos de la comunidad. Del mismo modo, una política sindical en las empresas que provean servicios útiles debe encaminarse a poner la producción en manos de los trabajadores y al servicio de la sociedad.

Para la mayoría, la lucha por la gestión directa de los servicios públicos, como tantas otras luchas tildadas de ciudadanistas, no es un intento de humanizar el capitalismo, es una demanda de los trabajadores en línea con lo que los libertarios siempre hemos defendido: la construcción de instituciones populares radicalmente democráticas.

Cuando Amorós tilda a todo esto de ciudadanismo o gestión del capitalismo no hace sino insultar y enfrentarse a nuestros potenciales apoyos, un análisis que nos dirige a una travesía por el desierto en busca de un oxímoron: sujetos revolucionarios acordes al dogma y que al mismo tiempo sean amplios y fuertes como para tener capacidad transformadora. En ese desierto, que algunos hemos recorrido de cabo a rabo, sólo encontraremos idealizaciones múltiples, desánimo y huidas hacia adelante. Ya hay muchas dificultades en la búsqueda de una transformación social revolucionaria como para hacernos trampas al solitario. Para la mayoría, la lucha por la gestión directa de los servicios públicos, como tantas otras luchas tildadas de ciudadanistas, no es un intento de humanizar el capitalismo, es una demanda de los trabajadores en línea con lo que los libertarios siempre hemos defendido: la construcción de instituciones populares radicalmente democráticas. Son esas instituciones las que pueden darnos la oportunidad de construir una vida sin capitalismo.

Aportemos a las luchas de nuestra clase desde nuestra postura: la de construir un ecosocialismo democrático, confederal y feminista. Si lo hacemos con una perspectiva constructiva y en positivo, los frutos superarán la frustración y la incapacidad que nos ha caracterizado durante demasiado tiempo. La urgencia del momento nos lo exige.

La necesidad de una estrategia

Desde hace varios años, acudo con frecuencia a diferentes ambientes, debates y espacios libertarios. En ellos suelo encontrar reflexiones muy interesantes, debates esclarecedores y análisis profundamente acertados. No obstante, a pesar de que hay en marcha numerosas iniciativas y acciones de todo tipo, suelo echar en falta una propuesta de contestación al poder que sea profundamente integral y a la altura de los problemas que se plantean.

Cada vez que el Estado pone en marcha una remodelación de un barrio, o cada vez que una empresa saca un nuevo anuncio publicitario; ambos lo están haciendo con una estrategia detrás, con unos objetivos y con una serie de medios y recursos específicamente dedicados a que esos objetivos lleguen a buen puerto. En el otro lado, los libertarios reconocemos ese objetivo, esa voluntad de poder, lo señalamos, y, a continuación, más por necesidad que por iniciativa propia, aparece una lucha. Finalmente, esas luchas a veces se ganan y otras veces se pierden, y al final, igual que aparecieron de manera casi involuntaria, esas luchas se desvanecen en la nada. Incluso en los casos que se ha logrado una victoria, no queda claro que hacer con ella, puesto que el fin de la lucha ya ha terminado y es momento de pasar a otra cosa. Un gran síntoma, a mi pesar, de esto es que la mayoría de las veces no se hace un balance ni un análisis a posteriori de cómo ha sido la lucha, que medios se han usado, cuales han sido los factores clave para su éxito/derrota y en qué nueva situación nos coloca.

El resultado esperable de lo anterior, es que el poder autoritario irá consiguiendo experiencia y adaptándose cada vez mejor a cada situación; mientras que el poder popular, en el mejor de los casos, intentará defenderse y retrasar el avance de aquél como buenamente pueda. La cosa empeora si tenemos en cuenta que no disponemos de una coordinación eficaz entre las diferentes luchas sectoriales, ni tampoco tenemos unas líneas de actuación que permita que la gente se sume y canalice sus esfuerzos hacia un destino común y transformador.

La realidad es que sin una estrategia, cada semana, día y minuto que pasa estamos más cerca de la derrota y carecemos de una manera de revertir esta tendencia.

Este panorama nos deja unas perspectivas poco alentadoras a las personas que luchamos y, quizás peor, proyecta una imagen de ineficacia al resto de la sociedad. En mi opinión, si queremos soñar algún día con el cambio social y la desaparición del sistema actual, se torna imprescindible y urgente trazar y poner en práctica una estrategia integral adaptada a los tiempos que corren.

Dicha estrategia debe contener todos los elementos que toda estrategia debe tener: 1) Análisis de la situación actual: Debilidades, Amenazas, Fortalezas y Oportunidades; 2) Definición de objetivos que se persiguen; 3) Descomposición en tácticas, medios y acciones concretas; 4) Ejecución de la estrategia; y 5) Evaluación de los resultados.

Además, la estrategia debe hacer coherente los medios con los fines. Debe tener bien presente los principios del ideario libertario. Debe ser consciente de la idiosincrasia del propio movimiento. Debe dar cohesión a las diferentes vertientes y prácticas del movimiento libertario en la actualidad: anarcosindicalismo, movimiento okupa, movimiento punk, colectivos políticos de diferente índole, grupos de afinidad, cooperativas, etc.

La estrategia debe ser funcional, debe ser amplia y variada en sus métodos de lucha y de participación y, una cosa más, debe ser esperanzadora. Si una estrategia no es capaz de imaginar un escenario victorioso en el que los objetivos se hayan cumplido en su mayoría, no será algo por lo que muchas personas estén dispuestas a sacrificarse.

Una estrategia correctamente formulada y apoyada por una mayoría de la gente que pertenece al movimiento libertario, cambiaría los papeles actuales de luchas meramente defensivas e inconexas, hacia una lucha cohesionada y con perspectivas de impacto social. Sin ella, no conseguiremos más que perpetuar el gueto político libertario y soñar eternamente con un mundo nuevo que jamás se podrá materializar.

~ Quasipodo

Introducción al anarquismo (IV). El análisis de coyuntura

Índice de contenidos a publicar:

1.-Unas bases.
2.-La visión estratégica.
3.-Programa, articulación política y estructuración del movimiento.
4.-El análisis de coyuntura.
5.-En la realidad material.

El análisis de coyuntura

En el capítulo anterior hemos visto cómo se podría configurar el anarquismo como tendencia política revolucionaria. Ahora es momento para que dicha tendencia se vaya implantando en la realidad material y conocer lo que tenemos alrededor es imprescindible. Una gran herramienta para ello es el análisis de coyuntura, que es una forma de conocimiento y una serie de metodologías para extraer información sobre el entorno que nos rodea y realizar un diagnóstico detallado tanto del escenario local como nacional e internacional. Las premisas del que parte el análisis de coyuntura son:

—La realidad material es compleja pero es posible comprenderla a través de un adecuado diagnóstico.
—La realidad es dinámica y cambiante, pero no por influencia de fuerzas sobrenaturales, sino por la intervención humana a través de diversos actores, lo que significa que hay posibilidades de transformarla.
—Comprender dicha realidad nos permite insertarnos adecuadamente en ella y construir nuestro proyecto político revolucionario.

El objetivo del análisis de coyuntura está orientado expresamente a una correcta implementación de nuestra tendencia política a la hora de realizar nuestra tarea revolucionaria. Veremos a partir de ahora también que el análisis de coyuntura está muy ligado a lo expresado en el capítulo anterior, en cuanto a que el proyecto político se construirá tras los resultados del análisis de coyuntura, y también al siguiente, en cuanto a la inserción social. En otras palabras, existe una retroalimentación entre las tesis expuestas en la 3ª, 4ª y 5ª entregas.

Para ir abriendo boca, aquí hay un ejemplo de análisis inspirado en el análisis de coyuntura pero aplicado a los conflictos sociales. Algunos conceptos como escenario, actores políticos, fuerza relativa y fuerza real serán sobre los que abordaremos luego en el documento de análisis de coyuntura. El texto sobre Análisis de conflictos sociales ofrece unos factores que sirven para determinar y posicionar un conflicto de modo que obtengamos su sentido político y social, sea para aprender y solidarizarnos con uno de los bandos involucrados o incluso participar en él. Al igual que veremos en el análisis de coyuntura, la perspectiva que se tiene a la hora de aplicarlo es la de clase, esto quiere decir que parte de saber que la sociedad está dividida en dos clases sociales principales: la clase trabajadora que carece de acceso, posesión, gestión y usufructo sobre los medios de producción y los instrumentos de trabajo, y por ello tiene que vender su fuerza de trabajo a la clase capitalista, la cual es poseedora de capital y propietaria de medios de producción. El análisis de coyuntura no es neutral, puesto que la neutralidad es la ideología hegemónica. Por eso parte de una perspectiva de clase y también de la visión estratégica. Lo que pretende el análisis de coyuntura es ser lo más riguroso posible ya que es crucial porque a partir de la información obtenida se elaborarán las hojas de ruta, las líneas estratégicas y el proyecto político de cara a realizar la inserción social e intervenir políticamente en el escenario, y sabiendo que si se parte de análisis erróneos se llegan a conclusiones erróneas.

Antes de pasar al documento de lleno, conviene aclarar una serie de conceptos previos que se van a utilizar, ya que en sí su lectura es ciertamente difícil pero necesario. Si habéis leído los textos reseñados en el capitulo previo, os sonarán algunos conceptos que utilizaremos.

Coyuntura y estructura

—Cuando hablamos de coyuntura, nos referimos al conjunto de circunstancias, condiciones y situaciones en un determinado espacio y tiempo que son interdependientes, y en cuya interrelación con nuestras acciones, forman un conjunto articulado que definimos como la realidad material. En esta coyuntura podemos distinguir diferentes niveles: desde nuestro entorno familiar, pasando por nuestras relaciones laborales y/o estudiantiles hasta nuestras relaciones en la política (militancia, relación con la administración pública…). En cuanto a las relaciones que tenemos con respecto a una determinada coyuntura, podemos distinguir entre la percepción y conciencia de la misma (cómo interpretamos las situaciones y circunstancias), y la inserción de nuestras acciones en ellas (cómo reaccionamos ante ellas). Las coyunturas pueden cambiar dependiendo de diversos factores presentes en ellos que iremos viendo en el documento.

—La estructura en este sentido es tanto la superestructura, es decir, los aparatos de gobierno, las ideologías dominantes y las culturas y costumbres hegemónicas; como la configuración infraestructural de la realidad material, en otras palabras, las relaciones de producción y los regímenes de propiedad sobre los medios de producción. Lo coyuntural es la manifestación de la lucha de clases en los diferentes ámbitos y problemas sociales en nuestras vidas, tales como la privatización de los servicios públicos, el progresivo auge del Estado policial, los recortes en derechos sociales, las sucesivas reformas laborales en pro de la clase capitalista, las guerras imperialistas en Oriente Medio, etc.

Escenario y actores

—El escenario es el lugar donde se desarrollan los acontecimientos y donde se implementan las acciones de las diferentes fuerzas sociales y actores políticos de una determinada región donde se insertan. El escenario engloba el territorio con el espacio social y el espacio político:

–El territorio un espacio físico delimitado, que puede ser de ámbito barrial, local, regional, nacional o internacional.
–El espacio social es el ámbito donde entran en juego los movimientos sociales, el aspecto cultural, lo laboral y todo aquello relacionado con nuestra vida cotidiana.
–El espacio político es el ámbito donde intervienen los diversos actores políticos (partidos, organizaciones, el gobierno, la oposición, las relaciones internacionales…).

—Los actores son aquellas entidades colectivas que juegan un papel en un determinado escenario; tales como los sindicatos, las asambleas de barrio, una plataforma antirrepresiva, las mareas, los partidos en el gobierno, en la oposición o fuera del parlamento, las organizaciones políticas… No podemos considerar actores a aquellos colectivos que no tienen una visión de disputa, sino de huida.

Fuerzas y relaciones de poder

—Cuando hablamos de fuerzas aquí, nos referimos a la capacidad material de incfuencia de diversos actores políticos y sociales sobre el escenario. Podríamos señalar varios tipos de fuerzas: social como capacidad de movilización, política como grado de influencia ideológica, legitimación en la sociedad y hegemonía; y político-militar, como capacidad para imponerse a través de las armas. La fuerza real de un actor político o social depende de estos factores: internamente, de su grado de cohesión, de unidad teórica, táctica y estratégica, y su proyecto político; y externamente, del grado de inserción social, la base social que movilice, su influencia política y la configuración de su política de alianzas.

—Distinguiremos también entre la fuerza real como la capacidad material real de un actor político o social, y la fuerza relativa o potencial como aquella a la que aspira obtener, que se prevée que logrará o tenga posibilidades de hacerse real.

—Al ser la coyuntura un conjunto complejo y articulado, existen relaciones de poder entre los actores en el escenario. A las relaciones de poder también se les denomina «correlación de fuerzas» y pueden ser asimétricas cuando hablamos de que una de ellas es la dominante, o simétricas si las relaciones de poder entre diferentes actores políticos o sociales están equilibradas.

Lo anterior es  un pequeño resumen de los conceptos más importantes que aparecerán en el análisis de coyuntura.

El documento está dividido en tres bloques. El primero trata sobre la noción de coyuntura, su articulación y unos ejemplos de aplicación en la vida cotidiana. En el segundo, explica las bases teóricas sobre las que se sustenta esta herramienta y las metodologías, que no es más ni menos que el materialismo histórico. Por último, enfoca el análisis de coyuntura como instrumento político con unos objetivos determinados, tales como determinar las fuerzas relativas y reales de los actores políticos, los escenarios, las modificaciones en las fuerzas de los actores políticos, el desarrollo o trayectoria de las fuerzas sociales, etc. Aquí es donde se aplicarán los conceptos mencionados que serán ampliados en el documento, donde además señalan algunos errores a la hora de realizar un análisis de coyuntura. Puesto que este documento está enfocado al trabajo en grupo, incluye una serie de ejercicios para discutir y trabajar en colectivo. Sin más, os dejo el link: Fundamentos de formación política: análisis de coyuntura.

En la última entrega trataremos unas nociones básicas para ir comenzando a andar en el terreno de la praxis. Ir a la 5ª parte.

Cinco observaciones sobre las movilizaciones por el derecho a asilo

En los últimos meses, el flujo de personas que intentan llegar a la Unión Europea sin los papeles exigidos por las autoridades ha alcanzado cantidades enormes. El tema ha conseguido una creciente visibilidad mediática a base de acumular naufragios en el Mediterráneo oriental y en el mar Egeo, así como de traer –y en abundancia– a la UE imágenes especialmente duras de personas agolpadas en masa en las fronteras macedonias y húngaras, flotando a la deriva o muertas al naufragar. Esta situación ha provocado un cierto revuelo, inusual, que, en la región española, ha propiciado que sectores de la población presionaran a los ayuntamientos de sus municipios en favor del derecho de asilo, lo que ha permitido a su vez a estos presionar al gobierno central en este sentido y llevar el tema a las portadas de los periódicos. Todo ello mientras, en el caso concreto de Madrid, se convocaban asambleas la primera y segunda semana de septiembre donde la población intentaba movilizarse en lo explícitamente político y preparar la acogida en un sentido más material.

A pesar de lo inmediato que pueda resultar, la asistencia a esas dos asambleas y a la manifestación del sábado 12 nos empuja a unas cuantas observaciones, que pretenden ser rápidas, pero no apresuradas.

1) Se constató que había una gran vocación de organizarse y movilizarse por el derecho a la libre migración, sin entrar en debates tramposos sobre quién es migrante y quién exiliada… pese a lo cual hubo voces en todo momento, y siguen ahí, que quisieron marcar esa diferencia, entendiendo que las instituciones están mucho más comprometidas con las refugiadas por factores como la legalidad internacional y que la presión será mucho más eficaz si se trata de evitar que las refugiadas sean devueltas a sus países, internadas en CIEs o algo así. Entendemos que esto obvia el agravio comparativo que supone para quienes todavía hoy huyen del hambre, la miseria o, simplemente, la precariedad –y seguirán haciéndolo– y para quienes ya han llegado aquí y, en muchos casos, llevan adelante su propia lucha contra CIEs, abusos policiales y demás y/o se integran en aquellas luchas de nuestra clase aquí y ahora que no entienden de orígenes geográficos, administrativos ni étnicos.

2) Dada esta fijación con las refugiadas en general y con las sirias en particular, cuando se intenta señalar la hipocresía de la UE se olvida el caso libio (no menos crucial y donde las autoridades españolas se mancharon más las manos), las inquietantes relaciones de nuestra clase dirigente con la de estados que no están siendo muy cuestionados y también son clave en el tema (por ejemplo, Marruecos) y se intenta hacer un análisis maniqueo de más de cuatro años de guerra civil en aquel país del Mediterráneo asiático. Es insultante y además aburrido tener que escuchar, todavía en septiembre de 2015, que lo que hay en Siria es «una revolución donde 200.000 personas han sido masacradas por el régimen de Bashshar Al-Asad» –cosa que hoy día no dice ni la oposición siria más deshonesta– o, al contrario, como dijo cierto dinosaurio del PCE que nos honró con su presencia y la de un grupo de palmeros y palmeras (sobre todo para repetir lo que ya había dicho un interviniente anterior), que lo que hay en Siria son sólo «grupos terroristas financiados por Occidente» y punto. No obstante lo cual, algún tipo de visión política de las causas de la emigración es necesaria, no sólo para entender la situación, sino para presionar a quienes en nombre nuestro siembran hoy las crisis que nos traerán las oleadas de personas (exiliadas o migrantes, poco importa) del mañana.

3) La asociación que las convocó (Asociación Sin Papeles Madrid) tuvo la apertura y generosidad de convocarlas como asambleas abiertas. Una idea tan bienintencionada, por otra parte, fue de la mano de una falta de dinamización casi total, lo que condujo a una esterilidad ya conocida en el asamblearismo: personas que se extienden demasiado, otras que intervienen sin siquiera tener algo que aportar, otras que consumen muchos más turnos de palabra que ninguna otra persona, una primera asamblea convocada sin propósito claro ni orden del día (ni siquiera aproximado), más de cien personas intentando oírse en una plaza de Lavapiés sin megáfono (en el caso de la primera asamblea; alguien, a título personal, llevó uno a la segunda), ningún tipo de recordatorio a las intervinientes sobre estos u otros aspectos fundamentales, …

4) Se habló de apoyo material para las refugiadas que vengan, tanto mantas, ropa, comida y similares, como espacios donde puedan vivir de manera más transitoria o más a medio o largo plazo. ¿Por qué se enfoca así? Apenas hubo alguna intervención para recordar que ya existen iniciativas de clase como las RSPs y otros bancos de alimentos, los grupos de apoyo muto o las asambleas de vivienda y PAHs donde participamos juntas inmigrantes y nativas (venidas, por lo general, de la migración interna, por otra parte), ¿cómo se explica? Ese afán por doblar esfuerzos innecesariamente es incomprensible, además de servir de munición a esa extrema derecha que nos imagina más preocupadas por las nacidas fuera que por las nacidas aquí.

5) Por último, es verdad que esta reacción es una buena noticia. La falta de reacción que ha habido hasta ahora era indignante y, no obstante, la reacción en contra parece apoyarse en prejuicios, como que estos náufragos (mayoritariamente árabes, kurdos, etc.) nos preocupen más que los más habituales náufragos negros o que el que puedan estar a merced de policías de Europa del este y central (con los tópicos heredados de la Guerra fría en el imaginario colectivo) nos preocupe más que la suerte de quienes se las ven con la Guardia Civil, Carabinieri, etc. La geopolítica europea, donde a nadie le gusta el actual gobierno nacionalista húngaro, también parece haber ayudado a favor de la preocupación por las refugiadas. No obstante, por los factores superficiales mencionados y por nuestro propio funcionamiento como masa, existe un claro riesgo de que esta movilización se convierta en una moda y decaiga rápidamente (quizá antes de que lleguen la mayor parte de refugiadas, incluso) y, visto el perfil de las movilizadas en Madrid, una moda casi circunscrita a quienes ya participamos en otras iniciativas. La invisibilidad de que han sido objeto hasta ahora las exiliadas colombianas (incluso comparadas con las que ahora vuelven allí desde Venezuela) o las 260.000 huidas de Ucrania –en plena Europa– en menos de dos años da ejemplos bastante elocuentes.

Estrategias para afrontar la represión

La escalada represiva en estos últimos tiempos ha venido a raíz del aumento de la protesta social ante la crisis, y por ello, el Estado se encuentra en la necesidad de blindarse ante una posible escalada de conflictos sociales que desestabilicen los cimientos del sistema. Con ETA disuelta (fuera del escenario político actual), el Estado esta tratando de fabricar nuevos enemigos, y en este caso, ha tocado a las anarquistas, aunque no solamente. Colectivos antifascistas y la izquierda extraparlamentaria también se están viendo afectados por la represión, incluidas las plataformas ciudadanas. Casos como el de Alfon, el de Carlos y Carmen y otras detenciones a raíz de las últimas huelgas generales, las operaciones Pandora y Piñata, Aturem el Parlament, el Caso Expert en el cual piden años de cárcel a quienes defendieron su puesto de trabajo, represaliadas en la huelga indefinida de técnicos y técnicas de Movistar… son conocidos en nuestros ambientes. Ahora nos preguntamos, ¿qué es la represión y cuál es su objetivo? ¿en qué medida nos afecta y qué consecuencias nos produce? ¿estamos respondiendo adecuadamente a toda esta oleada represiva? Son cuestiones que iremos respondiendo a continuación para que podamos enfrentar la represión más eficazmente.

¿Qué es?

La represión es la manifestación del monopolio de la violencia del Estado, la cual, es utilizada para establecer el actual orden capitalista evitando el surgimiento de nuevas formas de organización política y social que amenacen su paz social. Hay que entender que la represión no es una deriva autoritaria de los Estados ni por su corrupción, sino que es inherente al capitalismo para que este sistema económico pueda mantenerse. La represión se materializa en varios niveles:

– En el más ‘directo’ encontramos a los cuerpos policiales y las fuerzas armadas, pues éstas actúan como fuerzas de choque que neutralizan las nuestras a través de la violencia tanto fisica como psicologica.

– En el nivel intermedio encontramos al poder judicial y el Código Penal. A través del entramado judicial y legal, nos llevan aquí al terreno del Estado, donde nos obligan a jugar sus cartas y donde nos podemos jugar la prisión o multas.

– Y finalmente, el tercer nivel es el castigo: las multas, la prisión y el sistema penitenciario. Las multas son castigos economicos, para dejarnos sin recursos, mientras que la cárcel, a parte de privarnos de libertad, sirve para destruirnos fisica y moralmente apartándonos de nuestros seres queridos y la socialización con el resto de la sociedad.

El objetivo principal de la represión es obstaculizar y neutralizar nuestra capacidad de lucha así como impedir que crezcan alternativas políticas que rompan con la explotación capitalista y aspiren a una sociedad más justa. Para ello, las estrategias represivas van encaminadas a, por un lado, aislarnos de la sociedad y evitar que nuestras actividades ganen apoyos populares, y por otro, generar miedo entre la población, evitando así que la gente comience a cuestionar las continuas medidas antisociales (recortes en general, privatizaciones, precarización laboral, pérdida de derechos sociales…) que nos imponen. La recientemente aprobada ley de Seguridad Ciudadana, más conocida como Ley Mordaza, es un intento del poder político de avanzar en este camino, es decir, establecer un marco legal sobre la represión y preventivo en su aplicación. La finalidad es violentar directamente la organización colectiva, la protesta social y las acciones cuyo objetivo sea construir alternativas a su sistema. Con el tiempo se pretende que, no solamente desde el activismo anarquista se tenga temor, sino que en general como sociedad asumamos y acatemos una serie de normas que van en la línea de reforzar su control dictatorial, a costa de normalizar la represión y amenazar preventivamente con severos castigos y venganzas ejemplarizantes ante la lucha social.

No debemos olvidar que, como herramienta inherente al capitalismo, la represión ha estado presente en toda la contemporaneidad histórica, por situar un periodo concreto que desemboca en la actualidad. A distintos niveles y con una gradualidad muy variada, las prácticas represivas por parte de la clase dominante hacia las disidencias políticas y sociales, se han venido dando de manera interrelacionada en el mismo espacio temporal y en lugares geográficos distintos. Podemos hablar de periodos temporales de distintos grados de represión en todos los países del mundo, ejercida esta represión siempre en escalada creciente cuanto mayor es la organización y resistencia ofrecida por la clase trabajadora.

Los montajes policiales, como un recurso de la perfecta maquinaria del Estado, como herramienta para la represión con el fin del mantenimiento del statu quo, deben ser asumidos como lo que son: una aberrante manipulación judicial y mediática que tratan de poner al conjunto de la sociedad en contra de los movimientos sociales comprometidos con la lucha. Estos montajes no son casuales sino sistemáticos, donde las irregularidades en los procesos judiciales, la manipulación de las pruebas, los testimonios sesgados, las declaraciones embusteras de la policía, etc, están a la orden del día. Actualmente, la represión nos está salpicando de dos maneras fundamentales: Primeramente, en manifestaciones en las que expresamos nuestras sensaciones de hartazgo y rabia, acabando arrolladas por la apisonadora policial. Segundo, organizando la solidaridad, y la lucha por la búsqueda de alternativas sociales, nos vemos atacadas antes incluso de llegar a crear una organziación potente o una red de coordinación, porque se infiltran en nuestras filas y consiguen reprimirnos antes de hacernos fuertes y difundir nuestras propuestas, criminalizando pensar o tener determinada ideología.

¿En qué medida la represión nos afecta?

Aunque la represión parezca que caiga con mayor peso sobre las anarquistas, la realidad ha demostrado que no. La represión cae sobre todos aquellos colectivos, personas u organizaciones que tengan el potencial de romper con su paz social, y por tanto, afecta a todo el movimiento popular: desde las activistas de la PAH y otros movimientos sociales, pasando por militantes de diferentes tendencias de izquierdas (comunistas, antifascistas, anarquistas, republicanas socialistas…), hasta huelguistas de cualquier sindicato mínimamente combativo o sin sindicar pero no agachan la cabeza. Entonces, ¿por qué los montajes policiales llamados Operación Pandora y Piñata han ido dirigidos expresamente contra anarquistas? La razones son sencillas: primero, a causa del cese de la actividad armada de ETA y su desaparición de la escena política, necesitan fabricar nuevos enemigos para infundir miedo entre la población. Y segundo, porque saben que el anarquismo no tiene una base social como otros movimientos sociales y que la estética insurreccionalista del anarquismo es fácilmente criminalizable, y por tanto, más facilidad para aislarnos política y socialmente del resto de la sociedad empujándonos hacia el bandidismo.

La represión es el principal factor de riesgo en la militancia política y social que puede caer sobre cualquier militante. Los daños producidos por la represión se traducen en un enorme desgaste en todos los niveles. Así pues, como activistas, somos conscientes del desgaste tan acuciante que supone la represión. En primer lugar, el daño físico: contusiones, lesiones y dolor al vernos expuestos a las agresiones policiales, además bastantes personas sufren consecuencias físicas graves y con secuelas para toda su vida (pérdida de órganos por pelotazos de la policía, marcas y disfunciones debido a torturas etc.) En segundo lugar, el desgaste psicológico: tanto para nosotras, como para las familias de represaliadas, puede ser muy grande la desestabilización emocional, las secuelas psicológicas, traumas, la inoculación del miedo, sensaciones de vulnerabilidad, impotencia, paranoia y debilidad, o sentirnos estigmatizadas socialmente. Pero la represión no solo afecta a nuestra integridad, también repercute en nuestra economía como es el caso de las multas y la necesidad de dinero para gastos judiciales tanto propios como para otras represaliadas además de para poder realizar campañas de visibilización, grupos y colectivos de apoyo y solidaridad con los y las presas… A nivel colectivo, la represión nos produce otro desgaste que tiene que ver con la carga de trabajo extra pero necesario al invertir esfuerzos en apoyar a nuestras compañeras, pues abandonar a las represaliadas supondría levantar la bandera blanca. En esta línea, se quiere decir que sin descuidar las principales vertientes en nuestro activismo, es cierto que mientras estamos trasladando bastantes de nuestros esfuerzos a la labor antirrepresiva, el trabajo constructivo de base en el que estamos inmersos los movimientos sociales existentes, se ve mermado en gran parte a costa de este esfuerzo de reacción frente a los golpes represivos que sufrimos.

No obstante, la represión no solo recae sobre los movimientos sociales, también afecta a los sectores más empobrecidos de la sociedad más preocupadas por buscarse la vida que por su estabilidad, a menudo mejor integradas en sus espacios (familia, pandilla, barrio) que en las conveniencias sociales y legales, tienden más a cometer lo que se suelen llamar «delitos comunes», como por ejemplo, delitos contra la propiedad, trapicheo con drogas… Este aspecto invisibilizado pero real, es otro castigo más a la pobreza. Esta clase de represión invisibilizada y aceptada socialmente, tiene su raíz en habernos robado la capacidad de análisis de las arduas situaciones sociales a las que el sistema capitalista nos expone en nuestra vida cotidiana, y que en concreto, empuja a las capas más azotadas por la pobreza de la clase trabajadora a cometer actos que provocan rechazo social. Hemos aceptado simplonamente el código moral dominante y sus normas sociales, de esta manera moralmente condenamos la usurpación, el hurto, la delincuencia común y juzgamos a las «malhechores» como si de defender a ultranza el bien social se tratara. Con ello, olvidamos que deberíamos analizar y establecer críticas sobre cuál es el origen de estos hechos, por qué somos los y las pobres quienes para sobrevivir nos vemos arrastradas en muchas ocasiones a estas prácticas. La delincuencia es el reflejo de que algo va muy mal en una sociedad, y que la desigualdad social y económica es la causa principal de la misma.

Ante todo esto, ¿cómo estamos reaccionando?

Cuando se parten de análisis erróneos, se llegan a conclusiones erróneas. Tal es el caso que los análisis hechos desde el anarquismo hasta hoy apuntaban solamente a que la represión era más fuerte contra las anarquistas porque somos la única tendencia que pone en peligro al sistema, y puesto que estamos contra el Estado, era normal que nos persiguieran con más saña que contra el resto de tendencias políticas. De ésto han salido incluso ideas románticas acerca de la persecución del Estado contra las anarquistas, presentándonos como una suerte de inocentes justicieras que luchan por una sociedad libre. ¡Craso error si tenemos en cuenta los puntos anteriormente expuestos aquí!

De este manera, en cuanto al modo de enfrentar esta represión, se ha enfocado mucho en un pulso de tú a tú, es decir, del «anarquistas vs Estado», lo que ha llevado a un enfrentamiento de tipo guerra de guerrillas dentro de un contexto marcado por una desigualdad descomunal de fuerzas, en el cual, los únicos actores de la contienda son la maquinaria represiva del Estado (policía, sistema judicial y penitenciario) contra anarquistas, que operan en pequeños grupos de afinidad informales en estado de semiclandestinidad en muchos casos, aunque existan otros casos donde hay más anarquistas involucradas en la lucha antirrepresiva. No obstante, el gran problema es el propio hermetismo de estas luchas hasta hoy. Al mirar solamente a las presas anarquistas y no al resto de represaliadas, ha llevado a las anarquistas a una lucha meramente autorreferencial y únicamente enfocada a las propias anarquistas, alejando este frente del resto de los movimientos populares, cuyas activistas también sufren golpes represivos y condenas, culpando además al resto por no solidarizarse con las anarquistas represaliadas.

De hecho, esta desigual correlación de fuerzas ha ocasionado que las luchas antirrepresivas de carácter anarquista adquieran una forma defensiva, donde al Estado le es fácil hacernos la guerra sucia y manejarnos como quieran, sea infiltrando secretas en nuestros colectivos o forzar a que nos solidaricemos con unas compañeras atacadas por puro azar para obtenernos más información, ficharnos y así mantenernos más controladas sabiendo de antemano que somos muy pocas y prácticamente sin apoyo popular. Esto supone también que acabemos actuando por inercia y forzadas por la coyuntura, cuyo principal síntoma es el tirar del acción-reacción, lo que se traduce en «golpe policial importante – respuesta en las calles». Incluso en ocasiones, las respuestas en las calles provocan el efecto contrario al deseado: en vez de ganar más apoyos populares, provoca su rechazo (como pueden ser armar unos disturbios en actos antirrepresivos, utilizar la estética del encapuchado y las consignas autorreferenciales). Estas dinámicas dan como consecuencia que en la cuenta de resultados nos salgan números negativos, es decir, suponen más detenciones y rechazo popular, lo que provoca más aislamiento y pérdida de simpatía entre la población e incluso entre los propios movimientos sociales.

Otro problema que se observa es la repetición de modus operandi que se ha demostrado que no funcionan: los mensajes autorreferenciales en las manifestaciones, el autoaislamiento culpando al resto de personas su indiferencia ante la represión, y el peor de todos, una estética inapropiada traducida en campañas antirrepresivas en que aparecen imágenes de disturbios, ataques a la policía, barricadas y encapuchadas, con lemas que no buscan el apoyo popular, sino que desafían directamente al Estado. Con esto además, alzamos a nuestras presas casi a la posición de mártires, haciendo flaco favor al movimiento antirrepresivo, porque somos útiles en las calles y no llenando las cárceles. La automartirización además es un signo de debilidad al basarse en el victimismo, o llegando en otras ocasiones a adoptar posiciones arrogantes y vanguardistas donde relacionan la radicalidad de las luchas por la cantidad de militantes presas. En muchos casos descontextualizamos los hechos y algunos movimientos buscan dar a conocer sus siglas, a través de los mártires de las luchas sociales. Parece que la consigna única y válida es la demostración a cualquier precio de la inocencia de nuestras compañeras. Sabemos que en muchas ocasiones, según los códigos penales de cada Estado, estaremos incurriendo en delitos que sabemos tipificados como tales, si aceptamos la legitimidad de una lucha contra el poder dominante que ejerce su violencia estructural, nos debería importar poco la culpabilidad de una compañera represaliada, y por lo tanto ejerceremos el apoyo mutuo automáticamente, porque asumiremos que los principios que nos mueven son los mismos. En otras palabras, atendemos a la legitimidad de las luchas, no a la legalidad. Más aún, en un escenario social donde la norma es «todas contra todas», seguimos abiertas a críticas por nuestras acciones -legales o ilegales-, pero de otros miembros de nuestra clase esperamos, en ese caso, un tirón de orejas, no que nos denuncie a las instituciones de la clase opresora. La represión no es motivo para exigir adhesiones acríticas, pero la crítica no es motivo para entregarnos unas a otras a la represión.

Hasta ahora, hemos estado repitiendo esquemas que se han demostrado ineficaces. No hemos visto que uno de los objetivos de represión es aislarnos para tenernos controladas. Por ello, es necesario romper este aislamiento, situación no solo provocada por la represión estatal, sino fomentada incluso entre las propias anarquistas, lo cual supone condenarnos a nosotras mismas. El distanciamiento con los movimientos sociales y los procesos de lucha actuales nos relega únicamente a los ghettos políticos, espacios herméticos incapaces de influir en la realidad material, lo que nos lleva también a esta incapacidad para enfrentar la represión marcada por la dificultad de encontrar apoyos fuera de nuestros círculos. La ineficacia de los métodos ocasiona otro desgaste extra en forma de frustración y desmoralización al invertir enormes esfuerzos para cosechar pocos resultados, aun teniendo que afrontar las propias personas solidarias la represión. Por ello, es momento de replantearnos un cambio de tácticas y estrategias con el fin de encontrar una salida hacia delante ante esta escalada represiva y no ya responder solo como anarquistas, sino también como todo el movimiento popular.

Unas pinceladas para el avance.

Por supuesto, no todo va a ser flagelarnos o hundirnos ante los peligros que sufrimos como militantes políticos, ni acabar siendo correa de transmisión del miedo al resto de la sociedad, ese ya es el trabajo de los medios de comunicación controlados desde la clase dominante. No obstante, después de conocer los detalles sobre lo que es la represión y lo que nos supone física, psicológica y socialmente, nuestra labor para avanzar será encontrar nuevos caminos o explorar algunos ya conocidos para autodefendernos y protegernos unas a otras en el ejercicio de nuestra lucha según nuestras convicciones. Por ello, expondremos unas bases de cara a construir unas estrategias de avance. Debemos aprender a informarnos colectivamente sobre la represión que podemos sufrir, dado el riesgo que corremos en cualquier protesta social actualmente. Es imprescindible difundir la información a nuestro alcance y realizar talleres y charlas, dando a conocer diversas experiencias represivas, con el objetivo de saber identificar de dónde viene esta represión y cuál es la legitimidad de quien la ejerce. Solo de esta manera podremos comprender que necesitamos el apoyo colectivo, y estar conectados con los movimientos sociales de manera amplia, pues si algo nos puede unir es la lucha contra la represión.

La maquinaria represiva tiene tácticas y estrategias. La policía no es tonta, al contrario, sabe en todo momento lo que está haciendo. El Estado justamente nos quiere empujar hacia el bandidismo o el terrorismo de baja intensidad, despojándonos de cualquier contenido político y social constructivo y jugando a una guerra de desgaste donde nos manejan como quieren, recibimos y encajamos duros golpes y nos hacen la vida imposible. En esta posición, aunque el Estado podría tranquilamente acabar con nosotras, les beneficia mantenernos en una lucha de tú a tú permanente para pintarnos como enemigo interno de cara a infundir miedo a la población. Tenemos que buscar, por tanto, una salida hacia delante ante semejante situación y a partir de aquí es donde tenemos que trazar hojas de ruta para superar esta dinámica.

Primero, tenemos que fortalecernos internamente. Por ello, lo esencial es cuidarnos a nosotras mismas, lo que nos lleva a tomar medidas de prevención adecuadas. Como primera barrera: medidas de seguridad y discreción en las redes y en la vida real, no compartir información sensible evitando facilitar información a los cuerpos represivos. Actualmente, las medidas de ataque del aparato estatal están íntimamente relacionadas con el avance tecnológico, por lo tanto, para conocer cuáles son las metodologías de represión actual y qué pretenden cada una de ellas, deberemos aprender cuáles son estas herramientas utilizadas contra nosotras y las estrategias para evadirlas. Para evitar la represión debemos acercarnos a la mimetización, sin destacar e incluso trabajar con suma discreción, como se ha hecho tantas veces. Como segunda barrera, establecer anteriormente en un documento que entregaremos a algún familiar o compañera de confianza, cómo se ha de proceder en la coyuntura de que nos veamos atacadas por la represión estatal, es decir, estar prevenidas y que no nos sorprenda desorganizadas. En caso de caer sobre nuestras compañeras, los cuidados y la asistencia, tanto psicológica como legal, para evitar que se derrumben o se quemen es vital para no tener bajas en nuestras filas. Estos cuidados van desde el envío de cartas de apoyo a las personas presas hasta estar cerca de aquellas envueltas en procesos judiciales, los grupos de apoyo y plataformas de solidaridad son la única manera de sentir cerca los lazos de amistad de quienes nos apoyan. Entran también en la prevención, como tercera barrera, el minimizar o evitar en todo lo posible más represalias en los actos de solidaridad con las personas represaliadas, esto es, tratar de no generar más carga de trabajo y no encajar más golpes represivos cuando salimos a las calles en apoyo a las personas detenidas, multadas y/o presas.

Lo segundo es la necesidad de dotarnos de herramientas de análisis para conocer a qué nos enfrentamos y poder dar respuestas efectivas. En este sentido, es necesario documentar las experiencias de otras luchas antirrepresivas para aprender de sus errores y aciertos. Todo esto servirá para elaborar estrategias con las que enfrentar la represión de forma eficaz, superando la inercia, minimmizando el desgaste y poner un punto de inflexión en las luchas sociales, asi para no caer una y otra vez en los mismos errores señalados. Difundir cada caso de represión en un contexto social concreto, como ejemplo de la injusticia del sistema capitalista. Afirmar a otras personas que no se tratan de formas autoritarias puntuales del sistema político, ni son casos aislados, sino que la represión es inherente al sistema de dominación impuesto. En este sentido, ayudar a construir una memoria viva sobre la represión contra las disidencias obreras organizadas tanto en el Estado español como internacionalmente, facilitará atesorar una perspectiva histórica enriquecedora, encaminada a comprender el presente.

De cara al exterior, necesitamos superar el problema del aislamiento y la marginalidad para poder conseguir más apoyos. Las campañas antirrepresivas tienen que tener la mayor visibilidad posible, por ello, es de vital importancia que trascendamos el hermetismo. Ante esto, tenemos que seguir trabajando en los siguientes puntos:

– La inserción en los movimientos sociales/populares. Debemos reconocernos en las luchas cotidianas como personas que luchan contra toda esta serie de injusticias que azotan a la clase trabajadora a causa de la reestructuración del capitalismo, y que las anarquistas somos personas que también compartimos problemas comunes con el resto de mortales pero que no se encierran en épocas nostálgicas, ni se quedan contemplando los disturbios de otras partes del mundo ni se quedan en eternos debates teóricos, sino que estamos igual que otras personas en primera línea presentando batalla. Y que además, desde el anarquismo planteemos alternativas políticas realizables y permitan mantener y escalar los actuales conflictos sociales al margen de las instituciones. Solo formando parte de los movimientos populares, es decir, completamente insertos en ellos, conseguiremos que, al caer sobre nosotras la represión, tengamos una base social de apoyo amplia. Logrando esto, superaremos el aislamiento.

– Estrategias comunicativas y renovación estética. ¿A quiénes benefician cuando el anarquismo es visto como caos, barbarie, destrucción, fuego, barricadas, terroristas, etc? Exacto, a la clase dominante. Claro que de cara para dentro, sabemos las propias anarquistas que no somos esas definiciones pero de cara al exterior, ¿qué hacemos para demostrar lo contrario a estas descalificaciones? Más estética del encapuchado, los disturbios y sus justificaciones, en vez de aportar experiencias constructivas de las anarquistas en las luchas sociales. Otro punto importante es no reivindicar siempre la ideología, pues la represión no cae solo encima de las anarquistas, cae sobre la clase trabajadora en su conjunto, en concreto a aquellas personas que luchan, independientemente si son sindicalistas, comunistas, socialistas, anarquistas o sin ideología definida, hasta sobre aquellas personas sin recursos que terminan cometiendo pequeños delitos. Resaltar siempre la ideología (¡son anarquistas y por eso los encierran!) en vez de su condición social (trabajadora, en paro, precaria, estudiante, …) en las campañas antirrepresivas solo servirá para movilizar a anarquistas minimizando la posibilidad de conseguir adhesiones de personas no anarquistas. Sin embargo, la reivindicación de la ideología de la represaliada tendrá más o menos éxito dependiendo del grado de inserción del anarquismo en los movimientos populares, lo cual indica que existe una retroalimentación entre estrategias comunicativas e inserción social. También es importante presentar una imagen cercana de las represaliadas: como vecinas, personas integradas en el barrio y con buenas amistades, que poseen una conciencia social y por ello luchan por causas justas, evitando que las represaliadas se vean como locas, extrañas y antisociales.

Una buena estrategia comunicativa debe enfocarse a lograr el máximo apoyo y difusión posibles, y debe encaminarse a despertar la solidaridad de otras personas al margen de su ideología. Para ello hay que huir de las estéticas agresivas y la autorreferencialidad, optando por unas imágenes más cercanas.

– Multisectorialidad y política de alianzas. Como ampliación de la inserción social, la multisectorialidad es una estrategia que parte de trascender el propio sector de lucha, en este caso, tender puentes desde los frentes antirrepresivos con otros frentes tales como el sindicalismo y el movimiento obrero, el movimiento estudiantil, las mareas en defensa de los servicios públicos, movimientos barriales (vivienda, okupación, vecinales), luchas territoriales/ambientales/ecologistas, etc…, puesto que la represión nos golpea a todas las que luchan en estos ámbitos. La política de alianzas implica tejer alianzas tácticas con otras tendencias políticas con quienes compartamos objetivos inmediatos comunes (que no metodologías, metas políticas y programáticas). Esto quiere decir que tenemos que superar la costumbre de mirar hacia nuestras propias presas y solidarizarnos con represaliadas de otras tendencias políticas con las que podamos compartir espacios de lucha, así como tratar de trabajar conjuntamente para sumar fuerzas con el fin de fortalecernos ante la escalada represiva no solamente como anarquistas, sino como movimiento popular en conjunto. A través de esta propuesta, pretendemos una escalada en los conflictos y suponga además una estrategia de avance.

Unas palabras finales

De las numerosas experiencias de luchas antirrepresivas, podemos extraer importantes lecciones que nos sirvan para la reflexión colectiva, sortear los callejones sin salida y construir metodologías, hojas de ruta y estrategias eficaces. Podemos ver el ejemplo de la lucha antirrepresiva del pueblo vasco y su masividad, así como la campaña por la libertad de Alfon. En todas estas campañas se ha buscado la mayor difusión posible y que se sumen la mayor cantidad de personas a la causa. No obstante, en las campañas por la libertad de las detenidas en las Operaciones Pandora y Piñata, tuvo un enfoque más dirigido a anarquistas convencidas que a personas no anarquistas, y lo único que provocó la solidaridad de personas fuera del ámbito anarquista con estas anarquistas detenidas fueron los montajes policiales chapuceros acusándoles de terrorismo por tener libros, petardos y botes de campingás. Sirva también como experiencias la manifestación del 232º Centígrados en Madrid, donde se logró la multisectorialidad (confluencia con huelguistas de Telefónica-Movistar y trabajadoras de Correos, entre otros colectivos de barrio), aunque no se superaron algunos lemas autorreferenciales como «Muerte al Estado y viva la anarquía». Ese mismo día tuvo lugar también la manifestación #LluitantRespondrem en Barcelona, en cuya convocatoria acudieron casi todas anarquistas, y además hubo destrozos en el transcurso de los actos, terminando disuelto la convocatoria por cargas policiales y pasadas unas horas, 6 personas fueron detenidas. En cambio, en la convocatoria de Madrid, los actos terminaron más tarde y el ambiente ha sido propicio para sumar apoyos y tejer lazos de unión entre quienes acudieron.

El balance muestra diferentes resultados: mientras que en Madrid el saldo salió positivo al darse unos pequeños pasos adelante pese al pequeño fallo de la autorreferencialidad en algunos lemas, en Barcelona, la cuenta de resultados dio negativo, ya que se optó por una metodología que se demostró no funcionar y que provocó más rechazo que simpatías de cara al exterior generando justificaciones de culpabilidad contra las anarquistas, contando además con las 6 detenciones horas después.

Ahora con la entrada en vigor de la Ley Mordaza que supone un retroceso más de libertades y derechos civiles, urge que trabajemos en formar frentes antirrepresivos que trasciendan nuestro propio mundo militante, que se integren en la lucha social y suponga además un cambio radical en nuestros métodos de lucha en otros ámbitos. Podríamos entender el movimiento antirrepresivo también como una forma de ataque y no solo defensivo. Normalmente tendemos a reaccionar frente a la represión de una forma defensiva pidiendo como mucho la libertad de nuestrxs compas encarcelados, hay que dar un paso más y avanzar de la necesidad militante a la necesidad social, hay que hablar de las chavalas que son diarimente secuestrados por el estado por temas relacionados con el trapicheo de drogas o pequeños robos, esto es al final el 90% de los casos de gente que entra a prisión, dato como que somos unos de los paises con menor tasa de crimen y mayores condenas creo que son importantes a la hora de analizar todo esto. Las únicas armas contra la represión son, no solo la solidaridad y el apoyo mutuo, sino también la inserción social, las estrategias comunicativas y la multisectorialidad. Aspiremos a superar las dinámicas de acción-reacción y el aislamiento. Hay que ganar en eficacia y hacer que enfrentar la represión no sea una carga de trabajo extra, sino que dicha carga de trabajo se traduzca en un mayor fortalecimiento de los movimientos populares al tejer redes de solidaridad más sólidas para que nuestra legitimidad supere la legalidad burguesa.

Lusbert y Angel Malatesta
Con aportaciones de Bari y MrBrown

Anarquismo y movida nacional

Anarquismo y movida nacional

Leo con sorpresa el último texto de @borjalibertario, sobre Anarquismo y Cuestión Nacional. Sorpresa porque frente al rigor de otros textos de este autor tengo que decir que en este texto se juntan una serie de supuestos pomposos en clave doctrinaria anarquista y que responden al enésimo intento de conciliar el sueño por parte de quién se mueve en la militancia libertaria catalana, algo que nos ha pasado a muchas. Sumarse a la ola de la autodeterminación, de los postulados más simplones del independentismo catalán y condimentar todo con la liberación de clase es un lugar muy común no solo de cierto anarquismo sino de gran parte del movimiento popular. La defensa del derecho de autodeterminación en abstracto para luego aplicarlo sin miramientos sobre el contexto inmediato en el que nos movemos no es suficiente. Por muy aguda que sea la contradicción que se vive en la sociedad catalana, la consigna de la «liberación nacional y de clase» se nos queda pesquera a la vista de los resultados y los riesgos de que haya planteamientos burgueses filtrándose en las contradicciones de ese discurso. Sirvan estas líneas para agitar el debate más allá de lo ya escrito.

Que la relación entre movimiento libertario y cuestión nacional ha tenido idas y venidas no es algo obvio para quienes consideran que existen unos principios anarquistas entre los que están la radical autodeterminación de cada individuo, sin más matices. En este texto defendí la idea basada en diversas fuentes de la existencia de una compleja relación entre un Internacionalismo propio de distintas corrientes socialistas que admiten el hecho nacional y un Cosmopolitismo de corte individualista que lo cuestiona, como forma de sintetizar las posturas que predominan ante la llamada cuestión nacional en nuestro ambiente. A mayores de esas posturas merece la pena subrayar las tesis al respecto que maneja el llamado «comunismo de izquierda» o «consejismo», cuyas tesis principales se pueden sacar de Lucha de Clases y Nación, de Pannekoek, donde se desprende la idea de la existencia de comunidades de destino que están completamente insertas y subordinadas al conflicto de clases y que por lo tanto, no hay liberación nacional a la vista que no sea una simple estrategia de la liberación de clase. Es importante contemplar esta postura porque combate la idea esencialista de la nación que está en el texto que motiva estas líneas.

Con esto tendríamos 3 posturas entre «los clásicos»:

  • un «cosmopolitismo» que abarcaría las posturas desde el individualismo al liberalismo y que parte de la radical universalidad existencia del individuo esencialmente humano

  • un «internacionalismo» que se bifurca entre quienes entienden las luchas nacionales como algo completamente dependiente de las luchas de clase o quienes señalan que la cuestión nacional tiene «cierta autonomía»

Salta a la vista para cualquiera que lo conozca que el texto de Borja nace del contexto catalán, no sólo por que se cite explícitamente sino porque las consignas que maneja son muy comunes para distintas vertientes de la izquierda, incluida la libertaria. La idea de que existe una “cuestión nacional”, paralela a la opresión de clase o de género y que todas se interrelacionan es el núcleo de esta interpretación, en contraposición a quienes –como Pannekoek y otras corrientes comunistas- defienden que la cuestión nacional está completamente subordinada a la contradicción de clase. La postura de Borja, predominante en las izquierdas catalanas, supone automáticamente asumir los presupuestos de la autodeterminación propia de la lucha anticolonial del siglo XX. Pero si la pregunta está mal planteada la respuesta difícilmente es correcta.

La complejidad del caso catalán en parte lo invalida para generar soluciones universales partiendo sólo de ese caso, si es que tales existen. El nudo catalán está profundamente atravesado por la historia de los últimos 50, que condiciona la percepción actual más que de los últimos 300. Es en estos últimos 50 años de desarrollismo, migraciones y transformaciones sociales profundas en las que se ha construido una visión de la realidad nacional catalana que ha afectado muy profundamente al resto de percepciones de las españas. En el caso catalán hay una fuertísima influencia de las posturas burguesas, que por cierto llegan tocar la caricatura. Aunque hay otras cuestiones que están en disputa entre las fuerzas vivas catalanas sobre el proyecto de país o la relación con el resto de pueblos, hay un elemento construido desde posiciones burguesas que desgraciadamente se ha hecho hegemónico y que se cita como ejemplo en el texto que motiva estas líneas. Es la contraposición entre nación española y nación catalana, entendidas como pueblos. Esta tesis es una auténtica trampa que si bien puede entenderse en términos de propaganda no puede tener ni un pase a la hora de hacer análisis serios sobre nuestra historia y menos sobre los conflictos de nuestra época.

Mal que les pese a los imperialiebers, el origen de la España rojigualda del siglo XX y XXI no está en las glorias imperiales del siglo XVI, aunque hayan servido de mito fundacional. Esa España surge en el siglo XIX, como forma de diferenciarse de La Gran Francia y como herramienta para el despliegue del dominio liberal en la península. Para ello no sólo se define en contraposición a lo de fuera -Francia, Portugal- sino a lo interior -las españas, lo diverso, lo atrasado. La construcción de esa nación española se hace desde entonces sumando las distintas fuerzas hegemónicas de los distintos pueblos y para finales del siglo ya había parido una configuración estable. Como bien teoriza Iñaki Gil de San Vicente se da una alianza entre las burguesías industriales vascas y catalanas con las oligarquías caciquiles rurales de Castilla y Andalucía, poniendo el tablero de la actividad política a su disposición mientras les dejen operar en sus respectivos territorios. Así es como se funda la España que surge de la desaparición del «sueño imperial». Esto provoca contradicciones en País Vasco y Cataluña por tener desarrollados estratos sociales intermedios entre la gran burguesía españolista y el proletariado migrante, que empezaron a poner en marcha sus propios intereses locales, construyendo a su alrededor una nación con perspectiva moderna.

Las intensas luchas populares de la primera mitad del siglo XX se articulan para disputar el marco nacional recién creado, aunque haya contradicciones en determinados territorios. Los grandes movimientos populares se movieron en torno al proyecto de país español y eso es algo que aunque hoy cueste hay que admitir. Sin hacer una radiografía muy extensa y quedándonos con el movimiento libertario de los años 30, resulta evidente:

a) que había proyecto de país
b) que ese país era España. Una.

Aunque en las declaraciones y acuerdos, como el del mítico congreso de Zaragoza de CNT, se hablara de península, Confederacion Ibérica, etc…esto en la práctica no tuvo ningún reflejo, siendo la relación del movimiento popular de las españas con el portugués igual o menor al mantenido con otros pueblos. Así se trasluce de la propaganda y los textos de entonces. Como máximo exponente de esta realidad habría que rescatar el texto de Los Amigos de Durruti del año 1938, «Hacia una nueva revolución«. En ese texto, lúcido con su época en general, se incluye un capítulo entero en defensa de «La independencia de España», donde se describe la épica española y refleja nítidamente la percepción del propio país que manejaba el movimiento popular en aquellos tiempos.

Lo cierto es que en paralelo a esto y como explica también Iñaki Gil, es en las luchas de aquellos años 30 en las que la conciencia nacional en el caso vasco empieza ya no a empapar desde fuera, sino a emerger desde dentro de las luchas obreras. Este proceso continuo casi sin ruptura durante el franquismo. Eso explica que tras 30 años de represión, exilio, autodestrucción y capitulación el tablero nacional hubiera cambiado sustancialmente en Cataluña y País Vasco, donde la lucha contra la dictadura se había vertebrado fusionando la idea de España a la idea de España de Franco, como se relata en el reciente libro de Emmanuel Rodriguez. Esa idea-fuerza del antifranquismo se adopta desde posiciones burguesas para plantear un nacionalismo construido como diferencia a esa España y se convierte en uno de los discursos más exitosos de los 70 por la extensión que adquiere, pero que entra en contradicción flagrante con la realidad histórica de los territorios donde ese planteamiento tiene éxito por ocultar que estos fueron parte fundadora y fundamental de esa España. Entonces toda una maquinaria intelectual empieza a construir mitos y relatos que expliquen las diferencias históricas entre España y Cataluña/País Vasco, que aunque se basen en realidades históricas indiscutibles, ocultan el hecho de que esa España Una es también hija de lo peor de sus pueblos: sus oligarquías.

El marco nacional actual se asienta sobre lo que ocurre en parte en los 70 y principalmente en los 80, porque a la vez que ese proceso de construcción de discursos y mitos para algunos pueblos, en otros se daba otro proceso que hoy se mantiene intacto porque es la piedra de toque del régimen del 78. Hay una gran variedad de casos entre los pueblos ibéricos que se han dado con el régimen del 78, donde por contraste se puede aprender mucho de cómo la construcción de relatos nacionales/regionales partiendo de una realidad institucional se utiliza como herramienta de domesticación -País Valenciano, Navarra, Comunidad de Madrid- o para la acumulación de fuerza popular -Canarias, Galicia, Asturias. Merece la pena detenerse en el caso andaluz y castellano, por su relevancia en la construcción de la España moderna y postmoderna, en el pasado y en el presente.

El caso andaluz nace de una leve conciencia regional en los 70 que con la creación de las autonomías y por equiparación, especialmente, con Cataluña va creciendo hasta convertirse hoy en una realidad indiscutible: Andalucía existe como pueblo y por lo tanto como marco de disputa de intereses de clase. Este hecho se aprecia en cualquier campaña política –sea electoral o no- que se dé donde Andalucía es el marco de referencia y sirve como entidad política que equilibra España frente a las otras entidades políticas de su mismo nivel en el Reino de España.

Por contra el caso castellano, país en el que operan las fuerzas más brutales del españolismo político y donde el franquismo fue especialmente quirúrgico con el fin de extirpar toda memoria rebelde, se desbarató como país y llegó al siglo XXI como una reliquia turística de museo. No es casualidad, y así se percibe cuando se analiza el proceso de descomposición en autonomías de lo que hasta entonces fueron las castillas. La segregación de lo que a partir de entonces fueron Cantabria, La Rioja y la Comunidad de Madrid, mientras se mantenía dentro de la tradicional diversidad de las castillas a La Mancha y a León hizo que las 5 comunidades autónomas haya generado o bien regionalismos sin fundamento ni capacidad ni movilización o bien en la idea de que las autonomías son simplemente como aparatos de «gestión» pública sin un contenido más que casual -lo que, por cierto, explica en parte la furia antiautonomías del cuñadismo. La desaparición de Castilla como realidad política, social y cultural hoy es un hecho cercano, la señal es que ya ha sido dada por muerta por todas las fuerzas políticas significativas que sin embargo la consideraban como tan en los 70/80. Esto se puede explicar por la enorme complejidad, y por tanto riesgo político, del caso castellano por su diversidad y sus conflictos «provincianos», cuya contradicción más estridente se da en las comarcas del País Leonés. Por otro lado en los 80 era imprescindible para las élites gobernantes que no se produjera en Castilla el fenómeno que ya empezaba a darse en Andalucía y a la vez que se aislara Madrid para una «gestión mas eficiente», de la que ya hemos visto resultados, siendo estas dos condiciones un elemento central para el régimen del 78, cosa que aún hoy quienes hablan de romper candados no han puesto en duda. Ese abandono por parte de toda fuerza política del marco castellano produce una asimetría que supone que varios millones de paisanos se vean sin más referente nacional ni territorial sólido que España, lo que dispara un conflicto irreal entre «nacionalistas periféricos» y «españoles del centro» cuando se plantea la cuestión nacional, lo que crea esa imagen de que Cataluña o el País Vasco se independizan de España como si esta fuera una metrópolis colonial, confundiendo ahí a España con Castilla y generando una situación incómoda que mira su reflejo en Yugoslavia. Esto le hace el caldo gordo tanto al españolismo político como a quienes han construido relatos nacionales que ocultan que un sólo empresario catalán tenía más intereses en la victoria de Franco que todo el proletariado agrario castellano junto.

Dicho esto quede por delante que analizar como se articula el régimen del 78 no supone entederlo como neutro e inevitable y señalar sus carencias no supone posicionarse del lado de un «modelo territorial» distinto. El hecho de que Portugal, Aragón o Andalucía sean hoy marcos políticos disputables por su movimiento popular y que Castilla no lo sea es una realidad que nos condiciona completamente a las Castellanas, pero también al resto de nuestra gente súbdita de los Reyes de España y eso es lo que aquí se quiere señalar. Que Castilla se convierta y se identifique con el bastión del españolismo no nos puede convenir a nadie y para ello, en ese puzzle de pueblos que es la península de los últimos 30 años, habrá que trazar estrategias para la «liberación nacional y de clase» contemplen esa realidad. Plantear cualquier “liberación” en Olot o Gerona que implique considerar que existe una España de la que separarse y que está compuesta por un magma de pueblos mesetarios desestructurados más alguna región anexa es un torpeza estratégica que nos tiene con los pies atados, porque no puede haber una solidaridad de tú a tú entre Cataluña y España porque efectivamente el hecho de que Cataluña haya sido parte fundamental de España la sitúa en otro nivel de referencia, otro marco mental, independientemente de la materialización institucional de estos procesos. Que se pretenda hacernos españoles a algunas para después decirnos que “una parte de nosotros se va” provoca esa desagradable contradicción en la que se nos sitúa y que tan bien manejan para tenernos jodidas los encorbatados de La Caixa y Bankia.

Siguiendo con el hilo temporal, hay que reconocer y asumir que en esta época de transición y conflictos esto de la «cuestión nacional» no es un campo inmutable donde nos sirvan las categorías del siglo XIX. Entonces el desarrollo de los mercados nacionales y del imperialismo -con una determinada capacidad técnica de producción, distribución y comunicación- generó unas lógicas y unas dinámicas de gobierno para la sociedad que necesitaban de las herramientas «nación» y «estado moderno». Hoy, con otra capacidad técnica, son otras las herramientas que se están poniendo en marcha. Que el proyecto neoliberal está superando los marcos estatales y por tanto, los proyectos nacionales e incluso el concepto de sociedad, el algo ampliamente sabido. Todas las descripciones apuntan a que el territorio se está reordenando en centros y periferias, haciendo del territorio capitalista una red de metrópolis hipercomunicadas y conectadas por grandes infraestructuras y un espacio fragmentado física y socialmente de periferias de donde extraer recursos. Estos análisis se pueden encontrar desde el mundo sindical a las «vanguardias» teóricas anticapitalistas. ¿qué espacio deja esto para la «cuestión nacional»? ¿de qué sirve conjurar la «liberación nacional y de clase» cuando las naciones dejan de ser territorios en disputa? Tener esta perspectiva es imprescindible para preveer estrategias, porque aunque las transiciones entre estadios de desarrollo nunca son perfectas hay que ser conscientes de en cual nos encontramos. Esto es, igual que hoy vivimos con una reliquia feudal como jefe de un estado moderno, mañana podemos vivir en el sueño neoliberal con gobernanzas nacionales.

Pero aparte de carencias en el análisis concreto de nuestra realidad y de cuales son los nudos a los que nos enfrentamos, es más estimulante cuestionar la idea de que «lo nacional» es un terreno de disputa preexistente sobre el que se da una lucha de clases que hay que ganar, que subyace en todo el texto de Borja. Esta es otra idea clásica, el esencialismo nacional, que cuestionarla abre un abanico de posibilidades para nuestros intereses. En el pequeño y supersimplificado resumen que hay unas líneas más arriba del desarrollo del tablero nacional actual de las españas se cita la idea de que en el caso vasco la identidad emerge de las luchas obreras, osea, que la nación vasca no es un sujeto histórico con miles de años de historia común, sino que es una comunidad que se ha forjado hace menos de cien años en torno a algunos mitos y rasgos comunes e históricos pero sobre todo, en torno a la lucha y el conflicto. Podríamos decir lo mismo en el caso catalán, en el que la lengua y la lucha en defensa de la lengua ha sido el principal eje de conflicto en la historia reciente y que de hecho es el nexo que fundamenta el proyecto de Paises Catalanes. Y lo mismo de la identidad asturiana y sus conflictos obreros o andaluza con los conflictos del campo. Si la identidad nacional surge en la lucha y no tanto en los mercados, textos académicos y en el revisionismo histórico, la pelota está en nuestro tejado. Si es el conflicto nuestra herramienta para poner el tablero político, de la misma forma que quien gobierna lo pone mediante instituciones, la lucha nacional y de clase se funden en una a medio plazo, aunque sea sin la consideración o la designación de nacional. Se le llame cuestión nacional o con el nombre que sea, son de plena actualidad las luchas «situadas», insertas en realidades territoriales, culturales y sociales concretas y no universales. Las llamadas «luchas en el territorio» son el mejor ejemplo de estas, pero los conflictos más llamativos de nuestro tiempo nos enseñan esto sin parar: desde Chiapas a Kôbane pasando por la defensa del territorio ante las grandes infraestructuras en Europa. El hecho de que haya justificaciones históricas, culturales o incluso étnicas o que no las haya -dicho de otro modo, que los elementos del conflicto sean modernos o postmodernos- son elementos a valorar en cada situación y a cada nivel, pero lo importante es que estamos en un tiempo en el que las luchas ceden cierta pretensión universalista para centrarse en su situación concreta, y ahí lo que en las izquierdas castellanoparlantes llamamos «cuestión nacional» se pone de plena actualidad para definir programas y proyectos rupturistas y revolucionarios, que a nivel país van a tener que cruzarse necesariamente con las identidades históricas de los pueblos peninsulares.

@botasypedales

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