Huelga de taxistas, ¿por qué debemos apoyarla desde una práctica de clase trabajadora?

¿Qué tiene en común cualquier taxista con otro trabajador o trabajadora de cualquier otro sector laboral en la actualidad? Tienen en común unas condiciones sociales y laborales opresivas organizadas pormenorizadamente por el capitalismo global; y ese es el común denominador, el enemigo que padecemos. Me atrevo a destapar esta inmensa caja de pandora, conocedor de que no es el único análisis posible, ni seguramente sea el mejor, pero es probable que lo encontréis más interesante que las informaciones difundidas desde los medios de comunicación convencionales. Comencemos entonces por el principio…

Muy lejano queda el origen del taxi como profesión en el siglo XVI, con los primeros conductores dedicados al transporte en carruaje a cambio de una pequeña cantidad de dinero. Sin embargo, no será hasta las primeras décadas del siglo XX que se profesionaliza esta actividad laboral, regularizada bajo las normativas estatales. Por ejemplo en la ciudad de Madrid, en 1918 el reglamento de vehículos daba un plazo de un año para instalar taxímetros en todos los vehículos de alquiler. Las licencias de taxi eran entonces de 200, con la tarifa de una peseta por bajada de bandera y cuatro pesetas por la hora de parada; en los años 1950 el número de licencias otorgadas llegaba a las 6 mil, y ya en la actualidad y desde hace bastantes años el Ayuntamiento municipal de Madrid fijó esta cifra en 16 mil licencias de taxi, siendo 10 mil en Barcelona, unas 3 mil en Valencia y 2 mil en Sevilla. Un total de 65 mil licencias de taxi en el Estado español aproximadamente.

El sector laboral del taxi es, por lo tanto, un grupo profesional regularizado  tempranamente desde el Estado a través de normativas fundamentalmente municipales en las principales ciudades españolas, a su vez enmarcadas en unas normativas jurídicas superiores marcadas por unos intereses de clase evidentemente. Si bien una de las principales críticas al sector del taxi es el negocio en sí mismo que ha supuesto esta histórica regularización normativa en torno a las licencias, que los últimos años han generado la aparición de lobbies empresariales y trabajadores y trabajadoras precarias, las nuevas necesidades del capitalismo global dejan indefensas a miles de familias trabajadoras. Ya sean estos/as autónomos/as, la reproducción de la peor pesadilla del capitalismo para un trabajador/a, es decir, convertirte en tu propio jefe/a explotador/a, o ya sean estos/as asalariados/as; su condición de clase obrera, es decir, su no condición de clase dominante, deja bien claro a quién afecta sobre la realidad estos cambios en el sector del taxi. El sueño ansiado del capitalismo global: crear una falsa sensación de fin del trabajo asalariado tal y como lo conocemos, la instalación en nuestras cabezas de una dinámica social defensora acérrima de la tecnología y la gran mentira del progreso que suponen las aplicaciones telefónicas unidas a una exigencia individualizada de  servicios. Todo se reproduce a través de una tendencia de consumo a la carta de servicios, y la exigencia de unas peticiones individualizadas potenciadas por el capitalismo.

Otra de las características críticas sobre el sector el taxi es aquella realidad sociológica de que mayoritariamente es un sector laboral con escasa conciencia de clase, cuya actividad laboral se desarrolla en un idílico romance con expresiones de derechas (lectores de El Mundo y el ABC, oidores de la COPE, bandera patria y llaverito franquista…). Si bien es cierto que los clichés se conforman sobre una realidad palpable y generalizada, estos parecen quedarse inmutables con el paso del tiempo, y eso es una mala idea pensar que las comunidades sociales y laborales no tienen una evolución. ¿Por qué sectores como mineros o estibarores tienen una histórica vinculación a luchas cargadas de conciencia de clase, y por qué sectores como el del taxi están vinculados a una lucha gremial donde la derecha tiene una gran fuerza? Si en realidad los/as taxistas y sus familias, como ya hemos dicho, pertenecen a fin de cuentas a la clase trabajadora, independientemente de que la regularización histórica de su sector haya convertido a algunos/as de ellos/as en una pequeña aristrocracia obrera con tendencias conservadoras. Si apoyamos en el 2012 a los/as mineros/as en su lucha laboral, a pesar de no estar de acuerdo con un modelo energético basado en el carbón, por qué no deberíamos apoyar en el 2018 a los/as taxistas, aunque no estemos de acuerdo con su modelo de servicio completamente, o aunque no seamos usuarios/as.

Quizá en vez de exigir a los/as taxistas portar banderas republicanas en lugar de monárquicas en sus manifestaciones, o esperar a que nos agiten y llamen con un discurso revolucionario y de izquierdas, tal vez deberíamos solidarizarnos plenamente con sus reivindicaciones, que aunque no incluyan puntos desde una conciencia de clase de manual y panfletaria izquierdista, las condiciones materiales que reclaman y su malestar con el capitalismo global, es algo que nos une a ellos/as. Si no lo hacemos ahora, grupos burócratas y parlamentarios cooptarán esa lucha en beneficio de un marketing político, o colectivos de extrema-derecha como Hogar Social Madrid tratarán de sacar rédito a río revuelto.

La enorme mentira de la nueva economía colavorativa es una realidad cuyas consecuencias ya estamos padeciendo actualmente. En el Estado español han proliferado enormemente las empresas cuyo rasgo característico que dicen definirlas es la innovación tecnológica. En realidad solo han conseguido la precaridad de todo el mundo, ya sean productores/as o consumidores/as, e imponiendo unas reglas de mercado ajenas a una vida digna. En absoluto quiere decir que las reglas de la anterior fase del capitalismo fueran beneficiosas para el trabajador/a, sino que su vida cotidiana se ha visto empeorada por la sacrosanta tecnología. Esto ha enviado sin ningún tipo de argumento crítico serio a las tesis ideológicas que advierten de este peligro a una trinchera etiquetada maliciosamente de carca o tecnofóbica. Estaríamos hablando de una gran estafa: la cultura de la tecnología; las bondades y ventajas que supondría la economía colaborativa, que de colaboración no tiene nada en la práctica capitalista, puesto que es una simple reorganización de la explotación laboral hacia relaciones invisibilizadas, pero no por ello inexistentes.

Nos la han colado pero que muy bien, porque bajo ese enorme paraguas del discurso colaborativo, algunas empresas tecnológicas se están forrando a manos llenas. No se trata solo de una cuestión de empresas extranjeras que sacan rendimiento en otros países, la cuestión nacional no es un análisis que nos conduzca a esclarecer una situación de precariedad global, puesto que enemigas son todas esas empresas vengan de donde vengan, porque todas salen del mismo origen: las cloacas de miseria del capitalismo. Ni qué decir tiene, para quien no lo sepa, que detrás de Cabify, su fundador es un español afincado en EE.UU., otro ejemplo de que el capitalismo no tiene más bandera que la de el dinero. Esa clase de economía no tiene nada de colaborativa, pero en un mundo donde las etiquetas valen más que el contenido real del concepto, nuevamente nos han tomado por el pito de un sereno y nos han convertido en hooligans de sus intereses de clase, no de los nuestros. Es probable que nos encontremos en un punto de no retorno demasiado avanzado, pero no por eso hay que tirar la toalla y que la precariedad se desarrolle como le venga en gana sin oponer resistencia. El centro de toda esta tendencia social se encuentra en la cultura individualista, que más allá de parecer algo abstracto se materializa en crear hordas de consumidores/as que se creen con la legitimidad de exigir necesidades individualizadas a otros/as trabajadores/as con necesidades sociales y económicas reales, y se ven abocados/as a sobrevivir a cualquier precio en esta jungla. Nos habían dicho que el conflicto de clases había llegado a su fin, nos han dicho que eso es algo obsoleto del siglo pasado, nada más lejos de la realidad, el conflicto de clases es cada vez más sangrante, pero está desvirtuado por las cuestiones que el capitalismo ha querido poner encima de la mesa para distraer nuestra atención.

Estas empresas como Uber o Cabify han querido meter las narices en un sector bastante burocratizado y regularizado, ¿quiere esto decir que hay que defender de manera inamovible el estado actual de las cosas antes de la irrupción de estas empresas? Claramente no, pero tampoco quiere decir que no tengamos que tomar partido por un sector de trabajadores/as, que más allá de querer mantener unos privilegios, como se les acusa como si fueran empresarios del Ibex35, en realidad lo que mantienen son pequeñas economías familiares de manera más o menos desahogada según los casos. A día de hoy la huelga del taxi reivindica que se otorgue una licencia VTC (Uber o Cabify) por cada treinta licencias de taxi, cuando actualmente la ratio ha llegado a una licencia VTC por cada siete taxis aproximadamente. La proporción es de nueve mil licencias VTC y 65 mil licencias de taxi en el Estado español. Una cuestión en disputa entre competencias estatales, autonómicas y municipales que responden a intereses partidistas distintos enmarcados en la precariedad capitalista. Esto ha precipitado los acontecimientos que desde mediados de la semana han llevado a la convocatoria de huelga indefinida del sector del taxi en todas las provincias españolas.

El enemigo nuevamente es de clase, algunas voces entre taxistas ya están empezando a afirmar que su enemigo no es el trabajador de Uber y Cabify, otro precario más a sumar en esa gran lista social, sino que su enemigo es la tendencia capitalista a hundir a un sector del transporte en la miseria. No se trata de compartir el pastel o de abrir ningún monopolio, esos argumentos son lanzados por los sectores comunicativos detrás de esas empresas tecnológicas. Realmente los/as taxistas no son dueños/as de ningún pastel, sino un ejemplo de trabajadores/as a quienes el capitalismo ha llevado a más contradicciones de las asumibles sanamente por cualquier colectivo laboral. Otros argumentos lanzados por los/as defensores/as de estos modelos supuestamente colaborativos son: el aplauso ilimitado del emprendimiento empresarial o la actualización legislativa como exclusiva manera de una nueva regularización; recetas que ya vemos que no funcionan sino que precarizan aún más las relaciones laborales, como en los casos de Deliveroo o Glovo. Nadie recuerda ya que en la historia reciente el sector del taxi ha demostrado ser un colectivo formado por trabajadores/as que saben visualizar perfectamente el humanismo por encima de cualquier interés económico privado, siendo los primeros, por ejemplo, en transportar a personas desinteresadamente en atentados como el de Madrid (2004) o el de Barcelona (2017).

La huelga sectorial del taxi, además, tiene elementos muy interesantes respecto de otras huelgas: no ha sido oficialmente comunicada a través de los órganos estatales dispuestos para ello, ha sido organizada espontáneamente por asambleas de taxistas coordinadas en diferentes provincias del Estado español, tiene un gran potencial de contenido social. Es decir, esta huelga no ha caminado por los cauces habituales que otras convocatorias en otros sectores laborales, y es preciso que se convierta en una huelga social, porque el sector transportes tiene grandes posibilidades de paralizar la economía de las grandes empresas que se lucran con nuestro trabajo diario, seamos del sector laboral que seamos. Por solidaridad y apoyo mutuo, debemos apoyar la huelga de taxistas desde una perspectiva de clase, sino otros grupos sociales lo harán por nosotros/as, y quizá alejarán su potencial de un discurso de clase, para reducirlo a una cuestión nacionalista, xenófoba, tecnófoba o quién sabe qué otra etiqueta contraria a los intereses del pueblo trabajador.

Para terminar, quizá algunos otros medios de comunicación alternativos, que se definan o no como libertarios, próximamente escribirán otros interesantes artículos que aporten a un debate donde es muy difícil encontrar argumentos razonables y de investigación. Desde Regeneración, particulamente queríamos abrir la lata, y potenciar que se hable de esta huelga en las organizaciones de clase y los movimientos sociales que aspiramos a transformar radicalmente la sociedad.

Ser revolucionario de izquierdas y no apoyar la huelga de taxistas es una contradicción en sí misma.

1º de Mayo: Lucha, justicia social y apoyo mutuo en nuestro camino

Se acerca el 1 de mayo, y como cada año, miles de trabajadores y trabajadoras nos echaremos a las calles en todas las partes del mundo, en un día de lucha y reivindicación que debe a un pasado histórico de infatigable esfuerzo por otras generaciones. En el Estado español, siguiendo la estela marcada por la impresionante Huelga de Mujeres del pasado 8 de marzo, este Primero de Mayo debería continuar construyéndose como una fecha donde practicar el apoyo mutuo solidario, la lucha por la justicia social y la ruptura con el capitalismo y el patriarcado, uniendo verdaderamente los conflictos interseccionales que afectan a todos los colectivos explotados en nuestra sociedad.

De esta manera queremos compartiros tres textos en del anarcosindicalismo español, los comunicados de CGT, CNT y Solidaridad Obrera ante esta histórica fecha obrera, que nos animan a continuar en la estrategia que apuntamos nuestro equipo de Regeneración, desde donde también animamos a tomar las calles este próximo Primero de Mayo.

1º de Mayo: Uniendo luchas. Caminando hacia la Huelga General

Este 1 de Mayo, la clase trabajadora, la que representa a la mayoría de la población, las personas que estamos sufriendo la violencia de esta estafa social de gigantes proporciones, volvemos a salir a la calle para manifestar nuestra indignación, nuestra protesta colectiva y, también, nuestra determinación y voluntad de dar un vuelco al modelo de sociedad en que los poderes financieros y los diversos gobiernos nos tienen atrapados y atrapadas

Han universalizado la miseria, la esclavitud, la falta de libertades, la falta de perspectivas para el futuro de varias generaciones de jóvenes, de migrantes, de mujeres, de ancianos, de personas sin empleo ni prestaciones, de personas trabajadoras semiesclavas… Nos lo han quitado todo: los empleos con derechos, los servicios públicos, la sanidad, la enseñanza, los transportes públicos, las comunicaciones, las energías (el agua y la electricidad), las viviendas, el acceso a la universidad, a la cultura, a la justicia burguesa, los cuidados a las personas dependientes (ancianas, enfermas y niños). Nos han quitado el derecho a decidir y a protestar, a manifestarnos, a expresarnos individual y colectivamente. Nos han arrebatado el derecho a ser personas libres que puedan vivir con dignidad.

La corrupción más descarnada campa a sus anchas y se ha extendido a todas las instituciones, políticas, empresariales, judiciales, policiales y es muy penoso que alcance también a los sindicatos del régimen (ERE de Andalucía, tarjetas opacas de Bankia, sobresueldos a cargos sindicales, etc).

Por si esto fuera poco, intentan poner una mordaza a la sociedad para que no proteste, para que se conforme, imponiendo el terror y el miedo a base de represión policial, de represión económica, de encarcelar a personas inocentes simplemente por participar en las protestas pacíficas. Están atándonos de pies y manos como en los tiempos más duros del franquismo, sin escrúpulos y sin planteamiento moral alguno.

No lo podemos consentir. Debemos seguir manteniendo la movilización en la calle, con procesos electorales y sin ellos, unificando luchas, practicando la solidaridad y el apoyo mutuo, demostrando que no tenemos miedo, que nos sobra dignidad para luchar como clase, que no vamos a dejar que nos roben el futuro, tampoco el de nuestros hijos e hijas.

Tenemos que obligarles a derogar todas las leyes liberticidas que nos han impuesto, las Reformas Laborales, las leyes Mordaza, acabar con la negociación del TTIP, negarnos a que se pague la DEUDA con el dinero público porque es ilegítima e injusta, recuperar los servicios públicos robados, terminar con la crueldad de los desahucios, conseguir la RENTA BÁSICA para todas y todos, repartir la riqueza y el trabajo en definitiva. Es la obligación que nos toca a nuestra generación, por nosotros y nosotras y porque lo contrario sería un DESASTRE para las generaciones venideras.

LA LUCHA ES EL ÚNICO CAMINO

1º DE MAYO. ¡VIVA LA CLASE OBRERA!

 

Primero de Mayo. Avanzamos por la Justicia Social y Laboral

Vivimos en una democracia cada vez menos democrática. El poder ejecutivo legisla a razón de decretazos, el poder judicial impone más pena al cantante que se expresa que al político que roba, las fuerzas represoras golpean con fuerza ante cualquier intento de rebatir su concepto de nación, la corrupción está ya implantada y los brazos de la censura cada vez tienen las garras más largas. A la vez, los grandes medios de comunicación aprovechan el desarrollo tecnológico para pintarnos un mundo en ebullición, en continuo y rápido cambio, nos recuerdan que debemos tener el último modelo de teléfono móvil para no quedarnos aislados en esta sociedad.

Pero la realidad de la calle es bien distinta. Cada día es más palpable la paradoja de “todo debe cambiar para que nada cambie”. Porque los ricos cada vez son más ricos y los pobres cada vez más pobres. Los poderosos cada vez tienen más aferrado su poder y, como se demuestra en cada una de sus crisis, no están dispuestos a ceder un ápice de sus privilegios. Esa es su intención y eso nunca cambiará. La Historia nos enseña que los avances en la calidad de vida de la ciudadanía se han conseguido reivindicando, exigiendo los derechos que nos corresponden. Eso es lo que CNT lleva haciendo más de cien años y continuará haciéndolo, avanzando por la Justicia Social.

Por otro lado, en el sindicato sabemos que también existe otra realidad de la que se habla menos de lo que se debería: la del mundo laboral. La de las personas en paro –tres millones setecientos mil–, las contratadas temporalmente –una de cada cuatro–, las cedidas por ETTs –medio millón–, las deslocalizadas, las que trabajan en precario, las –cada vez más– víctimas de accidentes laborales,… Y, para acabar, el futuro de las pensiones cada vez menos seguro.

Y lo sabemos porque CNT está en los tajos, en la calle, en las casas de las personas que tenemos que agudizar el ingenio para llegar a fin de mes. Esa es la razón por la que seguimos y seguiremos siempre fieles a nuestras ideas. Seguimos haciendo anarcosindicalismo y seguimos demostrando que es un medio real y eficaz para conseguir la dignidad que merecemos en nuestro trabajo. Seguimos avanzando por la Justicia Laboral.

Especialmente sangrante es la situación en la que nos encontramos las mujeres en este mundo autoritario, tanto en lo social como en lo laboral. Crecemos soportando unas enseñanzas estereotipadas en las que debemos asumir unos roles establecidos según nuestro género, suponiendo que somos el sexo débil. Muchas mujeres debemos renunciar al mundo laboral para encargarnos del hogar y los cuidados, simplemente porque la tradición lo ha establecido así, existiendo todavía un gran desequilibrio a la hora de asumir esas tareas. Pero hoy día la gran mayoría estamos además obligadas a trabajar para poder sostener a la familia, en un mundo laboral que continúa siendo machista, en el que nuestro sueldo es menor, sufrimos acoso, mayor temporalidad y más paro. Ante todos estos atropellos a la igualdad, desde CNT queremos ser nosotras, las obreras, las que alcemos la voz; todas y todos juntos ejerciendo la solidaridad entre las personas.

Por todo eso, CNT mantiene y mantendrá su lucha para la consecución de un mundo más justo, con nuestras ideas cada día más vigentes y cada día con más fuerza. Por eso, os invitamos a salir a la calle este Primero de Mayo a reivindicar que otro mundo es necesario y es posible. Y no sólo este día, sino los 365 días del año, demostrando que las personas, unidas, avanzamos por la Justicia Social y Laboral.

 

El 1º de Mayo recordamos por qué luchamos.

Los trabajadores hemos sido los grandes perdedores de la crisis. Junto a la rebaja de los salarios de los que mantenían el empleo, hemos visto la pérdida de condiciones laborales básicas. La jornada laboral, para muchos trabajadores, es hoy interminable, y además absolutamente flexible, impidiendo toda posibilidad de una vida racional. La seguridad e higiene en los centros de trabajo no se respeta, colocando a los trabajadores en situaciones de peligro y ante la feroz amenaza de la enfermedad y el sufrimiento físico y psíquico. Los contratos laborales han sido dinamitados y nos enfrentamos al chantaje continuo favorecido por el despido, cada vez más fácil para el empresario, la no renovación de los contratos temporales, o la imposición de formas de trabajar ajenas al Derecho del Trabajo con las que se pretende rebajar los derechos de los empleados diciendo que en realidad no lo son (como los falsos autónomos, el trabajo-formación de los estudiantes o el trabajo sumergido de migrantes y cada vez más, también jóvenes autóctonos) También hemos visto la expansión de las subcontratas, empresas de servicios, plataformas colaborativas, ETTs, agencias privadas de colocación… La extorsión más brutal sobre los trabajadores para hacerles trabajar cada vez en peores condiciones.

Además, los servicios públicos municipales y los servicios sociales, así como la educación o la sanidad, están en proceso de privatización. El Estado controlado por los capitalistas deja que se degraden para poder venderlos en condiciones ventajosas a los fondos internacionales y a los amigos de los políticos de turno. La clase trabajadora se ve desposeída, así, de todo lo que se construye con sus impuestos, de las formas de salario indirecto que le permitían vivir una vida con un mínimo de dignidad.

El escenario es brutal y cada vez más caótico. ¿Quiere eso decir que debemos resignarnos y buscar salvadores entre los políticos que nos han llevado a este desastre o entre los que quieren sucederles con sus mismas ideas y financiados por los mismos grandes oligarcas?

En Solidaridad Obrera pensamos que hay otra salida, más allá del enfrentamiento entre pobres o del deseo de una fuerte autoridad que nos entregue atados de pies y manos a las grandes empresas. Más allá de la tristeza de un mundo que se hunde en la devastación capitalista.

Es la alternativa de la lucha, de la solidaridad, de la autoorganización obrera, de la construcción de fuertes organizaciones que sean capaces de imponer las necesidades obreras a quienes usan el poder contra la mayoría social. Es la alternativa de quienes se organizan para defenderse de todos esos ladrones que nos roban la vida, el producto de nuestro trabajo y nuestras más altas esperanzas.

En Solidaridad Obrera no recibimos financiación del Estado ni de ningún partido o empresa capitalista, no somos un espacio para vividores vendidos ni para burócratas. Estamos aquí para luchar. Para levantar la gran alternativa que, hoy mejor que mañana, alumbre un nuevo horizonte para nuestra clase.

Juntos. Desde la solidaridad mutua, desde el antidogmatismo y la pluralidad, desde la independencia y la autonomía, desde nuestras propias fuerzas.

JUNTOS NOS CUIDAMOS

ÚNETE A LA RESISTENCIA OBRERA.
ÚNETE A SOLIDARIDAD OBRERA.

[Reseña cinematográfica] Snowpiercer

Snowpiercer es una película coreana de ciencia ficción de 2013 dirigida por Bong Joon-ho, siendo esta su primera película en inglés de su filmografía, y escrita por Kelly Masterson. La producción está basada en la novela gráfica Le Transperceneige realizada por Jacques Lob, Benjamin Legrand y Jean-Marc Rochette. La película está protagonizada por Chris Evans, Song Kang-ho, Tilda Swinton, Jamie Bell, Octavia Spencer, Go Ah-sung, John Hurt y Ed Harris.

Sinopsis: Un fallido experimento para solucionar el problema del calentamiento global casi acabó destruyendo la vida sobreel planeta. Los únicos supervivientes fueron los pasajeros del ‘Snowpiercer’, un tren que recorre el mundo impulsado por un motor de movimiento eterno ideado por un reconocido empresario filántropo llamado Wilford. El tren está dividido en dos clases sociales: por un lado, la parte delantera integrada por la clase acomodada y con privilegios; por otro lado, la clase obrera y pobre, situada a la cola del tren. Hartos su situación indigna, los pasajeros de la cola deciden organizar una revolución social para hacerse con el control de la máquina.

En general ha recibido unas buenas críticas cinematográficas, destacando su dirección y actuaciones. Logra momentos muy inquietantes y una gran espectacularidad en pantalla. Calificada como epopeya futurista visualmente impresionante, narra un desquiciado viaje a través de los vagones de un tren como una metáfora verosímil de la lucha de clases y la realidad del capitalismo. 

El vagón de cola es oscuro, sucio y superpoblado, su única función es servir de mano de obra para mantener los lujos de la elite que viaja en los vagones delanteros. Tras este encontramos el vagón de la prisión para quien se atreve a cuestionar el orden social, después el vagón que produce la comida basura para la clase baja, y el vagón del recurso más preciado: el agua, que quien lo posee puede controlar todo el tren. Más adelante el vagón del sistema educativo, y vagones de entretenimiento y lujo de las elites como una sauna o una sala de fiestas. Una avalancha de acción repartida a lo largo de su narración, principalmente en su segunda mitad, que le imprime un ritmo frenético al metraje. Sin embargo, el guion cuenta con algunas concesiones fortuitas que favorecen el avance del grupo a través de los vagones, y también se cuestiona como innecesaria la explicación sentimental que su protagonista ofrece al final del filme.

Si comparto la reseña de esta película de argumento muy similar a otras tantas que se han realizado adaptando una novela gráfica que narra una historia distópica, es para establecer un análisis comparado que es transversal a estos filmes, y advertir que muchas veces tan solo nos quedamos en el mensaje superficial, sin cuestionarnos que detrás de una obra cinematográfica de este estilo hay otros mensajes secundarios que la industria del cine cuela de manera aún más sutil.

La película presenta un argumento clásico en la ciencia-ficción post-apocalíptica, es decir, la de una sociedad autoritaria, controlada férreamente y que provoca un estallido social liderado por algunos pocos personajes, que al final de la narración descubren que el propio sistema preveé y potencia estas sublevaciones como medidas de control de la población. El futuro parece incierto fuera de los límites en los que se asegura la supervivencia, y también parece un despropósito verter sangre contra un enemigo que ya ha decidido otros planes, y que la revolución social no puede derrocar por mucha voluntad y organización que se aporte. La realidad es que en la mayoría de los casos películas con una reconocida crítica social bastante notable, terminan enviando un mensaje desalentador en cuanto a la acción revolucionaria cotidiana. Alientan a crear un cliché sobre los intentos de transformación radical de la sociedad, postergándolos a un contexto futuro y con unas características muy arraigadas en la tradición revolucionaria occidental. Se banaliza el potencial de la organización social, y se deja en manos de unos elegidos concretos la capacidad de transformar la realidad social, además de producir la sensación de necesidad de un colapso ecológico y el establecimiento de un enemigo autoritario evidente para actuar conscientemente.

Pasaia en la memoria colectiva. Emboscada en un pequeño pueblo de Euskadi.

La fecha del 22 de marzo de 1984 no podrá ser borrada de la memoria de un pequeño pueblo guipuzcoano, se cumplen treinta y cuatro años de la emboscada en la bahía de Pasaia, muy cerca de Donosti junto a la desembocadura del río Oiartzun, unos hechos que acabaron con la muerte a manos de la policía española de cuatro militantes de los Comandos Autónomos Anticapitalistas.

Aquella noche de 1984 las aguas se tiñeron de sangre calcinada bajo las balas de la represión, José María Izura ‘Pelu’ y Pedro María Isart ‘Pelitxo’ murieron durante la operación policial. Rafael Delas ‘Txapas’ y Dionisio Aizpuru ‘Kurro’, fueron tiroteados pocos minutos más tarde. Los únicos supervivientes de la acción armada policial fueron Joseba Merino y Rosa Jimeno.

Crónica del suceso:

Los cinco militantes anticapitalistas salieron a media tarde del puerto de Ziburu, en territorio francés, en una lancha tipo zodiac con destino a Pasaia donde habían concertado una cita con su contacto, la compañera Rosa Jimeno. La actividad de los grupos parapoliciales en esta región era bastante intensa, y pocos días antes Rosa había sido secuestrada por la policía española, en el momento de la detención llevaba apuntado en un papel el número de teléfono de su compañero Kurro, y fue obligada bajo torturas a concertar una cita con el grupo. Nada pudieron sospechar, pero en la entrada al puerto de Pasaia, su compañera hizo la señal concertada con un farol, por lo que los integrantes del comando se acercaron a las rocas de la orilla.

Nada más desembarcar decenas de policías les dieron el alto y sin mediar más palabra abrieron fuego contra ellos, lo cual les resultó completamente inesperado, una dramática sorpresa que acabaría con cuatro vidas. Rosa se salvó porque estaba atada por las piernas con una cuerda, la cual fue tensada y cayó al suelo. Joseba estaba agachado cogiendo a su perra Beltza, pero dos de los militantes murieron en el acto, este se tiró al agua tratando de salvar la vida junto a sus otros dos compañeros. Tras cesar el intenso tiroteo por parte de la policía, fueron capturados los tres y sacados del agua bajo amenazas e insultos, sin embargo, cuando se pensaban arrestados y en prisión bastantes años, los dos compañeros aún vivos de Joseba fueron fusilados por la policía allí mismo a punta de metralleta. La autopsia cuantificó un total de 113 proyectiles encontrados en los cuerpos sin vida de los cuatro militantes de los Comandos Autónomos Anticapitalistas.

Joseba Merino fue arrastrado por un sendero, conducido a su arresto en el pueblo de Pasaia San Pedro, junto con una pareja de testigos que fue detenida para evitar filtraciones de la operación policial, y Rosa Jimeno, que se encontraba en estado de shock tras haber presenciado el tiroteo a sus compañeros. Los cadáveres de los cuatro militantes son secuestrados por la propia policía, que no permite el levantamiento de los cuerpos por un juez forense, y son enterrados en Donosti de manera irregular evitando cualquier investigación. A Rosa Jimeno la incomunicaron durante once días, ocultándola la muerte de sus compañeros, pues ella pensaba que seguían vivos aunque gravemente heridos. Permaneció librada de libertad tres años más en diversas prisiones del Estado español.

Comandos Autónomos Anticapitalistas:

Se conocen bajo este nombre a un conjunto de organizaciones de lucha armada activas en el territorio de Euskal Herria durante finales de la década de los 70 y principios de los 80. Su origen se sitúa en diversos grupos con prácticas asamblearias e inspirados en el movimiento autónomo obrero, junto a una escisión de los comandos Bereziak de ETA político-militar. Esta postura intermedia entre el marxismo político, que rechazaba una estructura de vanguardia, y prácticas autónomas, les acercaron a posiciones cercanas al socialismo libertario.

Los Comandos Autónomos Anticapitalistas surgen en la segunda mitad de la década de los 70, siendo en 1976, tras los Sucesos de Vitoria, el año que suele fijarse como el de la creación de unos embrionarios comandos. En estas organizaciones confluyeron militantes políticos procedentes de diversos orígenes (movimientos pro-amnistía, grupos ecologistas, asambleas de trabajadores…) Consideran al movimiento de liberación vasco una simple reforma progresista, demasiado cerrado en una mirada nacional, descuidando el objetivo social amplio de una transformación radical anticapitalista.

Aunque los medios de comunicación identificaron a los distintos grupos bajo las siglas de CAA, lo cierto es que cada comando tenía total libertad para escoger y explicar sus acciones más allá de aquellos principios políticos comunes que les llevaba a coordinarse entre ellos. Tras varios años de acciones revolucionarias, a mediados de los 80 deciden ejecutar a Enrique Casas Vila, senador del PSOE, y uno de los responsables ideológicos de la creación de los GAL. Este hecho desatará como venganza política por parte del Estado español la emboscada en la bahía de Pasaia.

Justicia y memoria colectiva:

En el año 2016, la Audiencia Provincial de Donosti, admitió que había indicios de asesinato en aquellos hechos, sin embargo finalmente archivó el caso y fue imposible la identificación de los autores. El superviviente Joseba Merino aseguró que el dispositivo policial estuvo formado por tres centenares de agentes, muchos de ellos desplazados desde Madrid, siendo esta acción armada dirigida por la Brigada de Información policial. Incluso los tres hermanos de Txapas, que habían sido detenidos meses antes por su militancia política, la policía les anticipó que su hermano resultaría muerto.

Las familias de los asesinados se enteraron por los medios de comunicación, la manipulación propagandística se ensañó con quienes denunciaron estas muertes, y los homenajes fueron multitudinarios. Fuera del territorio de Euskal Herria, se daba mayoritariamente el más absoluto de los desconocimientos sobre la veracidad de los sucesos, sin embargo, la dignidad de estos cuatro militantes sigue viva después de decenas de años. Los familiares han expresado la intención de acudir al Tribunal internacional de Estrasburgo para esclarecer los sucesos. Mientras tanto, el pueblo de Pasaia no olvida las vidas arrancadas aquella noche a cuatro jóvenes vascos.

Este año pasado, y gracias a un proyecto de microdonaciones, ha salido a la luz el documental “Pasaiako Badia”, que narra los hechos de estos asesinatos a través de los protagonistas supervivientes, testigos y algunos familiares. La productora Oinatzak Produkzioak, y sus directores Yuri Agirrek, Erik Aznalek y Xabier Otamendik resumen en poco más de una hora unos acontecimientos que no deben ser olvidados nunca.

Actualmente unas siluetas dibujadas en tinta blanca sobre las rocas donde fueron tiroteados recuerdan a las cuatro víctimas mortales. Una vez más la memoria colectiva está ligada a espacios comunes que atesoran las voces silenciadas de quienes han luchado contra la represión.

Confederalismo democrático: De la modernidad capitalista, hacia la modernidad democrática

Es común en los espacios internacionalistas y grupos de solidaridad con la revolución de Rojava, hablar de confederalismo democrático como el paradigma ideológico del movimiento de liberación de kurdistán. Aunque este concepto ha sido de ayuda para dar a conocer la evolución ideológica del movimiento, queda un poco incompleto, y quizás seria más adecuado hablar de modernidad democrática. ¿Porqué?

Para entender el concepto de modernidad democrática, de poco sirve fijarnos en el nombre, pues como Öcalan explica en los libros del “manifiesto por una civilización democrática”, ha usado estas palabras a falta de poder encontrar otras mejores. El concepto de modernidad democrática se plantea en contraposición al de modernidad capitalista, concepto para definir la mentalidad hegemónica de la civilización actual, que se extiende desde hace varios siglos.

Por modernidad capitalista entendemos la consolidación de la lógica de Mercado como sistema dominante en las sociedades, donde todo se mide en función del coste y el precio. Se centra así toda la atención en la sociedad material, dejando de lado los valores éticos y morales necesarios para que una sociedad exista. La actual aplicación del sistema de Mercado en todos los ámbitos de la sociedad, se sostiene en base a dos elementos que han logrado una hegemonía absoluta: la ciencia positivista y el Estado-nación.

La ciencia positivista, que se consolida como fuente de conocimiento con las ideas empiristas y el método científico cartesiano, promueve el dualismo objeto-sujeto. La idea de una observación “objetiva”, simulando que el sujeto racional es una entidad completamente externa al objeto de estudio, resulta catastrófica cuando se aplica a la sociología. La mentalidad donde solo podemos extraer conocimiento “objetivo” de aquello que podemos ver, experimentar y comprobar, se centra completamente en valores materiales, dando la espalda a los valores éticos y espirituales que han acompañado las sociedades humanas a lo largo de la historia. Son precisamente estos valores inmateriales los que iniciaron la existencia de las sociedades, consolidando un sistema común de ética y moral -un régimen de la verdad- que permitió a la sociedad funcionar más allá del sistema de la tribu o el clan.

Por otro lado, el Estado-nación se consolida como estructura política hegemónica a partir de la llamada revolución francesa. La búsqueda de libertad de las clases populares, oprimidas por el despotismo de los estados monarquico-teocráticos de la europa medieval, fue hábilmente conducida por las ansias de poder de la emergente burguesía. La necesidad de una identidad común que unificara el movimiento antimonárquico, abandonó la identidad moral de la religión para centrarse en la identidad material del ciudadano, que en lugar de servir a Dios sirve al Estado. La premisa de “una lengua, una bandera, una nación” se convirtió en la argamasa del homogenizadora del Estado-nación, causando le negación de cualquier identidad disidente.

Pero, ¿que hay detrás de ese Estado? Así como los sacerdotes y monarcas controlaban la sociedad en base a la fuerza ideológica de “la palabra de Dios”, las élites burguesas, que lograron una gran acumulación de poder material en base al comercio y el dinero, implementaron la ideología de “la mano invisible del Mercado”. El comercio, actividad considerada poco honrada a lo largo de la historia debido a su falta de ética, obtiene una situación central en el nuevo sistema social. La mentalidad materialista del capitalismo logra así desplazar la mentalidad moral de la religión, que tras siglos de convivencia y colaboración con el poder se había corrompido completamente.

Este proceso da inicio a la culminación de la modernidad capitalista, donde los Estados-nación, justificando sus acciones en base a la ciencia positivista, se convierten en la más eficiente herramienta de explotación y opresión. El materialismo extremo de este modelo de sociedad se funde con la herencia patriarcal, chovinista y antropocéntria de la ética judeo-cristiana, ya imperante en las monarquías absolutas. Se construye así una lógica de “máximo beneficio”, que construye su riqueza en base a la explotación de la mujer, la naturaleza y las clases oprimidas.

Entendiendo así la modernidad capitalista, la modernidad democrática consiste en la superación de esta etapa hiper-materialista, partiendo de los valores éticos y las prácticas democráticas subyacentes en la propia sociedad. Para alcanzar dicha modernidad democrática, el movimiento de liberación de Kurdistán no se limita a una definición teórica de lo que “objetivamente” debe hacer la sociedad para superar el capitalismo, pues la ideología que emana da este paradigma huye de la mentalidad positivista y el totalitarismo del Estado-nación. Se sitúa así la organización política no como vanguardia fuera de la sociedad, sino como sujeto transformador dentro de ella, buscando mostrar con la praxis lo que significa ser una sociedad democrática.

La crítica y autocrítica han sido las principales herramientas de transformación y afilado ideológico, permitiendo aprender de la trayectoria revolucionaria que se inspiró 40 años atrás en las ideas marxistas y los movimientos de liberación nacional. Ha sido esta autocrítica, representada en el pensamiento de Abdullah Öcalan y sintetizada en sus libros del “manifiesto por una civilización democrática”, la que ha permitido la redirección estratégica, en base al estudio y a una mayor comprensión de la historia y de las sociedades humanas.

Es importante a la hora de estudiar la historia no caer en el discurso del poder, que nos presenta una Historia donde el Estado es el único modelo posible de civilización. La sociedad civilizada, que nació con la revolución neolítica en base a principios de cooperación y apoyo mutuo -lo que entendemos como sociedad natural– unos 12000 años atrás, busca inevitablemente la forma de librarse de la explotación y opresión de los sistemas de estado, nacidos alrededor de 5000 años atrás. La sociedad democrática, herencia directa de la sociedad natural, ha sobrevivido a pesar de los ataques de los Estados, resistiendo frente a la presión totalitaria y jerarquizadora, tratando de recuperar el estado de sociedad comunal e igualitaria.

Estas resistencias a menudo derivan en levantamientos populares e insurrecciones, que son aplastadas por la superioridad militar de las estructuras de Estado. De vez en cuando, alguna logra un cierto grado de éxito, sobretodo cuando hay detrás un fuerte trabajo de análisis y organización social que permita desafiar el poder centralizador del Estado, desembocando en una negociación que mejora las condiciones sociales o un genocidio donde el Estado extermina la resistencia. Para evitar que estos levantamientos con ansias de libertad se repitan y ganen fuerza, además del exterminio a nivel material e ideológico, el Estado se apodera de los centros de conocimiento donde se escribe la historia (academias y universidades), para asegurarse que su versión de los hechos prevalezca.

Analizando las diversas revoluciones culturales de la historia de la humanidad, de la revolución neolítica al renacimiento, pasando por el nacimiento de las grandes religiones y los grandes sistemas civilizatorios, vemos como los cambios de mentalidad que significan el paso a un estado de civilización superior, no son aquellos que se imponen a la fuerza, sino aquellos que la población asimila por su propia voluntad. Es aquí donde radican las principales criticas del socialismo kurdo al socialismo soviético, donde en base a la opresión que emana de las estructuras del Estado-nación, se trató de diseñar “objetivamente” un sistema al que llamaron socialismo real. Pero una revolución no puede prosperar cuando esta se impone en base al totalitarismo estatista. El socialismo solo puede ser alcanzado como resultado de la libre decisión de la sociedad.

Un análisis profundo de la guerra, la paz y la legitimidad de violencia, junto con una mayor comprensión de historia de la humanidad y los procesos biológicos de la vida misma, se sintetizan en el concepto de autodefensa, otra dimensión clave del paradigma de la modernidad democrática. Entendemos por autodefensa las estrategias y mecanismos de los seres vivos para sobrevivir y no ser exterminados. Concibiendo las sociedades como entidades vivas a nivel colectivo, como se evidencia con los enjambres de abejas o los bancos de peces, es claro que la sociedad humana necesita de sistema de autodefensa colectiva, que nos permitan sobrevivir frente a los ataques del leviatán en que se han convertido los Estados-nación capitalistas.

Las diferentes dimensiones donde el Estado-nación ataca la sociedad y la naturaleza, drenando su energía y sus recursos en base a la expansión colonial y la búsqueda del máximo beneficio, son amplias y diversas. Para lograr emanciparnos (y defendernos) de este lastre que corrompe la sociedad y destruye la naturaleza, es necesario empezar recuperando la sociedad, hoy fragmentada y desposeída de su capacidad de autodefensa. La modernidad capitalista ha llevado las sociedades al borde del abismo individualista, donde los ciudadanos dependen completamente del Estado para resolver sus problemas en lugar de ayudarse mutuamente. Es por eso que el primer paso para dirigirnos hacia la modernidad democrática es la autonomía democrática, concepto clave junto con otros tres que explicamos a continuación: el confederalismo democrático, la republica democrática y la nación democrática.

La autonomía democrática consiste en el proceso de organización social que permita la emancipación del Estado-nación. Se enfoca desde una perspectiva local, a menudo en clave municipalista, buscando organizar la sociedad y reforzar los vínculos entre las personas en base a la autogestión y al apoyo mutuo. A medida que se construyen estos nodos sociales, estos buscan reforzarse y retroalimentarse entre ellos, tejiendo procesos de organización con otros nodos en base a estructuras confederativas. Este proceso de organización entre agrupaciones sociales locales, organizadas de manera autónoma e independientemente del estado, es lo que entendemos como confederalismo democrático.

A medida que se configura esta red democrática confederal, es muy probable que los Estados traten de atacarla usando diferentes métodos de guerra, buscando así perpetuar su dominación y explotación de la sociedad y los individuos que la componen. Para evitar que esto suceda es imprescindible un trabajo diplomático con los Estados, que debe ser contemplado como una estrategia de autodefensa, buscando limitar su poder mediante acuerdos y contratos sociales. Cuanto más organizada y más fuerte sea la sociedad, más margen de maniobra tendrá para doblegar los Estados, cuidando siempre de no dejarse embaucar por estos. Los Estados que respeten la autonomía democrática y la organización en base al confederalismo democrático, es lo que entendemos como repúblicas democráticas.

Estas repúblicas democráticas no deben ser entendidas como el objetivo a lograr, sino como la forma de limitar el poder de los Estados. Las ideas desarrolladas por el socialismo libertario aciertan al señalar el Estado como enemigo, pero carecen de profundidad a la hora de presentar alternativas. El Estado cuenta con amplios y elaborados mecanismos de autodefensa, que deben ser desactivados paso a paso en base a la organización popular de la sociedad. Una confrontación directa contra el Estado es llevar el conflicto a su terreno natural, la guerra militar, escenario en que el Estado dispone de enormes recursos y experiencia. Es por eso que la vía del diálogo debe ser siempre contemplada como prioritaria, buscando así una solución democrática. Pero si el Estado no acepta las condiciones de la sociedad, respondiendo con violencia contra la sociedad, la única alternativa posible es la guerra popular revolucionaria.

El objetivo que debemos perseguir en todos estos procesos, tanto a la hora de construir la autonomía democrática, organizar el confederalismo democrático, como transformar el Estado en una república democrática, es el de construir la nación democrática. El concepto de nación democrática no debe ser entendido bajo el paradigma del Estado-nación de una lengua, una bandera, una patria, sino como la unidad social de gran tamaño que comparte una historia y cultura comunes. Cuando usamos el termino nación, es en parte por falta de una palabra mejor que lo defina, pero nos referimos a la idea de sociedad amplia, compartida por las personas que habitan un territorio común. La nación democrática no se ata a unas fronteras delimitadas en un mapa, sino a una sociedad que se siente afín por compartir valores y mentalidad comunes.

La nación democrática debe enfocarse para construir una sociedad igualitaria y ecológica, buscando la emancipación de la mujer y la defensa de la naturaleza como prioridades. La mentalidad de la nación democrática comprende una serie de dimensiones o ámbitos de acción que deben gestionarse de forma democrática, en base a la ética y la consciencia social. Estas dimensiones comprenden el individuo en la comunidad, la vida social, la vida política, las relaciones de pareja, la gestión de la economía, la estructura legal, la cultura, la autodefensa y la diplomacia. Estas dimensiones interactúan entre ellas y no deben ser entendidas como elementos fragmentados y aislados entre sí, sino como campos interrelacionados a desarrollar para el buen funcionamiento de la sociedad. Las naciones democráticas se convierten así en la nueva unidad para, en base el confederalismo democrático, tejer una red mundial que devenga en una civilización democrática global. Este proceso sería la culminación de la modernidad democrática.

Avjîn Azadî

De la modernidad capitalista, hacia la modernidad democrática

Impresiones desde el G20 de Hamburgo

Los pasados  7 y 8 de julio se reunieron en Hamburgo los líderes de los 19 Estados más poderosos del mundo, además de representantes de la Unión Europea, el FMI y el Banco Mundial.  Su objetivo, explícito en sus propios documentos, era mantener la estabilidad del sistema capitalista y asegurar su continuo crecimiento. En un momento histórico en el que las instancias del poder han desbordado por completo los límites de los Estados-nación, el G20 supone una de las mayores expresiones del poder que rige el mundo globalizado. El Grupo de los veinte es la punta de la pirámide que gestiona el capitalismo y explota la miseria de los trabajadores. Ante él, la respuesta de la izquierda sólo puede ser una: la oposición firme a la cumbre y a todo lo que representa, defendiendo la democracia, la libertad y el derecho a una vida digna para todas las personas. Y eso es lo que se hizo en Alemania hace pocas semanas.

Lo primero que llamaba la atención al llegar a Hamburgo era la cantidad ingente de policía que parecía haber tomado la ciudad. Un día antes de empezar las protestas, cada estación, cada esquina y cada cruce del centro de Hamburgo estaba iluminado por las luces azules de las sirenas de policía. Un helicóptero sobrevolaba constantemente los tejados de los edificios y en algunos lugares había apostados enormes carros blindados y cañones de agua. El operativo policial dispuesto para la cumbre contaba inicialmente con más de 20000 agentes, 3000 vehículos terrestres, 25 helicópteros y 40 cañones de agua. Sin embargo, en los días siguientes se hizo necesario pedir refuerzos, llegando a acudir incluso efectivos desde Austria.

El segundo elemento sorprendente, y de forma más positiva que el anterior, fue la gran infraestructura que los distintos colectivos y organizaciones anticapitalistas habían preparado para las protestas. Desde las estructuras de los campamentos, que fueron capaces de acoger a miles de manifestantes a pesar del acoso policial, hasta el centro de media crítica(FC/MC), en el que se llevó a cabo toda la tarea comunicativa de las movilizaciones. Alimento y bebida, descanso, información, seguridad, asistencia médica y legal… la oposición al G20 no habría tenido la fuerza que tuvo sin todo el trabajo realizado en los meses previos y durante la propia cumbre.

Pero no solo colaboraron en la organización de las movilizaciones los activistas propiamente militantes. Algunos vecinos ofrecían agua y comida a los manifestantes, mientras que otros abrieron sus puertas para que las personas acampadas en la ciudad pudieran ducharse. El FC St. Pauli puso a disposición su estadio para que pudiera acampar más gente, lo que también hicieron algunas iglesias de la ciudad, en torno a cuyos jardines se construyeron enormes campamentos.  Rose, que participa habitualmente en la Iglesia evangélica de St. Johannis, afirma que los manifestantes no podían estar seguros durmiendo en la calle con tanta policía. Por ello les ofrecieron los terrenos de la Iglesia, a los que las fuerzas de seguridad tiene mucho más difícil acceder.

El tercer elemento a destacar son los disturbios. Comenzaron el jueves, y se extendieron hasta la noche del sábado. Participó en ellos mucha gente, tanto encapuchados como no encapuchados, tanto alemanes como internacionales. No fueron, como algunos medios se empeñan en decir, meros actos vandálicos de violentos procedentes del extranjero, sino la expresión del descontento de personas que sufren día a día la violencia del capital. Los manifestantes causaron disturbios no por un extraño gusto por la violencia, sino por la necesidad de buscar una verdadera confrontación con el orden del sistema, una confrontación que por desgracia no conllevan las manifestaciones pacíficas perfectamente coreografiadas por la policía. Lo que los manifestantes quería no eran simplemente expresar su rechazo comedido al capitalismo y a la cumbre del G20, sino impedir o al menos entorpecer su realización.

Pese a todos los intentos del Estado por evitar los disturbios, estos desbordaron por completo a la policía, adquiriendo un protagonismo mayor que la propia cumbre. Las revueltas mandaron un mensaje: no se puede celebrar un encuentro del G20 sin que haya problemas, no se va a permitir que los dueños del mundo se reúnan para asegurar la continuidad de un sistema injusto y criminal que atenta contra la vida de las personas y del planeta.

Los grandes medios de comunicación afines al poder han intentado generar un discurso de rechazo a las protestas, centrado en la violencia, que separe a los manifestantes en buenos y malos, o directamente criminalice la totalidad de las movilizaciones caracterizándolas de extremistas, irracionales, violentas  o peligrosas. En esta línea, hace pocos días el ministro del Interior alemán, Thomas de Maiziere, equiparaba a los manifestantes con “terroristas islamistas”.

Estos discursos que acusan de violentos a los manifestantes parecen estar ciegos hacia la violencia sistemática infinitamente más brutal que supone el capitalismo. Y es que lo que realmente se pretende con esta estrategia es convertir a los manifestantes y sus protestas en algo ajeno a la gente común. Definir a las personas que protestan como extraños, como Otros, hace imposible toda comunicación y corta así toda la potencia de los movimientos transformadores.

Cómo ha sido leído el G20 y sus protestas por la mayoría de la gente es algo que todavía no está claro. Dependerá, como cualquier otro acto político contrario al sistema, de la batalla entre los intentos del poder de convertirlo en algo ajeno e ininteligible y los esfuerzos de la izquierda de llevarlo al terreno de la normalidad. Por ello, es fundamental que el movimiento anticapitalista siga un discurso y una praxis que puedan ser entendidos. Esto no quiere decir que haya que reducir la radicalidad de nuestros objetivos (radical, del latin radicalis: relativo a la raíz, a la causa profunda y última), sino que es necesario hacer lo posible porque esos objetivos se entiendan, acercándose a la gente, hablando de forma clara y abierta, de igual a igual y de forma no intimidatoria.

Las protestas del G20, además, han tenido una gran relevancia internacional y han supuesto el encuentro entre las luchas anticapitalistas de distintos territorios, ayudando a generar un discurso y un lenguaje común. Sin embargo, no hay que olvidar que el trabajo militante fundamental no está en este tipo de eventos, sino en el quehacer cotidiano, en la militancia del día a día que paso a paso construye las condiciones favorables para la revolución, que poco a poco acerca un poco más el mundo que queremos. Este trabajo, aunque mucho menos visible que los disturbios que han llenado estos días portadas y telediarios, es la verdadera tarea que aquellos que queremos transformar el mundo debemos realizar.

Germán Santos

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