La huelga de ‘La Canadiense’

La llamada huelga de ‘La Canadiense’ fue un paro importante del sector eléctrico, convirtiéndose después en Huelga General, que comenzó el 5 de febrero de 1919 y que se prolongó durante 44 días paralizando el 70% de toda la industria de Cataluña. Dicha huelga se convirtió en la más importante, por sus logros, de la historia del movimiento obrero hispano. En ella se consiguió el aumento salarial, la readmisión de los trabajadores despedidos y lo más importante de todo: la promulgación del Decreto de la jornada de ocho horas de trabajo, siendo así el Estado español el primer Estado en promulgar dicha ley.

Nos encontramos a finales de enero de 1919, y la compañía Riegos y Fuerzas del Ebro -conocida popularmente como La Canadiense ya que el principal accionista era el Canadian Bank of Commerce of Toronto– baja drásticamente los sueldos a sus trabajadores, bajo la excusa de que los obreros eventuales han pasado a ser fijos. Paralelamente, el sindicato anarquista CNT crea el Sindicato Único de agua, gas y electricidad, al que se afilian gran parte de los trabajadores de La Canadiense. La guerra social entre la patronal y el proletariado militante aumenta desde que el sindicalismo revolucionario deja de estar fragmentado y pasa a conformar sindicatos únicos de ramo o industria. Ante esta situación, con los primeros despidos de trabajadores por quejarse, el 5 de febrero de 1919 parte de la plantilla da inicio a una huelga de “brazos caídos”, siendo reprimidos y expulsados de los puestos de trabajo por la propia policía. Y como si se tratara de un efecto dominó, la solidaridad se va extendiendo por todas las secciones de la empresa y por otras empresas de energía.

La huelga comenzaba a ser ya un gran problema desde el primer día, pues la población –y el resto de industrias- dependía de La Canadiense para vivir. La acción de protesta en el sector eléctrico e hidráulico no solo lo paralizó, sino que obligó a suspender las demás industrias que dependían de él para seguir en funcionamiento. Durante las siguientes dos semanas se unió a la huelga la industria textil, tan importante en la Cataluña de principios del siglo XX, reivindicando la jornada laboral de ocho horas y el fin del trabajo infantil. La situación de Barcelona y casi toda Cataluña no tenía precedentes; tranvías paralizados, hogares e industrias sin energía, interrupción de la prensa y fallida del alumbrado público.

Ante tal situación, el Conde de Romanones confiscó La Canadiense y puso en los puestos de trabajo a ingenieros del ejército español. A finales de febrero -con el 70% de la industria catalana totalmente paralizada- entre la participación del capitán general, Milans del Bosch, que pretendía declarar el estado de guerra, y la del Gobernador Civil de la ciudad, que buscaba negociar con los trabajadores, la empresa dictó sentencia: o volvían a sus puestos de trabajo el 6 de marzo todos los trabajadores o serían despedidos. Tal sentencia no hizo más que avivar la llama revolucionaria, provocando que el Sindicato Único de artes gráficas de la CNT proclamara la llamada censura roja. Esta consistió en una acción conjunta de todos los periodistas de Barcelona que comunicaron a sus directores que no publicarían ninguna noticia considerada negativa para la clase trabajadora. Llegado el mes de marzo, la situación era ya incontrolable por parte del Gobierno, así que decidió declarar el estado de guerra, con un nuevo Gobernador Civil llamado Carlos Montañés (encargado de la empresa) y un nuevo jefe de policía, Gerardo Doval. A mediados de mes, el castillo de Montjuïc ya albergaba a tres mil trabajadores presos.

Finalmente, el 17 de marzo de 1919, los representantes de La Canadiense y el comité obrero llegaron a un acuerdo, en el que se aumentó el salario, se promulgó el decreto de la jornada laboral de ocho horas, la libertad de los presos y la readmisión de los primeros huelguistas despedidos.

El 19 de marzo de 1919, entre 20.000 y 35.000 trabajadores, según diversas fuentes, se reunieron en la plaza de toros de las Arenas de Barcelona para ver si los huelguistas aprobaban la negociación entre la patronal y el comité obrero. Finalmente, se aceptaron los resultados de forma unánime y se dio un margen de tres días a las autoridades para liberar a los presos bajo jurisdicción militar, con la amenaza de otra huelga general si no se llevaba a cabo.

De esta manera, el 3 de abril de 1919 el Conde de Romanones promulgaba el Decreto de la jornada de ocho horas.

Sin embargo, antes de la promulga, la huelga no se había terminado del todo, pues ante la traición del acuerdo y la falta de libertad de muchos huelguistas, el 24 de marzo se inició otra huelga general para conseguir excarcelarlos –tal y como habían amenazado-.

Los trabajadores más radicales de Barcelona y alrededores se lanzaron a la calle, no solo por la libertad de sus compañeros presos, sino como forma de protesta contra la línea posibilista que, liderada por Salvador Seguí, hacía un llamamiento a la calma y a la negociación con la patronal. El 25 de marzo, frente a esta situación, el Gobierno español decidió suspender las garantías constitucionales en todo el Estado; así, el ejército y el Somatén tomaban las calles para reprimir a cualquiera que fuera sospechoso de ser sindicalista, además de obligar a los comercios a abrir. Se ilegalizaron los sindicatos, se clausuraron sus locales y se incautó toda su documentación, seguidamente del procesamiento a todos los delegados sindicales. También se prohibió cualquier tipo de ayuda económica a los huelguistas. La Canadiense acusó a la Gobernación de Barcelona de “débil”, lo cual provocó la dimisión del jefe de policía y del propio Conde de Romanones. Se formaba así un nuevo gobierno presidido por Antonio Maura.

El 9 de abril, desde la patronal se amenazó con el ‘locaut’, es decir, con el cierre de las empresas si los trabajadores se ponían en huelga y así no tener ningún derecho económico. Tras la marcha del Gobierno de Maura tres meses después, y la continua guerra social que parecía no tener fin, el 11 de octubre de 1919 se creó la Comisión Mixta de Trabajo. Esta estaba conformada por representantes obreros y de la patronal, en un intento de dar solución al problema; sin embargo, debido a la radicalidad de unos y de otros, tal comisión no sirvió para su cometido original.

Los ‘locauts’ patronales comenzaron a hacer estragos en la clase trabajadora, la cual se veía abocada al paro forzoso y a la más estricta miseria; esto no hizo más que avivar aun más la llama de la guerra entre la clase empresarial y el proletariado militante. La CNT no se quedó de brazos cruzados y sus militantes radicales, los que casi 10 años después conformarán la FAI, empezaron a ganar terreno a los militantes más moderados, comenzando así la etapa de los atentados personales contra policías, empresarios y esquiroles, siendo esto el preludio de lo que meses después se llamaría el pistolerismo.

El conflicto, lejos de solucionarse, se agrandó cada vez más y más. Durante la huelga de La Canadiense se sucedieron hasta tres gobiernos (el de Romanones, Maura y Sánchez de Toca), y ninguno supo poner fin a la guerra social entre clase trabajadora y patronal.

La huelga de La Canadiense fue un punto de inflexión para la clase obrera catalana en general, y para la clase obrera anarcosindicalista de la CNT en particular, pues debilitó al sindicato anarquista pero, por contrapartida, auspició el aumento de los militantes radicales frente a los moderados o posibilistas.

Los continuos estados de guerra, la represión generalizada y los ‘locauts’ mantuvieron a casi toda Cataluña paralizada, con un sindicalismo echando un pulso con la burguesía y el Estado, del cual salió derrotado y débil. La respuesta a partir de aquí fue el terrorismo ‘de masas’, es decir, el pistolerismo generalizado contra los enemigos de la clase obrera y la revolución, a la cual la burguesía no iba a esperar de frente, pues se defendería –y atacaría- con sus propios pistoleros mercenarios y con el llamado Sindicato Libre.

@borjalibertario

Tras el Congreso de CNT, entrevista con su Secretario General

Publicado originalmente en alasbarricadas.org

Del 4 al 8 de diciembre ha tenido lugar en Zaragoza el último Congreso de CNT. Dado su interés para el movimiento libertario (en todas sus vertientes) y dado el ruido que siempre acompaña a este tipo de eventos, hemos querido entrevistar a alguien del secretariado permanente del comité confederal (el órgan de gestión a mayor nivel) para que nos explique de primera mano su opinión sobre lo que ha visto en estos días y los efectos prácticos de estas decisiones.

Podéis ampliar información en la página que se ha creado para seguir el evento: xicongreso.cnt.es

Para quienes no te conozcan, ¿nos podrías hacer una pequeña introducción?

Soy Martín Paradelo, Secretario General de la CNT. En primer lugar quiero agradecer a los compañeros y compañeras de Alasbarricadas su interés en la CNT y en la celebración de nuestro XI Congreso, así como su importante trabajo en la difusión de las iniciativas anarquistas y su contribución al debate teórico.

Ahora que ya ha finalizado, ¿cómo has visto en lineas generales el Congreso?

En general, podemos hablar de un congreso especialmente productivo en varios sentidos.

En primer lugar, por la cantidad y calidad de las ponencias que se sometían a debate y aprobación de los sindicatos. Hay que tener en cuenta que la CNT tiene sus ritmos propios y que el congreso no es sino el punto final de un largo proceso de debate interno que se inició hace un año. En este congreso los sindicatos han presentado ponencias que abarcaban de manera muy seria y completa ámbitos de actuación y líneas estratégicas de la CNT que estaban por desarrollar, aunque de eso hablaremos más adelante.

En segundo lugar, se ha visto la cohesión interna de la CNT y se ha manifestado la madurez de la organización. A nadie se le escapa que la CNT acudía a este congreso en un momento interno muy delicado y difícil, después de las últimas desfederaciones de pequeños grupos inoperantes y de los problemas con el anterior secretario general. Sin embargo, se ha visto una CNT unida y decidida a dar pasos de gigante. El debate en el plenario ha sido respetuoso y fluido, lo que no había ocurrido en los anteriores congresos, mucho más tensos, y ha alcanzado un calado y un nivel de análisis muy superior. También en las comisiones de refundición el nivel de consenso ha sido muy amplio y los votos particulares emitidos apenas se separaban en detalles anecdóticos de las ponencias mayoritarias. Esto no quiere decir que no haya habido tiranteces o desacuerdos, pero sí que su resolución no ha sido problemática.

Dentro de lo aprobado en el congreso, ¿qué puntos crees que son los más importantes?

Para empezar, la CNT ha pasado a definirse no solo como una organización de clase, autónoma, autogestionaria, federalista e internacionalista, sino también como una organización feminista, entendiendo que la lucha contra el patriarcado es inseparable de la lucha contra el capitalismo y contra cualquier forma de dominación, y de hecho también la acción sindical que ha definido el Congreso para los próximos años se ha impregnado de este punto de vista.

Se han tomado acuerdos importantes en cuanto a comunicación que supondrán una importante puesta al día de la estrategia comunicativa de la CNT, más efectiva y adaptada a los tiempos actuales. En cuanto a acción social se han incorporado nuevos acuerdos sobre los sistemas públicos de servicios y se ha enfrentado la creación de asambleas de parados y de bolsas de empleo en los sindicatos, entre otras cuestiones.

Sobre la visión internacionalista de la CNT y su concreción práctica también se han tomado importantes acuerdos, entre ellos el apoyo a todas las luchas por la libertad de los pueblos que hoy están teniendo lugar y la importancia de estrechar lazos entre los trabajadores llamados autóctonos y los migrantes o refugiados, como parte de una misma clase que padecemos la opresión capitalismo, además de otros relativos a la AIT.

Con todo, los acuerdos más importantes se han alcanzado en materia de acción sindical, lo que refleja con claridad la línea de la actual CNT. En este sentido, se han incorporado acuerdos muy importantes sobre la mujer trabajadora y se ha integrado esta perspectiva de género en la acción sindical de la CNT. También se reafirma la integración en la acción sindical de la CNT de las personas que trabajan de manera autónoma y sus problemáticas específicas.

Muy importante es el acuerdo sobre la ampliación del Gabinete Técnico Confederal, en la actualidad desarrollado en sus áreas jurídica y económica. Se ha decidido crear dos nuevas áreas, un área social y un área de salud laboral. También se ha abordado la organización y coordinación de las secciones sindicales a todos los niveles, lo cual hará que se multiplique su efectividad y el alcance de sus luchas.

Se han abordado nuevas formas de oposición a los procesos de despidos colectivos y expedientes de regulación de empleo, así como sobre la negociación colectiva.

Acuerdos muy importantes son los relativos a la recuperación y colectivización de empresas y al control anarcosindical de la actividad productiva y de la organización del trabajo, lo que supone una decidida voluntad de iniciar procesos revolucionarios que pasen por la toma de los medios de producción y la autogestión integral de la sociedad. Se recuperan para esto las Comisiones de Defensa Económica y el Consejo de Economía Confederal. Esto no es un brindis al sol ni uno de aquellos acuerdos grandilocuentes que luego nadie desarrollaba y que se convirtieron en habituales en la CNT de décadas pasadas, sino que hay una voluntad clara de iniciar estos pasos en un sentido revolucionario y transformador. Para esto también se ha acordado la elaboración de un programa económico y sociolaboral que debe desarrollar estos temas y para cuya presentación pública nos hemos dado el plazo de un año. Los fines revolucionarios de la CNT son irrenunciables y ahora la organización es consciente de que debe empezarse ya este camino, sin vuelta atrás posible, construido sobre la acción permanente y no sobre discursos nostálgicos o eslóganes vacíos. La CNT se ha definido como una organización actual y de futuro con estos acuerdos.

Una cuestión que suele ser objeto de comentarios, ¿qué línea tiene CNT respecto a la unidad obrera, sindical y popular?

La CNT no tiene una línea definida en este sentido, aunque es cierto que existe total autonomía a nivel local para pactar confluencias y llevar a cabo procesos unitarios, y también que a nivel confederal se ha participado de movimientos de este tipo. En todo caso, la unidad de clase no puede acabar suponiendo una disolución ideológica o una renuncia a determinados principios. Por cierto que en el Congreso se han adoptado las condiciones de confluencia a nivel sindical.

La CNT puede no tener vocación de hegemonía y participar en igualdad en múltiples luchas que no partan de sí misma, pero también es cierto que la CNT tiene la voluntad de convertirse en la referencia para el conflicto de la clase trabajadora, en la referencia de la lucha de clases.

¿Qué efectos prácticos puede tener este congreso para la clase obrera?

La clase obrera como sujeto está en este momento histórico terriblemente disgregada e incluso ha dejado de reconocerse a sí misma como sujeto. En este sentido, la aparición de referencias fuertes de reconocimiento y de estructuras estables desde las que articular este reconocimiento y transformarlo en un impulso creativo positivo son de la mayor importancia. Estas referencias y estas estructuras deben ser las organizaciones sindicales diferenciadas y los movimientos de lucha o resistencia generados desde la confluencia y que hagan de la autogestión el pivote central de su acción.

En este sentido la CNT está llamada a ocupar una posición preeminente, pues hay que tener en cuenta que por suerte o por desgracia la CNT supone un modelo sindical único en la sociedad española. No hay otra organización sindical que se sitúe en tal nivel de independencia económica y política y que apueste exclusivamente por un sindicalismo de implantación, construido sobre la autogestión y la acción directa, y que articule esta práctica a un nivel territorial tan amplio. Los beneficios de este modelo para la clase trabajadora se están empezando a ver en las luchas que la CNT está llevando adelante de manera victoriosa, pero además el carácter finalista revolucionario de la CNT, nuestra voluntad de extender el conflicto a nivel social supone un inicio de superación sistémica importantísimo en este momento en el que las ideologías parecen haber dejado de existir y que es precisamente desde ese vacío ideológico desde el que el sistema construye con eficacia su reproducción. No olvidemos que estamos enfrentando un momento de colapso, lo que también significa un momento de reconstrucción, en el que los conceptos fuertes, la solidez ideológica y la práctica que ofrece la CNT serán fundamentales para articular un movimiento de reconstrucción revolucionaria de la sociedad. El pesimismo puede invadirnos con facilidad, pero es necesaria la esperanza, y la CNT es un gran lugar donde tener esperanza.

Hemos oído que el dabate sobre relaciones internacionales ha sido uno de los más polémicos. ¿Cuál ha sido la decisión sobre la AIT?

Se ha definido un nuevo enfoque organizativo internacionalista, que pasa por denunciar el carácter inoperante de la actual AIT y por la puesta en marcha de un proyecto de expansión internacional que debe culminar en la celebración de un congreso de refundación de una internacional del sindicalismo revolucionario sin los lastres burocráticos que padece la actual AIT.

Digámoslo claramente: una opción internacional con capacidad de influencia y de coordinación de luchas y conflictos sindicales es fundamental en un momento en el que la economía se encuentra en tal nivel de globalización, pero también hay que tener claro que encarar este proceso en imposible desde minúsculas organizaciones conformadas por algunas decenas de personas que manifiestan un sectarismo atroz, una tendencia al control autoritario que raya la paranoia, un gusto por la burocratización muy alejado de lo libertario y que desprenden un olor a etnocentrismo occidental rancio y reaccionario. El Congreso ha acordado enfocar la nueva Internacional hacia formas de relaciones más abiertas y flexibles que el férreo control interno que pretende la actual cúpula, es decir, potenciando la autonomía de las secciones.

Una nueva Internacional debe comprender y valorar las diferencias y lo específico de cada organización y de los contextos culturales en que se inscriben y desarrollan y que funcionan en parámetros ideológicos y se desarrollan en imaginarios muy diferentes del sindicalismo del primer mundo industrializado y hegemónico a nivel global. Haciendo de la acción directa y de la autogestión los conceptos básicos que sirvan como aglutinante, la nueva Internacional debe ser abierta y estar basada en la lúcida comprensión de la diferencia.

El Congreso ha estado acompañado de unas jornadas culturales (ver programa) con una propuesta muy variada, ¿cómo las valorais?

Lamentablemente no puedo valorarles como se merecen, pues no he participado en ellas. Creo que las mesas redondas que se han organizado abordaban temas importantes y fundamentales en el actual momento de crisis que vivimos, y conociendo a los ponentes estoy seguro de que su contenido a estado a la altura, además de que se relacionaban mucho con el contenido de algunas discusiones del congreso.

Sobre la programación teatral y musical, solo tuve tiempo de asistir al magistral espectáculo de Pepe Viyuela. No pude asistir a las representaciones de Ana Plaza, que me interesaba mucho por su contenido y porque Ana es una actriz excelente, ni tampoco a la del grupo Los Mancusos, que comentaban las compañeras de Zaragoza que era un gran espectáculo.

Creo que la programación del ciclo de cine aporta una interesante mezcla de visión histórica y actual y que contribuye a extender la idea constructiva del anarquismo, aunque haré una pequeña crítica, y es que echo de menos una mayor calidad en cuanto a la selección.

En general, creo que los actos han estado al nivel y han arropado el contenido del Congreso de manera excelente. No me queda sino agradecer a los compañeros y compañeras de la CNT que han trabajado en estas jornadas y a todos los ponentes y artistas que han colaborado.

El anarquismo en el laberinto ideológico: Una aproximación histórica

Si alguien estudia la historia del movimiento ácrata podrá darse cuenta, entre otras cosas, que el caso del anarquismo hispano es paradigmático en la historia, tanto por su posición vanguardista a principios del siglo XX, como por la dotación de unas organizaciones y unos procedimientos de lucha que fueron pioneros en lo que respecta a la consecución de derechos sociales y la dotación de una conciencia social y obrera. Y fue, precisamente, por su posición vanguardista, que provocó inevitablemente que el movimiento anarquista tuviera que enfrentarse a diversos debates internos sobre la colaboración con otras ideologías obreristas y de izquierdas, así como saber a quién considerar amigo o enemigo en los tiempos de la guerra social contra la burguesía.

Movimiento libertario y catalanismo progresista

Si hubo una zona del Estado español donde el anarquismo arraigó desde un principio y demostró su gran potencial, fue, sin duda, en Cataluña. Y si era en el ‘Comtat Gran’ donde mayor presencia anarquista hubo, fue de esperar que el movimiento ácrata tuviera que relacionarse con los elementos más progresistas del catalanismo. Dicha relación, alcanzaría su máximo apogeo entre los últimos años de la década de los años ’10 hasta 1923, concretamente hasta el 10 de marzo de este último año, en la que el dirigente cenetista Salvador Seguí murió asesinado por el Sindicato Libre. Y es que Salvador Seguí fue el máximo exponente del anarquismo de corte catalanista y, por extensión, de la relación entre la C.N.T con diversos partidos independentistas, como fue el caso del partido Estat Català, presidido por Francesc Macià. “El Noi del Sucre”  aseguraba que hablar catalán y desear la liberación nacional de Cataluña no implicaba la renuncia a las inquietudes internacionalistas. Por aquellos años, todo el mundo sabía de la gran amistad existente entre Francesc Macià y Salvador Seguí. El Seguí sindicalista y el Macià separatista estaban muy de acuerdo en diversos puntos, tanto referentes a la liberación nacional, como en las reivindicaciones proletarias. Salvador Seguí mostró su catalanismo en el ateneo de Madrid, el 4 de octubre de 1919, como Secretario regional de la C.N.T:

Nosotros, lo digo aquí en Madrid, y si conviene también en Barcelona, somos y seremos contrarios a estos señores que pretenden monopolizar la política catalana, no para conseguir la libertad de Cataluña, sino para poder defender mejor sus intereses de clase y siempre atentos a socavar las reivindicaciones del proletariado catalán. Y yo os puedo asegurar que estos reaccionarios que se autodenominan catalanistas lo que más temen es el enderezamiento nacional de Cataluña, en el caso de que Cataluña dejara de estar sometida. Y como que saben que Cataluña no es un pueblo servil, ni siquiera intentan desligar la política catalana de la española. En cambio, nosotros, los trabajadores, como con una Cataluña independiente no perderíamos nada, al contrario, ganaríamos mucho, la independencia de nuestra tierra no nos da miedo. Estad seguros, amigos madrileños que me escucháis, que si algún día se habla seriamente de independizar Cataluña del Estado español, los primeros y quizás los únicos que se opondrían a la libertad nacional de Cataluña, serían los capitalistas de la Liga Regionalista y del Fomento del Trabajo Nacional.

El cenetista Simón Piera, en sus memorias, explica que en el exilio francés durante la dictadura de Primo de Rivera, en 1924, era habitual ver a anarquistas viviendo –y conspirando- con miembros de Estat Català, y añade que “Los obreros afiliados a la C.N.T no se opondrían nunca a la liberación de una determinada región del poder central que, por su voluntad soberana, decidiese federarse y no ligarse al poder central. No podrían combatir un sistema orgánico que ellos mismos practican por la defensa de sus intereses de clase”.

Joan García Oliver, nos muestra en su autobiografía “El eco de los pasos”, unas palabras muy reveladoras en cuanto a relaciones entre el sindicato C.N.T y Estat Català durante los años ’20 y ’30; García Oliver cuenta que “En Esparraguera y en otras partes de Cataluña, en virtud del acuerdo de la regional catalana de la C.N.T de luchar conjuntamente con el “Comité d’Estat Català” que presidía Macià en París, existían estrechas relaciones entre los sindicalistas y separatistas catalanes”. García Oliver prosigue, esta vez sobre su amistad con Macià: “(…) Visité varias veces a Macià. El aislamiento en que lo tenían los demás políticos acrecentó mi simpatía por él. Perdió su carrera en el ejército español al pasar a ser político separatista, lo que a mí no dejaba de ser un antecedente a su favor”.

La dictadura de Primo de Rivera no hizo más que reforzar esta colaboración entre dos movimientos aparentemente con pocos elementos en común. Tal dictadura hizo que una razón de interés, el interés de la libertad, unificara –aun más- en el combate contra el Estado español a las dos fuerzas más atacadas por el régimen, que eran el independentismo catalán y el anarcosindicalismo. Sobre este tema, el anarcosindicalista Ricardo Sanz en “El sindicalismo y la política” explica que “la dictadura (de Primo de Rivera) había logrado limar asperezas y hasta antagonismos entre el catalanismo y sindicalismo. La mayoría de separatistas eran obreros, por tanto, como tales, conocían la vida de los explotados. Por otra parte, los anarcosindicalistas, cuanto más cultos y capacitados, mejor conocían, por haberlo estudiado, el llamado problema separatista. (…) Frente a la dictadura militarista, los elementos revolucionarios del separatismo catalán no se conformaron con vivir de rodillas, sino que pasaron a la acción subversiva, desde la propaganda escrita al atentado organizado.

Como se ha apuntado anteriormente, fue durante el régimen de Primo de Rivera (1929-1930) cuando el catalanismo de base popular alza su vuelo. En ese preciso momento el catalanismo dejó de ser un ideal romántico perteneciente a los sectores intelectuales y pequeñoburgueses para convertirse en un elemento político más de las masas explotadas, tanto de cariz socialista como anarcosindicalista. El centralismo del Estado español, una vez más, fue contraproducente a la hora de intentar frenar el nacionalismo. La dictadura de Primo de Rivera hizo mucho más por el crecimiento del sentimiento nacionalista e independentista catalán que los partidos nacionalistas catalanes de entonces.

El movimiento anarquista y el marxismo

En el II Congreso de la C.N.T celebrado en el Teatro de la Comedia de Madrid se aprobó la adhesión (provisional) del sindicato libertario a la III Internacional con el respectivo envío de una comisión de delegados a Moscú para dar información de primera mano y establecer relaciones “diplomáticas”. Desde el principio de la Revolución Rusa de 197 el anarquismo hispano se mostró, mayoritariamente, entusiasta y favorable a dicha revolución, gracias a la propaganda anarquista que llegaba desde Rusia y que veían la revolución rusa como la oportunidad para establecer la ansiada sociedad sin clases. Aunque corría un mayor entusiasmo dentro del movimiento ácrata español sobre el proceso revolucionario ruso, sobre todo a raíz del establecimiento de ‘soviets’ (consejo o junta en ruso), el periódico anarquista Tierra y Libertad, hacía apología formal de la revolución proletaria acaecida en Rusia, mientras que Solidaridad Obrera, máximo órgano propagandístico de la C.N.T., se mostraba más reticente a la “dictadura del proletariado”. En verano de 1920, el dirigente anarcosindicalista Ángel Pestaña partió hacia Rusia para entrevistarse con Lenin. Pestaña no debió salir muy contento de dicha entrevista ya que a partir de ese verano todo el apoyo anarquista a la revolución rusa desapareció, a partir, también, de la propaganda “antibolchevique” del movimiento anarquista ruso, el anarquismo hispano empezó a criticar duramente la no existencia de ‘soviets’, la excesiva burocratización y el autoritarismo bolchevique que habían convertido la “dictadura del proletariado” en “dictadura del partido”. Se criticaba, a partir, también, de las noticias traídas por el socialista Fernando de los Ríos, el cual también se entrevistó con Lenin en 1921, la supeditación de los sindicatos rusos al Partido comunista y la gran represión hacia todo el movimiento ácrata.

Paralelamente a esto, hubo un sector, aunque minoritario, del anarcosindicalismo que cada vez se iba acercando más y más a las posturas soviéticas. Fueron el caso de personalidades como Maurín, Pere Bonet o Eusebio Rodríguez, que, aunque intentándolo con todas sus fuerzas, no consiguieron ‘controlar’ ningún sindicato. El 28 de abril de 1921 se decidió elegir a una delegación anarcosindicalista con el propósito de que viajaran a Moscú. Tal delegación estuvo formada por las personalidades anteriormente citadas más Andreu Nin y el francés Gaston Leval. A excepción de Leval, todos los demás abandonaron definitivamente la ideología anarquista y abrazaron el marxismo.

A partir de aquí, las diferencias entre el naciente movimiento comunista y el anarquista son cada vez mayores. Periódicos como Tierra y Libertad, Solidaridad Obrera o La Revista Blanca comenzaron a traducir todos los textos de críticas a la joven Unión Soviética escritos por personalidades de renombre internacional en aquel momento como Emma Goldman o Rudolf Rocker. Estas diferencias tendrían su punto álgido en la Guerra Civil española, concretamente en los sucesos de mayo de 1937, en los cuales se produjo una verdadera “intra-guerra” civil entre el sector anarquista y el sector republicano-comunista.

Anarquismo y republicanismo

El movimiento anarcosindicalista se vio obligado, desde la dictadura de Primo de Rivera, a tener que acercar posturas si querían acabar con la dictadura militar. Alfonso XII, al ver lo impopular que estaba siendo el gobierno de Miguel Primo de Rivera, decidió deshacerse de él, poniendo al mando al General Berenguer en enero de 1930, con la idea de que el nuevo gobierno retornara a una situación constitucional y pacífica. Fue imposible. Las conspiraciones, tanto civiles como militares, contra la monarquía de Alfonso XIII iban en aumento, y republicanos y anarquistas colaboraban cada vez más y más para derrocar al régimen. El marzo de 1930, las fuerzas conspiradoras contra el régimen firmaban el Manifiesto de Inteligencia Republicana, el cual estuvo firmado, también, por la C.N.T. Ángel Pestaña, por aquel entonces, optaba por las vías reformistas y colaboracionistas con el republicanismo, y supo esparcir bien esa idea dentro del seno del movimiento anarcosindicalista. Desde los plenos regionales se censuraba de forma sistemática la oposición de la FAI al reformismo y se abogaba por la vuelta a la legalidad del sindicato rojinegro. La C.N.T. mostró su apoyo a la opinión mayoritaria tendente a la convocación de unas Cortes Constituyentes. Además pedían “el respeto a la jornada legal de ocho horas, libertad sindical y la libertad de todos los presos políticosociales”. En un manifiesto de la CNT, publicado en 1930, se decía:

La CNT debe proclamar su solidaridad circunstancial con todas las fuerzas políticas y sociales que coincidan al exigir la convocatoria de Cortes constituyentes que liquiden el pasado y abran un nuevo cauce a la corriente de pensamiento moderno.

Vemos, pues, como desde la CNT, se consideró que no era incompatible la “solidaridad circunstancial” con el republicanismo, con el ideal anarquista y revolucionario. Asimismo, el Comité Nacional de la CNT, para no recibir críticas desde el sector más ortodoxo del anarquismo y de la FAI, concretó lo siguiente:

El Comité Nacional manifiesta clara y terminalmente que no se ha comprometido con nadie, absolutamente con nadie, para ninguna acción revolucionaria. Ni pactos ni compromisos.

De esta forma la CNT mandaba un aviso a las fuerzas republicanas para hacerles saber que solo apoyarían la voluntad del pueblo a acabar con el régimen monárquico pero que, una vez establecido el futuro régimen republicano, el movimiento anarcosindicalista volvería a ser un movimiento “al que se le deberían apretar los tornillos” desde el Estado.

Las firmas del Manifiesto de Inteligencia Republicana y las distintas acciones conspirativas contra Alfonso XII, hicieron que un sector importante del anarquismo estableciese cada vez más contactos amistosos con las fuerzas republicanas, sobre todo con el republicanismo catalanista. En octubre de 1930, se firmó el famoso Pacto de San Sebastián, en el cual todas las fuerzas republicanas del Estado español expondrían la necesidad de proclamar la República española y poner fin a la monarquía. A la firma de este pacto la CNT no se adhirió, pero sí que envió a dos delegados en calidad de observadores. La monarquía se tambaleaba, y las reuniones clandestinas con planes conspirativos iban en aumento. La CNT consiguió arrastrar a sus filas a algunos militares de la sublevación de Jaca, tales como Fermín Galán, Alejandro Sancho o el mismísimo Ramón Franco, hermano del ‘Caudillo’. Pero las primeras desavenencias con el republicanismo iban apareciendo, y la CNT, considerando como “política dilatoria” los procedimientos de las fuerzas firmantes del Pacto de San Sebastián, decidió ir por libre y comenzar a preparar acciones insurreccionales por toda la geografía española. Se formó un comité anarquista formado por Salvador Quemades y Rafael Vidiella que, con la ayuda de elementos del nacionalismo catalán, se encargaron de preparar las distintas acciones. Se produjeron distintas huelgas y sabotajes en Levante, Zaragoza y Logroño, pero de poca relevancia ya que el diez de octubre de 1930 el gobierno detuvo y encarceló a los militares republicanos implicados, a los republicano-nacionalistas Lluís Companys y Joan Lluhí y a los anarquistas Ángel Pestaña y Clara Sirvent.

El 29 de octubre, una delegación venida desde Madrid y formada por Miguel Maura y Ángel Galarza, se entrevistaron con los cenetistas Joan Peiró y Pere Massoni, con los que acordaron “establecer una inteligencia con los elementos políticos para crear un movimiento revolucionario”. En el mismo momento en que la conspiración antimonárquica alzaba el vuelo, la CNT se dividía en dos. Por una parte el sector más ortodoxo, representado por la FAI, criticaba que el sindicato tuviera relaciones con el movimiento republicano y hacia énfasis en ir por vía libre y dar comienzo a la revolución. Por otra parte, el sector más moderado y pragmático, que consideraba necesario establecer relaciones con el sector republicano y avanzar hacia la Segunda República española. La CNT, en su mayoría, después de las reuniones con los elementos republicanos, apoyó el movimiento pero no pactó nada, no quería hipotecar su libertad. En ese momento, la CNT jugaba un doble papel, por una parte la de no poner obstáculos a las conspiraciones republicanas contra la monarquía, y, por otra, la de mantener una imagen limpia de toda política institucional. Una última acción conjunta del republicanismo y el anarquismo fue la huelga general convocada el 15 de diciembre de 1930, que acabó en represión policial y con las prisiones del Estado repletas de conspiradores ácratas y republicanos. Pero la monarquía de Alfonso XIII ya estaba herida de muerte. El 12 de abril de 1931 se producen las elecciones municipales que, a modo de elecciones plebiscitarias, darían la victoria a las fuerzas republicanas. El voto obrero, y en parte anarquista, fue altamente decisivo para el triunfo de las fuerzas progresistas. Así lo explicaba Joan Peiró:

No voy yo a negar, que los sindicalistas revolucionarios, contribuimos indirectamente al triunfo electoral del 12 de abril. Las masas del pueblo, que sabían del dolor de los aguijonazos de la tirana Dictadura, sentían irresistibles ansias de cambiar el decorado político de España. Sus ansias trocaron en el anhelo republicano y nosotros –y todos los anarquistas también- impotentes por encauzar aquella formidable corriente antimonárquica por cauces superiores a la República, nos echamos a un lado y dejamos que el pueblo desbordado en santo entusiasmo hiciera su voluntad. No dijimos jamás a los trabajadores que acudieran a las urnas electorales; pero tampoco les dijimos que dejaran de ir a ellas.  

Borja

El comunismo libertario en el movimiento anarquista. Historia de una tendencia. 1ª Parte 1868-1950

Este texto pretende verter luz teórica sobre la teoría revolucionaria aportada por el movimiento anarquista desde su creación, a partir de la Alianza por la Democracia Socialista, en 1868, hasta el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, momento en el que la corriente libertaria sufrió un profundo corte generacional. Este texto será completado por otro estudio de la época de la post-guerra hasta nuestros días.

Como dice el subtítulo, se trata de una historia de la tendencia comunista libertaria o anarco-comunista, poniendo énfasis en las propuestas concretas tanto teóricas como prácticas de las diferentes organizaciones del movimiento libertario a lo largo de su historia e, intentando analizar aciertos y errores, trataremos de llegar a unas conclusiones básicas que le dan forma a la tendencia en nuestros días.

Anarquistas, ¿Partido o anti-partido?

En la historia del anarquismo como movimiento político rara vez se ha utilizado la palabra Partido para designar a una organización libertaria. Esto se debe a la mala fama que comenzó a tener el parlamentarismo en los medios obreros a partir de la segunda mitad del siglo XIX. El parlamentarismo se entiende como la forma de gobierno basada en el juego democrático de los partidos políticos que se disputan un parlamento y, mediante ello, el control de las instituciones del estado. De esta forma los partidos controlan los mecanismos del poder estatal, y desde allí, a las personas y los pueblos, les voten o no.

Está poco difundido que, en su militancia activa Pierre Joseph Proudhon, probó suerte como diputado. Proudhon era bien conocido en París de finales de los años 1840s por su labor periodística. En 1848 decidió probar suerte en la Asamblea Constituyente de la Segunda República. Tras un primer intento fallido en abril, fue elegido en las elecciones de junio de aquel año. Sin embargo, su estancia en la Asamblea Nacional francesa duró apenas 3 meses, ya que nada más ser elegido tomó parte por los obreros en la insurrección de junio, aunque con una actitud conciliadora. A pesar de eso, su presencia en el parlamento sirvió para que por primera vez se oyeran discursos contra la propiedad privada e insultos contra el presidente Luis-Napoleón Bonaparte (luego conocido como Napoleón III), lo que le llevó a prisión1. Ni el parlamento ni la cárcel lograron aplcar su espíritu rebelde y siguió escribiendo obras valiosas hasta su muerte en 1865.

Los parlamentos burgueses nunca han sido prioridad en el accionar político de los anarquistas. Tras la desagradable experiencia vivida por Proudhon, y algunos otros, participar en las instituciones del estado fue visto cada vez con peores ojos. Una cuestión importante constituye la constatación de no poder cambiar nada desde esta institución, dada la impotencia de ser siempre la minoría de la minoría. Más tarde crecería un desagrado visceral hacia el parlamentarismo que, aunque tenía causas totalmente justificadas, iba más allá de lo racional. Por ejemplo, para la época de Kropotkin, ya era habitual considerar que quienes participaban en el parlamento era más que probable que fueran sobornados de una manera u otra por el enemigo de clase. Quienes se dedicaban a la política partidaria lo hacían para enriquecerse personalmente. No ha cambiado mucho el concepto en el siglo XXI.

El anti-parlamentarismo incluso traspasó fronteras ideológicas y a menudo fue compartido por grupos marxistas, como durante la primera etapa de los partidos comunistas en Europa (1919-1923), gran parte de los cuales era furibundamente anti-parlamentarios. Tan era así que tuvo que tomar cartas en el asunto el propio Lenin para disciplinar a tanta organización díscola que se negaba a aceptar tener que participar en esa cueva de ladrones por la que tomaban los parlamentos. En el comunismo de entonces predominaban las corrientes revolucionarias, contra las que Lenin escribió su obra La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo2.

Los bolcheviques empezaron su lucha victoriosa contra la república parlamentaria (burguesa de hecho) y contra los mencheviques con suma prudencia y no la prepararon, ni mucho menos, tan sencillamente como hoy piensan muchos en Europa y América. En el principio del período mencionado no incitamos a derribar el gobierno, sino que explicamos la imposibilidad de hacerlo sin modificar previamente la composición y el estado de espíritu de los Soviets. No declaramos el boicot al parlamento burgués, a la Asamblea Constituyente, sino que dijimos, a partir de la Conferencia de nuestro Partido, celebrada en abril de 1917, dijimos oficialmente, en nombre del Partido, que una república burguesa, con una Asamblea Constituyente, era preferible a la misma república sin Constituyente, pero que la república «obrera y campesina» soviética es mejor que cualquier república democráticoburguesa, parlamentaria. Sin esta preparación prudente, minuciosa, circunspecta y prolongada, no hubiésemos podido alcanzar ni consolidar la victoria en octubre de 1917. 3

De todas formas el parlamentarismo es una cosa y los partidos otra. Cuando Marx y Engels fundan la Liga Comunista nunca piensan en presentarse a ningunas elecciones. Se trata de una organización política de militantes. A este tipo de organizaciones se les conoce por partido de cuadros, organización de militantes u organización de cuadros. La idea básica es que se trata de una organización que tiene militantes con una experiencia política basada en unas líneas programáticas. La función de estos militantes – cuadros – es la de influir en un cuerpo social más grande que el de su propia organización. Es decir, que el programa de su organización sea asumido también por una organización de masas. Un cuadro, además, no necesitaría estar conectado directamente con su organización, ya que gran parte de su militancia la hará tomando decisiones de forma autónoma inserto en las organizaciones de masas, pero siempre en línea con su programa.

¿Y todo esto para qué? Pues porque tanto el parlamentarismo como las organizaciones de militantes o los partidos de cuadros son formas de encarar la cuestión del poder. El poder está en manos de una clase social, que se ha dado en llamar burguesía. Y la clase explotada, supeditada a la otra, la clase obrera, es quien trabaja para ella. Esta clase, si quiere algún día librarse de la explotación tendrá que organizarse para arrebatarle el poder a la otra. Es por ello por lo que algunas corrientes políticas apuestan por hacerlo mediante una acumulación de poder institucional, parlamentario, y otras mediante la conquista rápida (y a menudo violenta) del poder, revolucionario.

Este poder, aunque se tome de forma abstracta, tiene manifestaciones muy concretas. La más poderosa es el Estado, que no es más que una serie de instituciones que le sirven de herramientas a quien obstenta el poder para poderlo mantener mejor. El Estado defiende unos intereses de clase muy claros, aunque en algunas ocasiones, por pura estrategia, decida que no es mala idea de vez en cuando echarle una mano a la clase explotada. Y en contra de este poder y de este Estado, se alzan los grupos revolucionarios que se organizan como mejor saben y pueden.

Aunque no sea muy conocido, en el bando anti-autoritario también han existido organizaciones de cuadros. Es la intención de este artículo de dar a conocer intentos previos de grupos y organizaciones libertarias históricas que han defendido esta forma de funcionamiento y otras que aunque no son exactamente así (algunas federaciones anarquistas, organizaciones libertarias sociales), son compatibles. Así pues, en este artículo cuando hablemos del “partido de los anarquistas”, lo hacemos siguiendo la 5ª acepción del diccionario de la R.A.E., que dice así:

Conjunto o agregado de personas que siguen y defienden una misma opinión o causa.”4

Es decir, un grupo de militantes que piensan de forma similar y que se organizan para lograr los mismos objetivos.

Creemos que existen también “partidos anti-partido”. En este caso se trata de organizaciones formales o informales de individuos que se oponen a los partidos políticos y siguen una línea política determinada y se organizan para que ésta tenga éxito, es decir, que forman un partido opuesto a los partidos políticos. Hay corrientes anarquistas que conforman partidos anti-partido muy bien organizados. En este caso entra en juego una influencia cultural muy importante, ya que quienes forman parte de estas corrientes tienen una afinidad natural práctica y teórica, que hace que se expresen de forma parecida y que tengan una conciencia de pertenecer al mismo grupo humano, aunque sean de organizaciones distintas.

Así pues en la gran mayoría de textos los anarquistas utilizan el término partido, lo hacen refiriéndose a un “partido que se presenta a las elecciones”. Es decir, un partido que apuesta por el parlamentarismo como medio para ejercer su propuesta política. Y fueron Kropotkin, Malatesta, Volin o Berkman, entre otros, quienes equipararon ambos términos, que hoy resultan casi inseparables. A pesar de ello en ocasiones estos mismos autores mencionan el partido entendido de la forma de agrupación política de anarquistas. Intentaremos, pues, diferenciar entre un partido que se presenta a las elecciones (y/o busca conquistar el poder gubernamental), una organización anarquista de síntesis y una organización de militantes / partido de cuadros.

La Alianza por la Democracia Socialista

La primera organización anarquista reconocida como tal fue la Alianza por la Democracia Socialista, creada por Mijail Bakunin y un grupo de simpatizantes de varios países en 1869. Su organización se basaba en dos programas, uno público y el otro interno, secreto, en línea con las clásicas sociedades secretas que habían predominado en la primera mitad del siglo XIX. Podríamos considerar esta Alianza como una organización de cuadros. La Alianza tuvo unos 70 militantes por toda Europa, y otros centenares repartidos por varias organizaciones nacionales bien estructuradas (en España, Francia, Italia, el Jura, etc.). La intención de este movimiento político era influir en el cuerpo social en el que se desarrollaba: la Asociación Internacional de los Trabajadores, la Internacional. La Alianza actuaría como corriente interna de la AIT.

Esta Sociedad tiene por objeto el triunfo del Principio de la Revolución en el mundo, por consecuencia la disolución radical de todas las organizaciones e instituciones religiosas, políticas, económicas y sociales actualmente existentes, y principalmente la reconstitución de la sociedad Europea, y enseguida mundial, sobre las bases de la Libertad, la Razón, la Justicia y el Trabajo.

Tal obra no podría ser de corta duración. La asociación se constituye entonces por un tiempo indefinido y no cesará de existir más que el día en que el triunfo de su principio en el mundo entero sea su razón de ser.5

Fragmentos del Catecismo Revolucionario de 1866. Precedente de la Alianza

La Alianza lograría imponer su visión sobre la organización del movimiento obrero de la época en varios países, justo en los que tenía mejor organización. Su traducción práctica más clara sería la Comuna de París de 1871, en la que participarían varios “aliancistas”. Además éstos intentarían extender el incendio revolucionario por toda Francia mediante las ‘comunas’ de Marsella o de Lyon – hacia donde se dirigió el propio Bakunin. Los revolucionarios bakuninistas fueron participantes de primera fila en las grandes revueltas europeas de la época (las comunas en Francia, la revolución cantonal en España y las revueltas de Florencia, Bolonia o Nápoles en Italia).

Yendo a lo concreto. Recordemos la misión española de Fanelli6, que en 1869 hizo una gira de propaganda a petición de Bakunin y fundó dos núcleos de la Internacional y de la Alianza en Madrid y en Barcelona, lo que puso las bases de ambas organizaciones en España. Anselmo Lorenzo, Tomás González Morago y Francisco Mora harían lo mismo en Lisboa en 1872. Estos militantes actúan con una misión en la cabeza, que es la de fundar nuevos núcleos para su organización. Así pues contactan con gente proclive a unirse, se les explica el programa, y tras un debate si los han logrado convencer saldrá adelante el núcleo. Es algo parecido a las posteriores campañas de propaganda de los sindicalistas, pueblo a pueblo, aldea a aldea, fábrica a fábrica. Sólo que la Alianza es una organización política y la Internacional es social y sindical. En algunos casos requería que el militante estuviera meses en el mismo lugar, de tal manera que pudiera traspasar los conocimientos necesarios para que todo funcionara correctamente. Y recordemos también que Fanelli era un diputado del parlamento italiano. La particularidad estriba en que no obedecía a su cargo político parlamentario sino que estaba sujeto al programa de la Alianza. De hecho ya era parlamentario cuando conoció a Bakunin, y éste decidió aprovechar el cargo del otro para los fines de la Alianza y de la Internacional. Toda una lección de pragmatismo.

Sin embargo, tras la muerte de Bakunin, la división de la Internacional y el duro enfrentamiento entre marxistas y bakuninistas, y la feroz represión de las revoluciones fallidas, se produjo una dispersión que echará a perder la claridad de miras de antes. Comenzarán 20 años de auge de un anarquismo insurreccional cargado de individualismo y de desconfianza hacia todo tipo de organizaciones, tiempo que aprovecharía el marxismo para imponerse a todos los demás socialismos.

Del Congreso de Londres al Congreso de Ámsterdam

A pesar de su gran influencia en el período 1870-1874, las ideas libertarias pierden fuelle a finales de la década. No obstante, el impulso constructivo se trasladó a nuevos lugares como sudamérica, norteamérica y el norte de África, en donde se irían fundando nuevas sociedades obreras cargadas de influencias libertarias. Pero en Europa comenzará a predominar un anarquismo impulsivo, dispuesto a devolver golpe por golpe todas las ofensas que el poder estatal le estaba profesando al recién organizado movimiento obrero.

El Congreso de Londres de 18817 sería la confirmación oficial de esta tendencia, que hasta entonces había tenido una primera manifestación práctica en la llamada Internacional Negra, que era el intento de continuar con la AIT, desaparecida tras el Congreso de Verviers en 1877. En Londres fracasaron los intentos de construir una nueva Internacional libertaria, y triunfaron las tesis de la propaganda por el hecho y de la dinamita.

En este congreso Piotr Kropotkin propuso combinar las organizaciones de masas con grupos pequeños clandestinos dispuestos a la acción revolucionaria violenta. Incluso esta idea fue rechazada ya que entonces prevalecía la idea anti-organizacionalista del anarquismo. Curiosamente las circunstancias político-sociales harían que en aquellos años destacaran sociedades obreras de masas de carácter libertario en España y en los Estados Unidos y se pusieran las bases para la creación de los sindicatos a una escala mucho mayor que hasta entonces. Volviendo a Kropotkin, este pensaba que:

Yo no veo otro campo de actuación para todos aquellos que no pueden incorporarse a grupos secretos que la de agruparse bajo las banderas de la Internacional huelguista. Es sólo en ésta donde se podrán agrupar las fuerzas obreras, la masa. No veo por otra parte ningún inconveniente en ello. La huelga no es ya una guerra de brazos cruzados. El gobierno se encarga continuamente de transformarla en motín. Esto por un lado. Por otro lado, los grupos secretos se encargarían de organizar la conspiración obrera: hacer saltar una fábrica, ‘tranquilizar’ a un patrón o a un capataz, etc. etc. lo que reemplazaría con ventaja la propaganda de los congresos. 8

Se podría hablar en descargo de esta deriva hacia la acción por la acción si echásemos un vistazo un poco más amplio a otras corrientes revolucionarias de la época. En aquellos años, y hasta los años 20 y 30 del siglo XX, otras organizaciones políticas nacionalistas, republicanas, socialistas o populistas defendieron las tácticas de la propaganda por el hecho. Por ejemplo, fue abundantemente practicada por los nacionalistas irlandeses de la corriente “feniana”, por los populistas y socialistas revolucionarios rusos, por los nacionalistas serbios (que sirvieron de excusa para desencadenar la Primera Guerra Mundial) o por los republicanos portugueses.

Pero este camino del movimiento libertario haría que no pocos militantes que previamente habían destacado en su crecimiento y organización, abandonaran el movimiento. Uno de ellos fue Andrea Costa, que participó con Errico Malatesta, Cafiero o Ceccarelli en la insurrección del Benevento, Italia, en 1877; lenvatamiento al más puro estilo garibaldiano9. Costa fundaría el Partido Socialista Anarquista Revolucionario y fue el primer diputado socialista italiano electo en 1892. Su partido daría origen al Partido Socialista Italiano. Su partido era puramente parlamentario porque en su opinión se habían cerrado todas las demás vías alternativas de cambiar el estado de las cosas en Italia. Aún no se conocía el sindicalismo revolucionario.

La trayectoria de Costa es un ejemplo de la de otros militantes que no estaban en la línea de la mayoría de su movimiento. Cuando se funda la II Internacional, en 1889, en el seno de varios partidos socialdemócratas europeos existe una corriente libertaria. La Internacional tenía varias corrientes socialistas, siendo la marxista la que terminaría ganando la partida, asimilando o expulsando a las demás. Los anarquistas serían una de estas corrientes expulsadas por el sectarismo marxista en 1896.

Los militantes, insertos en el ambiente obrero de la época, poco a poco van entrando en las sociedades obreras. Al cerrárseles la puerta de la organización política, prueban con los sindicatos. En aquellos años los sindicatos comenzaban a ser tolerados por las autoridades. Esto provocaba una llegada de obreros concienciados que iban adquiriendo conciencia de clase y un primer contacto con las ideas libertarias. Entre la década de 1896 y 1906 tiene lugar la creación del sindicalismo revolucionario, que será en varios países la forma de socialismo mayoritaria durante años. Su auge coincidió con la progresiva desacreditación de la práctica de la propaganda por el hecho, que se había llevado por delante a varios reyes y ministros, pero que no provocó la tan esperada insurrección. Con la puesta en práctica de las tácticas sindicalistas revolucionarias (la huelga general, el sabotaje, el boicot y el label), el movimiento anarquista cambió de rumbo.

En el Congreso de Ámsterdam, en 1907, se constató este cambio. Aparecieron nuevos defensores de la teoría del sindicalismo revolucionario, Pierre Monatte, Amedé Dunois, Rudolf Rocker o Christian Cornelissen que pudieron contrastar sus prácticas e ideas con la élite del movimiento anarquista de la época: Errico Malatesta, Emma Goldman, Luigi Fabbri… Sin embargo, a efectos prácticos el congreso sirvió de poco ya que se aprobaron cuatro declaraciones de tendencia contrapuesta, queriendo contentar a todos. Era la tradición para que la mayoría no marginase a la minoría, pero a nuestro entender, hizo un flaco favor a la acción política posterior de los anarquistas en tanto a movimiento10.

Ahora bien, prosiguen, su lugar como anarquistas está en la unión obrera, y ahí nada más. La unión obrera no es solamente una organización de lucha, es ella el germen viviente de la sociedad futura, y ésta será lo que el sindicato nos haya hecho. El error, es quedarse entre iniciados, rumiando siempre los mismos problemas de doctrina, dando vuelta sin fin en el mismo círculo de pensamiento. Por ningún pretexto, hay que separarse del pueblo, pues por muy atrasado, por muy limitado que sea, es él, y no el ideólogo, el motor indispensable de toda revolución. ¿Tienen ustedes entonces, como los socialdemócratas, intereses diferentes de los del proletariado que hacer valer -intereses de partido, de secta o de camarilla? ¿Debe el proletariado acudir a ustedes, o ustedes ir hacia él para vivir de su vida, ganar su confianza e incitarle, por la palabra y el ejemplo, a la resistencia, a la rebeldía, a la revolución?

[…]La revolución social sólo puede ser obra de la masa. Pero toda revolución viene necesariamente acompañada de actos, que por su carácter -de alguna manera técnico-, no pueden ser más que el hecho de un pequeño número, de la fracción más atrevida y más instruida del proletariado en movimiento. En cada barrio, cada ciudad, cada región, nuestros grupos formarían, en periodo revolucionario, tantas pequeñas organizaciones de combate, destinadas a la realización de las medidas especiales y delicadas para las que, la mayoría de las veces, la gran masa es inhábil.11

El marxismo como corriente política organizada superó al anarquismo en las décadas de 1880 y 1890. Cuando éste comenzó a tener una nueva orientación (hacia el sindicalismo revolucionario) los partidos socialdemócratas y/o el reformismo obrero (las Trade Unions en el mundo anglosajón, la American Federation of Labor en Estados Unidos, etc.) ya habían tomado el liderazgo del movimiento obrero (en Alemania, Estados Unidos, Rusia, Italia, Francia…). El sindicalismo revolucionario fue considerado como un gran avance, y durante algunos años logró desafiar al marxismo, pero más tarde apenas pudo resistir el poderoso prestigio de la Revolución rusa. Al fin y al cabo el mundo se mueve mediante victorias y al sindicalismo le faltaba una visión más global, política, de la que posteriormente hablaremos.

El PLM y Ricardo Flores Magón

Otro ejemplo histórico de interés es el del Partido Liberal Mexicano (PLM). Se trata de una organización política mexicana creada en 1901 y fundada para oponerse a la dictadura de Porfirio Díaz. El partido se crea combinando un órgano de propaganda, el periódico Regeneración, con grupos locales que se llamaban círculos liberales. En el partido confluyeron militantes liberales, republicanos, libertarios y socialistas y en 1906 lanzarían un manifiesto y un programa12, que más tarde sería la base de la propia Constitución mexicana y sería un modelo para numerosos planes y programas de una década después.

A pesar de la composición heterogénea del partido, hacia 1906-07 tomaría el control de la organización la vertiente libertaria, capitaneada por los hermanos Flores Magón, Librado Rivera, Práxedis G. Guerrero, entre otros. Este grupo de libertarios controlaron la Junta Revolucionaria del PLM, que era el organismo que dirigía la orientación política y militar del movimiento. La Junta fue responsable de la insurrección de 1908, y de llevar a cabo en 1910 las operaciones insurreccionales de las milicias que acabaron iniciando lo que sería la Revolución mexicana.

La fuerza del PLM no eran los anarquistas sino su programa, que ofrecía un profundo cambio social en México. Fue el programa lo que atraería a muchas personas y a otras organizaciones al terreno revolucionario. El PLM pudo haber logrado esa victoria moral que necesitaba el anarquismo a escala global. Sin embargo, hay que comprender que las ideologías son herramientas para la liberación. Y que en cuanto una no es capaz de conseguirlo le tocará el turno a otra. El PLM cometió algunos errores estratégicos importantes, que le privaron de la victoria, y la pusieron en manos de Francisco I. Madero que tomó el poder. La guerra civil que inició la insurrección duraría toda la década. En 1911, el PLM lanzaría un nuevo manifiesto llamando a la acción revolucionaria:

La expropiación tiene que ser llevada a cabo a sangre y fuego durante este grandioso movimiento, como lo han hecho y lo están haciendo nuestros hermanos los habitantes de Morelos, sur de Puebla, Michoacán, Guerrero, Veracruz, norte de Tamaulipas, Durango, Sonora, Sinaloa, Jalisco, Chihuahua, Oaxaca, Yucatán, Quintana Roo y regiones de otros estados, según ha tenido que confesar la misma prensa burguesa de México, en que los proletarios han tomado posesión de la tierra sin esperar a que un Gobierno paternal se dignase hacerlos felices, conscientes de que no hay que esperar nada bueno de los Gobiernos y de que «La emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos».13

En la Revolución mexicana tenemos un ejemplo de esta falta de visión que se le achaca al sindicalismo revolucionario. En Ciudad de México, nació en 1912 una central sindical, cuyos referentes eran la CGT francesa, la CNT española y los IWW de norteamérica. Muy pronto logró asentarse entre los obreros de la capital y de algunas ciudades industriales y colonias mineras, y para 1913 ya lograba convocar a 30.000 obreros en sus manifestaciones. Pero en cuanto la guerra civil mexicana llegó a las puertas de la capital, fueron incapaces de distinguir entre aliados y enemigos. De esta manera, en 1915, los sindicalistas se pusieron a las órdenes del gobierno, reclutando a unos 7.000 trabajadores en los llamados “batallones rojos”, para ir a combatir directamente al ejército de Emiliano Zapata, que veían como una horda de campesinos atrasados y religiosos. Para entonces la influencia del PLM en la revolución se había evaporado, ya que Ricardo Flores Magón se hallaba preso en Kansas, Estados Unidos, y faltó una visión más amplia de miras.

La Revolución rusa: Nabat y la makhnovischina

En la revolución más importante del siglo XX también hubo una importante participación anarquista. Sin embargo, tal como menciona Volin14, al estallar la revolución de Febrero de 1917, el movimiento anarquista estaba totalmente desorganizado. Mientras que los marxistas bolcheviques tenían ya en febrero o marzo de aquel año 8.000 militantes organizados, los anarquistas apenas tenían algunos grupos dispersos en las ciudades más importantes. La prensa anarquista tardó varios meses en aparecer mientras que los bolcheviques ya tenían decenas de periódicos.

Pero lo más importante, una vez más, es la capacidad de hacer política, de luchar por un determinado ordenamiento de la polis. Así pues, en cuanto Lenin puso los pies en Rusia, comenzó a orientar a su partido hacia la toma del poder. Para ello, viendo el ambiente que se respiraba en la calle, trazó un programa revolucionario que copiaba en buena medida el lenguaje de los anarquistas. Y gracias a ello se atrajo a los sectores más avanzados del proletariado urbano, que podrían haber sido la base social de un movimiento libertario en Rusia.

Los anarquistas aún así apenas reaccionarion y no participaron como movimiento organizado en los congresos de Soviets (consejos obreros) que se realizaron en Rusia en junio y en octubre de 1917. Tuvieron que ser algunos militantes individuales quienes mantuvieran la llama anarquista en medio de grandes organizaciones de masas dominadas por otros movimientos. La acción de los libertarios en aquel año se centró en fortalecer la Guardia Roja, en crear sindicatos, y en la cuestión cultural y vivencial del anarquismo. Por ello, hubo trasvase de militantes libertarios hacia el partido de los bolcheviques, que estaban participando en los organismos de contrapoder o poder dual, que eran los soviets.

No creemos en la posibilidad de cumplir la Revolución social por el procedimiento político.

No creemos que la obra de la nueva construcción social ni la solución de los problemas tan

vastos, varios y complicados de nuestro tiempo puedan ser realizados por actos políticos,

mediante la toma del poder, desde arriba, desde el centro…15

El movimiento anarquista comenzó a hacer su aparición en la primavera de 1918, pero entonces ya era demasiado tarde. Los bolcheviques una vez conquistado el poder, se habían asentado y no permitieron ya ninguna competencia por su izquierda. Barrieron a los anarquistas de los soviets y fueron dominando o marginando los sindicatos libertarios y los comités de fábrica con presencia libertaria organizada. Su acción posteror se reduce a valientes insurrecciones puntuales.

Hemos adquirido el hábito de culpar del fracaso del movimiento anarquista en Rusia entre 1917-1919, a la represión estatal del Partido Bolchevique. Lo cual es un grave error. La represión Bolchevique dificultó la expansión del movimiento anarquista durante la revolución, pero fue sólo uno de los obstáculos. Mas bien, fue la inefectividad interna del propio movimiento anarquista una de las principales causas de este fracaso, una inefectividad emanada de la vaguedad y de la indecisión que caracterizaron a sus principales posiciones políticas respecto a organización y tácticas.16

Pero en Ucrania, entre 1918 y 1922, un movimiento anarquista logró dominar la situación y en plena guerra civil supo cómo maniobrar en medio de todos los obstáculos posibles. Durante aquellos años de guerra civil el movimiento makhnovista (llamado así por su cabecilla, Nestor Makhno) tuvo un territorio liberado en donde se implantó el comunismo libertario y los soviets fueron realmente ‘libres’, y en donde vivieron millones de personas.

En este caso la orientación política de los anarquistas era distinta de la de sus camaradas de Rusia. Mientras que en Rusia predominaban las organizaciones de síntesis, en Ucrania los grupos anarquistas eran anarco-comunistas, es decir, comunistas libertarios kropotkinianos revolucionarios. Tenían las ideas bastante claras, y una vez vividos los golpes represivos en Rusia, intentaron mantener una línea capaz de alcanzar la victoria en su territorio. De todas formas, los enemigos a los que se enfrentaron eran demasiado fuertes, y eventualmente serían derrotados.

Lo que nos muestra la revolución en Ucrania es la potencialidad de un movimiento político bien organizado, mediante la estrecha relación entre una organización anarquista (en este caso de síntesis), Nabat17, los soviets locales y el ejército insurreccional makhnovista18. Esta alianza política, social y militar constituyó el corazón de la nueva sociedad comunista libertaria.

Los años rojos

La Revolución rusa supuso un cambio en la mentalidad de buena parte del movimiento obrero. Era posible la victoria, Rusia lo demostraba. Y su ejemplo cundió en el movimiento obrero organizado de numerosos países. A partir de 1918 estallaron revoluciones, revueltas, insurrecciones, motines y huelgas en medio mundo que pusieron el capitalismo contra las cuerdas. No se recordaba algo similar desde las revoluciones de 1848 y en este caso el movimiento revolucionario de aquellos las superó con creces.

Al igual que a la Revolución rusa el anarquismo internacional llegó a aquel evento histórico desarmado política y teóricamente, con algunas excepciones. En cada lugar el anarquismo tuvo que apañárselas como mejor pudo. A veces actuando heroicamente, en otras de forma torpe. No es casualidad que una parte de la militancia libertaria de aquellos años terminara engrosando las filas de los partidos comunistas en Brasil, México, Checoslovaquia, Hungría, Francia, China, etc.

Uno de los eventos destacados del momento, en la que los anarquistas fueron protagonistas, fue en la insurrección de Río de Janeiro de 1918. La huelga fue la culminación de un proceso de guerra social en la ciudad. Los obreros, organizados en sus sindicatos, pusieron contra las cuerdas a las autoridades de la ciudad, que entonces era la capital de la República. Su movimiento revolucionario fracasó, pero durante meses tuvo en jaque a los capitalistas y al estado brasileño19. Podemos ver un paralelismo con la toma del poder de los bolcheviques en Petrogrado, capital de Rusia, un año antes. La insurrección anarquista buscaba derrocar al estado combinando la huelga general con una insurrección en la que participaban incluso los soldados de los batallones de la ciudad. Sin embargo, algunos soldados aliados de los obreros, en realidad eran infiltrados del ejército, que echaron a perder el factor sorpresa y echaron al traste la insurrección.

En Alemania, los libertarios eran poco numerosos, pero aún así lograron destacar e impulsaron brillantes ejemplos como el del Soviet de Baviera de 191920 (encabezado durante un tiempo por Gustav Landauer, Ret Marut, Silvio Gessell, Erich Mülhsan, Ernst Toller…). El movimiento de los consejos obreros fue una potente obra de construcción de un verdadero poder popular. Le faltó un impulso mayor de sustitución del estado por las nuevas estructuras sociales. Ese era el papel que debían jugar los anarquistas (y para el caso cualquier otro movimiento revolucionario). Digamos que si los anarquistas tuvieron cierto impacto en Baviera, fue porque estaban organizados en una federación de grupos anarquistas llamada la Liga Socialista21, presente en toda Alemania pero que en Munich tenía cierta fuerza.

También en Italia tuvieron una postura clara en el verano de 1920, momento en el que se había fundado la Unione Anarchica Italiana22. Su intención era combinar una huelga general con la creación de organismos de contrapoder obrero, que serían los consejos como el Consejo de Turín, de septiembre de 1920. La huelga fue más allá acabando en expropiación masiva de los activos del capitalismo, es decir, que se ocuparon las fábricas23. Los anarquistas tuvieron una postura valiente y consecuente proponiendo prácticamente la toma del poder mediante la asociación de las organizaciones obreras y revolucionarias. Sin embargo, no fueron seguidos por los socialistas que dejaron morir la huelga. El precio que pagaron fue terrible, ya que el fascismo tomó el poder dos años después apoyado por los capitalistas que habían sido expropiados.

La Unione se dotó de un programa, redactado por Malatesta24, que en el congreso de fundación propuso la necesidad de armarse, de crear un frente único revolucionario, de instaurar en el campo y en la ciudad una nueva manera de funcionar y de pasar de las huelgas a las ocupaciones. De la misma manera se expresaba Luigi Fabbri que veía que el anarquismo tenía que ser un motor de la revolución:

La función del anarquismo no es tanto la de profetizar un porvenir de libertad como la de prepararlo. Si todo el anarquismo consistiera en la visión lejana de una sociedad sin Estado, o bien en afirmar los derechos individuales, o en una cuestión puramente espiritual, abstracta de la realidad vivida y concerniente sólo a las conciencias particulares, no habría ninguna necesidad de un movimiento político y social anarquista. Si el anarquismo fuera simplemente una ética individual, para cultivar en sí mismo, adaptándose al mismo tiempo en la vida material a actos y a movimientos en contradicción con ella, nos podríamos llamar anarquistas y pertenecer al mismo tiempo a los más diversos partidos; y podrían ser llamados anarquistas muchos que, no obstante ser en sí mismos espiritualmente e intelectualmente emancipados, son y permanecen en el terreno práctico como enemigos nuestros.

Pero el anarquismo es otra cosa. No es un medio para encerrarse en la torre de marfil, sino una manifestación del pueblo, proletaria y revolucionaria, una activa participación en el movimiento de emancipación humana con criterio y finalidad igualitaria y libertaria al mismo tiempo. La parte más importante de su programa no consiste solamente en el sueño, que sin embargo deseamos que se realice, de una sociedad sin patrones y sin gobiernos, sino sobre todo en la concepción, libertaria de la revolución, en la revolución contra el Estado y no por medio del Estado, en la idea que la libertad no sólo es el calor vital que animará el nuevo mundo futuro, sino también y sobre todo hoy mismo, un arma de combate contra el viejo mundo. En este sentido el anarquismo es una verdadera y propia teoría de la revolución. 25

En aquella época el anarquismo italiano estaba muy influido por la táctica del sindicalismo revolucionario. Pero esta táctica no garantizaba tener una visión política capaz de derrotar al capitalismo y al estado. La huelga general por sí misma no garantizaba el derrumbe de las instituciones. Servía para crear estructuras de contrapoder, los comités de huelga, que gestionaban la vida en los barrios y pueblos en los que se desarrollaba la huelga. Así tenemos muchísimos ejemplos de ciudades que fueron gobernadas por comités dee huelga en períodos de conflicto social agudo. A diferencia de Río de Janeiro, por ejemplo, en Buenos Aires no se tuvo la misma determinación de derrotar insurreccionalmente a las fuerzas del estado26. Ni tampoco en Seattle, Calgary, Edmonton, Winnipeg, Limerick, Saint Denis (barriada de París), Barcelona y otros lugares que vivieron heroicas huelgas que no llegaron a buen puerto.

Las huelgas se quedan a menudo en lo económico movilizando un enorme contingente obrero, pero incapaces de avanzar más allá hasta que son derrotadas por la vía militar (las huelgas revolucionarias). Podemos ver que los anarquistas eran capaces de conseguir paralizar un país, pero no arrastrarlo hacia una revolución social que justo entonces estaba bien vista por una gran parte de la sociedad. Faltaba un método, una teoría de la revolución. Faltaba la capacidad de combinar huelgas con insurrecciones y de que el país entero siguiera la senda revolucionaria como había ocurrido en Rusia y se había intentado en Brasil.

Digamos que los marxistas tampoco tuvieron muy claro el asunto visto su papel en las revoluciones alemana y húngara. En el primer caso, no fueron capaces de superar a la socialdemocracia que dominaba entre la clase obrera impidiendo una revolución más profunda. Y en el segundo su papel una vez en el gobierno del país dejó mucho que desear, dado su nulo apoyo al campesinado, o a su empecinamiento en entrar en guerra expansivas contra todos su países vecinos.

La Plataforma

Habría que decir que hemos presentado previamente tres organizaciones de síntesis (Nabat en Ucrania, la Liga Socialista alemana y la Unión Anarquista Italiana) que jugaron un papel muy destacado en un proceso revolucionario. Las tres tuvieron un papel destacado y combinaron hábilmente una organización política con un movimiento de masas (en Ucrania el makhnovismo, en Alemania los consejos obreros y en Italia la USI y los consejos de fábrica). Pero de alguna manera su organización carecía de coherencia interna. No era lo mismo un grupo que otro, ni una sección que otra. Por eso a nivel de localidad la intensidad de la revolución variaba enormemente. Las organizaciones de síntesis del momento agrupaban a comunistas libertarios con anarcosindicalistas, con otros libertarios de tipo individualista o insurreccionalista. El resultado eran decisiones poco vinculantes y ciertas vacilaciones a la hora de actuar unitariamente. De todas formas la participación de las tres organizaciones mencionadas en sus procesos revolucionarios fue encomiable.

En 1926 un grupo Dielo Truda, de exiliados rusos en París (Nestor Makhno, Piotr Arshinov, Ida Mett, entre otros), después de un proceso de análisis de la revolución rusa, señalaron los errores cometidos por su movimiento y se propusieron idear una metodología para superarlos en futuras revoluciones. Su reflexiones fueron recogidas en la Plataforma Organizativa para una Unión General de Anarquistas27.

El documento también propone una forma organizativa para la militancia libertaria que se basaba en una unión de anarquistas en base a un programa, es decir, una unión de anarquistas que conciben el anarquismo de forma similar, buscando una unidad teórica y táctica como paso previo a la acción revolucionaria y la necesidad de una disciplina interna. Este documento sería duramente atacado por los anarquistas de la época. Sobretodo destacan las críticas de Malatesta, Volin y Faure que creen que el modelo de organización propuesto es autoritario, y que entraría en contradicción con los principios del anarquismo ya que daría pie a una vanguardia. Como contra-propuesta se lanzará la idea del “anarquismo de síntesis”, que ya se venía poniendo en práctica en las organizaciones libertarias desde el siglo XIX, en el que caben dentro de las mismas tendencias diferentes anarco-comunistas, anarco-sindicalistas e anarco-individualistas.

En todos los países, el movimiento anarquismo está representado por organizaciones locales, con teorías y prácticas contradictorias, sin tener perspectivas de futuro ni una constancia en la militancia, y que suelen desaparecer sin dejar casi ninguna huella. Tal estado del anarquismo revolucionario, tomado como un todo, sólo puede ser calificado de «desorganización crónica». Como la fiebre amarilla, esta enfermedad de la desorganización se introdujo en el organismo del movimiento anarquista y nos sacude desde hace decenios.28

A pesar del revuelo levantado por el documento, y por el debate posterior en el movimiento libertario internacional, la posición partidaria de la Plataforma lograría tener influencia solamente en Francia y en Bulgaria, en donde se desarrollaba un potente movimiento libertario que tuvo serias opciones de victoria, y que como nos ha ocurrido siempre, se enfrentó a enemigos muy superiores y salió derrotado. La Plataforma fue reivindicada por grupos franceses e italianos en los años 50 y 60, hasta terminar como una de las principales corrientes organizativas libertarias de nuestros días.

Los anarco-comunistas de los años 20 y 30

En Argentina, así como en otros países, la Revolución rusa produjo un formidable impacto. El movimiento anarquista tuvo turbulentos debates que a menudo provocaron escisiones y expulsiones. Ya hemos dicho que en varios países los partidos comunistas salieron de grupos de anarquistas fascinados por Rusia. En Argentina el movimiento obrero de carácter más radical se había fracturado en 1915 durante su IX congreso, cuando la central sindical revolucionaria, la FORA, se dividió en dos ramas, una mayoritaria de carácter sindicalista revolucionario y la otra minoritaria de carácter explícitamente anarquista.

Para complicar más las cosas dentro de la FORA anarquista, la que defendía la declaración del V Congreso (es decir, una organización gremial de finalidad comunista anárquica), hubo una ruptura entre quienes apoyaban a la Revolución rusa y quienes la criticaban por autoritaria. Los primeros fueron denominados “anarco-bolcheviques”. Hemos de reconocer que en aquellos años la información no circulaba con rapidez, y que en un principio se tomaba a la Revolución rusa como liberadora. Al menos hasta Kronstadt una mayoría tácita del movimiento libertario internacional simpatizaba con los bolcheviques, inconscientes de lo que acontecía realmente.

La FORA del V congreso defendía un movimiento obrero libertario, era una organización político-sindical. Es decir, que su objetivo era organizar a los trabajadores e irlos acercando a su finalidad, el comunismo anárquico. Pero en los períodos en los que se hablaba de confluencia de diferentes corrientes del movimiento obrero, esa misma finalidad la hacía caer en el sectarismo.

Tras la dura represión de la Semana Trágica de Buenos Aires, y otras masacres del movimiento obrero, (como las de la Patagonia) en 1922 se funda la Unión Sindical Argentina, a partir de la FORA sindicalista y del sector anarco-bolchevique. Los grupos anarco-bolcheviques se organizaron ese mismo año efímeramente en la Alianza Libertaria Argentina. Pero el movimiento libertario está dividido y más preocupado de luchar contra las otras tendencias que de desarrollar conflictos con el estado y el capitalismo. Estas luchas internas hacen que el movimiento obrero se vaya alejando del anarquismo, y vaya progresivamente acercándose al socialismo y a posturas menos ideologizadas.

En los años 30, hay un nuevo proceso de unidad entre anarquistas, que da origen a la Federación anarco-comunista argentina, la FACA, que es una federación de síntesis anarquista. Sin embargo de este proceso saltará un grupo de tendencia anarco-comunista que fundará el periódico Spartacus, que más tarde tendrá un grupo con el mismo nombre, la Alianza Obrera Spartacus. Fue uno de los pocos grupos en difundir la Plataforma. La Alianza defendía el paso de sindicatos gremiales a sindicatos de industria, como había hecho la CNT española en 1919. También defiende la unidad por la base del movimiento obrero, aunque hubiera marxistas en esta unidad. La Alianza tuvo su momento de apogeo en las huelgas de 1936. Pero tras el estallido de la Guerra Civil española todo el movimiento volcará su actividad en el apoyo solidario con la CNT. La derrota de la República y la falta de referentes libertarios en el extranjero hará que el movimiento no sepa sobreponerse y que acabe superado por los comunistas y más tarde por los partidarios de Perón.

En Francia la Plataforma tuvo cierto impacto. Desde 1920 existía una organización específica, la Unión Anarquista (UA) en donde cabían todos los anarquistas. En 1926 se transformó en la Unión Anarquista Comunista (UAC) Pero las discusiones derivadas por la aparición de la Plataforma hicieron que los partidarios de la síntesis abandonaran la organización. La UAC, por lo tanto, queda a partir de 1927 como una organización mayoritariamente plataformista.

Pero con el auge de los Frentes Populares en Europa en los años 30 hay también un nuevo impulso hacia la unificación de los libertarios. Entre 1930 y 1934, en dos tandas, hay procesos de unificación que irán evolucionando hasta formar la Federación Anarquista Francesa, aunque sin disolverse la UAC. Pero al par que se da este proceso también habrá un grupo de plataformistas que abandonan la nueva organización. Este grupo formará la Federación Comunista Libertaria. Es decir, que hay una tendencia a juntarse todos los libertarios en una organización, pero cada vez que esto ocurre, los anarco-comunistas se dan cuenta de que necesitan la suya propia.

La guerra mundial hará que el movimiento pase a la clandestinidad, jugando un papel discreto, a menudo supeditados a otras fuerzas políticas. En 1945 se funda la Federación Anarquista, como única organización libertaria en Francia. Desgraciadamente el anarquismo no jugará en Francia un papel relevante hasta las revueltas de mayo de 1968.

En Italia, se podría decir que la UAI, fundada en 1920, era una organización de síntesis, pero no olvidemos que esa federación había surgido de la Unione Anarco-Comunista Italiana, para la que Malatesta había escrito un programa el año 191929. Si se funda la UAI como organización de síntesis es por la insistencia de Malatesta, que quiere organizaciones más abiertas. En la práctica la UAI simplemente añadía anarcosindicalistas a los comunistas libertarios ya previamente organizados. A efectos prácticos, la UAI funcionaría de forma muy coordinada, teniendo una influencia importante en las ocupaciones de fábrica operando en los comités de fábrica y en los sindicatos. De todas formas en la UAI había diversas formas de entender la organización anarquista, por ejemplo Armando Borghi, secretario general de la USI y militante de la UAI, llegará incluso a proponer la fusión de ambas organizaciones, a imitación del modelo de la FORA.

Pero tras el período de ascenso al poder de Mussolini, toda la lucha política y práctica se vuelca hacia el anti-fascismo. Hasta la II Guerra Mundial, no se podrá realizar una labor política alejada de esta línea. Y precisamente se comenzará a realizar durante la guerra civil italiana a partir de 1943 (la guerra entre partisanos y fascistas que fue paralela a la guerra entre los Aliados y los nazis en suelo italiano). Los anarquistas organizan no pocas unidades milicianas (a unos 15.000 partisanos de entre 200.000 en total). En aquellos años se crea la Federación Comunista Anarquista Italiana, que se convertiá más adelante en la FAI. En las zonas liberadas los anarquistas también pudieron implantar brevemente su modelo social.

En los años de la post-guerra una buena parte de los anarquistas del norte de Italia buscaban un contacto con las organizaciones de masas. Se produjo una escisión, dando pie a la Federación Comunista Libertaria de la Alta Italia, que tendría también una rama juvenil. Esta organización atrajo a algunos comunistas. También se fundarían en otras regiones organizaciones de tipo anarco-comunista. Todos estos grupos confluirían en 1951 en los Grupos Anarquistas de Acción Proletaria (GAAP).

En Italia el enorme peso del movimiento comunista hacía imposible que una acción autónoma tuviera posibilidades de éxito. Los comunistas supieron capitalizar la lucha de liberación nacional italiana, apareciendo como el movimento político que dirigía la guerra contra el fascismo. Por ello ganaron un prestigio enorme que ningún otro movimiento pudo desafiar. A pesar de su potencialidad y de su influencia en las huelgas del biennio rosso (1919-20) los anarquistas fueron desarticulados por el fascismo en 1921-24, aunque lograron reaparecer con la cabeza bien alta en el período 1943-45.

Mala suerte tuvieron los libertarios búlgaros. Fueron aniquilados en el golpe militar de 1923, en el que murieron 30.000 personas. Y una vez más anulados por otro golpe de estado fascista en 1934. Y más tarde machacados por la ocupación nazi de Bulgaria en 1941. Y las tres veces lograron sobreponerse al desastre y organizar un movimiento popular envidiable, con guerrillas incluso. La Federación Anarquista Comunista de Bulgaria30, fue el único movimiento libertario importante de la época que se rigió por la Plataforma. Supo navegar a contracorriente, y organizar grandes organizaciones populares que rivalizaban con las comunistas (que estaban financiadas por la Unión Soviética). Sin embargo, tras la ocupación del país por el Ejército Rojo en 1944, los comunistas se hicieron con el control del país. Aún así los anarquistas aguantarían hasta 1948.

Es sobre todo todo necesario para los partidarios del anarquismo comunismo estar organizados en una organización ideológica anarquista comunista. Las tareas de estas organizaciones son: desarrollar, realizar y extender las ideas anarquistas comunistas; estudiar las cuestiones vitales de hoy que afecten a las vidas diarias de las masas trabajadoras y los problemas de la reconstrucción social; la lucha multifacética por la defensa de nuestro ideal social y la causa de la clase trabajadora; participar en la creación de grupos obreros al nivel de producción, profesión, intercambio y consumo, cultura y educación y todas las otras organizaciones que puedan ser útiles en la preparación de la reconstrucción social; preparación y organización de estos eventos; el uso de todos los medios para lograr la revolución social. Las organizaciones anarquistas comunistas son absolutamente indispensables para la total realización del comunismo libertario tanto antes de la revolución como después.31

El caso español

España siempre fue quedó descolgada de los debates anarquistas internacionales. El movimiento obrero ibérico (incluyendo a Portugal) se había orientado hacia el anarcosindicalismo y su fuerza en lugar de ser sobrepasada por la socialdemocracia o el comunismo incluso aumentó siendo hegemónica en varias zonas. Esta fuerza con la que contaban hizo que no prestaran mucha atención a los anarquistas extranjeros, que en los años 30, ya podían ser considerados representantes de un movimiento en declive.

Las necesidades organizativas del movimiento dieron lugar a la creación de una organización específica, la Federación Anarquista Ibérica (FAI), a partir de varios grupos y otras federaciones de grupos libertarios. También se fundó en una base de organización de síntesis anarquista, mezclando grupos con intenciones culturales, con otros más dedicados al anarcosindicalismo o al comunismo libertario.

En cambio, sí hubos grupos federados en la FAI con una visión más política. Por ejemplo el grupo de Los Solidarios, después llamado Nosotros era un grupo con una orientación politica y militar, que no dudaba en combinar ambos conceptos en cuanto tocara. Formaban parte del mismo (Buenaventura Durruti, Joan García Oliver, Francisco Ascaso, Gregorio Jover, Ricardo Sanz, etc.) Su influencia fue grande, aunque no terminara de arrastrar a toda la FAI. Otro de estos grupos era el grupo Nervio, que en Barcelona sí que consiguió arrastrar a otros grupos, y que de aquí salió la corriente colaboracionista de la guerra civil española. Otro grupo a destacar sería el grupo Renacer, el germen de Los Amigos de Durruti.

Al grupo Nosotros se debe una parte de las insurrecciones populares de 1932 y 1933. Precisamente, serían las mejor preparadas. En realidad la mayoría de las insurrecciones locales se producían por la represión de la Guardia civil y por la desesperada situación social en que se encontraba el campesinado y la clase obrera. El grupo Nosotros sirvió como instigador y coordinador de varios levantamientos, que por lo general estuvieron mal preparados. Sin embargo, su experiencia se trasladó a los comités de defensa que constituyeron los sindicatos durante los años 30. Gracias a estos comités el movimiento libertario comenzó a tener una rama militar que posteriormente sería capaz de derrotar al ejército en varias ciudades españolas.

Todos estos grupos estaban opuestos a otra tendencia libertaria. A los treintistas. Los treintistas eran firmantes del Manifiesto de los Treinta, que defendía que para llevar a cabo una revolución social triunfante era necesaria la consolidación de la organización obrera (la CNT) y la consolidación también de un régimen republicano en el que poder operar con tranquilidad. Se trataba de militantes obreros que habían dirigido a la CNT durante los años 20. Estaban, de alguna manera, de acuerdo con una especie de período de transición que pudiera fortalecer a las organizaciones revolucionarias. Los más destacados partidarios de esta línea fueron Joan Peiró, Juan López, Domingo Torres o Ángel Pestaña.

Somos revolucionarios, sí; pero no cultivadores del mito de la revolución. Queremos que el Capitalismo y el Estado, sea rojo, blanco o negro, desaparezca; pero no para suplantarlo por otro, sino para que hecha la revolución económica por la clase obrera pueda ésta impedir la reinstauración de todo poder, fuera cual fuere su color. Queremos una revolución nacida de un hondo sentir del pueblo, como la que hoy se está forjando, y no una revolución que se nos ofrece, que pretenden traer unos cuantos individuos, que si a ella llegaran, llámase como quieran, fatalmente se convertirían en dictadores al día siguiente de su triunfo.32

La corriente se organizaría mediante la Federación Sindicalista Libertaria, opuesta a la FAI. Sin embargo, a pesar de tener cierta influencia en la organización confederal no lograron ser seguidos, y quedaron en una pequeña minoría. Pestaña, por su parte pensando que había llegado el turno de los partidos políticos formó el Partido Sindicalista33, que estaba concebido para ser el partido de la CNT. Era una plataforma electoral que tenía la intención de conectar el movimiento obrero (a la CNT) con la pequeña burguesía y los profesionales liberales. Hubo muchos intentos de “partido de la CNT”. Por ejemplo el PCE o el POUM intentaron serlo, arrastrando consigo a algunos militantes. Pero en la mayoría de los casos los militantes confederales (de la CNT) se decantaban por apoyar a los partidos republicanos. Se podría decir que era una contradicción estar por un lado defendiendo ideas anarquistas, pero cuando llegaban las elecciones, votar a los republicanos y no apoyar partidos aparentemente más propios.

En la Revolución asturiana de 1934 se desarrollaron varias estrategias. Por un lado la de la huelga general revolucionaria, por otro lado la insurreccional. Pero fueron los socialistas quienes dirigieron en todo momento la insurrección, y quienes a pesar de ser superados por las bases pudieron capitalizar el movimiento. A pesar de todo los anarquistas sacaron valiosas lecciones prácticas de Asturias que adaptaron a sus tácticas militares.

Cuando llegó el levantamiento militar del ejército español, y el estado republicano se hundió, el movimiento obrero logró salvar la situación. Pero cuando tenía el poder en la mano, renunció a él, pactando con los partidos de la clase media (republicanos, nacionalistas y socialistas). Del movimiento anarquista se fue formando una tendencia nueva hasta entonces que surgía de los militantes de los barrios, de los comités de fábrica, de los sindicatos, de las milicias, que apoyaba la revolución y que hablaba de la supresión del estado mediante la toma del poder por parte de la clase obrera. Esta corriente cristalizó en la Agrupación de Los Amigos de Durruti34, en marzo de 1937. Y tendría un papel protagónico en los Hechos de Mayo de aquel año35.

Desde luego, hay mucho que explicar del tema, pero por espacio no podemos dedicarnos a ello. Nos quedamos pues con tres momentos: el de los treintistas que vieron claro que había que consolidar sus organizaciones antes de intentar cualquier movimiento insurreccional y que habían puesto en el imaginario colectivo del anarquismo ibérico de los años 20 el concepto de la “autogestión”, que como se vio durante la revolución española alcanzó cotas espectaculares; el del grupo Nosotros que supo organizar militarmente el movimiento libertario, cuyas raíces se encuentran también en los años 20 en medio de la guerra callejera entre la patronal y los sindicalistas; y finalmente el de Los Amigos de Durruti, cuya mayor aportación fue la de poner sobre el tapete una teoría revolucionaria pero que llegó desgraciadamente demasiado tarde.

Para que un movimiento revolucionario pueda tener opciones algún día, tiene que ser capaz de conjugar estas tres vertientes, la socio-económica, la militar-insurreccional y la política. En España los defensores de cada una de estas tres vertientes acabaron enfrentándose en lugar de complementar sus prácticas. Por ello la FAI a la hora de la verdad fue una organización política inoperante y dejó en manos de la CNT toda la resposabilidad en el campo político, asumiendo el doble papel de “partido-sindicato”.

Las revoluciones sin una teoría no siguen adelante. «Los Amigos de Durruti» hemos trazado nuestro pensamiento que puede ser objeto de los retoques propios de las grandes conmociones sociales, pero que radica en dos puntos esenciales que no pueden eludirse: un programa y fusiles.36

El anarquismo fuera del área europea

En los años 20 y 30 del siglo XX, en el perído de entreguerras, se desarrollaron movimientos poco conocidos de clara influencia libertaria. En aquellos años llega el anarcosindicalismo a nuevos territorios como Perú, Ecuador o Bolivia. Pero también tienen lugar diversas intentonas revolucionarias en Paraguay y en Corea.

En Paraguay, el movimiento anarquista a pesar de ser pequeño tuvo un intento de insurrección en 1931 que fracasó37. Los insurrectos buscaban la instauración de una «república comunera» bajo control sindical, algo así como la “socialización” del estado, y organizar la economía mediante la socialización o la nacionalización de los medios de producción. Su inspiración venía de la Comuna de París. Nos vemos en un caso muy similar al de las insurrecciones de Brasil en 1918. Al igual que las insurrecciones españolas de aquel momento, es muy probable que sobrevaloraran sus propias fuerzas. No todo es tener programa.

Otro de los grandes hitos del anarquismo, al par de las revoluciones mexicana, ucraniana o española, es la revolución de Corea en 1929-3238. Se trata de una lucha de liberación nacional que escoje el anarquismo como forma de lograr su libertad. A menudo se lo confunde con los movimientos nacionalistas, pero visto su pensamiento y su obra teórica y práctica nos encontramos ante un movimiento claramentet anarquista. Y como tal se reivindicaban.

Aquellos años de lucha anti-colonial contra el imperialismo japonés habían hecho del movimiento libertario una potencia política y militar a tener en cuenta. Su organización política de hecho era una organización de masas, con muchos miles de afiliados, cosa rara para una federación anarquista (con la excepción histórica de la época de la Rusia y la España revolucionarias, que tuvieron federaciones de decenas de miles de afiliados). A finales de 1929 la federación anarquista decide destinar sus recursos a crear una zona liberada en el norte de Corea y el sur de Manchuria (norte de China). Se trata de la Comuna Autónoma de Shinmin, en la que vivieron 2 millones de personas. Su sociedad declinó cuando los estalinistas fueron asesinando a sus militantes clave. Y también porque a finales de 1931 los japoneses van atacando Manchuria con el objetivo de anexionarla a su imperio, y pasan por encima de la sociedad liberada. Se trata de un bello ejemplo de la potencialidad estratégica de una organización libertaria, con mala suerte una vez más.

En China y en Japón a pesar de contar con grandes grupos anarquistas el movimiento no pudo desarrollarse con soltura. En Japón la represión fue feroz y lo hizo siempre permanecer a la defensiva, además el movimiento cayó en un purismo ideológico que lo fue separando del movimiento obrero. En China el movimiento no tuvo capacidad de organizarse a escala nacional y todo lo que había ganado a base de influenciar el Movimiento Cuatro de Mayo, lo perdió precisamente por no tener una política revolucionaria. Sus esfuerzos fueron poco a poco capitalizados por los comunistas que a lo largo de la década se atraerían a los anarquistas más válidos.

Conclusiones

El movimiento anarquista internacional vivió su apogeo entre 1910 y 1940. En estos años jugó un papel determinante en las revoluciones mexicana, rusa (y ucraniana), coreana y española. Además participó en, o instigó, muchas revueltas e insurrecciones que no lograron prevalecer (Brasil en 1918, Alemania en 1918-19, Shanghay en 1919, Paraguay en 1931, Asturias en 1934…) e innumerables movimientos huelguísticos (Semana Trágica de Barcelona de 1909, Semana Roja italiana en 1914, Semana Trágina de Buenos Aires en 1919, Italia en 1919-20, Patagonia en 1921…).

Antes de este período, el movimiento anarquista había participado también en otra larga lista de levantamientos contra la autoridad y el capitalismo (París 1871, Revolución cantonalista 1873, Florencia y Bolonia 1874, Benevento 1877, Chicago 1886, Jerez 1892, Macedonia y Tracia 1903, Rusia 1905…) que los preparó para la etapa siguiente. Aunque nunca olvidaron la experimentarción formando también parte del movimiento cooperativista y mutualista o creando comunas libertarias, colonias o escuelas libres.

El sindicalismo revolucionario se desveló como una gran idea a principios del siglo XX y fue impulsada entusiastamente por los anarquistas. Su dinamismo y sus tácticas lograron poner contra las cuerdas a los capitalistas. Sin embargo pronto llegó a su máxima extensión. Si era una vía para llegar a la revolución, ¿cómo sería ésta? Se podía organizar a los trabajadores, pero no se les daba un objetivo claro, un método para ir hasta el final. Una vez en plena huelga general, el comité no optaba por tomar el poder, sino que se quedaba a veces en reivindicaciones economicistas. Eran más amplios de miras cuando en las huelgas participaban otros grupos revolucionarios, normalmente socialistas, que entendían la cuestión de la toma del poder como esencial.

La acción sindical servía, y se ha demostrado así, como proceso de organización de la clase obrera, de cohesión, y de creación de un poder popular. Los obreros comenzaban a vislumbrar victorias gracias al hecho de estar organizados, y entraban en contacto con la concepción socialista de la gestión de los medios de producción. El sindicalismo es el proceso de preparación para la autogestión.

De todas las revueltas y construcciones de sociedades nuevas antes mencionadas, podemos extraer algunas enseñanzas útiles. Por un lado que las insurrecciones tienen que estar bien preparadas y desatarse en el momento justo. Por ejemplo, la insurrección del Benevento (sur de Italia) en 1877 recuerda a la de los barbudos cubanos del Granma en 1956. Los primeros eran 30 voluntariosos revolucionarios a caballo, y los segundos 18 guerrilleros subidos en un bote rumbo a Cuba. Pero los segundos escogieron un momento en el que el movimiento popular estaba en auge, y los primeros justo un momento de calma social en el territorio.

Las insurrecciones anarquistas de 1932 y 1933 en España resultaron experiencias fallidas, poco preparadas y mal dirigidas y fueron disueltas por la Guardia Civil. Y en cambio la huelga asturiana de 1934 se convirtió en un hito histórico internacional en el que tuvo que intervenir un ejército en pie de guerra durante dos semanas para derrotarlo. La práctica insurreccional tiene que estudiar el momento, contar con los aliados necesarios y tener unos objetivos claros. Como hemos visto, los bolcheviques ganaron en Petrogrado y los obreros libertarios brasileños fracasaron en Río de Janeiro en una insurrección que realmente no estuvo mal planteada a priori (los errores fueron otros) y que tuvo posibilidades de salir triunfante.

Un movimiento revolucionario debe tener en cuenta la correlación de fuerzas existente en cada momento antes de realizar actos insurreccionales. Debe ser capaz de dilucidar si esta insurrección, lo colocará en un escenario más propicio para sus intereses o la represión posterior lo hundirá. Debe ser capaz de elegir correctamente el momento de desatar la ofensiva. Debe ser capaz de escoger los aliados adecuados para una posible lucha larga. Son cuestiones con las que los movimientos insurreccionales se encuentran, y a menudo no se plantean previamente con claridad.

La constatación de que los comunistas han sabido ganar allí donde los anarquistas han fracasado ha hecho que durante décadas los espíritus rebeldes se acercaran a los primeros aceptando acríticamente su método revolucionario. Durante mucho tiempo la humanidad ha estado buscado caminos hacia la liberación y ninguno ha demostrado ser sencillo. Y a veces los atajos esconden peligros, como el que desveló la estrategia de la conquista del estado como forma de liberación. A pesar de los errores ajenos está claro que es necesario lograr victorias. El leninismo lo logró, y el anarquismo se quedó a las puertas, a veces por intentar competir con gigantes, pero en muchas otras por errores propios.

En Rusia las cosas cambiaron radicalmente. Al tomar el control del estado mediante la insurrección, los bolcheviques crearon una nueva tendencia. Pronto hegemonizaron el movimiento obrero, mediante sus partidos comunistas, que despreciaban el sindicalismo como método revolucionario. La Revolución rusa supuso el triunfo de la insurrección y de la guerra como medio para llegar al socialismo. Lamentablemente una vez en el poder, el “gobierno proletario”, se convirtió en un fin en sí mismo, en un sustituto de la clase. La etapa de transición al socialismo se alargaba indefinidamente produciendo monstruosas desviaciones.

Pero realmente estas tácticas ya las habían probado previamente los anarquistas; Bakunin varias veces, Malatesta otras más y después de 1917 se probaron varias veces más. Podríamos escribir auténticos catecismos o manuales de la insurrección y la revuelta, pero debemos reconocer que desde el anarquismo no se escribió una “teoría de la revolución”. Ricardo Flores Magón a pesar de encender la mecha de la Revolución mexicana no sistematizó su pensamiento revolucionario en una obra coherente y fácil de imitar. Los anarquistas europeos seguían a rajatabla la consigna del sindicalismo revolucionario (y del anarcosindicalismo). Y el fracaso de las insurrecciones y revoluciones en las que participaron anarquistas en los años 10 y 20 hizo que se llegara a los años 30 con pocas ideas concretas de cómo encarar un proceso revolucionario.

Un intento de solución de este problema fue la Plataforma del grupo Dielo Truda. Aportó mucha claridad, pero apenas pudo ponerse en práctica en una Bulgaria aprisionada entre dos poderosos ejércitos (los nazis y los estalinistas) – destino idéntico del del anarquismo italiano, del coreano o incluso el español. No haber llegado más lejos en 1917-1921 abrió el camino de esta situación reaccionaria en 1936-1945.

El otro gran hito teórico fue la conclusión a la que llegaron Los Amigos de Durruti durante el año 1937. Destaparon la carencia de una teoría revolucionaria en el anarquismo e intentaron generar un programa que la supliera. Desgraciadamente llegaron demasiado tarde y fueron ignorados y vilipendiados por la historia. La revolución española ya había perdido.

Concluyeron que la organización política del anarquismo tiene que ser capaz de compaginar una idea económica, es decir, de autogestión, con unas posiciones políticas, es decir, de disputa del poder a la burguesía. Y para disputarle la dirección del país a la burguesía, era necesario disponer de un programa y de un “ejército de la clase obrera”. Este fue el legado de Los Amigos de Durruti. Y también de la Plataforma, y de otros grupos anarquistas que fueron llegando a las mismas conclusiones.

Después de tener un planteamiento adecuado a priori, se puede hablar de escoger los momentos adecuados. Parece ser que la historia de los movimientos de liberación nacional – ya sea contra los fascismos nacionales (Italia 1924-1943, España 1936-1975, Chile 1973-1988) o ya sea contra los estados imperialistas coloniales (en Macedonia, China, Corea, Argelia, etcétera) – está tan llena de ejemplos de revoluciones sociales como la lucha del movimiento obrero.

Hay que tener en cuenta siempre que el anarquismo es una herramienta para logar la liberación colectiva. Hay que aprovechar todas las contradicciones del sistema para prevalecer. Esperemos que en las próximas oportunidades históricas se puede algún día poner en práctica todas estas valiosas enseñanzas.

@BlackSpartak

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3.- La enfermedad intantil del izquierdismo en el comunismo, pag. 15. Lenin, 1920

8.- Fragmento de la intervención de Kropotkin.

14.-La Revolución Desconocida, Volin. El libro en pdf

15.-Golos Truda, 20 de octubre de 1917.

25.- Revolución no es dictadura. La gestión directa de las bases en el socialismo. Luigi Fabbri, 1920

28.-Introducción a la Plataforma, Piotr Arshinov, París 1926.

31.-Fragmento de la Plataforma de La Federación Anarquista Comunista de Bulgaria, 1945.

32.-Fragmento del Manifiesto de los Treinta, Barcelona, agosto de 1931

36.-Fragmento del manifiesto que se puede leer en El Amigo del Pueblo, nº5. 20 de julio de 1937

Enlaces del mes: Julio 2015

Imprescindible el texto de El Critic para empezar a salir del atolladero en que se ha metido la izquierda por sus propios pecados: Estetización, alejamiento de las clases populares, soberbia sectaria, falta de autoconfianza y de un discurso coherente…

Tras el sometimiento de Tsipras a las condiciones de la Troika, ¿Qué queda para Grecia? El artículo se pregunta si ha llegado la hora de hablar de Revolución. Pero puestos pensar la Revolución ¿Es posible en Grecia? La falta de organización revolucionaria, de programa, de condiciones materiales que permitan socializar el país sin condenar a muchos a la pobreza parece dar como resultado que esa imaginaria revolución no sólo tiene pocas posibilidades de realizarse, si no también escasas probabilidades de resultar un éxito.

La CNT ante su nuevo congreso, en palabras de su Secretario General, debe adoptar una estructura organizativa operativa para los tiempos actuales. También habla, afortunadamente, de recuperar el anarcosindicalismo como una herramienta para la mayoría de personas. Así es, el sindicalismo de intención revolucionaria debe aspirar a organizar a toda la clase trabajadora sin excusas, comprometerse con cambios sociales radicales desde una visión estratégica y decidida, sin refugiarse en ningún tipo de excusas.

El mundo del rock no sólo se ha convertido en un refugio del consumismo, también en un pilar principal que refuerza la cultura patriarcal. Son anecdóticos los casos de grupos con presencia femenina e, incluso en estos casos, su presencia se proyecta contribuyendo al imaginario sexista. Así, la cultura rockera constituye un ejemplo más de terreno de libertad y contestación cultural que se dedica a impulsar el machismo.

Sobre la diversidad de tácticas y estrategias y la capacidad de conectarlas en un movimiento popular coherente y capaz de avanzar nos hablan en Borroka Garaia Da.

Frank Mintz argumenta en el boletín Cultura Libertaria cómo los tiempos de la lucha vienen marcados por la mayoría social, frente a las aventuras insurreccionales de algunos que quieren acelerar violentamente el curso histórico ejerciendo de vanguardia proletaria, y también frente a quienes se empeñan en la estrategia del pacto y la negociación.

Joaquín Gambín «El Grillo» y el Caso Scala

Para poder entender lo que supuso el Caso Scala para el Estado se debe atender a un punto clave en todo el caso y por ello es menester recordar este apodo: “El Grillo”.

El Grillo

Los anarquistas procesados en el Caso Scala, aparte de anarquistas, tenían en común ser jóvenes anti-franquistas radicalizados. Pero de estos imputados hubo uno que ni fue detenido ni respondía a ese perfil de “joven radical”. Su autentico nombre era Joaquín Gambín Hernández. Era un viejo anarquista, de unos cincuenta años, que no se le conocía ninguna afiliación sindical y que tenía muchos antecedentes por falsificación, robo y estafa. Pero Joaquín Gambín, aun teniendo todos esos antecedentes, los cuales le mantendrían muchos años en prisión, se encontraba en busca y captura, por lo cual el Gobierno consideró menester contratarlo como confidente policial y ser infiltrado en el renaciente movimiento anarcosindicalista que tanto estaba molestado al Estado y a ‘su’ consenso demócrata. Se le manipuló el expediente para reconvertirlo en preso político, se le aplicó la Ley de Amnistía y desde enero de 1977 comenzó a cobrar 45.000 pesetas mensuales por pasar información a la policía. Sus primeras andaduras por el movimiento libertario fueron exitosas. Primeramente –y contratado por José Gregorio López Marín (Inspector policial)- consiguió que detuvieran a cincuenta anarquistas de Murcia que habían refundado la F.A.I. haciéndose pasar por un contrabandista de armas y explosivos. Seguidamente se infiltró en el E.R.A.T. (Ejército Revolucionario de Apoyo a los Trabajadores), creado por los trabajadores de la SEAT. Tal grupo fue desarticulado tras realizar expropiaciones a entidades bancarias y supermercados. Pero esto no era más que un calentamiento para lo que se estaba a punto de avecinar.

Gambín, rebautizado como “El Murciano” reapareció en Barcelona y entabló amistad con los que meses más tarde serían acusados del atentado contra la Sala Scala. El “viejo anarquista” apareció por Barcelona tan solo una semana antes de la manifestación contra los Pactos de la Moncloa, a la que asistiría para lograr su objetivo. Una vez finalizada y desconvocada dicha manifestación, El Grillo se acercó a José Cuevas, Javier Cañadas y Arturo Palma, los cuales recibieron de parte de Gambín materiales incendiarios. La historia oficial cuenta que Gambín les convenció para que arrojaran los cocteles molotov en la entrada de la Sala de fiestas Scala, pero los testimonios vecinales –a los cuales se les negó poder testificar en el juicio- aseguraron siempre que el incendio empezó en la parte trasera, justo al lado contrario de donde se lanzaron los cocteles molotov. En todo caso, terminado su trabajo, El Grillo se desvaneció. Esta vez desapareció de verdad, la Policía Nacional lo puso, de nuevo, en busca y captura porque no se sabía su paradero. Semanas más tarde apareció en la localidad murciana de Rincón de Seca, donde dio varias entrevistas a distintos periodistas y no dudó en admitir ser un confidente policial que estaba bajo las órdenes de la Brigada Central de Información dirigida por aquel entonces por el famoso comisario Roberto Conesa. Tal comisario obtuvo su fama a raíz de haber estado siempre involucrado en incontables actuaciones de las “cloacas del Estado” durante la Transición, como por ejemplo el atentado contra el independentista canario Cubillo, el incendio del Hotel Corona de Aragón o los secuestros de Oriol y Villaescusa por el GRAPO.

Hasta que no se celebró el primer juicio Gambín no fue detenido. Fue detenido en Valencia en 1981. Se le detuvo con documentación falsa y declaró que, tras haber recibido 100.000 pesetas, la Brigada de Información lo abandonó a su suerte. Días después volvió a desaparecer en extrañas circunstancias y no volvió a reaparecer hasta la vista oral del Caso Scala. Cuando se celebró el juicio ocurrió otro extraño suceso. Gambín, desde paradero desconocido, se puso en contacto con la CNT y se ofreció a declararse como único responsable del incendio y exculparía al sindicato anarquista. Todo eso a cambio de que la CNT le proporcionara documentación falsa para huir de España. La propuesta fue estudiada y finalmente rechazada por el Comité Nacional de la CNT, ya que consideraron que su testimonio no tendría ninguna validez y además que podría servir para desprestigiar, aun más, a la CNT.

El juicio de Gambín

Que Joaquín Gambín no apareciese en el primer juicio supuso unos grandes traspiés para la parte defensora del caso y sus pretensiones de demostrar que todo se había tratado de una artimaña de las cloacas del Estado para implicar al sindicato anarquista en el atentado. Aun así, su ausencia no hizo más que acrecentar las sospechas sobre el papel que había tenido.

Tras las primeras detenciones después del atentado, El Grillo desapareció del mapa y aunque fue puesto en busca y captura no pareció convertirse en una prioridad policial. A finales de octubre de 1979 reapareció por primera vez en la ciudad de Elche. Fue encarcelado, pero no por haber estado implicado en el atentado contra la Sala Scala, sino por un asunto de cheques falsos. Justo un mes después, fue puesto en libertad y volvió a desaparecer. Fue ya en Valencia, en 1981, en que fue detenido como coautor de los hechos y juzgado en diciembre de 1983. Pasó una semana de la sentencia del primer juicio y, para sorpresa, la revista Cambio 16 publicaba una entrevista con El Grillo realizada mucho antes del juicio. En esa primera entrevista el “viejo anarquista” se exculpaba  en todo momento. Rechazó su condición de confidente policial. Negó ser el instigador del lanzamiento de explosivos y dijo haberse enterado del incendio una vez llegó a casa de un compañero. Y sobre su extraña –y rápida- puesta en libertad- aseguró que se debía a un simple error burocrático.

Durante todo un año no se supo nada de Joaquín Gambín, se lo había tragado la tierra. Pero todo cambió a finales de 1981, en diciembre concretamente, en el que “El Grillo” fue detenido nuevamente por la policía de Valencia. En esa misma ciudad fue interrogado por el fiscal Del Toro, pero para sorpresa de todos, su discurso cambió radicalmente. El Grillo cantó. ¿Qué ocurrió? Que perdió la protección que tenía hasta entonces por parte de la Brigada de Información. Le confesó a Del Toro que ni siquiera fue detenido, sino que se entregó para esclarecer todo el caso. El hecho de haber participado en una misión contra ETA, en la que casi pierde la vida, le hizo recapacitar y desear dejar su trabajo como confidente. Como pruebas aportó varias pistolas y documentación falsa que le había proporcionado la policía.

La historia de Gambín ya era conocida dentro de todo el movimiento revolucionario. Un preso común que para expiar sus pecados era contratado como confidente con la misión de desactivar a “violentos radicales” y después denunciarlos. “Alguien”, cuyo nombre nunca quiso dar Gambín, creyó ver en ese grupo de cenetistas “terroristas en potencia”. Así que a “El Grillo” se le encargó incitarlos a cometer actos terroristas. Eso sí, de forma paralela a las informaciones de los testigos vecinales que hablaban de un incendio originado en la parte trasera del Scala, Gambín mantuvo en todo momento que él era inocente en lo que concierne al incendio. Finalmente Del Toro ordenó su encarcelamiento. En febrero de 1982 fue procesado por fabricación de explosivos y por haber instruido a los acusados a fabricarlos. El fiscal pedía 16 años de prisión. Pero el juicio tardó otros dos años en celebrarse. El 15 de diciembre de 1983 se celebró el juicio, el cual fue un puro trámite que duró tres horas. Finalmente Gambín fue condenado a la pena demandada por el Fiscal.

A nadie del estamento judicial pareció interesarle indagar en la confesada relación de Gambín con los servicios secretos policiales. Este último juicio ni siquiera tuvo relevancia en los medios de comunicación. El Caso Scala ya no era noticia.

Borja Libertario

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