Joaquín Gambín «El Grillo» y el Caso Scala

Para poder entender lo que supuso el Caso Scala para el Estado se debe atender a un punto clave en todo el caso y por ello es menester recordar este apodo: “El Grillo”.

El Grillo

Los anarquistas procesados en el Caso Scala, aparte de anarquistas, tenían en común ser jóvenes anti-franquistas radicalizados. Pero de estos imputados hubo uno que ni fue detenido ni respondía a ese perfil de “joven radical”. Su autentico nombre era Joaquín Gambín Hernández. Era un viejo anarquista, de unos cincuenta años, que no se le conocía ninguna afiliación sindical y que tenía muchos antecedentes por falsificación, robo y estafa. Pero Joaquín Gambín, aun teniendo todos esos antecedentes, los cuales le mantendrían muchos años en prisión, se encontraba en busca y captura, por lo cual el Gobierno consideró menester contratarlo como confidente policial y ser infiltrado en el renaciente movimiento anarcosindicalista que tanto estaba molestado al Estado y a ‘su’ consenso demócrata. Se le manipuló el expediente para reconvertirlo en preso político, se le aplicó la Ley de Amnistía y desde enero de 1977 comenzó a cobrar 45.000 pesetas mensuales por pasar información a la policía. Sus primeras andaduras por el movimiento libertario fueron exitosas. Primeramente –y contratado por José Gregorio López Marín (Inspector policial)- consiguió que detuvieran a cincuenta anarquistas de Murcia que habían refundado la F.A.I. haciéndose pasar por un contrabandista de armas y explosivos. Seguidamente se infiltró en el E.R.A.T. (Ejército Revolucionario de Apoyo a los Trabajadores), creado por los trabajadores de la SEAT. Tal grupo fue desarticulado tras realizar expropiaciones a entidades bancarias y supermercados. Pero esto no era más que un calentamiento para lo que se estaba a punto de avecinar.

Gambín, rebautizado como “El Murciano” reapareció en Barcelona y entabló amistad con los que meses más tarde serían acusados del atentado contra la Sala Scala. El “viejo anarquista” apareció por Barcelona tan solo una semana antes de la manifestación contra los Pactos de la Moncloa, a la que asistiría para lograr su objetivo. Una vez finalizada y desconvocada dicha manifestación, El Grillo se acercó a José Cuevas, Javier Cañadas y Arturo Palma, los cuales recibieron de parte de Gambín materiales incendiarios. La historia oficial cuenta que Gambín les convenció para que arrojaran los cocteles molotov en la entrada de la Sala de fiestas Scala, pero los testimonios vecinales –a los cuales se les negó poder testificar en el juicio- aseguraron siempre que el incendio empezó en la parte trasera, justo al lado contrario de donde se lanzaron los cocteles molotov. En todo caso, terminado su trabajo, El Grillo se desvaneció. Esta vez desapareció de verdad, la Policía Nacional lo puso, de nuevo, en busca y captura porque no se sabía su paradero. Semanas más tarde apareció en la localidad murciana de Rincón de Seca, donde dio varias entrevistas a distintos periodistas y no dudó en admitir ser un confidente policial que estaba bajo las órdenes de la Brigada Central de Información dirigida por aquel entonces por el famoso comisario Roberto Conesa. Tal comisario obtuvo su fama a raíz de haber estado siempre involucrado en incontables actuaciones de las “cloacas del Estado” durante la Transición, como por ejemplo el atentado contra el independentista canario Cubillo, el incendio del Hotel Corona de Aragón o los secuestros de Oriol y Villaescusa por el GRAPO.

Hasta que no se celebró el primer juicio Gambín no fue detenido. Fue detenido en Valencia en 1981. Se le detuvo con documentación falsa y declaró que, tras haber recibido 100.000 pesetas, la Brigada de Información lo abandonó a su suerte. Días después volvió a desaparecer en extrañas circunstancias y no volvió a reaparecer hasta la vista oral del Caso Scala. Cuando se celebró el juicio ocurrió otro extraño suceso. Gambín, desde paradero desconocido, se puso en contacto con la CNT y se ofreció a declararse como único responsable del incendio y exculparía al sindicato anarquista. Todo eso a cambio de que la CNT le proporcionara documentación falsa para huir de España. La propuesta fue estudiada y finalmente rechazada por el Comité Nacional de la CNT, ya que consideraron que su testimonio no tendría ninguna validez y además que podría servir para desprestigiar, aun más, a la CNT.

El juicio de Gambín

Que Joaquín Gambín no apareciese en el primer juicio supuso unos grandes traspiés para la parte defensora del caso y sus pretensiones de demostrar que todo se había tratado de una artimaña de las cloacas del Estado para implicar al sindicato anarquista en el atentado. Aun así, su ausencia no hizo más que acrecentar las sospechas sobre el papel que había tenido.

Tras las primeras detenciones después del atentado, El Grillo desapareció del mapa y aunque fue puesto en busca y captura no pareció convertirse en una prioridad policial. A finales de octubre de 1979 reapareció por primera vez en la ciudad de Elche. Fue encarcelado, pero no por haber estado implicado en el atentado contra la Sala Scala, sino por un asunto de cheques falsos. Justo un mes después, fue puesto en libertad y volvió a desaparecer. Fue ya en Valencia, en 1981, en que fue detenido como coautor de los hechos y juzgado en diciembre de 1983. Pasó una semana de la sentencia del primer juicio y, para sorpresa, la revista Cambio 16 publicaba una entrevista con El Grillo realizada mucho antes del juicio. En esa primera entrevista el “viejo anarquista” se exculpaba  en todo momento. Rechazó su condición de confidente policial. Negó ser el instigador del lanzamiento de explosivos y dijo haberse enterado del incendio una vez llegó a casa de un compañero. Y sobre su extraña –y rápida- puesta en libertad- aseguró que se debía a un simple error burocrático.

Durante todo un año no se supo nada de Joaquín Gambín, se lo había tragado la tierra. Pero todo cambió a finales de 1981, en diciembre concretamente, en el que “El Grillo” fue detenido nuevamente por la policía de Valencia. En esa misma ciudad fue interrogado por el fiscal Del Toro, pero para sorpresa de todos, su discurso cambió radicalmente. El Grillo cantó. ¿Qué ocurrió? Que perdió la protección que tenía hasta entonces por parte de la Brigada de Información. Le confesó a Del Toro que ni siquiera fue detenido, sino que se entregó para esclarecer todo el caso. El hecho de haber participado en una misión contra ETA, en la que casi pierde la vida, le hizo recapacitar y desear dejar su trabajo como confidente. Como pruebas aportó varias pistolas y documentación falsa que le había proporcionado la policía.

La historia de Gambín ya era conocida dentro de todo el movimiento revolucionario. Un preso común que para expiar sus pecados era contratado como confidente con la misión de desactivar a “violentos radicales” y después denunciarlos. “Alguien”, cuyo nombre nunca quiso dar Gambín, creyó ver en ese grupo de cenetistas “terroristas en potencia”. Así que a “El Grillo” se le encargó incitarlos a cometer actos terroristas. Eso sí, de forma paralela a las informaciones de los testigos vecinales que hablaban de un incendio originado en la parte trasera del Scala, Gambín mantuvo en todo momento que él era inocente en lo que concierne al incendio. Finalmente Del Toro ordenó su encarcelamiento. En febrero de 1982 fue procesado por fabricación de explosivos y por haber instruido a los acusados a fabricarlos. El fiscal pedía 16 años de prisión. Pero el juicio tardó otros dos años en celebrarse. El 15 de diciembre de 1983 se celebró el juicio, el cual fue un puro trámite que duró tres horas. Finalmente Gambín fue condenado a la pena demandada por el Fiscal.

A nadie del estamento judicial pareció interesarle indagar en la confesada relación de Gambín con los servicios secretos policiales. Este último juicio ni siquiera tuvo relevancia en los medios de comunicación. El Caso Scala ya no era noticia.

Borja Libertario

[Recomendación] Las verdaderas esencias de la CNT

Este artículo recomendado nos lleva a viajar en el tiempo con un fin coherente y no como simplona añoranza de un pasado idílico para la difusión de las ideas libertarias. Se trata de aprender con perspectiva histórica y actualizado a los tiempos que corren, algunas estrategias fundamentales que las anarquistas no debemos perder de vista si queremos aspirar a que la sociedad se empape de los valores libertarios.

Una buena organización huye de los dogmatismos y busca un proyecto unitario para toda la clase trabajadora, sin caer en elitismos ideológicos ni culturales. Las tácticas y los discursos libertarios deben ser accesibles y comprensibles a la mayoría de la población; es entonces cuando las herramientas que utilicemos para construir alternativas al capitalismo global, se teñirán de las prácticas libertarias. Serán medios adecuados para conseguir los fines concretos y realistas del objetivo de una sociedad libertaria.

Las premisas unitarias fueron la base con la que se fundó el sindicato CNT (Confederación Nacional del Trabajo), esencias que el tiempo y el purismo ideológico han conseguido hacer olvidar, y que como libertarias es más que necesario desenterrar y adoptar en el futuro. Los “mitos libertarios” no son un arma contra el capitalismo a día de hoy, el reformismo tampoco nos ha emancipado del yugo explotador, por lo que el análisis que debemos establecer, partiendo de la situación actual de la sociedad, requiere autocrítica y sentar las bases de una Regeneración Libertaria.

A continuación tenéis el enlace del artículo mencionado, que espero os sea de utilidad y disfrutéis en su lectura:

http://www.alasbarricadas.org/noticias/node/34613

Activarse IV: ¿Estudias o trabajas?

Nueva entrada de la serie Activarse, en torno a las posibilidades de movilizarnos a nivel personal y colectivo. En la primera entrada de esta serie hablamos de por qué nos movilizamos los libertarios y dimos una idea de cómo tenía lugar el proceso de activación (de cara a mejorar nuestra capacidad movilizadora). En la segunda entrada hablamos del proceso personal que lleva a una persona a movilizarse con capacidad de incidencia (lo que englobábamos bajo el concepto de Formación). Ya identificábamos entonces que la activación no era una cuestión meramente personal, ya que la capacidad movilizadora de los colectivos en los distintos espacios en los que tenía lugar la vida de una persona determinaban el que esta pudiese o no movilizarse. Así, en la tercera entrada empezamos a hablar de los espacios de activación a partir del lugar donde vivimos, por lo que hablamos de la movilización en barrios y pueblos.

El otro espacio en el que pasamos la mayor parte de nuestro tiempo además de la vivienda es el centro de estudios o trabajo.

Movilizarse en el centro de estudios significa comprometerse en el diseño de un modelo de enseñanza y aprendizaje radicalmente distinto, que atienda a las diferentes sensibilidades, basado en una gestión colectiva de los fondos y recursos públicos que construyen la educación actual. En una renovación de los contenidos del programa educativo dirigidos a potenciar la autonomía individual y el espíritu crítico, así como la cooperación entre personas; a reducir los prejuicios y eliminar la discriminación por razones de etnia, lugar de nacimiento, condición económica, género, orientación sexual, edad u otros motivos. Eso implica también y fundamentalmente una resistencia a la imposición de modelos de gestión neoliberales que pretenden expoliar y destruir la escuela pública para lucrarse, al mismo tiempo que imponer un currículum que potencia valores mercantilistas: clasismo, competitividad, atomización… En esa resistencia es esencial oponer modelos de organización, gestión y pedagogía que antecedan la educación a construir.

Plataformas como Marea Verde, compuesta por múltiples organizaciones, se encargan de construir un frente amplio contra la mercantilización de la educación, si bien hasta hoy han mantenido una posición más de resistencia que a la ofensiva. También existen los movimientos de renovación pedagógica, con una capacidad de influencia (y, sobre todo, de movilización) muy limitada. Las asambleas de estudiantes en los centros de estudios, que hoy en día se concentran fundamentalmente en algunas facultades, parecen ser los espacios fundamentales de construcción del cambio en la educación (a pesar de que también se han mantenido a la defensiva y carecen de propuestas de intervención y cambio realistas y bien formuladas). Estas asambleas deben encontrar un modo de satisfactorio de agruparse sumando al resto de organizaciones y extenderse a otras enseñanzas, lo prioritario es concentrar capacidades en los centros en los que tengan presencia para obtener espacios de gestión, y explotar mecanismos para sumar al resto de la comunidad educativa (docentes, investigadores, trabajadores del centro, familiares…) en distintos niveles de participación. Además, claro, de lograr amplios apoyos para sus propuestas de transformación educativa. Las personas que quieran activarse en el centro de estudios pueden comenzar por contactar con dichas asambleas, sea para sumarse a una o para encontrar apoyo de cara a formar una en su centro (si bien el trabajo de extensión es precario, al menos en el caso de organizaciones como Toma La Facultad en Madrid). A nivel político anarquista también existen grupos como los que forman la Federación Estudiantil Libertaria, que deberían (si no quieren convertirse en organización amplia de masas y mantienen su caracter específico) apoyar el desarrollo de espacios amplios de movilización en centros de estudios.

Respecto al mundo laboral, movilizarse en el centro de trabajo es, en definitiva, hacer sindicalismo. Entrar a profundizar en el trabajo sindical daría para otra entrada, sobre todo a nivel orgánico, pero apuntaré que la organización de base del anarcosindicalismo en una empresa es la sección sindical. El trabajo fundamental de la sección es organizar a los trabajadores para ser reconocida en la empresa, obtener capacidad negociadora y acumular información. De este modo se consigue que los trabajadores nos empoderemos dentro de la empresa, obteniendo la capacidad de tomar decisiones en la misma y, llegado el momento, podamos controlarla.

Las distintas secciones se coordinarán con su sindicato de ramo para obtener fuerza en los distintos ramos de producción. Los trabajadores sin sección sindical pueden organizarse en redes de apoyo mutuo o sindicatos de oficios varios. La estructura sindical revolucionaria busca tanto mejorar las condiciones de trabajo presentes como organizarse para la gestión de las empresas. El objetivo último es controlar la producción, ya que quien controla esta puede impulsar cambios sociales profundos. Para comprender mejor la organización en el centro de trabajo recomendamos leer Anarcosindicalismo Básico.

Más allá de la producción hay un campo importante de actividad económica en torno al trabajo que los revolucionarios tendrían que gestionar. Es interesante al respecto la lectura de Historia de las Bolsas de Trabajo. La idea de las bolsas de trabajo era controlar el reparto de trabajo y los servicios sociales a los trabajadores. De tal modo, los propios trabajadores gestionaban la actividad económica que es tanto sostén como resultado de su trabajo. Hoy en día esas ayudas parten de los estados, lo que supone un cambio importante respecto del Estado meramente represor del s.XIX. El desafío está en encontrar el modo de tomar esa gestión en manos de los movimientos sociales para posibilitar propuestas revolucionarias.

El caso Scala. La estocada final al anarcosindicalismo español

Pasados casi cuarenta años de dictadura franquista, con la caída de los comités –tanto nacionales como en el exilio- durante la década de los cincuenta, y con la muerte del ‘Generalísimo’ Franco, el anarcosindicalismo, al que se daba ya por muerto y bien enterrado, resurgió. Una resurrección recibida con desconfianza por parte de los sectores políticos, tanto del sector tardofranquista como por aquello que llamaron “oposición democrática”, pasando por el minoritario –aunque muy activo- tradicionalismo de corte carlista. No solo los partidos políticos que pretendían tomar parte de la “transacción” española vieron con recelo el resurgimiento del anarcosindicalismo, sino también el sindicalismo ‘amarillo’ (CC.OO y U.G.T) que fue tomando fuerza los últimos diez años de la dictadura. La C.N.T. y su ideología no solo no tenían cabida en el proceso de la Transición, sino que suponía verdaderamente un problema. Así que el Estado español tuvo como objetivo prioritario conseguir, no tanto su desaparición, sino la marginalización de la que en su día fue la fuerza sindical con más afiliado de la historia de España.

El retorno

En diciembre de 1975 se hizo una reunión en un local madrileño una reunión de doscientas personas en la que se decidió la puesta en escena (política), de nuevo, al sindicato ‘cenetista’ a nivel local y elegir un comité regional que asumiera el papel de Comité Nacional Confederal. Lo mismo ocurrió en Barcelona justo un año más tarde. El sindicalismo revolucionario, anarquista, que se había dado por muerto, al parecer no había sido bien enterrado, y volvía a resurgir. Entre quienes organizaron la ‘nueva’ C.N.T. estuvieron aquellos cenetistas que habían continuado vinculados a la organización desde la clandestinidad (y que en muchos casos habían estado ligados al colaboracionismo del ‘cincopuntismo’) y los que mantuvieron contacto con el sindicato desde el exilio francés. Además, también participaron de esta reorganización sindical quienes fueran militantes de los grupos “Liberación” y “Solidaridad”. El primero un agrupación de origen cristiano y de corte consejista. El segundo, también de origen cristiano y nacidos en los años setenta que tenían como referencia ideológica y de acción la carta de Amiens del sindicalismo revolucionario.

En menor medida, también se integraron al sindicato anarquista individuos procedentes de otros colectivos cristiano católico, como la HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica), que durante el franquismo habían pertenecido al MOA (Movimiento Obrero Autogestionario) y al FSR (Frente Sindicalista Revolucionario) que se inspiraban principalmente en las ideas anarcosindicalistas.

También, y en gran medida, confluyeron en la organización ácrata una gran cantidad de personas jóvenes que procedían de las ideas anti-autoritarias, situacionistas y posmodernas del mayo de 1968, una confluencia que se hizo, sobretodo, a través de lo que durante la Transición Española se llamó “Grupos Autónomos Armados”. Hubo otro sector que, por suerte o por desgracia, fue minoritario a la hora de reorganizar a la C.N.T. llamados “los integrales” y que fueron partidarios de la creación de una organización “integral”, es decir, que la C.N.T. dejara de ser únicamente un sindicato y se transformara en una organización cuya actuación abarcara todo los campos de lo político y no solo el campo sindical. El sector marxista que tomó parte de esta reorganización cenetista lo compuso mayormente la OCI (organización trotskista) y diversos grupúsculos de marxistas libertarios (consejistas).

La puesta en escena

A finales de julio de 1976 tuvo lugar el primer Pleno Nacional de Regionales de la C.N.T. reconstituida de la que tomaron parte las delegaciones de Cataluña, Levante, Asturias y Castilla. En este primer pleno se decidió que fuera la federación local de Madrid quien se encargara de nombrar al primer comité nacional de la nueva era. Fue tres meses después cuando se decidió, en un pleno de militantes, sus nuevos componentes. El mítico –y ya veterano- Juan Gómez Casas fue escogido secretario general. El panorama sindical era muy confuso en aquel momento. No solo desde el punto de vista jurídico, también desde la implantación de cada organización. Por una parte, el Gobierno de Adolfo Suárez procedió al desmantelamiento del Sindicato Vertical franquista. Por otra parte, comenzó una feroz lucha por ocupar nuevamente el espacio sindical. Comisiones Obreras, U.G.T., U.S.O., S.O.C., y E.L.A-S.T.V., crearon la llamada Coordinadora de Organizaciones Sindicales, basada en la moderación política, la reforma pactada y en la subordinación de los intereses de la clase trabajadora a las directrices del Estado español y ‘su’ patronal. La C.N.T., evidentemente, rechazó participar en tal organización.

Pero la guerra ya había comenzado, tanto la COS como las altas instituciones políticas no iban a permitir que el anarcosindicalismo radicalizara, de nuevo, a la clase trabajadora. A finales de 1976 empezaron a difundirse los rumores de que la C.N.T. tenía lazos con los marxistas del PCE(r) y el GRAPO. Daba igual las grandes diferencias ideológicas entre los dos colectivos, en esta guerra todo valía. Incluso el órgano propagandístico del P.C.E., Mundo Obrero, empezó a difundir que la organización cenetista estaba compuesta por servicios secretos para socavar los cimientos de la ‘nueva’ “democracia”. El 27 de marzo de 1977 tuvo lugar la “furia libertaria” en una plaza de toros de San Sebastián de los Reyes donde la C.N.T. celebró su primer acto público con un inconmensurable éxito. Lo mismo empezó a ocurrir por diversas localidades de todo el Estado, hasta que se llegó al cenit en Barcelona. El 2 de julio cien mil personas se congregaron en Montjuich para demostrar que el anarconsindicalismo no estaba muerto. El 7 de mayo de 1977 se procedió a la legalización de la C.N.T.

Dos días después de su legalización, el sindicato anarquista recibió la invitación del ministro de Trabajo de formar parte en la delegación española que acudiría a la conferencia de la OIT que se celebraría en Ginebra. La C.N.T. declinó tal invitación. Se quiso dejar claro que no se quería entrar en el juego de la Transición Española.

La integración del movimiento obrero fue uno de los objetivos prioritarios del Estado español para la consolidación del proyecto de la “transacción” política. Para con la C.N.T., primeramente, se aplicó un régimen de “apagón informativo”. Comunicados, ruedas de prensa o informaciones varias sobre conflictos laborales donde participaba la C.N.T. fueron totalmente silenciadas. En segundo lugar, el modelo sindical que se fue estableciendo tuvo como objetivo prioritario fortalecer las burocracias frente a la propia actividad sindical. Así se reforzaba la dependencia de los partidos políticos y del propio Estado, se buscaba, pues, la existencia de otro Sindicato Vertical que no pusiera en peligro la nueva “paz social” que se estaba creando. Ya en 1976 se produjeron las primeras acciones violentas que se relacionaban con la C.N.T. en ciudades como Barcelona, Murcia, Málaga y Valladolid. Las páginas de los grandes periódicos de tirada nacional iban copándose cada vez más y más de malas noticias que aparecían relacionadas con el sindicato anarquista.

Los Pactos de la Moncloa

En 1977 la situación de España era terrible. El déficit comercial y la deuda exterior triplicaron las reservas monetarias españolas, la inflación alcanzaba promedios del cuarenta por ciento y el paro llegaba al millón de personas, sin que su mayoría recibiera prestaciones económicas. Una situación que para el Estado podía suponer una traba para la propia Transición. Alcanzar un pacto social se convirtió en prioridad del gobierno de Adolfo Suárez. El encargado de llegar a ese pacto fue Enrique Fuentes Quintana.

Fuentes Quintana, ministro de Economía por aquel entonces, fue el encargado de, durante el mes de agosto de 1977, redactar un documento en el que se proponía llegar al ‘ansiado’ pacto social, basado en una moderación salarial para la clase trabajadora y la aceptación de la política gubernamental, es decir, acatar la monarquía parlamentaria y el capitalismo, por parte de los principales sindicatos y partidos de la oposición. Ese verano estuvo repleto de reuniones interminables entre Fuentes Quintana –y demás altos cargos del gobierno- con los principales dirigentes del PCE, PSOE, UGT y CC.OO. Llegó el otoño y se formó las llamadas comisiones mixtas Gobierno-Oposición que redactaron los apartados del texto final que suscribieron los principales partidos parlamentarios del momento el día 25 de octubre en el Palacio de la Moncloa. Justo dos días más tarde, el Congreso de los Diputados aprobó los que serían conocidos desde entonces como los “Pactos de la Moncloa”. Estos pactos representaban el acuerdo de las fuerzas políticas parlamentarias con las fuerzas sindicales mayoritarias para “reconducir” la alarmante situación económica que padecía España. Un pacto interclasista y reformista que traspasaba al mundo laboral el modelo político de la metamorfosis de la dictadura a una monarquía parlamentaria.

Paralelamente a estos pactos, que no suponían más que cargar sobre las espaldas de la clase trabajadora los desmanes económicos de cuarenta años de dictadura franquista, proseguían los ataques, sobretodo propagandístico, contra la C.N.T. Incluso desde la prensa española se dio un carácter anarquista a la R.A.F de Ulrike Meinhof cuando se produjo el secuestro y muerte del empresario Hans Schleyer. Muchos rumores desde los principales periódicos y emisoras de radio, como el del secuestro por parte de la C.N.T. del ministro Landelino Lavilla, incidían en toda la población y hacían que, aún más, el anarconsidncialismo fuera una fuerza marginal.

El atentando contra la sala Scala

Domingo 15 de enero de 1978. Esa mañana la C.N.T. había convocado una manifestación en Barcelona contra los “Pactos de la Moncloa”. Quince mil personas se dieron cita esa mañana en el centro de la ciudad condal. La manifestación transcurrió pacíficamente sin indecentes hasta que se desconvocó la marcha. Aun así, sobre las 13:00 horas de la tarde se desencadenó un gran incendio en la sala de fiesta Scala que se encontraba en la calle Consell de Cent con el passeig de San Juan. El incendió fue de tal proporción que no solo destruyó todo el edificio, sino que también causó la muerte de cuatro de sus trabajadores, casualmente afiliados, dos de ellos, a la C.N.T. En un primer momento nadie pensó en un acto terrorista, sino en un intento de atraco con desenlace final trágico. También se habló de una posible “campaña” de apoyo a Albert Boadella, perseguido en aquel momento por la actuación teatral de su obra “La Torna” donde ridiculizaba a las altas estancias militares. Sin embargo, durante la mañana siguiente la Policía Nacional hacía público un documento donde informaba de la detención de cuatro jóvenes militantes de la C.N.T. que supuestamente habían participado en la manifestación. Según la versión policial, después del mitin de finalización de la marcha, se dirigieron a la sala de fiestas contra la que lanzaron seis artefactos incendiarios que originaron el fuego. Se les calificó de “Comando F.A.I.” que, según la policía, era el brazo armado de la C.N.T.

Todos los medios de comunicación comenzaron a relacionar este atentado terrorista con la organización cenetista. Estaba claro que, una vez más, se intentaba identificar a sindicato con atentados, violencia y perturbación de la “paz social”. En tan solo 48 horas se había logrado identificar y detener a los presuntos terroristas, lo cual extrañaba mucho. Los días siguientes se sucedieron más detenciones de militantes cenetistas. Hasta doscientos cenetistas pasaron por las dependencias policiales. Se trataba, pues, de una campaña, para amedrentar a las personas más activas del sindicato ácrata y dar una imagen de organización terrorista para alejar así al cuerpo de afiliados. Terrorismo de Estado puro y duro. El deterioro de la imagen de la C.N.T. fue brutal, y fue un punto de inflexión del cual no se levantaría cabeza nunca más. El estigma fue tan brutal que pertenecer a la C.N.T. era sinónimo de ser terrorista y miles de trabajadores y trabajadoras se dieron de baja del sindicato. El Estado español había conseguido su objetivo. Todos los detenidos e imputados fueron torturados y humillados, así se consiguieron las confesiones por parte de los cenetistas. El caso más terrible fue el contado en el juicio por la cenetista Maite Fabres, que denunció que fue apalizada durante horas y encañonada con una pistola en la cabeza. Un mes más tarde el juez que instruía el caso ordenó el procesamiento de once cenetistas por “delitos de atentado” y “tenencia de explosivos”. Las detenidas comenzaron una largaperegrinación por diversas cárceles españolas, desde Barcelona hasta Segovia, pasado por Ocaña, Burgos y Yeserías.

Un juicio extraño

Como suele ser tradición en los juicios políticos, la instrucción del caso Scala estuvo repleto de irregularidades y trabas. Como por ejemplo la ausencia del ministro de Interior Rodolfo Martín Villa, citado por las defensas, la destrucción rápida del edificio Scala y la negativa judicial de aceptar como testigos a los propios dueños de la sala de fiestas. El juicio fue tan estrafalario que hasta la acusación tildó de anarquista al fiscal del Estado, Alejandro del Toro Marzal, por sus protestas contra lo que consideró un escándalo judicial.

Uno de los puntos negros del caso fue el propio origen del incendio. El juez que comenzó la instrucción del caso Scala pidió un informe a un perito. En su resultado perital aparecían los análisis de laboratorio de las muestras que se recogieron. En ellas se había detectado la presencia de fósforo, componente químico totalmente ausente de los cocteles molotov que se habían lanzado contra la sala de fiestas. Parecía como si se hubiera acumulado el fosforo en la sala Scala para que esta ardiera como una falla. Los testigos de la acusación decían haber oído detonaciones, pero el informe perital dictaminó que las bombonas de propano no explotaron. Otro de los percances con los que se encontró la defensa fue el repentino interés por parte de los propietarios de la sala de fiestas por comprar las fotos tomadas durante el incendio, realizadas por un vecino. Días más tarde los negativos fueron comprados y las fotos no volvieron a ver la luz. Tampoco se hizo caso a las declaraciones de varios testimonios vecinales que aseguraban que el fuego se había iniciado en la parte trasera, justo el lado opuesto donde impactaron los cócteles molotov. La defensa hizo hincapié en que la entrada del local, revestida con moqueta anti-inflamable, estaba intacta. El juez hizo oídos sordos. Todo este juicio político provocó hasta un “enfrentamiento” entre la Audiencia Provincial de Barcelona y la mismísima Audiencia Nacional. La Audiencia Provincial, entendiendo que se trataba de un acto terrorista, envió el sumario del caso a la Audiencia Nacional en Madrid para que fuera esta quien se hiciera cargo. Sin embargo, la Audiencia Nacional le devolvió el caso a la Audiencia Provincial de Barcelona, donde se celebraría la vista judicial finalmente. El “enfrentamiento” venía dado por el criterio de calificación del delito. La fiscalía de la AN no encontraba forma de mantener la acusación de “banda armada” o “delito de terrorismo”. La única prueba de esto fueron las aportadas por la Policía Nacional mediante torturas y humillaciones a los detenidos cenetistas. Tampoco pasó inadvertido el certificado firmado entre el Gobernador Civil de Barcelona con los dueños de la sala Scala en el que se calificaba al incendio como un acto con “carácter político”, lo cual aumentaba la suma monetaria en la indemnización.

Tuvieron que pasar dos años, en enero de 1980, para que la Audiencia Provincial de Barcelona dictara la celebración del juicio. Quedaron oficialmente procesados y casuados Luis Muñoz García, José Cuevas Casado, María José Lopez Jiménez, Francisco Javier Cañadas Gascón, Arturo Palma Segura y María Pilar Álvarez. La otra detenida y torturada durante horas, Maite Fabrés, pasó esos dos años encarcelada y finalmente puesta en libertad sin cargos.

El uno de diciembre se celebró la primera vista en la Audiencia Provincial de Barcelona, tras varios días de encontronazos entre la policía y los manifestantes que clamaban por la amnistía de los acusados. El Tribunal lo formaban Xavier O’Callaghan Muñoz y Ángel de Prada. El desenlace ya venía dictaminado desde fuera, y no era otro que la condena de los acusados. La finalidad de desprestigiar a la C.N.T. ya se había conseguido desde hacía un par de años. En la primera sesión, la defensa, compuesta por Mateo Seguí, Marc Palmés Giró y José María Loperena hicieron hincapié en que las confesiones de los acusados habían sido obtenidas bajo tortura. El Tribunal denegó estudiar si esto era cierto o no. El segundo día de la vista, en mitad del juicio, Maite Fabrés, ya en libertad provisional y el acusado Luis Muñoz se abrazaron efusivamente. Los policías que los vigilaban los separaron de muy malas formas lo cual provocó una gran pelea dentro de la sala entre acusados, policías y parte del público allí presente. El juez ordenó desalojar la sala. Todo el sumario se sustentaba en confesiones obtenidas en comisaria bajo torturas, humillaciones y malos tratos.

La sentencia se hizo pública el día 8 de diciembre de 1980. Se calificaba el incendio como un “delito de imprudencia con resultado de muerte”. Se condenó a 17 años de prisión mayor a José Cuevas, Javier Cañadas y a Arturo Palma, a 5 meses a Rosa López y a 2 años y seis meses a Luis Muñoz. Pilar Álvarez fue absuelta. Los tres restantes quedaron en libertad. También se impuso una indemnización económica a los propietarios de la Sala Scala de Barcelona de 288 millones de las antiguas pesetas y de cinco millones a cada una de las familias de las cuatro víctimas. Como era evidente, la C.N.T. protestó ante esta sentencia basada exclusivamente en las pruebas policiales extraídas bajo torturas.

La ‘muerte’ de un sindicato

Las consecuencias para la  C.N.T. fueron terribles. El caso Scala cortó de raíz su expansión por la clase trabajadora y sus afiliados fueron disminuyendo. Fue una operación, otra más, del Estado español contra el anarquismo en España. La gran repetición de la participación de la C.N.T. en el incendio terminó por hacer creer a la gente sobre su verdadera implicación. Tal hecho terminó por deteriorar, aun más, la imagen del sindicato ácrata y del anarquismo en general. Ser afiliado a la C.N.T. fue algo que se convirtió en sinónimo de tener problemas: Los medios de comunicación lo hicieron impopular y los cuerpos policiales y fascistas peligroso. En esta ocasión, a diferencia de los grandes procesos del Estado contra el anarquismo español, las ideas libertarias no pudieron resistir. El hilo rojinegro se rompió de tanto tensarlo, y hasta el momento no ha podido ser reconstituido. Los ataques a la C.N.T. fueron recibidos con gran alegría por los partidos de “izquierda” como por los sindicatos “mayoritarios” que veían así como desaparecía un fuerte competidor. Todos miraron hacia otro lado. El desprestigio para con la opinión pública sirvió, también, para ahondar en las divisiones internas del sindicato. El seno del sindicato anarquista se dividió entre quienes pensaban que había que defender a los acusados fueran culpables o no, y los que pensaban que tan solo había que defenderlos oficialmente si se demostraba realmente que eran inocentes.

Los años fueron pasando y el caso Scala fue cayendo en el olvido. Los condenados con mayores penas salieron de prisión a los nueve años por buena conducta. La sala de fiestas nunca volvió a construirse. Las familias de las víctimas no percibieron más que un millón de pesetas de indemnización y una pensión de 18.000 pesetas mensuales. Por su parte, la C.N.T., sin desaparecer oficialmente, continuó en declive hasta llegar a la actual situación, de la que intenta resurgir. Nunca más se volvió a reabrir el caso Scala. A nadie parece interesarle “reabir heridas”. Sin duda alguna, lo ocurrido esa fatídica mañana del 15 de enero de 1978 es unomás de los agujeros negros de aquella “modélica” Transición.

El paso de la dictadura “nacional-católica” a la “democracia” parlamentaria en España se hizo sobre un pacto de amnesia y sobre 591 personas muertas. Era necesario desactivar cualquier posibilidad revolucionaria del movimiento obrero. En este hecho estuvo la motivación última del caso Scala.

“No me preocupa ETA, quienes de verdad me preocupan son los anarquistas y el movimiento libertario.” Rodolfo Martín Villa (Ministro de Gobernación) en declaraciones hechas días antes del incendio de la sala Scala.

Borja Libertario

¡May Day, May Day!

Como cada año desde 1890, tal día como hoy se conmemora a los Mártires de Chicago, estableciendo este día como el Día Internacional de los Trabajadores. La historia del 1º de mayo tiene origen en los comienzos del movimiento obrero en EEUU, momentos en que existía una creciente conflictividad de la clase trabajadora, cuya principal reivindicación era la jornada de 8h. No obstante, no voy a dedicar este artículo a relatar la historia de la revuelta de Haymarket o quiénes fueron los Mártires de Chicago, pues hay un artículo que lo explica con bastante detalle, así que pasaré a tratar el significado de este día hoy, en la actualidad.

Prácticamente a día de hoy a casi nadie le suenan los nombres de George Engel, Samuel Fielden, Adolph Fischer, Louis Ling, Michael Schwab, Albert Parsons, Oscar Neebey y August Spies, ni sabrían que fueron obreros anarquistas, unos condenados a la horca, y otros cumplieron penas de cárcel. Nos hicieron perder la memoria y ya siquieran habla del Día Internacional de los Trabajadores, sino que hemos llegado a oír aberraciones como Fiesta del Trabajo. Tal es así el olvido que ya no sabemos los motivos por el que se conmemora este día y los sindicatos del régimen —los del pacto social y los que firman retrocesos en derechos laborales— hacen flaco favor al olvido, o incluso apropiándose de este día para sus propios intereses.

A las anarquistas nos corresponde rescatar la memoria de los Mártires de Chicago, de la conquista de la jornada de 8h a través de la huelga general y no negociando con la patronal, pero además de rescatar la memoria, algo importante por el cual llenar de contenido político este día, nos corresponde dar unas respuestas acordes a la coyuntura en que nos encontramos. Ya no estamos en 1917, ni 1936, ni los ’70 ni los ’90. Siquiera los felices años 2005. Estamos en 2015, en un panorama de recortes en derechos sociales en general y de derechos laborales en particular. Estamos viendo cómo la patronal está a la ofensiva aprovechando la crisis como excusa para abaratar despidos, saltarse convenios cuando les dé la gana, hacer EREs, subcontratar, la temporalidad… y en general, exprimirnos cada vez más con la amenaza de engrosar el ejército de parados y paradas. El tejido productivo ha sufrido y está sufriendo una reestructuración en el cual ganan peso las PYMES y el sector servicios, con una industria mermada y los campos destrozados. La precariedad laboral y la temporalidad están a la orden del día en el sector servicios y en las PYMEs, lo que dificulta la creación de secciones sindicales en la empresa debido a la volatilidad en el puesto de trabajo así como la cercanía del jefe como obstáculo. No solo eso, la subcontratación también es otro gran obstáculo para neutralizar el sindicalismo. Es por esto que el modelo sindical clásico ya no resulta tan operativo en entornos donde en un mismo centro de trabajo la división de los y las trabajadoras están a la orden del día entre plantilla indefinidas y temporales, subcontratadas y falsas autónomos. A esto hay que sumarle también la precariedad en las PYMEs del sector servicios y sus plantillas pequeñas, volátiles y altamente flexibles que impiden el establecimiento de un entorno favorable para la actividad sindical. Por todo esto principalmente, es necesario adaptar el sindicalismo (de clase) a los nuevos tiempos y hacer de los sindicatos unas herramientas funcionales para la defensa de los intereses de la clase trabajadora a la vez que nos permita avanzar y confluir con otros movimientos sociales.

A pesar de todo, nos encontramos con una clase trabajadora también desencantada con los actuales sindicatos de concertación, y una gran mayoría de trabajadores y trabajadores que no tienen afiliación sindical. No obstante, el sindicalismo sigue estando vigente y sigue siendo necesario mientras no desaparezca el conflicto capital-trabajo. Conste que no estamos hablando del sindicalismo vertical o de concertación, sino de modelos sindicales alternativos y de clase. En este aspecto, desde el anarcosindicalismo hemos de impulsar una alternativa sindical acorde a los tiempos que corren, teniendo claro que el combate no está solamente en criticar el nefasto modelo sindical de los sindicatos del régimen, sino ganarles en los centros de trabajo, aprovechando también el descrédito por el que están pasando. Para terminar, podéis echar un vistazo a las convocatorias para este 1 de mayo de 2015 y acudir a la convocatoria de tu localidad.

¡Primero de mayo, nada que celebrar, mucho por conquistar!

Precariedad juvenil y el viejo sindicalismo

Al referirme a sindicatos en este artículo me referiré exclusivamente a los de tradición anarcosindicalista, ya que no quiero gastar más de dos líneas en esa traición a los trabajadores que suponen los actuales UGT y CCOO.

Tengo 21 años. Estoy cursando mi último curso de una carrera de ciencias sociales, de escasa salida laboral, y trabajo tres horas en la Biblioteca de mi universidad como becario. Es decir, como trabajador encubierto. Me pagan 350 euros al mes y no tendré derecho a paro, porque la escasa cotización a la seguridad social no lo cubre. Cuando acabe todo esto, no sé que será de mi vida. He perdido la expectativa de que el mercado o el estado me garanticen bienestar. Los jóvenes, en este juego trucado, no importamos mucho.

Ante esto, mis pensamientos vuelven al romanticismo del 36, a las colectivizaciones de fábricas y campos y las siglas de sindicatos pintadas en todas las paredes de Barcelona, mientras las bombas caen sobre las obreras que esperan el regreso de sus hijos, enrolados en milicias. Hoy todo eso es Historia. Estamos en el siglo XXI, nací en en una isla donde la gente no trabaja en fábricas o campos, sino en hoteles llenos de turistas dispuestos a emborracharse y dormir la mona en la playa.

La economía sumergida, los trabajadores sin contrato, los falsos autónomos, o como yo mismo, los estudiantes en prácticas, somos los herederos de ese mundo de fábricas. Esas fábricas todavía existen, evidentemente, pero ya no están aquí. Se fueron todas a tierras más “rentables”, como China o Vietnam. Si estás leyendo esto en un móvil u ordenador, es posible que haya pasado por las manos de un trabajador de ojos rasgados, encerrado en esas grandes fábricas-residencias orwellianas que tan barato producen. La producción del campo es anecdótica, la comida que comemos ha viajado más que nosotros. Viene de esos otros países, más baratos, en los que se puede explotar como un esclavo al trabajador y contaminar el medio ambiente sin temor a que alguien se queje…

Aquí quedamos nosotros. Los tele-opeoradores (controlados por grandes empresas especializadas en “externalizar” servicios), los cajeros de supermercado (ni se te ocurra ponerte enfermo en Mercadona, enfermar es de malos trabajadores), el que tiene un bar o un pequeño negocio y ve que el dinero se le va en impuestos, cuotas de un préstamo y pagos del alquiler del local; los profesores, enfermeros, administrativos, comerciales, informáticos y funcionarios interinos expuestos a ser despedidos en cualquier momento. Quedan algunos trabajadores industriales, cada vez menos y más especializados. Y luego está el campo, que apenas puede competir con los precios de los países “baratos”.

Finalmente, un sinfín de pobres que se buscan la vida en la economía sumergida, que comen en comedores sociales, rebuscan en la basura, reciclan chatarra, roban carteras, venden coca-cola en zonas turísticas, hacen top-manta, trapichean drogas, tocan música en el metro, van a servicios sociales a pedir la Renda Mínima, se prostituyen. Piden limosna. Duermen cerca del cajero que nos escupe dinero y nos cobra odiosas comisiones. Los marxistas tienen la cara de llamar a esta gente “lumpen” y decir que son una clase que hace una alianza con la burguesía contra la clase obrera. Es evidente que no han conocido a esa mujer sin-techo, Paqui, que lanzó un huevo a Urdangarín el día de su declaración al juez. Llevaba una bandera republicana en el cuello.

Y en medio de todo este jaleo que suponen la globalización, las privatizaciones y el aumento de policías, prisiones y cámaras de seguridad, queda el sindicato. Dos anarco-sindicatos, que dicen ser herederos de esa épica organización que luchó en la guerra civil. Enfrentados desde los años ochenta sobre si se debe participar o no en las elecciones sindicales. No entraré en ese debate estéril.

—¿Qué tal en el curro?
—Mal. Tengo la espalda jodida de tanto cargar libros en la librería.
—Ostia, y ¿has pensado en montar una sección sindical o algo?
—No. ¿Para qué? Si dentro de un mes se me acaba el contrato.

Quien decía esto no era una persona apática y despolitizada. No, era un estudiante de Humanidades, amante de la Historia e involucrado activamente en el movimiento estudiantil y las organizaciones libertarias. No se decidió a sindicarse porqué simplemente, en su contexto, no le era útil.

Los sindicatos parecen estar montados siguiendo los esquemas de la antigua estructura fordista-keynesiana. Empresas grandes pertenecientes a un mismo sector y funcionarios de las cuatro ramas del casi destruido Estado del Bienestar: educación, sanidad, asistencia social y seguridad social. Así pues, se crea una organización que sube desde la sección sindical de la empresa hasta la federación sectorial y territorial, llegando finalmente a una confederación estatal o incluso internacional.

La realidad del año 2015 no puede ser más obstaculizadora para este sindicalismo. Personas que no constan como trabajadoras y por tanto, es igual para ellas los convenios que se hayan podido acordar. Currantes que están contratadas por subcontratas de otras subcontratas. Manpower, Adecco, etc. Una legión de estudiantes en prácticas. Trabajos temporales (ay, la temporada de verano y las campañas de Navidad) y la gran mayoría a media jornada. Captador de socios para ONGs que cobran por objetivos. Clases particulares para sacar cuatro duros. Comerciales a los que sus jefes intentan convencer de que “tenéis que pensar como empresarios”.

Si bien es cierto que los sindicatos intentan adaptarse como buenamente pueden a este nuevo paradigma, les cuesta. Mi expectativa es trabajar en diferentes empresas de diferente sectores y por poco tiempo, lo cual es complicado compaginar con una militancia en cada una de las secciones sindicales en las que tendría que participar o directamente intentar montar. La única manera que tendría de comprometerme es llegando a una situación de mayor rango en la empresa, que me permitiera la estabilidad necesaria para preocuparme por sindicarme en vez de cual va a ser el siguiente sitio donde me tocará trabajar. Lamentablemente, sindicarse está pasando de ser una necesidad a ser un lujo en un mundo de economía sumergida, trabajos basura y un paro desbordante.

Pero nuestro deber es ganar. Y para ganar debemos reconfigurar las categorías en las que se estructura el sindicalismo combativo. Debemos buscar la afinidad biográfica, hacer sentir a los precarios que no están solos, que hay otros que están teniendo un curso de vida similar. Y pasar al ataque. Es demasiado tarde para resistir, la mejor defensa contra la miseria que nos imponen no es reclamar una legalidad que se puede cambiar en despachos de Bruselas, sino un buen ataque.

Mi propuesta, como joven precario y sin nada que perder, es crear redes de apoyo mutuo entre personas con la misma situación biográfica (no tiene sentido juntar al funcionario a punto de jubilarse con el becario que durará un año) y dispuestas a formar cooperativas, ya sean nuevas o sean empresas colectivizadas. Para mí, el objetivo a corto plazo de un libertario es conseguir que todas las empresas se conviertan en cooperativas auto-gestionadas por sus trabajadores y orientadas al bien de toda la sociedad. Ejemplos de estas prácticas las encontramos en la “toma de empresas” sucedidas en Argentina o en Grecia. En la Catalunya de los pistoleros pagados por la patronal, Joan Peiró de la CNT fundó la Coopertativa Cristales de Mataró para apoyar a los trabajadores despedidos. Estas colectivizaciones, a mi parecer, deberían ser llevadas a cabo por asambleas autónomas, que los anarco-sindicatos pueden apoyar pero no dirigir y que tengan un planteamiento basado en la democracia directa y el bienestar para todos. En definitiva, solidaridad entre precarios y autonomía financiera frente al neoliberalismo.

Cuando no hay nada que perder, está todo por ganar.

Anónimo

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