Sobre el ‘anarcoestatismo’ y la creación de comunidad

En relación al artículo “Anarcoestatismo. Defendiendo lo público, destruyendo lo común” me gustaría realizar algunos apuntes adicionales a contestación publicada con el título “Construyendo comunidad, a partir de la lucha por lo público” que creo que podrían aportar algo a la cuestión propuesta, a pesar de que la contestación reseñada muestra los puntos clave de la respuesta al llamado “anarco-estatismo”(extraño vocablo que encierra una contradicción en sus términos bastante considerable y que sería interesante analizar).

En primer lugar, tengo que aclarar que lo que sigue se escribe desde el punto de vista de un anarcosindicalista y que por tanto, puede muy bien no coincidir en algunas de observaciones con lo que se podría afirmar desde un anarquismo estricto, si es que se admite que éste pudiera existir, ya que esa expresión “anarquismo estricto”, también esconde una grave contradicción. Porque si algo es el anarquismo, es una forma de entender el mundo y las relaciones humanas que no pueden abarcarse de forma cerrada y estricta. Cabría decir aquí, muy en relación con este tema, que no existe, afortunadamente, ninguna central de expedición de carnés de anarquismo. Más bien, habría que afirmar que existen tantos anarquismos como anarquistas y que ninguno, por separado, puede considerar que tiene el total de la razón, ni el total seguimiento de la ortodoxia (ya que por otra parte, ¿de qué “ortodoxia” podemos hablar? ¿somos capaces de convertir la parte de la historia que nos interesa en un manual de instrucciones obviando el resto? ¿podemos construir una ortodoxia con una sucesión de hechos históricos, que fueron en muchas ocasiones, circunstanciales y adaptados al momento?).

Creo que es preciso decir esto porque en el momento actual necesitamos (con urgencia) un proyecto libertario claro y amplio, que abunde en la confluencia de iniciativas e ideas, que necesariamente tendrán que tener sus diferencias, pero que apunten al mismo objetivo: la transformación social. En ese sentido, entender el concepto de anarquismo como un estrecho pasillo por el que solo se puede transitar mediante unos determinados “tics” históricos o pseudo-filosóficos, creo que va en el sentido contrario de esa idea.

A veces les ácratas (en sentido amplio) sufrimos crisis de hipercriticismo que nos llevan a ejercer de guardianes de esa supuesta ortodoxia. Como contrapeso, padecemos también crisis de extrema laxitud y podemos comulgar, no con ruedas de molino, sino con molinos enteros, sobre todo en esa parte de nuestras vidas que no está expuesta directamente a la política. Creo que es mejor, siempre que sea posible, instalarse una sana autocrítica, propia y de los demás, que nos permita no lanzarnos a dentelladas unos contra otros cuando nos parece que los demás se “desvían” del camino que creemos correcto. Como decía antes, es muy probable que no haya un solo camino correcto ni que siempre sea el mismo, por lo que, parece más útil e interesante ver al anarquismo y al movimiento libertario como una tendencia que, aun compartiendo unos principios esenciales, ha de presentar múltiples vías de desarrollo, más que como una posición fuerte y cerrada que defender.

Por otro lado, esas crisis a las que me refería antes, nos llevan a ver sólo lo negativo en la postura de los demás y sólo lo bueno, en las propias. Más allá de las contradicciones (que afortunadamente nos persiguen a les libertaries, porque nos hacen recrear el discurso y la práctica diariamente) creo que caemos en un reduccionismo de las posturas ajenas, en las que no vemos nada que salvar, ni encontramos ninguna intención positiva (lo que no quiere decir necesariamente que la creamos acertada) y detectamos sólo falsedades, digresiones y enemigos de la “idea”. Me parece necesario relajar esta tendencia, si se pretende de alguna manera llegar a construir un discurso libertario que, de alguna manera, nos permita luchar juntes guardando cada uno nuestras particularidades. En este sentido, me parece también excelente el artículo “las malas anarquistas”.

Ya en relación al objeto de este escrito, me gustaría aportar alguna reflexión sobre los servicios públicos y la posibilidad (o no) de que los que nos autodenominamos libertarios podamos ejercer su defensa en los momentos actuales.

Cuando se afirma que esa defensa no es posible por parte del anarquismo (identificando el servicio público con el estado) se suele poner en la balanza solo dos posiciones: estado y autogestión; es decir, los servicios públicos son administrados por el estado (y por tanto son indefendibles) o deben ser autogestionados (como único escenario defendible).

En primer lugar, creo que defender los servicios públicos no es defender a su administrador (el estado), sino defender el derecho de sus dueños (el pueblo). Es decir, los servicios públicos, todo lo público, ES NUESTRO. No es del estado, que mantiene usurpada su gestión, sino de la gente que lo ha construido con su esfuerzo y con el dinero que han aportado para ello. Todos los servicios públicos están construidos con el fruto del trabajo; no son, por tanto, del estado. Y desde un punto de vista libertario, cuando se hace defensa de lo público, no se defiende al administrador espurio de esos bienes públicos, sino su pertenencia al pueblo. Y defendemos que son de todes y que por tanto, no se puede excluir a nadie por su condición social o económica o de nacimiento o de ningún otro tipo de los beneficios de esos servicios. ¿Defendemos les libertaries a la administración como maquinaria ciega que ejecuta los designios políticos sin el menor miramiento? No. ¿Defendemos acaso, la corrupción, el nepotismo, la forma de funcionamiento de esos servicios públicos? No. ¿Defendemos la forma y los contenidos que tienen la educación o la sanidad públicas? No. Porque nosotros sabemos que hay otra forma de administrar lo público, que es la que nace de la conciencia social y de la responsabilidad de la sociedad de administrarse ella misma, sin intermediarios. ¿Podemos (y debemos) aclarar esos extremos cuando estamos junto a otros defendiendo “lo público”? Parece evidente. Porque cuando coincidimos con otras muchas organizaciones en esa defensa, no todes estamos diciendo lo mismo, ni probablemente, defendamos lo mismo hasta el mismo punto. Y ahí es donde nosotres, les libertaries, debemos intentar que nuestra voz surja clara (pero no como la única verdadera) y fuerte (pero no como excluyente de las demás). Porque aspirar que todos defiendan lo mismo que nosotres es una quimera; y de igual modo, no decir lo que pensamos porque al lado haya otres que piensan distinto, es un flaco favor a nuestras ideas.

En segundo lugar, para continuar con la dicotomía Estado-autogestión, que a veces parece la única posible a la hora de plantear la cuestión de los servicios públicos, habría que incluir un tercer factor a tener en cuenta. Que se convierten en privados. Esa defensa que hoy muchos plantean de los servicios públicos no es gratuita ni obedece a una voluntad de reinstaurar el llamado Estado del bienestar, sino que es la respuesta (tardía, si se quiere) al fenómeno privatizador que tanto gobiernos de presuntas izquierdas como de derechas comenzaron hace ya unas décadas. Respuesta tardía, porque muches anduvimos en solitario en la batalla contra la privatización de lo publico hace ya mucho tiempo, sin que nadie nos prestara demasiada atención; la sociedad ha tenido que sufrirlo directamente en sus propias carnes para alarmarse sobre ese ingente proceso de trasvase de bienes públicos a manos privadas y que representa un claro deterioro en los servicios que se prestan y un encarecimiento de los mismos, que somos obligados a pagar, si queremos acceder a ellos. No parece tener mucho sentido, por tanto, atrincherarse en la exclusiva defensa de su autogestión como lejana meta definitiva, sino en tomar también la iniciativa en esa lucha por evitar que nos roben lo que es nuestro. Es decir, la privatización de cualquier servicio público empeora considerablemente todo lo relacionado con éste, tanto en el servicio que se presta, como en la universalidad de las prestaciones y en el derecho de acceso de todos a todas las prestaciones posibles. No luchamos por el sistema escolar actual cuando defendemos la educación pública; luchamos para intentar impedir la irrupción del mercantilismo, de los bancos y las multinacionales en las escuelas y universidades y contra los recortes que empeoran aún más la situación; no luchamos por el actual concepto de salud que se promociona desde la sanidad pública ni por su criminal relación con las farmacéuticas, sino para intentar que cualquier persona, tenga los ingresos que tenga, pueda acudir al médico sin pensar si podrá pagarlo o no y para que tenga acceso a una prueba que pueda tener un coste que jamás podría permitirse si tuviera que sufragarlo ella. ¿Es verdad que dentro de esas luchas podemos ser altavoz de otra forma de salud y de educación? Es verdad y es necesario. Pero, ¿eso nos obliga a no luchar contra las privatizaciones? Creo que en absoluto.

A veces caemos, desde el punto de vista libertario, en el error de considerar de forma distinta al estado y al capital, como si fueran enemigos diferenciados, ajenos el uno al otro. Sucede con frecuencia cuando se les tiene en cuenta como “patrón”, es decir, como demandantes de mano de obra. No juzgamos de la misma forma a los trabajadores del sector público que a los del sector privado, cuando en realidad, lo que están haciendo los dos “tipos” de trabajadores es lo mismo: ganarse un sueldo para poder vivir. Pero de alguna forma, trabajar para un explotador privado tiene mejor “prensa” entre les anarquistes que trabajar para el explotador público. Dar por sentado que el trabajador del sector público tiene una mayor identificación con su patrón que cualquier trabajador de la empresa privada, es una suposición bastante absurda. Cuando hablamos de la abolición del capitalismo, estamos formulando la idea de que los trabajadores del sector privado han de renunciar a su condición de asalariados para pasar a autogestionar la economía… y cuando hablamos de la abolición del estado planteamos la idea de que los trabajadores públicos han de hacer lo mismo para pasar a gestionar esos servicios públicos. Y si no tenemos empacho alguno en criticar a la multinacional X por querer hacer un ERE a sus trabajadores y enviarlos a la miseria para ganar aun más dinero del que ganan, no sé porque vamos a tener que permanecer impasibles cuando la mayor empresa de este país (al servicio de las multinacionales y los bancos, por supuesto), que es el Estado, hace lo mismo con las personas que trabajan en los servicios públicos para procurar que las grandes empresas ganen aún más dinero en detrimento de les que menos tienen.

En algún caso ¿supone una defensa de lo público como la esbozada una defensa del estatismo? Me parece que no. Sobre todo, porque les anarcosindicalistas pretendemos (y debiéramos hacer algo más que pretenderlo) que la organización de les trabajadores sea la que se haga cargo de estos servicios, de forma que la sociedad autogestione estos y otros muchos más que son necesarios con los criterios de universalidad, racionalidad y participación social. Porque sin esta premisa, cualquier discurso que pueda venir desde nuestras filas queda en agua de borrajas. Ese es nuestro objetivo, pero hacer como que no existe nada más que requiera nuestra atención entre la situación actual y la que nosotros deseamos, es situarse fuera de la realidad. ¿Se supone que esa revolución de la que se habla se consigue del 0 al 100 de forma inmediata? Esa transformación social a la que aspiramos (con todas sus variantes) no puede construirse con un chasquido de los dedos, ni esperando a que les trabajadores “vean la luz”, sino encendiendo bombillas a nuestro paso. Y cuando se apagan, volviendo a encenderlas.

Sin estar un ápice a favor del Estado ni de su existencia, ni de su aceptación siquiera como el mejor mal menor posible, creo que es posible una defensa de lo público en la situación actual sin miedo a perder nada en ese camino y sí con posibilidades de ganar algo, aunque sólo sea eso: que la lucha construye comunidad.

Finalmente, y lo que creo más importante, es admitir que la acción libertaria, por su mismo significado intrínseco, no puede pasar por los cuellos de botella de cualquier ortodoxia real o supuesta, sino por la potenciación mutua de iniciativas que deben confluir en lo esencial y que deben ser multiformes en sus particularidades. Dejar de pisarnos el cuello unos a otros y ayudarnos en lo que sea posible, mientras que sea posible, hasta que sea posible. Algunos pensarán que les anarquistas son los únicos “buenos” de esta película. Otros pensamos que podemos ser les “más” buenos, pero no los “únicos” buenos. Porque, no sólo es imposible una sociedad formada exclusivamente de anarquistas, (ni tampoco deseable, tal vez), sino que lo prioritario es la presencia de les anarquistas en la sociedad. En cualquier caso, lo que es imprescindible plantearse, tanto por los que ven más claras unas vías como otras, o los que se ven más identificados con una formas de hacer que con otras, son las preguntas que se hacen al final del articulo citado:

«¿Cómo se está construyendo hoy “anarquismo”? Y ¿”qué” es lo que está construyendo el movimiento libertario?

Cuando tengamos una respuesta a esta pregunta, que nos sirva para actuar hoy, podremos acudir (sin que nos dé vergüenza la comparación) a la historia de les que nos precedieron.

Paco Ortiz, militante de CNT-Córdoba

Por la destrucción del dogmatismo

El dogmatismo pareciera que es algo ajeno al anarquismo, precisamente porque nadie duda, al menos teóricamente, de nuestros valores de libre-pensamiento y crítica. Sin embargo, todas sabemos que libre-pensamiento hay muy poco en el anarquismo actual, siendo relativamente pocas las personas que defienden una total «mirada amplia.»

El compañero Lusbert exponía el tema en su artículo, pero considero que hay que ir más allá y plantearse, de nuevo, el tema que tal vez divida con más fuerza a las anarquistas de nuestros tiempos. Este tema, como no podría ser de otra forma, es el de la violencia insurreccionalista [1].

Todas habréis leído/oído alguna vez las trifulcas que se traen entre las que venimos a llamar «anarco-comunistas» e «insurreccionalistas.» Las primeras acusan a las segundas de ser innecesariamente violentas, carentes de plan, teoría, y realismo (y yo me pregunto: ¿qué cosa hay más realista que quemar las calles cuando vivimos en un mundo que nos mata, literalmente, cada mañana?). Las segundas, por su parte, acusan a las primeras de reformistas, estatistas, y elitistas. Ambas tienen parte de razón, pero sobre todo tienen mucho dogmatismo que desechar.

El dogmatismo es algo difícil de erradicar, es un cáncer difícil. Cuando nos socializamos en unas ideas, y nos las terminamos por creer, se nos hace casi imposible dejarlas de lado y admitir que la vida puede ser de otra forma. Renunciar al dogmatismo, pues, es tarea ardua que implica un gran número de noches de profunda reflexión, pero sobre todo implica altas dosis de honestidad y humildad.

A la cenetista de toda la vida le será bastante difícil aceptar que la revolución social puede llegar mediante la acción directa, violenta, y subversiva de pequeños grupos de afinidad (grupos cuyos componentes van y vienen todo el rato, rompiendo amistades, tejiendo nuevas relaciones, planificando nuevas acciones, siempre en movimiento). A la insurreccionaria curtida en la primera línea de los disturbios anti-globalización (por poner un ejemplo) le será, a su vez, bastante difícil admitir que la organización permanente puede resultar en grandes avances para la causa común: la revolución social.

A menudo olvidamos que todas tenemos una misma meta. Olvidamos con facilidad que el Estado, la policía, las leyes, y la sociedad tal como está organizada nos reprimen a todas por igual. Así, olvidamos que juntas luchamos contra la misma tormenta. Si precisamente olvidamos esto que ahora puede parecer obvio es porque universalizamos nuestras ideas propias (ya sean individuales o grupales) [2]. Se nos hace difícil admitir que otras formas de perseguir la revolución social son también válidas (¡se nos olvida incluso que esas otras formas aportan y ayudan al anarquismo en su conjunto!).

Pongamos un ejemplo controvertido (pero real). Grecia, años noventa, el movimiento estudiantil arranca la década con fuerza. Las estudiantes se movilizan por toda la región en decenas de millares. Se okupan universidades, institutos, colegios, calles, y plazas. Se organizan asambleas, redes horizontales, órganos de expresión y difusión, y también se pelea cara a cara contra la policía y los fascistas. De este contexto nacería la red antiautoritaria Alpha Kappa (AK), de ideas más organizativas y anarco-comunistas. Sin embargo, si las estudiantes abrazaron por miles el anarquismo no fue solamente por el establecimiento de dinámicas asamblearias, también fue por el simple hecho de entrar en contacto con elementos más radicales: las insurreccionalistas de los grupos anónimos de afinidad.

No podemos decir que Grecia tenga una impecable historia en temas de organización, pero tampoco hace falta (como algunas piensan) tener una CNT para promover el anarquismo. De las centenas de asambleas que se celebrarían en los noventa, las estudiantes de Grecia organizaron una gran parte de ellas de manera espontánea, autónoma, crítica, y hermosamente libre. Cada 17 de noviembre se daba (y se sigue dando) una gran manifestación en recuerdo de las víctimas de la dictadura, y cada 17 de noviembre acabó (y con suerte seguirán acabando) con okupaciones en la Escuela Politécnica, asambleas multitudinarias, creación de nuevos proyectos, y disturbios. Muchos disturbios.

La radicalidad e ilegalidad [3] de los grupos de afinidad llamó la atención de aquellas estudiantes que no aguantaban más la falta de libertad en Grecia. Y esto no fue por cuestión de espectáculo. No nos equivoquemos. El insurreccionalismo nos enseña que no tenemos por qué esperar a que venga la revolución; la revolución se puede vivir hoy mismo. El insurreccionalismo enseñó a millares de estudiantes griegas que la autoridad se puede combatir, que se puede llevar una lucha más intensa sin perder tu humanidad. Pero sobre todo enseñó a las que no aguantaban más que no estaban solas, que había más gente dispuesta a cambiar las cosas ya [4]. «Muera quien espere», que diría Típico Pero Cierto.

No obstante, las anarco-comunistas criticaron, pararon, e incluso llegaron a atacar físicamente a las insurreccionalistas en repetidas ocasiones. No supieron ver el potencial de la corriente más radical, ya sea por temor, tapujos, estereotipos, o por una moral acomplejada. Las insurreccionalistas (también con su dosis de dogmatismo) no cesaron en su intento por influir a la sociedad en su totalidad. Explicaron en innumerables panfletos el porqué de quemar los símbolos del sistema, el porqué del molotov a la cabeza del madero. Y la historia les da, parcialmente, la razón: de la multitud de acciones ciudadanas en Atenas muchas de ellas fueron empezadas por insurreccionalistas. Sirva como ejemplo el caso del parque de Exarcheia: cuando se decidió que Atenas albergaría los próximos Juegos Olímpicos, se decidió que la plaza del combativo barrio ateniense sería modificada por completo. Grupos de amigas del barrio decidieron parar las obras por su cuenta: se destruyeron herramientas y vehículos, se tiraron las vallas de metal que protegían las obras mil y una veces, se luchó contra la policía. El resultado fue una masiva aceptación ciudadana en la que confluyó todo el barrio en una asamblea general que todavía perdura.

La organización (más) permanente también ha hecho lo suyo por el anarquismo en Grecia. Las okupas, las asambleas periódicas de ciertos grupos, y el gran trabajo de difusión y solidaridad con las inmigrantes, las presas, y las oprimidas en general, son elementos que han ayudado a extender el ideal libertario. Sus manifestaciones por las presas convocan siempre a miles de personas; sus programas de radio llegan a multitud de aparatos; su trabajo permanente por crear una estructura horizontal, sin jerarquías, asamblearia, ha permitido que miles de personas hayan entrado en contacto con las dinámicas anarquistas (lo que se traduce en muchos casos en la creación de más mentes críticas). Las insurreccionalistas han participado en todas, o casi todas, estas cosas. No obstante, no han faltado las críticas, las trifulcas personales, y los dogmatismos.

¿Por qué nos costará tanto ver que fueron ambas fuerzas, la anarco-comunista/organizativa y la insurreccionalista, las promotoras del anarquismo en Grecia? (Y esto se puede aplicar a España, Italia, Estados Unidos… etcétera). ¿Cómo nos tapamos los ojos ante la evidencia histórica? Si el Plan Bolonia no se aplicó de facto en Grecia fue gracias a las dos corrientes (sí, así es. El Plan Bolonia se aprobó en el Parlamento de Grecia pero nunca se implementó en la realidad, precisamente porque las asambleas convocaban a miles de estudiantes, y también precisamente porque los molotov volaban por centenas sobre las cabezas de la madera).

Rechazar nuestros propios dogmas es difícil, pero con echar un vistazo a la historia de los pueblos nos ha de bastar para ver que hay muchas formas, complementarias, de luchar contra la autoridad. En todo esto hay un componente más filosófico que implica el aceptar como válida la alternativa de las demás personas que no opinan como nosotras. Algunas alternativas se nos antojarán más difíciles de aceptar, y seguramente alguna habrá que sea inaceptable por su inviabilidad (aunque a día de hoy personalmente no se me ocurre ninguna de este tipo).

La historia del anarquismo griego ha dejado ver con claridad que los molotov son la llama que enciende la revolución personal y social. Pero esta llama es inútil si no tiene mecha que prender ni material que alimentar con su fuego. El anarquismo insurreccionalista necesita tanto de la organización asamblearia permanente como ésta de aquél. Pero los dogmas siempre han puesto en Grecia una barrera aparentemente infranqueable [5], como lo hicieron en Seattle, en Génova, o en la Barcelona del 36.

Dejemos ser llama a quien quiera ser llama, y mecha a quien quiera ser mecha, sin que esto implique ningún tipo de subordinación, pues la una necesita de la otra y necesitan trabajar conjuntamente. Ambas han probado a lo largo de la historia ser formas viables para alcanzar la sociedad anarquista [6]. Ahora queda ponerlas, de una vez por todas, a remar en el mismo barco.

Notas

[1] Este texto no tiene como objetivo explicar o analizar el insurreccionalismo. Simplemente se usará a modo de ejemplo para destapar los fuertes dogmas que existen en el anarquismo contemporáneo.

[2] A este respecto ya escribí un «Por la destrucción…» Lo podéis leer pinchando aquí.

[3] Qué palabra más fea esta de «ilegalidad.» ¿Qué hay más «legal» que rebelarte contra aquello que no te deja vivir?

[4] Queda por escribir un exhaustivo artículo en castellano sobre la historia revolucionaria de la Grecia de los noventa. Me lo apunto.

[5] Si algún día vais por Grecia veréis (sin querer generalizar) que ciertas okupas insurreccionalistas os desaconsejarán juntaros con las amigas de AK, mientras que éstas harán lo mismo para con las otras. Como si fueran jesuitas y franciscanos.

[6] Me pregunto, a modo de historia-ficción, si cualquiera de todas las revoluciones anarquistas acaecidas alguna hubiera triunfado completamente de no haber existido estos dogmas que nos separan.

Más allá de la escuela estatal y las luchas laborales. Hacia la autogestión de la enseñanza

En el debate en torno a la educación, la única discusión actual está en si debe estar supeditada al poder monopolista del estado y a la gestión de multitud de políticos/as parásitos/as, o si hay que apoyarse en la gestión privada a manos de la iglesia y especuladores/as diversos/as. Pero nosotros/as, como anarquistas, queremos ir más allá de reivindicaciones puramente laborales y economicistas, queremos hacer una crítica al sistema de enseñanza, tanto al estatal como al privado, con una perspectiva de transformación social, nunca de legitimación y mantenimiento de la inoperancia de la educación actual.

Con la lógica capitalista de que las personas están al servicio de la economía, y el vacío ideológico y transformador de las movilizaciones obreras del sector, se da al estado la llave para seguir adaptando las leyes educativas al servicio de la mercantilización de la educación, hacinando a los/as alumnos/as (aumento de las ratios), subiendo las tasas de la Universidad o la FP (elitización de la educación), dejando que sean las empresas quienes subvencionen las becas y las prácticas (privatización y especialización productivista), o reduciendo la contratación de profesorado funcionario, manteniendo interinos/as y abriendo la entrada de externos/as a la educación pública desde empresas privadas (precarización de las relaciones laborales).

Nosotros/as los/as anarquistas creemos firmemente que la emancipación de la clase obrera de sus cadenas va mucho más allá de lo exclusivamente material, y la evolución de la concienciación y la construcción íntegra del individuo es el primer paso que lleva a la aceptación de los postulados emancipadores por parte de los/as trabajadores/as. Dada esta premisa, el movimiento libertario ha trabajado durante décadas en la construcción de una teoría pedagógica y su fomento a través de escuelas racionalistas y ateneos libertarios desde las continuas reflexiones y debates en torno a las experiencias.

Nosotros/as no creemos en mejorar las instituciones educativas ni hacerlas más eficientes, queremos devolver el libre proceso de aprendizaje a las comunidades naturales, y la elaboración del proceso cultural entre todos/as, acabar con las instituciones privadas o del estado, que tienen secuestrado el proceso de conocimiento, y disolverlas. Ser partícipes como trabajadores/as de todas las actividades de la vida social, en una sociedad autogestionada y federativa de libres acuerdos tomados entre iguales por todos sus miembros, sin privilegios de ningún tipo.

Crítica a la enseñanza estatal y privada

El sistema de enseñanza está concebido como un sistema cerrado a otras instituciones sociales, cuyo fin es el de producir mercancía con su correspondiente título, para su inserción en el sistema clasista. Esta forma de educación está concebida para la especialización productivista con el fin de dar un mayor rendimiento del mismo capitalismo.

A todos/as los/as niños/as les es impartida constantemente una práctica determinada por las normas fundamentales del capitalismo. Así pues, al igual que la sociedad misma está estratificada y jerarquizada: existen patronos/as y asalariados/as, o gobernantes y gobernados/as; dentro del sistema educativo los/as niños/as empiezan a asimilar estos roles bajo la autoridad del profesorado (como papel policial), el cual debe velar constantemente por la actitud disciplinada sumisa y obediente de los/as niños/as y condenar o juzgar a todo aquel o aquella que se salga del marco normativo. Algunas herramientas en este camino son la repetición de dogmas incuestionables totalmente preelaborados y ajenos a cualquier pequeño/a, la delegación de toda práctica o experiencia a especialistas de turno, la programación mecánica de tiempos y ritmos con rígidos horarios que habitúan a la organización de la semana laboral, aislamiento del espacio de aprendizaje con el exterior, o los exámenes como herramienta de competición y exclusión entre los/as alumnos/as; las recompensas a los/as que asimilan y “aprueban” y la marginación de aquellos/as que no lo hacen. Así, la actividad natural se proscribe o se controla al servicio de la obediencia, los/as niños/as van adquiriendo el rol de sumisión para ganarse la aprobación de la autoridad referente y el rol competitivo con sus lógicas consecuencias, la humillación y violencia entre compañeros/as, el fracaso escolar o la exclusión de todo aquel o aquella inadaptado/a que deba ser retirado/a a otras instancias de reinserción.

Por ello, nos mostramos en contra de agravar diferencias sociales, de manipular física y mentalmente a los menores cuando son incapaces de defenderse, de la jerarquización, el autoritarismo, el confesionalismo religioso, los castigos como imposición represiva, la exclusión de la naturaleza o la separación por sexos.

La propuesta de los/as anarquistas. Caminando hacia la autogestión

Nuestra pretensión no es la gestión de los fondos estatales, ni construir la universidad obrera, ni seguir dando titulaciones; nuestra intención es la abolición del estado y cualquiera de sus estructuras de dominación. Para ello proponemos la autogestión educativa:

El término autogestión es la gestión cooperativa por los/as trabajadores/as y demás implicados/as en la gestión, distribución y consumo, de una forma libre e igualitaria, con independencia de cualquier tipo de factor externo. Se promueve la participación de toda la comunidad productora sin relación de autoridad entre los/as participantes.

En el factor educativo, creemos en un aprendizaje abierto y permanente en base a una recreación constante de uno/a mismo/a con su entorno natural, fuera de cualquier tipo de autoridad, de manera racionalista, secular y no coercitiva. Propugnamos el aprendizaje individual y colectivo en grupos y comunidades naturales: asociaciones productoras o comunidades libres sin tutela estatal o privada, cuya fuerza unificadora sea la creatividad y el contrato social libremente aceptado por todos sus miembros. Creemos que el aprendizaje no es repetir hasta memorizar, encerrados entre cuatro paredes, ni aceptar roles. Para nosotros/as es el trabajo colectivo de proyectos socialmente útiles, artísticamente recreativos y científicamente estimulantes para el entorno comunitario, técnico, económico y natural; entornos que deben de ser el medio para un aprendizaje y una construcción íntegra individual, libre y creadora. Así, mediante el cuestionamiento y el dialogo constante, la sociedad se recreará constantemente a sí misma.

Los niños y las niñas tendrán una insólita libertad, se realizarán ejercicios, juegos y esparcimientos al aire libre, se insistirá en el equilibrio con el entrono natural y con el medio, en la higiene personal y social, desaparecerán los exámenes y los premios y los castigos. Se hace especial atención al tema de la enseñanza de la higiene y al cuidado de la salud. Los alumnos visitarán centros de trabajo – las fábricas textiles de Sabadell, especialmente- y harán excursiones de exploración. Las redacciones y los comentarios de estas vivencias por parte de sus mismos protagonistas se convertirán en uno de los ejes del aprendizaje. Y esto se hará extensivo a las familias de los alumnos, mediante la organización de conferencias y charlas dominicales.
Francisco Ferrer i Guardia- La Escuela Moderna

El anarcosindicalismo, la mejor herramienta de lucha para los/as trabajadores/as

Entendemos la asamblea como el único medio de toma de decisiones en igualdad de condiciones entre todos/as los/as afectados/as de un ramo concreto.

Entendemos la autogestión en nuestro día a día como la mejor forma de mantener la independencia de cualquier tipo de subvención que domestique nuestra lucha.

Entendemos que la enseñanza debe ir ligada a otras ramas de lucha, coordinada con trabajadores/as de otras industrias, para así poder practicar la solidaridad entre los/as oprimidos/as y recuperar los recursos económicos y naturales que actualmente explota el capitalismo para su autogestión en comunidades igualitarias y libremente federadas. Es por eso que renegamos del corporativismo y de cualquier forma de aislamiento que solo divida a la clase obrera y fortalezca el estado.

Entendemos la huelga como una de las mejores herramientas de lucha de la clase obrera que tantas victorias nos ha dado, como, en su día, la jornada laboral de 8 horas (hoy aspiramos a una jornada de 6 horas como máximo de tiempo trabajando).

El asamblearismo frente al delegacionismo, la autogestión frente a la subvención, el federalismo frente al corporativismo y la huelga general indefinida frente a paros de 1 día, es la única manera de atajar los graves ataques que está sufriendo la clase obrera; luchar contra la ofensiva del estado y del capital, y construir un modelo económico y social para las personas, y no para la acumulación de riquezas de políticos/as, monarcas, empresarios/as y demás parásitos del sudor y la sangre obrera.

POR UNA ENSEÑANZA LIBRE
POR LA PEDAGOGÍA LIBERTARIA
HACIA LA AUTOGESTIÓN

Grupo Anarquista TIERRA (Federación Anarquista Ibérica-FAI-)

[Recomendación] Anarcosindicalismo: teoría y práctica, por Rudolf Rocker

Rudolf Rocker es, sin duda, uno de los máximos exponentes de la corriente anarcosindicalista. Crítico, inquieto, y sobre todo agitador, Rocker nos deja páginas y páginas para la reflexión en el libro que hoy os recomendamos. En un contexto de potenciales cambios, la organización de les anarquistas deviene fundamental. De ahí la recomendación de este fin de semana. Además, os dejamos más abajo el texto de Portal OACA que introduce la obra de Rocker. Que lo disfrutéis.

Descarga el libro aquí

Portal OACA

Rudolf Rocker, en los seis capítulos de esta obra, llena de conceptos esclarecedores, desarrolla un amplio abanico de lo que entendió como la auténtica escalera para subir a la cima del muro, aquel muro que Leonidas Andrieff nos describe cuando sublimiza las luchas del proletariado para alcanzar su definitiva liberación de la explotación de que es objeto.

Rudolf Rocker, como William Godwin, se dirigen al sentimiento y a la razón de las masas, especialmente el segundo, fuertemente vilipendiado por los metafísicos y por los ilusionistas al dar sus ideas en la monumental obra Justicia Política.

Rudolf Rocker, en Anarcosindicalismo, da al lector la posibilidad de penetrar en lo más profundo del alma de la Revolución española de los años 1936-1939 y en lo que hubo de aleccionador y positivo para ser aprovechado por las generaciones futuras.

Leyendo a Rocker no hay peligro de un despiste dentro del proceloso mar de las tergiversaciones. Con mano segura, nos conduce hacia una claridad meridiana para que a la hora de la praxis la organización de los hombres y trabajadores al mismo tiempo no se desvíe entre caudales de falsa ciencia socialista o en interpretaciones que escapen a la grandeza de los fines a conseguir.

Por nuestra parte decimos que al Anarquismo se le confunde lamentablemente, puesto que el Anarquismo no es una idea estereotipada, que por medio de unos mínimos ingredientes se puede hacer feliz a los hombres de forma automática.

El Anarquismo no puede tener programa; cuando se le coloca uno a la espalda, deja de ser Anarquismo.

Existe una soberana confusión sobre el particular. De anarquistas militantes hay pocos, pero de anarquistas pasivos hay millones dentro de la Humanidad, con la rara condición de que éstos apenas sí se han enterado. El Anarquismo es el grito de independencia y dirigido a la conciencia de todo ser humano consciente de su yo. Los hay que han abrazado la Idea propagando y enalteciendo el Anarquismo; también los hay que lo propagan, pero no lo entienden en toda su profundidad filosófica y analítica. Entre éstos y los primeros existen enormes fosos que los separan, pero en lo etéreo hay mucho que les une. El Anarquismo es un faro que ilumina al hombre y le recuerda siempre que es un ser libre. Pero convertir al Anarquismo en una doctrina política, con más o menos ribetes de contenido social, es una solemne estupidez. El Anarquismo es el motor que impulsa la maquinaria inmensa del cerebro del hombre, de todos los hombres, pero no en la misma medida a todos ellos con la fuerza arrolladora que produce en aquellos cerebros privilegiados, que en todos los campos del saber y del hacer se manifiesta en miles y miles de formas y condiciones. Tampoco el Anarquismo es una religión, con sus decálogos, sus principios y su liturgia; quienes así interpreten al Anarquismo lo desnaturalizan. En cambio, las ideas ácratas impregnando de sus conceptos de la Libertad y autenticidad al hombre y trabajador al mismo tiempo -el Anarcosindicalismo-, le señala el camino para que encuentre las condiciones aptas para defenderse y manumitirse del poder de quienes le explotan. Los trabajadores, en tales condiciones, y practicando el pacto federal entre iguales, respetando al pie de la letra lo que tal pacto conlleva, están en condiciones para administrar, con plena conciencia, lo que les compete como entes que forman parte de la Sociedad y de la cual son los que soportan las más pesadas cargas.

Rudolf Rocker reeditó el presente libro en unos tristes días para el proletariado de este país, recién vencido y sufriendo las condiciones más espantosas de represión que mente humana pueda concebir, pero la autogestión (o colectivización) que fue practicada por los obreros y campesinos afiliados a la CNT y a la UGT, con excelentes resultados, son ejemplos que ya se pueden comprobar en las páginas de la historia de las luchas de la clase trabajadora de España, no hay necesidad de recurrir a muestrarios exteriores. Rudolf Rocker avanza una síntesis de todas aquellas gestas en el presente libro; nos conocía perfectamente y por ello puede adelantar unos juicios justos, pues fue uno de los luchadores del campo libertario que mejor nos analizó a través de aquellas porfías.

Anarcosindicalismo y movimiento estudiantil

Por CNT-La Safor

La situación educativa que está creando el Estado junto con el gobierno de turno no solamente sigue sin satisfacer las necesidades reales del ser humano, sino que además está sufriendo un grave retroceso de varias décadas dirigiéndose hacia una educación extremadamente clasista y católica. Sabemos que los sistemas educativos promovidos por los gobiernos y estados no hacen sino perpetuar las diferencias sociales y castrar creativamente al individuo, además de ir adiestrándolo en una especie de celdas que siguen los mismos patrones que las cárceles y las fábricas: horarios, restricciones, supeditación total a la autoridad, trabajo en serie, repetitivo y alienante del alumnado, desposesión total del alumnado de todo aquello que le rodea, etc. Sus objetivos, la alienación social y la sumisión a las autoridades (patrón, estado, fuerzas del orden…).

Bien se entiende que un sindicato es una organización de trabajadoras y trabajadores, y la gran mayoría de estudiantes aún no han conseguido su primer empleo. Sin embargo, en el mundo estudiantil, esto es, pre-laboral, durante todo ese dilatado espacio de tiempo en el que nos formamos para entrar a formar parte del mundo laboral, no existe un solo sindicato de estudiantes de corte anarquista. No obstante, durante este período de tiempo el alumnado no cesa de recibir ofensas y ataques a pesar de verse obligado a seguir siempre las normas dictadas desde las instituciones: horarios a cumplir, faltas de asistencia, trabajos que presentar, asignaturas que superar para avanzar…

Pero el problema que debemos afrontar en el mundo estudiantil, desde una perspectiva anarcosindicalista y revolucionaria, va más allá de las repercusiones directas del sistema educativo y sus políticas sobre dicho alumnado, pues los ataques en apariencia dirigidos a estos alumnos y alumnas extienden su veneno fascista hasta las familias de estos estudiantes.  En efecto, no se trata solamente de provocaciones al estudiantado, sino que se trata de duros ataques a la clase obrera, la cual no podrá cubrir los gastos educativos de su familia y en el caso de poder cubrirlos, la educación por la que está pagando no es precisamente de calidad (entendiendo por “calidad” la relación directa entre los intereses del alumnado y las enseñanzas ofrecidas, además de los mecanismos que definen la horizontalidad o verticalidad de estas relaciones estado-institución-profesor-alumno y la libertad con que se producen).  Es en este punto donde el movimiento estudiantil y el movimiento obrero se dan la mano, donde ambos se definen mutuamente, el punto crítico donde evidenciamos que las políticas estrictamente educativas afectan únicamente y de manera directa a la clase obrera más desheredada condenándole eternamente a subyugarse al estado y a la burguesía.

El sistema universitario es quizás el nivel educativo más afectado.  Por un lado con el Plan Bolonia 2015 se pretende volver a un sistema universitario clasista y elitista que regule el exceso de titulaciones, restringiendo para ello y de manera paulatina el acceso a los estudios superiores a las hijas e hijos de la clase obrera, a los desheredados.  Por otro lado, se pretende también llevar el sistema universitario al terreno privado, retirando las becas y aumentando indiscriminadamente el precio de las tasas.  De esta manera las hijas e hijos de la clase obrera se ven condenadas a vender su fuerza de trabajo bajo unas pésimas condiciones de por vida, y esto en el mejor de los casos.  En el peor, se pasarán más tiempo sin empleo y dependiendo de la caridad y las pocas ayudas sociales hasta que se vean obligados a robar, a traficar con drogas o a otros medios similares para poder malvivir y sobrevivir.  Para el capitalismo fascista resultaba intolerable que la hija de una obrera llegase a tener dos o más titulaciones universitarias y pudiese acceder a los mismos puestos de trabajo que la hija de una burguesa o una aristócrata.

En los institutos de secundaria y bachiller nuestras jóvenes empiezan a consolidar sus relaciones sociales y a proyectar su futuro estatus social.  El sistema educativo estatal muestra en esta etapa sus más feroces fauces pero de una manera sutilmente disimulada.  Al igual que en las prisiones, en los institutos se produce un agresivo moldeamiento del individuo: es aquí donde culmina su clasificación en el mundo educativo y empieza a gestarse su clasificación futura en la sociedad.  En efecto, es en esta etapa donde se inculcan en nuestras jóvenes los diferentes sentimientos de alienación, de frustración, donde se les hace creer que no sirven para nada, donde se destruyen sus expectativas, donde se aceptan los poderes y las jerarquías, donde se determina quiénes pasaran a formar parte de la masa obrera más explotada y quiénes podrán seguir estudiando para poder llegar a explotar a otras personas.  Es la etapa educativa más conflictiva para el individuo y a la vez es la más estricta y regulada y donde han de mostrar mayor sumisión a las normas y a la autoridad.  Y paralelamente, se trata del período vital más crucial para el individuo ya que durante la pubertad y la adolescencia es cuando definimos en mayor medida nuestra personalidad, cuando encontramos a nuestros grupos de iguales y a nosotros mismos.  Y los acontecimientos vividos en estas edades marcarán todo nuestro futuro no sólo socialmente sino también psicológicamente, y este es el factor más importante y por el que debemos intervenir y ayudar en la organización estudiantil.

Hace años que el sector socialdemócrata burgués, el sector comunista controlador, el sector fascista autoritario, y los sectores nacionalistas se han dado cuenta del potencial movilizador del mundo estudiantil y por ello crearon a sus propios sindicatos amarillos de estudiantes, que no son más que carroñeras lavadoras de mentes esperando captar votos políticos para sus partidos.  El sector anarquista ha optado en algunas universidades por organizarse en grupos de afinidad con una estructura mínima y, por desgracia, con una escasa repercusión, además del impedimento a la hora de poder convocar huelgas estudiantiles.  Dichas huelgas son convocadas por los sindicatos pseudo-obreros de manera desorganizada y descoordinada, teniendo como resultado la división de fuerzas, tanto entre diferentes regiones dentro del mismo nivel educativo (una semana en Madrid, la otra en Cataluña y/o Valencia…) como entre diferentes niveles en la misma región (esta semana huelga solamente de secundaria y bachiller, la próxima huelga solamente universitaria…).  La implantación de Sindicatos de Estudiantes desde el anarcosindicalismo revolucionario posibilitaría la coordinación en las acciones directas y las movilizaciones, tanto entre diferentes regiones como en diferentes niveles, además de hacer posible también la coordinación entre estudiantes y el profesorado de filiación anarquista.

Hemos visto como tanto en la enseñanza media como en la enseñanza superior no solamente se abusa y se ataca al estudiante, sino también y sobretodo a su familia obrera y, por ende, a toda la clase obrera, perpetuándola en la explotación y la sumisión al estado y al capital.  Y las y los anarcosindicalistas no podemos abandonar a nuestras y nuestros chavales a su suerte y no facilitarles su organización hasta que se adentren en el mundo laboral o desistan del estudiantil, pues todas las cicatrices que muestran la obrera y el obrero cuando ya adultos se acercan a nuestro sindicato son producto de las puñaladas recibidas durante su etapa estudiantil, en su juventud, puñaladas que jamás terminarán de cicatrizar y que los marcarán para toda su vida.

El estudiantado está descontento tanto por la calidad de la educación impartida como por la manera en que ésta se imparte y gestiona, quiere estallar pero aún no sabe cómo, quiere organizarse pero aún no ha logrado emanciparse de las influencias burguesas reformistas de los sindicatos de partido, el movimiento estudiantil de este lustro admira el mayo del 68, quiere emprender un cambio, una revolución, ser protagonista de su historia… y es posible que se encuentre más preparado que en otras ocasiones históricas y con muchos más instrumentos de organización, pero también es verdad que se siente más desorientado que nunca.  Desea estallar, desea andar sobre los escombros de este mundo hacia un nuevo horizonte, pero no sabe cómo llegar, cómo caminar…

El anarcosindicalismo debe hacerse presente en los movimientos estudiantiles, actualmente tan desorientados y manipulados, y lograr que avancen de la mano del movimiento obrero que dentro de unos años los acogerá, pues están en su pleno derecho de intervenir y organizar el mundo laboral en el que se verán inmersos en un futuro muy próximo.

El asalariado teme perder su empleo, teme perder su presente, y muchas veces ello le impide organizarse y luchar; el negro presente del asalariado define su futuro, decide sobre sus acciones y sobre su vida.  Pero el estudiante no teme tanto por el presente como por su futuro, su futuro es más importante, su futuro define su presente, y no se resignan a encontrarse de pleno ante un futuro oscuro y nada halagüeño.  Al no tener un presente que perder su predisposición a la lucha resulta más evidente.

Y tal vez debiéramos insistir más en aquello que podría lograrse, mostrar los horizontes de la libertad, las conquistas otrora ganadas… insistir demasiado en describir aquello que nos ataca, insistir en acciones de denuncia, resulta bastante ineficaz ya que la mayoría de la gente ya se conoce de memoria esta parte de la lección.  Saben quién o qué nos ataca, conocen los daños infringidos, pero desconocen aún qué hay más allá de la lucha, qué beneficios nos puede traer, y este desconocimiento se traduce en miedo por actuar, en apatía, en pasividad.

Ya para terminar, el curso está a punto de empezar y no podemos ni debemos demorarnos en formalismos y perífrasis para bordear la acción, como anarcosindicalistas debemos ser responsables y responder ante todos los ataques a la clase obrera, y los ataques al estudiantado también son ataques a la clase obrera.  Como anarcosindicalistas, también tenemos que tener claras nuestras reivindicaciones en el mundo educativo y estudiantil: no defender reformas legislativas, no defender la educación del estado, sino defender la autonomía y la libertad del individuo para poder formarse, organizarse y alcanzar su plenitud.

Salud, Revolución y Anarquía.

Breve reflexión sobre anarcosindicalismo

El otro día atendía a una presentación de un nuevo panfleto editado por Solidarity Federation (SolFed), que viene a ser el referente británico del anarcosindicalismo. Hojeando el texto—que podéis descargar/leer aquí—me di cuenta que dedican bastante energía al análisis de la CNT y su papel en la Guerra Civil. Tras el simposio, ya una vez en el pub, tuve la oportunidad de hablar con dos militantes veteranos, y de ahí esta reflexión—que no pretende ser ni profunda ni extensa.

Entrando al trapo: resulta que para esta gente—como para les convencides militantes de CNT, digo yo—el anarcosindicato es la más efectiva manera de organizar al movimiento anarquista, el cual, según ellos, es un movimiento de clase a todas luces. Sin embargo, como ellos mismos me hicieron ver, la estructura de la CNT ha de ser «superada» por ser anticuada (sic). Sí, la CNT fue y sigue siendo el gran referente para les anarcosindicalistas de Reino Unido, pero como elles proponen, la cosa tiene que ir más allá, y es por ello que SolFed se está centrando en crear una densa red de «solidaridad» que aúne muchas luchas de clase.

Ésta es la breve descripción de lo que SolFed es para estos dos militantes veteranos—y cuando digo aquí «veteranos» me refiero a hombres que superan los cincuenta y han estado en la lucha obrera británica desde tiempos anteriores a Thatcher. Según me iban explicando su proyecto actual las preguntas me iban asaltando la cabeza, y desde luego que se las iba disparando a ellos según me venían.

La primera y más obvia es la del reformismo: ¿qué riesgo de convertirse en reformista existe en un anarcosindicato? En mi cabeza tenía dos ejemplos: la colaboración de la CNT en el gobierno de Largo Caballero, y la escisión de CGT. Como buenos anarcosindicalistas, demostraron tener un excelente conocimiento histórico del caso español, y argumentaron que en el primero de las casos la actuación de la CNT se podría «justificar» dada la excepcionalidad del contexto—aunque ninguno de ellos concordaba personalmente. Sobre la CGT afirmaron tajantemente que «estos de anarquistas tienen más bien poco» (sic).

Visto que no me contestaban exactamente a la pregunta intenté reformularla de otra manera: ¿qué pensáis sobre las metas del anarcosindicalismo de hoy en día? ¿No se centran, acaso, en el lugar de trabajo y en el mejor de los casos en la consecución de mayor estabilidad en el mismo? Aquí ya se tuvieron que mojar, y desde luego no defraudaron mis expectativas. Afirmaron que para nada el anarcosindicalismo se reduce a pedir un salario más alto y unas condiciones laborales de mayor calidad. ¡Para nada! SolFed apuesta por la integración social en distintas luchas sociales a nivel de barrio y comunitario. SolFed se preocupa por la formación teórica de les trabajadores. SolFed lucha contra el capitalismo en todos los niveles. Aquí me permitiréis mi dosis de escepticismo para con el anarconsindicalismo. Sin querer despreciarlo en absoluto—ni negar su importante papel dentro del movimiento anarquista—, me parece simplemente irreal decir que un anarcosindicato es la mejor manera de combatir aquello que no está relacionado con lo laboral. Como ellos mismos me dijeron, la forma de derrocar al capitalismo y todos sus males es la autogestión de las unidades productivas de la sociedad. A lo que yo me pregunto: ¿y después qué? ¿Con tomar las fábricas, las oficinas, y las escuelas acabamos con el problema de una vez por todas?

Entonces el debate se empezó a calentarse cuando varios compañeros—con mayor simpatía por los grupos de afinidad—les dijimos que el capitalismo no era el único problema, ni que seguramente fuera el mayor de ellos. Que la dinámicas de autoridad y las jerarquías que éstas crean era un problema mucho mayor, muy anterior al capitalismo, y de mayor dificultad, por lo que la simple toma de los puestos de trabajo no sería suficiente para crear una sociedad libertaria. ¿Cómo se combate el machismo en el hogar desde el sindicato? ¿Cómo «liberas» la mente mediante la toma de la fábrica? Sin dudar de la labor formativa del anarcosindicato—pero sí que la pongo en duda—, mi experiencia personal me dice que no hay que separar lo económico de lo político, cosa que muchos anarcosindicatos hacen de forma explícita. Los militantes de SolFed me decían que ellos no querían hacer esa distinción, que les parecía ridícula—sobre todo me lo decía uno de ellos que alababa el modelo de FORA-AIT—, y que por ello se implicaban en el nivel vecinal lo máximo posible. Yo les pregunté entonces que si esto era un comentario personal o se podría decir de todos los militantes de SolFed. Era a nivel personal.

Al fin y al cabo es de entender que les militantes de SolFed se preocupen, primero, por lo laboral y económico—para eso se meten en un sindicato, digo yo. En SolFed la militancia es obligada: si un grupo federado no es activo es expulsado. En CNT me consta que la militancia activa no es requisito necesario. Sea como sea, la organización de les trabajadores es, sin duda, fundamental, pero desde mi punto de vista no es suficiente. La hegemonía capitalista y burguesa, aquella de la que hablaba Gramsci, no se combate solamente en el puesto de trabajo. Hay que romper con muchos esquemas que han sido socializados profundamente: jerarquías, autoridad, poder, monogamia, valores de propiedad privada, etcétera. Para ello son fundamentales, la formación cultural, las vivencia interpersonales, el contacto con la anarquía en todos los aspectos de nuestras vidas.

Finalmente, para no extenderme mucho más, me gustaría finalizar esta breve reflexión con los métodos de lucha y resistencia que el anarcosindicalismo plantea. Se podría decir que la huelga y la acción directa son las dos herramientas que les sindicalistas disponen para acercarnos a la sociedad anarquista. Pues bien, una vez más pienso que no es suficiente, precisamente por aquello de «vivir la anarquía en el día a día.» Si lo que hay que cambiar es la mente de la gente antes que las estructuras politico-económicas, entonces, opto más por la propaganda, el trabajo comunitario a nivel de barrio con otros colectivos—inserción social—, y demás. Primero hay que crear «mentalidad anarquista», porque sin ella me temo que las fábricas por muy autogestionadas que sean, seguirán reproduciendo valores y estructuras típicas de la ideología liberal-capitalista. Pero bueno, como dije antes, esto es una reflexión breve y sobre todo personal, que nadie se ofenda.

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