Los problemas del sectarismo y las alianzas. El caso de la relación CNT-UGT en 1934-36

@BlackSpartak

Comenzando por el final, La Revolución española, iniciada en julio de 1936 tuvo un brusco final en el verano de 1937. La alianza entre estalinistas, republicanos y la derecha socialista dio pie a un gobierno contrarrevolucionario que logró la hegemonía en el bando republicano liquidando las conquistas revolucionarias.

Hasta aquí, es algo que la mayoría conocemos. Lo que quizás no conozcamos tanto es la implicación de las bases socialistas en los procesos revolucionarios de 1936-37. La UGT participó en numerosas colectividades agrarias y también la industria. Allí donde los liderazgos socialistas se lo permitían las bases se unían alegremente al proceso socializante. Por tanto podemos ver que existía una izquierda socialista partidaria de la revolución, que CNT de hecho pretendía atraerse.

Lo que CNT no tuvo muy en cuenta es que la izquierda socialista en realidad se había “bolchevizado” (concepto de la época que más bien implicaba que se había “estalinizado”). Muchas veces en esta época CNT-FAI propugnaron la unidad CNT-UGT, sin tener en cuenta que en muchos casos decir UGT era decir Partido Comunista. Y en los otros era decir PSOE.

Pero, ¿cómo se pudo hacer la UGT bolchevique? Aquí, ya no me enrollo más y volvemos unos años en el tiempo.

En 1930 los comunistas quisieron contar con una central sindical propia y para ello crearon los “comités de reconstrucción de la CNT”. Sus cuadros se volcaron a crear sindicatos de CNT antes de que los anarquistas reaccionasen para reconstruirla. Pero, he aquí que en muchos lugares ya habían reaccionado, y en otros lugares cuando lo hicieron los sectores comunistas no tuvieron nada que hacer. En el Congreso de Madrid, en junio de 1931, se incluyó una cláusula (por influencia de Joan Peiró) en los estatutos por la que los sindicatos no podrían tener miembros de los partidos políticos en sus juntas y comités. Esto dejaba la vía libre a los anarquistas y se la cerraba a los comunistas y republicanos que pululaban por los sindicatos revolucionarios de CNT.

Entonces los comunistas tuvieron que crear su propia central sindical, que nunca logró salir de la marginalidad. Estamos hablando de que en su mejor momento rondaba los 150-180.000 afiliados según las cifras aportadas por los comunistas. Seguramente eran menos de 100.000 en realidad. Algún autor lo rebaja incluso a 40.000 y otros lo cifran en 90.000.

Los socialistas por su parte habían impulsado la República. Y tras su proclamación participaron del primer gobierno republicano-socialista en los años 1931-33 en el cual tuvieron tres ministerios. Aquel gobierno fue bastante nefasto y no logró sus objetivos básicos de aportar bienestar al pueblo o de desmantelar las estructuras caciquiles y semi-feudales de la monarquía. En dos años 400 personas murieron por causas “sociales”  (por la acción de la Guardia Civil y del ejército generalmente) y 9.600 fueron encarceladas (casi todas de la CNT). Por consiguiente, el anarcosindicalismo le declaró la guerra a este gobierno y lo hizo entrar en crisis interna hasta que en septiembre de 1933 los socialistas se apartaron del gobierno y lo hicieron caer.

El origen de esta crisis interna se basa en dos factores. Por un lado en la política internacional. En enero del 33 Hitler subió al poder y derrotó a socialistas y comunistas que en teoría juntos eran más fuertes que los nazis. El triunfo fascista fue un duro golpe para el socialismo internacional, y el ala izquierda del socialismo español tomó buena nota. El segundo factor fue interno. El socialismo acertó al crear en 1929 una organización campesina propia, la Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra, FNTT. Esta organización era parte de UGT y rápidamente formó parte de su ala más izquierdista, en parte por causa del ambiente que había en el campo andaluz y extremeño (que fueron quienes más muertos pusieron de los que he nombrado arriba). La FNTT en 1932 contaba con 450.000 afiliados y era aproximadamente la mitad de la UGT. Además este dinamismo comenzó a ser compartido por otros sectores del movimiento obrero adscrito al socialismo y la temporada de huelgas de 1933 fue de las más grandes que se recuerda.

Estas luchas sociales crearon un caldo de cultivo para la radicalización intelectual. El partido necesitaba reaccionar o perderían la mitad de su movimiento que inevitablemente buscaría otros referentes. Quien reaccionó fue Largo Caballero, Araquistáin, Nelken, Álvarez del Vayo, etc. que eran las figuras más reconocidas de la izquierda socialista. Largo Caballero fue ministro de trabajo en aquel primer gobierno republicano, y a pesar de ello fue capaz de comprender que desde un gobierno de la pequeña burguesía no se podía cambiar el país. Se necesitaba un gobierno proletario. Este grupo tuvo una gran importancia en el campamento de verano de las Juventudes Socialistas de agosto de 1933 que se saldó con la radicalización definitiva de los jóvenes (con Carrillo y Hernández Zancajo a la cabeza).

Los socialistas no repitieron coalición con los republicanos en noviembre de 1933 y las elecciones las ganó la derecha. Pero en contra de toda lógica, achacaron su derrota electoral a que el fascismo estaba avanzando en España. Por tanto había que confrontarlo. Y al fascismo se lo derrota con la revolución. En estos momentos tienen lugar los duros enfrentamientos en Austria entre el estado fascista y los socialistas, tras el auto-golpe de Dollfuss. La respuesta del socialismo esta vez fue de enfrentamiento armado que duró una semana, a diferencia de Alemania. Este ejemplo sirvió también para clarificar cómo se tenían que hacer las cosas.

En aquellos meses apareció la idea de la Alianza Obrera. Era un concepto acuñado por Joaquín Maurín del BOC y que servía para unificar todo el movimiento obrero en un frente común. Pero ni la CNT ni los comunistas quisieron participar, o lo hicieron de forma irregular.

A lo largo de 1934 tienen lugar una serie de huelga como la de Zaragoza, en la que colaboran CNT y UGT, y la del campo de Extremadura, que son consideradas por muchos como ensayos de la revolución. Nada que ver con las insurrecciones anarquistas previas (quitando la del Alto Llobregat que fue espontánea, y que quizás por ello salió bastante bien) que se saldaron con sonoros fracasos.

De manera que llegamos al 6 de Octubre, momento en el que se desencadena la huelga general revolucionaria contra la entrada en el gobierno de la CEDA, partido que los socialistas consideraban como filo-fascista. La huelga produce enfrentamientos en toda España, pero será famosa por Asturias. Aquí la CNT se une al movimiento revolucionario y el proletariado logra tomar las cuencas mineras cayendo luego sobre Oviedo. Tiene que intervenir el ejército a toda prisa y se ve paralizado por columnas milicianas que lo combaten durante 15 días hasta que se agotan las balas.

El impacto de Octubre es tan grande que conmociona todo el país. Asturias lo cambia todo. Los comunistas se habían unido a la Alianza solamente unos días antes. Luchan bien, tienen los objetivos muy claros, son buenos cuadros, tienen propaganda y sobretodo una buena red de ayuda solidaria. Así, el Socorro Rojo ayuda a 600 huidos, muchos de los cuales eran socialistas. Algunos llegan a incluso la URSS como refugiados. Por otro lado la CNT asturiana demuestra la potencialidad de colaborar con los socialistas. El resto de la Confederación queda en evidencia. Se escudan en que los socialistas no iban en serio, que no había armas, que los iban a traicionar nada más salir a la calle. Bien, lo mismo a priori iba a pasar en Asturias y aún así corrieron el riesgo.

En 1935 toda la izquierda hace balance. La CNT acaba aceptando la unidad pero seguirá aislada. Serán los comunistas quienes se beneficien. En primer lugar casi sin proponérselo coinciden en las cárceles con los socialistas que han participado en la revolución. La izquierda socialista se siente traicionada por su partido. El ala “centrista” (Indalecio Prieto) los dejó en la estacada e impidió que la revolución triunfase. Falló el envío de armas. Además exigen la expulsión del Partido de toda el ala “derechista” (Julián Besteiro) que se opuso a la revolución. Las bases socialistas van poco a poco posicionándose con el sector izquierdista que fue quien mejor las supo representar.

Hay que mencionar que el sector izquierdista no tenía una idea muy clara de “cómo era una revolución”. El referente de la época era Rusia que la había hecho hacía solamente 18 años antes. Por aquellos años se tenía muy buen concepto de los logros del sistema soviético, incluso en los países liberales. La Internacional Comunista era excelente en el “márketing político” y por tanto la dictadura del proletariado se veía con buenos ojos.

En cuanto al Partido Comunista, éste en 1934 aún era una secta marginal. Estaba enfrentado a todo el resto de la izquierda y en general era tenido como un partido dogmático y poco tratable. Pero justo antes de los hechos revolucionarios de Octubre dieron un giro de 180º a su línea política y defendieron la Alianza Obrera como si nunca hubieran defendido otra cosa antes. Por tanto se fueron acercando en 1935 a la izquierda socialista, en especial a las juventudes que entonces estaban buscando otros referentes fuera del partido.

Pero la cuestión de las alianzas fue más allá de lo previsible y lo que se puso sobre la mesa fue la construcción del “partido revolucionario”, que sería el instrumento para dirigirla. En este sentido su acercamiento a la izquierda socialista se produjo en el momento justo. En muchos sectores del socialismo se veían con buenos ojos este nuevo sentimiento de unidad. Para facilitar el trabajo los comunistas integraron su central sindical, la CGTU, en la UGT. En realidad no estaban aportando mucho, dado que sus sindicatos eran pequeños. Pero aportaron cuadros sindicales muy dinámicos, experimentados y con las ideas bien claras que arrastraban a sus compañeros socialistas. En pocos meses estos cuadros estaban dirigiendo algunas federaciones locales y sectoriales.

Esta entrada de los comunistas decantó el equilibrio interno dentro de la UGT hacia la izquierda. Los comunistas hicieron suya estratégicamente la figura de Largo Caballero, que veían como el “Lenin español”. Al controlar la UGT definitivamente, el turno fue de las Juventudes, que entraron en proceso de fusión con los comunistas. En este caso se unieron, en abril de 1936, unos 40.000 jóvenes militantes socialistas con algunos miles de la UJCE para formar la Juventud Socialista Unificada, JSU. A partir de entonces sería la organización juvenil más grande de España y la prensa comunista y socialista engrandeció aún más su importancia. Para julio de 1936 posiblemente había alcanzado la cifra de 100.000 jóvenes (250.000 según la prensa) siendo una organización marxista-leninista.

Todo esto creaba un ambiente propicio para la izquierda socialista en el Partido. Aún así la postura centrista pudo ocasionarle un par de reveses poco esperados. En diciembre de 1935 el Partido expulsó a Largo Caballero del Comité Ejecutivo. Y en enero en la creación del Frente Popular, el Partido logró imponer la alianza con los republicanos en contra del parecer del ala izquierda. De hecho no debió de ser mala idea esta coalición puesto que ganó las elecciones. Por su parte Largo Caballero impuso la participación del PCE y de otros partidos obreros en el Frente Popular. El PCE estaba sobrerrepresentado y los resultados electorales le beneficiaron sobremanera.

Pero a partir de febrero del 36 la situación se desbocó. La izquierda socialista apostaba por la revolución. Detrás de esto había no poco de demagogia y de grandes dosis radicalismo verbal, es cierto, pero lograron transmitir a las bases del socialismo un estado de ánimo propicio para una revuelta de masas. Las 100.000 personas que ocuparon tierras en la primavera de 1936 en la provincia de Badajoz así lo atestiguan. Aquel año tuvo lugar una auténtica avalancha de huelgas que hizo avanzar las posturas más radicales del movimiento obrero (el anarcosindicalismo y el comunismo). Además los actos masivos se multiplicaron por todo el país. Había macro-movilizaciones de hasta medio millón de personas (quizá era una exageración de la prensa, pero refleja qué expectativas creaba) de los socialistas y comunistas juntos.

Bien, el caso es que todo este proceso ayudó a cimentar un Partido Comunista que mes a mes iba absorbiendo a miles de militantes provenientes del socialismo. Si en febrero del 36 tenía 10.000 militantes y en julio rondaban ya los 50.000 (aunque declaraban 100.000) sería bastante plausible pensar que se trataba de gran parte de aquellas primeras Juventudes Socialistas (y no pocos ugetistas) que se habían hecho marxista-leninistas en aquel tiempo.

En definitiva, el socialismo llega al 19 de julio de 1936 como un gran movimiento de masas, que arrastraba alrededor de 1,5 millones de personas. Tenía una fuerza casi idéntica al anarcosindicalismo. Por tanto por fuerza el socialismo y el anarcosindicalismo eran los dos motores de cualquier hecho revolucionario en la España de aquellos años. No había otros. Pero dentro del movimiento socialista opera el comunismo.

Cuando Largo Caballero asume el gobierno en septiembre de 1936 se abre una ventana a la expansión de la revolución. Parecía que iba a ofrecer una mano amiga a la CNT y que juntos podrían entenderse para la transformación del país en un sentido socialista. Sin embargo todo el entorno del presidente (y él mismo también) estaba influido por el mensaje comunista (me refiero a “estalinista”) y pronto se impuso el “real-politik” en Gobierno. Si bien Largo Caballero no se decidía a desatar la revolución con todas sus consecuencias, se fue organizando la derecha y el centro del partido en un frente anti-revolucionario, en el cual poco a poco fueron convergiendo aquellos sectores de la izquierda comunista que comulgaban con el estalinismo.

Puede parecer una contradicción, pero tiene su sentido. Tenemos una izquierda socialista que se ha radicalizado en 1934-36. Tenemos un movimiento comunista muy disciplinado que obedece las consignas de Moscú al pie de la letra. Cuando ambos movimientos se encuentran los comunistas, mucho más avispados que los socialistas, consiguen arrastrarlos. Pero luego estalla la Guerra Civil y se produce un nuevo viraje político del comunismo. Aparece el estalinismo con toda su crudeza en la política española. Y como llevan meses trabajando conjuntamente, muchos socialistas le siguen la corriente a los comunistas. Ya se habían “estalinizado”. Por esto se explica la aparición de Juan Negrín (socialista, pero de tendencia pro-comunista) que sustituirá a Largo Caballero en mayo de 1937. Negrín será apoyado por el ala derecha del Partido y por los comunistas.

Largo Caballero se fue desengañando con el tiempo de los comunistas hasta que vio a los anarcosindicalistas como el auténtico aliado. Pero éstos fueron destruidos políticamente en mayo de 1937 al dejarse desarmar por la República y renunciar a la revolución social en curso.

Rebobinando de nuevo hasta 1934, podemos ver que el hecho crucial de toda esta época fue la Alianza Obrera. Al no participar en ella CNT, se auto-marginó del resto de la izquierda. Era lógico no fiarse a priori del Partido Socialista. Pero los hechos futuros demostraron que los contactos entre las bases de las izquierdas producidos por las alianzas lograron un positivo cambio de mentalidad en todos. El anarcosindicalismo no fue considerado como referencia por la izquierda socialista, por la sencilla razón de que le era hostil. Además jugaba en contra de la confluencia la gran arrogancia que se desprendía de la intelectualidad marxista, que trataba a los anarquistas poco menos que como niños perdidos. Queda para la política-ficción saber qué habría pasado de colaborar de verdad.

En definitiva, el triunfador del momento fue el movimiento comunista debido a su capacidad de propaganda, a su compromiso en las luchas sociales, a su claridad de objetivos, tácticas y estrategias, a su disciplina, a su Internacional… de tal forma que lograron influir en una fracción mayoritaria de otro movimiento político-social y lo arrastraron hacia posturas revolucionarias (en la primavera 1935), y luego arrastraron a una importante facción de aquella izquierda socialista que habían ayudado a consolidar hacia la contrarrevolución (en el otoño 1936).

La enseñanza de todo esto es la necesidad de tener una política de alianzas preparada para cualquier contexto. Tu organización no va a poder comerse el mundo sola. Es un hecho. Necesitará hacerlo con otras. Por último dejar claro que las alianzas se deben hacer buscando mínimos comunes. No es útil buscar acuerdos de máximos (o sea, ponerse de acuerdo en principios, tácticas y objetivos) porque esto ya sería buscar una fusión, más que una alianza. La alianza forma parte de una táctica, no es un objetivo.

¿Y si el sindicalismo que conocemos ya no basta?

Por Ruymán Rodríguez

He visto que en determinados medios contrainformativos y portales libertarios se ha originado un interesante debate sobre la viabilidad y necesidad del “sindicalismo revolucionario”1, y como precisamente llevo mucho tiempo dándole vueltas a este tema me he decidido, humildemente, a participar. Vaya por delante que mis limitados recursos no me permiten consultar Internet a voluntad, por lo que me disculpo si he omitido alguna de las intervenciones que me preceden.

Además de lo dicho, advierto que no está en el espíritu de este artículo decirle a persona u organización alguna cómo debe organizarse. Es una propuesta basada en mi realidad cotidiana, una realidad (en Canarias) con un 30% de paro y aún más (37%) de exclusión social, con decenas de desahucios diarios, con 140.000 viviendas abandonadas, con una enorme pobreza infantil y con la economía en B como el principal modo de supervivencia de muchas de las familias que ponen cara a estas cifras2. Como doy por sentado que está realidad transciende de las islas, este texto no debe interpretarse como un ataque al sindicalismo revolucionario, sino como un llamamiento, allí donde no crece, se estanca o se ve superado por otras ofertas, a ampliar su campo de acción y abrir el abanico de la intervención sindical, económica y social.

1. Oliver y el pasado.

La revolución de 1936 en el Estado español fue la hostia, lo sabemos todos. Sin embargo, no solamente fue el resultado de un trabajo de hormigas desde 1868: fue el resultado de un contexto y fue, sobre todo, algo que ya pasó. Puede parecer redundante si miramos el calendario y vemos que estamos en 2016, pero merece la pena recordarlo.

Creo honestamente que cierto anarcosindicalismo está afectado de nostalgia y que debe buscar la cura3. La historia me fascina, pero sirve para sacar conclusiones no para revivirla. Esa revolución, con esos actores y circunstancias exactas, no volverá, y hemos de asumirlo, porque como decía Émilienne Morin “no se hace la misma revolución dos veces”4. En el mejor de los casos, si surgen las condiciones propicias y tenemos la capacidad de estar a la altura, nos tocará hacer la nuestra. Debemos por tanto esforzarnos en entender esto: la mentalidad del heredero condiciona; la del generador, aunque dé vértigo, libera.

Sin embargo, hay otras lecciones que sacar de esa época. En las primeras intervenciones (de José Luis Carretero y Pepe Gutiérrez-Álvarez) se habla de ese momento en el que el sindicalismo revolucionario tenía tanta fuerza que podía plantearse si “ir al por el todo” o si colaborar con las instituciones republicanas y fuerzas antifascistas. Para mí la lectura no es cómo volver a tener la fuerza que nos permitió estar ahí, sino cómo evitar interpretar el fenómeno revolucionario en esos términos supuestamente dicotómicos.

Cuando se dice comúnmente en nuestra historiografía que en el famoso Pleno de Locales y Comarcales posterior a las jornadas del 19 de julio se dirimía si “dictadura anarquista” o “contemporizar”, si “hegemonía cenetista/faísta” o “colaboración”, no se está diciendo que se discutía si “revolución” o “guerra”; se está afirmando en realidad, aunque no se quiera reconocer, que se estaba debatiendo si aceptar el poder republicano constituido o crear uno nuevo controlado por las organizaciones que vertieron más sangre en parar los pies a los militares: la CNT y la FAI. Aún en la distancia seguimos siendo bastante miopes al abordar el asunto y no admitimos un hecho consumado: en cuanto más se introducía la cuestión en el terreno del poder más se alejaba del espacio libertario.

Los que proponían colaborar (casi todos salvo Oliver y la Comarcal del Bajo Llobregat) hablaban de la situación internacional, de la poca fuerza del anarcosindicalismo en el resto del Estado y además de no romper la unidad antifascista, de ser “generosos” con los minoritarios. Soterradamente, hablaban también del miedo a una dictadura encarnada por García Oliver. Este último, con todas sus virtudes organizativas y defectos personales, planteaba hacer oficial la superioridad de la CNT/FAI en la calle e “ir a por el todo”. No se sabe si tenía realmente esa aspiración dictatorial o no; si estaba convencido de lo que proponía o si su intención era precisamente atemorizar a sus compañeros y forzarles a votar por la colaboración que a la postre lo haría ministro; si proponía un modelo similar a lo que después sería el Consejo de Defensa de Aragón; o si con su propuesta “radical” pretendía la absolución histórica de la que no dejaría de presumir en El Eco de los Pasos (1978) al ser el único que propuso la “vía revolucionaria”. Desconozco la respuesta. Lo que sé es que el debate se distorsionó y creyendo que se debatía de revolución se estaba haciendo, en puridad, sobre poder.

Esta idea, que siempre me planteé, me alegró verla también ratificada en un artículo escrito por Abel Paz5. En él se nos aclara que el debate se dio efectivamente en términos de poder, y que en su opinión (para mí muy lúcida) el debate de fondo era más complejo y ya se había dado tiempo antes entre quienes defendían el sindicato como germen de la sociedad revolucionaria futura y como estructura gestora de dicho proceso (Isaac Puente y su tesis prevalente en el Congreso de Zaragoza de 1936) o si el sindicato debía disolverse ante el acontecimiento revolucionario y sus militantes dedicarse a organizar las asambleas de barrio, municipio y empresas que gestionarían la sociedad tanto económica como políticamente (Federico Urales). Oficialmente ganó la tesis de Puente. En el Pleno, la de los colaboradores. Pero los militantes, la gente del pueblo, los vecinos y vecinas de Barcelona, tomaron mientras pudieron su propia decisión en las calles y optaron por ocupar las fábricas y socializar los medios de producción sin autorización oficial alguna. En un primer momento organizando asambleas barriales espontáneas que superaban los cálculos de los propios sindicatos, y cuando se encauzó la euforia inicial, usando a estos mismos sindicatos como elementos de vertebración en los que precisamente se ponía en práctica lo aprendido en ellos durante décadas.

Lo que me parece interesante de este proceso histórico, en relación al debate sobre sindicalismo revolucionario, es el análisis sobre la importancia que le damos a las estructuras fijas, con andamiaje y nomenclatura definidas en letras de molde, y lo poco que nos interesa flexibilizar, adaptarnos al momento, escuchar las exigencias populares, reciclar lo que no funciona como debería y crear herramientas nuevas. Según Paz, se prefirió salvaguardar la organización sindical y específica a cualquier precio, defender ante todo la pervivencia de las siglas, y no se quiso seguir la propuesta de Urales: hacer que la revolución no fuera ni política ni sindical, sino social. Esta cuestión me permite por fin entrar en lo importante.

2. La crisis de la conciencia de clase.

En muchos de los textos que han intervenido en este debate se ha mencionado, con mayor o menor prolijidad, las modificaciones que ha sufrido la clase obrera y la conciencia que esta tiene sobre sí misma. Se ha hecho este esfuerzo, pero sin calcular completamente sus consecuencias y lo que esto implica (en relación, principalmente, a nuestras propias herramientas). Quizás molesten esas voces cargadas de realismo que nos muestran lo desalentadora que es la situación obrera no sólo a niveles laborales sino de autorrepresentación. Hacer de “pájaro de mal agüero” y decir cosas como las dichas por Alberola en su última intervención quizás no guste y genere aversión, pero es necesario. Es el momento de beberse el cáliz hasta las heces, asumir lo que nos rodea y ver si después de aceptada la realidad tenemos la capacidad de enfrentarla y cambiarla.

La clase obrera no se encuentra en un proceso de reconversión, sino de desintegración. Seguirán siempre habiendo trabajadores y productores, pero ya no con una concepción de estar oprimidos por las clases propietarias ni de ser los legítimos detentadores de los medios de producción. El capitalismo ha aprendido más sobre dominio en los últimos años de lo que hemos aprendido nosotros sobre revolución.

Antes la clase obrera era domada con la ignorancia y no era raro que la alfabetización o al menos la satisfacción de las primeras inquietudes culturales se produjeran en ateneos y sociedades obreras. Hoy la clase obrera es domada de una forma distinta: con sobreinformación manipulada, con un constante bombardeo comercial y mediático del que no escapa nadie, con la escolarización nacional forzosa a edades cada vez más tempranas. La hegemonía educacional capitalista no se siente amenazada y ha llegado hasta la última chabola.

Psicológicamente se pretende que el obrero se sienta más como un consumidor que como un productor, y hasta el asalariado más precario se siente clase media mientras no paren las nóminas. E incluso cuando paran, no hay más intención que reengancharse a la que se presenta como única alternativa posible: la explotación acrítica de su fuerza de trabajo. Lo que ha conseguido la democracia representativa en política es lo que ha conseguido el capitalismo a nivel económico y social: la identificación del oprimido con el sistema que lo oprime. Culturalmente la conciencia de clase ha sido no sólo fragmentada o desfigurada, sino que está directamente en proceso de descomposición.

Y sería un error pensar que esto sólo ha pasado a nivel social y cultural. El propio mundo del trabajo ha cambiado. Si la fábrica y la producción en cadena acabó con gran parte del orgullo artesano y con la conciencia del trabajador de ser artífice de su propio elaboración, no consiguió sin embargo romper el tejido asociativo. Los gremios cambiaron de formato pero la necesidad de unión siguió existiendo. Actualmente el alto nivel de desempleo (ser trabajador ya no es una identidad, es una etapa que con suerte se repite varias veces al año), la precariedad, la proliferación de las ETT’s, las subcontratas, han logrado que gran parte de la población no sienta ninguna identificación con la persona que suda y trabaja a su lado. En las empresas estables donde esto es distinto, ya los sindicatos amarillos han fagocitado a las plantillas. Se les puede y debe plantar cara, pero es harto complicado romper esta dinámica allá donde los sindicatos estatales han reducido la intervención sindical a la actividad de una gestora o de una organización meramente asistencial. Creemos por lo general que es por eso, por las deficiencias de estas organizaciones, por su corrupción y desprestigio social, por lo que hay un campo perfectamente abonado para el sindicalismo revolucionario; la realidad es que estas organizaciones ofertan lo que demandan quienes han conseguido cierta estabilidad laboral y económica: conservar dicha estabilidad; evitar cualquier alteración. No se mantienen porque la gente sea tonta o por extraños manejos de una conspiración internacional; lo hacen porque dan lo que piden muchos de esos obreros que han olvidado que lo son, que han sido fabricados a conciencia por el Sistema: conservar su pequeña ración de pienso, lo cual es triste pero muy natural y muy humano.

La situación polarizada entre oprimidos y opresores se mantiene inalterable desde las cavernas. Lo que ha ido cambiando es la percepción que los oprimidos tienen de esta situación y los métodos que los opresores tienen de perpetuarla. A nosotros los revolucionarios, partiendo de que estamos del lado de los oprimidos o que somos oprimidos mismos, nos toca cambiar los métodos de subvertir esta situación si los utilizados hasta ahora no funcionan.

Los métodos del sindicalismo revolucionario al uso pueden estar funcionando en muchos sitios, y en ese caso lo mejor es no tocar nada y seguir esa línea. Pero mentiríamos si creyéramos que esta situación es general. En muchas ocasiones este sindicalismo revolucionario lo es sólo en ideología, deseo y aspiración, pero no en práctica y resultados. En estos casos en los que la metodología clásica ha fracasado, es necesario implementar lo que se hace, modificarlo si fuera menester, o resignarse y hundirse aferrados al lastre de la tradición.

Con una situación laboral, económica y social totalmente degradada, con una clase obrera atomizada y desmantelada, con un paro acuciante y una crisis de subsistencia permanente en determinados barrios y ambientes, no toca a todos replantearnos nuestro trabajo. Tanto a las organizaciones específicas como a las centrales anarcosindicalistas que aspiran a desarrollar un sindicalismo revolucionario. Tenemos que plantearnos si el sindicalismo que ofertamos está llegando a los actores sociales que deben ser los protagonistas del cambio. Si no llegamos, plantearnos si debemos cambiar la oferta. Y si aún así no llegamos, plantearnos si estamos transmitiendo nuestro discurso al público adecuado.

En barrios con un paro del 70%, ¿llega un discurso exclusivamente obrerista? Allí donde gran parte de la población sobrevive a través de trabajos ilegales o alegales, percibiendo ingresos en B, ¿llega un sindicalismo que no la incluye en sus cálculos ni estrategias? Por otro lado, la aspiración de controlar los medios de producción, ¿debe ser incompatible con trabajar por controlar los bienes de consumo? ¿Por qué esta aspiración de tomar los medios de producción deja en manos de otro tipo de sindicalismo la ocupación de tierras? ¿Qué pasa con bienes como la vivienda y el alimento? ¿Estamos convencidos de que no es ese el terreno del sindicalismo? Creo que hay que dar obligada respuesta a estas cuestiones.

3. El sindicalismo social.

Antes de abordar este asunto, que puede ser malinterpretado, me gustaría aclarar algunas cosas. En primer lugar he leído que en algunas de las intervenciones del resto de compañeros se habla del sindicalismo social, considerándolo limitado y alejado de ofrecer una solución, como sinónimo de un sindicalismo imbricado con los movimientos sociales. Vaya por delante que no es esa mi concepción del sindicalismo social.

Por otra parte, el término puede levantar una lógica y natural animadversión si entendemos que hace referencia a lo que han sido algunos sindicatos durante años: grupos de lectura, cenáculos cerrados para debatir de ideología, clubes de amigos, peñas de convencidos. Este “sindicalismo”, ajeno totalmente a la realidad circundante, al barrio, a la calle, es precisamente lo contrario a lo que yo defiendo. Un sindicalismo que solo tiene nombre, siglas y banderas pero que vive de espaldas al sufrimiento de los obreros y de los que ha sido excluidos de esta denominación porque ni siquiera tienen acceso a un trabajo regular, no me interesa.

Señalo además que cuando hablo de sindicalismo revolucionario, no le estoy diciendo a ningún sindicato concreto lo que debe hacer. Es una iniciativa que creo debe y puede darse desde el sindicalismo y con ese formato, pero no sé si usando las estructuras existentes (que me parece lo más lógico) o creando otras nuevas. No es tampoco una férula teórica lanzada contra la actividad de los otros, pues en la propia FAGC ha surgido el debate sobre si debemos o no reconvertirnos en un Sindicato de Inquilinos.

Aclaro también que mi propuesta no es incompatible con el sindicalismo revolucionario plasmado en algunas de las intervenciones de este debate. Lo defendido por ejemplo por Lluís Rodríguez Algans creo que no es excluyente de lo expresado en este humilde texto. Entiéndase más como una ampliación de la práctica que como una refutación. No pretendo por tanto, pues sería ridículo y un oxímoron, que el sindicalismo no intervenga en el mundo laboral, que no trate de arrinconar a los sindicatos amarillos, que abandone las empresas, que no sea una herramienta inminentemente laboral; lo que digo es que con eso no basta. Pretendo que se entienda el carácter diferenciado del sindicalismo que se formula como revolucionario; que se comprenda que este ha crecido cuando ha interpretado que su dimensión era mucho más integral que la de un sindicalismo netamente empresarial y que se ha enraizado en los barrios y entre las clases populares cuando ha creado tejido social y redes solidarias; que se asuma que el crecimiento de determinados colectivos se debe a que existe una demanda en este campo que antes suplía el sindicalismo revolucionario, y que si este no ha manifestado ese considerable crecimiento es porque ya no ofrece nada en ese aspecto.

La primera objeción a este planteamiento se suele emitir con una sonrisa socarrona de superioridad mientras se afirma con rotunda seguridad que el terreno del sindicalismo ha sido, es y será siempre, sin salvedades, el terreno del trabajo. Tanta nostalgia del 36 y se desconocen los pormenores de cómo se fueron colocando los cimientos de esa revolución. Ante la estrechez y la cerrazón uso la historia para lo único que sirve: sacar lecciones y de paso plantársela en la cara a los que la sacralizan. En los textos libertarios se repiten mucho los logros de las grandes huelgas revolucionarias, pero parece ignorarse cómo se pudo crear el apoyo social que las sostenía.

En una época en la que la educación se limitaba entre la clase trabajadora a los primeros lustros de vida y en la que dicha educación estaba controlada por la Iglesia, los anarcosindicatos de la CNT ofrecían, con sus escuelas libres, clases nocturnas, bibliotecas y ateneos, otra forma muy distinta de acceder al conocimiento. La gente sin recursos enviaba a sus hijos a los sindicatos a formarse. El ocio y la cultura también se vehiculaban a través del sindicato. Las representaciones teatrales, el senderismo, las comidas comunes, etc., iban dirigidas a ofrecer esparcimiento y crear vínculos entre la militancia joven.

Hoy, aunque se hacen algunas cosas notables en estos campos, sería irreal no reconocer que el Estado se ha adueñado de la educación tal y como el capitalismo lo ha hecho del ocio. Sin embargo, la gente no sólo se acercaba al sindicato para estas cuestiones extralaborales concretas, lo hacía también para un tema tan apremiante como el de la vivienda. Los primeros Sindicatos de Inquilinos en el Estado español fueron promocionados, a veces en solitario y otras junto a la UGT, por la CNT e incluso hasta por la FAI. En los años 30, de Barcelona a Tenerife, hubieron sindicatos de vivienda, huelgas de alquileres, piquetes antidesahucio, realojos, ocupaciones, boicots (hoy los llamaríamos “escraches”) y reclamaciones que iban desde la bajada de los alquileres hasta la completa eliminación de los mismos6. La lucha por la vivienda no es un invento de la PAH ni del Movimiento Okupa, tanto en el Estado español, como en el argentino o el chileno, está íntimamente ligada desde su nacimiento con el anarcosindicalismo y las organizaciones obreras.

De la misma manera, era la CNT la que en plena II República promocionaba lo que Felipe Aláiz llamaba “la expropiación invisible”, que definía José Peirats como “invasión de fincas de mano muerta a pesar del espantajo de la Guardia Civil”7 y también la que impulsaba “revueltas del hambre” como la de la ciudad de Inca (Mallorca) de 1918-1919. La ocupación de tierras incultivas y la toma de suministros básicos de forma directa no es tampoco un invento del SAT, era algo común entre la filiación y militancia del anarcosindicalismo de la primera mitad del siglo.

Visto esto, ¿seguimos pensando que el sindicalismo revolucionario nunca actuó fuera de los margenes estrictamente laborales? Lo dicho nos demuestra que el crecimiento y la implantación de un sindicato como la CNT no sólo se debía a su potencia laboral, sino también a su amplitud de miras en lo social. Porque a su capacidad de presentar conflictos laborales y ganarlos, se sumaba su disposición a articular luchas relacionadas con otras necesidades obreras que no se encontraban necesariamente en la fábrica o el taller. Implicarse en luchas como la de la vivienda no es algo novedoso o que se me esté ocurriendo a mí ahora; es parte de la esencia misma del sindicalismo revolucionario desde sus orígenes. Realmente no importaría mucho que no fuera así, pero es importante destacarlo para informar a los que creen que el sindicalismo revolucionario nunca tocó más palos que los del trabajo convencional.

Por otra parte, el sindicalismo revolucionario hoy debe aceptar implicarse en luchas y reivindicaciones que vinculadas con lo laboral tienen un aspecto mucho más amplio en terrenos como el social y el cultural, como por ejemplo el feminismo. ¿Puede rehuir el sindicalismo revolucionario tomar partido en este campo simplemente porque la lucha contra el patriarcado no se dirime exclusivamente en el terreno laboral? Siguiendo con otro ejemplo, ¿puede hoy cualquier sindicato, amarillo o revolucionario, abstenerse de organizar sus propios sindicatos de estudiantes a pesar de que estos, por ahora, no sean estrictamente trabajadores? Si el sindicalismo no tiene más campo que el empresarial, ¿qué hace llamando a los estudiantes a unirse a sus filas antes de que se hayan convertido en asalariados? La CNT también promovió en el pasado la creación de cooperativas de trabajadores que, vinculadas fuertemente con el mundo del trabajo, no tenían como intención plantear y ganar conflictos, sino crear estructuraras solidarias fuertes y mejorar la vida de los trabajadores. Hoy se entiende esta idea cuando se propone desde dentro de los propios sindicatos la creación de cooperativas de consumo, ¿por qué no se ha podido hacer lo mismo con los Sindicatos de Inquilinos?

Plataformas como la PAH o sindicatos relacionados con partidos políticos como el SAT han adelantado al anarcosindicalismo por la izquierda, y lo han hecho en un terreno que era el suyo y usando sus mismas armas. Entiendo que no se quiera tocar un tema como el de la vivienda allí donde funcionan bien las plataformas locales. Pero donde no es así o no se tocan determinados temas como el del alquiler, ¿dónde está el problema? Si hay un prurito por no rivalizar con lo existente, la propia CNT nunca se hubiera fundado, pues en 1910 podía estar “invadiendo” el terreno de la UGT fundada en 1888. Lo importante en la lucha es la estrategia que se lleva a cabo y las repercusiones que esta tiene en la vida de la gente; no es una cuestión de primogenituras.

Lo que necesitamos, por tanto, es que el sindicalismo revolucionario entienda que su naturaleza es bastante más amplia que la de cualquier sindicato al uso, que la gente se puede acercar a él si ve que es mucho más que un sindicato. Y el terreno es fértil para ello. Muchas personas en el espectro de la vivienda no encuentran una herramienta a su alcance si su caso es de alquiler (hablamos siempre de alquileres de multirentistas, inmobiliarias, etc., y no del cansino mito del pequeño rentista de 99 años, con una quedara mal, que da mucha pena). Cuando se enfrentan a desalojos masivos por parte del Estado, fondos buitres, gestoras privadas de vivienda pública o incluso bancos, su arsenal es muy limitado, pues debemos tener en cuenta que por ahora nadie (salvo aquí en Canarias) ha planteado una huelga de alquileres. El asunto llama la atención si tenemos en cuenta que estas huelgas nos han resultado bastante fáciles de ganar y que tienen un coste cero, a diferencia de las laborales. La gente tiene planteado el conflicto habitacional porque dentro de poco no podrá pagar, porque ya adeuda varias mensualidades o porque directamente va a ser desahuciada por impago. En este caso el hecho del impago es algo consumado o a punto de consumarse, sólo falta darle a ese acto involuntario y fatalista un recubrimiento de acción consciente y de reivindicación política. En una huelga laboral el trabajador se expone a perder dinero por cada día de huelga. Si esto se suple con cajas de resistencia, lo más común es que la huelga se prolongue tanto como dure el dinero de la caja. Pierden dinero obrero y empresario, pero a veces se impone la proporcionalidad y es el primero el que más se resiente. En una huelga de alquileres sólo pierde dinero el casero. Si se consiguen demorar los plazos de una posible orden de lanzamiento, que la cuestión no vaya por la vía del desahucio exprés al tener que dirimirse irregularidades contractuales; si se consigue afinar una buena batería legal que torpedee el proceso, hay muchas posibilidades de victoria. Por no hablar de las medidas de presión directa, muy fáciles de aplicar porque se ataca al enemigo desde dentro. Por otra parte, no es lo mismo un desahucio aislado que vaciar uno o varios bloques, sea vivienda por vivienda (lo estipulado salvo en casos de ocupación) o de forma masiva, pues cada desahucio será un pulso contra la resolución judicial y el rentista. Es un campo donde se puede crear mucho tejido social y que hay que seguir explorando.

La mayoría de anarcosindicatos tienen una secretaría de Acción Social, pero en la práctica se entiende que la función principal de esta es denunciar los abusos cometidos en campos como el del medio ambiente, la migración o los derechos de la mujer. ¿Por qué no puede ser su labor, aparte de esa, crear desde ahí los Sindicatos de Inquilinos? Lo población migrante y las mujeres en riesgo de sufrir feminicidio a lo mejor no se acercan al sindicato por una elaborada campaña con charlas y cartelería contra la violencia machista o la xenofobia, pero sí lo hacen cuando se toca el tema de garantizar su techo y su pan, su refugio y su supervivencia. Si desde ese lugar se pueden plantear cooperativas, ¿porque no secciones sindicales de vivienda o sindicatos propiamente dichos?

Se ha planteado también en un texto como el de Martín Paradelo la paulatina toma de los medios de producción. ¿Por que no contemplar entonces la toma directa, sin plazos, de los bienes de consumo? De hecho bien podría ser lo segundo la antesala de lo primero. Autogestionar medios de producción o empresas delicadas como hospitales y demás, puede parecer en un primer momento, a pesar de ejemplos tan actuales como el de Grecia, una tarea compleja y ardua, pero hacerlo con el techo, tal y como se produce a diario a través de la ocupación, está al alcance de la mano. Desgraciadamente, lo que suele motivar esta expropiación es la pura desesperación, y aún en aquellos casos en los que está motivada por fines reivindicativos no consigue articularse con un discurso político revolucionario que no tienda tanto (o al menos solamente) a la regularización de la ocupación del inmueble como a la ocupación sistemática como forma de socialización masiva. Es ahí donde hay que incidir y dotarlo de una narrativa revolucionaria propia. Por otra parte hay medios de producción cuya ocupación es directa y no requiere de etapas intermedias de duración indefinida. Gran parte del suelo agrícola, al menos en Canarias, está abandonado. Ocuparlo, exigir el derecho a hacerlo productivo, alimentarse de él, crear cooperativas que distribuyan el alimento (incluido el excedente si lo hubiera), enrolar en la actividad a todos los trabajadores agrícolas y desempleados dispuestos que se hayan acercado al sindicato, y prepararse para resistir, supone una política revolucionaria sindical de hechos consumados. Cuando en el anarconsidicalismo se habla de cooperativas8 en realidad puede entenderse por algo así, la idea ya está en el aire, pero falta que las ponencias transciendan, que sean una práctica cotidiana al alcance de los afectados y que se entienda que estos van más allá de los arquetipos decimonónicos.

Y es que hay otro cariz en lo del sindicalismo social. Ya en tiempos de la Transición, Luis Andrés Edo hablaba de la necesidad de crear un “sindicalismo integral” que incluyera a los excluidos9. Visto cómo está el panorama económico-laboral, muchos trabajadores han perdido la condición de tales, pero no sólo a niveles de conciencia por la búsqueda compulsiva del estándar capitalista, sino a unos niveles mucho más prosaicos por encontrarse en una situación de constante precariedad. Hablamos de obreros que lo son, pero a los que nadie les da esta categoría y a los que casi ningún sindicato abre los brazos u ofrece una herramienta. Me refiero a los desempleados de larga duración, a los vendedores ambulantes, a los cuidadores, a los limpiadores por cuenta propia, a los chatarreros, a los amos de casa, a los obreros que viven de hacer chapuzas, a los presos y un largo etcétera. Me refiero a toda esa gente que en algunos barrios son mayoría, que no han cotizado en su vida, como no lo hicieron sus padres ni lo harán sus hijos; que no saben lo que es una nómina pero que sí saben lo que es trabajar, lo que es ser perseguidos, lo que es no obtener una justa retribución por su trabajo y a los que no llega una propaganda de obrerismo fabril. En muchos casos puede ser complicado plantear ciertos conflictos sin perjudicar al afectado y también hay que tener en cuenta el enfrentamiento con la negativa legal a que algunos de ellos se sindiquen, pero como ya han demostrado los pocos pero representativos sindicatos de esta naturaleza (sean autónomos como el Sindicato de Manteros10 en Catalunya o como el IWOC11 en EE.UU., que es una sección sindical de presos de la IWW que ha protagonizado las últimas huelgas carcelarias) puede ser una buena vía para visibilizar su situación precaria, denunciar a la administración pública e iniciar una hoja de ruta que puede buscar, dependiendo del caso y de la actividad profesional, desde la mejora de las condiciones laborales, la regularización o si se prefiere: reivindicar el derecho a vivir al margen de la legalidad sin ser perseguidos. Mucha de esa población activa que engrosa las listas del paro y que ya no recibe subsidio alguno sigue viva y comiendo (cuando puede), y sería ingenuo pensar que no es la economía sumergida la que garantiza su supervivencia. La legalidad siempre será un problema, pero precisamente por eso es necesario el sindicato, para dotar de cobertura a quienes entre la clase trabajadora se encuentran en la situación de mayor vulnerabilidad. Hay barriadas enteras que sobreviven con la economía en B, lugares donde ningún sindicato amarillo está interesado en hacer una campaña de captación. En esos sitios hay que arremangarse y ser conscientes de que la actual coyuntura nos aboca cada vez más a esta situación; o nos adaptamos, junto a nuestras herramientas, y empezamos a trabajar en ese campo, o acabaremos buscando defender los derechos de una clase obrera idealizada que ya no existe. Sí, debemos luchar por preservar los derechos laborales de los que aún los conservan, pero no nos olvidemos de los que ya los perdieron y especialmente de los que nunca llegaron a tenerlos.

Puede que después de lo leído alguien acabe coincidiendo, pero objete la falta de medios y conocimientos para dedicarse a eso y se agarre a ese refrán según el cual “quien mucho abarca poco aprieta”. Me parecería una pobre excusa. Eso es algo que de forma más bien intuitiva e improvisando, sin un chavo y siendo literalmente cuatro mataos, hemos podido hacer en Gran Canaria, sin casi estructura. Es la experiencia la que me ha enseñado que eso está al alcance de cualquiera. La formación en vivienda no es en absoluto más compleja que la laboral, y la necesidad de recursos es bastante menor. La negativa vuelve a demostrar que se ve el terreno de las necesidades básicas, el techo, la ocupación de tierras, la exclusión, como una dimensión distinta a la del trabajo, cuando en realidad la conexión no puede ser más estrecha.

Repito para finalizar que no se pretende con este texto plantear un sindicalismo sin trabajadores, pues la urgencia social no deja mucho tiempo para plantear estupideces. Interpretar este texto así equivale a tratar de reducirlo al absurdo para evitar tener que digerirlo. Lo que se pretende es que se entienda que las necesidades económicas de los trabajadores son múltiples y que cabe la posibilidad de incidir en las más urgentes como son techo, abrigo y comida ampliando el marco de actuación del sindicalismo revolucionario allí donde su actividad rigurosamente laboral no baste, no le permita crecer ni llegar a la gente o allí dónde no exista nada funcional en ese aspecto. Si el sindicalismo se pretende revolucionario debe serlo más que por el nombre, sin aferrarse a la creencia de que la mera actividad sindical al uso le permitirá llegar a controlar los medios de producción. Las victorias parciales dan experiencia y ejercitan el músculo subversivo preparándonos para el futuro, pero no suponen la revolución misma ni tampoco necesariamente su antesala. La propia Comunidad “La Esperanza” no es la revolución, es por ahora una victoria parcial (seguimos evitando que sea, si finalmente se produjera el desalojo, una derrota parcial), donde aprendemos mucho y nos ejercitamos, pero el acontecimiento prerrevolucionario es otra cosa. El sindicalismo si quiere ser revolucionario debe diferenciarse, aspirar a la integralidad de acción y abordar aquellos campos de transformación revolucionaria que estén a su alcance. Crear sindicatos de trabajadores en B y de inquilinos es parte de esta capacitación revolucionaria, pues son estas demandas, de vivienda, de comida, de autodefensa de los excluidos, las que llegan a una importante parte de la población a la que hoy se ignora; las que de resolverse con un trabajo certero pueden sentar las bases de un salto cuantitativo y cualitativo; y las que permiten acceder a un territorio actualmente muy poco explorado, por lo menos desde la práctica revolucionaria y sindicalista. Toca abrirse paso entre la maleza y avanzar fuera de la zona de confort.

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1 Que yo sepa por ahora han intervenido José Luis Carretero, Pepe Gutiérrez-Álvarez, Lluís Rodríguez Algans, Octavio Alberola y Martín Paradelo. Pongo este enlace del foro de Alasbarricadas.org porque creo que en él se recogen a su vez los enlaces de todas las intervenciones que han ido surgiendo. Aclaro, por cierto, que al menos cuando yo hablo de “sindicalismo revolucionario” no me refiero concretamente a la teoría de Georges Sorel o Pierre Monatte (que veían en el sindicalismo también la estructura que organizaría la sociedad posrevolucionaria). Lo hago de una forma mucho más general para referirme a aquel sindicalismo que no sólo busca objetivos a corto plazo, sino que tiene como finalidad subvertir revolucionariamente el estado de cosas existente.

2 Son datos extraídos de la EPA, el BOC y otros medios oficiales y también de los informes de ONG’s como Cáritas o Save The Childrens.

3 Me ha parecido interesante que Octavio Alberola, siendo el interviniente de más edad, sea también el que parece tener menos morriña cuando hay que evocar las glorias del pasado.

4 En El corto verano de la anarquía (1972) de Hans Magnus Enzensberger.

5 Paz, “Contra la democracia y el «liderismo natural»” (en Historia Libertaria), marzo-abril de 1979.

6 Precisamente es García Oliver el que en un carta a Abel Paz (22 de noviembre de 1972) le dice que el gran mitín organizado por la CNT ante el Palacio de Bellas Artes con motivo del 1º de Mayo de 1931 “no era de afirmación anarquista ni sindicalista, ni de protesta por los mártires de Chicago. Simplemente se trataba de un acto de afirmación, reclamando la anulación de los alquileres de los domicilios. En cuyo asunto trabajaban Arturo Parera, ‘Barberillo’ y Castillo desde antes de proclamarse la República”.

7 Peirats, Los anarquistas en la crisis política española, 1962.

8 Como en este caso.

9 Edo, “Syndicalisme Révolutiannaire” (en Anarcho Syndicalisme et Luttes Ouvrieres), 1985.

10 Menos conocido como Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes de Barcelona.

11 Aquí su web.

Los Pacifistas de la Revolución: Simone Weil y Melchor Rodríguez

“Un abismo separaba a los hombres armados de la población desarmada, un abismo semejante al que separa a los pobres y a los ricos. Se sentía en la actitud siempre algo humilde, sumisa, temerosa de unos, en la soltura, la desenvoltura, la condescendencia de los otros.” Simone Weil describió así la sociedad revolucionaría que se alcanzó el 19 de Julio en Barcelona y que pese a haber abolido la división de clases sociales en base al capital, mantenía una nueva división en base a quienes portaban las armas y  monopolizaban el uso de la violencia según su criterio.  Es una versión desconfiada y crítica de las milicias a las que perteneció y por las que admite que sintió un auténtico amor fraternal y espíritu de lucha por una causa sumamente justa, pues por fin tuvo oportunidad de ayudar a las capas despreciadas de la jerarquía social por las que siempre había sentido gran simpatía (desde una posición acomodada, eso sí), por fin les apoyaría en su legítima defensa.

Esta descripción viene dada por su misiva a Georges Bernanos, simpatizante del bando fascista que después de presenciar las matanzas a campesinos consentidas por la iglesia y los terratenientes, mostró su repulsa hacia los militares en Los Grandes Cementerios Bajo la Luna, esta lectura animó a Weil a escribir a Bernanos de manera que cada uno hace crítica de la violencia ejercida por su propio bando.  Aun así Weil deja ciertas inexactitudes que se explican al final de la carta. Inexactitudes que pretendían deshumanizar a Durruti.

Ella parte de un pensamiento similar al de Tolstoi que sin renunciar a la religión exige justicia social, el empoderamiento de la clase trabajadora y un pacifismo a ultranza. Su empatía con los pobres venía dada por una sensibilidad enorme ante el dolor ajeno. Se dice que rompió a llorar al enterarse de la hambruna que asolaba China.  Esta sensibilidad le llevó a incorporarse en asociaciones comunistas francesas y participar en la Revolución Social Española junto a las milicias anarquistas aunque no se atrevió a disparar el fusil, sí que sufrió el terror de los bombardeos fascistas. Fue un calvario para ella contemplar la guerra tan de cerca, también le disgustaba la violencia en la retaguardia y los malos tratos que recibieron algunos religiosos. Ella fundamentaba su moralismo en la religión aunque al igual que Tolstoi, se distanció de la iglesia y fue muy crítica con ella. “Si se fijara en las puertas de las iglesias un cartel diciendo que se prohíbe la entrada a cualquiera que disfrute de una renta superior a tal o cual suma poco elevada, yo me convertiría inmediatamente”.

Tuvo que volver a Francia tras herirse, no por la guerra  sino por un accidente bastante torpe con una sartén. Volvió con intención de regresar pronto para ayudar a sus compañeros pero abandonó esta idea al darse cuenta de que ya no era una guerra por la dignidad del pueblo español sino que se había convertido en una guerra entre Rusia, Alemania e Italia. Todos sabemos que tras la derrota el movimiento libertario quedó reducido a cenizas y Simone Weil nunca más tuvo contacto con él. Tuvo que huir de la ocupación nazi y ya sólo se dedicó a cuestiones de filosofía y teosofía que aquí no nos son relevantes. Con estas inquietudes murió de tuberculosis bastante joven sin llegar a ver la caída del nazismo. Aun así dejó textos de interés para nosotros como La Condición Obrera, La Supresión General de los Partidos y Reflexiones sobre las Causas de la Libertad y la Opresión Social.

 Por otro lado, en Madrid estaba Melchor Rodríguez ejerciendo de delegado de prisiones por mandato de Juan García Oliver, entonces ministro de justicia. Melchor siempre había luchado por los derechos de los reclusos, incluso los de ideología contraria. Desde que comenzó su militancia en la CNT consideraba esta lucha una prioridad para los principios libertarios, por ello sufrió largos años de cárcel en todos los regímenes que vivió. Durante la guerra aprovechó su cargo para detener las sacas de presos en las cárceles de Madrid y los linchamientos en la de Alcalá, permitió la huida de reclusos a territorio enemigo o les dio refugio y frenó las ejecuciones masivas de Paracuellos, todo esto le llevó a jugarse la vida en varias ocasiones y enfrentarse a los dirigentes comunistas que le acusarían de ser un traidor fascista. Tras la retirada en avión de estos que le acusaron de traición le tocó ser brevemente Alcalde de Madrid, último alcalde de la República y responsable de la rendición de Madrid.  Toda esta actividad le salvó la vida tras la derrota; el testimonio de la gente que había salvado, algunos de ellos importantes militares fascistas, le permitió eludir la pena de muerte y reducir sus años de cárcel. Le ofrecieron un puesto en el sindicato falangista y buenos empleos, pudo optar por los privilegios de la dictadura pero decidió vivir con austeridad y seguir su militancia «normal», esta vez defendiendo la vida de los presos de su propio bando, lo que le llevó de nuevo a la cárcel. Su funeral, aun bajo el franquismo, fue un hecho insólito en la historia; reunió a las dos Españas de forma pacífica, anarquistas y falangistas en el mismo lugar. Los vencidos cantaron A Las Barricadas y los vencedores le dedicaron una oración. Todo sin ningún incidente. Sobre su féretro dejaron una bandera rojinegra y un crucifijo.

A diferencia de Simone Weil, Melchor Rodríguez nunca fue religioso, fue obrero desde muy joven y no se interesaba por cuestiones teóricas o filosóficas, sino por la acción real. Es posible que nunca leyera a Tolstoi pero curiosamente puso en práctica las directrices morales y pacifistas que Tolstoi teorizó y no tuvo oportunidad de llevar a la práctica. «Sólo hay una manera de poner término al mal, y es el devolver bien por mal», «Se puede morir por las ideas, pero nunca matar por ellas«. Demuestra así que la integridad moral no depende de la religión ni tampoco de la erudición. Su pacifismo era real y no sólo de palabra, lo que le sitúa por encima de Weil, de Gandhi y del típico discurso de la piedad cristiana. Creo que no es exagerado considerar a Melchor el mayor pacifista de la historia. Su personalidad se ha ocultado durante demasiadas décadas pues no interesa romper el viejo mito del anarquista enloquecido que va lanzando bombas y quemando iglesias por ahí. No interesa dar a conocer una buena cara del anarquismo. Afortunadamente hay un documental reciente que ha transmitido su historia a un gran público y además el Ayuntamiento de Madrid ha decidido por unanimidad otorgarle una calle. Ahora que algunos partidos pretenden aprovechar esta figura histórica es importante reivindicar que era uno de los nuestros, un anarquista y de la CNT hasta el final. Es importante destacar estas personalidades como muestra del humanismo que siempre ha estado presente en el movimiento. Pues el anarquismo sin humanismo no sería más que una rabieta adolescente.

A ochenta años de la revolución libertaria

Muchas décadas han pasado desde que aquella generación, intentara poner en marcha un sistema en libertad, igualdad y fraternidad, hoy, ochenta años después, siguen habiendo resistencias, propuestas e iniciativas, que se podrían considerar continuadoras de la iniciada por las anarcosindicalistas de la CNT. Pero, también, es cierto, que la mayoría de estas iniciativas, no se ven reflejadas y referentes del anarcosindicalismo.

Éste desde aquel dramático exilio, ha continuado su andadura y siempre ha estado al lado de las trabajadoras, muchas veces encontrándose solo, en esa lucha. Pero también se ha visto enredado en luchas intestinas, debates eternos, que le hicieron perder, paulatinamente, un discurso que llegara a la gente. Quedándose muchas veces replegado de puertas para adentro, sin entender los cambios que se daban en la sociedad y sin darse cuenta de que la mayoría de ésta dejaba de tenerlo como referente y se alejaba o se mantenía indiferente ante sus debates. Muchas veces anclado en sus símbolos e identidad, sacando a relucir “su glorioso pasado” o cayendo en aptitudes autoritarias e inmovilismo.

No es menos cierto que éste continúa resistiendo a las embestidas del capital y ha servido de apoyo a muchas personas y movimientos sociales, pero ha perdido su influencia “política”, ya no es un referente ni para la mayoría de las nuevas generaciones de libertarias.

Alguna de las corrientes que se reclaman del anarcosindicalismo, se encuentra en una maraña, mezclada de sectarismo, expulsiones, desfederaciones… de la cual aún apenas han logrado salir.

La corriente mayoritaria, se encuentra, en mi opinión, en gran parte atrapada por unas estructuras que fueron diseñadas para un mundo laboral que desaparece y que no dan, en muchas ocasiones, respuesta a las precarias trabajadoras, que un día trabajan aquí y otro allá. Inmerso en un sistema de elecciones sindicales, en el cual dice participar de forma crítica, pero al que está más adaptado de lo que se debería y lejos de crear su propio sindicalismo. Vaciando de contenido este sindicalismo orquestado desde el propio sistema, para hacer de él, una herramienta poco eficaz. Así como un funcionamiento interno, que complica muchísimo la participación de personas sin recursos sindicales. Habiendo un abismo entre esas trabajadoras a los cuales aún les queda algún derecho y a una amplia mayoría la cual no tiene ninguno.

Por supuesto, sigue siendo necesario la organización de las trabajadoras, ésta es fundamental, quizá más hoy que nunca, tampoco se está afirmando que haya que renunciar a lo que se ha conseguido, ni a la representación en las empresas. Pero se ha de reconocer que hay una gran mayoría de personas a las cuales, no se les logra organizar, ni se identifican con el sindicalismo actual

Es necesario una organización menos rígida y más participativa, hace décadas que no se hacen cambios en nuestras formas de organización. A diferencia de los que nos precedieron que adaptaban las estructuras del sindicato, para ser útiles a la realidad laboral que vivían, como ejemplo, los sindicatos únicos o federaciones de industria. Ir a la calle y los centros de trabajo a preguntarle a la gente porque no acuden a nuestras convocatorias. Que la autogestión deje de ser una consigna para pasar a ser una realidad palpable y practicada dentro de nuestra organización, visible para las demás personas, dando apoyo, real, a las personas que deciden emprender iniciativas, aunque estás se salgan del sindicalismo puro y duro. Practicar el apoyo mutuo, acudiendo allí, donde se nos necesite y dejar de utilizar la ideología como arma arrojadiza, para englobar al máximo número de personas, tengan estas el ADN Rojinegro o no.

Ser oposición permanente y una crítica atroz no es suficiente, ni saludable, hay que tener humildad, escuchar a esas personas despolitizadas en vez de juzgarlas. El número es importante, pero si este no se traduce en militancia, en traspasar la puerta de nuestro centro de trabajo o local, sino se es capaz de conectar con las nuevas generaciones de jóvenes, es como un cascaron vacío de contenido. Como se va pretender cambiar nada, cuando vemos como la participación en la mayoría de asambleas es testimonial, es necesario preguntarse ¿Por qué?

Esto no es un ataque contra nadie, reconozco el esfuerzo de muchas compañeras, su lucha en los centros de trabajo y la represión que sufren, es simplemente una reflexión personal. Yo mismo me incluyo en la crítica, al no haber sido capaz en mis diez años de militancia anarcosindicalista de consolidar una organización y cumplir mínimamente mis objetivos.

De la revolución de 1936 debe quedar el sacrifico, la humildad y la construcción en el día a día de una sociedad paralela al sistema, con comportamientos y valores distintos. Es momento de debate y de perder miedos a renunciar a algunas de las cosas que siempre habríamos creído, en ese debate no sobra nadie y deberían estar todas las que creen en una sociedad sin jerarquías y explotación.

Ese es el reto de las organizaciones de hoy, si es que es posible que sean ellas mismas las que inicien ese camino, para volver a ser un referente de las trabajadoras. Ante la crisis y la paralización de las organizaciones institucionales, es el momento de retomar los valores del anarquismo que pregonamos. Intentando ser un reflejo, lo más cercano posible a la sociedad que decimos querer construir, poniendo en la práctica la democracia directa, el apoyo mutuo, la autogestión, adaptando nuestra organización a los tiempos que vivimos y dejando paso a las nuevas generaciones, para que construyan con sus errores y aciertos su propio camino. Abriendo los ojos a la realidad que nos rodea y escuchando a esas miles de personas que tanto están sufriendo. Siendo humildes y reconociendo que hay vida, más allá del anarcosincalismo, empapándonos mutuamente de la variedad de movimientos sociales y, sobretodo, poniendo el énfasis en la construcción y menos en la pura crítica que muchas veces la gente no comprende.

Debate, reflexión y acierto. Continuamos llevando un mundo nuevo en nuestros corazones.

ALEXIS POBLET MARCO.

Memoria libertaria de Sanse

Durante la Guerra Civil española Sanse no quedó al margen de los acontecimientos fundamentales de ese periodo, ni de los cambios que sufrieron muchos consistorios, albergando un gobierno local de Frente Popular, que incluyó a vocales del sindicato CNT. Recordemos que entonces nuestro pueblo contaba con aproximadamente 1.500 habitantes, y que hasta febrero de 1936 había gobernado la derecha durante todo el periodo republicano.

El mismo 18 de julio de 1936, tras llegar las noticias de la sublevación de los militares africanistas, los obreros de nuestro municipio acuden rápidamente a la entonces denominada carretera de Francia a levantar barricadas y puestos de control.

Aprovechando su posición segura de retaguardia del territorio bajo control republicano en el norte de Madrid, fue zona de paso de las milicias antifascistas desde la capital al frente de la Sierra Norte de Madrid, a donde iban a combatir milicianos y brigadistas durante los primeros meses del conflicto, hasta estabilizarse el frente.

El pueblo es renombrado el 19 de septiembre de 1936 como San Sebastián de Madrid, histórica reclamación de gran parte de la población militante antifascista.

Durante los tres años de guerra, se socializa la propiedad de los medios de producción locales, municipalizándose las fincas de Pesadilla, el Portillo, Valdelamasa y Soto de Albarán, donde se establecieron colectividades rurales para abastecer a la población. Además, y fruto del espíritu de solidaridad imperante, las organizaciones políticas y sindicales presentes en el municipio, como CNT, UGT y SRI llevan a cabo a lo largo de la guerra constantes campañas de ayuda al Madrid sitiado, destinando víveres y ropa de invierno en auxilio a la capital.

Fue a principios de agosto de 1936 cuando un grupo de valientes mujeres encabezadas por Consuelo Encinas Cebrián, en nombre del comunismo libertario, realizan expropiaciones al terrateniente Juan Esteban Martin, en la casa de la calle de la Iglesia 1, para repartir los bienes entre las vecinas más necesitadas de la localidad. Al tiempo que un grupo de milicianos de la CNT, con Simón Perdiguero Marcos a la cabeza, expropian algunos utensilios hallados entre las riquezas de la Iglesia local, que fueron socializados entre todos los vecinos.

Incluso el mismo sindicato CNT había ocupado una pequeña caseta con vacas y una huerta situada en la actual zona de «los guerrilleros», en torno a la actual calle Silvio Abad. Crearon su propia colectividad junto al centro urbano del pueblo, que tuvo que ser defendida por el concejal de la CNT en el municipio, y por los propios trabajadores armados, y que finalmente fue desalojada a finales del verano de 1937 tras acudir la Guardia de Asalto republicana.

Como ya se había mencionado, desde 1937 se empieza a introducir a vocales y representantes sindicales de la CNT en el ayuntamiento y en general en las tareas administrativas locales, lo cual había sido ajeno al sindicato anarquista, tradicionalmente alejado de tareas institucionales. Se nombra vocal del consistorio a Simón Navacerrada Gómez (responsable local en San Sebastián de los Reyes de la CNT y fusilado en Colmenar Viejo) quien participa en tareas locales, laborales o en la gestión de la cartilla de abastecimiento.

El final de la Guerra Civil supuso para Sanse el comienzo de la represión, el fusilamiento de 32 de sus vecinos, y que se ordenara abrir «consejo de guerra» por los tribunales franquistas a otros 75 vecinos y vecinas del pueblo. Después de esto, el pueblo enmudeció durante décadas.

Fue ya el 27 de marzo de 1977, en la plaza de toros de Sanse, donde se realiza el primer mitin público y autorizado de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) desde la guerra civil. Histórico y multitudinario mitin, con la participación de más de 40.000 personas llegadas de distintos puntos del Estado y del exilio, que sentaría el precedente de quienes no aceptaron claudicar ante las exigencias del régimen para su falsa transformación en aparente democracia formal.

Actualmente descendientes de aquellos luchadores y militantes políticos tratamos de recuperar esa Memoria Histórica antifascista. Además, continuamos una lucha que creemos necesaria para la emancipación de las clases populares, para romper con el capitalismo que nos oprime y dar una respuesta al fascismo que a día de hoy todavía está demasiado consolidado en este país. Aspiramos a conquistar nuestra libertad, no como una posesión más, sino mediante el establecimiento de unas relaciones humanas fundamentadas en la honestidad, la solidaridad y el apoyo mutuo, y la autogestión de nuestra vida cotidiana en contacto con el medio natural.

Esto no forma parte de la historia oficial de San Sebastián de los Reyes, sucedió en realidad en San Sebastián de Madrid.

Con la colaboración del compañero Iván F.

El Sindicato Libre y la época del pistolerismo

Nos situamos a finales de 1919 y la famosa huelga de ‘La Canadiense’ ya ha pasado, provocando, entre otras cosas, una disparidad de opiniones en el seno del movimiento obrero y sindical sobre la radicalidad de los procedimientos en la lucha contra la patronal y el Estado. El diez de diciembre de ese mismo año, el carlista Ramón Sales, antiguo militante del Sindicato Mercantil de Barcelona en la CNT y miembro de la organización tradicionalista ‘Grup Crit de la Pàtria’, se reunía con varios militantes carlistas y miembros del Centro Obrero Legitimista. El objetivo de esa cita era crear la Corporación General de Trabajadores de los Sindicatos Libres de España, lo que pasaría a la historia como el Sindicato Libre o simplemente “El Libre”. De forma paralela a esto, el día doce de diciembre de 1919 se convertía en Primer Ministro de España el maurista Manuel Allende Salazar, el cual puso como Gobernador Civil de Barcelona al Conde de Salvatierra. Comenzaba así un recrudecimiento de la presión -y represión- patronal contra el movimiento obrero (especialmente anarquista), la cual se caracterizaría por una connivencia en materia represiva entre las fuerzas de seguridad del Estado, los sicarios de la patronal y los carlistas del recién nacido Sindicato Libre.

Antes de explicar los sucesos violentos entre el  Libre y el movimiento anarquista, veamos qué fue aquel sindicato fundando por carlistas y que, erróneamente, se le consideró -y se le sigue considerando- un sindicato a sueldo de la patronal (e incluso creado por ésta). Como hemos dicho anteriormente, fue fundado el diez de diciembre de 1919 por Ramón Sales -un joven de 19 años, antiguo miembro de la CNT, cristiano católico devoto y de ideología carlista- junto a cien trabajadores tradicionalistas. La creación de este sindicato se debió a varios motivos: la radicalización ideológica dentro de la CNT, la fuerte presencia de pistoleros y de procedimientos violentos para defender los intereses de la clase obrera y el supuesto impedimento a mejoras salariales a causa de los dos anteriores factores. El Sindicato Libre contó con dos etapas durante su vida. La primera, desde su nacimiento hasta principios de 1921, en la que la afiliación era escasa (10.000 afiliados, aproximadamente) y existía un ‘pacto no escrito’ entre el Libre y el sector industrial por el que no se hizo ninguna huelga o boicot, funcionando pues como sindicato amarillo. En la segunda fase, sin embargo, las cosas cambiaron radicalmente. Desde mediados de 1921 hasta octubre de 1922, el Libre comenzó a establecer acuerdos con Martínez Anido, que por aquel entonces era Gobernador Civil de Barcelona, consiguiendo así su protección. También se establecieron acuerdos de financiación con la Unión Patronal, presidida por Félix Graupera, y hasta con el propio presidente Eduardo Dato, el cual utilizó fondos públicos para financiar al Sindicato Libre. En esta temporada llegó a tener hasta 150.000 afiliados, gracias a la clandestinidad a la que pasó la CNT. Uno de los sambenitos que tuvo que acarrear -y actualmente sigue acarreando- el Libre fue su consideración como sindicato que tuvo la misión única y exclusiva de la defensa de los intereses empresariales y que, incluso, había sido creado por la propia patronal catalana. Nada más lejos de la realidad, ya que no fue una simple herramienta de transmisión de los intereses empresariales y estatales, sino que fue un sindicato que guardó siempre su autonomía y dirigió sus esfuerzos a ser una especie de alternativa al sindicalismo revolucionario de la CNT. Aunque es cierto que fue un sindicato amarillo, contrario a la emancipación de la clase trabajadora y una suerte de policías-obreros. De hecho, mantuvieron siempre una actitud ‘obrerista’ frente a la clase empresarial a la hora de pedir todo tipo de demandas, lo cual también provocó que cierto sector de la burguesía tuviera igual de aversión al Sindicato Libre como a la CNT o UGT. «Solamente más tarde llegaría la instrumentalización por parte de la patronal y de las fuerzas del Estado», escribía Amalia Pradas.

La época del pistolerismo fue uno de los episodios más duros de la historia de Cataluña, en lo que a violencia política se refiere, donde la guerra social entre la burguesía y el proletariado llegó a cotas sin precedentes y que no serían superadas hasta la Revolución Social de 1936. Ante la increíble fuerza que estaba consiguiendo el sindicato anarquista CNT, tanto en afiliación como en procedimientos de lucha, la patronal se las tuvo que ingeniar para poder poner fin, de forma total o parcial, al movimiento obrero en general y al anarquista en concreto. La clase empresarial catalana de la época usó tres ‘armas’ para luchar contra el movimiento anarcosindical: declarar lockouts, ‘comprar’ tanto a políticos como a cuerpos de seguridad del Estado y armar a pistoleros-sicarios para eliminar físicamente a sindicalistas de la CNT. La patronal utilizó todas estas ‘estrategias’ para combatir al sindicato CNT convirtiendo así las calles de Barcelona en un auténtico campo de batalla donde el único seguro de vida de cualquier trabajador afiliado a la CNT era portar un arma de fuego encima.

El primer gran incidente armado entre miembros armados de la CNT y pistoleros del Sindicato Libre ocurrió el seis de julio de 1920, en el que murió en el barrio del Raval Joan Purcet, líder destacado del Libre. Como venganza, los pistoleros amarillos asesinaban dos días después al líder cenetista Vicenç Roig en la plaza de Urquinaona. Se daba así inicio al famoso ‘ojo por ojo’, creándose una vorágine de venganzas entre los dos sindicatos en los que los muertos de un bando precedían a otros tantos del otro bando. Desde 1916 hasta 1923 ésta fue la cotidianidad de la clase obrera catalana y del movimiento anarquista, endureciéndose sobre todo a partir de 1920. El movimiento anarquista evolucionó del clásico terrorismo individual del siglo XIX al llamado ‘terrorismo de masas’ de los años ’20; la diferencia entre los cuales la explicaba de esta manera la escritora Amalia Pradas:

El primero se consideraba un mártir por la idea, que decidía libre e individualmente su suerte y no trataba de huir después de haber cometido una acción. Los delegados de los grupos de acción cenetista [pistoleros de la CNT] se consideraban más bien profesionales del atentado, fríos ejecutores de una consigna emanada de instancias superiores, y su intervención violenta se realizaba con todas las garantías posibles de seguridad: planificación previa sobre el terreno, instrumentos modernos de acción (automóvil, armas automáticas, etc…), ataques sorpresa y plan de huida previsto.

Este nuevo método de lucha, el terrorismo de masas, fue empleado de forma necesaria por el movimiento anarcosindicalista para defenderse ya no solo de los ataques propios de la clase burguesa contra la clase trabajadora, sino también para aguantar las embestidas del Estado y lo que algunos historiadores catalogaron como ‘plan de exterminio’ de los cuadros de la CNT (los llamados ‘Grupos de Acción’). Todo esto provocó tanto un incremento del ‘ojo por ojo’ como el hecho de que se ‘obligara’ a todo afiliado de la CNT a llevar una pistola encima por si tuviera que defenderse en cualquier momento.

Vemos entonces que fue a partir de la formación del nuevo Gobierno de Allende Salazar que el Estado comenzó a trazar un plan de ataque contra la CNT y todo el movimiento anarquista. El prefacio de ese plan de ataque se haría con una gran puesta en escena de 45.000 voluntarios del Somatén marchando por el Passeig de Gràcia el 24 de abril de 1921.

La época del pistolerismo se saldó con más de 800 atentados y 226 víctimas mortales, muchas de ellas ilustres como el Conde de Salvatierra (ex-Gobernador Civil de Barcelona), Francesc Layret (abogado obrerista), el Presidente del Gobierno Eduardo Dato o el famoso Secretario General de la CNT en Cataluña Salvador Seguí ‘El noi del sucre’. Esta situación de continua violencia fue uno de los motivos por los cuales Miguel Primo de Rivera daría un golpe de Estado en 1923 poniendo fin así a la época de la Restauración borbónica.

@borjalibertario

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