La institucionalización del lenguaje

Por Cosaco Libertario

Desde las más remotas naciones, la comunicación ha sido para ellas esencial. No es raro que tuviesen, no sólo su propio idioma o lenguaje, sino una diversidad gráfica impresionante: desde jeroglíficos hasta el alfabeto tradicional, pasando por las runas celtas, el alfabeto cirílico y la escritura árabe.

Pero, lejos de la diversidad y la necesidad de comunicación entre grupos cercanos, surge el peor de los males: la institucionalización del lenguaje. Es su tipificación, su normalización y su imposición social la que hace de este la más salvaje de las epidemias: el nacionalismo. No es raro que toda nación reivindique como propia una lengua o un dialecto. Ni es extraño observar que quien reivindica soberanía nacional tenga, entre otras, una lengua de por medio. Tampoco es extraño que los primeros reinos y naciones (conformadas como tal), surjan como consecuencia de la institucionalización del lenguaje o viceversa, pero están arraigados, mutuamente. Véase el más claro ejemplo en la nación española, que surge como tal con la unificación de los reinos de Aragón y Castilla, y, paralelamente casi a la par, Antonio de Nebrija establece las normas del castellano, su gramática y lo que rápidamente se convertiría en una norma social (de la nación). Pero no es el único: en la nación rusa y todas sus evoluciones, pasando desde el Rus de Kiev (siglos X-XI), el Rus moscovita (XV-XVII) hasta la edad contemporánea y el ruso moderno, y sus etapas intermedias. También el italiano y  la “Accademia della Crusca”, una vez restablecida por Napoleón, surge poco después el Risorgimento, o lo que viene a ser el movimiento de unificación italiana. Tampoco es raro que, el estado islámico pretenda institucionalizar su lengua en todos los territorios que quedan bajo su dominio.

Es decir, para la formación de estados se buscan elementos de cohesión social, muchas veces también de exclusión (elementos de pertenencia y enemistad), que vienen a derivar, en muchos casos, odio al exogrupo (grupo ajeno al propio) y amor extremo al endogrupo (grupo de pertenencia), dando así lugar a cánceres sociales como el chovinismo, el racismo, la xenofobia y la rivalidad.

No es raro que, con su institucionalización, surjan, en su vanguardia, el adoctrinamiento y el autoritarismo. ¿Por qué? Bien, partiendo de que la lengua y su construcción son la herramienta fundamental de la comunicación, entonces podemos afirmar que ésta será variable, en tanto en cuanto no es estática (ni temporal ni territorialmente). Por lo tanto, el lenguaje debería tender a ser variable a zonas que hoy llamamos fronterizas pero que antes no eran sino zonas intermedias entre lo que hoy se denomina “lenguas puras” (las lenguas puras  no son sino imposiciones territoriales, bien económica o militarmente, de aquellas zonas donde dichas lenguas se hablaban). Y no es raro que, aun viviendo a escasos metros, las zonas fronterizas pueden llegar a no entenderse, bien por estados que fomentan el analfabetismo, o bien por estados que fomentan la institucionalización del lenguaje. Todas son consecuencias de las fronteras, inherentes de cada estado, que sirven para defender lo propio en aras de la nación-estado y de su clásica xenofobia. No es extraño que en las fronteras con Marruecos, aquellas personas que por vías legales o ilegales entran, en su mayoría, no conozcan el castellano, y muchas veces habiendo vivido en la periferia fronteriza. Ni tan siquiera hay una mezcla sustancial y palpable de los dos idiomas imperantes que puede surgir de la necesidad de comunicación. Y en caso de existir, existe por meros intereses económicos (comercio con el país vecino, mercancías más baratas-muchas veces consecuencias del aprovechamiento del “dumping social”) y nunca como sentimiento de solidaridad, entendimiento, unión y horizontalidad. Muchas veces, quienes proceden de lo que llamamos un país desarrollado, en su osadía y prepotencia, así como en su situación existencial, miran por encima del hombro, como si de amo a esclavo se tratase, o incluso peor, desde el egoísmo caritativo (que viene a ser que, “pobres aquellos, pero ojalá a mí no me pasase”; similar al que sucede con personas con minusvalía). No es raro, tampoco, que en la frontera francesa, existan personas con pleno desconocimiento del castellano, euskera o catalán, sin existir ni tan siquiera una lengua intermedia, procedente de la necesidad de comunicación. Con la institucionalización, y la división nacional en fronteras, quienes viven unos metros más allá que acá tienen que ser, o bien criados en el bilingüismo, por una necesidad pragmática de comunicarse con sus vecinos, o en el monolingüismo, dejando aparte de sus vecinos sin una comunicación accesible para él, dándose la paradoja de que el idioma, lejos de servir para comunicar, sirve para aislar a las personas en su diversidad de procedencias.

Se  puede hablar de que la normativización del lenguaje ha hecho de la sociedad la necesidad de una normativa siempre, pues, si hasta en el lenguaje tenemos la autoridad suprema (las normas tipográficas, gramaticales y ortográficas) y en la mismísima educación la autoridad es el profesor (además de ejecutar la dualidad de misericordioso-castigador), dictando y haciendo de su cumplimiento un dogma, ¿en qué se diferencia del estado, valiéndose de su autoridad para adoctrinar sobre su imperante necesidad de existir, y que tiene al profesor como vínculo, y a la policía e instituciones gubernamentales (jueces, fiscalías…) como verdugos o benévolos?

Y muchos dirán, ¿por qué escribir una crítica a la institucionalización en un castellano que cumple a rajatabla las normas? Y la respuesta es, como apunté al principio, una necesidad de comunicación.

Distopías en línea IV: Colapso, fascismo y supervivencia

En las anteriores entradas de esta serie hemos analizado el tecnooptimismo encarnado en la estética hacker; hemos hablado también del desastre relacional y humano al que nos dirige la dominación tecnológica; y, por último, entramos de lleno en las posibilidades de una futura sociedad opresiva, violenta y autoritaria. La ya ineludible crisis ecológica y social hacia la que nos encaminamos es un tema que ha recorrido el fondo de cada una de las distopías del marco cultural que hemos trazado. Este tema no aparece de manera explícita en la serie que tratamos en esta nueva entrada, The Walking Dead. Sin embargo, esta serie es el producto cultural que nos habla con mayor claridad sobre cómo determinados aspectos de la sociedad actual pueden desarrollarse ante un posible derrumbe de las estructuras sociales dando luz a un futuro distópico. Es más, lejos de plantear una crítica, TWD motiva en cada emisión nuestros impulsos más reaccionarios, animándonos a sobrevivir aceptando las consecuencias de la autoridad dictatorial, la división de tareas, la violencia patriarcal, la destrucción del medio, la violencia física y psicológica, la sumisión de quien nos amenaza… En realidad, prepara una moralidad retorcida frente previsibles crisis, una colección de valores absolutamente funcional al poder.

The Walking Dead lleva ya 8 temporadas a sus espaldas. Nació en pleno resurgir del fenómeno zombi en todas sus manifestaciones, pero ha seguido caminando una vez muertas buena parte de las expresiones que constituyeron esa moda. Lejos de mostrar signos de cansancio, hace unos años dio lugar a un spin-off llamado Fear The Walking Dead, cuya historia se desarrolla en el mismo contexto de holocausto zombi, aunque diverge por completo de la historia de los comics que inspiran a la original.

En esas 8 temporadas nos ha hablado de cómo enfrentarnos a un colapso civilizatorio, encarnado aquí en la expansión de una plaga misteriosa que convierte a las personas en fieras hambrientas. Los caminantes son seres irracionales reducidos a sus más bajos instintos, dedicados a caminar en masa hacia su objetivo y sin más capacidad para comunicarse entre sí que sus gruñidos. La descripción bien podría hacer referencia nosotros, seres humanos del capitalismo tardío, pero dado el abuso del zombi como metáfora social, será mejor no entrar ahí (muertos dentro). Lo cierto es que TWD desaprovecha en gran medida esa capacidad metafórica de sus caminantes para plantear hipótesis críticas.

Lo fundamental en la serie de los caminantes es que la verdadera amenaza no está en esos no-muertos cargados de maquillaje y posproducción; sino en las propias personas. El infierno son los otros; el hombre es un lobo para el hombre. Estas, junto a una calculada aleatoriedad a la hora de cargarse personajes, parecen ser las máximas que guían toda la trama. Lo más terrorífico es cómo se construye a partir de estos ingredientes una burda justificación del más brutal autoritarismo, con fuertes tintes patriarcales e individualistas. Atención a los spoilers: Durante las primeras temporadas un grupo aterrorizado acepta ser liderado por Rick, un sheriff texano abiertamente machista y violento (interpretado además por un actor mediocre). Lori, su mujer, es el arquetipo femenino de madre y esposa, carcomida por la culpa tras haberse acostado con el compañero de su marido, Shane, después de que este le asegurara que Rick había muerto. Rick se dedica con ahínco, violencia y asesinatos de por medio a la tarea de liderar con mano de hierro a un grupo necesitado de su tutela. Entre otras vicisitudes, Rick acaba por asesinar a Shane a sangre fría, con la excusa de que se había convertido en un amenaza para la supervivencia (sobre todo, de su ego y su autoridad). El triple salto machista posterior, por si lo de antes no hubiese sido suficiente, merece la pena ser comentado: Lori es rechazada después repetidamente por Rick, y finalmente muere en el parto de su hija Judith, cuyo padre podría ser Shane. Es decir, muere consumida por su “pecado” en un capítulo con el paradigmático nombre de “Killer within” (Asesino interior). Tras el parto y la muerte de la madre, un Rick arrepentido decide hacerse cargo del bebé. Es una forma de hablar, claro, porque los cuidados del bebé recaerán en adelante sobre cualquier mujer del grupo (excepto que, por exigencias del guión, se requiera mostrar a un Rick paternal).

Este arco argumental no es ni mucho menos la única referencia machista de la serie. El patriarcado goza de buena salud tras el apocalipsis. Desde los múltiples liderazgos masculinos de las distintas comunidades hasta personajes como Andrea, esa mujer que “no es como las demás chicas” y que, en lugar de quedarse en el campamento, sale de cacería con el resto de hombres. Uno de los escasos liderazgos femeninos que aparecen en la serie, representando un modelo político liberal, es fuertemente cuestionado por el modelo autoritario y patriarcal hegemónico en la serie, resultando este último legitimado por el desarrollo posterior de la trama.

Es el miedo a lo que hay afuera lo que justifica el comportamiento reaccionario y sumiso de la mayor parte de los personajes, el que asegura la autoridad de los fascistas de medio pelo como Rick. Una xenofobia alimentada por la trama, donde los zombis son una mera excusa. El argumento no tiene nada de novedoso, es el mismo que utiliza la derecha cuando hace uso de la amenaza terrorista para legitimar medidas racistas y de control social que perpetúan la desigualdad.

Los comportamientos de los personajes refuerzan este mensaje. Los individuos de TWD se comportan de forma egoista, irracional y ridícula cuando actúan por sí mismos. Son incapaces de cooperar. Nunca se rebelan de manera conjunta o mínimamente inteligente si no es bajo la batuta de una autoridad fuerte. Esta idea cínica y pesimista de la condición humana, que se pretende “realista”, es el sustrato del fascismo. El apoyo mutuo, la convivencia entre iguales o la misma democracia apenas tienen espacio más que como frivolidades de idealistas, mucho menos como realidades materiales fundamentales para la sociedad.

La aparición de Negan y los salvadores da alas a este mensaje con una defensa abierta del liderazgo dictatorial y violento que defiende cierto nivel de bienestar para una minoría. El poscapitalismo nos trae aquí un ascenso del fascismo. Al menos en ese sentido la serie puede funcionar como advertencia. ¿Qué ocurre cuando las estructuras sociales se desmoronan en una sociedad arruinada por el individualismo mezquino, absolutamente dependiente de fuentes energéticas decadentes y atravesada por el egoismo capitalista? Es una pregunta a responder, aunque TWD lo haga de forma simplista. Yo propongo una más ¿Qué vamos a hacer al respecto como demócratas, socialistas, libertarios y partidarios del poder popular? Porque aunque el apocalipsis zombi sea ficción, las amenazas ecológicas y económicas están muy presentes en el mundo real.

En definitiva, The Walking Dead se regodea en el darwinismo social y responde de forma zafia, machista y castrense a los dilemas morales que pretende plantear. “Es muy realista”, declaraba no hace mucho Danai Gurira, la actriz que interpreta a Michonne. “La serie muestra un panorama muy similar a cómo se comporta la gente en la guerra”. Tenemos regularmente en nuestras pantallas, por tanto, una justificación del fascismo, presentado además como el único camino para recuperar el bienestar de unos pocos.

Si los zombis son un reflejo de nuestros miedos, la respuesta no puede ser más aterradora.

Neoliberalismo, autoritarismo y el auge de la extrema derecha

¿Cómo se alimenta y hacia dónde nos dirige la extrema derecha?

 

Resulta ya evidente que el crecimiento de la desigualdad en el mundo desarrollado a partir de los años ochenta, y más aún desde la crisis de 2008, ha creado descontento social y desestabilizado los regímenes políticos. Ya lo predijo Karl Polanyi: bajo la economía de mercado la libertad degenera “en una mera defensa de la libertad de empresa” que significa “la plena libertad para aquellos cuya renta, ocio y seguridad no necesitan aumentarse y apenas una miseria de libertad para el pueblo, que en vano puede intentar hacer uso de sus derechos democráticos para resguardarse del poder de los dueños de la propiedad”. Por eso la visión liberal utópica sólo puede sostenerse mediante la fuerza, la violencia y el autoritarismo. “El utopismo liberal o neoliberal está abocado, en opinión de Polanyi, a verse frustrado por el autoritarismo, o incluso por el fascismo absoluto”[i].

La respuesta ante el resquebrajamiento del consenso social ha sido a menudo un incremento de la coerción. En EEUU a partir de los años ochenta los gobiernos neoliberales iniciaron reformas penales de carácter cada vez más represivo que cuadriplicaron el número de reclusos entre 1980 y 2008, y junto con los efectos del racismo han llevado a que uno de cada doce varones afroamericanos de entre 25 y 54 años se encuentre en prisión. Los gobiernos de Francia y Reino Unido respondieron a sus revueltas urbanas de 2005 y 2011 respectivamente con un endurecimiento de la represión hacia los jóvenes de los barrios pobres y guetificados. El gobierno español reaccionó a las movilizaciones sociales a partir de 2011 con cuatro reformas del código penal -una de ellas la Ley Mordaza-. Más recientemente, el gobierno francés ha aprovechado los atentados islamistas para establecer un estado de excepción “temporal” que renueva cada tres meses, lo que supone una fuerte restricción de las libertades.

Éste es el contexto en el que toman fuerza las opciones políticas de extrema derecha en muchos países occidentales. Por un lado, aprovechan que el incremento de la desigualdad y el descontento social han desgastado notablemente a los partidos que se turnaban en el gobierno. Por otro lado, su discurso sobre la necesidad de imponer seguridad encaja bien con el sentido común securitario y nacionalista promovido por las autoridades en las últimas décadas. Por ejemplo, en Francia las posiciones islamófobas que exhibía el Frente Nacional en los años ochenta se fueron poco a poco extendiendo a todo el arco político, institucionalizándose como “consenso republicano” con la prohibición del velo en las escuelas públicas en 2003, la extensión de la prohibición a todos los funcionarios públicos, la prohibición del velo que cubre el rostro en 2010, las polémicas sobre las estudiantes que intentan llevar el velo en la universidad o en las escuelas privadas, o el intento de prohibición del burkini el verano pasado. En 2012 inició la escalada de atentados terroristas ejecutados por ciudadanos franceses islamistas que pretenden estar haciendo la “yihad”. En el ambiente de terror y creciente represión que siguió, Marine Le Pen ha podido vender más fácilmente las posiciones del Frente Nacional como “laicas” y “republicanas”. El partido que hace veinte años era visto como enemigo de la República se presenta hoy a sí mismo como el más eficaz valedor de “los valores republicanos” y de la seguridad de la patria. De modo similar, la extrema derecha británica del UKIP desarrolla en buena medida el populismo tory nacionalista de Margaret Thatcher, y su programa está a su vez siendo aplicado en buena parte por el gobierno de Theresa May[ii].

La experiencia estadounidense como indicador

Es difícil adivinar lo que deparan los gobiernos de extrema derecha, pero algo ya se puede conocer por la experiencia estadounidense. Contrariamente a lo que afirmó Zizek, las declaraciones racistas y misóginas de Trump no eran simplemente muestras de “mal gusto” discursivo que rompen la “corrección política”. Tanto durante su campaña como en los meses que lleva de presidencia han tenido ya efectos materiales muy evidentes, como la proliferación de agresiones neonazis o racistas contra personas afroamericanas, el incremento de influencia de los portales de noticias neonazis, o el incremento de amenazas y bullying en las escuelas contra alumnos hispanos por parte de sus compañeros de clase. El discurso de Trump no es meramente “vulgar” o “de mal gusto” de acuerdo con unos parámetros estéticos dados -como es fácil opinar desde la perspectiva de un varón blanco-, sino que tiene efectos muy considerables porque legitima prácticas sociales que refuerzan sistemas de dominación[iii]. Asimismo es un discurso que -como ocurrió con el fascismo de entreguerras- trata de dividir a la clase trabajadora para construir una solidaridad interclasista entre empresarios capitalistas multimillonarios como Trump, capas medias acomodadas -que fueron sus principales votantes- y un sector de las capas populares.

Otra característica de este discurso -que lo acerca al fascismo de entreguerras- es su apariencia antielitista. Dado que no pretende alterar la acumulación de riqueza por parte de la élite de millonarios de la que forma parte, el discurso antielitista de Trump se dirige contra las élites culturales. Así construye retóricamente una oposición entre un vago “establishment” en el que no se incluye y el pueblo llano. La posesión de capital cultural es un indicador probable de cercanía a las élites políticas y económicas, pero el significante es aquí confundido con el significado hasta reemplazarlo: el problema no son quienes concentran el poder económico y político sino quienes concentran capital cultural y son así de algún modo “privilegiados”. El desplazamiento del malestar de clase hacia los trabajadores de la industria cinematográfica y los medios de comunicación permite presentar a los empresarios multimillonarios -como Trump- como padres benévolos. Las fuerzas de extrema derecha en otros países siguen un procedimiento similar, que puede llevar en algunos casos incluso a procesamientos aislados de personas poderosas. Así por ejemplo en España el sindicato ultraderechista Manos Limpias se enfocó en la lucha contra personajes poderosos corruptos ante la opinión pública, al tiempo que practicaba la extorsión como modo de financiación interna.

La política de gestos simbólicos de Trump se puede encontrar también en su fetichización de la soberanía a través de su insistencia en la construcción de un “gran muro” en la frontera con México.  En el Reino Unido se ha analizado cómo las reivindicaciones de soberanía por la extrema derecha, que tanto contribuyeron al Brexit, parecen responden a una nostalgia por una ciudadanía que antes otorgaba derechos y que bajo el neoliberalismo se ha vaciado de su contenido económico y social. La extrema derecha añora la vieja ciudadanía, pero más que reivindicar los derechos sociales y económicos da vueltas alrededor de la propia noción de “ciudadanía que otorga derechos” (entitlement) considerándola un fin en sí mismo; para simbolizarla se dedican a una política de señalar a un «Otro» no perteneciente a la nación.

Trump se refiere obsesivamente a su muro porque lo utiliza como un símbolo de la protección de un “nosotros” frente a los “otros”, al igual que las deportaciones de indocumentados. Del mismo modo que los políticos de extrema derecha de Reino Unido o Francia, Trump centra su proyecto en alabar (en su lenguaje, “devolver la dignidad”) al “nosotros” frente a aquellos que constituyen una amenaza externa y/o interna. Aquí radica una diferencia crucial con proyectos progresistas a veces denominados “populistas”, que no intentan dividir discursivamente a la clase trabajadora. El desprecio por el principio liberal de tolerancia, acompañado de la exigencia de asimilación para las personas de orígenes étnicos diferentes, constituye una forma de disciplinar y “normalizar” a un sector amplio de las capas populares y se relaciona hasta cierto punto con el aumento de la represión interna. En el caso de Francia, por ejemplo, ha aportado una gran cantidad de trabajadoras entusiastas y dóciles al sector del telemárketing, que es casi el único donde todavía pueden encontrar trabajo las mujeres musulmanas con velo.

El discurso de Trump se ha acompañado ya de un conjunto de medidas políticas neoliberales, racistas y misóginas. Entre las medidas neoliberales destacan el intento por desmantelar el seguro social o el cierre de agencias gubernamentales que suponían límites al libre mercado, como la agencia de medioambiente. Entre las medidas racistas, la prohibición de entrada a los Estados Unidos de ciudadanos de varios países musulmanes en los que Trump no tiene intereses empresariales. Entre las medidas misóginas, las medidas tomadas para recortar la financiación del derecho al aborto. Supuestamente Trump busca disminuir el desempleo de las capas populares a través del proteccionismo arancelario -un impuesto al consumo que pagarán los consumidores estadounidenses de productos baratos made in China-, y mediante el abandono de tratados internacionales de libre comercio. Esto último es difícil que pueda tener efectos estadísticos sobre el desempleo porque no se acompañará de ninguna redistribución de riqueza en el seno de las empresas.

Las medidas más racistas y misóginas de Trump han despertado fuertes protestas entre un sector de la población estadounidense. Sin embargo, las medidas de proteccionismo económico o la prohibición de entrada a ciudadanos de varios países musulmanes también han generado la respuesta indignada de algunas grandes empresas que vean afectada su mano de obra, como Facebook, Google o TripAdvisor, entre otras. Se produce de este modo un conflicto entre distintos sectores del gran capital, que pueden buscar alianzas entre sectores de las capas medias y de las capas populares según líneas de fractura étnico-raciales.

Nuria Álvarez

Blog personal: https://latercarealidad.wordpress.com/

[i]     David Harvey, Breve historia del neoliberalismo, Ediciones Akal, Madrid, 2007, página 42. Se basa en Karl Polanyi, The Great Transformation, Beacon Press, Boston, 1954.

[ii]    Javier López Alós, “Más allá de UKIP: el populismo en el Reino Unido, 14/12/2016. Disponible en: http://ctxt.es/es/20161214/Politica/10015/Brexit-populismo-UKIP-Farage-Thatcher.htm

[iii]   Como ya explicó Bourdieu, los efectos performativos de un discurso se derivan fundamentalmente de la posición social del emisor de ese discurso.

Enlaces del mes: Enero 2014

  • En Todo por Hacer leímos un artículo que analiza la ley mordaza, que pretende atajar la protesta social aumentando la represión y la mano dura contra los movimientos sociales.
  • Un audio donde Rafael Cid nos habla de sus impresiones sobre el proyecto de Pablo Iglesias y cómo este se sale de las dinámicas que generalizó el 15M. También podemos leer las palabras de Carlos Taibo al respecto.
  • En Borroka Garaia Da analizan la conexión de las luchas en Gamonal con las luchas en EH, concluyendo: «Lo que está ocurriendo en Gamonal está lejos de tener una conexión vasca. Y no hablo de la kale borroka sino del modelo de participación horizontal de democracia participativa, de la auto-organizacion asamblearia como punta de lanza y no accesoria y subsidiaria. Es decir, apartando parte de los males que han asediado a la izquierda, el protagonista no son ni partidos ni organizaciones sino el mismo pueblo».
  • Un texto sobre la relación entre la falta de conciencia de clase y la burla generalizada hacia los canis.
  • De cómo el gobierno utiliza el discurso de los derechos de las personas con discapacidad para limitar la libertad de las mujeres a decidir sobre su cuerpo, en Pikara Magazine.
  • En alasbarricadas.org podemos leer un análisis sobre los escenarios donde podría tener cabida e incidencia el municipalismo libertario.
  • Un artículo sobre cómo distintas formas de autoritarismo estatal se asemejan al fascismo. La idea de la democracia representativa no es más que una fachada para un trasfondo de pobreza masiva, sumisión a las corporaciones, manipulación mediática, intervenciones paraestatales y, en definitiva, opresión de la mayoría a manos de una minoría en el poder.
  • El futuro ha de ser verde, rojo, negro y femenino; así se expresa Robert Jensen: «La especie humana ha de reconocer que cualquier futuro que nos permita retener nuestra humanidad tendrá que prescindir del capitalismo, el patriarcado y la supremacía blanca —y basarse en una visión del mundo ecológica—».
  • Dos entrevistas muy interesantes en el periódico CNT. La primera, a Heleno Saña: «En su fase de plenitud, el anarquismo era un movimiento de masas […] gracias a cuya militancia fue posible, en el curso de la guerra civil, colectivizar la economía, una gesta que desde entonces no se ha repetido en ningún otros sitio y que quedará como testimonio imperecedero de lo que puede ser una sociedad autogestionada. […] Lo que queda de anarquismo y anarcosindicalismo es «hoy solo una pálida sombra de lo que fue en el pasado, también en España»[…] lo más triste es la división que reina en el seno del movimiento libertario, también las rivalidades y querellas internas entre los diversos grupos y bandos y las animosidades personales». La segunda, a Laure Akai, nueva secretaria general de la AIT: «Creo que sería positivo que pasemos más tiempo discutiendo para poder desarrollar unas buenas ideas y aplicarlas a la realidad, que tratando de hacer una docena de cosas para una impresionante lista de planes. La verdadera prueba para nosotros es hacer algo viable y positivo de estas ideas».

[Recomendación] ¿Cómo se crearon las bases psicológicas de masas para la civilización autoritaria?

Dado que esta recomendación de domingo llega un poco tarde, os dejo un texto más bien cortito (pero de gran interés). Es un extracto del Ateneo Virtual que podéis visitar en ALasBarricadas.org, y lleva por título «¿Cómo se crearon las bases psicológicas de masas para la civilización autoritaria?»

En este texto encontraréis referencias a los roles que la familia, el nacionalismo, y el patriarcado tienen sobre la génesis de la mente autoritaria. Una buena lectura para cerrar una buena semana.

Lee ¿Cómo se crearon las bases psicológicas de masas para la civilización autoritaria? haciendo click aquí.